La diferencia la establecen los victimarios

A veces oímos con estupor –yo al menos siento estupor- cuando los alemanes enarbolan el bombardeo de la aviación inglesa sobre la ciudad de Dresden, sucedido en las postrimerías de la Segunda Guerra, el 24 de agosto del 44, en el que murieron decenas o cientos de miles de alemanes civiles (las cifras van entre 35 mil muertos oficiales a 350 mil muertos, según sea quien lo dice). Dicen “nosotros también fuimos víctimas”. Y es verdad. Gran parte de la población civil alemana fue víctima tanto del nazismo como del ataque de los aliados. Pero nosotros, como judíos, como víctimas designadas a la destrucción total, entendemos que no se trata de la misma calidad de víctimas. Pensando en los muertos, es cierto que los muertos son muertos vengan del lado que vengan y suena incómodo trazar líneas, establecer diferencias. Pero no se trata de la misma calidad de víctimas y en eso no se desmerece en nada la injusticia de los muertos en Dresden, sino que se ponen las cosas en el nivel lógico que corresponde. Las víctimas lo son porque hubo victimarios que así las designaron y son los victimarios los que establecen la diferencia cualitativa. En ese sentido, este comentario que no puedo soslayar sobre un artículo publicado recientemente por Pilar Rahola.(Ver artículo mencionado en: http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=968790)

Menudo lío en el que me siento metida luego de leer el texto de mi querida Pilar Rahola publicado el viernes 7 de diciembre de 2007 en La Nación, “Todos los muertos merecen un lugar en la memoria” que complementa ese otro artículo que escribiera luego de su aparición en el programa de Mirtha Legrand “En el diván con Mirtha Legrand” (abajo están ambos). Con su delicioso acento ibérico, su verba florida, su sagacidad e inteligencia, su compromiso y valentía, su espontaneidad y frescura, ha dicho en innumerables ocasiones aquello que pocos se atrevían a decir, suelta de cuerpo, sin temor –aparente- a ser denostada, juzgada, criticada. Valiente y tal vez disfrutando de sus desafíos que revelaban su independencia y libertad intelectual. Sea que se tratase sobre cuestiones de género como sobre temas de política internacional –no sólo respecto de temas de oriente medio, en particular relativos a Israel- y sus acérrimas críticas sobre una izquierda paleontológica, su mirada nos ha hecho reflexionar y revisar lugares comunes, cuestiones que algunos daban por ciertas y no sometían al rigor de la razón, poniendo algunos puntos sobre las íes y abriendo puertas a la lucidez y al diálogo. Fue un soplo de frescura para muchos judíos escuchar a esta no judía hablar con objetividad y clara conciencia. La alegría de muchos fue grande cuando la vimos trascender las fronteras de las audiencias judías y ser convocada por la televisión abierta y luego cuando comenzó a ser columnista de uno de nuestros periódicos. Pero estos artículos me hacen ruido, me producen malestar y por respeto a sus luchas y a su honestidad intelectual, me veo obligada a responder. No sé cuál es el objetivo de sus palabras ni a quién están dirigidas. Cuando reclama por un lugar en la memoria, aparentemente se refiere a un lugar en la memoria de las conmemoraciones oficiales, a un lugar en la memoria en los medios de difusión. Reclama, por lo que entiendo y con razón, que las víctimas lo son tanto de uno como de otro lado, y cuestiona que no se preste la debida atención a las víctimas del “otro lado”, que se vea como más víctimas a las de “este lado” y que a las del “otro” casi se las trate de culpables. Planteado así, obviamente que no podemos desacordar con ella. Los civiles muertos son muertos estén donde estén, sean quienes fueren, hutus, tutsis, judíos, gitanos, bosnios, croatas, armenios, sudaneses, chechenios, timorenses, chinos, coreanos, sudafricanos, vietnamitas o afganos. Poco importa de qué lado los puso la vida. La mayoría de los civiles han muerto porque nacieron en un determinado grupo, porque estaban cerca de alguien, porque eran parientes o vecinos de alguien, no por alguna acción que hubieran realizado, no por ser soldados ni ser culpables de nada. Más propiamente en nuestro país, sea que se trate de alguien que figuraba en una libreta y que fue “chupado” durante la dictadura como de alguien que vivía en el mismo lugar en donde estallaba una bomba dirigida a otro, se trató, muchísimas veces de gente inocente y su muerte sigue siendo injustificable y el dolor que embarga a sus familiares, irreparable. También cuando, en su artículo anterior, recuerda a Hebe de Bonafini brindando por el ataque a las torres gemelas o menciona que en la prensa argentina se trate como héroes a los militantes de la guerrilla que mataron a mansalva, sentimos cuánto camino aún por recorrer nos falta en la comprensión de nuestro pasado cercano. Pero hay un punto que no devela en ambos artículos y es lo que produce esta molesta disonancia. Se trata a mi juicio de que ha pasado por alto quién es el perpetrador en cada caso, cuál es su lugar en el concierto social, qué representa o qué alega representar para el contexto y para la historia. No es lo mismo, creo yo, que el asesino sea el Estado a que el asesino sea un grupo de ciudadanos aunque se llamen a sí mismos “ejército”, se trata de niveles lógicos diferentes, de jerarquías disímiles en la estructura de la sociedad. Cuando el agresor es el Estado mismo, cuando de sus espacios de protección o cuidado surgen los grupos de tareas –pagados por todos nosotros- que torturan, roban, asesinan sin respeto a la ley y con absoluta impunidad, sin hacer públicas sus acciones, ocultándolas y mintiendo sobre ellas, al amparo del sistema político que ordena, avala y concede, hay una doble agresión –al agredido porque es asesinado y al sistema porque es herido de muerte-. Esta doble agresión convierte a la víctima también en un símbolo. Los actos de la guerrilla, aunque en su interior se arrogaran la intención de cambiar el mundo o se auto erigieran en árbitros de la vida y la muerte, no estaban avalados ni pagados por la sociedad, por el sistema estatal, por ninguna estructura que le diera el menor asomo de legitimidad. En un caso el Estado convertido en agresor al amparo del sistema político que los legitimizaba y en otro, ciudadanos comunes delinquiendo en la ilegitimidad. Ésa es toda la diferencia. No está en el lado de las víctimas. Está en el lado de los perpetradores. El honrar a las víctimas de “este lado” más que a las del “otro” tiene que ver con el juicio que hace la sociedad a los perpetradores encaramados en una alegada representación pública, en los cómplices silenciosos de la sociedad civil, empresaria y política, que alentaron, apoyaron y silenciaron durante mucho tiempo las iniquidades bizarras que tuvieron lugar, los asesinatos a mansalva, las arbitrariedades y vergüenzas. Estamos muy lejos de oír los debidos “mea culpa” de estos sectores de nuestra sociedad que permitirían el comienzo de lagunas cicatrizaciones. Hay quienes sospechan que este gobierno busca posicionarse en el lado de la “correctez política” dándose un baño de ética merced a la defensa de los DDHH. Defender a los DDHH tiene buena prensa nacional e internacional, será tomado elogiosamente, garantiza la aprobación de sectores bien pensantes que tanto hacen falta para la construcción y sostén de poder. Algunos estarán interesados genuinamente por el tema y otros lo enarbolarán como las cuentas de colores con que se engañaba a los indígenas, esos fascinum que producen encantamientos y compran algunos silencios o distracciones mientras lo de Skanska, la bolsa del baño del ministerio de economía, la desaparición de López, los decretos de necesidad y urgencia, la falta de diálogo con la prensa, los estilos autoritarios y algunas pequeñeces que sería largo enumerar son silenciadas. Claro que es bueno ocuparse de los DDHH. Es bueno para que más de uno se entere de lo que aquí pasó. Es bueno para los familiares de las víctimas que han debido soportar años de silencio y ninguneo y sienten hoy que por fin son reconocidos, su dolor tiene un espacio social que antes les era denegado, su lucha está recibiendo el reconocimiento social que merecen y permite instalar el tema en las escuelas junto con las debidas lecciones de responsabilidad social que comportan. Por otra parte, ¿qué reclaman los familiares de los del “otro lado”, de los del lado de los perpetradores y que parece estar siendo denunciado por Pilar Rahola? ¿reconocimiento social de su dolor? ¿espacio en los medios para expresarlo? Bienvenidos sean ¿por qué no? Bienvenida sea también esta nueva conciencia de su lugar en el concierto social de parte de sectores que no siempre se mostraron interesados en ello y que defendieron lo realizado por los perpetradores como actos en bien de la patria. Y será mucho más bienvenida si viene asumida y potenciada junto con la expresión de reconocimiento de la herida en la estructura social y política argentina que el proceder de los perpetradores estatales legitimados por cargos y funciones, ha producido. Lloremos a todas las víctimas por igual. Pero en tren de recordar, no olvidemos que donde hubo una víctima, hubo un victimario. En cada víctima que se llora se recuerda el victimario que produjo su muerte y la herencia social que conlleva. Lloremos a las víctimas del terrorismo y recordemos que fueron muertas por personas que creyeron que tenían el derecho de salvar al mundo sin medir cómo ni cuánto, que incurrieron en delitos y crímenes y que por ello deben ser señaladas y castigadas, que debemos enseñar a nuestros niños que no puede tomarse justicia por propia mano. Lloremos a las víctimas de la dictadura militar y recordemos que fueron muertas por personas que representaban al Estado, que estuvieron avaladas por una parte importante de la ciudadanía –empresarios, políticos, profesionales, periodistas, gente de la cultura, sindicalistas, miembros de los cuerpos de gobierno y seguridad-, que asesinaron, torturaron y robaron y que por ello deben ser inscriptas en la memoria institucional de nuestro país y enseñemos a nuestros niños que el delito propugnado, ejercido y defendido por el estado es una herida mortal al futuro.