De las historietas a la historia

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Las historietas, como llamábamos a los cómics, fueron parte de mi infancia y de buena parte de mi vida. Las “revistas mejicanas” como Superman y La Pequeña Lulú; Rico Tipo y su inolvidable “el otro yo del Dr Merengue”, Pelopincho y Cachirula, Peanuts. Las novelas de Intervalo y los policiales de El Tony, D’Artagnan; Tía Vicenta, Fierro, Patoruzito, El Eternauta… Sé que me olvido de muchas y vienen a mi memoria las tiras de Mafalda, Clemente, Mendieta, Isidoro Pereyra, Diógenes y el linyera. Siguen nuevas tiras que publican los diarios, algunas cómicos otras provocadoras o críticas, filosóficas o poéticas, con una mención especial para “Maus” del gran Spiegelman y “El Camino a Auschwitz” de Gorodischer.

Dibujos con historias y personajes en encuadres clásicos: un cuadrado y adentro las figuras y los globitos con los parlamentos. Hoy gran parte del escenario de las viñetas es el nuestro, hoy somos un poco personajes de historieta. Gracias a la tecnología saltamos del papel a la pantalla y nos encontramos, nos vemos y dialogamos dentro de un escenario parecido al de los cómics.

Guardados en nuestras casas a salvo del virus todopoderoso, pegajoso y malévolo, nos relacionamos con los demás enmarcados en un cuadrado prolijo y alineado, grande en la computadora o chiquito en el celular. Adentro del encuadre fijo solo hay alto y ancho, nada de profundidad. Nuestro cuerpo y el de los demás tiene ahora dos dimensiones, es la voz producida por una imagen chata e intocable. Sentados ante el dispositivo de turno aparecemos amputados de la cintura para abajo, solo torso y cabeza, una especie de hemiplejia instrumental o ausencia fraguada. Atentos a lo que se ve atrás no vaya a ser que se revele algo que no queremos que se sepa, una puesta en escena cuidada que se ha vuelto nuestra nueva tarjeta de presentación. 

Las caras miran fijo y luego del tiempo limitado en que la atención está prendida, se van vaciando las miradas y quedan espectros que hacen como que miran forzándose a parecer atentos, receptivos y disimulando que ya basta, que me quiero levantar, desperezarme, no estar siendo mirado ni hacer que miro con interés todo el tiempo, quiero poder volver a poner la cara que tengo cuando no debo cuidarme del escrutinio de todos esos ojos que me ven y vaya uno a saber qué están pensando cuando me miran. Todo esto requiere un esfuerzo suplementario para nuestro pobre cerebro que tiene que aprender a procesar estos nuevos inputs con los que no contaba. Termina siendo agotador al final del día.

Los ángulos que enmarcan esta estructura son inflexibles, de 90 grados que no se estiran ni redondean, estamos uno al lado del otro pero todos igualmente encerrados cada uno en su cubículo cueva. Parecemos estar bien cerca, pero en realidad no. Parecemos estar conectados el ojo en el ojo, pero en realidad no. Sin embargo vemos, vemos hasta lo que no queremos que se vea. 

Lo peor es lo que uno ve de uno mismo. Verse estático, verse hablar, callar, gesticular, es un verse al que uno no estaba acostumbrado. Vivíamos sin vernos eso que los demás nos veían. Vivíamos en la inconsciencia de lo que nuestros mínimos gestos decían. Vivíamos creyéndonos más jóvenes, más lindos, más tersos, un tanto ideales. Solíamos sorprendernos cuando no nos reconocíamos en fotos, grabaciones o en filmaciones. Ahora estamos delante de nosotros mismos, y el realismo y la irrealidad conviven contradictoriamente en este verse y saberse cómo es uno mientras está siendo. Porque era un alivio no verse mientras uno vivía preso de la mirada de los demás pero libre de la propia. Uno podía soñar, poner a volar la imaginación, dibujarse otras líneas y pintarse de nuevos colores. Ya no más. 

Eso que hay dentro del cuadrado, sentadito, firme y mirando derechito y fijo, somos nosotros ahora.

“¡Vista al frente!” nos decían en la primaria, seguía con “¡tomar distancia!” y estirábamos un brazo hacia adelante y la fila se iba alargando para atrás a medida que el resto hacía lo mismo. Ahora estamos a distancia pero no nos vemos las espaldas porque en la pantalla solo salimos en primer plano y de frente. Adyacentes uno al lado del otro, no tenemos como alejarnos cuando, en realidad, estamos tan lejos. Lejos y cerca están queriendo decir otras cosas. 

Nuestras caras son una parte importante de quienes somos pero ni de lejos alcanzan a ser quienes somos. Extraño aquello que se llamaba clima, energía, piel, presencia, el cuidado de respetar la distancia en la que cada uno se siente cómodo, lo que permite el encuentro y lo hace amable. Esto que estamos haciendo, y bienvenido sea dadas las circunstancias, se parece a un encuentro, se le parece bastante, pero no lo es del todo. 

Cuando estoy de viaje y chateo por algún medio electrónico con mi marido, él acerca su celular a nuestro perro y le hablo, le digo las mismas cosas que le digo siempre y en el mismo tono pero él no reacciona, en la pantalla no me reconoce ni me ve, es como si no me oyera, como si yo no estuviera ahí. Y tiene razón. No estoy. No me puede oler, no le llegan los ecos físicos de mi presencia ni las moléculas de aire que se mueven cuando uno habla. 

Está bueno el no tener que desplazarnos para las reuniones que no precisan que estemos personalmente. Pero después de esta cuarentena (que ya está siendo una sesentena o vaya uno a saber qué número resultará al final), la presencia real tendrá un nuevo protagonismo hoy revalorizado en lo que tiene de único e irreemplazable. Los encuentros vía internet vinieron para quedarse y cuando esto termine recuperaremos con felicidad renovada los encuentros personales que aprendimos a extrañar tanto. 

Las historietas que nos alojan hoy serán la historia algún día, cuando sean la memoria y el relato de esto que nos tocó vivir en el comienzo de la segunda década del siglo XXI amén.  

Dibujo hecho por una niña de 6 años ilustrando su juego con sus juguetes favoritos como si fuera una reunión de zoom. Enviado por Meli Furman.

Dibujo hecho por una niña de 6 años ilustrando su juego con sus juguetes favoritos como si fuera una reunión de zoom. Enviado por Meli Furman.


publicado en Infobae el 10 de junio de 2020

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Objetos desenterrados en Auschwitz. VI

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Restos de cerámica de algo que parece un recipiente y un candelero con una rosa. Una nena feliz sosteniendo un gatito junto a un enorme saxofón tras el cual se asoma la carita curiosa de un chiquito que está sin cuerpo, se rompió esa parte, solo se ven sus ojitos atentos y abiertos. Otro pedazo con palabras en húngaro, ¿es húngaro? no lo sé, pero me suena que sí. Son los últimos que llegaron. La guerra en el frente ya estaba perdida aunque los nazis seguían, imperturbables, deportando y asesinando. Entiendo el recipiente pero ¿a quién se le ocurre llevar un candelero a Auschwitz? de entre todas las cosas que se podrían llevar... ¿un candelero? Ese candelero perdido, enterrado, ahora desenterrado, nunca fue usado. ¿Cómo hacerlo en aquella noche perpetua, sin luz ni escapatoria posible? La foto nos muestra su boca abierta y huérfana a la espera de la vela prometida, aún ausente, para ver dónde está el peligro y seguir el camino de los buenos pasos.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/recuperan-miles-objetos-personales-victimas-auschwitz-birkenau_10433/7

Objetos desenterrados en Auschwitz. V

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Cuentas, bolitas, abalorios ... ¿era un collar? ¿Cómo se llamaba la que lo había traído consigo? ¿Alegraba las tristes rayas grises con esos colores venidos de otro mundo? ¿Cómo mantenía vivo su anhelo de amor y belleza en ese desierto de esperanza? ¿De qué color era el pelo que le había sido rapado? ¿Se pinchaba un dedo para cubrir sus mejillas con el rubor de su propia sangre? ¿Se ajustaba a la cintura con un trapo sucio la tela informe que la cubría y soñaba que estaba esperando a su enamorado para bailar prendida de su brazo sintiendo sus caricias arrebatadas y todos los besos que le debía la vida?

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/recuperan-miles-objetos-personales-victimas-auschwitz-birkenau_10433/7

Objetos desenterrados en Auschwitz. IV

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Una taza de cerámica milagrosamente entera, con alambres que aseguraban que no se separaría de la mano o del lazo que hacía de cinturón. Taza fuente de vida donde cabía, si es que la había pescado a tiempo, el agua chirle sucia diaria que llamaban sopa. Taza vuelta  gema y salvaguarda que también podía servir a otros fines que mejor no evocar. Había que protegerla, esconderla, mimarla, hacerla parte del propio cuerpo porque era el pasaporte para seguir viviendo. ¿Cómo la habrá conseguido? ¿Qué habrá ofrecido a cambio? ¿un diente de oro? ¿el reloj que había sido de su padre? ¿la cadenita de oro de su hermana mayor? ¿dos cigarrillos? Los objetos a veces siguen vivos cuando las personas ya no.


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Objetos desenterrados en Auschwitz. III

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Un dedal. ¿Para qué guardar un dedal en medio de tamaña desolación? veo en cada uno de sus agujeros la huella de aquella aguja que cosía dobladillos, que ajustaba mangas, que bordaba fundas y manteles, que unía retazos inconexos, que daba forma a aquello que la había perdido, que puntada tras puntada seguía el ritmo parejo del devenir previsible y conocido. ¿Qué hacía ese dedal enterrado en Auschwitz? ¿habrá sido una especie de amuleto, de salvaguarda, de plegaria silenciosa?

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Objetos desenterrados en Auschwitz me hablan. II

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Llaves oxidadas, llaves lastimadas, llaves que guardaban en los bolsillos o colgaban del cuello con un piolín retorcido. ¿Por qué las conservaban? ¿Igual que los judíos echados de Sefarad que durante siglos soñaron con volver? Sí. Soñaban volver. A su lugar, a su calle, a su puerta y la llave la abriría y allí estaría otra vez la vida normal, el sonido de las palabras conocidas, la mesa con mamá, papá, la abuela, los hermanitos y un plato de sopa de cebada, caliente, perfumado y tan pero tan rico y en la cama habría sábanas y en el baño habría un espejo y hasta tendría una puerta.  Alguna parece de un cajón o de la puerta de un ropero. ¡Qué loco llevar una llave de un ropero a Auschwitz! Aunque pensándolo mejor, nada loco. Lo loco era Auschwitz. Loco de toda y total locura.

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Objetos desenterrados en Auschwitz me hablan. I

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Un peón de ajedrez. De madera. Perdido su color pero aún de pie, sin claudicar ni lamentarse. Un peón. La pieza menos valiosa del tablero, el protagonista menos esencial del juego de la vida y la muerte. Pero, igual que en la vida, a medida que avanza puede coronarse y llegar a ser caballo, alfil, reina y así, tener un valor renovado. El peón puede terminar haciendo jaque al rey si lo dejan, si se mete sin que lo paren, si sobrevive. ¿Habrá sobrevivido el dueño de esta pieza? ¿Junto con el peón habrá llevado las otras piezas? Imagino que su dueño era un adolescente que soñaba con ser campeón de ajedrez y que a falta de tablero dibujaba los 64 escaques en la tierra para incursionar en nuevas tácticas. Peón el mismo de un juego atroz que lo superaba, ensayaba una y otra estrategia para ver si lograba llegar a coronarse y vivir.

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Convivencia forzosa, para Ideas en Casa

Otra creación de TEDxRiodelaPlata para esta época de aislamiento.

Otra creación de TEDxRiodelaPlata para esta época de aislamiento.

Temas tocados en una converesación informal:

  • los desafíos de la cuarentena:

    • el miedo y el hartazgo de estar limitados

    • el miedo a cuando termine, a salir y volver a interactuar con gente, lo que nos pasa cuando vemos las películas, los besos, los abrazos, las reuniones

    • el peligro del sesgo de negatividad personal que se suma a la negatividad contextual

  • los desafíos de la a convivencia forzosa:

    • para quien está solo

      • los que lo disfrutan porque no se sienten observados, y se sienten liberados, como más ligeros

      • los que añoran el contacto con familiares, amigos, hijos, compañeros de trabajo

    • para quien convive con alguien

      • la presencia del testigo, la mirada y la necesidad de pactar espacios personales

      • caminamos juntos y nos dejamos de ver

      • nuevas conversaciones con los otros y con uno mismo, peligro de caer en modos que no lo hagan posible (adivinar, usar la 2a.persona -queja, reclamo, crítica-, imponer)

      • el contacto personal ahora se volvió plano, las pantallas, lo que tiene de bueno y lo que tiene de malo

Preguntas para los grupos:

  1. ¿cómo se reconfigura la noción de intimidad?

  2. ¿qué estamos aprendiendo en estos días de cuarentena?

  3. ¿qué formas de relación no van a ser iguales después?

Comentario publicado en Linkedin:

El Abrazo de Julia Publicada el 8 de mayo de 2020

Javier Alejandro Felipe Gestor de Relación con el Negocio en YPF S.A.

Cuando mi hija tenía poco menos de dos años inventó su propio abrazo a la distancia, el cual se daba de la siguiente manera:

1. Brazo derecho por debajo de la axila izquierda

2. Brazo izquierdo por encima del hombro derecho

3. Cabeza inclinada hacia el hombro izquierdo, acercando el oído al corazón

4. Cerrar los ojos

5. Apretujarnos bien fuerte (el corazón tiene que parecer que se nos va a salir)

6. Terminamos con palmaditas por debajo de las axilas y por encima de los hombros.

Ayer tuve el lujazo de compartir ideas sobre los vínculos con Diana Wang, en el marco de “Ideas en Casa” organizado por el equipo de @TEDxRioDeLaPlata. Como diría Gerry Garbulsky, Diana es una genia genial del universo universal, mundo mundial... a lo cual ella acotaría INTERGALACTICO! Como casi todo en estos tiempos, la charla estuvo especialmente orientada a los vínculos durante el aislamiento y surgieron temas por demás interesante como lo es la intimidad, la reflexión personal acerca de la resignificación de los vínculos y de aquellas cosas que a partir de la pandemia nunca más volverán hacia atrás (estaría bueno que todos hagamos este ejercicio de introspección, pueden buscar el video de @AprenderDeGrandes entre Diana y Gerry hablando sobre algunos de estos temas: Relacicones de pareja en la cuarentena) Sobre las cosas que han cambiado durante este tiempo tan particular, me quedo con un tema en especial: los abrazos. Una de las cosas en las que coincidimos todos los asistentes es que es uno de los rituales que más extrañamos es ese abrazo con la gente que realmente queremos, ese abrazo que surge del corazón cuando festejamos un gran logro o cada vez que queremos expresarle nuestro amor o cariño a una persona en especial. Yo me siento afortunado en muchos sentidos, porque recibo los abrazos de mi hija y de mi esposa a diario, pero no dejo de angustiarme por aquellos que hoy no están recibiendo abrazos al mismo tiempo que me angustio con aquellos que no podemos darnos, especialmente los que no puedo darles a mis viejos. De alguna manera por esto, y también porque la mejor manera de aprender es compartiendo, les regalo a todos estas pocas y, aunque mal escritas, sinceras líneas. Al mismo tiempo les hago llegar desde mi corazón y a la distancia #ElAbrazoDeJulia (sus abuelos dan fe que a a través del ciberespacico también funcionan) Ojalá nos veamos pronto.

Negatividad, esa piedra en el camino.

 
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En estos días en que estamos obligados a permanecer guardados porque hemos elegido cuidarnos y cuidar, la convivencia forzada y forzosa acentúa y reaviva cosas que ya venían pasando. Nos llueven por todas partes consejos y sugerencias para transcurrir este período de la mejor manera posible. Home office, reuniones familiares y de amigos, muchas actividades, mucha pantalla, mucho zoom y whatsapp, es como si existiéramos de la cintura para arriba, no importa qué zapatos llevamos. Ya estamos entrando en la recta del hartazgo, del cansancio, en el gris cotidiano en que todos los días son domingo y los horarios nos son esquivos porque da igual.

Ahora es cuando tenemos que estar alertas y no dejar que nuestras propias tendencias, cuando son negativas, nos venzan.

Hablemos de la negatividad. Se la ha descripto como un sesgo, un efecto que determina que respondamos más fuertemente a situaciones y emociones negativas que a las positivas. Si hacemos o decimos algo y recibimos elogios y felicitaciones, nos sentimos complacidos, pero si entre ellos aparece un comentario adverso, se vuelve lo único, lo más importante, nos obsesiona, nos altera la percepción y borra los elogios y aplausos. Somos mucho más permeables a lo negativo que a lo positivo. En la historia de nuestra evolución, el sesgo de negatividad fue esencial para nuestra supervivencia porque nos mantenía alerta frente a cualquier peligro, pero hoy puede ser una potente amenaza que altera nuestra mirada y modifica peligrosamente nuestra conducta. 

El sesgo de negatividad es hoy, más que nunca, una gran piedra en el camino de la convivencia, tanto con nuestra pareja como con quien sea que estemos conviviendo. Cualquier cosita, cualquier pelusa que flote en el aire puede volverse un doloroso conflicto que termine en acusaciones y peleas. Todos tenemos ese sesgo pero no todos vivimos esa tendencia a la negatividad del mismo modo. Las personas que la tienen instalada como parte esencial de su personalidad son las que tienen que tener un cuidado especial porque pueden deslizarse a emociones desgarradoras que alteren su percepción de lo que están viviendo y transformen la convivencia en un infierno.

Uno se ve inundado por la pregunta de ¿por qué no me quiere? o ¿por qué no me valora? o ¿por qué no le importo? que insiste, horada y se transforma en un alud que desciende sobre uno con una potencia arrolladora y nos aplasta y sumerge en la más honda desdicha.

Dado que nadie es perfecto y que nadie satisfará completamente nuestras necesidades, el sesgo de negatividad será una lente que tomará las imperfecciones de nuestra pareja como centro de nuestra mirada, las exagerará y las volverá un muro infranqueable contra el que chocaremos una y otra vez. En lugar de ver lo que está bien, de apreciarlo y agradecerlo, seremos solo recipientes de lo que está mal, de lo que no funciona. Lo que está bien se vuelve difuso y poco importante, casi que desaparece y solo somos receptores de lo que está mal.

En los estudios de parejas que conviven hace largo tiempo se encontró que uno de los temas centrales era la reacción ante la negatividad. Que no es tan importante cuánto hay de bueno o positivo en cada uno sino cuál es la reacción que tiene frente a lo negativo. La forma en que cada pareja encara sus interacciones problemáticas será la medida de su continuidad o fracaso. 

En esta convivencia virósica actuamos del mismo modo que ya lo hacíamos antes, solo que ahora se ve más, es más exagerado, no lo podemos evitar. Si ya venía ganando el sesgo de negatividad en nosotros, estamos ahora en un problema grave porque seguro que ha aumentado. Y una de sus características es que es muy contagioso, tanto como el coronavirus. La “mala onda” de uno, que es la forma en que el sesgo empieza a hacerse visible, genera fatalmente la “mala onda” de todos, el clima se enrarece, todos contagiados porque es altamente tóxico. 

Si el sesgo de negatividad es una de tus características, tal vez éste sea un buen momento para revisarlo y ver cuánto lo podés diluir. Si no, este poderoso auto sabotaje desgastará tanto la relación que lo bueno que pudiera estar habrá desaparecido de tu percepción. El sesgo de negatividad, no puede ser anulado, pero puede ser relativizado o amaestrado. 

Podés evitar el ciclo destructivo que produce. Son tres pasos. Detectar la negatividad ni bien aparece, no dejarla crecer. Preguntate dónde la sentís, después de qué te aparece, cómo suele acometerte sin que te des cuenta, ¿es un pensamiento?, ¿es una incomodidad?, ¿es un impulso motriz como pegar, salir corriendo, gritar? ¿es una sensación difusa pero alojada en alguna parte del cuerpo? Una vez que la tengas claramente individualizada, el segundo paso es controlar y frenar tu reacción, ponerla en stand by, no decir eso que mejor callar, no mirar como mejor no mirar, no actuar como mejor no actuar. El tercer paso es revisar, dialogar con el acceso de negatividad que te está ocupando. Digo bien, te está ocupando, como un alien que se aloja en tu interior y te tira gases venenosos pero que no es un desconocido. Miralo de frente, ponelo en palabras, conocelo, no te dejes ganar. Reconocelo como aquel impulso maléfico que tanto daño te hizo siempre y frente al cual te dejaste vencer una y otra vez. 

Son tres pasos: reconocerlo, frenarlo y conocerlo.

No hemos elegido someternos a esta pandemia ni vivir este encierro.  Pero sí habíamos elegido vivir con nuestra pareja y hoy podemos elegir hacerlo de una manera pacífica. 

El sesgo de negatividad es tan destructivo como el virus del corona, igualmente contagioso y maléfico cuando nos toma con la defensa baja. La convivencia forzosa nos bajó las defensas. No dejes que la negatividad te gane la batalla. Podés elegir. 

publicado en LN el 16 de mayo de 2020 como “Cuarentena. La negatividad en la convivencia y tres pasos para amaestrarla”.