Vanidad

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Elisa había conseguido huir de la España desolada y herida en 1939, a poco del fin de la desgarradora Guerra Civil. Con su familia, todos republicanos, asesinada, desembarcó a los 18 años solita su alma en el puerto de Buenos Aires. Sin dinero. Sin documentos. Sin conocer a nadie. Argentina prometía una nueva oportunidad, una nueva vida a tantos sufridos sobrevivientes. Fue uno de sus refugios privilegiados. Durante el viaje se había hecho amiga de Alcira a quien esperaba una tía que aceptó alojar a Elisa hasta que encontrara un lugar. La tía Emilia trabajaba en un taller de costura y no solo le brindó cama sino también trabajo. Aunque Elisa no tenía experiencia con la aguja era voluntariosa y tenía hambre. Aprendió pronto. Primero barriendo, acomodando, manteniendo en orden el lugar. Poco a poco se hizo amiga del dedal y comenzó a enhebrar, sufilar e hilvanar, a hacer ojales y dobladillos, con tanta prolijidad que se le fue delegando todo lo que era costura a mano. Observadora atenta y con la curiosidad de quien quiere sobresalir, se sumergió en el mundo de las telas lo que le permitió entender de hilos y bieses, texturas, cuerpos y caídas, hasta que, pocos años más tarde ingresó en el cenáculo de la moldería, el tizado y el corte.

Iba los sábados al Centro Gallego a oír gaitas y panderetas, cantigas y muñeiras y a hablar el dulce y melodioso gallego de su infancia. Una de esas noches conoció a Justo, un solitario inmigrante como ella que quedó prendado de su frescura y simpatía. Era linda la rubia Elisa, alegre, animosa, siempre de buen talante y sonrientes sus ojos azul cielo. Justo era calígrafo en una escribanía del centro, encargado de pasar en limpio las actas, los documentos, los testimonios, todo lo que debía quedar registrado prolijo y a mano antes del uso generalizado de la máquina de escribir y, por supuesto, de la entonces ni soñada computadora.

En una noche de verano, con los ecos de tantos pasodobles, jotas y fandangos, un tanto achispados por la sangría, Justo le propuso casamiento. Era tal la comodidad y la conjunción que Elisa no tuvo que pensarlo, fue un sí inmediato y feliz.

Pero al comenzar los trámites en el Registro Civil se vieron ante un serio problema porque no tenía Partida de Nacimiento ni documento alguno. Todo había sido destruido en el incendio posterior al asesinato de su familia, del que se salvó raspando porque en aquel momento no estaba en casa. No hay problema dijo Justo, podemos hacer un documento con testigos que atestigüen tu fecha y lugar de nacimiento, le pido al escribano y lo hacemos ahí mismo. Y ya que estamos, se dijo Elisa, puedo quitarme unos años… ¿a quién le importa? y le preguntó a Justo si podía cambiar su año de nacimiento, como un gesto de coquetería que a nadie le haría daño. A Justo le pareció simpática la travesura y lo aceptó como prenda de amor y hasta le enterneció la transparencia de la vanidad de Elisa. Así su año de nacimiento pasó a ser 1928, siete años más tarde que el 1921 real. Se casaron en 1947, Justo con 30 años y Elisa con 25 aunque figurara 18 en su Partida de Nacimiento y en su reluciente Cédula de Identidad.

Tuvieron una buena vida, con hijos sanos y trabajadores, pero siempre al día y dependiendo de la continuidad del trabajo, sin poder tener casa propia ni ahorros que los protegieron en su vejez. En 1982, al llegar a los 65 años, Justo comenzó los trámites de jubilación. En ese  mismo año Elisa cumplía sus 60 biológicos o sea que también habría podido solicitar su retiro. Pero no pudo, porque en sus documentos decía que tenía 53.

Aquella coquetería del pasado, que había parecido entonces ingenua y sin consecuencias, se le volvió en contra. Su aspecto fresco y juvenil no había denunciado nunca que tenía 7 años más de lo que declaraba. Nadie, ni siquiera sus hijos, conocía la verdad. ¿Confesar ahora el engaño? Se moría de vergüenza de solo imaginarlo. Además ¿no sería penado por la ley? ¿Comprometería a los testigos que habían testificado la fecha falsa? Aunque el dinero de la jubilación habría sido una gran ayuda, no pudo volver sobre sus pasos 35 años después para deshacer la mentira que su ahora tonta vanidad la había llevado.

Eximia costurera, sabía que sin la debida tensión en las puntadas alguna arruga impertinente denunciaría la falla que la pondría en evidencia y la humillaría. No tuvo más remedio que callar y seguir manteniendo su histórico disfraz mentiroso con un burdo alfiler de gancho para que nadie se diera cuenta que chingaba.

La Nación. Suplemento Sábado https://goo.gl/dGwguH

Dos Hermanos. Dos historias.

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Germán era la imagen viva de la desdicha. Director ejecutivo de una empresa de diseño gráfico, sus horas de trabajo eran su  único remanso. Con varios matrimonios fracasados y dos hijos distantes, su universo afectivo era un desierto seco e inhóspito. A pesar de tener un cómodo pasar económico y un buen ver, sus horas de ocio transcurrían en la casi total soledad. Mi vida es un vacío le confesaba a Jorge, su amigo desde la secundaria, su único sostén afectivo estable. Se encontraban siempre en el mismo café los viernes al atardecer y después de hablar de fútbol y política y varias cervezas, Germán terminaba con el mismo lamento agónico sobre el desamor de su madre ya fallecida. Tengo un agujero acá señalando el plexo solar, me siento un tarado pero no puedo salir de esa caída en picada que es saber que nunca me quiso, que solo le importé para criticarme o castigarme, era severa, seca, mala.

Para Jorge era un enigma. No entendía cómo un hombre de la inteligencia y sensibilidad de su amigo resbalaba una y otra vez en los mismos argumentos patinosos. Lo escuchaba y no atinaba a encontrar el modo de consolarlo y ayudarlo a que saliera de la encerrona de un pasado atormentador y victimizador. Jorge era médico y un día cayó a su consulta Elina, la hermana mayor de Germán. Se reconocieron y saludaron con afecto. Era una mujer agradable, apacible y con una mirada dulce y sonriente. Su estilo, gesto y energía eran diametralmente opuestos a los de su hermano.

Sorprendido, Jorge le contó que seguía viendo a Germán y que lo quería mucho. Nunca me contó dijo Elina, típico de Germán, tan reservado, se guarda todo. Sí, replicó Jorge, está muy solo y no está bien. Elina bajó la mirada y murmuró: Es que, pobre, su infancia fue muy triste porque a poco de nacer papá se quedó sin trabajo y se fue barranca abajo. Empezó a tomar y nunca se recuperó. Vivíamos del sueldo de mamá que estaba empleada en una farmacia. Tenía el mundo sobre sus espaldas. Trabajaba muchas horas, a veces también los feriados y cuando llegaba a casa todo estaba por hacerse. Cansada, malhumorada, esquivaba como podía las agresiones de papá que a veces hasta le pegaba cuando no había dinero para la bebida, vivía irritada y sin paciencia con Germán. Pobre mamá, cuánto sufrió. Y pobre Germán que no los conoció como yo, cuando estaban bien.

Conmovido, el viernes siguiente Jorge habló con Germán sobre  el alcoholismo del padre. Descubrió que no lo sabía o que no se había dado cuenta. La severidad de su madre no era porque no lo había querido con lo cual lo que siempre se contó de su vida no había sido como él se lo había contado. Se le humedecieron unos ojos abiertos así de grandes, suavizó la cara, relajó los hombros, aflojó las manos y exhaló un hondo ¡ay! seguido por ¿cómo no me di cuenta? Fue todo al revés, mirá lo que me debe haber querido, capaz que nunca me dijo lo de papá por vergüenza o para protegerme, andá a saber…

PUblicado en La Nación https://goo.gl/Y7keZL

 

 

Los secretos de La Carta Escondida.

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Cuando Leila le contó su historia familiar y le pidió que la hiciera libro, Julián Schvindlerman, a quien conocemos como analista político, no se pudo resistir. Y no era para menos. Preso de la fascinación que le produjo esta saga familiar y sus secretos, la convirtió en esta más que interesante y curiosa docu-novela editada en Uruguay y que acaba de ser presentada en Buenos Aires.

Todo empezó cuando Leila descubrió unas cartas en árabe destinadas a su padre e, intrigada,  comenzó a tirar del hilo. Judía, religiosa ortodoxa, criada en el judaísmo junto a sus hermanos en Esperanza, un pueblo de Uruguay, Leila no entendía qué hacían esas cartas venidas de Líbano en su casa, escritas en árabe. El ovillo que fue desenredando abrió ante sus ojos sorprendidos las idas y venidas de su familia en medio de diferentes sucesos socio-político que marcaron el siglo XX.

Supo que ya su madre, Inés, había descubierto en su juventud otro manojo de cartas escritas por un tío que desconocía, en las que descubrió la historia de la Shoá de su propio padre. Pero ni ella ni sus hermanos, se animaron a tirar del hilo como años más tarde hizo Leila, su hija y el secreto se mantuvo.

En estas historias, dos linajes, uno judío y otro musulmán, confluyen y se abren a un horizonte de identidad complejo y en construcción. El padre de Leila se convirtió al judaísmo  por amor a su madre e imperativo de sus suegros. Pero sin que nadie lo supiera, siguió manteniendo sus rituales musulmanes. En una ironía de la vida ahora le tocaba a él islamizar en secreto, como aquellos judíos que debían judaizar en secreto para sobrevivir en la España marranizadora.

Las trayectorias de los diferentes miembros de las dos familias, la musulmana y la judía, los conflictos familiares y sus derroteros nos llevan a Vilna en Lituania, Jabal Amel en Líbano, Moscú en la URSS, Cuba, Israel, Nueva York y Uruguay. Múltiples escenarios enriquecidos por el autor con la descripción de los contextos socio históricos que van determinando las decisiones de cada uno. El frustrado viaje del Saint Louis, el descubrimiento de una Cuba antijudía, la férrea resistencia judía en Vilna y las sangrientas fosas nazis en Lituania, las purgas stalinistas y el Libro Negro, el terrorismo chiíta en Líbano con su acendrado odio anti israelí, la mijlalá y los kibutzim en Israel, los ritos y sentidos del Corán, Montevideo y Esperanza en Uruguay. Como Forrest Gump, Schvindlerman nos lleva de la mano a través de los sucesos más trágicos y esenciales de nuestro pasado reciente, lo que le dan un valor adicional a la increíble historia familiar desplegada en la novela.

El personaje que nos interpela, es Fawwaz, el padre de Leila, que escondía a su familia judía el secreto de su origen y su fidelidad al islamismo y a su familia islámica le ocultaba su conversión al judaísmo. En las actuales circunstancias, esta conversión, de ser conocida, habría sido la peor traición posible. Fawwaz escondía ese doble secreto llevado por la vida familiar y las circunstancias políticas.

Me pregunté ¿por qué el primer grupo de cartas no determinó la búsqueda y la develación que produjo el segundo? ¿Qué llevó a Leila a investigar y descubrir lo que permanecía en silencio y oculto? Creo que una posible respuesta es el tiempo. Nos lo enseñaron los sobrevivientes de la Shoá y los sobrevivientes de cualquier otro genocidio: recién se puede hablar varias décadas después. Algo sufrido de manera interpersonal, un robo, una violación, debe ser puesto en palabras inmediatamente, dado que si se mantiene callado tiene un potente efecto tóxico y corrosivo. Por el contrario, lo sufrido en un proceso genocida o dictatorial, pareciera que requiere de varias décadas de silencio hasta poder ser puesto en palabras.

No se trata del mismo silencio. Quienes hablaron en la inmediata posguerra no pudieron desprenderse del relato de lo sufrido y se hundieron en la victimización. La gran mayoría de los sobrevivientes calló por décadas. Y no solamente porque nadie quería oír. Mi convicción es que precisaron de todos esos años para recuperar la confianza en el Estado. Nuestro contrato social se basa en que el Estado nos protegerá y en situaciones genocidas no solo no lo hace sino que es el artífice de la victimización. El piso sobre el que estamos parados se fragmenta y caemos en un pozo sin fin. Recién después de muchos años, cuando la vida va probando que el piso vuelve a ser firme bajo los pies, las palabras pueden tener cuerpo, ser dichas y ser oídas. Tal vez es por eso que Inés no pudo develar aquel primer grupo de cartas mientras que años más tarde, Leila pudo con el segundo.

Jorge Semprún lo dice claramente, ya desde el título, en “La Escritura o la Vida”. Recién pudo hablar de Buchenwald 40 años después; si lo hubiera hecho antes, prematuramente, habría sucumbido ante el horror, no creía que le habría sido posible vivir.

La Carta Escondida es más que esos dos grupos de cartas. Se trata de los secretos protectores y también encubridores, una metáfora polisémica que se abre a muchos sentidos. Uno de ellos -una asociación mía- es el origen de la palabra “baraja”, sinónimo de carta. Cuando los judíos españoles recibían el shabat escondían los libros de rezos sobre las piernas ocultos a la vista de algún posible visitante inesperado, mientras que lo que se veía sobre la mesa familiar eran cartas, como si estuvieran reunidos para jugar en familia. Cartas en lugar de brajot, bendiciones. Barajas.

Cartas encubridoras. Cartas salvadoras. Cartas que nos abren a tantos vericuetos de las relaciones humanas, de los conflictos políticos, sociales y religiosos. Cartas que tenemos que aprender a leer. Cartas con las que tenemos que aprender a jugar.

 

Violines y perdices quedaron en los cuentos

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"¡Estoy harta!", dice Graciela mientras le echa edulcorante al cortado que tiene enfrente y revuelve la negrura del café con la esperanza de que aclare. Emite un hondo suspiro, mira hacia la lejanía, y agrega: "Siempre igual, todos los días, no quiero más, así no quiero más.". Se le humedecen los ojos cuando murmura: "Lo sigo queriendo, no quiero encontrar a otro, pero esta rutina no, no quiero más, me asfixia, me agobia, me odio en esta vida que estoy teniendo".

Graciela expresa lo que cada vez más mujeres sienten luego de dos o tres décadas de matrimonio. En mi experiencia de los últimos años son casi siempre ellas las que piden una terapia de pareja o quienes plantean una separación.

No parece pasarles lo mismo a los hombres. Aún cuando la felicidad de la convivencia y la pasión hayan quedado en el pasado, pilotean la rutina y el todos-los-días aparentemente bastante mejor que sus compañeras. Al menos no suele ser ese un motivo de queja.

Es que la convivencia se inicia con diferentes expectativas de género que determinan el grado de contento según se satisfagan o no.

Es común que al comienzo los hombres vean con desconfianza la idea del matrimonio. ¿Temen firmar un compromiso que creen difícil de sostener? ¿Temen perderse a todas las mujeres cuando elijan solo a una? ¿Temen sentir que el matrimonio monógamo sea una especie de prisión perpetua?

Pero, aún con esas preguntas y temores a cuestas, una vez que dan el paso, que dicen "sí, quiero" y firman la libreta, renuncian sin tanto sufrimiento a esos horizontes de libertad infinita en pos del armado de una familia, de un nido previsible y amable. Sus expectativas pasan por el mandato cultural y familiar de ser un proveedor eficaz que asegure el cuidado, sostén y desarrollo de todos que, cuando no puede ser satisfecho es una fuente de angustia. Pero si más o menos lo consiguen, basta con que se sientan necesitados, valorados y reconocidos por su esposa, para que el tejido del resto de la vida cotidiana, las actividades, interacciones familiares o sentimientos y emociones no se ponga en cuestión. No pasa por allí su medida de satisfacción y éxito, sino por el rol de proveedor. Sea empleado, empresario, artesano, comerciante, emprendedor, artista, científico, ese espacio será el primordial foco de interés y atención.

Son muy diferentes en general las expectativas asumidas por las mujeres. Investidas de personajes como Blancanieves o la Bella Durmiente, están programadas culturalmente para que la felicidad, la realización personal, la valoración y autoestima sean consecuencias directas y exclusivas de un matrimonio feliz. Junto al mandato biológico y cultural del maternaje luego del nacimiento y crianza de los hijos, aunque tenga un desarrollo personal en el mundo exterior, caen sobre ellas la responsabilidad del sostén emocional y la responsabilidad y el cuidado de los miembros de la familia. Si todo va bien, pasadas dos o tres décadas, el hombre estará más o menos asentado en su rol de proveedor y el matrimonio será para él un espacio tranquilo y de baja exigencia. La mujer, por el contrario, ya sin hijos a criar, volverá la mirada hacia su compañero, abstraído en el celular o el televisor pegado al control remoto y se preguntará dónde ha quedado aquella felicidad prometida.

El marido no la ve. Siente que para él es transparente, parte del mobiliario, alguien que está pero no alguien buscada para agasajar, halagar o conversar. Ni princesa, ni príncipe azul, ni perdices, aquel anhelo de lo que iba a conseguir en el matrimonio se disuelve en rabia y angustia. La frustración tiene cara de mujer.

La institución matrimonial, instituida cuando la gente no superaba los 45-50 años, está siendo desafiada con la extensión de la expectativa de vida. Superados los 50, aún atractivas, las mujeres esperan más que lo que hay. Lo dicen sumidas en llanto ante la mirada sorprendida de sus maridos que no entienden lo que está pasando. Si todo funciona, se dicen, si por suerte están sanos, si los hijos están bien, si no hay penurias económicas ¿de dónde sale ese sufrimiento? ¿qué pasó?

Veo con alegría que más y más chicas ya no compran la ilusión de los cuentos de hadas, no ponen todas las fichas en la pareja y toman su desarrollo personal también como eje protagónico de sus expectativas de reconocimiento y felicidad. El modelo Susanita sigue existiendo como imaginario social, pero ya no como el único y exclusivo modelo de vida ni como la llave dorada de la felicidad.

Veo también un cambio en los hombres que acompañan más y más esta movida y aprenden a disfrutar de la paternidad y de las responsabilidades caseras cotidianas. Estos maridos, a diferencia de los clásicos, saben dónde están las cosas porque comparten la tarea de ordenar y guardar.

Los violines y las perdices van quedando en los cuentos. Más realistas y escépticos, menos románticos, ya no esperan la prometida y engañosa felicidad total y constante que tanto hace sufrir cuando no se cumple. En la avanzada de un cambio social inédito, la frustración expresada mayoritariamente por mujeres, es un alerta sobre la institución "matrimonio", un desafío epocal sin precedentes ni estructuras referenciales que exige el encuentro de nuevas alternativas.

Publicado en La Nación online, https://goo.gl/i6EGWT

¡Qué lejos estamos!

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Anna llegó a la Argentina en 1949 a los 21 años. Nacida en Dinamarca, tuvo la suerte de llegar a Suecia durante la guerra junto con Erika, su hermana menor. Fue en un barco pesquero que llevaba también a otras familias judías para salvarlas de una muerte segura.

Sus padres, esperando conseguir otro transporte, no tuvieron la misma suerte. Anna de 15 años y Erika de 12, solas en el mundo, fueron recibidas por los Olsson y sus 3 hijos, Alvar de 18 y Gudrun y Lisa, de 16 y 13. Las chicas congeniaron inmediatamente. Seis años después supieron que sus padres habían sobrevivido y que estaban emigrando a la Argentina. A pesar de lo bien que vivían con los Olsson, Anna y Erika, enloquecieron de alegría ante la posibilidad de volver a reunirse con sus padres. Buenos Aires las recibió un miércoles 21 de septiembre de 1949 en una mañana límpida y luminosa, uno de esos días crocantes que a veces nos regala esta ciudad.

Como tantos inmigrantes y refugiados, ellas aprendieron rápidamente los usos y costumbres, así como el idioma y los códigos de relación, con estilos bien diferentes de los suecos y daneses. La gente era más abierta, más comunicativa y cálida pero al mismo tiempo pacata, moralista y conservadora. Acostumbradas a usar pantalones debido al frío, Anna y Erika vieron con asombro que acá les estaba prohibido a las mujeres en aquellos años. Se sorprendieron con lo remilgadas en el plano sexual que eran las chicas como ellas, como si fuera un tema del cual no se pudiera hablar, como si no existiera.

Las dos se casaron y tuvieron hijos. La hija del medio de Anna, Isabel, se casó en 1982 y su viaje de luna de miel fue a Estocolmo, con la ilusión de conocer a la familia que había salvado a su mamá y a su tía. Con mamá y papá Olsson ya fallecidos, fue Gudrun quien las recibió en su casa, junto a su hermana Lisa, sus maridos y los hijos ya adolescentes. No paraban de hablar, en inglés, claro. Isabel pudo ver con sus propios ojos la calidez, el interés y la transparencia con que se relacionaban, como siempre había escuchado de labios de su madre.

Vieron fotos y escucharon las anécdotas que contaban las hermanas suecas e Isabel conoció otra faceta de su mamá y su tía, sus sueños de jovencitas, sus travesuras y flirteos... Las fotos de Argentina abrieron curiosidades y preguntas sobre trabajos, costumbres, expectativas. Los bombardeaban a preguntas. Había una corriente de comunicación insólita, con un sentimiento de familia como el que se tiene con los parientes biológicos, fácil, como si conocieran de toda la vida. Querían saber cómo vivían, de qué se ocupaban, sus gustos y actividades, tenían sed por todo, sumergirse en sus vidas e imaginarlas en aquel lugar tan lejano del cono sur. Pero las diferencias culturales, aunque menos notorias que en 1949, seguían existiendo. En medio de la comida, delante de grandes y de chicos, sin que se le moviera un pelo ni hubiera nada particular en el tono o en la mirada, Lisa preguntó a la nueva pareja: "¿Y qué tal su vida sexual? ¿va todo bien?". Es que los suecos saben que es un tema importante en la vida en pareja y que puede ser conversado en familia. "¡Qué lejos estamos aún de eso", pensó Isabel. "¡Qué lejos!".

Publicado en La Nación 

La aldea no arderá. OSM

Disertación en el Encuentro Sionista Latinoamericano de la Organización Sionista Mundial, el Departamento de Actividades para la Diáspora

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Honrada por haber sido invitada a este encuentro. Honrada doblemente porque, además, está entre ustedes una de mis nietas, le dor vador.

La pregunta por la identidad judía empezó a ser un eje en mi vida después de mis 50 años. Hasta entonces era una judía nominal, es decir, sabía y decía que era judía y eso era todo. Criada en un hogar secular, sin participación en organizaciones de la comunidad judía ni habiendo recibido ataques o discriminaciones, la cuestión no se me planteaba como acuciante.

Yo era muy judía sin embargo. No lo era en base a argumentaciones ni conceptualizaciones sino por linajes e historias, rituales y tradiciones, olores y emociones, éticas y responsabilidades.

La bomba de la AMIA cambió todo. Volvimos a estar en peligro y todo lo que no me había preguntado se levantó entre los escombros y me señaló con el dedo. Como hija de sobrevivientes de la Shoá, el atentado terrorista me colocó, otra vez, en el lugar de víctima. Y comenzó ahí mi camino de aprendizaje y de resistencia, porque nunca acepté a la victimización como eje central de mi identidad.

Los religiosos y observantes no se hacen esa pregunta, tienen la respuesta en los textos sagrados y en los rituales colectivos y en la estructura reglada de su vida cotidiana. Tampoco se lo preguntan los judíos en Israel porque su argumento definitorio e identitario es el piso que pisan, la lengua que hablan y el shabat en que descansan.

La pregunta por la identidad judía nos la hacemos los seculares y los que vivimos fuera de Israel. En nuestra rica diversidad, de ashekanazis, sefaradíes, orientales y tantos otros grupos, ¿qué nos hace judios igual al resto de los judíos del mundo? ¿Cuál es el concepto básico y fundante, si no es la religión, que nos unifica como judíos? Obviamente no el concepto de raza, una falsedad científica puesto que la raza es la raza humana.

Aunque hayan estallidos de antisemitismo transvestidos hoy de antisionismo, estamos viviendo un momento en el que el  mundo es más amistoso que nunca antes hacia nosotros. Esta apertura liberadora comporta la tentación de la asimilación, el matrimonio mixto y el progresivo alejamiento de la judeidad. Este vacío que se abre se llenado por muchos con el Holocausto.

Si la religión no es más el común denominador entre los judíos seculares que vivimos fuera de Israel, identificarnos como herederos del Holocausto aparece como una respuesta tentadora. La Shoá parece venir en nuestro auxilio porque para muchos se ha transformado en el factor común de nuestra identidad. El que el pueblo judío haya sido designado como blanco para el exterminio se volvió una especie de aglutinante identitario que nos iguala.

Para el nazismo así como para el antisemitismo, todos los judíos somos iguales, religiosos o seculares, rubios o morenos, ricos o pobres. Los nazis definieron muy específicamente quién es judío: orgulloso o avergonzado, convertido o no, aceptándolo o negándolo, para ellos, un judío era judío y no dependía de él ni de su militancia religiosa sino de su nacimiento. Sin lugar a discusión, naturalizado y legalizado. Centrar nuestra identidad en la Shoá, en nuestra condición de víctimas, es una trampa mortal. Ser una víctima durante el nazismo no fue una elección. Hoy lo es. Elegir como eje común de la identidad judía la condición de perseguidos y víctimas, no nos es impuesto, es un acto de libertad.

Después de décadas de silencio, cientos, si no miles de papers, tesis, libros, museos, muestras, películas, testimonios de sobrevivientes, han vuelto a la vida y han colocado al Holocausto en el escenario mundial. La sociedad ha abierto finalmente sus oídos cerrados durante tantos años. Para nosotros, la familia del Holocausto, la justicia ha llegado y nuestro doloroso pasado puede ser ahora re-contextualizado de una manera significativa.

Es esencial mantener el ojo atento ante los ataques antijudíos hoy antisionistas y estar alertas y protegidos.

Pero nos vemos ante una cierta paradoja porque vemos personas que se regodean en una especie de perverso placer luego de saber que ha habido un nuevo ataque antijudío, “otra vez”, con el Holocausto como lente y pilar central de una identidad que debe ser mencionado todas las veces que sea posible. Como si un nuevo ataque viniera a confirmar nuestra identidad de manera perversa pero deseada. Y los postings y mails difundiendo esos ataques, inundan nuestras redes sociales. Algunos son fraguados como la difamante información de que en Gran Bretaña prohibieron enseñar el Holocausto que cada tanto rebrota y vuelve a viralizarse,

Si la identidad judía es la de la víctima eterna de los ataques, esta misma definición nos entrampa puesto que requiere de ataques regulares para que sea justificada y validada.

Parece un camino sin salida y un riesgo peligroso. ¿Cómo podemos liberarnos de la victimización si insistimos en usarla como el elemento primordial que nos define?

Soy judía y no acepto ser definida como víctima. Como hija de sobrevivientes creo que es necesario que nos veamos bajo la luz positiva de los valores judíos y que es necesario que continuemos enseñando sobre los peligros no solo de ser un perpetrador del Mal sino también de la amenaza que representa elegir ser una víctima de ello.

Una identidad judía por la positiva tiene mucho más que el klezmer, los knishes y las idishes mames. Tiene nuestros logros, fuerza, persistencia, superación de obstáculos, la creatividad en ciencia, artes, tecnología y la jutzpá para derribar imposibles y construir vergeles donde había desiertos para que la leche y la miel renazcan allí donde durante siglos solo había arena.

Mi mamá y mi papá eran sionistas. allá en Polonia antes de la Shoá.  Iban a conferencias, se instruían y entrenaban en lo que sería su vida de pioneros cuando hicieran aliá. Los veo jóvenes en esas fotos en sepia o blanco y negro, rodeados de chicos y chicas, miradas esperanzadas, vestidos con ropa ligera en el verano polaco, haciendo picnics, aprendiendo a arar la tierra con una azada, nadando en el río, riendo. Pero no pudieron huir de Polonia a tiempo. La leche y la miel de Palestina habían quedado muy lejos. El día a día era sobrevivir un día más, esconderse, evitar ser descubiertos, conseguir alimentos. Y en el verano de 1944 el Ejército Rojo entró en Stryj y encontró a mis padres vivos aunque desgarrados. Fui concebida unos meses después. Nací en 1945 e integro la generación de las Velas del Iurtsait, los que nacimos inmediatamente después del desastre y resumimos el dolor y la muerte por lo perdido y la esperanza de la promesa de la vida y la continuidad.

La idea de hacer aliá entonces no era fácil. La inmigración era clandestina, el viaje azaroso y arriesgado, sin garantía de poder ingresar a Palestina. Y además estaba yo, una bebita que debían proteger. Fue así que llegamos a la Argentina en julio de 1947.

Nos arraigamos acá y el sueño de hacer aliá quedó en un sueño. Se juntaban con otros sobrevivientes y la pushke azul y blanca con el mapa del amado Israel pasaba de mano en mano y cada uno ponía lo que podía para que aquel sueño de Herzl siguiera siendo una realidad.

Hay quien cree que Israel es una consecuencia de la Shoá. No es así. Israel fue una utopía de siglos, tal vez la única utopía hecha realidad. Es cierto que después de mucho bregar y de los obstáculos impuestos por la geopolítica, la Shoá fue el argumento definitivo, el último y el más brutal y ya no pudo ser refutado: la patria judía era un derecho y un acto de justicia y así fue honrado y establecido por las Naciones Unidas.

Si mis padres visitaran Israel hoy se caerían de espaldas. Lo que se ve, lo que se vive, lo que allí sucede supera sus sueños más febriles. Tengo solo dos años más que el Estado de Israel, casi nacimos juntos. Camino por Tel Aviv, levanto los ojos y veo esas torres espejadas orgullosas y mi mirada se humedece pensando en cómo sería si lo vieran mis padres. ¡Qué orgullo habrían sentido! Los imagino mirándose uno al otro en mudas exclamaciones de asombro y emoción lamentándose probablemente el no haberse animado allá y entonces, ¿quién sabe?

Papá adoraba a su colega carpintero Mordje Gebirtig, cantaba todas sus canciones pero la que más conmovía e interpelaba a su alma judía era Es Brent compuesta en 1938 luego de un pogrom en Przytyk.

Imagino a papá en la dorada Jerusalén, en los jardines de Galilea, en las playas de Ashdot, en el Carmel en Haifa, en las plazas de Beer Sheba, los atardeceres de Iafo y los cientos de bosques plantados a mano, en la mágica Ein Guedi, el Golán y Eilat, en el Kotel y en Mamilla, caminando lado a lado con su autor favorito. Ya no tiene sentido cantar el amargo y triste estribillo, aquél “y qué hacen ustedes mirando con los brazos cruzados mientras la aldea arde”, porque en Israel corren vientos de fuerza y arrojo.

El pueblo del libro, el pueblo del eterno deambular hoy es también el pueblo de la tierra, de su tierra y en su tierra. Hoy ser judío es caminar con los brazos des cruzados, mirando al frente porque los brazos finalmente se des cruzaron en un coloso de creatividad y maravillas donde nadie se queda parado mirando porque aquella aldea ya no es una pobre aldea y ya no arde ni arderá.

 

LOS POLACOS Y EL HOLOCAUSTO: UN AJUSTE DE CUENTAS CON LA HISTORIA

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La trágica realidad es que la mayoría de los polacos no fueron ni héroes ni demonios, sino que simplemente observaban en silencio mientras se llevaban a los judíos frente a sus ojos.

Por Menachem Z. Rosensaft 10 de agosto de 2018

En el 75 º aniversario de la liquidación de los guetos de la región del sur de Polonia ocupada por los alemanes, conocida como Zaglembie, la Organización Mundial Zaglembie y el Congreso Judío Mundial organizaron una semana de peregrinación – del 27 de julio al 3 de agosto de 2018 - de sobrevivientes y descendientes de sobrevivientes de la zona, a Cracovia, Auschwitz-Birkenau, Będzin, Sosnowiec, Zawiercie y otras ciudades, alguna vez fuertemente judías. Este artículo es una adaptación de una conferencia pronunciada, el 28 de julio de 2018, por Menachem Rosensaft, asesor general del Congreso Judío Mundial, ante los participantes del viaje a Cracovia. Las partes de la conferencia no incluidas en este artículo se pueden encontrar en Rosensaft's Feb. 22, 2018.  "Los polacos y el Holocausto en perspectiva histórica”

 

S'tut vey! 
S'tut shrecklekh vey!

¡Duele!

¡Duele terriblemente!

Cuando no es el enemigo extranjero,

¡Pero ellos!

Hijos e hijas de Polonia

Cuyo país, un día,

Se avergonzará de ellos.

Riendo, ahogándose con la risa,

Viendo en la calle

Cómo nuestro enemigo común

Se divierte con los judíos.

Golpeando y torturando a personas mayores

Saqueando sin restricciones,

Cortando, como se corta el pan,

Las barbas de los judíos,

Y ellos,

Que son ahora, como nosotros,

Se quedaron sin patria,

Los que ahora sienten, como nosotros

La mano salvaje del enemigo,

Ríen, están felices y ríen,

En un momento como éste,

Cuando el orgullo y el honor de Polonia

Está siendo tan humillado

Cuando el águila blanca de Polonia

Se revuelca en el suelo,

En medio de barbas.

Cracovia, 1940

Este inquietante verso de un poema no fue escrito retrospectivamente en 2018 por alguien que intenta dañar las relaciones polaco-judías. Y la validez de sus palabras no puede cuestionarse sobre la base de que no proporcionan nombres y fechas específicos para refutar la actual mitología de que la mayoría de los polacos salvaron judíos durante los años de la Shoá, ayudaron a judíos o, al menos, solidarios ante la difícil situación de sus vecinos judíos.

El poema que acabo de leer fue escrito en Cracovia en febrero de 1940 por Mordechai Gebirtig, uno de los mejores poetas y compositores idish de la primera mitad del siglo XX, sino de todos los tiempos.

Todos conocemos sus poemas y canciones, incluyendo Kinderyorn (Años de infancia), Hulyet, hulyet kinderlekh (jueguen, jueguen niños pequeños), y la canción de cuna, Yankele, entre muchos otros. La canción más asociada a él, S'brent - Está ardiendo - se ha convertido en una canción clásica en las conmemoraciones del Holocausto. Sin embargo, es importante que tengamos en cuenta que S'brent fue escrito en 1938, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, no como respuesta a la persecución nazi de los judíos en Alemania, sino como una reacción a un pogrom de marzo de 1936 en la ciudad polaca de Przytyk.

Comienzo este artículo con las palabras de Gebirtig como un recordatorio del contexto de la relación polaco-judía - o, si se lo prefiere, judío-polaca- como existía antes de 1939, antes de que los judíos fueran deportados y asesinados en campos de exterminio como Auschwitz-Birkenau y Treblinka.

Sí, había estrechos vínculos que unían a judíos y polacos. Sí, los judíos habían vivido en Polonia durante siglos, como se puede ver en el magnífico Museo Polin de Varsovia. Pero también había una larga tradición de antisemitismo polaco, arraigada en gran medida en la actitud negativa de la Iglesia católica hacia los judíos que prevalecía antes de la declaración Nostra Aetate de 1965 que, en su interpretación más básica, repudiaba la acusación de deicidio contra el pueblo judío, que fueron los judíos quienes mataron a Jesús.

En una carta pastoral de 1936, el cardenal August Hlond, entonces el Primado de Polonia, escribió:

Es un hecho real que los judíos luchan contra la Iglesia Católica, son librepensadores y constituyen la vanguardia del ateísmo, del bolchevismo y de la revolución. La influencia judía sobre la moral es fatal y los editores difunden literatura pornográfica. También es cierto que los judíos cometen fraudes, practican la usura y se ocupan de la esclavitud blanca. Es cierto que en las escuelas, la juventud judía está ejerciendo una influencia perversa, desde un punto de vista ético y religioso, sobre la juventud católica.

A pesar de que comentó, casi entre paréntesis, que "no todos los judíos son, sin embargo, así" y pidió a su rebaño que se abstuviera de la violencia contra los judíos, Hlond abogó por un boicot económico a los negocios judíos. Específicamente escribió, en la misma carta pastoral, que "uno hace bien en preferir a su propia clase en los negocios comerciales y evitar las tiendas judías y los puestos judíos en los mercados", escribió, "pero no está permitido demoler negocios judíos. Uno debe protegerse contra la influencia maligna de la moral judía, y particularmente boicotear la prensa judía y las publicaciones desmoralizadoras judías, pero es inadmisible atacar, golpear o herir a los judíos".

En otras palabras, el estado de las relaciones polaco-judías anterior a la Shoá no era idílico. Había una cuota - un numerus clausus- para los judíos en las universidades, y los estudiantes judíos se veían obligados a sentarse en secciones segregadas, llamados bancos Gueto- geto lawkowe.

En su libro, No Way Out: The Politics of Polish Jewry 1935-1939 [Sin  Salida: La Política de la Judeidad Polaca 1935-1939], el historiador Emanuel Melzer describió la atmósfera fuertemente antisemita que prevalecía en Polonia justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que los grupos liberales, como el recién formado Partido Demócrata, condenaban las medidas antisemitas, el movimiento nacionalista Endek (Narodowa Demokracja) no ocultaba su orientación antisemita. "Los judíos deben ser advertidos contra la creencia de que, en Polonia, la voluntad de deshacerse de ellos se ha debilitado", declaró, el 6 de abril de 1939, el diario del Partido Nacional, Warszawski Dziennik Narodowy (Diario Nacional de Varsovia). 

Esto, por cierto, no era nada nuevo. En agosto de 1934, JTA, la Agencia Telegráfica Judía, informó que:

El partido Endek lleva a cabo una intensa y ampliamente difundida campaña de propaganda antisemita que sugiere posibles pogromos, tanto en la prensa como abiertamente, en reuniones secretas y en reuniones públicas.  Los líderes de Endek nunca dejan pasar una oportunidad para incitar al público contra los judíos. La difusión de esta propaganda antisemita es uno de los principios subyacentes del partido. La guerra contra los judíos es uno de los principales mandamientos de Endek.

 

Melzer notó, en 1939, que la intensificada propaganda antisemita provenía también de ciertas asociaciones comerciales y profesionales polacas. La reunión de la Asociación de Comerciantes Polacos aprobó, en marzo de 1939, el envío de un memorándum al ministro de industria y comercio exigiendo que los permisos comerciales de una parte considerable de las empresas de propiedad judía no fueran renovados... Del mismo modo, la Unión de Organizaciones de Ingenieros había decidido incluir un "párrafo ario" en sus estatutos, por el que ningún judío, cónyuge de un judío o persona de ascendencia judía podría ser miembro de la asociación... En conferencias celebradas en la primavera de 1939, la Liga de  la Juventud de Polonia, OZON, hablaba sobre la necesidad de preparar a los jóvenes polacos para reemplazar a los judíos en la industria y el comercio,

Para que nadie piense que la región de Zaglembie de Polonia era inmune a esa atmósfera venenosa, me remito al libro de Mary Fulbrook, Un Pequeño Pueblo Cerca de Auschwitz: Nazis Ordinarios y el Holocausto, en el que describe la prevaleciente atmósfera antisemita en los años anteriores a la guerra en Będzin, incluidas frecuentes palizas a niños judíos por parte de sus homólogos polacos. Se cita a una sobreviviente, Leah Melnik, que recuerda su infancia en Będzin: "Los no judíos eran muy antisemitas... Decían ‘Judíos a Palestina’. 'Es tu casa, pero es nuestra calle'".

Es en este contexto que debemos examinar lo que realmente sucedió en Polonia durante los años del Holocausto.

Como todos somos dolorosamente conscientes, las relaciones polaco-judías en general, y las relaciones entre Polonia e Israel en especial, han estado agitadas durante los últimos seis meses, desde que el Parlamento polaco, el Selj, promulgó una legislación que habría penalizado a quien acusara a Polonia, como Polonia, de perpetrar y/o ayudar a perpetrar la Shoá. Discutí este acontecimiento y su implicación en mi artículo de Tablet Magazine del 22 de febrero de 2018, "Los Polacos y el Holocausto en Perspectiva Histórica".

Como también sabemos, el Gobierno polaco se retractó de su posición de línea dura y el Selj modificó la legislación eliminando la dimensión penal.

Hoy no me propongo comentar sobre la ley o sobre la controversia que la rodea. Más bien, me gustaría ubicar el papel, o mejor dicho, los roles de los polacos durante la Shoá en una perspectiva histórica adecuada.

De hecho, el debate sobre la nueva ley se ha salido de control. A principios de este año, el Primer Ministro polaco, Mateusz Morawiecki, declaró hiperbólicamente que "Polonia como nación, Polonia como estado" merece ser reconocida como una Justa Entre las Naciones por Yad Vashem. Esto, como sabemos, o como deberíamos saber, es completamente inexacto, por decir lo menos. Y no ayudan a la situación otros que, adoptando el mismo enfoque equivocado o deliberadamente engañoso, recalcan con celo propagandístico el papel heroico desempeñado por esos polacos - una pequeña minoría - que rescató o ayudó a judíos. No ayuda a la cuestión cuando un sacerdote polaco altamente controvertido, Tadeusz Rydzyk, cuya estación de radio católica Maryja, que ha sido durante mucho tiempo proveedora de diatribas antisemitas, se ha convertido en uno de los proponentes de un nuevo museo polaco enfocado exclusivamente en los Polacos Justos, implicando que eran la norma, en lugar de la demasiada rara excepción.

Desafortunadamente, comentarios como el ampliamente publicitado comentario del miembro israelí de la Knesset y ex Ministro de Finanzas, Yair Lapid, de que "Polonia fue cómplice en el Holocausto" también riega fuera del tiesto. Son una reminiscencia de la observación de 1989 del fallecido Primer Ministro Yitzhak Shamir de que los polacos absorben su antisemitismo "con la leche materna" y la declaración del Ministro de Turismo israelí, Gideon Patt, aproximadamente en la misma época, que los polacos "fueron antisemitas antes del Holocausto y fueron antisemitas después del Holocausto".

La verdad es mucho más complicada y mucho más compleja de la que podría tener cualquiera de los dos extremos del debate actual, y no se reduce a pequeños detalles fáciles de entender. Si bien Polonia, como entidad nacional o política como tal, no fue cómplice del Holocausto, y no puede considerarse que haya sido así, un gran número de polacos entregó físicamente judíos a los alemanes y los traicionó. El historiador y sociólogo de Princeton, Jan Gross, describió en su libro, Vecinos: La destrucción de la comunidad judía de Jedwabne, Polonia, cómo los habitantes de una ciudad en el este de Polonia arrearon a cientos de judíos en julio de 1941, los obligaron a entrar en un granero y los quemaron vivos.

Incluso un mayor número de polacos observaron en silencio mientras se llevaban a los judíos delante de sus ojos, y luego procedieron a apropiarse de las casas y pertenencias de sus vecinos judíos. Y después de la guerra, cuando los pocos sobrevivientes judíos regresaron a lo que habían sido sus hogares, con demasiada frecuencia fueron recibidos con hostilidad y aún peor. El 4 de julio de 1946, una turba en la ciudad polaca de Kielce mató a 42 judíos en un pogrom que el Ministro de Relaciones Exteriores polaco, Dariusz Rosati, reconocería, cincuenta años después, en una carta al Congreso Judío Mundial,  como un "acto de antisemitismo polaco".  

No hay duda de que los polacos que arriesgaron sus vidas para ayudar y/o rescatar a judíos durante el Holocausto merecen ser reconocidos y honrados. Son héroes en el verdadero sentido del término. La realidad, sin embargo, es que sus acciones estaban en marcado contraste con el comportamiento y las actitudes de la mayoría de sus compatriotas. Nunca debemos perder de vista la trágica realidad de que los polacos que acudieron en ayuda de los judíos fueron la excepción, una pequeña minoría, y ciertamente no la regla.

Es un hecho que hasta diciembre de 2017, 6.706 polacos, más que cualquier otro país ocupado por los nazis, han sido reconocidos como Justos entre las Naciones por Yad Vashem. Además, ciertamente hubo muchos otros polacos que ocultaron o ayudaron a judíos en los años del Holocausto. Pero, de nuevo, según la historiadora polaco-estadounidense, Anna M. Cienciala escribió, en 2001, en The Polish Review, “En 1939, Polonia tenía una población estimada de casi 35.000.000, de los cuales alrededor del 70%, o 24.000.000 eran polacos étnicos, y alrededor de 3.300.000 eran judíos. También había alrededor de 4.500.000 de ucranianos, alrededor de 1.500.000 de bielorrusos, alrededor de 1.000.000 de alemanes y algunos otros grupos étnicos". Otras estimaciones demográficas están dan cifras parecidas.

Los 6.706 polacos antes mencionados constituían alrededor del 0,0021 por ciento de la población total de Polonia (sin incluir a los judíos polacos), y alrededor del 0,0027 por ciento de la población polaca étnica del país.  

También es un hecho que muchos polacos que ayudaron a judíos no han sido reconocidos por Yad Vashem porque nunca fueron nominados para figurar entre los Justos. Otros permanecen desconocidos porque finalmente no tuvieron éxito en sus esfuerzos altruistas y humanitarios. Pero esto no altera la realidad fundamental de que los polacos que rescataron o ayudaron a judíos constituyeron una pequeña proporción de la población en su conjunto.

Como señaló el historiador Yehuda Bauer en una reciente entrevista en la radio israelí: "Incluso si suponemos que la cifra real es de 200.000, de los 21 millones de polacos, eso es solo un uno por ciento. ¿Qué pasa con el otro 99 por ciento? "

Comentaré brevemente sobre la mayor parte del otro 99 por ciento un poco más adelante.

Los polacos están en un terreno histórico seguro cuando se ven a sí mismos como víctimas del nazismo. La ocupación alemana de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial fue particularmente salvaje, con miles de polacos fusilados tras la derrota militar de Polonia, y miles de intelectuales, maestros y sacerdotes polacos asesinados en 1940 como parte de una campaña para erradicar a la intelectualidad polaca. Los alemanes también enviaron cientos de miles de polacos a Auschwitz y otros campos de concentración y de trabajo, y deportaron al menos 1,5 millones de polacos a Alemania como trabajadores forzados. De hecho, los polacos no judíos constituyeron el segundo grupo más grande de víctimas asesinadas en Auschwitz, según el Museo Conmemorativo del Holocausto de los EE. UU., 960,000 judíos, 74,000 polacos y 21,000 romaníes perecieron en ese campo de exterminio.

También es un hecho que el Gobierno de la República de Polonia en el exilio con sede en Londres (Rząd Rzeczypospolitej Polskiej na uchodźstwie) proporcionó algunos de los primeros relatos detallados de los asesinatos alemanes en masa de judíos. Basado en información recibida del gobierno polaco en el exilio, el Congreso Judío Mundial en Londres informó, el 29 de junio de 1942, que más de un millón de judíos habían sido masacrados desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que los judíos deportados a Polonia desde Alemania, Austria y los Holanda estaban siendo fusilados a razón de 1.000 por día, que cerca de otro millón estaban encarcelados en guetos, y que 10.232 judíos habían muerto en el gueto de Varsovia por hambre y enfermedades.

En la capital suiza, Berna, un grupo de diplomáticos polacos y activistas judíos, conocidos como el Grupo Bernés, produjeron pasaportes latinoamericanos ilegales que fueron enviados a judíos en Polonia, incluso en Zaglembie, con la esperanza de que pudieran brindarles la oportunidad de escapar. Esta iniciativa implicó el soborno a diplomáticos latinoamericanos y cónsules honorarios para obtener pasaportes en blanco, que luego se falsificaban manualmente; trabajando con otros judíos en Suiza con contactos dentro de diferentes guetos, incluyendo a un judío de Będzin, Alfred Schwartzbaum, para compilar listas de judíos para quienes estos pasaportes podrían ser creados; y luego pasar de contrabando los pasaportes falsos al gueto de Varsovia, a Będzin y a los guetos en otras partes de Polonia. Aunque muchos de estos documentos nunca llegaron a sus destinatarios, algunos dieron lugar a que sus titulares fueran colocados en campos de internamiento, en lugar de enviarlos a campos de exterminio. En total, el Grupo Bernés emitió más de mil de esos pasaportes, y logró salvar a cientos de judíos de una muerte segura.

Dentro de la propia Polonia, mientras tanto, algunos miembros de la clandestinidad formaron un Consejo de Ayuda a Judíos, conocido como Żegota, que proporcionó asistencia física y monetaria a judíos que vivían clandestinamente entre la población polaca. Uno de los activistas Żegota más heroicos fue una enfermera, Irena Sendler, a quien se le atribuye haber ayudado a contrabandear a unos 2.500 niños judíos del gueto de Varsovia y proporcionarles documentos de identidad falsos y refugio. Estos polacos arriesgaron su vida y la de sus familias para ayudar a judíos, ya que el castigo por hacerlo era la muerte.

Este es el lado de la ecuación que retrata a los polacos en tiempos de guerra como las autoridades polacas de hoy quieren que sean retratados: víctimas de los nazis, y amigos y rescatadores de judíos polacos. Es un aspecto importante de la historia polaca que no debe ignorarse o minimizarse.

Sin embargo, también hay una dimensión más oscura y siniestra en la historia polaca durante la Segunda Guerra Mundial, de la que muchos polacos no quieren hablar, pero con la que los judíos polacos que vivieron el Holocausto en Polonia estaban demasiado familiarizados. El hecho es que judíos eran traicionados regularmente por polacos que exigían que se les pagara por proporcionar lo que demostró ser un refugio precario. Sin duda, muchos polacos escondieron a judíos por razones altruistas, pero otros lo hicieron exclusivamente por avaricia y sin ninguna consideración moral o humana.

En su libro, Caza de los Judíos: Traición y Asesinato en la Polonia Ocupada por los Alemanes, el historiador polaco-canadiense Jan Grabowski relata (en la página 61) la trágica historia de Rywka Glückmann y sus dos hijos que recibieron refugio en Dabrowa Tarnowska, no lejos de Tarnów, desde 1942 hasta 1944, por Michał Kozik "mientras le pagaban". Una vez que el dinero se acabó, Kozik los asesinó a los tres con un hacha. "Judíos" escondidos al otro lado de la calle... oyeron los aullidos de los asesinados y al día siguiente se enteraron de que los Glückmann habían muerto. "Grabowski estima (en la página 172) que unos 200.000 judíos fueron asesinados por polacos.

En abril de este año, el Centro Polaco para la Investigación del Holocausto, con sede en Varsovia, publicó un estudio en dos volúmenes editado por Barbara Engelking y Jan Grabowski titulado La Noche Continúa: El Destino de los Judíos en Condados Seleccionados de Polonia Ocupada. La inquietante conclusión de esta obra monumental es que dos tercios de los judíos que se escondieron en las nueve regiones de Polonia cubiertas por el estudio no sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, ya sea porque fueron asesinados por polacos o porque polacos los entregaron a los alemanes que procedieron a asesinarlos

Para cualquiera que quiera conocer los horripilantes detalles inherentes al hecho de ser judío en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, recomiendo el libro excepcional de la historiadora polaca Barbara Engelking, Such A Beautiful Sunny Day: Jewish Seeking Refuge in the Polish Countryside, 1942-1945 [Un Tan Hermoso y Soleado Día: Judíos Buscando Refugio en la Campiña Polaca], primero publicado en polaco en 2011, y en traducción al inglés por Yad Vashem en 2016.

Engelking describe cómo "Uszer Szajnberg fue capturado y traicionado por un conocido y compañero de clase, Bonifacy Gluchowski. Szajnberg se ocultaba con un grupo de judíos en el bosque y los campos cerca de Skarżyny (Condado Płońsk), su pueblo natal. Su hermana, Chaja Comber, y su prima, Chana Zelizer, testificaron durante la investigación sobre lo que sucedió el 11 de junio de 1944:

Estábamos escondidos en los campos de Skarżyński, en Gajki, entre la cebada, que para entonces ya estaba bastante alta. [...] Uszer Szajnberg salió del escondite por un momento. Quería obtener información sobre lo que estaba pasando en el mundo. Se encontró con Szczurowski, quien le dijo que el Ejército Rojo pronto nos liberaría. [...] Entonces Bolesław Zalewski y Julian [Bonifacy] Gluchowski, que se dedicaban a la caza de judíos escondidos... notaron a mi hermano, y comenzaron a golpearlo, diciendo: "Has vivido lo suficiente; ven con los alemanes", [y luego] lo llevaron a los sołtys [el anciano del pueblo]. [...] Gluchowski era compañero de clase de Uszer. Uszer le rogó a Gluchowski que no lo delatara. [...] El sołtys no quiso detener a mi hermano y les dijo: "Si lo detuvieron, quédense con él". Entonces mi hermano se liberó de sus manos y comenzó a huir. Zalewski le tiró su chaqueta, lo que lo hizo tropezar y de esta manera él y Gluchowski lograron capturarlo, y, tomándolo del brazo, lo llevaron a unos gendarmes alemanes que pasaban por allí y se los entregó como judío. . Los gendarmes llevaron a mi hermano al bosque en Kałuszyn, donde lo fusilaron. [...] Vimos todo el incidente, desde nuestro escondite entre la cebada.

Engelking luego cita el relato de Jankiel Kopiec de cómo, en junio de 1943, sus compañeros de clase atacaron a ocho miembros de su familia, que habían encontrado refugio en lo de un campesino, Wincenty Malecki, en el asentamiento de Piaseczno (Condado de Sandomierz):

Les robaron todo, incluso les quitaron los zapatos del niño y los llevaron al bosque. [...] En el bosque echaron suertes entre ellos sobre quién llevaría a cabo la sentencia. Conscientes de que mi hermano, mi primo y yo estábamos vivos, nadie quería cometer el asesinato, por temor a la venganza. Por fin, decidieron llevarse a todas las víctimas a la gendarmería. Como era tarde, los llevaron a la estación de policía más cercana, para que pudieran ser entregados a la gendarmería al día siguiente. El consejo del pueblo designó a un hombre como escolta. Fue... Józef Osomlak de Łoniewo. En el camino mi hermano trató de escapar, pero Osomlak lo alcanzó, arrancó una barandilla de la valla y lo golpeó hasta que perdió el conocimiento. Cuando mi hermano se desmayó, Osomlak convocó a varios campesinos, quienes lo cargaron en un carro, lo ataron, y en esa condición lo entregó a la gendarmería. Más tarde recibí noticias de que todos ellos habían sido asesinados a tiros en el cementerio judío.

Engelking continúa escribiendo que "Para alentar a los polacos a denunciar a judíos, los alemanes establecieron un sistema de recompensas. Ignacy Goldstein, que estaba escondido en un bosque cerca de Opatów, observó lo siguiente en su testimonio:

Casi todos los campesinos atraparon a judíos escondidos. Los alemanes recompensaban estos 'servicios' de varias maneras. Al principio, por cada judío capturado, ofrecían un saco de azúcar y un litro de bebidas espirituosas. Más tarde, los rastreadores solo obtenían la ropa de la víctima capturada.

Engelking cita a Abraham Śniadowicz quien recordó que los campesinos de la zona de Ostrołęka formaron "pandillas que buscaban judíos y los delataban a los alemanes". Por cada judío capturado, un campesino recibía 3 kg de azúcar de la gendarmería. Esta nueva forma de "ganar" era muy popular en los pueblos de los alrededores. Los campesinos corrían como gatos escaldados, buscando judíos escondidos".

Otros sobrevivientes del Holocausto también recordaron que hubo polacos que literalmente cazaban judíos por la remuneración que les prometieron los alemanes. Samuel Pivnick, un sobreviviente de Będzin, recordó, en una historia oral mantenida en el Museo del Holocausto de los Estados Unidos, cómo los polacos traicionaban y denunciaban a judíos a los alemanes a cambio de medio kilo de azúcar o un kilo de mermelada.

Por cierto, Engelking también reconoce a los polacos que mostraron compasión y ayudaron a judíos. Ella describe la "gran sorpresa" de Wanda Kinrus cuando el sołtys al que ella y su hermana fueron llevadas por un niño polaco después de escapar del gueto de Szczebrzeszyn, no solo no las entregó a los alemanes, sino que las alimentó y las ayudó a llegar a Varsovia en tren. "Un comportamiento similar", continuó Engelking, "fue demostrado por el sołtys de la aldea de Chotcza Górna (condado de Lipsko), que conocía a Brandla Fajn desde la infancia y la rescató cuando fue traicionada por niños en el pueblo:

"En noviembre", recordó posteriormente Brandla Fajn, "cuando estábamos escondidos entre los juncos junto al río, fuimos vistos por niños que cazaban patos salvajes; nos reconocieron y le hicieron saber al pueblo que los judíos se estaban escondiendo. Vinieron hacia nosotros. Primero quisieron entregarnos a los alemanes, pero luego cambiaron de opinión y decidieron matarnos ellos mismos. Nos golpearon con palos, y cuando pensaron que estábamos muertos, se fueron. [...] Más tarde, niños campesinos nos traicionaron una vez más a las patrullas en la aldea vecina, pero el soltys local nos rescató también. De esta manera, ocultándonos provocados todo el tiempo, sobrevivimos hasta la liberación".  

Y luego estaban los szmalcowniks, los extorsionadores y chantajistas que se aprovechaban de los judíos escondidos fuera de las paredes del gueto. Agregaron considerablemente al terror confrontado diariamente por aquellos judíos polacos que habían logrado evitar la deportación a los campos de exterminio.

Se ha sugerido que, si bien los polacos podían haber perseguido e incluso asesinado a judíos en otras partes de Polonia, las cosas fueron diferentes en Zaglembie. "Denos los nombres de los polacos que traicionaron a judíos", me dice con frecuencia una persona en particular que quiere retratar a los residentes locales de la región de mis padres como comportándose más decentemente, más honorablemente, con sus vecinos judíos que los polacos en otras partes del país. Ojalá este fuera el caso. Desafortunadamente, no lo es, y la persona que hipócritamente solicita la información lo sabe.

Para empezar, mientras los sobrevivientes conocían los nombres de los polacos que los ayudaron o incluso los salvaron, es poco probable que hayan sabido quién los traicionó a ellos, a sus familias o a otros judíos. Incluso si se encontraban cara a cara con los polacos que los habían denunciado, es muy posible que no supieran sus nombres. Y muchos, probablemente la mayoría, de los judíos que fueron traicionados o chantajeados por polacos enseguida eran asesinados.

Además, Barbara Engelking me ha informado que el Centro Polaco de Investigación del Holocausto aún no se ha centrado en Zaglembie; no es una de las regiones discutidas en el estudio del Centro publicado a principios de este año.

Es cierto, por supuesto, que hubo polacos valientes en Zaglembie que arriesgaron sus vidas y las de sus familias para ayudar a judíos. Estas personas admirables incluyen:

Madre Teresa Kierocińska cuyo convento de monjas carmelitas en Sosnowiec dio refugio a niños judíos y proporcionó comida a judíos escondidos.

Andrzej y Marta Skop y Antoni y Józefa Błoński de Będzin que salvaron la vida de un niño judío, Tzvi Norich.

Wanda Hornik , también de Będzin, quien ocultó a Emma Grunpeter y su hija Gerda.

Waleria y Jan Jurkiewicz y su hija, Olga Kozłowska-Jurkiewicz, de Czeladź, que escondieron a Janina Imerglik y a su hijo de dos años.

Władysława Pałka de Będzin, que salvó la vida de Lazarz Krakowski, de ocho años.

Stanisław y Stanisława Grzybowski de Będzin, y su hija Wanda Grzybowska-Kafarska y su marido Kazimierz Kafarski de la aldea de Przeciszów, que protegieron y cuidaron a Itzhak Kleinman, de diez años.

Estos individuos, y otros como ellos de Zagliembie, fueron reconocidos como Justos Entre las Naciones por Yad Vashem, y merecen todas las formas posibles de gratitud. Pero - y no puedo enfatizar lo suficiente este hecho fundamental - constituyen una pequeña minoría, y muy pequeña, de toda la población de Zaglembie.

Al mismo tiempo, existe amplia evidencia de que la mayoría de los polacos de Zaglembie no tuvieron actitudes diferentes en relación a, y no se comportaron de manera diferente hacia los judíos comparados con los polacos en otras partes de la Polonia ocupada por los alemanes.

La historiadora Alina Skibinska del Centro Polaco para la Investigación del Holocausto, que es representante del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos en Varsovia, me ha proporcionado los siguientes ejemplos tomados de los archivos de los tribunales de Katowice y Sosnowiec, y de los archivos de la Oficina de la Fiscalía del Tribunal Regional en Sosnowiec:

-Anna Lewińska de Dąbrowa Górnicza fue acusada, entre otras cosas, de informar a las autoridades alemanas que otra residente de la ciudad, Marcjanna Gałecka, había estado ocultando a un judío. Fue condenada a muerte, pero su sentencia fue conmutada por la de cadena perpetua, y fue liberada en 1954.

-Noculak Franciszek de Będzin fue acusado de entregar a una mujer judía a la policía alemana en 1943.

-Bajor Wacław fue acusado de denunciar a judíos a la policía alemana durante la ocupación alemana y de participar en el asesinato de polacos y judíos en la ciudad de Brzezina.

-Eugeniusz Pompa y Henryk Mucha fueron acusados e golpear a un judío que se había escondido y entregarlo a la gendarmería en Żarki.

-Anna Kędra fue acusada de denunciar a dos judíos que ella había escondido en Zawiercie en octubre de 1943, y de mostrarle a la policía alemana el escondite de la hija de seis años de uno de estos dos judíos.

-Józef Porst fue acusado de ser miembro de la SA en el período 1940-43 en Olkusz, y tomar parte en las deportaciones de judíos, extorsionar a miembros de la comunidad judía para que le den muebles y otros objetos de valor, de patear a judíos y obligarlos a darle dinero. Fue condenado a 6 meses de prisión, confiscación de propiedades y pérdida de derechos públicos por pertenecer a la SA. Entre los testigos en su contra estaban Tobiasz Zylberszac, Josek y Chaim Rotner.

-Klara Kowalska y Jan Sapinski fueron condenados a muerte por denunciar a Chaja Strauch, Felicja Strauch, Maria Warman, Pola Warman, Janina Birman y Helena Chmielnicki Lejbowiczowa a la policía alemana en Sosnowiec en 1944.

-Antonina Pala era sospechosa de entregar a las autoridades alemanas o ahogar en el río a dos niños judíos. Antonina Pala testificó que había escondido a dos niños, Renia y Josek Ainfeld, en Sosnowiec desde 1943, y que un día, un judío llamado Bruno vino y se llevó a los dos niños para esconderlos en otro lugar. El testigo Eugeniusz Paszkowski testificó que el padre de los dos niños envió una carta desde Suecia a la esposa del testigo después de la guerra, preguntándole si sabía lo que les había sucedido a sus hijos. Antonina Pala dijo, cuando se enteró de la carta: "Que me bese el trasero".

-Marcin Jaźwierski fue acusada por Irena Rejcher de Sosnowiec por denunciar a su marido, Otto Michał Andrzej Rejcher, un judío bautizado, a las autoridades alemanas. Según el informe, supuestamente Jaźwierski informó a la policía que Rejchera poseía una radio, como resultado de lo cual fue arrestado, deportado a Auschwitz donde fue ejecutado el 17 de agosto de 1941. El caso fue sobreseído por falta de evidencia suficiente.

-Edward Wroniecki y Stefania Wroniecka fueron acusados e denunciar a una familia judía compuesta por una mujer y dos niños que se escondían en Józefów en la casa de Siedlecka Natalia en septiembre u octubre de 1944. Wroniecki, en presencia de Mieczysław Lipka, informó por teléfono a la policía alemana sobre el paradero de los judíos, que fueron arrestados y enviados a Auschwitz. En 1947, Wroniecki fue condenado a 10 años de prisión y Wroniecka fue absuelta.

La historiadora Aleksandra Namysło señaló los siguientes ejemplos en un artículo de 2006 :

-Sara Silfen, de Sosnowiec, recordó que "cuando los judíos fueron obligados a abandonar sus hogares, los polacos comenzaron a visitarlos. A menudo iban con bolsas a las casas más ricas, abrían despreocupadamente las puertas de los pisos, iban a los armarios y se llevaban la porcelana, los cristales o la ropa de cama más caros. Dejaban algo de comida. Les decían con cinismo: ya no lo necesitas más. Una mujer polaca fue a lo de nuestro anterior vecino, abrió el armario y comenzó a llevarse una ropa de cama nueva, manteles bordados a mano. A cambio, dejó dos salchichas como pago. Y cuando la vecina mencionó que era una dote para su hija, que había estado recolectando durante años, ella respondió: "Tu hija ya no la necesita".

-Durante las deportaciones, Majer Taitelbaum, de Sosnowiec, se refugió en lo de Jozef Doroz, el superintendente de la casa en la que vivió antes de la guerra. Taitelbaum le pagó a Doroz dinero en efectivo y objetos de valor para esconderlo. A principios de 1944, cuando Taitelbaum ya no pudo pagar su mantenimiento, Doroz lo entregó a la Gestapo. Doroz también entró en el departamento de Taitelbaum y se apropió de todos los muebles y el guardarropa completo de Taitelbaum.

-Luba Prawer, de Sosnowiec, recordó la renuencia de su cuñada aria y la hermana de la cuñada cuando recurrió a ellos en busca de ayuda después de escapar del gueto. Deambulando por Sosnowiec y Będzin, buscando infructuosamente un lugar para esconderse, observó: "La Gestapo tenía muchos ayudantes entre la población. Especialmente los jóvenes tenían un instinto exploratorio bastante desarrollado y una cierta rutina en estas cosas. Atrapar judíos era para ellos una especie de atracción y emoción".

Bella Jakubowicz Tovey recordó, en una entrevista mantenida en el Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos, cómo se les ordenó a los judíos de Sosnowiec ir a un estadio deportivo en las afueras de la ciudad. "Caminábamos", dijo, "nos estaban haciendo caminar, no en las aceras sino en el medio de la calle, y los polacos... polacos, no judíos, estaban de pie a ambos lados de la calle... Había algunos polacos decentes, pero había muchos que no lo eran. Y muchos estaban parados en esas aceras y se burlaban y... disfrutando del espectáculo. Y... llamándonos ‘sucios judíos’ y... algunos estaban parados y lloraban. No todos eran tan canallas, pero había muchos que eran muy canallas..."

En sus memorias, Yesterday: My Story [Ayer; Mi Historia], mi madre, la Dra. Hadassah Rosensaft, recordó a polacos y alemanes étnicos (Volksdeutsche) que se comportaron altruista y decentemente. ”Muchos polacos, sin embargo", agregó deliberadamente, "estaban muy contentos con lo que les estaba pasando a los judíos". 

Además, no se puede ignorar a todos aquellos polacos que no solo aprovecharon la oportunidad de apropiarse de las casas y bienes de los judíos llevados a los guetos o enviados a campos de concentración, sino que se negaron, a menudo violentamente, a devolver esos hogares y propiedades a los pocos propietarios legítimos que volvieron a sus antiguas casas al final o después de la guerra

Quiero ser muy claro sobre este punto. Cada polaco - cada habitante no judío de cualquier país ocupado por los alemanes - que se apoderó de hogares judíos o propiedades judías para sí mismos se convirtió en cómplice y accesorio de la persecución, la deportación y, en la mayoría de los casos, la aniquilación de sus vecinos judíos por aprovecharse cruelmente de su difícil situación.

Finalmente, centrémonos brevemente en todos esos polacos, en Zaglembie y en otros lugares, que no traicionaron ni denunciaron a judíos, pero que tampoco hicieron nada para ayudarlos. Ellos fueron la abrumadora mayoría. No creo que tengamos derecho a juzgarlos - no tenemos forma de saber qué habríamos hecho en su lugar - pero eso no los convierte en héroes.

Una vez le preguntaron a mi padre si aún creía en Dios después de Auschwitz y Bergen-Belsen. Su respuesta fue que si bien no responsabilizaba a Dios por la Shoá, tampoco le otorgaba ninguna medalla. Supongo que mi actitud hacia los polacos - y los miembros de otras nacionalidades, si vamos al caso - que observaban en silencio y no hacían nada mientras sus vecinos judíos eran deportados, es casi la misma. No se les debería culpar por el despreciable comportamiento de aquellos polacos que voluntariamente y de buena gana ayudaron a los alemanes a perpetrar la Solución Final, pero tampoco merecen ningún crédito por el altruismo y el heroísmo de esos pocos polacos que fueron realmente justos.

He tratado de presentar lo que necesariamente debe ser solo un somero resumen de un pasado trágico que une a judíos y polacos para lo mejor y, también, para lo peor. Hay sobrevivientes del Holocausto que están profundamente agradecidos a los polacos que los salvaron. Otros detestan a los polacos que los traicionaron. Muchos exponen ambos sentimientos simultáneamente. Y han transmitido sus sentimientos y creencias a sus hijos y nietos. Esta es la realidad. Lo más importante en el futuro es que la trágica historia de Polonia y los judíos polacos durante los años del Holocausto se transmita sin distorsiones, sin connotaciones políticas, y con absoluta precisión.

Menachem Z. Rosensaft es asesor general del Congreso Judío Mundial y enseña sobre la ley del genocidio en las facultades de derecho de las universidades de Columbia y Cornell. Él es el editor del recientemente publicado The World Jewish Congress, 1936-2016 .

Fuente https://www.tabletmag.com/author/mzrosensaft

Traducido para Generaciones de la Shoá por José Blumenfeld
 

 

¿Por qué no me lo pediste?

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Betty se desperezó en cuanto sonó el despertador. El sonido de la lluvia la amodorraba pero debía levantarse para estar a las 9 en la clínica y reemplazar a su hermana. Domingo triste luego de tantos días de turnarse para acompañar la internación de su mamá que, todos sabían, se estaba muriendo sin remedio.

Se duchó con desgano, se vistió y bajó a desayunar. La cocina estaba caldeada, el aroma del café recién hecho era embriagador, Raúl con una taza humeante en la mano, los anteojos de leer haciendo equilibrio en la punta de la nariz: estaba total y absolutamente sumergido en la lectura del diario. El domingo era el único día en que podía tomarse todo el tiempo para hacerlo.

Betty se servía una taza, buscaba su cartera, revisaba si tenía todo, acercaba el abrigo, la bufanda y el paraguas y mientras se preparaba se preguntaba: ¿me acompañará a ver a mamá?

No dijo nada. Esperó. Parecía que Raúl no tenía ninguna intención de ir con ella a pasar el día entero en la clínica al lado de su mamá inconsciente. Sin poder controlarlo, se empezó a enojar, tanto que no pudo ni siquiera sentarse. Iba y venía por la cocina acomodando cosas que no precisaban ser acomodadas como para darle tiempo a Raúl a que reaccionara y le preguntara: "¿A qué hora salimos?".

Pero no. Seguía inmerso en el diario, como flotando sobre un lago manso, saboreando su café de la mañana en una actitud tan relajada que decía a las claras que no pensaba moverse de ahí.

Betty sintió que le subía la rabia como una burbuja estranguladora. ¿Me dejará todo el día sola? ¿No le importa que esté pasando un momento tan duro en ese lugar horrible? ¿En qué mundo vive? ¿No se acuerda de que con su mamá estuve todo el tiempo a su lado? Y la burbuja fue creciendo y creciendo y haciéndose más y más pegajosa, asfixiante y envenenada.

 

En un arrebato tomó las llaves del coche y las agitó para que Raúl oyera. Pero nada. Él ni se mosqueó. Seguía tras sus anteojitos equilibristas nadando en el diario, con su café ya terminado y sin siquiera levantar la mirada. Ni pestañear. Ni nada.

Furiosa, Betty tomó la cartera, el abrigo, el echarpe y el paraguas y salió mordiendo un "chau" con un portazo estruendoso. Abrió el coche, se acomodó, puso las llaves en el contacto pero un gemido animal y un acceso de llanto le impidió ponerlo en marcha.

Reclinada sobre el volante, lloró y gritó hasta quedar agotada. Se bajó del coche, volvió sobre sus pasos, abrió la puerta de la cocina con violencia y desesperación y gritó: "¡¿Es que me vas a dejar ir sola?!". Y Raúl levantó la mirada, sorprendido ante el llanto y la angustia, apoyó el diario sobre la mesa, se quitó los anteojos y le preguntó: "¿Querías que te acompañe?". "¡Sí, claro, claro que quería!"

Suavemente, con ternura, Raúl tomó su abrigo, juntó los diarios y se los puso bajo el brazo, se acercó a Betty, la abrazó y le dijo al oído: "Creí que preferías ir sola. ¿Por qué no me lo pediste?".

https://goo.gl/u5XAav