Shoá en Entre Ríos

Testimonio/charla online para la Jornada Central de la Semana de la Shoá de la provincia de Entre Ríos. Organizada y convocada por:

  • El Gobierno de Entre Ríos

  • El Consejo General de Educación de Entre Ríos

  • La Asociación Israelita de Paraná

  • DAIA de Entre Ríos

  • El Programa Educación, Derechos Humanos y Memoria Colectiva

  • El Museo del Holocausto de Buenos Aires y

  • El Grupo de Estudios de la Shoá

Programado para el jueves 10 de noviembre debió ser postergado por motivos técnicos para el miércoles 16 de noviembre.

El recreo necesario

Está bueno convivir. Está bueno soñar y construir juntos. Está bueno ver cómo algunos sueños se hacen realidad. También está bueno ir regando los sueños que empiezan poniendo garra para que crezcan. Está bueno ver el florecimiento de los hijos y sentir que uno se va estabilizando y encontrando un ritmo propio. Todo eso está bueno ¡Está re bueno! 

¡Pero a veces necesitamos un recreo!

Un rato para uno mismo, como cuando nos refugiamos en el baño, cerramos la puerta y sentimos el alivio, la ligereza de no sentirnos observados ni juzgados ni criticados ni opinados. Es que el baño es el mejor lugar de la casa, porque ahí uno tiene permiso de cerrar la puerta y dejarse estar sin presiones ni expectativas, sin testigos.

La mirada de los demás es determinante: a veces nos estimula y entusiasma,  otras nos asusta, nos angustia y nos frena. Como mamíferos sociales que somos necesitamos la aprobación y el reconocimiento para sentir que nuestra vida está garantizada. Y eso nos lo da la mirada de los demás. Pero esa dependencia también puede ser una prisión. Y en el reino de la pareja mucho más.

Porque nuestra pareja nos conoce del derecho y del revés. Sabe cuánto podemos y también lo que no podemos. Sabe a qué nos animamos y también lo que nos da miedo. Y en ese conocerse fuimos construyendo una nueva identidad, un nosotros en el que se fueron combinando gustos y necesidades, sueños y capacidades, realizaciones y frustraciones, nos fuimos adaptando uno al otro, aprendiendo y encontrando estilos diferentes en un tejido multicolor diferente del que traíamos. Pero al mismo tiempo, en ese nosotros, seguimos siendo personas individuales que parecemos diluirnos en la pareja pero no. Hay partes nuestras  que a veces dejamos de lado en la convivencia, como si esa renuncia enriqueciera la convivencia, esas cosas personales, eso que nos gusta, eso que por diferentes razones puede no funcionar en la pareja. Y con la intención de enriquecer a la pareja nos empobrecemos nosotros. 

¿De dónde salió que tenemos que estar siempre juntos, ir a todas partes juntos, hacer todo siempre juntos? ¿Acaso tener vida propia, por unas horas, unos días, atenta contra la felicidad de la pareja? Resulta que puede ser todo lo contrario. Unas vacaciones de la rutina cotidiana de la convivencia pueden ser muy vivificantes y hasta pueden fortalecer la relación.Está bueno también tomarse un recreo y vivir con libertad eso que uno quiere sin tener que hacer el esfuerzo de negociarlo con nadie. Suspender la convivencia cotidiana puede ser un soplo de aire fresco que quiebre la rutina. Tiempo para uno mismo, en otro lugar, sin ese testigo que tanto nos conoce y ante quien nos sentimos obligados a ser y comportarnos de una determinada manera. 

Las salidas de chicas o las de muchachos están siendo habituales hoy, los más jóvenes comprendieron eso de que somos un “nosotros” pero también somos “uno mismo” y que a veces ese uno mismo se pierde en el nosotros y hace falta recuperarlo. 

La pareja y la familia son un núcleo esencial para nuestra identidad y nuestro desarrollo personal, pero será más dichoso si cada uno de los miembros mantienen sus espacios personales, si se dan el gusto de ir a su aire de vez en cuando, si el pacto de la pareja incluye el permiso de tomarse esos recreos esenciales.

Así que si sentís que algo de la convivencia te empobrece o te ahoga, miralo de frente y decítelo con todas las letras, sin temor, no estás amenazando nada. Por el contrario apropiate de tus ganas, de tus ritmos, de tus necesidades, hacé lo que se te canta sin tener que dar cuenta de ello y date vuelo y libertad, aunque sea un ratito, aunque sea unas horitas, aunque sea unos pocos días, está bueno para vos, está bueno para los dos. 

Y encima está bueno extrañarse, volver a sentir que uno es importante para el otro y que el otro es importante para uno. Tomate un recreo. Cambiá de escenario. Los recreos son para jugar. Tomate un recreo y jugá. 

Pogrom de noviembre (acto 2022)

Pintura de Judith Dazzio

Pasaron 84 años de aquella noche de noviembre de 1938 en Alemania y en Austria.

Los que todavía no lo habían hecho vieron que la única salida era la emigración. Ya desde 1935 las infames leyes de Nuremberg habían ido restringiendo sus vidas pero siempre estaba la esperanza de que sería pasajero, de que no iba a durar más tiempo, esperanza que se hizo trizas junto con las vidrieras de los negocios que le dieron el engañoso nombre de Kristallnacht a aquel pogrom criminal. 

Los que pudieron se fueron. Muchos llegaron a la Argentina, intelectuales, científicos, artistas, creadores, educadores trajeron cultura, creatividad y estímulo al Río de la Plata. Pero, como casi todos los sobrevivientes, guardaron para sí la dura experiencia del nazismo y las pérdidas que habían sufrido. Ninguno olvidó nada. Ninguno negó nada. Pero casi todos callaron, se abocaron a vivir, a adaptarse, a generar familias y a crecer en aquello que era su actividad. No había tiempo para lamentarse y hablar ni tampoco oídos abiertos para escuchar. 

Muchos años después el dique del silencio se fragmentó y las voces de los sobrevivientes se derramaron como un río embravecido a cuyas orillas estamos todos. Y escuchamos. Y aprendemos. Y empatizamos con cada uno, con cada historia, con cada lágrima, con cada evocación de lo perdido. 

Durante mucho tiempo se creyó que el silencio de los sobrevivientes era patológico, que negaban, que preferirían no hablar para no revivir lo vivido. Se creó la figura del sindrome del sobreviviente que incluía el silencio como eje central. Resulta que cuando se rompió el dique y comenzaron a hablar todas estas teorías se derrumbaron. Ni habían olvidado. Ni eran negadores. Ni temían revivir lo vivido al contarlo. Por el contrario, contarlo los aliviaba y encontraron en ello una misión en la vida. Y dan su testimonio donde se lo pidan, en escuelas, en clubes, en entrevistas periodísticas, en videos y sus voces tienen tridimensionalidad y sus personas se enaltecen como portadores de narrativas que deben formar parte de la historia de la humanidad.

Pero  ¿por qué callaron todos esos años? Tengo una hipótesis muy diferente a la habitual. No creo que el silencio se haya debido al temor de revivir el sufrimiento, a no querer cargar a los hijos con recuerdos tan tristes, a que padezcan algún tipo de patología psiquiátrica que les haya obnubilado la memoria y cerrado las bocas. Los testimonios que oímos contradicen todo eso. Creo que fue un silencio restaurador de la vida, un silencio que permitió que caminaran sin que lo vivido entorpeciera sus pasos, un silencio que hizo posible que hicieran familias, que construyeran un futuro, un silencio que, en suma, les permitió seguir viviendo. La vivencia de que el estado protector, el estado que debía asegurarles la educación y la salud, la seguridad y la vida, ese estado los había querido matar fracturó de tal manera su confianza que necesitaron varias décadas para reconstruirla. Años en los que pudieron recuperar una expectativa de futuro, años en los que criaron y educaron a sus hijos, años en los que nacieron los nietos y se fueron haciendo grandes, y de ese modo aquel piso fracturado pudo recomponerse y volvieron a estar de pie sobre un piso sólido del que ya no temían resbalar ni caer. Las grietas y fracturas se fueron soldando, las marcas quedan, las marcas están, en la memoria, en las ausencias, en las incertidumbres y temores a poco de haber sobrevivido, pero el piso volvió a estar horizontal y a contener pasos que pueden caminar sin tener que estar mirando hacia atrás todo el tiempo. 

El silencio de los sobrevivientes fue sanador, reconstituyente y les permitió seguir viviendo. Aquellos que hablaron demasiado precozmente vivieron en el desgarramiento de la victimización como en un lodazal poco firme sin poder sacar los pies de ese barro que entorpecía sus pasos. La vida en los primeros años les fue más difícil a los que hablaron que a los que se anidaron en un silencio protector.

Sé que es una hipótesis extraña en un contexto cultural en el que se cree que hay que hablar de todo siempre y que toma el silencio como una especie de falla irreparable. Pero al ver la fuerza, la firmeza y la determinación de los sobrevivientes de hablar, de contar, de compartir y transmitir lo vivido, advertimos que no olvidaron, que no reprimieron, que no negaron, tan solo esperaron el momento en el que la vida vivida, les asegurara que ahora sí se podía hablar, ahora que habían vivido, ahora que llegaron a viejos, ahora que sus hijos que llegaron a ser adultos, ahora que sus nietos son la evidencia de que el futuro está. ¡Y pueden hablar! 

El silencio de décadas no es solo de los sobrevivientes del Holocausto. Es una conducta habitual en los sobrevivientes de todos los genocidios posteriores y son tantos que avergüenza a la humanidad la evidencia de lo que no se ha aprendido. Antes del Holocausto sucedió el genocidio armenio en manos de los turcos, luego la masacre en Nankin por el ejército japonés y luego el holodomor, la criminal hambruna en Ucrania perpetrada por los soviéticos. Y después del Holocausto no han parado de suceder. La limpieza étnica de los Balcanes, la sangrienta matanza a machetes de los Hutus sobre los Tutsis en Ruanda, la masacre de los itchiles en Guatemala, el cruel genocidio en Camboya en manos del Khmer Rojo. Son millones y millones de personas asesinadas que tiñen de sangre nuestra conciencia como humanidad.

Hanka, una sobreviviente del Holocausto contaba que a sus 7 años ante la irrupción de los nazis en su casa, se escondieron con su mamá en el fondo de un ropero, detrás de la ropa y que quiso hacerle una pregunta y la mamá la dijo que no hable. Hanka le preguntó por qué no podían hablar y la mamá le dijo que si las descubrían las iban a matar y la niñita preguntó ¿por qué me quieren matar si me porté bien?. Ésta es la pregunta que nos sigue acuciando y acosando como humanidad. Es la pregunta de los genocidios, los hechos genocidas, las masacres, lo que sucede solo en contextos dictatoriales, nunca en una democracia, nunca en un estado de derecho. Por eso estos actos de conmemoración y homenaje, los rituales colectivos que mantienen viva la llama del alerta son un toque de atención, indispensables para que alguna vez, el portarse bien sea por fin garantía de supervivencia. Amén, que así sea.  

(En el acto organizado por Bnei Brit, Museo del Holocausto, Confraternidad Argentina Judeo Cristiana y Centro Wiesenthal)

El miedo detrás de la violencia

¿Viste cuando decís algo y recibís una reacción hiriente, violenta o descalificadora?. Ese grito, ese insulto, ese gesto, esa mirada, toca y golpea nuestro núcleo más vulnerable, el impacto es tal que todo nuestro organismo se pone en acción. 

No me canso de decirlo: somos mamíferos, gregarios, sociales, necesitamos asegurar una y otra vez que somos aceptados y queridos, cualquier amenaza de que no es así, nos hunde en una enorme angustia amenaza nuestra vida. ¿Y cómo se expresa eso? igual que hace miles de años, igual que en la época de las cavernas, igual que los neanderthal, se nos disparan las mismas conexiones neuronales y se pone en movimiento todo el sistema hormonal para huir o para contra atacar. Igual que los mamíferos. 

Sentirse atacado nos dispara automáticamente la reacción del ataque. Pero hay un modo en el que podemos anteponer algo a nuestra reacción y evitar que la violencia escale y nos veamos metidos en medio de una pelea. El truco es intentar comprender qué disparó en nuestro otro esa conducta tan fuertemente agresiva. 

Solemos pensar que el maltrato es una señal de maldad o egoísmo, de crueldad, de mala entraña. O que grita, vocifera y tiene malos modos por un tema mental, algún tipo de patología que debe ser medicada por la psiquiatría. O la razón es porque nos ve como enemigos, le irritamos, no nos soporta, no nos quiere más. Los motivos habituales con los que nos explicamos estas conductas hirientes son entonces uno de estos tres: la maldad, la locura o el desamor. Todas explicaciones que nos cierran las puertas y nos angustian o desalientan. 

Pero hay otra manera de pensarlo. Ahí va.

Son las personas caracoles, se sienten inseguros, se protegen con una armadura que es tan dura como la inseguridad que esconden. Tan ligeros, tan frágiles, tan a merced como los caracoles y para sobrevivir se cubren con una coraza dura, fuerte y sólida. 

Nadie diría que los caracoles son sólidos y fuertes. Todo lo contrario. Los vemos y entendemos su enorme fragilidad y que solo tienen como defensa esa armadura que los rodea. 

Mucha gente es igual. Cuanto más frágil se siente más fuerte grita, más se exaspera, más reacciona de modo agresivo y enojón. La persona que guarda un núcleo de vulnerabilidad del que se avergüenza, que le aterra mostrar, busca ser valorada, respetada y confirmada marcando territorio con gritos y malos modos. Es tanto su miedo como la fragilidad de un caracol y evita mostrarlo porque teme que si lo hace perderá el respeto de quienes le rodean. Prefiere que le crean violento y no asustado, prefiere ocultarse en un silencio hostil a confesar el terror que siente de no ser querido. Suelen no saber como entrar en su mundo emocional, no lo conocen ni tienen palabras para nombrar lo que sienten, lo que temen. Sus reacciones, sus descalificaciones y agresiones, son la medida del miedo que sienten. Es más común en los hombres pero también nos pasa a las mujeres. En los hombres se complica por la exigencia cultural que los fuerza a mostrarse machos potentes e importantes. Un hombre inseguro vive acosado por el terror de que se descubra que todo lo que muestra es como la casita del caracol, que parece impenetrable porque no quiere que nadie sospeche siquiera que adentro de esa coraza dura hay un corazón blandito, aterrorizado ante la idea de no ser querido. 

Pensá todo esto cuando tu pareja te responda de modo intempestivo. Ese maltrato, que lo es, ¡es un maltrato! esconde la materia frágil de un ser que no sabe ni puede decir que tiene miedo y que lo que más quiere en la vida es que le aseguren amor. Y el pobre está en una trampa porque le sale al revés, provoca rechazo, con lo cual confirma la falta de amor. La próxima vez que te grite o te maltrate no digas nada, pensá dentro de tu cabeza “¡pobre! ¡qué asustado que está!” 

Portarse bien y sus preguntas.

Ilustración Fidel Sclavo

Cuando los nazis irrumpieron en la casa, Hanka y su mamá corrieron a esconderse en el ropero tras vestidos y abrigos -¿Qué pasa mamá? -¡Sh! la calló su madre aterrada, si nos descubren nos matan, y Hanka, con solo 7 años, preguntó -¿Por qué me quieren matar si me porté bien? 

Fue en Polonia en 1942. Hace 80 años. Y la pregunta sigue viva hoy y acá cuestionando todo lo que aprendimos. ¿Acaso toda la educación y las reglas de convivencia no se sostienen en la idea de que si uno se porta bien todo irá bien? Si da lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, como decía Discépolo en 1934, ¿para qué esforzarnos, estudiar, portarnos bien? Desnudos de certidumbres, no sabemos qué contestar.

La realidad nos cachetea a diario con la contravención a las reglas, la desobediencia a La Ley, el desprecio por la Constitución. Desde alumnos hasta miembros del gobierno pasando por colectivos que reivindican derechos históricos o sociales, sindicales o partidarios, apoderándose de la cosa pública, todo parece haberse dado vuelta. Lo que creíamos sólido se funde bajo nuestros pies. ¿Cómo educar a nuestros hijos en las normas básicas que posibilitan la convivencia si ven que no se respetan ni se pena su desobediencia? 

Traicionar, mentir, engañar, aprovecharse del débil y el crédulo, explotar las debilidades humanas sin medir ni importar las consecuencias son las nuevas reglas. Todo es igual. Nada es mejor. ¿Para qué portarse bien si es premiado quien no lo hace? ¿Para qué trabajar si te adormecen con la limosna de un plan? ¿Para qué estudiar si eso no garantiza el éxito? 

¿Por qué me quieren matar si me porté bien? sigue preguntando Hanka de 7 años con un lúgubre y ensombrecedor Cambalache de fondo.

Hanka sobrevivió, no así su madre. Sobrevivió y llegó a la Argentina. Acá se casó, tuvo hijos y nietos, enviudó, envejeció y se fue. Sobrevivir fue un milagro. ¿Quién iba a decir que tan chiquita y sola iba a lograrlo? Los sobrevivientes del Holocausto prueban que, aunque parezca imposible, en algún lado, de alguna manera, algunos, no todos, fueron tocados por la varita mágica de la suerte y vivieron a pesar de la infalible maquinaria nazi. Pero depender de la suerte nos sume en la total impotencia, es exterior a nosotros, no parece haber nada que podamos hacer para dar vuelta la taba y que la rueda de la fortuna caiga de nuestro lado.

Se cuestiona la democracia en todas partes pero otros países funcionan, allí estudiar, trabajar, respetar las reglas y la institucionalidad sigue siendo La Ley y nadie duda de que  portarse bien sea el camino. 

¿Qué es hoy portarse bien acá? ¿Cuáles son los ejemplos que vemos y que nos podrían alentar? ¿Por qué en nuestra tierra tan fértil los yuyos y las malezas ocupan el lugar de tantos frutos y alimentos?

Me porto bien, pago mis impuestos, respeto los semáforos, soy puntual, trabajo con honestidad, no robo ni engaño, digo buen día, gracias, por favor, si hago todo eso ¿por qué vivo en la incertidumbre? ¿Por qué me dan turno médico para dentro de varios meses? ¿Por qué camino titubeante sobre un piso tan resbaladizo que ante cada decisión me espanta la idea de caerme? ¿Por qué mis hijos viven en el exterior? ¿Por qué no puedo acompañar el crecimiento de mis nietos? 

¿Por qué me quieren matar si me porté bien? sigue preguntando Hanka. ¿La respuesta estará soplando en el viento como decía Bob Dylan? ¡No! Si fuera así no puedo vivir. Mi respuesta es seguir portándome bien para que siga abierta la puerta de la esperanza.

Publicado en Clarin

Preguntas antes del divorcio

Y un día te das cuenta de que la cosa no anda, que es más lo que están mal que lo que están bien. Probaste todo, o al menos probaste lo que podías, y nada funcionó. Como si tuvieras un clavo clavado en el dedo gordo del pie que duele a cada paso, pensás en el divorcio. Ya pensarlo es un alivio, es sacarse el clavo, volver a ponerse zapatos y caminar otra vez.

La cosa no pasó de pronto sólo que un día te diste cuenta después de no haber visto, de creer que lo que sea que pasaba iba a pasar, pero el momento no llegaba, crecía tu frustración, tu enojo y día sentís que basta, que te querés sacar ese clavo clavado porque no aguantás más el dolor.

A veces el divorcio es la solución porque la penuria es tanta que no hay ya sobre qué seguir construyendo. Pero otras veces, veo que terminar con la pareja, fracturar la familia, es más un darse por vencido o una huída desbocada, irreflexiva y ciega. Si estás pensando en separarte, te hago tres preguntas en las que pensar. 


  1. ¿Por qué el sufrimiento? ¿toda la culpa la tiene el otro? si te duele no estar recibiendo lo que te hace falta, ¿lo pediste o esperaste que adivine? ¿cuando te sentiste mal lo dijiste de buen modo o reclamaste, criticaste y acusaste? ¿tu vida y tu felicidad depende de lo que haga o no haga el otro y vos siempre estás esperando y en el lugar de la víctima? ¿El enojo te cubre de tal modo que no te deja pensar?

  2. ¿Qué esperabas de la pareja? ¿revisaste lo que esperabas de la convivencia? ¿Te creíste la historia del amor que cuentan las novelas y los boleros y que el amor lo podía todo? ¿Le preguntaste a tu otro lo que necesitaba? o ¿hiciste lo que vos creías que necesitaba? ¿Todo está mal, no hay nada que veas que esté bien como si hubieras perdido la vista de un ojo?

  3. ¿Cómo imaginás el futuro? Además del alivio de la soledad, de no tener que negociar horarios y decisiones ¿Te preguntaste cómo será tu futuro, con los hijos, la familia, los amigos, el dinero, todo lo que cambiará con el divorcio? ¿Tenés la seguridad de que una vez que te alivies, vivirás la felicidad que soñabas?


Pensar en el divorcio es un alivio porque uno siente que si la cosa se pone imposible está esa salida. Pero a veces nos apuramos. Las soluciones tomadas en medio del enojo y el sufrimiento no suelen estar bien consideradas, solo se busca el alivio y no  importa otra cosa. Uno quiere sacarse de encima lo que duele sin pensar ni esperar. El ver solo con el ojo que ve todo mal, distorsiona la realidad y no aconseja bien.

Si estás pensando en divorciarte, salí de tu casa, comprate un cuaderno lindo, andá a un café, a un lugar amable, preferiblemente un lugar nuevo, pedite un café, un trago o lo que quieras y hacete el regalo de mirate para adentro un rato y anotá. Respondé una a una, estas preguntas: ¿la culpa del sufrimiento es solo del otro?, ¿esperabas de tu pareja cosas imposibles? ¿cuáles serán las consecuencias de un divorcio? 

Y no te engañes ni te adornes las cosas, decite la verdad. Siempre nos resulta más fácil ver lo que hace mal el otro y no nos damos cuenta de lo que hacemos nosotros mismos. En lugar de esperar que suceda un milagro, tomá las riendas en tus manos, hacé un ejercicio de honestidad bruta, sin disfraces, vas a ver cuánto de tu conducta te trajo donde estás. ¿Conocés a alguien que se divorció? preguntale qué pasó después, anticipate para pesar bien la decisión que estás a punto de tomar. Tu pareja también está sufriendo y tampoco sabe cómo salir del atolladero. Una vez que te respondas esas preguntas podrás pensar un poco más si divorciarte es lo que querés o si, abriendo el ojo que ve lo que está bien, tu pareja tendrá una nueva oportunidad.

Hijos del otro

Tener y educar hijos es una aventura complicada y compleja. Cuando se unen parejas  con hijos de parejas anteriores, todo se hace más difícil. 

Sea una pareja con hijos de uno solo de un matrimonio anterior, con hijos de los dos lados y adolescentes, con hijos chiquitos, de jardín o de primaria, con hijos adultos. Cada situación requerirá un encare particular. Pero hay cosas que pueden aplicarse a todas.

Los hijos tienen una doble pertenencia. Por un lado a la familia que eran y por el otro a la nueva que se armó. La adaptación a la situación dependerá de si la relación fue tormentosa y la separación peleada. Ya venían baqueteados por la mala relación de sus padres y si la cosa quedó mal se verán en un severo conflicto de lealtad especialmente si la nueva pareja les cae bien, se sentirán traicionando al progenitor que quedó solo. Y si la nueva pareja trae hijos también tendrán que adaptarse a estos y vivir el todos los días de a ver quién recibe más que quién, a quién se le permiten cosas y a quien no, al trato diferencial que reciben. La tarea es fenomenal para todos en el enfrentamiento de las mil y una situaciones de la vida cotidiana. 

Es bien diferente cuando la relación previa y la separación fueron amistosas. Con padres que no se ven como enemigos, el clima será más propicio. Pero igual, para los hijos, la nueva pareja es la prueba de la desunión de sus padres y todos los chicos quieren que sus padres sigan juntos y muchos creen que son culpables de la separación, o sea que la nueva pareja será la prueba de su fracaso en unir a sus padres. 

¿A quién querer? ¿Alguien se sentirá mal? ¿habrá que tomar partido?

Tomar partido es siempre injusto y doloroso. Para los hijos y para los padres. Es más fácil tratar con los hijos propios que con los ajenos, no sé si más fácil, más conocido, pero la nueva pareja piensa diferente, critica o sugiere otras conductas y puede caer en la tentación de querer imponerse. Para cada uno, la manera propia es la adecuada, la que está bien y querría que fuera la norma del nuevo hogar. Puede ser una fuente de conflictos que ojalá se vuelva una fuente de conversaciones. Los hijos deben aceptar y adaptarse y los padres, deben aceptar y adaptarse, los 4 padres.

Hay algunas claves que podemos tomar para hacer de este proceso un camino que conduzca a una convivencia pacífica.

La adaptación no sucede instantáneamente, requiere paciencia, tolerancia y flexibilidad. La nueva pareja une a dos planetas diferentes, dos historias diferentes, dos heridas y dolores diferentes, dos formas de actuar y de convivir diferentes. El desafío es aprender a construir un tercer planeta en el que cada uno, chicos y grandes, tenga un espacio propio, sea respetado y considerado. 

Cada circunstancia conflictiva, y las habrá, si puede ser conversada amorosamente, permitirá conocer y conciliar necesidades y posibilidades. Horarios y espacios, el baño, las comidas, la hora de dormir, hábitos, familias, todo lo que ya estaba establecido se pone en cuestión y debe ser pactado.

El desafío mayor es para la nueva pareja. 

Repito, paciencia, tolerancia y flexibilidad. Cada nueva situación permitirá conversar y construir las reglas de convivencia. Tiene que haber reglas, claras y explícitas para que los hijos de uno y de otro no sean un campo de batalla, es esencial dividir las tareas, marcar claramente de qué se ocupa cada uno, qué padre es responsable de qué hijo, cuál es la conducta que se aceptará respecto de los hijos del otro, en suma, cómo se organiza la vida para que nadie afecte la vida de nadie. ¿tienen que hacerse la cama? ¿levantar los platos? ¿colaborar en tareas de las casa? ¿invitar a quién quieran? Todo debe ser conversado, pactado y respetado. Atención a los celos, a los privilegios, a las diferencias. Atención a la intervención disruptiva de la pareja anterior. 

Esta segunda oportunidad no sucede espontáneamente. Requiere trabajo y dedicación. Tienen en sus manos el futuro de esta nueva familia, el bienestar de los hijos y la paz de todos. 

...¡y yo que me desviví por ellos!

(Anticipando el Día de la Madre)

Los atendí de día y de noche, los llevaba y traía de la escuela, de las clases deportivas, de las reuniones sociales, festejé sus cumpleaños, sus logros, cada premio, los llevé al médico, atendí sus malestares y enfermedades, dentista, nutricionista, psicólogo, todo lo que precisaban, sin límite alguno, postergué mi vida …. y ahora que son grandes parece que no tenemos temas de conversación, como si yo no les pareciera interesante, no me llaman, no me cuentan nada. ¡Y yo que me desviví por ellos!

Fue un fuerte impacto para mí escuchar que decía “me desviví”. ¿Qué es desvivirse? ¿no vivir? ¿vivir mal? ¿cómo vivió sus años de maternaje? 

La maternidad fue durante siglos la función más importante de las mujeres, casi la única. Si son nos 10 años de maternaje con cada hijo, según los que se tengan, nos puede llevar uno 20 años. Hasta ayer, con los hijos crecidos la vida había terminado pero hoy con salud y suerte en la lotería genética, podemos vivir 30 o 40 años más. Nunca antes hubo tantas familias con 5 generaciones, con bisnietos. Aquel lugar de reina del hogar y directora ejecutiva de la crianza de los hijos, quedó amarrete, los hijos crecen, tienen hijos y la vida sigue. Pero las mujeres que apostaron solo a la maternidad, se ven en apuros.

Se jugaron de lleno a ser madres, las mejores, y con la tarea cumplida quedan desocupadas. El famoso nido vacío. ¿Y ahora qué hago? ¿De qué me ocupo? Y la que no incursionó en otras áreas, la que no buscó ni desarrolló una actividad, una pasión, además de ver vacío su nido siente un vacío interior angustiante, no sabe qué hacer ni como seguir.

Los hijos bien criados tienen sus vidas, sus intereses, sus pasiones, vuelan con vuelo propio. Si no le dan a la madre desvivida la atención que espera no es por desamor ni desinterés ni egoísmo. Es hora de revivir, de encontrar un mundo propio, una habitación solo para una como decía Virgina Woolf, donde abrir esas alas que quedaron plegadas para que los hijos desarrollaran las suyas y pudieran irse. Porque de eso se trata el maternaje, que cada uno de los hijos llegue a adulto con alas fuertes y si vuelan solos es que hicimos las cosas bien. ¡Ay de los hijos que una vez adultos se quedan con mamá!,  no aprendieron a volar. 

Si no lo hicimos antes, una vez que los pichones volaron es tiempo de bucear en nuestro interior para encontrar esa pasión que nos es propia, lo que le dará un nuevo sentido a nuestra vida. El “me desviví por ellos” es un lamento acusatorio y resentido. ¿Acaso esperaba que los hijos le devolvieran lo hecho por ellos? Si es lo que esperaba le erró fiero porque el maternaje exitoso es que una vez adultos vuelen y armen otro nido. La crianza no es un toma y daca, una inversión que debe devolver lo invertido con intereses. Con los hijos adultos y haciendo su vida tenemos ahora la oportunidad de habitarnos de otra manera, de reinventarnos. 

La mamá que dijo “no hablan conmigo luego de que me desviví por ellos”  tenía un poco menos que 60 años. Si todo va bien y si la salud la acompaña,  tiene por delante unos 30 años más. ¡Eso es un montón! En lugar de acusar a los hijos de haberla abandonado puede felicitarse por la buena tarea realizada y abrir puertas que estuvieron cerradas todos esos años y ver qué hay en las nuevas habitaciones. Si siente que se desvivió pues ahora la vida le grita ¡abrí los ojos! ¡desvivir nos empobrece y opaca, no somos interesantes ni  tenemos pasiones! ¡Salí de esa trampa! Elegí  vivir o, lo que es mejor, decidite a revivir. No te des por vencida, volvé a regar esa tierra que quedó apisonada, vas a ver cómo asoma un brote que te habías olvidado que estaba. 

Es un renacer sabiendo lo que sabemos, lo que podemos y lo que queremos y si nos tomamos en serio y nos hacemos caso capaz que nos volveremos tan interesantes que nuestros hijos vendrán a vernos con ganas de hablar con nosotras. 

¡Feliz día de la madre!

¡Descubrí que me engañó!

Y de pronto descubrís que tu pareja tuvo una aventura. ¿Fue una relación duradera? ¿Un chateo caliente o un touch and go? ¿una relación por la que pagó? ¿estuvo viendo videos porno? Son todas cosas diferentes pero en todas, buscó afuera, rompió la promesa de fidelidad. Ataca nuestra identidad y cómo creíamos que era nuestra pareja. Ya no somos los únicos, los indispensables, los más importantes. El piso se volvió resbaladizo, no sabemos dónde estamos parados. Quebrada la confianza, herida la autoestima, no podemos reponernos de la sorpresa, de la defraudación y del profundo dolor. 

Si la pareja ya se estaba deshaciendo, descubrir una aventura puede ser el golpe final. Pero si la cosa estaba medianamente bien, como sucede la mayoría de las veces, puede ser una oportunidad para volver a repactar, ahora de modo más realista. 

Tener una historia afuera existe desde que existe el matrimonio y no sucede solo en parejas que no están bien. La búsqueda de una experiencia nueva, una pasión, es tan vieja como los tiempos. A eso se le suma hoy el mandato de satisfacer todos nuestros deseos y el constante bombardeo de que hay que ser feliz. ¿Y cómo ser felices y satisfacer nuestros deseos al mismo tiempo si hemos prometido ser fieles? No hay manera de conciliar ambos objetivos. Por eso las aventuras son secretas, porque no se quiere terminar con la pareja. El sabor de una aventura prohibida y el secreto son además ingredientes afrodisíacos que se suman al placer de la novedad, la autonomía y una intensidad sexual añorada. Revitaliza y entusiasma, es cierto , aunque raramente tiene que ver con el amor. Pero cuando se descubre la aventura uno se ve traicionado, excluido, despreciado, con la confianza desmoronada y se pregunta si alguna vez podrá volver a confiar.

Nos hunde en una crisis muy profunda pero no es forzoso que destruya a la pareja. Depende de lo que hagan. 

Es un fuerte toque de atención que puede abrir conversaciones que nunca se tuvieron y se pongan sobre la mesa deseos y necesidades insatisfechas que habían permanecido calladas y acceder a una intimidad que la rutina había borroneado. Adicionalmente, el temor de haber estado a punto de perderlo todo, puede re encender el deseo sexual y que la pareja sea más satisfactoria para los dos. Los dos necesitaban cosas que faltaban, quien las buscó afuera habilita al que se quedó adentro a revisar sus propias carencias.

Este doloroso descubrimiento puede ser una oportunidad. 

Coincido con Esther Perel en cómo seguir. 

Quien tuvo la aventura debe restaurar la confianza herida. Aceptar la responsabilidad, reconocer lo que hizo y expresar remordimiento por la aventura misma y el daño causado. Reconstruir confianza es un proceso que requiere honestidad y empatía con el dolor del otro y lleva su tiempo, no sucederá enseguida. 

Al lastimado le sangra la autoestima herida, necesita volver a sentir que vale, rodeado de afectos y actividades placenteras. Atención a la tentación de hacer preguntas malsanas, los detalles sórdidos: ¿desde cuándo? ¿cuántas veces? ¿es mejor que yo en la cama?, preguntas que mantienen la herida abierta. Y no entrar en el juego de la víctima y el victimario. En la vida cotidiana herimos al otro, lesionamos su autoestima con desprecio, indiferencia, violencia. Entrar en el juego de buscar culpables es un callejón sin salida. Mejor expresar el dolor no con acusaciones sino con preguntas sanadoras: ¿qué encontraste ahí que te faltaba? ¿cómo era cuando volvías a casa? ¿qué te hace bien de nosotros? 

Son conversaciones complejas sin respuestas simples ni definitivas, van cambiando a medida que nos damos cuenta. Somos seres complejos y no siempre tenemos claro qué sentimos, qué necesitamos y cómo pedirlo. Cada pareja puede elegir cuál es el camino a seguir una vez que la aventura fue descubierta. No es necesariamente el final de una pareja, puede llevar al autodescubrimiento y a una nueva perspectiva que haga mejor la vida de ambos. Depende de lo que hagan y de cómo lo hagan. Descubrir que hubo una aventura afuera puede ser lápida o trampolín. 

Depende de uno mismo. 

Depende de los dos.


Entrevista sobre Proyecto Aprendiz

Entrevista a Diana Wang: la memoria y el Proyecto Aprendiz, Lara Naguirner

Diana Wang es hija de Cesia y Mesio, una pareja judía que sobrevivó al Holocausto nazi. Una familia cristiana los ocultó en el altillo de su casa durante 22 meses, quedándose además a cargo de su pequeño hijo, Zenus. Al finalizar la guerra, les dijeron que había muerto, sin decirles dónde estaba enterrado.

Diana nació en Polonia en 1945, es “hija de la guerra”. La familia Wang emigró a la Argentina 2 años más tarde. Fue alrededor de sus 50 años que Diana se empezó a involucrar con su historia familiar y la Shoá. Con el título de “emprendedora de memoria”, creó el Proyecto Aprendiz, dedicado a mantener la memoria, haciendo que los sobrevivientes del Holocausto cuenten a jóvenes “aprendices” sus historias. En el 2015 dio su primera charla TEDx “Los aprendices de la historia”, seguida por otra en 2016 y la última hasta el momento en 2021.

¿Cómo era el vínculo de tus padres con la familia que los ayudó a mantenerse escondidos?

No sé mucho, porque hay etapas distintas. La primera fue cuando esta gente aceptó esconder a mi familia, a cambio de una cantidad de dinero, que era todo lo que podían ofrecer en ese momento. Pero estaba justificado porque el hombre de la familia estaba sin trabajo, no tenían para comer. Era para poder sobrevivir, no estaban lucrando.

Cuando se les terminó el dinero, algo empezó a cambiar, situación que nunca entendí. Ellos siguieron ocultándose sin pagar. Yo sospecho que aquél hombre debe haber amenazado con denunciarlos, extorsionando sexualmente a mi mamá o mi tía, que también estaba ahí. Se que cuando salieron nunca más los quisieron ver, algo tuvo que haber pasado.

¿Alguna vez tus padres pasaron por el proceso del Proyecto Aprendiz?

Mis papás murieron, no llegaron a conocer este proyecto. De alguna manera yo fui su aprendiz, pero a la vez quedaron huecos que uno rellena con sus propias hipótesis, como acabo de hacer con lo que te conté, porque en su momento no pregunté y trato de armar los fragmentos que quedan para darles algún sentido, ajustarlos en algún contexto que permita entender qué fue lo que pasó.

“Era obvio, Zenus estaba vivo y había sido apropiado”, contaste en tu primera charla en TEDxRíodelaPlataED. ¿Cómo llegaron a esa conclusión?

Zenus Wang. La única fotografía del hermano de Diana que pudieron recuperar.

No llegamos a la conclusión de que estaba vivo. Mis padres nunca dijeron que estaba vivo. Mi papá no podía hablar porque se ponía a llorar y mi mamá lo que contaba era que al ir a buscarlo, le dijeron que había muerto y que no sabían decirle dónde estaba enterrado. Todo lo demás, fueron hipótesis que hice yo. Nunca supimos si sobrevivió o no. Yo hoy creo que no sobrevivió. Hice un proceso bastante interesante, sobre el cual estoy escribiendo: partir que Zenus estaba vivo, hasta llegar a la conclusión de que probablemente no lo estuviera, que efectivamente era cierto que había muerto, preguntándome por qué no querían contar dónde se encontraba su cuerpo. Debe haber pasado algo con aquella muerte que ellos no querían mostrar. Supe de casos, algunos de ellos documentados, de gente que tenía a su cargo a niños refugiados, especialmente varones circuncidados, y ante la posibilidad de ser descubiertos, los mataban para no poner a todos en peligro. La sospecha que tengo ahora es que ellos lo mataron de alguna manera que si vos encontrás el cadáver se iba a notar. Es la única forma de entender por qué no lo quisieron mostrar.

¿Cómo te llevás con ese proceso?

Es complicado porque sigo buceando, sin herramientas concretas, no tengo datos ni documentos sobre los que pararme para seguir pensando y seguir tratando de armar el rompecabezas, entonces, hago hipótesis. Y van cambiando. Se me ocurre una cosa, se me ocurre otra. Es como una novela que está viva porque sigue cambiando cada vez que le doy otra vuelta. Es algo en lo que, al menos yo, nunca dejo de pensar.

Pensando en tu título de “emprendedora de memoria”, ¿por qué te sentís responsable de serlo?

El título de emprendedora de memoria también fue cambiando de sentido. Se me ocurrió porque yo no me reconozco en un título profesional. Psicóloga, escritora, conferencista. Para mí no quieren decir nada. O al menos no siento que esos títulos me representen o me identifiquen.

En este momento, estoy muy motivada, interesada por los laberintos de la memoria, por cómo la memoria va cambiando. Los recuerdos son engañosos, uno no recuerda como una foto, la memoria se entreteje y va mutando conforme vas cambiando tus intereses, sumando experiencias. La memoria no tiene que ver sólo con el pasado, sino que tiene que ver con cómo miro al pasado desde el presente, cómo miro mi proceso de pensamiento, según con quién hablo, según para qué lo digo. Hay varias capas de complejidad en donde me pongo a cuestionar el tema de la verdad histórica, la cual pierde sentido porque la podrán encontrar arqueólogos, paleontólogos, pero nosotros no, yo, por lo menos, no. Entonces aparece otra verdad, que son como capas de cebolla. Y hay otra verdad que tiene que ver con las preguntas que me hago, que me tengo que contestar.

¿Cómo convive la idea de una memoria dinámica con el Proyecto Aprendiz?

El Proyecto Aprendiz ha sido crucial en todo este desorden que tengo en mi cabeza respecto a la memoria. Cuando empezamos a armar el proyecto todavía no nos habíamos dado cuenta de que el aprendiz no asumía la historia del sobreviviente como si fuera un actor, nadie puede incorporar la historia de otra persona en su totalidad, cada uno agarra un pedazo de lo que le cuentan.

Hubo sobrevivientes que tuvieron entre 4 y 5 aprendices y cada uno de ellos contaba otra historia sobre el mismo sobreviviente. A cada uno le había impactado otra cosa, se le había mezclado con aspectos de su vida personal, entonces lo que vimos que pasaba era que cada testimonio, de cada aprendiz, era cómo el testimonio del sobreviviente se había incorporado a su vida. No es el aprendiz quien está contando la historia del sobreviviente. El testimonio es el aprendiz, no el sobreviviente.

Ahí empecé a pensar este juego complejo de la memoria. La memoria es como una masa maleable que se mueve, que está viva, depende de dónde la pongas, va a haber cambiado de forma.

¿A qué otras esferas se puede llevar el Proyecto Aprendiz?

Se puede llevar a cualquier esfera. Imaginate hacerlo con las culturas cuyas lenguas están desapareciendo. O todo tipo de inmigrantes. ¿Te imaginás hacer un Proyecto Aprendiz con gitanos? Puede ser maravilloso. Se puede aplicar a oficios que han desaparecido. Es un dispositivo que se puede adaptar a cualquier relato.

¿Se necesita de otros emprendedores de la memoria para que se den nuevos testimonios con este formato?

Claro, se nos han acercado bastantes veces diciéndonos que lo querían hacer. Con sobrevivientes de la Shoá y otros temas. Entonces nosotros respondíamos cómo hacerlo, pero para llevarlo a cabo es necesario tener por lo menos un equipo de 5 personas. Una persona sola no lo puede hacer y muchas veces no conformaban esos grupos.

¿Qué podemos hacer los demás para convertirnos en emprendedores de la memoria?

Primero, tener ganas. Concentrarte en desafíos que te motiven y ponerte en movimiento. Desde empezar a estudiar historia o, incluso sin estudiar, navegar sobre algún aspecto particular que te resulte atractivo, importante. Es cuestión de subirse al bote a ver a dónde te lleva. Es esto, encontrar lo que te apasione y entregarte.

https://medium.com/@laranaguirner/entrevista-a-diana-wang-la-memoria-y-el-proyecto-aprendiz-8931771b7d8a