¿Solucionador o Conversador?

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Imaginemos que un Solucionador Pragmático convive con un Conversador Emocional.

El Solucionador siente toda pregunta o proposición como un desafío.Incómodo con medias tintas, dudas o ambigüedades le sobreviene un irrefrenable impulso de encontrar la solución ya.

El Conversador, ante cualquier proposición o pregunta quiere hablar sobre ello; necesita empatía, diálogo, ida y vuelta, compartir emociones o recuerdos, asociarlo con otras situaciones, pensar juntos.

En los estereotipos de género, el universo de los Solucionadores Pragmáticos es el masculino mientras que el de los Conversadores Emocionales es el femenino. Pero no siempre es así. Hay Solucionadoras encaramadas en tacos aguja y Conversadores que se afeitan todos los días. Conversador y Solucionador son tanto características personales como funciones en la relación. Hay parejas en las que son fijas: el Solucionador siempre soluciona y el Conversador siempre conversa. Hay otras más elásticas y con diferentes gradientes: Solucionadores que a veces conversan y Conversadores que a veces solucionan, según el tema o la circunstancia.

A título de ejemplo consideremos que estamos ante el grado más extremo. Si el Conversador pregunta: "¿Qué te parece si hacemos una reunión para tu cumpleaños?", el Solucionador seguramente responderá, escueto y terminante: "Bueno" o "mejor no". Y listo.

Gran frustración del Conversador. Esperaba un diálogo, algo así como "me parece una buena idea, ¿cómo te parece que sería mejor?" a lo cual el Conversador diría "¿te gustaría hacer un asado?" y el Solucionador "no sé, no me dan ganas de hacerlo ese día" y el Conversador "tenés razón.., mejor pensemos otra cosa" y así sucesivamente.

Al hacer la pregunta por la reunión de cumpleaños el Conversador no espera una respuesta concreta, un sí o un no, sino un intercambio de opiniones y puntos de vista que lleven a una decisión conjunta de qué es lo mejor, a quien invitar, qué dar de comer, qué día de la semana, a qué hora y así. Para el Solucionador, una vez respondida a la pregunta, se terminó el trámite, el tema desapareció de su campo perceptivo. Su espacio de comodidad es la concreción y la literalidad, responde exactamente a lo que se le pregunta.

Salvo que se le pregunte algo relativo a las emociones o a la relación, claro. Es un territorio tan resbaloso para el Solucionador que entra en pánico ante ese horrendo precipicio que se abre bajo sus pies. El Conversador suele ser muy hábil verbalmente, con muchos y variados recursos discursivos, está cómodo argumentando y contra argumentando. Su conducta no es literal ni espera la literalidad, tampoco que se resuelva inmediatamente, su expectativa es la interacción y el contacto emocional. La evasiva del Solucionador ante la amenaza de un diálogo, sobre todo si es acerca de las emociones, golpea dolorosamente al Conversador que se siente rechazado. Necesita el encuentro dialogal, esa especie de coreografía verbal en la que siente y confirma que la relación es importante para los dos.

El Conversador, no solo es hábil sino que disfruta de la conversación, salir del tema y volver a él; se siente a sus anchas tejiendo redes asociativas como en un canon a dos voces. El silencio del Solucionador frente a la temida propuesta de "hablar"o los monosílabos con los que cree responder al problema planteado, son una exclusión para el Conversador, una evidencia de que no desea compartir ese momento o, más trágicamente, de que el Solucionador no desea su compañía o hasta que ha dejado de amar. Desde su perspectiva no entiende que el Solucionador expresa su amor dando soluciones, mostrando su capacidad de resolver, que es su forma de abrazar, acariciar y mostrar su compromiso en la relación.

Si tan solo ambos vieran y comprendieran que la naturaleza del Solucionador es solucionar y la del Conversador, conversar, si pudiera cada uno ponerse en los zapatos del otro por un instante, tal vez podrían tender algún puente y encontrarse a mitad de camino.

Volvamos a la pregunta del ejemplo para ver cómo sería si cada uno se pusiera en el lugar del otro. Reformulando el "¿Qué te parece si hacemos una reunión para tu cumpleaños?" el Conversador, tomando en consideración al Solucionador que tiene enfrente podría decir: "me gustaría ver qué pensás sobre festejar tu cumpleaños y que lo programemos juntos, ¿cómo la ves?" en donde no espera que el Solucionador entienda lo que pide, que lo adivine sino que le dice claramente y con todas las letras lo que espera. El impulso a solucionar es tan fuerte que hay que anticiparle que no es eso lo que se busca. Si el Solucionador, firme en su forma de ser, responde que no tiene ganas de hablar, o que no tiene ganas de pensar en ello, o que confía en lo que el otro decida, el Conversador todavía podría insistir con un "ya sé que hincha, pero es que me gustaría que hablemos sobre eso, no me dejes que lo decida por mi cuenta. Me da mucho placer que lo pensemos juntos", lo que no garantiza que la charla se establezca porque el Solucionador puede no estar dispuesto en ese momento, pero probablemente no se arme el circuito de expectativa-frustración-enojo habitual.

Inversamente, ante la pregunta de "¿Qué te parece si hacemos una reunión para tu cumpleaños?" el Solucionador, que conoce al Conversador con quien convive y que sabe lo que está esperando, podría decir: "¿querés que te conteste o querés que charlemos?" y si no tiene ganas de charlar estaría bueno que lo informe "ya sé que te gustaría charlar sobre eso pero ahora no, estoy en otra cosa" o algo por el estilo, con lo cual muestra que conoce y respeta lo que el Conversador está esperando y, al mismo tiempo, no se violenta obligándose a hacer lo que no tiene ganas.

En el templo de Apolo en Delfos dice: conócete a tí mismo. Y yo agrego, conocé a quien tenés a tu lado. Aceptate y aceptalo, tené bien claras las necesidades y posibilidades mutuas. Salite del circuito frustrante de la expectativa irreal. Cada uno es como es: ¡no te lo hace a vos! Está en tus manos dejar de esperar lo imposible e invitar a bailar a tu pareja en una nueva coreografía.