Januca 2022, milagros y suerte

(Invitada a encender una vela para Amigos de Israel).

Milagros y suerte. Dos cosas en las que pareciera que no tenemos ninguna intervención, que suceden “porque Dios lo quiso” o los astros o el azar. Ante los milagros y la suerte nos sentimos impasibles, sujetos de un destino que nos trasciende y sobre el cual no tenemos ningún control. De ahí las cábalas, los conjuros, las plegarias, los infinitos caminos que rozan la magia, la conquista de la benevolencia de los dioses o del más allá. 

Jacques Monod habla del azar y la necesidad y de cómo ambos coexisten y tantas cosas son imposibles de determinar por anticipado. Esto se ve en la física de las micro partículas pero también se ve en la vida cotidiana. Cuando sucede algo que parecía imposible decimos “es un milagro” o “fue una suerte” y algunas veces es así, pero no siempre.

La suerte y los milagros nos son más benévolos si los ayudamos. Lo acabamos de vivir con el Mundial en el que el trabajo previo, el espíritu de equipo, la confianza en que el esfuerzo tiene sentido, permitió que estos muchachos no claudicaran, superaran el mal momento del comienzo y entraran en cada partido con paso firme. Claro que no fue lo único pero sin eso el milagro no habría sucedido, la suerte no les hubiera acompañado.

Está bueno celebrar los milagros como éste de Jánuca porque nos recuerda que nada es imposible, pero comporta el peligro de creer que sin esfuerzo ni trabajo los milagros sucederán. Leo hoy el milagro de Jánuca desde la lente del triunfo en el Mundial que además del triunfo en sí mismo, permitió esta vivencia insólita de unanimidad que hacía tantos años que no vivíamos, otro milagro. La historia bíblica es un canto a la esperanza, nos convoca a confiar en que lo que parece imposible puede suceder, que como reza nuestro himno partisano, nunca creamos que estamos caminando el último camino. Pero para caminar nuevos caminos, para que lo imposible suceda, hay que estar atento, entrenarse para caminar bien e ir mejorando paso a paso, porque no sale solo y mejor que cuando el milagro suceda nos encuentre preparados para verlo y llevarlo adelante. 

El himno del Mundial

Dice el nuevo himno: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré, no te lo puedo explicar porque no vas a entender, las finales que perdimos cuántos años las lloré”. Tantos años llorando tanto perdido.

Nuestro himno nacional nos convoca a coronarnos con gloria por la libertad o morir por ella. Ya conquistada, el nuevo himno habla de este presente desgarrado y enuncia el deseo de que renazca la esperanza. Superar controversias agrietadoras, aprender a respetar al que opina diferente, recuperar la ética republicana que sostiene la democracia, la del trabajo dignificador, la educación como camino al futuro, y la de garantizar salud y seguridad para todos. Todo eso esperamos. 

El fútbol pretende unir al mundo. Me basta con que este clima de unanimidad inusual nos contagie y sea una oportunidad para zanjar enemistades, odios y acusaciones (¿optimista? ¿ilusa?). ¿Acaso no estamos todos en la misma? ¿No es de interés común el salir adelante, ganar tantos partidos pendientes en los que vamos perdiendo una y otra vez? Hay entre nosotros, igual que en nuestra selección, gente valiosa y creativa, capaz de dibujar gambetas, atajar penales y hacer goles. ¿Dónde está el Scaloni que tome este revuelto de valores y nos convierta en un equipo que tire para el mismo lado?

El “allons enfants de la patrie” francés es nuestro porteño “¡Muchachos! ahora nos volvimo’ a ilusionar, ¡quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial!”. Cantado a voz en cuello por los que vivimos acá y por los que emigraron, prendió en cada hincha y se volvió bandera. No es un jingle político, salió de adentro y de abajo, caló hondo porque habla de nosotros que tanto necesitábamos volver a ilusionarnos para protegernos del desaliento, arremangarnos y seguir. 

La ilusión es crucial porque si uno cree que no va a andar, no anda. Aunque creerlo no da garantía pero ponerle una ficha a que es posible nos da un poco de aire. Esta final nos vuelve a dar esa ilusión. La de ganar el Mundial y la de recuperar lo que supimos conseguir y que fuimos perdiendo en tantos mundiales perdidos, tantos goles desperdiciados, tantos directores técnicos que nos han fallado. 

Ganemos o perdamos hoy, ¡qué bueno sería que algo de esta emoción colectiva siga y que asumamos el firme propósito de superar tropiezos, magullones y penurias, bolsillos flacos y esperanzas esmirriadas! La República espera que demos un paso al frente y la hagamos nuestra.

En el nuevo himno no somos ni compañeros ni camaradas, somos “muchachos”, como la selección, un equipo donde nadie pugna por sobresalir, cada ego alineado hacia el objetivo compartido, ¡si hasta corren sonriendo! apasionados en el juego y medidos en las expresiones, tanto que el mayor insulto fue un tierno “bobo”. 

Todas nuestras diferencias siguen y seguirán estando pero hoy las ponemos en stand by, conteniendo el aire, esperando poder gritar el gol del triunfo y abrazarnos con quien esté a nuestro lado. 

Nos ilusiona y enamora esta selección. Si ganamos, cantaremos felices este himno que ya es de todos, símbolo de una esperanza recuperada. Si perdemos, los muchachos lo afrontarán con hidalguía, sin ocultar errores propios ni echar culpas ni acusar a nadie. 

Tengamos su misma altura moral y, terminado el Mundial, ojalá que las muchachas y muchachos que nos representan sepan y escuchen nuestro clamor desesperado: ¡sean el equipo nacional que necesitamos y jueguen de una buena vez en serio y juntos por el triunfo del País!

Publicado en Clarin.

El peligro de espiar

Esperás que llegue. Si entra en el baño o se duerme te abalanzás sobre el celular. Lo abrís -de algún modo conocés la clave- cliqueás afiebradamente whatsapp, mensajes, mails, fotos. Buscás adjetivos sospechosos, saludos demasiado íntimos, citas insólitas, alguien del trabajo, una vieja historia que creías olvidada, o algún nombre nuevo, desconocido, (¿quién es?, ¿cuál es la relación? ¿desde cuándo?) 

Revisás bolsillos, carpetas, bolsos, mochilas a ver si encontrás un papel, un ticket, algún resto documental que pruebe la traición que temés. 

Creés que dejó de amarte, querés encontrar pruebas de su maldad, confirmar tu posición de víctima para acusar y señalar con el dedo: ¡toda la culpa es suya!

Querés pruebas pero ¿pensaste qué hacés si las encontrás? ¿Vas a confrontar? ¿Cómo pensás superar lo que sentís como una traición? ¿ y con la humillación qué? 

Encontrar evidencias no tiene vuelta atrás. Si sos de esas personas que no lo pueden superar te conducirá fatalmente a la separación. Por eso, antes de espiar en el celular o donde sea, decidí si tiene sentido esa búsqueda encendida y si te vas a tirar por ese tobogán que te puede llevar a la ruptura y la soledad. 

Encontrar puede ser un alivio para acusar, reclamar y triunfar sobre el otro pero también puede ser el principio del fin. 

Por ahí no buscaste y te topaste sin querer con la información sorpresiva de que no eran dos, de que hay, o hubo, alguien más. ¡Balde de agua fría! No te lo veías venir. Desengaño. Desconcierto. Desilusión. Desaliento. ¿Otra persona? ¿Desde cuándo? ¿Por qué? ¿qué hago? ¿le digo que lo sé? ¿no le digo? Este hallazgo accidental es más doloroso que el buscado, el golpe inesperado es más artero, te encuentra con las defensas bajas

Descubrir que hay otra persona, es siempre doloroso, toca y hiere sentimientos y emociones, fragilidades y vulnerabilidades que repercutirá en el destino de la pareja. Nada seguirá igual. La afrenta es tan honda que tal vez te sea imposible continuar. Fragmentada en pedazos la confianza, lo construido en familia se desmorona como un castillo de naipes. Lo que parecía sólido y firme se agrieta y uno queda atontado como marmota. 

Pero, aunque duela, aunque no nos guste, aunque tengamos las mejores intenciones, estas cosas pasan. Nadie está exento. El pacto original se rompió ¿Cómo seguir? 

Superado el primer impacto, puede haber  una oportunidad de repactar. La convivencia daba por obvias tantas cosas que puede ser buen momento para desempolvar rincones que se dejaron de visitar, abrir ventanas y dejar entrar un renovador aire fresco, encarar esos temas que nunca se hablaron.

Preguntar cosas como “¿no sos feliz conmigo? ¿pensaste dejarme? ¿es algo que hice yo? ¿es algo que no hice yo?”.  Si se puede hablar se pondrá palabras a ansias y frustraciones, sueños y desánimos de ambos, un ponerse al día, volverse a conocer. “¿Esa otra relación es algo transitorio? ¿Qué te dio que no encontrabas en mi? ¿tiene que ver conmigo o es una necesidad personal y no tengo nada que ver?”.  La crisis habilita estas preguntas. Podemos crecer como persona si entendemos “¿por qué no me di cuenta? ¿dónde estaba yo mientras pasaba esto? ¿cómo no lo vi?”. Se podrán decir y escuchar cosas que sobrevolaban y que no se podía siquiera pensar y construir un nuevo pacto de convivencia más satisfactorio para ambos, más realista, una pareja en la que no sea necesario, para ninguno, mentir, ocultar o espiar. No son conversaciones fáciles pero si la alternativa es el derrumbe, pueden conducir a una mejor convivencia, fundada esta vez en sinceridad, transparencia y posibilidades reales no en ilusiones imposibles.

Somos como somos y podemos lo que podemos. Solo hablando francamente sabremos cuánto de lo que cada uno necesita el otro lo tiene y si lo puede dar. O, si nada de eso se puede, si no quedaron ni las brasas, decidir una separación consensuada y conversada que, si hay hijos, será mucho más saludable que andar acusándose de desamor y traiciones. 

Y como decía el gran Nano: Uno siempre es lo que es / Y anda siempre con lo puesto / Nunca es triste la verdad / Lo que no tiene es remedio.

Los psicólogos y la sentencia

La Asociación de Astrónomos de Berazategui declara que vacunarse no es bueno. La Asociación de Químicos de Esquel dice que la monogamia está perimida. La Asociación de Psicólogos y Psicólogas (y Psicólogues no vaya a ser que me olvide de alguno) de Buenos Aires -APBA-  afirma que la sentencia contra la vicepresidente es una afrenta a la salud mental de la población. La opinión de los astrónomos sobre vacunas es irrelevante, también la de los químicos sobre la conformación de familias y la opinión sobre la justicia de los psicólogos y psicólogas (y psicólogues no vaya a ser que me olvide de alguno). 

Las autoridades de APBA están embanderadas explícitamente con un partido. No todos sus miembros fueron consultados, hay más de uno que no opina igual y que cree que no es objetivo de su asociación expresarse en temas ajenos a su campo de conocimiento y experiencia.

Algunos medios consideraron que esta declaración era avalada por todos los psicólogos argentinos. No es así. APBA no es la única asociación de esta ciudad. Entre otras están la Asociación de Psicólogos del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Asociación de Unidades Académicas de Psicología y las muchas del resto del país. La psicología, los psicólogos y las asociaciones profesionales son tres cosas diferentes.

La psicología es una disciplina con variadas escuelas y modelos de investigación y abordaje; el psicoanálisis, de mayor difusión, alberga varias escuelas y modelos de ejercicio. 

Los psicólogos hemos estudiado de manera sistemática nuestros temas específicos, lo que no nos da autoridad para opinar sobre otras cosas. Como los astrónomos y los químicos. Cada uno sabe lo que sabe y es experto en lo que estudió y trabaja. Claro que individualmente, podemos ejercer el derecho de opinar sobre cualquier cosa pero eso no quiere decir que tengamos la autoridad académica de hacerlo. 

Una asociación profesional debería ocuparse de lo atinente a su campo de actividad, investigar, enseñar, capacitar y supervisar colegas, generar foros de reflexión y trabajo. 

Respecto al contenido de la proclama me pregunto cómo conocen sus redactores los fundamentos de la sentencia que todavía no han sido publicados. Incluso si los conocieran, lo que parece no ser posible, deberían haber consultado a abogados y juristas para entender y ponderar los considerandos y las evidencias y basar su opinión en la revisión exhaustiva del monto y pertinencia de las pruebas. 

Hay gente muy mal pensada que ve con sospecha que la declaración es muy parecida a la de la Asociación Argentina de Actores y cree, -teme, imagina-, que les ha sido sugerida desde algún espacio ajeno a su actividad específica.

Me licencié en psicología hace más de 50 años y a medida que pasa el tiempo se me van achicando los temas sobre los que me animo a emitir opinión y tengo más y más cuidado en prestar atención a mis sesgos emocionales e ideológicos que amenazan con desviar mis apreciaciones. Tengo mis puntos de vista sobre política tanto general como partidaria pero, como no tienen relación con mi título académico, si los expreso lo hago como ciudadana común, no como psicóloga ni desde un foro profesional que me de una supuesta y dudosa autoridad. 

En mi barrio, cuando venía alguien de otra cuadra a opinar sin saber le decíamos ¿a quién le ganaste che? y le cantábamos a coro ¡zapatero a tus zapatos! 

Chicos, chicas (y chiques, no vaya a ser que me olvide de alguno) de APBA, sean serios, dediquen la asociación a lo que corresponde.

Publicado en La Nación.

¿Cómo seducir a una mujer?

Mabel, vos sabés que seducir a Rubén es fácil. Solo necesita tres cosas: admiración, sexo a demanda y buena comida. En cualquier orden. 

Pero no pasa lo mismo con nosotras, ¿no Mabel? ¿Qué necesitamos para tener ganas de admirar, entregarnos y dar de comer (en cualquier orden)?

No te apures a criticar diciendo que son estereotipos o prejuicios. Obviamente no todos somos iguales. No todos los hombres se rinden ante la admiración, el sexo y la comida. Ni tampoco todas las mujeres se derriten con las conductas que propondré. Pero sí muchos y muchas y también muches. A eses les hablo, a les que bajo la delgada cáscara de cultura y civilización guardan casi intactas las conductas del tiempo de las cavernas. 

Para las redes neuro-hormonales seguimos siendo mamíferos que a la hora del miedo y la angustia, del cansancio y la ansiedad, de la incertidumbre y el vacío necesitamos el mismo contacto piel a piel, el olor y la tibieza, la gratificación del alimento y el sexo que aquieten las turbulencias con un otro cariñoso que nos apapache.

Rubén sale de cacería para traer la carne a la cueva y alimentar a las mujeres y la cría. Vuelve cansado esperando el aplauso agradecido, el sexo generoso y la comida reconfortante. Mabel se quedó cuidando el fuego, atenta a los peligros, en un brazo el último bebé que amamanta, con el otro revuelve la olla comunal y con varios brazos más atiende a alguna compañera enferma o parturienta y a los niños que corren alrededor. Rubén se focaliza en una sola cosa, la caza, Mabel es multitasking, teje y cuida la red, escucha y oye, recuerda y atiende, se preocupa por todo el entorno y va resolviendo las mil y una cosas de la vida cotidiana. 

¿Cuánto de esta escena primitiva sigue estando vigente? Incluso con la nueva Mabel, la que trabaja fuera de casa y que cuando regresa a casa vuelve a ubicarse como aquel ser primitivo que se ocupaba de la cría, de espantar a los predadores y de mantener el fuego encendido?

El cavernícola quiere aplauso y sexo ¿Qué necesita su mujer para tener ganas de dárselo? Necesita que le asegure que de entre todas las mujeres, ella es su elegida, que no hay otra. Necesita estar convencida de que la ve hermosa, que su perfume lo embriaga y que su presencia ilumina su vida, que es única y que sin ella no puede vivir, como dicen los boleros que entendieron bien de qué se trata. 

Eso es lo que toda Mabel necesita oír, es la llave que abre el cofre del tesoro. 

Si el cavernícola cansado entra y ni la mira ni la ve, se aferra al control remoto y protesta porque no encuentra lo que espera encontrar, la mujer cierra lo que pudiera haber tenido abierto, desanimada, desilusionada, fastidiada, se entristece y se va. Aunque esté ahí, se va. De las ganas con que esperaba solo quedan la soledad y el enojo. Si no se siente buscada, requerida, valorada, apreciada ni necesitada, si es tratada como un mueble que, como siempre está, no hace falta mencionarlo, se transforma en un mueble, se seca, se vacía y se enfría. No hay nada peor que sentirse un elemento cotidiano, sobreentendido, que está ahí porque está y no porque se lo necesita y aprecia. 

Florencio Escardó decía que al lado de una mujer sin deseo hay un hombre que no sabe hacer las cosas. 

Así que Rubén, entrañable y tierno cavernícola, nada se consigue sin trabajo (ya escucho tu “uf”). Si querés aplauso-sexo-y-comida acordate que tu Mabel necesita sentir que te es imprescindible, que se lo digas, que se lo muestres, que te lo creas, que la entronices en el centro de tu vida como si sin ella te fueras a marchitar. 

Para seducir a tu Mabel, sea mujer o quien asuma ese género, hacela sentir una reina. Cada vez que vuelvas de tu cacería traele una flor, decile que de entre todas las mujeres del mundo, es ella con quien querés estar, que la elegís, que la volverías a elegir. Creeme Rubén, si la hacés sentir una reina, serás su rey en la mesa, en la cama y en todas partes. 

Lo que se juega en un mundial

Crecí en Floresta cuando “la máquina” de River era imbatible y Amadeo Carrizo era el “Tarzán argentino”. Y me enamoré. ¿Cómo no ser de River? La vida quiso que me casara con un hincha de Boca, que nuestros hijos y nietos lo siguieran a él y me miraran con cierto desdén, tanto que pensé en hacerme de Boca. No pude. Era como traicionarme, cambiar el nombre, dejar de ser quien era. Nadie cambia de club. Decimos “soy de”, como lugar de nacimiento, lengua materna, documento de identidad.

Cuando juega Argentina, para muchos, se juega quienes somos desde una identidad colectiva que aflora en el mundial. Esto tiene una base material en el cerebro. En los albores de la humanidad, cuando vivíamos en cuevas, los enfrentamientos entre tribus eran determinantes. La perdedora era aniquilada, la ganadora se quedaba con el fuego y el agua, el territorio y las herramientas, seguía viviendo. Ganar o perder era vivir o morir. Esa memoria antigua sigue alojada en nuestro cerebro y nos dispara las mismas reacciones. Aunque esta vez sea simbólico, se nos juega la vida y para nuestro cerebro es de verdad.

El fútbol es una sublimación de las guerras. Derrotar, vencer, abatir, el gol de la muerte, ataque, defensa, seguir viviendo, formulaciones bélicas que no esconden nada. Es matar o morir disparando una pelota en vez de un arma. Levitamos ante cada partido, pendientes, expectantes y apasionados, como si se nos fuera la vida. Es que desde el punto de vista de nuestro cerebro antiguo es así. El temor a perder remite al miedo a morir, y cuando perdemos nos hundimos en un duelo. El clima social se tiñe de uno u otro sentimiento según sean los resultados, cosa que tan bien conocen los políticos.

Hablamos en plural, perdemos, ganamos. Estamos todos y cada uno en la cancha, en cada pase, en cada gambeta, en cada offside. Hasta los más escépticos inventan cábalas y magias como si ese diminuto gesto personal incidiera en el resultado.

Y no es, como suponen algunos, que seamos tontos, incultos o crédulos, que nos dejamos “engañar” cuando nos quieren hacer pasar gato por liebre. El uso político de encubrir o falsear lo que se quiere ocultar es harto conocido. Sabemos también que los mundiales son espectáculos monumentales abonados con sobornos, conductas non sanctas y afanes desmedidos de lucro. Pero a la hora del partido lo ponemos entre paréntesis, No importa si los derechos humanos están en juego o cuántas muertes hubo en la construcción de estadios o si las componendas lesionan la moral más elemental. En ese ratito cada uno de nosotros está en un sube y baja emocional según de qué lado esté la pelota. La ciudad se detiene, las miradas fijas en la pantalla, los músculos tensos anticipando, esperando, añorando, el ansiado gol del triunfo, alentando a los nuestros en un pogo masivo, como monaguillos esperanzados en una ceremonia colectiva y sagrada.

Terminado el partido la ciudad recobra sus sonidos y la gente vuelve a caminar por las calles. Tuvimos la fortuna de ganar y nos ensordecieron las bocinas de los coches con la alegría del triunfo; el temor a perder y morir dejó paso a la alegría porque seguimos viviendo.

Somos mucho menos racionales de lo que suponemos. Nuestras emociones son más determinantes de lo que suponemos. Nuestro cerebro lee este triunfo como el renacer de la vida pero, siempre listo para enfrentar desastres o fiestas y sabiendo que la vida se debe defender a cada paso, se prepara para el partido siguiente en el que nos jugaremos la vida otra vez.

Publicada por Clarin

¿Acaso hinchar por Argentina nos convierte en opas?

Leo y oigo que el mundial de fútbol está siendo visto como una maniobra tendiente a distraernos de la realidad. El viejo pan y circo romano, táctica tan usada por dictaduras de toda laya a lo largo de la historia. El uso político que se hace es obvio, no tengo nada que decir a ese respecto. Cambia el humor social según si el equipo al que pertenecemos gana. Tal vez por breves instantes, en virtud del estado nirvánico en el que parece quedar sumergida la población, habrá silencios o expresiones de alegría que podrán ser tomados como apoyo político. Como si el poderoso mundial inyectara en las mentes indefensas de gente adormecida un chupete calmador de angustias, una droga anestesiadora de conciencias o una tapadera de pensamientos. 

Tal vez sea así para algunos. Pero no para todos. ¿Es que acaso disfrutar de los encuentros, hinchar por Argentina, sufrir por la derrota o ser feliz por un triunfo nos convierte en opas o ciegos? 

Entiendo poco de fútbol. No tengo el hábito ni la necesidad de verlo, cosa que cambia, para mi propia sorpresa, durante los mundiales, cuando juega Argentina. Vivo en el seno de una familia muy futbolera, me hice amiga de giros y chistes, aprendí sobre enojos y alegrías y entiendo la emoción del hincha. Mi marido, mis hijos y mis nietos son de Boca pero yo me hice de River allá por los cincuenta enamorada de la pinta de Amadeo Carrizo, el “Tarzán argentino”. Y aunque quiera compartir con mi familia la emoción que sienten ante los triunfos de Boca no puedo cambiar de club, es como si fuera parte de mi identidad. No conozco a nadie que haya cambiado de club, como si fuera una elección filiatoria indeleble. 

En medio de este vaivén emocional ante cada partido, me desconcierta ver que hay personas que lo transitan con indiferencia porque “no me importa el fútbol” o “me enoja que quieran tapar con eso todo lo que pasa” y que me miren como si fuera tonta o como si estuviera ciega porque me importa el mundial y comparto angustias y deseos de triunfo con la mayoría de la gente.  

Y sí. Me importa. Y me pregunto por qué. ¿Qué tiene el fútbol y otros deportes masivos que concitan tanta emoción colectiva y se tejen con nuestras identidades? Hay puesto mucho dinero, ídolos que se entronizan y se ponen en juego ilusiones colectivas que benefician a las grandes marcas y a los que se ensucian las manos con sobornos y lucran con negocios no siempre claros. Todo el mundo lo sabe pero pero se lo encapsula y a la hora de los partidos parece no importar, el fervor, la pasión están incólumes. Hay mucho olor a podrido en el armado de cada mundial, hay mucho que está dolorosamente mal en nuestra realidad cotidiana, pero cuando nos sentamos a ver el partido nos abrimos a otra realidad, corremos con cada jugador, amagamos cada gambeta, nos duele cada foul, contenemos el aire con el VAR, discutimos las sanciones y saltamos de alegría con cada gol. ¿Somos opas? ¿Estamos ciegos? ¿Creemos que todo se ha solucionado a nuestro alrededor? Me parece una lectura sesgada que merece ser revisada por incompleta. 

El fútbol ha sido descripto como una metáfora o una sublimación de la guerra. El campo de batalla es la cancha, los jugadores son los enemigos a los que hay que abatir, hay reglas, tácticas, estrategias, sus avatares, igual que en las guerras, tienen tanta importancia social que desencadenan pasiones incontrolables y resulta difícil permanecer indiferente. 

Los equipos rivales luchan para ganar, derrotar al adversario, aniquilar al enemigo. Los pases, los logros, los yerros enardecen a jugadores que se juegan la vida y a hinchas sumergidos en emociones que obnubilan el pensamiento. Ante alguna injusticia o simplemente un error, estalla la violencia en las canchas, en las tribunas y hasta en los que lo ven por la televisión. Cada uno defiende lo suyo y no es de extrañar que crezcan la xenofobia y el racismo cuando se odia a un otro definido como enemigo, cuando se reaviva el temor atávico de matar o morir, como en la guerra. Nuestra identidad se viste con camisetas, escudos, colores específicos, cantitos, son como los uniformes y las banderas de un ejército en acción, identifican quién es cada uno y de qué lado está. 

La felicidad ante el triunfo es parecida a la del guerrero victorioso. La tristeza ante la derrota tiene el mismo tono emocional que la aniquilación en batalla. La cantidad de muertos y de penurias es muy diferente en una guerra pero la emoción toca núcleos similares. Lo propio y lo ajeno, esa dicotomía que en los albores de los tiempos fuera esencial para la supervivencia, hace que quizás esa violencia que nos acompaña como humanos se encauce en parte hacia el fútbol y permita que, en este matar simbólico al adversario amenazante, derramemos mucha menos sangre que en las guerras de verdad. 

¿Será el fútbol un resabio de la horda primitiva, de aquellos nómades que, si eran vencidos, perdían el fuego, sus mujeres y sus niños? Perder era igual a desaparecer y tal vez guardemos aquel temor atávico de ser aniquilados toda vez que debamos confrontarnos con un grupo diferente, “infamiliar” como decía Freud, mal traducido como siniestro. La amenaza de ese otro que se nos opone pone en guardia a nuestro sistema neurohormonal que se pone en acción para demostrar que somos mejores, que ganamos para apaciguar aquellos antiguos terrores que siguen anidados en nuestro cerebro primitivo y es desde ahí que se nos disparan y nos cubren estas emociones tan irracionales. 

Es nuestro cerebro reptiliano que reacciona defensivamente  ante la amenaza a nuestra tribu, grupo o clan,  porque lee perder como morir. Y sentimos y hablamos en primera persona del plural, “ganamos”, “perdimos”, porque nos pasa a todos y la alegría propia y colectiva ante un triunfo y el duelo masivo en la derrota alojados en el pasado más remoto de la humanidad adquieren otro sentido. 

Yo sé, muchos sabemos, que si ganamos nada cambiará. No somos idiotas ni ciegos. Pero igual anhelamos ganar. Nos sentamos ante el televisor y ponemos en juego magias, trucos, cábalas como si cada uno de nosotros tuviera el poder de torcer el resultado según lo que haga o no haga, como si cada uno de nosotros estuviera ahí jugando junto a ese ejército de gladiadores que lucha en cada partido según cree nuestro cerebro primitivo por nuestra supervivencia. Gritamos y soñamos juntos y mantenemos viva la esperanza de que el fuego seguirá con nosotros. 

Publicado en La Nación

Correr sin que te llamen

Mabel está enojada luego de una discusión con su madre que siempre la irrita. Rubén la ve tensa, contraída “¿pasó algo?” pregunta, Mabel le cuenta y Rubén, cansado de escuchar siempre lo mismo, con la mejor de las intenciones le dice “pero Mabel, ya sabés como es tu mamá, siempre igual, no te podés poner así, ya sos grande…” y Mabel se enfurece. ¿Qué pasó ahí? Pasó que en lugar de escuchar y empatizar Rubén corrió a opinar y dar consejos que nadie le pidió. 

¿Cuántas veces hacemos lo mismo? Vemos que pasa algo y corremos con el camión del automóvil club antes de que nos llamen.

La manía de aconsejar, dar opiniones, indicar qué es lo mejor que hay que hacer, no siempre es bien recibida por el otro. Sea pareja, hijo, madre, amigo o lo que sea. Las más de las veces, recibir un consejo no pedido es una intrusión y quien lo da se sorprende e irrita cuando no es bien recibido. Lo hizo con las mejores intenciones pero leyendo lo que pasa con sus propios ojos sin ver en qué está el otro, qué le pasa, qué necesita y, fundamentalmente, si espera recibir una opinión o no.

Cuando uno está mal por algo no busca opiniones ni consejos sino empatía. ¿Qué quiere decir esto? Una conducta empática es la que resulta de ponerse en el lugar del otro. Quién es, cómo es, en qué está, de dónde viene, cuánto puede, qué pasó, cómo vive eso que le pasó. Una respuesta empática se genera en una escucha abierta y profunda. No siempre es fácil porque ver sufrir a alguien que uno quiere o que a uno le importa nos dispara rápidamente la necesidad de ir en su ayuda. Con las mejores intenciones. Y no solo lo hacemos según lo que nosotros creemos que le está pasando sino también según lo que nosotros querríamos recibir si nos pasara lo que creemos que le está pasando. 

No es fácil empatizar porque no siempre uno tiene ganas de meterse en el sufrimiento del otro. Corremos a aliviarlo también porque a nosotros mismos nos hace sufrir su sufrimiento y esperar abriendo las orejas para empatizar es difícil. Nuestras mejores intenciones excluyen al otro, atienden solo lo que creemos nosotros. Para empatizar debemos salir de nuestra burbuja personal y, como dice el habla común, ponernos en sus zapatos.

Nos pasa, como ya dije, con nuestra pareja y también con nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos. Correr a ayudar antes de que a uno lo llamen puede ser vivido como avasallamiento, y claro, no es bien recibido, nadie te agradece una opinión o un consejo no pedido. Aunque uno se de cuenta de que es con las mejores intenciones, no nos sirve en ese momento, no queremos ni consejos ni opiniones, queremos, necesitamos, la empatía del abrazo. Nada más. ¡No quiero que me digan lo que tengo que hacer cuando siento angustia por algo! ¡Necesito escucha y comprensión, necesito silencio y un abrazo! Aquel conocido “si querés llorar, llorá” empático, permisivo y contenedor. 

Ver a un ser querido sumido en una angustia que no comprendemos hace que veamos a su conducta como exagerada o fuera de lugar, nos irrita, queremos que termine, es otra de las razones por las que corremos a opinar sin que nos llamen. 

Pero el tiempo y las necesidades del otro pueden ser diferentes, tal vez solo necesite sacar afuera lo que le pasa, solo ser escuchado hasta que llegue el momento de pedir ayuda. 

Ayudar sin que nos lo pidan no ayuda. 

Correr antes de que nos llamen no es ayudar sino, aún con las mejores intenciones, no ver al otro, no importar qué necesita y puede. Ayudar es empatizar, ponerse en sus zapatos y tener la paciencia de esperar a que nos lo pida. Y entonces sí sale el camión del automóvil club con la grúa lista, la alarma a todo lo que da y las herramientas justas para dar la mano que hace falta que será muy bien recibida y agradecida porque lo pidió y lo estaba esperando. 

Cada puerta tiene una llave

A veces no nos es fácil llegar al otro, que nos escuche, que reciba lo que decimos. Hacemos nuestro mejor intento y cuando vemos que no, que no nos escuchó, nos queda esa frustrante sensación de que la puerta de la oreja del otro está cerrada a cal y a canto.

Mi mamá decía que cada puerta tiene una llave. ¿Dónde estará la llave para abrir ésta? La que entre justo justo en la cerradura, la que se adapte a los recovecos internos y la que finalmente obre el milagro. 

Si tenés algo que decir, si algo te preocupa o interesa y si querés que te escuche, mirá tu manojo de llaves y fijate si tenés ésa justa para la puerta de la oreja de tu pareja. Te aseguro que si vivís en la frustración constante de conversaciones imposibles, lo más probable es que no estés usando la llave adecuada. ¡Ya usé todas! me podrás decir, pues si ninguna funcionó tal vez tengas que encontrar una nueva. 

Veamos de qué está hecha esa llave que te hace falta para que se abra la puerta de la oreja de tu pareja. 

Primero tu actitud. Aunque tengas la llave justa, si te acercás con enojo, desprecio, si arremetés, no apuntarás bien a la cerradura. Tus emociones te ciegan, no pensás con claridad y la llave no entra, la puerta sigue cerrada. Para embocarla tenés que  amansarte, bajar los decibeles de la frustración con la que seguro venís, evitar tirártele encima a la puerta cerrada de modo avasallador. Respirá hondo, dejá de pelear, conectate con lo que querés conseguir, ¡que te escuche, que abra la puerta de su oreja! 

Una vez que estamos en modo “conversación amable”, prestá atención a cómo es tu pareja. ¿Es alguien con facilidad para las relaciones con la gente o le cuestan? ¿Puede conectarse con sus emociones o eso le angustia? ¿Es hábil hablando o suele escudarse en el silencio? Acercate de modo acorde a cómo es. No esperes que tenga tus mismas habilidades, atendé a las suyas y podrás empuñar la llave que no le amenace ni le produzca espanto o distancia.

Ya amansada tu actitud, ya claras las características de la puerta que querés abrir, prestemos atención al momento. ¿Cuándo tomarás la llave para intentar abrir esa cerradura tan hermética? Mejor no lo hagas si viene de alguna situación angustiante, o cuando el cansancio le vence o cuando recién se levanta y es de esas personas que necesita un largo rato para hablar. El momento habla de consideración, y elegir el apropiado para esa persona, hará que los goznes de la puerta se lubriquen y la llave con la que querés abrir su oreja funcione.

Por último, si amansaste tu actitud, si sabés cómo hablarle según como sean sus características personales y si buscás hacerlo cuando te puede escuchar, todavía falta una cosa más. Tener claro qué es lo que no querés que pase. Para que la llave entre, se ajuste, gire y abra esa puerta acordate de qué pasó las otras veces que intentaste y no funcionó. Lo que no querés que pase es  lo que otras veces pasó. No querés gritos ni portazos, no querés silencios ni descalificaciones, no querés que te nublen tus emociones ni que las del otro hagan que la puerta se cierre aún más fuerte. Lo que no querés que pase tiene que guiar tu mano cuando empuñes la llave adecuada.

¡Pucha! me dirás, ¡cuánto trabajo! y sí, tenés razón. ¿Quién te dijo que vivir en pareja era fácil? ¿Quién te dijo que estas cosas se arreglaban espontáneamente?  El vivir juntos no nos hace transparentes, no adivinamos ni nos adivinan. Así como hay reglas para hacer un huevo frito, hay reglas y procedimientos para comunicarse.

Por eso, si en el llavero está la llave justa, todavía no alcanza. Para que entre, para que funcione y para que abra esas orejas cerradas de tu pareja tenés que acercarte amablemente, en un momento apropiado y tener bien presente qué es lo que no querés que vuelva a pasar. Repito lo que decía mi mamá y doy fe de que es así: ¡cada puerta tiene una llave!