De las cenizas a la Pampa

Conferencia para el Holocaust Museum

De las cenizas a la Pampa

Sobrevivientes judíos en Argentina. Contexto, migración y silencio. 

Introducción. ¡Perdoname hija, no sabía, creía que este era un lugar seguro, perdón que te traje aquí! sonaba la voz desesperada de mi mamá al teléfono aquel 18 de julio de 1994, hace 32 años. ¿Mamá, qué te pasa, por qué estás así, qué pasó? pregunté angustiada. Y me dijo la frase que fue un turning point en mi vida: ¡Bombardearon la AMIA, nos quieren matar otra vez!

Luego de los atentados: la Embajada de Israel (1994) y la sede de la AMIA (1994)

¿A quién quieren matar? ¿a mi? ¿quiénes? ¿por qué? y entonces entendí: a los judíos, éramos el target otra vez, ¿y por qué otra vez? y así completé el mensaje de mamá, sobreviviente de la shoá, que sentía que estaba volviendo a pasar.

Habíamos llegado a la Argentina en 1947. Yo nací en Polonia a poco de terminada la ocupación nazi donde estábamos y cumplí 2 años en Buenos Aires. ¿Qué era Argentina? ¿Por qué vinimos a este lejano y desconocido país?

Les cuento, lo que entonces no sabíamos pero que determinó que este pareciera ser un lugar acogedor y seguro. Ese lugar del mundo que desde Europa era tan desconocido es una tierra de riquezas insospechadas. 

ARGENTINA, CONTEXTO

A comienzos del siglo XX, era uno de los países más prósperos del mundo por su ingreso per cápita. Llamaban El “granero del mundo” al país y la “París de Sudamérica”a la ciudad de Buenos Aires.

Fue el destino elegido por millones de inmigrantes de España, Italia y Rusia. La educación primaria gratuita, obligatoria y laica puso a la Argentina en una posición de avanzada en América latina. 

Afiches de teatro en Idish en Buenos Aires



La comunidad judía era muy numerosa. Después de la II guerra superaba el medio millón de personas que habían desarrollado un rico mundo cultural con organizaciones mutuales, escuelas, cafés y teatros.

Multudinario acto nazi en el Luna Park, 1938

Pero el nazismo llegó con sus garras también a este sitio alejado del sur del planeta. El llamado milagro alemán subyugó a casi todos los países, también al nuestro. Varios grupos de políticos, militares, nacionalistas e integristas católicos tuvieron alguna actividad en período de  entre guerra y se sumaron a loar al nazismo. En 1938 se celebró el cumpleaños de Hitler en el mayor estadio deportivo que vio colmada su  asistencia, con las esvásticas y los brazos en alto, el mayor acto pro nazi fuera de Alemania. 

Frente a estas expresiones, la comunidad judía creó instituciones de defensa, solidaridad frente a la persecución europea y una importante red escolar judía en todo el país. 

A pesar de algunos focos de antisemitismo, la Argentina fue un destino privilegiado. Los más de 40000 austríacos y alemanes en los años treinta y más de 5000 sobrevivientes después del final de la guerra, encontraron en este país una vida judía floreciente, instituciones, clubes, escuelas, sinagogas, teatros, había barrios en los que se escuchaba hablar idish por las calles.   

El ingreso a la Argentina no fue fácil para todos. Algunos pudieron ingresar legalmente exhibiendo una llamada de algún familiar y otros, mis padres y yo, lo hicimos ilegalmente diciendo que éramos católicos. Contaré más adelante la historia de la prohibición a judíos.

Algunos ya contaban con familia en el país antes de 1939 y otros fueron acogidos por la comunidad organizada. Historias de dolor, pérdida y reconstrucción comenzaron a entrelazarse con la vida cotidiana. Las primeras narraciones compartidas en los fareins fueron pronto acalladas y guardadas en silencio. Algunos comenzaron a escribir sus historias, principalmente en idish. Otros volcaron sus memorias en los libros de recordación -Izkor Books- de regiones y ciudades de Europa Oriental.

En paralelo, la Argentina admitió el ingreso de unos 180 perpetradores nazis como Adolf Eichmann, Erich Priebke, Josef Schwammberger o Josef Mengele. Fue sustento de la imagen difundida de la Argentina como refugio de nazis, cuando fueron muchos los países que los recibieron, especialmente los EEUU y la Unión Soviética.

Argentina, como todos los países católicos tiene un antisemitismo basal que no es mayoritario pero que se expresa toda vez que las circunstancias lo estimulan. Algunos hitos fueron la captura de Eichmann, la Dictadura Militar, los atentados terroristas sobre la embajada de Israel y la Mutual Israelita, y ya más cerca, el pogrom de Hamas del pasado octubre 2023. 

ANTISEMITISMO

Eichmann fue capturado en 1960 y llevado a Israel clandestinamente para ser juzgado bajo la ley de 1950.

El secuestro generó tensión diplomática entre Israel y la Argentina que no estaba dispuesta a su extradición. Las protestas por la violación a la soberanía nacional fue un debate público que despertó el antisemitismo latente y comenzaron a acosar y violentar personas y espacios judíos. Frente a ello la comunidad judía organizada capacitó a jóvenes para su autodefensa. 

Durante la dictadura militar argentina (1976–1983) el antisemitismo se reveló principalmente de varias maneras. Si se trataba de un prisionero judío las prácticas represivas y las torturas eran más crueles y se acompañaban con referencias antijudías, cruces gamadas y discursos de Hitler. Uno de los casos más emblemáticos fue el del periodista Jacobo Timerman, quien logró sobrevivir a las torturas para luego contar su historia en Prisionero sin nombre, celda sin número, relato en el que narraba el carácter antisemita del gobierno militar. El segundo aspecto a señalar es que el número de desaparecidos judíos supera en diez veces la proporción de judíos entre la población argentina. Estos datos fueron revelados en el histórico juicio a las Juntas Militares, primera vez en el mundo  que un tribunal civil puso en el estrado a miembros de las fuerzas armadas. 

Movimiento Judío por los Derechos Humanos

Durante la dictadura, ante el terror reinante que sometió a la población al silencio, surgió el Movimiento Judío por los Derechos Humanos, liderado por el rabino Marshall Meyer, de origen norteamericano y el periodista Herman Schiller, uno de los pocos que se animó a manifestar públicamente en contra de la política dictatorial y represiva. 

Once años más tarde, en 1992, una bomba destruyó la embajada de Israel y en 1994 la AMIA, mutual israelita, ambas totalmente destruidas.  29 muertos en la primera, 85 en la segunda el mayor atentado sufrido por la comunidad judía después de la Shoá, superado hoy tristemente  por el pogrom de octubre. 

En 1994 se encontró y se pudo extraditar a Erich Priebke para ser juzgado en Italia por la masacre de las Fosas Ardeatinas.

Respuesta de la comunidad judía. Desde la década del sesenta  Sherit Hapleitá ofrecía un espacio para los sobrevivientes pero la destrucción de la AMIA que derrumbó los muros de su casa también derrumbó los muros que habían mantenido a los judíos en sus refugios endogámicos. Caídos los muros comenzamos a tener visibilidad, a manifestarnos, a hacer públicos los reclamos y exigencias. Surgieron varias organizaciones. 

Museo del Holocausto de Buenos Aires

Se creó el Museo del Holocausto con importantes exhibiciones, actividades docentes y educativas, publicaciones y actividades de difusión y enseñanza, entre ellas la participación de la Red LAES (Red Latino America para la Enseñanza del Holocausto).

El Centro Simón Wiesenthal, dedicado a la búsqueda de nazis en el mundo en la posguerra, decidió abrir en Buenos Aires su oficina para América Latina.

La Shoah Foundation de Steven Spielberg generó un interés muy grande en la convocatoria a los sobrevivientes que comenzaron a dar sus testimonios. Un grupo de los que habían sido niños escondidos, se conocían, se reunían, compartían sus historias y junto con sobrevivientes mayores y con hijos de sobrevivientes crearon Generaciones de la Shoá.

Ya en el siglo XXI se inauguró el Centro Ana Frank Argentina, con una réplica de la famosa casa de Holanda donde Ana Frank, su familia y otros judíos se escondieron durante el régimen nazi.

Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto

Todas estas organizaciones y actividades promovieron el interés y la participación del Estado argentino que adhirió en 2000 al Foro de Estocolmo que dio inicio a lo que es la IHRA International Holocaust Remembrance Alliance) organización internacional dedicada a la memoria del Holocausto. La presidencia durante 2006 es de la Argentina. La IHRA se reune en dos plenarios anuales para compartir avances en la educación, memoria e investigación sobre el HOlocausto. 

La UNESCO ha señalado a la Argentina como modelo regional en la enseñanza de la Shoá. El desafío hacia el futuro es claro: seguir recordando para prevenir, educar para transformar y honrar a las víctimas del Holocausto como parte esencial de la identidad democrática argentina.

El ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, la toma masiva de rehenes y la guerra que siguió no fueron simplemente otro episodio del conflicto en Medio Oriente. Fueron un punto de quiebre brutal que volvió a sacudir al mundo y reconfiguró de manera dramática el escenario del antisemitismo global. De pronto, lo que creíamos relegado a los libros de historia irrumpió con una violencia descarnada: estamos ante nuevas formas de odio que legitiman el antisemitismo y nos preguntamos ¿cómo responder? ¿cómo enfrentarlo? ¿qué posibilidad hay de que lo modifiquemos?

Así, la memoria de la Shoá deja de ser cosa del pasado aunque sabemos que honrarla no es suficiente, nos fuerza a encontrar nuevos recursos frente a un mundo que, una vez más, parece dispuesto a relativizar la barbarie.

Y como si la historia insistiera en mostrar sus hilos ocultos, los acontecimientos más recientes en Medio Oriente abren otro capítulo inquietante. Estamos viviendo el descabezamiento de la dirigencia iraní que tiene un aspecto de particular importancia para los argentinos porque varios de los ajusticiados responsables del atentado a la embajada de Israel y la AMIA estaban en las listas de Interpol hace décadas. La justicia argentina los buscó sin éxito y hoy se hizo justicia fuera de los tribunales. Estos hechos me enfrentan con la pregunta acerca de la legitimidad de la violencia cuando creo que los conflictos se deberían resolver mediante el diálogo y la negociación. Y me digo que, como durante el nazismo, cuando no se puede no se puede. No soy amiga del derramamiento de sangre pero debo aceptar que a veces es inevitable. La Torá nos prohíbe asesinar pero no matar, matar en defensa propia está permitido. 

El horizonte ético es nuestro mesías esperado y mi alma judía se ensombrece cuando no hay otra manera de enfrentar el ataque que con violencia. Recordar lo que pasó nos permite leer el presente y no permitir ni tolerar otro ataque, nunca más.

Contaré una historia personal respecto a la Argentina y el tema judío. Los sobrevivientes, una vez llegados a este nuevo destino, siguieron caminos diferentes. Algunos se reunían con los provenientes de sus pueblos o ciudades, otros, muy politizados, que se unieron al partido comunista o al bund socialista, los religiosos que se integraron a los ortodoxos o que fundaron organizaciones del judaísmo conservador y por último  los que  ocultaron su historia hasta para sus familiares. 

En casa el tema se encaraba con cautela. Temerosos de ser señalados como judíos, lo mantenían encapsulado sin que fuera algo de lo que se hablara. Nacida en Polonia, me habría correspondido el nombre de Debora como una hermana de mi mamá pero sonaba tan judío que les dio miedo marcarme de entrada con eso que tanto les había hecho sufrir. Eligieron llamarme Danuta, nombre bien católico, con la esperanza de que al menos eso me protegiera. Mis padres no eran religiosos de modo que no iban a una sinagoga ni respetaban ningún ritual judío. Vivíamos en un barrio de inmigrantes italianos y españoles, no tenía ninguna amiga judía ni participación alguna en la vida judía durante mi infancia. Hasta que pedí el vestido para tomar la primera comunión. Resulta que en aquellos años las clases de religión católica eran obligatorias en la escuela publica y yo las tomaba como el resto de mis compañeras. Me fascinaban las historias del catecismo y cuando a los 8 años empezaron los planes para la comunión, fui como las otras chicas a la iglesia cercana y allí me instruyeron para hacerla. Lo hacía secretamente, sin la aprobación de mis padres, algo me decía que eso no estaba bien para mi, pero no era claro. Entre las cosas que nos enseñaba el cura, estaba que los judíos eran malvados y que habían asesinado a Cristo. Yo no me daba por aludida porque no sabía que era judía. Pero cuando pedí el vestido escuché la terrible verdad: ¡no podía tomar la comunión porque era judía! ¿Yo? ¿Judía? ¿como los asesinos de Cristo? Nada de vestido, nada de comunión, la humillación me cubrió y me enojó profundamente.

Me prometí que mi condición no sería obstáculo alguno para nada en mi vida, que no tenía porqué hacer alarde de ello, que era un ciudadano del mundo, como cualquiera. No participé de ninguna organización judía ante lo cual mis padres, preocupados y temiendo que me enamorara y casara con un gentil, me enviaron a Israel en un ulpan a mis 18 años. No fue suficiente para mi conversión aunque me casé dos veces y ambas con judíos. Recién a los 50 años, cuando mamá me informó de la destrucción de la AMIA diciendo “nos quieren matar otra vez”. Ese “nos” me implicaba a mi, me devolvió a mi origen de un modo definitivo y total. A partir de entonces me asumí consciente y voluntariamente como judía, suelo decir que “me convertí”. 

Potada original de la Circular 11 (secreta)

Unos años después se hizo público un documento secreto emitido por el Foreign Office en 1938, la Circular 11,  prohibiendo a las embajadas en Europa otorgar visas a los judíos.

Fue por eso que al final de la guerra nos resultaba a todos tan difícil conseguir un destino adonde ir. Palestina bajo el mandato británico era arriesgado, USA, Canada, Australia tenían cupos, había que esperar años en los DP Camps para tener la posibilidad de ser admitidos. Los sobrevivientes debieron gestionar sus visas en aquellos países con oficiales venales que las otorgaban mediante sobornos. Así fue como mis padres consiguieron visas para Paraguay siempre y cuando se declararan católicos. Esa fue otra señal de que aún vivos después del horror debían ocultar su identidad en el nuevo país. Para llegar a Paraguay debìamos desembarcar en Buenos Aires lo que sucedió en 1947 y nos quedamos como ilegales y acogidos por conocidos de mis padres. Dos años después, en 1949, el gobierno de Perón decretó una amnistía y todos los que habíamos entrado ilegalmente pudimos regularizar nuestra situación y tener los documentos necesarios. Tuve la fortuna de ser invitada por el gobierno nacional el día que la desdichada Circular 11 fue derogada en 2005, 67 años después de su emisión. 

EL SILENCIO

Cuando los sobrevivientes llegaron quisieron hablar, compartir su historia, recibir el abrazo empático de sus conocidos pero eso no fue así. Los oídos todavía no podían escuchar semejantes espantos. Se los acusaba de exagerar porque era inconcebible lo que contaban, no era posible. Algunos fueron mirados con sospecha por haber sobrevivido lo que sumó una horrible acusación a la memoria de lo vivido. Los relatos fueron disminuyendo hasta que se silenciaron con un dique protector que permitía que se desarrollara una vida normal. El secuestro y el juicio en Israel a Adolf Eichmann en 1960 abrió una brecha en el muro del silencio. Fue un acontecimiento mundial que puso a los sobrevivientes en el centro del debate. Fueron llamados a testificar y por primera vez después de terminada la guerra se conocieron caras e historias que se difundieron por todo el mundo. Fueron visibles por primera vez y de modo positivo. Parecía que todos contarían lo que habían pasado pero fue falsa alarma, luego del ajusticiamiento de Eichmann se cerró el silencio nuevamente. 18 años después, en 1978, la serie norteamericana “Holocausto” con la historia de los Weiss, una familia alemana, gente de la cultura bien diferente del estereotipo antisemita del judío “cobarde y pasivo”, hit mundial pero tampoco alcanzó. Fue otra llamarada que se apagó pronto. Siguieron callando. 

Todo cambió en los noventa con “La lista de Schindler” de Steven Spielberg y el proyecto de toma de testimonios de la Shoah Foundation. El mundo estaba listo para escuchar a los sobrevivientes, ya podían volverse visibles y encarar su memoria. Lástima que mis padres ya no estaban, que no pudieron vivir este renacimiento dignificador y no tuvieron la oportunidad de contar.

Luego de lo que llamé mi “conversión” me uní a otros hijos de sobrevivientes en búsqueda de las razones del silencio, de ese silencio que me había acompañado toda la vida. 

El escritor Jorge Semprún publicó sus memorias en Buchenwald en 1994 “La escritura o la vida” (1994) (Literature or Life). Decía allí que no había podido escribir lo vivido hasta mucho después porque sumergirse en aquel barro pegajoso le impediría seguir viviendo. Cuatro décadas necesitó para ponerse en contacto con aquello sin temer que esos recuerdos dolorosamente adheridos le impidieran vivir. Por eso su dramática opción era escribirlo o vivir. Dice que el silencio que eligió fue un recurso protector que le permitió seguir viviendo. Me pregunté  si no habrá sido similar para otros sobrevivientes.

Unos años más tarde, en 2008 la publicación de “Les enfants du silence et de la reconstruction” (2008) Dominique Frischer”, propuso la idea de que no solo el silencio no fue patológico sino que fue estructurante y esencial para que los sobrevivientes pudieran recuperarse y reconstruirse.

Dice, y la cito: “Recién cuando el sobreviviente siente que el pasado ha quedado atrás, cuando los pasos dados a posteriori lo tranquilizan porque todo ha seguido bien es cuando, paradójicamente, puede ponerse en contacto con lo vivido, mirar hacia atrás y comenzar a hablar”. 

Es decir, no solo el silencio había sido protector como decía Semprun sino también posibilitador y estructurante según la hipótesis de Frischer. Esta idea era armónica con mi propia historia y la vida que desarrollaron mis padres y yo misma. Una vida de desarrollos familiares, personales, profesionales, una vida plena en la que el Holocausto parecía no tener lugar. Y me hice la pregunta de por qué esto había sido así, sabiendo que no se trataba de negación ni de ningún otro rasgo psicopatológico. 

Descubrí que este silencio de décadas no era solo de los sobrevivientes de la Shoá. Que también está en los sobrevivientes sudafricanos, los de la masacre de Ruanda, los de la guerra de Argelia, los de las limpiezas étnicas en los Balcanes, los de Malvinas y de la dictadura argentina y la chilena, la uruguaya, la brasilera, los sobrevivientes del genocidio armenio. Para todos hizo falta tiempo para contar. ¿Tiempo para qué? Y entonces entendí.

 La prisión sin causa, la persecución, tortura y el asesinato programado en manos de quien gobierna, quiebra la confianza básica que sostiene la vida en sociedad. Si quien se comprometió a cuidar es el que persigue y mata, se fragmenta el piso sobre el que se está parado, es un sálvese quien pueda sin una estructura que sostenga ni proteja. Cuando nos tenemos que cuidar de quien nos tiene que cuidar ¿cuáles son los parámetros a los que ajustarse? El mapa pre-existente deja de ser válido, se pierden los puntos de referencia. Ya no sabemos a qué atenernos, en quien confiar, dónde ir, cómo comportarnos. Si el Estado nos designa como sus enemigos somos parte del “enemigo interno” ese “uno entre nosotros” a perseguir, detener y extirpar, quedamos fuera de la ley. La confianza queda herida de muerte. El ataque del Estado corroe la legalidad que sustenta la convivencia, ataca la comunalidad, la vida gregaria, al contexto social imprescindible sobre el que construimos nuestra subjetividad. Volver la vista atrás amenaza con despertar los fantasmas, con perder pie y resbalar en excrecencias y restos sociales pringosos. Y se pone toda la energía en la reconstrucción de la confianza perdida y el sobreviviente apuesta -¿qué alternativa tiene?- a esta sociedad que hace un instante lo había traicionado. Es que si no confía no puede seguir viviendo. ¿Cómo hacerlo cuando la vivencia de traición sigue viva? Tiempo, hace falta tiempo para ir restableciendo los indicadores de que la sociedad va recuperando su cordura, que vuelve el mundo de reglas previsibles en el que se estará a  salvo. Recuperar esa confianza es, y eso es lo que hemos aprendido de los sobrevivientes de la Shoá y de los otros genocidios del siglo XX, una construcción personal y colectiva que no sucede de la noche a la mañana. ¿Y cómo se recupera esa confianza? Pues viviendo, armando una familia, pudiendo desarrollarse personalmente, estudiando, trabajando construyendo un futuro, viendo crecer a los nietos. Recién entonces, varias décadas después, el piso quebrado pudo unir sus fragmentos y volver a sentirse sólido y recién entonces, se pudo hablar. 


Termino con un poema que escribimos con Aida Ender, hija de sobrevivientes como yo.

Cada senda es un inicio. 

Nosotros, los que sobrevivimos

Los expoliados, aislados y marcados

Los encerrados, violados y denigrados

Sabemos, lo sabemos bien, que ninguna senda es la final

Estuvimos en el lodazal del infierno

En la oscuridad, el terror y la tormenta 

Aprendimos que aquella senda no era la final

Emergimos del hambre, del frío y el horror

Del tifus, la humillación y la vergüenza

Soñando un árbol lleno de pan

Y que esa senda no fuera la final

Somos los escapados, los escondidos 

Los afortunados, los rescatados, los salvados

Y gritamos a voz en cuello ¡no hay una senda final!

Somos los que cambiaron sus nombres

Los que lucharon en los bosques 

Los que, emergidos de entre escombros y desconcierto 

Confirmaron que esa senda no había sido la final

Con recuerdos, marcas y lágrimas aún vivas

Caminamos vías, calles y caminos

Entre muros derrumbados bajo cielos de plomo 

Los ojos bien abiertos en cada senda. ¡Ninguna fue final!

De la tierra, húmeda tras el vendaval, nacieron nuevos brotes

Hojas y frutos cubrieron los árboles heridos

Germinaron semillas, bravas e incontenibles 

Puestos de pie, reconstruidos, desafiantes

Seguimos caminando, no paramos de andar 

Lloramos nuestros muertos, está prohibido olvidar

Los que nos siguen abrazan nuestro legado

Ahondan nuestras huellas, llevan la memoria detrás

En la mira el horizonte abierto, todo promesa, todo concierto

Porque cada senda es nueva y ninguna es la final

Somos los que sobrevivimos y los que nacimos después

Nos bebemos la vida medida por medida

¡Ni aquella senda, ni ésta, ni ninguna, será la final!

Cada senda es un inicio y habrá otras, muchas más

¡El pueblo judío vive! ¡Estamos acá! 

¡Mir Zainen Do!  ¡Am Israel Jai!