Escuela Policía Entre Rios 2022

Curso de ascenso para Comisarios Principales. Charla de Aida Ender y mía para oficiales y cadetes en Paraná en la cátedra de Diego Dlugovitsky.

Comentarios de los asistentes, comisarios y futuros comisarios:

  • Excelente. Muy buena charla. Muy emotiva y hermoso mensaje de perseverancia y superacion de ambas. Gracias

  • Muy buena y rica historia de ese pasado difícil que les tocó vivir

  • Buenas noches Diego. La charla con estas dos heroínas, nos ubican realmente en el valor real de los conceptos de la vida y la familia. Creo que ante tanta miseria extrena humana, al lado de estas mujeres no somos nada. Debemos contribuir y apoyar siempre y de modo ferviente esos ideales. Gracias. Ruben BERTOLAMI.

  • Profe le escribo por acá para agradecerle muchísimo por traernos esos dos pedazos de historia. Me va llevar un tiempo procesar todo lo relatado xq cada minuto no tenía desperdicio. Las experiencias cotidianas reflejan de manera tan profunda los sucesos. Me tomé el atrevimiento de presenciar la clase con mis hijos y esposa, porque para saber a dónde vamos tenemos que saber de dónde venimos. Admirable la lucidez y claridad de las dos. Mis saludos extensivo también a Aída y Diana.

  • [Excelente clase...muy importante lo escuchado...ahí también se ven los valores de la familia

  • La verdad muy buena idea de realizar una clase con los relatos directos de personas que vivieron esta situación.

Amores fracturados

Esteban y Carina son hermanos. Su relación fue siempre muy próxima y cariñosa. Veraneaban en el mismo sitio, criaban juntos a sus hijos, compartían amigos. Pero hoy se ven poco. Se siguen queriendo pero prefieren preservarse porque para cada uno el otro es un enemigo. Esteban es fuertemente republicano y liberal en el pensamiento y Carina adhiere enfáticamente al actual gobierno. Él ve a su hermana como una ilusa hipnotizada por consignas irreales, enceguecida ante actos de corrupción y delincuencia que hieren a la ética más elemental. Ella apoya la defensa de los derechos humanos y cree que el capitalismo salvaje impide que la sociedad sea justa e inclusiva, los valores de la izquierda siguen siendo los suyos aún cuando no siempre acuerde con algunos dirigentes. Esteban no puede creer que su hermana apoye a este gobierno. Carina no puede creer que Esteban coincida con la oposición. Los primos dejaron de verse con la frecuencia que lo hacían. Los amigos se fueron dividiendo en bandos igualmente opuestos y enemigos. Las reuniones tan alegres antes dejaron de existir. ¿Cómo recuperar la espontaneidad del amor fraternal si los separa un muro que parece infranqueable? 

Agustín es viudo, sus amores  más cercanos y protectores son su hija, Lorena, casada con Federico y sus nietos adolescentes. Los padres de su yerno fueron leales peronistas mientras que Agustín fue siempre radical.  En las navidades y los cumpleaños recordaban con una sonrisa los enfrentamientos durante los gobiernos de Perón allá por los cincuenta. Todo cambió cuando se abrió una brecha dolorosa y torturante. Federico milita en un movimiento gubernamental y defiende con énfasis sus políticas lo que para su suegro es una herida con la que no puede vivir. Quiere mucho a su  yerno, lo admira como padre, como marido de su hija y como trabajador dedicado, pero no puede tragar que acepte algunas cosas. Ambos evitan el tema, pero tienen que hacer un esfuerzo enorme para contenerse y no reaccionar lo que enturbió los encuentros familiares.

Andrea y Susana son amigas desde chiquitas. Vivían en la misma cuadra, sus padres eran amigos, siguieron caminos paralelos toda la vida, en la escuela, con los amigos y la familia. Se acompañaron en cada recodo de la vida, se conocen mucho, como dos mujeres amigas pueden conocerse, de adentro para afuera y de afuera para dentro. Su relación es de tal confianza que no hay nada que no sepan una de la otra, ningún suceso que se guarden porque no temen ni el juicio ni la mirada crítica. Pero, igual que en las situaciones anteriores, están, de pronto y sin anestesia, en lados opuestos del partidismo local. Y lo que había sido natural se volvió forzado. Lo que había sido amable se volvió tenso. Lo que había sido seguro se volvió amenazante. 

Situaciones como las tres descriptas nos están siendo habituales. Cada uno podría contar las suyas. Unos y otros nos acusamos de obcecación y estupidez, de falta de ética y de dignidad, de ignorancia y ceguera. Para uno el otro es derechoso, “facho”. Para el otro el uno es populista, “progre”. Y llueven las imprecaciones y los insultos de uno y otro lado y cuando más pataleamos con argumentaciones, hechos y verdades, más parecemos hundirnos en el barro de la incomprensión.

Quien está leyendo tiene su posición. Yo tengo la mía y la fundamento y construyo día a día pero sigo sin poder encontrar la manera de seguir algunas relaciones amorosas que se han fracturado parece que de modo irreversible. Sigo queriendo a los que quería y que hoy me ven como enemiga pero no encuentro la manera de que ese amor vuelva a fluir. Cuanta más fractura más nos atrincheramos y nos cubre una constante irritación. Leemos y escuchamos los medios que confirman lo que pensamos, nos juntamos con la gente que dice lo mismo que nosotros y no podemos evitar ver al otro como la cara del mal. 

Sé que de uno y otro lado, muchos queremos que las cosas vayan bien, que el país renazca, que desaparezcan la pobreza, la inflación y el desánimo. Sabemos que hay algunos, de uno y otro lado, que se benefician con este estado de cosas y estimulan la hostilidad, que viven las diferencias como un estado de guerra y lo estimulan. 

Mis padres sobrevivieron al nazismo en aquella Polonia regada con sangre judía. Esto no es igual, nadie quiere matar a nadie, pero la hostilidad reinante nos hace andar sobre terreno minado, en constante peligro, mirando a uno y otro lado atentos a la mirada enemiga que puede despertar el desprecio, el ataque, la exclusión. 

Guadalupe Nogués (“Pensar con otros. Una guía de supervivencia en tiempos de la posverdad”, El gato y la caja) señala que cuando conversamos con los que piensan igual tendemos a extremar y homogeneizar nuestras ideas, que cuando nuestra opinión se vuelve parte de nuestra identidad, cualquier oposición es insoportable y no hay argumentación que la modifique. Pelea frontal o silencio defensivo. 

Es imperativo distinguir, como dice Nogués, entre opinar algo y ser algo para, recién entonces, hacer lo que hay que hacer para superar la pelea o el silencio. Encontrar un piso común, ahí donde coincidimos. Ver al otro desde su lado bueno y no como delegado del mal. Y decidir, pero de verdad, abrir las orejas y escucharlo. Somos dos personas respetuosas que disienten y que se quieren y, si ambos quieren, aunque no es fácil, la fractura puede comenzar a salvarse. 

Hay varios amores que me faltan. Añoro recuperar la naturalidad y el placer del abrazo franco y transparente, la charla distendida ante una puesta de sol pacífica, amorosa y relajada, porque una cosa es lo que pensamos y otra lo que somos. Aunque pensamos diferente podemos volver a ser quienes siempre fuimos el uno para el otro. 

Publicado en La Nación, en el suplemento El Berlinés

No me lo hace a mí

No somos el centro del mundo. El mundo puede funcionar lo más bien sin nosotros. ¿Es que acaso somos el centro de algo? De nuestros hijos cuando son chicos tal vez. Pero, ¿somos el centro del mundo de nuestra pareja? Por ahí al principio, cuando nos enamoramos y nos mirábamos los ojos en los ojos, pero después de vivir juntos un tiempo nos fue necesario mirar otras cosas. No somos el centro de su mundo. La consecuencia es que “no me lo hace a mí”.

“¡Claro que me lo hace a mí! Todo lo que hace me lo hace a mí. Me grita en lugar de hablar. Se queda en silencio en lugar de decir qué le pasa. No me presta atención en lugar de mirarme. Se duerme en lugar de quedarse conmigo. No le importa lo que me pasa en lugar de tenerme presente. Se lo pasa armando programas para salir en lugar de tener ganas de que nos quedemos tranquilos en casa. O su egoísmo es fatal, no quiere salir, no le importa que yo lo necesite. Todo me lo hace a mí”. 

Porque creo que soy el centro de su mundo, o casi todo su mundo, todo lo que hace me lo hace a mí.

Es cierto que lo que haga o no haga me afecta y a veces me hiere, pero eso no quiere decir que me lo haga a mí a propósito, que quiera lastimarme.

Si se enferma y tiene fiebre ¿también me lo hace a mí? Si tiene problemas económicos y le cubre la irritación ¿también me lo hace a mí? Si tiene que atender a sus padres ancianos ¿también me lo hace a mí? Nada de eso, obviamente, me está dirigido a mi. Son cosas que pasan, afuera de la pareja. Repercuten en la pareja, claro que sí, pero no me lo hace a mí. 

Son cosas que pasan, que uno no elige. Uno no elige su infancia ni como fue educado, uno no elige sus características personales ni sus padres ni su signo del zodíaco. 

Aunque creamos que somos animales racionales, actuamos según nuestra emoción y la mayoría de las cosas las hacemos como nos salen, sin querer, no a propósito ni destinadas a nadie en particular. 

Quien llora ante la  frustración no llora para hacerle sentir mal al otro, es su forma de descargar lo que siente. Quien se irrita cuando no comprende algo o cuando la presión le abruma, se irrita porque no sabe responder de otra manera, es lo que le sale naturalmente, no se lo está haciendo a nadie. Está quien se encierra en el silencio o en la tristeza, está quien necesita descargarse con un grito o un portazo, está quien necesita hablar y está quien huye cuando se siente mal. 

Esto no quiere decir que nos guste lo que haga ese otro cuando hace algo que nos molesta, pero es muy diferente cuando lo recibimos como que es independiente de nosotros, cuando no me lo hace a mí. Su fiebre no me la hace a mi. Su grito no me lo hace a mí. Su silencio no me lo hace a mi. Pensado así no nos sentiremos atacados, nos protege de eso y evita que respondamos contraatacando. 

Porque si contraataco entonces sí me lo va a hacer a mi. 

Si pienso y siento “no me lo hace a mi” no le pongo el pecho a las balas, me hago a un costado, no empollo ni dejo crecer la bronca, no agiganto la avalancha ni me pongo los guantes de box. 

Así que ya sabés, cuando tu pareja haga algo que te moleste, respirá hondo, contá hasta diez, y decite por lo bajo “no me lo hace a mi”, vas a ver cómo lo que pintaba pelea se deshace como ese terrón de azúcar derretido en el café y lo amargo se vuelve un poco más dulce. 

Almejas y Cascabeles, radio

Una oyente me escribió diciendo que se lo pasaba esperando que su marido un día, la sorprenda con algo, la invite a salir, a comer afuera, a lo que sea… y nunca pasaba. “La rutina me está matando” me dijo, “estoy desanimada, sin entusiasmo ni ganas, pienso seriamente si no es que se terminó el amor, si no es el momento de separarme”.

Si me está oyendo, le digo a ella y a tantos como ella, que antes de pensar en el fin del amor, se pregunte cómo siente y expresa el amor cada uno según como sea cada uno. Por ejemplo, ¿qué tal si son una pareja de almeja y cascabel?

Las almejas prefieren la soledad y el silencio, son poco comunicativos, reservados. Huyen de los encuentros sociales y si no tienen más remedio que ir, se quedan cerca de la puerta lo más lejos posible del ruido. No necesitan cambiar sus rutinas, están cómodos y seguros en lo conocido. Si tu pareja es una almeja, está a gusto en su burbuja interior, lejos de las miradas. Son tranquilos y solitarios, no necesitan más que lo que tienen. 

A los cascabeles les encanta el ruido, comunicarse, necesitan estar con gente, ver y hacer cosas diferentes. Van con alegría a fiestas y reuniones, se apagan en la soledad y el silencio y se encienden con los cambios y las sorpresas que los estimulan y divierten. Si sos una almeja y tu pareja es un cascabel lo que te pide no es para incomodarte, es porque lo necesita. 

Dos almejas pueden convivir bien. No invaden espacios ni exigen nada al otro. Entienden la necesidad de acomodarse en la propia burbuja y no se sienten excluidos ni abandonados ni no queridos. 

Dos cascabeles juntos son más divertidos pero tienen que aprender a congeniar porque pueden chocar en esta necesidad constante de novedad que puede llevar a que se pisen y se atropellen. 

Si vivís con una almeja, como podría sucederle a la oyente que me escribió,  no esperes ni exijas ni presiones, no te enojes si no habla o si prefiere no acompañarte al cumpleaños de tu prima, evita exponerse demasiado a ese exterior que le es amenazante,  No es que no te quiere o que no le importás es que vive los cambios como amenazas. No te lo hace a vos. Es así.  

Si vivís con un cascabel no esperes ni le exijas ni presiones, no te enojes porque sea ruidoso y necesite estar con gente, conversar, ser el centro de la acción. No lo hace porque busca otras cosas, porque ya no te quiere, ni por molestarte ni irritarte. No te lo hace a vos. Es así.

Cada uno es como es y hace lo que puede. A los cascabeles les cuesta almejear, tal vez hasta les angustie. A las almejas les cuesta cascabelear, tal vez hasta les angustie. No es que no quieren, es que no están cómodos, no les sale y cada uno expresa su amor a su modo. 

Una de las claves para vivir en paz es saber cómo es uno y cómo es el otro y no pedirse cosas imposibles ni esperarlas del otro. Uno es como es, tiene lo que tiene y puede lo que puede. 

Volviendo a la oyente desanimada… No esperes que tu almeja te invite a algo. Hacelo vos pero invitalo tranqui y despacito para que vaya levantando la persiana que le tapa la oreja y te pueda escuchar. Acercate a su burbuja solitaria, acurrucate a su lado un ratito y recién después de un silencio tranquilizador, decile, sin urgencia ni presión, amorosamente “ya sé que preferís quedarte en casa pero necesito salir a comer afuera esta noche, ¿vamos? ¿lo harías por mí?”. Hacé la prueba, vas a ver que funciona y si tenés ganas después contame como te fue. 

Puentes que esperan ser construidos

Ilustación Daniel Roldán

Amigos que dejaron de hablarse, familiares que dejaron de reunirse, conocidos que dejaron de interactuar, a muchos de nosotros nos está pasando lo mismo. Unos y otros nos acusamos de obcecación y estupidez, de falta de ética y de dignidad, de ignorancia y ceguera. Para uno el otro es derechoso. Para el otro el uno es populista. Unos y otros se dicen ¿cómo es posible que piense así? Y llueven las imprecaciones y los insultos de uno y otro lado y esgrimimos argumentaciones que lejos de ser puentes no hunden más y más en el barro de la incomprensión. 

Perdí el contacto fácil y confiado con varias personas queridas que hoy me ven como enemiga. No encuentro la manera de lograr que el amor que nos unía siga fluyendo. Vivimos en una constante irritación atravesados por posiciones en las que nos atrincheramos un poco por convicción y otro poco por autodefensa. Leemos y escuchamos a los que confirman lo que pensamos, nos juntamos con los que dicen lo mismo que nosotros y no podemos evitar ver al otro como la cara del mal. 

Sé que la gran mayoría, de uno y otro lado, quiere que las cosas vayan bien, que el país renazca, que desaparezcan la pobreza, la inflación y el desánimo. También sé que hay los que, de uno y otro lado, estimulan las reacciones hostiles, son intolerantes y  viven las diferencias como una guerra. 

Mis padres sobrevivieron al nazismo en aquella Polonia regada con sangre judía. Sé que esto no es igual, que nadie quiere matar a nadie, pero la enemistad reinante nos hace vivir el constante peligro de estar caminando sobre terreno minado, midiendo nuestras palabras, mirando a uno y otro lado atentos al desprecio, a la descalificación y al ataque. 

Hago mías las ideas de Guadalupe Nogués, autora de “Pensar con otros”, cuando señala que conversar con los que piensan igual conduce a extremar y homogeneizar nuestras ideas, que cuando nuestra posición se vuelve parte de nuestra identidad, cualquier oposición nos resulta insoportable y no hay argumentación que la modifique porque atenta contra nuestra persona no contra nuestras ideas. Se confunde opinar algo con ser algo. Los únicos caminos que parecemos tomar, la pelea o el silencio, conducen al distanciamiento y al desgarro. Nogués propone tres pasos para construir un puente que achique la distancia. Uno, encontrar un piso común. Dos, dejar de ver al otro como un representante del mal. Y tres, en lugar de oponerse y discutir, tomar la decisión de escuchar. Habla de recomponer un diálogo respetuoso entre dos buenas personas que disienten. No es forzoso pelear si el disenso sucede sobre un piso común. 

Nadie quiere la guerra ni la desdicha ni la injusticia, ahí está el piso común que nos puede permitir recuperar esos amores que hemos perdido. Eso que sabemos que nos une, el volver a mirarnos con ojos de amigos para reencontrar a aquella persona con la que tanto tiempo estuvimos bien y, fundamentalmente, escuchar de verdad y aceptar nuestras diferencias. Son modos de construir puentes que nos acerquen. No es fácil pero tampoco imposible.

Vivimos este alejamiento de quienes amábamos y con quienes nos sentíamos bien como una dolorosa fractura, un desgarro emocional.  Añoro volver a sonreír con esos amores de mi vida que tanto me faltan, recuperar el placer del abrazo franco y transparente disfrutando de una puesta de sol pacífica, amorosa y relajada porque, aunque pensamos diferente, seguimos siendo quienes siempre fuimos el uno para el otro. 

Publicado en Clarin


Papás, un nuevo modelo

Se viene el día del padre y voy a hablar de los papás, de los de antes y de los de ahora. Los que somos más grandes tenemos el modelo del papá proveedor, el que salía a trabajar, llegaba cansado a casa mientras su señora le tenía la comida lista. La pobre había tenido que lidiar todo el día con la casa, con los chicos y si no había plata suficiente, inventando maneras de que no faltara nada. El papá no siempre llegaba de buen humor o con paciencia. Claro, venía cansado. La mamá, también cansada, lo esperaba con ganas de contarle lo que había pasado, hablar con un adulto y sentirse menos sola. Pero el papá no venía con ganas de hablar. Es que los papás de antes hablaban poco, no estaban entrenados en contar qué sentían, en pedir ayuda cuando les hacía falta, había que ocultar esos signos de debilidad, de poca hombría.

¡Cómo cambió todo! El feminismo, esta ola imparable que navegamos las mujeres, cambió todo, tanto para las mujeres como para los hombres. Hoy no son pocas las casas en las que el sostén principal viene del trabajo de la mujer. Los más jóvenes, criados en esta nueva cultura, muchos de ellos psicoanalizados, están aprendiendo a hablar, a ponerse en contacto con sus sentimientos y emociones, a preparar la comida, a cambiar pañales, a ir a las reuniones de padres o al pediatra con los chicos. La igualdad, al menos en el aporte de dinero y en las tareas relativas a la familia, se está acercando y todos estamos aprendiendo a movernos en estas nuevas coreografías.

A los hombres les resulta particularmente difícil porque no es el modelo que aprendieron, pero no quieren ser un papá distante que solo trabaja, no quieren perderse la crianza de los hijos, escuché que algunos hasta lamentan no poder amamantar a sus chicos. El nuevo papá está creciendo y a los que somos mas grandes nos sorprende y nos encanta. Al menos a mi me encanta ver a mis hijos disfrutando de ser padres, haciéndolo con placer. Los veo y pienso en mi papá que se lo perdió, que vivió encerrado en el molde del macho viril al que no se le debía escapar ni una lágrima, ni un suspiro, que debía ser fuerte y aguantarse lo que viniera. Los papás de hoy, no todos por cierto, pero cada vez son más, se animan a ser sensibles, a emocionarse, a contarle el cuentito de las buenas noches a sus chicos, a quedarse con ellos cuando la mamá sale con sus amigas. Los papás de hoy tienen la libertad también de salir con sus amigos, al menos una noche en la semana, la familia ya no es el único lugar en el que pueden socializar fuera del trabajo. 

Para estos papás que miran los programas de cocina y aprenden tips y datos que después vuelcan en una rica comida, que sostienen emocionalmente a su esposa y la reemplazan cuando ella no da más, que hasta se ofrecen a hacerlo sin que se lo pidan, a esos papá les digo chapeau y me alegro de que finalmente puedan disfrutar de ese regalo que nos da la vida que es la crianza de los hijos, que tiene momentos pesados, que es cansador, que no siempre es divertido, pero la masa que se amasa con las propias manos se hace propia, los momentos con los chicos, con las tareas de la casa, con todo eso que antes les estaba prohibido, les hace sentir que el reino del hogar también es el suyo. Felicidades para esos papás. Y para los que están aprendiendo estos nuevos pasos, paciencia, buena onda que la proximidad con sus hijos y su casa es una inversión de amor para el futuro.

Las buenas palabras

El viernes pasado hablé de las malas palabras, nunca/siempre, todo/nada y así, ésas que cuando se dicen ponen al otro en guardia y transforman la conversación en un enfrentamiento. Me llamó mi hermano y me sugirió que hablara también de las buenas palabras. Es lo que voy a hacer ahora.

Las buenas palabras son las que te dan la mano, las que te abren una sonrisa, son las llaves que hacen la vida mejor, las que te dicen, aunque no lo digan, “me gusta estar con vos”. y ¡cuánta falta nos hace que nos digan eso, ¿no?! Las conocemos todas y qué poco las usamos. 

Son por favor, gracias, disculpas, buen día, hasta mañana, ¡qué bueno tal cosa!, me gustó mucho tal otra, ¿estás bien?, ¿cómo te fue?, te extraño. Son palabras invitantes, que crean comunidad y la pareja es, o debería ser, una comunidad. Una comunidad de dos en el que cada uno se sienta incluido, aceptado, querido, necesitado. No nace sola, una comunidad se construye diariamente. Se trata de hacer lo mismo que hicimos durante el noviazgo o en los primeros tiempos, eso que nos seducía, nos enamoraba, nos hacía sentir que éramos mirados con cariño, con aceptación. Y muchas veces la convivencia, la rutina, la diaria, el lidiar con el service del lavarropas, con los horarios de los chicos, con el trabajo, nos va quitando aquellos cuidados que teníamos al principio, la cortesía, las buenas maneras y nos achanchamos.

Vivir en pareja se hace difícil cuando dejamos de ser educados y amables y vemos al otro como un mueble más. El otro sigue siendo un otro, quiere ser visto, considerado, aceptado y querido. Igual que nosotros. Mantener las buenas maneras en la mesa, vestirse con cuidado para que nuestra presencia le sea agradable, mostrar interés por su vida o sus emociones, todo eso construye comunidad, construye confianza y da seguridad. Como dije en otra columna, la seguridad de que no hay amenazas de ser echados de la cueva protectora. 

“Por favor, gracias, disculpas, buen día, hasta mañana, ¡qué bueno tal cosa!, me gustó mucho tal otra, ¿estás bien?, ¿cómo te fue?, te extraño” se dicen con gesto amable, informan que uno ve lo que estuvo bien, que uno lo reconoce y eso alienta al otro, le hace sentir bien. Crear comunidad con nuestra pareja, ser un equipo, una sociedad amistosa, nos hace bien a nosotros mismos. 

La pasión dura poco, el fuego se entibia y quedan el rescoldo y las brasas que tenemos que mantener vivas. 

Unirse no es el final de la historia como nos cuentan los cuentos. Unirse es el comienzo de un camino cuya mayor dificultad es dejar de ver al otro como otro y tratarlo como si fuera una parte de nosotros, como si fuera un brazo. A un brazo no le decís gracias ni por favor ni nada. Es tuyo, no hace falta. Pero el otro con el que uno vive no es parte de uno aunque la convivencia a veces nos lo haga creer. Tampoco es un mueble. El otro necesita del gracias y del por favor y de disculpas, buen día, hasta mañana, ¡qué bueno tal cosa!, me gustó mucho tal otra, ¿estás bien?, ¿cómo te fue?, te extraño.

Así como hay que tomar líquido para evitar la peligrosa deshidratación, acordémonos de decir alguna de estas buenas palabras para que la pareja no se seque ni se marchite, que haya la humedad necesaria para revivir y mantenerla fresca y lozana.


Las malas palabras

Columna número 14 de Vivir en pareja columna en Le doy mi palabra conducido por Alfredo Leuco en radio Mitre. 3 de junio de 2022

Hoy voy a hablar de las malas palabras. No te asustes Alfredo, no diré ni caca, ni pis, ni moco ni pedo. Voy a hablar de esas palabras que son tan pero tan malas que tienen la virtud de cerrar la oreja de nuestra pareja, son como llaves al revés, llaves que cierran y que hacen difícil seguir hablando. Vienen en pareja, son siempre/nunca, todo/nada, sano/enfermo, normal/anormal, una contraria a la otra pero cualquiera tiene la capacidad de enardecer. 

Nunca te acordás de mí. Lo que hacés es enfermo. No colaborás en nada. No sos normal. Siempre me estás criticando. Todo lo que vivimos está mal. Ver tan seguido a tu madre es anormal. Lo que yo hago es sano mientras que lo que hacés vos… 

Repito estas malas, malísimas palabras: siempre/nunca, todo/nada, sano/enfermo, normal/anormal.

En medio de una conversación o de una discusión o de un intercambio de ideas para tomar alguna decisión, se nos cuelan estas palabras que enarbolamos enfáticamente, nos apoyamos en ellas como si tuviéramos la verdad revelada que comprueba de manera objetiva e irrefutable lo que creemos y lo que pensamos, lo que es así.

¿Es que hay algo que pasa siempre o que no pasa nunca? ¿No será más cierto decir que pasa muchas veces o que rara vez pasa? Si decimos siempre o nunca es probable que al otro se le ocurra alguna vez en que no haya sido así y ahí la conversación cambia de rumbo y en lugar de hablar de lo que se debería hablar el siempre o nunca son tomados como esa exageración que te descalifica y te deja pagando.

Igual con todo o nada, sano o enfermo, normal o anormal. Todas palabras definitivas, pruebas irrefutables que nos hacen sentir seguros de lo que decimos y con las que , al mismo tiempo, que estamos probando de manera objetiva la incapacidad, la maldad o la incompetencia de nuestro otro. 

Son palabras que cierran la conversación porque lo ponen al otro en el lugar del que siempre hace todo mal. Y ¿a quién le gusta ser puesto en un lugar así? Pensá ¿Qué sentís cuando te ponen en ese lugar? y además cuando decís todo, ¿de verdad es todo? ¿Cuando decís nada, de verdad es nada? Lo mismo con sano/enfermo, siempre/nunca. Ya sé que lo decís para enfatizar, para mostrar cuánto te duele algo, habla tu desesperación o tu enojo, pero las cosas rara vez son tan absolutas. Estuve a punto de decir nunca pero sé que si quiero que me escuches, lo debo decir con más cuidado y en lugar de decir nunca dije rara vez.

 Las malas palabras parecen garantizar autoridad pero embarran tanto la cancha que el otro termina sin escuchar lo que tenías que decir. Las repito para que no las olvides. Deci sin pedir perdón caca, pis, moco y pedo pero borrá de tu vocabulario, en especial cuando conversás con tu pareja, los siempre/nunca, todo/nada, sano/enfermo, normal/anormal. Son palabras que arrinconan, no dejan una salida caballerosa y a veces hasta ofenden. Cambiá de llave, usá una que abra no una que cierre. 

Mamíferos y neandertales.

¿Qué es esa reacción explosiva, ese grito con el que a veces te responden? ¿Qué es ese llanto, esa angustia, ese miedo que a veces te inunda? ¿Que son esas emociones que nos hacen responder así? ¿De dónde vienen? ¿Es odio? ¿Es maldad? ¿Es intolerancia? Puede ser cualquiera de esas cosas pero probablemente lo que las dispara sea la amenaza de exclusión que tiene toda conducta violenta que si tuviera un subtítulo diría: No te aguanto, no te quiero ver más, no te quiero. Lo que es insoportable debido a dos cosas.

Una es que somos mamíferos y la otra que tenemos el mismo sistema nervioso central que los neandertales, los de la época de las cavernas. 

Somos gregarios y sociales como todo mamífero, necesitamos del grupo porque no podemos sobrevivir solos.  

Tenemos la misma estructura cerebral que los neandertales, las mismas hormonas, los mismos conectores neuronales, las mismas respuestas defensivas ante el peligro. 

Para nuestro sistema nervioso seguimos en la cueva protectora y nuestra vida depende del grupo. La cueva nos da reparo, calor y seguridad. La cueva nos asegura que tendremos alimentación suficiente, que estaremos al reparo de las inclemencias del tiempo y de los depredadores, que nuestros hijos llegarán a adultos. No podríamos sobrevivir si nos echaran de la cueva, necesitamos de los demás, no podríamos sobrevivir solos. Necesitamos asegurarnos de que somos aceptados por eso, si nos rechazan, para nuestro cerebro nos echaron de la cueva y quedaremos a la intemperie. 

Hoy la cueva es nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos y necesitamos asegurarnos de que seguiremos allí por eso vivimos sedientos de aprobación y reconocimiento.

La crítica, la ira, cualquier ataque, son señales que son amenazas para nuestro cerebro que dispara las reacciones defensivas. El grito, la furia en la mirada, el gesto violento, el golpe, disparan torrentes de adrenalina y de cortisol, la hormona de la angustia, y volvemos a ser neandertales primitivos aterrados ante la idea de ser excluidos y echados de la cueva. Nuestra conducta no es racional sino primaria y emocional, igual que en los comienzos de los tiempos humanos. Si alguien de nuestra cueva, en especial nuestra pareja, nos ataca, es una amenaza de muerte. El destierro era el supremo castigo en la Grecia antigua, peor que la prisión, así, para nuestro cerebro, quedar afuera, ser excluidos, desterrados, echados, nos despierta aquella angustia inscripta en nuestras neuronas. 

Tené presente entonces que cada vez que criticás o atacás, sea con palabras o actitudes, se dispara en el otro esa temida amenaza y responde el mamífero y el neandertal, se defiende, reacciona y contraataca. No lo hace por malo sino porque está aterrado. La amenaza de exclusión derrumba la lógica, un cerebro inundado de adrenalina y cortisol es pura reacción, pura desesperación y ante la amenaza de ser excluidos somos mamífero y neandertales. 

Lo digo para que lo tengamos presente en cada discusión, para que no sea entendida como amenaza de exclusión ni peligro del abandono. No estoy de acuerdo pero seguimos juntos. Así de simple, dando confianza y seguridad de que seguiremos al amparo de la cueva protectora, calentitos y libres de todo mal.