Otras cosas

Pandemia y preguntas

Ilustración de Fidel Sclavo

Ilustración de Fidel Sclavo

Como en aquella glaciación de la que no tenemos memoria cuando se congeló el planeta y hubo cambios radicales en los seres vivos que lo habitaban, esta pandemia, también sin límites geográficos, está generando mutaciones impredecibles y sorprendentes. No tan dramáticas como entonces, vivimos hoy nuevas normalidades que van dejando de ser normales a la velocidad de la luz. Hasta donde sé, durante la glaciación no había quien se hiciera preguntas acerca del futuro. Hoy, paralizados ante el covid, nos faltan respuestas esperanzadoras acerca del fin.

Tras tantos meses de aislamiento, los que lo respetamos, los que cuidamos nuestra salud y, fundamentalmente, los que protegemos nuestro entorno no arriesgando a otros, encontramos en esta nueva normalidad diferentes preguntas. Unas que ya no nos hacemos más, nuevas que van surgiendo y otras, las de siempre, que siguen sin tener respuesta.

Dejamos de preguntar ¿Nos encontramos para almorzar? Tengo el mate listo, ¿te venís? ¿A qué hora paso para saludarte por tu cumple? ¿Qué me pongo? ¿Quién trae a los chicos del colegio? ¿Lloverá? ¿Vendrá el subte lleno? ¿Te paso a buscar? ¿Dónde vas de vacaciones? ¿Dónde se hace el velorio? ¿Sacaste las entradas para el teatro? ¿Qué te vas a poner para la fiesta de tu cuñado? ¿Te quedás con los chicos mamá? ¿Donde se hace la previa? ¿Vemos juntos el partido? ¿Te quedás en casa esta noche? ¿A qué hora volvés? ¿Qué colectivo hay que tomar? 

Y nacieron nuevas preguntas: ¿Estás bien? ¿Conseguiste trabajo? ¿Tenés tos, sentís los olores? ¿Qué te dio el hisopado? ¿Cuántos tapabocas tenés? ¿Cuándo volvés a trabajar? ¿Hasta cuándo sin escuelas? ¿Conseguiste trabajo? ¿Te anda bien internet? ¿Cómo me desmuteo? ¿No te cansa el zoom? ¿En qué turno vas al comedor del barrio? ¿Le pediste a tus hijos/nietos ayuda con el celular? ¿Cómo te aguantás no poder salir? ¿Tu vecino te trajo el pedido de la farmacia? ¿Cómo se hace para comprar por internet? ¿Le preguntaste a la viuda de al lado si precisa algo?

Y pasados tantos meses nos preguntamos ahora ¿Seguro que si ya lo tuviste sos inmune? ¿Cuándo llegará la vacuna? ¿Cuál será mejor? ¿Qué consecuencias puede traer? ¿A quién creerle? ¿Cómo será para los mayores? ¿Estará tan probada como para no ponernos en un nuevo peligro?

Convivir con el covid nos obliga a hacernos estas nuevas preguntas y a tolerar lo mejor que podemos que ninguna respuesta nos sea satisfactoria o creíble. Lo que pone a prueba nuestra tolerancia a la frustración y a los nuevos miedos que nos acosan.

Y siguen las preguntas que vienen de antes, algunas potenciadas por la pandemia, todas siempre sin respuesta. 

Si sobra tanta comida ¿cómo es posible que haya tanta gente hambreada?

Si circula tanto dinero ¿cómo es posible que aumente la pobreza? ¿Por qué no se atiende a la ecología del planeta? ¿Por qué elegimos gobiernos más con la emoción que con la razón? ¿Por qué en tantos lugares del mundo se votan políticos que amenazan a la democracia? ¿Existe el sentido común? ¿Por qué la educación, las religiones, las filosofías y las Naciones Unidas no consiguieron detener los genocidios? ¿Cómo fue humanamente posible el Holocausto, el genocidio armenio, camboyano, guatemalteco, balcánico, ruandés y siguen las firmas? ¿Cuándo llegará el anhelado nunca más?

Esperemos que volvamos a hacernos las preguntas que no nos hacemos más, que las nuevas sean respondidas y que nos ayuden a ser más solidarios y que las viejas preguntas de siempre algún día tengan respuesta y, sobre todo, que no haga falta hacerlas nunca más.

Publicada en Clarin.

Publicado en el Diario de Leuco.

Vacuna anti-Covid: ya casi estamos ahí…

Cuando la amenaza es invisible, arbitraria y mortal; cuando no sabemos cómo evitarla, cómo paliarla, cómo prevenirla; cuando la ciencia se debate en la búsqueda de una solución que se demora, quedamos desnudos de recursos y a merced del miedo.

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Diferentes laboratorios están anunciando que  el final del túnel está cerca, que la dichosa fase tres está dando resultados promisorios y esperanzadores. Pero la ansiada vacuna todavía deberá esperar un tiempo para ser efectiva. La larga espera acrecienta el miedo y se abren nuevos miedos. No solo al contagio, no solo a la evolución en caso de enfermar, ahora se suma la duda en cuanto al tiempo de la inmunidad que cada vacuna promete y a sus consecuencias a largo plazo. Uno tras otro, son golpes a nuestra omnipotencia que nos enfrentan con una insoportable incertidumbre. 

Cuando tenía diez años sobreviví a la epidemia de poliomielitis. Digo que sobreviví porque todos los chicos estábamos amenazados y vivíamos aterrorizados ante ese monstruo inasible que amenazaba con matarnos por asfixia o, en el mejor de los casos, con dejarnos paralíticos. Todos los días la radio y los diarios daban la macabra cuenta de la cantidad de chicos que habían ingresado en los pulmotores. Ni idea de qué eran los pulmotores pero sonaban horrible, como cámaras de tortura. Ese verano las vacaciones se extendieron como hasta abril en mi borroso recuerdo, lo que era un regalo impensado que compensaba el terror pulmotórico. No sé de dónde salió que el alcanfor ahuyentaba al virus tenebroso y ahí andábamos todos los chicos con la bolsita de alcanfor colgando del cuello como si fuera un fascinum que bloqueara al mal de ojo. Salir a la calle sin la bolsita de alcanfor era tan espantoso como salir hoy sin el tapabocanariz, solo que no así de racional. Cuando no hay respuestas, cuando la ciencia parece impotente y el terror se impone, viene a nuestro rescate el mundo mágico de lo irracional. Como en la antigüedad, cuando los fenómenos naturales no tenían explicación y se apelaba a dioses o fuerzas sobrenaturales a las que era preciso agradar para evitar su ensañamiento, también hoy buscamos con desesperación algún conjuro que nos libre de todo mal.

Mi hijo mayor tuvo un melanoma (fue hace 25 años, ya está dado de alta hace mucho), cuando creí que estaba a punto de morir, ninguna explicación me resultó plausible. Había conocido a varias personas que no lo habían sobrevivido. No creí que la medicina lo salvaría y, aunque hicimos todo lo necesario, no pude impedir colocar una ristra de ajos en la cabecera de su cama. “El ajo espanta a los virus” decían y sumida en el terror y la irracionalidad más oscura me dije ¿por qué no? ¿a quién dañan los ajos? como si el melanoma hubiera sido causado por algún vampiro medieval. Y encima la culpa. Eran tiempos en los que las madres teníamos la culpa de todo. Del autismo, de la esquizofrenia y del cáncer. La culpa era nuestra compañera fiel cuyo dedo acusador nos señalaba como la fuente de todo lo que sufrían nuestros hijos.

Ni magia ni culpa irracional. Esperamos con ansias las vacunas. Todas. Cualquiera. Para la polio vino primero la Salk que daba miedo porque era inyectable  y unos años después la Sabin mucho más amable porque te la daban en unas gotas sobre un terrón de azúcar. Se terminó la polio y aquel terror de entonces es hoy una referencia en las crónicas históricas. Así será con el covid 19. Ya casi estamos ahí. Un poquito más. Solo un poquito. Y mañana será un recuerdo.

 publicada 19 de noviembre 2020 en Clarin



La escritura y la vida - Feria del libro de Junin 2020

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Conferencia de cierre de la feria (transcripción)

Siempre recuerdo mis siestas de verano. El arrullador cantar de la cigarras acompañaba mis aventuras en amarillo, el color de las tapas de la colección Robin Hood, aquella maravilla de la década del cincuenta que me inició en la lectura. Las aventuras de Emilio Salgari con piratas y abordajes y el inolvidable e intrépido Sandokán me hacían conocer escenarios desconocidos en lugares lejanos que me invitaban a soñar. Las novelas de Louisa May Alcott con su saga Mujercitas bordada  con puntillas y el five o’clock tea en la que mi admirada Jo March se rebelaba contra las restricciones y defendía sus ganas de abrirse al mundo como le era permitido a cualquier varón. ¡Qué tardes maravillosas sumergida en esos relatos fantásticos que me abrieron un apetito que nunca se satisface, siempre pide más! Cada libro que abro me habla a mi, me cuenta secretos al oído mientras mi vista sigue los dibujos de las letras página por página. 

Me siento como en casa en esta Feria del Libro y agradezco el honor de haber sido invitada para compartir lo que este universo de papeles y palabras representa para mi. En estos momentos y en cada hora de estos días de aislamiento debido a la pandemia, agradezco estar viva y la posibilidad de mantener la conexión con el mundo gracias a internet. 

Hablaré sobre los libros que leo y sobre los que escribo aunque no son equivalentes porque son muchísimos más los que leo que los que escribo. Pero cuando escribo lo hago siguiendo lo que me gusta de los libros que leo, tomando aquí y allá modelos de escritores a los que querría alguna vez llegar a parecerme.

Soy una lectora ecléctica, informal y variada. Casi lo único que le exijo a un libro para que leerlo me sea grato, es que esté bien escrito. Para mí, un libro bien escrito es aquel en el que las palabras se derraman de manera melodiosa, que evoca sonidos armónicos, que me lleva de la mano y me va mostrando situaciones, paisajes y diálogos que me provocan seguir, que me cuenta cosas que me tocan, que me importan, que me abren nuevos horizontes. 

Mi lugar preferido para leer, como en aquellas siestas de mi infancia, es la cama. Acomodarme bien, dos o tres almohadas mullidas con  la inclinación justa, una buena luz y silencio. Es todo lo que necesito. Hay días en los que no tengo tiempo de leer pero no puedo dormirme sin haberlo hecho aunque sea media hora. Esa lectura pre sueño es un momento transicional, cierra la puerta de la actividad y el movimiento y va abriendo lentamente la de la quietud y el descanso. Va relajando mi respiración, baja las pulsaciones y me introduce en ese otro estado, esa especie de flotación y ligereza que llama a los gnomos del sueño que van poniendo pesos en mis párpados y me invitan a dormir.

Puedo leer ensayos y novelas, cuentos y poemas, notas periodísticas e investigaciones, textos policiales, románticos o de ciencia ficción, e incluso cómics, sean impresos o digitales. Todo me gusta e interesa, así, sin orden ni concierto, siguiendo lo más fielmente posible a mis santas ganas. 

A diferencia de otros escritores para quienes la escritura es un llamado, una vocación, necesito escribir porque es mi manera de pensar. Solo si los escribo, puedo dialogar con mis pensamientos, ideas, dudas, interrogantes o lo que sea que me ande rondando. Me es muy difícil hacerlo cuando los tengo sumergidos dentro de mi cabeza, zumbando como un enjambre tormentoso y cambiante, oscuro y difuso. No me deja  centrarme en una idea, un pensamiento y seguirlo. Es muy frustrante.

Por el contrario, como al escribir tengo que encontrar las palabras, las secuencias y el orden, lo caótico se vuelve manejable, lo móvil queda instalado en un renglón, las fierecillas indomables y molestas de mi vida interior se tranquilizan y puedo pensar. Ya escrito y una vez que lo leo, mi aparato de pensar los pensamientos vuelve a ponerse en movimiento. Admiro a la gente que tiene la capacidad de pensar en abstracto sino necesitar de este soporte concreto. Yo no puedo. Entiendo que debe responder tal vez a una tara mental o a alguna carencia esencial que por suerte puedo compensar, con la escritura. Una compensación incompleta porque el texto escrito, es siempre imperfecto. En aquel orden impuesto en la elección de las palabras y las secuencias, no está fielmente reflejado el universo multiforme de mis emociones y pensamientos, es siempre un recorte, un reflejo y una traición, es solo una parte pero es lo que permite que me acerque y dialogue con ese interior elusivo y desordenado. Recién cuando está escrito y lo leo, puedo darme cuenta de en qué estoy, qué me pasa, de cuáles laberintos quiero salir, qué horizontes estoy buscando encontrar y en el diálogo que comienza entre yo y mis palabras  puedo pensar mis pensamientos, procesar mis emociones, discutir y argumentar cuando algo no me gusta o simplemente desahogarme cuando algo me frustra o me duele. Escribir es para mí un acto sanador.

Pero, aunque quisiera, no puedo escribir sobre todo lo que me pasa. Hay ruidos extraños y confusos que no se dejan desenredar fácilmente, quedan apelotonados esperando su tiempo para nacer, como si tuvieran necesidad de un período de maduración, como un embarazo, y no se los puede apresurar. Son ideas o recuerdos o vivencias que tienen un trayecto propio de crecimiento y evolución antes de que los pueda advertir, me sobrevuelen y me interpelen, y recién entonces me será imprescindible escribirlos. Es lo que le pasó a Jorge Semprún cuando escribió “La escritura o la vida” título que tomé para esta conferencia que llamé “la escritura y la vida”cambiando tan solo la conjunción.

Semprún estuvo preso en el campo de concentración nazi de Buchenwald durante la Segunda Guerra Mundial. Luego de sobrevivir a ese horror consideró que debía contar lo vivido allí, que era imperativo dar a conocer aquella experiencia de abyección y horror. Sin embargo, como le sucedió a la gran mayoría de los sobrevivientes de éste y de otros genocidios, ese impulso primero de contar, que parecía incontenible, se fue frenando hasta desaparecer. Todo estaba demasiado presente, demasiado en carne viva para que pudiera ser procesado, digerido y comunicado. Todo estaba demasiado cerca para poder alcanzar la necesaria perspectiva que hiciera posible describir, evaluar, recordar y comprender. La confianza más básica en el ser humano y en la sociedad se había fragmentado de tal manera que ahondar sobre ello amenazaba con hundirlo en un lodazal tóxico del que temía no ser capaz de salir. Sintió, y así lo dijo, que debía elegir entre escribir o vivir, que si escribía en ese momento, recién emergido de aquel pozo de la ignominia humana, quedaría hundido para siempre en la ciénaga de la victimización y el horror. No estaba dispuesto a ello. Prefería vivir. «Entiéndase», dice él en su discurso con motivo del Premio de la Paz (1994), «no me era imposible escribir: me habría sido imposible sobrevivir a la escritura. (…) Tenía que elegir entre la escritura y la vida, y opté por la vida.». Lo mismo sucedió con cientos de miles de sobrevivientes que precisaron de varias décadas para transformar su experiencia y memoria en relato. Recién cuarenta años después de terminada la guerra pudo Semprún contarlo,  recién luego de haber vivido una vida plena y con sentido, había llegado el tiempo de volver a aquel pasado, buscar y encontrar las palabras y finalmente quedar en paz consigo mismo. El largo embarazo había terminado. El bebé podía nacer. Ahora podía contar.

Igual me pasó a mi con tantas cosas que aún no escribí, que están esperando su tiempo, ese momento en el que escribirlas no represente riesgo alguno porque habrá llegado la hora de mirarlas a la cara, devolverles la ciudadanía y recuperar la capacidad de pensar.

Es en momentos así, cuando lo necesito, cuando me urge y me apremia algo que está ahí esperando ser dicho por fin, en que me siento a escribir. Mi primer impulso está siempre dirigido a mí, no pienso en mostrarlo ni en un posible lector. Me dejo llevar por mis ocurrencias, sin filtro ni freno alguno, con desprolijidad y desorden, en una especie de brain storming afiebrado al tiempo que relajado. La mayor parte de las veces, una vez descargado, queda ahí, no es para mostrar, ni siquiera para guardar. Puesto afuera, visto y entendido, cumplido su propósito, deja de tener sentido como herramienta o como texto, solo descarga y necesidad de tener las palabras que me permitan darme cuenta, entender o decirme algo. 

Pero otras veces, luego de la primera descarga, me dan ganas de compartirlo, de sentirme acompañada en alguna idea o emoción y empiezo el a veces largo proceso de reescritura. Así como cuando leo, lo primero que exijo es que cada palabra fluya y se derrame sin hacerme tropezar, cuando escribo debo conseguir que me guste a mí. Que me guste el tema. Que me guste el desarrollo y la argumentación. Que me gusten las palabras y la sintaxis elegida y que la melodía tenga una armonía que haga el texto amable de leer. Me gustan los textos límpidos y fluidos, los que te van llevando de la mano y que te mantienen atento y te despiertan la curiosidad. No en vano Freud recibió el Premio Goethe como escritor. Su escritura es así, como las que me gustan. Uno lo va leyendo y se hace una pregunta que el próximo párrafo responde, como si fuera un diálogo vivo y presente. Y su argumentación y desarrollo sigue un camino recto y fluido, planteando ideas muy complejas con la sencillez y transparencia de quien ama al lector y está sediento de ser comprendido. Mi admiración por escritores de esa talla es infinita.

Por eso una vez que escribí lo que sea que estuviera escribiendo, dejo que pasen unos días, los suficientes para haberme olvidado y leerlo como si estuviera escrito por otra persona. Como bien lo saben los directores de cine, la edición no puede ser hecha por ellos mismos, debe ser hecha por otro. Uno se enamora de todo lo que va produciendo y resulta muy difícil evaluar que es necesario podar. Dejar pasar unos días me permite transformar el texto casi en ajeno, como si yo misma fuera otro que lee un texto de otro. Y recién entonces puedo empezar el proceso de reescritura haciéndolo, cada vez más a mi gusto como lectora. Es un proceso de ida y vuelta en el que debo negociar a cada paso cómo decirlo de la manera más sencilla y más clara, cómo anticipar los interrogantes que podrían surgir o cuándo dejarlos abiertos si ésa es mi intención, descubrir qué dí por sentado sin la debida justificación o explicación, que eslabón falta para que la idea tenga una secuencia lógica y evidente. Qué me parece que tiene que estar dicho y qué no hace falta decir para dejarle al lector la deliciosa tarea de completar o descubrir esas misteriosas entrelíneas que siempre a uno se le escapan.  

Hago un culto a la simpleza. Cuanto más simples las palabras, cuanto más coloquiales las conceptualizaciones, si la idea está claramente planteada más serio me parece. Solo quien ha entendido muy bien algo es capaz de decirlo con palabras sencillas. Las jergas, sean cuales sean, académicas, políticas o códigos de algún colectivo social, son un enemigo frente al que estoy atenta todo el tiempo. La jerga dibuja una frontera que deja afuera a quien no la conoce, es expulsiva. Es un idioma particular conocido solo por quienes lo hablan y si es usada ante quienes no la entienden, es una herramienta de exclusión y poder. 

El castellano coloquial, el común y habitual, es tan rico que se puede decir cualquier cosa en él. Por eso es el idioma que uso, dado que mi eventual lector es cualquier persona, no es un colega profesional ni un académico ni alguien que pertenezca a alguna tribu o colectivo particular. La escritura lo más llana posible y en lenguaje fácilmente comprensible es un desafío y un ejercicio riquísimo que me invita a replicar en mi propia escritura lo que me encanta como lectora. 

Le debo un agradecimiento especial a la tecnología. Aunque escribo desde que tengo memoria, recién empecé a pensar en hacerlo público con el advenimiento de los procesadores de texto de las computadoras. Sin ellos, aquella primera escritura espontánea y sin filtros debía ser reescrita, una y otra vez, hasta que la necesaria poda, rearmado y corrección consiguieran que comunicara lo que pretendía comunicar. Y debo confesar que la pereza fue un obstáculo insalvable. Apelé a recortar lo que había escrito y lo pegaba de diferentes maneras en otras hojas que unos días después modificaba. Debía entonces despegar lo pegado y volverlo a pegar y terminaba quedando un pegote de papeles recortados, desprolijo y difícil de seguir que me hacía imposible su lectura y evaluación. La idea de volver a escribir lo escrito, palabra por palabra, letra por letra, una y otra vez me superaba. Todo esto se disolvió con la computadora y el procesador de texto. Desde aquel primer WordPerfect de los noventas se me abrió un mundo mágico y liberador. Podía guardar el primer escrito, copiarlo, abrir otro documento y editarlo, cortar, subir, cambiar, ver cómo quedaba y se leía de esa manera, volver a la anterior. Dejarlo y abrirlo en otro documento y probar una nueva alternativa. Me sentí como un goloso que podía saborear cuanta golosina quisiera en cualquier momento sin costo ni consecuencia alguna. Podía trabajar los textos de mil maneras, guardar las distintas versiones, ir modificando lo que se me antojara e ir viendo qué y cómo me resultaba mejor. Alterar el orden cambiando de lugar párrafos, palabras, oraciones y si no me gustaba con un click podía volver a lo anterior sin tener que reescribirlo nuevamente. Muchos escritores siguen manuscribiendo sus textos y encuentran mucho placer en hacerlo. Para mí es una tortura, no puedo. También por un afán en cierto modo estético porque aquel pegote de papeles de distintos tamaños y formas, con distintos colores de tintas, con letras y palabras de distintos tamaños me molestaba a la vista y me daban ganas de romper todo. Son tal vez detalles banales pero el hecho de que el texto esté escrito prolijo, limpito, con letra pareja me resulta una condición importante para poder leer, pensar y escribir. 

No soy el tipo de escritor que se sienta todos los días de su vida a escribir, que hasta tiene horarios en los que trabajar sus escritos. No escribo ficción, no tengo la suficiente imaginación para hacerlo. Escribo cuando siento la necesidad irrefrenable de decir algo, de pensar algo, de responder a algo. Es siempre reactivo, no nace de una necesidad de escribir per se. Puedo estar largos períodos sin hacerlo o pasarme días y horas alrededor de un tema que me pica, me urge, que empuja a mis dedos a teclear y teclear. La manuscritura usa solo una mano mientras que el teclado implica a las dos. Siempre me pregunto si el uso de ambas manos y tal vez la activación de los dos hemisferios cerebrales, tendrá alguna consecuencia, cuánto de este cambio que parece solo mecánico, influirá en la construcción de textos si es que influye de alguna manera.

Escribí de este modo varios libros además de colaboraciones periodísticas y en libros de otros autores, ensayos, comentarios y reflexiones. 

Mi último libro publicado es “Te amaré eternamente. Y otros mitos de la vida en pareja” en donde reuní lo que fui aprendiendo y pensando en mi ejercicio profesional como psicóloga en la consulta con parejas. Mi propósito fue difundir la idea de que el amor y la felicidad no son mutuamente determinantes, que el amor no solo no basta sino que no lo puede todo, que la felicidad anhelada es tan imposible como el cuerpo de las Barbies. Y que la búsqueda de lo imposible genera un estado de frustración constante que solo conduce a la desdicha. Me centré en la observación de que gran parte de los conflictos en la convivencia de una pareja son producto de que no sabemos hablar, de que vivimos con la falsa creencia de que emitir palabras es igual a conversar. Pero resulta que en momentos de sufrimiento nos resulta muy difícil conversar, no hemos aprendido a hacerlo. Hablamos, decimos, emitimos sonidos y palabras pero lo hacemos en forma de reclamos, quejas, acusaciones, críticas, juicios, o sea, ataques, encubiertos o explícitos. Un ataque no es una propuesta de conversación sino de guerra. El tema es universal y nos atraviesa a todos. Por eso en algunos momentos me tomé como sujeto e incluí el relato de cómo había sido gestado el libro y de mis propias experiencias personales. No me oculté tras una tercera persona omnisciente sino que usé la primera persona. Quería llegar al lector con la autoridad y el peso que me daba el haberlo vivido, el saber de qué estaba hablando, porque como nos enseñan los grupos de alcohólicos anónimos, “yo estuve ahí”, también sufrí lo mismo y no sugiero ninguna receta que no haya probado. No es un libro de autoayuda sino una oferta de reflexión con sugerencias para poder salir del curso y la reacción habitual que cierra todo camino de conversación.

Lo mismo pasó con mi primer libro coescrito con Musia Auspitz, esta vez en relación al ejercicio de la psicoterapia. “De terapias y personas” abría las puertas de un consultorio concreto, nada de cosas ideales sino el encuentro de lo que pasa día a día, de los momentos difíciles, de las decisiones y de la relectura de muchas cosas que entorpecían el trabajo por tomarlas de manera dogmática. La escritura a cuatro manos fue muy placentera, era una edición simultánea, un dueto musical y armonioso en el que contamos cómo fuimos construyendo lo que llamamos nuestra zapatilla cómoda, el modelo y sostén que nos permitía escuchar e intervenir desde nuestra verdad interior incorporando los modelos aprendidos ya decantados. El encuentro con personas nos abría siempre un nuevo y curioso desafío que en cada caso debíamos aprender a descubrir y respetar. No desde un modelo particular sino desde adentro y en el encuentro. Solo así la escucha y la intervención salía de verdad y llegaba de verdad. 

Además de mi ejercicio profesional, mi condición de hija de sobrevivientes del Holocausto me ha llevado a pensar, investigar y comocer algo de lo vivido por mis padres y otros sobrevivientes. Nací en Polonia recién terminada la guerra y, como siempre digo, lo más importante de mi vida pasó antes de que yo naciera. Soy hija de un matrimonio de sobrevivientes judíos que recibió mi nacimiento como un milagro, una promesa de futuro. La continuación de la vida fue para mis padres un aliento pero también un desafío y una responsabilidad. ¿Cómo proteger esa nueva vida si volvía a caer sobre ellos un horror similar al vivido?  Busco en mis libros conocer y comprender lo sucedido durante al Holocausto en especial desde el punto de vista de las víctimas y los sobrevivientes, y también pensando en los descendientes como yo misma, los hijos y nietos, las marcas, los mandatos y las lecciones. Son las lecciones lo que más me importa porque hay tanto documento, tanta información, tanto registro y tanta investigación que debemos aprender cómo se gesta un genocidio para no permitir que prospere, porque una vez que empezó no se lo puede detener. El Holocausto no fue el primero ni el último. Luego de él se sucedieron decenas de otros que probaron que estas lecciones todavía están lejos de ser aprendidas. 

Más tarde fui convocada para escribir columnas en periódicos y resultó ser un ejercicio muy interesante. El espacio suele estar acotado a 3500 caracteres y es preciso atenerse a ello y decir lo que sea que se quiera decir con esa limitación, o sea, cortito y conciso. Lo que en un principio me pareció una limitación imposible terminó siendo un aprendizaje. Me hace acordar a lo que me pasó una vez que llegando a Bogotá donde debía dar unas conferencias, mi valija no llegó y quedé con el equipaje de mano sin ninguno de los apuntes y notas que tenía preparados. Era el tiempo anterior a las computadoras y la vida digital, cuando era preciso llevar papeles, libros impresos y material concreto. Me sentí desnuda, sin referencias y aterrorizada ante lo que parecía insoluble, ¿cómo iba a dar las conferencias si no tenía ningún papel que me indicara el camino, la secuencia, el razonamiento? Lo notable, y ése fue mi aprendizaje, es que pude, tenía todo lo anotado guardado dentro de mí, incluso, al no tener los textos impresos, debí improvisar y aparecieron cosas nuevas. No fue igual que leer lo que tenía escrito pero no estuvo mal y lo guardé como lección. A veces, al desconfiar de nuestra capacidad, nos cargamos con tanto equipaje y nos llenamos con objetos superfluos que pensábamos que nos eran imprescindibles. Una metáfora de los pesos inútiles que llevamos sobre los hombros en la vida y que a veces entorpecen nuestros pasos. Igual me pasó con la limitación para las columnas. Lo que parecía un obstáculo terminó siendo un aprendizaje. Aprendí, por fuerza, a reducir los adjetivos, a decir las cosas de la manera más económica posible, y descubrí que se puede y no sólo que se puede sino que potencia el contenido. Cuando una idea está clara, no solo es bueno poder expresarla en lenguaje llano, también se la puede entregar cortita y al pie. Igual que cuando no necesité los apuntes porque no llegó mi valija, descubrí con alborozo que tampoco me hacen falta tantas palabras. Adicionalmente aprendí a confiar en la inteligencia del lector que no siempre precisa tanta explicación como uno cree al escribir. Menos es más. Ha sido un aprendizaje muy útil.

Pero siempre un editor es esencial. A veces no es suficiente el alejarse del texto para criticarlo y editarlo y dado que parece que no hay más correctores en los diarios es preciso mantener el ojo bien abierto. Por suerte cuento con Aida Ender, amiga y hermana de la vida, que con su mirada aguda y atenta encuentra alguna falta de concordancia, alguna coma que sobra, una palabra cacofónica, un sobreentendido que debe ser explicado o una explicación que es superflua. Me ayuda a terminar de pasar el peine fino que embellece y mejora el texto. 

Hay gente que anuncia que el libro tiene un final seguro e imposible de revertir. Conocemos estos pronósticos pesimistas porque nos acompañan hace siglos y se esgrimen ante cualquier cambio tecnológico. 

Cuando Gutenberg inventó la imprenta e hizo posible que los libros no fueran de exclusiva propiedad de los monasterios y llegaran a mucha gente, cundió el temor de que ya no hiciera falta conversar porque los libros ocuparían todo ese espacio y ya la gente no tendría necesidad de hablar. 

Cuando se inventó el teléfono volvió a temerse que ya que se podía hablar a distancia dejaría de ser necesario encontrarse para hacerlo. 

Cuando se inventó la televisión la alarma fue que desapareciera la radio, ¿quién iba a seguir escuchándola si podía ver y oír en la televisión? 

Cada cambio tecnológico levanta temores fundados, cuyo mayor sustento es el miedo al cambio, la temida amenaza de que haga desaparecer algo conocido y habitual. Todos estos temores resultaron infundados. Ni los libros ni el teléfono impidieron los encuentros, la radio está más viva que nunca. 

El advenimiento de la tecnología digital, las computadoras, los celulares, whatsapp, instagram y las demás aplicaciones, reactivaron las viejas amenazas de que dejaríamos de hablarnos, no tendríamos más necesidad de estar juntos, que la gente, especialmente los jóvenes, dejaría de leer y por sobre todo que los libros dejarían de tener sentido. Otra vez se han equivocado los agoreros que anuncian catástrofes ante cada innovación. Los jóvenes leen hoy más que nunca, leen y escriben cortito, es cierto, y son muy “creativos”, por decirlo amablemente, con la ortografía y la sintaxis. Eso no es consecuencia del dispositivo o de la aplicación sino del sistema educativo que está siendo más relajado respecto a las reglas de la lengua. Pero el libro, sea el impreso o el digital, sigue tan vivo como siempre y nos sigue dando vida, nos sigue alimentando. 

Nada, para mi gusto, reemplaza al placer de seguir esas palabras escritas con la mirada, teniendo un libro en la mano y ver que se nos abren imágenes y emociones, personajes e historias que nos divierten, nos ilustran, nos enseñan y permiten que nuestra imaginación vuele ilimitadamente, se vista de los colores que más le plazca y nos salve de la soledad, de la impotencia y la desesperanza. 

Hay libros buenos y libros malos. Hay libros constructivos y los hay destructivos. Hay libros que contagian amor y otros que producen odio. Unos salvan, otros corrompen. 

Ya hacía varios años que leía pero tenía diecisiete cuando tuve en mis manos aquel libro que acababa de salir. Empezar un nuevo libro fue siempre un momento de expectante anticipación, los ojos así de abiertos, el aliento contenido, la emoción dispuesta, pero nunca olvidaré lo que sentí al abrirlo y leer...

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Lo leía casi sin respirar, embriagada con lo que prometía, sumergida en la magia, en la aventura, en las imágenes, en la armonía de cada palabra, de cada frase. ¡Qué placer! Casi una caricia. Porque sí, algunos libros me acarician, me hacen bien en la piel y en el alma, y entonces me despiertan tal apetito, curiosidad y disfrute estético que me entrego y sigo leyendo, sigo leyendo como en estado de levitación, sigo leyendo conmovida, sigo leyendo agradecida y fascinada por los universos misteriosos que es capaz de dibujar la imaginación y el talento de escritores de esta talla. 

Un libro así salva, es un acto de amor.

Muchas gracias


El testimonio y la historia

Prólogo al libro “Volver a empezar” de Silvya Lustgarten Valle y Franco Fiumara

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Tal vez el lector que tiene este libro en sus manos se pregunte, terminando los primeros veinte años del siglo XXI,  a quién se le ocurre emprender una escritura como ésta. Una escritura para la que es preciso buscar hilachas del ayer y entretejerlas con la trama de la propia vida. Estudiar y sumergirse en historias tristes y ominosas del pasado, un pasado que sus autores no han transitado personalmente. ¿Qué los ha estimulado para querer iluminar aquel “allá y entonces” entre silencio y olvido, mantenido y guardado aparentemente tan lejos del “aquí y ahora”?  ¿Quiénes son estas personas que durante meses han estado inmersas entre escombros y que, con ellos, han levantado las paredes de este libro? ¿Por qué lo hicieron? ¿Para qué?

Silvya Lustgarten Valle nació en Colombia, es hija y sobrina de sobrevivientes de la Shoá. Como decimos algunos que tuvimos un contexto familiar similar al suyo: “lo más importante de mi vida pasó antes de que yo naciera”. Y hemos vivido cuando niños bajo la sombra de “eso que pasó”, sabiéndolo, en algunos casos, o desconociéndolo absolutamente, en otros. Nuestros padres sobrevivieron, emigraron, se rehicieron, pero aquello que tuvieron que sobrellevar los acompañó siempre. De diferentes maneras, tan diferentes como diferentes somos los humanos. 

Algunos lo cargaron como una pesada alforja que amenazaba a toda hora con hacerlos tropezar, vencidos por un peso imposible de soportar. Vivieron una vida en la que sus pies se enredaban paso a paso con raíces putrefactas que brotaban y los enlazaban y les quitaban el sueño, la alegría, la esperanza. Son los que daban manotazos para espantar las sombrías telas de araña que amenazaban con volverlos a matar. No podían vivir sin contar, sin hablar. Dicen algunos que eso los mantenía inmersos en una especie de locura o que su constante contacto con el pasado enloquecía a sus familias. No pocos de estos, al ver el rechazo que producían o el rebote en oídos cerrados, eligieron el suicidio.  

Otros tomaron la decisión consciente de no permitir que su vida fuera determinada por aquello de lo que habían sido víctimas, incluso algunos cambiaron de identidad y hasta de historia. Eligieron ser personas bien alejadas de aquellas que habían sido cuando no pudieron evitar ser sujetos de otros. En este grupo están los que dejaron de ser judíos, que se convirtieron al cristianismo de manera militante para que no cupiera duda alguna, que ni su nombre ni sus hábitos ni nada que pudiera tener relación con el pasado se filtrara en ningún intersticio de la vida para evitar que sus hijos y nietos tengan que vivir lo que vivieron ellos. Son los que hacen de la amnesia un ejercicio supremo de protección y salvaguarda. Algunos lo han podido mantener hasta su muerte, pero otros han podido recuperar, en mayor o menor medida, su contacto con aquellos olores y sabores originales, han buscado espacios de contención y pertenencia y, a veces, han podido transmitirlo a sus hijos.

Pero la gran mayoría, como siempre sucede, transitó entre estos dos extremos, preservando su historia y experiencia con un medido y cauteloso silencio en el intento de no interferir con el devenir de la vida. Dominique Frischer propone que el silencio mantenido por estos sobrevivientes durante décadas no solo no es un síntoma negativo o patológico como muchos suponen, sino que ha sido esencial para su recuperación y para la preservación y posibilitación de la vida: callaron, dice, para poder vivir y construir un futuro. Lo confirma Jorge Semprún que recién pudo contar y escribir lo que había experimentado en Buchenwald varias décadas después porque, confiesa, si lo hubiera hecho antes, no habría podido seguir viviendo. Y lo notable, lo increíblemente notable, es que ninguno de estos sobrevivientes silenciosos ha olvidado nada. Ni negado, ni evitado, ni escondido. Nada. Una vez tomada la decisión de hablar, décadas más tarde, el pasado fluía y se derramaba sin estorbo ni contención alguna, casi fresco, casi inalterable, casi como si hubiera sido conservado en un recipiente incontaminado que, al abrirse a la temperatura ambiente, podía entregar su sabor, su aroma y su contenido casi casi como si hubiera pasado la noche de ayer. 

El silencio de los sobrevivientes de la Shoá había tenido un breve amague de ser fracturado en la década del sesenta cuando Adolf Eichmann fue juzgado y sentenciado y su juicio tuvo difusión internacional. Pero fue como una tormenta de verano que se disipó velozmente, todavía no era el tiempo. El silencio continuó y recién se rompió, casi definitivamente, treinta años después a partir del estreno de “La lista de Schindler”. En este film se cuenta la historia del rescate de 1200 judíos pero al final, en lugar de los actores que habían personificado a las víctimas, se ve desfilando a decenas de sobrevivientes reales que rinden su homenaje a Oskar Schindler, el que había arriesgado su vida para salvarlos. En pantalla gigante, el mundo entero y los mismos sobrevivientes, vieron esas caras, esas miradas, esas presencias y descubrieron que estaban, que podían hablar. Los oídos, tantos años cerrados, de pronto se abrieron y todos querían escucharlos. Los sobrevivientes mismos descubrieron, no sin sorpresa, que eran portadores de un bien hasta ese momento invisible, que empezaba a ser muy valorado: su memoria y su testimonio.

Sin embargo, y como puede leerse en el texto de Silvya, aquel silencio de décadas no fue un muro unívoco e infranqueable. Si lo pensamos como un muro podemos ver que tenía huequitos misteriosos, pequeños hoyos por los que se filtraba una luz desconocida, partes que se deslizaban con las que de niños podíamos jugar como si se tratara de un rompecabezas en gris, rojo y negro. Nuestras infancias transcurrían igual que las de nuestros amigos y compañeros de escuela, pero teníamos una ligera noción de que había algo más, de que habían otras cosas, de que nuestros padres eran como los otros pero no del todo y de un modo un tanto inquietante. Nos sabíamos diferentes, parecidos a los hijos de inmigrantes de otras regiones con esos idiomas difíciles que se hablaban en nuestras casas o esas alusiones a veces crípticas y esas comidas con tanto ajo, papa y cebolla. Nos sabíamos diferentes, particularmente porque no había fotos de cuando nuestros padres habían sido chicos, porque no había familiares como tenían los demás, porque no había objetos que evocaran aquel otro lugar de origen un tanto mítico, un tanto irreal del que nunca se hablaba. Lo curioso era que no nos preguntábamos por qué, nos era natural.

Un día se nos despertó el ansia de saber. Algunos afortunados pudieron conectarse con aquel pasado teniendo a sus padres vivos, a ambos o al menos uno. Era entonces desesperación y urgencia por preguntar, tomar notas, grabar, incorporar, procesar y volver a preguntar antes de que fuera demasiado tarde. Otros, como Silvya y yo misma, ya sin nadie a quien preguntar, debimos investigar artesanalmente, es decir, como pudimos, con los pocos fragmentos que teníamos, escudriñando en nuestras memorias, buscando sentidos y lógicas a los confusos desplazamientos y trayectorias, uniendo cada retazo que a modo de un patchwork  desaliñado le diera a ese pasado enredado algún orden y sentido. 

Es lo que hizo Silvya con el testimonio de su tío, con su contacto con él y con su padre y con lo que fue encontrando en su búsqueda personal a semejanza de los remeros que para avanzar deben mirar para atrás. Un día se dijo “¡lo tengo que hacer, es ahora o nunca!”.

Pero Silvya, concienzuda y seria, pensó que sola no podía, que le hacía falta alguien que pudiera completar lo que le era desconocido. Invitó para ello a su amigo Franco Fiumara.

Franco es una persona polifacética. Orgulloso descendiente de italianos calabreses llegados a la Argentina en busca de una vida mejor, sigue en contacto con sus orígenes y es un activo participante en la comunidad italiana local. Campechano, generoso y con una sonrisa tan franca como su nombre, este juez se ha interesado, además, en la Shoá y le dedica parte de su vida. Cuando lo conocí, recordé lo que mi querido Jack Fuchs Z’L solía decir toda vez que se encontraba con alguien que no era judío y se interesaba por la Shoá: “A mí me interesa porque nací judío pero vos, ¿qué patología tenés?”. Claro que se lo dije y estallamos ambos en una sonora carcajada que selló nuestra amistad. Franco se sumó con agrado y dedicación a la gesta de Silvya y es el encargado de la información histórica, social y contextual.  

De esta manera, y en una coreografía a dúo, Silvya cuenta las historias de su papá y de su tío, el relato de primera mano, lo encarnado, lo vivido y Franco las ubica geográfica, política y socialmente. Cada hecho narrado está claramente ubicado en un lugar y en un momento, lo que permite conocer qué pasó y bajo qué condiciones y circunstancias estuvieron los judíos en el terror del nazismo y hacerse una idea de qué y cómo fue lo que vivieron el papá y el tío de Silvya. 

El relato personal es esencial para que la historia nos sea potable, comprensible e incorporable. Ninguna historia nos toca y deja huella si no es encarnada por el relato personal, si no trae esa emoción de lo vivido. Pero para que un testimonio se vuelva documento no alcanza con el mero testimonio. Aunque se recuerde bien el pasado, el paso del tiempo obra de maneras misteriosas sobre la memoria y hay porciones que pueden combinarse con otras y crear recuerdos que no sean fiel reflejo de la realidad vivida. La pregunta por la validez documental del testimonio es esencial para el estudio y conocimiento de lo sucedido. Dice el profesor Yehuda Bauer que un solo testimonio no es suficiente para documentar un hecho histórico, pero que si diferentes testimonios de personas que no se conocen entre sí relatan el mismo hecho de la misma manera entonces podemos fiarnos de su validez. Por eso es tan importante el aporte de Franco porque permite insertar el relato testimonial en una cadena de sucesos que lo vuelve  documento legítimo y válido.

Me une, tanto a Silvya como a Franco, un gran cariño. 

Visité Cali varias veces en estos últimos 15 años. Alojada en su casa por Silvya y el querido Miguel Z’L que ya no está con nosotros, conocí a sus hijos Salo y Steven, y todos son parte de mi familia. Esas familias que uno elige en la vida cuando tiene la fortuna de cruzarse con personas como ésta con quien no solamente compartimos el pasado de la Shoá, sino afinidades, compinchajes, buenos momentos en cafés de Buenos Aires y de Cali y tanto río recorrido entre confidencias sobre hijos, maridos y reflexiones sobre trabajos, proyectos y perspectivas.

Franco es un amigo más reciente, dueño de tal chispa y energía, verborragia e inteligencia, generosidad y compromiso, que en cada encuentro en presentaciones, conferencias, homenajes, paneles, corre entre nosotros una corriente de simpatía y un sentimiento de confianza que nos abre las puertas del corazón.

Arie Z’L, y Moniek Z’L, estos hermanos que, separados en la Shoá y luego de avatares, recorridos y algunos milagros, se reencontraron en Colombia, estarían hondamente agradecidos a Silvya y a Franco por este libro que los vuelve eternos. Es un legado para Salo y Steven, hijos de Silvya y un orgullo para Fabrizio Fortunato, hijo de Franco. Este libro integrará, junto a todos los demás ya escritos por tantos otros y los que aún se escribirán, el infinito reservorio de testimonios, documentos y evidencias de lo que fue la Shoá. 

Tengamos presente que el mundo sigue funcionando aún con reglas similares a las que posibilitaron semejante espanto. Con recordar no es suficiente. Hay que hacer, explicar, enseñar y no dar por sentado que las buenas intenciones bastan para erradicar y vencer la codicia y el ansia de poder. Testimonios como éste le ponen una cara universal y humana a la tragedia. Por eso, además de importantes y necesarios, son imprescindibles.

Diana Wang. Florida, Argentina. Junio 2019

Presentación por zoom 25 de octubre 2020

Presentación por zoom 25 de octubre 2020

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El no-odio como significante

Ilustración Fidel Sclavo

Ilustración Fidel Sclavo

Basta decir “no pienses en un elefante” para que se nos aparezca la imagen de uno. 

El inconsciente es incapaz de reconocer el no, todo lo que se diga, sea cual sea la partícula que lo preceda, lo leerá como positivo.

Los publicistas, los comunicadores y los políticos avezados lo saben muy bien. La palabra instala la idea, de modo que si quieren evitar que alguna idea quede instalada se evita su  mención.

Cuando pensamos movemos ligeramente los músculos de fonación de aquellas palabras que estamos pensando y se encienden en el cerebro las zonas correspondientes a esos sonidos. Toda palabra que denomina un objeto instala la imagen de ese objeto tan persistente como esas melodías pegadizas que a uno no se le van de la cabeza.

“¡No toques el horno!” y nuestros hijos van derechito hacia él. El haberlo mencionado lo puso en el centro de la escena como la tentadora manzana prohibida.

El sesgo de negatividad, es una característica de nuestro aparato cognoscitivo, una especie de filtro perceptivo que nos hace ver solo los peligros, solo las amenazas.  Sobrevivimos entre otras cosas gracias a tener este sesgo despierto y poder anticipar los peligros. Es parte de nuestra forma de ver y entender el mundo.

Este sesgo también nos hace vernos a nosotros mismos desde una perspectiva negativa y pesimista. Aunque es una característica beneficiosa en la prevención de los peligros puede ser una lente deformante que oscurece nuestra mirada y nos hace ver todo negro. 

Tenemos entonces tres elementos confluyentes: el sesgo de negatividad, la incapacidad de reconocer el no en nuestro inconsciente y la potencia de la palabra que evoca lo designado de modo automático. 

Negro es negro, no-blanco es blanco. Si quiero decir negro de un modo menos discriminador hacia las personas que tienen la piel oscura, no-blanco es una elección equivocada.

Considerando todo lo anterior que, repito, todo publicista, comunicador y político avezado sabe, es muy llamativa la elección del nombre para este observatorio de la desinformación y la violencia simbólica en medios y plataformas digitales, NODIO. Sin entrar a considerar sus propósitos e intenciones enunciadas y sus metodologías aún por verse, tomaré solo el nombre mismo. Literal y simbólicamente.

Si está leyendo esto diga por favor nodio en voz alta. ¿Se da cuenta de que la ene se achica hasta casi desaparecer ante la o que termina sonando como si fuera la primera letra? En mi temprana juventud solía decir “ozo” cuando llamaba a un mozo en un bar ruidoso. No decía “mozo” sino “ozo” porque cuando decía “mozo” parecía no escucharme mientras que si le quitaba la eme el mozo oía con claridad y se acercaba enseguida. Sorprendentemente la eme de mozo podía ser descartada sin que el resto de la palabra cambiara de sentido. 

Lo mismo pasa con la ene de nodio que hace que nodio y odio suenen casi igual.

Cuando decimos nodio, oímos odio. Y si nos esforzamos en acentuar esa ene negadora para decir no odio, nos topamos con esa característica de nuestro inconsciente que no reconoce el no. Oímos odio. 

Queda odio. 

Se instala odio.

Si el observatorio busca erradicar la violencia en medios y plataformas han comenzado mal en la elección del nombre. Un lapsus que, como todo lapsus, revela lo que pretende encubrir. Odio implica violencia. El observatorio mismo instala la palabra odio, la pone delante de nuestros ojos y no podemos más que pensar en ella. 

Como el elefante.

publicada en clarin

Por si cupiera alguna duda, el logo habla  por sí mismo. Se trata de odio.

Por si cupiera alguna duda, el logo habla por sí mismo. Se trata de odio.

El mérito de los bienactuantes.

Ilustración: Fidel Sclavo

Ilustración: Fidel Sclavo

Suenan palabras cuyo contenido o propósito no siempre está claro cuando se duda del mérito y de que la gente de bien salga a la calle. Dos formulaciones relacionadas. Entiendo lo del mérito -cada uno pensará lo que quiera- pero ¿qué será gente de bien? ¿Los bienpensantes? ¿los que unen lo bueno al ejercicio del pensamiento? ¡Excelente horizonte ético! Pero resulta que bien suele depender del pensamiento del bienpensante, lo que para el malpensante será mal. Y el otro término, pensar, que es poner en duda, puede aludir a certezas ideológicas, a verdades filosóficas, político-partidarias, religiosas y precede, justifica y sostiene la acción aunque no siempre van juntos. Hay mucho bienpensante que habla y no hace, ordena ¡levantémonos y vayan! y encima cuando hace no es lo que piensa o dice. Por eso la gente de bien, más que bienpensante es bienactuante. Parientes, pero no siempre idénticos. Hay bienactuantes que lo hacen sin pensar así como hay malactuantes que lo hacen pensándolo mucho. No hay garantías. Lo humano es así de misterioso y maleable. Los chicos aprenden de sus padres, no de las intenciones ni de lo que dicen o piensan sino de lo que hacen. Es fácil decir que uno piensa algo por más excelso que sea, pero la acción es soberana, ante lo que uno hace no hay escondite ni engaño posible. Los bienactuantes somos una cofradía heterogénea e inorgánica pero es la que sostiene una república y asegura una convivencia justa. No somos rótulos ni categorías limitadoras, somos nuestra conducta. Obramos para vivir en democracia bajo el imperio de la ley. Conversamos con quien no piensa igual porque no es un enemigo a ser destruido. Apoyamos la educación, la ciencia y la cultura, centrales para la formación de ciudadanos responsables. Valoramos por mérito y no por conveniencia. Preferimos intercambiar ideas a pelear, acusar, juzgar, humillar, señalar o avergonzar. Denunciamos injusticias, arbitrariedades o violaciones a los derechos humanos y rechazamos todo despotismo. Vivimos orgullosos de nuestro trabajo y no gastamos más de lo que ganamos. Votamos, si tenemos suerte por quien nos parece mejor y si no, por quien creamos menos peor. Respetamos las reglas de tránsito y al peatón. No nos adelantamos en las colas ni damos ni aceptamos sobornos. Somos puntuales, nos importa el tiempo de la gente. Acatamos el aislamiento y salimos con tapabocas. No robamos ni mentimos ni engañamos ni vendemos fantasías. Nos gusta quien da trabajo y no limosna. Conocemos nuestros prejuicios y los tenemos bien sujetos y domesticados. Tenemos un olfato sensible a la hipocresía, la impunidad y la corrupción. Pedimos permiso, decimos por favor y gracias. No escondemos esqueletos en el armario. Hay bienactuantes de todas las layas y colores, a uno y otro lado de la así llamada grieta. También hay malactuantes cobijados entre kas o no-kas, izquierdas o derechas, progres o liberales, coquitas o chocolinas. No hay tal pureza, son falsas dicotomías, categorías encubridoras tras las que se escudan muchos como si fueran prueba o garantía de que son gente de bien. El camino al infierno está pavimentado con lustrosas etiquetas. La gente de bien lo es según lo que haga, según su mérito. Como decía el general “mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. Miro a mi alrededor y veo que los bienactuantes meritosos somos mayoría. Cansados pero sin bajar los brazos, seguimos regando esta tierra fértil porque es lo que hay que hacer y porque solo así nuestro país volverá a florecer.

Publicado en Clarin, 27/9/20

Publicado en El diario de Leuco

¿Cómo se llama esa forma de amor?

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Estoy desgarrada. Vivo en carne propia como el amor a veces tiene que vestirse de otras ropas, ropas extrañas, ropas inesperadas, tanto que cuesta ver debajo de ellas que sigue siendo amor.

Mi hija está volviendo a la Argentina con su marido y sus dos hijitos. Esperaba con ansias este regreso que era tan dudoso por la pandemia. Había planeado que en los primeros tiempos se alojaran con nosotros hasta que encontraran un sitio donde vivir. La idea de tenerlos en casa, de desayunar juntos, de acostar a los chicos, de leerles un cuentito sentada en el borde de la cama, de jugar con ellos durante su baño, de salir a pasear al perro de la mano del más grande, los asados, las charlas al anochecer, las películas que miraríamos juntos, esas imágenes me acompañaron todos estos meses esperando que el ansiado regreso se hiciera realidad. Pero cuando lo es, cuando ayer me anunciaron que ya está todo listo y llegan en dos semanas, el contexto había cambiado. Mi marido tiene 79 años y yo 75. Ambos con condiciones físicas de riesgo. Hace casi 6 meses que no tenemos contacto con nadie, que nos cuidamos de manera exhaustiva y consciente. La circulación del virus, el grado de contagios y de muertes, la progresiva carencia de camas y de personal idóneo que se ocupe de los internados, hace que el momento sea especialmente álgido y que los cuidados deban ser extremados. Y de pronto, cuando están cerca de llegar, debí decirles que el consejo que recibo por todas partes, lo más sensato, es que no vengan a vivir con nosotros. Que no solo no hagan la cuarentena obligatoria en casa como habíamos planeado, sino que incluso está desaconsejado enfáticamente que vivan acá después de esas primeras dos semanas. Que los chicos son portadores usualmente asintomáticos y que hay consenso en que los viejos y los chicos no tengan contacto alguno en espacios cerrados, que si se ven que sea al aire libre y manteniendo la distancia social preservadora. El hijo de unos amigos, en similares condiciones, les dijo “si por nuestra culpa, por haberlos visitado a pesar del aislamiento protector, alguno de ustedes dos se contagia, ¡me mato!”. No había pensado en la culpa que podrían sentir si nos pasara algo por no haber tenido el cuidado suficiente.

Es así, no puede ser de otra manera, pero igual me siento desgarrada. Mi nieta menor nació en enero, la acuné cuando fui de visita y soñaba con rodearla con mis brazos, besarla, olerla… y a su hermano mayor, a quien conozco tan bien y mimé en mis visitas, con quien hablamos en los video chats y nos intercambiamos gestos de cariño y a veces chistes… soñaba con tenerlos cerca por fin, poder compartir su día a día y disfrutar uno a uno cada logro… Pero las cosas se confabularon en contra, sólo podré hacerlo a distancia, sin contacto, sin tocarlos, sin sostenerlos, sin besarlos, sin olerlos…

Sé que lo que me pasa no es original ni extraordinario, que estamos todos igual. Sé que tenemos que atender al nivel superior de privilegiar la vida y asegurar su continuación. Lo sé. Lo sé todo. Pero igual me siento desgarrada.

Se me presenta aquella otra situación, la de mis padres durante la Shoá, cuando tuvieron que entregar a Zenuś que tenía dos años, a una familia cristiana que le permitiría seguir viviendo lejos del riesgo que sufrieron ellos de ser denunciados, deportados y asesinados por los nazis. La decisión de entregarlo debe haber sido de una crueldad inusitada. Siempre lo pensé como una evidencia del amor más generoso, el amor de quien se priva de la posesión y del contacto, el amor de quien privilegia el bienestar y quiere asegurar la supervivencia del hijo amado aún cuando deje de verlo, de cuidarlo, de tenerlo cerca. 

Y así como mis padres, muchos otros siguieron el mismo camino que hizo posible a sus hijos permanecer vivos. Algunos volvieron con sus padres o con uno de ellos, otros siguieron viviendo con su familia salvadora, algunos recuperaron su identidad, otros nunca la supieron, la mayoría se salvó. Mi hermanito nunca fue recuperado por mis padres. Les dijeron que había muerto aunque no “recordaban” el lugar en donde había sido enterrado. Mis padres ya no están pero vivieron en la constante y cruel incertidumbre de no saber qué había pasado con su hijo.

¿Cómo se llama ese amor que acepta entregar al hijo a la distancia, a la ausencia, al desconocimiento con tal de que viva? No tiene nombre porque, en condiciones normales, no hace falta ejercitarlo y la lengua no precisó llamarlo de ninguna manera. Como el amor de aquella madre en el famoso juicio del rey Salomón que, ante la amenaza de que su hijo fuera partido en dos, decidió que fuera entregado a la otra madre, eligió perderlo con tal de que siguiera vivo.

Mi desgarro al no poder convivir con mi hija y su familia está tan lejos de lo vivido por mis padres que hasta me da vergüenza haber hecho la asociación. Pero está en mi historia y me debo a ella. No es lo mismo, pero en mí se cruzan. Decidir la distancia, decidir el no contacto, fue entonces y es ahora una nueva definición del amor. El amor que sostiene a la vida como eje, sentido y horizonte. 

Me digo todo eso y el desgarro continúa desgarrado. La escena de esperar en el aeropuerto, de verlos salir, de correr a su encuentro, de alzar a los chicos, de besarlos y sentir su tibieza, no podrá ser. Pero tal vez, de esta manera, nos evitamos un riesgo que, para mi marido y para mí, puede representar nada menos que vivir o morir. 

¿Cómo se llama esta forma de amor?

Netiquette online

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Introducción. Las presentaciones online (zoom, meet, skype o similar) son diferentes a las presenciales. No hay un salón o aula compartida con otra gente, cada uno está en su propio espacio. El tiempo de atención es menor, por eso, además de hacerlas más breves, deben incluir elementos que despierten y/o mantengan el interés. La duración de una exposición no debería exceder la media hora, lo ideal es que sea de 15 minutos. 

La imagen. 

  • Tener una buena fuente de luz para que la visión sea adecuada. Evitar ubicarse con una ventana detrás, produce contraluz que impide ver la cara, la fuente de luz tiene que estar delante de uno. 

  • Controlar el espacio tomado por la cámara y lo que se ve atrás. Antes de comenzar asegurar que no habrá apariciones de otras personas.

  • Ubicar la cámara a la altura de los ojos para que el encuadre no deforme la cara.

  • Lo ideal es que se vea la cabeza y parte del torso de modo que se puedan ver las manos que son un elemento importante en la comunicación.

  • Si la intervención es leída, colocar la fuente delante de los ojos, cerca de la cámara, y cada tanto mirar a la cámara. Recordar que uno se está comunicando y que los demás necesitan ver que uno quiere hacerlo. Mirar solo el papel es ignorar a los demás.

El sonido.

  • Es fundamental que se oiga nítida y claramente, sin ruidos ni alteraciones o chirridos.

  • El uso de micrófonos (solos o incorporados a los auriculares) permite un mejor sonido.

  • Deshabilitar el micrófono mientras habla otro. Solo lo debe tener habilitado quien está hablando para evitar los ruidos ambientales. 

  • En lo posible evitar leer, pero si se hace, hacerlo lentamente, con algunos silencios, no derramar el texto todo-seguido-que-se-hace-difícil-escuchar-y-atender. Darle diferentes entonaciones y, otra vez, mirar cada tanto a la cámara como diciendo “les hablo a ustedes”.

  • Modular bien las palabras y acordarse que del otro lado hay gente a la que puede resultarle difícil oír o prestar atención.

Presentaciones visuales (power points)

Se siguen las mismas reglas que para cualquier presentación cuando es presencial. Las recordamos:

  • La presentación es un apoyo al discurso, no lo reemplaza.

  • El compartir pantalla con una presentación visual solo tiene sentido si suma, si mantiene la atención y el interés.

  • Las filminas deben tener poco texto, palabras sueltas, conceptos que se quieran enfatizar.

  • Las filminas pueden producir la ilusión de movimiento que es un atractor de la concentración (se hacen varias filminas, en cada una se agrega una palabra y se las va pasando a medida que se la va diciendo) 

  • el texto debe ser una ayuda memoria del disertante, una guía para que su exposición no se vaya por las ramas

  • No leer lo que todos están viendo. Es una redundancia. Leer lo que se está mostrando es un abuso, distrae y molesta. Todos sabemos leer. Otra vez: mejor que leer es decirlo y dejar en la filmina unos pocos datos que subrayen lo que se dice.

  • las imágenes son un acompañamiento apropiado si confirman lo que se está diciendo y lo ilustran

  • no dejar la misma filmina mientras se sigue hablando de otra cosa, lo que se ve contradice lo que se oye

  • los cuadros y esquemas deben ser simples y sencillos y deben estar solo si suman

  • si se acompaña un video no debe durar más de 2 ó 3 minutos

  • es una buena idea ensayar la presentación para evitar la confusión y la propia sorpresa cuando lo que sigue no es lo uno recordaba.

  • si manejar la presentación resulta incómodo, pedir que lo haga otro es una buena manera de resolverlo y no resulta perturbadora. pero debe ser ensayado antes para que no se produzcan desajustes

Conclusión. Quien habla lo hace para ser escuchado. Si no se ve bien, si no se oye bien, si el discurso es monótono y aburrido, si lo que se pone delante es texto y texto y más texto, si lo que se ve se choca con lo que se oye, la posibilidad de la escucha se reduce hasta casi anularse. Es por eso que en muchas presentaciones la gente apaga su cámara, para que no se vea que está aburrida o que simplemente se levantó y se fue.

Seguir estas sencillas reglas permitirá que nuestras presentaciones online puedan llegar mejor a los que las reciben.

Ahora no quiero salir

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Ahora que la cuarentena amenaza con flexibilizarse resulta que no quiero salir. Primero el shock de estar bajo una amenaza mortal invisible. Debía quedarme en casa. Lavarme las manos a cada rato. Rociar con alcohol enfervorizadamente todo lo que venía de afuera, zapatos, llaves, tarjetas de crédito. Dejar verduras y frutas inmersas en agua con lavandina. Tapabocas hasta para dormir. ¿Salir con el perro? ¡Imposible! ¡Los virus agazapados sobre las veredas esperaban que se le pegara en las patas! Lo sacábamos al patio, arnés, correa y él movía la cola contento. ¿Qué pasaría con las reuniones de trabajo? ¿Y los pacientes? ¿Y las charlas y conferencias que tenía comprometidas? Aparición estelar de zoom, meet y whatsapp en nuestro resctate y empezamos a vivir una nueva forma de comunicación y encuentros. Pero cuando la novedad ya no lo fue, llegó el cansancio, un cansancio desconocido y diferente. El agobio “pantallar” de las horas quietas mirando fijo a gente encuadrada en cajitas con vista al frente. Y también mi cara. ¡Qué extrañeza y espanto! ¿Así me veían los demás? Forzada a ese cruel y pesado escrutinio, se sumaron otros cansancios. La vestimenta y el arreglo sólo para la mitad superior. Daba igual el calzado o si lo que tenía debajo de la cintura combinaba con lo de arriba en ese cuerpo dividido en dos partes incomunicadas. La nueva convivencia 24x7 con mi marido, aprender a no tropezarnos, a convenir detalles que nunca antes nos fue necesario hacer, el menú de cada comida, los horarios de nuestras actividades, las tareas de la casa, las decisiones de las compras. Y llegó el hartazgo de estar harta, la inminencia de una explosión, un “ya no aguanto más”, como ese grano que está listo para reventar y había que tener a mano antisépticos para contener la podredumbre que saldría. ¡Listo! ¡Basta! Y fuimos relajando los cuidados. Ya el perro había recuperado sus salidas por la calle. Alguna vez que tuve que ir a la farmacia debí volver a casa porque había olvidado el tapabocas. Vivía los días repetidos, sin tener idea de si era domingo o jueves, temporalmente perdida en un mar de días uniformes. El paso del tiempo tenía una insólita vida propia, todo era de una pesada lentitud y al mismo tiempo vertiginoso y fugaz. Y de pronto, cuando nos fuimos acostumbrando a vivir en peligro y aprendimos a cuidarnos mejor y las calles van recuperando gente y los negocios que quedaron suben sus persianas y pareciera que vamos hacia el reencuentro de aquella normalidad perdida, ¡no tengo ganas de salir! Y no es solo por mi edad, condición física o proverbial rebeldía. Tengo el privilegio de haber podido seguir mi actividad, de no tener un negocio que cerró, de seguir con mi vida más o menos igual que antes. No quiero volver al tráfico enloquecido ni a perder horas yendo a reuniones de media hora. Quiero despertarme descansada y desayunar tranquila. Me amigué con las pantallas y prefiero, para lo que se pueda, seguir online. No quiero apuros, urgencias, ni culpas por no hacer a tiempo, la exigencia de un mundo loco que se volvió una picadora de carne. Lo presencial será maravilloso para los besos y abrazos de mis hijos y nietos, para mis amigos queridos con los que estar en silencio disfrutando del estar juntos. Puedo elegir no salir y mantener lo mejor de los dos mundos, “en su medida y armoniosamente”. Menos correr y amontonarse. Besar a pocos, no es preciso a todos. Proximidades y lejanías redibujadas. Nuevos saludos. Nuevos abrazos. Siempre las ganas de vivir.

Publicada en Clarin 11 de agosto 2020

Radio Jai (entrevista en audio) 12 de agosto 2020

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cumplo 75 años

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Hoy me bajo del 75. Fue un buen viaje. Hubo baches y frenadas, claro que sí, pero me acompañó gente fantástica y aprendí muchísimo en cada parada. Tuvo lindos colores, hubo palabras amables y descubrí nuevos paisajes. Recomiendo esta línea ahora que la estoy por dejar y subirme al 76 que me espera fresquito, recién bañado y con un perfume riquísimo. Ahí voy y ojalá mis compañeros en este nuevo viaje me susurren dulzuras al oído y que el asiento que me toque sea cómodo y mullido.