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Historias de sobrevivientes

LA NIÑEZ COMO ESCUDO

La gente que lo vivió jamás pudo terminar de entender cómo no se puede aceptar algo que está comprobado: hay fotos, videos y, lo que más fuerza tiene, sobrevivientes. La única esperanza que tenían era saber que el sobrevivir iba a dejar el legado de `aquí estamos, sobrevivimos, esto pasó, no va a haber nadie que nos pueda callar y menos cuando tengamos hijos, sobrinos y nietos que continúen con esta lucha´”, dice Agustín Tokatlián, familiar de Esteban Pamboukdjian, sobreviviente del Genocidio armenio y autor de “El juego de las bestias”, un texto publicado en el Diario Armenia basado en el relato de Pamboukdjian, en el que cuenta su historia durante el Genocidio armenio comparándolo con un juego.

Tokatlián agrega que “el principal legado que Esteban ha dejado es que una persona luche por que ese negacionismo se haga cargo”. Explica que sus padres son armenios y que parte de sus familiares escaparon del genocidio. Estuvieron escondidos en la casa de una persona turca en un cuarto “invisible”, porque si abrían la puerta o salían corrían el riesgo de morir. Hubo un fusilamiento, disparos al suelo, y Esteban, que tenía ocho años, se desmayó. Cuando se despertó vio que su prima recién nacida también había sobrevivido: “Nunca se supo bien por qué no murió, por qué esas balas nunca llegaron a él. Se podría decir que quizás los padres recibieron las balas, estaban delante de él y él no murió junto con la bebé, porque la persona que sostenía a la bebé también murió. Cuando comenzó el fusilamiento familiar, cuando las balas empezaron a caer, él no se enteró, escuchó el ruido, vio la presencia de esos turcos y cayó rendido al suelo como si hubiera caído una bala sobre él, pero nunca se enteró”, relata.

Esteban Pamboukdjian en su adultez

En ese momento escaparon a un puerto, subieron a un barco y fueron a Siria. Después de que se formara la familia, vinieron a la Argentina. Los abuelos y la madre de Tokatlián le contaron que lo que se vivió durante esos meses de 1915 era miedo, terror, sufrimiento, escuchar lo que pasaba afuera y no saber cuál sería su destino: “Por tener un ‘ian’ en el final del apellido, ya estabas considerado cristiano y tenías un pie en el ataúd, no había posibilidad de vivir, o sea, sí había, pero negando quién eras. Hubo familias que la única posibilidad para que no las mataran fue cambiarse la parte final del apellido por ‘oglu’”, cuenta.

A partir de esa reconstrucción, Tokatlián se pregunta cómo Esteban, un niño de ocho años, pudo vivir aquello sin entender lo que había pasado y cómo los padres lograban darle “alegría” o alejarlo de lo que ellos entendían que era un sufrimiento: “Yo creo que, si hubiera sido más grande, no hubiera sobrevivido. Hay algo de la pureza de la niñez, que le permitió sobrevivir. Por eso, hubo muchos niños que sobrevivieron, creo que hay algo de la falta de comprensión de lo que vivieron que, luego, tuvieron la madurez para entenderlo”, cierra.

“ME QUIEREN MATAR POR JUDÍA”

Diana Wang es hija de sobrevivientes del Holocausto, miembro del Museo del Holocausto de Buenos Aires, escritora de Cuadernos de la Shoá, psicóloga y conferencista de charlas TED. Escribió libros como “Los niños escondidos: del Holocausto a Buenos Aires” e “Hijos de la Guerra: la segunda generación de sobrevivientes de la Shoá”. Wang afirma que tanto en el Genocidio Armenio como en la Shoá y en todos los genocidios posteriores se necesitan varias décadas para poder hablar.

La mayoría de los chicos no recuperaron a sus padres porque los perdieron. Si eran muy chiquititos no se acuerdan nada. El hecho es que tienen el agujero en la memoria de no saber, puntos oscuros de su identidad que desconocen. A veces hablan con otros sobrevivientes, imaginan ‘tal vez a mí me pasó lo mismo’ y van rellenando su historia para hacérsela comprensible, porque son como islas a las que necesitan ponerles puentes para armar una historia con sentido”, explica Wang. Y suma una historia que lo refleja: “Un sobreviviente que todavía está vivo tenía nueve años, vivía en Alemania y, cuando empezó toda la situación complicada, los padres decidieron irse de Alemania, tomaron el tren Transiberiano, atravesaron toda la Unión Soviética, llegaron hasta el puerto de Shangai y ahí los detuvieron”.

Diana Wang es hija de sobrevivientes del Holocausto, escritora y psicóloga

En ese momento, China estaba ocupada por los japoneses, aliados de los alemanes. “Pasaron la guerra en el gueto judío de Shangai”, dice Wang, y continúa con la historia del niño sobreviviente: “Cuando tenía 13 años llegó a la Argentina con sus padres. Conoció aquí lo que era una pelota. Fue a la escuela, se vinculó con otros chicos de su edad y empezó a escuchar cómo habían sido sus infancias, sus casas, que habían tenido cumpleaños. La reflexión que hizo fue: ‘Recién ahí me di cuenta de que no había sido feliz’”.

Wang relata que siempre supo que era hija de sobrevivientes y que había nacido en ese contexto, pero antes no le daba la misma importancia que ahora. Escuchaba a sus padres hablar del tema, pero lo naturalizaba porque no conocía una realidad diferente: pensaba que en otras casas se hablaba de lo mismo.

Yo nací en 1945 en Polonia y vinimos a la Argentina en 1947, dos años después de que terminara la guerra. Mis padres querían ir a Israel, pero todavía no existía como país, era el protectorado británico y era muy peligroso ir con una bebita a una travesía en la que te podían hundir el barco, detenerte y meterte en un campo de concentración”, cuenta Wang.

Una situación puntual fue bisagra para que tomara consciencia de su historia: “Fue cuando explotó la bomba en la AMIA. Me enteré porque mi mamá me llamó por teléfono y me contó. No se sabía todavía qué había pasado, me llamó cuando desde su ventana veía el humo y la frase que me dijo fue: ‘Nos quieren matar otra vez’. Me metió de lleno en el tema: ¿Por qué `nos`? ¿A mí me quieren matar? Yo no hice nada, entonces me quieren matar por judía. La segunda cosa, cuando dijo ‘otra vez’, la ligué con el Holocausto. Me tocó en mi identidad como judía, me asumí como hija de sobrevivientes y empezó a ser tema de mi identidad de manera oficial. En ese momento empecé a investigar y a escribir”, concluye.

Reencuentro sobrevivientes 82 años después

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Comentario introductorio: Los sobrevivientes de la Shoá nos hemos quedado sin familias. Sus hijos nos hemos criado entre tíos y primos postizos. ¿Y qué pasó con los amigos? ¿Los compañeros de escuela, de juegos, de sueños? No suele hablarse mucho de esa amputación sufrida, la pérdida de esa personita que era nuestro compinche, confidente y en quien confiábamos tanto que era casi la persona más importante de nuestra vida. La alegría que sentimos todos en este momento es que la separación de hace 82 años hoy se ha revertido. Como las aguas del Mar Rojo que se abrieron para que podamos huir y no ser atrapados, las aguas del tiempo han construido este puente que hoy une a Ana María y a Betty, separadas e ignorando cada una acerca de cuál había sido el destino de la otra, y nosotros tenemos el privilegio de ser testigos de este reencuentro. Pero antes, y para ser prolijos, vamos a ver cómo fue que se reencontraron.

Comentario de cierre: Si cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo, ¿qué decir de este milagroso reencuentro de Ana María y Betty? Uno se pregunta ¿cuánta gente aún queda por reencontrarse? ¿Cuántos de nosotros, yo misma, sentimos que esto que han vivido Ana María y Betty es una evidencia de que tal vez, quien sabe, podremos encontrar a esa persona que creemos perdida? Es como encontrar una aguja en un pajar, pero esto que ha pasado nos abre, aunque sea un pequeño resquicio, la ventanita de la esperanza. Un querido sobreviviente que ya no está con nosotros, Charles Papiernik Z’L, decía con amargura “los optimistas nos quedamos y los pesimistas se fueron” y nos deja esa pregunta abierta acerca de cómo evaluar realísticamente lo que sucede y cómo saber de antemano lo que es mejor hacer. Ana María y Betty tuvieron la suerte de tener padres que hicieron lo que resultó correcto para sobrevivir. Es una fiesta este reencuentro. Gracias Ita por tu increíble corazonada, gracias Aliza por tu búsqueda insistente y gracias Ana María y Betty por haberse prestado a este emocionante momento que nos hace tan bien a todos. Buenas tardes.

Entrevista a Rudi Haymann.

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Rudi nació en 1921 en Berlín, en el seno de una familia judía En 1938 logró escapar de la Alemania nazi y llegó hasta la Palestina británica, donde fue pionero en un kibutz, secando pantanos. En 1942, ante el avance del ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial, Rudi se alistó en el ejército Británico y luchó en África, Italia y Grecia como miembro del Servicio de Inteligencia Británico. Al terminar la guerra, en 1948, Rudi se asentó en Chile y se dedicó al diseño de interiores, un pionero de esta profesión.

Agradecemos especialmente al @museojudiochile por la colaboración, y a Gastón Donzis y Andrés por su ayuda.

Con las mejores intenciones

Presentación del libro “Sí, estoy viva” con la vida de Sofía Noëlly Ordynanc. Museo del Holocausto, 24 de octubre de 2019.

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La historia de Noëlly nos invita a reflexionar sobre el lugar de los padres, la memoria, la identidad y la culpa. El título de su libro, “¡Sí, estoy viva!” es una potente reafirmación de alguien que no solo sobrevivió a la Shoá, alguien que sobrevivió a lo que siguió después de la Shoá. 

Los que vivimos una vida normal tenemos una sola mamá. Noëlly tuvo tres.

La mamá uno, Adèle Ordynanc, su mamá biológica, que previendo lo que estaba por suceder la entregó a sus tres años confiando en que sería cuidada y salvada.

La mamá dos, Anna Eloy, la mamá de Georgette y Julia, pero principalmente Georgette, con quienes estuvo hasta sus 9 años.

Y la mamá tres, Adela Fernández, con la que vivió hasta casarse con Buye.

No le fue fácil a Noëlly integrar, organizar y ubicarse en estos tres escenarios tan diversos y complejos, los nombres, los apellidos, las historias, los linajes. ¿Quién era? ¿De dónde era? ¿A qué grupo pertenecía? ¿Era judía? ¿Judía sefaradí o judía ashkenazí.

De su mamá uno no tiene memoria. No recuerda los años vividos con sus padres, con Salomon y Adèle, ni el nacimiento de Marcel ni el momento de la desgarradora despedida. ¿Cómo habrá sido ese momento para su madre? Durante la Shoá hubo una forma diferente de ejercicio del amor, había que renunciar a la posesión y al control, entregar a los hijos para asegurar su salvación, sin garantía alguna, sin tener la posibilidad de saber qué pasó o cómo fue, desprenderse del bebé o del chiquito que uno parió, acunó, dió de mamar, cuidó en sus enfermedades, acompañó en su maduración y adquisición de nuevas habilidades… El amor de estos padres supera al amor mismo. Es un amor desprendido, generoso y valiente. Sin recuerdos de sus padres, nunca olvidaré el día en que Noëlly recuperó sus fotografías y pudo ponerles imagen a esos nombres, su cara resplandeciente mostrando el increíble tesoro que había recuperado, conocer las caras de su mamá y de su papá.

De su mamá dos en casa de los Eloy en Achet, tiene la memoria feliz de años de juegos, mimos y tibieza. Por lo que nos cuenta Georgette, Ana y Georges, sus padres, tenían adoración por esa chiquita recibida con la misión de protegerla, alimentarla y salvarla. Y lo hicieron con alegría. Todo el pueblo sabía que era judía y hasta lo respetó el cura que, cuando Noëlly quiso hacer la comunión consideró que debían respetar su identidad. Su intención fue la mejor pero terminó siendo desgarradora para Noëlly.

Terminada la guerra, las instituciones judías fueron al rescate de los muchos niños que habían sido entregados a familias católicas para reintegrarlos a sus padres si es que hubieran sobrevivido, a sus familiares o a una familia judía que los quisiera recibir, para asegurar que volvieran a la vida judía luego del intento nazi del exterminio total. Era urgente recuperar a estos niños y devolverles sus nombres, historias y linajes. La decisión del cura de Achet señaló a Noëlly como uno de esos niños a ser rescatados. Fue una situación dolorosa, cruel e injusta pero eran años de caos y desesperación. Noëlly fue arrancada de la casa de los Eloy sin preparación alguna, sin informarle nada, sin que supiera o pudiera entender qué estaba pasando, dónde la llevaban, con quién, para qué. 

Fue arrancada de su familia de origen por los nazis, los malos y luego fue arrancada de su familia salvadora por los buenos. ¡Que complicado para procesar a los 9 años!

Se puede hacer daño con las mejores intenciones. En este caso se debe al contexto histórico porque en aquellos años los niños no tenían la entidad que tienen hoy, no eran vistos como sujetos con derecho a explicaciones ni argumentaciones, eran solo adultos chiquitos que debían ser alimentados y protegidos. Si las instituciones que fueron al rescate y los Fernández hubieran sido asesorados como lo son hoy las familias que transitan la restitución de los niños apropiados por la Dictadura Militar, tal vez la historia habría sido otra y Noëlly no habría debido esperar tanto tiempo para sonreír.

Pero no fue así. Noëlly perdió a sus amados Eloy y en el trayecto hacia ese lugar ignoto y lejano que era Buenos Aires, descubrió que se llamaba Sofía y que tenía un hermano, Marcel, del que no guardaba memoria alguna. Llegaron a Buenos Aires y fueron recibidos con amor y dedicación por Roland y Adela Fernández. Coincidencias misteriosas, Adela, su mamá tres se llamaba igual que su mamá uno, Adèle.

La familia tres, era de muy buen pasar y les dió buenas escuelas, ropa delicada, cuidados y atenciones por doquier. Como sefaradíes estaban muy alejados de la comunidad ashkenazí y sabían poco o nada de lo sucedido en la Shoá, no era un tema relevante ni sabían cómo encararlo. Probablemente creyeran que el bienestar que les daban iba a ser suficiente para compensar sus pérdidas y devolverles la felicidad perdida. Pero otra vez el diablo metió la cola porque alguien, no sabemos quien, aconsejó que se cortara el contacto de Noëlly con los Eloy a quienes extrañaba en francés. El nuevo lugar, el nuevo idioma y la ausencia de información fueron un segundo desgarro que ensombrecía tanto su vida que le hacía imposible disfrutar de los beneficios de la nueva familia. 

Las cosas no fueron fáciles para los Fernández dado que Marcel por otra parte tenía una alteración neurológica que determinó preocupaciones inesperadas. 

Habían rescatado a estos chicos generosa y amorosamente y, a pesar de todos sus esfuerzos y dedicación, les era muy difícil apaciguar las almas de Noëlly y de Marcel.

¿Qué nos pasa a los padres cuando vemos que nuestros hijos no son todo lo felices que esperamos? ¿Cómo viven nuestros hijos nuestra conducta hacia ellos? El abandono vivido por Noëlly de su mamá uno no fue por falta de amor sino por amarla muchísimo. Los que la sacaron de la familia dos, buscaban que fuera restituida a la vida judía que le había sido robada. Su mamá tres la cuidó, protegió y alimentó y fue obediente a los consejos que recibía creyendo que ello garantizaría su felicidad. 

Noëlly nos hace pensar en los grises de la conducta humana porque podemos ocasionar penas intentando hacer bien las cosas. 

Muchas veces las mejores intenciones no resultan en las mejores conductas. Pero como Noëlly nos demuestra con su libro y su presencia hoy, la historia siempre puede reescribirse. Se puede hacer porque uno decide qué hacer con lo que pasó. El pasado no es un destino fatal, podemos reconstruir los datos de nuestra vida, sumar personajes y situaciones, comprender contextos y dibujar la vida que cada uno de nosotros quiere vivir.  

Jonathan Karszenbaum, Magali Faerverguer, Alejandro Gorenstein, Noëlly Ordynanc, Aida Ender, Diana Wang y Jonatan Epsztejn.

Jonathan Karszenbaum, Magali Faerverguer, Alejandro Gorenstein, Noëlly Ordynanc, Aida Ender, Diana Wang y Jonatan Epsztejn.

¡Qué hermoso sería que Adèle y Salomon Ordynanc, Ana, Georges, Georgette y Julia Eloy y Adela y Roland Fernández, las tres familias de Noëlly, pudieran verla hoy, con sus hijas y nietos, sus familiares y amigos, resplandeciente, agradecida, finalmente feliz y sonriendo a la vida!