Otras cosas

Netiquette online

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Introducción. Las presentaciones online (zoom, meet, skype o similar) son diferentes a las presenciales. No hay un salón o aula compartida con otra gente, cada uno está en su propio espacio. El tiempo de atención es menor, por eso, además de hacerlas más breves, deben incluir elementos que despierten y/o mantengan el interés. La duración de una exposición no debería exceder la media hora, lo ideal es que sea de 15 minutos. 

La imagen. 

  • Tener una buena fuente de luz para que la visión sea adecuada. Evitar ubicarse con una ventana detrás, produce contraluz que impide ver la cara, la fuente de luz tiene que estar delante de uno. 

  • Controlar el espacio tomado por la cámara y lo que se ve atrás. Antes de comenzar asegurar que no habrá apariciones de otras personas.

  • Ubicar la cámara a la altura de los ojos para que el encuadre no deforme la cara.

  • Lo ideal es que se vea la cabeza y parte del torso de modo que se puedan ver las manos que son un elemento importante en la comunicación.

  • Si la intervención es leída, colocar la fuente delante de los ojos, cerca de la cámara, y cada tanto mirar a la cámara. Recordar que uno se está comunicando y que los demás necesitan ver que uno quiere hacerlo. Mirar solo el papel es ignorar a los demás.

El sonido.

  • Es fundamental que se oiga nítida y claramente, sin ruidos ni alteraciones o chirridos.

  • El uso de micrófonos (solos o incorporados a los auriculares) permite un mejor sonido.

  • Deshabilitar el micrófono mientras habla otro. Solo lo debe tener habilitado quien está hablando para evitar los ruidos ambientales. 

  • En lo posible evitar leer, pero si se hace, hacerlo lentamente, con algunos silencios, no derramar el texto todo-seguido-que-se-hace-difícil-escuchar-y-atender. Darle diferentes entonaciones y, otra vez, mirar cada tanto a la cámara como diciendo “les hablo a ustedes”.

  • Modular bien las palabras y acordarse que del otro lado hay gente a la que puede resultarle difícil oír o prestar atención.

Presentaciones visuales (power points)

Se siguen las mismas reglas que para cualquier presentación cuando es presencial. Las recordamos:

  • La presentación es un apoyo al discurso, no lo reemplaza.

  • El compartir pantalla con una presentación visual solo tiene sentido si suma, si mantiene la atención y el interés.

  • Las filminas deben tener poco texto, palabras sueltas, conceptos que se quieran enfatizar.

  • Las filminas pueden producir la ilusión de movimiento que es un atractor de la concentración (se hacen varias filminas, en cada una se agrega una palabra y se las va pasando a medida que se la va diciendo) 

  • el texto debe ser una ayuda memoria del disertante, una guía para que su exposición no se vaya por las ramas

  • No leer lo que todos están viendo. Es una redundancia. Leer lo que se está mostrando es un abuso, distrae y molesta. Todos sabemos leer. Otra vez: mejor que leer es decirlo y dejar en la filmina unos pocos datos que subrayen lo que se dice.

  • las imágenes son un acompañamiento apropiado si confirman lo que se está diciendo y lo ilustran

  • no dejar la misma filmina mientras se sigue hablando de otra cosa, lo que se ve contradice lo que se oye

  • los cuadros y esquemas deben ser simples y sencillos y deben estar solo si suman

  • si se acompaña un video no debe durar más de 2 ó 3 minutos

  • es una buena idea ensayar la presentación para evitar la confusión y la propia sorpresa cuando lo que sigue no es lo uno recordaba.

  • si manejar la presentación resulta incómodo, pedir que lo haga otro es una buena manera de resolverlo y no resulta perturbadora. pero debe ser ensayado antes para que no se produzcan desajustes

Conclusión. Quien habla lo hace para ser escuchado. Si no se ve bien, si no se oye bien, si el discurso es monótono y aburrido, si lo que se pone delante es texto y texto y más texto, si lo que se ve se choca con lo que se oye, la posibilidad de la escucha se reduce hasta casi anularse. Es por eso que en muchas presentaciones la gente apaga su cámara, para que no se vea que está aburrida o que simplemente se levantó y se fue.

Seguir estas sencillas reglas permitirá que nuestras presentaciones online puedan llegar mejor a los que las reciben.

Ahora no quiero salir

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Ahora que la cuarentena amenaza con flexibilizarse resulta que no quiero salir. Primero el shock de estar bajo una amenaza mortal invisible. Debía quedarme en casa. Lavarme las manos a cada rato. Rociar con alcohol enfervorizadamente todo lo que venía de afuera, zapatos, llaves, tarjetas de crédito. Dejar verduras y frutas inmersas en agua con lavandina. Tapabocas hasta para dormir. ¿Salir con el perro? ¡Imposible! ¡Los virus agazapados sobre las veredas esperaban que se le pegara en las patas! Lo sacábamos al patio, arnés, correa y él movía la cola contento. ¿Qué pasaría con las reuniones de trabajo? ¿Y los pacientes? ¿Y las charlas y conferencias que tenía comprometidas? Aparición estelar de zoom, meet y whatsapp en nuestro resctate y empezamos a vivir una nueva forma de comunicación y encuentros. Pero cuando la novedad ya no lo fue, llegó el cansancio, un cansancio desconocido y diferente. El agobio “pantallar” de las horas quietas mirando fijo a gente encuadrada en cajitas con vista al frente. Y también mi cara. ¡Qué extrañeza y espanto! ¿Así me veían los demás? Forzada a ese cruel y pesado escrutinio, se sumaron otros cansancios. La vestimenta y el arreglo sólo para la mitad superior. Daba igual el calzado o si lo que tenía debajo de la cintura combinaba con lo de arriba en ese cuerpo dividido en dos partes incomunicadas. La nueva convivencia 24x7 con mi marido, aprender a no tropezarnos, a convenir detalles que nunca antes nos fue necesario hacer, el menú de cada comida, los horarios de nuestras actividades, las tareas de la casa, las decisiones de las compras. Y llegó el hartazgo de estar harta, la inminencia de una explosión, un “ya no aguanto más”, como ese grano que está listo para reventar y había que tener a mano antisépticos para contener la podredumbre que saldría. ¡Listo! ¡Basta! Y fuimos relajando los cuidados. Ya el perro había recuperado sus salidas por la calle. Alguna vez que tuve que ir a la farmacia debí volver a casa porque había olvidado el tapabocas. Vivía los días repetidos, sin tener idea de si era domingo o jueves, temporalmente perdida en un mar de días uniformes. El paso del tiempo tenía una insólita vida propia, todo era de una pesada lentitud y al mismo tiempo vertiginoso y fugaz. Y de pronto, cuando nos fuimos acostumbrando a vivir en peligro y aprendimos a cuidarnos mejor y las calles van recuperando gente y los negocios que quedaron suben sus persianas y pareciera que vamos hacia el reencuentro de aquella normalidad perdida, ¡no tengo ganas de salir! Y no es solo por mi edad, condición física o proverbial rebeldía. Tengo el privilegio de haber podido seguir mi actividad, de no tener un negocio que cerró, de seguir con mi vida más o menos igual que antes. No quiero volver al tráfico enloquecido ni a perder horas yendo a reuniones de media hora. Quiero despertarme descansada y desayunar tranquila. Me amigué con las pantallas y prefiero, para lo que se pueda, seguir online. No quiero apuros, urgencias, ni culpas por no hacer a tiempo, la exigencia de un mundo loco que se volvió una picadora de carne. Lo presencial será maravilloso para los besos y abrazos de mis hijos y nietos, para mis amigos queridos con los que estar en silencio disfrutando del estar juntos. Puedo elegir no salir y mantener lo mejor de los dos mundos, “en su medida y armoniosamente”. Menos correr y amontonarse. Besar a pocos, no es preciso a todos. Proximidades y lejanías redibujadas. Nuevos saludos. Nuevos abrazos. Siempre las ganas de vivir.

Publicada en Clarin 11 de agosto 2020

Radio Jai (entrevista en audio) 12 de agosto 2020

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cumplo 75 años

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Hoy me bajo del 75. Fue un buen viaje. Hubo baches y frenadas, claro que sí, pero me acompañó gente fantástica y aprendí muchísimo en cada parada. Tuvo lindos colores, hubo palabras amables y descubrí nuevos paisajes. Recomiendo esta línea ahora que la estoy por dejar y subirme al 76 que me espera fresquito, recién bañado y con un perfume riquísimo. Ahí voy y ojalá mis compañeros en este nuevo viaje me susurren dulzuras al oído y que el asiento que me toque sea cómodo y mullido.

conmovedor mensaje de Santiago K.

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Santiago Kovadloff me mandó este mensaje por whatsapp con un audio:

Primer mensaje

AMIA: 26 años de un silencio atroz Santiago Kovadloff La Argentina sigue siendo, en términos de deuda interna, un país hipotecado con la verdad. Con esa verdad que debería hacerse oír por boca de la justicia. Ayer, 18 de julio, volvió a escucharse lo que año tras año no deja de ser oído: el silencio impuesto por la prepotencia del crimen a la voz de la verdad. De una verdad amordazada acerca de la complicidad de delincuentes argentinos en el encubrimiento del peor atentado terrorista sufrido por nuestro país. A 26 años de ese acto criminal que sufrió la República en la más emblemática de sus instituciones judías- la AMIA-, el sistema democrático reestablecido en 1983 sigue evidenciando una dificultad sustancial para hacer de la Justicia la expresión básica de su fortaleza moral. Los cómplices locales de Hezbollah, el órgano terrorista que concibió y ejecutó el atentado, siguen en libertad. ¿Qué libertad es esa? La que demuestra la impotencia de nuestra democracia para consolidarse y ser lo que debería ser. ¿Si los asesinos están libres, dónde están sepultadas sus víctimas sino en la subestimación y el peor de los desprecios? ¿Y esas muertes del 18 de julio de 1994 no nos están diciendo, con la humillación a la que siguen expuestas, que nuestras propias vidas son menos vidas porque se despliegan fuera del marco de la ley? La herida sigue abierta. La AMIA sigue estallando en pedazos. La Argentina sigue siendo, a 26 años de esta tragedia, menos que sí misma, insensible a su mejor pasado e incapaz de orientarse hacia su mejor futuro. ¿Qué hicimos y qué haremos cada 18 de julio? ¿Implorar otra vez? ¿Recibir las condolencias de quienes deberían ofrecernos la verdad sobre lo ocurrido? ¿Qué significa, en este estado de cosas, hablar de la grandeza de nuestra Nación cuando los hechos atroces que tuvieron lugar aquí la fuerzan a permanecer empantanada en el silencio, la prepotencia y la impunidad de los asesinos? Si la verdad no tiene porvenir entre nosotros, tampoco lo tendrá la democracia. Sí, en cambio, lo tiene y lo tendrá el reino del simulacro, del encubrimiento, de las muertes rifadas a la corrupción. No queremos ni debemos limitarnos a recordar lo sucedido. No queremos llorar solamente a nuestros muertos con el agobio de lo que seguimos siendo: argentinos expuestos a la impunidad de la barbarie. Lloremos, sí. Pero exijamos también. Una y mil veces hagamos oír la voz del corazón y la pasión por la ley y el derecho que no se rinden a la resignación. La Argentina seguirá teniendo un futuro clausurado mientras tenga un pasado envilecido por la mentira. ¿Y qué diremos de la muerte de Alberto Nisman? ¿En la cabeza de quiénes sino de todos nosotros como nación, estalló ese balazo que le arrebató la vida a un fiscal de la Nación empeñado en no traicionar la estatura moral de su investidura? ¿Es que habrá que resignarse a aceptar que ese crimen es el destino invariable de todo aquel que en este país se atreva a llamar delito al delito y traición a la patria a la traición a la patria? No será así mientras sigamos convencidos de la necesidad de infundir consistencia cívica a nuestro dolor. No permitamos que ante el horror de lo sucedido prevalezca para siempre la idea perversa de que lo que pasó fue una tragedia exclusivamente judía. Fue esencial, medularmente, una tragedia nacional. El 18 de julio debe, por eso, ser día de duelo nacional. No solo por los muertos sembrados entonces. También por los vivos que aún no sabemos ser.

Mi respuesta fue: Excelente Santiago, ya la había leído en LN. No sé por qué me la dedicás pero lo recibo conmovida como un honor inmerecido. Te quiero. A lo que respondió:

Segundo mensaje

Intercambio con Beccacece

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Nota de Hugo Beccacese en LN, 13 de julio 2020.

En este periodo del año se suceden las fechas patrias más importantes: 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 17 de agosto. Es inevitable que surjan algunos recuerdos de la época escolar relacionado con esas efemérides. Tuve conciencia y claros ejemplos de lo que era la discriminación ya en la niñez. Voy a contar uno de esos episodios. En ese entonces tenía doce años y cursaba la escuela primaria.Para los actos escolares, había y hay una serie de rituales. Entre ellos, el de elegir al alumno que llevará la bandera. La tradición imponía (como ahora, creo) que el chico de mejor promedio, a modo de reconocimiento, fuera el abanderado. En sexto grado (en aquella lejana época, equivalía al séptimo de hoy), tenía un compañero judío brillante en todas las disciplinas. Lo llamaré por la inicial de su nombre: P. Él tenía el primer promedio de la división; yo, el segundo. Competir con él estaba fuera de cuestión. Su destino era ser el mejor de la clase. Lo admiraba. Era más bajo que yo. Estábamos en ese período de la vida en que un grupo crecía de golpe; otro, poco a poco; y un tercero se desarrollaba bastante más tarde. Yo estaba más bien en el primero; P, en el tercero.Como si la naturaleza hubiera querido señalar la inteligencia con un atributo físico especial, P. era el único compañero pelirrojo. Los pelirrojos, chicas y chicos, pertenecían para mí a la aristocracia capilar. Me fascinaban. El pelo de P. era brillante; además, su cara tenía pecas. Ese detalle hacía que me resultara muy simpático. Éramos amigos.

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14 de julio 2020, Sr Beccacece 

Leí conmovida su nota de ayer. Los que nacimos hace algunas décadas recordamos aquella escuela primaria y aquellos actos discriminatorios lesivos. Me duele lo que vivió entonces, entiendo su silencio, cuando uno era chico no era fácil discutirle a la autoridad (¡cómo ha cambiado eso!) y me pregunto cómo recordará el mismo hecho el colorado petiso. 

Tengo una anécdota también yo que me tomo el atrevimiento de compartir con usted. 

Cuando me anotaron en la primaria mis padres no dijeron que éramos judíos. Hacía poco que habíamos llegado de Polonia, ellos con el peso de lo vivido bajo el nazismo, con el dolor de lo sufrido y perdido, debiendo declararnos católicos para poder entrar por la infausta Circular 11 que prohibía el ingreso si decíamos ser judíos, quisieron darme a mi una oportunidad para no ser discriminada, para tener una vida normal. Como no figuraba como judía, en la clase de religión me quedaba, no me iba a la de "moral" con las chicas judías. En casa no se hablaba de ser judío, no se negaba pero no se mencionaba. Mis padres no eran religiosos ni tradicionalistas, no éramos socios de ninguna institución judía y, aunque nos movíamos en un núcleo con amigos judíos, todos sobrevivientes del Holocausto, claro, el tema de ser judío no era un tema para mí. Amaba las clases de religión. Y, obvio, llegado el momento quise tomar la comunión con las otras chicas, tener ese vestido de novia tan bonito, y las estampitas con mi nombre y los guantes y la cofia con los lazos de satén... soñaba con eso. Pero algo en mi sabía que no me correspondía. Entraba a la iglesia para mis clases de catecismo y cuando tenía que introducir mis dedos en el cuenco con agua bendita antes de persignarme, hacía el gesto pero no mojaba los dedos. Sabía. Oscuramente sabía. La cosa se puso complicada cuando les mentía a las otras chicas sobre como era mi vestido y el diseño de las estampitas. Todo mentira. Pero cuando la fecha estuvo cerca me vi en el problema de que necesitaba el vestido. Mis padres no tenían idea de mis visitas a la iglesia, eran épocas en las que jugábamos en la calle y uno podía escabullirse en travesuras. Pero necesitaba el vestido y se lo tuve que pedir a mi mamá. Claro, la escena fue dramática. Cuando supo para qué lo pedía y en qué había estado, el llanto, el lamento, el dolor fueron desgarradores. La hago corta: no hubo vestido. Sentada en el balcón de mi casa, aquel 8 de diciembre, día de la virgen, vi desfilar a esas novias chiquitas, orondas y orgullosas como una burla dirigida a mi, encerrada en la prohibición de ser igual que ellas. Odié a mis padres, los odié con todas mis fuerzas. Y me dediqué a amar a Evita, el hada de los pobres y desamparados (mis padres me dejaron hacer no fuera que contara en la escuela que ellos no...). 

Me abrió todo este archivo su nota. 

Mis saludos en espera de otros de sus textos.

Diana

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Respuesta 14 de julio 2020

Estimada compañera de distintas discriminaciones, en primer lugar, la felicito por la calidad de su narración. No puedo con el genio de lector: disfruto de las cosas bien contadas.

En segundo término, lo que usted sufrió fue mucho más duro que lo padecido por mí en esa ocasión. Imagino la angustia y el terror que sufrieron sus padres. Y después el peso del silencio y el secreto, tanto para ellos como para usted.

Mi padre era, más que agnóstico, ateo. Cuando, en el primario, tuve la primera clase de religión, se hizo la división entre los católicos y los no católicos, éstos, como usted recuerda, iban a la clase de moral. Yo había sido bautizado (mi madre intervino). Pero no sabía ni persignarme. Qué era la moral?, me pregunté. Sobre la la moral ignoraba todo.

La palabra no me gustaba. Preferí quedarme en religión por pereza.

Con el tiempo, llegué a una conclusión. Por haber desechado la hora de moral, era un amoral, en vez de un ateo. Por intuición, por pereza, había encontrado mi lugar en el mundo: la amoralidad. 

Le agradezco mucho sus líneas, apreciada señora. Usted me ha leído como yo quería ser leído. No olvidaré lo que me ha contado. Me conmueve que me haya confiado algo tan íntimo con tanta emoción.

La saludo con profundo afecto y respeto.

Hugo

El sesgo tribal

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Vivimos en una realidad binaria, maniquea y bélica. Según de qué lado se esté y quién sea el hablante nos considerará amigo o enemigo. A medida que las redes sociales, a las que todos tenemos acceso, globalizan los mensajes simplistas y engañosos, esta tendencia está siendo una característica mundial. ¿Serán los medios? ¿Será la propaganda? ¿Será la manipulación de los políticos? ¿Ignorancia? ¿Perversidad? ¿Estupidez? ¿Qué nos conduce en tanto Humanidad a alojarnos en casilleros cerrados sin dejar entrar a los que creemos que no tienen nuestro mismo pelaje?

Dada la aparente universalidad de esta conducta, lejos de ser una patología, podría tratarse de una característica humana, un sesgo cognitivo. El sesgo se describe como una estrategia mental, una forma de procesar y comprender los datos, sean fenómenos o ideas, de manera rápida y simplificada. Se toman e incorporan los que confirman una idea previa; los que la cuestionan o la niegan, quedan en las sombras o directamente no se perciben. No vemos nuestros sesgos. Son la lente a través de la cual percibimos, leemos, comprendemos y actuamos, lente tan integrada a nosotros que actúa como un verdadero escotoma. El escotoma es un punto ciego en la retina: creemos que vemos todo pero en realidad compensamos lo que no vemos y lo rellenamos con nuestra experiencia previa, de modo que no vemos que no vemos. Nuestros sesgos tienen el mismo efecto: creemos que vemos y consideramos que vemos todo cuando en realidad, vemos solo una parte y no vemos que no vemos. Así, los sesgos cognitivos nos hacer tomar decisiones, comunicarnos y operar con la gente y con la realidad en el engaño de que lo hacemos disponiendo de toda la información y no nos damos cuenta de que nuestra lente nos hace tomar solo una parte. La que nos confirma nuestra idea preexistente. Es el sesgo de confirmación, claramente evidenciable en los partidarios de algún partido político que siguen a los periodistas y medios que confirman sus propias ideas, las refuerzan y por añadidura les aseguran un grupo de pertenencia afín.

Propongo, hasta encontrar una palabra mejor, llamar sesgo tribal a esta característica de partir el mundo en amigos y enemigos, sesgo tan potente que domina nuestra vida social y genera tantas de sus guerras, hostilidades y enfrentamientos. ¿Por qué tribal? Una tribu es un grupo humano unido por lazos históricos, familiares y de intereses comunes. Los mamíferos solo podemos subsistir en el grupo que nos cobija. En su seno construimos nuestras subjetividades, mamamos su cultura e ideología, reglas y rituales, que son las fuentes de pertenencia, aceptación, alimento y protección. En nuestro gran desvalimiento, la pertenencia a una tribu es nuestra única garantía de sobrevivir. Seguimos tan necesitados del grupo como en las primitivas cuevas donde era esencial distinguir amigos de enemigos, protectores de atacantes. El color, el aspecto físico, la lengua, las costumbres de los miembros dibujaban en quien confiar y en quien no. Los diferentes eran potenciales enemigos que podían robarnos tanto el fuego como la carne del mamut recién cazado que debía durar todo el invierno. Diferenciar amigos de enemigos era condición de vida y pasados miles de años este sesgo tribal pareciera estar incorporado a nuestro ADN. La tribu dibuja y define quienes somos, cómo somos vistos, y si somos aceptados, qué privilegios o beneficios podremos recibir. Asimismo dibuja claramente las fronteras y todo lo que está afuera es potencialmente peligroso y levanta nuestro alerta. Este sesgo tribal es la lente con la que leemos nuestras interacciones sociales. En todos los órdenes, en lo político, en lo deportivo, en lo artístico, en lo religioso, esta característica tiene la virtud de asegurarnos la pertenencia y la aceptación del grupo, nos confiere una identidad y nos protege de los ajenos, los predadores y enemigos. Dentro del grupo estamos con nuestros iguales, seremos queridos y respetados, siempre y cuando le seamos leales hasta la ceguera.

El sesgo tribal tuvo trágicas consecuencias en la historia de la humanidad. La mirada maniquea del fanatismo y el extremismo justificó, y aún justifica, conflictos sangrientos en los que cada bando asegura tener el derecho y la posesión de LA VERDAD. Quien gane esa guerra decretará que solo sus rituales, idioma y costumbres serán legítimos y que quienes no los acepten estarán afuera de la gran cueva de todos, perderán el derecho a la pertenencia. Los tiranos, las dictaduras y utopías políticas, tienen como sustento común esta idea de verdad que fundamenta la exclusión, el exilio, la detención, la tortura y el asesinato. Vemos este sesgo en todas partes y de diferentes maneras. En nuestra realidad Ford o Chevrolet, coquitas o chocolinas, River o Boca, izquierda o derecha, populistas o liberales, cristianos o judíos, negros o blancos, peronistas o gorilas y podría seguir con cientos de dicotomías en las que el extremismo y el fanatismo excluye y señala como enemigo al de la otra tribu. Todo lo que se diga o haga evidencia a qué tribu se pertenece. Son solo dos y es inconcebible no pertenecer a alguna. El sesgo tribal no admite territorios intermedios. No hay matices ni grises. No hay miradas o posiciones alternativas. Quien no se reconoce como de acá o de allá, es un traidor encubierto, un enemigo falaz.

El sesgo tribal que, por un lado nos confiere identidad y pertenencia y nos permite crecer y desarrollarnos en el seno del grupo conocido y confiable, por el otro nos mantiene sujetos y prisioneros de un pensamiento único, de la imposibilidad de expresar cualquier divergencia a riesgo de ser echados a la intemperie. Nos obliga a aceptar y abrazar lo que la tribu propone, nos cierra el dispositivo crítico, reflexivo que nos previene de todo posible desacuerdo. El gran peligro es que, como el escotoma visual mencionado, genera una doble ceguera: no vemos y no vemos que no vemos. El sesgo tribal rige nuestras conductas y opiniones. Si no lo conocemos ni reconocemos, si no estamos alertas, caeremos bajo el influjo y la ilusión de poseer el gran tesoro de LA VERDAD. Nos acomodaremos junto a los que creen lo mismo y nos veremos en sus ojos confirmando la identidad grupal y los otros, a su vez, se verán en nuestros ojos en un reflejo especular repetido ad infinitum, tranquilizador y reconfortante. ¡Qué alivio! ¡Qué tranquilidad! todos con el mismo pelaje, todos pensamos y actuamos igual. ¡Qué acogedora y calentita la cueva!, nada nos podrá pasar acá adentro. El enemigo está afuera. Siempre afuera. El único precio que pagamos es la libertad de pensar.

Publicado en El diario de Leuco.

Publicado por Clarin.

¡Harta de estar harta!

El hartazgo tiene dos acepciones. En una, se está harto cuando uno se siente satisfecho, pleno, sin necesidades, completo. En otra, uno está harto cuando está cansado, empachado, superado: cuando no aguanta más. 

Harto ya de estar harto, ya me cansé / de preguntar al mundo por qué y por qué / La rosa de los vientos me ha de ayudar / Y desde ahora vais a verme vagabundear / Entre el cielo y el mar. / Vagabundear

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¡Qué invitante el elogio al vagabundeo de Serrat! ¡Vagabundear! ¡Dejarse salir sin destino prefijado, ir al garete siguiendo los vientos del deseo, el cielo y el mar! ¿Te acordás de cuando lo podíamos hacer? Antes, los destinos estaban limitados a quienes tenían el dinero para poder hacerlo. Hoy, ni el dinero te presta las alas de aquella libertad. Nos hemos igualado, todos. El virus no discrimina ni pregunta quién sos, si sos bueno o malo, blanco o negro, homo o hétero, populista o liberal. Viene, se enseñorea en el reino de nuestra biología y se ríe de aquellas cosas que creíamos que nos diferenciaban y que nos hacían creer que éramos mejores o peores que otros. Pero mal de muchos, ya sabemos... 

¿De qué estoy harta? No es solo de la limitación del vagabundeo. Estoy harta de la inundación constante de noticias e informaciones, contradictorias, cambiantes, sensacionalistas, engañosas. Estoy harta de que no se hable de otra cosa. Estoy harta de las infografías, de los pronósticos, de las expectativas de tratamientos que no llegan, de la perentoriedad de una amenaza que nos tiene amordazados. Estoy harta de celebrar que estoy viva, que mi marido lo esté así como mis hijos, nietos y amigos queridos, como si estar vivos se hubiera vuelto lo único que podemos esperar de la vida. Obviamente si estás en el umbral y de un lado está la vida y del otro la muerte, la vida es ese milagro a celebrar. Pero está siendo una vida en sordina, estática y pasiva, que sale de la incertidumbre conocida para caer en otra más incierta aún que nos impele a protegernos para que, de manera dramática y urgente, nos mantengamos vivos. Al mismo tiempo me digo que no aparece a la vista otra manera de seguir, que debo ser más tolerante y paciente, que más se sufrió en la guerra (mis padres sobrevivieron escondidos en un altillo casi dos años durante el Holocausto), que al menos yo no estoy tan mal, tengo un techo que me protege de la lluvia y el frío, agua corriente y baño, mi marido se la banca con dignidad y bonhomía y mi perro no entiende de cuarentenas ni sufre por ello, todo lo contrario, porque nos tiene a su lado todo el tiempo y es todo lo que le hace falta. Son privilegios que tengo la suerte de tener y es una parte buena de este período porque me pone delante lo que daba por dado, casi que no veía y que hoy agradezco tanto.

Entiendo que el aislamiento está destinado a nuestra preservación y cuidado, no abogo por romperlo de manera irresponsable, hablar de mi hartazgo es tan solo un desahogo. Quiero volver a mi rutina habitual. Quiero volver a enojarme porque el tráfico está imposible. Quiero volver a sentarme con amigos en un café, solo a pasar el tiempo sin tener que hablar de algo en particular. Creo que ya sé que no volveremos a compartir el mate, que ese ritual tan rioplatense, tan de confianza y de proximidad, tendrá que ser cambiado por otro en el que cada uno chupará de su propia bombilla. Ya sé que esto dibujará un nuevo límite en nuestras interacciones pero quiero volver a la rutina de lo que era. Estoy harta de no saber qué día es, de que domingo y jueves sean palabras sin sentido, que calzarse haya quedado en el olvido y que la ropa de la cintura para abajo no deba ser elegida con el mismo cuidado que la que cubre el torso.

Y por si esto fuera poco, la dimensión temporal me resulta enloquecedora porque está tergiversada de un modo insólito: el tiempo detenido de agua estancada, coexiste con el tiempo vertiginoso, fugaz e inasible. No sé si algo que pasó fue esta mañana o hace dos meses, cuando digo “el otro día” puede corresponder a cualquier momento entre ayer y mediados de marzo cuando todo empezó. Por un lado es un eterno domingo sin diferencias entre un día y otro y de pronto y al mismo tiempo ya cambió el mes y estamos en junio. Winter is coming. Miro hacia atrás sorprendida, como si hubiera estado dormida en una caja de cristal, en un sueño sin sueños y el tiempo hubiera pasado sin que yo estuviera allí y para más inri como se dice en España, sigue sin venir el príncipe que me despertará con un beso de amor.

Sé que soy una privilegiada. Que aunque el dinero no es freno al contagio y todos podemos ser alcanzados por el virus,  si tenés dinero te podés cuidar mejor, disponés de espacios para aislarte, abrís una canilla y hay agua corriente para lavarte las manos, podés comprar el alcohol para desinfectarte y si te contagiás te recibirán en los mejores sitios para curarte. Por eso tantas víctimas mortales provienen de donde reina la carencia, la injusticia social y la iniquidad. 

Aunque el virus nos puede atacar a todos, algunos tenemos más posibilidades de contrarrestarlo que otros. Es con impotencia y culpa que escribo esto porque me digo que ante tanta injusticia no tengo derecho a estar harta. Pero lo estoy y me hace bien aliviarme y gritarlo a los cuatro vientos:  ¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE ESTAR HARTA!

El cuerpo como documento. El ritual de la muerte en tiempos de coronavirus.

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Sorprendente fue el pensamiento que tuvo Jack Fuchs una vez rescatado del nazismo. Con menos de 30 kilos, yaciendo en una cama de hospital con sábanas limpias, almohadas, rodeado de médicos y enfermeras se escuchó pensar: “ahora me puedo morir”. Cuando después de la ordalía que había pasado volvía a tener la posibilidad de vivir, lo que se le vino a la cabeza fue que se podía morir. Esta aparente contradicción revela que recién entonces morir lo volvía a inscribir en el reino de lo humano. El otro morir, el del campo de exterminio, era un morir animal, el de un puro cuerpo, arrancado del linaje familiar y cultural, anónimo, ausente. Los rituales de la muerte son una de las cosas que nos diferencian del resto de los mamíferos. 

¿Cómo enfrentamos los vivos la muerte de los que queremos? ¿Cómo aceptar que ya no están? ¿Cómo procesar el hecho de que no los veremos más, no les contaremos ni nos contarán, no nos acompañarán en nuestros logros y en nuestras decepciones? 

No tenemos la representación mental del no, de la nada, del vacío, del nunca. Pensar es lo opuesto a la nada, es siempre algo. ¿Como pensar la ausencia si llevamos incorporados a nuestros muertos más cercanos que nos hablan desde adentro de nosotros? Es tan inasible la muerte que los primeros tiempos esperamos que vuelvan a llamar o a aparecerse como hacían antes, como si se hubieran ido de viaje y pudieran volver en cualquier momento. 

Para que el proceso de duelo empiece por donde tiene que empezar, hace falta tener la evidencia de que la muerte efectivamente sucedió. Solo el cuerpo muerto nos la da. Los que tenemos un desaparecido en nuestra familia sabemos de qué modo la ausencia del cuerpo afecta nuestra convicción de que esté muerto. Si ya es difícil hacerse a la idea de la muerte de alguien en condiciones normales, al no tener la evidencia positiva de que ocurrió, nuestro cerebro se resiste a creerlo. Un muerto sin cuerpo que lo documente, no está del todo muerto. Tampoco está del todo vivo. Es como un fantasma, un aparecido, un des-aparecido. Nunca lo vimos muerto, siempre esperamos que vuelva.

Los protocolos de seguridad y protección en esta epidemia nos excluyen del ritual de la muerte. Una vez internado, el enfermo es aislado y su familia le es mutilada, nunca más se ven. Si llega a morir nadie tiene acceso al sitio donde está, su cuerpo se queda aislado y sellado dentro de una bolsa sin que nadie de la familia lo haya visto. ¿Cómo reinventar el ritual del entierro cuando no se tiene la certeza de que en el cajón yace quien se supone que yace? Al dolor de la muerte, a la imposibilidad de hacer un velatorio que permita procesar los primeros momentos del shock de la pérdida, se suma el hecho de no tener la evidencia de que tal muerte fue porque nunca se vio el cuerpo. Ver para creer.

Recuerdo una escena de Kadish, film de Bernardo Kononovich, en la que un descendiente de un judío asesinado en el Holocausto, pide en el Museo del Holocausto de Yad Vashem, en Jerusalém, la hoja de testimonio que indica que su antepasado murió. Cuando se lo entregan pide permiso para salir al pasillo y llevarse el papel. Le preguntan para qué y dice “porque ésta es la única evidencia de que murió, con este documento puedo decir Kadish” la plegaria judía que solo se puede decir si hay un cuerpo. 

Tomando esa idea, tal vez un sucedáneo del cuerpo pudiera ser la fotocopia del certificado de defunción. Así, en el momento del entierro, sea del cuerpo herméticamente embolsado o de la caja con las cenizas, se puede agregar una fotocopia de ese certificado como evidencia material. Sin el cuerpo documentando la identidad, el documento en papel lo será. 

La noción de la muerte es elusiva, inconcebible. ¿Cómo aceptarla sin haber tenido la evidencia de que sucedió? Para comenzar a transitar el proceso de duelo, es preciso tener la certeza de que el enterrado o quemado que no se pudo ver es quien se supone que es. Ello no atenuará el dolor y la tristeza pero hará posible que se transite el proceso natural del duelo y  que el flujo de la vida continúe.

Publicado en Infobae el 4 de junio de 2020

Twiteado por Alfredo Leuco el 11 de junio de 2020

Publicado en Le doy mi palabra el 11 de junio de 2020

De las historietas a la historia

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Las historietas, como llamábamos a los cómics, fueron parte de mi infancia y de buena parte de mi vida. Las “revistas mejicanas” como Superman y La Pequeña Lulú; Rico Tipo y su inolvidable “el otro yo del Dr Merengue”, Pelopincho y Cachirula, Peanuts. Las novelas de Intervalo y los policiales de El Tony, D’Artagnan; Tía Vicenta, Fierro, Patoruzito, El Eternauta… Sé que me olvido de muchas y vienen a mi memoria las tiras de Mafalda, Clemente, Mendieta, Isidoro Pereyra, Diógenes y el linyera. Siguen nuevas tiras que publican los diarios, algunas cómicos otras provocadoras o críticas, filosóficas o poéticas, con una mención especial para “Maus” del gran Spiegelman y “El Camino a Auschwitz” de Gorodischer.

Dibujos con historias y personajes en encuadres clásicos: un cuadrado y adentro las figuras y los globitos con los parlamentos. Hoy gran parte del escenario de las viñetas es el nuestro, hoy somos un poco personajes de historieta. Gracias a la tecnología saltamos del papel a la pantalla y nos encontramos, nos vemos y dialogamos dentro de un escenario parecido al de los cómics.

Guardados en nuestras casas a salvo del virus todopoderoso, pegajoso y malévolo, nos relacionamos con los demás enmarcados en un cuadrado prolijo y alineado, grande en la computadora o chiquito en el celular. Adentro del encuadre fijo solo hay alto y ancho, nada de profundidad. Nuestro cuerpo y el de los demás tiene ahora dos dimensiones, es la voz producida por una imagen chata e intocable. Sentados ante el dispositivo de turno aparecemos amputados de la cintura para abajo, solo torso y cabeza, una especie de hemiplejia instrumental o ausencia fraguada. Atentos a lo que se ve atrás no vaya a ser que se revele algo que no queremos que se sepa, una puesta en escena cuidada que se ha vuelto nuestra nueva tarjeta de presentación. 

Las caras miran fijo y luego del tiempo limitado en que la atención está prendida, se van vaciando las miradas y quedan espectros que hacen como que miran forzándose a parecer atentos, receptivos y disimulando que ya basta, que me quiero levantar, desperezarme, no estar siendo mirado ni hacer que miro con interés todo el tiempo, quiero poder volver a poner la cara que tengo cuando no debo cuidarme del escrutinio de todos esos ojos que me ven y vaya uno a saber qué están pensando cuando me miran. Todo esto requiere un esfuerzo suplementario para nuestro pobre cerebro que tiene que aprender a procesar estos nuevos inputs con los que no contaba. Termina siendo agotador al final del día.

Los ángulos que enmarcan esta estructura son inflexibles, de 90 grados que no se estiran ni redondean, estamos uno al lado del otro pero todos igualmente encerrados cada uno en su cubículo cueva. Parecemos estar bien cerca, pero en realidad no. Parecemos estar conectados el ojo en el ojo, pero en realidad no. Sin embargo vemos, vemos hasta lo que no queremos que se vea. 

Lo peor es lo que uno ve de uno mismo. Verse estático, verse hablar, callar, gesticular, es un verse al que uno no estaba acostumbrado. Vivíamos sin vernos eso que los demás nos veían. Vivíamos en la inconsciencia de lo que nuestros mínimos gestos decían. Vivíamos creyéndonos más jóvenes, más lindos, más tersos, un tanto ideales. Solíamos sorprendernos cuando no nos reconocíamos en fotos, grabaciones o en filmaciones. Ahora estamos delante de nosotros mismos, y el realismo y la irrealidad conviven contradictoriamente en este verse y saberse cómo es uno mientras está siendo. Porque era un alivio no verse mientras uno vivía preso de la mirada de los demás pero libre de la propia. Uno podía soñar, poner a volar la imaginación, dibujarse otras líneas y pintarse de nuevos colores. Ya no más. 

Eso que hay dentro del cuadrado, sentadito, firme y mirando derechito y fijo, somos nosotros ahora.

“¡Vista al frente!” nos decían en la primaria, seguía con “¡tomar distancia!” y estirábamos un brazo hacia adelante y la fila se iba alargando para atrás a medida que el resto hacía lo mismo. Ahora estamos a distancia pero no nos vemos las espaldas porque en la pantalla solo salimos en primer plano y de frente. Adyacentes uno al lado del otro, no tenemos como alejarnos cuando, en realidad, estamos tan lejos. Lejos y cerca están queriendo decir otras cosas. 

Nuestras caras son una parte importante de quienes somos pero ni de lejos alcanzan a ser quienes somos. Extraño aquello que se llamaba clima, energía, piel, presencia, el cuidado de respetar la distancia en la que cada uno se siente cómodo, lo que permite el encuentro y lo hace amable. Esto que estamos haciendo, y bienvenido sea dadas las circunstancias, se parece a un encuentro, se le parece bastante, pero no lo es del todo. 

Cuando estoy de viaje y chateo por algún medio electrónico con mi marido, él acerca su celular a nuestro perro y le hablo, le digo las mismas cosas que le digo siempre y en el mismo tono pero él no reacciona, en la pantalla no me reconoce ni me ve, es como si no me oyera, como si yo no estuviera ahí. Y tiene razón. No estoy. No me puede oler, no le llegan los ecos físicos de mi presencia ni las moléculas de aire que se mueven cuando uno habla. 

Está bueno el no tener que desplazarnos para las reuniones que no precisan que estemos personalmente. Pero después de esta cuarentena (que ya está siendo una sesentena o vaya uno a saber qué número resultará al final), la presencia real tendrá un nuevo protagonismo hoy revalorizado en lo que tiene de único e irreemplazable. Los encuentros vía internet vinieron para quedarse y cuando esto termine recuperaremos con felicidad renovada los encuentros personales que aprendimos a extrañar tanto. 

Las historietas que nos alojan hoy serán la historia algún día, cuando sean la memoria y el relato de esto que nos tocó vivir en el comienzo de la segunda década del siglo XXI amén.  

Dibujo hecho por una niña de 6 años ilustrando su juego con sus juguetes favoritos como si fuera una reunión de zoom. Enviado por Meli Furman.

Dibujo hecho por una niña de 6 años ilustrando su juego con sus juguetes favoritos como si fuera una reunión de zoom. Enviado por Meli Furman.


publicado en Infobae el 10 de junio de 2020

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