temas pareja

¡¿Había que pagar matrícula?!

¡Gracias Tute!

¡Gracias Tute!

Te enamoraste. Son el uno para el otro. Deciden convivir confiados en que la vida juntos será un vergel florido, el clima siempre templado, no habrá tormentas y si las hubiera serán pasajeras, cada mañana un nuevo renacer y cada noche los encontrará ardiendo en deseos y maravillados de saberse juntos. 

Ponele unos violines de fondo, claro. 

Empezamos la aventura de la convivencia con las mejores intenciones y la ignorancia más absoluta de quienes somos, de quién es nuestro otro y de los vericuetos y escollos de la vida cotidiana. Embriagados con la romántica idea de que el amor todo lo puede y que el deseo arrollador limará cualquier aspereza, nos arrojamos a la convivencia poco preparados para lo que se viene. No solemos acordar un contrato que especifique las condiciones y las expectativas, lo que cada uno ofrece y necesita. Pero antes que eso, hay una matrícula básica que todos debemos pagar como precondición si queremos evitar el naufragio con su tendal de heridos y el sabor amargo de la derrota.

La matrícula son tres promesas vitalicias: 

  • no intentaré que cambies

  • no entenderé todo como “me lo hacés a mí” 

  • no esperaré que adivines 

NO INTENTARÉ QUE CAMBIES. Sabías que había cosas que tendrían que ser diferentes pero creíste que la fuerza del amor lo haría posible.Tanto bolero y película romántica te convenció de que se podía. Pero a poco de convivir, empiezan los tironeos, los forcejeos para que tu pareja haga lo que querés o deje de hacer lo que no querés. Las diferencias del principio no son ya simpáticas, se vuelven obstáculos que crecen en la proporción inversa a la pasión. Si convivís con alguien ya habrás hecho intentos para que tu otro no sea como es sino como querés o necesitás que sea y los que hizo tu otro para cambiarte a vos. Y sabés del daño, el dolor y la frustración consecuentes. Nadie puede cambiar a nadie. Sentirte obligado a no ser quien sos te hace sentir no respetado ni considerado y genera un profundo resentimiento que mina la convivencia.

NO ME LO HACÉS A MI. Cada uno es como es. Cada uno hace lo que puede, incluso me atrevo  a decir que hace lo más que puede. Con la esperanza de constituir una pareja ideal, cuando lo que esperás no sucede una vez, cuando no sucede otra y empezás a darte cuenta de que no sucederá, cuestionás el amor y la bondad del otro. Si no hace lo que SABE que necesitás, debe ser a propósito, porque no quiere, por pura maldad. Sin embargo en casi todos los casos, está muy lejos de ser así. No somos el centro del mundo de nadie, no somos tan importantes. Veámonos con nuestras necesidades y carencias, nuestras facilidades y dificultades y veamos a nuestro otro con las suyas. 

Repito, cada uno hace lo que puede y no siempre lo que tu otro haga es a propósito, no te lo hace a vos. Verlo así te permite ver al otro como otro, te libera de la queja, del reclamo y la acusación y si tu otro no te hace bien, te permite revisarlo, buscar otra persona y dejar de esperar de quien no tiene o no puede. 

NO ESPERARÉ A QUE ADIVINES. Si necesitás algo, pedilo. Los adivinos y videntes adivinan, las personas comunes no. Vivimos inmersos en nosotros mismos, habitando nuestras burbujas y sin dotes adivinatorias, sobreviviendo lo mejor que podemos. Nuestro otro está igual que nosotros. Si no decimos claramente lo que queremos, si no nos bajamos de la torre narcisista de creernos el centro del mundo, el otro puede no estar enterado de qué nos hace falta. Esperamos lo que suponemos que SABE y cuando no llega, nos quejamos o acusamos. Y el otro, que estaba en otra, no entiende nada y se siente atacado injustamente. Tal vez si hubiera sabido podría haberte satisfecho. En lugar de esperar que adivine como perversa prueba de amor, es más realista, económico y efectivo pedir.

Dos personas conviviendo son dos culturas, dos estilos y modos familiares, dos engramas biológico-sociales diferentes. No nacimos el uno para el otro, no somos la media naranja de nadie. ¡Cuánto daño nos han hecho estos mitos con sus irreales expectativas de felicidad! ¡Qué dura la caída desde semejante ilusión cuando advertimos que ese otro puede ser frágil, vulnerable, imperfecto, necesitado igual que nosotros y que no solo no nos da lo que esperábamos sino que encima nos reclama que a nuestra vez no le demos lo que espera! Conocer lo posible nos ahorra mucha desdicha porque esperar lo imposible es garantía segura de infelicidad. 


La matrícula es obligatoria como el cinturón de seguridad. Pagarla permitirá convenir el contrato -reglas, condiciones, derechos, prohibiciones- para protegernos en caso de los accidentes de la vida y para que la convivencia sea amable, respetuosa y amorosa. Va de nuevo: 


  • no intentaré cambiar al otro 

  • no creeré que todo “me lo hace a mí” 

  • no esperaré que adivine, pediré 


Publicado en LN el 22 de octubre 2019 como “Los costos de una relación”.


En una pelea nadie gana

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Una de las cosas más desgastantes de la convivencia son las peleas. Y para pelear, como para el tango, hacen falta dos.

¿Qué dispara una pelea? Casi siempre una conducta, gesto o comunicación, que hiere a quien lo recibe. No siempre el emisor lo hizo con ese propósito pero una vez que el receptor la ha recibido de ese modo ya no hay vuelta atrás. Las alternativas se abren en las elecciones que tenemos luego de eso. Si reaccionamos a lo que vivimos como un ataque con un contra ataque, la avalancha que sigue suele ser imparable.

Desprecios, críticas, burlas y órdenes son ataques, explícitos o disfrazados, que una piel sensible recibe y ante la que, rápidamente, reacciona en un reflejo que va de la piel a la boca y se responde con una agresión similar o más fuerte. Es casi automático, pre-reflexivo.

Cuando el otro habla enarbolando el dedo acusador, la mirada punzante, el juicio severo, ¿no se puede hacer otra cosa que recurrir a la respuesta de stock habitual y contraatacar?

Veamos la cosa un poco más de cerca. ¿qué nos pasa cuando recibimos una tal conducta o comunicación? Sentimos que nos dicen que no servimos y que no nos quieren, nos vemos reflejados en el espejo de la mirada del otro de la peor manera posible. Lo que es insoportable.

La burla, el desprecio, la crítica, la demanda, el reclamo tienen varias implicaciones en la vida de relación. Nos encierran en un sitio del que todos queremos escapar porque nos espanta vernos no valorados por el otro, o dañinos o, mucho peor, que no le importamos y que podría prescindir de nosotros. No nos gusta ese otro que se cree con derecho a opinar sobre nuestra conducta, a juzgarla, a subir o bajar el dedo de lo que está bien o lo que está mal. Su conducta lo ubica en una posición superior y si lo aceptamos y confirmamos, nos sometemos a esta estructura jerárquica en la que seremos, fatalmente, inferiores. Curiosamente, si contra atacamos, confirmamos la legitimidad del ataque recibido y nos declaramos inferiores.

Nadie acepta de buen grado que le señalen sus falencias, sus errores, sus incapacidades, sus dudas y vulnerabilidades. Tampoco que un otro se proponga como Master o Decálogo de lo que está bien hablando con el dedo enhiesto de la verdad revelada  y lo deje a uno como incapacitado, egoísta, ignorante, estúpido o mala persona. La reacción espontánea ante un semejante ataque es la misma reacción de cualquier mamífero: sometimiento, contraataque o huída. El sometimiento o la huida pueden ser estratégicamente útiles pero también pueden ser un no animarse, un no saber qué hacer, una postergación del conflicto que tarde o temprano explotará de manera arrasadora porque la bronca se acumula, se rumia y es altamente tóxica.

El contraataque (con burla, desprecio, juicio, crítica) abre una escalada violenta, es una respuesta que acepta la propuesta bélica. Quien responde al insulto con un insulto se ha sometido al escenario propuesto por el otro, al entrar en la batalla acepta su inferioridad. Una batalla en la que quien grite más fuerte o quien sea más hábil en la esgrima verbal o en los golpes cuando se llega a eso, supuestamente saldrá ganando. 

Pero nadie gana, En las guerras, en todas las guerras, todos pierden. Entre dos personas, en el contexto de una pareja las consecuencias son harto evidentes. El que atacó mejor o más fuerte y el que se quedó rumiando su resentimiento, los dos quedan mal y respiran un clima enrarecido que  a veces dura mucho tiempo en disiparse. Los efectos comprometen la condición física con taquicardias y otros síntomas que revelan la intensidad de lo sucedido. Si hay niños, ellos también recibirán el impacto de los ataques. Nadie queda ileso después de una escalada de violencia.

Si todo ataque es una propuesta de guerra y si un contraataque como respuesta es un sometimiento ¿cómo hacer para continuar sin someterse? Si aguantar o escapar no es el camino ¿se puede responder sin contraatacar?

Sí. Se puede. Pero requiere asumir la decisión de hacerlo, la convicción de que ninguna guerra en la que supuestamente alguno gane es mejor que un clima pacífico en el que se uno o ambos hayan cedido algo.

La pelea puede resumirse en uno que dice “yo sé más que vos y tengo razón” y otro que cree “no, yo sé más que vos y yo tengo razón” y cada uno querrá demostrarle al otro que sabe más, aunque ambos se destrocen en el camino. Como si en la pelea se jugara la subjetividad entera de cada uno y su derecho a decidir sobre su vida.

De los laberintos se sale por arriba. Como hacen los hábiles toreros que no se ponen de blanco, Para no recibir en el pecho las cornadas del toro bravo, hacen una “verónica”, giran y dejan que pase sin tocarlos. 

Cada uno es dueño de sí mismo y puede decidir si el ataque del otro -la cornada- le cabe o no. Si le pone el pecho, si se entrega a recibir el ataque, uno se declara inferior. Pero uno también puede no aceptar el escenario de guerra, hacer un movimiento sutil y elegante, igual que el torero, y lograr que la cornada se diluya por la tangente. El torero no nace sabiendo hacer “verónicas”, debe estar convencido de que es la única manera de seguir vivo, aprender los movimientos y entrenarse. Nosotros también.

¿Cómo convencernos? Detengámonos a entender, en frío y a solas, por qué esa conducta del otro, a qué se debe su necesidad de mostrarse superior o mejor a nosotros. Podría ser la expresión de una enorme inseguridad, necesidad de reconocimiento o alguna carencia esencial que le carcome todo el tiempo y que exterioriza bajo la forma de ataque. 

Por ejemplo. Si tu pareja tiene el hábito de decirte que tendrías que haber hecho algo que no hiciste o que lo hiciste mal o lo que fuere que enarbole como ataque, pará unos segundos para decidir no entrar en la pelea de demostrarle que no es verdad. Tomá aire, pensá en el torero, no te pongas de blanco, no te coloques en el lugar de la víctima, no elijas el lugar de inferior y del sometimiento. Una vez hecho esto, con la mirada tranquila y el gesto relajado podés responder “mmmm, tal vez sea así como decís”, “lo consideraré”, “interesante sugerencia” es decir, ni sí ni no ni blanco ni negro, no entrás en una discusión, no precisás demostrarle al otro que no sabe nada, que hacés todo bien y que te trata de manera injusta o arbitraria. Le informás claramente y sin hostilidad que oíste lo que te dijo; en tu respuesta no lo estás aceptando o confirmando pero tampoco lo rechazás, no entrás en la pelea. Esto tiene un efecto mágico porque no confrontás ni querés demostrarle al otro su error sino que le dejás una vital salida de caballeros. Tu intención no es la destrucción sino la información clara de que aunque tal vez no  acuerdes con sus palabras no hacés una confrontación peleada porque prima en vos la relación y el respeto por su persona. La salida de caballeros es lo contrario del arrinconamiento y el encierro. Si respondés a su falta de respeto con una falta de respeto, la respetabilidad se hiere de muerte y la relación se va llenando de pústulas purulentas que pueden llevar a su destrucción.

Pero la decisión de no entrar en la pelea y deponer las armas requiere una preparación previa para que no caigas en la reacción espontánea habitual. En esa preparación es esencial ver y entender lo que está en juego y no someterse al escenario propuesto por el otro. Aunque en el calor de la convivencia pareciera haberse olvidado, uno es libre, tiene y puede tomar las riendas de su vida y elegir.

Publicado en La Nación, 8/10/19

No soy yo, sos vos.

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Todos “sabemos” que en la pareja, la culpa siempre la tiene el otro

¿La culpa de qué? Pues de nuestra infelicidad, del descenso de nuestra autoestima, de nuestra frustración porque nuestras necesidades no son satisfechas, de la falta de erotismo, en resumen, de todo y de cualquier cosa que nos haga sufrir. Nunca pensamos que tal vez sea una consecuencia de alguna conducta o característica propia que aleja al otro o que no le invita a acercarse y darnos eso que nos hace falta. No solo no pensamos eso sino que además estamos convencidos de que no hace eso que no hace porque no quiere, que si quisiera lo haría y santas pascuas. Pero en su maligna inmersión profunda y perversa en contra de uno, no quiere darnos eso que SABE que necesitamos, que nos hace bien. Porque estamos convencidos de que lo sabe y que no quiere. Como decíamos cuando éramos chicos (al menos así se decía cuando yo era chica) lo hace “al propósito”.

A la hora de la frustración no se nos pasa por la cabeza que pueda tratarse, simplemente, de que el otro sea como es, que no sepa o no pueda o no se anime o no advierta que estamos necesitando algo, que no lo haga por hacernos daño sino porque es lo que le sale naturalmente. Como decíamos de chicos, “sin querer”.

Oigo lo que tal vez me quiera decir quien lea esto: “A mi también hay cosas que no me salen naturalmente pero las hago porque sé que le gustan o lo necesita ¿por qué tengo que esforzarme solo yo, por qué no le sale alguna vez hacer algo que yo necesito?”.

Seguramente ese otro que tanto te priva está haciendo las cosas que a su juicio y según sus posibilidades son las que cree que necesitás. Eso si se lo preguntáramos, claro. Ante el reclamo puede decir que es injusto porque no siente que nada de lo que haga sea valorado ni apreciado, que solo recibe quejas y acusaciones como si fuera el malo de la película, que no espera agradecimiento pero algún reconocimiento alguna vez. 

Ambos se sienten no vistos por el otro o solo vistos en sus faltas y vuelve a generarse la espiral de demanda, acusación, frustración y enojo.

Por eso, antes de caer en las arenas movedizas de la ira en las que cuanto más uno patalea más se hunde y se aleja de la orilla firme y salvadora te invito a que dejes el lugar habitual de la confrontación salgas a dar una vuelta y tomes aire y te preguntes, sin la presencia de ese otro que ves tan malvado, si puede forzarse a alguien a no ser quién es.

En casi todas las consultas que recibo, cada uno viene con la agenda secreta de que cambie al otro. Que consiga, entre otras cosas y por arte de magia 

… que hable más / que hable menos / que adivine mis necesidades / que deje de indicarme siempre lo que hay que hacer / que no se duerma mirando la tele / que se despierte más temprano o que duerma hasta más tarde / que regenere el erotismo perdido / que quiera sexo todo el tiempo / que programe salidas todo el tiempo / que no quiera salir tanto / que inmiscuya a familiares o amigos en decisiones y/o desacuerdos / que no quiera salir con amigos /  que solo quiera salir con amigos / que derroche el dinero o que lo racione con avaricia ...

Cada uno espera recibir lo que necesita y culpa al otro de maldad si no lo da. Nadie advierte qué de su conducta puede haber conducido a que el otro no responda satisfactoriamente. Incluso las más de las veces no lo hemos pedido, esperamos que suceda mágicamente y cuando no pasa, nos quejamos, reclamamos, acusamos. Parecemos creer que somos claros, que nos lo merecemos, que no hace falta pedirlo porque “el otro SABE”. ¿Sabe? ¿de verdad creés que sabe? ¿alguna vez se lo pediste directa, clara y amablemente o te lo pasás esperando que lea tu mente, que te adivine? Por otra parte ¿tenés la seguridad de saber qué es lo que tu otro espera y necesita de vos? El juego de jugar a las adivinanzas es una puerta abierta a la frustración, el enojo y la desdicha. Solemos ser muy torpes en nuestras interacciones con los que más queremos y como estamos tan cerca nos construimos la ilusión de una comunión en la que no hace falta explicar ni pedir. 

Además de la elemental conducta de pedir, también conviene considerar las características propias y las del otro, los estilos y cualidades innatos que no dependen de la voluntad,  que hacen que uno sea quien es y que sea igual a sí mismo siempre. En suma, que “no me lo hace a mí”. Las más de las veces, eso que te hace daño no fue hecho a propósito de dañarte sino probablemente es lo mejor que pudo hacer dado quien es, el momento y las circunstancias. 

La pretensión de cambiar al otro es imposible. Cada uno es como es y es muy poco lo que se puede modificar de esas características personales. Pero a veces ese poquito puede hacer un mundo de diferencia. En este caso la invitación a pensar en las propias pretensiones y en cuánto se compatibilizan con las posibilidades reales del otro, cuánto de nuestra frustración estriba en que no sabemos pedir o en que no respetamos quien es el otro y le estamos pidiendo peras al olmo. 

El olmo no da peras, no por su innata maldad o porque no quiere sino porque no puede. El olmo da un fruto que se llama sámara, es un fruto seco con alas que favorece la dispersión de las semillas. No sé si la palabra samaritano tiene origen en este fruto, pero sé que quiere decir humanitario, benévolo. El olmo no da peras pero dá un fruto benévolo. ¿Cuántas frutos como éste de tu otro estás dejando de ver? ¿Se podrán hacer sámaras al borgoña como las peras o habrá que encontrar e inventar recetas para hacer las sámaras? ¿cuántos frutos alados de tu otro, cuántas de sus semillas fértiles y prometedoras te son invisibles porque solo esperás peras? Y encima seguro que a tu otro le pasa lo mismo, también espera solo peras de vos y tampoco alcanza a ver las buenas semillas que dispersan tus alas y que siembran la tierra con promesas que pueden florecer y dar alegría.

Publicado en LN el 14 de agosto de 2019

Te amaré eternamente.... y otros mitos

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Nos arrojamos a las relaciones de pareja ilusionados y convencidos de que el amor y el deseo durarán por siempre. Pero esa sensación de mariposas en la panza, que algunos llaman infatuación, no es eterna. Con suerte, cuando el fuego se va apagando, queda el rescoldo tibio y amable de una buena relación, confianza, lazos familiares y expectativas a futuro.

Nos hemos formado en una cultura que lee todo lo anterior como un pobre consuelo ante la falta del fuego sublime de la pasión desatada. Y pasado un tiempo, descubrimos que tenemos poco en común con el otro, que las peleas son una constante y que no coincidimos en casi nada.

Con la extensión de la vida y el cambio de paradigma de este siglo, la pareja de larga data tambalea, aunque el tema ha recibido poca atención en nuestra sociedad. ¿Cómo hacemos para sostener un proyecto de a dos en un mundo donde la idea de enamorarse para siempre ya no tiene tanta fuerza?

La psicóloga Diana Wang, con casi cinco décadas de ejercicio como terapeuta de parejas, recaba algunas observaciones, consejos y lecciones que fue aprendiendo tanto de sus pacientes como de su experiencia personal. Con humor, calidez y realismo, aborda temas como el dinero, el sexo, la monogamia, la fidelidad, los hijos, los nietos, los suegros, el espacio personal, los secretos, los divorcios, las nuevas parejas y las familias ensambladas. Este libro extraordinario es una lectura imprescindible para todos los que quieren seguir apostando a la misteriosa aventura de compartir la vida con otra persona.

Diana Wang se casó dos veces. Su primer matrimonio duró dos años. El segundo cumplió 44 en 2019. Ambas experiencias, sumadas a su ejercicio profesional, le han enseñado todo lo que escribió en este libro: alegrías y desdichas, frustraciones y logros, aburrimientos y despertares.

Nacida en Polonia a poco de terminada la Segunda Guerra Mundial, Diana reside en Buenos Aires desde los dos años. Sus padres tuvieron la suerte de sobrevivir a la ignominia nazi y llegaron a la Argentina en 1947. Enamoradiza y entusiasta, la autora recibió a los doce años su primer beso en un atardecer de verano. La parábola de la vida en pareja comenzó muy temprano. Cuando su mamá supo de aquel noviecito al que llamaba "simpatía" la abrazó diciendo: "¿Qué apuro tenés? Se sufre mucho en el amor". Diana se ha empeñado desde entonces en que el amor sea fuente de disfrute y alegría y que la sombra del sufrimiento se mantuviera lejos y a resguardo. No siempre lo ha logrado. Pero lo que sí aprendió es que se puede.

Egresada de la Universidad de Buenos Aires, Diana trabaja en su consultorio privado desde hace casi cincuenta años, especializada en vínculos de pareja. Además, es columnista de La Nación y miembro del Museo del Holocausto. Como autora, publicó De terapias y personas junto con Musia Auspitz (1997), El silencio de los aparecidos (1998), Los niños escondidos: del Holocausto a Buenos Aires (2004), Hijos de la guerra: la segunda generación de sobrevivientes de la Shoá (2007), Volver: crónicas en forma de cartas sobre un viaje de regreso a Polonia y Ucrania (2012), Con una piedra en el zapato (2013) y Surviving Silence (2013). Hoy disfruta de su familia y acompaña a sus cuatro hijos y ocho nietos con las mismas dudas, incertidumbres y fragilidades que ella tuvo en la vida y en el amor.

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Megustaleer

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en Kindle, Amazon

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me lo mandó Aielet

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Firmando ejemplares para periodistas y medios

Firmando ejemplares para periodistas y medios

Después de la entrevista, en el estudio de Radio Mitre

Después de la entrevista, en el estudio de Radio Mitre

La psicoterapeuta, conferencista y escritora Diana Wang, visitó el estudio de Nacional AM 870 y conversó con Silvina Chediek sobre su nuevo libro “Te amaré eternamente y otros mitos de vivir en pareja”. La obra revisa en su publicación los distintos conflictos que atraviesan las personas en pareja, desde el inicio de una hasta las que tienen muchos años de convivencia. https://bit.ly/2IHR1RI

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De izquierda a derecha: Ariel Hergott cine y series, Daniel Cacioli deportes, Silvia Maruccio locución, Silvina Chediek, Diana Wang, Adriana Balaguer política y actualidad, Damian Dreizik

De izquierda a derecha: Ariel Hergott cine y series, Daniel Cacioli deportes, Silvia Maruccio locución, Silvina Chediek, Diana Wang, Adriana Balaguer política y actualidad, Damian Dreizik

PROMOCION PRESENTACIÓN:

Flyer presentación. Leerán y comentarán: Diana Sperling, Ariel Schapira, Aida Ender, Franco Fiumara y Fanny Mandelbaum.

Flyer presentación. Leerán y comentarán: Diana Sperling, Ariel Schapira, Aida Ender, Franco Fiumara y Fanny Mandelbaum.

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En el estudio de Radio Hermes, con Lena Reingold y Marcelo Della Mora en su programa Programa Radio Psi. Sábado 10 de agosto de 2019.

En el estudio de Radio Hermes, con Lena Reingold y Marcelo Della Mora en su programa Programa Radio Psi. Sábado 10 de agosto de 2019.

Después de la charla, Lena Reingold y Marcelo Della Mora en la sede de Radio Hermes, el emprendimiento cultural de Pablo Duarte.

Después de la charla, Lena Reingold y Marcelo Della Mora en la sede de Radio Hermes, el emprendimiento cultural de Pablo Duarte.

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Algunos de los presentes… por ahí atrás mis nietas Caro y Valu

Algunos de los presentes… por ahí atrás mis nietas Caro y Valu

Vista desde afuera cuando estaba comenzando

Vista desde afuera cuando estaba comenzando

en el camarín de la Televisión Pública, esperando para grabar Cada Noche con Silvina Chediek

en el camarín de la Televisión Pública, esperando para grabar Cada Noche con Silvina Chediek

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Revista VIVA, Clarin, domingo 22 de septiembre 2019

Revista VIVA, Clarin, domingo 22 de septiembre 2019

Mención de Fanny Mandelbaum en La Noche de Mirtha Legrand, 19 de octubre de 2019 (entre los minutos 25.13 y 25.35)

Para seducir a una mujer

Tute lo dice bien claro.

Tute lo dice bien claro.

Hay gente que cree que seducir a un hombre es de lo más fácil, que son seres que se derriten ante la admiración, la oferta sexual sin condiciones y una buena comida. En cualquier orden. Dicen que no requiere mucha ciencia, ni habilidades particulares, tan solo satisfacer esos tres requerimientos. Agregan que no hace falta que sea sincero, basta con hacerlo y el macho satisfecho se disolverá en placer y gratitud.

Pero parece que no pasa lo mismo con las mujeres. ¿Qué precisa una mujer para dejarse seducir lo que la lleve a admirar, entregarse y dar de comer (en cualquier orden)?

No es para nada un misterio. Y ya me anticipo a las críticas de género, a las atribuciones y estereotipos, a los prejuicios y a todo lo que pudiera generar esta columna.

Obviamente no todos somos iguales. No todos los hombres se rinden ante la admiración, el sexo y la comida. Ni tampoco todas las mujeres son seducibles con las conductas que propongo. Pero sí muchos y muchas y también muches. A eses les hablo, a les que bajo la delgada cáscara de cultura y civilización guardan casi intactas las conductas y las expectativas del tiempo de las cavernas en ese núcleo ubicado en la amígdala, ahí abajito del cerebro. Para las redes neuro-hormonales que aseguran la continuidad de la especie humana seguimos siendo unos seres primitivos que a la hora del miedo y la angustia, del cansancio y la ansiedad, de la incertidumbre y el vacío necesitamos el mismo contacto piel a piel, el olor y la tibieza, la gratificación del alimento y el sexo que aquieten las turbulencias con un otro cariñoso que nos apapache.

El cavernícola salía de cacería, tenía que ser hábil en la búsqueda del mamut y traer la carne a la cueva para alimentar a las mujeres y la cría. Volvía cansado y esperaba el aplauso agradecido, el sexo generoso y la comida reconfortante. La mujer había quedado cuidando el fuego y había desarrollado una percepción de 360 grados atenta a los predadores, en un brazo el último bebé que amamantaba, con el otro revolvía la olla comunal y con varios brazos más para atender a alguna compañera enferma o parturienta y a los niños que había alrededor, que eran de todas. Mientras el cavernícola se focalizaba en la habilidad caceril la mujer debía ser multitasking, tejía y cuidaba la red, escuchaba y oía, recordaba y atendía, se preocupaba por todo el entorno e iba resolviendo las mil y una cosas de la vida cotidiana. Venía el cavernícola esperando el aplauso y se encontraba con una mujer sudorosa, cansada y harta de tener que desenvolverse como si tuviera cuatro o cinco manos. Pero la que se sobreponía y lo recibía con admiración, sexo y comida, era premiada y preñada con más frecuencia, tenía más hijos y esa característica se fue transmitiendo generación a generación.

¿Cuánto de esta escena primitiva sigue estando vigente? Incluso con la nueva mujer, la que trabaja fuera del hogar y que cuando regresa a casa vuelve a ubicarse como aquel ser primitivo que se ocupaba de la cría, de espantar a los predadores y de mantener el fuego encendido?

Sigue siendo un imperativo biológico que la cultura no ha podido, todavía, desenredar. Las mujeres seguimos siendo, muchas veces todavía, las responsables del “reino del hogar” mientras que los hombres siguen siendo, paralelamente, los responsables de la “provisión del alimento”.

Ese núcleo que persiste y que no ha podido ser disuelto por la cultura, es el punto que debemos atender a la hora de la seducción.

¿Para qué es preciso seducir? Etimológicamente significa conducir a alguien por un camino que a uno le conviene. Seducir nos permite, luego, que el otro se conduzca de alguna manera que nos resulta necesaria. Cada uno de nosotros tiene necesidades particulares, ve el mundo desde su propia lente y no siempre puede adivinar las necesidades del otro y querer satisfacerlas si no están satisfechas las propias. Es preciso seducir para que el otro desee satisfacernos. Así de simple. No queremos que lo haga forzado o por conveniencia sino que lo desee, que lo haga de verdad, que nos quiera satisfacer porque le hace feliz. Abandonemos la falsa pretensión de que lo hará por las suyas, que adivinará, que gustoso hará todo lo que estamos esperando que haga. Mal que nos pese, deberemos tener la habilidad de despertarle el deseo de satisfacernos y de que lo haga con gusto y placer. Es preciso seducir.

¿Qué necesita la mujer del cavernícola cuando vuelve a la cueva para aplaudirlo, darle de comer y entregarse sexualmente? Necesita que le muestre, sin ninguna duda, que de entre todas las mujeres que están allí, ella es su elegida, que no hay otra. Necesita estar convencida de que la ve hermosa, que su perfume lo embriaga y que su presencia ilumina su vida porque sin ella no puede vivir. Como dice cualquier bolero. Que es imprescindible, única, lo más importante en su vida. Eso es lo que toda mujer espera sentir de su otro y la llave que abre el cofre del tesoro. Si el cavernícola hambriento y cansado entra y ni la mira ni la ve, si se aferra al control remoto de la tele y si protesta porque no encuentra lo que espera encontrar en su lugar, la mujer va cerrando lo que pudiera haber tenido abierto, se desanima, se desilusiona, se fastidia, se entristece y se va. Aunque esté ahí, se va. Cualquier expectativa anterior se disuelve y solo queda el hastío, la soledad y el enojo. Si no se siente buscada, requerida, valorada, apreciada ni necesitada, si es tratada como un mueble que, como siempre está, no hace falta mencionarlo, se transforma en un mueble, se seca, se vacía, se enfría y pierde humanidad. No hay nada peor que sentirse un elemento cotidiano, sobreentendido, que está ahí porque está y no porque es necesario.

Así que, entrañable y tierno cavernícola, nada se consigue sin trabajo (ya escucho tu “uf”). Si querés aplauso-sexo-comida acordate que para ella es central sentir que te es imprescindible, que se lo digas, que se lo muestres, que te lo creas, que la entronices en el centro de tu vida como si sin ella fueras a marchitarte. Para seducir a tu otro, mujer o quien asume ese género, no la des por dada, no creas que una vez que la conquistaste terminó y la tenés para siempre. Necesita saber que la seguís eligiendo, que de entre todas las mujeres del mundo, ella es la tuya, con la que querés estar, la que te da alegría y paz.

Los vínculos necesitas de riego y nutrientes para que se mantengan vivos y vibrantes. Tanto hombres como mujeres los precisamos. Ese gesto que te diga que sos vos, solo vos, que te miren con la sonrisa del gusto de verte, nada más ni nada menos… no dar por sentado nada, siempre es preciso mostrarlo. La naturaleza humana es tan frágil y somos tan vulnerables que si no nos lo aseguran todo el tiempo, tememos que nuestro otro desaparezca, que nos abandone y que nos hundamos en la fatal, temida y oscura soledad.

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/para-seducir-mujer-nid2242870


Ocho preguntas antes del divorcio

Del gran Tute.

Del gran Tute.

Las cosas no están bien. Estás pensando en separarte, en divorciarte, en dejar la convivencia. El sexo ya no es como era antes. Las ganas de verse y estar juntos están cubiertas con la rutina, los lugares comunes, lo previsible. No hay sorpresas. No hay misterios ni enigmas a descubrir. Conocés a tu otro como la palma de tu mano, o eso creés al menos. Tu otro cree lo mismo, tanto que casi dejó de tener sentido preguntarse ¿qué tal? ¿cómo estás? porque cada uno cree que lo sabe sin preguntar. En lugar de saber, adivinan, suponen, atribuyen. Todo eso en el mejor de los casos.

También podría darse que lo que al principio eran desencuentros divertidos se han transformado en batallas campales que terminan en una vorágine violenta y desgastante. Que en lugar de generar cariño se irriten, se molesten, se ofendan. Gritos, desprecios, descalificaciones, agravios. Cualquier cosa, por más nimia que sea, dispara el arsenal habitual y se desata el infierno. No se puede aguantar más. Ya no sabés qué hacer. Inmersos en la desdicha de no sentirse deseados, esperados, acariciados se fueron deslizando hasta una situación de tal agresión que se ha vuelto insoportable. Todo es oscuro, no se ve salida por ningún lado, la separación es el mejor -y sentís que el único- camino.

Y a veces lo es, aunque no es fácil tomar esa decisión. Pero dejemos eso para otra oportunidad. Ahora enfoquémonos en quienes optan por la separación buscando alivio instantáneo ante un estado de situación que tanto duele. Como quien tiene clavado un clavo en el dedo gordo del pie y lo único que quiere es que se lo saquen y se detenga el dolor de una buena vez. Separarse es un alivio. Pero a veces es transitorio porque cada uno sigue llevando el germen de lo que llevó a la desdicha.

Por eso, antes de tomar esta drástica decisión, te invito a que te hagas algunas preguntas y que pienses con serenidad tus respuestas.

  1. Sobre el amor. ¿Qué pasó? Estaban tan enamorados…. tal vez creas que el amor se acabó, como si fuera algo finito que se usa un tiempo y un día se termina, una idea del amor como algo que, mágica o misteriosamente, está o no está, viene de afuera, te sucede involuntariamente, que no depende ni de vos ni de las circunstancias. ¿Seguís añorando aquella pasión arrebatada del comienzo? ¿eso es para vos “el amor”? ¿esperabas que fuera así siempre? Si se ha reconvertido en un vínculo amoroso de compañeros de ruta, ¿eso quiere decir que se terminó el amor?

  2. Sobre la mirada y la queja. ¿A quién mirás? ¿Solo al otro? lo que te hace, lo que te deja de hacer… ¿y levantás el dedo acusador mientras te quejás, demandás, protestás..? ¿y dónde estás vos en esa interacción? ¿expresaste tus necesidades y carencias de un modo que el otro pudo escuchar? ¿las tenés identificadas? ¿sabés qué te hace falta? ¿sabés lo que precisa y espera tu otro?  ¿alguna vez lo hablaron frontal y francamente? ¿Sabés exactamente qué te hace daño en la relación? Si no sabés todo esto, es probable que cambies de pareja y repitas tu penuria porque seguirás esperando lo que no tenés bien claro qué es o lo que el otro no puede darte porque no lo tiene o porque no le es posible.

  3. Sobre el otro. Si sabés qué es lo que necesita, ¿creés que respondiste a esa necesidad o tan solo esperabas que satisficiera la tuya? Cuando decidiste no responder a lo que necesitaba, ¿te guió el resentimiento y la venganza? O jugabas al ¿por qué tengo que empezar yo, por qué no el otro? que es un juego parejicida sin salida. Si esperás que sea el otro y si el otro espera que seas vos, ninguno da el primer paso y ambos se derrumban. ¿Importa tanto quién empieza? ¿Es acaso el empezar un indicio de rendición? Si fuera así, ¿son enemigos? ¿cuál es la guerra?

  4. Sobre las expectativas. La cultura hace que se espere demasiado, que uno se crea el cuento de las perdices. ¿Cuáles eran/son tus expectativas de la convivencia? ¿esperabas la felicidad rotunda, definitiva y eterna? ¿creés que son expectativas realistas? ¿cuál es tu modelo de pareja? ¿conocés a alguien que lo ejercite?

  5. Sobre el sesgo emocional. Uno ve lo que sus emociones le permiten ver y cuando son fuertes lo son tanto que no se advierte que uno está siendo sujeto de ellas. Es trágico porque uno no ve que no ve. Cuando no te sentís feliz dejás de ver lo que está bien, lo que se fue construyendo y funciona y solo tenés encima la nube negra de lo que está mal y todo es negro y oscuro. La pregunta sería ¿Ves lo que hay o ves lo que te dictan tus frustraciones? ¿Podés ver lo que está bien entre ustedes (familia, hijos, ideología, formas de ver el mundo, moral, etc), lo que fueron construyendo y tejiendo juntos? Si hacés el esfuerzo de enfocarte también en eso tendrás una posibilidad más realista de tomar una decisión sensata.

  6. Sobre el futuro. A la hora de esperar alivio no suele considerase todo lo que se perdería… ¿tenés claro cómo seguiría tu vida respecto a hijos, manejo del dinero y recursos, vida cotidiana -limpieza, alimentos, ropa, trámites-, familia, amigos, trabajo? ¿estás dispuesto/a a ocuparte de todas las cosas de las que se ocupa el otro? ¿cómo tenés pensado manejarlo con tus hijos?

  7. Sobre la soledad. La soledad puede ser un alivio pero también puede volverse un peso insoportable que te lleve a buscar rápidamente otra pareja y repetir la desdicha, ¿te ves viviendo en soledad o correrás a buscar a alguien que la compense? Y si llevás tu vulnerabilidad y fragilidad encima, si tus expectativas sobre el amor y la convivencia siguen igual de irreales ¿cómo saber si un nuevo otro será mejor que el otro que dejaste?

  8. Sobre la felicidad. Una vez superado el alivio de la presencia de tu otro ¿seguro te vas a sentir feliz? ¿seguro que tu infelicidad era una consecuencia de estar con un otro equivocado? ¿no será que tiene que ver con logros propios no alcanzados, con pasiones no desarrolladas, con sentidos en la vida que no pudiste encontrar?

Yo sé que cada una de las preguntas abren archivos en los que no es fácil meterse. No lo hagas en soledad o solo introspectivamente. Si no tenés con quien hablar y revisar cada uno de estos puntos, está bueno hacerlo por escrito. Muchas veces, escribir sobre emociones, estados de ánimo y dudas se transforma en una eficaz manera de ponerlos afuera; permite una especie de diálogo con uno mismo y abre la revisión y reflexión sobre cosas en las que uno no suele detenerse, especialmente si está cubierto por la desdicha, la queja y el reclamo.

Antes de separarte, tomate el trabajo de ver todo esto.

Si lo podés hacer junto con tu pareja, ¡chapeau! por ambos.

Tal vez decidan que separarse es lo mejor.

Tal vez descubran que hay cosas que no entendieron, que no intentaron, que esperaban de manera irrealista y puedan mirarse con nuevos ojos, más aceptadores y realistas y elegirse nuevamente.



Pagar matrícula para vivir en pareja

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Nos arrojamos a la vida en pareja confiados, esperanzados, ilusionados y convencidos de que con el amor es suficiente. Amor entendido como pasión, erotismo, atracción, deseo, mariposas en la panza, sensación constante de elevación y placer al estar juntos y al pensar en el otro, emociones que también vemos en el otro y que nos realimentan y reaseguran que es la persona justa. Ese amor, que algunos llaman infatuación, no es eterno. En realidad dura muy poco. Hay investigaciones que dicen que entre 2 meses y 2 años. Como sea, es una evidencia incontrastable que no es para siempre. Con suerte, cuando el fuego pasional se va apagando, queda el rescoldo tibio y amable de una buena relación, confianza e historia común, expectativas compartidas, lazos familiares y amistosos sólidos, hijos, compromisos, formas de ver la vida, perspectivas de futuro. Pero nos hemos formado en una cultura que lee todo lo anterior como un pobre consuelo ante la falta del fuego sublime de la pasión desatada.

Es tan enceguecedor el calor pasional que no nos preguntamos cómo será cuando se vaya atemperando, qué de la relación establecida mantendrá viva a la pareja. Y pasados unos años más de una pareja descubre que tienen poco en común, que se lo pasan peleando el uno con el otro para hacer las cosas del modo que les resulta mejor y que no coinciden en casi nada. Lo que los había unido, la infatuación o, dicho de modo más informal la calentura, ya no está más y lo que queda no les viene bien.

No solemos hablar de nuestras necesidades, estilos, ritmos y apetencias antes de decidirnos a convivir en pareja. Lo dejamos librado al suceder mágico en el contexto de la pasión que nos da la ilusión de que todo lo puede y que todo lo podrá.

Es infinito el universo de cosas que se deberían hablar antes para saber si podremos convivir más o menos amablemente el uno con el otro.

El manejo del dinero. ¿Habrá una caja grande -de quien ejerce la función masculina- y una caja chica -de quien ejerce la función femenina- según el estereotipo? ¿Caja común o cada uno lo suyo? ¿Cuenta de banco compartida y recíproca? ¿Cómo serán las decisiones acerca de los gastos, las compras, el ocio?

Los ritmos biológicos. ¿Alondras o búhos? ¿en qué momento del día se sienten mejor? Si ambos fueran iguales, problema allanado, pero si difieren es preciso hacer acuerdos previos acerca de actividades, horarios y vida cotidiana.

Orden, hábitos y aseo. Cada uno sabe qué y cómo le gusta vivir, qué y cuánto puede tolerar si el otro no lo hace como a uno le gustaría. Suponer que el amor del comienzo hará todo más fácil es un engaño que se paga caro porque cuando la piel deja de temblar en la cercanía del ser amado, cuando las mariposas se cansaron de hacernos cosquillas en la panza, empezamos a irritarnos porque las toallas quedan tiradas en el baño, porque no usa desodorante, porque habla con la boca llena, porque se revuelve tanto en la cama que se hace un lío con las sábanas, porque usa calzado sin medias, porque se baña demasiado, porque se baña poco, y podríamos seguir ad infinitum con las mil y una conductas que construyen la vida cotidiana y que nos pueden sacar de quicio.

La distancia óptima. Cada uno de nosotros se siente cómodo interactuando a una determinada distancia, tanto geográfica como temporal. ¿Pegados todo el tiempo o a 10 metros de distancia? ¿En contacto permanente durante el día o solo buscarse en caso de necesitar decir algo? La comodidad sentida determinará el ritmo y la distancia que, en caso de no ser hablado, puede ser tomado por el otro que necesita un ritmo y una distancia diferente, como desamor.

La sexualidad. Una vez que la convivencia se ha establecido y que los encuentros sexuales dejan de ser esos momentos mágicos que nos regala la vida para estar ahí a disposición en cualquier momento, el misterio subyugante se vuelve rutina. Lo que era espontáneo empieza a dejar de serlo y probablemente sea necesario empezar a hablar acerca de horarios, lugares, posiciones, situaciones y contextos, modos de acercamiento y recreación de erotismo. Cuando todo era nuevo no hacía falta pero luego sí lo es. Se requiere una gran valentía y sinceridad si lo que se quiere es vivir una vida sexual más o menos satisfactoria, y la promesa de aceptación de los pre-requisitos y requisitos del otro en el caso de que sea posible.

Las relaciones con la familia extensa, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con las parejas anteriores, con los hijos de las parejas anteriores. Tener hijos o no, respetar algún ritual religioso. Éstas áreas y varias más deben ser habladas antes de tirarse del trampolín. Nada en la vida es gratis. Tampoco la pareja. Exige un pago de matrícula: el compromiso de cada uno de aceptar al otro y no pretender cambiarlo. En el contexto de la pasión se paga esto y mucho más, pero se lo hace sin saber a qué se está comprometiendo. Cuando la pasión mengua la matrícula quedó olvidada y si la convivencia se complica cada uno querrá cambiar al otro.

Si estás por tomar la decisión de convivir, mirate con total honestidad y hacete algunas de estas preguntas y si podés y si te animás, invitá a tu otro a hacerlo y entonces sí, firmen la matrícula con total conciencia y aceptación.


Publicada en La Nación online., 21 de enero 2019

Meter los cuernos

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Meter los cuernos. Así suele llamarse a la acción de tener una relación sexual fuera del matrimonio.

Tres palabras que suenan feo. A traición, a mentira, a mala intención. Deriva de ellas el verbo cornear para quien “perpetra” y el sustantivo cornudo/a para su “víctima” con las mismas connotaciones humillantes y degradantes.

Cuando se transgrede el pacto de exclusividad sexual, que a eso se refiere el concepto de fidelidad, será un delito, un pecado o una traición dependiendo del contexto y la circunstancia. Descubierto ataca, invariablemente, la confiabilidad básica que sustenta la vida en pareja.

¿Cuál es el origen de esas tres palabras que hoy son sinónimo de traición? Su historia se remonta a la Edad Media, a aquel sistema de gobierno de vasallos y señores que le daba al señor feudal el derecho de pernada. Conforme a ello, la recién casada de un vasallo, podía ser poseída por primera vez por su señor. Era un hecho público y sin posibilidad de oposición. Durante la desfloración se colgaba una cornamenta de ciervo en la puerta de la choza o cabaña, indicaba lo que estaba pasando adentro e impedía la entrada de quien pudiera entorpecerlo. El derecho de pernada estaba simbolizado por los cuernos, Los cuernos implican, inferioridad, sometimiento y humillación.

Algo similar sucede cuando se descubre a la pareja en otra relación aunque hay diferencias según sea el hombre o la mujer. Cuando en una pareja heterosexual el hombre descubre que su mujer ha tenido encuentros con otro hombre, su supuesto lugar de macho alfa de la manada se ve seriamente cuestionado, desplazado del lugar de preeminencia del que estaba orgulloso deja de sentirse respetado. Cuando es la mujer quien descubre que su compañero ha estado en otra relación ve hondamente afectada su autoestima, ya no es más la única ni la elegida, ya no la quiere y todo lo construido juntos parece derrumbarse. En ambos casos y también en parejas homosexuales, cuando se sabe que hubo o hay otra relación, y si no está pactado por anticipado, se lesiona seriamente el sustento de confianza sobre el que ambos están parados.

Claro. Si se descubre.

Pero muchos encuentros fuera del matrimonio transcurren sin ser descubiertos. Y suceden. Suceden mucho más de lo que nos atrevemos a considerar.

Lo que solía ser un secreto a voces hoy está siendo una noción que se encara más y más abiertamente, con menos hipocresía y, en un punto, más sufrimiento. Estamos viviendo vientos epocales en los que la monogamia definida como pacto de exclusividad sexual está siendo progresivamente cuestionada. Sin embargo, el mandato social y cultural está tan firmemente instalado que mantiene su vigencia.

A pesar de que sabemos que es un momento en que las suposiciones y expectativas de la dicha monogámica eterna trastabillan y que nos la pasamos tropezando a veces con nuestros propios pies, que la búsqueda de la felicidad instantánea es un camino muy tentador y tan a la mano, sigue siendo difícil y doloroso descubrir que nuestra pareja ha tenido encuentros con otra persona. Lo seguimos llamando infidelidad, traición, adulterio, pecado.

Ojos que no ven corazón que no siente. El hecho de saber cambia todo. En la película Eyes wide shut (Stanley Kubrick 1999 con Tom Cruise y Nicole Kidman) la tragedia se desencadena cuando la esposa le confiesa al marido que unos años antes había estado a punto de dejarlo por otro. Ni siquiera se trató de un encuentro sexual, fue tan solo el deseo, tan fuerte, que casi la lleva al abandono. No lo hizo, tan solo lo deseó. Para el marido, saberlo le es insoportable. ¿Qué cuestiona el saber que hay otra persona o que se ha deseado a otra persona? Cuestiona quién soy y cual es mi lugar en la pareja. ¿Soy tan indispensable como me gustaba creer que era? ¿Podría reemplazarme así como así por otra persona? Y lo más insoportable: ¿Yo era reemplazable?

Las imágenes pueden ser una pesadilla que agobia y tortura. Imaginar a mi otro besando y siendo besado, acariciando y siendo acariciado, penetrando y siendo penetrado, la piel, los ojos, las manos, los genitales, la boca, la lengua…. El saberlo fragmenta el piso que nos sostiene. ¿Cómo no me di cuenta? es la angustiante pregunta que cuestiona nuestra capacidad perceptiva. Y se suma una honda revisión de los supuestos de la relación, de la satisfacción o insatisfacción mutuas, del pasado, del presente, del futuro.

Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero a veces saberlo puede tener una faz constructiva. Aunque quien lo descubre puede sentir que lo que creía sólido y firme se derrumba y se deshace, el piso se transforma en resbaladizo e inseguro, el desconcierto aturde, a partir de allí podrán ponerse en juego nuevos recursos que dependen de lo que cada uno puede y del estilo de pareja. Superado el impacto y el dolor, puede ser una excelente oportunidad para revisar lo que estaba implícito, para poner a punto lo que tal vez ya no funcionaba tan bien, para re contratar la relación de una manera más realista de modo que cada uno pueda sentirse considerado y más satisfecho.

Publicado en La Nación online, “En Pareja” 26 de noviembre 2018.