Otras cosas

Chupahuevista Social Club | •CSC•

Chupahuevista Social Club | •CSC•

En la huevísima era de la pos-pandemia

Presidenta y fundadora: Diana Wang

Secretario General: Mariano Dorfman

Declaración de principios.

Los Chupahuevistas somos personas adultas que nos asociamos voluntariamente y que confirmamos en el acto de solicitar el ingreso aceptar las condiciones exigidas. 

Un Chupahuevista debe tener o conquistar la fortaleza de luchar contra sí mismo para instalar y desarrollar el nuevo estado de cosas y transformarse en el trayecto. 

Un Chupahuevista es alguien serio y responsable, que ama lo que hace y que lo hace de la mejor manera que puede. 

Pero a no confundirse, jamás un Chupahuevista es alguien a quien no le importa nada; ésos son los Chupahuevistas truchos, infiltrados, ignorantes y alborotadores. El Chupahuevista auténtico es el que pone sus mejores huevos ahí donde le importa y los empolla con entusiasmo. 

Mantra: No somos un yogurt ni una gaseosa, pero estamos seguros de que se puede vivir una vida más light. 

El Chupahuevista verdadero tiene los siguientes beneficios:

  • mayor ligereza en el andar

  • progresiva desintegración de la culpa

  • descenso de la presión y regulación del metabolismo

Para solicitar ingreso hay que cumplimentar al menos 5 de estos requisitos: 

  1. tener una pasión que te impulse y sumergirte en ella

  2. tomar el ocio como parte esencial de la vida 

  3. resistir el influjo de los consejos y las críticas

  4. dejar de pedirle peras al olmo, esperar solo lo posible

  5. encontrar el lado amable de las cosas y ejercitar los músculos de la sonrisa

  6. asumir no ser el centro del mundo ni que todo te está dirigido a vos 

  7. domar al ego para que se calme y no exija tanto

  8. verte y ver a los demás con benevolencia

  9. saber que solo se puede hasta ahí, no siempre querer es poder

  10. decir gracias, por favor y disculpas

No hay restricción alguna por edad, género o condición física. Si no llegás a los 5 requeridos, entrenate para alcanzalos y volvé a enviar la solicitud en 6 meses. Se te mantendrá la cuota de ingreso. Pasado ese lapso tendrás que volver a pagarla.

Nota: Si el ingreso es aceptado, el asociado se compromete a entrenar y adquirir las condiciones que le faltan a la hora de ingresar. 

Cuota de ingreso: 

fotografías de 3 sonrisas, sean de verdad o ésas con los dientes, diciendo chiiiiiis o whisky o como sean.

Frases Célebres de chupahuevistas ilustres:

Relajate, no te jugás la vida en cada cosa. 

A la gente le chupa un huevo lo que haces o dejás de hacer.

No, no vas a cambiar el mundo en cada cosa que hagas

Cuando mete la pata un chupahuevista se ríe y aprende de ello

Por último, un Chupahuevista de ley afirma 

1) que no se la cree y 

2) que no tiene garantías de seguir vivo los próximos 5 minutos. 

Si no podés firmarlo, ni lo intentes, este club no es para vos.

Si llegaste hasta acá es porque posiblemente ya te sientas parte del •CSC• y te tiente preguntarnos “¿y cómo sigue todo esto?”.

Bueno, la verdad es que nosotros nos hicimos la misma pregunta, y debemos decirte que por el momento no tenemos una respuesta para darte. Pero mientras tanto, te damos algunas ideas:

  • Podés marcar este mail o whatsapp como favorito así lo tenés a mano cuando recuerdes que queres vivir una vida más light.

  • Podés reenviarlo si pensás que a otros les va a venir bien pensar que no están solos y que el mundo está lleno de chupahuevistas.

  • Y si ya te volviste un fan del club, hasta podés hacerlo cuadrito y colgarlo en el living de tu casa.

  • Ah, y por último, y no menos importante, también podés responder este mensaje con algún comentario, idea, sugerencia o simplemente con un emoji de corazoncito 💛.



Pedir Justicia

Hace años que estamos marchando. En aquellos jueves de la Plaza las Madres pedían la aparición con vida. En los noventa Catamarca marchó en un silencio desgarrado por la impunidad ante el asesinato de María Soledad Morales. Cuando una bomba derrumbó la AMIA, la indignación por el ataque y luego por los encubrimientos cómplices, la calle gritó Justicia, Justicia perseguirás. Pero hicieron falta unos años más para que el reclamo generalizado pidiera Justicia. 

Enero de 1997 nos golpeó con el asesinato de Jose Luis Cabezas y sus archivos de componendas y nuevos encubrimientos. En 2004 el reclamo fue por el asesinato a mansalva de Axel Blumberg, en 2006 por el esclarecimiento de la desaparición del testigo protegido Julio López y, por citar los más notorios. En 2015 fue debido al asesinato con el burdo disfraz de suicidio de Alberto Nissman horas antes de defender su denuncia contra los firmantes del (mal)entendimiento con Irán. Nada menos que un fiscal asesinado. Las sospechas hicieron temblar el piso de nuestra república. La justicia había sido lacerada, herida, subvertida e impunemente acallada. El reclamo fue, entonces sí,  por la Justicia.

Las protestas y las marchas por muertes debidas a diferentes causas, a diferentes víctimas y a diferentes victimarios, se encolumnan ahora unánimemente bajo el pedido de justicia. Ya no contra la inseguridad, contra la impunidad, contra la complicidad o la inacción. 

La exigencia de justicia elevó la demanda a un nivel superior. No se reclama por privilegios de algunos, por componendas políticas o corruptas, por gatillo fácil de fuerzas policiales venales o mal formadas. Se pide, se exige Justicia, o sea, la garantía de un Poder Judicial efectivo y confiable, ese paraguas común que nos resguarda. Una Justicia que vuelva a ponerse la venda y nos asegure que será para todos, que no importará a quién beneficia ni a quién perjudica, que sostendrá y garantizará una convivencia pacífica.  

Se ha comprendido que con la víctima muerta, no hay fuerza ni marcha que la vuelva a la vida. Pero la indignación, el dolor y la impotencia requieren del alivio de la pena y la rabia en el abrazo colectivo de empatía, sostén y acompañamiento. Por eso las marchas. Por eso la gente. Por eso las calles.

Diana Cohen Agrest eligió otro camino. Se internó en los laberintos de las leyes y su imposición tantas veces quebrada, pervertida e inútil y creó la Usina de Justicia. Luego del asesinato de su hijo y de la liberación de su asesino, buscó en la recomposición de la Justicia el camino que la reconciliara con la humanidad.

El nuevo mensaje es que cuando en las marchas se pide justicia, se instala la noción de que el daño no solo fue individual, también fue social, nos toca a todos y una a una van sumando una nueva consigna: “para que no vuelva a pasar”. Es que recién cuando a uno le pasa, uno se da cuenta de cómo es eso que estaba tan lejos cuando le pasaba a otros. Y los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que parecían abstractos se vuelven concretos y entendemos que cuando funcionan y se equilibran nos garantizan la continuidad de la vida en una sociedad organizada. 

El cachetazo que recibimos cuando lo que le pasaba a otros ahora nos pasa a nosotros, nos sacude, nos despierta y nos impulsa a la acción. Y marchamos. Y gritamos. Pero ahora, por fin, con la Justicia como horizonte. Por eso en todas las marchas se pide Justicia, una Justicia justa que funcione en el cabal entendimiento de que solo así no volverá a pasar. 

Publicado en Clarín, en El Diario de Leuco, y en la Revista Gallo.

Morir por una foto

Cuando en aquel poblado perdido de Grecia se puso de moda el suicidio de adolescentes el alcalde decretó que serían exhibidos desnudos en la plaza. No hubo más suicidios. La idea de que su desnudez sea vista aún después de muertos resultaba insoportable. Pero ésta no es una anécdota aislada. La imagen que mostramos tiene un enorme peso en el mundo de hoy. Es nuestra carta de presentación y ponemos mucho esfuerzo para que muestre cómo queremos ser vistos. Con la mejor pose y la iluminación perfecta, los filtros que nos proveen las aplicaciones y las correcciones de un photoshop o similar, podemos disimular nuestras imperfecciones y acatar la norma estética vigente. Las fotos terminan siendo fake fotos y contradicen, a veces dolorosamente, lo que vemos cuando nos miramos al espejo. Esa imagen privada e imperfecta, tan diferente de la foto pública, genera una sed inmediata de corrección estética. Las cirugías son a nuestro cuerpo lo que el photoshop es a nuestras fotos. 

¿De qué somos capaces para ser perfectos, emerger del anonimato y conseguir ser vistos? El fenómeno de las selfies de alto riesgo es un nuevo recurso que está empezando a preocupar. Son fotos tomadas desde el borde más alto de un rascacielos, desde la orilla de una catarata ríspida, tirándose en un paracaídas, jugando con animales salvajes y con armas de fuego, la sonrisa desafiante y en poses triunfalistas que muchas veces son el momento anterior a una tragedia. 

Según la investigación de la fundación iO especializada en Medicina Tropical y del Viajero, los accidentes registrados desde 2008 en todo el mundo sumaron 379 personas muertas, una cada 13 días. Pero en lo que va de 2021, ya son 31, el doble, una muerte por semana, en su mayoría gente muy joven, 41% adolescentes y 37% veinteañeros. 

Tanto los adolescentes que no soportaban la idea de ser vistos desnudos después de muertos como estos jóvenes que creyéndose eternos eligieron fotografiarse aunque en ello se les fuera la vida, nos confrontan con el peso de vivir bajo el imperio de la imagen.

Esa foto insólita, sorprendente y escalofriante tomada en sitios peligrosos, se sube a las redes y con suerte se viraliza, se multiplica ad infinitum. Se consigue atención, visibilidad y likes, la ansiada validación social que, según el ranking de seguidores, mide cuánto vale cada uno. El peligro, el riesgo implícito es parte del placer junto con la anticipación de la recompensa de los 5 minutos de fama, y con ellos la conquista de reconocimiento y admiración, la necesidad de aceptación y amor. Temas que nos tocan a todos pero que son especialmente sensibles para adolescentes y jóvenes.

Vivimos una época icónica con un mercado muy competitivo. “Dime cuántos te ven y te diré quién eres” es la premisa que genera el diseño de un marketing personal con especial énfasis puesto en un packaging que nos muestre hermosos, jóvenes, alegres y exitosos. Pero es tanta la marea homogénea de sonrisas y poses en escenarios soñados o inéditos en las que todos nos vemos igualmente felices que está dejando de ser original. No hay forma de diferenciarse y sobresalir. Terminamos siendo parte de una masa indiferenciada, desapercibidos y anónimos. Insoportable. Hasta las fotos íntimas, sexuales, impúdicas, provocativas y/o eróticas están dejando de escandalizar por su frecuencia, van perdiendo espectacularidad e interés. 

Cuando se ha probado todo, cuando se ha estirado el límite del buen gusto hasta extremos inéditos ¿cómo ser “alguien” ante tanta oferta icónica de toda calaña y color?

Una imagen vale mil palabras. Milan Kundera decía en “La eternidad” que si un hombre tuviera que elegir entre pasar una semana en la intimidad con una modelo famosa o pasear con ella dos horas por un sitio concurrido en que fuera visto, pero sin poder tocarla, la mayoría elegiría lo segundo. Renunciaría a la experiencia del disfrute íntimo en pos de la anticipación de la eternidad. Ser visto por muchos replica la imagen guardada en infinitos ojos mientras que la experiencia íntima solo es recordada por uno, es evanescente, desconocida y anónima. 

Es parte de lo que se juega en las selfies tomadas en situaciones de riesgo que tantas veces conducen a la muerte. Tal vez son, además, un intento de eternizar la lozanía de esos cuerpos poseídos de invulnerabilidad que desafían y dialogan con la muerte, tan lejos de todo cálculo a esa edad. No hay vientos ni desequilibrios ni fallas en el terreno que les preocupen, alta la adrenalina ante el placer de imaginar esa foto viralizada y premiada con vistas, likes y seguidores. 

Mundo vidriera, mundo consumidor de imágenes. Cuantos más nos vean más importantes seremos. Si no nos ven, no somos. Las fotos de lo que vivimos multiplican y reviven aquel placer sentido con los ojos trás la cámara así el momento se guardaba, luego se publicaba y compartía para que fuera visto y conservado por toda la eternidad. La cámara como proyección de nuestro cuerpo e intermediaria de la experiencia entre uno y el momento, la foto como reservorio del momento y garantía de su persistencia en el tiempo. 

Mundo de imágenes, de ilusiones vendedoras de fantasías que nos prometen trascendencia, validación y terminan siendo falsas promesas. ¿Eternas? Ya no. Son tantas las que se publican que como un pacman perverso, una se va comiendo a la siguiente. Los cinco minutos de fama ya son cuatro y en poco tiempo serán tres y luego menos que nada porque hoy más que nunca ”la fama es puro cuento”. “No será así conmigo, haré que la fama persista y me haga feliz para siempre” se ilusionan quienes se desvelan por sobresalir y  se toman una foto allí donde nadie se la había tomado antes, aún a riesgo de la propia vida, especialmente a riesgo de su propia vida y en el momento del click orgástico creen tocar la eternidad que exorcise para siempre a la muerte. 

Publicado en Infobae y en Gallo.


Alcira volvió a reír

Para el taller de capacitación de Zunilda Valencia.

Alcira vive a la vuelta de casa. Cuando mi hija era chica más de una vez se la llevé para que la cuidara cuando no tenía con quién dejarla y tenía que trabajar. Tanto ella como Agustín, su marido, fueron siempre generosos y solidarios. Agustín falleció hace pocos meses y Alcira, hoy muy grande, está sola. Sus hijos volaron y ni ellos ni sus nietos la ven con frecuencia. Alcira está sola y es muy orgullosa para pedir compañía. 

La fui a ver con una tarta de ciruelas que sé que le gusta. Cuando me vio, su mirada iluminó la casa que estaba en tinieblas porque no había tenido fuerzas para levantar las persianas. La recuerdo coqueta, maquillada, vestida con colores de modo que su imagen gris y su ropa descuidada me golpearon fuertemente. ¿Cómo darle un poco de ánimo? “Mirá qué lindo día” o “está llegando la primavera” o “¿escuchás los pajaritos?” habrían sido desoídas por ella, tan inmersa en la soledad y el abandono, tan desconfiada de los lugares comunes y las frases hechas. No sabía cómo levantarle el ánimo. Se me ocurrió que no sabía nada de su vida cuando joven. Y se lo pregunté. 

Fue como accionar una perilla invisible que le extendió los labios en una sonrisa mientras le chispeaban los ojos. “¡Cantaba y bailaba!” me dijo, “español, cantaba y bailaba español” y se puso de pie y con una mano en la cintura y la otra alzada sobre su cabeza hizo un paso de baile olvidando el bastón que la acompañaba siempre que se ponía de pie. Cuando se dio cuenta se sentó y estalló en una carcajada. “Me encantaba cantar y bailar.. ¡y también actuar!” Vio la sorpresa en mi cara que la alentó para seguir hablando. “Mi sueño era ser actriz, de comedia, de ésas que hacen reír, que cantan y bailan…. y me di el gusto de hacerlo”. 

“Dale, contame, no te imaginaba en un escenario” le dije. “¡Ja! ¡no sabés lo que era! Me gustaba tanto que cuando empezaba la obra me transportaba, ya no era yo, era el personaje que me tocaba hacer, la esposa celosa, la jovencita descarriada, la profesora traviesa… yo qué sé, ya ni me acuerdo, pero sí que era muy pero muy feliz!”. Ya no tenía delante a la Alcira desanimada, oscura y apagada. Era pura luz y sonido, era energía y determinación, era risa y contento. “Contame más” le pedí. Y se zambulló con gusto en esos recuerdos, en aquellos días en que la vida tenía otras promesas para ella. “Resulta que yo trabajaba en Campomar, en Belgrano, en la parte administrativa, cuando se armó un grupo de teatro con varios del personal me dije ‘a mi juego me llamaron’ y me anoté. Fue lo más divertido que hice en mi vida. Tenía, yo qué sé… a ver…, y sí, tenía 20 ó 22 años, imaginate, hace más de 60…. Los ensayos después de hora, los chistes con mis compañeros, ¡qué momentos! ¡tan vivos! ¡tan alegres! La empresa nos prestaba un lugar, los carpinteros y electricistas preparaban la escenografía, se alquilaban los trajes y vestidos y poníamos la obra en escena. Venían los directivos, los demás compañeros y sus familias, autoridades, personas famosas del barrio, ¡hasta gente de la Iglesia! Y yo, nada de miedo, ¿qué iba a tener miedo si era lo que soñaba? Iba al cine y veía las películas de aquella época, te estoy hablando de los años cincuenta, por ahí, con Zully Moreno, Nelly Láinez, María Duval, Amelia Bence, Tita Merello, Olga Zubarry y, para mi la mejor, Nini Marshall… yo quería ser como ella pero, claro, no tenía ni por asomo su talento. Pero quería actuar en comedias ligeras, adoraba conmover y hacer reír… Fui tan feliz haciendo eso que un día me animé y me presenté a Delfor en La Revista Dislocada, me probó, pero no sé qué pasó que no quedé, no me llamaron nunca. Y al poco tiempo conocí a Agustín y me enamoré. Y ahí terminó mi carrera de actriz, me casé, tuve los hijos y había que ocuparse y estar en casa.”

Se quedó en silencio, los ojos abiertos pero no era las paredes de su casa lo que veía, ni me veía a mi, sus ojos miraban lejos, atrás, adentro. “Esperá” dijo de pronto y se levantó con un salto, fue hacia una cómoda, la abrió, revolvió papeles, álbumes, carpetas y “¡acá está!” gritó con voz cantarina y tomó una bolsa. Acercándose a mi la abrió y sacó de adentro un álbum de cuero marrón oscuro y fue desplegando hoja por hoja con las fotos que contenía. 



“¿Ves? ésta soy yo haciendo de la esposa coqueta que quería salir y su marido barrigón vago y pesado que vivía tirado en el sillón no quería… Y acá hago de princesa, mirá, ese vestido me fascinaba porque era como siempre dibujábamos a las princesas y ¡hasta coronita conseguimos!!!! Y fijate en ésta con todo el elenco que me tienen en andas porque me había lucido como nunca esa vez….” Alcira sola. Alcira triste. Alcira en tinieblas había desaparecido. Era ahora Alcira encendida, Alcira dicharachera, Alcira sonriente. Vi tras su piel ajada, su pelo descuidado, sus uñas que hacía tanto no habían sido pintadas de rojo, a la coqueta, la inquieta, la pizpireta. No sé cuánto le habrá durado la alegría revivir esos recuerdos pero no tengo dudas de que esa charla le dio nuevos ánimos porque cuando me iba dijo: “¿Sabés qué voy a hacer? Voy a invitar a mis tres nietos y a sus parejas, voy a hacer una torta de naranja que tanto les gusta y les voy a contar todo esto, les voy a mostrar las fotos y, si me animo, les canto alguna de las canciones que amaba”. Me pareció una idea genial y le pedí que me cantara una a mí antes de que me fuera. Ni lerda ni perezosa lo hizo, te voy a cantar una canción de amor y de nostalgia, se la cantaba siempre a Agustín:

Una vez un ruiseñor, en las claras de la aurora

quedó preso de una flor lejos de su ruiseñora.

Esperando su vuelta en el nío, ella vió que la tarde moría,

y en la noche cantándole al río, medio loca de amor le decía:

¿Dónde estará mi vía, por qué no viene?

qué rosita encendía me lo entretiene.

agua clara de camina entre juncos y mil flores, 

dile que tienen espinas las rosas de los rosales.

Dile que no hay colores que yo no tenga.

que me muero de amores, ¡dile que venga!

Y volví a casa, a la vuelta nomás, yo también con una nueva sonrisa pintada en la cara.

Elegir la libertad de pensar

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¿Usted es un hombre de izquierda?

No, no quiero ser de ninguna parte para poder ser de todas partes. No ser de ninguna parte es no estar comprometido con ninguna ideología y solo si no estoy comprometido con ninguna ideología puedo pensarlo todo porque no tengo las respuestas pre hechas a mis preguntas sino que me tengo que detener a observar, a entender. La ideología se opone a la reflexión.

¿Y nunca ha creído en una ideología?

Cuando chico.

Humberto Maturana (1928-2021)


Papá era del Betar, una organización judía en la Polonia de preguerra. Avergonzada, lo oculté durante muchos años. ¿Cómo decir que era hija de semejante monstruo que había elegido a la derecha en lugar de a la impoluta izquierda? ¡Si había sido la juventud de izquierda al mando de Mordejai Anielevich la protagonista del heroico levantamiento del gueto de Varsovia! Supe años más tarde que la narrativa oficial había ocultado que la derecha malsana del Betar, tanto o más protagonista, había sido silenciada, desaparecida, cancelada como diríamos hoy. 

La izquierda ganó la batalla cultural y sigue partiendo aguas. Pertenecer al clan da patente de interés en los pobres para proteger la justicia social y los valores humanistas. La tribu identitaria te acogerá y cobijará siempre y cuando te sometas a sus designios, te homegeinices con el resto y pongas a las otras tribus de uno u otro lado, es decir, a cada uno en “su lugar”.  

El mundo se ha vuelto una estructura con casilleros binarios. Carnívoros o vegetarianos. Machirulos o feministas. Progres o fachos. 

Durante el paleolítico era cuestión de vida o muerte saber si quien estaba cerca era amigo o enemigo, si pertenecía a una tribu que haría lo posible por robarnos el secreto del fuego o si venía en son de paz. Había que advertirlo a simple vista porque si te equivocabas no seguirías vivo un minuto más. Dicen los neurólogos que nuestra estructura cerebral sigue siendo la misma de entonces, que los cambios culturales, sociales, tecnológicos, no alteraron ni las circunvoluciones ni las hormonas, ni los sentidos. Esta necesidad tribal binaria es un resabio de aquello, de cuando éramos cazadores-recolectores, vivíamos en cuevas y nuestro único interés era mantenernos vivos. 

Hoy es un fenómeno global saber de qué lado está cada uno. Debe estar respondiendo también a una cuestión de supervivencia. Las redes sociales lo han generalizado de modo pandémico y estamos infectados con esa necesidad de identificar enemigos, de convivir solo con los de nuestro mismo (c)olor. Como en el paleolítico.

Pero hay algunos raros especímenes, como Maturana, que no admiten ser encasillados, empeñados en moverse a su aire, libres para pensar, evaluar y decidir. Son los desencasillados, los inmunes al contagio tribal, los disruptivamente sospechosos que enuncian impúdicamente lo que ven y se animan a decir, cuando el rey está desnudo, que está desnudo.  

Nos cubren nubes de corrección política represivas y totalitarias que reeditan el Malleus Maleficarum, la biblia de la caza de brujas y el opresivo “big brother is watching you” de Orwell. Nadie resiste el escrutinio de toda su conducta. Es preciso cuidarse de palabras, gestos e intenciones para no ser encasillado. 

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La mirada ideológica y etiquetadora, ese ejercicio de poder y sometimiento encasillador, nos encierra en prisiones tribales. Pero somos más que miembros de una tribu, tenemos identidades múltiples, complejas y a veces cambiantes. Podemos elegir. Elijamos, junto al maestro Maturana, la libertad de pensar. 

Publicado en Clarin.

Publicado en Gallo con esta Ilustración.

La lapicera desaparecida (nueva versión) - Video del Sholem

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Con un viejo texto mío relativo a la culpa y al perdón (está abajo), ahora abreviado, Carina Toker, Claudia Wolowski y Eliana @enmodolupa con sus dibujos maravillosos, gente querida del Sholem, hicieron este conmovedor video:

Cuando era chica no había biromes. Para escribir con tinta había que llevar un tintero a la escuela y mojar allí la pluma para escribir. Y un día aparecieron las lapiceras fuente, ¡venían con la tinta adentro! y me regalaron una, “cuidala mucho” me dijo papá. En la escuela fue genial, los “¡uuuus!” y “¡aaaas!” de las chicas al ver esa maravilla. 

Cuando volví a casa quise hacer los deberes, saqué la cartuchera y la lapicera fuente no estaba. Vacié la mochila, revisé todos sus bolsillos y no, no estaba. La lapicera había desaparecido.

Lloré toda la tarde y cuando vino papá y le dije me miró fijamente “¿Seguro que la pusiste en la cartuchera?” me preguntó.”Sí”, le dije “ y todavía me acuerdo que la enrollé en un papel glacé de color celeste para que no se rayara y que Nilda, mi compañera de banco, me cargó por eso”.  “Te dije que la cuidaras” me retó y me morí de la vergüenza por haber sido tan descuidada.

Un día fui con mi nieta al shopping y caminando por el pasillo escuché que me decían  “¿Wang?”, era una mujer que no reconocía. “Soy Espósito, de la primaria, me sentaba atrás tuyo” y ahí sí, me acordé. Nos saludamos, nos contamos si habíamos estudiado, si nos casamos, si teníamos hijos, nietos. Y listo, nos despedimos y cada una siguió su camino. Di cuatro pasos y oí otra vez “Wang…”, me dí vuelta. Espósito con los ojos húmedos me dijo “Fui yo. La lapicera fuente me la llevé yo” y se fue.

Mi nieta tenía nueve años como nosotras entonces. Y pensé que tantos años después, ya no me acordaba de la lapicera desaparecida, pero Espósito sí porque había cargado 60 años con la culpa.  Le llevó 60 años contármelo y pedirme perdón. 

Shabat Shalom, gmar jatimá tová

Acerca de pedir perdón

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¿Por qué los judíos honramos el Día del Perdón una vez por año? 

Pedir perdón es uno de los ejes centrales de la convivencia humana en el que reconocemos y aceptamos que somos del otro y para el otro y que somos responsables de nuestras conductas.

No todo pedido de perdón lo es en realidad. Estamos tan centrados en nosotros mismos que salirnos de nuestro ego desvalido y de verdad considerar al otro, ponernos en su lugar, nos es muy difícil. Creemos -tememos- que si lo hacemos nos mostraremos débiles y vulnerables y nos pondremos en sus manos y se aprovechará de nosotros. Es cierto, nos ponemos en manos del otro y podrá aprovecharse de eso. Así es el juego de la convivencia, siempre un desafío, siempre una lección, siempre un aprendizaje. Podemos hacer falsos pedidos de perdón con un “fue sin querer”, “me provocaste”, “no es para tanto”, pretextos exculpatorios, acusaciones encubiertas,  sin arrepentimiento ni compensación alguna. 

Cuando pedimos perdón, cuando es de verdad, estamos haciendo varias cosas. La primera es reconocer y aceptar que hicimos algo que no estuvo bien. Sea “al propósito o sin querer” como decíamos en mi barrio, si lo hicimos, hecho está. 

También expresamos nuestro desacuerdo con aquella conducta, es decir nos arrepentimos, decimos que no nos gusta ser esa persona que hizo aquello que hicimos. 

Al pedir perdón ubicamos al afectado en un lugar jerárquico superior, dependemos de su perdón, es nuestro dueño porque nos puede perdonar o no. ¿Cómo conseguir el perdón? No alcanza con reconocer, arrepentirse y pedirlo. También implica alguna acción reparatoria concreta que compense el daño e indique que nuestro pedido de perdón es sincero. Recién cuando a quien dañamos u ofendimos nos perdona, la deuda está saldada y, nos enseña la tradición judía, volvemos a ser dueños de nosotros mismos.

Es un perdón terrenal e interpersonal, que se pide por una acción concreta a una persona concreta.

Pero  por qué entonces el Día del Perdón? ¿No alcanza con pedirlo a quien se dañó? Pues no. No alcanza. El ayuno, el ritual de reunirse con otros en esa jornada de silencio, lamentos y promesas, refiere que se trata de algo más grande. Todo daño particular (mentir, robar, engañar, ofender) quebranta la ley de la convivencia humana. El daño al tejido social hace necesario un ritual y un compromiso colectivo. No solo a la sociedad, también a la Tierra, a este planeta que dicen las escrituras nos fue dado en préstamo, no nos pertenece. Ese pedacito de tierra que creemos poseer, es nuestro temporalmente y no tenemos derecho a maltratarlo. Sólo en un ritual colectivo y coral podemos restablecer el pacto con el planeta que nos cobija y prometer, un año más, que lo trataremos mejor. A nuestros semejantes y al planeta. Es tanto y tan grande que solo puede ser albergado en un ritual colectivo.

El perdón es un ejercicio exclusivamente humano que interpela lo más entrañable de nosotros mismos.  Y de los demás.  Nos necesitamos los unos a los otros. Para vivir. Para sobrevivir. No somos solos. Somos-con-el-otro y a ese otro nos debemos. Necesitamos su reconocimiento y aceptación porque sin el otro estamos a la intemperie, sin cobijo ni protección, sin alimentos ni abrazos. En la tradición judía sabemos que los humanos somos imperfectos y desvalidos y que  a veces nos “portamos mal”. El Día del Perdón nos lo recuerda y lo hace de manera personal y concreta, no podemos mirar para otro lado porque en esas 24 horas de reflexión introspectiva asumimos que cada uno de nosotros es responsable de sus conductas hacia nuestros semejantes y por el mundo. 
Publicado en La Nación como “Somos responsables de nuestra conducta” 15/9/21

¿Qué es un shone toive?

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En estas fechas mamá mandaba imprimir shonetoives. No sabía entonces que shone toive era como se decía en idish shaná tová. Para mí shoinetoive era una sola palabra que quería decir “tarjetas que se mandan una vez por año”. Eran blancas, con un ligero borde dorado igual que el maguen David puesto arriba a la derecha, en el medio una frase en letras hebreas y abajo en negro y en relieve, “desean Mesio y Cesia Wang”. Cada tarjeta venía con su sobrecito igualmente blanco y del mismo tamaño en cuyo frente mamá escribía prolijamente nombres y direcciones que consultaba en una libreta con una tapa roja. Mi tarea era pasar la lengua por el pegamento de la solapa, apretar para que se pegue y encimar cada sobre al montoncito que se iba levantando a mi lado.  La ceremonia terminaba con las estampillas que mamá había comprado en una plancha y que yo recortaba una por una y las pegaba en el costado superior derecho de cada sobre. Con los sobres en una bolsita, caminábamos tres cuadras hasta la esquina de la librería donde estaba el buzón rojo del barrio. La boca estaba tan alta que mamá me alzaba y yo empujaba con la mano izquierda una especie de tapa interior que tenía la boca y con la derecha iba metiendo todos los sobres en grupos de cuatro o cinco. 

Unos días después empezaban a llegar los shonetoives que nos enviaban a nosotros. Eran sobres de distintos tamaños y tarjetas con variados diseños, dorados y plateados, coloridos o blanco y negro, con frases en castellano o en idish (¿o era hebreo?) y abajo los apellidos de los amigos conocidos. “¿Qué dice?” preguntaba yo con cada shonetoive que llegaba. “A guit iur” (un buen año) me decía mamá, en estos días todos nos deseamos un buen año. El que más me intrigaba era el de un pariente que vivía en Israel. Era una carta en papel finito, celeste, que tenía las palabras escritas del lado de adentro, había que despegar la solapa con cuidado para que no se rompiera el papel y se pudiera leer todo. 

Mamá paraba encima del aparador los shonetoives. Hasta que llegaba el día en el que mamá no comía, encendía una vela que ardía 24 horas, a la tarde se vestía muy elegante y desaparecía con un “me voy al shil”. Mamá había aceptado a pesar suyo la oposición de papá a todo ritual religioso. Pero no ese día. “Es para mis muertos”, decía. Y papá callaba y escondía los ojos. 

Se viene otro nuevo año. Los shonetoives,  luego cartis brajá (tarjetas con bendiciones) ahora son videos y buenos deseos que nos mandamos por internet. No es igual porque falta la emoción de ver llegar los sobres y tenerlos abiertos alegrando nuestra vista. Pero al mismo tiempo es lo mismo, porque seguimos deseando y compartiendo la esperanza de un nuevo comienzo y una nueva oportunidad. Cuando era chica no sabía bien de qué se trataba, acompañaba a mamá en un ritual que era obviamente importante para ella, me dejaba participar y aprendí haciendo cuál era mi lugar y a qué me comprometía. Hoy sé que se trata de convivencia y responsabilidad en este horizonte judío en el que palabras y conductas se entretejen porque son lo mismo. Nos recuerda que no estamos solos, que somos del otro y para el otro, necesitamos y esperamos su presencia y compañía, y su perdón si en algo le hemos faltado, porque el otro es nuestro garante, al mismo tiempo nido y juez. 

Extraño aquel despliegue colorido que había sobre el aparador de mi casa de la infancia y así como hacía mamá, iré al shil el día de la vela de 24 horas, no solo porque es el día para los muertos como decía ella, sino porque es también, y esencialmente, el día para los vivos, los que nos juntamos en este ritual milenario, interior y silencioso que nos alimenta, nos da identidad y sentido. 

¡Shaná Tová Umetuká!

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link de Clarin 6 de septiembre 2021

Cancelación, Revista Rumbos de Clarin

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HAZ LO CORRECTO
La cultura de cancelación se instaló en las redes sociales para señalar a personas con actitudes consideradas ofensivas o inadmisibles.
Sus defensores hablan de justicia y sus detractores destacan el peligro del “pensamiento único”. ¿Cómo se sigue? | POR AYE IÑIGO

Bloquear a alguien en Twitter por un mensaje ofensivo, repudiar en Facebook a un artista por sus dichos racistas o incitar a que se deje de seguir a un influencer en Instagram. De un tiempo a esta parte, la llamada “cultura de cancelación” acaparó las redes sociales convirtiéndose en un fenómeno mundial.
Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “cancelar”? A grandes rasgos, la cultura de cancelación (o “cancel culture”, en inglés) es una especie de censura o castigo en el que a alguna persona –por lo general una figura pública– se le quita el apoyo o el reconocimiento social a raíz de dichos o actitudes que son considerados inadmisibles u ofensivos.
Para el investigador Leonardo Murolo, doctor en Comunicación y director de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), se pueden detectar dos tipos de cancelación. “En primera instancia la cancelación es dejar de seguir, dejar de ser amigo, dejar de consumir las producciones de algunas personas por lo que dijeron, ya sea un tuit, una manifestación periodística o cualquier discurso que circula y que a la luz del presente es políticamente incorrecto e inconcebible”, explica Murolo en entrevista con Rumbos.
En segunda instancia, la cancelación puede darse ya no por dichos sino por acciones personales, que en algunos casos hasta podrían estar relacionadas con delitos o denuncias graves. “Eso a algunos también los lleva a cuestionar la obra de esa persona repudiada, dejar de consumirla y de disfrutar de algo que antes valoraban”, agrega el experto.
Así, a la persona cancelada se la deja de seguir en las redes sociales, se la “escracha” por sus dichos o actitudes o, en el caso de que sean artistas, incluso se dejan de consumir sus libros, sus películas o sus canciones. Los ejemplos son cuasi infinitos y varían según su grado de gravedad: desde aquellos que dejaron de escuchar la música de Michael Jackson por sus denuncias de pedofilia hasta quienes repudiaron a Samanta Casais por hacer trampa en Bake Off Argentina.
Según la psicóloga, escritora y conferencista polaco-argentina Diana Wang, los orígenes de la hoy llamada “cultura de cancelación” se retrotrae a unas décadas atrás, cuando la población afrodescendiente en Estados Unidos buscó una forma de enarbolar su derecho a hablar y a hacerse escuchar. “Su intención no era la venganza sino lo que llamaron ‘justicia transformadora’, a la que luego se plegaron los movimientos feministas. Se pretendía visibilizar al colectivo silenciado e instalar el tema con el objetivo de conseguir un cambio en la sociedad. Se buscaba que la persona comprendiera lo impropio de lo que hubiera hecho, que se arrepintiera y que compensase lo que hizo de alguna manera. Por es lo llamaron ‘justicia transformadora’. Enseñar, mostrar, explicar, entender, instalar el tema, cambiarlo”, explica Wang a Rumbos.


Obra y autor, ¿asuntos separados?

A mediados de 2020 la icónica película Lo que el viento se llevó, el drama épico de 1940 que tiene como telón de fondo la Guerra de Secesión en Estados Unidos, fue noticia en todo el mundo cuando HBO la retiró de su plataforma luego de varias acusaciones de que el filme romantizaba y aceptaba el racismo.
La “cancelación” de la película – que fue impulsada a raíz del asesinato en Mineápolis del afromericano George Floyd, víctima de la brutalidad policial– duró poco: a los 15 días HBO volvió a sumarla a su catálogo pero con una placa de advertencia en la que aclaraba que el filme “es un producto de su época y que muestra prejuicios étnicos y raciales que estaban mal en aquel entonces y que están mal hoy”.
Al poco tiempo, 150 intelectuales de distintos países del globo publicaron una carta contra la censura y la cultura de la cancelación.
Los firmantes, entre quienes se encontraban nombres como el de la escritora canadiense Margaret Atwood o el intelectual estadounidense Noam Chomsky, criticaban la cada vez menor libertad de expresión y la censura de aquellos que piensan diferente producto de “un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y la tole- rancia de las diferencias a favor de la conformidad ideológica”.
La cuestión avivó un debate de larga data: ¿es posible separar la obra del autor? “Hay una frase que circula por las redes sociales que es ‘tu ídolo es un forro’. Ahí está la medida del debate en nosotros mismos sobre qué toleramos que hagan en su vida pública, privada o íntima quienes valoramos como referentes.
Ahí encontramos un examen moral hacia esa persona. Si vale la pena o no cancelar todas sus aristas por una o varias de ellas que nosotros no compartimos”, opina Murolo.
Para Diana Wang, quien recientemente dio una charla sobre la cultura de la cancelación en el marco de TEDxRíodelaPlata, la obra se puede disfrutar sin importar qué pensaba o qué hacía su autor porque la obra no es la persona. Y agrega: “Por otra parte, no sé si alguien en este mundo resiste ser escrutado con lupa en todo lo que ha hecho o dicho en su vida. Yo escucho ‘Preludio de amor y muerte’ del Tristán e Isolda de Wagner y lloro como una Magdalena. Y resulta que Wagner era un antisemita convicto y confeso, pero a mí me encanta y no voy a dejar de conmoverme con su obra aun cuando su persona me resulte deleznable”.
En ese sentido, la psicóloga y escritora opina que es en las redes sociales donde se juega especialmente la cultura de la cancelación. “Las redes sociales son maravillosas, porque horizontalizaron toda la información, pero al mismo tiempo su lógica de búsqueda de likes y seguidores hace que todo allí sea veloz, reactivo y un tanto feroz. Y esto fuerza a ir a los extremos, a buscar el impacto. No hay espacio para reflexionar, para ponderar, para pensar. Y este es el peligro en el que estamos”, dice.
Por su parte, Leonardo Murolo cree que los antecedentes de cancelar pueden rastrearse en la vida analógica, previo a la aparición de las redes sociales y de las nuevas tecnologías, en comportamientos tan arcaicos como el chisme, el juntarse con algunas personas para hablar mal de otras o el hecho de retirarle el saludo a alguien.
“En las prácticas digitales se encuentran formas diferentes que ya veníamos llevando adelante en la presencialidad, previa a estos escenarios en donde construimos sociabilidad como podemos, algunas de esas formas como el escrache y el boicot hoy se llaman cancelar”, agrega.


Cancelar o no cancelar, esa es la cuestión
Frente a las desigualdades históricas y la distribución inequitativa del poder, muchos colectivos invisibilizados encontraron en la cultura de cancelación y en la democratización de las redes sociales una forma de alzar su voz y pedir reconocimiento. La pregunta que siempre ronda en las discusiones sobre el tema es si la cancelación es o fue, en algún punto, necesaria.
“Está bueno visibilizar a todos esos colectivos que han sido invisibles y que ahora luchan por ser protagonistas, tener el derecho de hablar y de expresarse. Está buenísimo porque tiene que ver con el respeto y con la inclusión. El problema de la cancelación actual es que en lugar de encarar la conducta de una persona, darle la oportunidad de que lo piense o lo revise, se señala y se acusa a la persona. No es la conducta la impropia, pasa a ser la persona entera”, opina Wang.Al respecto, Wang explica que, como consecuencia, aparecen en respuesta a la cancelación los llamados “libertarios”, aquellos grupos que, como reacción, esgrimen su libertad y su derecho de decir lo que quieran sin ataduras y sin considerar si sus dichos son propios o impropios.
“Yo creo que empezó muy bien y que perdió el rumbo y se fue al otro extremo. Yo no creo por ejemplo en la libertad total y absoluta. Eso es irresponsable. Creo que la libertad tiene sus límites, hay cosas que no puedo o no debo decir así como hay cosas que puedo o no puedo hacer. Tengo que aprender como individuo a comunicar y comunicarse de modo de no lesionar a nadie o de no instigar delitos o situaciones
violentas. Pero una libertad responsable no se condice con atarse de manos, o tener un nudo en el cerebro o sentir un miedo paralizante de expresar algún punto de vis- ta”, se explica Wang.
Por su parte, el doctor en Comunicación Leandro Murolo opina que la cultura de la cancelación es muchas veces una herramienta utilizada por el ciberactivismo, que busca plantear temáticas y disputar agenda. “Que muchas personas generen un trending topic deviene en
que la sociedad hable del tema y que los medios masivos tengan que replicarlo. Para lograrlo este ciberactivismo tiene que ser disruptivo, potente en su dinámica. En ese sentido, la cancelación puede ser una herramienta. Su uso es exponer a una persona que es manifiestamente contraria a esta causa, ponerla como evidencia de alguien que se desvía de los valores actuales de la sociedad, de esta dimensión políticamente correcta o necesaria para transformar la realidad”, detalla.
Sin embargo, el investigador destaca también que las grandes ideas necesitan espacio y tiempo para ser desarrolladas y debatidas con otros y que, muchas veces, el escenario de las redes sociales, con su lógica de la inmediatez y de lo conciso, no son ágoras propicias para los grandes debates.“Desde ese punto de vista la cancelación parece promover algo bastante peligroso que es la homogeneización del pensamiento”, dice Murolo, y explica que cada momento histórico tuvo sus temáticas políticamente correctas, pero que si se pretende que todos los sujetos sociales públicos se manifiesten en el mismo sentido para no ser cancelados, se corre el peligro de obturar el debate.
“El límite de esta defensa a la pluralidad infinita por supuesto es la defensa de los derechos humanos y de los consensos humanitarios que han costado mucho lograr y que no estamos dispuestos a discutir. Pero en otras cuestiones que son debatibles ante los posicionamientos, proponer que si no se piensa de determinada manera se corre el riesgo de la cancelación, se homogeniza el discurso y estaríamos ante espacios públicos que no serían fértiles para ningún tipo de avance en la reflexión sobre lo social”

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