Otras cosas

Crónica estreno "Los últimos testigos" film de Bernardo Kononovich

El ojo que me cubro es el que vio o abominable, lo inenarrable.

El que dejo libre, sin cubrir, es el que me une a la vida,

el que me convierte en testigo, es el que me hace hablar…

Testigo es el que da testimonio, el que atestigua con su voz, su persona y sus recuerdos que algo ha sucedido. La Shoá, así como todo hecho histórico, tiene varias fuentes de conocimiento y validación. Una son las evidencias de los hechos mismos, los restos físicos, los documentos, las huellas de bombardeos, las construcciones bélicas, los artefactos. Otra las fotografías y películas que brindan una evidencia gráfica incontrovertible. Y otra son los registros escritos personales y los relatos de los sobrevivientes y testigos.

El testimonio de un sobreviviente no es necesariamente un documento de un testigo, puede llegar a serlo. La memoria se nutre de recuerdos y olvidos, no es una crónica fija de un momento determinado ni una foto fidedigna, dialoga con el presente. Según sea el contexto, la audiencia, las vivencias del testimoniante ese día y a esa hora, el relato incluirá algunas cosas o despertará otras que estaban olvidadas. La memoria es dialogal, es móvil y cambiante. Para que un testimonio sea un documento, es preciso que varios testimonios de personas que no se conozcan entre sí refieran lo mismo sobre un determinado hecho.

Para que un sobreviviente se convierta en testigo debe cumplir varias condiciones. Haber estado donde dice haber estado, haber vivido lo que dice haber vivido, tener la capacidad y la voluntad de recordar, y tener la capacidad de ponerlo en palabras. De entre los sobrevivientes devenidos en testigos, hay unos pocos que suman a las condiciones anteriores la capacidad de proponer y estimular la reflexión. Son los que tienen claro que contar el horror crudo y desnudo es obsceno e imposible. Saben también que aún si lo pudieran contar, tendría un efecto contrario al esperado, sería tan abrumador, caería con tal peso aplastante sobre el oyente que, aunque escuchara el despliegue morboso con fascinación, sus terminales reflexivas se irían apagando hasta quedar totalmente desconectadas. No se puede pensar ni aprender del crudo espanto. Este puñado de sobrevivientes-testigos que lo saben, han desarrollado otras maneras de decir, de contar, de transmitir.

Una de ellos es Lea Novera. Su voz, su énfasis, su convicción, su capacidad de conceptualizar y señalar lo que es importante, su cuidado en no buscar horrorizar sino hacer pensar, la han transformado en un referente privilegiado de lo que un testimonio debe brindar.

Bernardo Kononovich, que ya tiene una colección de films en los que explora el sentido y los límites del relato y el testimonio, ha emprendido en “Los últimos testigos” un nuevo desafío en su trayectoria de abridor de reflexiones, de cuestionador, de cineasta y psicoanalista que no teme entrar en algunas junglas de la memoria, haciéndolo con cuidado, agudeza y sensibilidad. Esta vez hace una propuesta innovadora: toma un testigo que dialoga con jóvenes y muestra ese diálogo. Son las voces, las preguntas y las inquietudes de un grupo de docentes y alumnos de la Facultad de Psicología que tienen a “Auschwitz”como tema de su materia, Dinámica de Grupos II. Son jóvenes sensibilizados e interesados en una exploración más profunda, cosa que solo pueden conseguir en un diálogo con alguien que haya estado allí y que lo quiera contar. Kononovich hace la propuesta exploratoria, posibilita el encuentro y lo registra con su cámara.

Se ve en el film que el encuentro entre los jóvenes y la testigo tuvo jornadas previas de preparación, que de todo el grupo que podría haber participado solo lo hicieron ocho. Es curioso que, habiendo integrantes judíos en la materia, ninguno de los ocho que aceptaron el desafío de dialogar con Lea lo sea. Nos dicen que los judíos, docentes y alumnos, cuestionaron la elección de la temática, que ellos ya sabían, que para los judíos era un tema habitual, que no les interesaba. Los que trabajamos con la temática y vamos a escuelas, a grupos, a instituciones, conocemos este sesgo de muchos judíos. Creen que saben. No saben que no saben. No saben cuánto y hasta dónde no saben. Nuestras visitas, clases o testimonios en instituciones judías no tienen la riqueza ni la trascendencia que tienen cuando vamos a instituciones no judías. Los no judíos saben que no saben, lo que abre canales de indagación y sensibilidad que hacen que la clase y el testimonio tenga un vuelo que no siempre se alcanza en sitios judíos. Fenómeno que invita a ser investigado. No tengo una respuesta.

El film tiene tres momentos. La preparación de los jóvenes, el momento en que comparten sus preguntas e intereses, sus miradas expectantes, su sed por conocer a Lea, por oírla e impregnarse de ella. Luego el encuentro mismo con Lea, su llegada, su frescura, las preguntas, el relato desacartonado, potente, espontáneo de esta testigo que tiene claro lo que debe decir y lo hace con énfasis, con inteligencia y con humor. El tercer momento es la visita de Lea al aula magna de la Facultad de Psicología con la presencia de todos los docentes y alumnos de la cátedra, momento en que la emoción la sobrecoge y se llena de alegría al ver a todos los jóvenes atentos y se recuerda a sí misma a esa edad y hace un canto conmovido por la libertad.

“Los últimos testigos” se están yendo. Bernardo Kononovich tuvo la virtud de registrar este rito de pasaje en el que Lea traslada a los jóvenes sus reflexiones y su mensaje.

Tuvimos el privilegio de compartir el estreno el pasado 28 de octubre de 2017 en el auditorio Borges de la Biblioteca Nacional. La sala repleta de gente vibró de emoción ante cada palabra, rió con delectación ante el fino y oportuno humor de Lea con esa virtud de bajar a tierra lo que vivió, de tender la mano a cada uno e invitar a que se sume a la gesta de mantener el diálogo y la fraternidad como banderas de resistencia. La presencia de Lea fue una nota conmovedora para todos. Un aplauso cerrado y prolongado hacia ella y hacia el director del film fue la culminación del estreno.

Presentó el film Denise Najmanovich, con su proverbial calidez e inteligencia, puso en contexto el valor y la importancia de este testimonio tan alejado de una memoria estereotipada de frases hechas vacías de contenido. No es así el testimonio de Lea. Lea viva. Lea abierta. Lea dice cuando habla. Lea llega cuando mira. Lea, un canto a la vida.

Bernardo Kononovich tiene la gran virtud de mostrarlo en este nuevo trabajo.

Por ello, y por su empeño en registrar en tantos films los laberintos y vericuetos de la memoria de los sobrevivientes y por convertirlos en testigos, muchas gracias.

Tatuajes. El cuerpo, ¿tesoro inviolable o página en blanco?

Tenemos hoy la posibilidad de intervenir nuestros cuerpos de un modo que hace pocos años sonaría a ciencia ficción. Las posibilidades técnicas, los avances de la cirugía y los nuevos hallazgos ofrecen una sorprendente bandeja de alternativas tanto estéticas como terapéuticas.

  • Lo que era una muerte segura hoy se resuelve muchas veces en un quirófano.
  • El género sexual puede hacerse realidad en un nuevo cuerpo para que se corresponda con el vivido.
  • La edición de porciones de ADN para corregir o evitar enfermedades ya es una realidad casi al alcance de la mano.
  • Nos podemos arreglar narices, mentones, cinturas, pechos y asentaderas.
  • También nos podemos adornar con dibujos y colores, piercings y tatuajes.

El cuerpo humano puede ser una página en blanco a ser llenada y transformarse así  en una vidriera personalizada con mensajes, promesas, amores, honores. Hoy nuestro cuerpo puede ser un lugar en el que instalamos una nueva y exclusiva marca de identidad. Otro triunfo del homo sapiens sobre la naturaleza.

Pero para los que estamos atravesados por el Holocausto, la idea de elegir voluntariamente ser tatuado toca un nervio y chirría un poco. El tatuaje, el tatuaje del número, es para nosotros sinónimo de sometimiento, la marca de haber sido objeto de un otro, de haber perdido la capacidad de decidir sobre uno mismo.

Los sobrevivientes tatuados lo han vivido de diferentes maneras.

Para algunos fue y es un testimonio, un documento que pueden exhibir abiertamente o guardar pudorosamente para sí.

Para otros fue y es una incomodidad, algo que exige explicaciones que no tienen deseos de dar, especialmente a extraños.

Y  por último hay otros que lo han vivido como la huella del horror y decidieron quitárselo.

Dice el nieto de Judith “Recuerdo su cicatriz en la muñeca. Ella se quitó el tatuaje que le hicieron los alemanes cuando ingresó al campo. Para quitarse un tatuaje se utiliza un láser que quema la piel. Reemplaza la tinta por una quemadura. La cicatriz significa que ahí hubo algo y que ahora, hay otra cosa. Nadie en la familia recuerda el número que llevaba tatuado. Una capa arrugada de piel se interponía entre el pasado y el presente, entre el número y su verdadera identidad. Esos centímetros de piel rugosa, marcaron el final de una etapa y el comienzo de otra. No significaba olvidar sino avanzar”.

Csanád Szegedi, miembro fundador del partido Jobbik, el de los nacionalistas húngaros antisemitas, descubrió en 2012 que su abuela era judía y que lo había ocultado, junto con su número tatuado en el brazo siempre cubierto con mangas largas para que nadie lo viera. 

Elie Buzyn, un sobreviviente francés, harto de que le preguntaran qué era ese tatuaje, se lo quitó. Pero conservó la piel con el número, la procesó a modo de pergamino para que ese documento con su propia piel no desapareciera tras su muerte. Iba con ese pergamino toda vez que daba un testimonio, exhibido como prueba suprema del horror vivido. Pero sufrió  un asalto, y entre las posesiones que le robaron estaba el sobre con el precioso pergamino. Tenía 80 años y sentía que había perdido su posesión más valiosa, lo que pensaba dejar como herencia y testimonio. Desesperado, quiso volverse a tatuar, extraer su piel y hacer otro pergamino igual al perdido. Pero aunque el tatuaje fuera igual al original, aunque fuera en el mismo brazo, aunque fuera en su misma piel y aunque con ello hiciera el mismo pergamino que antes, no era igual. No era igual porque esta segunda vez el tatuaje era voluntario, era su decisión personal, lejos de la víctima pasiva que no podía decidir sobre su propio cuerpo. Y esto cambiaba radicalmente el sentido y el producto del acto.

Sara Rus, contó que había sido deportada a Auschwitz-Birkenau en los últimos años de funcionamiento del campo de exterminio cuando habían dejado de tatuar a los prisioneros. Su brazo no lleva la infausta marca. Curiosamente, esto le ha generado dos incomodidades. Una en el campo mismo puesto que al no estar tatuada se sentía diferente a sus compañeras. La otra fue cuando comenzó a dar testimonio y le pedían que exhibiera su número/documento y ella debía explicar que no lo tenía y por qué. Lo hacía casi como pidiendo disculpas, como si la audiencia pudiera desilusionarse y su testimonio perdiera valor.

Hay desde hace algunos años un movimiento de jóvenes, nietos de sobrevivientes, que se tatúan el número de sus abuelos. Lo hacen como una provocación en un mundo que sigue indiferente y para rendir tributo a su memoria ante la evidencia de que cuando mueran desaparecerá ese documento acuñado en tu propia piel. Durante décadas, muchos de los ahora abuelos de Auschwitz trataron de cubrir e incluso retirar quirúrgicamente sus números tatuados mientras que sus nietos lo asumen como parte de su herencia y lo exhiben orgullosos, como documento y reivindicación.

Estos jóvenes se enfrentan con dos oposiciones. Por un lado la prohibición judía de modificar el cuerpo por cuestiones estéticas o voluntarias. Solo son admitidas la circuncisión y las intervenciones quirúrgicas destinadas a salvar la vida. El cuerpo es considerado una creación divina, por ello, inmodificable, para los más observantes hacerlo es un pecado.

La segunda oposición es la acusación de que el gesto de tatuarse voluntariamente es una afrenta y una banalización de la Shoá y que es una moda que perpetúa uno de los símbolos de humillación contra el pueblo judío.

Lo cierto es que, igual que en el caso de Elie que se quiso volver a tatuar el número, se trata de un gesto individual, elegido y decidido voluntariamente, lejos del contexto de sometimiento y victimización original,  con lo que, en su esencia, está en las antípodas de lo que pretende memorializar y simbolizar.

Kipur, shabat y mi abuelo

Antes de que terminara el viernes, cuando el shabat era inminente, Eliezer dejaba sus libros, lapiceras y tintas, se quitaba el delantal de trabajo, dejaba el negocio de cueros donde llevaba las cuentas y salía a hacer su recorrido habitual. Iba con su campanita anunciando la llegada del shabat, conminando a los comerciantes y artesanos a que terminaran su trabajo, a las amas de casa que sacaran la jalá del horno, terminaran el chulent, cubrieran la mesa con el mantel blanco, arrearan a sus hijos, los bañaran y vistieran para recibir al shabat, la novia con la que terminaba la semana. Eliezer era el shulklaper, cuidador del shabat.

Había perdido a su esposa por causa de una pulmonía y de sus 6 hijos tenía especial predilección por la más chiquita, Chipele, mi mamá. Pero también él se fue temprano, a los 14 años mi mamá ya era huérfana de ambos padres. Mi abuelo Eliezer murió en 1927, en Stryj que entonces era Polonia. No conoció al novio que iba a tener mi mamá, mi papá, no supo que se casaron y tuvieron a Zenus. No supo que lo perdieron durante la Shoá ni de mi nacimiento, ni de nuestra llegada a la Argentina en 1947 ni del nacimiento de mi hermanito más chico unos años después.

Pasé el ritual de Izkor en Mishkan, junto a Marisha con quien nos hermanan tantas cosas, una de las cuales es que nuestras dos madres nacieron el mismo día. Leer la plegaria por los muertos en medio del hondo silencio de la meditación compartida me elevó a alturas insospechadas y a lágrimas nuevas. Y de pronto mi abuelo Eliezer, fallecido hacía 90 años, ahí, a mi lado, me tenía de la mano y me sonreía complacido. Papá era totalmente anti religioso y mamá debió plegarse a ello salvo en Iom Kipur. Ayunaba, encendía la vela del iurtzait e iba al shil, sola y en silencio. “¿Por qué mamá?” le preguntaba yo año tras año. “Por los muertos, me decía, para recordar a los muertos. Y para honrar a mi papá”.

Mi abuelo Eliezer, el papá de mi mamá, estuvo conmigo durante el Izkor en Iom Kipur y yo sentí que habitaba un linaje, que allí, junto a toda esa gente, lo estaba honrando yo, que era mi turno. Y me gustó. Me gustó mucho.

Gracias a Reuben Nissenboim y a Diana Grzmot por su cálida recepción, por el espacio y por el cariño. Y la música, ¡qué maravilla! Gracias Eliezer. Gracias mamá.

Jack Fuchs Z'L. Inolvidable

Ninguno de nosotros es eterno pero hay muertes que resultan inimaginables. Las palabras de Jack, sus reflexiones, sus cuestionamientos, su hondura casi poética, sus esperanzas y sus frustraciones, su disposición a hablar y contar y decir y hacer pensar, su firme determinación de abrir cabezas y corazones aún cuando ello contradijera su doloroso escepticismo, sus libros, sus charlas, sus comidas que nos cocinaba cuando lo visitábamos, su mirada húmeda y tierna, su lengua valiente y filosa, su humor irónico y corrosivo, su media sonrisa acariciante, todo eso y mucho más fue Jack para quienes lo conocimos, lo tuvimos cerca y lo quisimos. Su pérdida, aunque anunciada los últimos tiempos, resultaba imposible de imaginar.

Tuvo tres Aprendices en el Proyecto Aprendiz de Generaciones de la Shoá: Ana Trentin, Jonathan Karszenbaum y Nano Utin quien escribió lo siguiente:

Desde ayer que ya no lo tenemos más Jack Fuchs Z''L en persona, pero nos dejó mucho para la eternidad, para reflexionar y aprender.

Tuve la oportunidad de ser su aprendiz, disfrutarlo y compartir muchos días de profundas conversaciones en su casa. Porque él no solo hablaba de Shoá, sino que todos los días leía los diarios de todo el mundo, en diferentes idiomas, para transmitir su pensamiento y visión sobre el mundo de hoy y la "suciedad" (como le gustaba llamar a la sociedad actual).

Entre muchas cosas, él me decía: “Yo no vengo de un mundo lógico.”...“La historia de la humanidad es la historia de matanzas.”, “Yo hablo porque yo no quiero que mi pasado sea el futuro de ustedes.”

Espero que descanses en paz y puedas reencontrarte con tus padres y hermanos.

Gracias Diana y Aida por permitirme participar del "Proyecto Aprendiz" de Generaciones de la Shoá en Argentina

Como diría él mismo “todos nos creemos importantes pero no somos nada, el mundo seguirá girando igual cuando no estemos” y en un punto es cierto. Es cierto para el mundo. Pero no para los que lo conocimos. Nuestro mundo seguirá girando, claro que sí, pero un poquitito más inclinado, o más cansado, o un tanto descolorido. Y como dijo alguien hoy en su entierro: tenemos la fortuna de haberlo conocido y el privilegio de guardarlo en nuestros corazones.

En “El árbol de la muralla”, film de Tomás Lipgot, está Jack de cuerpo entero. Se puede ver acá https://www.youtube.com/watch?v=DOXHxr6HVVw&app=desktop

Un día como hoy, hace 70 años...

Hoy hace 70 años que llegué.

Era un barco de carga. Con mis padres y otro matrimonio de sobrevivientes de la Shoá, cruzamos el Atlántico y llegamos al puerto de Buenos Aires. Faltaba un mes para mi segundo cumpleaños. No tengo memoria del viaje ni de esos día. Tengo guardado un flash, una foto detenida que mi mamá confirmó: me veo sentada sobre las piernas de alguien, frente un espejo y delante de mí hay un tocadiscos de esos grandes con el cuerno y un disco que se movía y que yo miraba hipnotizada. No recuerdo sonido alguno, solo esa imagen como de película muda. Cuando se la conté a mi mamá se sorprendió mucho y me contó que yo era la mascota del capitán que amaba la música y me pasaba mucho rato con él oyendo sus discos y que, efectivamente, el gramófono estaba sobre una saliente delante de un espejo.

No recuerdo la llegada a Buenos Aires ni aquellos primeros días y meses en esta nueva lengua. Había una foto que se perdió no sé cómo ni cuándo en la que se me veía a mí sentada sobre la borda, toda vestida de blanco, con mamá y papá a cada lado, una foto tomada desde el muelle. Creo recordar que nos veíamos bien en ella, como mirando con expectación esa nueva vida que se nos abría fuera de los límites del puerto.

Me llamaba Danuta (se ve en el pasaporte de mi mamá, también se ve el mes de mi nacimiento con un agujero de cigarrillo; era para poder hacer el primer grado inferior libre, nacida en agosto no me lo permitían). A poco de llegar alguien comenzó a llamarme Diana creyendo que era la traducción de mi nombre polaco. Cuando me hice la cédula con los datos de testigos que aseguraban quien era yo, donde había nacido y tal, elegí usar los dos nombres. Soy Danuta Diana Wang en mis documentos.

Después supe que habíamos ingresado como católicos y años más tarde, luego de la derogación de la Circular 11 emitida en 1938 y que prohibía el ingreso a judíos, solicité que en mi registro migratorio se cambiara el “católica” por “judía”. Y así fue.

Hace unos días, Uki Goñi, el insistente propulsor del reconocimiento de la existencia de la Circular 11 y de su derogación en 2005, me envió este documento que encontró en sus archivos:

El escribiente transformó el Danuta en Damita en mi ficha de pasajero de ultramar. Claro, Danuta rimaba feo en castellano, ¿cómo ponerle a una hija un nombre con una rima tan ofensiva? debe ser Damita que suena distinguido, estos inmigrantes son tan raros…!  (La Dama y el Vagabundo se estrenaría recién en 1955 así que este hombre fue un pionero de la nominación).

Llegué el 4 de julio de 1947, en el Bialystok procedente de Gdynia. Sexo femenino, edad 2, soltera y sin profesión alguna. No leo ni escribo, hablo polonés (sic), nací en Polonia, en Byton, -en realidad es Bytom pero el hombre hacía lo que podía, pobre-,  en tránsito, nunca había estado antes en la Argentina y no entraré al Hotel (¿será el de inmigrantes?).  No tengo defectos, gozo de buena salud y soy católica. En las observaciones del visitador de inmigración, subraya que no tengo visado y agrega que estoy detenida a bordo.

Nuestra visa era para Paraguay. No sé cuántos días estuvimos “detenidos” en el barco ni cómo conseguimos bajar con nuestras magras pertenencias, salir del puerto y entrar en la ciudad. Me imagino que este documento fue en su momento un tesoro de supervivencia  porque nos aseguraba un lugar donde vivir. A mi y a mis padres que seguramente tenían sendos certificados similares. Una cartulina rosa, con el borde doblado en una oreja como la que se nos hacía en los cuadernos cuando le pasábamos el brazo con descuido y en el otro lado un manchón en rojo, un trazo que vendría tal vez de otro escrito y de otra historia.

Hoy hace 70 años que llegué a la Argentina.

Hace 70 años  que nací a un nuevo idioma, a nuevos olores y comidas, a nuevos códigos  y culturas. Hoy el tango, el dulce de leche y el mate son parte de mi, míos como mis canas y mis arrugas  y se me suman al idish y al polaco, al guefilte fish y los piroguis, en un acorde variopinto y armonioso entre Guebirtig, Chopin y Piazzola.  

Hace 70 años.

Hoy.

Con la conciencia sucia: Objetos nazis encontrados en Argentina

Se ha producido esta semana el descubrimiento de una colección de objetos relativos al nazismo, ocultos por un anticuario detrás de una biblioteca. La causa fue iniciada por la Interpol hace 9 meses en prevención del tráfico de bienes del patrimonio arqueológico y palentológico (arqueología prehispánica de la cultura Condorhuasi, piezas egipcias, estatuillas chinas) y por ello se ordenaron los allanamientos. En ese contexto se encontraron los objetos nazis con toda esta repercusión mediática. Integrarán la colección que se conservará en el Museo del Holocausto. Son varios los impactos que proporciona la noticia y sus derivaciones.

La biblioteca. El que el escondite estuviera tras una biblioteca remite en mi memoria al escondite de Ana Frank y su familia. Dos mismos escenarios, una biblioteca y un secreto, guardan dos cosas tan vinculadas y fuertemente opuestas entre sí. En ambos casos los libros eran una barrera contra el MAL, solo que el MAL estaba en distintos lados. En el caso de los Frank estaba del lado de afuera, en el del anticuario del de adentro. Si no hubiera pasado de verdad merecería ser parte de alguna ficción.

La sorpresa. Todo el mundo parece haberse sorprendido, como si el nazismo hubiera desaparecido del mundo, como si toda esta simbología fuera vista igualmente por todos como ecos y herramientas del MAL. Pues parece que no es así, parece que sigue habiendo gente que ve al nazismo, a Hitler y a lo sucedido, no solo con ojos amistosos sino hasta con admiración. El ideólogo del nazismo permanece para ellos como modelo de líder y su política algo a replicar. No se reconocen necesariamente como antisemitas aunque, dado que la ideología nazi tiene una base en la supuesta “teoría racial” y en la amenaza de la existencia del pueblo judío,  estos seguidores probablemente dirían que, aunque no estén del todo de acuerdo con exterminarlos, la implementación de cualquier política siempre conlleva daños colaterales. Hay gente que piensa así. No es ninguna sorpresa. Es doloroso.

Los objetos en sí. No tanto las cruces gamadas y las caras de Hitler, lo más fuerte es ver el instrumental de medición. Guardar esos objetos, atesorarlos, es como guardar el garrote vil o cualquier otra herramienta de tortura. Son evidencias del grado de ignominia alcanzado y es escalofriante ver lo bien hechos que estaban, de manera “profesional”, con buenos materiales, diseñados por algún experto, guardados en finos estuches como si se tratara de gemas preciosas. Revelan el grado de ingenio para el MAL y hablan sin palabras de los expertos, ingenieros e intelectuales que estuvieron detrás de todo esto. No eran brutos salvajes exiliados de la cultura, eran personas educadas, con excelente nivel formativo y sofisticación intelectual y artística. Es el verdadero horror de la civilización.

La difusión internacional. Los titulares de todo el mundo y los contenidos de las notas publicadas se centran casi exclusivamente en que este hallazgo confirma a la Argentina como EL lugar de ingreso de nazis. Hay una curiosa complacencia en ello que vale la pena desmenuzar un poco. Que a la Argentina ingresaron nazis es un hecho. Pero también lo es que no ingresaron solo acá, muchos otros países los han recibido y algunos, como EEUU y la URSS, con gran beneplácito porque alimentaban la escalada armamentística y el desarrollo espacial; se quedaron con lo mejorcito y nos dejaron el resto a los países menos poderosos de América Latina. También algunos siguieron en Europa incluso ocupando cargos como si nada hubiera pasado. Aunque es verdad que algunos llegaron a la Argentina, no fueron todos ni Argentina fue el único lugar. Pero es una noticia deseada la confirmación de que el gran puerto de refugio de los perpetradores nazis fue la Argentina, como si fuera el único.

¿Noticia deseada? El concepto lo desarrolló Miguel Wiñazki y se refiere a aquellos mitos que alimenta la cultura basados en un prejuicio o en una necesidad social (Yabrán no murió, los americanos no llegaron a la luna, Disney está congelado). Todo aquello que aparezca confirmando el deseo se convierte en noticia y se autoalimenta y nutre el prejuicio. ¿Qué deseo satisface el hallazgo de estos objetos nazis y su inmediata relación con la Argentina como su receptora voluntaria? Tal vez simplemente la conciencia sucia de muchos países que se comportaron indignamente: aplaudieron la “milagrosa” reconstrucción de Alemania en la década del treinta, denunciaron a sus ciudadanos judíos, hicieron la vista gorda ante el plan de exterminio, no permitieron el ingreso a judíos ni antes ni durante ni después de la guerra. Cuando la conciencia está sucia viene muy bien encontrar un chivo expiatorio y cargarlo con toda la culpa. A la Argentina le ha tocado ese triste lugar.

Junio 2017

publicado en

Agencia Judía de Noticias: http://agenciaajn.com/opinion-la-conciencia-sucia/

Iton Gadol: http://www.itongadol.com/noticias/val/104699/opinion-con-la-conciencia-sucia-.html

Video de AFP https://www.youtube.com/watch?v=3CngQMhPIyA

Noticia difundida por AFP https://www.afp.com/es/noticias/209/hallazgo-de-piezas-nazis-en-argentina-la-fascinacion-por-el-horror-sigue-vigente

Publicada en TVN Noticias, Panamá: https://www.tvn-2.com/mundo/suramerica/Hallazgo-piezas-Argentina-fascinacion-vigente_0_4786771349.html

Caminemos... con Eva y María

Se oye “caminemos”, lo canta un hombre. Entro en el hall y me recibe un olor… ¿a qué? ¡café! ¡huele a café! café recién filtrado, pero no es para mí. “Para vos hay Toddy con leche” dice Eva. Su amiga está en la cocina… ¿cómo se llamaba? ¡María! ¡se llamaba María!

Eva se reía de mi mamá con lo que llamaba sus “krembuleunsh”, esa palabreja burlona que había inventado para mofarse de los frunces, adornos y puntillas que usaba mi mamá con coquetería.

Eva andaba de pantalones, camisa y cinturón, zapatos bajos acordonados. Tenía una pierna ortopédica. La habían ametrallado cuando se tiró del tren que la conducía a la deportación y a vaya uno a saber qué nefasto destino posterior (aunque me lo puedo imaginar). Una bala la hirió de tan mala manera que hubo que amputarle la pierna. Se cortaba el pelo a la garçon, se lo peinaba para atrás con un poco de gomina y se recogía con una hebilla negra un mechón rebelde que le caía sobre la frente. No usaba aros ni collares ni adorno alguno.

A veces pasaba varios días en casa. Mis padres la protegían. Era después de que la rescataban de alguna comisaría. “¿Por qué la metieron presa?” preguntaba yo. “Porque usa pantalones, está prohibido que una mujer use pantalones por la calle” me decían y yo lo creía. No ponía en dudas todavía lo que me decía un adulto. Intuía, olía, que había secretos, silencios sospechosos, me daba cuenta de que callaban cuando yo me acercaba. Yo hacía como que no me daba cuenta de todo ese juego, Les aseguraba que seguía sin saber, que seguía siendo inocente, que me habían cuidado para que no supiera lo que de verdad pasaba. Los tranquilizaba haciéndoles creer que no me había dado cuenta de que Eva era lesbiana, aunque esa palabra todavía no existiera para mí. No se podía hablar de eso en la década del cincuenta. Ni de eso ni de tantas cosas más.

Aún hoy cuesta hablar de la sexualidad durante la Shoá. “¿Y si te abrías de piernas te salvabas?” reflexionaba mi mamá con total naturalidad, “es barato, no entiendo por qué hacen tanto lío con eso” agregaba irritada ante la moralina hipócrita de la sociedad judeo-argentina de entonces. Mamá veía a la sexualidad como parte lógica de la vida pero sabía que hablar de la homosexualidad de Eva era más complicado.

Supe después que Eva lo había asumido tempranamente ya en su adolescencia en Polonia, andando en su moto junto con los motoqueros de la ciudad. Su vida no había sido para nada fácil. Aún antes de los nazis. El amor de María la salvó. Sobrevivió escondida por ella en el tambo de su familia, ocultándoles tanto que escondía a una judía como que se trataba de la mujer que amaba. Cuando terminó la Shoá y algunos quisieron tomar represalias con los polacos, le tocó el turno a Eva de salvarla. Dijo que era su cuñada y con ese engaño consiguió traerla a la Argentina haciéndola pasar por judía.

Me avergüenza hoy haberles seguido el juego a todos y hacer como que no sabía, no haberle preguntado cosas a Eva, no haberle confirmado que su sexualidad no era, para mi, ni buena ni mala, no haber hablado más con María y su sonrisa melancólica, sus ojos transparentes y tristes. Pero era el color de los tiempos. Me alivia pensar que las miraba con la mirada más límpida posible, nada de juicio ni crítica, nada de pensarlas como bichos raros. Admiraba a Eva. Era muy lectora, siempre tenía un libro cerca que leía con arrobo. Y fumaba, claro. Escuchábamos las tres juntas la novela de las 5 de la tarde de Radio Splendid y tenían una enorme colección de discos de boleros de los cuarenta. “Caminemos” era el preferido. Tomé mucho de Eva, fue un importante modelo de identificación, sin saberlo, una mentora de provocación, jutzpá y libertad; también del costo asumirse con honestidad y de sus consecuencias.

Y como dice al final del bolero…. “caminemos, tal vez la vida nos vuelva a juntar”.

¿Europa nazi?

El doble rasero de la prensa internacional. Va la noticia y luego un comentario que fue publicado como carta de lectores en La Nación el 12 de junio.

  • Noticia del 4 de junio: Londres volvió a vivir en la noche del sábado momentos de pánico cuando tres hombres mataron al menos a siete personas e hirieron a decenas en un ataque que la policía ha calificado de terrorista. Sobre las diez de la noche (once en la España peninsular), los atacantes arrollaron con una furgoneta a una veintena de peatones junto a la estación del Puente de Londres. Después, continuaron circulando hasta el cercano mercado gastronómico de Borough Market, donde se bajaron y apuñalaron a varias personas. La policía mató a tiros a los tres terroristas, ocho minutos después de la primera llamada. Doce personas han sido detenidas este domingo en relación con lo ocurrido, según la policía.

El comentario. Los que acusan al Estado de Israel de genocida por defenderse de actos terroristas -bombas, cuchillos- callan hoy ante hechos similares. Si fueran consecuentes con sus críticas podrían haber dicho algo así: "El sábado 3 de junio la policía de Londres cometió un brutal acto represivo. Disparó a mansalva asesinando a tres combatientes que acababan de atropellar y acuchillar a algunas personas. Lograron matar a siete y dejaron muchos heridos, todos pertenecientes al mundo occidental, herético y pervertido que debe ser expurgado por el bien de la humanidad. La conducta de las fuerzas represivas obedece a políticas europeas, nazis y genocidas, destinadas a destruir a estos mártires que bregan incansablemente por imponer al mundo la luz y la fuerza de Alá. Denunciamos al gobierno inglés y a los que se solidarizaron con él por esta violenta represión perpetrada sobre luchadores de la libertad y el amor".

Corre frío, ¿no? El doble estándar corroe y duele, pero hay que señalarlo.

7 Reglas básicas de la netiquette para usuarios de grupos de whatsapp.

Los grupos de whatsapp son muy útiles en la comunicación cotidiana pero son tantos  los mensajes que terminan por no ser vistos, procesados y evaluados, que la aplicación termina siendo una molestia e incluso nos perdemos de saber lo que era importante. Para que esta valiosa herramienta recupere su utilidad y no abrumar a los contactos que participan seguramente de varios otros grupos, he aquí 7 reglas básicas de la netiquette para whatsapp.  

  1. Atenerse a la temática del grupo de manera breve y concisa absteniéndose de informaciones irrelevantes por más interesantes que parezcan. Para eso están twitter y facebook.

  2. Evitar las respuestas grupales, los “sí”, “no”, “ok”, emoticones de aplausos o corazones o similares, felicitaciones y tal. Enviarlo privadamente.

  3. Evitar en lo posible los mensajes de voz. Son más fáciles de enviar pero no de oír. Además, utilizan mucha memoria del celular.

  4. Evitar en lo posible las fotos y videos tanto personales como las cadenas de fotos y videos. El grupo del que se trate, a menos que sea un grupo familiar, no se ha armado para compartir fotos familiares o espirituales o de cualquier otro tema. Además, utilizan mucha memoria del celular.

  5. Atención a la hora en que se envía el mensaje porque puede interferir con el descanso de los miembros del grupo.

  6. No inundar el grupo con mensajes reiterativos. Evitar saludos (por cumpleaños, felicitaciones por nacimientos, bodas o premios).

  7. Lo personal o diálogo entre dos debe quedar fuera del grupo y ser enviado directamente con la persona involucrada.

El mal y el MAL. El bien y el BIEN.

Disertación dada en Consejo Evangélico Colombiano en la Iglesia Rios de Agua de Vida, Bogotá. Fraternidad y convivencia.

En la historia de la humanidad, y en particular en las religiones monoteístas, la idea de la concordia, de la convivencia entre personas y grupos, ha sido central. Tanto es así que hay pensadores que consideran que la idea del Dios único hace concreta la idea de la religión en el sentido etimológico de re-ligar, re-unir lo que pudo haberse fragmentado, con la idea común de que todos somos iguales ante un mismo y único Dios. Las diferencias las han creado los hombres y es nuestra responsabilidad revisarlas, superarlas y reconocernos como hermanos.

Las máximas religiosas establecen reglas de convivencia y armonía tendientes a asegurar la continuidad de la vida y ponen un énfasis particular en definir el bien y el mal, alentar el primero y frenar al segundo, en el reconocimiento de que ambos son parte de la naturaleza social y humana.

Los Diez Mandamientos que el pueblo judío ha legado al mundo son un código moral con leyes esenciales para una convivencia posible. No matar, no robar, no mentir, no traicionar, honrar a los mayores, son máximas universales cuyo objetivo es atenuar en lo posible el mal. Pero el siglo XX ha demostrado que no son suficientes.

El siglo del genocidio.

El siglo XX quedará en la historia de la Humanidad como el siglo de los genocidios en cuyo centro de horror está emplazado el intento de exterminio del pueblo judío. Pero no ha sido lo único que pasó. Veamos una resumido recuento del horror: ya antes del Holocausto tuvo lugar en 1904 el asesinato de los Hereros y Namaquas en África, en 1916 el genocidio armenio, a partir de 1933 las grandes purgas soviéticas y en 1937 la masacre de chinos en Nanking. Millones de muertos en sucesivos hechos que desembocaron en el horror de la Shoá.

Cuando, luego de su finalización, el mundo conoció el alcance de lo sucedido el grito de “nunca más” fue universal. Pero, infortunadamente, quedó en grito. El horror continuó e incluso se afianzó como estrategia para dirimir conflictos o resolver cuestiones religiosas, económicas y/o geopolíticas. No quiero abrumarlos con el largo listado de genocidios que ocurrieron más tarde, tan solo recordar algunos de ellos entre decenas que callo por la vergüenza que siento como persona. El conflicto en los Balcanes con las limpiezas étnicas y las violaciones; la matanza de los nativos en Guatemala y la creación de los feticidios; el terrorismo de estado y las dictaduras en varios países de África, Asia y América latina; la masacre en Ruanda de los Hutus contra los Tutsis; en el Congo, en Indonesia. Y ahora los náufragos africanos en el Mediterráneo, el imperio de terror del ISIS con las masacres de cristianos y opositores y la actual situación en Siria.

¿Qué pasó con el “nunca más”? ¿Cómo es que se transformó en un “otra vez, y otra vez, y otra vez”?

La Shoá, el paradigma del mal.

Los sobrevivientes del Holocausto y todo el pueblo judío, testigo y víctima del horror, hemos asumido como propias las preguntas por el mal que asola a nuestra humanidad. La Shoá es el modelo del mal, estudiado, investigado y encarado como un hecho sin parangón en la historia de la humanidad. Uno puede preguntarse por qué se lo toma como modelo dado que no es la única masacre masiva que tuvo lugar. No se trata del número de víctimas ni del método de su asesinato.

La Shoá es un hecho sin precedentes porque:

  • Por primera vez en la historia un pueblo fue designado a ser exterminado en su totalidad, no por algo que hubiera hecho sino por el mero hecho de haber nacido.
  • Por primera vez en la historia un pueblo fue designado a ser exterminado sea donde fuera que estuviera, sin fronteras ni límites geográficos, se los perseguiría hasta en el último rincón del planeta.
  • Por primera vez en la historia un pueblo fue designado  a ser exterminado sin razón pragmática alguna (ni económica, ni geo-política, ni religiosa) sino por una superchería científica y delirante, la teoría racial.
  • Por primera vez en la historia un pueblo fue designado a ser exterminado y sus cuerpos fueron la materia prima de la industria de la muerte.

Ninguno de estos aspectos tiene precedentes en la Historia de la Humanidad, pero, son un precedente y se convierten en un alerta que debe estar siempre encendido.

A partir de la Shoá ha quedado establecido que no hay nada que un ser humano no pueda hacerle a otro ser humano. En el plan Maestro nazi, los judíos serían las primeras víctimas a ser exterminadas por completo, acompañadas en un principio por opositores políticos, discapacitados físicos y mentales, testigos de Jehová, masones y homosexuales. Si no hubieran sido derrotados, habrían agregado a otros pueblos y grupos como blanco del exterminio: los africanos, los orientales, los indios y musulmanes, los nativos de los distintos continentes en su delirante plan de reingeniería biológica. El asesinato estaba pensado para ser planetario.

Al mismo tiempo el Holocausto un hecho universal porque sus etapas y metodologías han sido replicadas por los genocidios posteriores. Todos los aspectos que se pueden adscribir a un genocidio están presentes en el Holocausto y llevados a extremos previamente inimaginables, con pautas, modelos y pasos similares en el sufrimiento y la muerte, la tortura y la humillación, las violaciones y vejámenes. El dolor no puede ser medido y no hay diferencias en ese sentido entre ninguno de los genocidios o masacres de la Humanidad. Todos sangramos igual, no importa la herramienta que nos haya herido. Por ello es tan importante conocerlo y estudiarlo como modelo del MAL.

Diferencias entre el mal y el MAL

¿Cómo entender estos hechos aberrantes desde la idea del mal que conocemos, cómo prevenirlos, cómo frenarlos cuando se encienden y derraman? El mal que conocíamos y sus leyes nos resulta insuficiente porque ya no se trata de robar o mentir o traicionar, es un mal de otro orden que tal vez se rija por otras leyes y deba ser prevenido con otras medidas.

Es así que pensamos en el MAL con mayúsculas.

El mal con minúsculas es individual, personal, reactivo, emocional, espontáneo, entre dos personas y común al reino de los mamíferos. Es el mal de la vida cotidiana, el que cuando lo advertimos, nos genera culpa.

El MAL con mayúsculas, por el contrario no es personal, entre dos personas, sino que emana de un sistema -un gobierno, un estado, fuerza paraestatal. El perpetrador obedece una orden que le indica que debe atacar a la víctima porque pertenece a un grupo designado como enemigo interno al que se debe destrui. No es emocional sino racional, se lo ejecuta por una razón, sea política, económica, religiosa o étnica con el supuesto objetivo de alcanzar algún “bien superior”. Contrariamente al mal con minúsculas, el MAL con mayúsculas no genera culpa alguna puesto que los ejecutores están convencidos de que lo han hecho en pos de ese “bien superior”.

El mal con minúscula sigue el dictado del sujeto mientras que en el MAL con mayúsculas el perpetrador obedece el dictado de órdenes superiores. Ejecuta las acciones criminales en un estado de adormecimiento moral, de manera burocrática y automática, sin que su propia opinión tenga intervenga de manera alguna.

El MAL con mayúsculas engloba genocidios, torturas, asesinatos en masa, deportaciones, apropiación de niños, confinamientos arbitrarios, desapariciones, hambrunas provocadas y otros hechos similares relacionados con la destrucción y la muerte masiva.

Suele suceder en estados de excepción, en el contexto de dictaduras o conflictos bélicos, nunca en situaciones de paz o con gobiernos democráticos. En el contexto del MAL se pierden los derechos. elementales y básicos, los ciudadanos pasan a ser las víctimas indefensas a merced del poder de turno y sin amparo judicial alguno.

La lectura de los periódicos nos alerta de que el MAL con mayúsculas sigue vivo.

Si no lo incluimos en nuestro horizonte de entendimiento y expectativas, como se ha hecho con los Diez Mandamientos siglo tras siglo, seguiremos tropezando, sufriendo y muriendo sin poder ni prevenir ni impedir ni detener  los procesos genocidas. El MAL con mayúsculas debería ser un eje de formación moral en la construcción de ciudadanos responsables. Pensamos en unos nuevos diez mandamientos.

Diez Mandamientos para el “Nunca más”, que, igual que los anteriores, reúne prohibiciones y mandatos.

  1. No asesinarás ni torturarás ni encubrirás crímenes aunque te sea ordenado.
  2. No obedecerás ninguna orden que no compartas.
  3. No aceptarás la delegación de la responsabilidad por tus actos.
  4. No aceptarás justificaciones sobre muertes, torturas y detenciones arbitrarias.
  5. No serás indiferente a injusticias y arbitrariedades.
  6. Diferenciarás lo legal de lo legítimo.
  7. Desconfiarás de la propaganda.
  8. Conocerás y revisarás tus prejuicios.
  9. Resistirás la influencia del grupo o la multitud y pensarás por tí mismo.
  10. Expresarás tus ideas fundadas en el conocimiento y no en tu necesidad de ser aceptado.

El BIEN.

Esto es lo que hemos aprendido de la Shoá, un antes y un después en la historia de la Humanidad, que evidenció el alcance del MAL pero también hizo urgente y necesaria la promoción de los valores básicos del BIEN.

En los genocidios junto al despliegue del MAL con mayúsculas, se dio a conocer su contracara, el BIEN con mayúsculas. En las condiciones más extremas hubo, hay y habrá gente que, contra toda lógica, se comportó de manera solidaria, arriesgada y generosa. Se trató de personas que, sin ser héroes, creyeron, sintieron y actuaron en defensa de lo mejor de lo humano. Otra vez la Shoá es un modelo, esta vez del BIEN con mayúsculas corporizado por los salvadores, las personas comunes que se condujeron de manera excepcional y temeraria, que no obedecieron reglas ni prohibiciones en su gesta de resistencia, ayuda y salvación. Son personas que han comprendido y ejercitado el BIEN y que se sorprenden al ser honradas por que dicen que hicieron lo que había que hacer.

El BIEN es una potencialidad tan humana como el MAL. Si se incorpora a la formación, si se lo visibiliza y enaltece, si se lo entrena, tal vez pueda volverse una parte central de nuestra vida y de nuestra identidad como civilización.  

Los genocidas y las víctimas están claramente definidos. Entre estos dos extremos está la gente común, los que ven y los que no quieren ver, los que temen y no se animan, los que siempre esperan que sea algún otro el que haga, los que creen que no pueden hacer nada. La fuerza de nuestra sociedad está en esta gente. Se trata de la mayoría silenciosa que, parafraseando al conocido poema del pastor Martin Niemöller, cree que como no soy comunista -ni sindicalista, ni indígena, ni judío- nada me va a pasar hasta que me pasa a mí pero ya es demasiado tarde. Sin esa mayoría silenciosa que se cree a salvo y deja hacer, ninguna dictadura puede triunfar, ningún genocidio puede tener lugar.

Por ello diferenciamos también el bien con minúsculas del BIEN con mayúsculas. El primero es una conducta mamífera, individual, natural y emocional, de cuidado y protección que se hace con quien uno tiene cerca y conoce, genera bienestar.

El BIEN con mayúsculas es exclusivamente humano; no es natural, individual ni espontáneo sino aprendido, es social y colectivo, político o religioso y genera modelos a imitar; se aplica también sobre desconocidos, incluso aunque esté prohibido; genera una recompensa poderosa en el hecho mismo de haber hecho el BIEN, empodera al individuo y estrecha los lazos de su pertenencia a la sociedad.

No hace falta ser un héroe, los héroes son excepciones. Así como los salvadores de la Shoá, los miembros de organizaciones como Médicos sin Fronteras, Cruz Roja Internacional, Cascos Blancos, quien tiende la mano al necesitado o protege al desvalido, en general personas anónimas y comunes que abandonan la comodidad de sus vidas cuando advierten que la arbitrariedad o la injusticia desgarra a la gente. Estas personas solidarias, generosas y sensibles al dolor ajena, dejan el poderoso mensaje de que el BIEN también es posible. Son una fuente invalorable de ética y responsabilidad social que debe ser enaltecido, estimulado y enseñado en el aula y en todo espacio de influencia. El BIEN, cada vez que se ejercita, deja en el camino una huella que conducirá, alguna vez, a ese destino que soñamos de justicia y dignidad para todos.

Parafraseando al corresponsal de guerra polaco Konstanty Gebert: Necesitamos personas con los ojos bien abiertos y que hagan el BIEN. Y necesitamos personas que, aunque les ordenen hacerlo y les digan que está bien, se nieguen a hacer el MAL.

¡Sean esas personas!