¿Cómo se llama esa forma de amor?

Captura de Pantalla 2020-09-05 a la(s) 16.32.52.png

Estoy desgarrada. Vivo en carne propia como el amor a veces tiene que vestirse de otras ropas, ropas extrañas, ropas inesperadas, tanto que cuesta ver debajo de ellas que sigue siendo amor.

Mi hija está volviendo a la Argentina con su marido y sus dos hijitos. Esperaba con ansias este regreso que era tan dudoso por la pandemia. Había planeado que en los primeros tiempos se alojaran con nosotros hasta que encontraran un sitio donde vivir. La idea de tenerlos en casa, de desayunar juntos, de acostar a los chicos, de leerles un cuentito sentada en el borde de la cama, de jugar con ellos durante su baño, de salir a pasear al perro de la mano del más grande, los asados, las charlas al anochecer, las películas que miraríamos juntos, esas imágenes me acompañaron todos estos meses esperando que el ansiado regreso se hiciera realidad. Pero cuando lo es, cuando ayer me anunciaron que ya está todo listo y llegan en dos semanas, el contexto había cambiado. Mi marido tiene 79 años y yo 75. Ambos con condiciones físicas de riesgo. Hace casi 6 meses que no tenemos contacto con nadie, que nos cuidamos de manera exhaustiva y consciente. La circulación del virus, el grado de contagios y de muertes, la progresiva carencia de camas y de personal idóneo que se ocupe de los internados, hace que el momento sea especialmente álgido y que los cuidados deban ser extremados. Y de pronto, cuando están cerca de llegar, debí decirles que el consejo que recibo por todas partes, lo más sensato, es que no vengan a vivir con nosotros. Que no solo no hagan la cuarentena obligatoria en casa como habíamos planeado, sino que incluso está desaconsejado enfáticamente que vivan acá después de esas primeras dos semanas. Que los chicos son portadores usualmente asintomáticos y que hay consenso en que los viejos y los chicos no tengan contacto alguno en espacios cerrados, que si se ven que sea al aire libre y manteniendo la distancia social preservadora. El hijo de unos amigos, en similares condiciones, les dijo “si por nuestra culpa, por haberlos visitado a pesar del aislamiento protector, alguno de ustedes dos se contagia, ¡me mato!”. No había pensado en la culpa que podrían sentir si nos pasara algo por no haber tenido el cuidado suficiente.

Es así, no puede ser de otra manera, pero igual me siento desgarrada. Mi nieta menor nació en enero, la acuné cuando fui de visita y soñaba con rodearla con mis brazos, besarla, olerla… y a su hermano mayor, a quien conozco tan bien y mimé en mis visitas, con quien hablamos en los video chats y nos intercambiamos gestos de cariño y a veces chistes… soñaba con tenerlos cerca por fin, poder compartir su día a día y disfrutar uno a uno cada logro… Pero las cosas se confabularon en contra, sólo podré hacerlo a distancia, sin contacto, sin tocarlos, sin sostenerlos, sin besarlos, sin olerlos…

Sé que lo que me pasa no es original ni extraordinario, que estamos todos igual. Sé que tenemos que atender al nivel superior de privilegiar la vida y asegurar su continuación. Lo sé. Lo sé todo. Pero igual me siento desgarrada.

Se me presenta aquella otra situación, la de mis padres durante la Shoá, cuando tuvieron que entregar a Zenuś que tenía dos años, a una familia cristiana que le permitiría seguir viviendo lejos del riesgo que sufrieron ellos de ser denunciados, deportados y asesinados por los nazis. La decisión de entregarlo debe haber sido de una crueldad inusitada. Siempre lo pensé como una evidencia del amor más generoso, el amor de quien se priva de la posesión y del contacto, el amor de quien privilegia el bienestar y quiere asegurar la supervivencia del hijo amado aún cuando deje de verlo, de cuidarlo, de tenerlo cerca. 

Y así como mis padres, muchos otros siguieron el mismo camino que hizo posible a sus hijos permanecer vivos. Algunos volvieron con sus padres o con uno de ellos, otros siguieron viviendo con su familia salvadora, algunos recuperaron su identidad, otros nunca la supieron, la mayoría se salvó. Mi hermanito nunca fue recuperado por mis padres. Les dijeron que había muerto aunque no “recordaban” el lugar en donde había sido enterrado. Mis padres ya no están pero vivieron en la constante y cruel incertidumbre de no saber qué había pasado con su hijo.

¿Cómo se llama ese amor que acepta entregar al hijo a la distancia, a la ausencia, al desconocimiento con tal de que viva? No tiene nombre porque, en condiciones normales, no hace falta ejercitarlo y la lengua no precisó llamarlo de ninguna manera. Como el amor de aquella madre en el famoso juicio del rey Salomón que, ante la amenaza de que su hijo fuera partido en dos, decidió que fuera entregado a la otra madre, eligió perderlo con tal de que siguiera vivo.

Mi desgarro al no poder convivir con mi hija y su familia está tan lejos de lo vivido por mis padres que hasta me da vergüenza haber hecho la asociación. Pero está en mi historia y me debo a ella. No es lo mismo, pero en mí se cruzan. Decidir la distancia, decidir el no contacto, fue entonces y es ahora una nueva definición del amor. El amor que sostiene a la vida como eje, sentido y horizonte. 

Me digo todo eso y el desgarro continúa desgarrado. La escena de esperar en el aeropuerto, de verlos salir, de correr a su encuentro, de alzar a los chicos, de besarlos y sentir su tibieza, no podrá ser. Pero tal vez, de esta manera, nos evitamos un riesgo que, para mi marido y para mí, puede representar nada menos que vivir o morir. 

¿Cómo se llama esta forma de amor?

Exitos y fracasos

Ilustración de Fidel Sclavo.

Ilustración de Fidel Sclavo.

Salimos de guatemala y, vencidos y apurados, caemos en guatepeor. ¡Qué difícil es superar los fracasos, las frustraciones, las caídas! ¡Cómo duele! ¡Cuánto hiere la autoestima! Queremos dejarlo atrás y el apuro por hacerlo nos hace volver a fracasar. El éxito, cualquiera que sea, es una consecuencia de nuestra capacidad de recuperación y de lo que pudimos aprender. Recuperación y aprendizaje requieren tiempo, no suceden instantáneamente. Los éxitos, sean científicos, artísticos o de cualquier índole, suelen ser imaginados como si hubieran sido producto de un milagro, de una súbita iluminación, de la suerte, o de algún talento particular que solo tienen algunos. Se suele pasar por alto el arduo trabajo previo, a menudo a lo largo de años, los múltiples ensayos y errores que condujeron a muchos callejones sin salida, los sueños hechos añicos cuando la realidad se empeñaba en refutarlos, las mil y una dificultades que implica concretar un proyecto, probar una idea, hasta incluso lo difícil que es conseguir ser escuchado y convencer a otros de que vale la pena. “Me equivoqué” nos decimos. ¿Pero qué es el error? ¿Es lícito rebobinar la película y volver al momento en que alguna decisión fue tomada y leerla con el diario del lunes? Es obvio que una vez conocido el resultado advertimos que hubo algo que no habíamos considerado. Recién entonces. Antes no lo sabíamos. Habíamos tomado la decisión con los datos que teníamos a la vista. No teníamos la información del resultado. Por eso ¿a qué llamamos error? ¿podemos acusarnos de habernos equivocado cuando no sabíamos que sería un fracaso? Y sin embargo, es lo que hacemos: nos acusamos, nos sentimos vencidos y si nos dejamos deslizar por el peligroso tobogán de la derrota perderemos la oportunidad de aprender del error. Pero ¿cómo superar la desilusión y el desánimo que nos cubre?, esos momentos en los que todo pareciera estar mal, cuando no vemos la luz al final del túnel y nos dejamos hundir en la vivencia de un fracaso oscuro y paralizante. Sumergidos en ese barro pringoso se nos apaga la capacidad de pensar y solo queremos huir y terminar con eso. Y ése termina siendo nuestro verdadero y único error. Ningún éxito se consigue huyendo de los fracasos previos que pavimentaron el camino. Bien mirados, los fracasos son los que posibilitan los logros porque cada fracaso da una nueva información, si uno se toma el tiempo de mirar y aprender. Nada nuevo aparece sin un, a veces, tortuoso ejercicio de ensayo y error. Si vemos a los fracasos como ganancia y no como pérdida, en lugar de convertirnos en fracasados nos volveremos expertos. Thomas Edison dijo “nunca fracasé, encontré antes diez mil soluciones que no funcionaron”. Volver a intentar, caer y levantarse luego de haberse detenido a aprender, lleva a alcanzar un logro, como bien lo prueban Walt Disney, Bill Gates, Steve Jobs y tantos otros. Vivimos en la ilusión de que el éxito alcanzado por algunos fluyó naturalmente o que hubo una varita mágica que tocó al exitoso para que naciera sabiendo bailar. Bien lejos de eso, los exitosos llegaron muchas veces a guatemala y en lugar de quedarse allí llorando una triste derrota, abrieron bien grandes los ojos, tomaron nota, se pusieron de pie y salieron lentamente junto a sus sabios maestros, los fracasos.

Publicado en Clarin

Netiquette online

Captura de Pantalla 2020-08-17 a la(s) 11.24.16.png

Introducción. Las presentaciones online (zoom, meet, skype o similar) son diferentes a las presenciales. No hay un salón o aula compartida con otra gente, cada uno está en su propio espacio. El tiempo de atención es menor, por eso, además de hacerlas más breves, deben incluir elementos que despierten y/o mantengan el interés. La duración de una exposición no debería exceder la media hora, lo ideal es que sea de 15 minutos. 

La imagen. 

  • Tener una buena fuente de luz para que la visión sea adecuada. Evitar ubicarse con una ventana detrás, produce contraluz que impide ver la cara, la fuente de luz tiene que estar delante de uno. 

  • Controlar el espacio tomado por la cámara y lo que se ve atrás. Antes de comenzar asegurar que no habrá apariciones de otras personas.

  • Ubicar la cámara a la altura de los ojos para que el encuadre no deforme la cara.

  • Lo ideal es que se vea la cabeza y parte del torso de modo que se puedan ver las manos que son un elemento importante en la comunicación.

  • Si la intervención es leída, colocar la fuente delante de los ojos, cerca de la cámara, y cada tanto mirar a la cámara. Recordar que uno se está comunicando y que los demás necesitan ver que uno quiere hacerlo. Mirar solo el papel es ignorar a los demás.

El sonido.

  • Es fundamental que se oiga nítida y claramente, sin ruidos ni alteraciones o chirridos.

  • El uso de micrófonos (solos o incorporados a los auriculares) permite un mejor sonido.

  • Deshabilitar el micrófono mientras habla otro. Solo lo debe tener habilitado quien está hablando para evitar los ruidos ambientales. 

  • En lo posible evitar leer, pero si se hace, hacerlo lentamente, con algunos silencios, no derramar el texto todo-seguido-que-se-hace-difícil-escuchar-y-atender. Darle diferentes entonaciones y, otra vez, mirar cada tanto a la cámara como diciendo “les hablo a ustedes”.

  • Modular bien las palabras y acordarse que del otro lado hay gente a la que puede resultarle difícil oír o prestar atención.

Presentaciones visuales (power points)

Se siguen las mismas reglas que para cualquier presentación cuando es presencial. Las recordamos:

  • La presentación es un apoyo al discurso, no lo reemplaza.

  • El compartir pantalla con una presentación visual solo tiene sentido si suma, si mantiene la atención y el interés.

  • Las filminas deben tener poco texto, palabras sueltas, conceptos que se quieran enfatizar.

  • Las filminas pueden producir la ilusión de movimiento que es un atractor de la concentración (se hacen varias filminas, en cada una se agrega una palabra y se las va pasando a medida que se la va diciendo) 

  • el texto debe ser una ayuda memoria del disertante, una guía para que su exposición no se vaya por las ramas

  • No leer lo que todos están viendo. Es una redundancia. Leer lo que se está mostrando es un abuso, distrae y molesta. Todos sabemos leer. Otra vez: mejor que leer es decirlo y dejar en la filmina unos pocos datos que subrayen lo que se dice.

  • las imágenes son un acompañamiento apropiado si confirman lo que se está diciendo y lo ilustran

  • no dejar la misma filmina mientras se sigue hablando de otra cosa, lo que se ve contradice lo que se oye

  • los cuadros y esquemas deben ser simples y sencillos y deben estar solo si suman

  • si se acompaña un video no debe durar más de 2 ó 3 minutos

  • es una buena idea ensayar la presentación para evitar la confusión y la propia sorpresa cuando lo que sigue no es lo uno recordaba.

  • si manejar la presentación resulta incómodo, pedir que lo haga otro es una buena manera de resolverlo y no resulta perturbadora. pero debe ser ensayado antes para que no se produzcan desajustes

Conclusión. Quien habla lo hace para ser escuchado. Si no se ve bien, si no se oye bien, si el discurso es monótono y aburrido, si lo que se pone delante es texto y texto y más texto, si lo que se ve se choca con lo que se oye, la posibilidad de la escucha se reduce hasta casi anularse. Es por eso que en muchas presentaciones la gente apaga su cámara, para que no se vea que está aburrida o que simplemente se levantó y se fue.

Seguir estas sencillas reglas permitirá que nuestras presentaciones online puedan llegar mejor a los que las reciben.

Ahora no quiero salir

Captura de Pantalla 2020-08-11 a la(s) 14.04.22.png

Ahora que la cuarentena amenaza con flexibilizarse resulta que no quiero salir. Primero el shock de estar bajo una amenaza mortal invisible. Debía quedarme en casa. Lavarme las manos a cada rato. Rociar con alcohol enfervorizadamente todo lo que venía de afuera, zapatos, llaves, tarjetas de crédito. Dejar verduras y frutas inmersas en agua con lavandina. Tapabocas hasta para dormir. ¿Salir con el perro? ¡Imposible! ¡Los virus agazapados sobre las veredas esperaban que se le pegara en las patas! Lo sacábamos al patio, arnés, correa y él movía la cola contento. ¿Qué pasaría con las reuniones de trabajo? ¿Y los pacientes? ¿Y las charlas y conferencias que tenía comprometidas? Aparición estelar de zoom, meet y whatsapp en nuestro resctate y empezamos a vivir una nueva forma de comunicación y encuentros. Pero cuando la novedad ya no lo fue, llegó el cansancio, un cansancio desconocido y diferente. El agobio “pantallar” de las horas quietas mirando fijo a gente encuadrada en cajitas con vista al frente. Y también mi cara. ¡Qué extrañeza y espanto! ¿Así me veían los demás? Forzada a ese cruel y pesado escrutinio, se sumaron otros cansancios. La vestimenta y el arreglo sólo para la mitad superior. Daba igual el calzado o si lo que tenía debajo de la cintura combinaba con lo de arriba en ese cuerpo dividido en dos partes incomunicadas. La nueva convivencia 24x7 con mi marido, aprender a no tropezarnos, a convenir detalles que nunca antes nos fue necesario hacer, el menú de cada comida, los horarios de nuestras actividades, las tareas de la casa, las decisiones de las compras. Y llegó el hartazgo de estar harta, la inminencia de una explosión, un “ya no aguanto más”, como ese grano que está listo para reventar y había que tener a mano antisépticos para contener la podredumbre que saldría. ¡Listo! ¡Basta! Y fuimos relajando los cuidados. Ya el perro había recuperado sus salidas por la calle. Alguna vez que tuve que ir a la farmacia debí volver a casa porque había olvidado el tapabocas. Vivía los días repetidos, sin tener idea de si era domingo o jueves, temporalmente perdida en un mar de días uniformes. El paso del tiempo tenía una insólita vida propia, todo era de una pesada lentitud y al mismo tiempo vertiginoso y fugaz. Y de pronto, cuando nos fuimos acostumbrando a vivir en peligro y aprendimos a cuidarnos mejor y las calles van recuperando gente y los negocios que quedaron suben sus persianas y pareciera que vamos hacia el reencuentro de aquella normalidad perdida, ¡no tengo ganas de salir! Y no es solo por mi edad, condición física o proverbial rebeldía. Tengo el privilegio de haber podido seguir mi actividad, de no tener un negocio que cerró, de seguir con mi vida más o menos igual que antes. No quiero volver al tráfico enloquecido ni a perder horas yendo a reuniones de media hora. Quiero despertarme descansada y desayunar tranquila. Me amigué con las pantallas y prefiero, para lo que se pueda, seguir online. No quiero apuros, urgencias, ni culpas por no hacer a tiempo, la exigencia de un mundo loco que se volvió una picadora de carne. Lo presencial será maravilloso para los besos y abrazos de mis hijos y nietos, para mis amigos queridos con los que estar en silencio disfrutando del estar juntos. Puedo elegir no salir y mantener lo mejor de los dos mundos, “en su medida y armoniosamente”. Menos correr y amontonarse. Besar a pocos, no es preciso a todos. Proximidades y lejanías redibujadas. Nuevos saludos. Nuevos abrazos. Siempre las ganas de vivir.

Publicada en Clarin 11 de agosto 2020

Radio Jai (entrevista en audio) 12 de agosto 2020

WhatsApp Image 2020-08-11 at 12.43.33.jpeg

cumplo 75 años

116263209_10158592744063774_353371376486963385_n.jpg

Hoy me bajo del 75. Fue un buen viaje. Hubo baches y frenadas, claro que sí, pero me acompañó gente fantástica y aprendí muchísimo en cada parada. Tuvo lindos colores, hubo palabras amables y descubrí nuevos paisajes. Recomiendo esta línea ahora que la estoy por dejar y subirme al 76 que me espera fresquito, recién bañado y con un perfume riquísimo. Ahí voy y ojalá mis compañeros en este nuevo viaje me susurren dulzuras al oído y que el asiento que me toque sea cómodo y mullido.