Los hijos del otro

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Si convivir en pareja ya es complicado, convivir en un segundo matrimonio donde hay hijos de matrimonios anteriores, lo es aún más.

En la pareja son dos, en la segunda pareja son varios porque se incluyen los hijos de uno y de otro, a veces conviviendo todo el tiempo, a veces entrando y saliendo. También vienen en el combo los ex, que no conviven en la nueva estructura pero, a modo de coro griego, son capaces tanto de corroer el mejor intento como de favorecer la vida de todos.

La inteligencia vincular requerida ahora se multiplica por cuatro y de ello depende la paz y la armonía. Estas nuevas estructuras familiares no tienen precedentes históricos ni estructuras culturales a las que recurrir, son nuevas y habrá que ir improvisando, inventando y construyendo a cada paso. Por eso es tan crucial que los participantes sean inteligentes y privilegien el bienestar de los hijos antes que sus reclamos, carencias, frustraciones y resentimientos.

Un segundo matrimonio con hijos del primero puede ser una especie de circo de tres pistas en el que van pasando varias cosas simultáneamente y abre la posibilidad a múltiples conflictos.

El apresuramiento no es una conducta favorable. El amor de la nueva pareja no basta para acomodar todo lo que requiere adaptación en la nueva estructura. Los hijos y los ex no participaron de la decisión y deben irla incorporando según cada uno pueda. Lo universal es que requiere tiempo, paciencia y comprensión hasta encontrar el modo y el espacio mejor para la convivencia de tantas personas.

Se establecen múltiples relaciones en una red que a veces es prolija y otra es un enredo complejo; relaciones con los hijos de uno que de pronto deben convivir con los hijos del otro, relaciones con los hijos del otro, ver el modo en que el otro se relaciona con sus hijos y con los nuestros, los distintos estilos, tiempos, hábitos. Para todos es algo nuevo y aparecerán rincones sombríos y situaciones que requieren resolución.

Escuchar y escucharse. No dar nada por hecho. Estar atentos a uno mismo y a cada uno de los participantes, ir negociando los lugares y espacios, tanto afectivos como físicos sin exigir ni forzar que se quieran como hermanos. Esto sucederá, si es que sucede, por sí solo con el paso del tiempo.

Recordemos que los hijos suelen creer que son los culpables del divorcio y que este sentimiento de culpa puede caer sobre la nueva pareja que representará ese fracaso y será en consecuencia la destinataria del resentimiento y el rencor. Es imprescindible informarles que no son los responsables y que no dejarán de ser queridos.

Los hijos del otro no son propios. La nueva pareja no será su mamá o papá. Aunque convivan, habrá tres campos: mamá y sus hijos, papá y sus hijos y todos juntos, y habrá que convenir reglas claras, transmitirlas a los hijos y asegurarse de que sean respetadas. Reglas acerca de espacios, tiempos y hábitos. ¿Cuando comemos lo hacemos todos juntos y hasta que no terminamos nadie se levanta? ¿Hay que tender la cama luego de despertarse? ¿Cómo es el uso del baño? ¿Cómo se distribuyen las camas? ¿Quién reta a quién? ¿Habrá horarios para el uso de los dispositivos digitales? Las mil y una cosa de todos los días. Los hijos sabrán que en la casa de antes sigue siendo de una manera y en la nueva es de otra, cada una con sus particulares reglas de funcionamiento.

¿Qué hacer con los hijos ingobernables, demandantes y maleducados que siembran minas explosivas a cada paso en el nuevo matrimonio? ¿Quién los instruirá en las nuevas reglas? Esto puede determinar malestar y peleas porque nunca debe hacerlo la nueva pareja.

Tampoco caer en la tentación de competir con los hijos del otro para asegurar su atención y cariño o pretender que nos quieran más que a su progenitor biológico.

¿Y cómo enfrentar a los ex cuando no respetan los convenios, cuando son vengativos y crueles? Si el divorcio ha sido complicado, si continúa con resentimientos pueden destruir los nidos mejor armados. Pueden usar a sus hijos como espías que llevan y traen informaciones, o temiendo perder y perderlos llenarlos de mentiras para que vean la maldad de la nueva pareja. Pueden no respetar lo convenido sobre los días, los horarios y modos de visitas y contacto, las vacaciones, los arreglos económicos, las responsabilidades (la escuela, los médicos, los trámites). Pueden abandonar a sus hijos cubiertos de odio por haber sido abandonados, dejar de hacerse cargo de los pagos necesarios incluso dejar de verlos como si el divorcio con su mujer incluyera el divorcio de sus hijos.

El amor en la pareja, el amor a los hijos, ambos igualmente fuertes, no lo puede todo. Habrá celos, envidias, enojos, inseguridades, temores, conductas irritantes hasta que las aguas se acomoden y las cosas se vayan asentando. La paciencia necesaria indica no apresurar los procesos ni forzarlos.

Estamos siendo protagonistas de un momento inédito en las relaciones familiares.Una transición entre lo que conocíamos y lo que estamos viviendo. Todo proceso requiere tiempo y, particularmente en éste, el desarrollo y entrenamiento de la inteligencia vincular que nos permita privilegiar el bienestar de todos en la nueva empresa en común. No todo es problema. Estas nuevas estructuras con hijos de uno y otro lado, pueden sumar riqueza y alegría a la nueva pareja que apuesta a intentarlo nuevamente.

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¿Separación o terapia de pareja?

Cuando la situación se vuelve insoportable por el monto del sufrimiento de las peleas, los desencuentros y las frustraciones, además de salidas drásticas que mejor no invocar, quedan dos: la separación y la terapia de pareja.

Foto: Pixabay

La separación es una alternativa que podría terminar con el sufrimiento de una vez y para siempre. Si la analogía fuera tener un clavo clavado en el dedo gordo del pie que te duele a cada paso, la separación sería como que te lo saquen con la esperanza de que, con el tiempo, el dedo vaya sanando y recuperes el paso ligero y normal otra vez.

Como parece ser la opción más efectiva, se deciden separaciones sin pensarlo mucho, como reacción al dolor y a la angustia, viendo solo el alivio momentáneo sin pensar en todo lo que se quiebra, todo lo que se rompe, la fractura que se abre tanto para cada miembro de la pareja como para quienes conviven con ellos y también sus familiares y amigos.

Una pareja que se separa, separa a mucha más gente de lo que al principio creían. Amigos compañeros de salidas, cuñados, conocidos, toda una red se agujerea por todas partes. Hay separaciones amigables y otras tortuosas. En ambas, la gente que los rodea siente que debe elegir a uno, aunque esto es mucho más evidente en las separaciones peleadas. Se rompen muchos lazos y cada uno debe aprender a reconstruirse con lo que queda. Recién después del alivio del principio todas estas cosas se ponen en evidencia. Por supuesto, no siempre es así. A veces una buena separación es el mejor recurso para seguir viviendo en paz, pero habría que decidirlo luego de probar si la pareja tiene arreglo, no antes.

La terapia de pareja es un recurso, a veces el último antes del cataclismo de la separación. Y aquí entramos nosotros, los terapeutas. Creo que es una de las áreas más complicadas en nuestra profesión. No se trata de hacer terapia, de "curar", porque no suele haber nadie con alguna patología que deba ser atendida. Se trata de mediar para que estas dos personas aprendan a convivir, es una especie de escuela o entrenamiento que normalmente no se tiene porque el imperativo social y cultural es que "el amor basta". Y resulta que no, no solo no basta, porque como comenté en una columna anterior, vaya uno a saber qué es esto del amor.

Y el desafío, la dificultad mayúscula que tenemos que enfrentar los terapeutas es que el pedido con el que viene cada uno es que cambiemos al otro. Ningún trabajo es posible, ninguna reflexión, ninguna comprensión será efectiva si no se trabaja antes este presupuesto catastrófico que nos ata las manos.

Y ni bien tengo la oportunidad, enuncio con títulos grandes y en negrita que LA GENTE NO CAMBIA. Claro que hay cambios que suceden pero hay aspectos personales, caracterológicos, familiares y genéticos que permanecen igual a lo largo de la vida. Lo que sí se puede cambiar es el aprendizaje de convivir con un otro que tiene otra CUIT, viene de otra cultura, de otro mundo, que es como es y que tampoco cambiará.

La única persona que puede cambiar en lo que el cambio es posible es uno mismo, uno es su propia posesión, uno es dueño de uno mismo, no así el otro.

Decían los mitos romanos que Júpiter nos impuso dos alforjas, una ante el pecho y la otra tras la espalda; la primera lleva los vicios ajenos y la segunda los propios, por eso nos es tan difícil ver los propios y tan fácil ver los ajenos. Por otra parte, uno vive como natural y universal como es uno y no advierte cuánto de uno irrita, hiere o incomoda al otro. Un otro que también cree que es natural y universal ser como es y que tampoco advierte cuánto irrita, hiere o nos incomoda.

Y, aunque la gente no cambia, hay un cambio que es posible pero exige el trabajo mayúsculo de mirar la alforja que cargamos tras la espalda y desnaturalizar nuestra conducta y ver cuánto de ella afecta y hiere las necesidades, las carencias y las expectativas del otro. En eso consiste la terapia de pareja. Lo dicho: no es fácil, pero muchas veces hace el milagro de que esa pareja de gladiadores se convierta en compinches que conviven en paz.