En julio de 1938, entre el 6 y el 14, el destino de los judíos fue sentenciado en un hotel de lujo. Meses antes de las cámaras de gas y años antes de la Solución Final, representantes de treinta y dos naciones y veinticuatro organizaciones voluntarias se reunieron en el Hotel Royal de Évian-les-Bains, Francia.
La conferencia fue convocada por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt. Fue él quien invitó al mundo a unirse para resolver la crisis de refugiados judíos que, luego de las leyes de Nuremberg de 1935 y la anexión de Austria en 1938, iban a consulados y embajadas buscando un lugar en el mundo donde ir. Pero ni siquiera el organizador estuvo dispuesto a dar ejemplo. A pesar de convocar la reunión, Estados Unidos no hizo nada para ayudar.
El entorno era impresionante. Las lámparas de araña eran de cristal, la mantelería blanca y la vista del lago Léman era serena.
Entre los diplomáticos, ataviados con sus elegantes trajes, había una mujer sentada en la galería de observación. Su nombre era Golda Meir representando al Yishuv, la comunidad judía en Palestina. Era una "observadora", no como delegada, viendo cómo el mundo decidía el destino de su pueblo. A la futura Primera Ministra de Israel, no se le permitió hablar. Debió permanecer en silencio mientras los delegados hablaban de "refugiados" (evitando la palabra "judío") con champán y aperitivos.
Fue una puesta a prueba de occidente que Adolf Hitler aprovechó inmediatamente cuestionando si el mundo, que sentía tanta compasión por “estos criminales” abriría sus puertas y para recibirlos. Ofreció con ironía, en un discurso público, embarcarlos en barcos de lujo.
Los delegados, durante los nueve días del encuentro, hablaron de derechos humanos y dignidad y expresaron su más "profunda compasión" pero luego, uno a uno, dijeron que no con excusas educadas, burocráticas y devastadoras.
El delegado australiano, T.W. White pronunció una frase que aún perdura en la historia: "Como no tenemos un problema racial real, no deseamos importar uno". La postura canadiense fue aún más fría. Cuando se le preguntó a un alto funcionario cuántos refugiados aceptaría Canadá, la respuesta fue: "Ninguno es demasiado". Estados Unidos y Gran Bretaña se negaron a liberar sus cuotas. Argumentaron razones como la "estabilidad económica" y la "cohesión social".
De treinta y dos países, solo uno —República Dominicana— ofreció aceptar a algunos, El resto del mundo simplemente abandonó el hotel y regresó a casa.
El periódico nazi tituló: "Nadie los quiere". Unos catorce meses después, estalló la guerra. Y aquí es donde se hace evidente el verdadero horror de Évian porque en ese momento, el nazismo no planeaba el exterminio sino que Alemania y Austria fueran Judenrein, "libres de judíos". Simplemente querían que se fueran. Pero las puertas de las naciones estaban cerradas. La trampa estaba armada. Pocos años después, se decidió el asesinato de la totalidad del pueblo judío. Legitimada la decisión en la conferencia de Wannsee de 1942, fue anticipada en el salón de un hotel donde Golda Meir no pudo hablar.
La Argentina, fue representada por Tomás Le Bretón, embajador argentino en Francia ex ministro de agricultura y ganadería que argumentó limitaciones económicas y agrarias que impedían el ingreso de inmigrantes.
Pero el colmo de la hipocresía fue que en los mismos días en que transcurría la conferencia, concretamente el 12 de julio, el canciller argentino José María Cantilo, envió a sus consulados y embajadas europeas la conocida como “Circular 11”, una directiva secreta que prohibía dar visas y permitir la emigración de los “indeseables”. Otra vez no se decía “judíos”, no hacia falta, cualquiera entendía a quiénes se refería.
Como dice una triste canción en idish: “¿Dónde puedo ir? ¿quién me lo puede decir? si todas las puertas están cerradas, el mundo es muy grande pero para nosotros en angosto y no hay lugar.”
En Europa nos decían ayer “vuelvan a Palestina” y ahora, que ya estamos allí, es “del rio hasta el mar”, o sea, fuera de allí. Otra vez no hay lugar que la judeofobia acepte como legítimo. Las palabras grandilocuentes sobre humanismo y derechos humanos naufragan ante semejantes evidencias de hipocresía, cálculo y odio.