Suegras, maridos y nueras

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Las suegras son un gran tema en la vida de las parejas. Y acá me pongo claramente en femenino porque, aunque la función "suegra" puede ser ejercitada por cualquiera, las suegras solemos ser las mujeres.

Las suegras son un capítulo importante de las relaciones con los miembros de la familia de cada uno, fuente de conflictos que pueden ensombrecer la convivencia. Pero de todos los posibles, hay dos, que por su fuerte implicación, pueden alterar la vida cotidiana de modo trascendental: los hijos de matrimonios anteriores y las suegras. Veamos primero a estas últimas y dejo el tema de los hijos de matrimonios anteriores para la próxima vez.

Es particularmente complicada la situación cuando, en una pareja heterosexual tipo, la suegra lo es de la nuera. Tanto que en el imaginario popular, en los chistes y las preocupaciones habituales, la pareja conflictiva es la integrada por una suegra y su nuera.

Las madres suelen tener dificultad en dejar volar a sus hijos pequeños, acompañar su crecimiento y aún cuando sean adultos los ven como si siguieran siendo sus pollitos indefensos y necesitados. Cuando se casa una hija, ese sentimiento de propiedad parece darle derecho a su madre a meterse muchas veces sin permiso y opinar como lo hacía cuando vivían juntas. La hija puede permitírselo o no y, aunque en general el yerno queda fuera del conflicto, las negociaciones o avasallamientos, también él sufre las consecuencias de la invasión y puede colaborar en la necesaria puesta de límites.

Cuando se trata del hijo, del nene, de la luz de sus ojos, este sentimiento de propiedad, puede anular la frontera que debiera ser naturalmente erigida luego del casamiento. La mamá siempre será mamá pero ya no lo es de un chiquito sino de un adulto. Y de un adulto, que encima, vive con otra mujer que no lo conoce ni sabe lo que es bueno para él. La persistencia del sentimiento de propiedad determina que esta mamá se crea con derecho a intervenir en la comida, en el ordenamiento de los objetos, en la educación de los hijos, en cada una de las decisiones de la pareja. Y si el hijo no sabe o no puede o no se anima a poner los límites, todo el peso caerá sobre su esposa, la nuera, la que, como dice el chiste "nuera para mi hijo". Porque, para esta mamá-gallina-cuidadora ninguna lo es.

Las madres solemos tener un enorme poder sobre las vidas de nuestros hijos. Esta relación, definida y amasada en la infancia, es un sello a veces indeleble. No es fácil, ni para la madre ni para el hijo, asumir y aceptar la modificación que implica para ambos que ahora el hijo sea un adulto.

Si el hijo no encara la situación, si no se hace cargo, quien sufrirá las consecuencias será su esposa que deberá enfrentar tanto los intentos de avasallamientos de su suegra como la penosa inacción del marido.

Guerra en puerta.

Guerra sorda, y a veces no tanto, con la suegra.

Guerra abierta y enconada básicamente con el marido que no la protege.

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El ideograma chino para el concepto de guerra o pelea es el dibujo estilizado de dos mujeres en un mismo espacio. Dos mujeres enfrentadas para ver cuál vencerá. Vencer es, en este caso, que el hombre tome partido por una o por otra.

El ahora marido, este hijo adulto, ya no vive en su casa infantil y si su madre no lo acepta, estará tironeado entre ella y su esposa. Posición difícil e incómoda que, no hay otro remedio, debe resolver de la mejor manera que pueda. Si valora su matrimonio, si quiere que se instaure la paz, es imprescindible que deje a su mujer fuera de la ecuación, que encare la relación con su madre personalmente lo que a veces, la propia madre complicará hasta el infinito. Porque estas madres que devienen en suegras interventoras suelen tener muy bien aceitado el manejo de la culpa. No es fácil.

La suegra puede ser una gran piedra en el camino de la convivencia de una pareja. Depende de su inteligencia emocional, de su sensatez y de cómo transcurre su propia vida, el poder renunciar a aquel lugar de preeminencia que tenía en la vida de su bebé cuando lo acunaba y le cambiaba los pañales. El bebé creció, camina solo, no se hace pis encima, trabaja, gana dinero, se afeita y hasta tiene hijos. Ya no es más lo que era. Su madre tampoco. Pero tal vez había colocado en ese hijo el sentido de su vida y el perder control sobre él la enfrenta con la soledad y un desgarrador sinsentido. No se puede congelar el paso del tiempo y pretender mantener un lugar que ya no está. Una suegra desubicada, que no ve ni acepta el paso del tiempo y el crecimiento de su hijo, que no puede encontrar otro sentido para su vida y se aferra a él como una tabla de salvación, será seguramente una poderosa fuente de desdicha para su hijo y su familia y también para ella misma.

La nuera está en un lugar difícil. Lo mejor sería que pudiera tener una amable conversación con su marido, no reclamo ni reproche ni acusación. El objetivo no es descargar la irritación y la angustia sino lograr que él se ocupe de su madre para que no interfiera ni opine ni critique ni dé órdenes ni avasalle. No es la nuera quien lo tiene que hacer sino el hijo. No le será fácil, tal vez deberá pedir ayuda.

Mensajes personalizados

Marido e hijo: no te hagas a un lado, sos el único que puede hacer algo, cuidá a tu esposa y a tu nueva vida, limitá a tu madre y ayudala a encontrar un nuevo sentido en su vida. Comprendelas a ambas.

Esposa y nuera: no te enfrentes a tu suegra pero tampoco te guardes lo que pasa. Si ves que tu marido no puede con su madre, no te enojes con él ni le reclames, decíle cómo te sentís y ofrecele pensar juntos qué hacer y cómo. Acordate que algún día vos también serás suegra.

Mamá y suegra: ¿te acordás cuando fuiste nuera? Si tuviste una suegra metida, no repitas lo que te hizo a vos. Si tuviste una suegra amiga, poné en práctica lo que te enseñó e incluso mejoralo. Si amás a tu hijo como decís que lo amás, tocá siempre el timbre antes de entrar, pedí permiso, no arremetas ni ordenes ni critiques ni pongas mala cara, cuidalo, protegelo y mimalo dejándolo vivir con la mujer que eligió. Es una alegría ver que creció, armó su propia familia y pudo volar. Hiciste un buen trabajo. Ahora es tiempo de disfrutarlo.

https://goo.gl/tYoecH

 

Mi suegra, la negra (Canción anónima, folkore sefaradí)

Mi suegra, la negra ... / Kon mi se dakileya / Yo no puedo mas bivir kon eya / Eya´s muy fuerte, mas ke la muerte  / Un dia me veré sin eya.

Un dia sentada kon mi marido / Eya detrás komo enemigo / Me dió un pilisko i un modrisko / Mas presto me veré sin eya / Mi suegra, la negra ...

Yo elmuera de kinze anyos / Ven tu, marido, adova nido / Mas presto me veré sin eya / Mi suegra, la negra ...

En los diyas de la dulsura / Eya ensembra l´amargura / El Güerko venga por soltura / Mas presto me veré sin eya

¿La falta de inteligencia es responsable de la infelicidad en la pareja?

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Durante mucho tiempo la inteligencia era la lógico-matemática y la lingüística. Pero hoy hay descriptas varias más. La cinestésica-corporal (los grandes deportistas, bailarines), la musical, la artística-creativa (creatividad, innovación), la espacial (visión de patrones espaciales), emocional interpersonal (contacto con las propias necesidades y posibilidades), emocional intrapersonal (capacidad de empatía), naturalista ("mano verde", ecología), gráfica-plástica (dibujo, pintura, escultura), adaptativa-elástica (capacidad de ir variando según el cambio de las circunstancias). Son diferentes habilidades, algunas de las cuales son innatas y otras adquiridas. Ambas, con trabajo, entrenamiento y estímulos pueden crecer y potenciarse.

Agrego a esta lista, una nueva inteligencia, la requerida para una buena convivencia en pareja. Tal vez sea una combinación de varias de las ya descriptas, particularmente las inteligencias intrapersonal, interpersonal y la adaptativa.

Algunas personas vienen con la inteligencia para convivir en pareja incorporada, de manera natural y espontánea. En otras es preciso re descubrirla, entrenarla, hacerla crecer y desarrollar.

Muchos de los problemas que veo en la convivencia cotidiana se deben a la total y franca estupidez parejil, o sea, a la falta de inteligencia para vivir en pareja.

¿Acaso no es signo de total estupidez parejil el esperar que el otro nos adivine todo el tiempo? ¿Que sintamos y tomemos todo lo que el otro hace como dirigido a nosotros, como que nos lo hace a propósito por dañarnos? ¿Creernos que somos el centro de su mundo y de su vida a toda hora?

¿No es una total estupidez parejil que dejemos de lado lo que funciona y nos centremos obsesivamente en "eso" que no está bien?¿Que creamos que aquella pasión que nos encendía al principio, si ya no está, quiere decir que el amor se terminó?¿Que nos creamos (h)angelitos (h)inocentes (gracias Cortázar) mientras que ubicamos al otro como la fuente de todos los males?

¿No es de mega estúpidos parejiles que le atribuyamos al otro nuestras propias carencias, cobardías y fracasos? ¿Que esperemos del otro, diariamente, el reconocimiento, el aplauso, la admiración? ¿que precisemos de confirmaciones de que le importamos, de que le somos necesarios?

¿No es todo eso resultado de una absoluta, básica y flagrante estupidez, o sea de un pobre desarrollo de la inteligencia para vivir en pareja?

La inteligencia para convivir en pareja está basada en una noción simple: en una pareja hay dos personas. No es tan obvio como parece así formulado, habitualmente se deja de lado. Tendemos a ver al otro como una extensión de nosotros mismos, con similares expectativas, gustos, anhelos, modelos de conducta y formas de ver el mundo. En consecuencia, si no hace lo que ya debería saber que necesitamos o estamos esperando, no es, según nos gusta suponer, porque es egoísta y no le importamos, no es porque ha dejado de querernos, es simplemente porque es otro.

Cada uno de nosotros vive y ve desde su propia mirada y supone que es así para todos, que somos la medida del universo, o sea que somos el modelo de lo que está bien, de lo que es normal, de lo que es natural y que todos los demás deberían ser así, caso contrario, son enfermos o malos. Al convivir suponemos, además, que el otro sabe lo que tiene que hacer o cómo tiene que ser para hacernos felices y que si no lo hace es por pura maldad. Dejamos de lado que al otro le pasa lo mismo, que también cree que su perspectiva es la buena, la normal, la natural, que es la medida del universo, en consecuencia también cree que vemos y sabemos sin que nos lo tenga que decir o pedir lo que tenemos que hacer o ser para hacerle feliz.

Luego, si la desdicha se basa en que cada uno espera que el otro no sea otro sino como uno quiere, espera o necesita que sea, es obvio que la básica noción de que una pareja son dos personas está ausente. Cada uno precisa diferentes calzados para caminar con más comodidad y se resistirá, como es lógico, a forzar a que sus pies se metan en los zapatos del otro que no solo no le serán cómodos sino que le lastimarán e impedirán caminar.

Había un famoso torero andaluz Rafael Guerra Bejarano, el "Guerrita" que tuvo notoriedad en España a fines del siglo XIX. Seguramente iletrado pero un filósofo poseedor de una inteligencia parejil natural. Lo conocemos hoy por una charla que mantuvo con José Ortega y Gasset en 1899 donde arrojó frases como"ca' uno e' ca' uno y ca' cual e' ca' cual" y "lo que no pue' ze' no pue' ze' y adema' e' impozible".

No sé cómo era la vida matrimonial de Guerrita pero si aplicaba sólo estas dos frases tenía asegurada la felicidad.

https://www.lanacion.com.ar/2137265-la-falta-de-inteligencia-es-responsable-de-la-infelicidad-en-la-pareja

Barriletes y estacas

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Una pareja son dos. Dos diferentes. Diferencias que a veces son oposiciones, a veces complementarias, otras contradictorias.

Es parte de nuestra naturaleza medir al mundo según nuestra propia perspectiva. Nuestro aparato perceptivo y cognitivo parte de nosotros y nos solemos tomar como patrón y medida universal. De este modo, en todo aquello que el otro difiera de nosotros o, aún peor, se oponga, vemos una falla, algo que no está bien. Suponemos que ve, oye, siente y razona igual que nosotros y ante cada situación esperamos que se conduzca como lo habríamos hecho nosotros Y resulta que no, que muchas veces hace otra cosa, nos desilusiona, nos hiere, nos excluye, nos ofende, nos ignora. Dado que suponemos que ve, oye, siente y razona igual que nosotros, la conducta que eligió como respuesta o reacción nos está dirigida a nosotros y sólo se explica por desamor, maldad o locura.

En mi búsqueda de modelos que me permitan entender estas diferencias y que permitan la continuación del diálogo sin que ninguno lo perturbe con estas acusaciones de desamor, maldad o locura, propongo hoy otra estructura que he visto muchas veces en las parejas.

Los barriletes y las estacas

En mi infancia, construir y remontar barriletes era una de las actividades preferidas. Para remontar un barrilete se sostiene firmemente el ovillo y se desenrolla el piolín mientras se corre contra el viento. Una vez en el aire y a la altura deseada, el palito del ovillo, lo que llamo la estaca, puede ser fijado en la tierra hasta el momento de recogerlo para bajar al barrilete.

Las personalidades barrilete son inquietas, móviles, aventureras, siempre buscando nuevos desafíos, desordenadas, imprevisibles, inseguras y necesitadas de probarse que pueden.

Las personalidades estaca son estables, tranquilas, ordenadas, no precisan desafíos ni probarse nada, se llevan bien con la rutina, son previsibles y están cómodas con los pies en la tierra.

Los barriletes se elevan, disfrutan de volar al desplegar sus colores y coreografías, sentir el aire libre a su alrededor, mirar desde arriba ligeros y sin presiones; son espontáneos y originales y suelen constituir el polo divertido de la pareja.

Las estacas se adhieren firmemente al suelo, aman la solidez de la tierra, disfrutan de la paz y la seguridad de una rutina previsible, son ordenadas y prolijas y no parecen necesitar de desafío alguno ni de probarse nada para sentirse bien; son sedentarias y tradicionalistas y suelen ser el polo sensato de la pareja.

Hay barriletes grandes y chicos, monocromáticos o multicolores, con flecos y adornos o simples y llanos, con formas originales o rombos tradicionales. Algunos precisan una cola que sume estabilidad (las estacas saben muy bien cómo se hacen).

Hay estacas gordas o finitas, hundidas bien hondo o a pocos centímetros de la superficie, de materiales sólidos como el acero o la madera o más frágiles como el aluminio o el cristal.

Pero lo esencial de la estructura es el piolín, el nexo entre barrilete y estaca. El vuelo del barrilete depende del piolín y de lo fuerte que esté sujeto a la estaca, de cómo se vaya desenrollando y para ser bien piloteado con el viento.

En cada pareja de barrilete-estaca el piolín será el objeto de negociación principal. ¿Estuvo bien enrollado la última vez, no quedaron nudos, se deslizará con facilidad? ¿Cuán largo? ¿Cuán tenso? ¿Cuánto control? ¿Cuánta libertad? ¿Cuánto tiempo estará desenrollado? ¿Cuál es la señal para saber cuándo la estaca debe recoger el hilo? La respuesta a estas cuestiones constituye el contrato de relación de cada pareja. Debe ser acordado, explícita o tácitamente para que no se convierta en fuente de malestar y desdicha.

El barrilete necesita volar, saber que puede hacerlo, que no será acusado de abandono o exclusión y que al final de la aventura, tendrá donde volver.

La estaca necesita mantener todo en orden y disfruta viendo el vuelo de su barrilete pero teme perderlo por eso precisa tener la seguridad de que su objeto volador identificado querrá volver.

El modelo barrilete-estaca nos permite evitar el penoso esquema acusatorio de "me lo hace a mi", vernos y entendernos como personalidades naturalmente diferentes, aprender a convivir con ello tomando lo mejor de cada uno y haciéndolo crecer en el viento de la vida.

Amantes ¿infidelidad o degustación?

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Me encanta cuando a la hora de los postres puedo probar diferentes gustos en lo que llaman "degustación". Un poco de chocolate, un poco de chantilly, un poco de frutas, dulce de leche, coco, cheese cake.. También me tientan los platos que veo que comen mis compañeros de mesa y si no me puedo aguantar les pido que me dejen probar un poquito. Es que tenemos la posibilidad de paladear diferentes cosas en nuestros receptores gustativos: dulces, saladas, agrias, amargo y umami (textura), sensaciones que son decodificadas en el cerebro donde se hacen concientes.

El cerebro es un órgano curioso, travieso, inquieto, que se aburre fácilmente, exige constantemente novedades y estímulos que lo mantengan activo y feliz. Pasa con la comida. Pasa con las actividades. Pasa con el turismo. Y también pasa con las relaciones.

Si mi alimentación está basada en el arroz y un día se me da por los vegetales, a nadie se le ocurriría pensar que estoy siendo infiel, que le estoy metiendo los cuernos al querido arroz, que tanto conozco, que tan bueno ha sido siempre conmigo y a quien agradezco su presencia y sustento. No le quito nada al arroz si como un día una berenjena. No le quito nada a Mar del Plata si un día se me da por Bariloche. No le quito nada a mi profesión si un día se me ocurre ponerme a hacer teatro.

No pasa lo mismo con las relaciones de pareja. Vivimos en una cultura que nos fuerza a tener una sola pareja para toda la vida y nunca nunca nada más. En caso de buscar y encontrar otra relación caerá sobre nosotros el estigma del pecado y el oprobio de la repulsa social: nos transformamos en infieles. El islam llama infieles a los que no creen en el verdadero Dios, Alá, o en su profeta Mahoma. El concepto de la monogamia rígida y cerrada que exige la total y absoluta exclusividad sexual es también un Dios severo e inapelable y quien no respete el sagrado precepto de la exclusividad sexual es un infiel, un delincuente emocional, un traidor, debe ser echado del Paraíso.

Suele llamarse infidelidad a cualquier relación amorosa extramatrimonial, los amantes son los infieles. Pero es preciso revisar un poco la idea porque la institución "amante" tiene muy mala prensa en nuestra sociedad occidental, aunque es frecuentada con entusiasmo por muchos.

En las grandes ciudades de Europa central y occidental, existía -así me lo contaban mis padres- "el amigo íntimo", una institución emparentada con la del amante pero no exactamente igual. Consistía en el flirteo, en encuentros en cafés o en paseos, con o sin derecho a roce. Casi siempre eran personas casadas que tenían la libertad de hacer travesuras sin compromisos afectivos ulteriores. Ninguna pretendía suplantar a su cónyuge ni compensar algo que les faltara en su vida en pareja. Se trataba del ansia de saborear otros gustos y de sentirse saboreado por otros paladares. Se trataba de verse en los ojos del otro de una manera renovada, de irse descubriendo al tiempo que se descubría al otro, de sumergirse en la sorpresa y el encantamiento de la seducción y la conquista. No había atentado alguno contra la pareja conyugal que muchas veces sabía de esas escapadas y que también tenía las suyas. Sin consecuencias ni reproches ni torturas emocionales ni explicaciones. El "amigo íntimo" mantenía nivelado el fiel de la balanza y proporcionaba a sus participantes el delicioso sabor de la aventura y de lo desconocido.

En nuestra sociedad, el concepto de amante incluye por lo menos tres cosas diferentes que no suelen distinguirse y que se confunden

Una, algo muy parecido al "amigo íntimo" europeo que de ninguna manera es una infidelidad ni una traición ni, mucho menos una metida de cuernos que merezca la reprobación social y el castigo. Claro que, a diferencia de lo que sucedía muchas veces en el viejo continente, la cosa no sucede de manera abierta, suelen ser encuentros secretos o disfrazados de otra cosa, de modo que no sea una amenaza para la pareja estable. Son muy pocas las parejas que lo comprenden, lo viven con naturalidad, lo conocen y aceptan y no exigen explicaciones o justificaciones.

Una segunda acepción es cuando la relación extramatrimonial viene a cubrir un vacío existencial, una búsqueda honda de reafirmación o de re estimulación personal. El tercero promete devolver eso tan anhelado y que falta. Después de un primer momento de infatuación e ilusión, la expectativa suele irse diluyendo hasta quedar en la nada porque ningún tercero nos dará eso que debemos generar por nosotros mismos. Sin relación con la pareja estable sino con una carencia personal, estas relaciones duran el tiempo en que persiste la ilusión. Nadie puede cubrir esta ansia personal, esos huecos afectivos o esa incapacidad de disfrute que solo las podemos cubrir nosotros mismos.

La tercera forma de "amante" sí puede ser llamada infidelidad o traición. Las situaciones en las que se tienen dos familias constituidas, o se mantiene una relación secreta con hijos extramatrimoniales, o se encara la relación de amantes con falsas promesas de matrimonio, de dejar al cónyuge o lo que fuera con tal de que el/la amante siga el juego. Hay una doble mentira: a la pareja y al amante. Hay hostilidad, tal vez encubierta y una defraudación total. Puede llamarse cabalmente infidelidad porque afecta directamente a la pareja estable, se incurre en una estafa emocional, se miente a unos y a otros y se generan fachadas ilusorias y engaños reiterados. Se lesiona a las dos parejas, a la conyugal y al amante lo que produce un gran sufrimiento, a la corta o a la larga, en todos los involucrados.

Una relación de amantes implica, siempre, que se busca algo que la pareja estable no da. A veces es un indicador de que mejor resultaría separarse porque el olmo nunca dará peras. Pero otras veces, más de lo que suponemos, se busca algo que en la pareja no está porque no puede estar, porque en una pareja hay rutinas saludables, pero son rutinas, casi todo es previsible, hay pocos espacios para la novedad y la sorpresa. Y si hace falta esa chispita de aventura cuando se encuentra puede repercutir positivamente en la pareja, proveer una nueva energía que les hace bien a los dos.

El buen amor no viene en porciones, se reproduce a sí mismo y siempre es capaz de más. Amar a un amante no es amar menos a la pareja, a veces es incluso amarla mejor. El buen amor, creo yo, es el sostenido en respetarse a uno mismo, conocerse y darse lo necesario y en hacerle bien al otro, cuidarlo, respetarlo en sus necesidades y no dañarlo.

Un paladar sensible añora saborear diferentes gustos. El buen amor crece cuanto más se lo ejercita, no es posesivo ni disfruta de juegos de poder. El buen amor se da a manos llenas y se paladea con lentitud, regocijo y magia.

Sexo y batería de celulares

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El sexo es, para muchas personas, como la batería de los celulares: se mantiene mejor si se lo descarga con frecuencia. Es difícil de comprender para quienes viven en otro planeta biológico y no precisan pacificar, aliviar o descargar con el sexo la tensión acumulada.

Nuestras necesidades sexuales son particulares, pueden cambiar a lo largo de la vida y pueden transitar por dos carriles diferenciados y paralelos.

Uno es el sexo amoroso, expresión y consecuencia del apego, entrega personal, reconocimiento y confianza, esenciales para la vida en pareja. El amor y la ternura son centrales aunque haya todavía quien crea que los hombres solo quieran sexo y no estén interesados en la ternura o que las mujeres solo quieran ser amadas y no les interese el sexo.

El otro carril es el sexo físico, una función corporal no reproductiva. Es independiente del área afectiva y tiene reglas propias, una de ellas es la necesidad de descarga. El apetito, el ansia sexual no es igual para todos pero es una conducta mamífera natural que, como la batería de los celulares, debe descargarse cada tanto para no sulfatar al sistema. Dejarla sin alivio alguno, la sobrecarga y deteriora.

Hay quienes tienen la suerte de que ambos carriles sean uno y su sexualidad tanto romántica como física, sea plena y placentera con la misma persona.

La necesidad sexual sigue siendo difícil de hablar de manera frontal, clara y neutral. Se complica cuando no coincide con lo socialmente aceptado o se teme herir al otro especialmente si ambos tienen necesidades diferentes y para alguno el sexo físico en el contexto de la pareja no le es suficiente. Aunque convivan y disfruten del sexo romántico y el físico con su pareja, ¿qué puede hacer quien precisa más el físico? Si no se puede sincerar, debe disimularlo, ocultarlo y recurrir a alguna o varias de las alternativas posibles.

Abstinencia. Es la más "sencilla" y aceptada en su santidad y pureza monástica pues no resultará en reproches ni problemas salvo los resultantes en el abstinente, frustración, resignación e imposibilidad de descarga.

Masturbación. Se tenga o no una actividad sexual regular, la masturbación es un comportamiento íntimo, personal y biológicamente natural. La descarga solitaria, estimulada o no con literatura ovideos pornográficos, es un recurso que no tiene por qué afectar o alterar nada en caso de vivir en pareja.

Pero ¿qué pasa si el otro lo descubre, si lo ve? Dependerá de lo que crea que está viendo. Si lo ve solo como algo físico, probablemente no sea más que un momento de incomodidad, como al descubrir cualquier otra conducta sobre el cuerpo que el otro prefiere mantener en su intimidad.

Pero si cree que el sexo amoroso y el físico deben ir siempre juntos, la reacción puede ser negativa, crítica o acusatoria. Quien es descubierto "incurriendo en el pecado de Onán" sentirá malestar, humillación o vergüenza. Es que para quien no sabe, no entiende o no cree que sea una conducta natural y privada, que no le está destinada y que, sobre todo no le quita nada, ver al otro satisfaciéndose por sí mismo tiene casi el valor de una infidelidad.

Sin embargo no es traición ni deslealtad ni ofensa. Tampoco es una perversión aunque haya muchos siglos de pensarlo así. A los hombres les auguraban castigos terribles si se masturbaban y las mujeres eran acusadas de fiebre uterina o ninfomanía, enfermedades brujeriles y perversas. El gran problema de la masturbación no es la biología sino la mirada acusadora o enjuiciadora del otro que la ensucia y pervierte.

Encuentros ocasionales. La necesidad física de descarga y alivio puede también satisfacerse con el sexo touch-and-go. Asociarlo con infidelidad o traición es tan común que más de una persona prefiere no tenerlo para evitar problemas con su pareja que ama.

El contrato de exclusividad sexual en la pareja monogámica, no diferencia al sexo amoroso del físico, es un mandato moral y cultural, una verdad que no se revisa ni resignifica. Si todo encuentro sexual implica el aspecto amoroso, el sentimiento de traición y vejación de quien lo descubre pone en peligro la continuidad de la pareja.

Es hora de comenzar a hablarlo. Cada uno consigo mismo primero. Cada uno con su pareja después, si se puede. Y decidir juntos qué, cuánto, cuándo y cómo del mismo modo en que se han ido decidiendo tantas cosas de la vida en común. Hasta, en caso de convenir que un encuentro ocasional no pone en peligro a la pareja, acordar si se lo mantiene de manera privada, íntimo y personal o si eligen que sea informado.

Muchos prefieren no saberlo porque aunque no lo hayan visto, el solo hecho de saber que hubo un encuentro sexual con otra persona les hiere hondamente. La imagen es insoportable, vuelve, insiste, aparece en cualquier momento, es torturante e insoportable.

Mientras no se pueda hablar ni convenir nada, los encuentros ocasionales serán secretos, culposos y, en caso de sospecha, nunca confirmados. O sea, hay que mentir, con el costo que ello conlleva.

Amante estable fuera de la relación de pareja. La existencia de una relación tal puede estar basada en el sexo físico e incluir el amoroso, no suele ser solo necesidad de descarga física. Pero hay tantas formas de establecer una relación y son tantos los ingredientes que comporta, que, dado el espacio limitado disponible acá (del que ya me extendí más de la cuenta), quedará para una columna futura.

Pero no olvidemos el inicio de esta disquisición. El sexo físico pide ser descargado, igual que las baterías de los celulares. Dejarlo al 100% le hace perder vida útil, lo enmohece y corroe. La descarga incrementa tanto la salud como la alegría y la felicidad.

Como arruinar tu pareja

Foto: Shutterstock

Cinco grandes pecados

Pecado 1: Querer cambiar al otro. Tal vez lo mismo que te enamoró al principio, luego de años de convivencia te resulte irritante. O quizás hayas visto desde el principio que eso no te gustaba pero hayas pensado que a tu lado y por influjo de tu amor iba a cambiarlo. Y si no lo cambia, es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni considera.

Pecado 2: Me lo hace a mí. Cuando tenés la convicción de que todo lo que hace lo hace a propósito y te está dirigido a vos, que sos el centro y el objetivo de su conducta y su inconducta, que es egoísta y no te quiere, no le importás, no te valora ni considera como persona.

Pecado 3: Deshojar la margarita. Es una consecuencia del pecado anterior que te hace evaluar y medir cada paso y cada conducta del otro como prueba de su amor o desamor. Este pecado tiene la virtud de hacer desaparecer al otro en su individualidad, deja de ser una persona, un otro, y pasa a ser solo un espejo de tu propia valoración o de la medida de su amor por vos.

Pecado 4: Tiene que saber. A estas alturas, ¿cómo no sabe lo que quiero o lo que no quiero? No hace falta decirlo, lo tiene que saber. Y si no lo hace es porque no se le da la gana, porque no te quiere, no le importás, no te valora ni considera como persona.

Pecado 5: Monovisión o mirada tuerta. Ver solo lo que falta, lo que no está bien, señalar y hacer crecer las hilachas de frustración hasta que cubren y oscurecen todo y ya no ves lo que hay. Y viendo solo lo que no hay te asegurás que no te quiere, no le importás, no te valora ni considera como persona.

Tres grandes esperanzas:

Esperanza 1: que puedan hablar. No conversar es facilísimo, he aquí algunas maneras que garantizan un éxito seguro:

1.- Hablar en un idioma estéril: el de la crítica, el reclamo y la acusación.

2.- Atribuirle al otro toda la culpa de lo que está mal.

3.- Descargar rabia y frustración creyendo que es una oferta de conversación.

4.- Golpear con la palabra, con el tono, el modo o el momento,

5.- Arrinconar, sorprender y herir.

6.- Derramar ofensas de manera reactiva y ofensiva

7.- Enunciar con énfasis lo que se DEBE hacer, lo que es NORMAL, en lugar de decir claramente y de buena manera cuáles son tus necesidades, qué esperas o te hace falta.

Consecuencia: Si no se puede hablar es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni considera como persona.

Cualquiera de estas tácticas asegura que lo que decís no será escuchado ni atendido, con el logro adicional de que será vivido como un ataque, la conversación será imposible porque tus declaraciones de guerra forzarán al otro a defenderse, contra atacar o huir, te asegurás que la tentación de hablar ni se le cruce.

Esperanza 2: que haya el mismo romanticismo o erotismo de los comienzos. Si se fue opacando, si no te busca del mismo modo, si no te mira como antes, es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni considera. O pero aún, que hay otra persona.

Esperanza 3: que te confirme que sos persona valiosa, con lo cual el otro le da sentido a tu vida, un sentido que no parecés poder encontrar por tus propios medios. Obviamente, si no te confirma es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni te considera como persona.

Cualquiera de estas instrucciones te llenarán de tanta frustración, rabia y resentimiento que encararás al otro con tan mala onda y rencor que el desastre está ahí nomás y será insalvable.

http://www.lanacion.com.ar/2060602-como-arruinar-tu-pareja

El amor ¡ah! el amor

¡”No me ama! ¡yo lo amo pero él a mi no!”. Y estalla la tragedia. “Mal de amores” le llaman, “amores contrariados”, “desencuentros amorosos”, “amores en cadena” (ella lo ama pero él ama a otra que a su vez ama a otro y así sucesivamente). El amor tiene entidad propia, es algo concreto, casi un objeto que está o no está, y que no depende de uno. A uno se le instala de manera misteriosa justo acá, en el costado izquierdo del tronco, donde está el corazón. Se ubica en una diminuta cajita que a su vez contiene otras cajitas, cada una conteniendo el amor hacia cada una de las personas que amo. Pero ¿cómo llegó ese amor a la cajita?, ese sentimiento, ese intenso compromiso emocional que nos habitó sin que lo hubiéramos advertido o decidido. Es una especie de alien, un okupa que exige alimento y reciprocidad. Porque pareciera que de cada cajita emana una especie de tentáculo invisible dirigido hacia cada uno de los nombres de cada una de las cajitas que están en el corazón con el deseo de que tengan, dentro de sí, en su corazón, una cajita similar con nuestro nombre y que venga a nuestro encuentro.

Cada cajita parece tener vida propia, una vida misteriosa y cuando el tentáculo de alguna de las cajitas no se encuentra con el tentáculo del otro a mitad de camino, nos decimos que nuestro amor no es correspondido, es decir, esa persona que amamos no nos ama. Y claro, ¿dónde duele?... acá, en el pecho.

El amor tiene en nuestra cultura una existencia potente, implacable y predeterminada. “Está escrito”, “la media naranja”, “el zapato justo”, “el otro que nos completa”. El angelito ciego y travieso que imaginaron los griegos, Eros (Cupido para los romanos), con su arco y su flecha une dos corazones -no dos personas- sin importarle aparentemente quiénes son, de qué la van, si tendrán algo que ver y de ahí proviene la convicción que reina sobre todas de que “el amor es ciego”. Los griegos explicaban los misterios del mundo con escenas, personajes e historias mitológicas, es decir, inventos, metáforas. Eros les explicaba de manera poética esa atracción apasionada entre dos personas, ese deseo sexual arrollador y ese ansia de estar juntos.

Después del romanticismo literario en el siglo XIX, nos tomamos en serio la metáfora y nos creímos que Cupido era de verdad, como lo del flechazo, el amor verdadero y eterno y otras construcciones culturales afines que traduje en la analogía del comienzo, lo de las cajitas.

Esta idea del amor, que casi siempre se refiere al amor de pareja y deja de lado todos los otros amores que intervienen en nuestras vidas, es una construcción social que no tiene más que dos siglos. La influencia del romanticismo literario es tan potente que una relación amorosa es un romance y un clima amoroso es romántico. Y todo esto es una novedad en la historia de la Humanidad. Dos siglos son fracciones de segundos en la evolución humana.

Un poco atrás, la unión conyugal era una consecuencia de la necesidad de generar descendencia, guiada por conveniencias económicas o de linaje familiar; también intervenía la atracción sexual pero no venía “mejorada” con lo que hoy llamamos romance. La decisión de unirse en pareja e iniciar una familia no seguía los lineamientos actuales.

¿Y para qué toda esta disquisición? Pues para responder a tu dolor, a tu penuria cuando a quién creés que amás no te ama. (De paso, ¿cómo fue que cambiamos nuestro histórico y delicioso “te quiero” por este cursi, edulcorado y engolado “te amo” que a los más viejos nos sigue sonando a falso o a novela barata?).

Es que el amor no existe. No hay una cajita cerca del corazón, no es una pertenencia que uno posee dentro de sí y que ojalá que el otro también la tenga. El amor es una consecuencia del “entre”. Eso que llamamos amor, es un registro que hacemos de lo que sucede cuando estamos con el otro, de cuánto nos gusta vernos en su mirada, del placer y el gusto al estar juntos. ¿Y cómo es que no siempre las dos personas registran lo mismo? Es que estamos tan impregnados del pegote social romántico que muchas veces registramos mal lo que pasa, desoimos lo que nos dice la piel, disfrazamos el disgusto, la incomodidad, la molestia, lo que sea que suceda cuando estamos con el otro. Si al estar juntos nos sentimos bien, si nos gusta, si nos vemos confirmados en quienes somos y cómo nos gusta que nos vean, esas sensaciones son construcciones hechas de a dos y para el otro será igual. El amor está en el “entre”, en la interacción, en cada momento, en las miradas y en los silencios, en las esperas y en los encuentros. No solo el amor, también cualquier otro sentimiento: la alegría, el aburrimiento, el disgusto, la diversión, la ternura, la desconfianza… todo esto y mucho más, sucede en el “entre” y si los dos tienen bien calibrado el registro, “sentirán” lo mismo.

Para el amor de pareja, para el amor de cualquier orden y para cualquier otro sentimiento, está en el “entre” y es siempre recíproco.