Emilio Cárdenas, presentación Cuadernos de la Shoá

El orador de la presentación fue el Dr Emilio Cárdenas. Embajador Argentino ante las Naciones Unidas que representó a nuestro país durante más de 15 años. Fue profesor en la Universidad Nacional de Buenos Aires, en la Universidad Católica Argentina y en las Universidades de Michigan y de Illinois, en Estados Unidos. Es Presidente de la International Bar Association y Co-Presidente de su Instituto de Derechos Humanos. Columnista del diario La Nación. Sus palabras: Dr Emilio Cárdenas

Agradezco de todo corazón la generosa invitación a participar en este acto, en el que se da a conocer el Sexto Cuaderno de la Shoá, dedicado a la trágica convivencia del mundo con el MAL, tal cual el mismo se expresara en los distintos genocidios de los que el mundo ha sido testigo. Se trata, a mi modo de ver las cosas, de un trabajo excepcional, de marcado perfil educativo y pedagógico. Imprescindible para nuestra juventud, particularmente.

Se trata de un esfuerzo en el que han estado empeñados –entre otros- los sobrevivientes de la Shoá que viven en nuestro país y algunos de sus familiares. Siento por ellos un profundo cariño y quiero rendirles mi sincero homenaje, extensivo a sus familiares.

Es cierto, el MAL es la forma más extrema de una enfermedad grave que aqueja a la humanidad. Y su accionar suele ser hijo de una planificación cuidadosa y estar precedido por toda una serie de señales que, con frecuencia, las sociedades dejan pasar, sin advertir el horror que ellas preanuncian.

También es verdad que los sufrimientos, atrocidades y vejámenes nos hacen sangrar a todos por igual. Sin importar quien empuña la herramienta con la que circunstancialmente se persigue, mata o tortura. Y que la propaganda del odio y la utilización perversa de los medios de comunicación forma parte de la cuidadosa logística del horror. Ella suele ser eficaz y mantener en el silencio a muchos que pudieron reaccionar cuando todavía estaba a tiempo de corregir los rumbos.

Entre los elementos con los que se construye el MAL hay pasos que deben ser reconocidos tempranamente para anticipar la deriva que ellos preanuncian. Y enfrentarla. Me refiero a las exclusiones, las demonizaciones, los simbolismos, la deshumanización, con sus mil caras, los negacionismos, etc. Con ellos se edifican las formas de atacar y debilitar a quienes serán las víctimas a las que se apunte.

Coincido en la enorme peligrosidad de una práctica reiterada en nuestra propia historia, la de predicar una visión binaria de la realidad y de la sociedad: ellos y nosotros. Amigos y enemigos, con la que se lastima al plexo social. Me refiero a lo que podríamos llamar la “cultura de la confrontación”, con frecuencia difundida desde la prepotencia y la arrogancia.

Como cuando uno trabaja en el tipo de esfuerzo cuyo resultado hoy admiramos, las cosas y los tiempos no se detienen. Aprovecho para destacar que los juicios contra los genocidas aún continúan en distintos rincones del mundo. Hace pocos días, en Alemania, cuatro acusados de genocidio han comenzado a ser juzgados pese al tiempo transcurrido, que no borra las responsabilidades.

Lo ocurrido en Polonia, Turquía, Camboya, Bosnia, Ruanda, Guatemala o entre nosotros mismos, se relata en el Cuaderno que comento, con duro realismo. Para que los jóvenes lo graven y no lo olviden, ni ignoren.

El Cuaderno que hoy se presenta está dedicado al genocidio. Un crimen colectivo que multiplica constantemente las atrocidades.

Respecto del cual se nos recuerda que lo contrario del amor no es el odio, sino la siempre peligrosa indiferencia.  Que tenemos que tomar partido ante las atrocidades, con el coraje que se requiera. Porque el silencio –que es hijo de la indiferencia- es un estímulo para los verdugos. Se nos dice, asimismo, que debemos conocer y revisar nuestros propios prejuicios y no ser jamás indiferentes frente a las injusticias. Porque, si no lo hacemos, el MAL se propaga, repite y crece. Y hasta es capaz de atraparnos. Y eso es efectivamente así.

En noviembre pasado se cumplió un nuevo aniversario de la “Noche de los Cristales Rotos”, hoy llamada “Pogrom de noviembre de 1938”. Esa noche –como relata el Cuaderno- se destruyeron las ventanas y las vidrieras de las casas y negocios de los judíos alemanes en una operación cuidadosamente planificada por el propio Goebbels. Además, se consumaron múltiples vejaciones y asesinatos contra ciudadanos judíos. En toda Alemania. Coordinadamente. A la vista de todos, alemanes y extranjeros, que no pueden entonces sostener que ignoraron lo sucedido. Ni que fueron sorprendidos cuando la verdad se conoció.

Un asesinato, en París, encendió la hoguera. Un joven desesperado al descubrir que su familia había sido deportada a Polonia y encerrada en un campo de concentración perdió el control y asesinó al tercer secretario de la embajada alemana en París.

La actitud persecutoria contra los judíos alemanes había comenzado, en rigor en 1933 con una serie de episodios antisemitas con epicentro en la ciudad de Nuremberg. Allí los nazis dieron los primeros pasos en su campaña por deshumanizar a los judíos, que desde entonces fue progresiva e implacable y estuvo sostenida por un enorme aparato publicitario. Tal como se describe en el cuaderno que nos convoca. Exactamente así.

Las medidas deshumanizantes fueron muchas, como la prohibición a los judíos de trabajar en el periodismo o en la cinematografía. O la prohibición a los abogados judíos a ejercer su profesión en los tribunales alemanes. O la obligación de valuar sus propiedades y ponerlas a disposición del gobierno para ser “usadas de acuerdo a sus necesidades”.

En noviembre de 1937, cabe recordar, los nazis proclamaron urbi et orbila presunta “supremacía racial alemana”.

Para humillar y someter a la población judía  se la obligó también a pintar sus nombres con color blanco al frente de sus negocios, de modo de ser constantemente identificados y raleados. Los autos de los judíos recibieron -y circularon- con patentes con números “reservados” para ellos.

En paralelo, los judíos comenzaron a ser detenidos por pequeños delitos o infracciones. Como las del tráfico o las laborales. Y luego por su identidad. Así fueron luego llevados a los campos de concentración, que se multiplicaron. Desde agosto de 1938, sus pasaportes llevaron una “J” identificatoria y sus nombres fueron arbitrariamente cambiados por Israel, para los varones, y Sara, para las mujeres, siempre con el objeto esencial de humillarlos y deshumanizarlos.

Quiero detenerme aquí. En el tema horrible de la deshumanización, que no es la primera vez que trato. En las cabezas rapadas. Y los humillantes cuerpos desnudos. En los dormitorios comunes. En la desnutrición extrema. Todo contribuyó al objetivo sádico de deshumanizar. Lo que derivó en cambiar, para los encerrados en los campos de concentración, hasta el sentido mismo de la vida y la muerte.

Primo Levi se ha referido a esto con dos frases realmente tremendas que apuntan al tema de la deshumanización de los judíos por los nazis. La primera dice: “A la salida de la oscuridad se sufría por la conciencia renovada de haber sido envilecidos”. La segunda, a su vez, sostuvo: “Habíamos estado viviendo durante meses de manera animal. No por propia voluntad, ni por indolencia. Ni por nuestra culpa. Nuestros días habían estado llenos, de la mañana a la noche. Por el hambre, el cansancio, el miedo y el frío. Y el espacio de reflexión, de raciocinio, de sentimientos, había sido anulado. Nos habíamos olvidado no sólo de nuestro país y de nuestra cultura. Sino también de nuestra familia, del pasado y del futuro que habíamos esperado”. Esa descripción, brutalmente dura pero certera, se refiere a cómo se sentían los detenidos sometidos al proceso de deshumanización, objetivo central de la política nazi.

El recientemente fallecido Imre Kertész, él mismo sobreviviente de Auschwitz, nos dejó un legado que debiera golpear en todas las conciencias. El de la dimensión espiritual del Mal. “El Holocausto”,dijo, “es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto debieran sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en las conciencias de los políticos europeos”.

Por eso es importante que existan trabajos didácticos, como el Cuaderno que hoy se presenta, que sirvan de recordatorio permanente que evite el adormecimiento de nuestros espíritus respecto de un Mal con mayúscula que, nos enseña la historia, puede apoderarse de muchos. Porque lo cierto es que cualquier horror es posible.

La población judía quedó presa en su propio país, sujeta a la arbitrariedad y a las más retorcidas crueldades. Para peor, los nazis pretendían expulsarlos, pero les quitaban los medios para escapar. No obstante, parte de la población judía alemana dejó atrás a Alemania. Previendo lo peor. Como cuando, en 1937, Hitler deportó a unos 500 judíos a la Unión Soviética, que quedaron allá alojados, en campos de concentración.

Los países de Europa, es bueno recordarlo, no aceptaron entonces abrirse a los inmigrantes judíos que presionaban por salir de Alemania, presintiendo lo que vendría. Esa fue la posición de países tan distintos como Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Italia, Suiza, Luxemburgo, o Francia. Los norteamericanos presionaron por una solución internacional y lograron que se convocara a la “Conferencia de Evian”, que poco y nada hizo por paliar sus penurias. Muchos alegaron en ese momento “el mal estado” de sus economías. Otros, como Australia, señalaron que no tenían “problemas raciales” y que simplemente no querían “importarlos”.

Holanda, sin embargo, suspendió las restricciones al ingreso de los judíos que escapaban de Alemania. La opinión pública británica forzó al gobierno de Chamberlain a mantener abiertas sus fronteras a los judíos. Y en los Estados Unidos se permitió a los judíos que ya estaban allí con visas de turismo renovarlas cada seis meses, hasta que pudieran adoptar la ciudadanía norteamericana.

No obstante, un silencio cómplice prevaleció en los diálogos oficiales, pese a la presión de los medios y de buena parte de la opinión pública. Mientras tanto, los trenes de transporte de ganado comenzaron a conducir a más y más judíos a los campos de concentración en Alemania y Polonia. La tragedia en marcha había entrado en su etapa decisiva. El veneno de la deshumanización se había apoderado de muchos que, envilecidos, reclamaban muertes. Y el martirio de los judíos entró en su fase más cruel.

Todavía el gobierno nazi no mencionaba oficialmente “la solución final”, esto es el genocidio. Pero Goering y Goebbels comenzaron de pronto a sugerir perversamente cual sería el destino de los judíos si los demás países no los aceptaban en su seno.

Mientras tanto, Alemania restableció el servicio militar obligatorio y su gobierno comenzó –en paralelo- a demonizar a la dirigencia e intelectuales de la oposición. A tratar de separarlos y excluirlos de la sociedad. De deshumanizarlos, entonces. Como aún hoy, algunos lo hacen en nuestra propia región.

Creo que hay en esto una importante advertencia: este tipo de “señales” no pueden pasar desapercibidas. Nunca. Por la gravedad lo que anuncian.

Algunos soñaron en su momento con que podía, quizás, encontrase algúnmodus vivendi con los nazis. Se equivocaron. De medio a medio. La difamación y los ataques deshumanizantes contra los judíos crecieron y se transformaron en una constante. En un vendaval. El ambiente –cada vez más hostil- anticipaba la tragedia que sobrevendría.

El mundo, ante lo que sucedía, comenzó a hacer oír sus protestas. Pero desde los gobiernos no se organizó respuesta alguna consensuada que pudiera detener la ordalía salvaje a la que se estaba sometiendo a la población judía alemana y polaca. Tampoco se escucharon discursos sobre la “responsabilidad de proteger”. Ni en defensa de los “derechos humanos”. Era tarde.

Los degüellos y las crucifixiones de los cristianos que hoy caen en manos de los milicianos del Estado Islámico sugieren que, en rigor, el mundo no ha aprendido la lección. A la luz de la historia, el silencio de muchos ante lo que sucede en Medio Oriente es grave. Y ha contribuido a que ocurrieran los atentados recientes de los militantes del Estado Islámico.

Más de 70 años después del infierno nazi, el mundo no ha cambiado demasiado. Los “ayatollahs” están, desde hace 36 años, gobernando a Irán, que sigue reclamando la destrucción de Israel, en lo que no es un eslogan, sino una amenaza real, que pocos denuncian.

A lo que se suman las atrocidades bárbaras del fundamentalismo “sunní”, personificado en el horror del accionar del Estado Islámico.

Pero lo cierto es que hoy Israel no está sola. Su civilización está mucho más extendida que su religión. Y el país está más inmerso en Occidente que nunca. Tiene un importante peso relativo en la comunidad internacional. Ocurre –además- que Israel ya no es sólo Esparta. Es Atenas y Esparta, a la vez.

Las disyuntivas graves de Israel son ahora –con frecuencia- las mismas de Occidente. Por esto aquello de los valores compartidos, los judeo-cristianos. Esos valores que hoy son blanco de un mismo odio fanático.

Sin embargo, las agresiones contra Israel continúan. Ejemplo de esto es que desde el 11 de noviembre pasado la Unión Europea ha decidido que los productos originarios de los territorios ocupados desde 1967 por Israel deben llevar una etiqueta que diga: “Hecho en los asentamientos”. Hablamos de Cisjordania, Jerusalén Este, y las Alturas del Golán.

De este modo quedaron excluidos del trato arancelario especial negociado por Israel con la Unión Europea.

Esta es una medida arbitraria y discriminatoria que apunta a caminar en dirección al “boicot” de los productos de Israel, a generar desinversión y, de ese modo, “penalizar” a Israel, sin que la situación entre Israel y Palestina sea analizada –con el debido equilibrio- en toda su integridad.

La medida referida tiene perfiles antisemitas y es hija de la presión de las poblaciones musulmanas en por lo menos 16 estados de los 28 que componen la Unión Europea. En mi opinión debe reverse, porque transita por un camino equivocado. Gran Bretaña ha decidido enfrentarlo. Cabe esperar que otros países sigan su ejemplo.

Mil gracias por la amable invitación a compartir esta oportunidad con Uds. dando la bienvenida a una obra importante y reflexionar juntos sobre un mundo que contuvo y contiene perversidad y que, por ello nos obliga a estar atentos y a no bajar nunca la guardia. Esto es, a no ser nunca indiferentes. Contamos ahora con el valioso instrumento de trabajo que el Cuaderno que acaba de nacer supone. Agradeciendo el esfuerzo de sus “constructores”, quiero cerrar esta intervención con un sincero: Dios los bendiga.