Otras cosas

Capitulo del libro de Jakub Szymczak sobre papá

¡Reír pase lo que pase! 

¿También si sos un sobreviviente y te acusan de colaborar con los nazis?

Publicación original: https://oko.press/ja-lebkow-nie-dawalem-fragment-ksiazki/

Capítulo del libro “No entregué cabezas. Juicios ante el Tribunal Social Judío”

de Jakub Szymczak  

4 de septiembre de 2022. Eco Press, Polonia

Inmediatamente después de terminada la guerra, comenzó a funcionar en Polonia el Tribunal Social del Comité Central Judío. Se realizaron allí juicios a judíos acusados ​​de “colaboración con los nazis” y de “perjuicios contra la nación judía” (sic). Ésta es una de las historias.

Buenos Aires resonaba con decenas de idiomas en la segunda mitad de los años cuarenta. En la calle, en los negocios, en las ventanas de las casas, en los patios y en las canchas de fútbol, ​​se hablaba y se discutía en polaco, alemán, italiano, español y idish. En algún lugar, alrededor de 1950, desde la ventana de una de las casas donde vivían inmigrantes, se podía escuchar una canción:

Wiesz ty co, mój kochany, wiesz ty co?/ Śmiej się wciąż, choćby nie wiem, jak ci szło.

Czy masz więcej, czy masz mniej, / ty się całe życie śmiej!/ Śmiech to skarb, zapamiętaj sobie to!

W sercu zawsze noś pogodę,/ miej rozpromienioną twarz,

nie udało ci się w środę, / to przed sobą czwartek jeszcze masz.

Choćbyś miał spaść ze szczytu aż na dno, / choćby ci jak po grudzie wszystko szło,

ty uśmiechnij się i wierz, / że zdobędziesz to, co chcesz!

Zawsze wierz – zapamiętaj sobie to!

W sercu…

Kiedy ktoś najgoręcej czegoś chce, / wtedy los, jak na złość, powiada „nie!”.

Ty się jemu w oczy śmiej, / przez ten śmiech ci będzie lżej,

śmiech to skarb, zapamiętaj sobie to!

W sercu…

Traducción:

¿Sabes qué, mi amor, sabes qué? / Sigue riendo, sin importar qué pasó.

tenés más o tenés menos / vos reíte toda tu vida!

La risa es un tesoro, ¡recuérdalo!

Lleva siempre buen tiempo en tu corazón, / tené una cara radiante,

¿no lo lograste el miércoles? / mañana está el jueves.

Incluso si fueras a caer de arriba hacia abajo, / aunque todo fuera a terminar,

sonríe y sigue creyendo / que obtendrás lo que querés! / Tené siempre fe, ¡recuérdalo!

Lleva siempre el buen tiempo en tu corazón…

Cuando alguien quiere algo más / entonces el destino, como a propósito dice "¡no!"

Reíte de eso en sus ojos, / porque la risa te lo hará más fácil,

La risa es un tesoro, ¡recuérdalo!

Lleva siempre el buen tiempo en tu corazón…

Así cantaba su pequeña hija Danusia Wang lo que su padre le había enseñado. Las palabras no eran siempre las mismas. Mieczysław  no los recordaba exactamente. Después de que los nazis ordenaran una redada y deportación en Stryj, donde nació, toda la familia pasó a la clandestinidad. Sobrevivió escondido y allí escribía las letras de las canciones que conocía antes de la guerra. Principalmente en polaco, también en idish. No recordaba todo exactamente, a menudo improvisaba y gracias a su naturaleza creativa agregaba nuevas estrofas.

Hablaban solo en polaco a su hija pero cuando querían que Danusia no entendiera, elegían el idioma de quienes habían querido asesinarlos: el alemán.

Mieczysław nació como Mendel Wang en 1911 en Stryj, en el Imperio Austro-Húngaro. La familia dijo que nació porque su padre había fracasado. El 12 de noviembre de 1909 su papá, Adolf Wang, salió de Hamburgo hacia los Estados Unidos. Como muchos otros hombres en esos días y en ese lugar, quería salir de la pobreza, comenzar una nueva vida para él y su familia. Dejó a sus tres hijos y a su esposa, Lina,con la idea de que se unieran con él más tarde. Pero seis meses después de su partida, le envió una carta a su esposa pidiendo dinero para un pasaje de regreso. Había perdido todo, quería volver a casa. Lina era pobre, trabajaba como lavandera pero encontró el dinero. Después del regreso de Adolf, los Wang tuvieron su cuarto hijo: Mendel para la familia. En los documentos era Mieczysław pero lo llamaban Mesio.

Mesio y su esposa emigraron de Polonia en 1947. Su madre Lina se instaló en Cracovia junto a una de sus hijas. El 4 de junio, Mieczysław con su esposa y su pequeña hija iniciaron un largo viaje que terminó en Buenos Aires. Gracias al ingenio de su hermano, toda la familia sobrevivió a la guerra. Michał Wang amaba a las mujeres, el whisky y el dinero. Tenía suficiente dinero para pagar escondites para toda la familia.

(Nota de Diana. Supe después de haber hablado con el autor y cuando su libro ya estaba en imprenta, que la historia no había sido así, que Michal fue un personaje mucho más oscuro. Cuando la amenaza asesina nazi urgía, ya había huido a Hungría y se desentendió de su esposa e hijo que sobrevivieron escondidos con mis padres. Al final de la guerra fue juzgado como colaborador y enviado a prisión.)

Durante la guerra, Mesio Wang trabajó durante tres semanas como carpintero para el Judenrat en Stryj. Más tarde, encontró un escondite donde junto con su  esposa, una cuñada y un sobrino pudieron sobrevivir. 

Judíos de todo el mundo habían llegado a Buenos Aires desde comienzos del siglo XX pero la mayoría desconocía los guetos, las deportaciones y no tenía idea de los dilemas habituales que los judíos debieron sufrir bajo el nazismo. No se sabe de dónde vino la acusación a Mesio que alcanzó proporciones absurdas. Se dijo que había enviado a la muerte a 800 judíos.

“No era del Servicio de Seguridad, era un carpintero común y corriente. Lo conocí bastante y siempre decía que lo que estábamos viviendo los judíos era insoportable y que la única salida era el suicidio. Siempre estaba asustado y cuando la cosa se puso bien dura buscaba desesperado algún escondite”, atestiguó en el juicio en Cracovia Zygmunt Wolman, vecino cercano de Lina Wang.

Todos los demás testigos hicieron declaraciones similares. El caso estaba claro. El 28 de octubre de 1948 se envió una carta desde Varsovia a Buenos Aires en la que se le informaba a Mieczysław Wang que su caso había sido sobreseído por falta de pruebas de culpabilidad. Sin embargo, eso no lo salvó de más disgustos porque en 1954 se le hizo un juicio en Argentina en el que, luego de que varios testigos declararan en su favor, fue declarado inocente certificando oficialmente que no había evidencia de que Mieczysław Wang hubiera hecho algo malo durante la guerra.

Diana Wang no se enteró de la acusación hasta después de la muerte de su padre en 1988. Diana tiene un nombre diferente al que le dieron en su nacimiento en 1945. Era Danuta pero rima en castellano con "puta" y los niños argentinos eran tan crueles como los niños de Polonia y de cualquier otra parte del mundo. Tal vez para evitarle las burlas la llamaron Diana.

Diana vive en Buenos Aires, es psicóloga y se especializa en terapia familiar. Escribe libros de psicología, sobre el impacto de la catástrofe de la guerra en las personas, sobre la experiencia de ser la segunda generación después del Holocausto.

“Cuando era chica, no pensaba en eso. Solo después comencé a preguntarme: ¿por qué mis padres no me enviaron a una escuela judía? Fui a una escuela primaria normal. Cuando mis padres me registraron allí, no dijeron que era judía. En la escuela se enseñaba religión entonces y como no dijeron que no era católica, recibí clases de religión católica. Que yo sepa, era la única judía de la clase. Aprendí todo igual que las otras chicas, me gustaba mucho. A los ocho años quise tomar la Primera Comunión, quería el hermoso vestido blanco, los guantes blancos, el bolso con las estampitas como todas las chicas. Soñaba con eso. A escondidas de mis padres, iba a la iglesia a aprender catecismo dos veces por semana, los martes y los jueves. Pero en algún lugar en el fondo de mi cabeza, sentía, sabía, que no era mi lugar. Recuerdo muy bien que cuando entraba en la iglesia, sabía que debía mojar la mano en agua bendita y santiguarme, pero hacía el gesto, lo fingía y tenía mucho cuidado de no mojarme la mano. Finalmente, le pedí a mamá un vestido blanco. Fue el día más triste de mi vida. Cuando mamá, sorprendida, preguntó para qué era tuve que decirle que para hacer la Primera Comunión. Mis padres no pudieron con su dolor. Papá le dijo a mamá: "Queríamos protegerla, mira lo que hemos hecho". Fue un drama para mí y para ellos”.

El plan que los padres habían hecho para proteger a su hija, para evitar que fuera discriminada por judía y sufriera lo que habían sufrido ellos, había fallado. Para ella fue cruel y doloroso, los odiaba. Además de no haber conseguido el vestido blanco de sus sueños ni desfilar por la calle después de haber hecho la Comunión como sus amigas, descubrió que la razón era que sus padres y ella misma eran judíos. Había aprendido en la iglesia que los judíos habían matado a Dios y ahora ella era judía, maldita y culpable. A los ocho años el desconcierto la derrumbó. Pero sus padres, una vez aprendida la triste lección, decidieron que su hijo menor tuviera una educación judía. 

“Después de todo esto, decidí que aunque era judía sería un ciudadano del mundo”, dijo Diana.

Pero todo cambió en 1994. La Asociación Mutual Israelita Argentina, una organización central de los judíos de Buenos Aires donde se organizaban conciertos y eventos culturales, fue destruida por una bomba. El 18 de julio de ese año, el conductor de un coche cargado con trescientos kilogramos de explosivos irrumpió en la sede de la AMIA y una poderosa explosión mató a ochenta y cinco personas, hirió a más de trescientas y destruyó todo el edificio de cinco pisos.

Diana tenía entonces cuarenta y nueve años. Su madre la llamó para contarle lo que había pasado diciendo: "Nos quieren matar otra vez".
“Fue un shock para mí. Su “nos” quieren matar, me incluía también a mí. Pero, ¿por qué a mí? Porque soy judía. Y el “otra vez” aludía a que ya había pasado antes, a mis padres los habían querido matar. Judía e hija de sobrevivientes del Holocausto. Esto cambió mi vida, me hizo darme cuenta de quién soy. La breve frase de mi madre me devolvió a mis raíces. Ahora soy judía por elección.”
Se sospecha que Hezbollah organizó el ataque, y probablemente el gobierno iraní también participó en él. Hasta la fecha, nadie ha sido llevado a juicio. El ataque también tuvo otras consecuencias para Diana. Junto con el edificio se destruyeron extensos archivos sobre la vida judía en Argentina. Entre ellos, los documentos del juicio argentino a Mieczysław Wang.

“Sé quién acusó a mi padre de colaboración. Sé su nombre, conozco a sus hijos que no tienen idea de eso. Son buenas personas, no quiero decir su apellido. No sé por qué lo hizo. Sólo puedo imaginar hipótesis. Sé que él y su esposa conocieron a mis padres cuando vinieron a la Argentina. Sé que estuvieron cerca al principio. Mi madre era una mujer hermosa. Morena de ojos oscuros con piel morena con aspecto bien judío, mucho más que yo que soy rubia y de piel y ojos claros. Mi padre la celaba, no le gustaba que despertara miradas admirativas en otros hombres. ¿Quizás ese hombre la miró con intención lo que provocó el enojo de mi padre y se pelearon? ¿Quizás pasó algo más entre mamá y ese hombre? ¿Tal vez se le insinuó y mi mamá lo rechazó y le contó a mi papá? ¿Quizás mi padre y él querían tener un negocio juntos y algo salió mal? Nunca lo sabré. Supe de ese aspecto tan doloroso de la vida de mis padres recién después de su muerte, por una confidencia de sus amigos. Pude entender por qué decidió comprar un lugar en el cementerio en la zona destinada a los sobrevivientes, una zona honorífica. Pagó para ello una pequeña fortuna, miles de dólares con los que se podía comprar un pequeño departamento. Nos pareció una locura a mi hermano y a mi pero para él era muy importante porque el lugar no se lo habrían otorgado si él no hubiera sido declarado inocente. Recuerdo su orgullo cuando nos mostró el documento que certificaba que él era el propietario de este pequeño terreno del cementerio. Para él, era la prueba definitiva de su inocencia. Lamento no haber entendido en su momento el enorme valor que tenía para él.”

“No entregué cabezas. Juicios ante el Tribunal Social Judío”

Un libro de Jakub Szymczak, 

publicado por Czarne Publishing House - Presentado el 31 de agosto de 2022.

Nota sobre el título del libro según su autor: "Ja łebków nie dawałem" no es fácil de traducir. Es una cita del juicio de uno de los personajes sobre los que escribo: Szapsel Rotholc, famoso boxeador de antes de la guerra y policía judío en el gueto de Varsovia. "łebki" significa literalmente "cabezas", pero de manera coloquial. La cita literalmente significa "no entregué cabezas". Esto es lo que dijo cuando se le preguntó si entregó las cuotas requeridas de personas que se suponía que cada policía debía entregar entre julio-septiembre de 1942. 

Amores fracturados

Esteban y Carina son hermanos. Su relación fue siempre muy próxima y cariñosa. Veraneaban en el mismo sitio, criaban juntos a sus hijos, compartían amigos. Pero hoy se ven poco. Se siguen queriendo pero prefieren preservarse porque para cada uno el otro es un enemigo. Esteban es fuertemente republicano y liberal en el pensamiento y Carina adhiere enfáticamente al actual gobierno. Él ve a su hermana como una ilusa hipnotizada por consignas irreales, enceguecida ante actos de corrupción y delincuencia que hieren a la ética más elemental. Ella apoya la defensa de los derechos humanos y cree que el capitalismo salvaje impide que la sociedad sea justa e inclusiva, los valores de la izquierda siguen siendo los suyos aún cuando no siempre acuerde con algunos dirigentes. Esteban no puede creer que su hermana apoye a este gobierno. Carina no puede creer que Esteban coincida con la oposición. Los primos dejaron de verse con la frecuencia que lo hacían. Los amigos se fueron dividiendo en bandos igualmente opuestos y enemigos. Las reuniones tan alegres antes dejaron de existir. ¿Cómo recuperar la espontaneidad del amor fraternal si los separa un muro que parece infranqueable? 

Agustín es viudo, sus amores  más cercanos y protectores son su hija, Lorena, casada con Federico y sus nietos adolescentes. Los padres de su yerno fueron leales peronistas mientras que Agustín fue siempre radical.  En las navidades y los cumpleaños recordaban con una sonrisa los enfrentamientos durante los gobiernos de Perón allá por los cincuenta. Todo cambió cuando se abrió una brecha dolorosa y torturante. Federico milita en un movimiento gubernamental y defiende con énfasis sus políticas lo que para su suegro es una herida con la que no puede vivir. Quiere mucho a su  yerno, lo admira como padre, como marido de su hija y como trabajador dedicado, pero no puede tragar que acepte algunas cosas. Ambos evitan el tema, pero tienen que hacer un esfuerzo enorme para contenerse y no reaccionar lo que enturbió los encuentros familiares.

Andrea y Susana son amigas desde chiquitas. Vivían en la misma cuadra, sus padres eran amigos, siguieron caminos paralelos toda la vida, en la escuela, con los amigos y la familia. Se acompañaron en cada recodo de la vida, se conocen mucho, como dos mujeres amigas pueden conocerse, de adentro para afuera y de afuera para dentro. Su relación es de tal confianza que no hay nada que no sepan una de la otra, ningún suceso que se guarden porque no temen ni el juicio ni la mirada crítica. Pero, igual que en las situaciones anteriores, están, de pronto y sin anestesia, en lados opuestos del partidismo local. Y lo que había sido natural se volvió forzado. Lo que había sido amable se volvió tenso. Lo que había sido seguro se volvió amenazante. 

Situaciones como las tres descriptas nos están siendo habituales. Cada uno podría contar las suyas. Unos y otros nos acusamos de obcecación y estupidez, de falta de ética y de dignidad, de ignorancia y ceguera. Para uno el otro es derechoso, “facho”. Para el otro el uno es populista, “progre”. Y llueven las imprecaciones y los insultos de uno y otro lado y cuando más pataleamos con argumentaciones, hechos y verdades, más parecemos hundirnos en el barro de la incomprensión.

Quien está leyendo tiene su posición. Yo tengo la mía y la fundamento y construyo día a día pero sigo sin poder encontrar la manera de seguir algunas relaciones amorosas que se han fracturado parece que de modo irreversible. Sigo queriendo a los que quería y que hoy me ven como enemiga pero no encuentro la manera de que ese amor vuelva a fluir. Cuanta más fractura más nos atrincheramos y nos cubre una constante irritación. Leemos y escuchamos los medios que confirman lo que pensamos, nos juntamos con la gente que dice lo mismo que nosotros y no podemos evitar ver al otro como la cara del mal. 

Sé que de uno y otro lado, muchos queremos que las cosas vayan bien, que el país renazca, que desaparezcan la pobreza, la inflación y el desánimo. Sabemos que hay algunos, de uno y otro lado, que se benefician con este estado de cosas y estimulan la hostilidad, que viven las diferencias como un estado de guerra y lo estimulan. 

Mis padres sobrevivieron al nazismo en aquella Polonia regada con sangre judía. Esto no es igual, nadie quiere matar a nadie, pero la hostilidad reinante nos hace andar sobre terreno minado, en constante peligro, mirando a uno y otro lado atentos a la mirada enemiga que puede despertar el desprecio, el ataque, la exclusión. 

Guadalupe Nogués (“Pensar con otros. Una guía de supervivencia en tiempos de la posverdad”, El gato y la caja) señala que cuando conversamos con los que piensan igual tendemos a extremar y homogeneizar nuestras ideas, que cuando nuestra opinión se vuelve parte de nuestra identidad, cualquier oposición es insoportable y no hay argumentación que la modifique. Pelea frontal o silencio defensivo. 

Es imperativo distinguir, como dice Nogués, entre opinar algo y ser algo para, recién entonces, hacer lo que hay que hacer para superar la pelea o el silencio. Encontrar un piso común, ahí donde coincidimos. Ver al otro desde su lado bueno y no como delegado del mal. Y decidir, pero de verdad, abrir las orejas y escucharlo. Somos dos personas respetuosas que disienten y que se quieren y, si ambos quieren, aunque no es fácil, la fractura puede comenzar a salvarse. 

Hay varios amores que me faltan. Añoro recuperar la naturalidad y el placer del abrazo franco y transparente, la charla distendida ante una puesta de sol pacífica, amorosa y relajada, porque una cosa es lo que pensamos y otra lo que somos. Aunque pensamos diferente podemos volver a ser quienes siempre fuimos el uno para el otro. 

Publicado en La Nación, en el suplemento El Berlinés

¡Qué nazi soy!

Ilustración: Vior

¡Los maté a todos! ¡Qué nazi soy! escribió Facu, 14 años, al chat de Fortnite, feliz por haber resultado vencedor. Buen alumno de una escuela bilingüe, con padres profesionales de clase media, su autofelicitación como nazi no le inquieta en lo más mínimo. Cree que nombra al que mata mejor, al más aguerrido, al más malo de todos, es el ganador por excelencia. Para él,  sus amigos y muchos como ellos, la palabra nazi es el emblema supremo del guerrero eficiente y dejan afuera, -¿ignorancia? ¿indiferencia?- qué es el nazismo. Sus amigos judíos paralelamente no se espantan porque nazi sea un elogio cool dicho en tono admirativo. Pero esto no nace de la nada.  Se tratan muy mal los chicos hoy llamándose con apodos denigrantes que, de tan usados, han perdido el valor del insulto. Se dicen “negro de mierda”, “puto de mierda”, “enano de mierda” junto con el ya naturalizado “boludo” muy lejos de aquel significado de “idiota o estúpido”. Y ahora nazi pero como alabanza. Los sentidos y horizontes se han pervertido,  campea el segual. Pero la palabra nazi viene con otra mochila, la del genocidio mientras que las otras palabras son sólo ofensivas. ¿Sólo ofensivas dije? ¿También yo estoy naturalizando el maltrato, el insulto, la ofensa?

¿Qué nos está pasando con la manera de hablar? En los juegos online gana quien mata al adversario, esto no es nuevo, tiene décadas. También en los deportes se utilizan palabras bélicas y mortales. Lo matamos. Lo aniquilamos. Lo derrotamos. Le pasamos por encima. Lo sepultamos. Desde el ajedrez hasta el Fortnite pasando por todos los deportes, al ganar se habla de muerte. El deseo de ganar, la necesidad de prevalecer, es parte de nuestra naturaleza y los juegos permiten satisfacerlo de manera sublimada. En lugar de matar, jugamos a matar.

Pero el que sean cool los insultos y las ofensas y que estén tan naturalizados que no se perciban como tales, es nuevo. Boludo, puto, negro, hdp, son usados por los chicos con ligereza. Pero no alcanza, suben la apuesta y le suman nazi. Es un escalón más. No se espantan, no se dan cuenta, o no les importa, lo que están diciendo.

¿Seguirían diciendo nazi si supieran que fueron torturadores, asesinos de niños y bebés, déspotas, autoritarios, tiranos, represores y asesinos de los que no pensaban como ellos, que se creían “dioses” con derecho a matar a cualquiera, incluso a estos mismos chicos que hoy se envanecen llamándose nazis? ¿Seguirían diciendo nazi si supieran lo que de verdad están diciendo?

Lo más probable es que no lo sepan. Nazi debe ser para ellos algo así como peor que malo, nada más, hasta ahí deben haber llegado. Lo preocupante es que si es así algo nos está fallando a todos. Hay algo que no estamos transmitiendo bien si la maldad humana aparece como herramienta que conduce a la victoria. Hay algo de la educación que no estamos haciendo bien. 

Facu gana y se cree nazi. Los chicos terminan la escuela sin entender lo que leen ni poder construir bien una oración y tampoco saben diferenciar lo que está bien de lo que está mal. Me pregunto si tiene sentido espantarme con el elogioso ¡Qué nazi soy! cuando los rusos atacan a Ucrania para desnazificarla. La maldad insolente en el cambalache del siglo XXI, sin aplaza'os ni escalafón. ¿Es lo mismo el que labura o el que no, el que mata o el que cura o está fuera de la ley? Dale Facu, lavate las manos y vení a comer, ¿vos nazi? no digas pavadas, sentate a la mesa mi chiquito, que la comida se enfría y el futuro está en tus manos.

Publicado en Clarin.

Derecho al olvido.

¿Se puede borrar la memoria por decreto? ¿Se puede anular el pasado con un acto de voluntad?

La exmodelo Natalia Denegri demanda a Google para que se aplique el derecho al olvido. Exige que desaparezca del buscador su vinculación con la fraguada “causa Guillermo Cóppola” en la que estuvo implicada en los años noventa. La solicitud, basada en jurisprudencia de la justicia española, abre cuestiones relativas al derecho a la intimidad, la libertad de expresión, la censura y la desmemoria.

Más de uno querría borrar de su recuerdo y del conocimiento de los demás, los pecados de juventud, aquellas conductas que le avergüenzan y las compañías de las que hoy reniega, cuando fue humillado o sometido. Lo aprendí con los sobrevivientes del Holocausto. Pareciera que siguieron adelante y olvidaron lo vivido, pero una ligera chispita, aparentemente inconexa, trae todo nuevamente, nada se había borrado. El “pasado pisado” es un engaño, la frase misma lo dice, bajo lo pisado está el piso sobre el que estamos parados. 

Hoy la frontera entre lo público y lo privado se va atenuando hasta casi desaparecer. Todo lo que se sube a las redes allí queda. Los archivos de internet son implacables contra el olvido y la desmemoria. Guardan todo lo publicado, sean verdades o mentiras, como las peligrosas fake news, esas mendigas vestidas de diosas tan difíciles de desenmascarar. Todo lo que se publica permanece para siempre en la Amplia Red Mundial (WWW por su sigla en inglés), esa plaza pública que, como aquel Funes de memoria perfecta e inapelable, no sabe olvidar. 

El funcionamiento de nuestra memoria, tanto individual como social, construye sorprendentes coreografías tejidas tanto con recuerdos como olvidos en danzas móviles y cambiantes. El olvido es parte de nuestra memoria. Recordamos y olvidamos de manera espontánea y a veces misteriosa, como cuando descubrimos recuerdos encubridores, falsos recuerdos, olvidos protectores y olvidos negadores. Son danzas que a veces entorpecen nuestros pasos y nos hacen trastabillar y otras nos permiten seguir viviendo. Aún así, nuestro pasado, verdadero o tergiversado, aún cuando parezca olvidado, no se puede borrar. 

Además de la memoria personal y la de internet, hay una memoria construida social, cultural y políticamente. En parte espontánea pero en gran medida está digitada y planificada. Precisa relatos de glorificación u oprobio que construyan consensos, identidades comunes, una idea de nación con un pasado e ideales compartidos. Memoria usada muchas veces para apoyar alguna política que se pretende instalar o un poder que se intenta sostener. 

Pero tanto en la memoria colectiva como en la individual, los intentos de borrar el pasado molesto para no traerlo al presente, sean espontáneos o planificados, son imperfectos y, a menudo, transitorios. ¿Cuál es ese derecho al olvido si, como dice la canción sobre el sol, el pasado, aunque no lo veamos, siempre está? 

Es como querer guardar un globo inflado en una caja más chica. Lo apretamos por un lado para que entre pero se agranda y se nos escapa por otro. Como si tuviera vida propia. No se deja recortar, editar ni encajonar. Todo lo vivido está en cada uno de nosotros. Todo lo publicado en internet seguirá ahí. Es como el aire del globo, engañosamente invisible pero inamovible. 

El “derecho al olvido” es más que un tema jurídico. El pasado no se anula con un acto de voluntad. La memoria no se borra con una sentencia judicial. Somos y seremos el resultado de quienes fuimos.


Publicado en Clarin.

Los judíos y la pizza

“¿En qué se diferencian los judíos de la pizza?” preguntó la profesora Irene García Méndez en una clase virtual que dictó desde el Centro de Estudios Superiores San Ángel de la ciudad de México. Ante el estupor y el silencio de los alumnos, ella misma respondió diciendo “que las pizzas no gritan cuando se las mete al horno”. 

En abierta señal de oposición una alumna dejó la clase y el video, con el supuesto chiste, se viralizó inmediatamente. La profesora lo justificó diciendo que su intención había sido aligerar la clase. Pero la Universidad reaccionó rápidamente y comunicó su oposición ante semejante contenido e informó que la profesora había dejado de ser parte del plantel docente.

¿Qué nos dice de la profesora el dudoso chiste? Que es tonta, insensible, ignorantte y/o antisemita. Tonta porque no hay nada de gracioso en la idea de resistirse a ser metido en el horno. Insensible porque parece no advertir que está hablando de personas. Ignorante porque los judíos no llegaban vivos a los hornos, no gritaban allí sino en las cámaras de gas. Y antisemita porque banaliza y se burla de ese asesinato industrial perpetrado por el nazismo. ¿Cuál es la gracia finalmente? Solo entre tontos, insensibles, ignorantes y antisemitas podría tal vez tener algún viso de gracioso. Los mismos que le contaron el supuesto chiste y que ella difundió suelta de cuerpo.

Llama la atención que lo haya dicho en una clase que se estaba grabando, o sea que se sentía impune o bien no se daba cuenta de lo que estaba diciendo. Impune porque creía que lo que decía no iba a ser objetado creyendo que tal vez era lo que pensaban todos. Y si no se daba cuenta del alcance de lo que decía, ahí va lo de tonta.

Pero junto con este desaguisado tenemos la respuesta de la universidad que no esperó demasiado para hacerse oír. Me parece que es un ejemplo que más de una institución debería atender y seguir. Cuando un miembro comete una falta que no coincide con la posición institucional y la agravia, aceptarlo es ser cómplice. Mantenerlo en su puesto es ser cómplice. Hacerse el distraído con excusas poco creíbles es ser cómplice. 

El canciller sabía que Mohsen Rezai iba a estar en la re asunción de Ortega en Managua. El embajador también lo sabía. Dada la gravedad del hecho lo debería haber sabido el presidente. Según el protocolo de eventos internacionales todos saben quién estará, dónde se sentará, qué hará y con quién se sacará la foto. Nada sucede sorpresivamente y sin el acuerdo con los gobiernos.  

Si al embajador lo retaron, si lo mandaron al rincón y le pusieron orejas de burro, si lo echaron de la clase y le hicieron repetir el grado, no lo sabemos porque sigue ahí, representado a nuestro país. Su conducta no parece haber merecido la expulsión del servicio diplomático aún cuando departió amigablemente con un terrorista buscado internacionalmente como parte de los que planearon el ataque a la AMIA, el mayor atentado que sufrió nuestro país. El gobierno argentino no hizo lo que la universidad mexicana con su profesora chistosa. Hubo solo palabras. Pero, sin la conducta consecuente son palabras sin respaldo, como nuestro pobre peso. Emitir declaraciones altisonantes es barato pero son sonidos vacíos, devaluados y fraudulentos. Son, como el mal chiste de la profesora pescada in fraganti, una burla con muy mal olor.  Y la ligera disculpa vacua y tardía implica la idea del gobierno de que nos encanta tragar sapos, que somos tontos y nos encanta creer en espejitos de colores.   

Envié el texto a Clarin pero no fue aceptado. Escribí una nueva versión quitando la mención explícita de nuestros funcionarios, pero al final, decidí no mandarlo. Hela aquí:

Los judios y la pizza.

“¿En qué se diferencian los judíos de la pizza?” preguntó la profesora Irene García Méndez en una clase virtual que dictó desde el Centro de Estudios Superiores San Ángel de la ciudad de México. Ante el estupor y el silencio de los alumnos, su respuesta sumó indignación: “la diferencia con los judíos es que las pizzas no gritan cuando se las mete al horno”. 

En abierta señal de oposición con el supuesto chiste una alumna dejó la clase y el video se viralizó inmediatamente. La profesora lo justificó con el argumento de que lo había hecho con la intención de “aligerar la clase”.  Afortunadamente la Universidad tuvo una rápida y drástica reacción, emitió un comunicado en el que expresó su firme oposición ante semejante contenido e  informó que la profesora había dejado, inmediatamente, de ser parte del plantel docente.

La profesora de marras con su desdichado “chiste ligero” que nos deja boquiabiertos nos invita a preguntarnos qué tipo de persona es. Probablemente se trata de una persona tonta, insensible, ignorantte y/o antisemita. Una, varias o las cuatro cosas. Tonta porque no hay nada de gracioso en la imagen de una persona resistiéndose a ser metida en el horno. Insensible porque parece no advertir que, precisamente, se trata de personas siendo asesinadas de manera cruel. Ignorante porque evidencia no saber que los judíos no gritaban ante los hornos crematorios porque llegaban ya muertos, gritaban en las cámaras de gas. Y antisemita porque banaliza y toma de modo burlón el asesinato industrial perpetrado por el nazismo. ¿Cuál es la gracia finalmente? ¿Quién puede reírse de esto? Solo los  tontos, insensibles, ignorantes y antisemitas podrían ver allí algo gracioso. Los mismos que le contaron el supuesto chiste y que ella difundió suelta de cuerpo.

Obviamente creía que lo que decía no merecía reparo alguno puesto que lo hizo en una clase que estaba siendo grabada. ¿Se sentía impune porque creía que lo que decía no iba a ser objetado creyendo que tal vez era lo que pensaban muchos? ¿Es tan potente el antisemitismo, está tan naturalizado, que no se dio cuenta del alcance de lo que estaba diciendo creyendo que era chistoso y ligero hablar de judíos a punto de ser asesinados? 

Pero el hecho tiene otro aspecto digno de mención y que dibuja lo sucedido de otra manera. Junto con el pesado “chiste” de la docente tonta-ignorante-insensible-antisemita, la reacción de la universidad que no esperó demasiado para hacerse oír resulta un modelo de respuesta, un ejemplo que más de una institución debería atender y seguir. Cuando un miembro comete una falta que no coincide con la posición de la organización a la que pertenece y la agravia, dejarlo pasar, no reaccionar con presteza, aceptar que siga siendo parte es convalidar, es ser cómplice. 

Toda persona tiene el derecho de decir o hacer, hasta ciertos límites,  lo que le place. La organización a la que pertenece tiene el derecho de decidir qué hacer con eso, cuál es su reacción y su posición respecto de lo sucedido.

Callar es consentir. Responder tibiamente es consentir. Esgrimir pretextos es consentir. Mantener a la persona en su cargo es consentir. 

La universidad de San Ángel, en una reacción digna de ser imitada por otros organismos, echó a la docente estableciendo así, de modo claro y contundente, que no consentía con lo sucedido, que no era cómplice.

SED de 2022

Gerry Garbulsky, el alma mater de TEDxRíodelaPlata y varias otras genialidades más, envía un mensaje de fin de año en el que invita a responder tres preguntas  jugando con la sigla SED de Seguir-Empezar-Dejar, SED. ¿Qué queremos seguir haciendo? ¿Qué queremos empezar a hacer? y ¿Qué queremos dejar de hacer? 

Educados en tantos mandatos e imperativos, no solemos detenernos a pensar en nosotros mismos. Cuando me consultan por disyuntivas, decisiones o elecciones, a mi pregunta “¿Y usted qué querría hacer?” le sigue un silencio incómodo. Suele responderse fácilmente a “¿Qué es mejor o más conveniente? ¿Qué puede darme algún beneficio? ¿Qué haría que tal persona me ame u otra me admire? ¿Qué se espera de mí?” Todas relativas a un otro, al afuera de uno. Pero insisto con: “¿Y usted qué quiere, aunque crea que no es posible, que recibirá juicio y crítica, usted, qué quiere?” y veo el enredo mental, los tropezones dentro de esa madeja apretada con tanto mandato y expectativa, tanta mirada crítica y necesidad de aceptación. 

La respuesta a qué quiero seguir-empezar-dejar exige una decidida mirada hacia adentro. Valiente, honesta y amorosa. Ahí están los deseos y sueños que quedaron relegados o perdidos pero que siguen ahí esperando ser reencontrados. ¿Egoísmo? ¿narcisismo? ¿Centrarse en el propio ombligo? ¡Definitivamente sí! Es ahí, en el centro de esa marca de origen que es nuestro ombligo, quedan guardadas las pelusas de lo postergado, de lo anhelado y que nunca tuvimos la oportunidad de hacer. Era lo que queríamos ser cuándo fuéramos grandes y nos veíamos haciéndolo en aquellas siestas de verano acunados por grillos y acariciados por un suave ventilador. 

Tengo la teoría personal de que ese tesoro que guardamos muchas veces sin saberlo se gestó entre los 10 y los 11 años, antes del despertar adolescente con su inundación hormonal que cubre y ensombrece todo lo demás. A esa edad ya somos lo suficientemente grandes como para saber cómo queremos ser, qué queremos hacer, a quién nos queremos parecer y a quién no. Tenemos modelos de referencia, gustos ya establecidos, capacidades y habilidades que hemos empezado a disfrutar y ejercitar, es decir, tenemos los elementos que nos permiten esbozar el diseño de nuestro futuro. La irrupción de la genitalidad lo va desdibujando, se vuelve borroso y poco a poco emprendemos los caminos que la vida nos va ofreciendo muchas veces bien lejos de lo que soñábamos. Es que a veces no se puede. Pero ¿qué tal si la pregunta de Gerry nos redirige a aquel momento, a aquellos sueños, al encuentro de eso que queríamos ser o hacer cuando fuéramos grandes?

Este tiempo de pandemia nos enseñó, entre otras cosas, que podemos mucho más de lo que creemos que podemos. Que cuando el contexto o la vida nos enfrenta con la verdadera necesidad de adaptarnos, con más o menos facilidad, lo hacemos. 

Pronto empezaremos el 2022. Un hito arbitrario y convencional, una marca en el almanaque, que puede ser una oportunidad de elegir caminos fértiles y reencontrarse con algún sueño. ¿Qué llevamos oculto tras las pelusas que había en el fondo de nuestro ombligo? ¿Seremos capaces de tener esa conversación con nosotros mismos tantas veces postergada?

¿Y si le hiciéramos las mismas preguntas a aquella persona que éramos a los 10 u 11 años, cuando el futuro parecía tan lejano y todo parecía posible?: ¿Qué quiero seguir haciendo? ¿Qué quiero dejar de hacer? y ¿Qué sueño o deseo quiero empezar a hacer porque ya es hora?


Publicado en Clarin

Publicado en El diario de Leuco


La última vez.

Después de encajar bien la llave en la cerradura del placard que siempre se nos resiste y de bajar la caja que estaba arriba de todo, tuve el primer placer del reencuentro. Dentro de la bolsa que apareció ni bien levanté la tapa ahí estaba: negro, sostenido por su estructura también negra, me esperaba detenido en las 9,35, la hora en que le había quitado la pila la última vez. Fue en febrero de 2020 cuando dejamos el departamento como lo hacíamos todos los años, con todo lo personal bien guardado en un espacio superior del placard bajo llave para que el departamento quedara neutro de cosas nuestras y pudiera albergar inquilinos. Cada año, al volver, la ceremonia se repetía. 

Las ceremonias repetidas son rituales que marcan mojones. 

Abrir la bolsa, mirar en qué hora había quedado la última vez, tomar la pila que estaba en el fondo, mirar bien de qué lado el conector, de qué lado el resorte, colocarla, ver si anda y poner el reloj en hora. Era la hora en que habíamos llegado. El ritual se repetiría, al revés, al momento de irnos. El acto de quitar la pila era el momento del adiós. De manera especular, el acto de poner la pila y hacerlo andar nuevamente era el momento de un nuevo comienzo. Sólo que esta vez, sabía que era la última vez en que pondría en acción el ritual de tantos años. 

Habíamos venido al departamento para desarmarlo y entregarlo a sus compradores. Esos movimientos que formaban parte de la llegada a Punta del Este de tantos años, fueron el comienzo de la ceremonia de despedida. Nunca más volvería a ver a qué hora le había quitado la pila. Nunca más buscaría ansiosa la bolsa para hacerlo revivir. 

Uno sabe generalmente que algo ha sido la última vez solo después de haber hecho las cosas habituales. No es común hacer algo sabiendo que es la última vez que se lo hace. 

Pienso en los habitantes de esos sitios que iban a ser anegados por la construcción de una represa. Pienso en el día que tuvieron que dejar sus casas, sus senderos conocidos, sus paisajes de siempre, sus sonidos, sus puntos de identidad y referencia. Pienso en el día en que tuvieron que irse, ya vaciadas las casas, ya todas sus pertenencias a resguardo en otro lugar, pero “ese” lugar ya no estaría más. Esa última mirada. Ese último paneo minucioso y lento por cada centímetro con la ilusoria esperanza de guardarlo en la memoria sabiendo que no se podrá porque a cada hora se veía diferente, en cada estación del año y en cada estado de ánimo de quien miraba. Las cosas parece que están ahí y son siempre iguales. No lo es para nuestra experiencia humana. Eso que está ahí, fijo y estable, es cambiante, móvil ¿cómo guardar todas esas facetas en la memoria con una última mirada? No es posible. Y saberlo hace un desgarro en el alma, igual al desgarro de la ropa que se lleva puesta en un entierro según el ritual judío. La muerte, la pérdida, el adiós definitivo, es una partición de aguas, un desgarro irregular y desprolijo que cicatrizará según pueda, cuando pueda y cómo pueda. 

Pienso también, -¿cuándo no?- en los deportados durante la Shoá al momento en que eran arrancados de  sus casas, en que eran separados de su gente a la hora de la fatídica selección. No sabían en ese momento que lo que veían lo estaban viendo por última vez pero, luego, evocado, todos los sobrevivientes relatan esa última vez como la encrucijada que cambió sus vidas.

Estoy cerca de los 80 y los últimos 50 años Punta del Este y el departamento que estoy por dejar, fue una segunda casa. Comprado por mis padres en sus últimos años, aunque pequeño, siempre alguno de la familia venía un tiempo a veranear. Mis hijos, especialmente el mayor que acompañaba a mis padres varios meses, lo tuvieron también como su otra casa. 

El edificio es el Mare Nostrum, una vieja construcción de la década del sesenta, frente a la parada 1 de la Playa Brava. Nuestros chicos lo llamaban “mare mostruo” (no “monstruo” sino “mostruo”)  que les sonaba más familiar que su nombre original, el modo en que los romanos llamaban al Mar Mediterráneo. Un edificio muy bien ubicado pero sin las pretensiones,  amenities ni lujos de los edificios construidos más tarde. Sencillo y con muchos residentes uruguayos, nos recibió siempre de manera amorosa y cálida. Estamos en un octavo piso y desde el balcón tenemos enfrente la ancha playa y a la derecha se ven Los Dedos que identifican a Punta (Escultura de Mario Irarrázabal, chileno, que se llamó originalmente El hombre emergiendo a la vida o Monumento al ahogado pero se la conoce como Monumento a los Dedos o La Mano y es el símbolo de Punta del Este) y asomados podemos ver los coches circulando por la Gorlero a toda hora.

Una vez que lo heredé, le compré su parte a mi hermano y fue todo mío. Lo reformé, lo modernicé, lo puse más lindo y llegar fue siempre una fiesta. 
El pequeño living-comedor se continúa con la cocina en un espacio integrado que hizo que lavar los platos fuera una ceremonia placentera y deseada. Es que la bacha fue colocada de modo tal que si levantaba la mirada había enfrente, y como fondo escenográfico, el ventanal, el cielo y el mar. 

Lavar los platos era un momento de meditación, de relajamiento y concentración en la belleza del paisaje siempre cambiante. El mar, ora azul o verde profundo, ora gris o marrón, en algunos días tranquilo, aplanado y liso o más chispeante, inquieto, bordado con la puntilla blanca en las crestas de las olas, en otros, en los días tormentosos, enfurecido y brutal. A lo lejos la Isla de Lobos que en días límpidos se ve claramente recortada y cuando baja la neblina se ve  una imagen fantasmal que aunque no se dibujan bien los contornos se adivina el faro porque uno sabe que está. Y de noche el placer de la luz intermitente que con la proverbial regularidad farística envía un haz cada tantos segundos de manera precisa y esperable, como un pulso vital que va regulando el de quien mira. Paisaje inolvidable. El último día que lave los platos espero hacerlo sin llorar para que las lágrimas no me impidan ver todo esto por última vez, y sé de antemano que esa última imagen será la de ese momento, que nunca más lo veré desde todas las demás perspectivas. 

El primer “última vez” empezó en la ruta interbalnearia un poco antes de Las Delicias y apareció la bahía de Punta del Este con ese despliegue radiante y bello de costa, mar y cielo con el que recibe a los que llegan por ahí. No sé si volveré alguna vez, tal vez sí, pero nunca será encarar ese tramo del camino, el que precede a la llegada a nuestro departamento y empezar a sentirme en casa otra vez. Las últimas primeras veces se sucedieron sin cesar. 

Luego fue ingresar en el garage, descargar los bolsos, ya dentro del ascensor tomar las llaves de la puerta y abrir conteniendo el aire, como temiendo que algo se hubiera corrido de lugar e ir descubriendo que por suerte no, que la heladera estaba ahí, que la tecla de luz que se pulsaba encendía la luz esperable, que todo lo que esperaba encontrar, todo lo que hacía que el lugar fuera mi casa, estaba ahí. Un alivio, un reencuentro feliz. No así con lo que encontraba descompuesto o funcionando mal. Siempre había algo que no estaba bien luego de un año de estar deshabitado. Una persiana trabada, un inodoro que perdía, alguna lamparita quemada… Y la memoria tramposa que nos hacía olvidar dónde habíamos puesto alguna cosa que cuando aparecía nos hacía respirar aliviados. Igual todos los años. Pero esta vez fue la última vez de todos esos rituales.

Terminar un ritual es raro cuando se sabe que se lo está terminando. El último día de clases que no recuerdo con esta nostalgia que siento ahora por esto que estoy por dejar. La nostalgia vino después, no estaba el último día ni los previos. Tampoco sucede ante la muerte de un ser querido porque no es habitual saber que esa interacción será la última, recién después de que muera sabemos que aquella vez fue la última y solemos recordar muy bien lo que hablamos, cómo nos veíamos, qué sentíamos y guardamos ese momento como algo precioso, el último momento que compartimos con esa persona. Terminar un ritual sabiendo que se lo está terminando es raro.

Cada año que vuelvo a Punta del Este hago una auditoría sobre los cambios visibles. Edificios, negocios, restaurantes, paseos, los que siguen estando, los que desaparecieron, los que cambiaron y cada año pienso lo mismo, “si mamá lo viera”. Mamá falleció hace 26 años y sigo hablando con ella. Le pregunto, me contesta. Le cuento, me comenta. La transformé en una voz interior que me interpela, me contradice, me critica, me divierte, me da consejos y me mantiene despierta. “Si vieras mamá, Gorlero ya no es lo que era” o “ya no pasan los fotógrafos por la playa capturando imágenes de chicos para que los padres se tienten y compren las fotos… de ésos que dejaban la tarjeta y uno iba a la tarde al negocio y al ver la foto, que siempre era bellísima, no podía no comprarla…ya no pasan más mamá, ahora todos tenemos una cámara en el celular…” 

La  última vez que bajamos a la playa por primera vez en la temporada. Protector solar, bolsito, anteojos de sol, sombrilla (paseo bajo el sol protegida por una sombrilla china de color naranja), la correa del perro que me ato al bretel de la malla para liberar mis manos y allá vamos. El cruce de la calle expectante abiertos a cómo está todo…. descubrir que el caminito de madera que pone nuestro edificio tiene otro dibujo, serpentea siguiendo el cambio en las dunas ocurrido en los dos años pasados y una vez en la arena, los pasos hacia la orilla, cada dedo de los pies sediento del contacto con el agua y el habitual “¡qué fría está!”. Casi igual que siempre. La primera caminata por la orilla, siguiendo el borde del agua que llega y se va. Nos quedamos un ratito refrescando los pies y una vez que nos hemos adaptado a la temperatura empieza nuestro paseo habitual hacia el norte…. Mi marido a mi derecha, el perro a mi izquierda, mi sombrilla naranja cubriéndome del sol pero a no más de cinco minutos, esta primera vez de la última vez, que queremos hacer la misma caminata de siempre a poco de empezar, ya estamos cansados, sentimos que nos cuesta respirar, que las piernas nos piden paz...pero no entendemos bien por qué. ¿Será que de pronto el camino se volvió más largo? ¿más empinado? ¿que hace calor? ¿será que cambió la consistencia de la arena y caminar se ha vuelto más trabajoso? ¿será que cambió la fuerza de gravedad en la playa brava y todo pesa mucho más? ¿o será que estamos más viejos y nuestro brío ya no es lo que solía ser? Nos miramos. Nos sonreímos. Y, mucho más cerca de lo que hacíamos siempre, decidimos volver. 

Cada vez que miro el balcón recuerdo a papá sentado ahí. Horas. No quería, no podía, bajar a la playa. Compraron este departamento precisamente para que mamá pudiera encontrarse con sus amigas mientras él se quedaba y ambos podían tener algún contacto visual. ¿Qué hacía papá esas 3 ó 4 horas?  Mamá se tostaba al sol junto con Petisa, Jánele, Ianka, Sarenka, Bela, Ania, Luszka, Poli, Lony, Stefa, Marisia, Hanka, Herta, Ester, Fela, Tunia (¿de quién me estoy olvidando?) con sus sandalias de taco chino y bolsos dorados y plateados y su parloteo en polaco, idish, alemán, húngaro… qué fiesta era escucharlas, ese ramillete parlanchín de mujeres perfumadas, con sombreros y anteojos a la moda, con mallas compradas en Miami que fumaban, reían y hablaban como si se terminara el mundo. Todas sobrevivientes. Todas hijas del milagro de estar vivas. ¿No se aburría papá, solo, en aquellos tiempos sin celular? La vista no le permitía ya leer y se estaba ahí sentado todas esas horas teniendo al grupo de mujeres como foco de referencia. Cada vez que miro el balcón recuerdo a papá sentado ahí. No solo me pasa esta última vez. Me pasaba siempre. Es curioso como la presencia de los ausentes sigue siendo tan fuerte con el paso del tiempo. Papá murió hace 33 años y sigo mirando el balcón y sigo viéndolo sentado allí esperando que mamá vuelva.

Vine a Punta del Este por primera vez poco después de mi separación. Tenía 24 años y un hijo de 2. En aquel primer verano estuvimos en el edificio “El Grillo” en la parada 14 de La Mansa. Inolvidables los gloriosos atardeceres que veía desde la ventana bajo la cual estaba preparando a mi hijo para dormir, cambiándole los pañales y poniéndole su piyama. Una vez terminado el trámite con canciones y mimos, lo sentaba frente a la ventana y nos quedábamos en silencio viendo caer el sol, lento, relajado y pacífico y mi hijo decía “tau sol” agitando su manita, “tá manana” y cuando la última puntita desaparecía tras el horizonte, nos abrazábamos y se iba feliz a dormir como lo había hecho el sol mientras el cielo se teñía de rosados, azules y púrpuras cambiantes y azucarados.

Ese mismo año, en un boliche al que fui con mi hermano y su novia de entonces, conocí a quien fue un gran amor que duró solo dos años al cabo de los cuales nuestros caminos divergieron. Pero siempre Punta del Este está ligada a aquella historia y luego de casarme por segunda vez otras historias se sumaron con los veraneos con los chicos, con la nueva familia. 

Tanto vivido acá. Tanto tiempo. 

Nuestros hijos, Hernán y Judith, Laura, Lucía y Joaquín, tienen sus memorias personales ligadas a estas paredes de las que me estoy por despedir.

Supongo que  especialmente Hernán que ha pasado veranos enteros con la Baba siguiendo sus rutinas. Pero los otros también, cada uno a su modo. Lucía hizo un video la última vez que estuvo y me dijo que no sabía que estaba siendo la última vez. Lo hizo como homenaje a la Baba. Está acá

Dice Lucía: Sin saber que era mi última visita a ese departamento, tuve la necesidad de convertir esos objetos en imágenes porque era una forma de que trascendieran en el tiempo. Porque si se rompían o perdían, quedarían esas fotos para preservarlos en la memoria. Y porque cada uno de ellos había sido indiscutiblemente de la Baba: el timbre, la lámpara, la tapa de la cadena del baño, los picaportes, las sábanas, toallas, los pisos, el servilletero, los escarbadientes. Todos, todos y cada uno. Cuando de forma desatendida mi mirada se tropezaba con algún detalle de ese departamento, me sorprendía una sonrisa ligada a una escena y a la certeza de que todos ellos juntos hacían sentido como parte de un sistema que me era familiar, familiar de la niñez, por ende cargado de cosas buenas y  de las otras. En ese living solía haber olor a comida elaborada de la Baba, como la de ningún otro  miembro de la familia. Volver de la playa con hambre y que nos esperara el almuerzo de la abuela, era uno más de los detalles de ese espacio que hablaba de un orden de hogar que no solíamos vivenciar en las un tanto caóticas casas de nuestros jóvenes padres separados. No era frecuente la comida elaborada, ni las toallas con olor a perfume, ni la sensación de que había una rutina. 

Sin embargo, también cierta contradicción se hacía presente en esas estadías: veranear en Punta del Este y estar en uno de los lugares más ostentosos con la sensación de que no pertenecíamos allí. Esa mezcla de abundancia y austeridad que la guerra había dejado en esos abuelos, que era parte de nuestra realidad cotidiana. Pero sobre todo,  en sus distintas etapas, Mare Nostrum fue un refugio que siempre abrió sus puertas para dejarnos entrar, para darnos un lugar cómodo, donde descansar, sacarnos la arena, parar el viento y mirar las olas. Un espacio acolchonado y dulce, donde la Baba fue más la Baba y especialmente fue más abuela.

Hay en el departamento tantas otras huellas que quedarán acá cuando lo dejemos definitivamente. El trabajo de mi marido cambiando todos los enchufes, encolando las sillas que bailaban por sí solas, resolviendo cada una de esas cosas de todos los días recurriendo a sus cajas de herramientas con alambres y alambrecitos, cintas y cintititas, tornillos y tornillitos, tuercas y tuerquitas, todo tipo de adminículos que confieso que no sé para qué sirven pero que cuando hicieron falta ahí estaban y si algo no corría lo suficientemente fluido venía munido de su W40 y rociaba lo que fuera que, mágicamente, recuperaba su fluidez. Por donde miro está la mano de mi marido dejando su marca de arreglador e ingenioso solucionador.

En esta última vez que estoy transitando toca revisar papeles, Reencuentro un dato curioso que había olvidado. Los dueños originales del departamento eran tíos de mi marido. Sincronías, convergencias, curiosidades. Varios años antes de unirme a él mis padres compraron este departamento que pertenecía a sus tíos y a una prima. Ver sus nombres en la escritura junto con el de mamá es raro. Cruces, reflejos, historias inconexas encontrando puntos invisibles que se enlazan, sorprenden y uno se rinde ante esos misterios y se pregunta cuántas otras conexiones hay entre la gente que, por no indagar, se desconocen, cuántas redes intangibles nos ligan sin que nos demos cuenta.

Y mamá presente de un modo sorprendente. Ya lo dije. La recuerdo quejándose de haberse equivocado en la compra de este departamento, que por una diferencia mínima podría haber comprado otro con lavadero, un poco más grande. La recuerdo preparando la mesa para el juego de la tarde con sus amigas del Rummy, arreglándose para recibirlas como a ella le gustaba, no vaya a ser que fuera menos que nadie. Mamá, que guardaba el apodo con el que la llamaba su padre, “mein kleines Sissy”, mi pequeña Sissy (la reina del Imperio Austro Húngaro esposa de Francisco José), y soñaba con destinos aristocráticos y terminó “casada con un carpintero” como decía. Pero cuando pusieron un negocio de ropa y sacó a papá de la madera y el aserrín “que ensucia todo”, lo llamaron “Grace” porque la historia de Grace Kelly era para ella la representación suprema de lo posible, dado que “una plebeya se había casado con un rey” (sic).

Venir acá fue siempre un reencuentro con papá y mamá. Todo eso también terminará. Sus presencias seguirán pero en otros contextos y escenarios, no en éste que compartí tantas veces con ellos en mi vida adulta.

Volveremos a veranear en la costa argentina o en Mendoza o en donde podamos pero será alquilando, un lugar sin pasado, con paredes mudas y recuerdos vacíos. No tendremos que tomarnos los primeros días para arreglar lo que se desarregló durante el invierno. Pero tampoco tendremos el conmovedor placer del reencuentro y la sensación de estar “en casa”. 

Será dura, durísima la última siesta. En la reforma hicimos que el dormitorio del frente tuviera una plataforma que elevara la cama de modo que, una vez acostados, la ventana estuviera a la altura de nuestros ojos. Creo que es el punto máximo del departamento y el que todos los que durmieron en él recuerdan con más placer. Terminar de almorzar, sentir la modorra que solo se alivia en posición horizontal y hacerlo con semejante vista es un momento gema. El mar, el cielo, la playa, la península con el pequeño santuario de la Virgen de la Candelaria, los edificios que miran al norte (el Santos Dumont, el Mir, la Torre del Sol, el casino …) todo eso frente a mi… leo y cada tanto subo la mirada y la dejo que vagabundee, entrecierro los ojos y el ruido del mar es un arrullo adormecedor. Qué dura será la última vez. 

¿Cómo es elegir lo que uno se lleva y lo que deja? Hay tanto acumulado en casi 50 años. Cosas de mis padres. Cosas nuestras. Cada una con su historia y evocación. ¿Cuál es el criterio? ¿La utilidad? ¿La emoción? Ante cada elemento las mismas preguntas. Algunas se responden fácil. Otras no. Mi hermano me dice que Joaquín compró una casa en el Tigre y necesita de todo, pero ¿cuánto se puede llevar mi hermano? Platos de varios modelos, playos, hondos, de postre…, fuentes, jarras, vasos grandes, vasos chicos, copas de vino, de licor de champagne, bandejas, sartenes, ollas de varios tamaños y usos, tapas de ollas, recipientes de plástico, budineras, torteras, flaneras, manteles individuales y de los otros, termos, cafeteras, teteras, servicios de té y café….. y sigue la lista. Y voy mirando uno por uno y con cada uno establezco un diálogo silencioso, me demoro, cierro los ojos y acaricio lo que sea que esté evocando en el elemento que tengo en  mis manos (que calla, claro, calla porque no es la cosa en sí, es aquel momento, aquella tarde con papá, ese desayuno con mamá, ¿qué va a saber la cosa todo lo que trae consigo?).

Con mi proverbial enfermedad mental que me hace pensar en los sobrevivientes de la Shoá y en sus experiencias tan inasibles, me pregunto, junto con las otras preguntas, ¿cómo habrá sido el tener que decidir de un momento para otro qué llevar cuando debieron dejar sus casas para ser deportados? ¿Qué cabe en un bolso de mano? ¿Cuáles son las cosas preciosas de las que uno no se quiere desprender? ¿Se elige por utilidad o por afecto? Entre un álbum de fotos y algún alimento ¿qué llevaría? ¿o entre esa muñeca que hizo una abuela y un libro? Lo mío no es tan dramático, para nada, pero de alguna manera me es un alivio pensarlo porque desdramatizo la situación, la aligero…

No todo sucedió de manera fácil y fluida. El proceso tuvo características similares, desde que nos decidimos a poner en venta el departamento hasta el día en que lo dejaremos. Todo ha venido con dificultades e inconvenientes que parecían determinar que no iba a ser posible y a último momento se resolvía. La palabra “último'' otra vez. Nos tenía con el aliento contenido, ansiosos porque no podíamos ir planificando nada porque cada cosa se concatenaba con una anterior que hasta que no se resolviera imposibilitaba continuar. Fue todo así. Como si el azar tuviera alguna conciencia y hubiera comprendido que no nos estaba resultando fácil, que no me estaba resultando fácil. Que era que no que no que no y al fin era que sí. Y que cada que no era un listo, basta, no se hace. Y cada que sí abría un nuevo tramo y otros que no que no que no repetían la secuencia. Tal vez era nuestra ansiedad pero cada paso venía tropezado pero al final nunca nos caímos. La lógica indica venderlo, no podemos pagar los gastos anuales, lo usamos tan solo un mes en el año, si se alquila al menos un mes tampoco se cubre lo que hace falta y los últimos años se alquilaba solo una quincena, que estamos grandes, que era llegar e invertir para arreglar la persiana que se trabó, la canilla que gotea, alguna herrumbre nueva o mancha de humedad. Y uno ya está para venir y relajarse, no  para ir a ferreterías y llamar plomeros y gasistas y cortineros y no sé qué más. Ya no. Aunque tenga ese matiz de tristeza, aunque quiera que sea eterno como quiero que sean tantas cosas, sé que no es así. Esta etapa se está cerrando.

Un recuento de las cosas que pasaron.  El depto está en venta hace varios años y ésta es la primera oferta que recibimos. La compradora quería firmar un boleto con una seña pero no lo podíamos aceptar porque no sabíamos cuándo podríamos ir debido a la pandemia y el cierre de fronteras. Iban y venían los mails, Alberto se negaba siempre. Una vez que el ingreso a Uruguay estuvo permitido hubo que decidir cómo viajar. Por tierra era complicado porque al regreso los pasos para entrar a la Argentina estaban cerrados, había que irse bien al norte para entrar. Decidimos ir por ferry pero para comprar el pasaje teníamos que cumplir con un trámite: mi acta de divorcio apostillada cuyo trámite se terminaba antes de un mes. Ya podíamos fijar una fecha para viajar. Ahora el problema era Max. Buquebus no admite mascotas salvo que se las deje en el coche. No queríamos hacer eso. Colonia Express las aceptaba pero siempre y cuando viajaran en un canil o en una bolsa ad hoc. Compramos el pasaje y compramos la bolsa. Todas las noches lo metía a Max en la bolsa y le daba una golosina de premio hasta que al final aceptó entrar allí y permanecer bien quietito. Mientras esperábamos el apostillado. Diciembre es un mes de festejos y feriados y no me garantizaban que estaría para antes del viaje. Le pedí a una persona conocida que trabaja en ese ministerio que agilice el trámite, cosa que no pudo hacer pero al menos consiguió que estuviera listo antes de nuestra partida. Finalmente llegó. En el camino al ferry, el viernes 31 de diciembre, nos avisan de Prosegur que se disparó la alarma en casa. Ya había pasado otra vez y había venido el servicio técnico que supuestamente lo había arreglado. Alberto quería volver, yo no. Seguimos viaje y llegamos al embarque y resultó que en el ferry todo el mundo llegaba con su perro, con una correa y listo y entraban lo más bien, compra del bolso al cuete. En el camino y una vez llegados a Punta, Damián nos avisaba que lo llamaban de Prosegur una y otra vez. Diana Sperling me decía que la alarma sonaba a cada hora y que los vecinos estaban que trinaban. Le pedimos que entrara en casa -tenía llaves- y la desactivara mientras esperábamos que el servicio técnico volviera a repararlo (se ocupará ella en recibirlos, la sospecha de Alberto y también un poco la mía, es que algo hice mal yo… veremos). Cada vez que llamaban de Prosegur o Damián nos avisaba, se nos ponían los pelos de punta y la angustia nos carcomía. Mientras, el lunes 3 tuvimos reunión en la inmobiliaria, entregamos los papeles, la escritura y todo lo que hacía falta a la escribana que dijo que se podía escriturar el jueves 6 o el viernes 7 y que una vez confirmado de nuestro banco que el dinero nos había entrado, todo estaba listo, lo que podía llevar unas horas o un día, pero si lo hacíamos el viernes la cosa terminaría el lunes. ¿Para qué fecha comprar el pasaje? y ¿Si entregamos el departamento donde estaríamos hasta el día del viaje? Mientras, el lunes 3 comenzamos el proceso de selección y categorización de los objetos. Ya con la cosa medianamente organizada, el martes 4 nos acostamos a hacer la siesta y se desató una tormenta eléctrica. Al levantarnos vimos que el modem estaba apagado y que el teléfono estaba mudo. Tenemos ambos servicios por fibra óptica. Cero internet. Cero celular salvo el mío que tiene datos. Pero teníamos que tener internet por las cosas por resolver que aún quedaban. Llamo al celular de la vecina del departamento de al lado para que nos preste su internet. Me dice que no están viviendo ahí, que lo tienen alquilado pero que la persona viene solo los fines de semana, que usemos su internet sin problemas. ¿Cuál es la clave? y no se acordaba pero dijo que estaba en un papel debajo del teléfono que le pidamos al encargado que nos abra y lo podíamos ver. El encargado no estaba. Debido a la lluvia se demoraba en llegar porque estaba todo anegado. Mientras intentaba comunicarme con Antel pero no lo podía conseguir. Nos mirábamos con Alberto como si fuéramos Caperucita perdida en el bosque y Alberto reflexionó y dijo “debe ser la fuente porque todo está apagado, hay que comprar otra” y yo me acordé que teníamos por ahí un viejo modem de Punta Cable que nunca habían retirado y que tenía una fuente que se veía parecida. Tomamos las dos y leímos con cuidado las especificaciones y resultó que era igual. Alberto desenchufó la supuestamente quemada, enchufó ésta que nunca habían retirado y ¡voila! ¡andó!. O sea, hasta último momento se aparece un obstáculo, nos angustiamos, sentimos que ya no, que se arruinó todo y de pronto se corren las nubes y vuelve a salir el sol.

Dato de color. Ahora sabemos quien es la compradora. Se apellida Kyzka que creo que corresponde a kiszka que en polaco quiere decir intestino, en idish kishkes, entraña, la sede de las emociones. Los empleados de migraciones escribían como podían esos apellidos llenos de consonantes de extranjeros venidos de Europa y no sería raro que un kiszka terminara siendo escrito kyzka. No es por cierto un apellido aristocrático, más bien parece uno de esos burlones impuestos por el imperativo tributario napoleónico. Era común que los funcionarios hicieran eso, en especial con los judíos pero no solamente con ellos. Me acuerdo de una amiga de la Baba que se llamaba Cesia Gąska, apellido que bien pronunciado era “gounska” que quiere decir “ganso”, tampoco un apellido de lustre en Polonia. Que se llame “intestino, entraña, kishke” es otro juego de la vida que señala en la lectura que hago cuanto estoy inmersa en el reino de las emociones más básicas. 

Y no solo eso, además la compradora es una muchacha joven, alta ejecutiva de una empresa farmacéutica, ingeniera industrial recibida en el ITBA como Judy aunque unos pocos años mayor. 

Es divertido pensar que provenga de una familia polaca, no judía, no sé por qué me la juego en ésa, pero polaca, como si se pusiera en acción acá el retorno de lo reprimido o no sé qué juego en el que somos peones sin riendas ni decisión alguna. 

Jueves 6 de enero. Luego de firmar la escritura y de conocerla me entero de que su apellido es eslovaco y ella dice que quiere decir algo así como yoghurt. No lo encontré en el traductor. Lo que encontré en una primera búsqueda fue que en esloveno quiere decir “concha”. Muy emocionante el acto de escritura. Valeria Kyska es una muchacha elegante, inteligente y de muy buen ver. Anillos, pulseritas, pantalón y blusa al tono, cartera con plateados, buen reloj, uñas pintadas. No sé cuál es su historia -divorciada y estaba con una pareja a su lado- pero cuando nos despedimos me dijo, con lágrimas en los ojos, “es mi sueño hecho realidad” y me fui con eso.

Luego, en la tarde, vino mi hermano a llevarse lo que quería tanto para él como para Joaquín. Se llevó los dos sillones del balcón, los dos sillones-director y una silla de playa. Platos blancos de cerámica Olmos y copas de vino. Toallas, sábanas, 5 frazadas, un juego de cubiertos de asado, tuppers y algunas cosas más.

Sorpresa: llama mi hermano diciendo que Raúl, con quien está en su casa, tiene síntomas, dolor de cabeza, ganglios inflamados y fiebre. No podemos ir allí, tampoco sabe si podrán viajar el lunes 10. Otra dificultad inesperada. Opción: mudarnos al departamento que alquiló la compradora hasta el día de nuestro viaje. Confirmado, nos mudaremos allí (voy escribiendo a medida que pasan las cosas)

Viernes 7. Salimos a caminar por la playa y planificando este último día en el departamento. Cargaremos el coche con todo lo que llevamos y dejaremos afuera solo lo que necesitaremos para los tres días restantes que pasaremos en el departamento que nos prestan.

Reflexión. Los nervios, la ansiedad, la tristeza, todo eso quedó atrás. Una vez que me puse en modo acción, una vez que las cosas se encaminaron y solo hay que hacer, el panorama cambió. El hacer diluye la anticipación. La angustia está en la anticipación, en la duda, en la incertidumbre, en el futuro. Cuando el futuro es presente, cuando no es pensar ni imaginar sino hacer, todo cambia. Es la primera vez que me doy cuenta de eso. Y ahora que lo pienso me pasa siempre que tengo que exponerme en alguna situación incierta -un examen cuando estudiaba, una charla, una entrevista- y una vez que estoy ahí recupero mi capacidad de pensar, me relajo y aprovecho a full lo que sea que sepa en ese momento. Sé que no es lo que le pasa a la gente que se paraliza ante la presión y que necesita recular para recuperar la capacidad de pensar. ¿Será que viven la anticipación de otro modo y lo que yo siento lo sienten en el momento de comenzar la acción? Me quedo pensando.

Viernes 7, 19.45. El último atardecer. Las cosas que llevamos y que no vamos a usar más ya están en el coche. La cena está lista. Mañana a la mañana pondremos en los bolsos la ropa y las cosas que tenemos que tener a mano estos tres días que estemos en el otro departamento. El domingo tenemos turno para el PCR que ya pagamos y estoy expectante por saber cómo les fue a mi hermano y a Raúl que se lo hicieron hoy. 

Estoy sentada frente al balcón, ya sin los sillones que se llevó mi hermano, mirando como el cielo se va tiñendo de pasteles y púrpuras. En un rato comemos y luego a la camita, la última noche en esta casa.

Sábado 8, día final, 9.45. Ya tenemos todo listo, en 15’ hacemos la entrega. En increíble la cantidad de cosas que uno tiene para “todos los días”. 

Instantes antes de irme definitivamente, acá con Valeria Kyska, la feliz nueva dueña del 813.

Alberto y Raúl dieron negativo en el pcr, excelente noticia. Otro obstáculo que se salvó en este proceso tropezado.

Miro a mi alrededor el departamento y está precioso. El día es de ésos soleados, calentitos, límpidos y pacíficos… 

Y finalmente todo terminó.

Hicimos el intercambio de bolsos y valijas, fuimos y vinimos varias veces y nos instalamos en el 1215, un departamento con un dormitorio y decorado medio al estilo de la Baba. Estaremos bien acá haciendo tiempo hasta el martes en que nos iremos de Punta del Este tal vez para siempre

Fueron días de muchas “últimas veces” en esta lenta despedida. Recuerdo estar en el muelle saludando la partida de alguien querido y ver el lento despegar del barco y su amodorrado alejarse como que no quiere, como que dale que vuelvo, como que me cuesta irme y la imagen que se va achicando mientras las personas conocidas se confunden con la masa de las otras que están saludando en la cubierta y ya no los vemos pero igual seguimos ahí parados, con el brazo en alto y moviendo la mano en un gesto si se quiere inútil pero que no podemos dejar de hacer. Así fue esta despedida y estos últimos momentos de las últimas veces. Los fui paladeando, de a uno, cada paseo, cada bajada a la playa por el caminito habitual, cada siesta, cada despertar con el sonido del mar, cada paso conocido le iba diciendo a mis pies que apoyen bien las plantas, que se empapen de ese suelo que pronto dejará de ser habitual, que sea una caricia, que sean muchas caricias, porque cuando algo termina, porque debe terminar, porque es así, es un poco más amoroso hacerlo que termine bien, sin rencores ni resentimientos, anticipando la nostalgia y gambeteando la tristeza, pero como bien dice el refrán, nadie me quita lo bailado y, así como mamá y papá siguen vivos en mi recuerdo y en mis conversaciones con ellos, también seguirán vivos todos los veranos que disfruté en este querido departamento. 

La última bajada a la playa, en la mañana del lunes 10 de enero de 2022. Caminamos entre las 8 y las 9, como se ve, a esa hora, no había casi nadie. El día era de ésos perfectos en Punta del Este: calor, el agua agradable, una brisa refrescante y ninguna nube en el cielo. No entré al agua pero mis pies sí.

Video hecho en 2010 para promocionar el alquiler del departamento.

Y dos fotos más: