Shoa

Carta lectores, tema Bullrich

Publicada en La Nación

http://www.lanacion.com.ar/2004071-cartas-de-los-lectores

 

El ministro Bullrich dijo que "los sueños [de Ana Frank] quedaron truncos en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia".

Su gaffe comunicacional hizo pensar, en una lectura rápida, que se refería a la dirigencia nazi. Las acusaciones inundaron los medios: desde insensibilidad hacia el Holocausto, ignorancia o, peor aún, tibieza y complacencia con el régimen hitleriano, hasta negacionismo y antisemitismo.

Me consta que el ministro conoce muy bien el Holocausto y que no es ni negacionista ni antisemita. Pero creo que no sólo no fue claro en lo que dijo, sino que omitió algo que podría haberlo puesto en su contexto adecuado.

Obviamente la dirigencia de la que habla no es la nazi, sino la de los gobiernos europeos que con entusiasta miopía no pusieron freno al delirio asesino que diseñó la industria de la muerte. La política de apaciguamiento de Chamberlain y el pacto de no agresión y repartición de Europa con la URSS son sólo dos ejemplos. Pero no lo dijo, lo que es imperdonable en un docente y peor aún en un ministro de Educación.

El Holocausto, los judíos y el antisemitismo son temas muy sensibles y deben ser encarados con mucho cuidado. Hoy hay quienes se regodean ante cada tropiezo del oficialismo -que, por suerte para ellos, ha tenido varios-; los gobernantes deberían multiplicar su cautela cada vez que actúan o abren la boca.

Sería conveniente que el ministro pidiera disculpas, como han hecho otros. Ello no modificaría lo que dijo, pero tendría la oportunidad de decir lo que no dijo: que Ana Frank fue asesinada debido a la política exterminacionista del nazismo y a que el resto del mundo permitió que sucediera.

Diana Wang

DNI 10.134.355

Presidenta de Generaciones de la Shoá

Lo que debió haber dicho el ministro Bullrich y no dijo.

Las palabras del ministro Esteban Bullrich en su visita a la casa de Ana Frank en Amsterdam el pasado 26 de marzo de 2017, han sido tan poco claras que llevaron a innumerables críticas que inundan las redes sociales y los medios periodísticos.

La prensa difundió que dijo que “Los sueños (de Ana Frank) quedaron truncos en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia”.

¿Eso fue todo lo que dijo o fue un recorte de la prensa? ¿Qué dijo antes? ¿Dijo algo después? La frase es, por cierto, sorprendente, lesiva y confusa. ¿De quién hablaba? ¿a cuál dirigencia se refería? ¿a la nazi? El antecedente en la frase sugiere que sí puesto que los nazis fueron los responsables de que los sueños de Ana Frank se truncaran con su asesinato. ¿Y a qué mundo aludió como promotor de la intolerancia?, una intolerancia instalada y promovida por el nazismo, no por el mundo. Debido a estas desdichadas formulaciones, las críticas y el repudio generalizado lo acusan de ignorante o, aún peor, de tibio, revisionista y complaciente ante el nazismo e incluso de antisemita.

En una primera lectura también me golpearon sus palabras. Me consta que el ministro Bullrich sabe qué fue la Shoá, el nazismo, las masacres masivas, la discriminación asesina, la industria de la muerte y, a estas alturas, salvo que alguien asuma de manera militante la negación del Holocausto cosa que el ministro no hace, nada de esto es ignorado aunque a veces advertimos dolorosamente que es usado para otros fines.

Sometí en consecuencia el texto a una lectura más exhaustiva y me fue evidente que se refería a la dirigencia de los gobiernos europeos que dejaron que el nazismo se desarrollara sin ponerle freno alguno. Puede verse en dos ejemplos. La política de apaciguamiento del primer ministro británico Chamberlain que apoyó la entrega de los Sudetes a Hitler con el argumento de que así se impediría el estallido de la guerra que se desencadenó pocos meses después. O el vergonzoso pacto de no agresión firmado por Alemania con la URSS una semana antes de la invasión a Polonia, mediante el cual se repartirían gran parte de Europa, pacto que fue roto por los nazis en 1941. La dirigencia europea fue ciertamente miope por decirlo amablemente, y coincido con el ministro, si ése fue el sentido de sus palabras, en que no fue capaz de unirse frente a un gobierno dictatorial que promovía la intolerancia. Pero, infortunadamente, Bullrich no lo dijo así. En lugar de hablar de un gobierno dictatorial habló de un mundo que promovía la intolerancia. ¿Cómo pudo decir algo así? ¿Cómo obvió la debida contextualización para que quedara claro lo que quería decir? ¿Era un tiro por elevación dirigido a cuestiones de la política argentina?

El ministro incurrió en el error de la “obviedización” si se me permite el neologismo. Parece haber creído que lo que decía respecto de las dirigencias que no frenaron al nazismo era tan obvio y claro y que no hacía falta explicarlo. Pero lo que resultó obvio es que no lo era porque no dijo lo que tendría que haber dicho para que se entendiera. Es imperdonable lo que no dijo dado que estaba hablando de aquel régimen asesino. Un docente no puede dar por sobreentendido que lo que dice es obvio. Lo primero que se aprende en el ejercicio pedagógico es a ponerse en el lugar del que no sabe y no dejar nada por supuesto, poner las cosas y las palabras en contexto y asegurarse de que lo que dice es lo que quiere que el otro reciba e incorpore. El ministro, además de sembrar confusión por su “obviedización” se perdió una oportunidad de enseñar las lecciones que la Shoá comportan para el mundo de hoy.

El Holocausto, los judíos y el antisemitismo son temáticas muy sensibles y que deben ser encaradas con mucho cuidado, en especial por gobernantes, docentes y comunicadores. En la difícil situación que vivimos en la Argentina, en la que ciertos sectores buscan y se regodean con delectación ante cada tropiezo del oficialismo -que, por suerte para ellos, ha tenido varios-, los gobernantes deben multiplicar su cautela cada vez que actúan o abren la boca.

Sería conveniente, y estaría muy bien que lo hiciera -como parece ser el hábito en esta administración-, que el ministro pidiera disculpas. No cambiaría lo que dijo pero al menos sería bueno que diera cuenta de su error y se dispusiera a enmendarlo con la debida explicación de qué es lo que quiso decir y decirlo fuerte y claro.

Visitar la Europa judía

Recibí este pedido:

Hola Diana. Mi hijo David acaba de volver de un viaje a Polonia y Praga realizado con otros jóvenes para mantener viva la memoria de la Shoah. Ha vuelto muy conmovido y movilizado por esta fuerte experiencia y por esto quiero publicar sus vivencias para que puedan ser trasmitida a otros jóvenes que desconocen estos eventos. Quiero solicitarte alguna reflexión tuya sobre este tipo de experiencias para esclarecer mejor sobre la importancia de la memoria. Desde ya muy agradecido. Un gran abrazo. Guido Maisuls. 21/2/17

Lo que está y lo que ya no está.

Es conmovedor ir y estar en los sitios que fueron judíos durante tantos siglos. Restos de una vida rica, potente, heterogénea, estructuras que hablan de lo que allí hubo, de lo que pasó, pero también de lo que ya no está.

Pisar esos lugares en la vieja Europa, tocar las piedras, oler el aire, caminar los espacios, dejarse cubrir por el denso silencio, nos llena de una especie de mística intangible, de una añoranza con múltiples caras. Uno se queda quieto esperando ver aparecer a un hombre barbado, con traje y sombrero negros, murmurando sus oraciones mientras su cuerpo se bambolea hacia adelante, hacia atrás, en una coreografía ancestral. O quizás se asome por una ventana una mujer con un delantal manchado, las mejillas sonrosadas por tanto atender a su clientela tras el mostrador de su taberna en el cruce de caminos. O tal vez pudiera venir un hombre pobremente vestido, con las manos callosas, sudoroso y llevando una herramienta en sus manos, un martillo tal vez, buscando algún yunque en donde moldear las herraduras que le ha pedido su cliente. O una viejita con una falda larga y ancha, un pañuelo gris cubriendo su cabeza con una cesta llena de huevos que ofrece con un pregón melodioso. O niños con rulos negros y ojos profundos corriendo contra el viento y riendo junto a niñas traviesas y juguetonas con los zapatos embarrados. O un violinista apurado llevando su instrumento al ensayo, o un intelectual cargando pesados libros yendo a dar su clase, o una costurera con el dedal puesto en el dedo mayor o un filósofo mesándose la barba frente a preguntas que no acierta a responder. ¿Dónde quedó ese mundo de tantos millones de personas que alimentaron y enriquecieron a la civilización occidental con su trabajo artesanal, intelectual, comercial, artístico y científico?

Visitar esos lugares es honrar a quienes les dieron sentido y lo llenaron de anhelos, pujanza y realizaciones, es conocer y dejarse contagiarse por aquel florecimiento y aquellas luces. Pero también es advertir, con un golpe artero y sorpresivo, que ya nada de eso está, que cada construcción, cada sinagoga, cada cementerio, cada casa de estudios, son evidencias del tsunami nazi que arrasó con todo, que dejó a la Europa central y del este casi sin judíos, sin sus shtetlaj, sin su cultura, sin sus constantes estímulos y desafíos que tanto enriquecieron al mundo.

Es doloroso ver lo que hubo y ya no está. Pero es imprescindible ir, verlo, enorgullecerse y comprometerse a trabajar para que los hechos genocidas como la Shoá vayan quedando en un pasado vergonzoso de la Humanidad y los que seguimos, miremos al frente y sigamos haciendo el bien.

Diana Wang.

22 de Febrero 2017

 

27 de enero de 1945, el día del descubrimiento.

No fue liberación. Fue descubrimiento. Aquel 27 de enero de 1945, en su avance hacia el oeste tras el ejército nazi derrotado, el Ejército Rojo se dio con Auschwitz.Los altos mandos aliados sabían y lo ocultaron priorizando el frente bélico. Los ejércitos, los soldados, la gente, no sabía. Lo encontraron. Se chocaron, se toparon, se tropezaron con el pantano más maloliente de la Humanidad.

Los soldados rusos no podían creer lo que veían. La huida nazi había sido tan abrupta que no pudieron disponer de las pilas de cadáveres expuestos impúdicamente, de las montañas de objetos desparramados por todas partes, zapatos, prótesis, anteojos, maquinitas de afeitar, ropa de bebés, ropa de niños, ropa de adolescentes, valijas de cuero, valijas de cartón, valijas de tela, dentaduras postizas, restos inhumanos que alguna vez habían sido de alguien. Y junto con todo eso, en medio de todo eso, por sobre todo eso, unos esqueletos inmóviles que de pronto parpadeaban porque aún estaban vivos ya sin fuerzas siquiera para decir acá estoy. Eran los muertos vivos, los zombies, los aparecidos, seres casi transparentes sin grasa ni músculo, piel y huesos de verdad, no era metáfora, casi inhumanos en su naturaleza carcomida, vacíos y desesperanzados, ni siquiera impúdicos por  sus desnudeces vergonzantes. Vergonzantes no para ellos. Vergonzantes para los soldaditos rusos que no podían ni parpadear, también ellos paralizados, mudos, impávidos, vacíos de palabras y sentidos.

Así fue aquel 27 de enero de 1945 en Auschwitz.

En ese mismo día, los miles de judíos que diez días antes habían sido forzados a dejar el campo para que no quedaran testigos, eran arreados, caminando hacia la Alemania profunda, bajo la nieve, sobre campos helados, sin cobijo ni protección alguna. Se arrastraban para no desfallecer ni tropezar. porque la marcha no podía ser frenada, los guardias disparaban a todo el que caía.

Aquel 27 de enero fue para ellos el último peldaño del horror, las Marchas de la Muerte. Hubo muchas, no solo desde Auschwitz. Todos los campos y sitios de concentración y detención en Polonia fueron evacuados. La guerra estaba perdida, el Reich de los Mil años se había reducido a doce, no debían quedan huellas del plan macabro ni testigos que pudieran documentar o incriminar a nadie.

¿Liberación? Parece broma. Humor negro. ¿De qué estaban libres ahora estos tristes despojos? Tal vez para morir. Cuenta Jack Fuchs que después de que fuera encontrado por los aliados, ya internado en un hospital, limpio, habiendo bebido agua, entre sábanas blancas y rodeado de cuidados, se dijo “ahora me puedo morir”. Claro, recién entonces, si moría, su muerte sería humana. Porque hasta para morir se requieren algunas condiciones, rituales, cuidados y respetos.

En algunos sitios, como en Francia, hubo bailes y alegría por la liberación, la gente salió a las calles a festejar luego de los años de opresión pero la mayoría había mantenido un contexto de vida humano durante la guerra. No fue así con los judíos sobrevivientes devastados, aplastados, torturados, hambreados, enfermos, desgarrados y humillados por los nazis y que, en su mayoría, habían perdido a toda su familia y sus puntos de referencia.

Aquel 27 de enero de 1945 no hubo liberación alguna. Es una formulación edulcorada que encubre y oculta que el fin aún no había llegado, que los judíos seguían penando y muriendo. Es como llamar “noche de los cristales” al pogrom de noviembre, o “desaparecidos, seres sin entidad” a los asesinados. Y el mundo parece no darse cuenta y se festeja la fecha como si fuera un día de recuperación y alegría.

Aquel 27 de enero de 1945 no hubo liberación sino un escalofriante descubrimiento que se repitió en todos los campos con los que se chocaban los ejércitos aliados. Auschwitz, Bergen-Belsen, Buchenwald, Mauthausen, Gross Rosen, Ravensbrück y tantos otros confrontaron a los soldados con escenas igualmente agónicas que revelaban la magnitud de lo sucedido. Un descubrimiento, como el de América, inesperado, no planeado ni buscado y que ha sido una bisagra en la comprensión de lo humano. Llamarlo liberación es dar por buenos los espejitos de colores y luego de los actos y discursos, dejarlo descansar hasta el siguiente año en el que se repetirá lo mismo. Y mientras el mundo sigue bullendo y el MAL sigue siendo amo y señor.

El 27 de enero de 1945 la Humanidad recibió un golpe del que aún no se ha podido reponer y del que todavía no ha conseguido extraer las lecciones para que el soñado “nunca más” sea finalmente eso: nunca más.

Ver "Auschwitz no fue liberado" de Jack Fuchs, 2005 :

https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-46681-2005-01-27.html

Disfrazados de nazis en Bariloche

¿Habrá sido así la conversación entre los chicos?  

  • ¡Esta noche tenemos que hacer algo inolvidable!

  • ¿Y si nos disfrazamos de Drácula con unos dientes postizos, manchas de sangre y nos vestimos con un ataúd de cartón?

  • ¡No! ése no le da miedo a nadie, además está super hecho, no es novedad.

  • ¿Y de Videla?

  • ¿Cómo sería?

  • Y.. no sé, con unos bigotes, una gorra militar, una picana …

  • ¿Te parece? Nadie se va a dar cuenta… además no tiene gracia.

  • ¡Ya sé! de Hitler, es re fácil: unos bigotitos, una esvástica, un gorro y estiramos el brazo gritando “¡Heil Hitler!”

  • ¡Uau! es medio heavy pero está ¡re cool!

  • ¡Los matamos a todos! ¡Va a ser genial!

  • ¿Habrá judíos en el boliche?

  • ¿Y qué? ¿A quién le importan los judíos?

Racismo y antisemitismo, dos palabras a revisar.

(escrito para el número especial de Mundo Israelita en su 93º aniversario)

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Un poco antes de la fundación de Mundo Israelita hace 93 años, se dio a conocer El judío internacional. El libro, atribuido a Henry Ford se publicó en 1920 en un semanario antijudío dirigido por su secretario privado Ernest Liebold. El texto confirmaba que los judíos eran los culpables principales de todos los males del mundo. Retomaba las tradicionales acusaciones -el deicidio, los rituales demoníacos, la usura, la explotación- y las más nuevas basadas en la “teoría racial” y la conspiración internacional. Recién terminada la Primera Guerra Mundial estas ideas avaladas por el padre de la producción industrial en cadena tuvieron un éxito inmediato. Tanto es así que siguen vigentes aún hoy.

Sin embargo, los conceptos de racismo y antisemitismo derivados de la “teoría racial” son una falsedad científica que es preciso conocer y no difundir como ciertos.

Las razas no existen entre los humanos, la raza humana es una sola, sin divisiones ni sub-razas, las particularidades entre sus miembros -color de la piel, forma de ojos, tamaño de narices- son superficiales. El Proyecto de secuenciación del Genoma Humano determinó que los genes que determinan la apariencia física son el 0,01% del total, un reflejo mínimo de nuestra composición biológica, las diferencias físicas que observamos solo nos informan sobre los orígenes y las migraciones de nuestra especie (*).  Se encontraron más variaciones genéticas dentro de un mismo grupo racial que entre grupos diferentes.

Por otra parte, lo semita y lo ario no tiene que ver con la genética sino con el idioma. Entonces, ¿de dónde provienen estas palabras, raza y semita, que designan cosas que no son ciertas? ¿Cómo es que se han instalado con tanto peso de verdad que académicos, pensadores, políticos y comunicadores, tanto judíos como no judíos las usan? Para comprenderlo, es preciso conocer su origen y seguir las huellas de su evolución e instalación.

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El filósofo francés Arthur de Gobineau fue el primero en hablar de razas entre los seres humanos en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas publicado en 1853. El europeo tomaba como patrón su propia imagen. Colonizaba y sometía a las poblaciones nativas de América y de África, personas tan diferentes en culturas, tecnologías y especialmente en su aspecto físico que las veía como anormales, y, en tanto inferiores e incapaces, casi sub-humanas. La repartición y expoliación de África, requirió de la deshumanización de sus poblaciones y si algún reparo moral existía, esta teoría de la desigualdad racial tranquilizaba las conciencias y permitió al buen europeo seguir cometiendo tropelías. “No son humanos como nosotros” se decían “somos superiores, eso nos da derecho a decidir sobre sus vidas y destinos”.

EL LIBRO SOBRE FIRMIN

Hubo una voz que se opuso a esta propuesta de diferenciación e inferioridad racial, fue la del antropólogo haitiano Anténor Firminsin. Haití es el primer país en abolir la esclavitud a comienzos del siglo XIX y este pensador publicó en 1885 De la igualdad de las razas humanas, libro despreciado e ignorado por los académicos europeos que siguieron produciendo textos que justificaban la esclavización y colonización de las “razas inferiores”. La “teoría racial” tenía vía libre.

¿Y de dónde viene esto de semitas y arios? Otro francés como Gobineau, Ernest Renan, publicó en 1855 la Historia general y sistema comparado de las lenguas semíticas. Se hizo la pregunta de por qué algunas culturas sobrevivían mientras otras desaparecían y propuso la hipótesis de que tenía que ver con las lenguas que hablaban.

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Los pueblos que hablaban lenguas semíticas (árabe, hebreo, arameo, lenguas cananeas y etiópicas entre otras) tenían una evolución inferior y tendían a desaparecer, luego eran inferiores a los pueblos que hablaban lenguas arias (sánscrito, hindi-urdu, romaní, lenguas dárdicas, y las antecesoras del latín y el griego entre otras) que eran los más desarrollados y los que constituyeron  la civilización occidental.  No solo estableció que las lenguas semíticas eran inferiores sino que consideró que por el bien de la civilización debían mantenerse puras, no mezclarse con personas que hablaban las lenguas inferiores.

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Los elementos ya estaban dispuestos y solo hacía falta que alguien se atreviera a reunirlos e instalarlos como verdades científicas. Esa tarea la hizo Wilhelm Marr, periodista alemán, que usó la palabra “antisemitismo” en 1873 y en 1879 lo confirmó en el panfleto Informe sobre Antisemitismo. Fue un gran salto desde la lingüística a la biología que comportó una noción que va a ser crucial: los pueblos que hablaban lenguas semíticas o arias se transforman en pueblos que eran semíticos o arios, no las lenguas sino las personas. Este pase de magia de trasladar conceptos de las lenguas al reino de la biología fue recibido con beneplácito por el judeófobo europeo y corrió como reguero de pólvora. Fue una “noticia deseada” que se acopló tan bien al espíritu de la época y a las necesidades que el libro fue reeditado y traducido y sus ideas avaladas por intelectuales y académicos. Y si personas tan autorizadas lo creían así, el ciudadano de a pie no podía más que tomarlas por ciertas y hacerlas suyas.

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El camino, a partir de allí, fue arrollador pero faltaban aún algunos ingredientes esenciales. En 1886 Edouard Drumont decía en La Francia judía, ensayo de historia contemporánea que el pueblo judío era una “raza inferior” cuya misión era dominar y someter a la “raza aria” y que debía ser combatido. Ocho años después, en 1894, Francia se sacudió con el caso Dreyfus. En un momento político difícil, el juicio redireccionó, con éxito, el descontento popular hacia los judíos.

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La utilidad del procedimiento de culpar a los judíos atrajo a otros gobiernos en problemas. En Rusia los reclamos y las protestas sociales fueron desviados por la policía zarista con la publicación en 1902 de Los protocolos de los sabios de Sión. Este panfleto sumó una idea que resultó esencial, la de la conspiración judía internacional. Su texto fue tomado de dos fuentes: el Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu  de Maurice Joly, una sátira publicada en 1864 para burlarse de las ambiciones de Napoleón II, y la novela de Hermann Goedsche, Biarritz, de 1868, especialmente su capítulo El cementerio judío de Praga y el consejo de representantes de las doce tribus de Israel. Los Protocolos, documentaban pretendidamente la conspiración y el afán de poder y conquista del pueblo judío, temas que Henry Ford desarrollará in extensum 20 años más tarde en su texto antes mencionado.

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Nada nuevo bajo el sol se publicó en 1925 en Mi lucha, el libro que Hitler escribió en prisión luego de un intento fallido de tomar el poder.  Resumía y exponía negro sobre blanco y sin disimulo alguno todas las ideas anteriores como científicamente ciertas.

Entre la publicación de El judío internacional en 1920 y de Mi lucha en 1925, nació, en 1923, Mundo Israelita. En este rincón alejado de Europa, tan al sur del sur, se hizo oír con valentía la voz judía al tiempo que el mundo “civilizado” cobijaba y regaba,  alborozado y aliviado, la teoría racial y el antisemitismo.

¿Por qué alivio? ¿Por qué alborozo? Porque si se trataba de un tema genético el odio estaba justificado científicamente. “¡Es cierto!”, se decían, “¡los judíos no son deicidas y usureros solo porque son miembros de un pueblo satánico, lo son porque está en su sangre, es una cuestión biológica! Y si es una cuestión biológica no hay conversión que lo modifique porque son así genéticamente, son malos por nacimiento”. Podía aligerarse cualquier molestia en las almas piadosas que sospechaban de los judíos, no los querían cerca y unos años después permitían y aceptaban su deportación y asesinato. Era ciertamente una noticia recibida con alegría, regada, difundida, aceptada, mejorada y entronizada como una “verdad” incontrovertible.

Racismo y antisemitismo se siguen tomando como palabras válidas y apropiadas, instaladas de manera firme y portadoras de una tal potencia que las vuelve un atajo simbólico difícil de romper. Probablemente el estado de sospecha con que el mundo sigue mirando al judío no se ha modificado lo suficiente como para que estas palabrejas se pongan en cuestión y se revise su utilización.

El odio tradicional estaba dirigido al judaísmo en general. El odio del antisemitismo está personalizado en cada judío, una cuestión biológica, está en la sangre, es personal e indeleble.

Decir racismo y decir antisemitismo es validar las ideas que conducen a la Shoá. Tal vez se podría decir discriminación negativa en lugar de racismo y judeofobia en lugar de antisemitismo o alguien proponga alguna otra forma de decirlo que no tergiverse los hechos. Será un largo camino, lo sé, porque son palabras que han calado muy hondo en el imaginario popular.

Con el deseo de que dentro de 7 años, los 100 años de Mundo Israelita nos encuentren desarrollando a pleno esta tarea de docencia y esclarecimiento.

(*) Interesante ilustración de este punto en este video https://www.youtube.com/watch?v=tyaEQEmt5ls

Habitación y los niños escondidos

La Habitación poster- A partir del film “La habitación” (1) -

De este lado de la pared, todo el mundo. Del otro lado, nada.

En la primera parte de la película, madre e hijo, Ma y Jack, conviven en el espacio mínimo de Habitación de manera natural gracias al esfuerzo de Ma para que parezca totalmente normal. Secuestrados por Old Nick, Ma inventa juegos y mentiras para evitarle a Jack sufrimientos y angustias; él no tiene cómo saber que tras la pared hay otra cosa ni que se está perdiendo algo. Cercano a los delirios creativos del alocado Guido Orefice (Roberto Benigni) en “La vida es bella”, para proteger a su hijo Giosuè de la dura realidad del campo de concentración nazi, Jack crece a salvo de conocer la verdad de lo que sucede gracias a  la puesta en escena de Ma.

En la segunda parte, una vez liberados y ya del otro lado de la pared, Ma recupera su nombre, es Joy, y como tal regresa al mundo del que había sido arrancada. Jack, sin otro pasado que el de Habitación, ingresa de manera violenta al mundo que no sabía que estaba tras la pared. La liberación, tan deseada por Ma, es agridulce, compleja, penosa, difícil, no es un jardín de rosas. Durante los años de encierro la vida había continuado afuera y los padres de Joy ya no son quienes eran en el momento del secuestro.

La expulsión de Jack de Habitación y su ingreso al mundo del otro lado de la pared, lo llena de temores, incertidumbres y recelos. La escena en que intenta bajar una escalera por primera vez, es una poderosa metáfora de ese accidentado proceso de reconocimiento, aprendizaje y adaptación que encara con cautela y desconfianza. Todo es desconocido y amenazante y de pronto Jack extraña Habitación, aquel espacio acotado, chiquito, tan suyo y que conocía al dedillo. Libre, añora el encierro en su mundo conocido y confiable donde había construido su identidad. Es que no sabía que había sido una prisión.

La trama está basada en el sonado caso de Josef Fritzl, el ingeniero austriaco que mantuvo durante 24 años a su hija Elizabeth secuestrada, drogada y violada sistemáticamente. De los siete hijos nacidos, tres compartían su encierro, entre ellos Félix que tenía 5 años cuando fueron liberados.

La realidad es peor que la ficción.

También los sobrevivientes de la Shoá que fueron niños estuvieron encerrados en Habitación, escondidos en su identidad, viviendo con otras familias y con otros nombres y/o escondidos físicamente en sótanos, bosques, granjas, orfanatos. Muchos, igual que Jack, creían que lo que vivían era normal, no sabían que estaban escondidos y su liberación e ingreso al nuevo mundo fue un momento traumático.

Solo el encierro y el que los niños no supieran lo que estaba pasando tiene algún parecido con la Shoá. Éste fue un hecho colectivo generado por el nazismo mientras que la historia de Jack se debe a una patología individual del secuestrador. Pero la respuesta emocional tanto durante el encierro como luego de la liberación, es similar a lo vivido por los niños escondidos (2)  de la Shoá.

Durante la Shoá los padres judíos emprendieron una lucha descomunal en el intento de  salvar a sus hijos. Con pocos recursos, presos de una situación imposible, los que pudieron se las arreglaron para poner a sus hijos a salvo, sin saber si alguna vez los volverían a ver. Esos niños, entregados con pocos meses de vida o con muy pocos años, criados en variados contextos, no tenían memoria de sus padres, ni sus nombres y apellidos.

Los más chiquitos creían, igual que Jack, que las cosas eran simplemente así. Había que ocultarles la realidad, era peligroso que supieran que no eran quienes decían ser, tenían que ser desconocidos para ellos mismos para salvaguardar sus vidas y las de sus salvadores. Y también el momento de la liberación fue confuso y traumático porque tras la pared chocaron con otro mundo que les reveló que lo anterior había sido mentira. Recién entonces supieron quiénes eran y qué y cuánto habían perdido.

Pedro me decía que había escapado de Alemania con sus padres y llegaron a China donde fueron encerrados en el gueto de Shanghai. Estuvo allí desde sus cuatro o cinco años hasta los diez u once cuando llegó a la Argentina. Una vez acá conoció cómo habían sido las infancias de los otros chicos y recién entonces se dio cuenta de que en la suya no había sido feliz. En el gueto de Shanghai no tenía idea de que se podía estar o vivir de otra manera, eso era todo lo que había, todo lo que conocía y allí jugaba con los otros chicos que eran iguales que él y creció convencido de que era normal, de que así eran las cosas para todos los niños del mundo. Recién cuando atravesó la pared supo que había otra forma de vivir y resignificó sus años de encierro con algo de dolor y, igual que Jack, también nostalgia.

No todos los niños recuperaron su identidad, no todos salieron de Habitación, hay una incierta cantidad que siguió allí para siempre y no sabemos cómo continuaron sus vidas. Los que fueron liberados debieron despedirse de sus salvadores, llamarse de otra manera, rearmar una nueva historia con las piezas, a veces escasas, del rompecabezas disponible, conocer su identidad judía y volver a aprender a caminar.

No todos emergieron con felicidad de la difícil situación. Esta nueva identidad se superpuso a la de Habitación que resultó ser falsa y debió ser sumergida, ocultada. Los niños escondidos tienen así la experiencia de estar doblemente escondidos: la primera vez sin saberlo, en el escondite salvador, con otro nombre y la segunda, ya conscientes, al volver a su nombre e historia original y verse forzados a desechar y olvidar lo anterior. En este aprendizaje para afrontar las nuevas escaleras en las que se superponían sus dos realidades, forzados a olvidar, el olvido nunca fue total. Ocultaron con un silencio protector sus emociones y recuerdos, en especial los momentos de alegría y bienestar de cuando estaban en Habitación. Y si además extrañaban, como muestra el Jack de la película, debían enterrarlo en los pliegues más ocultos de su alma.

Maurice fue salvado por una familia católica en Francia. Cuando terminó la guerra apareció un señor que decía que era su tío a quien no recordaba. Supo que no era hijo de la familia que lo había salvado, que sus padres habían sido asesinados, que su apellido no era el que creía y que era judío. Hasta el día de su muerte Maurice cuando se le preguntaba de qué religión era decía, sin culpa alguna y con una sonrisa pícara: je suis juif-catholic, soy judío-católico. Tenía presente la gratitud a sus salvadores, fervientes católicos, a los que nunca quiso dejar de lado y olvidar.

Los niños escondidos guardan secretos y nostalgias, memorias vivas encadenadas bajo cuatro llaves. Muchos me han confesado sus añoranzas “pecaminosas” enredados en un conflicto de doble lealtad. No todos se atrevieron, como Maurice, a decirlo en voz alta.

Y hay muchas Habitaciones en nuestro mundo perverso. A los abusos y maltratos históricos de los niños se suman hoy las apropiaciones, la trata con fines pornográficos y los secuestros de ejércitos irregulares para disponer de carne de cañón sumisa y efectiva.

Hay muchos y diferentes encierros. Sabemos que los chicos no se rompen, que los humanos tenemos tal plasticidad que somos capaces de subir la empinada cuesta de la reconstrucción y albergar al mismo tiempo dos identidades dialogando. El bienhechor olvido no es tal. Todo está escondido en la memoria (3). Todo.

(1) “Room”, Irlanda-Canadá, 2015 Dirección Lenny Abrahamson. El título original, está mal traducido como “La habitación” pues no es “The room” sino “Room”, sin el artículo; los protagonistas viven en “Habitación”, como quien vive en un sitio con nombre propio como Buenos Aires, no la Buenos Aires o Tokio, no el Tokio. Novela y guión de Emma Donoghue. Protagonizada por Jacob Tremblay como Jack de cinco años y por Brie Larson que, como Ma, ganó el Oscar mejor actriz 2016.

(2) Wang, Diana: “Los niños escondidos. Del Holocausto a Buenos Aires”. Editorial Marea. 2004.

(3)  La Memoria. Canción de León Giecco.

Diez Mandamientos para el Nunca Más

Aida Ender  

La presentación del Cuaderno de la Shoá 6 culminó con la lectura de los Diez Mandamientos para el Nunca Más leídos por Aída Ender. Aquí sus palabras:

 

 

El código moral derivado de los Diez Mandamientos, hace posible la convivencia porque legisla en contra del mal. Este código no es siempre respetado pero es un mandato cultural para que convivamos sin matarnos a cada paso.

El siglo XX es el siglo del MAL globalizado y planetario, ante el cual seguimos naufragando en tsunamis de horror tras horror, y la frase voluntarista “nunca más”  se ha vuelto un empecinado “otra vez y otra vez y otra vez” que nos llena de espanto y desolación.

Debemos incluir el MAL en nuestro horizonte de entendimiento y expectativas, como se ha hecho con los Diez Mandamientos siglo tras siglo, para no seguir tropezando, sufriendo y muriendo sin poder ni prevenir ni impedir ni detener los procesos genocidas.

Los Diez Mandamientos para el Nunca Más

  1. No asesinarás ni torturarás ni encubrirás crímenes aunque te sea ordenado.
  1. No obedecerás ninguna orden que atente contra los DDHH esenciales.
  1. No aceptarás la delegación de la responsabilidad por tus actos.
  1. No aceptarás justificaciones sobre muertes, torturas y detenciones arbitrarias.
  1. No serás indiferente a injusticias y arbitrariedades.
  1. Diferenciarás lo legal de lo legítimo.
  1. Desconfiarás de la propaganda.
  1. Conocerás y revisarás tus prejuicios.
  1. Resistirás la influencia del grupo o la multitud y pensarás por ti mismo.
  1. Expresarás tus ideas fundadas en el conocimiento y no en tu necesidad de ser aceptado.

Los miembros de Generaciones de la Shoá proponemos estos 10 Mandamientos para el Nunca Más para que se sumen a los Diez Mandamientos ya existentes, como un nuevo código moral de estos tiempos que haga posible la convivencia en paz.

Muchas Gracias