Para seducir a una mujer

Tute lo dice bien claro.

Tute lo dice bien claro.

Hay gente que cree que seducir a un hombre es de lo más fácil, que son seres que se derriten ante la admiración, la oferta sexual sin condiciones y una buena comida. En cualquier orden. Dicen que no requiere mucha ciencia, ni habilidades particulares, tan solo satisfacer esos tres requerimientos. Agregan que no hace falta que sea sincero, basta con hacerlo y el macho satisfecho se disolverá en placer y gratitud.

Pero parece que no pasa lo mismo con las mujeres. ¿Qué precisa una mujer para dejarse seducir lo que la lleve a admirar, entregarse y dar de comer (en cualquier orden)?

No es para nada un misterio. Y ya me anticipo a las críticas de género, a las atribuciones y estereotipos, a los prejuicios y a todo lo que pudiera generar esta columna.

Obviamente no todos somos iguales. No todos los hombres se rinden ante la admiración, el sexo y la comida. Ni tampoco todas las mujeres son seducibles con las conductas que propongo. Pero sí muchos y muchas y también muches. A eses les hablo, a les que bajo la delgada cáscara de cultura y civilización guardan casi intactas las conductas y las expectativas del tiempo de las cavernas en ese núcleo ubicado en la amígdala, ahí abajito del cerebro. Para las redes neuro-hormonales que aseguran la continuidad de la especie humana seguimos siendo unos seres primitivos que a la hora del miedo y la angustia, del cansancio y la ansiedad, de la incertidumbre y el vacío necesitamos el mismo contacto piel a piel, el olor y la tibieza, la gratificación del alimento y el sexo que aquieten las turbulencias con un otro cariñoso que nos apapache.

El cavernícola salía de cacería, tenía que ser hábil en la búsqueda del mamut y traer la carne a la cueva para alimentar a las mujeres y la cría. Volvía cansado y esperaba el aplauso agradecido, el sexo generoso y la comida reconfortante. La mujer había quedado cuidando el fuego y había desarrollado una percepción de 360 grados atenta a los predadores, en un brazo el último bebé que amamantaba, con el otro revolvía la olla comunal y con varios brazos más para atender a alguna compañera enferma o parturienta y a los niños que había alrededor, que eran de todas. Mientras el cavernícola se focalizaba en la habilidad caceril la mujer debía ser multitasking, tejía y cuidaba la red, escuchaba y oía, recordaba y atendía, se preocupaba por todo el entorno e iba resolviendo las mil y una cosas de la vida cotidiana. Venía el cavernícola esperando el aplauso y se encontraba con una mujer sudorosa, cansada y harta de tener que desenvolverse como si tuviera cuatro o cinco manos. Pero la que se sobreponía y lo recibía con admiración, sexo y comida, era premiada y preñada con más frecuencia, tenía más hijos y esa característica se fue transmitiendo generación a generación.

¿Cuánto de esta escena primitiva sigue estando vigente? Incluso con la nueva mujer, la que trabaja fuera del hogar y que cuando regresa a casa vuelve a ubicarse como aquel ser primitivo que se ocupaba de la cría, de espantar a los predadores y de mantener el fuego encendido?

Sigue siendo un imperativo biológico que la cultura no ha podido, todavía, desenredar. Las mujeres seguimos siendo, muchas veces todavía, las responsables del “reino del hogar” mientras que los hombres siguen siendo, paralelamente, los responsables de la “provisión del alimento”.

Ese núcleo que persiste y que no ha podido ser disuelto por la cultura, es el punto que debemos atender a la hora de la seducción.

¿Para qué es preciso seducir? Etimológicamente significa conducir a alguien por un camino que a uno le conviene. Seducir nos permite, luego, que el otro se conduzca de alguna manera que nos resulta necesaria. Cada uno de nosotros tiene necesidades particulares, ve el mundo desde su propia lente y no siempre puede adivinar las necesidades del otro y querer satisfacerlas si no están satisfechas las propias. Es preciso seducir para que el otro desee satisfacernos. Así de simple. No queremos que lo haga forzado o por conveniencia sino que lo desee, que lo haga de verdad, que nos quiera satisfacer porque le hace feliz. Abandonemos la falsa pretensión de que lo hará por las suyas, que adivinará, que gustoso hará todo lo que estamos esperando que haga. Mal que nos pese, deberemos tener la habilidad de despertarle el deseo de satisfacernos y de que lo haga con gusto y placer. Es preciso seducir.

¿Qué necesita la mujer del cavernícola cuando vuelve a la cueva para aplaudirlo, darle de comer y entregarse sexualmente? Necesita que le muestre, sin ninguna duda, que de entre todas las mujeres que están allí, ella es su elegida, que no hay otra. Necesita estar convencida de que la ve hermosa, que su perfume lo embriaga y que su presencia ilumina su vida porque sin ella no puede vivir. Como dice cualquier bolero. Que es imprescindible, única, lo más importante en su vida. Eso es lo que toda mujer espera sentir de su otro y la llave que abre el cofre del tesoro. Si el cavernícola hambriento y cansado entra y ni la mira ni la ve, si se aferra al control remoto de la tele y si protesta porque no encuentra lo que espera encontrar en su lugar, la mujer va cerrando lo que pudiera haber tenido abierto, se desanima, se desilusiona, se fastidia, se entristece y se va. Aunque esté ahí, se va. Cualquier expectativa anterior se disuelve y solo queda el hastío, la soledad y el enojo. Si no se siente buscada, requerida, valorada, apreciada ni necesitada, si es tratada como un mueble que, como siempre está, no hace falta mencionarlo, se transforma en un mueble, se seca, se vacía, se enfría y pierde humanidad. No hay nada peor que sentirse un elemento cotidiano, sobreentendido, que está ahí porque está y no porque es necesario.

Así que, entrañable y tierno cavernícola, nada se consigue sin trabajo (ya escucho tu “uf”). Si querés aplauso-sexo-comida acordate que para ella es central sentir que te es imprescindible, que se lo digas, que se lo muestres, que te lo creas, que la entronices en el centro de tu vida como si sin ella fueras a marchitarte. Para seducir a tu otro, mujer o quien asume ese género, no la des por dada, no creas que una vez que la conquistaste terminó y la tenés para siempre. Necesita saber que la seguís eligiendo, que de entre todas las mujeres del mundo, ella es la tuya, con la que querés estar, la que te da alegría y paz.

Los vínculos necesitas de riego y nutrientes para que se mantengan vivos y vibrantes. Tanto hombres como mujeres los precisamos. Ese gesto que te diga que sos vos, solo vos, que te miren con la sonrisa del gusto de verte, nada más ni nada menos… no dar por sentado nada, siempre es preciso mostrarlo. La naturaleza humana es tan frágil y somos tan vulnerables que si no nos lo aseguran todo el tiempo, tememos que nuestro otro desaparezca, que nos abandone y que nos hundamos en la fatal, temida y oscura soledad.

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/para-seducir-mujer-nid2242870


Machismo en la dirigencia comunitaria

Hay un grupo de mujeres jóvenes que trabajan como staff o voluntarias en diferentes organizaciones judías, que están queriendo conmover la sólida estructura machista de nuestra dirigencia y entrar a jugar con pleno derecho. Es interesante y muy alentador. Nosotras -junto con Aida y Susy entre otras- lo intentamos hace un tiempo, ahora les toca a las más jóvenes, con entusiasmos renovados. Están intercambiando correos y comparto ahora uno que envió Patricia Kahane y el comentario que me estimuló. 

De Patricia: ... me entusiasma que tomen la posta de un tema de absoluta relevancia y completamente relegado al interior de la vida comunitaria institucional. Es un camino arduo el que esta por delante. Nuestra comunidad es profundamente machista en sus practicas, y ni que hablar en sus modos de liderazgo, y esta es una modalidad diria q bastante aceptada x todos sus miembros. Se cruzan todo tipo de cuestiones, que incluyen desde temas religiosos hasta cuestiones de clase. Tema largo.

Mi comentario: Tus palabras me hicieron acordar de una experiencia -entre tantas, todas iguales- que viví en septiembre de 2016 en un brindis de Rosh Hashaná en el que la municipalidad de Vicente López invitó a toda la dirigencia judía y la crème de la crème paisana. 

Éramos un puñadito de mujeres desperdigadas por ahí, poquitas. El número de señores ganaba por afano.

Me acerqué a un grupo de hombres, los conocidos de siempre, que veía conversando animadamente, riendo, satisfechos y rebosantes. Cuando estuve dentro del círculo invisible que habían conformado, dejaron de hablar, me saludaron cordial y hasta cariñosamente, pero hicieron una especie de vacío energético claramente expulsivo hacia mí. Como si mi presencia impidiera que siguieran en lo que estaban -¿minas? ¿negocios? ¿fútbol? ¿chimentos comunitarios? ¿chistes subidos de tono?-. 

¿En qué estaban que mi presencia les incomodaba o interfería tanto? 

Tal vez en nada en particular. Tal vez el solo hecho de ser mujer descuajeringaba la conversa y les era incómodo. 

Como si ante mi habría que hablar de recetas o nietos. 

Como si la testosterona que derramaban a raudales de pronto cortaba el chorro potente cuando una mujer estaba cerca, al revés de lo que uno podría suponer. 

O peor aún, como si la presencia de una mujer pusiera en peligro el statu quo -otra vez: ¿cuál?- y los llevaba a perder espontaneidad.

Por supuesto que no me detuve más que unos instantes y me di vuelta oronda como si no me importara. 

Pero me importaba. 

Y me enojaba. 

Brindando con el intendente Jorge Macri

Brindando con el intendente Jorge Macri

Porque cada uno de los que estaba en esa ronda había tenido conversaciones personales e institucionales conmigo y me habían tratado con deferencia, amistad y consideración. Algo pasaba cuando se juntaban, como si el escenario fuera el vestuario del club con los tipos charlando en bolas, sacándose los mocos o tirándose pedos haciendo reír a los demás. 

Como si fueran un grupo de púberes asustados de su rendimiento sexual que, para sentirse mejor, se burlan de las mujeres, les bajan el precio y se potencian entre ellos con golpes en el pecho y alaridos guturales. 

Uf, me pianté para el lado de las cavernas. Por ahí es ese resto neurobiológico que sigue sin evolucionar y los hombres, cuando se vuelven dirigentes o figurones o figuretis, recuperan aquella condición ancestral y blanden sus herramientas -dinero, panza, pito, posición social, poder- con aire de vencedores. Y las mujeres no tendríamos nada que hacer ahí.

Darthés es más que Darthés

https://www.google.com.uy/search?q=violaci%C3%B3n+abuso+sexual+acoso&rlz=1CASMAI_enUS824US824&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwiVk7Cm6Z_fAhVBhpAKHZAKDhwQ_AUIDigB&biw=1300&bih=573#imgrc=_z1pqP9FwEOokM:

De pronto el dique explotó. Siglos de vidas femeninas fueron haciendo de las memorias de los abusos sexuales un océano profundo e inconmensurable que ahora derrama de manera incontenible relatos, angustias y memorias secretas, humillantes y avergonzadas.

¿Qué mujer no ha tenido en el transcurso de su vida un momento o un hecho de abuso que guarda como recuerdo emponzoñado? El “mirá cómo me pongo” es un cachetazo a la sociedad porque permite que comience a asomar la falaz naturalización del abuso.

El cuerpo de la mujer, endiosado como portador de nueva vida, también estuvo teñido de sexo y pecado. Solo cuerpo, cuerpo sagrado cuando gestante y amamantante, cuerpo pecaminoso cuando deseante y provocador, cuerpo culpable. Ellas y sus pechos turgentes, sus caderas rotundas, sus cinturas voluptuosas, sus piernas abrazantes, sus ojos hechiceros, ellas ofrecen, ellas buscan, ellas piden. Nublan la voluntad y encienden el deseo. Son diabólicas. El canto de sirenas femenino atrae de manera hipnótica y los hombres van tras ellas atontados, atrapados en sus redes seductoras y privados de voluntad.

Las mujeres también lo creíamos. Por eso ante el abuso, el acoso o la violación nos sentíamos oscuramente culpables, temíamos haber hecho algo para encender el deseo de ese pobre hombre que no había podido contenerse. No sabíamos qué pero por las dudas callábamos como si fuera una evidencia más de nuestra “natural” culpabilidad.

“Ni una más”, “me too”, “mirá cómo me pongo” son consignas desgarradas que se gritan colectivamente, fuego en los ojos, rabia acumulada vuelta alarido. Cuando el péndulo del silencio, tantos siglos frenado, se destraba, salta con violencia y rebota en el extremo opuesto. Los primeros casos son los paradigmáticos. Weinstein y Darthés son los primeros receptores de aquella rabia, aquella mordaza, aquella humillación cuando no hay más vergüenza y un colectivo de mujeres se anima a decir “a mí también me pasó, yo también me sentí culpable sin saber por qué,  yo también lo callé con vergüenza”.

No me gustan los escraches ni el escarnio público de nadie, pero sé que el péndulo liberado salta con un resorte que lo impulsa sin freno. Habrá que aguantar el embate. La denuncia y la exposición son inevitables porque Weinstein y Darthés son más que Weinstein y Darthés. Además de lo que hicieron, representan a todos los hombres que nos miraron con lascivia, que nos sobaron y toquetearon, que nos vendieron y compraron como cuerpos sin derecho ni voluntad, que nos golpearon, que nos violaron, que nos castigaron y asesinaron.

Llegará un tiempo de temperancia cuando la rabia tenga un cauce socialmente aceptado y el abuso sea vivido como delito. Se abren nuevas conversaciones para mujeres, para hombres y entre mujeres y hombres.



Publicado en La Nación






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