Pareja y vinculos

Preguntas antes del divorcio

Y un día te das cuenta de que la cosa no anda, que es más lo que están mal que lo que están bien. Probaste todo, o al menos probaste lo que podías, y nada funcionó. Como si tuvieras un clavo clavado en el dedo gordo del pie que duele a cada paso, pensás en el divorcio. Ya pensarlo es un alivio, es sacarse el clavo, volver a ponerse zapatos y caminar otra vez.

La cosa no pasó de pronto sólo que un día te diste cuenta después de no haber visto, de creer que lo que sea que pasaba iba a pasar, pero el momento no llegaba, crecía tu frustración, tu enojo y día sentís que basta, que te querés sacar ese clavo clavado porque no aguantás más el dolor.

A veces el divorcio es la solución porque la penuria es tanta que no hay ya sobre qué seguir construyendo. Pero otras veces, veo que terminar con la pareja, fracturar la familia, es más un darse por vencido o una huída desbocada, irreflexiva y ciega. Si estás pensando en separarte, te hago tres preguntas en las que pensar. 


  1. ¿Por qué el sufrimiento? ¿toda la culpa la tiene el otro? si te duele no estar recibiendo lo que te hace falta, ¿lo pediste o esperaste que adivine? ¿cuando te sentiste mal lo dijiste de buen modo o reclamaste, criticaste y acusaste? ¿tu vida y tu felicidad depende de lo que haga o no haga el otro y vos siempre estás esperando y en el lugar de la víctima? ¿El enojo te cubre de tal modo que no te deja pensar?

  2. ¿Qué esperabas de la pareja? ¿revisaste lo que esperabas de la convivencia? ¿Te creíste la historia del amor que cuentan las novelas y los boleros y que el amor lo podía todo? ¿Le preguntaste a tu otro lo que necesitaba? o ¿hiciste lo que vos creías que necesitaba? ¿Todo está mal, no hay nada que veas que esté bien como si hubieras perdido la vista de un ojo?

  3. ¿Cómo imaginás el futuro? Además del alivio de la soledad, de no tener que negociar horarios y decisiones ¿Te preguntaste cómo será tu futuro, con los hijos, la familia, los amigos, el dinero, todo lo que cambiará con el divorcio? ¿Tenés la seguridad de que una vez que te alivies, vivirás la felicidad que soñabas?


Pensar en el divorcio es un alivio porque uno siente que si la cosa se pone imposible está esa salida. Pero a veces nos apuramos. Las soluciones tomadas en medio del enojo y el sufrimiento no suelen estar bien consideradas, solo se busca el alivio y no  importa otra cosa. Uno quiere sacarse de encima lo que duele sin pensar ni esperar. El ver solo con el ojo que ve todo mal, distorsiona la realidad y no aconseja bien.

Si estás pensando en divorciarte, salí de tu casa, comprate un cuaderno lindo, andá a un café, a un lugar amable, preferiblemente un lugar nuevo, pedite un café, un trago o lo que quieras y hacete el regalo de mirate para adentro un rato y anotá. Respondé una a una, estas preguntas: ¿la culpa del sufrimiento es solo del otro?, ¿esperabas de tu pareja cosas imposibles? ¿cuáles serán las consecuencias de un divorcio? 

Y no te engañes ni te adornes las cosas, decite la verdad. Siempre nos resulta más fácil ver lo que hace mal el otro y no nos damos cuenta de lo que hacemos nosotros mismos. En lugar de esperar que suceda un milagro, tomá las riendas en tus manos, hacé un ejercicio de honestidad bruta, sin disfraces, vas a ver cuánto de tu conducta te trajo donde estás. ¿Conocés a alguien que se divorció? preguntale qué pasó después, anticipate para pesar bien la decisión que estás a punto de tomar. Tu pareja también está sufriendo y tampoco sabe cómo salir del atolladero. Una vez que te respondas esas preguntas podrás pensar un poco más si divorciarte es lo que querés o si, abriendo el ojo que ve lo que está bien, tu pareja tendrá una nueva oportunidad.

Hijos del otro

Tener y educar hijos es una aventura complicada y compleja. Cuando se unen parejas  con hijos de parejas anteriores, todo se hace más difícil. 

Sea una pareja con hijos de uno solo de un matrimonio anterior, con hijos de los dos lados y adolescentes, con hijos chiquitos, de jardín o de primaria, con hijos adultos. Cada situación requerirá un encare particular. Pero hay cosas que pueden aplicarse a todas.

Los hijos tienen una doble pertenencia. Por un lado a la familia que eran y por el otro a la nueva que se armó. La adaptación a la situación dependerá de si la relación fue tormentosa y la separación peleada. Ya venían baqueteados por la mala relación de sus padres y si la cosa quedó mal se verán en un severo conflicto de lealtad especialmente si la nueva pareja les cae bien, se sentirán traicionando al progenitor que quedó solo. Y si la nueva pareja trae hijos también tendrán que adaptarse a estos y vivir el todos los días de a ver quién recibe más que quién, a quién se le permiten cosas y a quien no, al trato diferencial que reciben. La tarea es fenomenal para todos en el enfrentamiento de las mil y una situaciones de la vida cotidiana. 

Es bien diferente cuando la relación previa y la separación fueron amistosas. Con padres que no se ven como enemigos, el clima será más propicio. Pero igual, para los hijos, la nueva pareja es la prueba de la desunión de sus padres y todos los chicos quieren que sus padres sigan juntos y muchos creen que son culpables de la separación, o sea que la nueva pareja será la prueba de su fracaso en unir a sus padres. 

¿A quién querer? ¿Alguien se sentirá mal? ¿habrá que tomar partido?

Tomar partido es siempre injusto y doloroso. Para los hijos y para los padres. Es más fácil tratar con los hijos propios que con los ajenos, no sé si más fácil, más conocido, pero la nueva pareja piensa diferente, critica o sugiere otras conductas y puede caer en la tentación de querer imponerse. Para cada uno, la manera propia es la adecuada, la que está bien y querría que fuera la norma del nuevo hogar. Puede ser una fuente de conflictos que ojalá se vuelva una fuente de conversaciones. Los hijos deben aceptar y adaptarse y los padres, deben aceptar y adaptarse, los 4 padres.

Hay algunas claves que podemos tomar para hacer de este proceso un camino que conduzca a una convivencia pacífica.

La adaptación no sucede instantáneamente, requiere paciencia, tolerancia y flexibilidad. La nueva pareja une a dos planetas diferentes, dos historias diferentes, dos heridas y dolores diferentes, dos formas de actuar y de convivir diferentes. El desafío es aprender a construir un tercer planeta en el que cada uno, chicos y grandes, tenga un espacio propio, sea respetado y considerado. 

Cada circunstancia conflictiva, y las habrá, si puede ser conversada amorosamente, permitirá conocer y conciliar necesidades y posibilidades. Horarios y espacios, el baño, las comidas, la hora de dormir, hábitos, familias, todo lo que ya estaba establecido se pone en cuestión y debe ser pactado.

El desafío mayor es para la nueva pareja. 

Repito, paciencia, tolerancia y flexibilidad. Cada nueva situación permitirá conversar y construir las reglas de convivencia. Tiene que haber reglas, claras y explícitas para que los hijos de uno y de otro no sean un campo de batalla, es esencial dividir las tareas, marcar claramente de qué se ocupa cada uno, qué padre es responsable de qué hijo, cuál es la conducta que se aceptará respecto de los hijos del otro, en suma, cómo se organiza la vida para que nadie afecte la vida de nadie. ¿tienen que hacerse la cama? ¿levantar los platos? ¿colaborar en tareas de las casa? ¿invitar a quién quieran? Todo debe ser conversado, pactado y respetado. Atención a los celos, a los privilegios, a las diferencias. Atención a la intervención disruptiva de la pareja anterior. 

Esta segunda oportunidad no sucede espontáneamente. Requiere trabajo y dedicación. Tienen en sus manos el futuro de esta nueva familia, el bienestar de los hijos y la paz de todos. 

...¡y yo que me desviví por ellos!

(Anticipando el Día de la Madre)

Los atendí de día y de noche, los llevaba y traía de la escuela, de las clases deportivas, de las reuniones sociales, festejé sus cumpleaños, sus logros, cada premio, los llevé al médico, atendí sus malestares y enfermedades, dentista, nutricionista, psicólogo, todo lo que precisaban, sin límite alguno, postergué mi vida …. y ahora que son grandes parece que no tenemos temas de conversación, como si yo no les pareciera interesante, no me llaman, no me cuentan nada. ¡Y yo que me desviví por ellos!

Fue un fuerte impacto para mí escuchar que decía “me desviví”. ¿Qué es desvivirse? ¿no vivir? ¿vivir mal? ¿cómo vivió sus años de maternaje? 

La maternidad fue durante siglos la función más importante de las mujeres, casi la única. Si son nos 10 años de maternaje con cada hijo, según los que se tengan, nos puede llevar uno 20 años. Hasta ayer, con los hijos crecidos la vida había terminado pero hoy con salud y suerte en la lotería genética, podemos vivir 30 o 40 años más. Nunca antes hubo tantas familias con 5 generaciones, con bisnietos. Aquel lugar de reina del hogar y directora ejecutiva de la crianza de los hijos, quedó amarrete, los hijos crecen, tienen hijos y la vida sigue. Pero las mujeres que apostaron solo a la maternidad, se ven en apuros.

Se jugaron de lleno a ser madres, las mejores, y con la tarea cumplida quedan desocupadas. El famoso nido vacío. ¿Y ahora qué hago? ¿De qué me ocupo? Y la que no incursionó en otras áreas, la que no buscó ni desarrolló una actividad, una pasión, además de ver vacío su nido siente un vacío interior angustiante, no sabe qué hacer ni como seguir.

Los hijos bien criados tienen sus vidas, sus intereses, sus pasiones, vuelan con vuelo propio. Si no le dan a la madre desvivida la atención que espera no es por desamor ni desinterés ni egoísmo. Es hora de revivir, de encontrar un mundo propio, una habitación solo para una como decía Virgina Woolf, donde abrir esas alas que quedaron plegadas para que los hijos desarrollaran las suyas y pudieran irse. Porque de eso se trata el maternaje, que cada uno de los hijos llegue a adulto con alas fuertes y si vuelan solos es que hicimos las cosas bien. ¡Ay de los hijos que una vez adultos se quedan con mamá!,  no aprendieron a volar. 

Si no lo hicimos antes, una vez que los pichones volaron es tiempo de bucear en nuestro interior para encontrar esa pasión que nos es propia, lo que le dará un nuevo sentido a nuestra vida. El “me desviví por ellos” es un lamento acusatorio y resentido. ¿Acaso esperaba que los hijos le devolvieran lo hecho por ellos? Si es lo que esperaba le erró fiero porque el maternaje exitoso es que una vez adultos vuelen y armen otro nido. La crianza no es un toma y daca, una inversión que debe devolver lo invertido con intereses. Con los hijos adultos y haciendo su vida tenemos ahora la oportunidad de habitarnos de otra manera, de reinventarnos. 

La mamá que dijo “no hablan conmigo luego de que me desviví por ellos”  tenía un poco menos que 60 años. Si todo va bien y si la salud la acompaña,  tiene por delante unos 30 años más. ¡Eso es un montón! En lugar de acusar a los hijos de haberla abandonado puede felicitarse por la buena tarea realizada y abrir puertas que estuvieron cerradas todos esos años y ver qué hay en las nuevas habitaciones. Si siente que se desvivió pues ahora la vida le grita ¡abrí los ojos! ¡desvivir nos empobrece y opaca, no somos interesantes ni  tenemos pasiones! ¡Salí de esa trampa! Elegí  vivir o, lo que es mejor, decidite a revivir. No te des por vencida, volvé a regar esa tierra que quedó apisonada, vas a ver cómo asoma un brote que te habías olvidado que estaba. 

Es un renacer sabiendo lo que sabemos, lo que podemos y lo que queremos y si nos tomamos en serio y nos hacemos caso capaz que nos volveremos tan interesantes que nuestros hijos vendrán a vernos con ganas de hablar con nosotras. 

¡Feliz día de la madre!

¡Descubrí que me engañó!

Y de pronto descubrís que tu pareja tuvo una aventura. ¿Fue una relación duradera? ¿Un chateo caliente o un touch and go? ¿una relación por la que pagó? ¿estuvo viendo videos porno? Son todas cosas diferentes pero en todas, buscó afuera, rompió la promesa de fidelidad. Ataca nuestra identidad y cómo creíamos que era nuestra pareja. Ya no somos los únicos, los indispensables, los más importantes. El piso se volvió resbaladizo, no sabemos dónde estamos parados. Quebrada la confianza, herida la autoestima, no podemos reponernos de la sorpresa, de la defraudación y del profundo dolor. 

Si la pareja ya se estaba deshaciendo, descubrir una aventura puede ser el golpe final. Pero si la cosa estaba medianamente bien, como sucede la mayoría de las veces, puede ser una oportunidad para volver a repactar, ahora de modo más realista. 

Tener una historia afuera existe desde que existe el matrimonio y no sucede solo en parejas que no están bien. La búsqueda de una experiencia nueva, una pasión, es tan vieja como los tiempos. A eso se le suma hoy el mandato de satisfacer todos nuestros deseos y el constante bombardeo de que hay que ser feliz. ¿Y cómo ser felices y satisfacer nuestros deseos al mismo tiempo si hemos prometido ser fieles? No hay manera de conciliar ambos objetivos. Por eso las aventuras son secretas, porque no se quiere terminar con la pareja. El sabor de una aventura prohibida y el secreto son además ingredientes afrodisíacos que se suman al placer de la novedad, la autonomía y una intensidad sexual añorada. Revitaliza y entusiasma, es cierto , aunque raramente tiene que ver con el amor. Pero cuando se descubre la aventura uno se ve traicionado, excluido, despreciado, con la confianza desmoronada y se pregunta si alguna vez podrá volver a confiar.

Nos hunde en una crisis muy profunda pero no es forzoso que destruya a la pareja. Depende de lo que hagan. 

Es un fuerte toque de atención que puede abrir conversaciones que nunca se tuvieron y se pongan sobre la mesa deseos y necesidades insatisfechas que habían permanecido calladas y acceder a una intimidad que la rutina había borroneado. Adicionalmente, el temor de haber estado a punto de perderlo todo, puede re encender el deseo sexual y que la pareja sea más satisfactoria para los dos. Los dos necesitaban cosas que faltaban, quien las buscó afuera habilita al que se quedó adentro a revisar sus propias carencias.

Este doloroso descubrimiento puede ser una oportunidad. 

Coincido con Esther Perel en cómo seguir. 

Quien tuvo la aventura debe restaurar la confianza herida. Aceptar la responsabilidad, reconocer lo que hizo y expresar remordimiento por la aventura misma y el daño causado. Reconstruir confianza es un proceso que requiere honestidad y empatía con el dolor del otro y lleva su tiempo, no sucederá enseguida. 

Al lastimado le sangra la autoestima herida, necesita volver a sentir que vale, rodeado de afectos y actividades placenteras. Atención a la tentación de hacer preguntas malsanas, los detalles sórdidos: ¿desde cuándo? ¿cuántas veces? ¿es mejor que yo en la cama?, preguntas que mantienen la herida abierta. Y no entrar en el juego de la víctima y el victimario. En la vida cotidiana herimos al otro, lesionamos su autoestima con desprecio, indiferencia, violencia. Entrar en el juego de buscar culpables es un callejón sin salida. Mejor expresar el dolor no con acusaciones sino con preguntas sanadoras: ¿qué encontraste ahí que te faltaba? ¿cómo era cuando volvías a casa? ¿qué te hace bien de nosotros? 

Son conversaciones complejas sin respuestas simples ni definitivas, van cambiando a medida que nos damos cuenta. Somos seres complejos y no siempre tenemos claro qué sentimos, qué necesitamos y cómo pedirlo. Cada pareja puede elegir cuál es el camino a seguir una vez que la aventura fue descubierta. No es necesariamente el final de una pareja, puede llevar al autodescubrimiento y a una nueva perspectiva que haga mejor la vida de ambos. Depende de lo que hagan y de cómo lo hagan. Descubrir que hubo una aventura afuera puede ser lápida o trampolín. 

Depende de uno mismo. 

Depende de los dos.


¡Con vos no se puede hablar!

¡¡¡Se lo dije mil veces, no sé por qué no oye y lo tengo que decir una y otra vez!!!

¡¡¡No podemos hablar, le entra como una locura, grita, gesticula, habla y habla y si le contesto parece que no me oye y se pone peor!!!

¡¡¡Le pregunto y no dice nada, no puede ser que nunca tenga nada para decir.!!!

Éstas y otras quejas similares son las que suelo oír en mis consultas. ¿Cómo le dijiste lo que le dijiste?, pregunto y ahí empiezo a entender, lo dijo con un hablar de descarga, un monólogo encendido, no como un puente, no era una conversación. 

Es que cuando hablamos hay dos hablares diferentes. 

Hay un hablar conversacional, un ida y vuelta, yo hablo, el otro escucha, el otro habla, yo escucho, cada uno a su turno, pensando, opinando, diciendo y escuchando, como las improvisaciones de jazz, cada instrumento hace su solo y recién cuando termina los demás hacen el suyo. Así es un hablar conversacional, armónico, rítmico y melodioso.

Y hay otro hablar, el que nace en medio de un conflicto, de un enojo, de la indignación, del sufrimiento, un hablar de descarga. Si me permiten el mal gusto a esta hora de la tarde, el hablar de descarga se parece a un vómito, sube, irrefrenable, le llena a uno la boca y no lo puede tragar, lo tiene que echar para afuera, lo tiene que expulsar, hasta que termine la descarga. 

La paradoja es que esa descarga no es útil, uno queda con un gusto horrible en la boca, molesto, irritado y lejos de haberse aliviado queda más cargado todavía. El hablar de descarga, ese vómito expulsivo, es una descarga engañosa. No solo no descarga sino que nos recarga, nos hace daño. 

Y ¿qué le informa al otro un hablar de descarga en el que uno dice lo que le viene a la cabeza, cuanto más hiriente mejor? El otro ve furia, enojo, ojos como estiletes, la tensión en su más alta expresión, oye palabras cargadas de emociones, frustraciones, dolores, palabras que lastiman. 


¡Es un reactivo, no tiene filtro, grita, gesticula y dice cosas para lastimarme!

¡Es una loca, no se puede hablar con ella, se desata y escupe maldades!


Hablar para conversar es otra cosa y es importante distinguir el hablar de descarga del hablar conversacional. A no confundirse. No intentemos conversar con quien está en medio de una descarga. No nos puede oír. Necesita expulsar eso que le lastima. 

Cuando alguien habla como descarga no hay que interrumpir, ni pedir lógica o sensatez, no hay que argumentar, lo único que se puede hacer es esperar a que se le pase. El hablar de descarga nos dice que lo que sea que está pasando le supera, que no puede con eso, que la emoción le cierra su capacidad de pensar. Durante la descarga no se piensa, se descarga, se vomita. Si tu otro te habla descargando hacete a un lado, está sufriendo y encima le enfurece no poder controlarlo y exponer su impotencia y desesperación. Esperá a que se le pase. De vos depende entenderlo como un vómito irrefrenable y hacerte a un lado, dejarlo pasar como una tormenta de granizo. No tenemos párpados en los oídos y a veces no podemos no escuchar eso tan hiriente que se nos dice. Insisto, lo que se dice durante la descarga no tiene valor conversacional, igual que un vómito no es nutritivo, son palabras cargadas con restos malolientes. Tomarlo como un ataque y responder, hace de la descarga un campo de batalla en el que ambos resultarán heridos.

No podemos vivir en estado de guerra todo el tiempo. La vida es una sola y no nos la podemos arruinar así. Por eso, cuando se le pase y recupere el ritmo cardíaco normal, llevale un vaso de agua fresca o un mate o un café, sin reproches ni acusaciones. Tendé un puente, algo así como “me duele ver lo mal que te puso lo que sea que pasó, lamento haber sido quien lo causó, no fue mi intención hacerte daño pero veo que lo hice. Cuando quieras ayudame a entender más para evitar que vuelva a pasar”. Esto es un hablar conversacional, una propuesta de paz que es lo que, finalmente, todos queremos en la vida.

Los hombres no lloran.

(En el día en que falleció Carlitos Balá, que se le animó a la ternura)

Los hombres no lloran, se aguantan, no cuentan sus cosas, no se pueden emocionar. Los hombres no tienen nada que ver con las tareas del hogar ni cambian pañales ni juegan con sus hijos. Los hombres tienen que triunfar, trabajar afuera y proveer a sus familias. 

La sociedad patriarcal y machista limitó y menospreció a las mujeres pero generó estos mandatos sobre los hombres que, para muchos, hoy son una trampa.

Un hombre de verdad, debía ser viril, macho, fuerte, exitoso y ganar mucha plata. 

La mujer era jerárquicamente inferior, no tenía ni voz ni voto, su trabajo en el hogar no solo no era rentado sino que no se consideraba un trabajo. 

Todo empezó a cambiar con los movimientos feministas de comienzos del siglo XX y con un progresivo ingreso de las mujeres en la vida laboral rentada y en la vida pública. 

Casi no se discute si el sexo define la inteligencia, la capacidad de gestión o la creatividad. 

Cuando era jovencita me sorprendía que en algunos países hubiera mujeres que manejaban tractores, que integraban el ejército o que eran científicas. Ya no. Aunque en algunos sitios todavía no está siendo natural, hoy las mujeres estamos presentes en todas las áreas de la vida laboral. Y algunas, en posiciones de responsabilidad ganando mucho dinero. 

Las nuevas mujeres están forzando a los hombres a que se redefinan. 

Estamos viviendo un nuevo período en la historia en el que el ser hombre implica un nuevo desafío. La conexión emocional está creciendo como algo necesario en el mundo corporativo. El nuevo lugar en el hogar, potenciado ahora por la reclusión que vivimos en la pandemia, ubicó a los maridos, a los padres, en un lugar que no habían ocupado antes. Las tareas del hogar debieron ser repartidas, la atención de los hijos, las mil y una preocupaciones que antes solo atendía la mujer, aunque trabajara afuera, ahora fueron vistas, entendidas y asumidas por sus maridos. 

Y en el proceso descubrieron todo lo que se habían perdido las generaciones anteriores. El maravilloso mundo del cuidado de los hijos que nuestros padres y abuelos no vivieron, fue un descubrimiento conmovedor. Alzar en upa a un bebé con fiebre, darle de comer a un chiquito que solo no puede, cambiar pañales, contar un cuento, hacer rompecabezas sencillos, verlos crecer, ir a las reuniones de padres, maravillarse viendo el despliegue progresivo de cada hijo. Todo esto es una conquista reciente. Hoy hay más y más hombres que cocinan, que hacen las compras, que encuentran las cosas en la casa porque ellos mismos las guardaron y saben dónde están. Mi suegro se ufanaba de tener los pelitos de sus dedos intactos porque nunca había encendido una hornalla en su cocina. Si supiera cuánto se perdió. Estamos viviendo un momento privilegiado en ese sentido.

Pero, todo avance en la humanidad tiene siempre dos caras. Está desafiando la definición de los hombres. ¿Cómo es ser viril hoy? Aquél hombre con el instinto cazador que veía a todas las mujeres como presas a conquistar, que se medía con otros a ver si su tamaño era suficientemente grande, que era ambicioso y sólo se interesaba por el fútbol y la política, ¿cómo se compatibiliza con este nuevo hombre, el que cocina, el que está en casa, el que conoce a sus hijos y sabe qué cuentos les gustan? ¿Es que entrar en el mundo de las emociones nos quita fuerza, virilidad y atractivo? ¿los seguiremos necesitando y queriendo si se involucran más en la vida familiar y se ablandan un poco?

A vos que me estás escuchando te digo que sí, nos encanta verte más blandito y abrazador. Ya no tenés que demostrar que sos mejor ni más fuerte ni más rico. Tu conexión emocional nos enamora. Dale, animate, y viví el día a día como lo que es, un regalo de la vida. 

El dinero y la pareja

Consejo de mi mamá. “Tenés que tener tu propio dinero para que cuando te cases lo hagas porque querés vivir con esa persona, no porque necesitás que te mantenga y para que sigas casada con esa persona porque te hace bien vivir juntos y no porque si no no tenés donde caerte muerta”.

Mi mamá había nacido a comienzos del siglo XX pero era una adelantada respecto al dinero y a muchas otras cosas también, como el sexo, pero de eso hablaré otro día.

El dinero sigue siendo un tema muy difícil en la convivencia en pareja. Si ambos tienen un trabajo rentado ¿Cuánto gana cada uno? ¿Quién decide en qué se gasta, cuándo y cómo? ¿Sigue siendo como era el manejo tradicional de caja chica y caja grande, es decir, los gastos chicos de todos los días los maneja la mujer y los grandes, coche, viajes, inversiones, los maneja el hombre? ¿Hay una cuenta compartida? ¿Qué autonomía hay para la decisión de los gastos, qué hay que consensuar y qué se puede decidir independientemente? Son preguntas que está bueno hacerse y está mejor pactar juntos.

Aún cuando ambos trabajen, aún cuando el ingreso de la mujer sea a veces mayor que el de su marido, sigue persistiendo el modelo tradicional que correspondía a las características de género. La mujer reina en el hogar, en la esfera de lo privado, el hombre actor en la esfera pública. 

El manejo del dinero, a veces abiertamente y otras solapadamente, refleja las relaciones de poder en la pareja. Quién decide qué, quién se siente con derecho a permitir o a impedir. En una pareja pareja el dinero es otro de los temas en que se vive la paridad o la disparidad de responsabilidades y derechos. Quién lo administra y cómo. Quién lleva los registros y las cuentas. Quién se hace cargo de tomar las decisiones que haya que tomar. Si uno manda y otro obedece, éste, el que acepta, se somete, se siente con menos derecho, es dependiente, se vive como inferior. Y no es de extrañar que esta  sensación de dependencia e inferioridad  se exprese en otras áreas, como la sexual. Tantos “me duele la cabeza” son la respuesta a “sentirme menos no despierta mi deseo ni me erotiza”.

Tantos siglos de vivir una situación de dependencia y desvalorización repercuten en las mujeres de muchas maneras. Tenemos el mandato de ser altruistas y dadoras y de estar satisfechas solo con el acto de dar. Si trabajamos nos resulta difícil pedir o reclamar un pago mayor.  

Tantos siglos de patriarcado repercuten también en los hombres. La cantidad de dinero que poseen es para ellos un signo de masculinidad, de potencia, de capacidad. El éxito trabajo y el tamaño de su cuenta de banco son las medidas de su realización personal. 

Las mujeres reinamos en el mundo de las emociones y los afectos, los hombres en el mundo de los tamaños, del dinero y de lo otro. Ambos sexos estamos enredados en mandatos que hoy están puestos en discusión. No ganar mucho dinero no hace de un hombre un fracasado. Ganar mucho dinero tampoco lo vuelve exitoso.

Recomiendo enfáticamente leer el libro de Clara Coria, “El sexo oculto del dinero” que sigue tendiendo una gran vigencia a pesar de que tiene más de 30 años de publicado. 

Hablar sobre el dinero, su planificación y administración puede ser un momento difícil porque nos obliga a revisar temas relativos al poder, al derecho de cada uno, a si somos pares o si no lo somos. La pareja es una sociedad también económica que requiere pactos y contratos satisfactorios para ambos. Pactos que si se pueden hacer  harán la vida más fácil y la convivencia más amigable. Pactos que se pondrán a prueba en momentos difíciles como una muerte, la separación, o relaciones con otros familiares. 

Todos sabemos que precisamos sanear la economía del país, hagámoslo también con la propia, la de nuestra casa, animémonos a conversarlo para encontrar la manera que nos convenga mejor, para que seamos dueños de nuestras vidas en partes iguales. Para que no solo nos llamemos pareja sino que seamos parejos.

Me habló mal ¿cómo sigo?

“¡Esto que decís no es así!, ¡estás en un error, las cosas no son como decís! ¡lo que querés hacer no tiene ni pies ni cabeza!” ¡Qué feo es que a uno lo contradigan, que le discutan, que se opongan a algo que uno dice o a algo que uno quiere! 

Es que, si no te lo dicen con cuidado, sentís que te dicen que sos una persona errada, no que te equivocaste en algo sino que vos estás mal, vos como persona no eso que dijiste. Si nos dicen ¡es una tontería! nos dijeron tontos. Si nos dicen ¡es una estupidez! nos dijeron estúpidos. Y, claro, si creemos que nos dijeron tontos o estúpidos, lógicamente, nos molesta, nos enoja. Y si no nos damos cuenta, nos pasa todo el tiempo y nos enroscamos en discusiones en las que a veces no importa el tema, pueden ser cosas insignificantes y lo que podría ser una diferencia de opinión se vuelve una pelea que enciende los ánimos y que no podemos parar.

Todo depende cómo se diga y de cómo se oiga. ¿Nos  lo dice como ataque personal o lo oímos así? ¿Se lo decimos como ataque personal o nos oye así?

Todo se puede decir. Todo. Absolutamente todo. Pero hay que encontrar la forma de decirlo para que el otro no lo reciba como un ataque y se dispare el circuito que todos conocemos de ataque-contraataque en una circuito interminable. Pero también hay que encontrar la forma de escucharlo y no entrar.

¿Cómo decir nuestra oposición sin ofender? Podemos decir “entiendo que pienses así pero yo creo, me parece, mi opinión es”. Te referís claramente a su punto de vista no hablás de su persona. No le decís que está equivocado, que no entiende nada, que algo le falla. Le decís que pensás de otra manera. No te sometés en su oferta de pelea, la esquivás. Si el otro quiere pelear depende de uno entrar o no en la pelea. Sale sin pensar. Cuando uno siente que el otro le pasa por encima, que nos ningunea, nos toca una fibra muy sensible,  y a uno le sale contestar para mostrar que el otro se equivoca, que nosotros tenemos razón, que somos mejores. Y al otro, igual que a nosotros, no le cae nada bien que le hablemos así, no le gusta ni medio y el escenario de guerra ya está instalado y cada uno usa palabras armadas que anticipan una destrucción masiva.

¿Cómo responder en este tipo de situaciones esquivando la pelea y evitando una masacre? 

No puentear lo que uno siente. Si te enoja, si te humilla, si te angustia, si te hace sentir mal, antes de reaccionar y responder sin pensar, preguntate qué te pasa, tratá de ponerle palabras a tus emociones, no te dejes dominar por ellas. “¡Qué difícil me resulta escucharte! lo que decís me enoja tanto que tengo miedo de decir algo de lo que después me arrepienta como me pasa siempre que el enojo me domina”. Si uno pone lo que siente en palabras tal vez pueda evitar que eso que siente le dicte palabras evacuativas. 

Hablar de uno no del otro, a mi me pasa, yo siento, el efecto que produce en mi es… son momentos sensibles en los que las emociones están a flor de piel, tanto en uno como en otro, momentos en los que lo que se dice puede ser muy hiriente y ofensivo. Cualquier cosa que se diga en ese estado alimentará el fuego y la llamarada puede ser imparable. 

Si no se puede poner en palabras esa emoción arrolladora lo mejor es no decir nada. No hay que hablar siempre ni contestar todo. Menos cuando la cosa está embarrada. Recitá la tabla del siete, o la marcha de san lorenzo o el preámbulo de la constitución, cuidate, cuidá a tu otro, cuidá el tejido que los une. 

Repito. Cuando te hablen mal, no puentees lo que uno sentís, hablá de vos y no del otro y si no me sale hablar así, elegí resguardarte en un silencio protector, en esos casos cerrar la boca  puede ser un acto de amor.  

 

No me tires con piedritas

en “Vivir en pareja”, columna para el programa Le doy mi palabra de Alfredo Leuco en Radio Mitre.

¿Alfredo te acordás de? los zapatitos me aprietan, las medias me dan calor, y la vecinita de enfrente me tiene loco de amor. No me tires con piedritas que me vas a lastimar, tirame con besitos que me vas a enamorar 

Cuántas veces nos tiraron piedritas o las tiramos nosotros… y si el otro se queja porque las piedritas le lastimaron nos sorprendemos, “no fue mi intención, no fue a propósito” y nos volvemos a sorprender porque al otro parece no alcanzarle esa respuesta. 

Y tiene razón porque el que no haya sido intencional no borra el daño. Lo hicimos, por descuido, inadvertencia, no a propósito, pero lo hicimos. Te tiré piedritas, te lastimé sin querer. No te quería lastimar, pero lo hice. 

Claro que no es lo mismo lastimar a propósito que sin querer. Pero ¿te acordás del Chavo y su “sin querer queriendo”?. No fue queriendo que tiramos las piedritas, que dijimos eso que lastimó, pero lo hicimos, lo dijimos sin pensar en el otro, con nuestras mejores intenciones no se nos ocurrió que podíamos estar lastimando. 

Escudados en las buenas intenciones podemos hacer mucho mal y como no fue a propósito nos cuesta mucho reconocerlo. Con las mejores intenciones está regado el camino al infierno dice el refrán. 

Si luego de lastimar decimos “fue sin querer” y con eso nos lavamos las manos porque creemos que está justificado y no merece más comentarios, no asumimos que aún si no fue a propósito somos responsables de lo que hicimos.

Por eso no alcanza que te justifiques diciendo que no fue tu intención. En la vida en pareja, lo básico que podemos esperar es que los dos tengamos buenas intenciones, ni siquiera haría falta decirlo. Si no hubiera buena intención no tendría sentido seguir juntos. Entonces, convengamos que las buenas intenciones siempre están pero a veces se ven interferidas por descuidos o desatenciones. Así, con las mejores intenciones, se puede hacer mucho daño y cuando dañamos el otro no recibe las intenciones sino el daño. Si negás o justificás lastimás sobre lo ya lastimado. Cuando metiste la pata y tiraste piedritas, lo que el otro necesitaría oír es: 

“uh, mi intención fue hacerte sentir bien y terminé lastimándote, entiendo cómo te sentís, lamento mucho haber sido quien lo causó, no te quería lastimar, debería haber tenido más consideración, ¿cómo te sentís? ¿qué puedo hacer para compensarlo?” 

Son 4 pasitos: Si me tiraste con piedritas, reconocé que me hiciste mal y que me dolió, empatizá con mi dolor, lamentá no haber tenido más cuidado cuando lo que querías estaba bien y preguntame cómo compensarlo. Reconocer, empatizar, lamentar y compensar, eso es tirarme besitos. Solo así la herida dolerá menos, me sentiré querida y me volveré a enamorar.

Emitido el 15 de abril de 2022.

Vivir en la queja

“Nunca te acordás de los cumpleaños. Nunca me preguntás cómo estoy. Nunca tenés ganas de hablar. Nunca me hacés sentir que me querés. Nunca me decís cosas lindas. Nunca levantás la mesa. Nunca armás programas para salir. Nunca jugás con los chicos. Nunca te acordás de nuestro aniversario”. Y puedo seguir y llenar toda la columna con estos reproches, reclamos y quejas.

Todos estos nuncas se continúan con los siempres. “Siempre yo me tengo que ocupar de las cosas de la casa. Siempre yo tengo que hacer los trámites. Siempre yo tengo que empezar una conversación. Siempre yo, siempre yo, siempre yo.”

Ya hablé en otra columna de las malas palabras que cierran toda posibilidad de encuentro. Nunca y siempre son de las peores.

El reclamo, el reproche, la queja. La eterna insatisfacción, la eterna mirada sobre lo que falta, la eterna expectativa de que pase lo que no pasa. Hay quejas que aparecen en momentos de debilidad, tristeza o necesidad, son quejas transitorias que no siempre afectan la relación. Pero la queja entronizada como la única mirada nos transforma en un quejosos, en miopes que vemos tras una lente rayada que solo nos muestra lo que nos falta. 

¿Qué estamos diciendo cuando miramos con la lente de la queja? 

Le decimos al otro que nada de lo que hace nos gusta, que no nos tiene en consideración, que es egoísta porque se mira su propio ombligo, que está en deuda con nosotros, que no le importamos, que no nos quiere. 

 Mirando tras esa lente nos decimos a nosotros mismos que nuestra vida depende de lo que el otro haga o no haga, que nos declaramos pasivos, incapaces y dependientes, que la constante desdicha en la que vivimos no es responsabilidad  nuestra, es culpa del otro.

La queja nos pone en el lugar de víctimas y al otro en el de victimario, acusado  de malas intenciones, de egoísmo, de maldad. A nadie le gusta ni acepta de buen grado ser visto como malo, egoísta, desconsiderado, es muy doloroso y no invita a ningún acercamiento. ¿Y que hace cualquiera cuando es acusado de maldad? se defiende, contra ataca, grita, se enoja, da un portazo,  o se retrae, se hunde en un silencio hostil o huye. 

Quejarse alivia, descarga frustración, pide atención y empatía. Pero la queja continuada, la queja acusatoria tiene patas cortas, es como escupir para arriba, cae sobre uno y en lugar de conseguir empatía, hartamos al otro, conseguimos rechazo lo que, claro está, empeora las cosas. Nuestra molestia enunciada como queja no la resuelve, por el contrario, la ahonda. 

Si queremos recibir eso que necesitamos lo podemos hacer de manera más efectiva, más inteligente para no caer en la trampa de la queja constante. Corrámonos del centro del escenario y apaguemos los reflectores. No somos el centro de nadie, solo de nuestra propia burbuja. Y nuestro otro vive, como nosotros, en su propia burbuja, tampoco está en el centro de nadie. Y ambos estamos sedientos de ser el centro de la vida del otro. ¿Qué necesitamos? ¿qué nos está haciendo falta? ¿cómo pedirlo sin generar rechazo? 

Corridos del centro protagónico tal vez podamos ver a nuestro otro, cómo es, cuánto puede y entonces pedir lo que creemos que puede, no lo que no puede, pedir lo que puede. 

Correrse del centro y pedir, ése es el camino. 

La queja es ponzoñosa y huele mal. La queja ahuyenta, nos deja solos. En la queja hablamos mal del otro, si pedimos hablamos de nosotros. 

“¿Cómo que tengo que pedir? ¿no lo sabe después de tantos años, se lo tengo que pedir? ¡Sí! se lo tenes que pedir.”¿Sabe? ¿no sabe? ¿en qué juego estamos? ¿tiene que adivinarnos? ¡claro! me olvidaba… si somos el centro de su mundo, lo único que hace es pensar en nosotros y de pura perversidad no hace lo que necesitamos. Con la queja en lugar de pedir acusamos. Con la queja expulsamos al otro. El único modo es pedir de buen modo, con las buenas palabras de las que hablé hace unos días y la mano tendida. 

Pedir es un arte en desuso. 

Está bueno que lo vayamos reflotando.