Pareja y vinculos

Convivencia forzosa, para Ideas en Casa

Otra creación de TEDxRiodelaPlata para esta época de aislamiento.

Otra creación de TEDxRiodelaPlata para esta época de aislamiento.

Temas tocados en una converesación informal:

  • los desafíos de la cuarentena:

    • el miedo y el hartazgo de estar limitados

    • el miedo a cuando termine, a salir y volver a interactuar con gente, lo que nos pasa cuando vemos las películas, los besos, los abrazos, las reuniones

    • el peligro del sesgo de negatividad personal que se suma a la negatividad contextual

  • los desafíos de la a convivencia forzosa:

    • para quien está solo

      • los que lo disfrutan porque no se sienten observados, y se sienten liberados, como más ligeros

      • los que añoran el contacto con familiares, amigos, hijos, compañeros de trabajo

    • para quien convive con alguien

      • la presencia del testigo, la mirada y la necesidad de pactar espacios personales

      • caminamos juntos y nos dejamos de ver

      • nuevas conversaciones con los otros y con uno mismo, peligro de caer en modos que no lo hagan posible (adivinar, usar la 2a.persona -queja, reclamo, crítica-, imponer)

      • el contacto personal ahora se volvió plano, las pantallas, lo que tiene de bueno y lo que tiene de malo

Preguntas para los grupos:

  1. ¿cómo se reconfigura la noción de intimidad?

  2. ¿qué estamos aprendiendo en estos días de cuarentena?

  3. ¿qué formas de relación no van a ser iguales después?

Comentario publicado en Linkedin:

El Abrazo de Julia Publicada el 8 de mayo de 2020

Javier Alejandro Felipe Gestor de Relación con el Negocio en YPF S.A.

Cuando mi hija tenía poco menos de dos años inventó su propio abrazo a la distancia, el cual se daba de la siguiente manera:

1. Brazo derecho por debajo de la axila izquierda

2. Brazo izquierdo por encima del hombro derecho

3. Cabeza inclinada hacia el hombro izquierdo, acercando el oído al corazón

4. Cerrar los ojos

5. Apretujarnos bien fuerte (el corazón tiene que parecer que se nos va a salir)

6. Terminamos con palmaditas por debajo de las axilas y por encima de los hombros.

Ayer tuve el lujazo de compartir ideas sobre los vínculos con Diana Wang, en el marco de “Ideas en Casa” organizado por el equipo de @TEDxRioDeLaPlata. Como diría Gerry Garbulsky, Diana es una genia genial del universo universal, mundo mundial... a lo cual ella acotaría INTERGALACTICO! Como casi todo en estos tiempos, la charla estuvo especialmente orientada a los vínculos durante el aislamiento y surgieron temas por demás interesante como lo es la intimidad, la reflexión personal acerca de la resignificación de los vínculos y de aquellas cosas que a partir de la pandemia nunca más volverán hacia atrás (estaría bueno que todos hagamos este ejercicio de introspección, pueden buscar el video de @AprenderDeGrandes entre Diana y Gerry hablando sobre algunos de estos temas: Relacicones de pareja en la cuarentena) Sobre las cosas que han cambiado durante este tiempo tan particular, me quedo con un tema en especial: los abrazos. Una de las cosas en las que coincidimos todos los asistentes es que es uno de los rituales que más extrañamos es ese abrazo con la gente que realmente queremos, ese abrazo que surge del corazón cuando festejamos un gran logro o cada vez que queremos expresarle nuestro amor o cariño a una persona en especial. Yo me siento afortunado en muchos sentidos, porque recibo los abrazos de mi hija y de mi esposa a diario, pero no dejo de angustiarme por aquellos que hoy no están recibiendo abrazos al mismo tiempo que me angustio con aquellos que no podemos darnos, especialmente los que no puedo darles a mis viejos. De alguna manera por esto, y también porque la mejor manera de aprender es compartiendo, les regalo a todos estas pocas y, aunque mal escritas, sinceras líneas. Al mismo tiempo les hago llegar desde mi corazón y a la distancia #ElAbrazoDeJulia (sus abuelos dan fe que a a través del ciberespacico también funcionan) Ojalá nos veamos pronto.

Negatividad, esa piedra en el camino.

 
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En estos días en que estamos obligados a permanecer guardados porque hemos elegido cuidarnos y cuidar, la convivencia forzada y forzosa acentúa y reaviva cosas que ya venían pasando. Nos llueven por todas partes consejos y sugerencias para transcurrir este período de la mejor manera posible. Home office, reuniones familiares y de amigos, muchas actividades, mucha pantalla, mucho zoom y whatsapp, es como si existiéramos de la cintura para arriba, no importa qué zapatos llevamos. Ya estamos entrando en la recta del hartazgo, del cansancio, en el gris cotidiano en que todos los días son domingo y los horarios nos son esquivos porque da igual.

Ahora es cuando tenemos que estar alertas y no dejar que nuestras propias tendencias, cuando son negativas, nos venzan.

Hablemos de la negatividad. Se la ha descripto como un sesgo, un efecto que determina que respondamos más fuertemente a situaciones y emociones negativas que a las positivas. Si hacemos o decimos algo y recibimos elogios y felicitaciones, nos sentimos complacidos, pero si entre ellos aparece un comentario adverso, se vuelve lo único, lo más importante, nos obsesiona, nos altera la percepción y borra los elogios y aplausos. Somos mucho más permeables a lo negativo que a lo positivo. En la historia de nuestra evolución, el sesgo de negatividad fue esencial para nuestra supervivencia porque nos mantenía alerta frente a cualquier peligro, pero hoy puede ser una potente amenaza que altera nuestra mirada y modifica peligrosamente nuestra conducta. 

El sesgo de negatividad es hoy, más que nunca, una gran piedra en el camino de la convivencia, tanto con nuestra pareja como con quien sea que estemos conviviendo. Cualquier cosita, cualquier pelusa que flote en el aire puede volverse un doloroso conflicto que termine en acusaciones y peleas. Todos tenemos ese sesgo pero no todos vivimos esa tendencia a la negatividad del mismo modo. Las personas que la tienen instalada como parte esencial de su personalidad son las que tienen que tener un cuidado especial porque pueden deslizarse a emociones desgarradoras que alteren su percepción de lo que están viviendo y transformen la convivencia en un infierno.

Uno se ve inundado por la pregunta de ¿por qué no me quiere? o ¿por qué no me valora? o ¿por qué no le importo? que insiste, horada y se transforma en un alud que desciende sobre uno con una potencia arrolladora y nos aplasta y sumerge en la más honda desdicha.

Dado que nadie es perfecto y que nadie satisfará completamente nuestras necesidades, el sesgo de negatividad será una lente que tomará las imperfecciones de nuestra pareja como centro de nuestra mirada, las exagerará y las volverá un muro infranqueable contra el que chocaremos una y otra vez. En lugar de ver lo que está bien, de apreciarlo y agradecerlo, seremos solo recipientes de lo que está mal, de lo que no funciona. Lo que está bien se vuelve difuso y poco importante, casi que desaparece y solo somos receptores de lo que está mal.

En los estudios de parejas que conviven hace largo tiempo se encontró que uno de los temas centrales era la reacción ante la negatividad. Que no es tan importante cuánto hay de bueno o positivo en cada uno sino cuál es la reacción que tiene frente a lo negativo. La forma en que cada pareja encara sus interacciones problemáticas será la medida de su continuidad o fracaso. 

En esta convivencia virósica actuamos del mismo modo que ya lo hacíamos antes, solo que ahora se ve más, es más exagerado, no lo podemos evitar. Si ya venía ganando el sesgo de negatividad en nosotros, estamos ahora en un problema grave porque seguro que ha aumentado. Y una de sus características es que es muy contagioso, tanto como el coronavirus. La “mala onda” de uno, que es la forma en que el sesgo empieza a hacerse visible, genera fatalmente la “mala onda” de todos, el clima se enrarece, todos contagiados porque es altamente tóxico. 

Si el sesgo de negatividad es una de tus características, tal vez éste sea un buen momento para revisarlo y ver cuánto lo podés diluir. Si no, este poderoso auto sabotaje desgastará tanto la relación que lo bueno que pudiera estar habrá desaparecido de tu percepción. El sesgo de negatividad, no puede ser anulado, pero puede ser relativizado o amaestrado. 

Podés evitar el ciclo destructivo que produce. Son tres pasos. Detectar la negatividad ni bien aparece, no dejarla crecer. Preguntate dónde la sentís, después de qué te aparece, cómo suele acometerte sin que te des cuenta, ¿es un pensamiento?, ¿es una incomodidad?, ¿es un impulso motriz como pegar, salir corriendo, gritar? ¿es una sensación difusa pero alojada en alguna parte del cuerpo? Una vez que la tengas claramente individualizada, el segundo paso es controlar y frenar tu reacción, ponerla en stand by, no decir eso que mejor callar, no mirar como mejor no mirar, no actuar como mejor no actuar. El tercer paso es revisar, dialogar con el acceso de negatividad que te está ocupando. Digo bien, te está ocupando, como un alien que se aloja en tu interior y te tira gases venenosos pero que no es un desconocido. Miralo de frente, ponelo en palabras, conocelo, no te dejes ganar. Reconocelo como aquel impulso maléfico que tanto daño te hizo siempre y frente al cual te dejaste vencer una y otra vez. 

Son tres pasos: reconocerlo, frenarlo y conocerlo.

No hemos elegido someternos a esta pandemia ni vivir este encierro.  Pero sí habíamos elegido vivir con nuestra pareja y hoy podemos elegir hacerlo de una manera pacífica. 

El sesgo de negatividad es tan destructivo como el virus del corona, igualmente contagioso y maléfico cuando nos toma con la defensa baja. La convivencia forzosa nos bajó las defensas. No dejes que la negatividad te gane la batalla. Podés elegir. 

publicado en LN el 16 de mayo de 2020 como “Cuarentena. La negatividad en la convivencia y tres pasos para amaestrarla”.

Cercanía forzosa.

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El mundo barajó y está dando de nuevo. Cada uno en su casa protegiéndose y protegiendo. Estamos ante un desafío global inédito y deberemos ponerle la mejor onda a esta convivencia tan próxima, tan inescapable, tan provocadora.

Esta cercanía, parecida a cuando nos vamos de vacaciones y tenemos que estar juntos tooooodo el día tooooodos los días, se complica hoy con la restricción geográfica de no poder salir de las cuatro paredes que limitan nuestro espacio de vida y no podemos huir de nosotros mismos. 

Me hace acordar a lo que me pasó cuando comencé a usar lentes de contacto. De pronto descubrí cómo era mi cara de verdad porque no pude más que ver todo lo que antes no veía. La miopía no te deja ver bien, es como si todo estuviera más lejos. 

Y de lejos todo es más lindo. 

La cercanía puede ser cruel porque revela los detalles mínimos. Lo mismo pasa ante alguien que no se conoce, se lo ve como a la distancia y con bordes poco nítidos y parece tener cualidades, colores y condiciones que, a medida que nos vamos acercando y viendo con más precisión, advertimos que no siempre estaban. 

Solemos ser miopes con los desconocidos y los investimos con lo que esperamos, lo que necesitamos, lo que nos gustaría que tuvieran. Ellos tampoco ayudan porque se presentan con su mejor cara, como las fotos que elegimos publicar en las redes sociales.  

Esta combinación, tantas veces tramposa, se va desmoronando a medida que nos vamos acercando y los detalles comienzan a dibujarse con mayor claridad. Lo que brillaba se opaca. Lo que era cuidado y nítido se vuelve desaliñado y desprolijo. A medida que la distancia se va acortando, la diferencia entre lo que se creía ver al principio y lo que hay puede ser fatal para la continuación de la relación. O no, puesto que a veces, mirar de cerca permite ver cualidades que de lejos pasaban desapercibidas y no se valoraban.

Pero a veces, más de lo que imaginamos, la imagen primera, aquella promesa de perfección, sigue existiendo como promesa y si el otro resulta no ser tan bello, tan dulce, tan amoroso, tan inteligente, tan comprensivo, tan ordenado, creemos que nos lo hace a propósito. Lo que veíamos a la distancia era tan maravilloso que reconocer la realidad es un doloroso golpe a la ilusión mágica de perfección y felicidad total e instantánea. Por algo los cuentos de hadas terminan con el matrimonio. La convivencia es como mis lentes de contacto, acorta la distancia y las imperfecciones se hacen visibles. Nos sentimos traicionados y aquella ilusión de felicidad se va borroneando y nos deja con la pregunta atormentadora de si era éso lo que esperábamos, lo que nos merecíamos, con lo que tendremos que vivir el resto de nuestra vida.

Dan Ariely, académico de la universidad de Duke, lo dice claramente en este video animado (https://bit.ly/2tSnLmJ, activar subtítulos) donde hace una analogía entre una pareja y un departamento alquilado. Imaginemos, nos dice, que el contrato de alquiler es de día por día, el inquilino no sabe si seguirá al día siguiente. ¿Hará alguna mejora en el departamento? ¿lo pintará si comienza a descascararse? ¿resolverá algún problema que pudiera aparecer? ¿lo embellecerá? ¡Claro que no! si no está seguro de que seguirá allí no hará ningún esfuerzo. Lo mismo pasa con la pareja. Cuando ya  no brilla ni nos entusiasma como esperábamos, nos aferramos a la idea de mudarnos, “¿y si me voy y busco otro?” estamos como el inquilino de día por día. ¿Para qué invertir en mejorar la convivencia si deseamos que termine? El divorcio parece la única salida.

Estamos en un momento en que debemos asumir que el alquiler seguirá por un tiempo, que no podemos dejar pasar las cosas que se deterioran o descascaran porque es el espacio en el que vivimos. Limpiemos las telarañas que se acumularon, pongámoslo lo mas lindo que podamos, cambiemos los muebles de lugar y busquemos los espacios en los que nos vemos mejor, en los que vemos a nuestro otro mejor. Hoy lo que soñábamos al principio está puesto en cuestión y nos encuentra en un lugar que tal vez no habíamos buscado pero en el que se nos va la vida. Hay que barrer todos los días, poner flores, arreglar esa canilla que gotea y el enchufe que está en corto. Es un esfuerzo, pero el mantener las cosas lo mejor posible hará que la casa -es decir, nosotros- se vea mucho mejor. Aprovechemos este torcimiento de la vida que nos fuerza a convivir tan cerca para encontrarlo que habíamos pasado por alto, lo que dábamos por supuesto, lo que habíamos dejado de ver y valorar.  

Demasiado lejos enciende nuestra imaginación y no nos deja ver. Demasiado cerca atenta contra nuestra perspectiva y tampoco nos deja ver. Encontrar la distancia óptima, una nueva perspectiva, es uno de los secretos de esta convivencia insólita para volverla a nuestro favor lo más que podamos. Respetemos nuestros momentos de aislamiento dentro del aislamiento: si hace falta cerremos una puerta y quedémonos solos recuperando el aire. La presencia constante del otro que opina, critica y juzga es desgastante. Recordemos además que nosotros somos el otro de nuestro otro y evitemos, en lo posible, opinar, criticar y juzgar porque intoxica el aire. Encontremos la distancia óptima para que esta convivencia no se vuelva un infierno. Sartre decía “el infierno son los otros”. Prestémosle mucha atención y pongamos todo nuestro esfuerzo en que no lo sea.


Tal vez suene cursi y meloso, pero esta cercanía forzosa nos desafía a bajar un cambio y reencontrar aquello que nos enamoró, aquello que nos puede hacer bien aunque nuestro otro se empeñe en no ser todo lo perfecto que esperábamos. El amor no es un estado de pasión y entusiasmo estable e inamovible, cambia, por momentos parece que ya no está, tiene diferentes caras, como la luna. Parafraseando a John Lennon, démosle una oportunidad al amor.

Publicado en La Nación

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Diez minutos con Gerry en su cumpleaños

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Gerry Garbulsky cumplió años y también los cumplió su invento Aprender de Grandes, un regalo que se hizo a sí mismo cuando llegó a los 50. Cuatro años después, volvió a hacerse un regalo. Esta vez reunió a unos cuantos de los que habíamos participado en el podcast y nos preguntó, en los diez minutos que nos correspondían, qué habíamos aprendido en estos años. Honrada de estar junto a esta gente brillante. Mis diez minutos están entre 2:43:40 y 2:53:50.

 

Fracasar en la pareja: curso breve y garantizado.

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Hay tres premisas básicas que llevan a un fracaso seguro. 

Adivinación. Mi otro “sabe” lo que necesito, lo que espero y lo que quiero. No es preciso que se lo diga ni que se lo pida. Si no me lo da o si no lo hace es porque no me considera, no le importo y/o no me quiere. 

Destinatario. Todo lo que hace/no hace/dice o no dice el otro, me está dirigido a mí, a propósito y para hacerme daño. 

Verdad. La verdad es una sola, clara, objetiva y tal cual la veo yo. Cuando el otro no lo acepta y se “encapricha” en ver las cosas de otra manera es fundamentalmente para contradecirme.

Estas premisas son falsas y tienen dos corolarios fatales: 1) la culpa de todo la tiene el otro porque todo lo que hace está mal. 2) probablemente nuestro otro tiene las mismas premisas falsas y cree que somos nosotros los causantes de todo su mal.

Seguir estas tres premisas falsas y sus corolarios consecuentes, resultan en por lo menos 3 comportamientos destructivos.

¿Quién debe cambiar? No yo sino obviamente el otro. Convencidos de que nuestra visión es la correcta, de que somos poseedores de la verdad y de la conducta apropiada obviamente quien debe cambiar es quien hace todo mal, no entiende, no quiere o no le importa. Nuestro otro cree exactamente lo mismo, es decir, que quienes tenemos que cambiar somos nosotros y por las mismas razones. Encima, lo peor es que nadie puede cambiar a nadie solo uno puede decidir cambiar, y hasta cierto punto. 

Hay que insistir. Apelando a cualquier y todos los recursos debemos conseguir que el otro se de cuenta de su maldad o incapacidad esencial y culpable. Si no cambia a pesar de las evidencias que insistimos en enrostrarle y que creemos son incontrovertibles: apelaremos al reclamo acusatorio, a la discusión enojada, al señalamiento iluminador, a poner el punto sobre las íes con la esperanza de convencer a esta persona que se encapricha y no ceja en ser igual a sí mismo como si no le importara nuestra firme arenga cotidiana. Es más, no solo no agradece nuestro empeño constante en hacerle cambiar sino que encima le irrita y enoja. Casi todas las peleas en las parejas son enfrentamientos en los que se juega la convicción de que insistiendo se logrará el cambio que cada uno desea en el otro.

Castigo. Si con la insistencia militante el cambio no se produce, lo que sigue es la crítica, el juicio, la humillación, las amenazas y tal vez la venganza. Es ya una guerra declarada alimentada por la frustración de no haber logrado el cambio esperado (siempre debido a la perversidad del otro). Pero llegado a este punto, el deslizamiento hacia la pelea y la violencia verbal o conductual, es casi irreversible.

Son estas tres premisas falsas, sus dos corolarios y los tres comportamientos consecuentes, la base de la perversa y mortífera coreografía del fracaso de las relaciones.

¿Por qué son falsas las premisas mencionadas? Veamos una por una.

Adivinación. Nuestro otro no puede saber sin que se lo digamos porque no adivina. Cada uno está en su mundo que se parece al don pirulero en donde cada cual atiende su juego creyendo que es el mismo juego que atienden los demás. Aunque estemos conviviendo hace un tiempo, aunque nos hayamos unido muertos de amor, la complejidad de la vida hace que resulte muy difícil adivinar en qué está cada uno internamente, qué espera, qué necesita en cada momento. No hay otro camino que pedir, aprender a pedir, hacerlo en el momento adecuado y saber que aún cuando lo hagamos de la mejor manera el otro puede no querer o no poder satisfacernos. Lo que seguro no puede hacer es adivinarnos.

Destinatario. Cada uno ve el mundo desde sus propios ojos. No somos el centro de la vida de nadie, no “me lo hace todo a mí”. Si nuestro otro no nos satisface, no es por maldad o desamor como solemos creer, al menos no siempre. Nuestro otro ve el mundo con sus ojos y es como es, puede lo que puede y hace solo lo que puede. Igual que nosotros. Cada uno tiene su propia forma de estar en contacto con sus necesidades y obligaciones, de responder a las mil y una circunstancias de la vida cotidiana, familiar y laboral. Además, y no es un tema menor, muchas veces esperamos que nos de lo que no tiene. Los olmos no dan peras. Aunque insistamos y los forcemos. Y si no nos dan peras no nos lo hacen a propósito para lastimarnos. Es que no tienen y tenemos que recalibrar nuestro pedido. 

Verdad. Centrados en nosotros mismos nos es difícil imaginar que no todos ven las cosas como las ve uno. Creemos que nuestra mirada es la verdadera, que tenemos razón, que las cosas debieran ser como decimos nosotros que son. Las interacciones humanas se basan en eso, en las  lecturas que hacemos de lo que pasa, de lo que creemos que debe ser. Pero las lecturas difieren según quien las haga porque cada uno ve las cosas a su manera. Cada uno tiene su razón, su verdad y apegarse a la propia como si fuera la única nos sume en discusiones inútiles en las que cada uno quiere imponer su verdad al otro y nos perdemos de conocer y comprender a este otro que se esfuerza en no ser avasallado al defender su punto de vista.

El corolario de estas tres premisas falsas y sus conductas resultantes, es claro y obvio. Si querés evitar el fracaso seguro, viví tu relación basándote en estas premisas verdaderas y posibles: a) la gente no adivina, b) no siempre lo que hacemos se lo hacemos al otro, casi siempre es lo único que sabemos o podemos hacer, c) la verdad y la razón en la vida de relación son puntos de vista que nunca abarcan la totalidad de lo que pasa. 

Y si aceptás estas premisas más realistas, probablemente cambie tu conducta. La tuya, no la del otro. Tu conducta es lo único que podés manejar, de lo único que sos dueño (e incluso  no del todo). No podés cambiar la del otro. Dejarás de insistir, reclamar, quejarte, acusar, juzgar, castigar, enojarte y pelear. Tal vez te animes a pedir lo que te hace falta sin esperar que te adivine aceptando que tal vez tu otro no te lo pueda dar porque no lo tiene. Podrás entender y aceptar como sos, con sus luces y sus sombras y como es tu otro con sus luces y sus sombras. Tal vez esperabas lo imposible. Tal vez algo era posible pero no lo supiste pedir. Si te parás sobre las premisas sólidas de una relación, verás si convivir con tu pareja sigue siendo deseable y  posible, si es algo por lo que vale la pena cambiar. Y si descubrís que no lo es, dejarás de esperar lo que nunca recibirás, dejarás la zona de desdicha y fracaso, dejarás de insistir y te abrirás a buscar las peras en otro lado. Lo mejor es que sea un peral para que no vayas a repetir la frustración de buscarlo en otro olmo.

publicado 10 febrero 2020 en LN

Exclusividad sexual y otros contratos.

Tute siempre agudo! con mi agradecimiento eterno.

Tute siempre agudo! con mi agradecimiento eterno.

"Meter los cuernos, engañar, traicionar, ser infiel" decimos a la hora de descubrir que nuestra pareja se contacta amorosa o sexualmente con otra persona o cuando sentimos la necesidad de hacerlo nosotros mismos. Hay muchas formas de engañar que no parecen tener el mismo peso. Tu pareja te puede engañar no confesándote que no tolera a tu hermana, o manejando la economía de ambos sin darte explicaciones, o no contándote algo esencial de su vida pasada. Te puede engañar de éstas y otras decenas de maneras. Saberlo te puede doler, te puede preocupar, te puede hacer descubrir que no conocías tan bien a tu otro. Pero si llegás a descubrir que está viendo a otra persona, sea en plan ocasional o estable, tu confianza se fragmenta de una manera radical y sentís "me traicionó". La sola idea de que haya otra persona en su horizonte, de que no seas solo vos, abre la compuerta del cuestionamiento más hondo sobre la confianza, la sinceridad y la autoestima. Duele saber que no se es la única persona, duele en lo más hondo de la identidad, duele en lo más preciado del orgullo. Casarse es comprometerse a construir juntos una familia, tener hijos y asegurar que lleguen a adultos en las mejores condiciones posibles, a sostenerse en los momentos difíciles, a invertir en ello energía y esfuerzo material y emocional. Pero el eje del contrato es la promesa de fidelidad, que no habrá otra persona nunca jamás, ni en nuestros pensamientos ni en nuestros actos, especialmente los sexuales. La fidelidad se refiere al pacto de exclusividad sexual. Este modelo tradicional de contrato está haciendo agua por varios lados. La vida se ha extendido tanto que ya no nos morimos alrededor de los 40 como solía pasar hace no mucho tiempo, ahora podemos duplicar esa expectativa e incluso superarla. Aquel "hasta que la muerte nos separe" llegaba hasta que los hijos salían de la adolescencia, mientras que ahora llegamos a ver la adultez de nuestros nietos y hasta el nacimiento de sus hijos. ¿Somos los mismos a los 20 que a los 40 o a los 60? ¿nos siguen gustando las mismas cosas? ¿fuimos incorporando otros horizontes y sueños? ¿nuestra pareja nos acompañó en los cambios? ¿y si sus cambios tomaron un camino divergente? ¿y si la convivencia nos ha transformado en hermanos y hemos perdido el ardor sexual? La rutina, el hábito, tan tranquilizante por un lado es abrumador por otro. Conociendo la coreografía no hay que andar inventando pasos a cada rato, pero el baile puede volverse insípido, poco estimulante. Y aparece un otro fuera de la pareja que vuelve a encender el entusiasmo, aunque sea por un rato. ¿Si respondemos estamos traicionando a nuestra pareja, le somos infieles? Podemos resistirnos a la tentación y que la infidelidad quede escondida en un deseo secreto y renunciar a la aventura (y ser infieles "solo" en el deseo). Las relaciones extra matrimoniales, explícitas o secretas, existen. Algunas son defraudaciones pero otras pueden no serlo, cuando diferenciamos fidelidad de lealtad. ¿Cómo ser leal a la pareja y ser íntegro con uno mismo? La idea de lealtad es privilegiar el bienestar del otro, no fragmentar su confianza con lo que pueda vivir como una traición. Hay encuentros extra matrimoniales que no son consecuencia de un conflicto en la pareja sino de necesidades particulares que no pueden ser satisfechas en el contexto de la pareja. ¿Cómo satisfacerlas y cuidar al otro al mismo tiempo? Ésa sería la idea de la lealtad. Sabemos que si lo decimos, la información quedará firmemente adherida a su memoria y la recuperación de la confianza será muy trabajosa. Por eso muchas veces la lealtad lleva a mantener el secreto para no herir de muerte al otro dando una información acerca de algo que es una búsqueda personal y que puede no tener consecuencias en la vida de la pareja. La revelación de encuentros sexuales fuera del matrimonio puede ser un quiebre insuperable. Pero cuando no se trata de algo ocasional, asumirlo y separarse es la forma de ser leal. Claro que una separación implica perder todo lo tejido de a dos, familia, amigos, los mil y un detalles de la convivencia, todo lo que se ha construido juntos y que nos identifica. Sigue existiendo, en algunas comunidades, la casa grande y la casa chica justificados en el "natural" temperamento masculino. Allí, tener más de una pareja sexual es más aceptado para los hombres que para las mujeres vistas como sujetos sexuales sin apetencias "naturales" activas. Es decir, si un hombre tiene alguna relación fuera del matrimonio es porque su "naturaleza" se lo impone y si lo tiene una mujer es por perversión o maldad. La pareja monogámica cisgénero (héterosexual) está siendo cuestionada y hoy se están explorando diferentes alternativas. Géneros, sexualidades, necesidades e identidades están siendo desafiadas en búsquedas que aún no sabemos a qué conducirán ni cómo resultarán en la constitución de familias y en la crianza de los hijos. Los jóvenes están aprendiendo a prestarse atención y a pactar. Las parejas gays nos han enseñado ese beneficio de convenir, en cada caso, como serán las cosas. Pareja abierta o cerrada. Relaciones inclusivas o exclusivas. Reserva sobre lo que se hace fuera de la pareja o transparencia comunicativa siempre. Tríos. Swingers. Bisexualidad. Género no binario. Poliamor. La bandeja se va llenando de diferentes alternativas que hasta no hace mucho eran inimaginables. La moral religiosa, la cultura tradicional, las costumbres han naturalizado tanto la "normalidad" de lo heterosexual-de-a-dos que cualquier otra posibilidad no entraba en el campo perceptivo. Pero para la mayoría, la institución pareja sigue siendo la mejor elección, la que proporciona una estructura conocida, estable y cómoda. Algunas están emprendiendo algunos desvíos, las parejas "monogamish" como se dice en inglés es decir, monógamos pero con escapadas consentidas. Son pactos que se diseñan a medida y no admiten generalizaciones pero que se basan en la distinción entre fidelidad y lealtad. En lugar de la tradicional fidelidad sexual, la lealtad como respeto hacia el otro e integridad hacia uno mismo Se pone en cuestión lo que está bien y lo que está mal, se revisan ideologías y morales establecidas. Igual que las mezclas de sabores, colores y olores en la cocina que se enriquecen con las experimentaciones de los chefs, de otras culturas, así la sexualidad humana está siendo revisitada, deconstruida y rearmada a gusto de los consumidores. Los humanos nos diferenciamos del resto de los mamíferos también en esta expectativa de exclusividad sexual. Pero buscamos a nuestro alrededor, igual que los otros mamíferos, nuevos estímulos que nos mantengan despiertos, alertas, interesados. No necesariamente es un otro, puede ser una nueva actividad o la realización de un sueño postergado. Durante siglos las mujeres han sido desleales, enredadas entre dos traiciones, consigo mismas y con sus propios maridos al no asumir su deseo y su realización personal. Claro, no eran infieles porque no rompían el pacto de exclusividad. Se están abriendo otras puertas a las que asomarnos y revisar nuestro deseo y nuestra vida que tiene visos de durar mucho. La lealtad es un compromiso con la integridad, la verdad y la valentía de asumirlo. No se trata de sexo aunque a veces sí. Se trata de apetencias y amores, de estímulos y motivación. No todo puede satisfacerse en la pareja. Y el que ello no suceda no necesariamente hiere a la pareja. Pero hay que tenerlo claro primero con uno mismo, sin auto engaños, sin hostilidad, sin herir a nadie. Y si hay que renunciar porque es la única forma de ser leal, será una elección deliberada y conciente. Y siempre que uno puede elegir puede desplegar el ala de la libertad y ser dueño de su vida.

Publicado en LN https://bit.ly/36BJQ76 6 de enero de 2020

¡¿Había que pagar matrícula?!

¡Gracias Tute!

¡Gracias Tute!

Te enamoraste. Son el uno para el otro. Deciden convivir confiados en que la vida juntos será un vergel florido, el clima siempre templado, no habrá tormentas y si las hubiera serán pasajeras, cada mañana un nuevo renacer y cada noche los encontrará ardiendo en deseos y maravillados de saberse juntos. 

Ponele unos violines de fondo, claro. 

Empezamos la aventura de la convivencia con las mejores intenciones y la ignorancia más absoluta de quienes somos, de quién es nuestro otro y de los vericuetos y escollos de la vida cotidiana. Embriagados con la romántica idea de que el amor todo lo puede y que el deseo arrollador limará cualquier aspereza, nos arrojamos a la convivencia poco preparados para lo que se viene. No solemos acordar un contrato que especifique las condiciones y las expectativas, lo que cada uno ofrece y necesita. Pero antes que eso, hay una matrícula básica que todos debemos pagar como precondición si queremos evitar el naufragio con su tendal de heridos y el sabor amargo de la derrota.

La matrícula son tres promesas vitalicias: 

  • no intentaré que cambies

  • no entenderé todo como “me lo hacés a mí” 

  • no esperaré que adivines 

NO INTENTARÉ QUE CAMBIES. Sabías que había cosas que tendrían que ser diferentes pero creíste que la fuerza del amor lo haría posible.Tanto bolero y película romántica te convenció de que se podía. Pero a poco de convivir, empiezan los tironeos, los forcejeos para que tu pareja haga lo que querés o deje de hacer lo que no querés. Las diferencias del principio no son ya simpáticas, se vuelven obstáculos que crecen en la proporción inversa a la pasión. Si convivís con alguien ya habrás hecho intentos para que tu otro no sea como es sino como querés o necesitás que sea y los que hizo tu otro para cambiarte a vos. Y sabés del daño, el dolor y la frustración consecuentes. Nadie puede cambiar a nadie. Sentirte obligado a no ser quien sos te hace sentir no respetado ni considerado y genera un profundo resentimiento que mina la convivencia.

NO ME LO HACÉS A MI. Cada uno es como es. Cada uno hace lo que puede, incluso me atrevo  a decir que hace lo más que puede. Con la esperanza de constituir una pareja ideal, cuando lo que esperás no sucede una vez, cuando no sucede otra y empezás a darte cuenta de que no sucederá, cuestionás el amor y la bondad del otro. Si no hace lo que SABE que necesitás, debe ser a propósito, porque no quiere, por pura maldad. Sin embargo en casi todos los casos, está muy lejos de ser así. No somos el centro del mundo de nadie, no somos tan importantes. Veámonos con nuestras necesidades y carencias, nuestras facilidades y dificultades y veamos a nuestro otro con las suyas. 

Repito, cada uno hace lo que puede y no siempre lo que tu otro haga es a propósito, no te lo hace a vos. Verlo así te permite ver al otro como otro, te libera de la queja, del reclamo y la acusación y si tu otro no te hace bien, te permite revisarlo, buscar otra persona y dejar de esperar de quien no tiene o no puede. 

NO ESPERARÉ A QUE ADIVINES. Si necesitás algo, pedilo. Los adivinos y videntes adivinan, las personas comunes no. Vivimos inmersos en nosotros mismos, habitando nuestras burbujas y sin dotes adivinatorias, sobreviviendo lo mejor que podemos. Nuestro otro está igual que nosotros. Si no decimos claramente lo que queremos, si no nos bajamos de la torre narcisista de creernos el centro del mundo, el otro puede no estar enterado de qué nos hace falta. Esperamos lo que suponemos que SABE y cuando no llega, nos quejamos o acusamos. Y el otro, que estaba en otra, no entiende nada y se siente atacado injustamente. Tal vez si hubiera sabido podría haberte satisfecho. En lugar de esperar que adivine como perversa prueba de amor, es más realista, económico y efectivo pedir.

Dos personas conviviendo son dos culturas, dos estilos y modos familiares, dos engramas biológico-sociales diferentes. No nacimos el uno para el otro, no somos la media naranja de nadie. ¡Cuánto daño nos han hecho estos mitos con sus irreales expectativas de felicidad! ¡Qué dura la caída desde semejante ilusión cuando advertimos que ese otro puede ser frágil, vulnerable, imperfecto, necesitado igual que nosotros y que no solo no nos da lo que esperábamos sino que encima nos reclama que a nuestra vez no le demos lo que espera! Conocer lo posible nos ahorra mucha desdicha porque esperar lo imposible es garantía segura de infelicidad. 


La matrícula es obligatoria como el cinturón de seguridad. Pagarla permitirá convenir el contrato -reglas, condiciones, derechos, prohibiciones- para protegernos en caso de los accidentes de la vida y para que la convivencia sea amable, respetuosa y amorosa. Va de nuevo: 


  • no intentaré cambiar al otro 

  • no creeré que todo “me lo hace a mí” 

  • no esperaré que adivine, pediré 


Publicado en LN el 22 de octubre 2019 como “Los costos de una relación”.