Sobre las culpas y el perdón. Versión 2

Mi hijo mayor estaba recién casado y vivía en los EEUU. Recuerdo con espanto el día en que me llamó diciendo: “ma, me hicieron una biopsia, tengo un  melanoma maligno, en tres días me operan”. 

¡Melanoma! para mí era sinónimo de muerte. Mi hijo de poco más de 20 años se iba a morir. Y la culpa era mía. Las madres somos las culpables de todo. O así se decía en el siglo pasado. El autismo era consecuencia de una madre distante. La homosexualidad se debía a que la madre había excluido al padre. La esquizofrenia, el asma, todo lo que no se sabía de dónde venía era psicosomático y, por supuesto, culpa de la madre.  

El melanoma de mi hijo fue extirpado hace casi 40 años y está muy bien. Pero en aquel momento yo creía que estaba a punto de quedar huérfana de mi hijo mayor (¿cómo llamar al estado en que queda un progenitor cuando muere un hijo? no existe la palabra… algunos proponen el término huérfilo pero la RAE no lo aprobó todavía). 

Atormentada por la culpa decidí enfrentarla con la esperanza de perdonarme. Hice una exhaustiva lista con cada uno de los episodios que recordaba, las veces que lo había retado, los momentos en los que, irritada, le había hablado mal, cuando había olvidado algo suyo o había dejado de considerar sus preferencias, aquel castigo por alguna insignificancia un día en que estaba cansada y con la mecha corta. Una larga lista. Era joven entonces y la memoria me era más fiel que ahora, de modo que incluí lo que creí que era todo, tanto lo que me parecía grande como también chico. Todo. 

¿Cómo hacérselo llegar? No existía ni el whatsapp ni el email, recién empezaban las computadoras, hacerlo por teléfono me parecía muy duro así que lo mandé por fax con un prólogo en el que le pedía comentarios sobre cada una de las cosas de las que me acusaba para poder pedirle perdón y perdonarme yo. A las pocas horas me llamó diciendo “¿qué pasa ma? ¿estás psicótica? ¿pasó algo? no entiendo nada, no me acuerdo de nada de lo que decís”. Imaginen mi sorpresa. Luego de esa especie de hara kiri con la confesión de lo que todos esos años había creído que le había hecho, resulta que para él nada de eso había existido. 

Pero la sorpresa continuó porque a renglón seguido me preguntó “si querés quedarte tranquila, te puedo decir las cosas que me hicieron daño y que no puedo olvidar”. “ ¡Claro!” le respondí con inquietud pero también con alivio. Al final sí había hecho cosas de las que era culpable, luego podría pedirle perdón y perdonarme. Al día siguiente llegó su propia lista. ¡Fue un flash! Todo lo que él recordaba que yo le había hecho no tenía ningún resabio en mi memoria, no me acordaba de a b s o l u t a m e n t e nada. ¿Cuándo fue que lo reté y lo humillé ante un amigo porque comía papas fritas directamente del paquete? ¿Cuándo fue que hablé con su maestra porque lo había retado injustamente y él se sintió avergonzado? ¿Cuándo había pasado todo lo que para él había sido importante y que no había dejado ninguna huella en mi?. Lo que empezó trágicamente se convirtió en una broma que todavía hoy recordamos y nos hace reír.

Todo esto me llevó a pensar la culpa de otra manera. Y también el perdón. 

Parecía haber dos culpas diferentes, una imaginaria y otra real. 

El daño hecho por la culpa imaginaria es también imaginario. Nos torturamos por cosas que creemos haber hecho pero que el otro, como pasó con mi hijo, no recibió de la misma manera. El daño imaginario nos afecta a nosotros mismos pero la culpa tiñe la relación de prevenciones, nos pone en alerta ante cualquier reacción o respuesta del otro y leemos cualquier cosa como una evidencia del mal que le hemos hecho. Como con el melanoma de mi hijo que yo creía y temía haber producido.  

Pero hay una culpa consecuente de haber hecho un daño real. Aunque la intención no haya sido dañar, aunque hubiera sido, como decíamos cuando éramos chicos, sin querer. El daño real, uno lo sepa o no, lo hayamos hecho voluntaria o involuntariamente, sigue otro camino, afecta al otro, hicimos algo que produjo un daño real.

Se podría pensar que si no fue voluntario la culpa es menor. Cuando nos habíamos dejado arrastrar por algún torrente emocional que nos impidió evaluar lo que hacíamos o decíamos. Cuando no prestamos la debida atención al otro, a quién es, en qué está, cuánto puede. No queremos hacerle mal, no somos culpables de eso, pero sin embargo el daño fue real aunque no haya sido a propósito. Voluntaria o involuntariamente, si hicimos daño somos culpables. Solo si lo miramos de frente lo podremos asumir, dar las explicaciones del caso, pedir perdón y ser perdonados.

¿Qué estamos haciendo hoy acá si no pedir perdón? Un perdón ritualizado, colectivo que nos hace comunidad y hace posible una convivencia civilizada. 

Pero ¿quién tiene la prerrogativa de perdonar? En su libro “Los límites del perdón” Simon Wiesenthal cuenta que  estando en Mauthausen, fue llamado a ir al hospital donde Karl,  un miembro de las SS, ya muy enfermo, quería que, antes de morir, un judío lo perdonara. Wiesenthal le dijo que él no tenía ese derecho, que solo las víctimas podían perdonarlo pero que ya no podían hacerlo porque las habían asesinado. La culpa y el perdón sucede entre dos personas, no alcanza con reconocerla y pedir perdón, dependemos del otro que puede no perdonarnos. 

¿Qué es pedir perdón? ¿alcanza con decir “perdoname”? El pedir perdón para que sea un real pedido de perdón es un proceso que consta de cinco pasos. 

Uno. Es el más difícil porque se trata de asumir el daño hecho. Sea sin querer o sea a propósito. El efecto en el otro es igual, la herida es la misma, no es un atenuante. Todos los asesinos y perpetradores, tanto el ladrón de celulares como el genocida más atroz, justifican lo que hacen con algún argumento que jamás es “soy malo”, “me gusta herir”, “someter a otro me otorga poder”. Siempre la razón es que obedecí una orden, la sociedad me expulsó, me abandonaron al nacer. Nos resulta muy difícil reconocer y asumir que uno lastimó. No soportamos la idea de sentir que somos malas personas, estaba cansada, tuve problemas en el trabajo, me sentía mal…  siempre encontramos una justificación para lo que hacemos, una justificación que nos exculpa. Pero si hicimos daño el daño está hecho.

Dos. Luego de asumirlo es preciso reconocerlo de viva voz a la persona dañada y si fue sin querer, como es la mayor parte de las conductas dañinas que hacemos, corresponde hacérselo saber. “Te lastimé cuando dije o hice tal o cual cosa. No me di cuenta en ese momento pero en cuanto lo vi me sentí muy mal porque no quiero hacerte algo así.” O, si fue a propósito, podría ser “Te lastimé cuando dije o hice tal o cual cosa. El enojo me cubrió de tal manera que solo quería atacarte sin pensar en lo que hacía o decía. Estuve muy mal porque no quiero hacerte una cosa así”. 

Tres. Luego de reconocerlo, empatizar. No negarlo “yo no hice eso, entendiste mal” por el contrario decir sin excusas que uno ve el sufrimiento y el malestar que causó. Cuando fue a propósito es muy difícil, pero imprescindible, empatizar. “sí, es así, te lastimé” con lo cual en lugar del enfrentamiento y la argumentación de si fue o si no fue, se tiende un puente emocional que permitirá el siguiente paso. 

Cuatro. “Se que estuve mal y lo lamento mucho, aunque lo hice lejos de mi querer lastimarte, me arrepiento, te pido perdón, te pido y no me guardes rencor porque aprendí de esto y haré lo posible porque no se vuelva a repetir”. Los judíos hemos aprendido, como bien lo decía Wiesenthal, que el único que nos puede perdonar es la persona a la que hemos dañado. Una vez pedido el perdón ya no está en nuestras manos, tenemos que esperar la respuesta porque podemos ser perdonados o no, es la prerrogativa del otro. La tradición judía nos dice que si no somos perdonados podemos insistir dos veces más. A la tercera nuestra culpa queda eximida y pasa a los hombros de quien nos niega el perdón. 

Si el perdón nos fue conferido aún falta el último paso.

Cinco. Compensar el daño. Compensarlo de manera concreta y con una medida similar a la afrenta, alguna acción que revele que el arrepentimiento es genuino, no una frase hipócrita o acomodaticia sino una conducta compensatoria que legitimará el pedido de perdón, lo hará significativo y le dará el peso de la verdad.

Los cinco pasos del perdón son: reconocer el daño, asumirlo, expresarlo a quien hemos dañado, pedirle perdón y compensarlo.

Finalizando estos días tan sagrados para todos nosotros, nos recuerdo que la vida es una fuente de sorpresas. Ninguno de nosotros sabe cuanto tiempo seguirá vivo o si alguna cosa inesperada torcerá nuestro camino. No lo sabemos. Vivimos como si fuéramos eternos, como si supiéramos a cada paso cuál será el siguiente, pero es una ilusión. Por eso, como no tenemos ninguna garantía, no dejemos pasar el momento de pedirle perdón a quienes hayamos dañado, si no lo hacemos hoy tal vez ya no tendremos la oportunidad de hacerlo mañana. Pero además de haber lastimado, queriendo o sin querer, también amamos. Digámoslo hoy mismo, porque no sabemos si mañana nuestro ser amado lo podrá escuchar o si nosotros estaremos vivos para decírselo. 

La vida es ahora. No la dejemos escapar.  Carpe Diem.

Shaná Tová ve Gmar Jatimá Tová. 

Mishkan septiembre 2026