La profecía del criminal – Moisés Borowicz

La Profecía del criminal es un libro cinematográfico, contado en imágenes concretas y sumamente evocadoras. He leído decenas de libros de testimonio y no es común uno encarado de esta manera. Tiene la gran virtud de no pretender contarlo todo, ni dar lecciones u ofrecerse como modelo o ejemplo de nada. Así como es Moisés, sencillo, inteligente y pícaro, se plantea su historia casi como si se sorprendiera a sí mismo de cómo se fueron dando las cosas. Contada en viñetas, en anécdotas que siguen su derrotero en la Shoá, hay distintos personajes que entran y salen de la escena con la misma humildad con la que se presenta el protagonista. Tiene la virtud de transmitir de manera descriptiva y emocional algunos momentos significativos de su vida durante la Shoá, antes y después. Desde su infancia en Sokoly pasando por el bosque, el gueto, el viaje en el tren y los siete campos de su ordalía: Majdanek, Blyzin, Plaszow, Wieliczka, Mauthausen, Melk, Ebensee, luego de la liberación el pasar por la condición de Desplazado en Italia a la espera de un destino para seguir viviendo. Las ordalías eran las pruebas que se hacían sobre las personas acusadas de brujería durante la Inquisición, por ejemplo se echaba a una mujer con una piedra pesada atada a su cuerpo a un lago, si se hundía era bruja, si sobrevivía no. Las ordalías son pruebas construidas supuestamente para probar la presencia una mujer con una pesada piedra atada puede emerger a la superficie y salvarse. ¿Cómo se salvó Moisés? El trayecto por los siete campos de Moisés es una verdadera ordalía, una prueba tras otra a la que fue sometido y de las que salió airoso, él mismo no sabe por qué. Como dicen todos los sobrevivientes, la suerte fue el factor determinante. Pero él se pregunta si no fue por la profecía del criminal, aquél austríaco que disparó a Moisés pero mató a una paloma porque al apretar el gatillo la bala no salió enseguida y anunció proféticamente “este chico va a sobrevivir la guerra, tiene destino de vivir”. Moisés nos deja la pregunta abierta que atormenta a todos los sobrevivientes ¿por qué fue que sobreviví? Y se responde, irónicamente, con el recuerdo de la profecía de uno de sus asesinos fallidos.En su libro se ve claramente la gradualidad con la que los judíos fueron siendo conducidos al camino de la muerte y la imposibilidad de una oposición efectiva frente a este enemigo organizado y con una clara determinación asesina. Relata Moisés, sin embargo, todos los intentos que hizo su familia, él mismo y otros a su lado, para evitar su destino fatal. Cuando podían huían, se tiraban de los trenes, cavaban hoyos en los bosques donde permanecían meses y meses, así fue como Moisés y su familia sobrevivieron un año entero. Uno no alcanza a imaginar lo que es permanecer acostados en un sitio incómodo, húmedo, helado o caluroso, a oscuras y en silencio rogando a cada instante no ser descubiertos, no ser denunciados, que un grupo de nazis o de antisemitas polacos no se topen con la entrada de la cueva…. Días y días con la incertidumbre del mañana. Si se desconoce cuándo finalizará el sufrimiento éste se multiplica y se hace insoportable. Los dolores de parto se toleran porque uno sabe que en poco tiempo, minutos, horas, terminará. El no saber cuándo se termina lo agiganta enormemente. Es lo que vivieron en ese año en el pozo en el bosque, una experiencia que los que no vivimos no alcanzamos a comprender. Los objetos que hacían la diferencia entre la vida y la muerte en los campos: el pote, una cuchara cuando se conseguía, el calzado, los zuecos. La vida concentracionaria es un universo tan particular que a veces sus detalles se pierden al recuperar la vida normal y no siempre se cuentan. Siempre me sorprendió que los sobrevivientes no mencionen en sus testimonios, salvo que se les pregunte específicamente, cómo es vivir sin relojes ni espejos, dos elementos que nos resultan esenciales para ubicarnos. No sabían cuándo era su cumpleaños, ni qué aspecto tenían. No eran dueños de sus cuerpos puesto que no podían responder a sus necesidades cuando lo necesitaban sino en un horario determinado y ante los ojos de los demás. La puerta del baño es un bien que nos humaniza, nos permite resguardar nuestra intimidad de la mirada de los demás. Como dice Moisés “no teníamos ropa interior”. Cosas que uno toma por normales acá no existían y la identidad, la subjetividad debía construirse con los elementos que había. Y he aquí el milagro de lo humano, se podía. Están los amigos, la policía judía, los gentiles antisemitas y los gentiles que arriesgaron sus vidas, el levantamiento armado de Bialystok, la cruel locura de la escalera de la muerte en Mauthausen, los encuentros con personajes de su pueblo, los destinos de sus familiares y amigos, Moishe Maik el amigo bromista de su hermano Yehuda, Motek Czerwonietz que protagoniza una de las escenas más conmovedoras del relato, los perpetradores con nombres, apellidos y apodos. Pero es central en el corazón de Moisés la desaparición de su querido hermano Yehuda del que nunca más supo nada luego de verlo saltar del tren. Dice Yehuda fue uno de los primeros en tirarse. Arrojó su sobretodo para que recibiera las descargas de metralla y después se lanzó él. Un instante antes de hacerlo me buscó con la mirada y alcancé a leer en sus labios: “nos vemos hermanito”. Sin evidencias de su muerte, la posibilidad de que hubiera sobrevivido y, como hipotetiza Moisés, que haya perdido la memoria y no recuerde su nombre, abre todo el capítulo de la presencia de los que no tenemos evidencia de que hayan muerto. Como los desaparecidos en la dictadura argentina cuyos padres y familiares dicen aún hoy que cuando suena el teléfono piensan “¿será….?”, Yehuda es una presencia-fantasmal , alguien siempre esperado. Al hablar de su infancia, relata sus recuerdos infantiles, sus juegos y sus compañeros de juegos, y lo hace con frescura y sencillez, permitiendo la identificación del lector porque cualquiera de nosotros hemos sido niños como él. A veces, en los relatos de sobrevivientes que cuentan las partes terribles, el horror en grado puro, producen un cierto distanciamiento en el lector o en el oyente porque ninguno se ha visto en una situación similar y el relato, aunque espantoso, está tan alejado de la realidad común que no le permite identificarse con el sobreviviente. Moisés cuenta, a lo largo de todo el libro, de un modo que hace que cualquiera que lea entienda visceralmente lo que dice, pueda identificarse con él e imaginarse cómo sería si a él le pasara lo mismo. Es, para mí, el mérito mayor del libro. En Generaciones de la Shoá hemos diseñado un proyecto para mantener vivo el relato oral de la Shoá, el Proyecto Aprendiz. En él un joven conoce a un sobreviviente, interactúa con él y se compromete a contar su historia en las décadas futuras. Nos aseguramos así que algunas de estas historias siga estando viva y puedan ser transmitidas con el calor de la presencia y con las pequeñas anécdotas que hacen de cada vida algo visible y comprensible por cualquiera. Este logro central en el libro debe ser una combinación entre la personalidad de Moisés, sus recuerdos y lo que privilegia en ellos, junto con la mirada y decisiones literarias de Daniel Izrailit. No estuve en la cocina del libro ni conozco los detalles, pero advierto el trabajo de edición y el cuidado del escritor en verter la historia manteniendo la oralidad del protagonista y dando al mismo tiempo un producto literario fluido que hace la lectura posible y rica. Me siento muy honrada de haber sido invitada por Moisés a esta nueva presentación prologada esta vez por el querido Daniel Rafecas, cuyo texto recomiendo leer especialmente. Quiero agradecer a todos vuestra presencia, a la querida Comunidad Chalom la invitación y permítanme cerrar tomando unas cosas del libro. En los agradecimientos, dice el autor: agradezco a Moisés Borowicz por concederme el privilegio de escribir su historia y por las otras historias que se comenzaron a escribir desde nuestro primer encuentro. Y Moisés le agradece a Daniel por tomarse la molestia y el trabajo de escuchar tanto tiempo, tantas cosas y escribir todo esto. Para uno es un privilegio, el otro teme que sea una molestia. Daniel Izrailit dedica el libro y hago mías sus palabras: A los que no miraron para otro lado, a los que tendieron una mano, a los que crearon un hilo de luz en el pozo ciego de la humanidad. Diana Wang

Carta abierta al Sr Jorge Altamira (versión publicada)

Nota: Perfil (periódico que publicó la nota de Altamira) solicitó la reducción del texto a la mitad para que pudiera ser publicado. Esta es la versión impresa y publicada el sábado 7 de mayo de 2011:

Sr Altamira.

En su nota “Un jüdenrat entre los K” toma la palabra Judenrat como sinónimo de traidor. Los términos relativos al Holocausto parece que llegaron para quedarse. Hitler, Goebbels, Cámaras de Gas, Auschwitz, Holocausto, nazis son palabras que los políticos y comunicadores esgrimen impunemente. Al rico acervo popular holocáustico, sumó Usted ahora la palabra Judenrat. ¡Aleluya! Un nuevo insulto popular ha nacido. Le ruego que si lo pretende imponer, al menos lo escriba bien: es Judenrat, con mayúsculas (los sustantivos en alemán van así) y, por favor, sin diéresis.

Pero veamos qué quiere decir. Judenrat viene de Rat: consejo y Juden: de judíos,  es decir, “consejo de judíos”. Durante el Holocausto, los nazis se encontraron con que los judíos administraban cada comunidad desde un Consejo tanto para lo interno como para las relaciones con el exterior (por ejemplo el pago de impuestos al Zar). El sistema les resultó funcional y al constituirse los guetos centralizó su administración -la higiene, la alimentación, la salubridad, la reubicación de las familias que llegaban, el trabajo-, pero cuando comenzó el programa de exterminio, lo usaron para ordenar la “cuota” diaria de la relocalización. El destino de muerte de los que subían a los trenes fue conocido pronto y ya los Consejos no pudieron obedecer. La desobediencia era penada con la muerte y la designación de nuevos consejeros. Cada comunidad y cada momento tuvo diferentes conductas, cada cual hizo lo que pudo. Muchos trataron de engañar al ocupante simulando obediencia y tratando de salvar a la gente, engaño que duraba poco, el dirigente era muerto y se ponía a otro y a otro y a otro más. Muchos consejeros participaron activamente en las resistencias armadas y desarmadas, pero la mayoría fue impotente para defender a su gente. Hubo situaciones de traición y entrega, pero fueron las menos y es una afrenta y una ofensa a la memoria de los que valientemente se resistieron, tomar esos pocos ejemplos y generalizarlo.

No se puede pensar el tema fuera del contexto, ni aplicar sus términos a nuestra vida “normal”.  Fue un dilema ético de complicada resolución: la imposición de elegir quien vive y quien no o pagarlo con la muerte. La tarea de selección era puesta diabólicamente en manos de las víctimas, selección finalmente transitoria porque todos iban a morir. Los dilemas éticos del holocausto son uno de los temas más desgarradores para la Humanidad. El de los dirigentes de los Consejos Judíos, enfrentados a su conciencia, responsabilidad y en su total impotencia, es de los más difíciles y sigue siendo material de reflexión e investigación.

Sr Altamira, supongo que usted sabía todo esto. No traicione los conceptos ni tergiverse la historia con un trazo grueso efectista. Si quiere decir traidor, diga traidor.

Diana Wang

Presidenta de Generaciones de la Shoá

Hija de sobrevivientes del Holocausto

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¡Aleluya! ¡Una nueva! (Carta abierta al Sr Jorge Altamira)

El Holocausto, fuente inagotable de insultos mediáticos

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Que los términos relativos al Holocausto son herramientas usadas para cualquier fin está siendo una cuestión que parece que llegó para quedarse. Hitler, Goebbels, Cámaras de Gas, Auschwitz, Holocausto, nazis son palabras a las que los políticos y comunicadores nos tienen acostumbrados, las toman de la repisa y las usan para cualquier fin, generalmente como insultos. Ahora se sumó usted (ver la nota) agregando al rico acervo popular holocáustico, la palabra Judenrat. ¡Aleluya! Un nuevo insulto ha nacido.

Sospecho que debe haber escuchado en sus contactos con el mundo judío que “Judenrat” quería decir “traidor”. Infiero que debe haberlo creído y tal vez no se molestó en averiguar si era cierto. Hoy volvió a su memoria la palabra, tal vez porque suena bien o por lo que alude o por ambas cosas. Y, como hicieron sus predecesores con las otras palabras, debe haber considerado que usarla sería un buen golpe. Entonces, cuando se refiere a José Pablo Feinmann, que para más felicidad también cae en la sospecha de ser judío, le viene como anillo al dedo y le tira al bulto sin detenerse siquiera a apuntar con cuidado.

No me referiré al contenido de su texto, sino exclusivamente al uso en el que incurrió de la palabra Judenrat. Empecemos por el significado. Rat quiere decir “consejo” en alemán y Juden, quiere decir “judío”,  es decir, “consejo de judíos”. Durante siglos los judíos se auto-regulaban internamente en cada comunidad por un Consejo de notables, que se ocupaba de cuestiones menores, de litigios internos y de las relaciones con el exterior, básicamente, el pago de impuestos que siempre eran más altos para ellos. El ocupante nazi encontró que cada una de las comunidades, grandes y pequeñas, tenían un Consejo constituido, decidió entonces, a la hora de la constitución de los guetos, que serían los intermediarios naturales. Su tareas eran ocuparse de lo relativo a la higiene, la alimentación, la salubridad, la reubicación de las familias, el trabajo. Recién cuando comenzó la así llamada “solución final” (el plan de exterminio de todo el pueblo judío), los nazis agregaron a sus órdenes, la “cuota” diaria para la relocalización hacia el este (así es como lo decían, nadie sabía al comienzo, que el destino de los deportados era la muerte). Cuando conocieron la verdad los miembros de los “Judenraete” que se negaron a obedecer fueron muertos y designaron a otros. Quien no obedecía era matado in situ. No hubo homogeneidad empero en las conductas, cada lugar y cada momento tuvo su particularidad. La mayoría trató de engañar a los ocupantes haciendo como que obedecían pero implementando subrepticiamente medidas para salvar a la gente. El engaño duraba poco y el dirigente era muerto y se ponía a otro y a otro y a otro más. Muchos Consejos participaron activamente en las resistencias, tanto armadas como desarmadas, pero la mayoría se vio impotente para defender a su gente. Son contadísimos los casos en los que hubo actos de traición y entrega. Claro que los hubo. Algunos dirigentes creyeron que de esa manera podrían salvar a sus familias, aunque al final, los mataron igual a todos. Los judíos, como usted bien sabe, somos personas igual que todas las personas del mundo. Hay entre nosotros buena gente y mala gente. Le juro Sr Altamira que hay criminales, prostitutas, estafadores, ladrones, mafiosos, proxenetas y pistoleros. Uno no se enorgullece de ellos, así como los italianos no se enorgullecen de la cosa nostra ni andan exhibiéndola por ahí como un galardón. Y es verdad que hubo en algunos Judenraete en algún momento algún dirigente que no hizo las cosas bien. Pero lamento informarle que fueron los menos. La gran mayoría tuvo que enfrentar uno de los más grandes dilemas éticos a los que los nazis nos enfrentaron: tener que elegir quién debía vivir y quién no, delegando en las propias víctimas la sucia tarea de la selección que igualmente era transitoria porque al final moriríamos todos. Los dilemas éticos del holocausto son uno de los temas más desgarradores del estudio de la Shoá. El de los dirigentes de los Consejos Judíos es de los más importantes y sigue siendo material de reflexión por la dureza de lo que tuvieron que enfrentar.

Así que Sr Altamira, si lo que quiso decir hablando de J.P.Feinmann es que tenía que tomar una decisión desgarradora que socavaba las bases de su sistema ético y que corroía lo que era su sostén moral en la vida, pues entonces ha aplicado bien el término y lo felicito y me retracto de mis palabras en este mismo acto. Ahora, si lo que quiso decir –según lo que infiero por el contenido de su texto- es que la conducta de su acusado ha sido traicionera, le informo que ha dirigido el chorro de su ira fuera del recipiente adecuado.

Finalmente déjeme decirle –a riesgo de que me llame “maestra siruela (sic)- que se escribe Judenrat, no jüdenrat, va con mayúsculas, los sustantivos en alemán siempre se escriben con mayúsculas. Y no lleva diéresis. Lo puede ver en Wikipedia.

Atentamente,

Diana Wang

Presidenta de Generaciones de la Shoá

Hija de sobrevivientes del Holocausto

¿Por qué recordar la Shoá en la Argentina? [1]

Nota: ponencia presentada en el seminario "La Shoá, los genocidios y crímenes de Lesa Humanidad: enseñanzas para los juristas" organizado por la Secretaría de DDHH del Ministerio de Justicia y el Mémorial de la Shoah de Paris. Es la transcripción de mi presentación oral según como fuera publicada en el libro. No recuerdo por qué la mención a Daniel Goldman, tal vez él debía venir y no pudo y fui convocada en su lugar, pero no lo recuerdo (hablando de recordar....). Muchas gracias a los organizadores por haber confiado en mí, especialmente a Andrea Gualde y a Roxi Perel. En tan poco tiempo, que fui notificada de esta participación, haré lo posible por compartir con ustedes algunas reflexiones. Tengo algunas cosas parecidas con el rabino Dany Goldman y otras muy diferentes. El rabino Dany Goldman es quien tendría que estar acá en este momento. Soy judía como él. Y soy hija de sobrevivientes igual que él. Pero no soy rabina y no tengo su ilustración y su hondura filosófica, así que no van a contar con esto de mi parte.

Desde mi lugar de hija de sobrevivientes, como presidenta de una organización que se ocupa de transmitir y educar sobre el tema de la Shoá, y también un poquito desde mi lugar de psicóloga, que es inevitable (soy todo eso), hay toda una serie de cosas que querría compartir con ustedes.

Obviamente, la memoria es indispensable. Recordar y saber qué pasó forma parte del conocimiento que todas las sociedades tenemos que tener. Pero, ya a esta altura del partido, aquel lugar común de recordar para no repetir, sabemos que es una vana ilusión. Se recuerda y se recuerda, y se repite y se repite, y se mejora incluso. Así que recordar solo no es suficiente. Hay algo más que debemos hacer. 

La pregunta es por qué recordar la Shoá en la Argentina. Esto es lo que dice en el programa. Como buena judía, lo primero que contestaría es por qué no. Por qué la Argentina tiene que ser diferente de otros países. En este momento la Shoá está siendo un tema tomado por casi todos los países porque porta una serie de lecciones e informaciones que cambiaron definitivamente la mirada que tenemos los seres humanos sobre las sociedades. Hay un antes y un después de la Shoá con respecto a la concepción de lo humano. Pero déjenme decirles, antes, que me quedé pensando qué interesante que un lugar como la Argentina, en el sur del Cono Sur, tan lejos de los escenarios europeos en donde sucedió la Shoá, estamos teniendo un simposio sobre la Shoá y estamos hablando de la Shoá. Y creo que es absolutamente pertinente hablarlo acá y en todas partes.

Qué hubiera pasado si el Ejército Rojo no hubiera detenido el avance del ejército alemán en Stalingrado. Qué hubiera pasado si el general Patton no hubiera triunfado en el norte de África y hubiera entrado en el sur de Italia. Qué hubiera pasado si los Aliados no hubieran ingresado en Normandía. Qué hubiera pasado con el mundo si el nazismo hubiera triunfado, a casi ochenta años de su instauración en 1933. Probablemente, muchos de nosotros no estaríamos vivos, no estaríamos acá. No sé cuántos judíos hay en la sala pero no hubiera quedado ni un judío en el mundo. El nazismo tenía un plan que era universal, que no tenía fronteras geográficas. El plan de la creación de la raza superior no tenía fronteras. Era un plan planetario, iban allí como demiurgos, como semidioses, querían construir lo que ellos llamaban “la raza superior”. No habría discapacitados físicos, no habría discapacitados mentales, no existirían homosexuales. Y bueno, irían por más. No existirían negros, ni amarillos, ni rojos, ni marrones, ni gente con los ojitos así. Vaya uno a saber en qué mundo viviríamos si el nazismo hubiera triunfado. Entonces, por esto es pertinente hablar de la Shoá acá y en cualquier lugar del mundo. Porque simplemente se detuvo porque perdieron la guerra. Entonces, no tenemos que perder de vista que la Shoá estuvo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y gracias a que la perdieron, el mundo pudo seguir, bien o mal, como ha seguido. Pero, seguramente, mejor que si hubiera estado bajo el nazismo.

Pero también, hablar de recordar la Shoá en la Argentina y también en otros países tiene sentido por las varias lecciones que comporta. Nos ha enseñado, y todavía no sé cuánto hemos aprendido, del alcance de los sistemas políticos totalitarios y de la enorme vulnerabilidad de las sociedades humanas frente a eso. Nos enseña sobre el fracaso de los dispositivos educativos que tenemos, sobre la fragilidad de los individuos y las sociedades para contrarrestar los poderosos efectos de este sistema, para no someterse al aparato de la propaganda y al hondo lavado de cerebro que éste determina. A la dificultad de la lucha,, tanto individual como grupal, a la presión grupal y social –y acá habla la psicóloga– por esta necesidad que tenemos los seres humanos de ser aceptados, de pertenecer a un grupo. Esto se ha probado por infinitos estudios, que determinan la aceptación y el sometimiento a ciertas normas del grupo aun cuando algunos individuos no estén de acuerdo.

Nos enseña sobre el entumecimiento del juicio crítico, que es una consecuencia de todo lo anterior. Sobre la comodidad, sobre la burocracia. Sobre los aparatos que nos dicen que nosotros confiemos en alguien que nos dice que sabe lo que hace y que nosotros simplemente hagamos lo que tenemos que hacer. No miremos el cuadro grande. Sobre todo esto nos enseña la Shoá permanentemente. Y la Shoá debe ser un ejemplo, y debe ser mostrado como un ejemplo de a lo que se puede llegar si se siguen las últimas consecuencias de lo que esto propone.

Tenemos varios ejemplos en la Argentina. Voy a hablar solamente de uno. Podría tomar cualquier otro, pero voy a hablar de lo que pasó en la Guerra de Malvinas. Tal vez los compañeros franceses de la mesa, que no estuvieron acá, no sepan cómo fue el clima cuando comenzó la Guerra de Malvinas. El país estaba presidido por un gobierno de facto, por un presidente cuya mayor virtud era su resistencia al whisky, la cantidad de bebida alcohólica que tomaba, y se hacían muchas bromas respecto de eso. Tenía una oposición popular muy grande porque había medidas que habían sido muy impopulares. Entonces, un día se llena la Plaza de Mayo, ésta que tenemos acá a una cuadra, con una manifestación absolutamente en contra del gobierno. El gobierno declara la Guerra de Malvinas y, dos días después, la misma plaza se llena de gente vitoreando al presidente. Hay algunas cabezas que hacen así porque nos acordamos de lo que fue. Es decir, un día en contra y dos días después “el pueblo” llenando la plaza a favor de esta decisión.

Yo recuerdo los titulares de los diarios, yo recuerdo el “estamos ganando”. “Estamos ganando”, pero miren qué pretensión delirante. Al ejército británico ayudado por el ejército americano. Nosotros, la Argentinita, ese paisito chiquitito, nosotros estamos ganándoles a ellos. Se acuerdan de nuestras bravatas, de nuestra arrogancia de argentinos, diciendo “que se venga el principito”, como que nosotros lo vamos a atacar, con tango, con mate o con asado, porque no sé con qué lo íbamos a atacar. Recuerdo cuando íbamos a dar clase a las escuelas, a los chicos de diecisiete, dieciocho años. Los chicos que nacieron después de la Guerra de Malvinas no entienden esto que estamos contando. Pero cómo, ¿eran idiotas que declararon una guerra a estas potencias mundiales? Entonces les contamos. Chicos como ustedes, yo los vi en la televisión haciendo colas en el Ministerio de Guerra para ofrecerse como voluntarios. Para ir a morir a esas islas con piedras desérticas por una supuesta reivindicación histórica del robo de los piratas ingleses. Me acuerdo de la gente haciendo colas entregando medallitas y cadenitas de oro. Nos acordamos de todo esto. Bueno, esto es lo que hace un gobierno totalitario –es un ejemplo muy chiquitito– que nos toca absolutamente a todos.

Este tipo de cosas han pasado más de una vez en la Argentina, en Chile, en Uruguay, en distintos países. No voy a abundar en esto porque todos conocemos estos mecanismos afilados, desarrollados hasta grados preciosos por el Ministerio de Propaganda de Goebbels; siguen siendo usados y aplicados por la propaganda política, por la publicidad comercial. Los mismos principios desarrollados por el Ministerio de Propaganda. Y esto tenemos que ir a enseñarlo a las escuelas. Tenemos que ir a enseñar cuáles son los principios, para mostrar qué vulnerables son a la manipulación y a la formación de la supuesta opinión pública que apoya a estos gobiernos totalitarios en decisiones impopulares a través de una cuestión que inventa como la Guerra de Malvinas.

Podría decir infinidad de cosas por las cuales es importante hablar de la Shoá, pero quiero mencionar una sola más hasta pasar a otro tema que quiero tratar con ustedes. El conocimiento, el reconocimiento y el aprendizaje sobre aquellos poquitos, muy poquitos, que se atrevieron a pensar por sí mismos, que no se sometieron al lavado de cerebro y que hicieron lo que en aquel momento no había que hacer, a los que se opusieron, a los que en la Shoá salvaron judíos aun a riesgo de su propia vida, a esos que han tenido conductas casi siempre inconscientes, que si las hubieran pensado no las hubieran hecho. Pero aprender de ellos, cuáles son los resortes que se movieron, porque es ahí donde encontraremos alguna respuesta que todavía necesitamos aprender.

La otra cosa que quería decirles es algo que me llama mucho la atención, y en este foro de juristas y de pensadores sobre el tema de la Shoá quiero proponerlo como una cosa que me inquieta, que es el uso de ciertas palabras, retomando algo que comentó el juez Rozanski, que es el uso apropiado de las palabras. He escuchado acá y en otros sitios y documentos que se usan las palabras “raza”, “racismo” y “antisemitismo”. Entonces, quiero dedicarme brevemente a hablar de esas tres palabras y tratar de convencerlos a ustedes de por qué son impropias y por qué no deben ser usadas.

El concepto de antisemitismo es un concepto acuñado por Wilhelm Marr, un escritor y periodista alemán al que se le ocurrió este concepto a mediados del siglo XIX. Escribió un panfleto que rápidamente tuvo difusión, vendió en la sociedad, y entonces el concepto de antisemitismo fue instalado y empezó a tener una validez cuasi científica. Wilhelm Marr hizo un salto sofista muy interesante. Miren lo que hizo. Porque lo semita existe; existe lo semita, pero no en la biología. Wilhelm Marr plantea el antisemitismo como un concepto que tiene que ver con la biología. Hay gente que nace semita y hay gente que nace no semita: aria, negra, oriental, o lo que fuera. Lo semita es genético, es ontológico, es lo que uno es. Es semita. Si uno es semita eso no se puede cambiar, no se puede convertir, no se puede convencer. Si uno es de tal altura. Uno es lo que es y no puede cambiarlo. Resulta que lo semita es un concepto de la lingüística, lo semita son las lenguas. Hay lenguas de raíces semitas, lenguas de raíces arias y otras raíces. Hay lenguas semíticas, como el hebreo, como el árabe, y lenguas arias. Y entonces, lo que hizo este hombre fue un salto mágico: si esto se aplica a la lingüística, trasladémoslo, transpolémoslo a la biología. Esto es un gravísimo error. No existe algo así como el antisemitismo.

Lo que sí existe, la palabra que más se le ajusta, es judeofobia. Es el odio o la sospecha frente a lo judío. Esto tiene una historia, primero una historia religiosa por la judeofobia de la Iglesia Católica. Luego, la judeofobia europea por algunas características supuestamente atribuidas a los judíos, que arman el estereotipo judío del judeófobo. Pero lo que agrega Wilhelm Marr es la pretensión científica. A partir de ese momento los judeófobos europeos y los del mundo entero se quedaron tranquilos. Porque no era que ellos tenían algún prejuicio que mejor no contar y este sentimiento que no era bien visto. No; es que estaba fundado en la biología. Los judíos éramos gente diferente. De ahí a excluirnos y luego a exterminarnos son algunos pasos lógicos en la sucesión de los acontecimientos.

Y en qué se basa Wilhelm Marr en este concepto de antisemitismo. Se basa en el concepto de raza. La raza era una idea que existía con bastante anterioridad al siglo XIX. Se supone que es una idea que comenzó a conocerse en el siglo XVI, en el siglo de los colonialismos. Cuando los europeos con sus barcos salieron a conquistar África y América, a colonizar y expoliar a los dos territorios en colonias. Se encontraron con el otro, con el Otro, con un negro, con otra forma de narices, con otra forma de pelo, con otra cultura, con otra sintaxis idiomática y otras costumbres. Entonces, este Otro inmediatamente fue subsumido por la categoría de subhumano. Y aparece el concepto de raza. “Raza”, ligado a la categoría de inferior. Raza no como diferente sino como inferior, aplicada a los pueblos de África, aplicada a los pueblos primigenios de América. Y esto ¿qué permitió? Permitió el comercio esclavista, cosificó a la gente; entonces no había ninguna culpa porque no eran seres humanos iguales que los europeos, a éstos se los podía comprar, vender, manipular, esclavizar y dejar morir. No había ningún problema para ello.

Sobre este concepto del siglo XVI se monta un político francés, Joseph Gobineau, que también en la segunda mitad del siglo XIX escribe un libro que se llama Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, en donde pone sobre la mesa aquello que Wilhelm Marr había esbozado con el antisemitismo. Entonces, él habla de una desigualdad cualitativa, donde hay mejores y peores. Esta idea de Joseph Gobineau luego fue utilizada en Los protocolos de los sabios de Sión, que se basa en un escrito francés que después fue retomado por la policía zarista, en El judío internacional, de Henry Ford, y finalmente fue retomado por Rosenberg y el nazismo y su ruta, y el camino que nosotros conocemos.

Y hay una coincidencia. Tanto el antisemitismo como el concepto de racismo fueron acuñados en la segunda mitad del siglo XIX, en años muy próximos. Y uno se pregunta a qué se debe esto, ¿es casualidad? Resulta que tiene que ver con la emancipación de los judíos en Europa Occidental. La mayor parte de los países de Europa, entre ellos Alemania y Francia, había emancipado a los judíos, y en este momento de la historia, a partir de 1870, tenían los mismos derechos ciudadanos que el resto de la población. Entonces se necesitaba diferenciarlos. Por eso estos conceptos aparecieron.

Estos conceptos que estoy desarrollando en este momento son los conceptos con los que nosotros vamos a las escuelas y trabajamos, porque tienen que ver con el fundamento biológico de la discriminación. Entonces, lo que proponemos es dejar de llamar razas y racismo, no tengo otra palabra, la única palabra que puedo decir es “lo que se conoce como racismo”, porque no hay otra palabra para llamarlo, y hacer una propuesta en las Naciones Unidas para que deje de llamarse así, porque se sigue llamando así en los convenios de Naciones Unidas. Y la idea es ir a las escuelas y mostrar cómo estos conceptos están integrados a nuestra cultura y determinan conductas, miradas y prejuicios, no solamente en contra de los judíos.

En la Argentina tenemos otros grupos que en este momento están siendo mirados de manera discriminadora. En un momento, los coreanos. Tenemos inmigrantes de países vecinos, paraguayos, bolivianos. En otro momento fueron los chilenos. Todo este cuerpo de pensamiento y de información puede ser aplicado a la revisión de la forma en la que es mirado otro, cuando es visto como Otro, con mayúscula, cuando es visto como amenazante, cuando es visto como diferente de mí y tal vez inferior.

Una de las cosas que estamos haciendo en este momento, y con esto termino, desde Generaciones de la Shoá, y que quiero compartir con ustedes, es lo que llamamos el proyecto Aprendiz. El proyecto Aprendiz es una forma diferente de trabajar con la memoria. Y lo queremos proponer a esta audiencia porque creemos que es novedoso y creativo, y que compromete a la gente de una manera muy particular. El proyecto Aprendiz consiste en el emparejamiento de un joven con un sobreviviente en una relación personal, en donde el joven –con “joven” queremos decir gente de entre veinte y treinta años, no menos de veinte– aprende del sobreviviente, que será su maestro, no solamente su historia durante la Shoá, sino quién es, cómo ha vivido, sus pequeñas anécdotas, que le permitan a este joven –dentro de diez, veinte, treinta o cuarenta años más– pararse frente a un auditorio y contar la historia de la Shoá, de viva voz, como un relato personal. Lo que nosotros hemos observado, y en esto se basa el proyecto Aprendiz, es que es muy importante la información escrita, los libros, las películas, pero no hay nada que impacte y que mueva más a un auditorio que la presencia física del testigo. El testigo porta no sólo la información sino la encarnación de una historia, con una emoción que muchas veces hace a la información transmitida indeleble y persistente en la memoria. Entonces, hay algo que tiene que ver con el trabajo en la memoria que tiene que pasar también por lo emocional. Y en esto se basa el proyecto Aprendiz que estamos llevando a cabo.

 

 

 


[1] Transcripción de la ponencia de Diana Wang, en el Seminario “La Shoá, los genocidios y crímenes de Lesa Humanidad: Enseñanzas para los juristas” organizado por la Secretaría de DDHH del Ministerio de Justicia de la Nación y el Memorial de la Shoah de Paris. 27-28 de Septiembre 2010. Está publicado en el libro homónimo.