Otras cosas

Reflexiones posteriores a la derogación

 Primeras reacciones

El pasado 8 de junio el Gobierno argentino derogó, después de 67 años de vigencia, la Circular 11 que prohibía el otorgamiento de visas argentinas a judíos. Los que conseguimos entrar, lo hicimos declarando no ser judíos y así fuimos inscriptos en los registros migratorios. He solicitado y se me ha aprobado, la rectificación de esta declaración, expediente 3729/05 “Wang, Diana s/solicitud”.

La complejidad de ser judío. La pregunta sobre quién es uno, cuál es su sentido, origen y destino, es la gran pregunta existencial, funda todas las filosofías. Los judíos nos la preguntamos, igual que cualquiera, aunque con el ingrediente particular de nuestra múltiple pertenencia. Salvo los que viven en Israel a partir de 1948 –que tienen otros y nuevos problemas- los demás judíos coexistimos con ello y con nuestra nacionalidad, en una interacción y un diálogo de enorme riqueza. Así, en Argentina los argentinos somos judeo-argentinos/argentino-judíos. (Queda para otra disquisición cuál término va primero y qué cosa implica la sustantivación y la adjetivación en cada caso y por qué ambos podrían corresponder a la verdad), en una doble identidad. Lo judío y su cosmovisión humanística mamado en la vida familiar, se entreteje con las características culturales de nuestro país.

Ciudadanos de segunda. El contexto argentino, benévolo hacia lo judío en general, mantiene sin embargo sentimientos y sospechas antijudías larvadas, aunque frecuentemente negadas. Nadie dice, pero se sabe, que por judíos tenemos el acceso obstaculizado, prohibido, al servicio exterior, al ejército, a algunos clubes, countries, sociedades. Nadie lo dice, pero se sabe, que por judíos en la Argentina somos ciudadanos de segunda clase, que la Constitución no se nos aplica del todo a nosotros.

Repito y señalo las dos cosas: junto al sentimiento antijudío que deviene en prácticas antijudías, coexiste su negación en un ocultamiento hipócrita pues no es explicitado ni declarado ni, por supuesto, asumido.

Sucedió lo impensado. El pasado 8 de junio, con la derogación de la Circular 11, sucedió lo insólito: el gobierno reconoció en parte este estado de cosas, pidió perdón y se comenzó a caminar el camino de un diálogo que hasta entonces parecía utópico. Presente en la Casa Rosada, frente al Presidente de la Nación y a los Ministros del Interior y de Relaciones Exteriores (y Culto: ¿hasta cuándo el culto será un ministerio?), entreví, por primera vez, la posibilidad de convertirme en una ciudadana como cualquiera. Fue un comienzo que ahora se continúa con la rectificación de mi registro migratorio y mi inscripción como judía luego de casi 60 años de figurar como católica.

Se trata de un cambio simbólico pero de fuerte peso identitario. La Argentina está empezando a ser un país en el que ya va dejando de ser preciso mantener asentada la mentira sobre quien soy. Con esta medida, comienzo a ser admitida, aceptada, reconocida y respetada en lo que soy en realidad. Me confiere derechos renovados, afirma el piso bajo mis pies.

Me quedaba en “religión”. “Religión o Moral” era la frontera entre las chicas “normales” y las otras. Las judías, claro. Las judías eran instruidas condescendientemente con principios morales. Me quedaba en “religión”. Recién llegados a la Argentina, mis padres no dijeron en la escuela que éramos judíos. No querían que sufriera lo que habían sufrido ellos, que no me dejaran estudiar ni trabajar en lo que quisiera, que me persiguieran, que me quisieran matar y que en el futuro persiguieran y mataran a mis hijos. Me quedaba en “religión” para ser igual que todos en un país en el que todos sabían que los judíos no éramos iguales que todos. Me quedaba en “religión” pero el simulacro se hizo trizas por sí mismo ni bien empecé a hacer preguntas, ni bien puse a mis padres en algunas situaciones incómodas (como querer hacer la comunión), ni bien otros me señalaron con sutiles burlas mi densa y peyorativa diferencia. El recuerdo de Europa era demasiado próximo, algunas conductas del gobierno de entonces eran evocatorias de peligros conocidos y las heridas eran demasiado recientes para exponerse otra vez. Mejor no decir que éramos judíos. Por las dudas. Siempre por las dudas. Siempre ese destello en la mirada del otro cuando se hacía evidente que lo éramos. Siempre ese sutil, ligero cambio de clima en la conversación cuando mi identidad judía se explicitaba.

Parece que según el estereotipo antisemita argentino no parezco judía, tampoco lo parecen ni mi nombre ni mi apellido. Menuda suerte la mía. “No parecés judía” dejó de ser un elogio cuando comprendí la ofensa que implicaba que se dijera como elogio.

El lento “darse cuenta”. Cuando el Dr Rodríguez, el Director de Migraciones, me anunció el pasado 7 de julio que mi expediente estaba aprobado, que en breve me entregaría el acta de rectificación de mi identidad, se me vinieron encima todas estas cosas. El revuelo a mi alrededor, el azoro, la estupefacción que observaba a medida que gente querida que compartía conmigo esta situación se “daba cuenta” de que también podrían rectificarlo, de que también habían vivido todos estos años creyendo que no les importaba figurar como católicos, sacudiéndose como un polvillo transitorio la molestia del antijudaísmo silencioso y larvado, el olvido humillante de saber que se está anotado en algún lugar como católico porque ser judío no está bien, no se debe, no es bien visto, tal vez sea vergonzoso, tal vez comporte –todavía, siempre- algún peligro. “¿Yo también puedo pedirlo?” me han preguntado decenas de veces en estos últimos días. “Sí!” respondí, “pedirlo y recibirlo y mostrarlo y saberlo”. Quedará en el registro la marca de la ignominia. Quedará el “católico” subrayado en rojo, y en otra parte de la página un “donde dice católica deberá leerse judía”.

¿Por qué no me importaba? Son curiosos los caminos que nos llevan a preguntarnos preguntas, a respondernos preguntas, a preguntar nuevas preguntas. Un proceso que se potencia a sí mismo, se abre en múltiples sentidos, a menudo sorprendentes. Cada día que pasa advierto con más fuerza cuánto de esto que está sucediendo me importa esencialmente y me pregunto con estupefacción ¿por qué antes no me molestaba? ¿Por qué el figurar como católica no parecía tener trascendencia ni era materia de cuestionamientos, ni de conductas ni de molestias? Tal vez la necesidad de hallar un refugio donde continuar nuestras vidas luego del horror de lo sucedido durante la Shoá, hacía que la “mentira blanca” imprescindible para que nos dejaran entrar, no tuviera importancia. Comparado con la cultura antisemita europea, potenciado con la política nazi, el requerimiento de declarar no ser judíos, era un juego de niños en aquel momento. “Eso es todo lo que piden para dejarnos entrar?” nos sorprendíamos, como si fuera un regalo, una suerte “¿y creen lo que decimos? ¡Qué país!”. Tener que mentir era definitivamente un mal menor, una llave, una forma de seguir viviendo. Nos resultaba natural.

La naturalización e internalización de la sospecha. Sabíamos desgarradoramente que no se nos veía con ojos amigables por ser judíos. Lo tomábamos como algo natural otra vez. ¿Por qué habría de ser diferente en la Argentina, un país tan católico como Polonia, como Francia? Los judíos, parados siempre en dos culturas -la del país en el que vivimos y la que llevamos en nuestras errancias históricas-, hemos aprendido a vivir, a desarrollarnos, a pensar, a construir, a sobrevivir, en el clima antijudío (más o menos intenso, más o menos evidente, más o menos peligroso). Y viviéndolo, algo de ello también se nos hizo carne. En nuestro mismo interior podemos albergar un acusador antijudío, y hacemos arreglos con él que nos llevan a tratar de no hacernos notar como judíos, no darnos a conocer, y nos ocultamos el ligero tinte de vergüenza que sentimos vergüenza en asumir, suponiendo que tal vez de esta manera, por un instante al menos, nos sentiremos iguales que cualquiera. Este acusador interno colaboró tal vez en que nos pareciera tan natural la mentira para sobrevivir.

Aceptados y visibles. Son éstas reflexiones muy preliminares dictadas al calor de la conmoción de lo que está sucediendo. Se abren preguntas apasionantes, merecedoras de investigación y respuesta. El escarnio sobre los judíos coexistió, paradójicamente, con su invisibilización. El mundo occidental tiene esa otra deuda con nosotros, la del reconocimiento de cuánto de lo judío es constitutivo de la civilización occidental, cuánto de nuestro mundo está indisolublemente ligado a lo judío. La Argentina –en el lejano sur del sur del mundo- participó, claro está, tanto del escarnio como de la invisibilización.

Del crisol a los hechos. Las medidas que nos tienen como testigos y protagonistas, proponen espacios nuevos. Espacios y definiciones. Y no sólo para los judíos. Todos somos beneficiarios puesto que el blanqueo de los hechos, el reconocimiento, la aceptación, el pedido de perdón, son pasos que dignifican a todos y que informan a todos sobre este estado de cosas. Que la Constitución Nacional esté en camino de ser aplicable a todos los ciudadanos argentinos será en beneficio de todos los ciudadanos argentinos. Que lo que se dice se conjugue con lo que se hace tal vez pueda llevar, algún día, al profundo trabajo aún pendiente en nuestra sociedad, de reconocimiento y aceptación del otro en su otridad, honrando la retórica del crisol de etnias que tanto nos ha llenado la boca como frase hecha y que tan poco hemos aplicado en la realidad.

 

 

Papas y rabinos, libro de Rudy

El universo tsurembergueano creado por Rudy. (Prólogo)

El shtetl[1]. Rudy nunca estuvo en un shtetl. Como casi ninguno de nosotros. Los shtetlaj dejaron de existir poco después de la Primera Guerra Mundial cuando el imparable progreso llegó hasta los más pequeños villorrios alejados. El positivismo y la tecnología de la mano de la radio, el teléfono, los libros, el activismo político, el teatro, el cine, irrumpieron en los caseríos de la Europa oriental cambiando para siempre lo que ahora idílicamente se añora. Los emigrantes de entonces guardaron los shtetlaj en sus memorias tal como los habían conocido y los mantuvieron vivos en sus relatos, intactos en la quieta eternidad acariciada por la nostalgia. Pero el artificio de mantener un hecho inmóvil sólo sucede en la imaginación y abre un doble territorio de realidad. Por un lado, el lugar siguió viviendo, con la gente que permaneció allí, modificándose, lugar y gente. Por el otro, nació un lugar, narrado, recordado y revivido por siempre, guardado por los que se fueron, sin cambios, suspendido en la añoranza. Este retrato mítico y nostálgico fue el que transmitieron a su descendencia. Experiencia reiterada de la migrancia pues lo mismo ha sucedido con los otros pueblos inmigrantes venidos de la Europa de comienzos del siglo pasado. Cuentan, por ejemplo, los hijos y nietos de gallegos que vuelven hoy a las aldeas de sus mayores, el impacto que les produce el encuentro de la pujante Europa del siglo XXI, tan lejos de lo que fuera la añorada y pobre aldea, tan distante de los relatos escuchados, tan diferente y a menudo, tan extraño.

En el caso de los shtetlaj judíos sólo quedaron “vivos” los que se volvieron relatos. Los verdaderos, los que llegaron hasta el primer tercio del siglo XX, a poco de empezar a cambiar fueron destruidos, sus objetos, sus monumentos y testimonios, sus habitantes, sus testigos y relatores, convertidos en cenizas en la locura desatada en Europa contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Los shtetlaj formaron parte de las cinco mil comunidades judías arrasadas por la Shoá. Los judíos que allí vivían fueron masacrados y el dar testimonio de su existencia se transformó en una misión para los que se había ido. Los shtetlaj siguen vivos merced a estos relatos que transmitieron a hijos y nietos, nacidos ya en otro mundo, con la nostalgia del terruño y la cultura perdidos. Esta nostalgia, esta persistencia, esta verdad, está retratada en el entrañable Tsúremberg[2], cuyo segundo volumen de crónicas sigue a continuación.

Hermana menor de Kasrílevke, la aldea eternizada por Sholem Aleijem, habitada por gente pobre pero alegre[3], encontramos en la Tsúremberg de Rudy unos personajes que se nos parecen mucho y que viven en aquel medio añorado, con sus/nuestros mismos conflictos, sueños, pesares, amores y esperanzas. Ubicados Allá, en aquel lugar que no hemos visto ni vivido, nos hablan en un idioma familiarmente evocador, el idioma del lugar de donde venimos. Sueña, teje, imagina, inventa, vuela y construye un Tsúremberg habitado por tsúrelej[4] vestidos de nuestras miserias y silencios, nuestras músicas y esperanzas. Tsúremberg está Allá. Pero también está acá. No sólo porque los problemas, las penas, los tsures, son el bien mejor distribuido del planeta. Nos invita a visitar un mundo que fue pero que ya no está. Y sin embargo –he aquí su encanto- está, lo llevamos puesto. Ha conseguido, por arte de magia, tocar un rincón de identidad en el que nos vemos retratados.

Buenos Aires, siglo XXI. Los tsúrelej somos nosotros, aquí, en Buenos Aires, no sólo los judíos pero especialmente los judíos. Retóricos, verseros, argumentadores, laicos, seculares o irreverentes, buscadores de fe y de salvadores, convocadores de misterios, tan parecidos a estos antepasados míticos, tan talmúdicos, vulnerables y tiernos, tan crédulos en nuestra esperanza y descreídos en nuestras posibilidades, tan contradictoriamente iguales a través del tiempo. También vivimos preocupados por los pogroms, esa nube negra amenazadora que puede sobrevenir sorpresivamente disfrazada de dictaduras militares, AMIAs, corralitos o de mentiras y latrocinios multicolores varios, corporizados en los zares –metáfora de los poderosos/intocables/absolutos-, contra los que no hay forma de defenderse.

Las noticias se derramaban a la ligerísima velocidad del rumor en Tsúremberg y generaban innumerables discusiones y argumentaciones. En los viejos shtetlaj, cada novedad era una potencial amenaza. Cualquier invento, decreto, rumor o cosa nueva era recibido con el consabido: “¿Eso es bueno para los judíos?” Sabían en carne propia sobre su perpetua transitoriedad –desgraciadamente no sólo en sentido filosófico-. Duramente habían aprendido que si los caprichosos poderes de turno les dirigían alguna atención no era para nada bueno, en consecuencia, ante cualquier novedad había que ponerse en guardia. El pogrom tiene una presencia trágica, en el sentido de eterna y fatal, sin discusión, dada, con el peso del destino, aparece a todo lo largo del texto, en comparaciones, a veces en comentarios marginales. Se resumen aquí todos los males posibles. En un mundo que aún desconocía lo que sobrevendría con la Shoá, era el pogrom el absoluto del Mal. Nuestros pogroms y zares tiene hoy otras caras, pero bien que comprendemos a los pobres e inocentes tsúrelej que, en manos de Rudy, más que violinistas en el tejado hacen malabares con papas parados en un pie sobre el borde de una cornisa.

Rudy reformula refranes y maldiciones y nos inventa un nuevo espejo. Como en los mapas de Guillermo Kuitka que siguen recorridos geográficos imposibles, mezclando localidades en colchones desgastados, estos universos recreados por Rudy se nos enredan en el alma, tan fácilmente reconocibles en sus amores y odios, envidias y sueños, ideologías y tradiciones, progreso y ciencia. Este Tsúremberg parece haber crecido con los pies firmemente apoyados en Buenos Aires. Nuestra particular cultura, preocupaciones y sabores se filtran y condimentan en cada palabra. Imagino a Rudy en el Ramos, o La Paz, La Comedia, El Coto o El Florida, bares de mi adolescencia y juventud. Veo las mesas rodeadas de jóvenes barbudos fumando con fervor y chicas de pelo batido y ojos lánguidos, libros, apuntes, gestos enérgicos, discusiones, las palabras recién horneadas del último “maestro” de Francia, el más revolucionario, el más críptico, el más provocador, la intelectualidad narcisista y bohemia, El Lorraine y los ciclos de Antonioni o Bergman. Las crónicas de Tsúremberg traen de vuelta las discusiones de política, el psicoanálisis, las argumentaciones, la ingenua convicción y soñada ilusión de estar a la vera del gran cambio del mundo. Un mundo que, igual que Tsúremberg, quedó atrás, en el recuerdo y la nostalgia. Y nos fuimos poniendo viejos.

El idioma. Quien haya leído el primer volumen, “La circuncisión de Berta” (si no lo hizo, corra ya mismo a comprarlo), está familiarizado con lo que sucede en sus páginas con el idioma y que señalara EliahuToker en su prólogo. Está escrito en castellano pero se oye en idish. ¿Cómo se llamará este idioma? ¿Castellidish?, ¿idishllano?, ¿idishino?, ¿argenidish?, ¿idioñol?, ¿espanidish?. El texto está en castellano, con su ortografía y sintaxis mantenida y correcta, las palabras y las ideas son brotes del cemento de Buenos Aires, de una clase media deteriorada y empobrecida y su particular forma de vivir lo judío. Pero la melodía que se oye es el idish. Como aquella maravilla de creatividad gestada por Les Luthiers cuando combinaron una quena, un charango y un bombo con una orquesta de cuerdas alternando un carnavalito con un “concerto” barroco[5], el idioma en el que transcurren las crónicas de Tsúremberg, combina las palabras, la sintaxis y la conjugación del castellano, con la melodía, la gracia, el desparpajo y la intención del idish. Lo judío de la Europa oriental transplantado al sur de nuestra América del Sur, lo judío en clave de cultura, de cosmovisión, lo judío hecho literatura, teatro, chistes, formas de hablar, formas de sentir, formas de pensar. Esa modalidad argentina de vivir y ser judío que nos es tan particular y que difícilmente se encuentra en otras latitudes. Letra y música, música y letra. La palabra misma Tsúremberg, es una resultante de esta confluencia. Si fuera una trasliteración del improbable término en idish, habría sido “Tsúrenberg”, con “n” que es la terminación correcta en idish. Dado que la escritura es en castellano y como todos sabemos antes de “p” o “b”, nunca va “n” sino “m”... este querido shtetl se llama Tsúremberg. Lo dicho: castellidish.

La pobreza judía. La pobreza es una de las grandes protagonistas de esta comedia humana, uno de sus ejes centrales. Ya había desbaratado uno de los ingredientes del prejuicio antijudío con el temido pogrom que contradice la acusación del judío “sinárquico organizador de complots mundiales.” A ello se agrega otro ingrediente del estereotipo, la suposición de que los judíos, todos los judíos, son ricos (usureros, miserables, explotadores). Claro que hay judíos ricos, como hay italianos ricos, españoles, armenios, alemanes... pero también los hay pobres, y no son pocos. El tema de la pobreza judía fue sacado a luz hace no muchos años por el servicio social de AMIA para sorpresa incluso de no pocos judíos argentinos. Hacer a la pobreza judía protagonista y tejer con ello una trama colorida puede ser hasta una proposición política que nos cuenta otra historia sobre nosotros mismos. Encara con valentía y frescura la búsqueda de dinero, esa “valija llena de sueños”, protagonista desde su ausencia. El dinero, medio móvil por excelencia, permitiría, además de vivir mejor –lo que para un típico tsúrele significa dedicarse sólo a estudiar la Torá- escapar cuando fuera preciso. Y tarde o temprano lo será. La falta de dinero y la papa, la única posesión de Tsúremberg, nos hablan de la inventiva ante la adversidad. La papa, el producto americano que prosperó en Europa y constituyó la base de su alimentación popular, es al shtetl lo que “lo arreglamo con un poquito de alambre” es a nosotros, testigos y actores en esta comedia de eternas improvisaciones. Pogroms, zares y papas terminan siendo analogías de otros tsures que pueden evocarse junto al sonido del afilador de cuchillos que pasaba a la hora de la siesta soplando la flauta de Pan.

La conversación. Frente a la definición negativa de lo judío, es de resaltar lo positivo de lo judío que hay en estas crónicas. La inventiva para superar los desafíos, la creatividad para salir adelante ante carencias y dificultades, la alegría de vivir, los valores de la familia y la lealtad al grupo, la importancia del uso de la lógica, el razonamiento y la argumentación. Y el aventurado cronista lo hace como corresponde, con preguntas y réplicas, repreguntas y contrarréplicas, manteniendo vivo el arte de la conversación y la discusión, tan propio de lo judío, conversación de transcurso particular dado que no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo la continuación del juego, que la conversación siga. Define en el delicioso capítulo “El cartel” a los judíos como “un pueblo que discute entre ellos y se defiende de los demás”.

Los nombres. A la desopilante lista de nombres del primer tomo, Rudy agregó varias nuevos, desopilantes, imaginativos y tiernos. A los ya conocidos como, por ejemplo, Erinque Groistsures[6], Motl Gueltindrerd[7] –el emprede(u)dor- Pílequele, Kíjele, Beigale, Tzibele, Kiguele[8] –los chicos de Tsúremberg-, suma ahora los nuevos personajes o persotsures como por ejemplo Hershel Cloranfenikolsky, Kolnidre Medarfloifn,[9] Reb Latque Gutekartofel[10]. A los shtetlaj “antiguos” de Vuguéistemberg[11], Lomirkvechn[12] y Gueshtorbeneshpilke[13] agrega Guerátevetkétzale[14], Chuprinemaine[15]. Ya el Tsúreldique Tzaitung no está solo pues ha venido a acompañarlo el Naie Linkeraje[16]. El glosario del final, es un capítulo en sí mismo, recopilación del ingenio desplegado en todas las páginas y aguda síntesis de las proposiciones humorísticas (es decir, cosas serias vestidas de saltimbanqui). Cuando llegue allí, tenga a mano alguna bobe o algún zeide[17] para que le ayude a traducir y a disfrutar cada una de las invenciones. Si no lo tiene, llámeme que disfrutaré junto a usted de volver a reírme de nosotros mismos.

Relatos con historia. Como hizo Víctor Hugo en “Los miserables”, comienza varios de los capítulos con un relato que pone en contexto histórico el texto posterior, contándonos parte de la historia del pueblo judío, de un modo claro, sencillo, sintético y desenfadado. Por ejemplo en el capítulo en el que Shloime Gueshijte[18] se dirige al juez Honorable Kapoc Czwczczczecztskn (sí, impronunciable, como son impronunciables muchos apellidos eslavos y como es impronunciable el lugar del poder omnímodo y autosuficiente en una retórica florida que revela su impotencia) con la argumentación con la que pretende liberar a su hijo preso por manifestar con una bandera roja, me evoca el viejo chiste judío de la mujer que le reclama a su vecina que la olla que le devolvió estaba rota, a lo que la primera argumentó: “primero, la olla que me prestaste y te devolví estaba sana; segundo, la olla ya estaba rota cuando me la prestaste y tercero, nunca me prestaste una olla”.

El lugar del inocente. Los tsúrelej hablan con la ingenuidad y falta de malicia del niño del cuento de Perrault, el de los trajes nuevos del emperador, que ignora que debe hacer como que no ve lo que sus ojos le revelan, dice en voz alta “pero... el emperador está desnudo” y desnuda la hipocresía disfrazada de sofisticación y savoir faire. En el desopilante diálogo sobre Moisés se las ingenia para que los niños pregunten sobre la lucha de clases, desnudando consignas que todos hemos oído, frases hechas que se repiten sin comprender, ataca el tema de los dogmas, los estereotipos y cómo se estrellan contra la lógica de la sensatez y la cotidianeidad. Puede decir, gracias al artilugio de ponerlo en boca de niños y de niños tsurelianos, cosas que no suenan políticamente correctas y que exhiben crudamente lo manipulativo de las simplificaciones panfletarias vacías de contenidos. “Moisés tenía conciencia”. “De que era un príncipe?”. “No, de que era proletario”, “Pero si acabás de decir que vivía como un príncipe! Cuando un proletario adquiere conciencia de clase se vuelve más proletario todavía, pero si un príncipe adquiere conciencia de clase, ¿no debería volverse más príncipe?”.

Y más. Reescribe parte de la historia judía, bromea no sólo con el psicoanálisis sino también con figuras reconocidas de la historia universal – como el Edipo y la tragedia -, reflexiona sobre la guerra, sobre la injusticia, y hasta nos da recetas de cocina –todas con papas y cebollas, por supuesto -. Resume la ética judía de manera simple y concluyente cuando dice por ejemplo que “cada tsúrele, cada lomirkvéchale[19], cada judío de cada shtetl se sentía personalmente responsable del buen funcionamiento del universo”. En el más cabal sentido aristotélico, estas crónicas son una comedia, habitada por personas como nosotros, con quienes nos podemos identificar, cariñosamente, en nuestra más amable y vulnerable humanidad.

El humor judeo-argentino[20]. Rudy ha abierto una nueva puerta al humor judeo argentino. Y lo hace sin mencionar a la Argentina (salvo como destino de la emigración bajo el nombre de Gute Shtinken[21]).

El humor judeo-argentino tiene antecedentes de nota. Por mencionar unos pocos, Jorge Schussheim en algunas ingeniosas y tiernas evocaciones de lo judío de su infancia, Tato Bores, lo cierto es que no ha habido hasta ahora nada que se propusiera como EL humor judeo-argentino. Tal vez ello se deba –en mi particular visión- a la muy reciente exposición de los judíos luego de decenas de años de cauteloso resguardo. Hasta el nefasto atentado a nuestra mutual, la AMIA, manteníamos en general una reserva, una cierta opacidad a los ojos de la sociedad en general. Si ni siquiera nos llamábamos “judíos”. La misma mutual se llamó “israelita” (Asociación Mutual Israelita Argentina) y recién después del atentado asumió la palabra “judía” en su logo. Como bien dijo el Dr José Itzigshon, el atentado derribó también muros invisibles en la relación de los judíos con la comunidad en general. En los Estados Unidos, por otra parte, Woody Allen y Billy Cristal, por citar a dos de los más conocidos, forman parte de un grupo de humoristas que han expresado y transmitido lo judío en la confluencia con lo norteamericano y han creado una manera particular de hacer humor que suele tomarse como típico del humor judío en general. Se trata sin embargo del sabor y el color de la idiosincrasia judía desarrollada en los Estados Unidos y que ha tenido una importante difusión en el cine, en libros, en la televisión –con, por ejemplo, el personaje de The Nanny - La niñera.

Rudy marca un hito con estas crónicas en la confluencia de lo judío con lo argentino, y nos habla de la agridulce y salpimentada identidad judeo-argentina en unos textos que tienen la virtud de hablarnos de nosotros, de las cosas que nos importan, en un idioma que entendemos, desde un lugar que nos es añoradamente familiar.

Ñatishe Jaknishtmerachaiñik[22] (fuera de Tsúremberg: Diana Wang)



[1] Sthetl: villorio, aldehuela.

[2] Tsúremberg: nombre ficticio formado por “tsure”, propiamente problemas, complicaciones y “berg”, monte, o sea “monte de los problemas”.

[3] Tomado del prólogo de Eliahu Toker para el primer volumen “La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúremberg”, Astralib, marzo 2004.

[4] tsúrelej: palabra ficticia para denominar a los habitantes de Tsúremberg. La terminación “j” es una de las formas del plural en idish (de ahí también el plural de shtetl es shtetlaj).

[5] Concerto Grosso alla Rústica (En: “Sonamos pese a todo” Vol I, sept. 1971)

[6] Erinque Groistsures: Arenque Grandesproblemas

[7] Motl Gueltindred: Marquitos Dineroperdido

[8] Pílequele, Kíjele, Beigale, Tzibele, Kiguele: Pelotita, Galletita, Masita, Cebollita, Buñuelito

[9] Kolnidre Medarfloifn: Kolnidre (hebreo: todas las promesas), oración de Iom Kipur - Día del Perdón -, Medarfloifn: Hayquehuir

[10] Latque Gutekartofl: Buñuelo Papabuena

[11] Vugueistemberg: Vu: dónde, gueiste: vas, o sea, Monte de Adónde Vas

[12] Lomirkvechn: Apretémosnos

[13] Gueshtorbeneshpilke: Alfiler muerto

[14] Guerátevertkétzale: Gatito Salvado

[15] Chuprinemaine: Mi Chuprine

[16] Tsúreldique Tzaitung; el Diario de Tsúremberg, Naie Linkeraje: Nuevo Izquierdaje

[17] Bobe: abuela, Zeide: abuelo

[18] Shloime Gueshijte: Salomón Historia

[19] tsúrele, lomirkvéchale: habitantes, respectivamente, de Tsúremberg y de Lomirkvechn

[20] En realidad debería llamarla judeo-porteño, o judeo-bonaerense dado que corresponde a la vida urbana judía desarrollada principalmente en Buenos Aires. Como en tantas otras cosas, se toma Buenos Aires como si fuera LO argentino. Tomo la denominación judeo-argentino siguiendo lo que se estila, por ejemplo con el humor judío proveniente de Estados Unidos que, aunque se origina en los judíos de Nueva York, se lo conoce como judeo-norteamericano.

Por otra parte, ¿a qué llamamos humor judío? ¿al hecho por judíos? ¿sobre judíos? ¿con temas judíos? O ¿en un estilo judío? Aquí uní todo en un manojo y llamé judío al humor hecho por humoristas judíos sobre temas judíos con protagonistas judíos en un estilo judío.

[21] Gute Shtinken: Buenos Olores

[22] Ñatishe Jaknishtmerachaiñik: Ñatishe, de “ñata” que evoca “nárishe”, tonta, Jaknishtmer, no golpees más, a chaiñik, la pava, o sea, Ñatonta Norrompasmás

Acto Derogación

Hablando Beatriz Gurevich. Sentados: David Wengrover, Rafael Bielsa, Nestor Kirchner, Aníbal Fernandez y a un costado Uki Goñi.

PASITO A PASO

FUE DEROGADA LA DIRECTIVA QUE IMPEDÍA EL INGRESO DE JUDÍOS A LA ARGENTINA Y APROBADA LA RESTITUCIÓN DE LA IDENTIDAD

 “Gardel no sólo no canta mejor sino que hace 70 años que ya no canta, Evita seguro que ya no volverá, tampoco hemos recibido a todos los hombres del mundo que querían habitar el suelo argentino” dice Uki Goñi en su empeño por derribar algunas falsas verdades, retóricas huecas que constituyen parte de nuestro “ser nacional”.

La Circular 11 prohibía a los embajadores y cónsules otorgar visas a inmigrantes indeseables, -se entendía “judíos” por el contexto (ver www.ukinet.com). Emitida en julio del 38, acaba de ser derogada el 8 de junio pasado en un acto inédito de reconocimiento del gobierno de una falta del pasado. Hace diez años Jacques Chirac pedía perdón por la responsabilidad del gobierno francés con la política nazi durante la ocupación de Francia. Hoy nuestras autoridades hicieron lo propio acerca de estas decisiones de 67 años atrás y pidieron disculpas a todos los argentinos. Nuestro país, que acogió y prohijó a los jerarcas nazis, envió a la muerte a muchas de sus víctimas al no brindarles asilo y no admitirlas libremente una vez finalizada la guerra. Algunos embajadores obedecieron la orden pero otros aprovecharon de la veta económica  determinada por la desesperación de los que buscaban huir y se enriquecieron “gestionando” visas a judíos.

La derogación de la Circular 11 tuvo ya un efecto pragmático significativo. Sólo un mes después, desde el 7 de julio pasado, todos los judíos que ingresamos a la Argentina y que hubimos de mentir sobre nuestra condición judía, tenemos el derecho a la restitución de nuestra identidad en los registros migratorios, sin el abono del arancel correspondiente. Nos lo debían.

La Circular 11. Secreta, vergonzosa, era sin embargo vox populi entre todos los refugiados que buscaban asilo en la Argentina. Se sabía que si algún funcionario consular preguntaba la religión, lo que no había que decir era “judía”. Uki Goñi creció escuchando estas cosas que se convirtieron en un secreto familiar. Su abuelo se enorgullecía de no haber cedido a ningún soborno en su embajada de La Paz en obediencia a las órdenes recibidas del gobierno y criticaba a otros diplomáticos venales que no fueron tan respetuosos de la ley. Una pregunta popular entre los cónsules era “¿a cuánto está hoy la visa de un judío?”. Para Goñi era casi una cuestión personal el encuentro de algún documento que probara lo que había escuchado en su casa. Ello sucedió finalmente en 1998 cuando la Lic. Beatriz Gurevich, miembro entonces de la CEANA, descubrió la Circular en la legación de Estocolmo. Allí comenzó este camino. Después de idas y vueltas varias y promesas de derogación, de algunos conflictos y callejones sin salida, casi en soledad y en silencio, Goñi hace pública el pasado abril una carta al Canciller Rafael Bielsa reclamándole la prometida derogación. Con la colaboración en este último tramo de la Fundación Raoul Wallenberg y con el apoyo de Generaciones de la Shoá en Argentina, la necesaria derogación fue efectiva. Con el Presidente de la Nación Néstor Kirchner y el Ministro del Interior Aníbal Fernández como testigos presenciales, escuchamos de boca del Ministro de RREE el reconocimiento de aquella complicidad del pasado con una de las causas más abyectas de la humanidad, el nazismo. Parecía natural que la condición de judío nos ubicara en una categoría de secundariedad sin opción a ciertos barrios, posiciones, clubes, organizaciones, y que ello sucediera sin que se le moviera un pelo a los retóricos de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades. Este reconocimiento del gobierno argentino de la limitación al ingreso de los judíos, las disculpas y la derogación de la infamante directiva, ha sido un paso trascendental en nuestra vida de argentinos judíos. Claro que el sentimiento de sospecha frente a los judíos no cambiará de la noche a la mañana. Los prejuicios tienen raíces profundas que requieren de generaciones para modificarse, pero este acto de gobierno es un paso hacia ello. Llama la atención el silencio de los medios y las instituciones sobre este acontecimiento, lo que impide su debida difusión y conocimiento. No parecen haber advertido su potencia y profundo valor para revisar los prejuicios más acendrados y más invisibles, su inherente fertilidad educativa. Pareciera ser un tema de judíos y cuando se trata de judíos, ya se sabe. Sin embargo, no se trata sólo de judíos. Se trata de valores relativos a la democracia, a la libertad, a la humanidad.

La rectificación de datos. Si bien conocía la existencia de la Circular 11 porque fue publicada en su libro “La auténtica Odessa” recién la carta de Goñi al canciller me impulsó a la acción. El reclamo me tocó profundamente y lo hice propio. De hecho lo era. Tenía la información de que en algún lugar estaba inscripta como católica. Lo sabía pero nunca me había detenido en ello, lo había tomado como “natural” del mismo modo en que parecía “natural” ser ciudadana de segunda clase a causa de mi condición judía. Siempre fue así. ¿A quién se le ocurre que se pueda cambiar? A Goñi se le ocurrió. Probablemente porque no es judío. Probablemente porque vivió largos años fuera de la Argentina y lo atraviesan otras retóricas o cosmo visiones. Lo cierto es que, presa de fervor reivindicatorio, me fui a Migraciones a solicitar se me anule el “católica” y se me inscriba como “judía”. Sabía que los nazis ingresados con datos falsos habían logrado sus rectificaciones fácilmente. Tanto ellos como nosotros nos vimos obligados a mentir. Ellos por criminales. Nosotros porque la Circular 11 prohibiría nuestro ingreso. A ellos se les habían rectificado. A nosotros todavía no. Cuando lo solicité, me dijeron que nunca nadie lo había pedido con anterioridad. Tanto es así que los funcionarios (desde el Jefe del Archivo hasta el Director de Migraciones) desconocían la existencia de la prohibición.

La respuesta fue que se podía hacer la rectificación y que el arancel era de 200$. Consideré no sólo que no correspondía el pago de ningún arancel sino que era preciso un claro pedido de disculpas puesto que nuestra mentira había sido forzada por la directiva criminal no por un error o una mala intención. “Para eximirla del pago, es preciso una orden del Ministerio del Interior” me contestaron. Fui con mi inquietud al ministro Aníbal Fernández. Entendió en pocos segundos de qué se trataba, coincidió en la justicia del pedido y me aseguró que se haría cargo de ello. Confieso que no le creí, pero, a cuatro semanas de esa conversación, el pasado 7 de julio, el director de Migraciones, Dr Ricardo Rodríguez, me informó que el expediente abierto con el número 3729/05 caratulado como “Wang, Diana s/solicitud” había sido aprobado. Que, dado que mi caso era el primero, sería tomado como leading case y a él se adscribirían todas las solicitudes que vinieran y que, por supuesto, serían aprobadas inmediatamente. Ahora todos los que quieran pueden inscribirse como judíos en los registros migratorios, por derecho propio.

Los hechos del pasado no se pueden cambiar, pero estos gestos simbólicos, son pasos trascendentales en el camino de recuperación de valores que nos sustentan como sociedad y de nuestra dignidad humana.

Diana Wang

Presidenta de Generaciones de la Shoá en Argentina

¿Y Dónde Están las Mujeres?

Llenan conferencias, coros, talleres literarios, grupos, actividades múltiples, pero brillan por su ausencia en los lugares de conducción. Se revela una vez más, lo que ya conocemos en diferentes áreas y esferas de acción pública: la ausencia casi total de mujeres. Aunque no se trata de un problema exclusivo de las instituciones judías, los judíos particularmente no podemos darnos el lujo hacer la vista a un costado cuando se deja de lado a un grupo humano. Tomé a título de ejemplo, los listados de candidatos propuestos para la reciente elección de autoridades de la AMIA. Del total de candidatos de las 4 listas sumadas, el 13% correspondió a mujeres. El porcentaje se reduce aún más para los cargos titulares, sólo un 9% y por orden de aparición, figuran muy lejos de los primeros lugares. (Abajo, para quién le interese, los crudos números, lista por lista) (1)

El estereotipo de hombre=cosa-pública y mujer=esfera-privada, es desafiado por el estilo femenino que está siendo valorado por su forma particular de percepción, comprensión y abordaje, su cosmovisión, diferente de la masculina, que debieran complementarse y potenciarse mutuamente. El estilo de diálogo entre lo intelectual y lo emocional que caracteriza lo femenino, está siendo crecientemente requerido en los medios académicos, políticos, sociales y laborales. No todavía en las instituciones comunitarias.

Pilar Rahola (2), una ferviente luchadora por el lugar de la mujer y que suele convocar multitudes en sus visitas a la Argentina, dice: “el poder es masculino, quizás es la isla más indómita de masculinidad, el último trono de absoluto dominio, defendido con uñas y dientes contra la mancha de aceite femenina. … Y dentro del poder, el poder del pensamiento. El pensamiento es hombre en sentido puro, masculinidad en la medida que solo lo masculino tiene derecho a la inteligencia, al éxito y al prestigio. …. las mujeres del pensamiento no pintan casi nada, no son nunca escuchadas, por supuesto nunca son llamadas a gloria institucional y, si existen en alguna asesoría perdida, lo son casi por inercia de cuota. ¿Toca mujer en la era de las mujeres? Pongamos una que quede bien en el decorado de lo políticamente correcto..” Suena fuerte pero se confirma en las estadísticas que están abajo, observen como aumenta el porcentaje de mujeres en los cargos suplentes, los que no importan, los de “relleno”. Sigo con la cita de Pilar: “Pero pensar que las mujeres piensan, que hay un pensamiento escrito en mayúsculas y escrito en femenino, eso no lo piensa casi nadie en este país. Ellos son los llamados a pensar sobre el mundo, sus contradicciones, sus sociedades, sus religiones, sus mitos, sus liturgias, sus… Y nosotras, que hemos conseguido dejar de fregar el suelo de las ideas –para algo se inventó la fregona-, ahora nos hemos convertido en las florecitas del paisaje. ….”

Florecitas del paisaje. Bonitas, elegantes, perfumadas, sonrientes y en silencio. ¿Por qué están tan ausentes en los puestos de conducción, por ejemplo en las escuelas? Si son las que van y vienen con los chicos y cae sobre ellas mayormente la responsabilidad de su escolaridad, ¿por qué son tan pocas las que están en las comisiones directivas de las instituciones educativas? ¿y en los countries? ¿es que no les gusta, no quieren, no les interesa? ¿es que no son invitadas, respetadas, consideradas?

No hago mía una cierta argumentación feminista que atribuye todo al machismo acendrado y autoritario. Creo que se trata de un fenómeno más complejo, una cuestión cultural que seguimos construyendo y manteniendo juntos, hombres y mujeres como colectivos sociales. Veamos algunos argumentos.

Tal vez muchos hombres se sientan cómodos en los juegos de conquista, política y poder, ese mundo masculino con sus olores y códigos, sus licencias, su idioma y reglas, al estilo de los clubes ingleses elitistas y exclusivos donde se habla de política y economía, de la pasión por el fútbol, un mundo en el que se compite por los alcances de la cuenta de banco, del coche o de algún adminículo corporal y donde las mujeres, no sólo no tienen cabida, sino que están, por definición, absolutamente de más. Tal vez algunos precisen del alimento narcisista de imaginarse trascendentes, de codearse con importantes, de recibir honores y pisar alguna alfombra roja y tener el honor de no precisar mostrar los documentos. Tal vez otros sientan el compromiso genuino de hacer algo por los demás, de dejar su impronta en el mundo cumpliendo su destino de trascendencia. También puede suceder que haya algunos que simplemente quieran tener algo que hacer, donde ir, después del trabajo porque no es su casa un lugar suficientemente realimentador de su autoestima.

Lo cierto es que, sea por las razones que fuere, en ese club tradicional de saco y corbata, los hombres hablan entre sí, buscando mutua aprobación y aceptación. Felices de sentirse en tareas trascendentes, en lugares de importancia, más de uno tal vez no advierta que su mujer lo prefiera estando allí, entretenido, antes que perdido en casa, aburrido, y visualizando ante sí el amenazante tobogán de la depresión.

Una mujer que formaba parte de una comisión directiva mayoritariamente masculina y donde su presencia pasaba desapercibida, se preguntó si su inclusión servía para probar que la institución no era machista, igual que aquellas instituciones que incluyen judíos para mostrar que no son antisemitas. Dura pregunta, tanto para los hombres como para las mujeres. Pero veamos cómo colaboran éstas últimas en este estado de cosas.

Como miembros de la misma sociedad, también las mujeres estamos educadas para reinar en el mundo del hogar, no en el mundo de lo público. Este último sigue reglas de conducta masculinas, de modo que si una mujer llega allí no puede conducirse de manera femenina: el poder es masculino, luego, para ejercerlo debe masculinizarse. Las mujeres no parecemos tener este tipo de ambiciones ni apetencias por los juegos de poder, de un poder definido por un patrón machista. Conocemos la tarea sin embargo, y muy bien, porque organizar, gestionar, hacer las cosas posibles todos los días es lo que solemos hacer habitualmente en nuestras casas. ¿Qué cambia en los puestos institucionales que nos ahuyenta?

Quizá nos sintamos menos cómodas en el mundo de la esgrima política, de la conquista de espacios de poder, su sostenimiento, las alianzas y comidillas, los renuncios, en pos de momentos de gloria –que sabemos efímeros-. Frente al juego masculino del poder público, el nuestro parece ser el pequeño juego de las minucias y los detalles, de las concreciones, las relaciones interpersonales. La mujer tiene otra forma de actuar y de pensar, incluye lo emocional, se interesa en las relaciones interpersonales, está atenta a las miradas, a las intenciones, a lo sutil de la comunicación. Todo ello nos habilita para proponer tal vez una forma diferente de pensar y dirimir los problemas. Pero encontramos una fuerte resistencia.

La forma masculina, la que ha dominado el espacio resolutivo y las grandes decisiones gubernamentales, guerreras, conquistadoras, institucionales, sigue la lógica de los juegos de guerra, que genera universos de vencedores y vencidos, alternancias en el lugar del ganador, ansias de ocuparlo y estrategias para desplazar al oponente. La forma femenina, escasamente asumida en los espacios públicos, sigue la lógica de la interdependencia, de la colaboración, el equipo y el consenso, al estilo de las sociedades matriciales. Ambos niveles podrían ser complementarios en los distintos momentos de las gestiones, es decir, sin ser iguales, son igualmente necesarios. El tóxico que impide pensar y considerar a la mujer como miembro necesario lo introduce la adjudicación de un valor, cuando uno es superior y otro es inferior, uno –el masculino- valorado y el otro –el femenino- despreciado. No es “luchar como un hombre” de lo que se trata, sino de “trabajar como una mujer”, con nuestras características propias, nuestra mirada sincrética, capacidad de revitalización y empuje. Está siendo hora de abordar un cambio. No al estilo masculino según las leyes de ganar o perder sino al estilo femenino: compartido y dialogado, o si no, no será.

En palabras de Pilar: “¿Se darán cuenta de una vez que lo más revolucionario del pensamiento actual es la incorporación del pensamiento femenino? ¿Se darán cuenta que, sin él, el pensamiento moderno pasa a ser radicalmente antiguo? ¿Radicalmente inútil? … Acabo expresando mi pudor por la reflexión. Siempre que una apela a este tipo de cosas tiene miedo de parecer que pide algo. Forma parte del complejo de culpa que arrastramos las mujeres desde la Biblia. Los hombres nunca tienen ese pudor. Bien, pues sí: pido algo. Pido que también los hombres se saquen de una vez por todas, de la cabeza, ese pene dominante que durante siglos los ha hecho excluyentes. Pido que entiendan que, como dijo Mitterrand, “el hombre del siglo XXI será mujer”, y sin esa mujer el siglo no se entiende. Pido mujeres en el pensamiento oficial, y en el alternativo y en el marginal. Pido que las mujeres que ahí están, además de estar, se noten.”

Tiene razón Pilar cuando menciona el pudor de pedir, porque el que otorga es visto como superior y el que pide como inferior. Pero si lo pensamos como un pedido dirigido tanto a hombres como a mujeres, no existe la jerarquía desvalorizada y el pedido se vuelve una proclama. Le propongo un acertijo estimado/a lector/a: Un hombre que viajaba con su pequeña hija tiene un accidente de coche. El hombre muere y la niña queda en estado desesperante. Los cirujanos del hospital provincial dicen que la única persona profesionalmente capacitada para una cirugía de tanta complejidad no puede hacerlo porque le es demasiado próxima. ¿De quién se trata? Tómese su tiempo para pensarlo antes de leer la respuesta (3).

Nos espera mucho trabajo. Aires nuevos en nuestra comunidad, respuestas creativas frente a los desafíos presentes requieren tal vez del cambio sustancial de enfoque, el que podamos traer las mujeres con nuestra revolucionaria capacidad de combinar los niveles intelectuales y emocionales. Pero debemos trabajar en la instalación de estas ideas, tanto en los hombres como en las mujeres. No nos olvidemos que somos nosotras –ya lo decía Esther Vilar, ¿se acuerdan de “El varón domado”?- las encargadas de la educación en la familia, las que transmitimos y perpetuamos el lugar de lo masculino y lo femenino en la sociedad.

Termino con otra cita de Pilar: “Estoy plenamente convencida que la mujer va a cambiar, para siempre, cuando se normalice su papel social, el curso de la historia. Y creo también que lo único nuevo del pensamiento global, es la incorporación del caudal revolucionario emotivo, al motor arrollador de la inteligencia. De eso se trata cuando hablamos en femenino y a eso nos referimos cuando aseguramos que esto que está ocurriendo –la suma explosiva de lo sentimental y lo intelectual- es nuevo, catártico, creativo y grande.”

La Humanidad posee dos alas: una es la mujer, la otra el hombre. Hasta que las dos alas no estén igualmente desarrolladas, LA HUMANIDAD NO PODRÁ VOLAR

(1) Para 113 cargos, 90 cargos titulares y 24 suplentes, 456 personas postuladas. Total de mujeres 60, o sea 13%, 9% para cargos titulares y 28% para suplentes.

EN PORCENTAJES

SEGÚN Nº DE ORDEN

TOTAL

TITULARES

SUPLENTES

PRIMERA

SIGUIENTE

LISTA 1

0%

0%

0%

--------------

------------

LISTA 2

28%

23%

50%

18ª

LISTA 3

17.5%

9%

50%

21ª

30ª

LISTA 4

7%

4.5%

16%

48ª

64ª

(2)Textos de Pilar Rahola tomados de sus artículos: “El pensamiento lleva pene” y “Julia, la inteligencia emocional”.

(3) Es la madre. Si lo descubrió, felicitaciones. Si no, no se preocupe, casi nadie lo hace: parece muy difícil pensar que una mujer pueda ser la única cirujana capacitada, ¿no es verdad? Lo dicho, nos espera mucho trabajo.

Foreseeing the Future

How can the Shoah be alive? To imagine the Shoah as living seems to be a contradiction, for how can death be alive? And yet it is. It is alive in the survivors. It is alive in their children and in their grandchildren. It is alive and it is active. I am not trying to play games with language, or be clever. Memory, just like our very existence, is filled with mysterious corners -- places we sometimes visit holding someone else’s hand, or humming a comforting lullaby to make us believe we are not alone, or closing our eyes out of fear of a monster or shadow that may frighten us and make us falter. And then, if we get used to the darkness, we can find the key and even turn on the lights -- we can start to see and understand. If the place is illuminated, the stage looks different. What we feared may be confirmed, or it may vanish and turn into something completely different.

Last Sunday, on March 28, 2004, 160 people came together to share the exploration of such difficult corners. In the Memory of the Holocaust Foundation-Shoah Museum (Fundación Memoria del Holocausto-Museo de la Shoá) in Buenos Aires, we began to walk the path that will take us to our November meeting -- “Facing the Future” -- the First International Meeting for Spanish-speaking survivors, their children and grandchildren, and other interested and involved people. This challenge was taken up by a group of intrepid explorers – four generations who came together, four generations with a common history of the Shoah reflected in one other.

That Sunday, there were shared moments, homages, songs, some words, delightful food and coffee. We made a map where each one of us pinned our place of origin, creating a graphic representation of us all that we built together. We had ten workshops, five during the morning and five in the afternoon, where everyone could participate and share their experience as survivor, child or grandchild, as well as their feelings as witness or scholar. Revelations were made, along with recognitions, tears, and laughter, and we had the opportunity to share the particular and subjective stories that make up the essence of our work and memory. The particular saves us from formality, from the rigid and meaningless concepts that we are used to hearing in the usual Shoah commemorations, as if we had to keep it far from us, as if it scared us. Each person’s particular experience is what is alive and we must focus on the particular to achieve our goals of transmission.

The Shoah is alive in us, in our lives, in the way we recognize ourselves from within, in the ease we feel with our peers. Again and again, people repeated this phrase at our meeting last Sunday: "I feel at last that I don’t need to explain anything." The Shoah is alive and vibrant if we take it down from the monuments, if we fill it with living meaning, with personal experience. The Shoah is alive and only this way will it have some sense and effect on others. The Shoah is alive in us and the only way of beginning a true reflection is to share it and expose it in its full subjectivity. The Shoah is alive in its consequences, in its teachings, in our testimony as witnesses and actors. The Shoah is alive in a world that walks on the thin edges of destruction, and we have something to say about it. And this is what we started to do last Sunday, March 28th.

"Facing The Future," the First International Meeting for Spanish-speaking survivors, their children and grandchildren, and others, is convened by the Memory of the Holocaust Foundation-Shoah Museum (Fundación Memoria del Holocausto-Museo de la Shoá) and Generations of the Shoah in Argentina. It will take place in Buenos Aires from November 21 to 24, 2004.

Interested in learning more? Please get in touch with us: Call us at (5411) 4811-3588 ext. 104 or e-mail us at secretaria@alfuturo.org

(English translation: Natasha Zaretzky)

Anticipando el futuro

Crónica del Pre-encuentro de "De Cara al Futuro". Marzo 2004

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¿Cómo puede estar viva la Shoá? Parece una contradicción en sí misma pues ¿cómo podría estar viva la muerte? Lo está en los sobrevivientes. Lo está en sus hijos y tal vez en sus nietos. Está viva y está activa. No son juegos retóricos. La memoria y nuestra existencia están plagadas de rincones misteriosos en los que a veces entramos de la mano de alguien, o cantando bajito para hacernos la ilusión de que estamos acompañados, o entrecerrando los ojos con el miedo de que nos asalte alguna araña pollito o una sombra amenazante se cruce y nos haga caer. Y cuando entramos y nos vamos acostumbrando a la oscuridad a veces logramos ver que había una llave y que se podía encender la luz. Cuando todo se ilumina, el escenario es otro. A veces lo que asustaba se confirma, otras, se desvanece y se vuelve algo diferente.

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El domingo pasado, 28 de marzo de 2004, 160 personas estuvimos juntas explorando esos rincones a los que uno se resiste a veces a entrar pero que forman parte de quienes somos y nos habitan. En la FMH-Museo de la Shoá, comenzamos el camino que nos llevará al Encuentro de noviembre, ese desafío que hemos emprendido un grupo de intrépidos exploradores. Cuatro generaciones coexistieron, cuatro generaciones con el pasado común de la shoá nos vimos unos en los otros. Hubo momentos compartidos, homenajes, canciones, algunas palabras, rica comida, cafés. Hubo un mapa expuesto en el que cada uno marcaba su lugar de origen, que se volvió una representación gráfica y potente de quiénes estábamos allí. Hubo momentos segmentados en los talleres con temáticas acotadas, diez talleres (cinco por la mañana y cinco por la tarde, simultáneos) en los que todos podían intervenir, aportar su recorte de la experiencia como sobreviviente, como hijo, como nieto, como interesado, como testigo. Hubo revelaciones, hubo reconocimientos, hubo lágrimas, hubo risas, hubo, principalmente, la posibilidad de exponer y compartir la historia particular, subjetiva, la savia y la esencia que nutre el trabajo que merece hacerse con la memoria. Lo particular nos salva de la formalidad, del acartonamiento, de los conceptos congelados y vacíos de significación con los que estamos habituados a conmemorar a la Shoá, como si tuviéramos que mantenerla lejos, como si nos diera miedo. Lo particular está vivo y desde ahí tiene potencia para ser transmitido.

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La shoá está viva en nosotros, en nuestras vidas, en la forma en la que nos reconocemos a nosotros mismos, en la comodidad que sentimos cuando estamos entre iguales. Fue reiterado el comentario de diferentes personas el domingo de “por fin no siento la necesidad de explicar nada”.

La shoá está viva y vibrante si la sacamos del freezer, si la bajamos de los monumentos, si la teñimos de contenidos vivos, de experiencias personales. La shoá está viva y sólo así tendrá algún sentido y efecto en los demás. La shoá está viva en nosotros y compartirla y exponerla de esta manera abre la posibilidad de una verdadera reflexión. La shoá está viva en sus consecuencias, en los aprendizajes que comporta y en nuestro testimonio como testigos y protagonistas. La shoá está viva en un mundo que sigue al borde de cornisas suicidas y nosotros tenemos algo que decir al respecto.

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Es lo que hemos empezado a hacer el pasado domingo 28 de marzo. “De Cara al Futuro” será el primer Encuentro Internacional en habla hispana para sobrevivientes de la shoá, sus familiares y toda persona interesada y comprometida con el tema. Convocado por la Fundación Memoria del Holocausto y Generaciones de la Shoá en Argentina, tendrá lugar en Buenos Aires entre el 21 y 24 de noviembre de 2004.

Para más detalles, fotos y crónica

La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúrenberg - Rudy

La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúrenberg.

17 de marzo de 2004

Hace varios meses, no me acuerdo cuántos, Rudy me prestó para leer un borrador de lo que es hoy este libro. Me traje para mi casa el manojo de hojas A4 impresas de un solo lado, con la expectativa entre curiosa y ansiosa que uno tiene siempre ante algo nuevo para leer, con el valor agregado de que se trataba de algo escrito por un amigo querido y admirado. Pero antes de contarles qué me pasó, debo hacer un pequeño desvío.

El humor, más que un sentimiento, es una relación con uno mismo y con el mundo. Tiene una fase de registro, en la cual uno percibe y se dice a sí mismo que esto es humorístico y una fase de expresión del registro que va desde una ligera sonrisa hasta la ruidosa carcajada unida a contorsiones poco elegantes. Esta exteriorización está vinculada al contexto en el que se ha producido el registro de lo humorístico. Por ejemplo, la misma película que uno ve en su casa por el televisor y que a uno le produce una sonrisa interior que a veces no llega a dibujarse en la cara, esa misma película vista en un cine con otra gente, nos provoca una carcajada estruendosa. Es difícil que una carcajada suceda en soledad. No sé por qué. Será el efecto contagio, la potenciación de la presencia del otro con su multiplicación de sentidos, no sé, pero uno no se ríe a carcajadas cuando está solo. Al menos no me pasa a mí y a varias otras personas a quienes les pregunté. No alcanza para validar una investigación científica sobre el humor y su exteriorización según el contexto, pero me sirve para lo que sigue. Vuelvo entonces al borrador que me entregó Rudy.

Me lo reservé para la siesta del sábado a la tarde, En realidad es la siesta de mi marido, no la mía que desde chica la odié como a la sopa. Era una tarde tibia, amable. Me hice un mate y elegí el sillón más cómodo del jardín. Y empecé a leer. Creo que no pasé de la primer página, habrá sido por el segundo o tercer párrafo y me di cuenta de que algo me estaba pasando, de que no veía bien, que las letras no eran claras. Es que las carcajadas me humedecían los ojos y no podía seguir leyendo. Estaba sola, riéndome a carcajadas. Nunca antes me había pasado.

Por si no queda claro, las crónicas de Tsúrenberg, me hicieron reír mientras las leía. No necesité las risas grabadas de las series norteamericanas para contagiarme del universo delicioso y gracioso de este mundo de Rudy. Y si lo que Rudy quería era hacer un libro de humor, pues conmigo lo ha logrado. Con esto sería suficiente como presentación. Llévenlo, compren varios para regalar, recomiéndenlo y espero que les provoque también alguna carcajada su lectura.

Pero no me voy a quedar en esto. Aunque básico y esencial, el hecho de que me cause gracia no agota el tema.

Por orden alfabético, me toca ser la última presentadora. Ya a estas alturas, tienen alguna idea de cuál es el contenido del libro, conocen los nombres de algunos de los personajes y accidentes geográficos y saben por qué nos ha gustado a los tres.

Quiero señalar algunas cosas que me han impresionado particularmente.

Una cuestión de género

La cuestión de género, tiene que ver con Aristóteles. El teatro era uno de los pilares en la constitución de la subjetividad del ciudadano griego. Aristóteles distinguía los géneros teatrales según quiénes eran sus protagonistas, cuáles las temáticas y objetivos de la representación. Diferenciaba así a la tragedia de la comedia. La tragedia se ocupa de temas trascendentales, la vida y la muerte, el odio y el amor, la lealtad y la traición. La comedia se ocupa de situaciones particulares y cotidianas, de las debilidades y vulnerabilidades, de las dudas e inseguridades del diario vivir. Mientras la tragedia trata sobre el destino del hombre, la comedia trata sobre la falible condición humana. La tragedia cumple la función de enseñanza, la comedia la de la identificación, ambas condiciones necesarias para la constitución del ciudadano de la polis griega. La tragedia está protagonizada por dioses y Héroes –semidioses-. La comedia, por el contrario, está habitada por gente común.

La palabra comedia hoy se entiende con ideas como ligereza, superficialidad, banalidad, siendo, por el contrario, el género que entroniza la cotidianeidad, el que habla de nosotros tal cual somos no como debiéramos ser. En este sentido, “La muerte de un viajante”, la desgarradora propuesta de Arthur Miller sobre la vida gris de Willy Loman, cabría sorprendentemente en el género de la comedia. Willy Loman es un hombre común, que vive situaciones particulares de una vida privada, se ocupa de temas como el de tener éxito, de ser alguien, del respeto de uno por uno mismo y la familia, de la ilusión y la desilusión gestada por un sistema de vida y de trabajo, propone ideas y temáticas que uno conoce y reconoce pero no pretende influir sobre las vidas de nadie. Cuenta lo suyo, chiquito y particular. “Copenhague”, la obra que vuelve a estar en cartel en el San Martín y que recomiendo calurosamente, cabría por el contrario en el género de tragedia. Sus protagonistas son personajes célebres, similares a los héroes griegos, personas que han influido en el curso de la humanidad y lo que discuten tiene directa influencia en las vidas de otros, hablan del bien y del mal, de la ciencia y la guerra, las grandes decisiones éticas, sus palabras son trascendentes.

Por todo esto digo que estas crónicas de Tsúrenberg son una comedia en el más fiel y cabal sentido aristotélico. Una comedia en la que nos podemos identificar, en la que nos encontramos tratados de una manera cariñosa, en nuestra más amable humanidad.

Lo judío

El otro aspecto, tiene que ver con lo judío. Rudy barre con varios estereotipos judeófobos. Uno de los temas centrales de la judeofobia basal es que todos los judíos son ricos.

La pobreza judía. La pobreza es una de las grandes protagonistas de esta comedia humana. Rudy la coloca como uno de sus ejes centrales. El tema de la pobreza judía fue sacado a luz hace no muchos años por el servicio social de AMIA para sorpresa de no pocos judíos argentinos. Hacerlo protagonista y tejer con ello una trama multicolor puede ser hasta una proposición política que nos cuenta otra historia sobre nosotros mismos. Dice: “Los judíos de Tsùrenberg eran pobres. Siempre fueron pobres. Sus padres fueron pobres. Sus abuelos fueron pobres. Los abuelos de sus abuelos fueron pobres...En otros sitios, en las grandes ciudades, vivían los judíos ricos. Llámense los Rothschild, los Brodsky, los Hirsch, las familias tradicionales, empresarios, banqueros, profesionales que compartían la vida mundana y sofisticada de los burgueses gentiles, salvo en épocas de antisemitismo agudo, en las que también ellos podían llegar a compartir la suerte de los judíos de menos recursos. Pero esto ocurría en otros sitios. En Tsúrenberg no, porque no había ricos. Los pobres de Tsúrenberg sabían que en algún lugar del planeta había otros hombres que no pasaban necesidades, que comían otras cosas además de papas, que eran tan ricos que hasta tomaban café y comían bananas y ellos ni sabían qué eran esas cosas.”

El pogrom. Frente al estereotipo del judío sinárquico organizador de complots mundiales, trae como una tromba siempre presente el temido pogrom. El pogrom tiene una presencia trágica, en el sentido de eterna, sin discusión, dada, con el peso del destino, aparece a todo lo largo del texto, en comparaciones, a veces en comentarios marginales. Por ejemplo cuando habla del progreso en Tsúrenberg dice: “hasta los pogroms habían progresado. Ahora los cosacos venían con un traductor que iba gritando en idish lo que les podía pasar a los judíos que se escondiesen”.

La conversación. Frente a la definición negativa de lo judío, hay en estas crónicas mucho de lo positivo de lo judío, la inventiva para superar los desafíos, la creatividad para salir adelante ante carencias y dificultades, la alegría de vivir, los valores de la familia y la lealtad al grupo, la importancia del uso de la lógica, el razonamiento y la argumentación. Y lo hace como corresponde, con preguntas y réplicas, repreguntas y contrarréplicas. En ese estilo tan magistralmente jugado por muchos judíos que hacen de la conversación y la discusión una de las artes vitales más esenciales, conversación que no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo pretende que el juego continúe, que la conversación siga.

- Papá, papá, ¿de veras existen los ricos?

- Sí, Pílquele, creo que sí. Yo nunca vi ninguno, pero dicen que en algunos sitios lejanos, pasando el río Shmendrik, el pueblo de Lomirkvetchn, los montes Akshn y algunos poblados más, como Geshtórbeneshpilke, Vuguéistemberg, Blintzenberg, Shlejtelokshn y Undzereáizn, hay ricos.

- Y ¿cómo son los ricos, papá?

- Como ellos quieren, Pílquele, los ricos son como ellos quieren. Si tienen mucho frío, se abrigan; si tienen hambre, comen; si tienen sed, beben y, cuando hay un pogrom, ellos se tienen que preocupar por sus familiares pobres que viven lejos, no por ellos mismos.

- Bueno pa, nosotros también nos preocupamos por los pobres que viven lejos cuando hay un pogrom, ¿o acaso los cosacos no son pobres y viven lejos de nosotros?

- No tan lejos como quisiéramos...

- No sé, a mí el rebe Meir Tsuzamen me dijo que los ricos son malos y que los pobres somos buenos; que los ricos son el opio de los pueblos, pero que los pobres todos unidos les vamos a ganar, les vamos a sacar sus riquezas y entonces nosotros vamos a ser los ricos y ellos pobres.

- ¿Eso te dijo el rebe?

- No, eso último se me ocurrió a mí porque seguro que si les ganamos nosotros vamos a tener riquezas y ellos, pobreza.”

Los tsures. En Tsurenberg, los tsures son una marca de identidad, una proposición filosófica que se opone a esta realidad cruel y exigente de la felicidad instantánea, del placer al paso, de la eternidad sin arrugas ni celulitis, pura cáscara sin róyinque ni taam. Los tsures son como las papas, como la Torá, como la vida, algo que está ahí, que no se discute, con lo que se convive y dialoga. Es este territorio de los tsures lo que hace de estas crónicas una comedia, porque nos permite la identificación amable y hasta positiva con nuestras imperfecciones, debilidades, vulnerabilidades y carencias.

Esta Tsúrenberg de Rudy, si hubiera existido, habría sido una de las 5.000 comunidades judías arrasadas por la Shoá. Rudy revive y reformula los relatos que escuchara de su abuela, los que leyera en diferentes textos, los que viera en chistes, refranes y maldiciones y recrea ese mundo en el que incluye fragmentos y miradas de nuestro mundo moderno. Como Kuitka que genera sus propios mapas de vida sobre colchones en donde se mezclan localidades y recorridos imposibles geográficamente pero expresión de la forma en que se nos enredan en el alma, así Rudy reinventa esos universos tan fácilmente reconocibles que nos traen historias de amores y odios, de envidias y sueños, de ideologías y tradiciones, de progreso y de ciencia, matizado con el rico refranero judío y el no menos rico acervo de sustanciosas maldiciones.

Tsúrenberg parece haber nacido en Europa pero la llevamos puesta. Rudy es un tsúrele, Eliahu es un tsúrele, Florencia es una tsúrele, todos ustedes probablemente sean tsúrelej, yo, ni les cuento.

Rudy hace malabares muy cómicos en su intento de ubicarla geográficamente. Tiene razón en su gesto descriptivo inespecífico: abriendo la mano con el brazo extendido y haciendo un gesto en círculo de un costado a otro, podríamos decir: Tsúrenberg es un lugar en el mundo que queda por acá.

El nombre de las cosas: Judeofobia en lugar de antisemitismo.

Propongo que dejemos de llamar antisemitismo al odio contra los judíos y lo llamemos así, odio contra los judíos o, si se quiere de la forma en que se está usando ahora, judeofobia con su matiz de miedo y rechazo. El siguiente texto es la fundamentación de la propuesta.

De la antipatía al odio-sospecha.

La antipatía a los judíos es una característica que acompaña al mundo cristiano desde el siglo III. En distintas geografías, con variadas suertes y en diferentes momentos históricos, los judíos hemos convivido con esta evidencia. A pesar de que la idea habitual es la de haber sido perseguidos en todo momento y en todo lugar, la realidad es que hubo momentos en los que hemos vivido sin ser acosados, con relativa tranquilidad. Incluso, en lo que hoy se llama “la España de las tres culturas” los judíos teníamos un lugar jerarquizado y respetado en el concierto social. Sin embargo, la sospecha, cuando no el odio, mantuvo su vigencia a veces latente otras con brotes de virulencia cambiantes, merced a los sempiternos argumentos demonizadores provenientes de los púlpitos cristianos.

La antipatía hacia los judíos es anterior al mundo cristiano, no así el odio. Textos griegos y romanos expresan su animosidad hacia las prácticas distintivas del pueblo judío. La circuncisión y las dietas alimentarias excluían a los no judíos, así como la negativa a trabajar en Shabat. Además no sólo rehusaban adorar a los variados ídolos religiosos: su divinidad propia era invisible!

La Iglesia, ya en el mundo medieval, adopta la antipatía hacia los judíos – que se ha vuelto odio/sospecha- con un carácter institucional. Se difunde la calumnia fantástica de que los judíos reviven la crucifixión de Jesús sacrificando a un niño cristiano y bebiendo su sangre o usándola en la elaboración del pan ázimo, matzá, usado en la celebración de Pesaj. Otro aspecto argumentado en el Medio Evo, de naturaleza económica, fue el retrato del judío prestamista descarnado, infame y cruel, así como del avaro, explotador y egoísta.

Nombrar lo que no tiene nombre.

¿Qué nombre tenía este odio/sospecha? ¿Tenía nombre? ¿Era visualizado como algo a ser nombrado o era tomado como natural, como lo dado, como aquello que no se ve porque está siempre? Como tantas otras cosas que se han ido invisibilizando respecto del mundo judío (como por ejemplo su contribución imprescindible a la identidad europea), ¿también lo fue el odio/sospecha que recibían?

Como sea, lo que hoy llamamos “antisemitismo” no fue siempre el nombre adjudicado a este sentimiento-convicción.

El antisemitismo

El antisemitismo es el nombre “educado” que se ha adoptado para designar al odio a los judíos. Tiene su historia y evolución, como tantas otras cosas.

I - Antisemitismo religioso. Se llamaba “antisemitismo religioso” al que fundaba su odio en la religión. Mediante la conversión –al catolicismo por supuesto- el judío “volvía” al camino de su redención y recuperaba el derecho a vivir una vida similar a la del resto de la gente. Acusaciones variadas a lo largo de los siglos así como persecuciones del tipo de la Inquisición Española, han producido matanzas, conversiones forzadas, éxodos y exilios para los judíos entre los siglos III y XIX. El antisemitismo religioso era alentado, sostenido y difundido por la Iglesia Católica y por las Iglesias Protestantes, y era uno de los caballitos de batalla de los sermones dominicales de las grandes y las pequeñas iglesias, de las clases de adoctrinamiento de los futuros pastores y clérigos y de los catequistas, transmitiendo y manteniendo viva la idea de lo judío como aspecto demoníaco de lo humano, como lo antihumano, como el “anticristo”.

Esto fue profundizado a partir del siglo XIX en un vuelco dramático, porque la conversión ya no era una solución posible.

Los nuevos derechos. La Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa dio un nuevo status a los judíos de Europa: conquistaban el derecho a la ciudadanía plena. El ejemplo de Francia fue seguido pocos años más tarde por el Imperio Austrohúngaro (Austria, Hungría, Checoslovaquia, sur de Polonia) con el Edicto de Tolerancia para los judíos promulgado por el emperador José II, el padre de Francisco José. Y también en Alemania, luego de la revolución de 1848/9 sobrevino una era en la que los judíos habían adquirido los mismos derechos que el resto de la ciudadanía. La Europa occidental y gran parte de la central se vieron de pronto inundados por aquellos estigmatizados, aquellos que habían aprendido a odiar, a temer, de los que sospechaban y desconfiaban.

El inconveniente de la igualdad. Estos recién llegados al mundo del derecho y la civilidad, estaban por todos lados, en las universidades, en los teatros, en la filosofía, en la literatura, en el periodismo, en la política, hasta en el ejército. Vestidos a la usanza occidental, abandonados ya los caftanes y sombreros medievales, afeitadas las barbas y cortados los aladares, hablando el idioma del lugar con el acento y la entonación perfectos, adoptados muchos de los hábitos y gustos europeos y tomados como propios. Muchos incluso se alejaban de la vida y las tradiciones religiosas, abrazando el laicismo que venía junto con el atractivo iluminismo occidental. Los judíos ya no vivían como tales y era imposible entonces de distinguirlos de los demás. Porque los nuevos vientos de leyes y decretos no habían cambiado nada: el odio y la sospecha eran los mismos, ahora había que exhibirlos menos o buscarles un sustento acorde a los tiempos, una base científica. Surge así el llamado “antisemitismo científico”.

II - Antisemitismo científico. Tres son los sostenes de esta conceptualización: Las ideas sobre la supremacía racial enunciadas por Gobineau, la proposición de la palabra “antisemitismo” enunciada por Marr y el supuesto plan secreto de los judíos exhibido en los protocolos de los sabios de Zion.

1) La supremacía racial. Las ideas fueron propuestas por el conde Joseph Arthur Gobineau, un diplomático francés que vivió entre 1816 y 1882 y enunció la teoría de la supremacía racial nórdica. En su libro principal, el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas” (1853–55), habla acerca de la jerarquía de las razas. Dice allí que sólo la raza “aria”, la creadora de la civilización, tiene las virtudes supremas del amor a la libertad y al honor y que las razas semitas son una degradación.

Gobineau, amigo de Wagner, fue la herramienta de una nueva manera, más profunda, más esencial, de expresar el viejo odio a los judíos. Tomaba argumentos de diferentes disciplinas, pretendidamente científicos, biológicos, y los aplicaba a otras sin tener en consideración ninguna la consistencia interna de la argumentación. Volvió la ideología en ciencia. Por ejemplo, los términos “ario” y “semita”, son categorías pertenecientes a la lingüística, absolutamente alejados de la biología. Los idiomas son semitas o arios, no las personas ni menos sus características físicas, psicológicas ni cuando menos sus genes.

Tomó el rechazo a los judíos ya existente y le prestó palabras científicas. Todo ello fue asumido rápidamente por alguna intelectualidad europea temerosa de esa invasión de indeseables estigmatizados ahora imposibles de diferenciarse de los demás y sedienta de sustentos “validados” para su esencial antipatía. (Nota al pie aunque esté a continuación, paradójica y cruelmente irónica: “intelectuales” fue el mote despectivo usado por personalidades francesas hacia Emile Zola y otros hombres de la cultura que protestaron ante la arbitrariedad de la acusación hacia Alfred Dreyfus[1]). Tamaños de cráneos, formas de narices, colores de pelos y de ojos empezaron a ser la evidencia, las pruebas visibles, de lo que ocultaba la sangre y la herencia, los indicadores de lo demoníaco que pretendía ser escamoteado y contaminar la sana honorabilidad europea. Era esencial conocer estas características para no dejarse engañar por los judíos advenedizos, deseosos de cosechar del mismo árbol de la modernidad del mundo occidental y para justificar lo que internamente se sentía. De este modo se podía ser democrático, libertario, igualitario, fraternitario y al mismo tiempo odiar a los judíos. La ciencia lo apoyaba.

2) la palabra “antisemitismo”. La palabra aparece en Alemania alrededor de 1880 en el libro de Wilhem Marr “El triunfo del judaísmo sobre el germanismo” (Der Sieg des Judentums über das Germanentum). Su difusión fue veloz, tanto es así que consta en el Nouveau Larousse Illustré de 1897 definido como “un movimiento de opinión dirigido contra los judíos, que tiende a tomar medidas de excepción en su contra".[2]

3) El mito de la confabulación judía. La publicación de “Los protocolos de los Sabios de Zion” a finales del siglo XIX con la aparente revelación del delirante plan secreto de los judíos para conquistar la dominación mundial fue el broche de oro que completó la bibliografía supuestamente científica y de referencia de muchos políticos e intelectuales que basaron sus campañas en furibundas diatribas antijudías. Se trata de una superchería copiada de una oscura sátira sobre Napleón III escrita por Maurice Joly “Diálogo en el infierno entre Montesquieu y Maquiavelo”. Los Protocolos se escribieron en Paris[3] entre 1895 y 1899 por un agente de la policía secreta zarista Pyotr Ivanovich Rachovsky, conocido falsificador de documentos e intrigante. Mientras que el texto original no tenía a los judíos como protagonistas, sí lo fue la versión del agente ruso. Fueron publicados primero, en 1905 en Rusia, por Nilus, otro agente secreto zarista y su más entusiasta promotor. Los expatriados rusos de la revolución de 1917 lo difundieron por el resto de Europa, arguyendo que la Revolución estaba sostenida por el poder judío. Uno de esos expatriados rusos, Boris Brasol, los llevó a los Estados Unidos en 1920 y allí se volvieron el corazón de la propaganda antijudía de Henry Ford.

Aún cuando la superchería fue denunciada ad nauseam, el contenido antijudío persistió como una confirmación necesaria y tranquilizadora de la vieja sospecha.

Este “antisemitismo científico” fue desde luego la base del edificio judeófobo nazi y que fue escuchado, tolerado, creído, repetido y asumido, por muchos buenos europeos que encontraban sustento serio, por fin, a lo que sus corazones “sabían” desde siempre: los judíos son de temer, más aún, son despreciables, peligrosos y es necesario estar alertas.

III - Antisemitismo político. Hoy somos testigos de una nueva mutación, de lo que podríamos llamar “antisemitismo político” en otra vuelta sorprendente para algunos del viejo odio conocido. Ahora las características demoníacas, la usurpación, la falta de derechos le son atribuidas a un país, un país construido y pensado como bahía segura para los judíos luego de 18 siglos de errancia. Durante la Shoá, gran parte del “trabajo sucio” fue realizado por manos ignorantes polacas, ucranianas, lituanas, rumanas, bajo la instigación, el amparo, el sostén y el aplauso de los ideólogos de guante blanco y buenas maneras. Hoy, uno podría preguntarse, quiénes sostienen a los atacantes palestinos, quiénes los amparan, les proveen de dinero y prensa, quiénes los sostienen y aplauden. Sin la ayuda de Europa, este estado de cosas sería imposible. La misma Europa entretejida con el alma judía pero atravesada por su odio visceral es la mano oculta que bendice esta moderna mutación del monstruo.

Cambio de denominación

Dejemos de llamarlo antisemitismo. No convalidemos con esa palabra la idea falsa de una raza semita y desnudemos su pretendida argumentación científica. Dejemos de disfrazar las cosas y empecemos a llamarlas por su nombre. Llamémoslo judeofobia, u odio a los judíos o una combinación de las dos. Desvistámoslo de todos los ropajes educados, “científicos”, potables, con los que nos lo quisieron exhibir. No es una enfermedad, no es un síndrome.

¿Es un prejuicio? Hasta pareciera que excede el concepto de prejuicio. Dado que es un concepto usado de manera tan exhaustiva y para tantos fenómenos (contra negros, mujeres, niños, discapacitados, sidosos, viejos, gordos, inmigrantes, exiliados, izquierdistas, fascistas, ricos, pobres, etc, etc), se aparece casi devaluado en su faz de simple característica humana que debemos conocer y aprender a domeñar. La judeofobia no está en el mismo nivel que los otros prejuicios, pareciera (tal vez me lo parezca a mí, asumo mi total subjetividad y me debo alguna reflexión más profunda sobre ello) que es otra cosa. Instituye una realidad dicotómica: cristiano –puro, bueno, noble- y judío –impuro, malo, innoble-. Lo cristiano se define en gran medida como lo no-judío, cuanto más cerca se está de lo primero y más lejos de lo segundo, más garantías de aceptación social. Atraviesa la subjetividad de los europeos –y sus descendientes que somos nosotros- de una manera esencial, atravesándonos en la constitución de nuestra identidad a lo largo de dieciocho siglos. Tan esencial es la judeofobia para la identidad europea que casi todos los judíos –en tanto descendientes de europeos- también la tenemos. En nosotros se expresa como el auto odio judío, el judío que se avergüenza ante la conducta o la apariencia percibida como judía, que se desvaloriza, que se lee a sí mismo con la ideología europea fatalmente incorporada y sufre ese conflicto que los judíos conocemos tan bien, esa sensación de diferencia que es nuestra compañía constitutiva y que mina muchas veces nuestra confianza.

Los nombres de las cosas determinan la manera en que se viven. Estamos dejando de llamarnos “israelitas”, “hebreos”, “paisanos”, “de la colectividad” o cualquier otro eufemismo alejado de lo que somos. Creo que en la Argentina, después de la bomba en AMIA nos animamos a llamarnos judíos. Y, no es sorprendente, que al mismo tiempo tengamos una presencia diferente, pisemos más firme. Aunque uno de nuestros idiomas, el hebreo, pertenezca a la categoría de idiomas semitas, nosotros no lo somos. Somos un pueblo, no una raza. Llamar “antisemitismo” a este rechazo ancestral que sufrimos es aceptar en la palabra misma la noción de raza y junto con ello, las ideas de supremacía y todas las demás acusaciones descriptas.

Tal vez cambiar la forma en que llamamos a este odio/sospecha/antipatía y nombrarlo como judeofobia, como odio a los judíos, colabore en nuestra toma de conciencia vívida del desaguisado perpetrado contra nosotros y del que nos hemos hecho cómplices involuntarios en nuestro deseo de ser aceptados y valorados. El mal social de la matriz judeófoba no es natural, no es forzoso, no es fatal. Pero no creo que se pueda cambiar en poco tiempo. Requiere del trabajo lento pero insistente generación tras generación, un trabajo similar o mayor aún, al que fue necesario en su construcción y afianzamiento.

De nuestro lado podemos aportar lo nuestro y cambiar nuestra propia definición. Deslizarnos desde la identidad negativa basada en la victimización para recuperar y vivir nuestra identidad positiva forjada en el legado ético, en el poderoso edificio de saberes y construcciones elaborado en nuestra historia de más de cincuenta siglos.



[1] Dato proporcionado por Damian Szvalb.

[2] Referencia proporcionda por Alberto Neuburger.

[3] Hago notar, por si había sido pasado por alto, cuánto de esta ideología ha tenido su cuna en la noble Francia. ¿La judeofobia actual sólo se debe –como creen algunos- a que la población musulmana es diez veces mayor que la judía en Francia? ¿Los nobles franceses ya no odian a los judíos?

Mis Ayeres - libro de Lena Faigenblat

“Lo más importante que me pasó en la vida pasó antes de que yo naciera”. Frase que puede identificarnos a muchos hijos de sobrevivientes de la shoá. También a otras muchas personas, porque todos nosotros somos herederos de las vidas de nuestros padres, somos consecuencias de sus andares y encrucijadas y tenemos toda una vida para tratar de encontrarnos a nosotros mismos permaneciendo al mismo tiempo fieles a nuestro pasado. No sé si es verdad que “los padres comieron dulces y los hijos tenían caries”, pero sí creo que las vidas de nuestros antepasados, la forma en que ello los ha constituido, nos sigue atravesando a nosotros. Uno es quien es porque es hijo de quien es hijo, porque sufrió y fue feliz de una manera determinada, en un clima determinado, con expectativas determinadas. ¿Y qué hace uno con las expectativas? Puede pasarse toda una vida contrariándolas, haciendo toda la fuerza posible por ser uno mismo. Muchas veces se entiende "ser uno mismo" como ser diferente, o mejor aún, opuesto a lo que querían que fuéramos, hasta descubrir, a veces demasiado tarde, que ser como se esperaba que fuéramos es lo que más cómodo nos calza. Un sabio filósofo decía que ser adulto es ser como los padres querían que uno fuera pero porque lo quiere uno. Elegir acomodarse a las expectativas, a los sueños de nuestros padres, es una forma de elegir ser libres porque hay una lucha estéril que se abandona y queda la energía necesaria para seguir construyendo. Paradojas de la vida, paradojas de la libertad.

¿A qué viene todo esto? No es un delirio desatinado, aunque bien podría serlo. Esto fue lo que me produjo la lectura de “Mis ayeres” de la querida Lena. “Lo más importante de mi vida pasó antes de que yo naciera” es una frase que podría definirme en muchas búsquedas. Cuando estuve en Polonia, cuando miré a sus gentes, hablé su idioma, olí sus olores, me senté en sus casas, comí sus comidas, comprendí cuánto de lo que yo creía que era judío era también polaco. No es de sorprenderse. Si uno toma a un judío de Buenos Aires hoy, un judío que come asado, que le gusta el tango, que toma mate, que le gusta el fútbol, y cree que así es ser judío, pierde de vista que así es ser judío en la Argentina, y esa particular forma de ser judío la llevará donde quiera que vaya. Así como se cristianiza así se judaiza, dice un conocido refrán en idish, es decir, los judíos, trashumantes de la historia, aprendemos a vivir como se vive en el lugar que nos cobija y con ello vamos enriqueciendo tanto al lugar como a nuestro ser judío. Polonia nos ha cobijado por diez siglos. No es de extrañarse que en sus calles yo haya re-encontrado mis propios gestos, esas formas de moverse y decir, la forma de decorar una casa, aspectos a veces intangibles pero claramente reconocibles para mí y que, hasta ese momento, consideraba judíos. Era la forma en que éramos judíos en Polonia. Pero no lo sabía hasta que lo ví allá. Hasta ese momento, no sabía por qué en mi casa hacíamos algunas cosas de manera diferente que en otras. Pensaba que era porque éramos europeos, pero nunca encontré gestos familiares en Francia, en Italia, en Austria. Recién los encontré en Polonia. Y entonces sentí con fuerza arrolladora el dolor de lo perdido, el dolor de no recordar lo no vivido y que sigue vivo en mi cuerpo, en mis gestos, en mis movimientos, en mis gustos. Tengo encuentros con sobrevivientes y a veces los inundo con preguntas, como queriendo hacer míos sus recuerdos, poder verme allá, entonces, apropiarme de lo que soy y que me es tan esquivo. Lena me presta, con sus cálidas fotografías en palabras, retazos de vida, instantes robados a la memoria, que me permiten estar allí una vez más. Mi familia no era de Varsovia, mi familia no era ni por asomo de su nivel social ni cultural, pero hay tanto ecos que encuentro que me permite vivir la ilusión de lo vivido. “Mis ayeres” el libro de Lena, es (¿son?) en muchos sentidos también “mis” ayeres. No creo que ella lo haya escrito pensando en mí o en otros como yo, pero debe saber que nos ha prestado un servicio impagable: el de contarnos de primera mano eso que nuestros padres no han podido hacer.

He sufrido en diferentes oportunidades el escarnio que ha caído sobre el idioma polaco entre algunos miembros de la comunidad judía de Buenos Aires. En mi casa, como en tantas otras de judíos de Polonia, se hablaba polaco. El polaco es mi lengua materna. Leer en las páginas de Lena sus “mamusha”, “tatush”, “nania” han sido, otra vez, un resaltado confirmatorio, un espacio común entre los que mamamos de similares sonidos, y una forma sutil de decirnos que los idiomas son inocentes. No podemos caer en lo mismo que quienes confunden idiomas con genética, idiomas con destinos.

Por último, un comentario agradecido sobre el estilo elegido por Lena.

Una de las cosas que más atentan contra el interés en los libros de testimonios, es la pretensión de contar La Historia, La Economía, La Geopolítica. Dejemos eso para los historiadores, los economistas, los políticos. En un libro de testimonios uno quiere encontrar el testimonio, el relato de vida, el rincón que la memoria suele olvidar y que tan eficaz es en la reconstrucción de un momento del pasado, que ilumina siempre un cuadro mucho mayor. En la poca pretensión se encuentra habitualmente la mayor riqueza. Lena nos ha ahorrado las a veces tediosas descripciones y se adentra con delicadeza y pudor, con una brillante frescura, con una ligera ironía a veces, con una inteligencia ejemplar siempre, en momentos verdaderos de su vida. Cada uno de esos momentos, expresados con palabras justas, respetuosas del lector porque no lo abruman, son como manos tendidas que nos dicen “vení conmigo, acompañame, mirá, me acordé de otra cosa más” . Y ahí se abre la puerta. Vemos una mesa cubierta con un mantel blanco, bordado a mano, un servicio de té con vasos de vidrio -en portavasos de plata, claro-, una tetera humeante y los cálidos, curiosos, agudos ojos de Lena invitándonos a su mesa. Nos tiende el recipiente con los terrones de azúcar y uno toma uno con esa pinza pequeña y delicada, se lo pone sobre la lengua de modo que cuando el té lo moje se endulce justo lo necesario. En el aire un pianísimo nocturno de Chopin en la media luz del atardecer y uno no puede más que entregarse, acomodarse confiado, con ganas de que le cuente otra cosa más.

If Irena Sendler would also have saved my little brother...!

On October 23,2003, Irena Sendler received the Jan Karski Award in Washington D.C. The Local Polish Embassy, echoed this event by honouring her in Buenos Aires. A lot of people gathered on the occasion. Jews and Christians, mostly Polish, Shoah survivors with numbers tattooed, children of survivors, members of the Polish local community, members of the intellectuality, lots of people. Irena Sendler is a Polish Catholic woman that saved 2.500 Jewish children from the Warsaw Ghetto. Not only her story must be told, but it should be an example of the “positive pedagogical teaching”. Irena Sendler shows that there were acts of Absolute Goodness during the Shoah. I must admit that they were quite a few, but given the conditions, let us see them as role models to show our children and grand children the difference between legal and legitimate, the ethic affirmation enriched with pedagogic potentiality. It is essential for our persistence as human humanity.

There were some speeches at the Embassy the night of October 23. The words of the Ambassador Ratajski praising Irena´s behaviour, pointing it as a model for dignity to the Polish people covered us with oniric unreality. It overlapped with the images and stories we had about so many anti-Semitic, murderous accomplices, treacherous Poles, and built a complex mosaic coloured with hope. But I won’t write about the speeches, nor about the personalities that were present. I want to share what happened with a song. Four songs were sang. Two, from the Polish resistance, in Polish; two beautiful songs that were followed by some of the assistants, even some Jewish survivors. The other two songs were yiddish songs. Yes, at the Polish Embassy, over Polish land and with the official presence of the Ambassador, Yiddish was spoken. First “Ich benk aheim” by Leib Rosenthal, the tore woe of having lost home, street, daily horizons, belongings, smells, the song that was sang in the ghettos because it expresses the horror of the five thousand Jewish communities lost. The other yiddish song was the Partisaner hymn, the Jewish hymn by Hirsh Glick, the other face of the Hatikva, the strength and persistence of life. When announced, some of us decided to sing it along with the singer. We use to sing it in acts, in Jewish activities, where it means chutzpah, daring, rage, pain. On the night of October 23 it was pride, honour, dignity and humanity. Our Jewish voices repeating the words we all know so well: “mir zainen do!” –we are here- looking ahead, eyes wide open, chest firm and the promise “vi a parol zol guein dos lid fun dor tsu dor” –our song will be our password from generation to generation-. Around us, the non Jewish witnessed this recovery of rights with certain surprise while our voices stood firmly, may be for the first time, over Polish soil. A thousand years of Jewish life in Poland is more than transitory. More than 90% perished in the Shoah, whichh is much more that statistics. We were part of the surviving 10%, its seed and its energy, we were there and we were listened respectfully, with consideration and emotion.

It is true: one can never say that this is the last path. Life is unpredictable. And as Tevie used to say “when God closes a door, a window opens somewhere".

I regret two things. One is that my parents are no more with us therefore they did not have the opportunity to experience what I did last October 23 at the Polish Embassy. The other is the thought that if Irena Sendler would have been in charge of the salvation of my little brother, I would not be still looking for him. Why? Because Irena Sendler, not only saved 2.500 children, but she also wrote down their names and the names of the adopting families, put the lists into glass bottles, buried them, so after the Shoah was over, the children were able to recover, if not their families, at least their true identities.

The Raoul Wallenberg Foundation, that hosted the Award, distributed a biography of Irena at: http://www.irwf.org.ar/Isendler/indexen.htm. Please read it thoroughly, tell others about it, and honour her example by offering your hand to the needy without asking if he/she is the same as you, and say, as she says: “I could have done more".