¿Qué es la interseccionalidad?
En la década de 1990, la jurista afrodescendiente Kimberlé Crenshaw propuso el concepto de interseccionalidad. Señala que las formas de discriminación basadas en la etnia, el color de piel, el género, la orientación sexual, la nacionalidad, la edad, la clase social o la discapacidad no actúan de manera independiente, sino que se combinan y generan distintas formas de opresión, injusticia y exclusión.
Cada persona ocupa un lugar en la sociedad según la combinación de estas características, que condiciona sus obstáculos y oportunidades. Una mujer negra y pobre, por ejemplo, tiene menos posibilidades de ascenso social que un hombre blanco y rico; una persona mayor discapacitada encuentra más barreras laborales que un joven sin discapacidad; un homosexual latino en Estados Unidos puede enfrentar más discriminación que un heterosexual blanco.
La interseccionalidad aportó una nueva perspectiva para comprender las desigualdades, los privilegios y las dificultades de movilidad social. Surgida de la experiencia de los afrodescendientes, encontró luego en el feminismo una herramienta para analizar las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Más tarde se extendió a otros campos, como la salud mental, la discapacidad y los estudios sobre colonialismo y nacionalidad.
Para muchos cientistas sociales fue una revelación: ofrecía una perspectiva general para entender la discriminación y la injusticia y, con ella, abría la posibilidad de diferentes abordajes y soluciones.
El feminismo encontró en la interseccionalidad una nueva y rica manera de leer el patriarcado y la histórica inferiorización de las mujeres. La riqueza de esta mirada se vio opacada por ciertas lecturas que transformaron lo complejo en binario. Redujeron la humanidad a dos categorías: odos los caucásicos eran los opresores, colonialistas y responsables de las injusticias, y a todos los no blancos las víctimas, los oprimidos, los inocentes.
Un mundo binario: opresores y víctimas
Esta cosmovisión, simple y tan fácil de entender, fue trasladada a la geopolítica. Algunos países menos desarrollados, con poblaciones no caucásicas, eran las víctimas del tablero global. Sus gobiernos y ejércitos podían ejercer violencia sin escrutinios ni reproches, dado que sus acciones eran la “lógica” respuesta a la opresión histórica. La condición de víctima parecía justificarlo todo.
El anticolonialismo recuperó protagonismo. Los descendientes de los colonizadores europeos, repudiando tal vez ese pasado, lo proyectaron sobre otros actores. En primer y casi privilegiado lugar, los Estados Unidos, el paradigma de la supremacía blanca, la explotación y las guerras colonialistas. Y unas décadas después sumaron a Israel que hoy ocupa un lugar central en esa representación del mal.
Israel, la única democracia en una región dominada por autocracias y dictaduras, con un importante desarrollo científico y tecnológico y amenazas persistentes a su seguridad, pasó a ser presentado como un Estado opresor que ocupaba ilegalmente un territorio que no le correspondía.
La difusión de esta narrativa tiene su historia. La Unión Soviética, que había apoyado la creación de Israel en 1947, cambió su posición después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, y se alineó con los países árabes, en un contexto de disputa geopolítica y de intereses vinculados al petróleo.
Ese triunfo israelí en 1967 cambió la percepción que se tenía sobre los judíos. De víctimas y perseguidos, pasaron a ser combatientes victoriosos. David, el débil, despierta simpatía; Goliat, el poderoso, no. La escritora Dara Horn lo resume con una frase provocadora: la gente ama al judío muerto.
La historia es más compleja
En 1947, la ONU aprobó un plan de partición del territorio bajo mandato británico en dos Estados, uno judío y otro árabe. Pero estos no lo aceptaron y en 1948, el estado recién constituido, fue atacado por cinco ejércitos de países árabes vecinos. Israel no solo sobrevivió sino que ganó esa primera guerra, cuya consecuencia fue que cientos de miles de árabes emprendieron el exilio y se convertían en refugiados. Algunos forzados y otros voluntarios por la promesa de sus dirigentes de que una vez que mataran a los judíos podrían volver. Ubicados en campamentos precarios en Gaza y Cisjordania no fueron acogidos por ningún país árabe, comenzaron a ser refugiados. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) los usó como tema de confrontación con Israel, el país blanco, colonizador y explotador, el.enclave europeo en Medio Oriente. Al mismo tiempo 800.000 judíos expulsados en su totalidad de Egipto, Irak, Siria Líbano, Yemen y Adén fueron recibidos en Israel.
Reducir esa historia a una única explicación de expulsión y despojo impide comprender su complejidad. Hubo desplazamientos y familias que abandonaron sus hogares, de ambos pueblos con diferentes resoluciones. Unos acogidos, otros abandonados. No todos los árabes dejaron Israel. Hoy son el 20% de la población israelí y son ciudadanos con plenos derechos.
La Guerra de los Seis Días, en 1967, fue otro punto de inflexión. Los judíos habían vencido otra vez. Israel pasó a controlar nuevos territorios, en la franja de Gaza y en Cisjordania donde seguían los refugiados que ahora se llamaban palestinos. Alimentado por sus líderes la cuestión palestina en esta ocupación de territorio fue adquiriendo una centralidad creciente en el debate internacional. Las protestas, las intifadas, los ataques y las amenazas a la seguridad del estado hebreo se multiplicaron mientras que en ciertos ámbitos académicos occidentales, se gestó la lectura simplificada de la interseccionalidad: Israel, el varón blanco, el colonizador, era el opresor; los palestinos, el pueblo racializado, refugiado y excluido, eran las víctimas.
El 8 de octubre y la nueva legitimación del odio
Llegamos al terrible 7 de octubre de 2023, día en que Hamás perpetró una masacre genocida de civiles israelíes, entre ellos personas que habían trabajado por la convivencia entre ambos pueblos.
Contrariamente a lo que se podría suponer, al día siguiente de este brutal ataque, la reacción de sectores intelectuales, periodistas, estudiantes y militantes políticos fue primero desconcertante, luego indignante. En campus universitarios, medios de comunicación y espacios de izquierda no solo no se repudió el ataque como habría sido la lógica, sino que se lo consideró la consecuencia justificada de las acciones de Israel. En lugar de empatía por las víctimas, acusaron a Israel de genocida, colonizador y apartheid, las nuevas mentiras generadas durante décadas en las usinas islámicas. El judío otra vez en el lugar del mal, el antisionismo revestido con el viejo ropaje del antisemitismo histórico.
Pero, aunque el antisemitismo constituye una parte fundamental de esta hostilidad, no basta por sí solo para explicar esta expansión del antisionismo y su defensa de la causa palestina luego de la masacre perpetrada. ¿Cómo entender que personas de bien, convencidas de actuar en nombre de la justicia, justifiquen ataques contra civiles y repitan consignas que implican la destrucción de Israel?
Del antisemitismo religioso al racial y al político
El odio a los judíos fue cambiando de cara. Religioso durante siglos, la conversión era una salida. En el siglo XIX se instaló como antisemitismo. Era judía toda persona nacida judía. Ya no una cuestión de fe: ahora era un tema racial, biológico sin conversión posible, el único camino sería el exterminio.
El ataque del 7 de octubre reavivó aquel mismo odio, ahora político, el antisionismo sustentado por la teoría de la interseccionalidad. La “teoría racial” esa superchería científica, había sustentado el antisemitismo, ahora con este otro disfraz, el único país judío era acusado con nuevas mentiras.
No se trata de las críticas geopolíticas hacia el gobierno de Israel, legítimas como cualquier crítica a cualquier gobierno de cualquier país. Las acusaciones no son sobre un gobierno sino sobre todo un país con todos sus habitantes y, por extensión, todos los judíos del planeta. La “teoría racial” justificaba los campos de exterminio, la interseccionalidad demanda la desaparición del Estado de Israel junto con sus habitantes., “del río hasta el mar”. Es obvio que el antisionismo no es solo contra Israel, sino claramente antijudío, en cualquier lugar del mundo se ataca a personas que llevan algún elemento que los identifica así y se los excluye de espacios culturales artísticos o científicos. A los judíos, sean israelíes o no.
La mentira es tan poderosa que ningún argumento la disuelve. Como el antisemitismo de siempre. No son hechos sino de lecturas. Israel, es el único país judío del planeta, la única democracia de la zona cuya población es étnicamente heterogénea donde los no judíos son ciudadanos y acceden a puestos y posiciones importantes en el gobierno, el sistema judicial, la cultura y el arte, es altamente inclusivo no solo de variadas etnias sino del lugar de la mujer y de las diversidades sexuales, lejos, muy lejos del apartheid. Sin embargo es escudriñado con lupa de aumento, se le exige lo que a ningún otro, se lo critica y acusa de maldad, crueldad y genocidio.
¿Cómo se gestaron estas mentiras? Las canteras de fake news alimentadas por subsidios de magnates musulmanes generan noticias sobre Gaza que ocupan portadas y noticieros. La viralización instala y difunde esas mentiras en una insólita guerra mediática e ideológica en un derrame provocador de consignas fuera de contexto y fundamentación. Junto con ello las fotos, muchas trucadas, despiertan indignación a las buenas conciencias, educadas en las academias de Tik Tok o Instagram.
Y aparece dolorosamente incrustada en la moral de occidente la pregunta de por qué las personas que defienden la causa palestina, los antisionistas, no ven su antisemitismo y no se sientan del lado bueno de la historia. Pareciera que la exhibición de la bandera palestina, el uso de la kefiya y las encendidas proclamas en marchas y violencias, ofrecieran a muchos un nuevo horizonte de sentido.
La necesidad de una causa
Después de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y del debilitamiento de la confrontación entre comunismo y capitalismo, una parte de la militancia occidental perdió su principal eje ideológico.
Las teorías poscoloniales, el ecologismo, el feminismo, la diversidad sexual y los derechos humanos son causas legítimas y necesarias. El problema aparece cuando se las articula mediante una interpretación rígida y sesgada de la interseccionalidad que divide al mundo entre perpetradores y oprimidos.
El feminismo denuncia el patriarcado; los movimientos por la diversidad sexual visibilizan identidades antes perseguidas; el ecologismo enfrenta el calentamiento global. Estas luchas permiten comprender injusticias reales. Sin embargo, cuando se las reúne bajo un esquema que asigna de antemano la culpa y la inocencia según la identidad de cada grupo, se pierde la capacidad de evaluar los actos concretos. Culpables e inocentes se definen por quienes son, su color de piel y donde nacieron, no por lo que hacen.
El antisionismo aparece como nueva causa de lucha dadora de sentido. La difusión de las mentiras renuevan la carga emocional del antisemitismo histórico y “confirman” al Estado judío como la encarnación del Mal.
Hay intereses geopolíticos y económicos que colaboran o tal vez generan de manera invisible este estado de cosas. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética respaldó a distintos países árabes en la nueva división del mundo. Más tarde, las inversiones durante décadas de grandes fortunas provenientes de países musulmanes, especialmente Qatar, resultaron en think tanks, inclusión del tema palestino en escuelas y el adoctrinamiento en universidades norteamericanas que promovió el antisionismo en ámbitos académicos.
El antisionismo une la lectura binaria de las relaciones de poder con los prejuicios antijudíos. Israel es el opresor, dejó de ocupar el lugar de víctima que había despertado solidaridad y simpatía después del Holocausto. Tras la victoria israelí de 1967, los palestinos pasaron a ocupar el lugar de víctimas.
¿Los palestinos son víctimas?
Sin duda que lo son, víctimas de la perversidad de sus dirigentes que los mantienen en eternos campamentos transitorios, alimentando la precariedad para obtener apoyos económicos y políticos de organizaciones internacionales. Y, de paso, acusar a Israel de apartheid, ocupación y genocidio.
Israel se fue de Gaza en 2005 ¿se puede hacer apartheid a un territorio que no es propio? ¿Ocupante de donde entonces? ¿Del mismo Israel donde un 20 % de la población árabe vive libremente? Décadas de adoctrinamiento convencieron a las élites académicas occidentales de la mentira de la ocupación.
Y, en tanto ocupante y culpable del destierro, les debe su sostén. El hecho de que no lo haga confirma su condición de opresor y victimario. Muchos activistas no advierten el antisemitismo que es tan obvio por ejemplo cuando solo se acusa al Estado de Israel y se invisibiliza a tantos otros países en conflicto. Pero, solo donde hay judíos se generan seminarios, titulares y posteos en Tik Tok. Israel está en guerra y en la guerra, en cualquiera, suceden injusticias y muertes no deseadas. A ningún país acusado de conductas criminales de le exige la desaparición. Ni a la Alemania nazi, la Rusia comunista, Camboya, Guatemala, Bosnia, Congo, Argentina o Sudán. Sólo a Israel. El componente emocional judeofóbico es evidente.
Sumado a esto, el antisionismo apoya a países y gobiernos con un islamismo terrorista, religioso e intransigente. Su afán exterminacionista antijudío está en sus fundamentos doctrinarios así como el propósito de islamizar el planeta exterminando a todos los “infieles”, también los cristianos y todos los que no veneran a Alá. Su argumento religioso no es conversable ni negociable, es dogmático y definitivo. No defiende los derechos humanos ni la justicia social ni la equidad humana, ni la territorialidad, defiende una creencia, una fe supremasista y totalitaria. Los antisionistas terminan siendo cómplices de las autocracias terroristas y colonizadoras del islamismo radical. Apoyan su propia destrucción.
La selectividad de la indignación
Creo sin embargo que al apoyar a las víctimas palestinas lo hacen convencidos de estar del lado del bien. Pero, llama la atención que esa misma lucha no es aplicada a las iniquidades de la invasión rusa a Ucrania y sus muertos inocentes, las otras matanzas y genocidios con decenas de miles de víctimas y refugiados —en Yemen, Congo, Nigeria, Siria, y la lista continúa—. Solo se encienden y se ponen en acción cuando pueden acusar a Israel, el único país judío del mundo.
¿Genocidio? Sí, lo hubo, pero fue en manos de Hamás. Las víctimas israelíes, masacradas en 7 de octubre de 2023 fueron consecuencia de un explícito plan genocida. Los antisionistas ¿no ven? ¿no les importa? los niños quemados vivos, las embarazadas asesinadas, las jóvenes violadas y martirizadas, los secuestrados y asesinados. Parece ver a los niños, los ancianos, los militantes por la paz, los agricultores como los opresores blancos, machos, heterosexuales y patriarcales que merecen la tortura y la muerte. Por judíos. Por triunfadores.
Occidente y el autoodio
Quedan abiertas tantas preguntas. El antisionismo es una orgía de autoodio de las élites educadas de occidente. ¿Lavan, tal vez, las culpas de sus antepasados europeos, predadores, genocidas, piratas, colonialistas y esclavistas?
¿Será esta reivindicación del islamismo radical parte de la crisis de Occidente y de su intento de expiar un pasado vergonzante?
¿Es minar el futuro la única manera de compensar las culpas del pasado?
Hay quienes hablan del suicidio de Occidente: el suicidio de los valores de la democracia, el republicanismo y el humanismo.
Todos estamos en peligro.
No solo los judíos.
Diana Wang, Octubre 2026