Presentación de “La Sexuación del dinero” de Clara Coria.
En una escuela primaria de Buenos Aires, los varones de séptimo grado armaron un grupo de WhatsApp que excluía a las chicas.
“Estamos cansados de que ante cualquier cosa que no les guste que hagamos vayan corriendo a la dirección y nos acusen de acosadores y machistas”, dijo uno de ellos.
Chicos de doce años.
A veces la historia cambia en silencio, pero deja pequeñas marcas en escenas como esta: un grupo de niños que ya sienten, aunque todavía no sepan decirlo del todo, que el mundo que heredaron está moviéndose bajo sus pies.
Hay autoras que escriben ideas.
Hay autoras que cuentan historias.
Y hay autoras que hacen algo todavía más raro y más necesario: nombran aquello que hasta entonces no tenía nombre.
Clara Coria es las tres.
Escribe ideas.
Cuenta historias.
Y, sobre todo, nombra.
Desde hace décadas ilumina territorios donde lo personal, lo económico y lo político se entrelazan de un modo incómodo, revelador y profundamente humano. Siguiendo la huella de las grandes escritoras que trajeron el feminismo al centro de la conversación pública, sus libros nos invitan —a veces nos obligan— a mirar de frente aquello que durante siglos permaneció en penumbra: la trama invisible que enlaza dinero, poder, amor, dependencia y expectativas en la vida de las mujeres.
Sus textos nacen de los grupos de reflexión que coordinó durante años.
Allí, en la conversación íntima y a veces temblorosa de tantas mujeres, aparecían escenas pequeñas: decisiones sobre dinero, silencios en la pareja, culpas frente al éxito, miedos frente a la autonomía.
Clara escuchó esas voces.
Las reunió. Las pensó. Y finalmente las nombró.
De esas confidencias nacieron libros, ensayos, entrevistas, conversaciones públicas que hoy, reunidos en este volumen, nos permiten ver algo que antes estaba disperso: un mapa de experiencias donde lo cotidiano revela las estructuras profundas de la cultura.
¿A qué le puso nombre Clara?
A la sexualización del dinero, porque nunca es solamente dinero.
El dinero puede ser reconocimiento.
Puede ser permiso.
Puede ser poder para decidir.
Pero también puede ser culpa.
Mandato.
Temor a la ambición.
Obligación de cuidado.
Sacrificio silencioso.
Porque las relaciones económicas están profundamente sexuadas.
En palabras de Clara: Durante generaciones, el dinero fue culturalmente asignado al varón como símbolo de potencia y autoridad, mientras que a la mujer se le reservaba el territorio del altruismo, la entrega y la abnegación.
Reparto simbólico que no solo organizó la economía familiar o laboral: organizó también la subjetividad, moldeó aspiraciones, inhibiciones y temores.
Aprendimos a negociar nuestro lugar en el mundo de manera íntima, silenciosa y a veces contradictoria, inmersas entre el deseo de autonomía y la expectativa de cuidado; entre la ambición personal y la exigencia cultural de modestia; entre el éxito y la culpa. Fin de la cita
Durante siglos la experiencia de las mujeres fue narrada en voz baja. Fragmentada en confidencias. Encerrada en el territorio de lo privado. Como si lo que allí ocurría —en las cocinas, en los dormitorios, en las conversaciones nocturnas, en las dudas frente al dinero o frente al éxito— no formara parte también de la arquitectura del poder.
Clara descorre ese velo. Y al hacerlo revela algo fundamental: que en los gestos más cotidianos —pagar, pedir, administrar, ceder, negociar— se esconden las marcas de una historia larga de jerarquías y silencios.
Allí donde muchos discursos simplifican, ella observa. Donde otros acusan, ella pregunta. Donde el lenguaje social se vuelve abstracto, ella devuelve la palabra a la experiencia concreta de las mujeres: sus dilemas, sus ambivalencias, sus negociaciones en el mundo público y en sus propios laberintos interiores. Laberintos hechos de expectativas desmesuradas.
De culpa frente al deseo de autonomía.
De miedo al éxito.
De lealtades invisibles hacia modelos de feminidad heredados. Laberintos donde cada logro puede despertar también una pregunta íntima: ¿qué se pierde cuando se gana?
Por eso sus textos siguen siendo actuales.
Hemos avanzado mucho, es cierto. Pero la construcción de una identidad femenina verdaderamente libre de viejas ataduras sigue siendo, todavía, una tarea inconclusa. Las contradicciones persisten. No se refieren solo a la desigualdad visible. Habitan también en las zonas más íntimas de nuestras decisiones, en la forma en que aprendimos a desear, a elegir, a amar.
Clara formula preguntas que ya no pueden desoírse:
¿De qué manera aprendimos a desear lo que deseamos? ¿Qué precio tiene la autonomía? ¿Qué nuevas formas pueden tomar la reciprocidad, el reconocimiento, el poder compartido?
Sus libros no ofrecen fórmulas. No prometen soluciones simples. Nos invitan a algo más difícil: mirar sin miedo las estructuras invisibles que organizan nuestras vidas.
Porque solo cuando lo oculto se vuelve palabra comienza a abrirse la puerta de la libertad.
Y es justamente esa libertad —todavía incompleta, todavía en construcción— la que abre caminos que hace no tanto tiempo parecían impensables. Me refiero al lugar de los hombres.
Porque si el feminismo transformó la vida de las mujeres, también ha comenzado a transformar, silenciosamente, la experiencia masculina. Basta mirar alrededor.
Veo —y no puedo evitar mirarlo con ternura— a esos jóvenes padres que pasean a sus bebés por las plazas, cambian pañales, preparan mamaderas de madrugada, lavan platos, hacen las compras y recuerdan las citas con el pediatra. Escenas pequeñas, casi domésticas. Pero decididamente nuevas.
Durante generaciones la paternidad fue, en gran medida, una presencia declarativa: una autoridad distante, un proveedor, una figura que orbitaba alrededor del hogar sin habitar plenamente sus cuidados cotidianos. Hoy algo está cambiando. El nuevo lugar de las mujeres ha abierto para muchos hombres una experiencia distinta: la posibilidad de vivir la paternidad como una práctica concreta, afectiva, cotidiana. No solo como una identidad simbólica.
Y sin embargo, el cambio también tiene sus tensiones. Porque ellos, al igual que nosotras, han sido moldeados durante siglos por la misma cultura patriarcal. Y a veces, en algún rincón de la memoria emocional, todavía aparece la nostalgia de aquel tiempo en que la crianza y las tareas del hogar no formaban parte de su mundo. El tiempo en que bastaba con ocupar el lugar del proveedor.
También nosotras vivimos nuestras propias ambivalencias. Trabajamos, producimos, sostenemos económicamente nuestros hogares, tomamos decisiones con mayor autonomía que nunca. Y sin embargo, muchas veces seguimos cargando con las viejas exigencias del cuidado, con la culpa heredada, con la expectativa silenciosa de sostenerlo todo. Hemos avanzado mucho. Pero todavía falta.
El feminismo ha sido, sin duda, uno de los movimientos culturales más profundos de la historia contemporánea.
Cambió nuestras miradas.
Cambió nuestras palabras.
Cambió también las expectativas de los hombres.
Lo que durante siglos fue considerado “natural” —la autoridad masculina, la subordinación femenina— dejó de ser aceptable.
Pero todo gran movimiento histórico, cuando se expande, también atraviesa momentos de tensión, de radicalización, de confusión.
En algunos espacios el feminismo dejó de ser una conversación liberadora para convertirse en un territorio de trincheras. El lenguaje se endureció. Las consignas reemplazaron a las preguntas.
Y allí, en ese desplazamiento, a veces se pierde algo esencial: la vocación universal del feminismo. El feminismo que Clara Coria reivindica —y que atraviesa toda su obra— no es un feminismo de exclusiones ni de banderas partidarias. Es un feminismo profundamente humano.
Un feminismo que no deja a ninguna mujer afuera: ni a las que luchan por su autonomía económica en nuestras ciudades, ni a las que hoy sufren violencia brutal en distintas partes del mundo. Las mujeres violadas en conflictos armados en África. Las sometidas a regímenes religiosos que limitan su libertad. Las víctimas del terrorismo o de la violencia doméstica. La dignidad de las mujeres no admite fronteras ideológicas.
Cuando el feminismo se vuelve instrumento de disputas políticas o geopolíticas, corre el riesgo de olvidar su raíz más profunda: la defensa de la libertad y de la dignidad humana.
La periodista y pensadora Norma Morandini lo expresó con una claridad que vale la pena citar. Son “ismos” llenos de enojo y fanatismo con consignas que devaluaron las demandas genuinas. Confieso que tras haber luchado para que la ley garantice la paridad en la representación parlamentaria, y ver a las legisladoras insultar y gritar como si fueran varones violentos, me digo, “no era para esto, chicas”. En la lucha por recuperarnos de la inferioridad jerárquica a las que nos sometía el patriarcado, caímos en la trampa de definirnos por oposición a los hombres, lo que, otra vez, anula nuestra subjetividad como seres con derecho, con nuestros propios deseos y objetivos. Definirnos como lo contrario de los hombres nos desvaloriza y adicionalmente confirma que lo masculino es superior porque lo tomamos como referente y modelo. Fin de la cita
al hacerlo, sin querer, volvemos a tomar lo masculino como referencia.
Tal vez el desafío más profundo no sea oponernos, sino desprendernos. Encontrar nuestra propia voz. Reconocer nuestros deseos. Construir nuestras identidades sin necesitar el espejo permanente del antagonismo.
Hoy la masculinidad también está en cuestión. Aquello que parecía sólido se volvió incierto. Los modelos tradicionales se han resquebrajado, pero los nuevos todavía están en construcción.
El feminismo necesitó casi un siglo para instalarse culturalmente. Transformó las expectativas de las mujeres, pero también las de los hombres.
Y como suele ocurrir en los momentos de transición, aparecen reacciones pendulares.
A veces el machismo resurge con violencia.
Otras veces aparece su reflejo invertido: un discurso que desprecia todo lo masculino y responde a la opresión con una nueva forma de intolerancia.
Podríamos llamar a ese fenómeno hembrismo: la contracara simétrica del machismo.
Ambos comparten algo inquietante: la rigidez, la descalificación del otro, la imposibilidad del diálogo.
Y ambos, finalmente, terminan dañando a todos. A hombres y mujeres. A niños y niñas. A chicos y chicas que apenas están comenzando a comprender el mundo.
Tal vez el desafío de nuestra época sea
imaginar un feminismo que no necesite enemigos para existir. Y al mismo tiempo, acompañar el nacimiento de una nueva masculinidad: una forma de habitar la condición masculina sin culpas heredadas ni privilegios injustos.
Un masculinismo reivindicado y amigo del feminismo. Un masculinismo capaz de vivir la virilidad como experiencia humana y gozosa, no como dominio ni como defensa. El desafío no es reemplazar una jerarquía por otra, sino aprender a habitar la igualdad.
Como pueden ver, leer hoy los textos de Clara Coria —muchos de ellos escritos hace ya varios años— es abrir una conversación que todavía no ha terminado. Una conversación sobre dinero y amor. Sobre poder y dependencia. Sobre autonomía y vínculo. Sobre mujeres y hombres que buscan, cada uno a su manera, una forma más libre de habitar el mundo.
Porque transformar la realidad empieza siempre de la misma manera: alguien se atreve a decir en voz alta lo que durante mucho tiempo solo se había susurrado.
Alguien encuentra las palabras. Y cuando las palabras aparecen, algo cambia.
Lo que antes estaba oculto se vuelve visible.
Lo que parecía natural empieza a ser interrogado. Lo que parecía inevitable empieza a transformarse.
Eso es lo que hace Clara.
Nombrar es un gesto sencillo, pero a veces, ese gesto permite la transformación. Porque nombrar no es solo describir.
Nombrar es iluminar. Y a veces también es el primer paso de la libertad.
Diana Wang, marzo 2026