Otras cosas

Judeofobia, antisemitismo e interseccionalidad. Occidente en cuestión.

¿Qué es la interseccionalidad?

En la década de 1990, la jurista afrodescendiente Kimberlé Crenshaw propuso el concepto de interseccionalidad. Señala que las formas de discriminación basadas en la etnia, el color de piel, el género, la orientación sexual, la nacionalidad, la edad, la clase social o la discapacidad no actúan de manera independiente, sino que se combinan y generan distintas formas de opresión, injusticia y exclusión.

Cada persona ocupa un lugar en la sociedad según la combinación de estas características, que condiciona sus obstáculos y oportunidades. Una mujer negra y pobre, por ejemplo, tiene menos posibilidades de ascenso social que un hombre blanco y rico; una persona mayor discapacitada encuentra más barreras laborales que un joven sin discapacidad; un homosexual latino en Estados Unidos puede enfrentar más discriminación que un heterosexual blanco.

La interseccionalidad aportó una nueva perspectiva para comprender las desigualdades, los privilegios y las dificultades de movilidad social. Surgida de la experiencia de los afrodescendientes, encontró luego en el feminismo una herramienta para analizar las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Más tarde se extendió a otros campos, como la salud mental, la discapacidad y los estudios sobre colonialismo y nacionalidad.

Para muchos cientistas sociales fue una revelación: ofrecía una perspectiva general para entender la discriminación y la injusticia y, con ella, abría la posibilidad de diferentes abordajes y soluciones.

El feminismo encontró en la interseccionalidad una nueva y rica manera de leer el patriarcado y la histórica inferiorización de las mujeres. La riqueza de esta mirada se vio opacada por ciertas lecturas que transformaron lo complejo en binario. Redujeron la humanidad a dos categorías: odos los caucásicos eran los opresores, colonialistas y responsables de las injusticias, y a todos los no blancos las víctimas, los oprimidos, los inocentes.

Un mundo binario: opresores y víctimas

Esta cosmovisión, simple y tan fácil de entender, fue trasladada a la geopolítica. Algunos países menos desarrollados, con poblaciones no caucásicas, eran las víctimas del tablero global. Sus gobiernos y ejércitos podían ejercer violencia sin escrutinios ni reproches, dado que sus acciones eran la “lógica” respuesta a la opresión histórica. La condición de víctima parecía justificarlo todo.

El anticolonialismo recuperó protagonismo. Los descendientes de los colonizadores europeos, repudiando tal vez ese pasado, lo proyectaron sobre otros actores. En primer y casi privilegiado lugar, los Estados Unidos, el paradigma de la supremacía blanca, la explotación y las guerras colonialistas. Y unas décadas después sumaron a Israel que hoy ocupa un lugar central en esa representación del mal.

Israel, la única democracia en una región dominada por autocracias y dictaduras, con un importante desarrollo científico y tecnológico y amenazas persistentes a su seguridad, pasó a ser presentado como un Estado opresor que ocupaba ilegalmente un territorio que no le correspondía.

La difusión de esta narrativa tiene su historia. La Unión Soviética, que había apoyado la creación de Israel en 1947, cambió su posición después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, y se alineó con los países árabes, en un contexto de disputa geopolítica y de intereses vinculados al petróleo.

Ese triunfo israelí en 1967 cambió la percepción que se tenía sobre los judíos. De víctimas y perseguidos, pasaron a ser combatientes victoriosos. David, el débil, despierta simpatía; Goliat, el poderoso, no. La escritora Dara Horn lo resume con una frase provocadora: la gente ama al judío muerto.

La historia es más compleja

En 1947, la ONU aprobó un plan de partición del territorio bajo mandato británico en dos Estados, uno judío y otro árabe. Pero estos no lo aceptaron y en 1948, el estado recién constituido, fue atacado por cinco ejércitos de países árabes vecinos. Israel no solo sobrevivió sino que ganó esa primera guerra, cuya consecuencia fue que cientos de miles de árabes emprendieron el exilio y se convertían en refugiados. Algunos forzados y otros voluntarios por la promesa de sus dirigentes de que una vez que mataran a los judíos podrían volver. Ubicados en campamentos precarios en Gaza y Cisjordania no fueron acogidos por ningún país árabe, comenzaron a ser refugiados. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) los usó como tema de confrontación con Israel, el país blanco, colonizador y explotador, el.enclave europeo en Medio Oriente. Al mismo tiempo 800.000 judíos expulsados en su totalidad de Egipto, Irak, Siria Líbano, Yemen y Adén fueron recibidos en Israel.

Reducir esa historia a una única explicación de expulsión y despojo impide comprender su complejidad. Hubo desplazamientos y familias que abandonaron sus hogares, de ambos pueblos con diferentes resoluciones. Unos acogidos, otros abandonados. No todos los árabes dejaron Israel. Hoy son el 20% de la población israelí y son ciudadanos con plenos derechos.

La Guerra de los Seis Días, en 1967, fue otro punto de inflexión. Los judíos habían vencido otra vez. Israel pasó a controlar nuevos territorios, en la franja de Gaza y en Cisjordania donde seguían los refugiados que ahora se llamaban palestinos. Alimentado por sus líderes la cuestión palestina en esta ocupación de territorio fue adquiriendo una centralidad creciente en el debate internacional. Las protestas, las intifadas, los ataques y las amenazas a la seguridad del estado hebreo se multiplicaron mientras que en ciertos ámbitos académicos occidentales, se gestó la lectura simplificada de la interseccionalidad: Israel, el varón blanco, el colonizador, era el opresor; los palestinos, el pueblo racializado, refugiado y excluido, eran las víctimas.


El 8 de octubre y la nueva legitimación del odio

Llegamos al terrible 7 de octubre de 2023, día en que Hamás perpetró una masacre genocida de civiles israelíes, entre ellos personas que habían trabajado por la convivencia entre ambos pueblos.

Contrariamente a lo que se podría suponer, al día siguiente de este brutal ataque, la reacción de sectores intelectuales, periodistas, estudiantes y militantes políticos fue primero desconcertante, luego indignante. En campus universitarios, medios de comunicación y espacios de izquierda no solo no se repudió el ataque como habría sido la lógica, sino que se lo consideró la consecuencia justificada de las acciones de Israel. En lugar de empatía por las víctimas, acusaron a Israel de genocida, colonizador y apartheid, las nuevas mentiras generadas durante décadas en las usinas islámicas. El judío otra vez en el lugar del mal, el antisionismo revestido con el viejo ropaje del antisemitismo histórico.

Pero, aunque el antisemitismo constituye una parte fundamental de esta hostilidad, no basta por sí solo para explicar esta expansión del antisionismo y su defensa de la causa palestina luego de la masacre perpetrada. ¿Cómo entender que personas de bien, convencidas de actuar en nombre de la justicia, justifiquen ataques contra civiles y repitan consignas que implican la destrucción de Israel?

Del antisemitismo religioso al racial y al político

El odio a los judíos fue cambiando de cara. Religioso durante siglos, la conversión era una salida. En el siglo XIX se instaló como antisemitismo. Era judía toda persona nacida judía. Ya no era una cuestión de fe: ahora era un tema racial, biológico sin conversión posible, el único camino sería el exterminio.

El ataque del 7 de octubre reavivó aquel mismo odio, ahora político, el antisionismo sustentado por la teoría de la interseccionalidad. La “teoría racial” esa superchería científica, había sustentado el antisemitismo, ahora con este otro disfraz, el único país judío era acusado con nuevas mentiras. 

No se trata de las críticas geopolíticas hacia el gobierno de Israel, legítimas como cualquier crítica a cualquier gobierno de cualquier país. Las acusaciones no son sobre un gobierno sino sobre todo un país con todos sus habitantes y, por extensión, todos los judíos del planeta. La “teoría racial” justificaba los campos de exterminio, la interseccionalidad demanda la desaparición del Estado de Israel junto con sus habitantes., “del río hasta el mar”. Es obvio que el antisionismo no es solo contra Israel, sino claramente antijudío, en cualquier lugar del mundo se ataca a personas que llevan algún elemento que los identifica así y se los excluye de espacios culturales artísticos o científicos. A los judíos, sean israelíes o no.

La mentira es tan poderosa que ningún argumento la disuelve. Como el antisemitismo de siempre. No son hechos sino de lecturas. Israel, es el único país judío del planeta, la única democracia de la zona cuya población es étnicamente heterogénea donde los no judíos son ciudadanos y acceden a puestos y posiciones importantes en el gobierno, el sistema judicial, la cultura y el arte, es altamente inclusivo no solo de variadas etnias sino del lugar de la mujer y de las diversidades sexuales, lejos, muy lejos del apartheid. Sin embargo es escudriñado con lupa de aumento, se le exige lo que a ningún otro, se lo critica y acusa de maldad, crueldad y genocidio.

¿Cómo se gestaron estas mentiras? Las canteras de fake news alimentadas por subsidios de magnates musulmanes generan noticias sobre Gaza que ocupan portadas y noticieros. La viralización instala y difunde esas mentiras en una insólita guerra mediática e ideológica en un derrame provocador de consignas fuera de contexto y fundamentación. Junto con ello las fotos, muchas trucadas, despiertan indignación a las buenas conciencias, educadas en las academias de Tik Tok o Instagram.

Y aparece dolorosamente incrustada en la moral de occidente la pregunta de por qué las personas que defienden la causa palestina, los antisionistas, no ven su antisemitismo y no se sientan del lado bueno de la historia. Pareciera que la exhibición de la bandera palestina, el uso de la kefiya y las encendidas proclamas en marchas y violencias, ofrecieran a muchos un nuevo horizonte de sentido.

La necesidad de una causa

Después de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y del debilitamiento de la confrontación entre comunismo y capitalismo, una parte de la militancia occidental perdió su principal eje ideológico.

Las teorías poscoloniales, el ecologismo, el feminismo, la diversidad sexual y los derechos humanos son causas legítimas y necesarias. El problema aparece cuando se las articula mediante una interpretación rígida y sesgada de la interseccionalidad que divide al mundo entre perpetradores y oprimidos.

El feminismo denuncia el patriarcado; los movimientos por la diversidad sexual visibilizan identidades antes perseguidas; el ecologismo enfrenta el calentamiento global. Estas luchas permiten comprender injusticias reales. Sin embargo, cuando se las reúne bajo un esquema que asigna de antemano la culpa y la inocencia según la identidad de cada grupo, se pierde la capacidad de evaluar los actos concretos. Culpables e inocentes se definen por quienes son, su color de piel y donde nacieron, no por lo que hacen.

El antisionismo aparece como nueva causa de lucha dadora de sentido. La difusión de las mentiras renuevan la carga emocional del antisemitismo histórico y “confirman” al Estado judío como la encarnación del Mal.

Hay intereses geopolíticos y económicos que colaboran o tal vez generan de manera invisible este estado de cosas. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética respaldó a distintos países árabes en la nueva división del mundo. Más tarde, las inversiones durante décadas de grandes fortunas provenientes de países musulmanes, especialmente Qatar, resultaron en think tanks, inclusión del tema palestino en escuelas y el adoctrinamiento en universidades norteamericanas que promovió el antisionismo en ámbitos académicos.

El antisionismo une la lectura binaria de las relaciones de poder con los prejuicios antijudíos. Israel es el opresor, dejó de ocupar el lugar de víctima que había despertado solidaridad y simpatía después del Holocausto. Tras la victoria israelí de 1967, los palestinos pasaron a ocupar el lugar de víctimas.

¿Los palestinos son víctimas?

Sin duda que lo son, víctimas de la perversidad de sus dirigentes que los mantienen en eternos campamentos transitorios, alimentando la precariedad para obtener apoyos económicos y políticos de organizaciones internacionales. Y, de paso, acusar a Israel de apartheid, ocupación y genocidio.

Israel se fue de Gaza en 2005 ¿se puede hacer apartheid a un territorio que no es propio? ¿Ocupante de donde entonces? ¿Del mismo Israel donde un 20 % de la población árabe vive libremente? Décadas de adoctrinamiento convencieron a las élites académicas occidentales de la mentira de la ocupación.

Y, en tanto ocupante y culpable del destierro, les debe su sostén. El hecho de que no lo haga confirma su condición de opresor y victimario. Muchos activistas no advierten el antisemitismo que es tan obvio por ejemplo cuando solo se acusa al Estado de Israel y se invisibiliza a tantos otros países en conflicto. Pero, solo donde hay judíos se generan seminarios, titulares y posteos en Tik Tok. Israel está en guerra y en la guerra, en cualquiera, suceden injusticias y muertes no deseadas. A ningún país acusado de conductas criminales de le exige la desaparición. Ni a la Alemania nazi, la Rusia comunista, Camboya, Guatemala, Bosnia, Congo, Argentina o Sudán. Sólo a Israel. El componente emocional judeofóbico es evidente.

Sumado a esto, el antisionismo apoya a países y gobiernos con un islamismo terrorista, religioso e intransigente. Su afán exterminacionista antijudío está en sus fundamentos doctrinarios así como el propósito de islamizar el planeta exterminando a todos los “infieles”, también los cristianos y todos los que no veneran a Alá. Su argumento religioso no es conversable ni negociable, es dogmático y definitivo. No defiende los derechos humanos ni la justicia social ni la equidad humana, ni la territorialidad, defiende una creencia, una fe supremasista y totalitaria. Los antisionistas terminan siendo cómplices de las autocracias terroristas y colonizadoras del islamismo radical. Apoyan su propia destrucción.

La selectividad de la indignación

Creo sin embargo que al apoyar a las víctimas palestinas lo hacen convencidos de estar del lado del bien. Pero, llama la atención que esa misma lucha no es aplicada a las iniquidades de la invasión rusa a Ucrania y sus muertos inocentes, las otras matanzas y genocidios con decenas de miles de víctimas y refugiados —en Yemen, Congo, Nigeria, Siria, y la lista continúa—. Solo se encienden y se ponen en acción cuando pueden acusar a Israel, el único país judío del mundo.

¿Genocidio? Sí, lo hubo, pero fue en manos de Hamás. Las víctimas israelíes, masacradas en 7 de octubre de 2023 fueron consecuencia de un explícito plan genocida. Los antisionistas ¿no ven? ¿no les importa? los niños quemados vivos, las embarazadas asesinadas, las jóvenes violadas y martirizadas, los secuestrados y asesinados. Parece ver a los niños, los ancianos, los militantes por la paz, los agricultores como los opresores blancos, machos, heterosexuales y patriarcales que merecen la tortura y la muerte. Por judíos. Por triunfadores.

Occidente y el autoodio

Quedan abiertas tantas preguntas. El antisionismo es una orgía de autoodio de las élites educadas de occidente. ¿Lavan, tal vez, las culpas de sus antepasados europeos, predadores, genocidas, piratas, colonialistas y esclavistas?

¿Será esta reivindicación del islamismo radical parte de la crisis de Occidente y de su intento de expiar un pasado vergonzante?

¿Es minar el futuro la única manera de compensar las culpas del pasado?

Hay quienes hablan del suicidio de Occidente: el suicidio de los valores de la democracia, el republicanismo y el humanismo.

Todos estamos en peligro. 

No solo los judíos.

Diana Wang, Octubre 2026

Sobre las culpas y el perdón. Versión 2

Mi hijo mayor estaba recién casado y vivía en los EEUU. Recuerdo con espanto el día en que me llamó diciendo: “ma, me hicieron una biopsia, tengo un  melanoma maligno, en tres días me operan”. 

¡Melanoma! para mí era sinónimo de muerte. Mi hijo de poco más de 20 años se iba a morir. Y la culpa era mía. Las madres somos las culpables de todo. O así se decía en el siglo pasado. El autismo era consecuencia de una madre distante. La homosexualidad se debía a que la madre había excluido al padre. La esquizofrenia, el asma, todo lo que no se sabía de dónde venía era psicosomático y, por supuesto, culpa de la madre.  

El melanoma de mi hijo fue extirpado hace casi 40 años y está muy bien. Pero en aquel momento yo creía que estaba a punto de quedar huérfana de mi hijo mayor (¿cómo llamar al estado en que queda un progenitor cuando muere un hijo? no existe la palabra… algunos proponen el término huérfilo pero la RAE no lo aprobó todavía). 

Atormentada por la culpa decidí enfrentarla con la esperanza de perdonarme. Hice una exhaustiva lista con cada uno de los episodios que recordaba, las veces que lo había retado, los momentos en los que, irritada, le había hablado mal, cuando había olvidado algo suyo o había dejado de considerar sus preferencias, aquel castigo por alguna insignificancia un día en que estaba cansada y con la mecha corta. Una larga lista. Era joven entonces y la memoria me era más fiel que ahora, de modo que incluí lo que creí que era todo, tanto lo que me parecía grande como también chico. Todo. 

¿Cómo hacérselo llegar? No existía ni el whatsapp ni el email, recién empezaban las computadoras, hacerlo por teléfono me parecía muy duro así que lo mandé por fax con un prólogo en el que le pedía comentarios sobre cada una de las cosas de las que me acusaba para poder pedirle perdón y perdonarme yo. A las pocas horas me llamó diciendo “¿qué pasa ma? ¿estás psicótica? ¿pasó algo? no entiendo nada, no me acuerdo de nada de lo que decís”. Imaginen mi sorpresa. Luego de esa especie de hara kiri con la confesión de lo que todos esos años había creído que le había hecho, resulta que para él nada de eso había existido. 

Pero la sorpresa continuó porque a renglón seguido me preguntó “si querés quedarte tranquila, te puedo decir las cosas que me hicieron daño y que no puedo olvidar”. “ ¡Claro!” le respondí con inquietud pero también con alivio. Al final sí había hecho cosas de las que era culpable, luego podría pedirle perdón y perdonarme. Al día siguiente llegó su propia lista. ¡Fue un flash! Todo lo que él recordaba que yo le había hecho no tenía ningún resabio en mi memoria, no me acordaba de a b s o l u t a m e n t e nada. ¿Cuándo fue que lo reté y lo humillé ante un amigo porque comía papas fritas directamente del paquete? ¿Cuándo fue que hablé con su maestra porque lo había retado injustamente y él se sintió avergonzado? ¿Cuándo había pasado todo lo que para él había sido importante y que no había dejado ninguna huella en mi?. Lo que empezó trágicamente se convirtió en una broma que todavía hoy recordamos y nos hace reír.

Todo esto me llevó a pensar la culpa de otra manera. Y también el perdón. 

Parecía haber dos culpas diferentes, una imaginaria y otra real. 

El daño hecho por la culpa imaginaria es también imaginario. Nos torturamos por cosas que creemos haber hecho pero que el otro, como pasó con mi hijo, no recibió de la misma manera. El daño imaginario nos afecta a nosotros mismos pero la culpa tiñe la relación de prevenciones, nos pone en alerta ante cualquier reacción o respuesta del otro y leemos cualquier cosa como una evidencia del mal que le hemos hecho. Como con el melanoma de mi hijo que yo creía y temía haber producido.  

Pero hay una culpa consecuente de haber hecho un daño real. Aunque la intención no haya sido dañar, aunque hubiera sido, como decíamos cuando éramos chicos, sin querer. El daño real, uno lo sepa o no, lo hayamos hecho voluntaria o involuntariamente, sigue otro camino, afecta al otro, hicimos algo que produjo un daño real.

Se podría pensar que si no fue voluntario la culpa es menor. Cuando nos habíamos dejado arrastrar por algún torrente emocional que nos impidió evaluar lo que hacíamos o decíamos. Cuando no prestamos la debida atención al otro, a quién es, en qué está, cuánto puede. No queremos hacerle mal, no somos culpables de eso, pero sin embargo el daño fue real aunque no haya sido a propósito. Voluntaria o involuntariamente, si hicimos daño somos culpables. Solo si lo miramos de frente lo podremos asumir, dar las explicaciones del caso, pedir perdón y ser perdonados.

¿Qué estamos haciendo hoy acá si no pedir perdón? Un perdón ritualizado, colectivo que nos hace comunidad y hace posible una convivencia civilizada. 

Pero ¿quién tiene la prerrogativa de perdonar? En su libro “Los límites del perdón” Simon Wiesenthal cuenta que  estando en Mauthausen, fue llamado a ir al hospital donde Karl,  un miembro de las SS, ya muy enfermo, quería que, antes de morir, un judío lo perdonara. Wiesenthal le dijo que él no tenía ese derecho, que solo las víctimas podían perdonarlo pero que ya no podían hacerlo porque las habían asesinado. La culpa y el perdón sucede entre dos personas, no alcanza con reconocerla y pedir perdón, dependemos del otro que puede no perdonarnos. 

¿Qué es pedir perdón? ¿alcanza con decir “perdoname”? El pedir perdón para que sea un real pedido de perdón es un proceso que consta de cinco pasos. 

Uno. Es el más difícil porque se trata de asumir el daño hecho. Sea sin querer o sea a propósito. El efecto en el otro es igual, la herida es la misma, no es un atenuante. Todos los asesinos y perpetradores, tanto el ladrón de celulares como el genocida más atroz, justifican lo que hacen con algún argumento que jamás es “soy malo”, “me gusta herir”, “someter a otro me otorga poder”. Siempre la razón es que obedecí una orden, la sociedad me expulsó, me abandonaron al nacer. Nos resulta muy difícil reconocer y asumir que uno lastimó. No soportamos la idea de sentir que somos malas personas, estaba cansada, tuve problemas en el trabajo, me sentía mal…  siempre encontramos una justificación para lo que hacemos, una justificación que nos exculpa. Pero si hicimos daño el daño está hecho.

Dos. Luego de asumirlo es preciso reconocerlo de viva voz a la persona dañada y si fue sin querer, como es la mayor parte de las conductas dañinas que hacemos, corresponde hacérselo saber. “Te lastimé cuando dije o hice tal o cual cosa. No me di cuenta en ese momento pero en cuanto lo vi me sentí muy mal porque no quiero hacerte algo así.” O, si fue a propósito, podría ser “Te lastimé cuando dije o hice tal o cual cosa. El enojo me cubrió de tal manera que solo quería atacarte sin pensar en lo que hacía o decía. Estuve muy mal porque no quiero hacerte una cosa así”. 

Tres. Luego de reconocerlo, empatizar. No negarlo “yo no hice eso, entendiste mal” por el contrario decir sin excusas que uno ve el sufrimiento y el malestar que causó. Cuando fue a propósito es muy difícil, pero imprescindible, empatizar. “sí, es así, te lastimé” con lo cual en lugar del enfrentamiento y la argumentación de si fue o si no fue, se tiende un puente emocional que permitirá el siguiente paso. 

Cuatro. “Se que estuve mal y lo lamento mucho, aunque lo hice lejos de mi querer lastimarte, me arrepiento, te pido perdón, te pido y no me guardes rencor porque aprendí de esto y haré lo posible porque no se vuelva a repetir”. Los judíos hemos aprendido, como bien lo decía Wiesenthal, que el único que nos puede perdonar es la persona a la que hemos dañado. Una vez pedido el perdón ya no está en nuestras manos, tenemos que esperar la respuesta porque podemos ser perdonados o no, es la prerrogativa del otro. La tradición judía nos dice que si no somos perdonados podemos insistir dos veces más. A la tercera nuestra culpa queda eximida y pasa a los hombros de quien nos niega el perdón. 

Si el perdón nos fue conferido aún falta el último paso.

Cinco. Compensar el daño. Compensarlo de manera concreta y con una medida similar a la afrenta, alguna acción que revele que el arrepentimiento es genuino, no una frase hipócrita o acomodaticia sino una conducta compensatoria que legitimará el pedido de perdón, lo hará significativo y le dará el peso de la verdad.

Los cinco pasos del perdón son: reconocer el daño, asumirlo, expresarlo a quien hemos dañado, pedirle perdón y compensarlo.

Finalizando estos días tan sagrados para todos nosotros, nos recuerdo que la vida es una fuente de sorpresas. Ninguno de nosotros sabe cuanto tiempo seguirá vivo o si alguna cosa inesperada torcerá nuestro camino. No lo sabemos. Vivimos como si fuéramos eternos, como si supiéramos a cada paso cuál será el siguiente, pero es una ilusión. Por eso, como no tenemos ninguna garantía, no dejemos pasar el momento de pedirle perdón a quienes hayamos dañado, si no lo hacemos hoy tal vez ya no tendremos la oportunidad de hacerlo mañana. Pero además de haber lastimado, queriendo o sin querer, también amamos. Digámoslo hoy mismo, porque no sabemos si mañana nuestro ser amado lo podrá escuchar o si nosotros estaremos vivos para decírselo. 

La vida es ahora. No la dejemos escapar.  Carpe Diem.

Shaná Tová ve Gmar Jatimá Tová. 

Mishkan septiembre 2026



Nombrar es hacer visible.

Presentación de “La Sexuación del dinero” de Clara Coria.

En una escuela primaria de Buenos Aires, los varones de séptimo grado armaron un grupo de WhatsApp que excluía a las chicas.
“Estamos cansados de que ante cualquier cosa que no les guste que hagamos vayan corriendo a la dirección y nos acusen de acosadores y machistas”, dijo uno de ellos.

Chicos de doce años.

A veces la historia cambia en silencio, pero deja pequeñas marcas en escenas como esta: un grupo de niños que ya sienten, aunque todavía no sepan decirlo del todo, que el mundo que heredaron está moviéndose bajo sus pies.

Hay autoras que escriben ideas.
Hay autoras que cuentan historias.
Y hay autoras que hacen algo todavía más raro y más necesario: nombran aquello que hasta entonces no tenía nombre.

Clara Coria es las tres.

Escribe ideas.
Cuenta historias.
Y, sobre todo, nombra.

Desde hace décadas ilumina territorios donde lo personal, lo económico y lo político se entrelazan de un modo incómodo, revelador y profundamente humano. Siguiendo la huella de las grandes escritoras que trajeron el feminismo al centro de la conversación pública, sus libros nos invitan —a veces nos obligan— a mirar de frente aquello que durante siglos permaneció en penumbra: la trama invisible que enlaza dinero, poder, amor, dependencia y expectativas en la vida de las mujeres.

Sus textos nacen de los grupos de reflexión que coordinó durante años.
Allí, en la conversación íntima y a veces temblorosa de tantas mujeres, aparecían escenas pequeñas: decisiones sobre dinero, silencios en la pareja, culpas frente al éxito, miedos frente a la autonomía.

Clara escuchó esas voces.
Las reunió. Las pensó. Y finalmente las nombró.

De esas confidencias nacieron libros, ensayos, entrevistas, conversaciones públicas que hoy, reunidos en este volumen, nos permiten ver algo que antes estaba disperso: un mapa de experiencias donde lo cotidiano revela las estructuras profundas de la cultura.

¿A qué le puso nombre Clara?

A la sexualización del dinero, porque nunca es solamente dinero.

El dinero puede ser reconocimiento.
Puede ser permiso.
Puede ser poder para decidir.

Pero también puede ser culpa.
Mandato.
Temor a la ambición.
Obligación de cuidado.
Sacrificio silencioso.

Porque las relaciones económicas están profundamente sexuadas.

En palabras de Clara: Durante generaciones, el dinero fue culturalmente asignado al varón como símbolo de potencia y autoridad, mientras que a la mujer se le reservaba el territorio del altruismo, la entrega y la abnegación. 

Reparto simbólico que no solo organizó la economía familiar o laboral: organizó también la subjetividad, moldeó aspiraciones, inhibiciones y temores.

Aprendimos a negociar nuestro lugar en el mundo de manera íntima, silenciosa y a veces contradictoria, inmersas entre el deseo de autonomía y la expectativa de cuidado; entre la ambición personal y la exigencia cultural de modestia; entre el éxito y la culpa. Fin de la cita

Durante siglos la experiencia de las mujeres fue narrada en voz baja. Fragmentada en confidencias. Encerrada en el territorio de lo privado. Como si lo que allí ocurría —en las cocinas, en los dormitorios, en las conversaciones nocturnas, en las dudas frente al dinero o frente al éxito— no formara parte también de la arquitectura del poder.

Clara descorre ese velo. Y al hacerlo revela algo fundamental: que en los gestos más cotidianos —pagar, pedir, administrar, ceder, negociar— se esconden las marcas de una historia larga de jerarquías y silencios.

Allí donde muchos discursos simplifican, ella observa. Donde otros acusan, ella pregunta. Donde el lenguaje social se vuelve abstracto, ella devuelve la palabra a la experiencia concreta de las mujeres: sus dilemas, sus ambivalencias, sus negociaciones en el mundo público y en sus propios laberintos interiores. Laberintos hechos de expectativas desmesuradas.
De culpa frente al deseo de autonomía.
De miedo al éxito.
De lealtades invisibles hacia modelos de feminidad heredados. Laberintos donde cada logro puede despertar también una pregunta íntima: ¿qué se pierde cuando se gana?

Por eso sus textos siguen siendo actuales.

Hemos avanzado mucho, es cierto. Pero la construcción de una identidad femenina verdaderamente libre de viejas ataduras sigue siendo, todavía, una tarea inconclusa. Las contradicciones persisten. No se refieren solo a la desigualdad visible. Habitan también en las zonas más íntimas de nuestras decisiones, en la forma en que aprendimos a desear, a elegir, a amar.

Clara formula preguntas que ya no pueden desoírse:

¿De qué manera aprendimos a desear lo que deseamos? ¿Qué precio tiene la autonomía? ¿Qué nuevas formas pueden tomar la reciprocidad, el reconocimiento, el poder compartido?

Sus libros no ofrecen fórmulas. No prometen soluciones simples. Nos invitan a algo más difícil: mirar sin miedo las estructuras invisibles que organizan nuestras vidas.

Porque solo cuando lo oculto se vuelve palabra comienza a abrirse la puerta de la libertad.

Y es justamente esa libertad —todavía incompleta, todavía en construcción— la que abre caminos que hace no tanto tiempo parecían impensables. Me refiero al lugar de los hombres.

Porque si el feminismo transformó la vida de las mujeres, también ha comenzado a transformar, silenciosamente, la experiencia masculina. Basta mirar alrededor.

Veo —y no puedo evitar mirarlo con ternura— a esos jóvenes padres que pasean a sus bebés por las plazas, cambian pañales, preparan mamaderas de madrugada, lavan platos, hacen las compras y recuerdan las citas con el pediatra. Escenas pequeñas, casi domésticas. Pero decididamente nuevas.

Durante generaciones la paternidad fue, en gran medida, una presencia declarativa: una autoridad distante, un proveedor, una figura que orbitaba alrededor del hogar sin habitar plenamente sus cuidados cotidianos. Hoy algo está cambiando. El nuevo lugar de las mujeres ha abierto para muchos hombres una experiencia distinta: la posibilidad de vivir la paternidad como una práctica concreta, afectiva, cotidiana. No solo como una identidad simbólica.

Y sin embargo, el cambio también tiene sus tensiones. Porque ellos, al igual que nosotras, han sido moldeados durante siglos por la misma cultura patriarcal. Y a veces, en algún rincón de la memoria emocional, todavía aparece la nostalgia de aquel tiempo en que la crianza y las tareas del hogar no formaban parte de su mundo. El tiempo en que bastaba con ocupar el lugar del proveedor.

También nosotras vivimos nuestras propias ambivalencias. Trabajamos, producimos, sostenemos económicamente nuestros hogares, tomamos decisiones con mayor autonomía que nunca. Y sin embargo, muchas veces seguimos cargando con las viejas exigencias del cuidado, con la culpa heredada, con la expectativa silenciosa de sostenerlo todo. Hemos avanzado mucho. Pero todavía falta.

El feminismo ha sido, sin duda, uno de los movimientos culturales más profundos de la historia contemporánea.

Cambió nuestras miradas.
Cambió nuestras palabras.
Cambió también las expectativas de los hombres.

Lo que durante siglos fue considerado “natural” —la autoridad masculina, la subordinación femenina— dejó de ser aceptable.

Pero todo gran movimiento histórico, cuando se expande, también atraviesa momentos de tensión, de radicalización, de confusión.

En algunos espacios el feminismo dejó de ser una conversación liberadora para convertirse en un territorio de trincheras. El lenguaje se endureció. Las consignas reemplazaron a las preguntas.

Y allí, en ese desplazamiento, a veces se pierde algo esencial: la vocación universal del feminismo. El feminismo que Clara Coria reivindica —y que atraviesa toda su obra— no es un feminismo de exclusiones ni de banderas partidarias. Es un feminismo profundamente humano. 

Un feminismo que no deja a ninguna mujer afuera: ni a las que luchan por su autonomía económica en nuestras ciudades, ni a las que hoy sufren violencia brutal en distintas partes del mundo. Las mujeres violadas en conflictos armados en África. Las sometidas a regímenes religiosos que limitan su libertad. Las víctimas del terrorismo o de la violencia doméstica. La dignidad de las mujeres no admite fronteras ideológicas.

Cuando el feminismo se vuelve instrumento de disputas políticas o geopolíticas, corre el riesgo de olvidar su raíz más profunda: la defensa de la libertad y de la dignidad humana.

La periodista y pensadora Norma Morandini lo expresó con una claridad que vale la pena citar. Son “ismos” llenos de enojo y fanatismo con consignas que devaluaron las demandas genuinas. Confieso que tras haber luchado para que la ley garantice la paridad en la representación parlamentaria, y ver a las legisladoras insultar y gritar como si fueran varones violentos, me digo, “no era para esto, chicas”. En la lucha por recuperarnos de la inferioridad jerárquica a las que nos sometía el patriarcado, caímos en la trampa de definirnos por oposición a los hombres,  lo que, otra vez, anula nuestra subjetividad como seres con derecho, con nuestros propios deseos y objetivos. Definirnos como lo contrario de los hombres nos desvaloriza y adicionalmente confirma que lo masculino es superior porque lo tomamos como referente y modelo.  Fin de la cita

al hacerlo, sin querer, volvemos a tomar lo masculino como referencia.

Tal vez el desafío más profundo no sea oponernos, sino desprendernos. Encontrar nuestra propia voz. Reconocer nuestros deseos. Construir nuestras identidades sin necesitar el espejo permanente del antagonismo.

Hoy la masculinidad también está en cuestión. Aquello que parecía sólido se volvió incierto. Los modelos tradicionales se han resquebrajado, pero los nuevos todavía están en construcción.

El feminismo necesitó casi un siglo para instalarse culturalmente. Transformó las expectativas de las mujeres, pero también las de los hombres.

Y como suele ocurrir en los momentos de transición, aparecen reacciones pendulares.

A veces el machismo resurge con violencia.
Otras veces aparece su reflejo invertido: un discurso que desprecia todo lo masculino y responde a la opresión con una nueva forma de intolerancia.

Podríamos llamar a ese fenómeno hembrismo: la contracara simétrica del machismo.

Ambos comparten algo inquietante: la rigidez, la descalificación del otro, la imposibilidad del diálogo.

Y ambos, finalmente, terminan dañando a todos. A hombres y mujeres. A niños y niñas. A chicos y chicas que apenas están comenzando a comprender el mundo.

Tal vez el desafío de nuestra época sea

imaginar un feminismo que no necesite enemigos para existir. Y al mismo tiempo, acompañar el nacimiento de una nueva masculinidad: una forma de habitar la condición masculina sin culpas heredadas ni privilegios injustos.

Un masculinismo reivindicado y amigo del feminismo. Un masculinismo capaz de vivir la virilidad como experiencia humana y gozosa, no como dominio ni como defensa. El desafío no es reemplazar una jerarquía por otra, sino aprender a habitar la igualdad.

Como pueden ver, leer hoy los textos de Clara Coria —muchos de ellos escritos hace ya varios años— es abrir una conversación que todavía no ha terminado. Una conversación sobre dinero y amor. Sobre poder y dependencia. Sobre autonomía y vínculo. Sobre mujeres y hombres que buscan, cada uno a su manera, una forma más libre de habitar el mundo.

Porque transformar la realidad empieza siempre de la misma manera: alguien se atreve a decir en voz alta lo que durante mucho tiempo solo se había susurrado.

Alguien encuentra las palabras. Y cuando las palabras aparecen, algo cambia.

Lo que antes estaba oculto se vuelve visible.
Lo que parecía natural empieza a ser interrogado. Lo que parecía inevitable empieza a transformarse. 

Eso es lo que hace Clara.

Nombrar es un gesto sencillo, pero a veces, ese gesto permite la transformación.  Porque nombrar no es solo describir.

Nombrar es iluminar. Y a veces también es el primer paso de la libertad.

Diana Wang, marzo 2026

Hembrismo, la otra cara del machismo

En una escuela primaria de Buenos Aires, los varones de 7° grado armaron un grupo de whatsapp que excluía a las chicas. “Estamos cansados de que ante cualquier cosa que no les guste que hagamos vayan corriendo a la dirección y nos acusen de acosadores y machistas” dijo uno. Chicos de 12 años.

La miniserie “Adolescencia” muestra en 4 capítulos desgarradores una radiografía cruda de un estado de cosas entre varones y mujeres adolescentes, algo que parecemos desconocer sus adultos responsables, maestros, padres y autoridades y, en consecuencia, no sabemos cómo encarar. 

Pero no solo en los jóvenes. También se advierte en el mundo adulto. Hombres casados, buenos padres sin conflictos serios con sus esposas, denuncian sentirse en una especie de prisión de la que anhelan ser “liberados”. No se trata de divorcio, tampoco de perder la relación con sus hijos ni de dejar de proveer a su manutención en caso de que lo hagan. Quieren “liberarse” de la opinión, el juicio, la crítica y las expectativas de los miembros de su familia que les resultan abrumadoras. Quieren entrar y salir sin tener que dar explicación alguna, mantener el orden o el desorden que les gusta sin tener que adaptarse a lo que los demás les exigen, sin exigencias ni testigos. El anhelo no incluye necesariamente aventuras sexuales aunque para algunos puede ser parte del menú en este ansia de no tener que dar cuenta de nada.

Y he aquí la pregunta: ¿Qué está pasando con los hombres, niños, adolescentes y adultos? ¿Cuál es la crisis que están viviendo? ¿Qué cambió?

Obviamente en la actualidad la masculinidad está en cuestión. Aquello que era ya no es más. El movimiento feminista que necesitó casi un siglo para instalarse, cambió la perspectiva cultural y las expectativas de cada sexo. Lo que era “normal” la concepción masculina occidental, el machismo tradicional, caducó y sus características patriarcales de sometimiento y opresión hacia el mundo femenino dejaron de ser aceptadas. No hay dudas de que la lucha feminista hizo un trabajo exitoso en ese sentido pero, en los últimos años, las posturas se fueron extremando y se produjo un deslizamiento hacia un rígido fascismo con proclamas duras, beligerantes y radicales. Todo lo masculino era machista y, como tal, señalado, vilipendiado y despreciado con tanta violencia e intolerancia que algunos la llaman feminazismo. Yo prefiero llamarlo hembrismo. 

El hembrismo es la contracara del machismo, igualmente  autoritaria, opresiva y violenta. Fueron tan extremas sus posturas y demandas que llevaron, en una reacción pendular, a una rebelión masculina hoy visible en la manosfera. Resume un machismo radical misógino y hostil contra las mujeres. Uno de sus movimientos es el incel (abreviatura de involuntary celibate, "célibe involuntario") que acusa a las mujeres de selectivas, despreciativas y discriminadoras y, en algunos casos, justifican o fomentan la violencia contra ellas. 

A los hombres de hoy se les pide que “feminicen” su conducta, que sean empáticos, que conozcan y controlen sus emociones, que hablen delicadamente, que entiendan que el deseo sexual no se enciende igual en las mujeres y que lo acepten. Entienden y comparten la justicia de lo que se les pide y lo intentan aunque choque contra su biología, su crianza, la cultura mamada, con lo que tienen y pueden. También se espera que críen a sus hijos, les den la mamadera, les cambien los pañales, los lleven al pediatra y vayan a las reuniones de padres de la escuela, que hagan el lavado de la ropa, que cocinen, que compartan todas las tareas de la crianza y del hogar junto a su esposa en igualdad de condiciones. Requerimientos absolutamente lógicos en este mundo en el que las mujeres tenemos nuestros desarrollos personales, estamos incluidas en el mundo laboral y aportamos dinero a la economía familiar. Muchos hombres, están pudiendo hacer estas cosas sin que se resienta su masculinidad pero no siempre les es “natural”. Para algunos, hagan lo que hagan nunca es suficiente, no parece ser lo que se espera de ellos, se sienten permanentemente en falta. Nunca harán las cosas igual que las mujeres porque no lo son, esperarlo conduce inevitablemente a la frustración. Hombres y mujeres no somos iguales. Tenemos los mismos derechos a desarrollarnos en la vida pero no de la misma manera porque somos producto de nuestras biologías, crianzas y cultura. 

Va siendo hora de empezar a pensar en el masculinismo. Así como el hembrismo es la contracara del machismo y se le parece tanto en su rigidez e intolerancia, al feminismo inteligente debería acompañarlo el masculinismo, una relectura y una reivindicación de la condición viril que pueda ser vivida gozosamente, sin culpas ni reproches. 

Los chicos de primaria que no quieren tener nada que ver con sus compañeras son los hombres del futuro que nos están diciendo que esto así no funciona. Esta es una reflexión preliminar que espero sea complementada y aumentada por otras miradas. 

Machismo y hembrismo nos someten, nos violan y nos lastiman. A hombres y a mujeres. A niños y a niñas. A chicas y a chicos. El feminismo nos enseñó a las mujeres que también tenemos derecho al mundo, no somos solo las “reinas del hogar”. 

Esta conducta de los hombres que quieren vivir sin testigos, sin esa mirada acosadora que los culpa, tal vez anuncie que el tan necesario masculinismo está naciendo. Necesita construir y desarrollar un corpus conceptual acorde a los tiempos (¿donde están las Betty Friedan, las Simone de Beauvoir, las Virginia Woolf masculinas?) para liberar a la virilidad de esta especie de prisión que les permita desarrollar sus capacidades y anhelos, no solo en el tradicional área laboral, sino también en lo social y familiar para que ser hombres masculinos sea motivo de plenitud y gozo vital. 

Diana Wang, marzo 2025








Zelensky-Trump: A Difficult Conversation

From a communication perspective, the recent and unfortunate failed conversation between the two leaders highlights what needs to be considered when facing a difficult conversation.

Who are you talking to? What’s their personality like? Do you understand their strengths and weaknesses? What’s their position relative to yours? What’s the history between you? Where’s the meeting taking place? Who will be present? Will it be private or public? What do you need to achieve?

I won’t focus on Trump’s harsh, offensive, and humiliating response, but rather on Zelensky’s approach, since he was the one hoping for a productive conversation. It’s clear that the President of Ukraine walked into the meeting without fully considering or answering these critical questions.

Let’s break it down:

Who are you talking to? The President of the United States.
What’s his personality like? He’s used to giving orders, not taking them. Power is his ultimate goal, and he demands total control.
What are his strengths and weaknesses? He won’t tolerate advice or criticism. Every interaction is a battle for him, and he must come out on top. He’s unpredictable, provocative, and will say anything to feel dominant.
What’s the hierarchical dynamic? Both are presidents, but Trump leads the most powerful country on the planet.
What’s the history between you? The previous year, Zelensky expressed support for Kamala Harris in the U.S. elections, and Trump called him a dictator.
Where’s the meeting taking place? In the Oval Office of the White House, the seat of the U.S. presidency.
Who will be present? The president, the vice president, advisors, and journalists.
Will it be private or public? It will be public, filmed, and almost certainly go viral.
What do you need to achieve? Economic and military support to sustain the fight against the Russian invasion, along with help in planning a peaceful resolution.

In this context of significant vulnerability, Zelensky made the mistake of asking for help in a way that almost felt like a challenge: “You need it too… in times of war, everyone has problems, even you. You might not feel it now, but you will in the future.” He was asking for help, while also giving the U.S. president unsolicited advice! Trump?! How did Zelensky expect someone so arrogant, irritable, omnipotent, and narcissistic to respond? With a “Thank you, dear friend. I hadn’t realized. Thank goodness you’re here to show me why it’s in my best interest to help you”? Knowing Trump’s character, I can only imagine how he heard that: “You think you're above me? You don’t realize you’re not invulnerable? Do you think there won’t be consequences?”

The vice president quickly stepped in to defend Trump, reprimanding Zelensky for his lack of gratitude. We saw Trump’s fury ignite when, pointing his finger at Zelensky, he snapped: “You’re in no position to tell us what we should feel… you don’t have the cards on your side.”

It turned into a humiliating showdown—what looked like a defiant rooster being crushed by a brash, combative bull who put the challenger firmly "in his place."

If Zelensky had paused to answer these critical questions and maybe started with something like, “Thank you for having me and for what your country has already done to help us stop this invasion and keep us afloat. I’m here to ask for your help in ending this war in as dignified a way as possible…” and avoided interrupting Trump multiple times, maybe the conversation could have actually taken place. But in his desperation—and, I suspect, due to inadequate preparation—he walked into the meeting unprepared. And as a result, the clash occurred. Trump later underscored this when he said that “Zelensky didn’t seem like someone who wanted peace.”

Every difficult conversation requires thorough preparation. Without it, you risk turning a discussion into a hostile confrontation, which will derail any chance of reaching an agreement. This is a clear example of what can happen when preparation is neglected, and it offers valuable lessons for our own difficult conversations.

Published in La Nación.

Zelensky-Trump, una conversación difícil

Desde una perspectiva comunicacional, la reciente y lamentable conversación-que-no-fue entre los mandatarios muestra lo que se debe tener en cuenta al enfrentar una conversación difícil.

¿Con quién vas a hablar? ¿Cuál es su personalidad? ¿Conocés sus puntos débiles y sus fortalezas? ¿En qué posición jerárquica está respecto a vos? ¿Cuál es el antecedente entre ustedes? ¿Dónde será el encuentro? ¿Quién estará presente? ¿Será privado o público? ¿Qué es lo que necesitás lograr? 

No encararé la respuesta destemplada, ofensiva y humillante de Trump sino la conducta de Zelensky, el interesado en conversar. Da claramente la impresión de que el presidente de Ucrania se presentó al encuentro sin haber respondido adecuadamente estas preguntas clave. Veamos:

  • ¿Con quién vas a hablar? Con el presidente de los Estados Unidos.

  • ¿Cuál es su personalidad? Está acostumbrado a dar órdenes, nunca a obedecer, el poder es su objetivo fundamental y exige tener todo el control.

  • ¿Cuáles son sus puntos débiles y fortalezas? No tolera consejos ni críticas. Toda interacción es para él una lucha en la que debe prevalecer. Es impredecible y provocador, puede decir cualquier cosa con tal de sentirse dominante.  

  • ¿En qué posición jerárquica están? Ambos son presidentes, pero Trump lidera el país más poderoso del planeta.

  • ¿Cuál es el antecedente entre ambos? En el año anterior, Zelensky había expresado su apoyo a Kamala Harris en las elecciones de Estados Unidos. Trump lo llamó dictador.  

  • ¿Dónde será el encuentro? En el Salón Oval de la Casa Blanca, sede de la presidencia de los EE. UU.

  • ¿Quién estará presente? El presidente, el vicepresidente, asesores y periodistas.

  • ¿Será privado o público? Será público y estará filmado y seguramente viralizado.

  • ¿Qué es lo que necesitás lograr? Apoyo económico y militar para sostener la lucha contra la invasión rusa y ayuda para planificar una paz digna.

En ese contexto de enorme debilidad Zelensky cometió el error de pedir ayuda diciendo: “para ustedes también es necesario…en tiempos de guerra todo el mundo tiene problemas incluso ustedes, no lo sienten ahora pero lo sentirán en el futuro”. ¡Pedía ayuda y desafiaba al norteamericano con un consejo! ¡¿A Trump?! ¿Cómo esperaba que reaccionara alguien altanero, irascible, omnipotente y narcisista como él ? ¿Con un “gracias querido amigo, no me había dado cuenta, menos mal que me venís a decir por qué me conviene ayudarte”? Conociendo sus características puedo suponer que lo que decodificó fue algo así como: “¿Te hacés el que estás más allá? ¿no te das cuenta de que no sos invulnerable? ¿Creés que no vas a sufrir las consecuencias?”. El vice salió presuroso en su defensa y recriminó al osado la falta de agradecimiento. Vimos que se encendía la furia en Trump cuando, abalanzado sobre Zelensky con el dedo enhiesto, le espetó: “No estás en posición de decirnos lo que debemos sentir… no tenés las cartas a tu favor”. 

Fue un enfrentamiento humillante entre lo que parecía un gallito de riña desafiante siendo embestido sin piedad por un toro bravucón y pendenciero que puso al atrevido “en su lugar”. 

Si se hubiera planteado y respondido las preguntas del comienzo y tal vez haber empezado con un “Gracias por recibirme y por lo que tu país hizo hasta ahora por nosotros para que frenemos esta invasión y que nos mantengamos a flote. Vengo ahora a pedir ayuda para terminar con esta guerra de la manera más digna posible …” y si no lo hubiera interrumpido varias veces, quizás habría habido alguna oportunidad de que la conversación tuviera lugar. Pero, preso de su desesperación y, como sospecho, de una preparación insuficiente, fue a la guerra. Y la guerra sucedió. Trump lo subrayó cuando dijo más tarde que “Zelensky no parecía alguien que quería la paz”.

Toda conversación difícil requiere una exhaustiva preparación sin la cual se corre el riesgo de caer en un enfrentamiento hostil que impedirá conversar y tirará por la borda cualquier intento de acuerdo. Es un buen ejemplo de ello que nos puede ser útil para nuestra propias conversaciones difíciles.

Publicado en La Nación

¿Cómo pudieron?¿Cómo pudieron?¿Cómo pudieron?

Ariel y Kfir Bibas fueron estrangulados por sus captores gazatíes. 

¿Cómo pudieron?

En todas las formas de vida la protección de las crías, regulada por mecanismos neurobiológicos, es un imperativo que promueve el cuidado de los más vulnerables. Los animales pueden matar a sus crías por cuestiones de supervivencia, escasez de recursos o selección natural. Algunos humanos, por el contrario, asesinan a los niños por ideologías o por odio, una constante en conflictos bélicos y genocidios. El reflejo genéticamente programado que garantiza la supervivencia de la especie y ante cualquier peligro o el mero llanto de un bebé activa regiones del cerebro asociadas con la empatía y la respuesta urgente se pone en acción en esas circunstancias. El mandato biológico supremo es violado y ese ser frágil y desvalido no llegará a adulto. Asesinar a un niño, a un bebé y, como en el caso de los Bibas, hacerlo con las propias manos, requiere quebrantar y bloquear el reflejo genético que asegura la continuidad de la vida con la protección del indefenso. Para asesinar, la víctima debe ser vista como enemigo. ¿Cómo ver a un bebé, a un niño pequeño, como enemigo a ser aniquilado? En su asesinato se aniquila la humanidad y la empatía, se pierde la conexión con la especie.

En guerras, matanzas y genocidios los más débiles y vulnerables son las víctimas obligadas.  Durante el Holocausto, al exterminio sistemático de los judíos se sumaron actos perpetrados contra los más chicos que, en algunos casos, eran tomados por los pies y arrojados contra una pared "para no desperdiciar una bala". ¿En qué está pensando la mano asesina en ese momento? ¿Cómo justifica ante sí semejante atrocidad? 

Mis padres sobrevivieron a la Shoá ocultados por una familia cristiana en un ático donde debían guardar silencio absoluto para evitar ser denunciados. Pero tenían un hijo de poco más de dos años que pondría en peligro a todos si lloraba, estornudaba o emitía algún sonido. No tuvieron otra salida que confiarlo a otra familia para asegurar que, al menos él, sobreviviera. Libres de la ocupación nazi, corrieron a buscarlo pero les dijeron que había muerto y que no recordaban dónde lo habían enterrado. Igual que lo sucedido con otros chicos dados en custodia, el ser identificados como judíos por la circuncisión ponía a todos en peligro y seguramente lo asesinaron, por eso no querían revelar donde estaba enterrado. Y me saltan las aterradoras preguntas. ¿Cómo lo hicieron? ¿Lo asfixiaron con una almohada? ¿Lo estrangularon con las manos? ¿Quién lo hizo? ¿Lo hicieron de frente? ¿Lo miraron a los ojos? ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron?

Formateados para que las vidas de los bebés y los chiquitos sea preservada, para que puedan llegar a adultos y que nuestra especie continúe, el asesinato de bebés y chiquitos por motivos no biológicos -política, ideología, odio- abre esos y otros interrogantes que no encuentro la manera de responder. 

Y de pronto y en medio del espanto desatado por las hordas asesinas de Hamás el 7 de octubre de 2023 en Israel ese viejo archivo mío volvió a la vida y me enfrentó, otra vez, con el horror, con lo impensable, con lo indecible. 

Las mismas preguntas que siempre me hice respecto de ese hermano que nunca conocí se aplican a Ariel y a Kfir. ¿Cómo los mataron? ¿Apretaron sus cuellitos con las manos? ¿Quién lo hizo? ¿Hubo testigos? ¿Fue mirándolos de frente? ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron?¿Cómo pudieron?

Publicado en Clarin.

Una nueva sorpresa

Parte de lo dicho en la entrevista:

Cuando los soviéticos se chocaron con Auschwitz y los británicos con Buchenwald su shock fue de una sorpresa inédita al ver el grado del horror al que se había llegado; espanto que generó reacciones generalizadas, entre otras cosas, el mentado “nunca más” y las regulaciones de la UN para prevenir genocidios. Hoy vivimos una nueva sorpresa. Luego de los registros y transmisiones en streaming del ataque de Hamás hecho por ellos mismos, la reacción generalizada fue de negación y justificación, no hubo la repulsa esperada y no parecen haber movimientos hacia este “nunca más”. Por el contrario, se produjo un furibundo rebrote del antisemitismo y movimientos de apoyo explícito al terrorismo. Es una nueva sorpresa que nos ha “regalado” la Humanidad y que nos tiene tan desconcertados y amarmotados como cuando se hicieron públicas las fotos de los campos de exterminio. Dos sorpresas que nos interpelan ante las cuales ninguna respuesta es suficiente.

video:

Audio:

Los feminismos después del 7 de octubre

Ya pasó más de un año del ataque genocida de Hamas al estado de Israel. Mientras escribo estas palabras hay más de cien secuestrados todavía ausentes sin que se sepa quiénes siguen vivos y quiénes fueron asesinados. Cientos de miles de desplazados ven alteradas sus vidas de manera radical en Israel. Familias penan la muerte de padres, madres, hijos, esposas, maridos, amigos. Niños forzados a  procesar las crueles escenas vividas aprendiendo a adaptarse a vivir sin uno de sus progenitores o sin ambos, sin algún hermano o sin todos. Los ataques continúan sobre Israel. Las víctimas no han podido recuperar el aire. Sigue sucediendo. 

Como en las postrimerías de la Shoá cuando no se sabía cómo llamar a lo que había pasado, tampoco tenemos un nombre. Es el 7/10, una fecha, un cuadradito en el almanaque. Necesitaremos que todo pase, que los escombros se reconstruyan, que los muertos sean velados, que los vivos recuperen sus vidas para, recién entonces, como con la Shoá, alguien encuentre la palabra.

Seguimos bajo el shock que ha reformulado nuestra relación como judíos en la diáspora. La ilusión de la seguridad y la garantía se fragmentó en mil pedazos y estamos ante una nueva incertidumbre. Tal vez la misma de siempre pero lo habíamos olvidado. Venimos de un período de florecimiento de la vida judía único en la historia y creímos que el cambio era un hecho, convicción que voló por los aires. No solo eso. Fueron varias las convicciones fragmentadas con este ataque y con la posterior reacción de parte del mundo.

Los derechos humanos, la libertad sexual, la justicia, la lucha por lo que está bien, la democracia, el disenso, se redefinen en revuelto montón y llevan a que los “bienpensantes” defiendan estados terroristas como paradigmas del bien.

Lo mismo ha pasado con la ausencia de respuesta de los movimientos feministas ante el ataque sexual a las mujeres perpetrado por los terroristas de Hamás. Esta arma de guerra no es una novedad bélica, salvo que esta vez fue registrada con las cámaras go pro que registraron las violaciones, torturas y asesinatos sumando un nuevo horror a la historia del horror de la humanidad. La exhibición de esas imágenes, impúdica, gozosa, amoral y el aplauso que concitó en los gazatíes, eran trofeos que los enorgullecían como blasones victoriosos. Los crímenes cometidos en hechos de guerra solían ser ocultados, esta vez no solo se mostraron sino que levantaron aplausos y gritos de júbilo y admiración. Un nuevo peldaño en el desprecio por la vida humana y en la fractura de los valores que creíamos estaban ganando terreno en la humanidad. 

Feminismos y patriarcado

Durante siglos, algunas mujeres expresaron su disconformidad con la inferiorización de la que eran objeto pero el gran cambio se produjo en Inglaterra a comienzos del siglo XX durante la llamada primera ola del feminismo cuando las suffragettes, con vestidos largos y corsets que impedían la respiración, salieron a la calle exigiendo votar para tener los mismos derechos políticos y laborales que los hombres. A partir de allí, los movimientos feministas propugnaron una sociedad más justa e igualitaria superadora del patriarcado androcéntrico y  estructurador de relaciones desiguales de poder.

La segunda ola, a partir de 1960, tuvo como líderes, pensadoras e inspiradoras a Simone de Beauvoir, a Betty Friedan y a Kate Millet entre tantas otras.

En una marea de flujos y reflujos, le siguió una tercera ola en 1990 y ahora estamos viviendo la cuarta. 

El movimiento feminista floreció en feminismos con diferentes lecturas y propuestas y distintos grados de radicalización, pero sus principios fundantes integran hoy nuestro horizonte cultural común. Su mirada crítica, tanto en el ámbito de lo público, -sobre el poder, la disparidad salarial, la desigualdad de derechos-, como en el ámbito de lo personal -el acoso, la violencia doméstica y sexual, el femicidio, y todo tipo de ataque contra la mujer en tanto mujer- son objetivos que hoy visualizamos, reconocemos e incorporamos a nuestro corpus civilizatorio. Hay acuerdo unánime (creíamos que unánime) en que la violencia hacia la mujer por ser mujer es inaceptable, punible y exigía la atención política, el tratamiento pedagógico y la transformación cultural. 

La lucha de los feminismos es, al menos en este punto, exitosa porque la repulsa a la violencia contra la mujer es indiscutible (creíamos que era indiscutible). La injusticia, la arbitrariedad y la benevolencia con la que se tomaban estos ataques hoy está fuera de cuestión (creíamos que estaba fuera de cuestión). Nadie mirará con cariño ni ligereza a un violador, un torturador de mujeres, un golpeador, un femicida (¿nadie lo mirará con cariño?) y muchos hombres (no todos) están aprendiendo a ver y a pensar su relación con el sexo femenino desde un lugar diferente al del poder, la posesión y la subvaloración. 

El silencio traidor

Hace más de un año desde aquel 7 de octubre de 2023. La falta de reacción de los movimientos feministas organizados respecto de las violaciones, torturas y asesinatos hechos por los terroristas de Hamás a mujeres israelíes ha sido un golpe inesperado a nuestras creencias. Silencio ante las secuestradas que aún siguen prisioneras. Silencio ante las violadas que tal vez estén gestando un bebé cuya recepción, filiación y crianza presenta un dilema desgarrador. Silencio ante las adolescentes que han vivido la orgía de horror en el festival Nova. Tantos años bregando por igualdad y justicia, denunciando ataques y perpetraciones en pos de la recuperación de la dignidad y la legitimidad de las mujeres como sujetos de derecho, y de pronto, al menos para mi sin previo aviso, fueron traicionados, lo que creía que era un logro se derrumbó en pedazos. Fue, es, una traición personal de la que todavía no me puedo reponer. 

A poco de sucedido, aún aturdida por lo que se iba sabiendo, busqué el apoyo explícito de algunas mujeres del colectivo femenino. Contacté a varias conocidas y reconocidas, tanto en la esfera artística como en la académica, mujeres de voces fuertes, mujeres que pelean por sus derechos y demandan atención, respeto, valoración, mujeres hacedoras y ejecutivas a las que miraba con admiración y cuya lucha por la defensa de la igualdad de derechos me resultaba ejemplar. Las respuestas que recibí de varias de ellas, no de todas por suerte, fue el cobarde y artero “sí, pero…”, o,  como dijo Claudine Gay, la infausta presidente de la Universidad de Harvard, “repudiar la repulsa a Israel y el apoyo al terrorismo depende del contexto” o sea que hay contextos en los que no es repudiable. Mujeres que hablan públicamente de la sociedad patriarcal eligieron no pronunciarse contra la barbaridad perpetrada en Israel. Sus discursos y slogans encendidos se fueron borroneando y deslegitimando con un embanderamiento partidario que avala dictaduras y terrorismos y que resiste toda lógica. Mujeres orgullosas de sus militancias progresistas, su moral igualitaria y sus anhelos de justicia, silenciaron esos ideales ante las víctimas israelíes. 

No las acusaré de antisemitas, término que rechazarán con fuerza. El día en que el sesgo militante comience a desdibujarse y vean lo que pasó, recuperarán, espero, la visión binocular y harán un mea culpa en el que les será claro cuántos de sus argumentos eran antisemitas. No hicieron declaraciones empáticas con las víctimas israelíes, su posición respecto al Estado de Israel fue más fuerte que su posición feminista. Entiéndase bien. No se oponían a una determinada política de gobierno sino al país como un todo junto con todos y cada uno de sus habitantes. No podían alzar su voz para defender a las mujeres en Israel (aunque hubo/hay de varias nacionalidades, incluso argentinas), el suelo que pisaban alteró su condición de mujeres y las excluyó de los derechos de cualquier mujer en cualquier otro lugar del mundo, tenga el gobierno que tenga, pelee lo que pelee o cometa genocidios. Ningún país es acusado como país y con todos sus habitantes de lo que sus gobiernos realizan. La prueba que vuelve a todo increíble, contradictorio y hasta bizarro, es que las mismas mujeres que no empatizaron ni se condolieron con las víctimas israelíes defienden y apoyan a países en los que las mujeres carecen de los mismos derechos que declaran defender. 

Una traición personal

No solo me traicionaron a mí personalmente. No solo traicionaron a las mujeres israelíes. No solo traicionaron a las mujeres judías. Traicionaron al movimiento feminista y a todos sus principios. A las sufragistas, a Simone de Beauvoir, a Betty Friedan y a cada una de las mujeres golpeadas o asesinadas, se traicionaron a sí mismas y a su lucha. A partir de ahora, lo que digan o hagan tendrá un valor relativo. Perdieron la autoridad para hablar en nombre de “las mujeres”, han quebrado el colectivo al decidir que no todas son iguales. Las violadas judías, las mutiladas, las torturadas, las asesinadas y exhibidas como trofeos, todas esas mujeres no pertenecen, según estas excluidoras, al universo del feminismo. 

Surge así, en esta cuarta ola feminista sumergida en la cultura woke, un nuevo colectivo  integrado por ideólogos, movimientos y dueños de la moral que traicionan sus principios alegremente. No se salvó ninguno. Ni #metoo ni #niunamenos ni los defensores de los derechos LGBTQ+ ni los pañuelos celestes ni los pañuelos verdes, ni las izquierdas dizque progresistas, ni #blacklivesmatter. Complotados en una mudez atronadora, fingieron demencia haciendo como que no pasó lo que pasó. Relativizaron los ataques y algunos incluso defendieron a los perpetradores y levantaron banderas palestinas clamando por la desaparición del Estado de Israel como si los principios de libertad y justicia que dicen sostener no se contradijeran con los que sostienen los terroristas.  

¡Qué vergüenza! ¡Qué manera flagrante de traicionar y traicionarse! ¡A callar a partir de ahora! ¡A buscar otras luchas que no las enfrenten con este doble standard, con esta contradicción, con esta hipocresía de la que, al menos para mi, no tienen retorno! Hagan de su actual silencio una marca de auto oprobio y dejen de echar consignas vacías de contenido y autoridad. 

¿Justificar un femicidio? ¿Acaso una golpiza a una mujer está justificada porque “lo miró mal”? ¿Acaso una violación es una consecuencia lógica de que mostrara las piernas o llevara ropa ajustada? ¿La culpa es de la víctima? Los movimientos feministas lo han dejado bien claro: ¡ninguna conducta de una mujer merece y justifica la violencia o el ataque, aunque el perpetrador se escude en ello para alegar inocencia! 

Ya es bastante difícil superar el techo de cristal que frena nuestro ascenso a posiciones dirigenciales pero hasta el 7/10 creíamos que compartíamos la misma lucha. Vemos que no. Que si quien reclama, quien sufre, quien ha sido atacada es judía, no merece las mismas declaraciones, ni demandas ni empatía. El supuesto colectivo femenino se convirtió en un destartalado vagón de carga con ingreso condicionado. La decepción es honda.

En consecuencia #yanolescreo será mi hashtag a partir de ahora porque, para mi gran dolor, el feminismo, en sus manifestaciones orgánicas, se ha suicidado. #Yanolescreo responderé cuando aseguren defender los derechos humanos. #Yanolescreo cuando declamen cambiar la sociedad patriarcal para que las mujeres tengamos los mismos derechos.#Yanolescreo cuando agiten pancartas con frases hechas políticamente correctas y se vayan a dormir tranquilas y felices por haber proclamado lo que luego contradicen con su silencio cómplice.

Ideales en fuga, culpas lacerantes

Caídas las ideologías que reinaron en el siglo XX, las élites educadas quedaron sin horizontes de lucha, sin ideales que defender. La ecología, las minorías sexuales, los derechos humanos y el postcolonialismo con el eje opresor-oprimido, son las nuevas banderas de la generación woke, esa policía del pensamiento enredada en la consigna fascista de la corrección política. El macho blanco, el estereotipo masculino de la sociedad patriarcal, es el nuevo enemigo, el modelo de opresor a denunciar y abatir. En la búsqueda de causas los descendientes de europeos y norteamericanos que colonizaron y esclavizaron a tantos no-blancos encontraron tal vez la manera de lavar ese pasado vergonzante. Estamos bajo el imperio de las redes sociales, de los slogans y mensajes breves y atractivos que deben viralizarse en likes y reenvíos que producen desinformación y simplificación. El escenario extremista y maniqueo señala a Israel como un estado “blanco, macho y patriarcal” acusado, en consecuencia, de genocida, apartheid y colonialista, las tres infundadas. Este pequeñito país, enclave occidental en oriente medio, es una isla democrática y liberal rodeada de tiranías y autocracias. Su población, lejos del estereotipo caucásico, es heterogénea y multicolor, las distintas etnias viven libremente y tienen acceso a todos los derechos. Sus guerras han sido siempre defensivas, nunca genocidas. Sin embargo, preso del juego ideológico simplificador y extremista, Israel es ubicado como el perpetrador mientras que en el otro extremo se ve a los palestinos como las víctimas, oprimidos, desvalidos y tratados injustamente. Ciertamente son víctimas, pero no de Israel, viven la tragedia de ser presos de sus mismas autoridades y de los países circundantes que los mantienen como eternos refugiados transitorios para, entre otras cosas, acusar a Israel y recibir dineros que sostengan el poder de los dirigentes. La situación es compleja, la historia es dolorosa, los resentimientos y los intereses horadan los espacios de comprensión y en esta nube tóxica las mujeres israelíes, las mujeres judías, no hemos pasado el filtro de ser reconocidas como mujeres. Solo nosotras. 

Nos dejaron afuera. Otra vez.

Nuestra decepción es honda y dolorosa. Fuimos parte del colectivo femenino con aportes esenciales desde su comienzo. Betty Friedan, judía, formuló las ideas claves en la historia del pensamiento feminista; su libro, “La mística de la femineidad” publicado en 1963 se considera uno de los libros más influyentes del siglo XX. 

Creíamos que éramos parte. Creíamos que estábamos ahí. Nos equivocamos. Fuimos crédulas. Fue un duro golpe pero también un aprendizaje. No pensamos que el ser judías nos diferenciaba de un modo tan visceral y que nos colocaba más allá de las proclamas feministas, más allá de lo humano. Creímos que éramos iguales. 

Y fuimos crédulas como tantas veces en la historia de la humanidad en que los judíos nos creímos parte del universal y recibimos el duro golpe de la exclusión en el mejor de los casos y del genocidio en el peor. 

¿Qué encubre el doloroso “sí, pero…”? El relato tan exitosamente difundido por las usinas de cierta izquierda dizque progresista alineada con los regímenes más brutales, homofóbicos y dictatoriales, ha calado hondo en un occidente que atribuye la culpa del desgarrador conflicto en oriente medio total y exclusivamente a Israel. A diferencia de otros regímenes autocráticos, dictatoriales, genocidas, y he aquí un punto esencial, no se acusa al gobierno como pasa con cualquier opinión sobre países en guerra, sino a toda su población. Sólo con Israel, sólo allí gobierno y población son la misma cosa y las acusaciones a las políticas se derraman sobre todos. Por eso el antisionismo es antisemitismo aunque los síperistas no lo quieran aceptar. Y la consecuencia, en esta lógica demencial, es que, si todos los israelíes son culpables, las mujeres mutiladas, arrastradas, sodomizadas, violadas, torturadas y asesinadas, sus vientres gestantes apuñalados, en tanto israelíes, también son culpables. Y el culpable merece castigo. “Sí, fue terrible…pero” y los dogmas políticamente correctos y las declaraciones se derrumban estrepitosamente y, si alguna no está de acuerdo, ante el temor de quedar afuera del colectivo, elige el silencio acomodaticio, cobarde y traicionero. 

El camino de Rut

El corpus político y militante de los feminismos traicionó al progreso y nos abandonó a una orfandad que, bien lo sabemos, no nos es desconocida a los judíos. La misma orfandad y exclusión de la judeofobia y los antisemitismos que nos ha intentado sumergir en el pantano de la victimización y que concluyó tantas veces en nuestro asesinato. 

Duele como ha dolido siempre pero hemos aprendido a sobrevivir, estamos entrenados en reconocer la mirada esquiva, la sospecha, la dualidad mentirosa de las autopercibidas buenas conciencias que callan ante torturas, violaciones y asesinatos al tiempo que hacen impúdicas declaraciones en defensa de los derechos de las mujeres. 

Cuenta el Tanaj, la Biblia Judía, que Elimelej y Noemí tenían dos hijos. Según las costumbres de la época, cuando moría el padre, la protección de la madre era asumida por sus hijos varones. Los dos hijos de Noemí casados con Rut y Orpá fallecieron antes de haber generado descendencia. Las tres mujeres, sin marido ni hijos varones, quedaron a la intemperie, sin resguardo ni amparo alguno. Noemí, ante el desdichado destino que esperaba a sus nueras sugirió que “vuelva cada una a la casa de su madre”. Orpá lo hizo. Rut no pudo. Se negó a abandonar a su suegra a la soledad, al hambre y a la indigencia: “donde vayas iré, donde vivas viviré, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”.

Orpá se fue y Rut, solidaria con el colectivo femenino, acompañó a Noemí en su camino incierto. A Rut, modelo de mujer del que bien deberían aprender los feminismos, nada de lo que sufriera una mujer le era ajeno. Su hashtag sería hoy, y lo hago mío, #tudoloreselmío”.

Los feminismos hoy no defienden a todas las mujeres. Sólo a algunas. Las judías, para ellos, somos más judías que mujeres. Deberemos seguir haciendo lo que aprendimos a lo largo de nuestra historia, a defendernos solas. 

Es lo que hacemos cuando emprendemos profesiones, actividades y proyectos produciendo cultura, viviendo en familia, trabajando en el área corporativa, curando, diseñando, alimentando, protegiendo, reflexionando, mirando hacia adelante. 

Es lo que siempre hicimos. 

Es lo que seguiremos haciendo. 

Es el camino de Rut. 

Lic. Diana Wang

Florida, octubre 2024


Publicado en Infobae.