¿Por qué no me lo pediste?

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Betty se desperezó en cuanto sonó el despertador. El sonido de la lluvia la amodorraba pero debía levantarse para estar a las 9 en la clínica y reemplazar a su hermana. Domingo triste luego de tantos días de turnarse para acompañar la internación de su mamá que, todos sabían, se estaba muriendo sin remedio.

Se duchó con desgano, se vistió y bajó a desayunar. La cocina estaba caldeada, el aroma del café recién hecho era embriagador, Raúl con una taza humeante en la mano, los anteojos de leer haciendo equilibrio en la punta de la nariz: estaba total y absolutamente sumergido en la lectura del diario. El domingo era el único día en que podía tomarse todo el tiempo para hacerlo.

Betty se servía una taza, buscaba su cartera, revisaba si tenía todo, acercaba el abrigo, la bufanda y el paraguas y mientras se preparaba se preguntaba: ¿me acompañará a ver a mamá?

No dijo nada. Esperó. Parecía que Raúl no tenía ninguna intención de ir con ella a pasar el día entero en la clínica al lado de su mamá inconsciente. Sin poder controlarlo, se empezó a enojar, tanto que no pudo ni siquiera sentarse. Iba y venía por la cocina acomodando cosas que no precisaban ser acomodadas como para darle tiempo a Raúl a que reaccionara y le preguntara: "¿A qué hora salimos?".

Pero no. Seguía inmerso en el diario, como flotando sobre un lago manso, saboreando su café de la mañana en una actitud tan relajada que decía a las claras que no pensaba moverse de ahí.

Betty sintió que le subía la rabia como una burbuja estranguladora. ¿Me dejará todo el día sola? ¿No le importa que esté pasando un momento tan duro en ese lugar horrible? ¿En qué mundo vive? ¿No se acuerda de que con su mamá estuve todo el tiempo a su lado? Y la burbuja fue creciendo y creciendo y haciéndose más y más pegajosa, asfixiante y envenenada.

 

En un arrebato tomó las llaves del coche y las agitó para que Raúl oyera. Pero nada. Él ni se mosqueó. Seguía tras sus anteojitos equilibristas nadando en el diario, con su café ya terminado y sin siquiera levantar la mirada. Ni pestañear. Ni nada.

Furiosa, Betty tomó la cartera, el abrigo, el echarpe y el paraguas y salió mordiendo un "chau" con un portazo estruendoso. Abrió el coche, se acomodó, puso las llaves en el contacto pero un gemido animal y un acceso de llanto le impidió ponerlo en marcha.

Reclinada sobre el volante, lloró y gritó hasta quedar agotada. Se bajó del coche, volvió sobre sus pasos, abrió la puerta de la cocina con violencia y desesperación y gritó: "¡¿Es que me vas a dejar ir sola?!". Y Raúl levantó la mirada, sorprendido ante el llanto y la angustia, apoyó el diario sobre la mesa, se quitó los anteojos y le preguntó: "¿Querías que te acompañe?". "¡Sí, claro, claro que quería!"

Suavemente, con ternura, Raúl tomó su abrigo, juntó los diarios y se los puso bajo el brazo, se acercó a Betty, la abrazó y le dijo al oído: "Creí que preferías ir sola. ¿Por qué no me lo pediste?".

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Los hijos del otro

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Si convivir en pareja ya es complicado, convivir en un segundo matrimonio donde hay hijos de matrimonios anteriores, lo es aún más.

En la pareja son dos, en la segunda pareja son varios porque se incluyen los hijos de uno y de otro, a veces conviviendo todo el tiempo, a veces entrando y saliendo. También vienen en el combo los ex, que no conviven en la nueva estructura pero, a modo de coro griego, son capaces tanto de corroer el mejor intento como de favorecer la vida de todos.

La inteligencia vincular requerida ahora se multiplica por cuatro y de ello depende la paz y la armonía. Estas nuevas estructuras familiares no tienen precedentes históricos ni estructuras culturales a las que recurrir, son nuevas y habrá que ir improvisando, inventando y construyendo a cada paso. Por eso es tan crucial que los participantes sean inteligentes y privilegien el bienestar de los hijos antes que sus reclamos, carencias, frustraciones y resentimientos.

Un segundo matrimonio con hijos del primero puede ser una especie de circo de tres pistas en el que van pasando varias cosas simultáneamente y abre la posibilidad a múltiples conflictos.

El apresuramiento no es una conducta favorable. El amor de la nueva pareja no basta para acomodar todo lo que requiere adaptación en la nueva estructura. Los hijos y los ex no participaron de la decisión y deben irla incorporando según cada uno pueda. Lo universal es que requiere tiempo, paciencia y comprensión hasta encontrar el modo y el espacio mejor para la convivencia de tantas personas.

Se establecen múltiples relaciones en una red que a veces es prolija y otra es un enredo complejo; relaciones con los hijos de uno que de pronto deben convivir con los hijos del otro, relaciones con los hijos del otro, ver el modo en que el otro se relaciona con sus hijos y con los nuestros, los distintos estilos, tiempos, hábitos. Para todos es algo nuevo y aparecerán rincones sombríos y situaciones que requieren resolución.

Escuchar y escucharse. No dar nada por hecho. Estar atentos a uno mismo y a cada uno de los participantes, ir negociando los lugares y espacios, tanto afectivos como físicos sin exigir ni forzar que se quieran como hermanos. Esto sucederá, si es que sucede, por sí solo con el paso del tiempo.

Recordemos que los hijos suelen creer que son los culpables del divorcio y que este sentimiento de culpa puede caer sobre la nueva pareja que representará ese fracaso y será en consecuencia la destinataria del resentimiento y el rencor. Es imprescindible informarles que no son los responsables y que no dejarán de ser queridos.

Los hijos del otro no son propios. La nueva pareja no será su mamá o papá. Aunque convivan, habrá tres campos: mamá y sus hijos, papá y sus hijos y todos juntos, y habrá que convenir reglas claras, transmitirlas a los hijos y asegurarse de que sean respetadas. Reglas acerca de espacios, tiempos y hábitos. ¿Cuando comemos lo hacemos todos juntos y hasta que no terminamos nadie se levanta? ¿Hay que tender la cama luego de despertarse? ¿Cómo es el uso del baño? ¿Cómo se distribuyen las camas? ¿Quién reta a quién? ¿Habrá horarios para el uso de los dispositivos digitales? Las mil y una cosa de todos los días. Los hijos sabrán que en la casa de antes sigue siendo de una manera y en la nueva es de otra, cada una con sus particulares reglas de funcionamiento.

¿Qué hacer con los hijos ingobernables, demandantes y maleducados que siembran minas explosivas a cada paso en el nuevo matrimonio? ¿Quién los instruirá en las nuevas reglas? Esto puede determinar malestar y peleas porque nunca debe hacerlo la nueva pareja.

Tampoco caer en la tentación de competir con los hijos del otro para asegurar su atención y cariño o pretender que nos quieran más que a su progenitor biológico.

¿Y cómo enfrentar a los ex cuando no respetan los convenios, cuando son vengativos y crueles? Si el divorcio ha sido complicado, si continúa con resentimientos pueden destruir los nidos mejor armados. Pueden usar a sus hijos como espías que llevan y traen informaciones, o temiendo perder y perderlos llenarlos de mentiras para que vean la maldad de la nueva pareja. Pueden no respetar lo convenido sobre los días, los horarios y modos de visitas y contacto, las vacaciones, los arreglos económicos, las responsabilidades (la escuela, los médicos, los trámites). Pueden abandonar a sus hijos cubiertos de odio por haber sido abandonados, dejar de hacerse cargo de los pagos necesarios incluso dejar de verlos como si el divorcio con su mujer incluyera el divorcio de sus hijos.

El amor en la pareja, el amor a los hijos, ambos igualmente fuertes, no lo puede todo. Habrá celos, envidias, enojos, inseguridades, temores, conductas irritantes hasta que las aguas se acomoden y las cosas se vayan asentando. La paciencia necesaria indica no apresurar los procesos ni forzarlos.

Estamos siendo protagonistas de un momento inédito en las relaciones familiares.Una transición entre lo que conocíamos y lo que estamos viviendo. Todo proceso requiere tiempo y, particularmente en éste, el desarrollo y entrenamiento de la inteligencia vincular que nos permita privilegiar el bienestar de todos en la nueva empresa en común. No todo es problema. Estas nuevas estructuras con hijos de uno y otro lado, pueden sumar riqueza y alegría a la nueva pareja que apuesta a intentarlo nuevamente.

https://goo.gl/z15HX1

Barenboim y la vergüenza

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Me gusta la música de Liszt. Me gusta la música de Wagner. Me gusta la música de Barenboim. No sus ideas.

Todos tenemos derecho a pensar como nos plazca. Pero hay personalidades tan relevantes que debieran tener el tino de pensar antes de hablar públicamente. El talento musical de Barenboim lo ubica en un lugar de gran responsabilidad. No puede decir cualquier cosa.

Nos avergonzamos de mojar la cama, de que nos vean desnudos, de que seamos descubiertos en alguna circunstancia íntima y privada. No nos avergonzamos de un gobierno. Nos oponemos a él, lo criticamos y/o hacemos algo para cambiarlo. En especial, y no es un aspecto menor, tratándose de Israel, este judío del mundo que, haga lo que haga, es culpable solo por el pecado de ser.

A pesar de su berrinchosa, irresponsable, efectista, sesgada y provocativa declaración de vergüenza, seguiré disfrutando de su música así como siempre hice con la de Liszt y Wagner.

Publicado en Cartas al País de Clarin: https://goo.gl/Lk5AXr 26/7/18

Publicado en Cartas de Lectores en La Nación https://goo.gl/yJZcUL 27/7/18

No sabía que no había sido feliz

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Agustín era el segundo de siete hermanos. Vivía en una pobre choza en las afueras de Valle Hermoso, Córdoba, en un paraje escondido en medio de la naturaleza cerca del arroyo Vaquerías. Su papá era el encargado de cuidar, administrar y manejar una tropilla de caballos para uso turístico. Su mamá cocinaba tortas fritas que Agustín y sus hermanos llevaban caminando a La Falda y vendían por la calle o a los pasajeros del tren cuando se detenía en la estación. Llegaban a la escuela caminando, pero cuando el papá debía llevar la tropilla al pueblo iban también a caballo. Bombeaban agua del pozo, no había luz eléctrica y los siete hermanos se acomodaban en las tres camas disponibles.

En el verano hacían correrías con sus alpargatas gastadas y se atiborraban con el piquillín que crecía en las sierras. Se bañaban en el arroyo, hacían sapitos en el agua y después se tiraban en el pasto mirando el baile de las mariposas mientras la tibieza del sol los iba secando. En el invierno las condiciones eran menos benévolas, pero nunca faltaron juegos ni alegrías. Era muy travieso y no siempre lograba esquivar los chancletazos no muy fuertes de su madre llamándolo al orden. Pícaro, sagaz y astuto ya desde chico, era un eximio jugador de truco que los grandes elegían cuando les faltaba el cuarto. Amaba ayudar a su padre a ensillar los caballos, cepillarlos, darles de comer. Eran sus amigos, conocía a cada uno y todas las mañanas corría al establo a darles los buenos días.

Agustín era el mayor de los tres varones y superaba a los más chicos con su mágica habilidad para el fútbol. Corría con esa pelota de trapo hecha por la mamá como si estuviera adherida a los pies, hacía con ella lo que quería, parecía una mascota que lo seguía por donde fuera.

A los 17 años, un entrenador porteño que lo vio jugar le propuso probarlo en el club. Un sueño hecho realidad. Con el consentimiento de sus padres, un día de fines del verano de 1958 se subió al Rayo de Sol rumbo a Buenos Aires, lleno de recomendaciones por los peligros de la gran ciudad.

De Retiro lo llevaron a la pensión en donde se alojaban los llegados del interior. Con los ojos así de abiertos, el miedo de pasar por pajuerano y el asombro ante las cosas que veía, conoció a los otros tres chicos que compartían la pieza. No todos provenían de hogares humildes como el suyo y cada chico le hizo ver que había otras vidas, otras historias, otras experiencias.

Héctor, rosarino, iba los sábados a un cine que daba tres películas de corrido, con número vivo y un señor que pasaba con golosinas y hasta bombones helados. Miguel venía de La Plata y contó que había estado varias veces en Buenos Aires, en el zoológico y en el Parque Retiro, donde había juegos maravillosos, laberintos, espejos raros, una vuelta al mundo. ¿Qué sería eso? Debía ser increíble. A Ricardo le festejaban sus cumpleaños en Malargüe con globos, un mago, regalos.

Agustín escuchaba sorprendido y maravillado. Se acostó esa noche pensando que de chico había tenido mucha suerte porque no se había dado cuenta de que no había sido feliz.

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a 71 años de mi llegada a Argentina

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“¡Adelante hijos de la patria: el día de gloria ha llegado!”

Un 14 de julio como hoy, pero de 1947, hace 71 años llegué a la Argentina y unos días después cumplí mis 2 años.

Cuando nuestro barco tocó el puerto de Buenos Aires no sabíamos que era el día de Francia. Para nosotros, venidos de la Europa devastada de la posguerra llegar acá fue efectivamente un día de gloria como el de la toma de la Bastilla. 
Argentina era entonces el granero del mundo. Lo que se veía en los tachos de basura habría sido la delicia de los europeos hambreados. País de promesas, de futuros, de libertad. Habiendo sobrevivido al nazismo y al comunismo, mis padres creían estar tocando el cielo con las manos porque acá todo parecía posible. 
No todo fue rosa. Fue preciso mentir sobre nuestra identidad y, como casi todos los judíos inmigrantes, debimos declararnos católicos. Sin embargo mi mamá no lo podía creer, “con solo decirlo ¿nos creen?” y a poco de conocer cómo eran las cosas agregaba “¡qué país! hasta el antisemitismo acá no es en serio”. No era así en Polonia y en la “docta” Europa. Allí, ser judío era un peso, una lacra, una marca que cerraba muchos caminos. Por eso en los primeros años, mis padres se cuidaron mucho de declararse judíos temiendo que fuera acá también una sentencia de exclusión o de muerte. 
Papá puso una humilde carpintería con 3 obreros genoveses también recién llegados que venían a hacer la América para traer a sus familias. Mis primeros idiomas fueron el polaco natal, el idish de las canciones, el castellano de la calle y la escuela y el italiano en aquel taller perfumado de aserrín y laca de lustre. Mi hermano y yo estudiamos, trabajamos, crecimos, fuimos felices. Ser judíos no fue nunca para mí un lastre, por el contrario, es una fuente de riqueza e identidad.
Y hoy que se me dió por himnos, agrego tres más. 
Como dice el de Italia, “unámonos y amémonos porque la unión y el amor siempre nos indican el buen camino”. 
Intervengo el polaco que habla de la persistencia de Polonia y lo parafraseo a mi gusto: “el pueblo judío no se extingue mientras nosotros vivamos”. 
Y del argentino, digo al viento, con orgullo y agradecimiento: “¡oíd mortales el grito sagrado, libertad, libertad, libertad!”

Fuera de toda lógica: la vida te da sorpresas

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Horacio, como tanta gente, siempre creyó que había un orden natural de las cosas, una cierta lógica que regía los acontecimientos y las vidas de todos. Nació en la década del 30 del siglo pasado en Mar del Plata, donde sigue viviendo hasta el día de hoy. Se casó con Matilde, su amor de la adolescencia, que lo acompañó hasta su muerte, hace doce años. No habían tenido hijos, y en su larga enfermedad Horacio estuvo siempre a su lado, dispuesto a cuanto hiciera falta.

Ya viudo y cursando sus setenta, los días y las noches se le fueron haciendo más y más pesados. Mucho más las noches, cuando en su casa lo esperaban solo tristeza y añoranza.

Su única distracción era la mesa de truco de los jueves y la comida con sus amigos en el bar del club. Unos tres años después de perder a Matilde, cambió la concesión y la tomó Agustina, una tucumana de treinta años, con la cara picada de viruela, grandes ojos marrones y una eterna sonrisa en sus labios. Atendía a los socios del club con simpatía y calidez, se la veía a gusto, atenta y sonriente.

Horacio no se animaba a invitarla a salir. Temía que la diferencia de edad la espantara, que pensara que era un viejo verde y se burlara de él. Pero cuando se animó, la respuesta de Agustina fue no solo de aceptación, sino de cariño, como si lo estuviera esperando.

Sola y con una triste historia de vida, recibió con emoción y alegría a este viudo tan necesitado de compañía y conversación. A poco de salir y viendo que el dinero apenas si le alcanzaba para pagar el alquiler, Horacio la invitó a compartir su casa, que, con su presencia, recuperó la luz. Nuevas cortinas, la cena lista a su regreso, música y, fundamentalmente, alguien con quien hablar, alguien que lo hacía sentir bien otra vez. "Matilde estaría contenta", pensaba Horacio.

Empezaron sus achaques, médicos, remedios y Agustina lo acompañaba, le recordaba las horas en que debía tomar cada cosa, fue mucho más que un apoyo y una compañía. Agradecido por sus atenciones y no teniendo parientes cercanos, decidió poner la casa, su única posesión, a su nombre y compartir la cuenta de banco para que cuando él se fuera ella tuviera un techo y un colchoncito financiero. Cuarenta años mayor, le pareció que era un gesto lógico.

Pero "la vida te da sorpresas", como dice Rubén Blades. Y vaya si la vida sorprendió a Horacio. Agustina, a los 34 años, falleció repentinamente, víctima de un ACV. Y, tras cartón, apareció una hermana, su única heredera legal, y comenzó la sucesión.

La pena de Horacio se transformó en desesperación porque ahora se quedó sin dinero y sin casa. Vive desde entonces alojado en lo de uno de sus compañeros de truco, sostenido por una vaquita que hacen, mensual y amorosamente, todos los compañeros del club. Estos amigos de siempre no permitieron que la sorpresa venciera a Horacio. Son ellos quienes barajan el mazo gastado de donde hacen salir los anchos ganadores que a Horacio le dan aliento y apoyo para seguir de pie en la vida.

Publicado en el suplemento Sábado de La Nación. 7 de julio 2018

Suegras, maridos y nueras

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Las suegras son un gran tema en la vida de las parejas. Y acá me pongo claramente en femenino porque, aunque la función "suegra" puede ser ejercitada por cualquiera, las suegras solemos ser las mujeres.

Las suegras son un capítulo importante de las relaciones con los miembros de la familia de cada uno, fuente de conflictos que pueden ensombrecer la convivencia. Pero de todos los posibles, hay dos, que por su fuerte implicación, pueden alterar la vida cotidiana de modo trascendental: los hijos de matrimonios anteriores y las suegras. Veamos primero a estas últimas y dejo el tema de los hijos de matrimonios anteriores para la próxima vez.

Es particularmente complicada la situación cuando, en una pareja heterosexual tipo, la suegra lo es de la nuera. Tanto que en el imaginario popular, en los chistes y las preocupaciones habituales, la pareja conflictiva es la integrada por una suegra y su nuera.

Las madres suelen tener dificultad en dejar volar a sus hijos pequeños, acompañar su crecimiento y aún cuando sean adultos los ven como si siguieran siendo sus pollitos indefensos y necesitados. Cuando se casa una hija, ese sentimiento de propiedad parece darle derecho a su madre a meterse muchas veces sin permiso y opinar como lo hacía cuando vivían juntas. La hija puede permitírselo o no y, aunque en general el yerno queda fuera del conflicto, las negociaciones o avasallamientos, también él sufre las consecuencias de la invasión y puede colaborar en la necesaria puesta de límites.

Cuando se trata del hijo, del nene, de la luz de sus ojos, este sentimiento de propiedad, puede anular la frontera que debiera ser naturalmente erigida luego del casamiento. La mamá siempre será mamá pero ya no lo es de un chiquito sino de un adulto. Y de un adulto, que encima, vive con otra mujer que no lo conoce ni sabe lo que es bueno para él. La persistencia del sentimiento de propiedad determina que esta mamá se crea con derecho a intervenir en la comida, en el ordenamiento de los objetos, en la educación de los hijos, en cada una de las decisiones de la pareja. Y si el hijo no sabe o no puede o no se anima a poner los límites, todo el peso caerá sobre su esposa, la nuera, la que, como dice el chiste "nuera para mi hijo". Porque, para esta mamá-gallina-cuidadora ninguna lo es.

Las madres solemos tener un enorme poder sobre las vidas de nuestros hijos. Esta relación, definida y amasada en la infancia, es un sello a veces indeleble. No es fácil, ni para la madre ni para el hijo, asumir y aceptar la modificación que implica para ambos que ahora el hijo sea un adulto.

Si el hijo no encara la situación, si no se hace cargo, quien sufrirá las consecuencias será su esposa que deberá enfrentar tanto los intentos de avasallamientos de su suegra como la penosa inacción del marido.

Guerra en puerta.

Guerra sorda, y a veces no tanto, con la suegra.

Guerra abierta y enconada básicamente con el marido que no la protege.

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El ideograma chino para el concepto de guerra o pelea es el dibujo estilizado de dos mujeres en un mismo espacio. Dos mujeres enfrentadas para ver cuál vencerá. Vencer es, en este caso, que el hombre tome partido por una o por otra.

El ahora marido, este hijo adulto, ya no vive en su casa infantil y si su madre no lo acepta, estará tironeado entre ella y su esposa. Posición difícil e incómoda que, no hay otro remedio, debe resolver de la mejor manera que pueda. Si valora su matrimonio, si quiere que se instaure la paz, es imprescindible que deje a su mujer fuera de la ecuación, que encare la relación con su madre personalmente lo que a veces, la propia madre complicará hasta el infinito. Porque estas madres que devienen en suegras interventoras suelen tener muy bien aceitado el manejo de la culpa. No es fácil.

La suegra puede ser una gran piedra en el camino de la convivencia de una pareja. Depende de su inteligencia emocional, de su sensatez y de cómo transcurre su propia vida, el poder renunciar a aquel lugar de preeminencia que tenía en la vida de su bebé cuando lo acunaba y le cambiaba los pañales. El bebé creció, camina solo, no se hace pis encima, trabaja, gana dinero, se afeita y hasta tiene hijos. Ya no es más lo que era. Su madre tampoco. Pero tal vez había colocado en ese hijo el sentido de su vida y el perder control sobre él la enfrenta con la soledad y un desgarrador sinsentido. No se puede congelar el paso del tiempo y pretender mantener un lugar que ya no está. Una suegra desubicada, que no ve ni acepta el paso del tiempo y el crecimiento de su hijo, que no puede encontrar otro sentido para su vida y se aferra a él como una tabla de salvación, será seguramente una poderosa fuente de desdicha para su hijo y su familia y también para ella misma.

La nuera está en un lugar difícil. Lo mejor sería que pudiera tener una amable conversación con su marido, no reclamo ni reproche ni acusación. El objetivo no es descargar la irritación y la angustia sino lograr que él se ocupe de su madre para que no interfiera ni opine ni critique ni dé órdenes ni avasalle. No es la nuera quien lo tiene que hacer sino el hijo. No le será fácil, tal vez deberá pedir ayuda.

Mensajes personalizados

Marido e hijo: no te hagas a un lado, sos el único que puede hacer algo, cuidá a tu esposa y a tu nueva vida, limitá a tu madre y ayudala a encontrar un nuevo sentido en su vida. Comprendelas a ambas.

Esposa y nuera: no te enfrentes a tu suegra pero tampoco te guardes lo que pasa. Si ves que tu marido no puede con su madre, no te enojes con él ni le reclames, decíle cómo te sentís y ofrecele pensar juntos qué hacer y cómo. Acordate que algún día vos también serás suegra.

Mamá y suegra: ¿te acordás cuando fuiste nuera? Si tuviste una suegra metida, no repitas lo que te hizo a vos. Si tuviste una suegra amiga, poné en práctica lo que te enseñó e incluso mejoralo. Si amás a tu hijo como decís que lo amás, tocá siempre el timbre antes de entrar, pedí permiso, no arremetas ni ordenes ni critiques ni pongas mala cara, cuidalo, protegelo y mimalo dejándolo vivir con la mujer que eligió. Es una alegría ver que creció, armó su propia familia y pudo volar. Hiciste un buen trabajo. Ahora es tiempo de disfrutarlo.

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Mi suegra, la negra (Canción anónima, folkore sefaradí)

Mi suegra, la negra ... / Kon mi se dakileya / Yo no puedo mas bivir kon eya / Eya´s muy fuerte, mas ke la muerte  / Un dia me veré sin eya.

Un dia sentada kon mi marido / Eya detrás komo enemigo / Me dió un pilisko i un modrisko / Mas presto me veré sin eya / Mi suegra, la negra ...

Yo elmuera de kinze anyos / Ven tu, marido, adova nido / Mas presto me veré sin eya / Mi suegra, la negra ...

En los diyas de la dulsura / Eya ensembra l´amargura / El Güerko venga por soltura / Mas presto me veré sin eya

Otra forma de vencer el maltrato en la oficina

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Inés, dedicada a su trabajo y al cuidado de su madre incapacitada, tenía el empleo ideal. Dominaba varios idiomas, especialmente inglés y francés, elegante, refinada y de una inteligencia aguda. En su cargo de secretaria de una importantísima multinacional estaba como pez en el agua.

Luego de veinte años de desempeño, su prestigio no paró de crecer y fue designada para asistir de manera personal al CEO de la empresa. Creyó tocar el cielo con las manos, era el lugar soñado de cualquier secretaria ejecutiva y además su nuevo sueldo la liberaba de preocupaciones respecto del cuidado de su madre.

Pero pronto el sueño se convirtió en pesadilla.

Su jefe, católicamente casado y con cinco hijos, era un misógino machista, dueño y señor en las alturas de la torre vidriada en Puerto Madero. Disfrutaba maltratando a Inés. Primero, miradas despectivas; luego, comentarios sarcásticos, ironías burlonas, y ya al cabo de un mes, agresiones directas. Inés bajaba la mirada, contenía el aliento y corría a desahogarse al baño.

Pero estalló el día en que la echó del despacho con gritos destemplados y mirada feroz: ese fue su límite. ¿Cómo terminar con esa tortura si necesitaba el dinero y no podía renunciar ni protestar? "Tiene que haber algún modo", pensó.

Conocedora del mundo corporativo y sus personajes masculinos y basándose en las características del jefe, diseñó y estructuró un plan que puso en acción el viernes siguiente a última hora.

Era el comienzo de la primavera, momento en que el atardecer tiñe de rosas y púrpuras el cielo porteño sobre el perfil de los edificios. Con el abrigo y la cartera en la mano fue al despacho del jefe. "Adelante", dijo este al oír el suave toc-toc. Abrió la puerta, pero no entró, apoyada en el vano, esperó a que la mirara y entonces, casi susurrando, pero con firmeza, dijo: "Señor, me retiro. Nos vemos el lunes. Pero antes de irme quiero decirle algo que ya no me puedo guardar, algo que usted debe saber. Su conducta hacia mí, sus ironías, gritos e insultos tienen un poderoso efecto en mí: me encienden sexualmente. Muchas veces debo correr al baño a desahogarme porque no me puedo aguantar y su recuerdo me quema en las entrañas. Es mi deber decírselo para agradecerle y que sepa cuánto bien me hace y cómo promueve mi placer más íntimo. Creo que me hace acordar a mi papá. Gracias y hasta el lunes". Cerró la puerta y se fue.

Y ganó. El maltrato no pudo continuar. Como una eximia maestra de aikido, Inés volvió la fuerza del jefe contra él mismo. A partir de sus palabras insólitas, el macho sometedor que inferiorizaba y sometía a su presa vio atadas sus manos. El "excitante" maltrato cotidiano que generaba ese escenario de erotismo y desenfreno no podía continuar. "¡Vade retro Satanás!", gritaba la conciencia de este devoto feligrés de misa, hostia y confesión que contuvo a partir de entonces sus impulsos hostiles para así no contaminarse con semejante pecado y desenfreno sexual y mantener vigente su visa de ingreso al paraíso.

 

Cómo dejar de ser una madre culposa

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Graciela culpaba a su mamá por haber sido demasiado estricta y poco cariñosa durante su infancia. Cuando sus tres hijos, Juan, Ramiro y Aldana, llegaron a la adolescencia, se descubrió repitiendo las conductas que tanto había reprobado en su madre, su severidad y poca expresión afectiva. Fue muy doloroso porque se había jurado cuando niña que, en caso de tener hijos, no sería con ellos como había sido su madre.

Pasaron unos años. Sus hijos se hicieron adultos. Juan, el mayor, doctor en bioquímica, era investigador en un importante laboratorio en Francia.

Una noche, hace pocos meses, Graciela despertó angustiada presa de una pesadilla. Veía a Juan como cuando era adolescente debatiéndose en medio de un mar embravecido, las olas lo cubrían, pedía auxilio, su cuerpo subía y bajaba mientras hacía señales desesperadas con sus brazos. Enloquecida ella corría hacia él y cuanto más corría más se alejaba sumida en la impotencia de salvarlo. La despertó su propio alarido. No podía quitar las imágenes de su cabeza.

Eran las 4 de la mañana, ya las 9 en Francia, y corrió a buscar el celular como tabla de salvación. Había sido tan vívida la pesadilla que debía cerciorarse de que Juan estaba bien. Atendió enseguida, calmo y amable porque sí, todo estaba bien, "ninguna novedad mami, te dejo porque estoy llegando al trabajo". Había sido solo un mal sueño, nada que temer.

Pero Graciela no lo dejó ahí. Ese sueño fue para ella la representación de todo lo que creía que había hecho mal y necesitaba terminar con el peso que sentía por no haber sido lo buena madre que debía haber sido. Había soñado con Juan, de modo que empezaría con él. Tomó un papel y comenzó a hacer una lista de todas las cosas de las que se acusaba, hechos, circunstancias, palabras, conductas. Cubrió cuatro páginas, con fechas y descripciones de las cosas que estaba segura que había hecho mal con Juan y de las que debía ser expiada y perdonada. Se sentó ante la computadora y le escribió un correo con el pedido de que viera la lista y le respondiera por favor cómo había sido vivido por él y si consideraba que habían tenido consecuencias en su vida.

Esa noche Juan la llamó alarmado: "¿Qué te pasa mamá? No entiendo nada, ¿estás psicótica?" "¿Por qué?" "Porque no sé de qué me estás hablando. Miré todas las cosas que decís y no me acuerdo de ninguna, nada". Graciela escuchó enmudecida. "Pero si querés, si eso alivia tu alma, te puedo escribir de lo que sí te acusé en su momento para que lo veas y me digas por qué o para qué lo hiciste. Pero dame unos días".

Y así fue. Una semana después entró un correo de Juan. Graciela dejó pasar unas horas. Al fin la curiosidad pudo más. Se dijo "¡ahora o nunca!" y abrió el mail. Estalló en una carcajada que le dibujó estrellitas de colores en el alma. Rió, sollozó, moqueó, siguió riendo y sonándose la nariz mientras leía la insólita respuesta de su hijo. La lista de Juan, tan larga como la suya, mostraba que se había tomado en serio el trabajo de rememorar momentos penosos, pero enumeraba cosas, situaciones y dichos de los que Graciela no tenía el menor recuerdo. Imprimió las dos listas, las enmarcó y las dejó a la vista. No le hizo falta hacer listas con sus otros hijos. Había entendido. No solo se alivió luego de tantos años de autoacusaciones, sino que también fue al cementerio y le pidió perdón a su mamá.

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¿La falta de inteligencia es responsable de la infelicidad en la pareja?

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Durante mucho tiempo la inteligencia era la lógico-matemática y la lingüística. Pero hoy hay descriptas varias más. La cinestésica-corporal (los grandes deportistas, bailarines), la musical, la artística-creativa (creatividad, innovación), la espacial (visión de patrones espaciales), emocional interpersonal (contacto con las propias necesidades y posibilidades), emocional intrapersonal (capacidad de empatía), naturalista ("mano verde", ecología), gráfica-plástica (dibujo, pintura, escultura), adaptativa-elástica (capacidad de ir variando según el cambio de las circunstancias). Son diferentes habilidades, algunas de las cuales son innatas y otras adquiridas. Ambas, con trabajo, entrenamiento y estímulos pueden crecer y potenciarse.

Agrego a esta lista, una nueva inteligencia, la requerida para una buena convivencia en pareja. Tal vez sea una combinación de varias de las ya descriptas, particularmente las inteligencias intrapersonal, interpersonal y la adaptativa.

Algunas personas vienen con la inteligencia para convivir en pareja incorporada, de manera natural y espontánea. En otras es preciso re descubrirla, entrenarla, hacerla crecer y desarrollar.

Muchos de los problemas que veo en la convivencia cotidiana se deben a la total y franca estupidez parejil, o sea, a la falta de inteligencia para vivir en pareja.

¿Acaso no es signo de total estupidez parejil el esperar que el otro nos adivine todo el tiempo? ¿Que sintamos y tomemos todo lo que el otro hace como dirigido a nosotros, como que nos lo hace a propósito por dañarnos? ¿Creernos que somos el centro de su mundo y de su vida a toda hora?

¿No es una total estupidez parejil que dejemos de lado lo que funciona y nos centremos obsesivamente en "eso" que no está bien?¿Que creamos que aquella pasión que nos encendía al principio, si ya no está, quiere decir que el amor se terminó?¿Que nos creamos (h)angelitos (h)inocentes (gracias Cortázar) mientras que ubicamos al otro como la fuente de todos los males?

¿No es de mega estúpidos parejiles que le atribuyamos al otro nuestras propias carencias, cobardías y fracasos? ¿Que esperemos del otro, diariamente, el reconocimiento, el aplauso, la admiración? ¿que precisemos de confirmaciones de que le importamos, de que le somos necesarios?

¿No es todo eso resultado de una absoluta, básica y flagrante estupidez, o sea de un pobre desarrollo de la inteligencia para vivir en pareja?

La inteligencia para convivir en pareja está basada en una noción simple: en una pareja hay dos personas. No es tan obvio como parece así formulado, habitualmente se deja de lado. Tendemos a ver al otro como una extensión de nosotros mismos, con similares expectativas, gustos, anhelos, modelos de conducta y formas de ver el mundo. En consecuencia, si no hace lo que ya debería saber que necesitamos o estamos esperando, no es, según nos gusta suponer, porque es egoísta y no le importamos, no es porque ha dejado de querernos, es simplemente porque es otro.

Cada uno de nosotros vive y ve desde su propia mirada y supone que es así para todos, que somos la medida del universo, o sea que somos el modelo de lo que está bien, de lo que es normal, de lo que es natural y que todos los demás deberían ser así, caso contrario, son enfermos o malos. Al convivir suponemos, además, que el otro sabe lo que tiene que hacer o cómo tiene que ser para hacernos felices y que si no lo hace es por pura maldad. Dejamos de lado que al otro le pasa lo mismo, que también cree que su perspectiva es la buena, la normal, la natural, que es la medida del universo, en consecuencia también cree que vemos y sabemos sin que nos lo tenga que decir o pedir lo que tenemos que hacer o ser para hacerle feliz.

Luego, si la desdicha se basa en que cada uno espera que el otro no sea otro sino como uno quiere, espera o necesita que sea, es obvio que la básica noción de que una pareja son dos personas está ausente. Cada uno precisa diferentes calzados para caminar con más comodidad y se resistirá, como es lógico, a forzar a que sus pies se metan en los zapatos del otro que no solo no le serán cómodos sino que le lastimarán e impedirán caminar.

Había un famoso torero andaluz Rafael Guerra Bejarano, el "Guerrita" que tuvo notoriedad en España a fines del siglo XIX. Seguramente iletrado pero un filósofo poseedor de una inteligencia parejil natural. Lo conocemos hoy por una charla que mantuvo con José Ortega y Gasset en 1899 donde arrojó frases como"ca' uno e' ca' uno y ca' cual e' ca' cual" y "lo que no pue' ze' no pue' ze' y adema' e' impozible".

No sé cómo era la vida matrimonial de Guerrita pero si aplicaba sólo estas dos frases tenía asegurada la felicidad.

https://www.lanacion.com.ar/2137265-la-falta-de-inteligencia-es-responsable-de-la-infelicidad-en-la-pareja