Morir por una foto

Cuando en aquel poblado perdido de Grecia se puso de moda el suicidio de adolescentes el alcalde decretó que serían exhibidos desnudos en la plaza. No hubo más suicidios. La idea de que su desnudez sea vista aún después de muertos resultaba insoportable. Pero ésta no es una anécdota aislada. La imagen que mostramos tiene un enorme peso en el mundo de hoy. Es nuestra carta de presentación y ponemos mucho esfuerzo para que muestre cómo queremos ser vistos. Con la mejor pose y la iluminación perfecta, los filtros que nos proveen las aplicaciones y las correcciones de un photoshop o similar, podemos disimular nuestras imperfecciones y acatar la norma estética vigente. Las fotos terminan siendo fake fotos y contradicen, a veces dolorosamente, lo que vemos cuando nos miramos al espejo. Esa imagen privada e imperfecta, tan diferente de la foto pública, genera una sed inmediata de corrección estética. Las cirugías son a nuestro cuerpo lo que el photoshop es a nuestras fotos. 

¿De qué somos capaces para ser perfectos, emerger del anonimato y conseguir ser vistos? El fenómeno de las selfies de alto riesgo es un nuevo recurso que está empezando a preocupar. Son fotos tomadas desde el borde más alto de un rascacielos, desde la orilla de una catarata ríspida, tirándose en un paracaídas, jugando con animales salvajes y con armas de fuego, la sonrisa desafiante y en poses triunfalistas que muchas veces son el momento anterior a una tragedia. 

Según la investigación de la fundación iO especializada en Medicina Tropical y del Viajero, los accidentes registrados desde 2008 en todo el mundo sumaron 379 personas muertas, una cada 13 días. Pero en lo que va de 2021, ya son 31, el doble, una muerte por semana, en su mayoría gente muy joven, 41% adolescentes y 37% veinteañeros. 

Tanto los adolescentes que no soportaban la idea de ser vistos desnudos después de muertos como estos jóvenes que creyéndose eternos eligieron fotografiarse aunque en ello se les fuera la vida, nos confrontan con el peso de vivir bajo el imperio de la imagen.

Esa foto insólita, sorprendente y escalofriante tomada en sitios peligrosos, se sube a las redes y con suerte se viraliza, se multiplica ad infinitum. Se consigue atención, visibilidad y likes, la ansiada validación social que, según el ranking de seguidores, mide cuánto vale cada uno. El peligro, el riesgo implícito es parte del placer junto con la anticipación de la recompensa de los 5 minutos de fama, y con ellos la conquista de reconocimiento y admiración, la necesidad de aceptación y amor. Temas que nos tocan a todos pero que son especialmente sensibles para adolescentes y jóvenes.

Vivimos una época icónica con un mercado muy competitivo. “Dime cuántos te ven y te diré quién eres” es la premisa que genera el diseño de un marketing personal con especial énfasis puesto en un packaging que nos muestre hermosos, jóvenes, alegres y exitosos. Pero es tanta la marea homogénea de sonrisas y poses en escenarios soñados o inéditos en las que todos nos vemos igualmente felices que está dejando de ser original. No hay forma de diferenciarse y sobresalir. Terminamos siendo parte de una masa indiferenciada, desapercibidos y anónimos. Insoportable. Hasta las fotos íntimas, sexuales, impúdicas, provocativas y/o eróticas están dejando de escandalizar por su frecuencia, van perdiendo espectacularidad e interés. 

Cuando se ha probado todo, cuando se ha estirado el límite del buen gusto hasta extremos inéditos ¿cómo ser “alguien” ante tanta oferta icónica de toda calaña y color?

Una imagen vale mil palabras. Milan Kundera decía en “La eternidad” que si un hombre tuviera que elegir entre pasar una semana en la intimidad con una modelo famosa o pasear con ella dos horas por un sitio concurrido en que fuera visto, pero sin poder tocarla, la mayoría elegiría lo segundo. Renunciaría a la experiencia del disfrute íntimo en pos de la anticipación de la eternidad. Ser visto por muchos replica la imagen guardada en infinitos ojos mientras que la experiencia íntima solo es recordada por uno, es evanescente, desconocida y anónima. 

Es parte de lo que se juega en las selfies tomadas en situaciones de riesgo que tantas veces conducen a la muerte. Tal vez son, además, un intento de eternizar la lozanía de esos cuerpos poseídos de invulnerabilidad que desafían y dialogan con la muerte, tan lejos de todo cálculo a esa edad. No hay vientos ni desequilibrios ni fallas en el terreno que les preocupen, alta la adrenalina ante el placer de imaginar esa foto viralizada y premiada con vistas, likes y seguidores. 

Mundo vidriera, mundo consumidor de imágenes. Cuantos más nos vean más importantes seremos. Si no nos ven, no somos. Las fotos de lo que vivimos multiplican y reviven aquel placer sentido con los ojos trás la cámara así el momento se guardaba, luego se publicaba y compartía para que fuera visto y conservado por toda la eternidad. La cámara como proyección de nuestro cuerpo e intermediaria de la experiencia entre uno y el momento, la foto como reservorio del momento y garantía de su persistencia en el tiempo. 

Mundo de imágenes, de ilusiones vendedoras de fantasías que nos prometen trascendencia, validación y terminan siendo falsas promesas. ¿Eternas? Ya no. Son tantas las que se publican que como un pacman perverso, una se va comiendo a la siguiente. Los cinco minutos de fama ya son cuatro y en poco tiempo serán tres y luego menos que nada porque hoy más que nunca ”la fama es puro cuento”. “No será así conmigo, haré que la fama persista y me haga feliz para siempre” se ilusionan quienes se desvelan por sobresalir y  se toman una foto allí donde nadie se la había tomado antes, aún a riesgo de la propia vida, especialmente a riesgo de su propia vida y en el momento del click orgástico creen tocar la eternidad que exorcise para siempre a la muerte. 

Publicado en Infobae y en Gallo.


Oratoria de Hitler

Puede verse las dotes de oratoria que hicieron de este líder despótico y genocida ese personaje arrollador que atraía e hipnotizaba a las masas. Atención a su postura, sus gestos pero, fundamentalmente, al uso de los increscendos en su voz y al de los silencios, en especial, al del comienzo en el que espera a estar seguro de concitar sobre sí todas las miradas y todas la atención. Excelente para usos pedagógicos en los que se estudie la construcción de genocidios y las características de los líderes genocidas.

Jugar en serio

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La serie coreana, El Juego del Calamar, ganó a la audiencia. Sus rutilantes colores primarios y suaves pasteles dulcificados por valses de Strauss, despliegan una fábula desgarradora: solo uno ganará, los demás morirán. ¿Cómo tender una red de solidaridad cuando, tarde o temprano, será uno o el otro? ¿De qué nos habla? ¿Capitalismo salvaje? ¿Codicia extrema? ¿Diversión de los poderosos que lo financian? Los perpetradores y ejecutores ocultos tras máscaras negras ponen en acción el juego y las ejecuciones, siguiendo las reglas aceptadas por los jugadores. Macabro. Atroz. ¿Por qué su éxito? ¿Qué atractivo poderoso ejerce sobre espectadores en todo el globo?

Algunos deportistas de alta competición nos dicen que la presión, el stress y el acoso en las redes les resultan insoportables. Hay que ganar. Prevalecer. Subir al podio. Sobresalir. Ser el mejor. El tenista Leo Meyer, la nadadora Delfina Pignatiello, la atleta Simone Biles, entre otros, han debido elegir entre seguir compitiendo o mantener su salud mental. Aman el deporte que practican pero el grado de exigencia anuló el placer de jugar, lo volvió dolor, tristeza y angustia.

Los deportes masivos transmitidos online a todo el mundo pueden ser leídos como una sublimación de la guerra, ganar equivale a vencer en el campo de batalla. Como en el circo romano los espectadores se enardecen con su preferido, se identifican con el ganador y sufren con su derrota. El código lingüístico deportivo es igual al bélico, disparo, defensa, ataque, matar, salvarse, enemigo, pero lo bueno es que no es preciso matar de verdad. Salvo los jóvenes gladiadores que se “matan por ganar”.

Las redes sociales suman una exigencia feroz especialmente sobre los más chicos que necesitan asegurar que son vistos, aceptados, likeados, para sentir que existen. La dependencia de la aprobación online es una nueva guerra con víctimas silenciosas y silenciadas. Las depresiones, los suicidios adolescentes, los trastornos alimenticios y de imagen corporal, son sus dolorosas consecuencias.

El hombre es el lobo del hombre decía Thomas Hobbes. La cultura domestica el deseo de matar y lo desvía hacia el juego adulto, los deportes. Aunque los jugadores puedan herirse debido a la enorme exigencia, vencer ya no requiere la sangre del contendiente. Pero llega la serie coreana que derrama violencia y gana todos los ratings. Exhibe con impudicia su contenido políticamente incorrecto que desnuda el simulacro y lo vuelve real. La cancelación borró la violencia en los cuentos infantiles como si no mencionarla la hiciera desaparecer. La serie, a modo de contra-cancelación reactiva, exhibe nuestro lado más oscuro, el impulso de matar y el placer de ver matar, nos dice “¡no se canceló, sigue acá!”

Deportes de alta competición, series de regodeo con el asesinato, redes que exigen ideales imposibles, son juegos que traicionaron la idea del juego que se jugaba en serio y subvierten la idea misma de juego en escenarios de vida o muerte que ya no subliman la guerra, son la guerra.

Cuando somos chicos, jugamos en serio. Jugamos a jugar. Aprendemos roles y normas de convivencia, fieles al juego y a sus reglas. Los roles se intercambian, hoy doctor, mañana enfermo, hoy policía, mañana ladrón, hoy maestro, mañana alumno. Ganar y perder son parte del juego y el único malestar que sentimos es cuando no podemos jugar. Aprendemos, jugando, a vivir en sociedad, convivir y respetar a nuestros semejantes, lejos de que sea necesario matarlos o dejarse matar para existir. Lejos. Bien lejos.

Publicada en Clarin como El juego del Calamar, una fábula desgarradora.

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Alcira volvió a reír

Para el taller de capacitación de Zunilda Valencia.

Alcira vive a la vuelta de casa. Cuando mi hija era chica más de una vez se la llevé para que la cuidara cuando no tenía con quién dejarla y tenía que trabajar. Tanto ella como Agustín, su marido, fueron siempre generosos y solidarios. Agustín falleció hace pocos meses y Alcira, hoy muy grande, está sola. Sus hijos volaron y ni ellos ni sus nietos la ven con frecuencia. Alcira está sola y es muy orgullosa para pedir compañía. 

La fui a ver con una tarta de ciruelas que sé que le gusta. Cuando me vio, su mirada iluminó la casa que estaba en tinieblas porque no había tenido fuerzas para levantar las persianas. La recuerdo coqueta, maquillada, vestida con colores de modo que su imagen gris y su ropa descuidada me golpearon fuertemente. ¿Cómo darle un poco de ánimo? “Mirá qué lindo día” o “está llegando la primavera” o “¿escuchás los pajaritos?” habrían sido desoídas por ella, tan inmersa en la soledad y el abandono, tan desconfiada de los lugares comunes y las frases hechas. No sabía cómo levantarle el ánimo. Se me ocurrió que no sabía nada de su vida cuando joven. Y se lo pregunté. 

Fue como accionar una perilla invisible que le extendió los labios en una sonrisa mientras le chispeaban los ojos. “¡Cantaba y bailaba!” me dijo, “español, cantaba y bailaba español” y se puso de pie y con una mano en la cintura y la otra alzada sobre su cabeza hizo un paso de baile olvidando el bastón que la acompañaba siempre que se ponía de pie. Cuando se dio cuenta se sentó y estalló en una carcajada. “Me encantaba cantar y bailar.. ¡y también actuar!” Vio la sorpresa en mi cara que la alentó para seguir hablando. “Mi sueño era ser actriz, de comedia, de ésas que hacen reír, que cantan y bailan…. y me di el gusto de hacerlo”. 

“Dale, contame, no te imaginaba en un escenario” le dije. “¡Ja! ¡no sabés lo que era! Me gustaba tanto que cuando empezaba la obra me transportaba, ya no era yo, era el personaje que me tocaba hacer, la esposa celosa, la jovencita descarriada, la profesora traviesa… yo qué sé, ya ni me acuerdo, pero sí que era muy pero muy feliz!”. Ya no tenía delante a la Alcira desanimada, oscura y apagada. Era pura luz y sonido, era energía y determinación, era risa y contento. “Contame más” le pedí. Y se zambulló con gusto en esos recuerdos, en aquellos días en que la vida tenía otras promesas para ella. “Resulta que yo trabajaba en Campomar, en Belgrano, en la parte administrativa, cuando se armó un grupo de teatro con varios del personal me dije ‘a mi juego me llamaron’ y me anoté. Fue lo más divertido que hice en mi vida. Tenía, yo qué sé… a ver…, y sí, tenía 20 ó 22 años, imaginate, hace más de 60…. Los ensayos después de hora, los chistes con mis compañeros, ¡qué momentos! ¡tan vivos! ¡tan alegres! La empresa nos prestaba un lugar, los carpinteros y electricistas preparaban la escenografía, se alquilaban los trajes y vestidos y poníamos la obra en escena. Venían los directivos, los demás compañeros y sus familias, autoridades, personas famosas del barrio, ¡hasta gente de la Iglesia! Y yo, nada de miedo, ¿qué iba a tener miedo si era lo que soñaba? Iba al cine y veía las películas de aquella época, te estoy hablando de los años cincuenta, por ahí, con Zully Moreno, Nelly Láinez, María Duval, Amelia Bence, Tita Merello, Olga Zubarry y, para mi la mejor, Nini Marshall… yo quería ser como ella pero, claro, no tenía ni por asomo su talento. Pero quería actuar en comedias ligeras, adoraba conmover y hacer reír… Fui tan feliz haciendo eso que un día me animé y me presenté a Delfor en La Revista Dislocada, me probó, pero no sé qué pasó que no quedé, no me llamaron nunca. Y al poco tiempo conocí a Agustín y me enamoré. Y ahí terminó mi carrera de actriz, me casé, tuve los hijos y había que ocuparse y estar en casa.”

Se quedó en silencio, los ojos abiertos pero no era las paredes de su casa lo que veía, ni me veía a mi, sus ojos miraban lejos, atrás, adentro. “Esperá” dijo de pronto y se levantó con un salto, fue hacia una cómoda, la abrió, revolvió papeles, álbumes, carpetas y “¡acá está!” gritó con voz cantarina y tomó una bolsa. Acercándose a mi la abrió y sacó de adentro un álbum de cuero marrón oscuro y fue desplegando hoja por hoja con las fotos que contenía. 



“¿Ves? ésta soy yo haciendo de la esposa coqueta que quería salir y su marido barrigón vago y pesado que vivía tirado en el sillón no quería… Y acá hago de princesa, mirá, ese vestido me fascinaba porque era como siempre dibujábamos a las princesas y ¡hasta coronita conseguimos!!!! Y fijate en ésta con todo el elenco que me tienen en andas porque me había lucido como nunca esa vez….” Alcira sola. Alcira triste. Alcira en tinieblas había desaparecido. Era ahora Alcira encendida, Alcira dicharachera, Alcira sonriente. Vi tras su piel ajada, su pelo descuidado, sus uñas que hacía tanto no habían sido pintadas de rojo, a la coqueta, la inquieta, la pizpireta. No sé cuánto le habrá durado la alegría revivir esos recuerdos pero no tengo dudas de que esa charla le dio nuevos ánimos porque cuando me iba dijo: “¿Sabés qué voy a hacer? Voy a invitar a mis tres nietos y a sus parejas, voy a hacer una torta de naranja que tanto les gusta y les voy a contar todo esto, les voy a mostrar las fotos y, si me animo, les canto alguna de las canciones que amaba”. Me pareció una idea genial y le pedí que me cantara una a mí antes de que me fuera. Ni lerda ni perezosa lo hizo, te voy a cantar una canción de amor y de nostalgia, se la cantaba siempre a Agustín:

Una vez un ruiseñor, en las claras de la aurora

quedó preso de una flor lejos de su ruiseñora.

Esperando su vuelta en el nío, ella vió que la tarde moría,

y en la noche cantándole al río, medio loca de amor le decía:

¿Dónde estará mi vía, por qué no viene?

qué rosita encendía me lo entretiene.

agua clara de camina entre juncos y mil flores, 

dile que tienen espinas las rosas de los rosales.

Dile que no hay colores que yo no tenga.

que me muero de amores, ¡dile que venga!

Y volví a casa, a la vuelta nomás, yo también con una nueva sonrisa pintada en la cara.

DIANA WANG: LA VOZ DE LA MEMORIA. Entrevista en FB

Hay conversaciones que son imprescindibles.

por Gabriela Fernández Rosman

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Anochece en Buenos Aires un día templado o más bien cálido. La cronista espera que la licenciada Diana Wang finalice su consulta. Oriunda de Polonia, nacionalizada en la Argentina, tiene una actividad intensa y variada. Ella es psicoterapeuta, es escritora y da conferencias. Se define a sí misma como especialista en vínculos y emprendedora de memoria.

Una mujer de estatura pequeña y cordialidad grande, vestido negro y entallado, y collar, me invita a entrar con sonrisa de por medio a un ambiente austero, sobrio, pero con cierto aire juvenil. Estantes con muchos libros, alguno que otro adorno y un cuadro sobre paredes blancas.

Cafecito de por medio comenzó la entrevista; sabíamos que el foco no era un tema fácil pero le solté la primera pregunta como si fuera una carta a su pasado.

-¿A qué edad supo que significaba la palabra HOLOCAUSTO?

-La palabra Holocausto es tardía. En mi infancia mis padres lo llamaban "LA GUERRA" así, con mayúsculas, sonaba con mayúsculas. No era "la guerra" dicha al pasar en medio de una oración sino "LA GUERRA" con mirada misteriosa y tono sombrío. La palabra es de origen griego y su etimología refiere a "todo quemado" obviamente relativo al proceso al que recurrieron los alemanes de quemar a los judíos gaseados en los hornos crematorios. La serie "Holocausto" emitida en 1979 instaló y difundió la palabra.

-Podría resumir en pocas palabras qué fue el HOLOCAUSTO.

-La Shoá denomina al plan sistemático del exterminio del pueblo judío de la faz de la Tierra. El plan fue puesto en acción primero en Alemania y luego se extendió a los países europeos ocupados por Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Aunque hubo otras minorías designadas a ser exterminadas (gitanos, discapacitados físicos y mentales, homosexuales, opositores políticos), solo el pueblo judío lo fue en su totalidad sin importar en qué lugar estuvieran. La "teoría racial", una superchería científica, era el sustento del plan que era parte de un Plan Maestro en el que la "raza aria" tendría la supremacía sobre todas las demás. Si Alemania no hubiera sido derrotada le habrían seguido todos los colectivos étnicos que no consideraban "arios" (eslavos, latinos, orientales, negros, etc).

- ¿Por qué la colectividad judía dice SHOA en vez de HOLOCAUSTO?

-Holocausto es el nombre de un ritual en el que un grupo humano ofrece a un animal en sacrificio a los dioses para ser perdonado por algún pecado cometido. De este modo, si ése fuera el nombre, hay dos elementos inconsistentes con los hechos: los judíos no fuimos voluntariamente al sacrificio y tampoco sucedió por algo que hubiéramos hecho. Los judíos fuimos arreados en contra de nuestra voluntad a la muerte por el mero hecho de haber nacido judíos, no fue por nada que hubiéramos hecho aunque los alemanes se ocuparon de generar narrativas herederas del antisemitismo histórico en las que se nos acusaba de haber provocado la Primera Guerra Mundial y la derrota de Alemania, de ser artífices del comunismo y del capitalismo, de la inflación, de la desocupación y de todo lo malo que sucedía.

La palabra Shoá, por el contrario, es una palabra en hebreo que denomina a la desolación, al arrasamiento, a la destrucción. Sigue siendo para mi gusto una palabra que no termina de nombrar lo que pasó, porque en hebreo refiere a fenómenos naturales, inundaciones, irrupciones de volcanes, terremotos, mientras que lo que sucedió acá fue decidido por el ser humano.

- En su casa ¿sus padres hablaban del tema?

-Muy poco pero el tema campeaba sobre nuestra vida. Nuestra "familia" eran los otros sobrevivientes amigos de mis padres y cuando estaban entre ellos era inevitable que comentaran lo vivido, y yo lo escuchaba, eran como sobre entendidos, nadie me explicó de qué hablaban pero yo entendía y no preguntaba. El tema no existía públicamente, no se hablaba en la escuela. Yo era la polaquita que había aprendido castellano cuando llegué pero nunca fui relacionada con la guerra en Europa.

- ¿Qué diferencias notaba entre su familia y la de los otros niños?

-Viví en un barrio con inmigrantes españoles e italianos, veía las diferentes comidas, los diferentes idiomas, las diferentes costumbres, el tema de la Shoá nunca estuvo presente en aquellos años de infancia. Aprendí a cantar morrinhas en casa de los gallegos -gallegos de verdad- que vivían enfrente, a comer esas ricas pastas con pomodoro en lo de los genoveses de al lado y a jugar a la rayuela saltando número por número igual que los otros chicos, todos queriendo ir de la tierra al cielo, con las mismas ganas, las mismas ilusiones, las mismas esperanzas.

- ¿Cuántos familiares suyos fueron asesinados durante el Holocausto?

-El que más dolía, el que más sigue doliendo, es la desaparición de Zenus, el hermano mayor que nunca conocí. Mis padres, como hicieron tantos otros, lo entregaron a una familia cristiana para asegurar su supervivencia cuando la de ellos era casi imposible. Milagrosamente sobrevivieron y cuando lo fueron a buscar les dijeron que había muerto pero que "no recordaban dónde lo habían enterrado". Nunca supimos si siguió vivo. Si lo estuviera hoy tendría 82 años y tal vez tuvo hijos que son sobrinos que nunca conocí. Sigue doliendo como duelen los desaparecidos a sus familias, esas muertes que no terminan de estar confirmadas que transforman a los que no pudimos enterrar en presencias fantasmales, siempre pueden aparecer.

- Usted es psicóloga pero dedica gran parte de su tiempo a dar charlas sobre el tema HOLOCAUSTO, ¿qué la motiva a hacer esa tarea?

-Al principio fue la sorpresiva noción de que ser hija de sobrevivientes era otra categoría de mi identidad, una que no había considerado. Luego fue la secreta esperanza de encontrar a aquel hermano desaparecido, de saber qué había pasado con él, lo que me hizo estudiar, aprender, adentrarme en los laberintos misteriosos de aquel horror, viajar, buscar. Ahora, cuando ya acepté que nunca sabré qué le pasó, lo que me estimula es que conocer y entender lo que pasó es una potente lección que tenemos la obligación de transmitir. La Shoá, es decir, el plan de exterminar a todo un pueblo, esté donde esté, sin causas concretas, tan solo por el hecho de haber nacido en este caso judío, es un hecho sin precedentes en la historia de la Humanidad. Los genocidios tienen causas económicas, políticas, geográficas o religiosas. En este caso no fue ninguna de esas sino la supuesta "teoría racial" que es una falsedad científica, no existen razas entre los humanos, somos la raza humana, sin sub-razas, nuestras diferencias son morfológicas, exteriores y superficiales. Y si esto que no tuvo precedentes en la historia sucedió, es un precedente y puede volver a pasar. Por eso es tan importante seguir transmitiendo el proceso que nos puede llevar, alguna otra vez, a que se repita y seguir intentado su prevención. No nos está funcionando bien porque hechos similares han seguido sucediendo una y otra vez, no igual, pero con la misma cuota de horror, crueldad e injusticia (en Guatemala, en el genocidio de la etnia ixil, se inventó el "feticidio"), y siempre en contextos de gobiernos despóticos.

- ¿Cree que hay una conciencia verdadera de lo que significó el HOLOCAUSTO en la historia de la humanidad?

-En algunas personas sí, pero creo que pocas. La mayor parte asocia Holocausto con seis millones, Auschwitz y hornos crematorios, algo que pasó lejos, hace mucho y con judíos, o sea, otros. La comprensión de que sus lecciones afectan a nuestra realidad cotidiana, a que conocerlas nos puede permitir ver los brotes antes de que se hagan incontrolables, todavía sigue estando lejos. La Shoá, si bien tuvo al pueblo judío como destinatario central, es un fenómeno que nos habla de lo humano, del poder, de la codicia y la manipulación de gobiernos que necesitan aglutinar a su gente alrededor de un enemigo común, inventado, construido y difundido con insistentes campañas de propaganda para modelar las opiniones y, como en la Alemania hitleriana, conseguir que su gente vaya a la guerra y se haga matar. El pueblo alemán fue víctima del nazismo que llevó a la muerte a millones de sus ciudadanos sometidos y engañados por quien creían un líder salvador. Es una lección que el mundo todavía espera aprender. Muchos siguen esperando líderes salvadores.

-Usted publicó varios libros de su autoría. ¿Puede hablar de los niños escondidos del Holocausto a Buenos Aires?

-"Los niños escondidos. Del Holocausto a Buenos Aires" se centra en la salvación de los niños judíos durante el Holocausto. Es una gesta poco conocida encarada con determinación y valentía por los padres que hicieron lo posible y lo imposible por asegurar la supervivencia de sus chicos. Con el testimonio de 30 sobrevivientes que fueron niños, seguí paso a paso el proceso de su salvación. Mis padres eran adultos durante el Holocausto, para mí lo vivido por los niños era un tema que desconocía y que me resultaba vital porque se ligaba con lo que podía haber vivido ese hermano que nunca conocí y que nunca fue recuperado. Los niños de mi libro tuvieron más suerte, incluso alguno pudieron reencontrarse con alguno de sus progenitores o con algún familiar y recuperar su identidad por completo. Otros han quedado fluctuando entre dos identidades, dos historias, entretejidas, combinadas, dialogando en su interior y haciéndose preguntas que a veces no tuvieron respuestas. Cada historia revelaba un aspecto diferente según las edades, según su experiencia de rescate y cuidado, el contexto rural o urbano, el momento y el país. Todos fueron niños escondidos. Escondidos físicamente, ocultos en graneros o altillos, en orfanatos o conventos y escondidos en su identidad, con otros nombres, otras historias, otras familias. Algunos pudieron recuperar alguna fotografía o retazos de historia y otros vivieron con sus memorias fragmentadas, sin fotografías ni documentos. En todos la misma fuerza vital, la misma emoción pensando en las duras decisiones de sus padres, en los momentos de tristeza y desazón, en las memorias evanescentes y a veces borrosas. Hoy adultos y mayores, disfrutaban del milagro de haber construido familias, hijos y nietos, proyectos y realizaciones, vidas provechosas y satisfactorias, todas evidencias de un milagro que parecía imposible. Ante la pregunta de si anidaban deseos de venganza por la crueldad de lo vivido, la respuesta era unánime: mi reivindicación está en la familia, en que la cadena pudo ser reconstruida porque si queda una semillita de vida, la vida es más fuerte que la muerte.

- ¿Piensa que debería hablarse del tema en las escuelas oficiales?

-Sin ninguna duda. Pero no alcanza con contar lo que pasó y hacerlo dos horas una vez por año. Si lo que pasó no se enmarca en un contexto significativo que implique al presente y el aquí y ahora, entra por una oreja y sale por la otra, es como hablar de Atila y los Hunos. La Shoá debe ser tomada para estimular la formación de ciudadanos responsables que comprendan por qué vivir en un estado democrático nos previene de algo así. Hay temas que rodean a la Shoá que se pueden aplicar de un modo directo y concreto a las vidas de los chicos en las escuelas: como el bullying, seguir a la manada, no advertir los propios prejuicios, no saber deconstruir los mensajes de la publicidad y la propaganda, naturalizar la corrupción y los engaños, no desarrollar el juicio crítico, aprender a debatir y escuchar opiniones diferentes y tantas cosas más. Todo esto puede ser tomado del estudio de la Shoá y debiera atravesar toda la formación, desde el jardín de infantes hasta el post doctorado.

--https://www.youtube.com/watch?v=OeNvaToNv_k

- ¿Cómo se le puede explicar a un niño la SHOA?

-A cada persona hay que hablarle en el código que puede comprender. Se puede hablar con los niños de éste y de todos los temas pero hay que hacerlo respetando lo que su edad les habilita. Lo que no hay que hacer, ni con los niños ni con los adolescentes ni con los adultos, es regodearse con el horror, "arrojarles cadáveres sangrantes" según decía Jack Fuchs, un querido sobreviviente que ya no está con nosotros. La crueldad estimula el morbo y parece tener un fuerte impacto y por ello suele ser usada como herramienta para conmover. Pero ese impacto tiene el efecto contrario el obturar la capacidad de pensar y entender y lo que queda es un regusto desagradable que regurgita, asquea y repele. Contar alguna historia personal con la que los chicos se puedan identificar, de alguien que sobrevivió y que incluya la participación de un rescatador, son elementos que permiten hablar sobre la Shoá sin espantar ni asustar y dejar la enseñanza de que hay gente que hace cosas malas y hay otra gente que hace cosas buenas, aún a riesgo de su vida. Y eso se puede ejemplificar con algo que pase en la clase o en el grupo o en el barrio y transformarlo en comprensible, operativo y con sentido.

publicado en Facebook el 20 de octubre de 2021