Papas y rabinos, libro de Rudy

El universo tsurembergueano creado por Rudy. (Prólogo)

El shtetl[1]. Rudy nunca estuvo en un shtetl. Como casi ninguno de nosotros. Los shtetlaj dejaron de existir poco después de la Primera Guerra Mundial cuando el imparable progreso llegó hasta los más pequeños villorrios alejados. El positivismo y la tecnología de la mano de la radio, el teléfono, los libros, el activismo político, el teatro, el cine, irrumpieron en los caseríos de la Europa oriental cambiando para siempre lo que ahora idílicamente se añora. Los emigrantes de entonces guardaron los shtetlaj en sus memorias tal como los habían conocido y los mantuvieron vivos en sus relatos, intactos en la quieta eternidad acariciada por la nostalgia. Pero el artificio de mantener un hecho inmóvil sólo sucede en la imaginación y abre un doble territorio de realidad. Por un lado, el lugar siguió viviendo, con la gente que permaneció allí, modificándose, lugar y gente. Por el otro, nació un lugar, narrado, recordado y revivido por siempre, guardado por los que se fueron, sin cambios, suspendido en la añoranza. Este retrato mítico y nostálgico fue el que transmitieron a su descendencia. Experiencia reiterada de la migrancia pues lo mismo ha sucedido con los otros pueblos inmigrantes venidos de la Europa de comienzos del siglo pasado. Cuentan, por ejemplo, los hijos y nietos de gallegos que vuelven hoy a las aldeas de sus mayores, el impacto que les produce el encuentro de la pujante Europa del siglo XXI, tan lejos de lo que fuera la añorada y pobre aldea, tan distante de los relatos escuchados, tan diferente y a menudo, tan extraño.

En el caso de los shtetlaj judíos sólo quedaron “vivos” los que se volvieron relatos. Los verdaderos, los que llegaron hasta el primer tercio del siglo XX, a poco de empezar a cambiar fueron destruidos, sus objetos, sus monumentos y testimonios, sus habitantes, sus testigos y relatores, convertidos en cenizas en la locura desatada en Europa contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Los shtetlaj formaron parte de las cinco mil comunidades judías arrasadas por la Shoá. Los judíos que allí vivían fueron masacrados y el dar testimonio de su existencia se transformó en una misión para los que se había ido. Los shtetlaj siguen vivos merced a estos relatos que transmitieron a hijos y nietos, nacidos ya en otro mundo, con la nostalgia del terruño y la cultura perdidos. Esta nostalgia, esta persistencia, esta verdad, está retratada en el entrañable Tsúremberg[2], cuyo segundo volumen de crónicas sigue a continuación.

Hermana menor de Kasrílevke, la aldea eternizada por Sholem Aleijem, habitada por gente pobre pero alegre[3], encontramos en la Tsúremberg de Rudy unos personajes que se nos parecen mucho y que viven en aquel medio añorado, con sus/nuestros mismos conflictos, sueños, pesares, amores y esperanzas. Ubicados Allá, en aquel lugar que no hemos visto ni vivido, nos hablan en un idioma familiarmente evocador, el idioma del lugar de donde venimos. Sueña, teje, imagina, inventa, vuela y construye un Tsúremberg habitado por tsúrelej[4] vestidos de nuestras miserias y silencios, nuestras músicas y esperanzas. Tsúremberg está Allá. Pero también está acá. No sólo porque los problemas, las penas, los tsures, son el bien mejor distribuido del planeta. Nos invita a visitar un mundo que fue pero que ya no está. Y sin embargo –he aquí su encanto- está, lo llevamos puesto. Ha conseguido, por arte de magia, tocar un rincón de identidad en el que nos vemos retratados.

Buenos Aires, siglo XXI. Los tsúrelej somos nosotros, aquí, en Buenos Aires, no sólo los judíos pero especialmente los judíos. Retóricos, verseros, argumentadores, laicos, seculares o irreverentes, buscadores de fe y de salvadores, convocadores de misterios, tan parecidos a estos antepasados míticos, tan talmúdicos, vulnerables y tiernos, tan crédulos en nuestra esperanza y descreídos en nuestras posibilidades, tan contradictoriamente iguales a través del tiempo. También vivimos preocupados por los pogroms, esa nube negra amenazadora que puede sobrevenir sorpresivamente disfrazada de dictaduras militares, AMIAs, corralitos o de mentiras y latrocinios multicolores varios, corporizados en los zares –metáfora de los poderosos/intocables/absolutos-, contra los que no hay forma de defenderse.

Las noticias se derramaban a la ligerísima velocidad del rumor en Tsúremberg y generaban innumerables discusiones y argumentaciones. En los viejos shtetlaj, cada novedad era una potencial amenaza. Cualquier invento, decreto, rumor o cosa nueva era recibido con el consabido: “¿Eso es bueno para los judíos?” Sabían en carne propia sobre su perpetua transitoriedad –desgraciadamente no sólo en sentido filosófico-. Duramente habían aprendido que si los caprichosos poderes de turno les dirigían alguna atención no era para nada bueno, en consecuencia, ante cualquier novedad había que ponerse en guardia. El pogrom tiene una presencia trágica, en el sentido de eterna y fatal, sin discusión, dada, con el peso del destino, aparece a todo lo largo del texto, en comparaciones, a veces en comentarios marginales. Se resumen aquí todos los males posibles. En un mundo que aún desconocía lo que sobrevendría con la Shoá, era el pogrom el absoluto del Mal. Nuestros pogroms y zares tiene hoy otras caras, pero bien que comprendemos a los pobres e inocentes tsúrelej que, en manos de Rudy, más que violinistas en el tejado hacen malabares con papas parados en un pie sobre el borde de una cornisa.

Rudy reformula refranes y maldiciones y nos inventa un nuevo espejo. Como en los mapas de Guillermo Kuitka que siguen recorridos geográficos imposibles, mezclando localidades en colchones desgastados, estos universos recreados por Rudy se nos enredan en el alma, tan fácilmente reconocibles en sus amores y odios, envidias y sueños, ideologías y tradiciones, progreso y ciencia. Este Tsúremberg parece haber crecido con los pies firmemente apoyados en Buenos Aires. Nuestra particular cultura, preocupaciones y sabores se filtran y condimentan en cada palabra. Imagino a Rudy en el Ramos, o La Paz, La Comedia, El Coto o El Florida, bares de mi adolescencia y juventud. Veo las mesas rodeadas de jóvenes barbudos fumando con fervor y chicas de pelo batido y ojos lánguidos, libros, apuntes, gestos enérgicos, discusiones, las palabras recién horneadas del último “maestro” de Francia, el más revolucionario, el más críptico, el más provocador, la intelectualidad narcisista y bohemia, El Lorraine y los ciclos de Antonioni o Bergman. Las crónicas de Tsúremberg traen de vuelta las discusiones de política, el psicoanálisis, las argumentaciones, la ingenua convicción y soñada ilusión de estar a la vera del gran cambio del mundo. Un mundo que, igual que Tsúremberg, quedó atrás, en el recuerdo y la nostalgia. Y nos fuimos poniendo viejos.

El idioma. Quien haya leído el primer volumen, “La circuncisión de Berta” (si no lo hizo, corra ya mismo a comprarlo), está familiarizado con lo que sucede en sus páginas con el idioma y que señalara EliahuToker en su prólogo. Está escrito en castellano pero se oye en idish. ¿Cómo se llamará este idioma? ¿Castellidish?, ¿idishllano?, ¿idishino?, ¿argenidish?, ¿idioñol?, ¿espanidish?. El texto está en castellano, con su ortografía y sintaxis mantenida y correcta, las palabras y las ideas son brotes del cemento de Buenos Aires, de una clase media deteriorada y empobrecida y su particular forma de vivir lo judío. Pero la melodía que se oye es el idish. Como aquella maravilla de creatividad gestada por Les Luthiers cuando combinaron una quena, un charango y un bombo con una orquesta de cuerdas alternando un carnavalito con un “concerto” barroco[5], el idioma en el que transcurren las crónicas de Tsúremberg, combina las palabras, la sintaxis y la conjugación del castellano, con la melodía, la gracia, el desparpajo y la intención del idish. Lo judío de la Europa oriental transplantado al sur de nuestra América del Sur, lo judío en clave de cultura, de cosmovisión, lo judío hecho literatura, teatro, chistes, formas de hablar, formas de sentir, formas de pensar. Esa modalidad argentina de vivir y ser judío que nos es tan particular y que difícilmente se encuentra en otras latitudes. Letra y música, música y letra. La palabra misma Tsúremberg, es una resultante de esta confluencia. Si fuera una trasliteración del improbable término en idish, habría sido “Tsúrenberg”, con “n” que es la terminación correcta en idish. Dado que la escritura es en castellano y como todos sabemos antes de “p” o “b”, nunca va “n” sino “m”... este querido shtetl se llama Tsúremberg. Lo dicho: castellidish.

La pobreza judía. La pobreza es una de las grandes protagonistas de esta comedia humana, uno de sus ejes centrales. Ya había desbaratado uno de los ingredientes del prejuicio antijudío con el temido pogrom que contradice la acusación del judío “sinárquico organizador de complots mundiales.” A ello se agrega otro ingrediente del estereotipo, la suposición de que los judíos, todos los judíos, son ricos (usureros, miserables, explotadores). Claro que hay judíos ricos, como hay italianos ricos, españoles, armenios, alemanes... pero también los hay pobres, y no son pocos. El tema de la pobreza judía fue sacado a luz hace no muchos años por el servicio social de AMIA para sorpresa incluso de no pocos judíos argentinos. Hacer a la pobreza judía protagonista y tejer con ello una trama colorida puede ser hasta una proposición política que nos cuenta otra historia sobre nosotros mismos. Encara con valentía y frescura la búsqueda de dinero, esa “valija llena de sueños”, protagonista desde su ausencia. El dinero, medio móvil por excelencia, permitiría, además de vivir mejor –lo que para un típico tsúrele significa dedicarse sólo a estudiar la Torá- escapar cuando fuera preciso. Y tarde o temprano lo será. La falta de dinero y la papa, la única posesión de Tsúremberg, nos hablan de la inventiva ante la adversidad. La papa, el producto americano que prosperó en Europa y constituyó la base de su alimentación popular, es al shtetl lo que “lo arreglamo con un poquito de alambre” es a nosotros, testigos y actores en esta comedia de eternas improvisaciones. Pogroms, zares y papas terminan siendo analogías de otros tsures que pueden evocarse junto al sonido del afilador de cuchillos que pasaba a la hora de la siesta soplando la flauta de Pan.

La conversación. Frente a la definición negativa de lo judío, es de resaltar lo positivo de lo judío que hay en estas crónicas. La inventiva para superar los desafíos, la creatividad para salir adelante ante carencias y dificultades, la alegría de vivir, los valores de la familia y la lealtad al grupo, la importancia del uso de la lógica, el razonamiento y la argumentación. Y el aventurado cronista lo hace como corresponde, con preguntas y réplicas, repreguntas y contrarréplicas, manteniendo vivo el arte de la conversación y la discusión, tan propio de lo judío, conversación de transcurso particular dado que no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo la continuación del juego, que la conversación siga. Define en el delicioso capítulo “El cartel” a los judíos como “un pueblo que discute entre ellos y se defiende de los demás”.

Los nombres. A la desopilante lista de nombres del primer tomo, Rudy agregó varias nuevos, desopilantes, imaginativos y tiernos. A los ya conocidos como, por ejemplo, Erinque Groistsures[6], Motl Gueltindrerd[7] –el emprede(u)dor- Pílequele, Kíjele, Beigale, Tzibele, Kiguele[8] –los chicos de Tsúremberg-, suma ahora los nuevos personajes o persotsures como por ejemplo Hershel Cloranfenikolsky, Kolnidre Medarfloifn,[9] Reb Latque Gutekartofel[10]. A los shtetlaj “antiguos” de Vuguéistemberg[11], Lomirkvechn[12] y Gueshtorbeneshpilke[13] agrega Guerátevetkétzale[14], Chuprinemaine[15]. Ya el Tsúreldique Tzaitung no está solo pues ha venido a acompañarlo el Naie Linkeraje[16]. El glosario del final, es un capítulo en sí mismo, recopilación del ingenio desplegado en todas las páginas y aguda síntesis de las proposiciones humorísticas (es decir, cosas serias vestidas de saltimbanqui). Cuando llegue allí, tenga a mano alguna bobe o algún zeide[17] para que le ayude a traducir y a disfrutar cada una de las invenciones. Si no lo tiene, llámeme que disfrutaré junto a usted de volver a reírme de nosotros mismos.

Relatos con historia. Como hizo Víctor Hugo en “Los miserables”, comienza varios de los capítulos con un relato que pone en contexto histórico el texto posterior, contándonos parte de la historia del pueblo judío, de un modo claro, sencillo, sintético y desenfadado. Por ejemplo en el capítulo en el que Shloime Gueshijte[18] se dirige al juez Honorable Kapoc Czwczczczecztskn (sí, impronunciable, como son impronunciables muchos apellidos eslavos y como es impronunciable el lugar del poder omnímodo y autosuficiente en una retórica florida que revela su impotencia) con la argumentación con la que pretende liberar a su hijo preso por manifestar con una bandera roja, me evoca el viejo chiste judío de la mujer que le reclama a su vecina que la olla que le devolvió estaba rota, a lo que la primera argumentó: “primero, la olla que me prestaste y te devolví estaba sana; segundo, la olla ya estaba rota cuando me la prestaste y tercero, nunca me prestaste una olla”.

El lugar del inocente. Los tsúrelej hablan con la ingenuidad y falta de malicia del niño del cuento de Perrault, el de los trajes nuevos del emperador, que ignora que debe hacer como que no ve lo que sus ojos le revelan, dice en voz alta “pero... el emperador está desnudo” y desnuda la hipocresía disfrazada de sofisticación y savoir faire. En el desopilante diálogo sobre Moisés se las ingenia para que los niños pregunten sobre la lucha de clases, desnudando consignas que todos hemos oído, frases hechas que se repiten sin comprender, ataca el tema de los dogmas, los estereotipos y cómo se estrellan contra la lógica de la sensatez y la cotidianeidad. Puede decir, gracias al artilugio de ponerlo en boca de niños y de niños tsurelianos, cosas que no suenan políticamente correctas y que exhiben crudamente lo manipulativo de las simplificaciones panfletarias vacías de contenidos. “Moisés tenía conciencia”. “De que era un príncipe?”. “No, de que era proletario”, “Pero si acabás de decir que vivía como un príncipe! Cuando un proletario adquiere conciencia de clase se vuelve más proletario todavía, pero si un príncipe adquiere conciencia de clase, ¿no debería volverse más príncipe?”.

Y más. Reescribe parte de la historia judía, bromea no sólo con el psicoanálisis sino también con figuras reconocidas de la historia universal – como el Edipo y la tragedia -, reflexiona sobre la guerra, sobre la injusticia, y hasta nos da recetas de cocina –todas con papas y cebollas, por supuesto -. Resume la ética judía de manera simple y concluyente cuando dice por ejemplo que “cada tsúrele, cada lomirkvéchale[19], cada judío de cada shtetl se sentía personalmente responsable del buen funcionamiento del universo”. En el más cabal sentido aristotélico, estas crónicas son una comedia, habitada por personas como nosotros, con quienes nos podemos identificar, cariñosamente, en nuestra más amable y vulnerable humanidad.

El humor judeo-argentino[20]. Rudy ha abierto una nueva puerta al humor judeo argentino. Y lo hace sin mencionar a la Argentina (salvo como destino de la emigración bajo el nombre de Gute Shtinken[21]).

El humor judeo-argentino tiene antecedentes de nota. Por mencionar unos pocos, Jorge Schussheim en algunas ingeniosas y tiernas evocaciones de lo judío de su infancia, Tato Bores, lo cierto es que no ha habido hasta ahora nada que se propusiera como EL humor judeo-argentino. Tal vez ello se deba –en mi particular visión- a la muy reciente exposición de los judíos luego de decenas de años de cauteloso resguardo. Hasta el nefasto atentado a nuestra mutual, la AMIA, manteníamos en general una reserva, una cierta opacidad a los ojos de la sociedad en general. Si ni siquiera nos llamábamos “judíos”. La misma mutual se llamó “israelita” (Asociación Mutual Israelita Argentina) y recién después del atentado asumió la palabra “judía” en su logo. Como bien dijo el Dr José Itzigshon, el atentado derribó también muros invisibles en la relación de los judíos con la comunidad en general. En los Estados Unidos, por otra parte, Woody Allen y Billy Cristal, por citar a dos de los más conocidos, forman parte de un grupo de humoristas que han expresado y transmitido lo judío en la confluencia con lo norteamericano y han creado una manera particular de hacer humor que suele tomarse como típico del humor judío en general. Se trata sin embargo del sabor y el color de la idiosincrasia judía desarrollada en los Estados Unidos y que ha tenido una importante difusión en el cine, en libros, en la televisión –con, por ejemplo, el personaje de The Nanny - La niñera.

Rudy marca un hito con estas crónicas en la confluencia de lo judío con lo argentino, y nos habla de la agridulce y salpimentada identidad judeo-argentina en unos textos que tienen la virtud de hablarnos de nosotros, de las cosas que nos importan, en un idioma que entendemos, desde un lugar que nos es añoradamente familiar.

Ñatishe Jaknishtmerachaiñik[22] (fuera de Tsúremberg: Diana Wang)



[1] Sthetl: villorio, aldehuela.

[2] Tsúremberg: nombre ficticio formado por “tsure”, propiamente problemas, complicaciones y “berg”, monte, o sea “monte de los problemas”.

[3] Tomado del prólogo de Eliahu Toker para el primer volumen “La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúremberg”, Astralib, marzo 2004.

[4] tsúrelej: palabra ficticia para denominar a los habitantes de Tsúremberg. La terminación “j” es una de las formas del plural en idish (de ahí también el plural de shtetl es shtetlaj).

[5] Concerto Grosso alla Rústica (En: “Sonamos pese a todo” Vol I, sept. 1971)

[6] Erinque Groistsures: Arenque Grandesproblemas

[7] Motl Gueltindred: Marquitos Dineroperdido

[8] Pílequele, Kíjele, Beigale, Tzibele, Kiguele: Pelotita, Galletita, Masita, Cebollita, Buñuelito

[9] Kolnidre Medarfloifn: Kolnidre (hebreo: todas las promesas), oración de Iom Kipur - Día del Perdón -, Medarfloifn: Hayquehuir

[10] Latque Gutekartofl: Buñuelo Papabuena

[11] Vugueistemberg: Vu: dónde, gueiste: vas, o sea, Monte de Adónde Vas

[12] Lomirkvechn: Apretémosnos

[13] Gueshtorbeneshpilke: Alfiler muerto

[14] Guerátevertkétzale: Gatito Salvado

[15] Chuprinemaine: Mi Chuprine

[16] Tsúreldique Tzaitung; el Diario de Tsúremberg, Naie Linkeraje: Nuevo Izquierdaje

[17] Bobe: abuela, Zeide: abuelo

[18] Shloime Gueshijte: Salomón Historia

[19] tsúrele, lomirkvéchale: habitantes, respectivamente, de Tsúremberg y de Lomirkvechn

[20] En realidad debería llamarla judeo-porteño, o judeo-bonaerense dado que corresponde a la vida urbana judía desarrollada principalmente en Buenos Aires. Como en tantas otras cosas, se toma Buenos Aires como si fuera LO argentino. Tomo la denominación judeo-argentino siguiendo lo que se estila, por ejemplo con el humor judío proveniente de Estados Unidos que, aunque se origina en los judíos de Nueva York, se lo conoce como judeo-norteamericano.

Por otra parte, ¿a qué llamamos humor judío? ¿al hecho por judíos? ¿sobre judíos? ¿con temas judíos? O ¿en un estilo judío? Aquí uní todo en un manojo y llamé judío al humor hecho por humoristas judíos sobre temas judíos con protagonistas judíos en un estilo judío.

[21] Gute Shtinken: Buenos Olores

[22] Ñatishe Jaknishtmerachaiñik: Ñatishe, de “ñata” que evoca “nárishe”, tonta, Jaknishtmer, no golpees más, a chaiñik, la pava, o sea, Ñatonta Norrompasmás

Circular 11 - Derogación

DEROGACIÓN EN CASA ROSADA

Finalmente la ‘Circular 11’ fue derogada en una ceremonia encabezada por el Presidente Néstor Kirchner

8 junio 2005

Derogación

Firma del canciller Bielsa

circular-casa-rosadaGoñi habla en la Casa Rosada con la presencia del Canciller Bielsa, el Presidente Kirchner y el Ministro Fernández.

La existencia de esta orden que aquí hoy se deroga, ha representado para mí un secreto de estado que con el paso del tiempo se convirtió en un secreto de familia. Esto es así porque entre los muchos diplomáticos argentinos que debieron aplicarla, estaba mi abuelo Santos Goñi, lo cual nos convirtió a sus descendientes en custodios totalmente involuntarios de un hecho abominable que hasta el día de hoy no figuraba en los libros de nuestra historia.

...'un secreto de estado que se convirtió en un secreto de familia'...

En los archivos de nuestra Cancillería sobreviven todavía notas de nuestros cónsules de aquella época, incluyendo notas de mi abuelo, comunicando como, en aplicación de la Circular 11, han denegado visas a judíos. En aquella época, en Europa, el denegado de visados constituía una condena de muerte para muchos judíos a manos de los nazis.

La historia de nuestro país ha estado plagada de convenientes silencios que permitieron la construcción de una "historia oficial" que excluía datos molestos tales como la existencia de esta circular. Así, la historia para los argentinos se convirtió en un territorio en el cual la verdad y la mentira se hicieron intercambiables. Un acto como el de hoy espero logre hacer la diferencia entre ambas más notable.

Tempranamente, algo aprendí sobre "historias oficiales" y silencios convenientes cuando, durante la última dictadura, trabajé como periodista en el "Buenos Aires Herald", el único diario del país que publicó las despariciones que estaban siendo llevadas a cabo por los militares en el momento mismo en que esto ocurría. Gracias a lo que publicamos, pudimos rescatar algunas pocas vidas de ese infierno, incluyendo las vidas de algunos niños desaparecidos cuyas fotos publicamos en la tapa del diario, presionando a los militares a devolver a estos niños a sus familias. Desde entonces, no pasa noche en la que en algún momento no piense cuantas más vidas se pudieran haber salvado si el resto del periodismo hubiera roto el silencio de similar manera.

Por eso, hoy fue para mí especialmente conmovedor recibir la adhesión y las expresiones de alegría que me han acercado los sobrevivientes de los campos de la muerte de nuestra dictadura por esta derogación, particularmente de parte de sobrevivientes de la fe judía, porque no es demasiado difícil intuir una muy cruel y anti-humana línea entre la mano que redactó esta "Circular 11" y las manos que redactaron las ordenes secretas de nuestra dictadura que tanto nos han costado. Muchas gracias.

Entrevista a Uki Goñi

El Hallazgo

Cómo fue descubierta la Circular 11

Beatriz Gurevich hablando en la Casa Rosada. (Foto: Diana Wang)

Probablemente la única copia que ha sobrevivido de la Circular 11 fue descubierta en los archivos de la embajada argentina en Estocolmo en 1998 por la investigadora Beatriz Gurevich mientras formaba parte de la CEANA, la comisión oficial argentina encargada de estudiar el papel de Argentina como refugio de fugitivos nazis.

La CEANA había encomendado a Gurevich revisar los archvos de las embajadas argentinas en Europa, y Goñ le sugirió que allí podría aparecer una copia de la orden secreta que él conocía por historias de familia.

Gurevich efectivamente encontró así una copia de la circular en Estocolmo. Pero este y otros descubrimientos de Gurevich no agradaron a la CEANA, y tras un período de gran acritud, la historiadora debió abandonar la comisión sin que la circular se diera a conocer.

Gurevich facilitó una copia de la circular a Goñi quien la sacó a la luz con la publicación de su libro "The Real Odessa" en Londres en el 2002, a pesar que en ese momento seguía siendo un secreto de estado.

 

Acto Derogación

Hablando Beatriz Gurevich. Sentados: David Wengrover, Rafael Bielsa, Nestor Kirchner, Aníbal Fernandez y a un costado Uki Goñi.

PASITO A PASO

FUE DEROGADA LA DIRECTIVA QUE IMPEDÍA EL INGRESO DE JUDÍOS A LA ARGENTINA Y APROBADA LA RESTITUCIÓN DE LA IDENTIDAD

 “Gardel no sólo no canta mejor sino que hace 70 años que ya no canta, Evita seguro que ya no volverá, tampoco hemos recibido a todos los hombres del mundo que querían habitar el suelo argentino” dice Uki Goñi en su empeño por derribar algunas falsas verdades, retóricas huecas que constituyen parte de nuestro “ser nacional”.

La Circular 11 prohibía a los embajadores y cónsules otorgar visas a inmigrantes indeseables, -se entendía “judíos” por el contexto (ver www.ukinet.com). Emitida en julio del 38, acaba de ser derogada el 8 de junio pasado en un acto inédito de reconocimiento del gobierno de una falta del pasado. Hace diez años Jacques Chirac pedía perdón por la responsabilidad del gobierno francés con la política nazi durante la ocupación de Francia. Hoy nuestras autoridades hicieron lo propio acerca de estas decisiones de 67 años atrás y pidieron disculpas a todos los argentinos. Nuestro país, que acogió y prohijó a los jerarcas nazis, envió a la muerte a muchas de sus víctimas al no brindarles asilo y no admitirlas libremente una vez finalizada la guerra. Algunos embajadores obedecieron la orden pero otros aprovecharon de la veta económica  determinada por la desesperación de los que buscaban huir y se enriquecieron “gestionando” visas a judíos.

La derogación de la Circular 11 tuvo ya un efecto pragmático significativo. Sólo un mes después, desde el 7 de julio pasado, todos los judíos que ingresamos a la Argentina y que hubimos de mentir sobre nuestra condición judía, tenemos el derecho a la restitución de nuestra identidad en los registros migratorios, sin el abono del arancel correspondiente. Nos lo debían.

La Circular 11. Secreta, vergonzosa, era sin embargo vox populi entre todos los refugiados que buscaban asilo en la Argentina. Se sabía que si algún funcionario consular preguntaba la religión, lo que no había que decir era “judía”. Uki Goñi creció escuchando estas cosas que se convirtieron en un secreto familiar. Su abuelo se enorgullecía de no haber cedido a ningún soborno en su embajada de La Paz en obediencia a las órdenes recibidas del gobierno y criticaba a otros diplomáticos venales que no fueron tan respetuosos de la ley. Una pregunta popular entre los cónsules era “¿a cuánto está hoy la visa de un judío?”. Para Goñi era casi una cuestión personal el encuentro de algún documento que probara lo que había escuchado en su casa. Ello sucedió finalmente en 1998 cuando la Lic. Beatriz Gurevich, miembro entonces de la CEANA, descubrió la Circular en la legación de Estocolmo. Allí comenzó este camino. Después de idas y vueltas varias y promesas de derogación, de algunos conflictos y callejones sin salida, casi en soledad y en silencio, Goñi hace pública el pasado abril una carta al Canciller Rafael Bielsa reclamándole la prometida derogación. Con la colaboración en este último tramo de la Fundación Raoul Wallenberg y con el apoyo de Generaciones de la Shoá en Argentina, la necesaria derogación fue efectiva. Con el Presidente de la Nación Néstor Kirchner y el Ministro del Interior Aníbal Fernández como testigos presenciales, escuchamos de boca del Ministro de RREE el reconocimiento de aquella complicidad del pasado con una de las causas más abyectas de la humanidad, el nazismo. Parecía natural que la condición de judío nos ubicara en una categoría de secundariedad sin opción a ciertos barrios, posiciones, clubes, organizaciones, y que ello sucediera sin que se le moviera un pelo a los retóricos de la libertad y la igualdad de derechos y oportunidades. Este reconocimiento del gobierno argentino de la limitación al ingreso de los judíos, las disculpas y la derogación de la infamante directiva, ha sido un paso trascendental en nuestra vida de argentinos judíos. Claro que el sentimiento de sospecha frente a los judíos no cambiará de la noche a la mañana. Los prejuicios tienen raíces profundas que requieren de generaciones para modificarse, pero este acto de gobierno es un paso hacia ello. Llama la atención el silencio de los medios y las instituciones sobre este acontecimiento, lo que impide su debida difusión y conocimiento. No parecen haber advertido su potencia y profundo valor para revisar los prejuicios más acendrados y más invisibles, su inherente fertilidad educativa. Pareciera ser un tema de judíos y cuando se trata de judíos, ya se sabe. Sin embargo, no se trata sólo de judíos. Se trata de valores relativos a la democracia, a la libertad, a la humanidad.

La rectificación de datos. Si bien conocía la existencia de la Circular 11 porque fue publicada en su libro “La auténtica Odessa” recién la carta de Goñi al canciller me impulsó a la acción. El reclamo me tocó profundamente y lo hice propio. De hecho lo era. Tenía la información de que en algún lugar estaba inscripta como católica. Lo sabía pero nunca me había detenido en ello, lo había tomado como “natural” del mismo modo en que parecía “natural” ser ciudadana de segunda clase a causa de mi condición judía. Siempre fue así. ¿A quién se le ocurre que se pueda cambiar? A Goñi se le ocurrió. Probablemente porque no es judío. Probablemente porque vivió largos años fuera de la Argentina y lo atraviesan otras retóricas o cosmo visiones. Lo cierto es que, presa de fervor reivindicatorio, me fui a Migraciones a solicitar se me anule el “católica” y se me inscriba como “judía”. Sabía que los nazis ingresados con datos falsos habían logrado sus rectificaciones fácilmente. Tanto ellos como nosotros nos vimos obligados a mentir. Ellos por criminales. Nosotros porque la Circular 11 prohibiría nuestro ingreso. A ellos se les habían rectificado. A nosotros todavía no. Cuando lo solicité, me dijeron que nunca nadie lo había pedido con anterioridad. Tanto es así que los funcionarios (desde el Jefe del Archivo hasta el Director de Migraciones) desconocían la existencia de la prohibición.

La respuesta fue que se podía hacer la rectificación y que el arancel era de 200$. Consideré no sólo que no correspondía el pago de ningún arancel sino que era preciso un claro pedido de disculpas puesto que nuestra mentira había sido forzada por la directiva criminal no por un error o una mala intención. “Para eximirla del pago, es preciso una orden del Ministerio del Interior” me contestaron. Fui con mi inquietud al ministro Aníbal Fernández. Entendió en pocos segundos de qué se trataba, coincidió en la justicia del pedido y me aseguró que se haría cargo de ello. Confieso que no le creí, pero, a cuatro semanas de esa conversación, el pasado 7 de julio, el director de Migraciones, Dr Ricardo Rodríguez, me informó que el expediente abierto con el número 3729/05 caratulado como “Wang, Diana s/solicitud” había sido aprobado. Que, dado que mi caso era el primero, sería tomado como leading case y a él se adscribirían todas las solicitudes que vinieran y que, por supuesto, serían aprobadas inmediatamente. Ahora todos los que quieran pueden inscribirse como judíos en los registros migratorios, por derecho propio.

Los hechos del pasado no se pueden cambiar, pero estos gestos simbólicos, son pasos trascendentales en el camino de recuperación de valores que nos sustentan como sociedad y de nuestra dignidad humana.

Diana Wang

Presidenta de Generaciones de la Shoá en Argentina

El tenedor de libros de Auschwitz

Por Matthias Geyer - Traducción: Diana Wang El oficial SS Oskar Gröning sirvió durante dos años en el campo de concentración Auschwitz. Contaba el dinero de los judíos muertos y estaba de guardia en la rampa cuando los trenes de carga descargaban su desdichada carga humana. Dice que no ha cometido ningún delito. Durante los últimos sesenta años, Gröning ha buscado otra forma de llamar a la culpa.

Los pájaros están cantando en el exterior; una suave y tibia brisa viene del jardín y entra delicadamente al living. Un hombre viejo, alto y poderoso, con su pelo blanco y ojos azules, está sentado en un sillón cerca del hogar. Tres ángeles se ven bordados en un mantel. El hombre apoya su pierna derecha sobre un banquito. Es apacible, calmado y habla suavemente sobre la historia del hombre que una vez fue. "Llegó un nuevo embarque. Había sido asignado a la rampa y mi trabajo era cuidar el equipaje. Los judíos ya habían sido llevados de allí. A mi alrededor el piso estaba cubierto de basura, restos de pertenencias desparramadas. De pronto escuché el llanto de un bebé. Yacía sobre la rampa envuelto en trapos. Una madre lo había dejado tal vez porque sabía que las mujeres con niños eran enviadas inmediatamente a las cámaras de gas. Vi a otro soldado SS soldado tomar al bebé por los pies. El llanto le había molestado. Estrelló la cabeza del niño contra el borde de hierro de una carretilla hasta que se hizo el silencio." El hombre mira hacia el exterior de la ventana del living, casi inmóvil. Su pulgar va y viene sobre el borde de su asiento como un metrónomo. Afuera, el sol brilla sobre la prolija fila de casas de ladrillo de los alrededores, con jardines cuidadosamente atendidos, sin malezas. Oskar Gröning vive en un mundo prolijo y ordenado. Desabotona y levanta su manga izquierda. "Aquí," dice, "mire esto." Hay una pequeña mancha azul sobre sus codos, el recuerdo de un tatuaje. "Estaba mal hecho," dice. Se suponía que era un cero, representando la sangre tipo 0. Todos en Auschwitz estaban tatuados, tanto prisioneros como guardias. Los judíos eran tatuados con su número como internos y los guardias SS con su tipo de sangre. Oskar Gröning fue miembro de los SS en Auschwitz durante dos años. Sus sueños lo despiertan en gritos muchas veces. Los gritos se vuelven truenos, los truenos en murmullos y los murmullos en silencio. Son los sonidos de la muerte en las cámaras de gas. Un mundo organizado en medio del terror Gröning, sin embardo, no mató a nadie. No vertió Zyklon B en las hendiduras ni quemó pilas de muertos. Miró. Vio. Estuvo ahí. Shoqueado al principio. Luego indiferente. Se hizo rutina. Vivía en un mundo organizado y su orden aseguraba que el terror de los campos de concentración pudiera ser compartimentado, apartado de los fundamentos de la civilización. El terror era gestado en claras estructuras jerárquicas y esquemas de servicio estrechamente regulados, designaciones de tareas y posiciones, que determinaban que alguien fuera un torturador y otro un tenedor de libros. Gröning era un tenedor de libros, uno bien concienzudo. Contaba el dinero de los judíos, lo separaba y catalogaba y lo guardaba en una caja de seguridad. Era el tenedor de libros del terror.

Hay un álbum de fotos sobre la mesa ratona, la vida de Gröning en fotografías. Dos tercios de las fotos son en blanco y negro, el ultimo tercio en color. Pero las fotos no revelan nada de lo que quiere decir. Gröning solo quiere hablar, durante horas, días, "no importa cuánto tiempo," dice, "hablar ayuda." Oskar Gröning, nacido en 1921, es uno de los escasos miembros de las SS que hoy aún vive. Su historia, una historia alemana, es una historia de seducción y fanatismo, de victimarios y cómplices, de vivir con culpa y de la búsqueda de otras palabras para llamarla. Es una historia del intento de un hombre por superar un pasado tan oscuro que no tiene fin. Abre el álbum. Las delgadas hojas entre las páginas susurran y hojea las fotos familiares de su padre, abuela, abuelo, tía Marie, fotos de coches de bebés y de bicicletas, hasta que llegan las imágenes de hombres en uniforme. Su padre era miembro del ”Stahlhelm" (Cascos de acero), un grupo paramilitar de nacionalistas alemanes que lucharon contra el Pacto de Versalles, contra las exigencias por las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, más tarde contra la república de Weimar entre las dos guerras y contra la democracia. "Papá actuó en obras de teatro nacionalistas que se daban en salones ubicados detrás de bares locales," dice Gröning. En una obra, un alemán recibió un disparo de un francés porque había resistido la ocupación francesa de pos-guerra en la zona industrial alemana del Ruhr. "Disciplina, obediencia, autoridad, así es como fuimos criados," dice Gröning. Su madre murió cuando tenía 4 años. Los judíos eran los comerciantes sucios" Continúa hojeando el álbum, buscando claramente algo. "Acá," toca una foto con su dedo, "mire el modo en el que acostumbrábamos a marchar." La foto, tomada en 1933, muestra un grupo de chicos usando uniformes militares, marchando tras una bandera. Una bandera con una svástica cuelga en una casa. El joven Oskar, marchando en la primer fila, tiene doce años y es un miembro del ala juvenil del "Stahlhelm." -¿Qué significaba el uniforme para usted? "Me fascinaba. Aún hoy, cuando escucho música militar…" su voz tiembla y se quiebra. "Perdóneme, pero es un experiencia tal para mi, tan elevada, aún hoy..." Cerca de la casa de su padre había un negocio de venta de objetos de hierro cuyo dueño era un judío llamado Selig. Tenía una hija, Anne, y los dos chicos solían jugar a las bolitas en la calle. Un día unos hombres de la SA colocaron en el frente del negocio un cartel que decía: "Alemanes, no compren a judíos." Luego de eso, Gröning y Anne comenzaron a jugar en el patio en lugar de hacerlo en la calle. -¿Qué pensaba usted cuando vio ese cartel?

"Nada, completamente nada," dice Gröning. Su voz se ha aquietado y es firme otra vez. Una puerta se abre y su esposa deja una bandeja con torta sobre la mesa. La bandeja está cubierta con un envoltorio plástico. "Para después," dice. Y se va. Prefiere no escuchar. Él espera hasta que su mujer ha cerrado la puerta de casa. Luego dice: "¿Ve? Para nosotros los judíos eran comerciantes sucios, como los abogados que han tenido siempre tan sombría reputación cuando se trataba de dinero. La gente decía: Los judíos siempre se aprovechan de los cristianos. Es la forma habitual en la que se conducen." -¿Acaso el padre de Anne Selig se aprovechó de la gente? "Yo no lo pensaba entonces." Oskar Gröning baja la pierna del banquito, se sienta erguido y comienza a cantar, calladamente al principio, luego más fuerte. "Y cuando la sangre judía comience a chorrear de nuestros cuchillos, las cosas volverán a estar bien." "Mi honor es la lealtad" La distinción entre el hombre de hoy y el del pasado se borran por un instante, cuando regresa al presente dice: "Entonces ni siquiera pensábamos en lo que estábamos cantando." Continúa hojeando el álbum. Tiene escrito en tinta azul bajo una foto con bordes dentados "1941, con tía Anna". Muestra al joven Gröning, alto, rubio y usando un uniforme con las letras SS cosidas en el cuello. Está sentado en el brazo de una silla y sonríe, obviamente muy orgulloso de su uniforme. Había visto imágenes de los SS en informes semanales de las noticias. Pensaba que eran inteligentes, la unidad más inteligente de todas. Se ofreció como voluntario en1940. -¿Por qué? "Era entusiasmo espontáneo, una sensación de no querer ser el ultimo del juego, de quedar afuera de todo lo que sucedía." Ya en las SS, durante dos años, Gröning trabajó en la oficina de pago. En octubre de 1942, recibió nuevas órdenes. Un oficial superior le dijo que había sido asignado a un trabajo especial, uno de la mayor importancia para el pueblo alemán, para que Alemania alcanzara la victoria definitiva. Le dijo que debía pensar en su juramento, en las palabras inscriptas en su faja. "Mi honor es la lealtad." Y le dijo por último que no podría revelar jamás la naturaleza de su nuevo destino, a nadie, por el resto de su vida.

Se oye la campanada de un reloj en el living. Son las seis en punto y Oskar Gröning ha estado hablando durante las últimas cinco horas. Come la torta y sigue hablando. En ese punto de su historia, el joven Gröning ha llegado a Auschwitz.

-¿Tal vez el viejo Gröning quiera un descanso? "No, no, no me molesta para nada," dice. Trae una botella de agua mineral de la cocina. Su esposa aún no ha vuelto. Gröning tiene 21 años cuando llega a Auschwitz en un día de octubre. Llega en un tren que viene de Katowice, y es llevado a su lugar en las barracas administrativas. Los demás, que ya estaban de antes, comienzan a poner la mesa para la cena: sardinas y jamón, vodka y rhum. Los SS están cómodos en este campo. Pero debe haber algo particular respecto de ello, piensa Gröning. Toman mucho. Después, se abre una puerta y alguien anuncia que ha llegado un nuevo transporte. Tres hombres se ponen de pie de un salto, se ajustan las fajas y toman sus pistolas.

Gröning quiere saber qué está pasando. Alguien dice: "Llegaron judíos, y en estos momentos están siendo admitidos en el campo. Eso es si tienen suerte." "¿Qué quiere decir?" pregunta Gröning. "Quiere decir que algunos serán exterminados," dice otro hombre. Gröning es conducido la mañana siguiente a una oficina. Le informa a su oficial superior que ha sido entrenado en tareas bancarias. Lo asignan pues a “Administración del dinero de los internos." Un asistente le instruye en sus nuevos deberes y le informa que los judíos deben entregar su dinero ni bien llegan al campo. Es colocado en una caja de madera y el trabajo de Gröning será ordenarlo, clasificarlo y, de tanto en tanto, llevarlo a una oficina administrativa de Berlín. Le dice también que la mayoría de los judíos son conducidos a las cámaras de gas. Al día siguiente, Oskar Gröning comienza a contar el dinero. Cree en Adolf Hitler y en Joseph Goebbels. Cree que es el deber de los alemanes la destrucción del judaísmo global. Cree que los alemanes perdieron la Primera Guerra por causa de los judíos. Y quiere que Alemania gane esta guerra. Come bien, trabaja con diligencia y duerme bien. Los hombres de las SS duermen en camas confortables cubiertos con edredones suaves. Habían pertenecido a los judíos. Luego de dos meses en el campo, Gröning recibe una instrucción adicional. Más y más trenes llegan a la rampa, y alguien debe vigilar que ningún equipaje sea robado. Es en el primer día de esta nueva asignación que presencia cuando la cabeza del bebé es estrellada contra la carretilla. Esa noche, acostado en la cama, no puede dormir. Te metiste en una situación muy fea, piensa. Dibuja una línea entre los excesos individuales y el asesinado masivo cometido por la sociedad como un todo. Cree que los excesos son barbáricos, pero que el asesinato masivo es legítimo. Se dirige al oficial al mando y le dice: "Si esta es la manera en que las cosas son hechas aquí, preferiría ser transferido." El oficial responde: "Lo que viste el otro día fue ciertamente algo fuera de lo común. Pero firmaste una carta de compromiso. Es tu deber servir donde fuiste destinado." Clasificando el dinero de los muertos Gröning vuelve al orden del terror. Es ascendido de dirigente de tropa a delegado de la compañía. Vigila la rampa cuando es destinado allí, y cuenta el dinero cuando llegan las cajas de madera. Lo llama "dinero sin dueños." Clasifica zlotys polacos, dracmas griegas, francos franceses, guilders holandeses, liras italianas, el pillaje de una comunidad global. A la noche, luego de haber completado sus tareas, Gröning cena en la barraca, juega a las cartas con sus camaradas y su oficial superior. A veces sus compañeros están borrachos cuando se van a acostar y usan sus pistolas para apagar la luz de un disparo. Gröning se une los fines de semana a un grupo para hacer gimnasia y deportes no lejos de la rampa y de la cámara de gas. Se divierten mucho juntos.

Una noche lo despierta un sonido de silbatos. Los judíos han escapado. Corre en la oscuridad hasta que llega a una granja llena de gente desnuda que es arreada dentro de la casa. Ve a un oficial superior cerrar la puerta, ponerse una máscara anti gas, abrir una lata y derramar su contenido en una abertura. Luego oye gritos. Los gritos se hacen un ruido atronador, los truenos se vuelven murmullos, y luego sobreviene el silencio. Vuelve a su barraca en compañía de otro hombre. Este dice: Conozco un atajo. En el trayecto, le cuenta a Gröning lo que sucede cuando los cuerpos son quemados en los hornos. Se estiran, se enderezan, los penes se ponen erectos, dice. El atajo hace pasar a los dos hombres por una pira de cuerpos recientemente cremados. Gröning se acerca para ver qué sucede cuando un ser humano es quemado. Envía otra solicitud de transferencia. Y luego otra. En septiembre de 1944, lo envían a una unidad de campo y lucha contra los aliados durante la ofensiva en los Ardennes. La noche ha comenzado a oscurecer el jardín de Oskar Gröning. Contó la historia de su vida en Auschwitz, sobriamente, como si relatara un documental. Se pone de pie para traer más agua mineral. "Siga adelante, pregúnteme más." Algo horrible pero necesario -¿Qué pensaba cuando se dio cuenta de que los judíos estaban siendo gaseados en Auschwitz? "Que era una herramienta para llevar adelante la guerra. Una guerra con métodos de avanzada." -Pero usted no estaba en la guerra. Estaba en una fábrica cuya tarea era un asesinato sistemático. "Si uno estaba convencido de la necesidad de la destrucción del judaísmo, ya no importa cómo se hace la matanza. Ya en 1939, Hitler dijo en un discurso que si los judíos forzaban a los alemanes a una nueva guerra, significaría el fin del judaísmo en Europa." -Pero hay una diferencia entre vitorear a Hitler como parte de una multitud anónima y trabajar en una máquina mortífera. "Sí, hay una diferencia. Pero, infortunadamente, sucedió que me llevaron, a mí, Oskar Gröning, al campo donde las cosas por las que todos vitoreaban estaban sucediendo en realidad. Y luego, en un punto uno simplemente estaba allí y el único sentimiento que quedaba es: Soy parte de este hecho necesario. Un hecho horrible, pero necesario." -¿Qué sentía cuando los judíos eran llevados a la cámara de gas? "Nada, debo decir. Porque lo espantoso no era obvio. Cuando uno sabe que está habiendo una matanza, uno también sabe que hay gente muriendo. Los horrores solo se me hicieron patentes cuando escuché los gritos." -¿Sería correcto decir que usted se habituó a Auschwitz?

"Me instalé pronto. O mejor dicho: fui parte de una emigración interna. En parte vivir en Auschwitz era perfectamente normal. Había una verdulería donde también se podían comprar huesos para sopa. Era como una pequeña ciudad. Tenía mi unidad y las cámaras de gas eran irrelevantes para esa unidad. Había ese aspecto de la vida en Auschwitz, y también estaba el otro, y ambos estaban más o menos separados." Son las 8:30 de la noche. La puerta de entrada se abre y entra su esposa. Pregunta si queremos que haga sándwiches de queso. Sugiere que podría dejarlos preparados y salir a visitar a una vecina. Cuando Gröning volvió de un campo británico para prisioneros de guerra en 1948, le dijo: "Muchacha, te pido que nos hagas un favor a ambos: no preguntes." Todavía no pregunta. Gröning me ofrece continuar con la entrevista en el hotel. Quiere seguir adelante. Quiere arreglar las cuentas. A la mañana siguiente dice que durmió profundamente. Había tomado un somnífero. Su mujer ya se fue de la casa. Hay una botella de agua mineral sobre la mesa ratona. El álbum de fotos ya no está, reemplazado ahora por documentos, documentos que podrían absolverlo. Algo así como los certificados de logros de Oskar Gröning. Un pequeño elemento en la estructura Un documento lleva como referencia el número VP-55b/9.44/Zö/IG. Es una carta del comando de los SS en Berlín confirmando su traslado. "El mencionado ha servido voluntariamente en el frente", certifica el documento. El segundo documento es una carta de la corte del distrito de Duisburg. La carta establece que Gröning es convocado para testificar como testigo contra un miembro de las SS acusado de haber asesinado a internos en Auschwitz. Oskar Gröning subrayó con tinta azul cinco palabras en esta carta. "Convocado para testificar como testigo." No como acusado. Es inocente, al menos ante la ley. Cuando Gröning volvió del campo de prisioneros de guerra, fue a vivir con sus suegros. Un día estaban a la mesa, cenando, cuando el padre de su suegra dijo: "¿Cómo sé que no estoy sentado acá frente a un asesino? ¿O de un potencial asesino?" Golpeó la mesa con la mano y respondió: "Estoy sentado acá porque no soy culpable. No fui un victimario, y en ese sentido soy un ser humano honorable." Oskar Gröning, el ser humano, un pequeño elemento en la estructura jerárquica de Auschwitz. Así es como se sentía, y así es como se siente hoy. Pero son pocos los que acordarían con él. En la noche anterior, cuando Gröning ya dormía, la televisión había pasado un documental inglés sobre la liberación de los campos de concentración. La película no diferenciaba entre los que asesinaron y los que contaban el dinero de los asesinados. Mostraba hombres en uniformes de la SS y montañas de cadáveres. Monstruos y sus víctimas. "No miro ese tipo de cosas. Es inconducente. Sé qué aspecto tienen los cadáveres," dice Gröning. Su voz es fría y ausente. Una lágrima se agolpa en su ojo izquierdo. Las imágenes cuentan otra historia. Dicen que es culpable. Las fotos que Gröning muestra son más suaves, menos radicales, no tan claras. Dicen que es inocente. Gröning debe continuar con su vida cuando vuelve del campo de prisioneros de guerra en 1948. No desea ser perturbado. Nunca miró nada, ni escuchó nada o ni leyó nada que pudiera llevarlo de vuelta al campo. No sabe sobre el juicio de Auschwitz que comenzó en 1963, un juicio que presentó por primera vez a la joven democracia alemana los detalles de la máquina de exterminio. "No sé nada sobre eso," dice.

En 1968, cuando los hijos ya adultos, estaban llevando a juicio a la generación de sus padres, sus propios hijos tenían 26 y 19 años. Fueron a la universidad y volvían poco a la casa. Sabían que su padre había estado en Auschwitz, pero nunca hablaban con él sobre eso. No tenían preguntas. "No nos importaba," dice Gröning. Ignorando el pasado En 1979, se emitió por la televisión alemana la serie norteamericana "Holocausto”. La pintura mostraba el destino de una familia judía en un relato de ficción. Fue una lección de historia para las familias alemanas y todo el mundo hablaba sobre ello. "La lista de Schindler" fue un hecho pasajero comparado con la serie "Holocausto". "Nunca supe de su existencia," dice Gröning. Hay solo alguien con quien Oskar Gröning dialoga sobre la verdad de lo sucedido en aquellos años: Dios. Quiere liberarse de algo que siente pero no sabe cómo llamarlo. ¿Culpa? ¿Es un victimario? ¿Un cómplice? O, según él cree, ¿ninguna de las dos cosas? Se hace las mismas preguntas que un país entero. Pero se las plantea a sí mismo, acá en su living. Y no recibe respuestas.

Cuando al guerra termina, Gröning comienza una vida normal, de clase media, trabajando en una pequeña fábrica como liquidador de sueldos. Nadie sabe lo que había hecho. Se siente seguro si sólo se ocupa de dinero. Fue siempre su modo de ser. Tiene un perro salchicha y colecciona estampillas. Pertenece a un club filatélico. En 1985, asiste a un encuentro anual del club. Está con otro coleccionista charlando sobre estampillas y política. Escucha el comentario: "Es increíble que estén acusando a gente que niega el holocausto, si realmente eso no pasó." Es un momento significativo en la vida de Oskar Gröning, una explosión, casi como si alguien hubiera pinchado un globo con una aguja. Gröning le dice: "Yo sé algo más acerca de todo eso; deberíamos conversarlo algún día." El otro coleccionista le da "La mentira de Auschwitz," escrito por el viejo nazi Thies Christophersen. Gröning devuelve el libro con algunas hojas escritas por él, su respuesta a Christophersen. "Yo vi todo," escribe. "Las cámaras de gas, los crematorios, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí." Era una carta para su propia conciencia. Medio año después, sus notas fueron publicadas en una periódico neo nazi. Gröning ya no podía seguir oculto. Ahora corre hacia delante y ve finalmente una forma de salvarse. Puede usar su pasado como moneda de cambio. Puede convertirse en el testigo estrella contra los acusados de difundir la mentira de Auschwitz. Busca una tarea, una misión en su futuro. Incluso también atenuantes. Se sienta y escribe afiebradamente. Desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche, durante tres semanas. Llena con su máquina de escribir 87 páginas, su vida así como él la ve. En su historia, hay citas de libros de Sebastian Haffner. Pero Haffner intentó explicar el fenómeno Hitler, no el de Auschwitz. Gröning entrega las páginas a sus hijos. Cree que finalmente ha conseguido explicar algo. Que será exonerado. El padre espera ser absuelto. Su hijo mayor, ya abogado, no contesta. El hijo menor, un filólogo, escribe preguntas en los márgenes. Los hijos expresan juicios silenciosos. Buscando respuestas en la BBC Gröning vuelve a sentarse y continúa escribiendo. Debe responder a las preguntas de su hijo menor. Hace copias con su texto y se las entrega a sus amigos. Difunde su historia al mundo como si repartiera panfletos por la calle. Sus amigos opinan que Oskar se sumergió en una ordalía. Nadie hace preguntas. Nadie quiere explicaciones.

-¿Tal vez las explicaciones sean imposibles? "La gente les teme. Así es como lo veo," dice Oskar Gröning. Se pone de pie y va al cuarto contiguo. Están allí su cama, su escritorio, su computadora, su biblioteca y sus cajas. En la biblioteca hay libros sobre nazismo y una Biblia. En las cajas hay copias de sus notas y cintas de video. Una barrera invisible se yergue entre el living y el dormitorio. Los libros de cocina de su esposa están en el estante del living. Toma la caja con las cintas. "Nueve horas," dice. Oskar Gröning estuvo frente a las cámaras de la BBC durante nueve horas para la filmación del documental sobre Auschwitz. La BBC quería el relato de un miembro de las SS, y el miembro de las SS quería el perdón. Era un experimento. El miembro de las SS decía algo, y la BBC haría los comentarios. Por ejemplo, Gröning decía que Auschwitz era un buen destino para la gente de las SS, más agradable que pelear contra el Ejército Rojo en el frente oriental. El documental mostró a Gröning como quien fue, un lubricante en la máquina de la exterminación masiva. La BBC tampoco ofreció ninguna absolución. Gröning quiere pasar los videos a DVD para poder verlos en la computadora de su cuarto. No quiere monopolizar el living. Dice que su esposa no quiere ver las cintas. -¿Por qué no? "Tal vez porque tiene miedo." -¿De qué?

"Tal vez tiene miedo de la verdad." Vuelve a living y se sienta en su sillón otra vez, listo para más preguntas.

-¿Es usted culpable? Oskar Gröning mira la cinta de video que está sobre la mesa frente suyo. Reflexiona sobre la pregunta un largo tiempo. Le es imprescindible encontrar las palabras correctas. Luego dice: "La culpa tiene relación con acciones, y debido a que creo que no fui un victimario activo, no creo ser culpable." -Si no fue un victimario, ¿qué fue? ¿Un cómplice? "No lo sé. Evito la pregunta; me pone en dificultades. Cómplice es demasiado para mí. Describiría mi rol como un ´pequeño engranaje en el mecanismo total´. Si eso puede ser descrito como culpa, entonces soy culpable, pero no voluntariamente. Legalmente hablando, soy inocente." Argumentando sobre la culpa -¿Y la moral? "Desde un punto de vista cristiano, desde el punto de vista de los Diez Mandamientos, los mandamientos dicen: No matarás, ser un cómplice es ya una violación. Pero propone otra pregunta: las cosas que hice me convierten en asesino?" -Usted se hizo cargo de una función en un sistema cuyo exclusivo propósito era el asesinato. "Permítame ponerlo de otro modo: Me siento culpable ante el pueblo judío, culpable de haber formado parte de un grupo que cometió esos crímenes, aún sin haber sido un victimario yo mismo. Pido perdón al pueblo judío. Y le pido perdón a Dios." Cuando la cinta de la BBC termina, dice: "Aun no encontré una respuesta." La está buscando desde hace 60 años. Oskar Gröning dijo todo lo que puede decir. No hay más preguntas a ser preguntadas. Fue suficiente. Ahora todo lo que quiere es ser perdonado. Y si el perdón es imposible, querría al menos ser comprendido. Camina hacia el jardín. Hay una pila de pequeños platos negros sobre el césped. Gröning vertió 300 kg de alimento para aves sobre el pasto en el invierno pasado y colgó de los árboles 150 recipientes para alimentar a los pájaros. Ama a los pájaros. Uno hizo su nido hace poco en su buzón. A los pocos días apareció muerto. Alguien le había disparado con un arma. "Casi me hizo llorar," dice Oskar Gröning.

Traducido del ingles, de la versión traducida del alemán por Christopher Sultan publicada el 9 de mayo de 2005 en el número especial sobre el 60º aniversario de la terminación de la guerra en Der Spiegel. Se la puede encontrar en

http://service.spiegel.de/cache/international/spiegel/0,1518,355188,00.html

¿Y Dónde Están las Mujeres?

Llenan conferencias, coros, talleres literarios, grupos, actividades múltiples, pero brillan por su ausencia en los lugares de conducción. Se revela una vez más, lo que ya conocemos en diferentes áreas y esferas de acción pública: la ausencia casi total de mujeres. Aunque no se trata de un problema exclusivo de las instituciones judías, los judíos particularmente no podemos darnos el lujo hacer la vista a un costado cuando se deja de lado a un grupo humano. Tomé a título de ejemplo, los listados de candidatos propuestos para la reciente elección de autoridades de la AMIA. Del total de candidatos de las 4 listas sumadas, el 13% correspondió a mujeres. El porcentaje se reduce aún más para los cargos titulares, sólo un 9% y por orden de aparición, figuran muy lejos de los primeros lugares. (Abajo, para quién le interese, los crudos números, lista por lista) (1)

El estereotipo de hombre=cosa-pública y mujer=esfera-privada, es desafiado por el estilo femenino que está siendo valorado por su forma particular de percepción, comprensión y abordaje, su cosmovisión, diferente de la masculina, que debieran complementarse y potenciarse mutuamente. El estilo de diálogo entre lo intelectual y lo emocional que caracteriza lo femenino, está siendo crecientemente requerido en los medios académicos, políticos, sociales y laborales. No todavía en las instituciones comunitarias.

Pilar Rahola (2), una ferviente luchadora por el lugar de la mujer y que suele convocar multitudes en sus visitas a la Argentina, dice: “el poder es masculino, quizás es la isla más indómita de masculinidad, el último trono de absoluto dominio, defendido con uñas y dientes contra la mancha de aceite femenina. … Y dentro del poder, el poder del pensamiento. El pensamiento es hombre en sentido puro, masculinidad en la medida que solo lo masculino tiene derecho a la inteligencia, al éxito y al prestigio. …. las mujeres del pensamiento no pintan casi nada, no son nunca escuchadas, por supuesto nunca son llamadas a gloria institucional y, si existen en alguna asesoría perdida, lo son casi por inercia de cuota. ¿Toca mujer en la era de las mujeres? Pongamos una que quede bien en el decorado de lo políticamente correcto..” Suena fuerte pero se confirma en las estadísticas que están abajo, observen como aumenta el porcentaje de mujeres en los cargos suplentes, los que no importan, los de “relleno”. Sigo con la cita de Pilar: “Pero pensar que las mujeres piensan, que hay un pensamiento escrito en mayúsculas y escrito en femenino, eso no lo piensa casi nadie en este país. Ellos son los llamados a pensar sobre el mundo, sus contradicciones, sus sociedades, sus religiones, sus mitos, sus liturgias, sus… Y nosotras, que hemos conseguido dejar de fregar el suelo de las ideas –para algo se inventó la fregona-, ahora nos hemos convertido en las florecitas del paisaje. ….”

Florecitas del paisaje. Bonitas, elegantes, perfumadas, sonrientes y en silencio. ¿Por qué están tan ausentes en los puestos de conducción, por ejemplo en las escuelas? Si son las que van y vienen con los chicos y cae sobre ellas mayormente la responsabilidad de su escolaridad, ¿por qué son tan pocas las que están en las comisiones directivas de las instituciones educativas? ¿y en los countries? ¿es que no les gusta, no quieren, no les interesa? ¿es que no son invitadas, respetadas, consideradas?

No hago mía una cierta argumentación feminista que atribuye todo al machismo acendrado y autoritario. Creo que se trata de un fenómeno más complejo, una cuestión cultural que seguimos construyendo y manteniendo juntos, hombres y mujeres como colectivos sociales. Veamos algunos argumentos.

Tal vez muchos hombres se sientan cómodos en los juegos de conquista, política y poder, ese mundo masculino con sus olores y códigos, sus licencias, su idioma y reglas, al estilo de los clubes ingleses elitistas y exclusivos donde se habla de política y economía, de la pasión por el fútbol, un mundo en el que se compite por los alcances de la cuenta de banco, del coche o de algún adminículo corporal y donde las mujeres, no sólo no tienen cabida, sino que están, por definición, absolutamente de más. Tal vez algunos precisen del alimento narcisista de imaginarse trascendentes, de codearse con importantes, de recibir honores y pisar alguna alfombra roja y tener el honor de no precisar mostrar los documentos. Tal vez otros sientan el compromiso genuino de hacer algo por los demás, de dejar su impronta en el mundo cumpliendo su destino de trascendencia. También puede suceder que haya algunos que simplemente quieran tener algo que hacer, donde ir, después del trabajo porque no es su casa un lugar suficientemente realimentador de su autoestima.

Lo cierto es que, sea por las razones que fuere, en ese club tradicional de saco y corbata, los hombres hablan entre sí, buscando mutua aprobación y aceptación. Felices de sentirse en tareas trascendentes, en lugares de importancia, más de uno tal vez no advierta que su mujer lo prefiera estando allí, entretenido, antes que perdido en casa, aburrido, y visualizando ante sí el amenazante tobogán de la depresión.

Una mujer que formaba parte de una comisión directiva mayoritariamente masculina y donde su presencia pasaba desapercibida, se preguntó si su inclusión servía para probar que la institución no era machista, igual que aquellas instituciones que incluyen judíos para mostrar que no son antisemitas. Dura pregunta, tanto para los hombres como para las mujeres. Pero veamos cómo colaboran éstas últimas en este estado de cosas.

Como miembros de la misma sociedad, también las mujeres estamos educadas para reinar en el mundo del hogar, no en el mundo de lo público. Este último sigue reglas de conducta masculinas, de modo que si una mujer llega allí no puede conducirse de manera femenina: el poder es masculino, luego, para ejercerlo debe masculinizarse. Las mujeres no parecemos tener este tipo de ambiciones ni apetencias por los juegos de poder, de un poder definido por un patrón machista. Conocemos la tarea sin embargo, y muy bien, porque organizar, gestionar, hacer las cosas posibles todos los días es lo que solemos hacer habitualmente en nuestras casas. ¿Qué cambia en los puestos institucionales que nos ahuyenta?

Quizá nos sintamos menos cómodas en el mundo de la esgrima política, de la conquista de espacios de poder, su sostenimiento, las alianzas y comidillas, los renuncios, en pos de momentos de gloria –que sabemos efímeros-. Frente al juego masculino del poder público, el nuestro parece ser el pequeño juego de las minucias y los detalles, de las concreciones, las relaciones interpersonales. La mujer tiene otra forma de actuar y de pensar, incluye lo emocional, se interesa en las relaciones interpersonales, está atenta a las miradas, a las intenciones, a lo sutil de la comunicación. Todo ello nos habilita para proponer tal vez una forma diferente de pensar y dirimir los problemas. Pero encontramos una fuerte resistencia.

La forma masculina, la que ha dominado el espacio resolutivo y las grandes decisiones gubernamentales, guerreras, conquistadoras, institucionales, sigue la lógica de los juegos de guerra, que genera universos de vencedores y vencidos, alternancias en el lugar del ganador, ansias de ocuparlo y estrategias para desplazar al oponente. La forma femenina, escasamente asumida en los espacios públicos, sigue la lógica de la interdependencia, de la colaboración, el equipo y el consenso, al estilo de las sociedades matriciales. Ambos niveles podrían ser complementarios en los distintos momentos de las gestiones, es decir, sin ser iguales, son igualmente necesarios. El tóxico que impide pensar y considerar a la mujer como miembro necesario lo introduce la adjudicación de un valor, cuando uno es superior y otro es inferior, uno –el masculino- valorado y el otro –el femenino- despreciado. No es “luchar como un hombre” de lo que se trata, sino de “trabajar como una mujer”, con nuestras características propias, nuestra mirada sincrética, capacidad de revitalización y empuje. Está siendo hora de abordar un cambio. No al estilo masculino según las leyes de ganar o perder sino al estilo femenino: compartido y dialogado, o si no, no será.

En palabras de Pilar: “¿Se darán cuenta de una vez que lo más revolucionario del pensamiento actual es la incorporación del pensamiento femenino? ¿Se darán cuenta que, sin él, el pensamiento moderno pasa a ser radicalmente antiguo? ¿Radicalmente inútil? … Acabo expresando mi pudor por la reflexión. Siempre que una apela a este tipo de cosas tiene miedo de parecer que pide algo. Forma parte del complejo de culpa que arrastramos las mujeres desde la Biblia. Los hombres nunca tienen ese pudor. Bien, pues sí: pido algo. Pido que también los hombres se saquen de una vez por todas, de la cabeza, ese pene dominante que durante siglos los ha hecho excluyentes. Pido que entiendan que, como dijo Mitterrand, “el hombre del siglo XXI será mujer”, y sin esa mujer el siglo no se entiende. Pido mujeres en el pensamiento oficial, y en el alternativo y en el marginal. Pido que las mujeres que ahí están, además de estar, se noten.”

Tiene razón Pilar cuando menciona el pudor de pedir, porque el que otorga es visto como superior y el que pide como inferior. Pero si lo pensamos como un pedido dirigido tanto a hombres como a mujeres, no existe la jerarquía desvalorizada y el pedido se vuelve una proclama. Le propongo un acertijo estimado/a lector/a: Un hombre que viajaba con su pequeña hija tiene un accidente de coche. El hombre muere y la niña queda en estado desesperante. Los cirujanos del hospital provincial dicen que la única persona profesionalmente capacitada para una cirugía de tanta complejidad no puede hacerlo porque le es demasiado próxima. ¿De quién se trata? Tómese su tiempo para pensarlo antes de leer la respuesta (3).

Nos espera mucho trabajo. Aires nuevos en nuestra comunidad, respuestas creativas frente a los desafíos presentes requieren tal vez del cambio sustancial de enfoque, el que podamos traer las mujeres con nuestra revolucionaria capacidad de combinar los niveles intelectuales y emocionales. Pero debemos trabajar en la instalación de estas ideas, tanto en los hombres como en las mujeres. No nos olvidemos que somos nosotras –ya lo decía Esther Vilar, ¿se acuerdan de “El varón domado”?- las encargadas de la educación en la familia, las que transmitimos y perpetuamos el lugar de lo masculino y lo femenino en la sociedad.

Termino con otra cita de Pilar: “Estoy plenamente convencida que la mujer va a cambiar, para siempre, cuando se normalice su papel social, el curso de la historia. Y creo también que lo único nuevo del pensamiento global, es la incorporación del caudal revolucionario emotivo, al motor arrollador de la inteligencia. De eso se trata cuando hablamos en femenino y a eso nos referimos cuando aseguramos que esto que está ocurriendo –la suma explosiva de lo sentimental y lo intelectual- es nuevo, catártico, creativo y grande.”

La Humanidad posee dos alas: una es la mujer, la otra el hombre. Hasta que las dos alas no estén igualmente desarrolladas, LA HUMANIDAD NO PODRÁ VOLAR

(1) Para 113 cargos, 90 cargos titulares y 24 suplentes, 456 personas postuladas. Total de mujeres 60, o sea 13%, 9% para cargos titulares y 28% para suplentes.

EN PORCENTAJES

SEGÚN Nº DE ORDEN

TOTAL

TITULARES

SUPLENTES

PRIMERA

SIGUIENTE

LISTA 1

0%

0%

0%

--------------

------------

LISTA 2

28%

23%

50%

18ª

LISTA 3

17.5%

9%

50%

21ª

30ª

LISTA 4

7%

4.5%

16%

48ª

64ª

(2)Textos de Pilar Rahola tomados de sus artículos: “El pensamiento lleva pene” y “Julia, la inteligencia emocional”.

(3) Es la madre. Si lo descubrió, felicitaciones. Si no, no se preocupe, casi nadie lo hace: parece muy difícil pensar que una mujer pueda ser la única cirujana capacitada, ¿no es verdad? Lo dicho, nos espera mucho trabajo.

Solicitud derogación - Uki Goñi

Buenos Aires, 21 abril 2005

Dr. Rafael Bielsa

Ministro de Relaciones Exteriores

Esmeralda 1212, Buenos Aires

Estimado Canciller:

En aplicación de la inhumana "Circular 11" emanada de Cancillería en 1938, mi abuelo Santos Goñi, cónsul argentino en el exterior durante la Segunda Guerra, denegó visados a judíos que huían del Holocausto.

Por esa razón, tuvo usted la amabilidad de recibirme en su despacho el 2 de septiembre del 2003, para escuchar mi petición de que esa orden sea tardíamente derogada y dada a la luz.

Le informé además que un original de la misma subsistía en el archivo de la Embajada Argentina en Estocolmo, firmada por el entonces Canciller José María Cantilo, el 12 de julio del 1938. Usted halló el documento donde yo le indiqué, y en una reunión posterior, se me exhibió el hallazgo. Sin embargo, la orden no ha sido aún derogada.

La inminencia del 60 aniversario del fin de la Segunda Guerra, este 8 de mayo, me mueve a renovar el pedido de derogación como mínimo gesto de reparación por todas las muertes resultantes de la aplicación de la "Circular 11" por mi abuelo y tantos otros funcionarios de aquella Cancillería.

Atentamente,

Uki Goñi

"La segunda generación de sobrevivientes. Su lugar en el escenario del genocidio". 

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Introducción

Me referiré en particular, al tema que más conozco, que es el de la Shoá dado que soy hija de sobrevivientes judíos del Holocausto. Tal vez algunas de las ideas puedan coincidir con las experiencias de los hijos de sobrevivientes de otros genocidios. 

Desde que el tema de ser hijos de sobrevivientes de la Shoá se ha propuesto, hace unos veinte años, la así llamada “segunda generación”, ha venido buscando su lugar en el mundo, un lugar que no resulta fácil definir pero que, una vez descubierto y habitado, no podemos abandonar. Me pregunto, cuáles son los aspectos que hacen de este lugar algo resbaladizo, con bordes y fronteras oscuras, con ciertos riesgos, mandatos, prohibiciones y misiones. En una exploración de ese lugar y sus dificultades, tal vez se pueda ir pensando en su sentido y tarea.

 Siempre estuvo. La Shoá, el hecho primigenio, es nuestro contexto presente desde el comienzo de nuestra vida. Lo hemos incorporado con la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios, los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones, los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las palabras. 

Las palabras. Relatos quebrados, silencios agruyerados, discursos rotos que irrumpían a borbotones y por sorpresa, erupciones imparables que nos cubrían de una lava pegajosa y caliente que no nos permitía hurgar más allá ni entender. Nombres extraños que se nos volvían familiares pero que no estaban asociados a imágenes, lugares en los que nunca habíamos estado, olores que se evocaban sin que nuestras narices los hubieran olido jamás pero por los que sentíamos una nostalgia que no alcanzábamos a comprender. Se hablaba de tíos, primos, abuelos cuyas caras no teníamos, cuyas pieles nunca habíamos rozado, cuyas voces nos serían por siempre desconocidas pero que eran tanto o más reales que los parientes reales cuando los había. 

Otra realidad, más real. Los relatos de horror, nos eran entregados entrecortadamente pero con tal peso que constituían de alguna manera un mundo concreto. Más real que el que vivíamos. Mitológicamente hiper-real. Oníricamente irreal. Patológicamente para-real. El “ALLÁ”, “LA GUERRA”, “ESO”, “LOS ALEMANES”, eran entidades poderosas, que no admitían discusiones ni preguntas, caían sobre nosotros con el peso de lo incontrovertible y fatal. Nuestra vida cotidiana, la escuela, los juegos, los deberes, eran lo otro-real que fluía y dialogaba en nuestras casas en dimensiones paralelas que rara vez se cruzaban. Lo real cotidiano inofensivo, dado y rutinario, coexistía con injusticias, maldades, horrores, muertes absurdas, universos irracionales y arbitrarios, letanías y anécdotas que se repetían, siempre igual, sin posibilidad de elaboración o comprensión. Vivíamos sin darnos cuenta, dos realidades, dos mundos que coexistían separadamente y se entretejían en nuestro interior. 

El lugar del sufrimiento. El sufrimiento era central y parecía la materia prima de las interacciones más verdaderas en el seno de la familia. La otra vida, la que había que vivir a toda costa como si fuera normal, se intuía oscuramente como una fachada, un esfuerzo porque todo estuviera bien, que por momentos se resquebrajaba y nos hundía en la noche. 

 Antes, el vacío. En el comienzo estaba la shoá. De grandes, muchos de nosotros nos sorprendemos al advertir lo poco que conocemos de las vidas anteriores de nuestros padres. Sus infancias, sus sueños, sus otras familias cuando las había, sus otros hijos, esposas o maridos. Una ausencia corporizada como vacío innombrable. Es como si la Shoá hubiera sido nuestro verdadero comienzo, el gran y único organizador, como si lo anterior hubiera quedado en una zona gris, hubiera sido una especie de croquis o borrador anulado por la contundencia del hecho en sí. Para muchos de nosotros, “en el comienzo fue la Shoá”, una Shoá que conocemos bien en nuestra carne y en la carne de nuestros padres, pero de la que no tenemos memoria efectiva ni conocimiento cierto. 

Nuestras versiones. Los hechos verdaderamente sucedidos entonces, lo que alcanzamos a saber, lo que logramos imaginar, sufren en nosotros una transmutación. Según lo que hagamos en ese proceso, se vuelven mito o historia, justificación o misión. 

Es como si hubiéramos hecho el camino inverso al realizado por nuestros padres. Ellos cayeron en la Shoá viniendo de la normalidad, nosotros tenemos que apoderarnos de la normalidad saliendo de la Shoá.

 

Secundariedad.  “Lo más importante de mi vida pasó antes de que naciera” le oí decir a un hijo de sobrevivientes. Lo que nos define, más que nuestra historia, es en consecuencia, nuestra pre-historia. Somos secundarios a nuestra propia historia. Cronológicamente pero también ontológicamente. Somos segunda generación. Esa secundariedad es probablemente la paradoja que no nos permite encontrar un lugar definido en el escenario. Somos herederos pero no testigos. Sufrimos algunas de sus consecuencias pero no podemos dar cuenta efectiva de ninguno de los sucesos. Estamos, seguimos estando, pero nunca estuvimos. Ocupamos una oscura topografía de la Shoá, una especia de bisagra entre nuestros padres y nuestros hijos. Tal vez sea ese espacio paradojal nuestra potencia. En la búsqueda de certezas, de fronteras claras y seguras, no advertimos que lo singular es precisamente lo que no está claro, lo que nos coloca en este espacio de delimitación problemática. Nuestra indefinición podría ser nuestra riqueza.  

La iatrogenia. Muchos de nosotros han sobrevivido no sólo a la Shoá de sus padres sino a tanta instrucción psicológica impartida por psicólogos y médicos que tardaron mucho tiempo en advertir que nuestra condición nos atravesaba. Atribuían nuestras características a diferentes e imaginativas patologías o neurosis. Características tales como ser sobre exigidos, exigentes, complacientes, demasiado responsables, seguidores de tradiciones familiares, apaciguadores, luchadores contra la discriminación, culpables por no haber sufrido lo que nuestros padres, desdichados si fracasamos porque entonces ellos se sentirán fracasados dado que somos su pasaporte el éxito, las dificultades en el establecimiento de relaciones íntimas, el individualismo, la irritación frente al autoritarismo. Suele ser grande nuestra sorpresa cuando descubrimos esa especie de fratría en la que estas características nos son comunes, que probablemente ese lugar tan difícil de definir es lo que nos ha constituido de esta manera. 

Misiones imposibles. Recibimos mandatos implícitos o explícitos, imposibles de cumplir: reemplazar a los muertos, justificar a los sobrevivientes en su supervivencia, compensarlos, curarlos, consolarlos, rescatarlos, deshacer con nuestras vidas el pasado una y otra vez. Igual que Hamlet, éramos visitados por fantasmas que nos hablaban al oído, sombras que nos exigían venganzas, justicias, reivindicaciones, sacrificios, devociones. 

Difusa (*).

Tiene una identidad difusa.

Será por la difusión de los espíritus

de sus ancestros  en el humo de Auschwitz,

de Dachau, de Treblinka.

Cuando se mira al espejo,

suele encontrar ceniza en sus mejillas. 

 Junto con las misiones imposibles, recibimos la prohibición de buscar explicitaciones abiertas de los aspectos más oscuros, doloroso, intrincados y vergonzantes. 

Reacciones. Ante el sufrimiento frente al que hemos sido testigos reaccionamos contradictoriamente simultáneamente con empatía y con desprecio, también con alguna envidia porque nuestro acceso a lo real que enuncia, es imposible. Aunque éramos entronizados como los tesoros que había que preservar a toda costa, recibíamos la dolorosa noción de que los muertos que nos precedían siempre estarían primero, en una complejización dolorosa de nuestra secundariedad y el mandato tácito de honrar la presencia de los muertos. Teníamos que ser felices sin hurgar en el pasado, escuchar el sufrimiento de nuestros padres pero hacer como que no estaba, ser su crédito en la vida sabiendo que nunca alcanzaríamos a ser los protagonistas. Pero lo curioso es que, aún cuando teñía y constituía gran parte de nuestra subjetividad, el hecho de ser hijos de sobrevivientes, no existió siempre como noción. 

Llevarlo puesto sin saberlo. Hace unos meses me diagnosticaron una hepatitis C. No tengo síntomas aparentes ni ninguna molestia que hasta ahora se hubiera atribuido a ello, especialmente porque no se sabía que lo tenía. Probablemente llevo esta situación crónica hace 25 años, cuando recibí una transfusión de sangre. Entonces no se conocía la hepatitis C, no había métodos para detectarla lo que recién sucedió en 1994. Mi hígado se ha ido deteriorando, no de manera que comprometa mi vida ni me ponga en serio peligro, pero me ha traído inconvenientes que no registraba como causados por ello. Algo parecido sucedió con ser hijos de sobrevivientes: no sabíamos que algunas cosas que éramos, que sentíamos, que hacíamos, que pensábamos o que temíamos, estaban vinculadas con ello. 

 La toma de conciencia. Hay un momento en que despertamos a nuestra condición de hijos de sobrevivientes. En nuestra búsqueda, tenemos una primera sorpresa al descubrir que lo que creíamos único, lo que guardábamos secretamente pensando que nuestra familia era un caso raro, resultaba similar en otros hijos de sobrevivientes, que había una fraternidad que desconocíamos. El camino que emprendemos a partir de allí es variado. Algunos “desentierran” lo enterrado trabajosamente y otros entierran la noción aún más hondo. Entre los primeros, los que deciden bucear y buscar, el paso siguiente suele ser pasar de la mitología a la historia. 

De la mitología a la historia. Se intenta conocer la historia familiar, armar el rompecabezas de la supervivencia de los padres, construir un “álbum familiar” mediante una especie de arqueología reconstructiva. Dónde estuvieron, cuándo, cuánto tiempo, con quién, qué pasó, de allí a dónde fueron, hasta cuando. Son preguntas, recorridos, secuencias, que no teníamos, que no nos animábamos a plantear. La versión mitológica lo traía todo junto, apelotonado, desordenado y confuso. La cronología, la geografía, el conocimiento de los hechos, brinda un contexto de significación para la conducta de nuestros padres lo que nos permite no sólo visualizarlos durante la Shoá sino comprender muchas de nuestras experiencias infantiles. Es difícil encarar este camino en soledad. En el seno de una fraternidad, los hallazgos de unos potencian y estimulan las búsquedas de otros, las sorpresas compartidas, las revelaciones son contenidas entre todos, y hay intercambios, recuerdos que se potencian y resignifican. Los nuevos datos abren nuevas preguntas que traen respuestas que vuelven a abrir preguntas en una apertura arborescente rizomática infinita. 

 De la historia a la misión. En este momento del proceso de pasar de la mitología a la historia, algunos hijos de sobrevivientes deciden que es suficiente, que les basta con lo conseguido. Para otros, tanto el espacio de la fraternidad como las nuevas preguntas proponen un sendero del que ya no quieren apartarse. Sigue a esto el sentimiento, la convicción de ser portadores de una misión mandatoria, que reinscribirá a la experiencia en un concierto social con sentido. El trabajo de la memoria para los sobrevivientes alude a la tensión entre recuerdo y olvido. En la construcción del sentido, tarea de la segunda generación, los temas son la reconstrucción histórica y la resignificación de lo no vivido -pero sí vivenciado- de manera explícita. La misión de los sobrevivientes es ser testimonio vivo y su trabajo es impedir el olvido. ¿Cuál es la misión de los hijos?

 Nuestra particularidad. Hemos tenido diferentes tipos de padres y de familias, diferentes tipos de estilos y vínculos, diferentes modelos y constelaciones familiares. Somos, consecuentemente, variada y ricamente diferentes unos de los otros, tanto en nuestras características físicas como en las psicológicas. Muchas de las características atribuidas a la segunda generación no han sido por otra parte debidamente chequeadas con la población común y sean probablemente encontradas en mucha otra gente que no ha pasado nuestra experiencia vital. Hijos de inmigrantes, refugiados, perseguidos políticos, habrán vivido en sus casas similares experiencias respecto a miedos, prevenciones, sobreprotección, obsesión en la alimentación, expectativas sobredimensionadas en general, como esperando que los hijos hagan realidad algún sueño inalcanzable para los padres. La emigración ha sido otra de las facetas dolorosas de la supervivencia y de nuestro crecimiento como segunda generación. Viviendo en la brecha del entre-idioma, de la entre-cultura, haciendo de puentes sin saberlo entre aquel mundo que ya no está y este nuevo desconocido, temido, incierto. Probablemente, la noción de formar parte de familias que sufrieron hechos de características universales como ha sido la Shoá o cualquier otro hecho similar en su trascendencia social, nos provee de un contexto histórico particular en su significación social y humana, que tiñe de manera específica nuestra vivencia que sea, por ello, diferente de la de los exiliados y desplazados en general. El hecho de ser parte de un hecho histórico paradigmático, nos confiere un lugar y una responsabilidad diferentes.

 Testigos. Somos testigos de primera mano de los protagonistas, los cronistas de sus historias, hemos presenciado sus esfuerzos en olvidar-recordar-olvidar-seguir adelante, sus ideas torturantes más o menos explícitas respecto a culpas que no terminan de definir, las imágenes de los seres queridos perdidos que persisten y los han acosado a lo largo de sus vidas, imágenes que permaneces agazapadas esperando, en un descuido, volver a aparecer, volver a desgarrar. Hemos visto su capacidad de recuperación y generación, sus costos, sus distintas estrategias: callar, hablar, acusar, gritar, distraerse, acusarse, recordar, olvidar, triunfar, fracasar y todo alternativamente, a veces al mismo tiempo o en distintos temas, como un juego de puertas que se abren y se cierran en un desorden armónico. Somos testigos de sus vidas después. 

Podemos dar testimonio de la forma en que creemos que esta experiencia se fue dibujando en nosotros, cuáles son las marcas que creemos haber recibido y las que quizá transmitamos a nuestros hijos y nietos. Sabemos de la transmisión de contenidos, tanto de vivencias traumáticas como de formar de salir de su influjo, hemos aprendido que se sufre pero también que se supera, que el olvido es bienhechor en un período y malsano en otro, que la fuerza de la vida es superior a cualquier intento por destruirla. 

Preguntas.   

Me surgen en este punto dos preguntas: 

- La particularidad de ser hijos de sobrevivientes, por sobre nuestras diferencias ¿nos convierte en un colectivo social? y 

- en caso de ser un colectivo social, ¿cuál es nuestra misión? 

 Colectivo social. De hecho tenemos un nombre, somos hijos de sobrevivientes, o simplemente, nos llamamos “la segunda generación”. La mera adjudicación de un nombre presupone que el objeto a ser designado precisaba serlo, designatum y denotatum se constituyen en un mismo acto como una necesidad surgida de un espacio de interacción social. Y para muchos de nosotros es no sólo una nueva matriz de identidad, es también un alivio, la ansiada pantufla cómoda que se puede usar cuando uno está entre pares a los que no es preciso explicarles por qué la pantufla resulta tan cómoda. 

Riesgos. Quiero señalar empero algunos riesgos de constituirnos en un colectivo social:

- Igual que lo que vemos muchas veces que sucede con los movimientos feministas u homosexuales, podemos hacer de este aspecto de nuestra subjetividad algo tan central y determinante que nos haga exagerar, cosificarnos, distorsionar, fijar nuestro lugar como segunda generación como un absoluto que opaque nuestra diversidad y complejidad.

- Tentación de ocupar una posición melancólica, ser por los que no fueron, lo que nos definiría en relación a los muertos y a nuestra secundariedad respecto de ellos. Si tomamos como misión la memoria de los muertos, la de las pérdidas, podríamos sumergirnos en el barro de la melancolía sin medir adecuadamente que las pérdidas de los abuelos, los tíos, los primos, los idiomas, la cultura han sido seguidas de una recuperación de la vida. 

- Justificar cualquier incapacidad, neurosis, frustración, fracaso y atribuirle a la condición de 2G toda la responsabilidad por nuestras penas y sufrimientos. Ello nos quitaría el esfuerzo que todo cambio requiere y nos cubriría con un manto de engañosa inocencia y forzada victimización.

Ventajas. Pero también existen indudables ventajas:

- Adjudicarle un nuevo sentido a aspectos de nuestras vidas que quedaban sin explicación

- Pertenecer a un grupo particular de personas, sentirnos hermanados en el calor de las experiencias comunes que potencien el trabajo de recuperación de la historia y el sentido.

- Establecernos en eslabones de la cadena de la continuidad de las vivencias familiares, ser parte de una estirpe, reconocernos como herederos de la experiencia de nuestros padres y después decidir qué hacer con ella, cuál de los mandatos recibidos serán sostenidos, cuáles revisados, cuáles nuevos creados; similarmente y como eslabones de la cadena en el otro sentido, qué mandatos transmitimos a nuestros hijos, cuáles revisaremos y cuáles crearemos.

- Transmitir a la sociedad en general tanto la fuerza de la transmisión de lo traumático como la fuerza de la transmisión de lo resiliente. 

La pregunta ética, tal vez nuestra misión sagrada Sea lo que sea que hagamos, lo que no podemos hacer más es mentir. La sociedad, la educación, las religiones, todos los dispositivos encargados de constituir nuestra subjetividad, están construidos sobre suposiciones racionales, mentiras voluntaristas, mentiras que encubren nuestra verdadera naturaleza, lo que efectivamente somos, tanto en nuestra capacidad para el Mal como en nuestra vocación para el Bien. Nuestra tarea, si es que tenemos alguna, es dejar de mentirnos a nosotros mismos, dejar de esperar conductas que difícilmente concretemos y asumir en toda su crudeza aquellos aspectos de nuestra naturaleza individual y social que son los que probablemente han conducido a una tragedia como la shoá y frente a los que los sistemas políticos, educativos y religiosos, aún no han construido herramientas adecuadas (o tal vez, en una hipótesis que se enuncia cada vez con más seriedad, ellos – los sistemas políticos, educativos y religiosos- hayan sido el sustento, el sostén y la generación de todo). Como parte de la mentira que debemos descubrir, se ponen en tela de juicio algunas suposiciones básicas que no tienen cómo sostenerse más. 

La pregunta incómoda: ¿Qué haría yo? Probablemente tengamos la responsabilidad de decir las cosas inconvenientes que se suelen eludir. Nosotros estamos habilitados para hacerlo, es parte de nuestra potencia. Por ejemplo: ¿qué haría yo? ¿qué habría hecho yo? ¿qué estoy haciendo yo? En lugar de enunciar en abstracto lo que hay que hacer, enfrentarse con lo que uno verdaderamente hace, con lo que uno tolera en su vida diaria y hace como que no ve, en nuestra indiferencias y comodidades. Lo que hay que hacer lo sabemos todos, porque todos los sistemas morales, todas las religiones coinciden en que no debemos matar, no debemos mentir, no debemos robar, no debemos traicionar la confianza de nuestro amigo, debemos tenderle una mano al necesitado, cuidar a nuestros padres y a nuestros hijos. Debemos preguntarnos, no en abstracto sino en situaciones concretas y particulares, qué estamos dispuestos a hacer nosotros. 

Los polacos, los alemanes, el resto del mundo declaraba acatar los diez mandamientos, pero permaneció inmóvil –y sigue permaneciendo- cuando son vejados y muchos de ellos los contravenían sin ningún sentimiento de culpa. Los fenómenos psico-sociales resultantes de la difusión de los prejuicios, de la manipulación de los medios son de tanta potencia que producen verdaderos lavados de cerebros colectivos que avalan y sostienen las más abyectas conductas como si fueran humanitarias. 

¿Qué haríamos nosotros? ¿Qué hacemos nosotros? No en el aire, sino inmersos en situaciones particulares donde el bombardeo de la información recortada y la propaganda tendenciosa, donde la presión social y el miedo a ser excluido, nos hace limar bordes y aceptar, poco a poco, cosas que decimos que no aceptaremos. 

 Asumir nuestra naturaleza para “dar de nuevo”. Tal vez nuestra misión nos conduzca a trabajar en la proposición de una nueva actitud, la de asumirnos –como personas y como sociedad- en nuestras limitaciones, comodidades, egoísmos, inseguridades y ver cuánto de esto podemos empezar a confrontar y a modificar. Nada que no se confronte con decisión, se puede revisar y modificar. Las disciplinas sociales, antropológicas y psicológicas vienen pensando, investigando y proponiendo estos espejos en donde podemos vernos y reconocernos en lo fáctico, no en lo idealizado. La segunda generación, la que intenta decir lo que para la primera era indecible, la que sabe quiénes somos y de dónde venimos, podría tomar con sus manos nuestra verdadera  y cruda materia y, como decíamos de chicos, empezar a dar de nuevo. 

Si ésta fuera nuestra misión, no será una misión sencilla de emprender ni fácilmente recibida por las personas e instituciones que están cómodamente apoltronadas en los lugares comunes estereotipados que nos han hecho, en tanto humanidad, girar en el vacío y que se han revelado incapaces de impedir este universo de ignominia ejemplarizado hasta el hartazgo por la Shoá. 

Requiere valentía, imaginación, creatividad y amor. 

Y los humanos tenemos, por suerte, esas cuatro cosas. 

También.

Septiembre 2004

(*) Autora: Rosa Piotrkowski

Ponencia para las IV JORNADAS DE ESTUDIO SOBRE GENOCIDIO, octubre de 2004, Grupo de estudio de Genocidio, Centro Armenio de la República Argentina y Cátedra Libre de Estudios Armenios, Secretaría de Extensión Universitaria, Facultad de Filosofía y Letras, UBA.

Publicado en: Nélida Boulgourdjian-Toufeksian, Juan Carlos Toufeksian, Carlos Alemian (comp): Análisis de la prácticas genocidas. Actas del IV Encuentro sobre Genocidio. Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, Buenos Aires 2004.

 

Foreseeing the Future

How can the Shoah be alive? To imagine the Shoah as living seems to be a contradiction, for how can death be alive? And yet it is. It is alive in the survivors. It is alive in their children and in their grandchildren. It is alive and it is active. I am not trying to play games with language, or be clever. Memory, just like our very existence, is filled with mysterious corners -- places we sometimes visit holding someone else’s hand, or humming a comforting lullaby to make us believe we are not alone, or closing our eyes out of fear of a monster or shadow that may frighten us and make us falter. And then, if we get used to the darkness, we can find the key and even turn on the lights -- we can start to see and understand. If the place is illuminated, the stage looks different. What we feared may be confirmed, or it may vanish and turn into something completely different.

Last Sunday, on March 28, 2004, 160 people came together to share the exploration of such difficult corners. In the Memory of the Holocaust Foundation-Shoah Museum (Fundación Memoria del Holocausto-Museo de la Shoá) in Buenos Aires, we began to walk the path that will take us to our November meeting -- “Facing the Future” -- the First International Meeting for Spanish-speaking survivors, their children and grandchildren, and other interested and involved people. This challenge was taken up by a group of intrepid explorers – four generations who came together, four generations with a common history of the Shoah reflected in one other.

That Sunday, there were shared moments, homages, songs, some words, delightful food and coffee. We made a map where each one of us pinned our place of origin, creating a graphic representation of us all that we built together. We had ten workshops, five during the morning and five in the afternoon, where everyone could participate and share their experience as survivor, child or grandchild, as well as their feelings as witness or scholar. Revelations were made, along with recognitions, tears, and laughter, and we had the opportunity to share the particular and subjective stories that make up the essence of our work and memory. The particular saves us from formality, from the rigid and meaningless concepts that we are used to hearing in the usual Shoah commemorations, as if we had to keep it far from us, as if it scared us. Each person’s particular experience is what is alive and we must focus on the particular to achieve our goals of transmission.

The Shoah is alive in us, in our lives, in the way we recognize ourselves from within, in the ease we feel with our peers. Again and again, people repeated this phrase at our meeting last Sunday: "I feel at last that I don’t need to explain anything." The Shoah is alive and vibrant if we take it down from the monuments, if we fill it with living meaning, with personal experience. The Shoah is alive and only this way will it have some sense and effect on others. The Shoah is alive in us and the only way of beginning a true reflection is to share it and expose it in its full subjectivity. The Shoah is alive in its consequences, in its teachings, in our testimony as witnesses and actors. The Shoah is alive in a world that walks on the thin edges of destruction, and we have something to say about it. And this is what we started to do last Sunday, March 28th.

"Facing The Future," the First International Meeting for Spanish-speaking survivors, their children and grandchildren, and others, is convened by the Memory of the Holocaust Foundation-Shoah Museum (Fundación Memoria del Holocausto-Museo de la Shoá) and Generations of the Shoah in Argentina. It will take place in Buenos Aires from November 21 to 24, 2004.

Interested in learning more? Please get in touch with us: Call us at (5411) 4811-3588 ext. 104 or e-mail us at secretaria@alfuturo.org

(English translation: Natasha Zaretzky)

Anticipando el futuro

Crónica del Pre-encuentro de "De Cara al Futuro". Marzo 2004

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¿Cómo puede estar viva la Shoá? Parece una contradicción en sí misma pues ¿cómo podría estar viva la muerte? Lo está en los sobrevivientes. Lo está en sus hijos y tal vez en sus nietos. Está viva y está activa. No son juegos retóricos. La memoria y nuestra existencia están plagadas de rincones misteriosos en los que a veces entramos de la mano de alguien, o cantando bajito para hacernos la ilusión de que estamos acompañados, o entrecerrando los ojos con el miedo de que nos asalte alguna araña pollito o una sombra amenazante se cruce y nos haga caer. Y cuando entramos y nos vamos acostumbrando a la oscuridad a veces logramos ver que había una llave y que se podía encender la luz. Cuando todo se ilumina, el escenario es otro. A veces lo que asustaba se confirma, otras, se desvanece y se vuelve algo diferente.

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El domingo pasado, 28 de marzo de 2004, 160 personas estuvimos juntas explorando esos rincones a los que uno se resiste a veces a entrar pero que forman parte de quienes somos y nos habitan. En la FMH-Museo de la Shoá, comenzamos el camino que nos llevará al Encuentro de noviembre, ese desafío que hemos emprendido un grupo de intrépidos exploradores. Cuatro generaciones coexistieron, cuatro generaciones con el pasado común de la shoá nos vimos unos en los otros. Hubo momentos compartidos, homenajes, canciones, algunas palabras, rica comida, cafés. Hubo un mapa expuesto en el que cada uno marcaba su lugar de origen, que se volvió una representación gráfica y potente de quiénes estábamos allí. Hubo momentos segmentados en los talleres con temáticas acotadas, diez talleres (cinco por la mañana y cinco por la tarde, simultáneos) en los que todos podían intervenir, aportar su recorte de la experiencia como sobreviviente, como hijo, como nieto, como interesado, como testigo. Hubo revelaciones, hubo reconocimientos, hubo lágrimas, hubo risas, hubo, principalmente, la posibilidad de exponer y compartir la historia particular, subjetiva, la savia y la esencia que nutre el trabajo que merece hacerse con la memoria. Lo particular nos salva de la formalidad, del acartonamiento, de los conceptos congelados y vacíos de significación con los que estamos habituados a conmemorar a la Shoá, como si tuviéramos que mantenerla lejos, como si nos diera miedo. Lo particular está vivo y desde ahí tiene potencia para ser transmitido.

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La shoá está viva en nosotros, en nuestras vidas, en la forma en la que nos reconocemos a nosotros mismos, en la comodidad que sentimos cuando estamos entre iguales. Fue reiterado el comentario de diferentes personas el domingo de “por fin no siento la necesidad de explicar nada”.

La shoá está viva y vibrante si la sacamos del freezer, si la bajamos de los monumentos, si la teñimos de contenidos vivos, de experiencias personales. La shoá está viva y sólo así tendrá algún sentido y efecto en los demás. La shoá está viva en nosotros y compartirla y exponerla de esta manera abre la posibilidad de una verdadera reflexión. La shoá está viva en sus consecuencias, en los aprendizajes que comporta y en nuestro testimonio como testigos y protagonistas. La shoá está viva en un mundo que sigue al borde de cornisas suicidas y nosotros tenemos algo que decir al respecto.

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Es lo que hemos empezado a hacer el pasado domingo 28 de marzo. “De Cara al Futuro” será el primer Encuentro Internacional en habla hispana para sobrevivientes de la shoá, sus familiares y toda persona interesada y comprometida con el tema. Convocado por la Fundación Memoria del Holocausto y Generaciones de la Shoá en Argentina, tendrá lugar en Buenos Aires entre el 21 y 24 de noviembre de 2004.

Para más detalles, fotos y crónica

La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúrenberg - Rudy

La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúrenberg.

17 de marzo de 2004

Hace varios meses, no me acuerdo cuántos, Rudy me prestó para leer un borrador de lo que es hoy este libro. Me traje para mi casa el manojo de hojas A4 impresas de un solo lado, con la expectativa entre curiosa y ansiosa que uno tiene siempre ante algo nuevo para leer, con el valor agregado de que se trataba de algo escrito por un amigo querido y admirado. Pero antes de contarles qué me pasó, debo hacer un pequeño desvío.

El humor, más que un sentimiento, es una relación con uno mismo y con el mundo. Tiene una fase de registro, en la cual uno percibe y se dice a sí mismo que esto es humorístico y una fase de expresión del registro que va desde una ligera sonrisa hasta la ruidosa carcajada unida a contorsiones poco elegantes. Esta exteriorización está vinculada al contexto en el que se ha producido el registro de lo humorístico. Por ejemplo, la misma película que uno ve en su casa por el televisor y que a uno le produce una sonrisa interior que a veces no llega a dibujarse en la cara, esa misma película vista en un cine con otra gente, nos provoca una carcajada estruendosa. Es difícil que una carcajada suceda en soledad. No sé por qué. Será el efecto contagio, la potenciación de la presencia del otro con su multiplicación de sentidos, no sé, pero uno no se ríe a carcajadas cuando está solo. Al menos no me pasa a mí y a varias otras personas a quienes les pregunté. No alcanza para validar una investigación científica sobre el humor y su exteriorización según el contexto, pero me sirve para lo que sigue. Vuelvo entonces al borrador que me entregó Rudy.

Me lo reservé para la siesta del sábado a la tarde, En realidad es la siesta de mi marido, no la mía que desde chica la odié como a la sopa. Era una tarde tibia, amable. Me hice un mate y elegí el sillón más cómodo del jardín. Y empecé a leer. Creo que no pasé de la primer página, habrá sido por el segundo o tercer párrafo y me di cuenta de que algo me estaba pasando, de que no veía bien, que las letras no eran claras. Es que las carcajadas me humedecían los ojos y no podía seguir leyendo. Estaba sola, riéndome a carcajadas. Nunca antes me había pasado.

Por si no queda claro, las crónicas de Tsúrenberg, me hicieron reír mientras las leía. No necesité las risas grabadas de las series norteamericanas para contagiarme del universo delicioso y gracioso de este mundo de Rudy. Y si lo que Rudy quería era hacer un libro de humor, pues conmigo lo ha logrado. Con esto sería suficiente como presentación. Llévenlo, compren varios para regalar, recomiéndenlo y espero que les provoque también alguna carcajada su lectura.

Pero no me voy a quedar en esto. Aunque básico y esencial, el hecho de que me cause gracia no agota el tema.

Por orden alfabético, me toca ser la última presentadora. Ya a estas alturas, tienen alguna idea de cuál es el contenido del libro, conocen los nombres de algunos de los personajes y accidentes geográficos y saben por qué nos ha gustado a los tres.

Quiero señalar algunas cosas que me han impresionado particularmente.

Una cuestión de género

La cuestión de género, tiene que ver con Aristóteles. El teatro era uno de los pilares en la constitución de la subjetividad del ciudadano griego. Aristóteles distinguía los géneros teatrales según quiénes eran sus protagonistas, cuáles las temáticas y objetivos de la representación. Diferenciaba así a la tragedia de la comedia. La tragedia se ocupa de temas trascendentales, la vida y la muerte, el odio y el amor, la lealtad y la traición. La comedia se ocupa de situaciones particulares y cotidianas, de las debilidades y vulnerabilidades, de las dudas e inseguridades del diario vivir. Mientras la tragedia trata sobre el destino del hombre, la comedia trata sobre la falible condición humana. La tragedia cumple la función de enseñanza, la comedia la de la identificación, ambas condiciones necesarias para la constitución del ciudadano de la polis griega. La tragedia está protagonizada por dioses y Héroes –semidioses-. La comedia, por el contrario, está habitada por gente común.

La palabra comedia hoy se entiende con ideas como ligereza, superficialidad, banalidad, siendo, por el contrario, el género que entroniza la cotidianeidad, el que habla de nosotros tal cual somos no como debiéramos ser. En este sentido, “La muerte de un viajante”, la desgarradora propuesta de Arthur Miller sobre la vida gris de Willy Loman, cabría sorprendentemente en el género de la comedia. Willy Loman es un hombre común, que vive situaciones particulares de una vida privada, se ocupa de temas como el de tener éxito, de ser alguien, del respeto de uno por uno mismo y la familia, de la ilusión y la desilusión gestada por un sistema de vida y de trabajo, propone ideas y temáticas que uno conoce y reconoce pero no pretende influir sobre las vidas de nadie. Cuenta lo suyo, chiquito y particular. “Copenhague”, la obra que vuelve a estar en cartel en el San Martín y que recomiendo calurosamente, cabría por el contrario en el género de tragedia. Sus protagonistas son personajes célebres, similares a los héroes griegos, personas que han influido en el curso de la humanidad y lo que discuten tiene directa influencia en las vidas de otros, hablan del bien y del mal, de la ciencia y la guerra, las grandes decisiones éticas, sus palabras son trascendentes.

Por todo esto digo que estas crónicas de Tsúrenberg son una comedia en el más fiel y cabal sentido aristotélico. Una comedia en la que nos podemos identificar, en la que nos encontramos tratados de una manera cariñosa, en nuestra más amable humanidad.

Lo judío

El otro aspecto, tiene que ver con lo judío. Rudy barre con varios estereotipos judeófobos. Uno de los temas centrales de la judeofobia basal es que todos los judíos son ricos.

La pobreza judía. La pobreza es una de las grandes protagonistas de esta comedia humana. Rudy la coloca como uno de sus ejes centrales. El tema de la pobreza judía fue sacado a luz hace no muchos años por el servicio social de AMIA para sorpresa de no pocos judíos argentinos. Hacerlo protagonista y tejer con ello una trama multicolor puede ser hasta una proposición política que nos cuenta otra historia sobre nosotros mismos. Dice: “Los judíos de Tsùrenberg eran pobres. Siempre fueron pobres. Sus padres fueron pobres. Sus abuelos fueron pobres. Los abuelos de sus abuelos fueron pobres...En otros sitios, en las grandes ciudades, vivían los judíos ricos. Llámense los Rothschild, los Brodsky, los Hirsch, las familias tradicionales, empresarios, banqueros, profesionales que compartían la vida mundana y sofisticada de los burgueses gentiles, salvo en épocas de antisemitismo agudo, en las que también ellos podían llegar a compartir la suerte de los judíos de menos recursos. Pero esto ocurría en otros sitios. En Tsúrenberg no, porque no había ricos. Los pobres de Tsúrenberg sabían que en algún lugar del planeta había otros hombres que no pasaban necesidades, que comían otras cosas además de papas, que eran tan ricos que hasta tomaban café y comían bananas y ellos ni sabían qué eran esas cosas.”

El pogrom. Frente al estereotipo del judío sinárquico organizador de complots mundiales, trae como una tromba siempre presente el temido pogrom. El pogrom tiene una presencia trágica, en el sentido de eterna, sin discusión, dada, con el peso del destino, aparece a todo lo largo del texto, en comparaciones, a veces en comentarios marginales. Por ejemplo cuando habla del progreso en Tsúrenberg dice: “hasta los pogroms habían progresado. Ahora los cosacos venían con un traductor que iba gritando en idish lo que les podía pasar a los judíos que se escondiesen”.

La conversación. Frente a la definición negativa de lo judío, hay en estas crónicas mucho de lo positivo de lo judío, la inventiva para superar los desafíos, la creatividad para salir adelante ante carencias y dificultades, la alegría de vivir, los valores de la familia y la lealtad al grupo, la importancia del uso de la lógica, el razonamiento y la argumentación. Y lo hace como corresponde, con preguntas y réplicas, repreguntas y contrarréplicas. En ese estilo tan magistralmente jugado por muchos judíos que hacen de la conversación y la discusión una de las artes vitales más esenciales, conversación que no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo pretende que el juego continúe, que la conversación siga.

- Papá, papá, ¿de veras existen los ricos?

- Sí, Pílquele, creo que sí. Yo nunca vi ninguno, pero dicen que en algunos sitios lejanos, pasando el río Shmendrik, el pueblo de Lomirkvetchn, los montes Akshn y algunos poblados más, como Geshtórbeneshpilke, Vuguéistemberg, Blintzenberg, Shlejtelokshn y Undzereáizn, hay ricos.

- Y ¿cómo son los ricos, papá?

- Como ellos quieren, Pílquele, los ricos son como ellos quieren. Si tienen mucho frío, se abrigan; si tienen hambre, comen; si tienen sed, beben y, cuando hay un pogrom, ellos se tienen que preocupar por sus familiares pobres que viven lejos, no por ellos mismos.

- Bueno pa, nosotros también nos preocupamos por los pobres que viven lejos cuando hay un pogrom, ¿o acaso los cosacos no son pobres y viven lejos de nosotros?

- No tan lejos como quisiéramos...

- No sé, a mí el rebe Meir Tsuzamen me dijo que los ricos son malos y que los pobres somos buenos; que los ricos son el opio de los pueblos, pero que los pobres todos unidos les vamos a ganar, les vamos a sacar sus riquezas y entonces nosotros vamos a ser los ricos y ellos pobres.

- ¿Eso te dijo el rebe?

- No, eso último se me ocurrió a mí porque seguro que si les ganamos nosotros vamos a tener riquezas y ellos, pobreza.”

Los tsures. En Tsurenberg, los tsures son una marca de identidad, una proposición filosófica que se opone a esta realidad cruel y exigente de la felicidad instantánea, del placer al paso, de la eternidad sin arrugas ni celulitis, pura cáscara sin róyinque ni taam. Los tsures son como las papas, como la Torá, como la vida, algo que está ahí, que no se discute, con lo que se convive y dialoga. Es este territorio de los tsures lo que hace de estas crónicas una comedia, porque nos permite la identificación amable y hasta positiva con nuestras imperfecciones, debilidades, vulnerabilidades y carencias.

Esta Tsúrenberg de Rudy, si hubiera existido, habría sido una de las 5.000 comunidades judías arrasadas por la Shoá. Rudy revive y reformula los relatos que escuchara de su abuela, los que leyera en diferentes textos, los que viera en chistes, refranes y maldiciones y recrea ese mundo en el que incluye fragmentos y miradas de nuestro mundo moderno. Como Kuitka que genera sus propios mapas de vida sobre colchones en donde se mezclan localidades y recorridos imposibles geográficamente pero expresión de la forma en que se nos enredan en el alma, así Rudy reinventa esos universos tan fácilmente reconocibles que nos traen historias de amores y odios, de envidias y sueños, de ideologías y tradiciones, de progreso y de ciencia, matizado con el rico refranero judío y el no menos rico acervo de sustanciosas maldiciones.

Tsúrenberg parece haber nacido en Europa pero la llevamos puesta. Rudy es un tsúrele, Eliahu es un tsúrele, Florencia es una tsúrele, todos ustedes probablemente sean tsúrelej, yo, ni les cuento.

Rudy hace malabares muy cómicos en su intento de ubicarla geográficamente. Tiene razón en su gesto descriptivo inespecífico: abriendo la mano con el brazo extendido y haciendo un gesto en círculo de un costado a otro, podríamos decir: Tsúrenberg es un lugar en el mundo que queda por acá.