Otras cosas

Judeofobia, antisemitismo e interseccionalidad . ¿Existe un antisionismo no antisemita?

¿Qué es la interseccionalidad?

En la década de los 90, la jurista afrodescendiente Kimberlé Crenshaw propuso e instaló el concepto de interseccionalidad, que señala que los aspectos basados en el prejuicio —como la etnia, el color de la piel, el machismo, la homofobia, la xenofobia, el edadismo, la clase social y la discapacidad física o mental— no son independientes entre sí, sino que se interrelacionan. Generan sistemas de opresión y dominación que llevan a la discriminación, la injusticia y la exclusión.

Cada persona o grupo humano reúne algunas de estas categorías interrelacionadas, que lo ubican en un determinado lugar en la sociedad, en una lectura que puede volverse maniquea: supremacía o sometimiento. Plantea, por ejemplo, que una mujer negra y pobre tiene muchas menos posibilidades de ascender socialmente que un hombre blanco y rico; que un viejo discapacitado encuentra muchos más obstáculos en una búsqueda laboral que un joven sano; que un homosexual latino en los Estados Unidos tiene cerradas más puertas que un heterosexual caucásico. Y así sucesivamente. Las combinaciones de estas características definen el lugar de cada uno, sus obstáculos y sus oportunidades.

El planteo ilumina de un modo novedoso la comprensión de la injusticia y los privilegios, de la posibilidad de ascenso social o de la inmersión en la indigencia.

El feminismo encontró en la interseccionalidad, bandera original de los afrodescendientes, una nueva y rica manera de leer el machismo y la inferiorización de las mujeres. Más tarde fue aplicada a otros terrenos: la salud mental, la discapacidad, los colonialismos, el país de origen y otros.

Fue un momento ¡eureka! para los cientistas sociales, los intelectuales progresistas y los ideólogos bienintencionados. Parecía haberse encontrado la explicación de todo aquello que fuera discriminación, injusticia y desigualdad.

Los hombres blancos se volvieron el paradigma del mal, los opresores por antonomasia, los colonialistas y verdugos. Todos.

Los pueblos de “color” —negro, marrón, amarillo o rojo—, las víctimas, los oprimidos, los faltos de justicia social. Todos.

Y así, en el siglo XXI, la teoría llegó al terreno político.

Un mundo binario: opresores y víctimas

Ya Estados Unidos era demonizado como la cuna de los supremos y paradigmáticos explotadores y perpetradores. Ahora se sumaba Israel.

Los países menos desarrollados y con poblaciones no caucásicas, “de color”, fueron vistos como las víctimas inocentes de todo mal. Sus historias podían ser tergiversadas y los terrorismos de muchos de sus gobiernos y ejércitos, invisibilizados.

El pasado colonialista de Europa pareció ensombrecer las conciencias y llevar a que una cierta culpa histórica se transformara en bandera de lucha. El anticolonialismo, revitalizado, volvió a ser protagonista del escenario internacional. 

En ese contexto, Israel, la única democracia en la región de medio oriente, quedó ubicado como el ocupante abusivo de las poblaciones vecinas. 

El cambio en la posición de la URSS después de la Guerra de los Seis Días erosionó la simpatía mundial que Israel había concitado hasta ese momento. La URSS necesitaba asegurar el abastecimiento árabe de petróleo y eligió congraciarse con los Estados árabes derrotados en aquella guerra.

También, y en otra cuerda, el triunfo militar israelí cambió la mirada sobre el judío, que dejó de ser la víctima que despertaba empatía y amor para convertirse en el aguerrido luchador y triunfador. Como David era digno de aprecio, como Goliat ya no.

En la misma época, y no por casualidad, la OLP comenzó a llamar pueblo palestino a los residentes en Gaza, Judea y Samaria, la zona conocida hoy como Cisjordania, tal vez para homogeneizar a los viejos y los nuevos refugiados. La causa palestina se esgrimió entonces como bandera de lucha contra Israel, el poderoso supuesto agresor.

Se le atribuía haber expulsado a los residentes no judíos y haberlos dejado en la indigencia, en condición de refugiados. Aunque el pueblo judío es heterogéneo en su aspecto físico y en su origen nacional, su triungo miliar y su poderío lo transformó en el europeo blanco, colonizador y explotador, enclavado en Medio Oriente.

La historia es más compleja

Israel se constituyó como país a partir de una resolución de la ONU que dividió el territorio en dos: una parte para los judíos y otra para los árabes. Una porción decidió permanecer en Israel y acogerse a sus leyes mientras que otros no aceptaron la partición. Así, el día en que los ocupantes ingleses abandonaron el territorio, siete ejércitos árabes atacaron al incipiente y  pequeño Estado.

Hubo un reacomodamiento del territorio, es cierto. Hubo familias árabes que fueron relocalizadas, es cierto. Pero la historia no puede reducirse a una de expulsión y despojo.

Los estados árabes derrotados instaron a parte de la población que debía dirigirse a  la zona asignada a no hacerlo. Prometieron que si dejaban sus casas, huían y se refugiaban aún en condiciones precarias, no sería por mucho tiempo porque la población de Israel iba a ser echada al mar, exterminada.

Los que entonces se llamaban árabes, veinte años después comenzaron a llamarse palestinos.

Veinte años en los que ningún país los acogió ni les dio refugio. Veinte años en estado de falsa transitoriedad. Veinte años en los que fueron usados como bandera de lucha y como argumento para conseguir subsidios y solventar su militarización.

Ya instalada la idea de Palestina y de su población como víctima de Israel, surgió el concepto de la interseccionalidad, que todavía no se llamaba así, como argumento simplificador que explicaba todo.

Israel, un enclave democrático en medio de países autocráticos, con una población muy heterogénea étnicamente, merced a esta teoría comenzó a ser visto como el macho-blanco-colonialista-genocida de las víctimas-marrones-explotadas y abandonadas.


El 8 de octubre y la nueva legitimación del odio

Y llegamos al 7 de octubre de 2023, con su masacre obscena de civiles israelíes, muchos de los cuales habían luchado por la integración de ambos pueblos.

Y aquí es donde la interseccionalidad juega, a mi juicio, un papel preponderante. Un día después, a partir del 8 de octubre, la respuesta de intelectuales, periodistas y jóvenes ante semejante perpetración no fue el repudio ni la empatía por semejante pogrom cruel sobre civiles. Vimos, azorados, cómo en los campus universitarios, en los medios, en el mundo político y en las izquierdas que se ven a sí mismas como progresistas se justificaba el ataque demonizando a Israel que “se lo merecía” utilizando argumentos del más rancio antisemitismo europeo tradicional y sus atribuciones de supremacía, poder y maldad.

Pero, aunque es indudable que el antisemitismo es el combustible emocional, no alcanza por sí solo para comprender esta ola antiisraelí -antisionista- que asola a políticos, estudiantes, medios y defensores de los derechos humanos, en una explosión de odio que se expande en lugar de decrecer. ¿Cómo entender a los que, con la mejor intención, enarbolan la bandera palestina y su propósito exterminacionista como grito de reivindicación?

Del antisemitismo religioso al racial y al político

El odio a los judíos cambió de cara con la formulación del concepto de antisemitismo, enunciado por el periodista Wilhelm Marr en el siglo XIX. Ya no era una cuestión religiosa como había sido a lo largo de los siglos: ahora se había transformado en racial. En consecuencia, si era una cuestión de sangre, no había conversión posible, el único camino sería el exterminio.

Primero el odio fue religioso, después racial y con el ataque del 7 de octubre, se transformó en político. El mismo odio. Así como la “teoría racial” sustentó aquel antisemitismo, la teoría de la interseccionalidad es el nuevo basamento ideológico, del mismo otro, vestido con otro ropaje. 

No se trata de las críticas geopolíticas hacia el gobierno del estado de Israel, admisibles como cualquier crítica a cualquier gobierno de cualquier país. Se trata de los argumentos anti judíos, ya no solo sobre un gobierno, sino sobre todo un país con todos sus habitantes y todos los judíos del planeta. Así como la teoría racial justificaba los campos de exterminio, la interseccionalidad instala la consigna “del río hasta el mar”: la desaparición del Estado de Israel junto con sus habitantes. Los ataques en cualquier lugar del mundo a personas que llevan algún elemento que los identifica omo judíos, la repulsa a compartir algún espacio cultural, artístico o científico con algún judío revela el antisemitismo rebrotado y floreciente.

Ningún argumento lo disuelve. Igual que sucedía con el antisemitismo de siempre. No se trata de hechos sino de lecturas. Israel es un país del planeta definido como judío. A Israel se lo mira con lupa de aumento, se le exige lo que a ningún otro, se lo critica y acusa de maldad, crueldad y genocidio. El único país democrático en medio oriente cuya población es heterogénea y alberga y cobija personas de diferentes etnias. No solo son residentes sino que acceden a puestos y posiciones importantes en el gobierno, el sistema judicial, la cultura y el arte. Las usinas de fake news alimentadas por subsidios provenientes de magnates musulmanes generan noticias sobre Gaza que ocupan portadas y noticieros. La guerra mediática e ideológica contra Israel se potencia en la viralización hasta niveles insólitos. Las fotos, algunas trucadas, llenan de indignación a las buenas conciencias, que, en este momento de la historia de repentinismo, reactividad y gratificación instantánea,  se informan TikTok o Instagram con breves consignas provocadoras que despiertan indignación. Así y todo ¿cómo se entiende que personas que no se reconocen como antisemitas sean antisionistas y justifiquen su posición con los mismos argumentos antijudíos de siempre?

Pareciera que la exhibición de la bandera palestina, el uso de la kefiya y las encendidas proclamas en marchas y violencias, ofrecieron a muchos un nuevo horizonte de sentido.


La necesidad de una causa

Una vez caído el muro de Berlín y con él la oposición comunismo-capitalismo, nos hemos quedado sin causas de lucha.

Las teorías post colonialistas, la ecología, la diversidad de géneros y sexualidades, el feminismo y los derechos humanos brindan poderosos argumentos a quienes perdieron horizontes de sentido. Los feminismos denuncian al patriarcado e identifican al macho blanco heterosexual como modelo de autoritarismo y supremacía. La diversidad de géneros abre la puerta a diferencias sexuales que antes permanecían ocultas y prohibidas. La ecología está intensamente involucrada en el calentamiento global. A este ramillete de causas justas y necesarias se suma como leit motif amalgamador la teoría de la interseccionalidad y la realidad se empieza a leer en clave de perpetrador y oprimido. Esta teoría que lee la realidad de manera binaria, simplista y maniquea, cayó en el espacio vacante, como la pieza que faltaba de un tetris y abrió ese horizonte de sentido que se había perdido. 

En décadas anteriores los países comunistas habían volcado su apoyo a sus proveedores de petróleo y una nueva generación de potentados islámicos invirtió parte de su enorme riqueza en grandes tiendas, equipos de fútbol y universidades occidentales. Estas fortunas que se derramaban en las casas de estudio norteamericanas no lo hacían gratuitamente, exigían que se crearan cátedras y contenidos antisionistas como contraprestación. Docentes, alumnos, investigadores y doctorandos fueron subsidiados para que orientaran sus papers y clases en el antisionismo. El apoyo masivo en los campus universitarios es una directa consecuencia de esta eficaz política de adoctrinamiento.

La interseccionalidad dibuja un mundo simple de blancos y negros, si se está de un lado no se está del otro. Unido al antisemitismo trabajado varias décadas en cátedras, grupos de estudio e influencers, Israel pasó a ser, en el imaginario universitario luchador y progresista, el Estado blanco, explotador y patriarcal que sometía, oprimía y victimizaba al pueblo palestino. Si sumamos a ello la eterna sospecha sobre el judío resultante del odio enraizado en la civilización occidental y en el cristianismo que permanece larvado pero que se enciende con el menor estímulo, tenemos este cóctel explosivo que se ve tan difícil de desarticular.

Frente a los pueblos vecinos de Israel —refugiados, víctimas y carenciados—, Israel y sus judíos, varias décadas después del Holocausto, perdieron la condición tranquilizadora de eternas víctimas. Al vencer, uno a uno, a los poderosos ejércitos árabes y convertirse en un país floreciente, moderno y pujante, rodeado de dictaduras y autocracias, son la imagen del poder, en el nuevo demonio que es preciso exterminar. ¿Poderosos ante quién? La definición del poderoso requiere la presencia de una víctima. Después de la victoria de la Guerra de los Seis Días, la víctima fue el llamado recién entonces pueblo palestino.

¿Los palestinos son víctimas?

Sin duda que lo son, víctimas de sus dirigentes que los mantienen en eternos campamentos transitorios, alimentando la precariedad para obtener apoyos económicos y políticos de organizaciones internacionales. Y, de paso, acusar a Israel de apartheid, ocupación y genocidio.

¿Se puede hacer apartheid a un territorio que no es propio? La acusación se refiere a los territorios linderos donde viven los refugiados que, como en su propia definición deben su condición a Israel, deben ser protegidos por éste, si no lo son, son discriminados, oprimidos y excluidos. La evidencia de que la acusación es infundada, es que en Israel un 20 % de la población árabe vive libremente y tiene acceso a lo mismo que cualquier ciudadano israelí. Décadas de adoctrinamiento convencieron a las élites académicas occidentales de la maldad intrínseca del Estado hebreo en su relación con los palestinos refugiados, sin considerar del mismo modo a los palestinos ciudadanos de Israel.

Ahí está el núcleo de la narración interseccional, en la díada opresor/oprimido que es la acusación política al estado de Israel basada en que, como Israel echó a los palestinos de su tierra, les debe sus sostén. El hecho de que no lo haga lo convierte en explotador, sometedor, torturador y genocida por un lado, y tramposo, engañador, aprovechador por el otro. El tufillo a antisemitismo es penetrante aunque muchos activistas no lo adviertan. El eje racional de su antisionismo está en la partición del mundo entre opresores y oprimidos pero su alimento emocional es el antisemitismo de siempre. Esto se comprueba en la dirección de las acusaciones solo al estado de Israel mientras que los mismos argumentos políticos podrían ser aplicados a distintos países en conflicto. Lo que sucede en otros sitios no genera seminarios, titulares ni posteos en tik tok.  El antisionismo, como bien dice su consigna “del río al mar” implica, lisa y llanamente, la destrucción del Estado de Israel. Es la primera vez que cuando la política de un país se considera inapropiada, se exige su destrucción. No pasó con la Alemania nazi, con la Rusia comunista, con Camboya, Guatemala, Bosnia… sólo con Israel. Por eso, la justificación política sola no es suficiente, es obvio el componente emocional judeofóbico.

El relato del antisionismo en boga es tan poderoso que apoya a países y gobiernos con un islamismo terrorista, religioso e intransigente. Su afán exterminacionista  no se anda con delicadezas ni disimula su motivación antijudía que incluye, aunque tantos no lo sepan, el propósito de islamizar el planeta en contra de todos los “infieles”, también los cristianos y todos los que no veneran a Alá. El argumento religioso no conversable ni negociable, es dogmático y definitivo. No defiende los derechos humanos ni la justicia social ni la equidad humana, defiende una creencia, una fe. 

A pesar de eso, el argumento interseccional que ahora incluye al viejo antisemitismo, ensombrece la mirada de los militantes antisionistas cómplices con las autocracias terroristas y colonizadoras del islamismo radical. Apoyan su propia destrucción.

La selectividad de la indignación

La lucha de los activistas en apoyo de las víctimas es meritoria y creo que lo hacen convencidos de que es bueno y justo. Ese mismo propósito de bondad y justicia no es aplicado a las iniquidades que suceden en otras partes: la invasión rusa a Ucrania y sus muertos inocentes, las otras matanzas y genocidios con decenas de miles de víctimas y refugiados —en Yemen, Congo, Nigeria, Siria, y la lista continúa—. Solo se encienden y se ponen en acción cuando pueden acusar a Israel, el único país judío del mundo.

¿Genocidio? Hubo un genocidio. Un genocidio justificado por la interseccionalidad. Las víctimas israelíes, masacradas en 7 de octubre de 2023 fueron consecuencia de un explícito plan genocida. Los activistas antisionistas no toman en consideración -¿no ven? ¿no les importa?- a los niños quemados vivos, las embarazadas asesinadas, las jóvenes violadas y martirizadas, los secuestrados y asesinados. En el imaginario antisionista no están porque -los niños, los ancianos, los militantes por la paz, los agricultores- son vistos como los opresores blancos, machos, heterosexuales y patriarcales que merecen la tortura y la muerte. Por judíos. Por triunfadores. Y todos somos amables y empáticos con el judío minusválido o muerto. ¿Cómo admitir que, otra vez, David tenga el atrevimiento de vencer a Goliat?

Occidente y el autoodio

Quedan abiertas tantas preguntas. El antisionismo es una orgía de autoodio de las élites educadas de occidente. ¿Lavan, tal vez, las culpas de sus antepasados europeos, predadores, genocidas, piratas, colonialistas y esclavistas?

¿Será esta reivindicación del islamismo radical parte de la crisis de Occidente y de su intento de expiar un pasado vergonzante?

¿Es minar el futuro la única manera de compensar las culpas del pasado?

Hay quienes hablan del suicidio de Occidente: el suicidio de los valores de la democracia, el republicanismo y el humanismo.

Todos estamos en peligro. 

No solo los judíos.

Diana Wang, Septiembre 2026

Nombrar es hacer visible.

Presentación de “La Sexuación del dinero” de Clara Coria.

En una escuela primaria de Buenos Aires, los varones de séptimo grado armaron un grupo de WhatsApp que excluía a las chicas.
“Estamos cansados de que ante cualquier cosa que no les guste que hagamos vayan corriendo a la dirección y nos acusen de acosadores y machistas”, dijo uno de ellos.

Chicos de doce años.

A veces la historia cambia en silencio, pero deja pequeñas marcas en escenas como esta: un grupo de niños que ya sienten, aunque todavía no sepan decirlo del todo, que el mundo que heredaron está moviéndose bajo sus pies.

Hay autoras que escriben ideas.
Hay autoras que cuentan historias.
Y hay autoras que hacen algo todavía más raro y más necesario: nombran aquello que hasta entonces no tenía nombre.

Clara Coria es las tres.

Escribe ideas.
Cuenta historias.
Y, sobre todo, nombra.

Desde hace décadas ilumina territorios donde lo personal, lo económico y lo político se entrelazan de un modo incómodo, revelador y profundamente humano. Siguiendo la huella de las grandes escritoras que trajeron el feminismo al centro de la conversación pública, sus libros nos invitan —a veces nos obligan— a mirar de frente aquello que durante siglos permaneció en penumbra: la trama invisible que enlaza dinero, poder, amor, dependencia y expectativas en la vida de las mujeres.

Sus textos nacen de los grupos de reflexión que coordinó durante años.
Allí, en la conversación íntima y a veces temblorosa de tantas mujeres, aparecían escenas pequeñas: decisiones sobre dinero, silencios en la pareja, culpas frente al éxito, miedos frente a la autonomía.

Clara escuchó esas voces.
Las reunió. Las pensó. Y finalmente las nombró.

De esas confidencias nacieron libros, ensayos, entrevistas, conversaciones públicas que hoy, reunidos en este volumen, nos permiten ver algo que antes estaba disperso: un mapa de experiencias donde lo cotidiano revela las estructuras profundas de la cultura.

¿A qué le puso nombre Clara?

A la sexualización del dinero, porque nunca es solamente dinero.

El dinero puede ser reconocimiento.
Puede ser permiso.
Puede ser poder para decidir.

Pero también puede ser culpa.
Mandato.
Temor a la ambición.
Obligación de cuidado.
Sacrificio silencioso.

Porque las relaciones económicas están profundamente sexuadas.

En palabras de Clara: Durante generaciones, el dinero fue culturalmente asignado al varón como símbolo de potencia y autoridad, mientras que a la mujer se le reservaba el territorio del altruismo, la entrega y la abnegación. 

Reparto simbólico que no solo organizó la economía familiar o laboral: organizó también la subjetividad, moldeó aspiraciones, inhibiciones y temores.

Aprendimos a negociar nuestro lugar en el mundo de manera íntima, silenciosa y a veces contradictoria, inmersas entre el deseo de autonomía y la expectativa de cuidado; entre la ambición personal y la exigencia cultural de modestia; entre el éxito y la culpa. Fin de la cita

Durante siglos la experiencia de las mujeres fue narrada en voz baja. Fragmentada en confidencias. Encerrada en el territorio de lo privado. Como si lo que allí ocurría —en las cocinas, en los dormitorios, en las conversaciones nocturnas, en las dudas frente al dinero o frente al éxito— no formara parte también de la arquitectura del poder.

Clara descorre ese velo. Y al hacerlo revela algo fundamental: que en los gestos más cotidianos —pagar, pedir, administrar, ceder, negociar— se esconden las marcas de una historia larga de jerarquías y silencios.

Allí donde muchos discursos simplifican, ella observa. Donde otros acusan, ella pregunta. Donde el lenguaje social se vuelve abstracto, ella devuelve la palabra a la experiencia concreta de las mujeres: sus dilemas, sus ambivalencias, sus negociaciones en el mundo público y en sus propios laberintos interiores. Laberintos hechos de expectativas desmesuradas.
De culpa frente al deseo de autonomía.
De miedo al éxito.
De lealtades invisibles hacia modelos de feminidad heredados. Laberintos donde cada logro puede despertar también una pregunta íntima: ¿qué se pierde cuando se gana?

Por eso sus textos siguen siendo actuales.

Hemos avanzado mucho, es cierto. Pero la construcción de una identidad femenina verdaderamente libre de viejas ataduras sigue siendo, todavía, una tarea inconclusa. Las contradicciones persisten. No se refieren solo a la desigualdad visible. Habitan también en las zonas más íntimas de nuestras decisiones, en la forma en que aprendimos a desear, a elegir, a amar.

Clara formula preguntas que ya no pueden desoírse:

¿De qué manera aprendimos a desear lo que deseamos? ¿Qué precio tiene la autonomía? ¿Qué nuevas formas pueden tomar la reciprocidad, el reconocimiento, el poder compartido?

Sus libros no ofrecen fórmulas. No prometen soluciones simples. Nos invitan a algo más difícil: mirar sin miedo las estructuras invisibles que organizan nuestras vidas.

Porque solo cuando lo oculto se vuelve palabra comienza a abrirse la puerta de la libertad.

Y es justamente esa libertad —todavía incompleta, todavía en construcción— la que abre caminos que hace no tanto tiempo parecían impensables. Me refiero al lugar de los hombres.

Porque si el feminismo transformó la vida de las mujeres, también ha comenzado a transformar, silenciosamente, la experiencia masculina. Basta mirar alrededor.

Veo —y no puedo evitar mirarlo con ternura— a esos jóvenes padres que pasean a sus bebés por las plazas, cambian pañales, preparan mamaderas de madrugada, lavan platos, hacen las compras y recuerdan las citas con el pediatra. Escenas pequeñas, casi domésticas. Pero decididamente nuevas.

Durante generaciones la paternidad fue, en gran medida, una presencia declarativa: una autoridad distante, un proveedor, una figura que orbitaba alrededor del hogar sin habitar plenamente sus cuidados cotidianos. Hoy algo está cambiando. El nuevo lugar de las mujeres ha abierto para muchos hombres una experiencia distinta: la posibilidad de vivir la paternidad como una práctica concreta, afectiva, cotidiana. No solo como una identidad simbólica.

Y sin embargo, el cambio también tiene sus tensiones. Porque ellos, al igual que nosotras, han sido moldeados durante siglos por la misma cultura patriarcal. Y a veces, en algún rincón de la memoria emocional, todavía aparece la nostalgia de aquel tiempo en que la crianza y las tareas del hogar no formaban parte de su mundo. El tiempo en que bastaba con ocupar el lugar del proveedor.

También nosotras vivimos nuestras propias ambivalencias. Trabajamos, producimos, sostenemos económicamente nuestros hogares, tomamos decisiones con mayor autonomía que nunca. Y sin embargo, muchas veces seguimos cargando con las viejas exigencias del cuidado, con la culpa heredada, con la expectativa silenciosa de sostenerlo todo. Hemos avanzado mucho. Pero todavía falta.

El feminismo ha sido, sin duda, uno de los movimientos culturales más profundos de la historia contemporánea.

Cambió nuestras miradas.
Cambió nuestras palabras.
Cambió también las expectativas de los hombres.

Lo que durante siglos fue considerado “natural” —la autoridad masculina, la subordinación femenina— dejó de ser aceptable.

Pero todo gran movimiento histórico, cuando se expande, también atraviesa momentos de tensión, de radicalización, de confusión.

En algunos espacios el feminismo dejó de ser una conversación liberadora para convertirse en un territorio de trincheras. El lenguaje se endureció. Las consignas reemplazaron a las preguntas.

Y allí, en ese desplazamiento, a veces se pierde algo esencial: la vocación universal del feminismo. El feminismo que Clara Coria reivindica —y que atraviesa toda su obra— no es un feminismo de exclusiones ni de banderas partidarias. Es un feminismo profundamente humano. 

Un feminismo que no deja a ninguna mujer afuera: ni a las que luchan por su autonomía económica en nuestras ciudades, ni a las que hoy sufren violencia brutal en distintas partes del mundo. Las mujeres violadas en conflictos armados en África. Las sometidas a regímenes religiosos que limitan su libertad. Las víctimas del terrorismo o de la violencia doméstica. La dignidad de las mujeres no admite fronteras ideológicas.

Cuando el feminismo se vuelve instrumento de disputas políticas o geopolíticas, corre el riesgo de olvidar su raíz más profunda: la defensa de la libertad y de la dignidad humana.

La periodista y pensadora Norma Morandini lo expresó con una claridad que vale la pena citar. Son “ismos” llenos de enojo y fanatismo con consignas que devaluaron las demandas genuinas. Confieso que tras haber luchado para que la ley garantice la paridad en la representación parlamentaria, y ver a las legisladoras insultar y gritar como si fueran varones violentos, me digo, “no era para esto, chicas”. En la lucha por recuperarnos de la inferioridad jerárquica a las que nos sometía el patriarcado, caímos en la trampa de definirnos por oposición a los hombres,  lo que, otra vez, anula nuestra subjetividad como seres con derecho, con nuestros propios deseos y objetivos. Definirnos como lo contrario de los hombres nos desvaloriza y adicionalmente confirma que lo masculino es superior porque lo tomamos como referente y modelo.  Fin de la cita

al hacerlo, sin querer, volvemos a tomar lo masculino como referencia.

Tal vez el desafío más profundo no sea oponernos, sino desprendernos. Encontrar nuestra propia voz. Reconocer nuestros deseos. Construir nuestras identidades sin necesitar el espejo permanente del antagonismo.

Hoy la masculinidad también está en cuestión. Aquello que parecía sólido se volvió incierto. Los modelos tradicionales se han resquebrajado, pero los nuevos todavía están en construcción.

El feminismo necesitó casi un siglo para instalarse culturalmente. Transformó las expectativas de las mujeres, pero también las de los hombres.

Y como suele ocurrir en los momentos de transición, aparecen reacciones pendulares.

A veces el machismo resurge con violencia.
Otras veces aparece su reflejo invertido: un discurso que desprecia todo lo masculino y responde a la opresión con una nueva forma de intolerancia.

Podríamos llamar a ese fenómeno hembrismo: la contracara simétrica del machismo.

Ambos comparten algo inquietante: la rigidez, la descalificación del otro, la imposibilidad del diálogo.

Y ambos, finalmente, terminan dañando a todos. A hombres y mujeres. A niños y niñas. A chicos y chicas que apenas están comenzando a comprender el mundo.

Tal vez el desafío de nuestra época sea

imaginar un feminismo que no necesite enemigos para existir. Y al mismo tiempo, acompañar el nacimiento de una nueva masculinidad: una forma de habitar la condición masculina sin culpas heredadas ni privilegios injustos.

Un masculinismo reivindicado y amigo del feminismo. Un masculinismo capaz de vivir la virilidad como experiencia humana y gozosa, no como dominio ni como defensa. El desafío no es reemplazar una jerarquía por otra, sino aprender a habitar la igualdad.

Como pueden ver, leer hoy los textos de Clara Coria —muchos de ellos escritos hace ya varios años— es abrir una conversación que todavía no ha terminado. Una conversación sobre dinero y amor. Sobre poder y dependencia. Sobre autonomía y vínculo. Sobre mujeres y hombres que buscan, cada uno a su manera, una forma más libre de habitar el mundo.

Porque transformar la realidad empieza siempre de la misma manera: alguien se atreve a decir en voz alta lo que durante mucho tiempo solo se había susurrado.

Alguien encuentra las palabras. Y cuando las palabras aparecen, algo cambia.

Lo que antes estaba oculto se vuelve visible.
Lo que parecía natural empieza a ser interrogado. Lo que parecía inevitable empieza a transformarse. 

Eso es lo que hace Clara.

Nombrar es un gesto sencillo, pero a veces, ese gesto permite la transformación.  Porque nombrar no es solo describir.

Nombrar es iluminar. Y a veces también es el primer paso de la libertad.

Diana Wang, marzo 2026

Hembrismo, la otra cara del machismo

En una escuela primaria de Buenos Aires, los varones de 7° grado armaron un grupo de whatsapp que excluía a las chicas. “Estamos cansados de que ante cualquier cosa que no les guste que hagamos vayan corriendo a la dirección y nos acusen de acosadores y machistas” dijo uno. Chicos de 12 años.

La miniserie “Adolescencia” muestra en 4 capítulos desgarradores una radiografía cruda de un estado de cosas entre varones y mujeres adolescentes, algo que parecemos desconocer sus adultos responsables, maestros, padres y autoridades y, en consecuencia, no sabemos cómo encarar. 

Pero no solo en los jóvenes. También se advierte en el mundo adulto. Hombres casados, buenos padres sin conflictos serios con sus esposas, denuncian sentirse en una especie de prisión de la que anhelan ser “liberados”. No se trata de divorcio, tampoco de perder la relación con sus hijos ni de dejar de proveer a su manutención en caso de que lo hagan. Quieren “liberarse” de la opinión, el juicio, la crítica y las expectativas de los miembros de su familia que les resultan abrumadoras. Quieren entrar y salir sin tener que dar explicación alguna, mantener el orden o el desorden que les gusta sin tener que adaptarse a lo que los demás les exigen, sin exigencias ni testigos. El anhelo no incluye necesariamente aventuras sexuales aunque para algunos puede ser parte del menú en este ansia de no tener que dar cuenta de nada.

Y he aquí la pregunta: ¿Qué está pasando con los hombres, niños, adolescentes y adultos? ¿Cuál es la crisis que están viviendo? ¿Qué cambió?

Obviamente en la actualidad la masculinidad está en cuestión. Aquello que era ya no es más. El movimiento feminista que necesitó casi un siglo para instalarse, cambió la perspectiva cultural y las expectativas de cada sexo. Lo que era “normal” la concepción masculina occidental, el machismo tradicional, caducó y sus características patriarcales de sometimiento y opresión hacia el mundo femenino dejaron de ser aceptadas. No hay dudas de que la lucha feminista hizo un trabajo exitoso en ese sentido pero, en los últimos años, las posturas se fueron extremando y se produjo un deslizamiento hacia un rígido fascismo con proclamas duras, beligerantes y radicales. Todo lo masculino era machista y, como tal, señalado, vilipendiado y despreciado con tanta violencia e intolerancia que algunos la llaman feminazismo. Yo prefiero llamarlo hembrismo

El hembrismo es la contracara del machismo, igualmente  autoritaria, opresiva y violenta. Fueron tan extremas sus posturas y demandas que llevaron, en una reacción pendular, a una rebelión masculina hoy visible en la manosfera. Resume un machismo radical misógino y hostil contra las mujeres. Uno de sus movimientos es el incel (abreviatura de involuntary celibate, "célibe involuntario") que acusa a las mujeres de selectivas, despreciativas y discriminadoras y, en algunos casos, justifican o fomentan la violencia contra ellas. 

A los hombres de hoy se les pide que “feminicen” su conducta, que sean empáticos, que conozcan y controlen sus emociones, que hablen delicadamente, que entiendan que el deseo sexual no se enciende igual en las mujeres y que lo acepten. Entienden y comparten la justicia de lo que se les pide y lo intentan aunque choque contra su biología, su crianza, la cultura mamada, con lo que tienen y pueden. También se espera que críen a sus hijos, les den la mamadera, les cambien los pañales, los lleven al pediatra y vayan a las reuniones de padres de la escuela, que hagan el lavado de la ropa, que cocinen, que compartan todas las tareas de la crianza y del hogar junto a su esposa en igualdad de condiciones. Requerimientos absolutamente lógicos en este mundo en el que las mujeres tenemos nuestros desarrollos personales, estamos incluidas en el mundo laboral y aportamos dinero a la economía familiar. Muchos hombres, están pudiendo hacer estas cosas sin que se resienta su masculinidad pero no siempre les es “natural”. Para algunos, hagan lo que hagan nunca es suficiente, no parece ser lo que se espera de ellos, se sienten permanentemente en falta. Nunca harán las cosas igual que las mujeres porque no lo son, esperarlo conduce inevitablemente a la frustración. Hombres y mujeres no somos iguales. Tenemos los mismos derechos a desarrollarnos en la vida pero no de la misma manera porque somos producto de nuestras biologías, crianzas y cultura. 

Va siendo hora de empezar a pensar en el masculinismo. Así como el hembrismo es la contracara del machismo y se le parece tanto en su rigidez e intolerancia, al feminismo inteligente debería acompañarlo el masculinismo, una relectura y una reivindicación de la condición viril que pueda ser vivida gozosamente, sin culpas ni reproches. 

Los chicos de primaria que no quieren tener nada que ver con sus compañeras son los hombres del futuro que nos están diciendo que esto así no funciona. Esta es una reflexión preliminar que espero sea complementada y aumentada por otras miradas. 

Machismo y hembrismo nos someten, nos violan y nos lastiman. A hombres y a mujeres. A niños y a niñas. A chicas y a chicos. El feminismo nos enseñó a las mujeres que también tenemos derecho al mundo, no somos solo las “reinas del hogar”. 

Esta conducta de los hombres que quieren vivir sin testigos, sin esa mirada acosadora que los culpa, tal vez anuncie que el tan necesario masculinismo está naciendo. Necesita construir y desarrollar un corpus conceptual acorde a los tiempos (¿donde están las Betty Friedan, las Simone de Beauvoir, las Virginia Woolf masculinas?) para liberar a la virilidad de esta especie de prisión que les permita desarrollar sus capacidades y anhelos, no solo en el tradicional área laboral, sino también en lo social y familiar para que ser hombres masculinos sea motivo de plenitud y gozo vital. 

Diana Wang, marzo 2025








Zelensky-Trump: A Difficult Conversation

From a communication perspective, the recent and unfortunate failed conversation between the two leaders highlights what needs to be considered when facing a difficult conversation.

Who are you talking to? What’s their personality like? Do you understand their strengths and weaknesses? What’s their position relative to yours? What’s the history between you? Where’s the meeting taking place? Who will be present? Will it be private or public? What do you need to achieve?

I won’t focus on Trump’s harsh, offensive, and humiliating response, but rather on Zelensky’s approach, since he was the one hoping for a productive conversation. It’s clear that the President of Ukraine walked into the meeting without fully considering or answering these critical questions.

Let’s break it down:

Who are you talking to? The President of the United States.
What’s his personality like? He’s used to giving orders, not taking them. Power is his ultimate goal, and he demands total control.
What are his strengths and weaknesses? He won’t tolerate advice or criticism. Every interaction is a battle for him, and he must come out on top. He’s unpredictable, provocative, and will say anything to feel dominant.
What’s the hierarchical dynamic? Both are presidents, but Trump leads the most powerful country on the planet.
What’s the history between you? The previous year, Zelensky expressed support for Kamala Harris in the U.S. elections, and Trump called him a dictator.
Where’s the meeting taking place? In the Oval Office of the White House, the seat of the U.S. presidency.
Who will be present? The president, the vice president, advisors, and journalists.
Will it be private or public? It will be public, filmed, and almost certainly go viral.
What do you need to achieve? Economic and military support to sustain the fight against the Russian invasion, along with help in planning a peaceful resolution.

In this context of significant vulnerability, Zelensky made the mistake of asking for help in a way that almost felt like a challenge: “You need it too… in times of war, everyone has problems, even you. You might not feel it now, but you will in the future.” He was asking for help, while also giving the U.S. president unsolicited advice! Trump?! How did Zelensky expect someone so arrogant, irritable, omnipotent, and narcissistic to respond? With a “Thank you, dear friend. I hadn’t realized. Thank goodness you’re here to show me why it’s in my best interest to help you”? Knowing Trump’s character, I can only imagine how he heard that: “You think you're above me? You don’t realize you’re not invulnerable? Do you think there won’t be consequences?”

The vice president quickly stepped in to defend Trump, reprimanding Zelensky for his lack of gratitude. We saw Trump’s fury ignite when, pointing his finger at Zelensky, he snapped: “You’re in no position to tell us what we should feel… you don’t have the cards on your side.”

It turned into a humiliating showdown—what looked like a defiant rooster being crushed by a brash, combative bull who put the challenger firmly "in his place."

If Zelensky had paused to answer these critical questions and maybe started with something like, “Thank you for having me and for what your country has already done to help us stop this invasion and keep us afloat. I’m here to ask for your help in ending this war in as dignified a way as possible…” and avoided interrupting Trump multiple times, maybe the conversation could have actually taken place. But in his desperation—and, I suspect, due to inadequate preparation—he walked into the meeting unprepared. And as a result, the clash occurred. Trump later underscored this when he said that “Zelensky didn’t seem like someone who wanted peace.”

Every difficult conversation requires thorough preparation. Without it, you risk turning a discussion into a hostile confrontation, which will derail any chance of reaching an agreement. This is a clear example of what can happen when preparation is neglected, and it offers valuable lessons for our own difficult conversations.

Published in La Nación.

Zelensky-Trump, una conversación difícil

Desde una perspectiva comunicacional, la reciente y lamentable conversación-que-no-fue entre los mandatarios muestra lo que se debe tener en cuenta al enfrentar una conversación difícil.

¿Con quién vas a hablar? ¿Cuál es su personalidad? ¿Conocés sus puntos débiles y sus fortalezas? ¿En qué posición jerárquica está respecto a vos? ¿Cuál es el antecedente entre ustedes? ¿Dónde será el encuentro? ¿Quién estará presente? ¿Será privado o público? ¿Qué es lo que necesitás lograr? 

No encararé la respuesta destemplada, ofensiva y humillante de Trump sino la conducta de Zelensky, el interesado en conversar. Da claramente la impresión de que el presidente de Ucrania se presentó al encuentro sin haber respondido adecuadamente estas preguntas clave. Veamos:

  • ¿Con quién vas a hablar? Con el presidente de los Estados Unidos.

  • ¿Cuál es su personalidad? Está acostumbrado a dar órdenes, nunca a obedecer, el poder es su objetivo fundamental y exige tener todo el control.

  • ¿Cuáles son sus puntos débiles y fortalezas? No tolera consejos ni críticas. Toda interacción es para él una lucha en la que debe prevalecer. Es impredecible y provocador, puede decir cualquier cosa con tal de sentirse dominante.  

  • ¿En qué posición jerárquica están? Ambos son presidentes, pero Trump lidera el país más poderoso del planeta.

  • ¿Cuál es el antecedente entre ambos? En el año anterior, Zelensky había expresado su apoyo a Kamala Harris en las elecciones de Estados Unidos. Trump lo llamó dictador.  

  • ¿Dónde será el encuentro? En el Salón Oval de la Casa Blanca, sede de la presidencia de los EE. UU.

  • ¿Quién estará presente? El presidente, el vicepresidente, asesores y periodistas.

  • ¿Será privado o público? Será público y estará filmado y seguramente viralizado.

  • ¿Qué es lo que necesitás lograr? Apoyo económico y militar para sostener la lucha contra la invasión rusa y ayuda para planificar una paz digna.

En ese contexto de enorme debilidad Zelensky cometió el error de pedir ayuda diciendo: “para ustedes también es necesario…en tiempos de guerra todo el mundo tiene problemas incluso ustedes, no lo sienten ahora pero lo sentirán en el futuro”. ¡Pedía ayuda y desafiaba al norteamericano con un consejo! ¡¿A Trump?! ¿Cómo esperaba que reaccionara alguien altanero, irascible, omnipotente y narcisista como él ? ¿Con un “gracias querido amigo, no me había dado cuenta, menos mal que me venís a decir por qué me conviene ayudarte”? Conociendo sus características puedo suponer que lo que decodificó fue algo así como: “¿Te hacés el que estás más allá? ¿no te das cuenta de que no sos invulnerable? ¿Creés que no vas a sufrir las consecuencias?”. El vice salió presuroso en su defensa y recriminó al osado la falta de agradecimiento. Vimos que se encendía la furia en Trump cuando, abalanzado sobre Zelensky con el dedo enhiesto, le espetó: “No estás en posición de decirnos lo que debemos sentir… no tenés las cartas a tu favor”. 

Fue un enfrentamiento humillante entre lo que parecía un gallito de riña desafiante siendo embestido sin piedad por un toro bravucón y pendenciero que puso al atrevido “en su lugar”. 

Si se hubiera planteado y respondido las preguntas del comienzo y tal vez haber empezado con un “Gracias por recibirme y por lo que tu país hizo hasta ahora por nosotros para que frenemos esta invasión y que nos mantengamos a flote. Vengo ahora a pedir ayuda para terminar con esta guerra de la manera más digna posible …” y si no lo hubiera interrumpido varias veces, quizás habría habido alguna oportunidad de que la conversación tuviera lugar. Pero, preso de su desesperación y, como sospecho, de una preparación insuficiente, fue a la guerra. Y la guerra sucedió. Trump lo subrayó cuando dijo más tarde que “Zelensky no parecía alguien que quería la paz”.

Toda conversación difícil requiere una exhaustiva preparación sin la cual se corre el riesgo de caer en un enfrentamiento hostil que impedirá conversar y tirará por la borda cualquier intento de acuerdo. Es un buen ejemplo de ello que nos puede ser útil para nuestra propias conversaciones difíciles.

Publicado en La Nación

¿Cómo pudieron?¿Cómo pudieron?¿Cómo pudieron?

Ariel y Kfir Bibas fueron estrangulados por sus captores gazatíes. 

¿Cómo pudieron?

En todas las formas de vida la protección de las crías, regulada por mecanismos neurobiológicos, es un imperativo que promueve el cuidado de los más vulnerables. Los animales pueden matar a sus crías por cuestiones de supervivencia, escasez de recursos o selección natural. Algunos humanos, por el contrario, asesinan a los niños por ideologías o por odio, una constante en conflictos bélicos y genocidios. El reflejo genéticamente programado que garantiza la supervivencia de la especie y ante cualquier peligro o el mero llanto de un bebé activa regiones del cerebro asociadas con la empatía y la respuesta urgente se pone en acción en esas circunstancias. El mandato biológico supremo es violado y ese ser frágil y desvalido no llegará a adulto. Asesinar a un niño, a un bebé y, como en el caso de los Bibas, hacerlo con las propias manos, requiere quebrantar y bloquear el reflejo genético que asegura la continuidad de la vida con la protección del indefenso. Para asesinar, la víctima debe ser vista como enemigo. ¿Cómo ver a un bebé, a un niño pequeño, como enemigo a ser aniquilado? En su asesinato se aniquila la humanidad y la empatía, se pierde la conexión con la especie.

En guerras, matanzas y genocidios los más débiles y vulnerables son las víctimas obligadas.  Durante el Holocausto, al exterminio sistemático de los judíos se sumaron actos perpetrados contra los más chicos que, en algunos casos, eran tomados por los pies y arrojados contra una pared "para no desperdiciar una bala". ¿En qué está pensando la mano asesina en ese momento? ¿Cómo justifica ante sí semejante atrocidad? 

Mis padres sobrevivieron a la Shoá ocultados por una familia cristiana en un ático donde debían guardar silencio absoluto para evitar ser denunciados. Pero tenían un hijo de poco más de dos años que pondría en peligro a todos si lloraba, estornudaba o emitía algún sonido. No tuvieron otra salida que confiarlo a otra familia para asegurar que, al menos él, sobreviviera. Libres de la ocupación nazi, corrieron a buscarlo pero les dijeron que había muerto y que no recordaban dónde lo habían enterrado. Igual que lo sucedido con otros chicos dados en custodia, el ser identificados como judíos por la circuncisión ponía a todos en peligro y seguramente lo asesinaron, por eso no querían revelar donde estaba enterrado. Y me saltan las aterradoras preguntas. ¿Cómo lo hicieron? ¿Lo asfixiaron con una almohada? ¿Lo estrangularon con las manos? ¿Quién lo hizo? ¿Lo hicieron de frente? ¿Lo miraron a los ojos? ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron?

Formateados para que las vidas de los bebés y los chiquitos sea preservada, para que puedan llegar a adultos y que nuestra especie continúe, el asesinato de bebés y chiquitos por motivos no biológicos -política, ideología, odio- abre esos y otros interrogantes que no encuentro la manera de responder. 

Y de pronto y en medio del espanto desatado por las hordas asesinas de Hamás el 7 de octubre de 2023 en Israel ese viejo archivo mío volvió a la vida y me enfrentó, otra vez, con el horror, con lo impensable, con lo indecible. 

Las mismas preguntas que siempre me hice respecto de ese hermano que nunca conocí se aplican a Ariel y a Kfir. ¿Cómo los mataron? ¿Apretaron sus cuellitos con las manos? ¿Quién lo hizo? ¿Hubo testigos? ¿Fue mirándolos de frente? ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron?¿Cómo pudieron?

Publicado en Clarin.

Una nueva sorpresa

Parte de lo dicho en la entrevista:

Cuando los soviéticos se chocaron con Auschwitz y los británicos con Buchenwald su shock fue de una sorpresa inédita al ver el grado del horror al que se había llegado; espanto que generó reacciones generalizadas, entre otras cosas, el mentado “nunca más” y las regulaciones de la UN para prevenir genocidios. Hoy vivimos una nueva sorpresa. Luego de los registros y transmisiones en streaming del ataque de Hamás hecho por ellos mismos, la reacción generalizada fue de negación y justificación, no hubo la repulsa esperada y no parecen haber movimientos hacia este “nunca más”. Por el contrario, se produjo un furibundo rebrote del antisemitismo y movimientos de apoyo explícito al terrorismo. Es una nueva sorpresa que nos ha “regalado” la Humanidad y que nos tiene tan desconcertados y amarmotados como cuando se hicieron públicas las fotos de los campos de exterminio. Dos sorpresas que nos interpelan ante las cuales ninguna respuesta es suficiente.

video:

Audio:

Los feminismos después del 7 de octubre

Ya pasó más de un año del ataque genocida de Hamas al estado de Israel. Mientras escribo estas palabras hay más de cien secuestrados todavía ausentes sin que se sepa quiénes siguen vivos y quiénes fueron asesinados. Cientos de miles de desplazados ven alteradas sus vidas de manera radical en Israel. Familias penan la muerte de padres, madres, hijos, esposas, maridos, amigos. Niños forzados a  procesar las crueles escenas vividas aprendiendo a adaptarse a vivir sin uno de sus progenitores o sin ambos, sin algún hermano o sin todos. Los ataques continúan sobre Israel. Las víctimas no han podido recuperar el aire. Sigue sucediendo. 

Como en las postrimerías de la Shoá cuando no se sabía cómo llamar a lo que había pasado, tampoco tenemos un nombre. Es el 7/10, una fecha, un cuadradito en el almanaque. Necesitaremos que todo pase, que los escombros se reconstruyan, que los muertos sean velados, que los vivos recuperen sus vidas para, recién entonces, como con la Shoá, alguien encuentre la palabra.

Seguimos bajo el shock que ha reformulado nuestra relación como judíos en la diáspora. La ilusión de la seguridad y la garantía se fragmentó en mil pedazos y estamos ante una nueva incertidumbre. Tal vez la misma de siempre pero lo habíamos olvidado. Venimos de un período de florecimiento de la vida judía único en la historia y creímos que el cambio era un hecho, convicción que voló por los aires. No solo eso. Fueron varias las convicciones fragmentadas con este ataque y con la posterior reacción de parte del mundo.

Los derechos humanos, la libertad sexual, la justicia, la lucha por lo que está bien, la democracia, el disenso, se redefinen en revuelto montón y llevan a que los “bienpensantes” defiendan estados terroristas como paradigmas del bien.

Lo mismo ha pasado con la ausencia de respuesta de los movimientos feministas ante el ataque sexual a las mujeres perpetrado por los terroristas de Hamás. Esta arma de guerra no es una novedad bélica, salvo que esta vez fue registrada con las cámaras go pro que registraron las violaciones, torturas y asesinatos sumando un nuevo horror a la historia del horror de la humanidad. La exhibición de esas imágenes, impúdica, gozosa, amoral y el aplauso que concitó en los gazatíes, eran trofeos que los enorgullecían como blasones victoriosos. Los crímenes cometidos en hechos de guerra solían ser ocultados, esta vez no solo se mostraron sino que levantaron aplausos y gritos de júbilo y admiración. Un nuevo peldaño en el desprecio por la vida humana y en la fractura de los valores que creíamos estaban ganando terreno en la humanidad. 

Feminismos y patriarcado

Durante siglos, algunas mujeres expresaron su disconformidad con la inferiorización de la que eran objeto pero el gran cambio se produjo en Inglaterra a comienzos del siglo XX durante la llamada primera ola del feminismo cuando las suffragettes, con vestidos largos y corsets que impedían la respiración, salieron a la calle exigiendo votar para tener los mismos derechos políticos y laborales que los hombres. A partir de allí, los movimientos feministas propugnaron una sociedad más justa e igualitaria superadora del patriarcado androcéntrico y  estructurador de relaciones desiguales de poder.

La segunda ola, a partir de 1960, tuvo como líderes, pensadoras e inspiradoras a Simone de Beauvoir, a Betty Friedan y a Kate Millet entre tantas otras.

En una marea de flujos y reflujos, le siguió una tercera ola en 1990 y ahora estamos viviendo la cuarta

El movimiento feminista floreció en feminismos con diferentes lecturas y propuestas y distintos grados de radicalización, pero sus principios fundantes integran hoy nuestro horizonte cultural común. Su mirada crítica, tanto en el ámbito de lo público, -sobre el poder, la disparidad salarial, la desigualdad de derechos-, como en el ámbito de lo personal -el acoso, la violencia doméstica y sexual, el femicidio, y todo tipo de ataque contra la mujer en tanto mujer- son objetivos que hoy visualizamos, reconocemos e incorporamos a nuestro corpus civilizatorio. Hay acuerdo unánime (creíamos que unánime) en que la violencia hacia la mujer por ser mujer es inaceptable, punible y exigía la atención política, el tratamiento pedagógico y la transformación cultural. 

La lucha de los feminismos es, al menos en este punto, exitosa porque la repulsa a la violencia contra la mujer es indiscutible (creíamos que era indiscutible). La injusticia, la arbitrariedad y la benevolencia con la que se tomaban estos ataques hoy está fuera de cuestión (creíamos que estaba fuera de cuestión). Nadie mirará con cariño ni ligereza a un violador, un torturador de mujeres, un golpeador, un femicida (¿nadie lo mirará con cariño?) y muchos hombres (no todos) están aprendiendo a ver y a pensar su relación con el sexo femenino desde un lugar diferente al del poder, la posesión y la subvaloración. 

El silencio traidor

Hace más de un año desde aquel 7 de octubre de 2023. La falta de reacción de los movimientos feministas organizados respecto de las violaciones, torturas y asesinatos hechos por los terroristas de Hamás a mujeres israelíes ha sido un golpe inesperado a nuestras creencias. Silencio ante las secuestradas que aún siguen prisioneras. Silencio ante las violadas que tal vez estén gestando un bebé cuya recepción, filiación y crianza presenta un dilema desgarrador. Silencio ante las adolescentes que han vivido la orgía de horror en el festival Nova. Tantos años bregando por igualdad y justicia, denunciando ataques y perpetraciones en pos de la recuperación de la dignidad y la legitimidad de las mujeres como sujetos de derecho, y de pronto, al menos para mi sin previo aviso, fueron traicionados, lo que creía que era un logro se derrumbó en pedazos. Fue, es, una traición personal de la que todavía no me puedo reponer. 

A poco de sucedido, aún aturdida por lo que se iba sabiendo, busqué el apoyo explícito de algunas mujeres del colectivo femenino. Contacté a varias conocidas y reconocidas, tanto en la esfera artística como en la académica, mujeres de voces fuertes, mujeres que pelean por sus derechos y demandan atención, respeto, valoración, mujeres hacedoras y ejecutivas a las que miraba con admiración y cuya lucha por la defensa de la igualdad de derechos me resultaba ejemplar. Las respuestas que recibí de varias de ellas, no de todas por suerte, fue el cobarde y artero “sí, pero…”, o,  como dijo Claudine Gay, la infausta presidente de la Universidad de Harvard, “repudiar la repulsa a Israel y el apoyo al terrorismo depende del contexto” o sea que hay contextos en los que no es repudiable. Mujeres que hablan públicamente de la sociedad patriarcal eligieron no pronunciarse contra la barbaridad perpetrada en Israel. Sus discursos y slogans encendidos se fueron borroneando y deslegitimando con un embanderamiento partidario que avala dictaduras y terrorismos y que resiste toda lógica. Mujeres orgullosas de sus militancias progresistas, su moral igualitaria y sus anhelos de justicia, silenciaron esos ideales ante las víctimas israelíes. 

No las acusaré de antisemitas, término que rechazarán con fuerza. El día en que el sesgo militante comience a desdibujarse y vean lo que pasó, recuperarán, espero, la visión binocular y harán un mea culpa en el que les será claro cuántos de sus argumentos eran antisemitas. No hicieron declaraciones empáticas con las víctimas israelíes, su posición respecto al Estado de Israel fue más fuerte que su posición feminista. Entiéndase bien. No se oponían a una determinada política de gobierno sino al país como un todo junto con todos y cada uno de sus habitantes. No podían alzar su voz para defender a las mujeres en Israel (aunque hubo/hay de varias nacionalidades, incluso argentinas), el suelo que pisaban alteró su condición de mujeres y las excluyó de los derechos de cualquier mujer en cualquier otro lugar del mundo, tenga el gobierno que tenga, pelee lo que pelee o cometa genocidios. Ningún país es acusado como país y con todos sus habitantes de lo que sus gobiernos realizan. La prueba que vuelve a todo increíble, contradictorio y hasta bizarro, es que las mismas mujeres que no empatizaron ni se condolieron con las víctimas israelíes defienden y apoyan a países en los que las mujeres carecen de los mismos derechos que declaran defender. 

Una traición personal

No solo me traicionaron a mí personalmente. No solo traicionaron a las mujeres israelíes. No solo traicionaron a las mujeres judías. Traicionaron al movimiento feminista y a todos sus principios. A las sufragistas, a Simone de Beauvoir, a Betty Friedan y a cada una de las mujeres golpeadas o asesinadas, se traicionaron a sí mismas y a su lucha. A partir de ahora, lo que digan o hagan tendrá un valor relativo. Perdieron la autoridad para hablar en nombre de “las mujeres”, han quebrado el colectivo al decidir que no todas son iguales. Las violadas judías, las mutiladas, las torturadas, las asesinadas y exhibidas como trofeos, todas esas mujeres no pertenecen, según estas excluidoras, al universo del feminismo. 

Surge así, en esta cuarta ola feminista sumergida en la cultura woke, un nuevo colectivo  integrado por ideólogos, movimientos y dueños de la moral que traicionan sus principios alegremente. No se salvó ninguno. Ni #metoo ni #niunamenos ni los defensores de los derechos LGBTQ+ ni los pañuelos celestes ni los pañuelos verdes, ni las izquierdas dizque progresistas, ni #blacklivesmatter. Complotados en una mudez atronadora, fingieron demencia haciendo como que no pasó lo que pasó. Relativizaron los ataques y algunos incluso defendieron a los perpetradores y levantaron banderas palestinas clamando por la desaparición del Estado de Israel como si los principios de libertad y justicia que dicen sostener no se contradijeran con los que sostienen los terroristas.  

¡Qué vergüenza! ¡Qué manera flagrante de traicionar y traicionarse! ¡A callar a partir de ahora! ¡A buscar otras luchas que no las enfrenten con este doble standard, con esta contradicción, con esta hipocresía de la que, al menos para mi, no tienen retorno! Hagan de su actual silencio una marca de auto oprobio y dejen de echar consignas vacías de contenido y autoridad. 

¿Justificar un femicidio? ¿Acaso una golpiza a una mujer está justificada porque “lo miró mal”? ¿Acaso una violación es una consecuencia lógica de que mostrara las piernas o llevara ropa ajustada? ¿La culpa es de la víctima? Los movimientos feministas lo han dejado bien claro: ¡ninguna conducta de una mujer merece y justifica la violencia o el ataque, aunque el perpetrador se escude en ello para alegar inocencia! 

Ya es bastante difícil superar el techo de cristal que frena nuestro ascenso a posiciones dirigenciales pero hasta el 7/10 creíamos que compartíamos la misma lucha. Vemos que no. Que si quien reclama, quien sufre, quien ha sido atacada es judía, no merece las mismas declaraciones, ni demandas ni empatía. El supuesto colectivo femenino se convirtió en un destartalado vagón de carga con ingreso condicionado. La decepción es honda.

En consecuencia #yanolescreo será mi hashtag a partir de ahora porque, para mi gran dolor, el feminismo, en sus manifestaciones orgánicas, se ha suicidado. #Yanolescreo responderé cuando aseguren defender los derechos humanos. #Yanolescreo cuando declamen cambiar la sociedad patriarcal para que las mujeres tengamos los mismos derechos.#Yanolescreo cuando agiten pancartas con frases hechas políticamente correctas y se vayan a dormir tranquilas y felices por haber proclamado lo que luego contradicen con su silencio cómplice.

Ideales en fuga, culpas lacerantes

Caídas las ideologías que reinaron en el siglo XX, las élites educadas quedaron sin horizontes de lucha, sin ideales que defender. La ecología, las minorías sexuales, los derechos humanos y el postcolonialismo con el eje opresor-oprimido, son las nuevas banderas de la generación woke, esa policía del pensamiento enredada en la consigna fascista de la corrección política. El macho blanco, el estereotipo masculino de la sociedad patriarcal, es el nuevo enemigo, el modelo de opresor a denunciar y abatir. En la búsqueda de causas los descendientes de europeos y norteamericanos que colonizaron y esclavizaron a tantos no-blancos encontraron tal vez la manera de lavar ese pasado vergonzante. Estamos bajo el imperio de las redes sociales, de los slogans y mensajes breves y atractivos que deben viralizarse en likes y reenvíos que producen desinformación y simplificación. El escenario extremista y maniqueo señala a Israel como un estado “blanco, macho y patriarcal” acusado, en consecuencia, de genocida, apartheid y colonialista, las tres infundadas. Este pequeñito país, enclave occidental en oriente medio, es una isla democrática y liberal rodeada de tiranías y autocracias. Su población, lejos del estereotipo caucásico, es heterogénea y multicolor, las distintas etnias viven libremente y tienen acceso a todos los derechos. Sus guerras han sido siempre defensivas, nunca genocidas. Sin embargo, preso del juego ideológico simplificador y extremista, Israel es ubicado como el perpetrador mientras que en el otro extremo se ve a los palestinos como las víctimas, oprimidos, desvalidos y tratados injustamente. Ciertamente son víctimas, pero no de Israel, viven la tragedia de ser presos de sus mismas autoridades y de los países circundantes que los mantienen como eternos refugiados transitorios para, entre otras cosas, acusar a Israel y recibir dineros que sostengan el poder de los dirigentes. La situación es compleja, la historia es dolorosa, los resentimientos y los intereses horadan los espacios de comprensión y en esta nube tóxica las mujeres israelíes, las mujeres judías, no hemos pasado el filtro de ser reconocidas como mujeres. Solo nosotras. 

Nos dejaron afuera. Otra vez.

Nuestra decepción es honda y dolorosa. Fuimos parte del colectivo femenino con aportes esenciales desde su comienzo. Betty Friedan, judía, formuló las ideas claves en la historia del pensamiento feminista; su libro, “La mística de la femineidad” publicado en 1963 se considera uno de los libros más influyentes del siglo XX. 

Creíamos que éramos parte. Creíamos que estábamos ahí. Nos equivocamos. Fuimos crédulas. Fue un duro golpe pero también un aprendizaje. No pensamos que el ser judías nos diferenciaba de un modo tan visceral y que nos colocaba más allá de las proclamas feministas, más allá de lo humano. Creímos que éramos iguales. 

Y fuimos crédulas como tantas veces en la historia de la humanidad en que los judíos nos creímos parte del universal y recibimos el duro golpe de la exclusión en el mejor de los casos y del genocidio en el peor. 

¿Qué encubre el doloroso “sí, pero…”? El relato tan exitosamente difundido por las usinas de cierta izquierda dizque progresista alineada con los regímenes más brutales, homofóbicos y dictatoriales, ha calado hondo en un occidente que atribuye la culpa del desgarrador conflicto en oriente medio total y exclusivamente a Israel. A diferencia de otros regímenes autocráticos, dictatoriales, genocidas, y he aquí un punto esencial, no se acusa al gobierno como pasa con cualquier opinión sobre países en guerra, sino a toda su población. Sólo con Israel, sólo allí gobierno y población son la misma cosa y las acusaciones a las políticas se derraman sobre todos. Por eso el antisionismo es antisemitismo aunque los síperistas no lo quieran aceptar. Y la consecuencia, en esta lógica demencial, es que, si todos los israelíes son culpables, las mujeres mutiladas, arrastradas, sodomizadas, violadas, torturadas y asesinadas, sus vientres gestantes apuñalados, en tanto israelíes, también son culpables. Y el culpable merece castigo. “Sí, fue terrible…pero” y los dogmas políticamente correctos y las declaraciones se derrumban estrepitosamente y, si alguna no está de acuerdo, ante el temor de quedar afuera del colectivo, elige el silencio acomodaticio, cobarde y traicionero. 

El camino de Rut

El corpus político y militante de los feminismos traicionó al progreso y nos abandonó a una orfandad que, bien lo sabemos, no nos es desconocida a los judíos. La misma orfandad y exclusión de la judeofobia y los antisemitismos que nos ha intentado sumergir en el pantano de la victimización y que concluyó tantas veces en nuestro asesinato. 

Duele como ha dolido siempre pero hemos aprendido a sobrevivir, estamos entrenados en reconocer la mirada esquiva, la sospecha, la dualidad mentirosa de las autopercibidas buenas conciencias que callan ante torturas, violaciones y asesinatos al tiempo que hacen impúdicas declaraciones en defensa de los derechos de las mujeres. 

Cuenta el Tanaj, la Biblia Judía, que Elimelej y Noemí tenían dos hijos. Según las costumbres de la época, cuando moría el padre, la protección de la madre era asumida por sus hijos varones. Los dos hijos de Noemí casados con Rut y Orpá fallecieron antes de haber generado descendencia. Las tres mujeres, sin marido ni hijos varones, quedaron a la intemperie, sin resguardo ni amparo alguno. Noemí, ante el desdichado destino que esperaba a sus nueras sugirió que “vuelva cada una a la casa de su madre”. Orpá lo hizo. Rut no pudo. Se negó a abandonar a su suegra a la soledad, al hambre y a la indigencia: “donde vayas iré, donde vivas viviré, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”.

Orpá se fue y Rut, solidaria con el colectivo femenino, acompañó a Noemí en su camino incierto. A Rut, modelo de mujer del que bien deberían aprender los feminismos, nada de lo que sufriera una mujer le era ajeno. Su hashtag sería hoy, y lo hago mío, #tudoloreselmío”.

Los feminismos hoy no defienden a todas las mujeres. Sólo a algunas. Las judías, para ellos, somos más judías que mujeres. Deberemos seguir haciendo lo que aprendimos a lo largo de nuestra historia, a defendernos solas. 

Es lo que hacemos cuando emprendemos profesiones, actividades y proyectos produciendo cultura, viviendo en familia, trabajando en el área corporativa, curando, diseñando, alimentando, protegiendo, reflexionando, mirando hacia adelante. 

Es lo que siempre hicimos. 

Es lo que seguiremos haciendo. 

Es el camino de Rut. 

Lic. Diana Wang

Florida, octubre 2024


Publicado en Infobae.

Mis dos hermanos mayores

Hoy falleció Héctor, mi cuñado.

Se fue, como decía Catita, redepente. 

Pierdo con él a dos hermanos mayores. 

Uno, es el hermano del grupo de hermanos y cuñados con los que festejábamos cada cumpleaños con un almuerzo en el que el cumpleañero no pagaba. No distinguimos entre hermanos biológicos y hermanos políticos, igualmente hermanados en el cariño mutuo, con nuestros hijos y nietos como tesoro compartido y el disfrute de cada una de nuestras alegrías y la pena compartida de todas nuestras tristezas. 

Pero también perdí a otro hermano. Héctor nació un 25 de agosto de 1939 en Argentina, había cumplido 85 años hace unos días. Zenuś, mi hermano perdido, aquel que mis padres entregaron durante el holocausto para asegurar su salvación y que nunca recuperaron, había nacido un 29 de agosto de 1939 en Polonia, cuatro días después que Héctor. Nunca se lo dije pero veía en él a mi hermano perdido. Su vitalidad, su humor, su entusiasmo, sus ganas de vivir y su capacidad infinita de disfrute, pero fundamentalmente su fecha de nacimiento, me hacían imaginar que podría parecérsele. Era el hermano mayor que tenía cerca, al que podía querer, el que me podía enternecer, con quien me podía reír.

Por suerte está mi hermano menor que seguramente comparte mi pena.

Hoy falleció Héctor, mi cuñado.

Perdí con él a dos hermanos mayores.