Un hombre serio busca sentidos en el mundo actual

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La vida no es más que una sombra en movimiento, un pobre actor que pasa contoneándose y arrebatado por el escenario y luego no se lo oye más. Es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y furia, que no significa nada. William Shakespeare. La tragedia de Macbeth, Acto 5, Escena 5.

La pregunta por el sentido de la vida ha acosado a innumerables pensadores en la historia de la humanidad a los que ahora se han sumado los hermanos Coen. Su aporte en tono ligero de comedia, es decir, desgarrador pero sin estridencias, es que la pregunta misma por el sentido ha dejado de tener sentido.

Han construido su película a modo de parábola, igual a como lo hace la Torá por ejemplo con la historia de Job, ese hombre bueno que jamás permitió que su fe en Dios flaqueara a pesar de las terribles desgracias que se cernieron sobre él. Larry Gopkin, un Job del siglo XXI, cree que haciendo las cosas bien, respetando las leyes y las tradiciones, será premiado con una buena vida. Vemos en la película una sucesión de desgracias que lo sumen en la angustia de no entender por qué. Job era un hombre de fe y no pedía explicaciones. Larry es un científico y clama por lógicas; cree que las conductas tienen consecuencias, premios y castigos, en una sucesión ordenada de procedimientos previsibles. Las paradojas de su clase de física se replican en su propia vida y la única respuesta que se da en el film, en boca de un personaje marginal, le resulta absolutamente insoportable: “acepta el misterio”. También es otro personaje marginal quien le sugiere que, “cuando el misterio es grande un judío le pregunta al tsadik”, en ese caso al rabino Marshak.

Y Larry, un hombre serio que está convencido de que debe portarse bien y así lo hace, no consigue, por más que lo intenta, ver al rabino. Consulta en su lugar a otros dos rabinos que incrementan su angustia y ahondan sus preguntas y las faltas de respuestas. Recién al final, en una burla a todos sus esfuerzos, es su hijo quien recibe el premio de una entrevista con el famoso rabino, ese hijo tan poco serio que no respeta a la escuela ni a sus enseñanzas, que roba dinero, que lo  único que le interesa en la vida es el rock, que hasta hizo su Bar Mitzvá drogado con marihuana. Quién se porta bien sufre desgracias, quien se porta mal es premiado.

“Acepta con simplicidad todo lo que te pase” es la cita de Rashi con la que se abre el film. Le sigue una deliciosa historia ambientada en un shtetl, hablada en idish, en el mundo que terminó con la Shoá. Este prólogo, una típica historia de dybbuks, muertes y aparecidos, sirve como carátula de lo que seguirá, nos anticipa que lo que vamos a ver tiene que ver con la búsqueda de explicaciones y sentidos ante los misterios de la vida, la lucha entre la lógica y la fe.

Luego conocemos a los personajes y se van desplegando las situaciones en las que los pérfidos hermanos Coen sumen al pobre Larry, a quien ubican en una tranquila comunidad del medio oeste norteamericano en la primavera de 1967. Una esposa que decide abandonarlo por un amigo, viudo reciente, pomposo e insufrible, unos hijos demandantes y egoístas, un hermano delirante que construye un mapa indescifrable, todos a su cargo, todos sobre sus hombros. En su condición de profesor de física en una universidad  recibe a un alumno coreano reprobado que sin empacho le ofrece un soborno para que le cambie la nota a lo que se niega terminantemente porque “toda conducta tiene sus consecuencias” siguiendo la lógica interna que lo guía. Un colega le cuenta que su esperada tenure (posición vitalicia como docente) es amenazada debido a unos anónimos que lo injuriaban. Un vecino goy (con todas las características que los judíos invisten a los antisemitas) invade su propiedad y Larry no puede frenarlo e impedirle el avasallamiento. Hasta debe pagar el servicio fúnebre del “novio” de su esposa que muere en un accidente. Estas pequeñas desdichas, sumadas, potenciadas, lo conducen a consultar con abogados, a asumir el alto costo que implica y a irse hundiendo en la absoluta arbitrariedad de estas “plagas de Egipto” que han caído sobre él sin motivo aparente alguno. Su lógica está subvertida de manera radical.

El final es la confirmación de esta desgarrada subversión. Como premio por su Bar Mitzvá, el hijo de Larry, cuya conducta dista mucho de ser seria, es premiado con la entrevista con el rabino, la que su padre no pudo conseguir a pesar de la seriedad con la que intenta ser un hombre serio. Y en el colmo de la subversión, uno espera que el tsadik hable y derrame sabiduría, pero sus palabras son los dos primeros versos de un rock de moda que confirma, por el absurdo, el vacío de respuestas y la inutilidad de toda pregunta. En el inglés torpe de un inmigrante dice: Cuando descubrís que toda la verdad son mentiras y muere toda tu alegría interior….(When the truth is found to be lies, and all the joy within you dies), y dejando la frase abierta, sin terminar, nombra uno a uno –como quien cita una referencia bibliográfica- a los integrantes del grupo Jefferson Airplane, los intérpretes. Esta cita del sabio valorado por toda la comunidad, genera una alianza  con el azorado y poco serio jovencito para quien la música es lo único serio en la vida. La sabiduría del Tsadik  inventado por los Coen es precisamente ese salto conceptual, esa aceptación de un rabino de los nuevos códigos que mantendrán, tal vez, viva y vibrante la identidad judía y abrirá nuevas expectativas de sentidos y respuestas.

Hay en el film tres épocas que construyen la parábola del relato: 1ª, el shtetl  y su mundo estructurado con sentidos establecidos que no se cuestionan; 2ª, la década del sesenta con un mundo que viene de cambiar y está empezando a reaccionar frente a lo que pasó en la Shoá y el desgarrador debate y la crisis de sentido consecuente y finalmente 3ª, la actualidad, 2009, -año en que fue filmada la película- con la pregunta de ¿cuál es el sentido de preguntarse por el sentido? En esta trayectoria hemos ido caminando de un mundo de certezas hacia un mundo en el que la única certeza es que no hay certezas. Dice el film que es en vano buscar respuestas a los grandes interrogantes que plantea la vida y mucho más en vano todavía esperarlas de un Dios que ha enmudecido y quizás hasta se divierte con las miserias y los padecimientos de los hombres (como los Coen con los sufrimientos del pobre Larry y las respuestas bizarras de los tres rabinos).

Algunas cosas sucedidas en el mundo quedaron sin mencionar en este arco temporal y me resisto a creer que de manera ingenua. Por ejemplo la Shoá, donde todas las explicaciones lógicas y la fe se pusieron en cuestión, hecho sucedido entre el mundo del shtetl y la década del 60. El tsadik de la palabra esperada es un hombre mayor que habla mal inglés, un inmigrante adulto, o sea, un sobreviviente, pero que no habla sobre ello. Su silencio tal vez aluda a la imposibilidad de encarar esta tragedia desde la perspectiva del sentido (aunque ya lo hiciera Viktor Frankl, pero desde el punto de vista individual). Hay otros dos sucesos que no pueden ser mencionados porque pasarán poco tiempo después pero tampoco debe ser inocente que los Coen ubiquen el film en la primavera del 67,  momento previo a dos eventos que serán esenciales para los judíos. Por un lado la Guerra de los Seis Días –verano del 67- que cambió la identidad judía de raíz: de víctimas, de sujetos desarmados del odio antijudío nos hemos vuelto vencedores armados y empezamos a ser vistos por nosotros mismos y por el mundo de un modo enteramente novedoso. Este triunfo determinó la irrupción del  antisemitismo político anti-sionista alimentado por la URSS, aliada geopolítica de los árabes, y pocos meses después el furibundo antisemitismo en Polonia en 1968 con la expulsión de los judíos que aún vivían allí. La Shoá, la Guerra de los Seis Días y el antisionismo están directamente relacionados con el cambio de la identidad judía y con la irrupción de nuevos sentidos que nos interpelan y que debemos aprender a decodificar y responder.

¿Será que el triunfo en la Guerra de los Seis Días revela la decisión de los judíos de no buscar más respuestas a preguntas filosóficas sino soluciones concretas? Larry Gopkin, nuestro hombre serio sujeto al viejo paradigma, jamás habría aprobado la lucha armada, seguiría pidiendo respuestas y explicaciones, seguiría, inútilmente, intentando portarse bien esperando recibir el merecido y prometido premio. Este judío inocente y bueno se exhibe como una rara avis, una especie en extinción no ya en manos del nazismo sino en manos de un mundo que tiene en el rock a sus autoridades filosóficas, un mundo en el que todo se trastoca, nada responde a las expectativas tradicionales, un mundo en el que una persona seria y que se porta bien parece estar fuera de lugar.  Es lo que dice otra canción que se oye varias veces en el trascurso de la película, un tradicional tema en idish,  “Der milners trern” (las lágrimas del molinero), en el que un hombre se pregunta por la causa de las desgracias que sufre y se ve inerme frente a la arbitrariedad injustificada. En el acorde final de la película los hermanos Coen, con cariñosa ironía y por las dudas, nos tranquilizan diciendo: “ningún judío fue herido en la realización del film”. Y ya no es Larry Gopkin con su mirada límpida y transparente, con su dolor de hombre serio que sigue esperando que el Bien triunfe sobre el Mal y que reine la lógica y se recupere el sentido, sino los mismos Coen los que nos invitan a pensar sin miedo ni estereotipos, a atrevernos a cambiar de códigos, a buscar en sitios nuevos, cómo seguir siendo judíos y no desesperar en el intento.

Diana Wang