Crónica estreno "Los últimos testigos" film de Bernardo Kononovich

El ojo que me cubro es el que vio o abominable, lo inenarrable.

El que dejo libre, sin cubrir, es el que me une a la vida,

el que me convierte en testigo, es el que me hace hablar…

Testigo es el que da testimonio, el que atestigua con su voz, su persona y sus recuerdos que algo ha sucedido. La Shoá, así como todo hecho histórico, tiene varias fuentes de conocimiento y validación. Una son las evidencias de los hechos mismos, los restos físicos, los documentos, las huellas de bombardeos, las construcciones bélicas, los artefactos. Otra las fotografías y películas que brindan una evidencia gráfica incontrovertible. Y otra son los registros escritos personales y los relatos de los sobrevivientes y testigos.

El testimonio de un sobreviviente no es necesariamente un documento de un testigo, puede llegar a serlo. La memoria se nutre de recuerdos y olvidos, no es una crónica fija de un momento determinado ni una foto fidedigna, dialoga con el presente. Según sea el contexto, la audiencia, las vivencias del testimoniante ese día y a esa hora, el relato incluirá algunas cosas o despertará otras que estaban olvidadas. La memoria es dialogal, es móvil y cambiante. Para que un testimonio sea un documento, es preciso que varios testimonios de personas que no se conozcan entre sí refieran lo mismo sobre un determinado hecho.

Para que un sobreviviente se convierta en testigo debe cumplir varias condiciones. Haber estado donde dice haber estado, haber vivido lo que dice haber vivido, tener la capacidad y la voluntad de recordar, y tener la capacidad de ponerlo en palabras. De entre los sobrevivientes devenidos en testigos, hay unos pocos que suman a las condiciones anteriores la capacidad de proponer y estimular la reflexión. Son los que tienen claro que contar el horror crudo y desnudo es obsceno e imposible. Saben también que aún si lo pudieran contar, tendría un efecto contrario al esperado, sería tan abrumador, caería con tal peso aplastante sobre el oyente que, aunque escuchara el despliegue morboso con fascinación, sus terminales reflexivas se irían apagando hasta quedar totalmente desconectadas. No se puede pensar ni aprender del crudo espanto. Este puñado de sobrevivientes-testigos que lo saben, han desarrollado otras maneras de decir, de contar, de transmitir.

Una de ellos es Lea Novera. Su voz, su énfasis, su convicción, su capacidad de conceptualizar y señalar lo que es importante, su cuidado en no buscar horrorizar sino hacer pensar, la han transformado en un referente privilegiado de lo que un testimonio debe brindar.

Bernardo Kononovich, que ya tiene una colección de films en los que explora el sentido y los límites del relato y el testimonio, ha emprendido en “Los últimos testigos” un nuevo desafío en su trayectoria de abridor de reflexiones, de cuestionador, de cineasta y psicoanalista que no teme entrar en algunas junglas de la memoria, haciéndolo con cuidado, agudeza y sensibilidad. Esta vez hace una propuesta innovadora: toma un testigo que dialoga con jóvenes y muestra ese diálogo. Son las voces, las preguntas y las inquietudes de un grupo de docentes y alumnos de la Facultad de Psicología que tienen a “Auschwitz”como tema de su materia, Dinámica de Grupos II. Son jóvenes sensibilizados e interesados en una exploración más profunda, cosa que solo pueden conseguir en un diálogo con alguien que haya estado allí y que lo quiera contar. Kononovich hace la propuesta exploratoria, posibilita el encuentro y lo registra con su cámara.

Se ve en el film que el encuentro entre los jóvenes y la testigo tuvo jornadas previas de preparación, que de todo el grupo que podría haber participado solo lo hicieron ocho. Es curioso que, habiendo integrantes judíos en la materia, ninguno de los ocho que aceptaron el desafío de dialogar con Lea lo sea. Nos dicen que los judíos, docentes y alumnos, cuestionaron la elección de la temática, que ellos ya sabían, que para los judíos era un tema habitual, que no les interesaba. Los que trabajamos con la temática y vamos a escuelas, a grupos, a instituciones, conocemos este sesgo de muchos judíos. Creen que saben. No saben que no saben. No saben cuánto y hasta dónde no saben. Nuestras visitas, clases o testimonios en instituciones judías no tienen la riqueza ni la trascendencia que tienen cuando vamos a instituciones no judías. Los no judíos saben que no saben, lo que abre canales de indagación y sensibilidad que hacen que la clase y el testimonio tenga un vuelo que no siempre se alcanza en sitios judíos. Fenómeno que invita a ser investigado. No tengo una respuesta.

El film tiene tres momentos. La preparación de los jóvenes, el momento en que comparten sus preguntas e intereses, sus miradas expectantes, su sed por conocer a Lea, por oírla e impregnarse de ella. Luego el encuentro mismo con Lea, su llegada, su frescura, las preguntas, el relato desacartonado, potente, espontáneo de esta testigo que tiene claro lo que debe decir y lo hace con énfasis, con inteligencia y con humor. El tercer momento es la visita de Lea al aula magna de la Facultad de Psicología con la presencia de todos los docentes y alumnos de la cátedra, momento en que la emoción la sobrecoge y se llena de alegría al ver a todos los jóvenes atentos y se recuerda a sí misma a esa edad y hace un canto conmovido por la libertad.

“Los últimos testigos” se están yendo. Bernardo Kononovich tuvo la virtud de registrar este rito de pasaje en el que Lea traslada a los jóvenes sus reflexiones y su mensaje.

Tuvimos el privilegio de compartir el estreno el pasado 28 de octubre de 2017 en el auditorio Borges de la Biblioteca Nacional. La sala repleta de gente vibró de emoción ante cada palabra, rió con delectación ante el fino y oportuno humor de Lea con esa virtud de bajar a tierra lo que vivió, de tender la mano a cada uno e invitar a que se sume a la gesta de mantener el diálogo y la fraternidad como banderas de resistencia. La presencia de Lea fue una nota conmovedora para todos. Un aplauso cerrado y prolongado hacia ella y hacia el director del film fue la culminación del estreno.

Presentó el film Denise Najmanovich, con su proverbial calidez e inteligencia, puso en contexto el valor y la importancia de este testimonio tan alejado de una memoria estereotipada de frases hechas vacías de contenido. No es así el testimonio de Lea. Lea viva. Lea abierta. Lea dice cuando habla. Lea llega cuando mira. Lea, un canto a la vida.

Bernardo Kononovich tiene la gran virtud de mostrarlo en este nuevo trabajo.

Por ello, y por su empeño en registrar en tantos films los laberintos y vericuetos de la memoria de los sobrevivientes y por convertirlos en testigos, muchas gracias.

Habitación y los niños escondidos

La Habitación poster- A partir del film “La habitación” (1) -

De este lado de la pared, todo el mundo. Del otro lado, nada.

En la primera parte de la película, madre e hijo, Ma y Jack, conviven en el espacio mínimo de Habitación de manera natural gracias al esfuerzo de Ma para que parezca totalmente normal. Secuestrados por Old Nick, Ma inventa juegos y mentiras para evitarle a Jack sufrimientos y angustias; él no tiene cómo saber que tras la pared hay otra cosa ni que se está perdiendo algo. Cercano a los delirios creativos del alocado Guido Orefice (Roberto Benigni) en “La vida es bella”, para proteger a su hijo Giosuè de la dura realidad del campo de concentración nazi, Jack crece a salvo de conocer la verdad de lo que sucede gracias a  la puesta en escena de Ma.

En la segunda parte, una vez liberados y ya del otro lado de la pared, Ma recupera su nombre, es Joy, y como tal regresa al mundo del que había sido arrancada. Jack, sin otro pasado que el de Habitación, ingresa de manera violenta al mundo que no sabía que estaba tras la pared. La liberación, tan deseada por Ma, es agridulce, compleja, penosa, difícil, no es un jardín de rosas. Durante los años de encierro la vida había continuado afuera y los padres de Joy ya no son quienes eran en el momento del secuestro.

La expulsión de Jack de Habitación y su ingreso al mundo del otro lado de la pared, lo llena de temores, incertidumbres y recelos. La escena en que intenta bajar una escalera por primera vez, es una poderosa metáfora de ese accidentado proceso de reconocimiento, aprendizaje y adaptación que encara con cautela y desconfianza. Todo es desconocido y amenazante y de pronto Jack extraña Habitación, aquel espacio acotado, chiquito, tan suyo y que conocía al dedillo. Libre, añora el encierro en su mundo conocido y confiable donde había construido su identidad. Es que no sabía que había sido una prisión.

La trama está basada en el sonado caso de Josef Fritzl, el ingeniero austriaco que mantuvo durante 24 años a su hija Elizabeth secuestrada, drogada y violada sistemáticamente. De los siete hijos nacidos, tres compartían su encierro, entre ellos Félix que tenía 5 años cuando fueron liberados.

La realidad es peor que la ficción.

También los sobrevivientes de la Shoá que fueron niños estuvieron encerrados en Habitación, escondidos en su identidad, viviendo con otras familias y con otros nombres y/o escondidos físicamente en sótanos, bosques, granjas, orfanatos. Muchos, igual que Jack, creían que lo que vivían era normal, no sabían que estaban escondidos y su liberación e ingreso al nuevo mundo fue un momento traumático.

Solo el encierro y el que los niños no supieran lo que estaba pasando tiene algún parecido con la Shoá. Éste fue un hecho colectivo generado por el nazismo mientras que la historia de Jack se debe a una patología individual del secuestrador. Pero la respuesta emocional tanto durante el encierro como luego de la liberación, es similar a lo vivido por los niños escondidos (2)  de la Shoá.

Durante la Shoá los padres judíos emprendieron una lucha descomunal en el intento de  salvar a sus hijos. Con pocos recursos, presos de una situación imposible, los que pudieron se las arreglaron para poner a sus hijos a salvo, sin saber si alguna vez los volverían a ver. Esos niños, entregados con pocos meses de vida o con muy pocos años, criados en variados contextos, no tenían memoria de sus padres, ni sus nombres y apellidos.

Los más chiquitos creían, igual que Jack, que las cosas eran simplemente así. Había que ocultarles la realidad, era peligroso que supieran que no eran quienes decían ser, tenían que ser desconocidos para ellos mismos para salvaguardar sus vidas y las de sus salvadores. Y también el momento de la liberación fue confuso y traumático porque tras la pared chocaron con otro mundo que les reveló que lo anterior había sido mentira. Recién entonces supieron quiénes eran y qué y cuánto habían perdido.

Pedro me decía que había escapado de Alemania con sus padres y llegaron a China donde fueron encerrados en el gueto de Shanghai. Estuvo allí desde sus cuatro o cinco años hasta los diez u once cuando llegó a la Argentina. Una vez acá conoció cómo habían sido las infancias de los otros chicos y recién entonces se dio cuenta de que en la suya no había sido feliz. En el gueto de Shanghai no tenía idea de que se podía estar o vivir de otra manera, eso era todo lo que había, todo lo que conocía y allí jugaba con los otros chicos que eran iguales que él y creció convencido de que era normal, de que así eran las cosas para todos los niños del mundo. Recién cuando atravesó la pared supo que había otra forma de vivir y resignificó sus años de encierro con algo de dolor y, igual que Jack, también nostalgia.

No todos los niños recuperaron su identidad, no todos salieron de Habitación, hay una incierta cantidad que siguió allí para siempre y no sabemos cómo continuaron sus vidas. Los que fueron liberados debieron despedirse de sus salvadores, llamarse de otra manera, rearmar una nueva historia con las piezas, a veces escasas, del rompecabezas disponible, conocer su identidad judía y volver a aprender a caminar.

No todos emergieron con felicidad de la difícil situación. Esta nueva identidad se superpuso a la de Habitación que resultó ser falsa y debió ser sumergida, ocultada. Los niños escondidos tienen así la experiencia de estar doblemente escondidos: la primera vez sin saberlo, en el escondite salvador, con otro nombre y la segunda, ya conscientes, al volver a su nombre e historia original y verse forzados a desechar y olvidar lo anterior. En este aprendizaje para afrontar las nuevas escaleras en las que se superponían sus dos realidades, forzados a olvidar, el olvido nunca fue total. Ocultaron con un silencio protector sus emociones y recuerdos, en especial los momentos de alegría y bienestar de cuando estaban en Habitación. Y si además extrañaban, como muestra el Jack de la película, debían enterrarlo en los pliegues más ocultos de su alma.

Maurice fue salvado por una familia católica en Francia. Cuando terminó la guerra apareció un señor que decía que era su tío a quien no recordaba. Supo que no era hijo de la familia que lo había salvado, que sus padres habían sido asesinados, que su apellido no era el que creía y que era judío. Hasta el día de su muerte Maurice cuando se le preguntaba de qué religión era decía, sin culpa alguna y con una sonrisa pícara: je suis juif-catholic, soy judío-católico. Tenía presente la gratitud a sus salvadores, fervientes católicos, a los que nunca quiso dejar de lado y olvidar.

Los niños escondidos guardan secretos y nostalgias, memorias vivas encadenadas bajo cuatro llaves. Muchos me han confesado sus añoranzas “pecaminosas” enredados en un conflicto de doble lealtad. No todos se atrevieron, como Maurice, a decirlo en voz alta.

Y hay muchas Habitaciones en nuestro mundo perverso. A los abusos y maltratos históricos de los niños se suman hoy las apropiaciones, la trata con fines pornográficos y los secuestros de ejércitos irregulares para disponer de carne de cañón sumisa y efectiva.

Hay muchos y diferentes encierros. Sabemos que los chicos no se rompen, que los humanos tenemos tal plasticidad que somos capaces de subir la empinada cuesta de la reconstrucción y albergar al mismo tiempo dos identidades dialogando. El bienhechor olvido no es tal. Todo está escondido en la memoria (3). Todo.

(1) “Room”, Irlanda-Canadá, 2015 Dirección Lenny Abrahamson. El título original, está mal traducido como “La habitación” pues no es “The room” sino “Room”, sin el artículo; los protagonistas viven en “Habitación”, como quien vive en un sitio con nombre propio como Buenos Aires, no la Buenos Aires o Tokio, no el Tokio. Novela y guión de Emma Donoghue. Protagonizada por Jacob Tremblay como Jack de cinco años y por Brie Larson que, como Ma, ganó el Oscar mejor actriz 2016.

(2) Wang, Diana: “Los niños escondidos. Del Holocausto a Buenos Aires”. Editorial Marea. 2004.

(3)  La Memoria. Canción de León Giecco.

NAZION - comentario sobre film

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Sr Ernesto Ardito y Sr Leopoldo Nacht. Los felicito por el esfuerzo de haber hecho realidad lo que me imagino fue un sueño/necesidad/anhelo de muchos años y que llevó unos cuantos para que pudiera hacerse (además de tiempo y platita). Tiene escenas y momentos impresionantes, entre los que resalta la voz y el discurso de Castellani que yo nunca había escuchado. También las tapas de periódicos en las que se dice sin eufemismo alguno lo que se dice sobre los judíos, todo eso que hoy es políticamente incorrecto pero que imagino sigue vivo de manera solapada en ciertas mentes afiebradas de unción patriótica, occidental y cristiana. Dan un collage sobre la historia, gestación, desarrollo y sostenimiento de las ideas católicas antijudías en nuestro país. Me acuerdo de Graciela Sirota, de Mirta Penjerek, de Pablo Alterman y más cerca cuando la bomba en AMIA de la infausta frase "en el atentado murieron judíos y argentinos"... y tantas cosas más. La Circular 11 del Canciller Cantilo y mi propio ingreso a la Argentina como católica porque si no no entraba y tanto más. Creo que el material es excelente en particular para los jóvenes que desconocen todo esto y que sienten extrañeza ante ciertas nociones porque hoy no es políticamente correcto hablar mal de los judíos (ahora por suerte para el sustrato juedófobo natural está bien hablar mal de Israel que se volvió el judío entre los países, ¡qué alivio!) y salvo que se confronten directamente no siempre tienen idea de cuán antisemita sigue siendo la subjetividad occidental.

Excelentemente filmada y con muy buen sonido lo que permite seguir cada palabra con atención. Muy bueno el recurso de las fotografías con los epígrafes que van armando la secuencia del relato. Me parece un trabajo de una honestidad prístina y de una intención clara y transparente, lo que el espectador agradece. No coincido en todas las opiniones y posiciones (por ejemplo respecto a las realizaciones de Perón, mirada sesgada que solo mostró unas cosas y omitió otras, aunque sí se lo ve como capitán en el golpe del 30, a eso me refiero por honestidad) pero reconozco y valoro mucho lo hecho y cómo estuvo hecho. Es claro que se trata de una mirada reivindicatoria del propio Leopoldo Nacht que ha sufrido exilio y seguro que muchas otras cosas a causa de sus ideales y militancia política. En un punto me resulta sorprendente encontrar en su voz las mismas voces que se oían en los setenta. Desde otro lado me pregunto cómo los 40 años siguientes operaron en la modificación o no de esa mirada. Hoy es un hombre mucho mayor que el que era entonces, tal vez no sigue pensando igual o leyendo igual a la realidad. O sí. No lo sé.

A estos reconocimientos y valores, le agrego también algunas objeciones o propuestas de reflexión.

La más importante es que creo que la pretensión era demasiado ambiciosa y cuando lo que se pretende es incluir todo, se pierde esencia y por momentos el eje y al no poder ahondar en todo hay cosas que arriesgan caer en el panfleto (superficial, bajada de línea y así).

Ciertas referencias y comentarios quitados de contexto brindan informaciones tergiversadas en su lectura actual, lo de ayer debe ser leído en el contexto del ayer, no puede ser leído en el contexto del hoy. Lo sucedido en algún momento del pasado no puede ser transpolado al presente como si se tratara del mismo mundo, de las mismas cosmovisiones epocales.

Si bien Sarmiento dijo lo que dijo, lo dijo en otro contexto del mundo, cuando la Weltanschauung de los "esclarecidos" era europeo-céntrica, cuando se creía -todos lo creían- que la civilización occidental iba a ser la portadora del cambio de paradigma social y "elevaría" la vida de todos, un mundo en el que la idea del OTRO era sinónimo a inferior e indeseado, inferiorizable, usable, operable, convertible, mejorable. La idea misma del OTRO surgió al conocer el hombre europeo luego de sus viajes por el mundo, esas otras personas tan ajenas, tan extrañas, tan exóticas, lo que fue un hondo shock cultural, era un otro que como no hablaba un idioma europeo, no hablaba, era un otro que como no tenía constituida la familia igual, no la tenía constituida de ninguna manera, era un otro que como no construia catedrales no tenía fe religiosa ni espiritualidad o alma.... un otro que se podía apresar y esclavizar, conquistar y colonizar, cristianizar y aggiornar. Ese OTRO esencial dibujaba claramente y por oposición al UNO escencial, blanco-refinado-europeo, y era degradado en su condición humana. En un mundo así vivió Sarmiento. En un mundo que no apreciaba la escolaridad porque era un bien privilegiado para unos pocos y que había sido solo para la Iglesia (acordémonos de El nombre de la rosa, de Umberto Eco), vino este señor y trajo la idea de la enseñanza universal, basada en los principios de la Revolución Francesa. Educación universal y laica porque era profundamente anticlerical, lo que era todo un avance en la época y eso no se menciona en el documental que habla de lo occidental y cristiano. La educación pretendida era, claro está, la moral y la cultura del hombre blanco europeo, porque la del nativo se veía como baja, degradada. Pero se veía así por todos. No solo por Sarmiento (que además era masón, o sea, alguien que bregada por la igualdad de derechos y la libertad de todos, pero en un contexto de educación). Sin poner este contexto queda como que el "padre del aula" era un reverendo hijo de puta que lo único que quería era matar indios y gauchos. Creo que merece una lectura más respetuosa y menos panfletaria.

Por ejemplo -y para hablar de algo que sé un poco más-, cuando se esgrimen acusaciones de antisemitismo a gobiernos y países en las décadas del veinte y el treinta  (solo se habrá salvado el de Checoslovaquia porque Mazaryk, su presidente, también masón además estaba casado con una judía) se pierde de vista que el mundo veía con agrado el milagroso resurgimiento alemán luego de la humillación de Versalles y sus consecuencias leoninas y que tenía a Hitler y a Mussolini como modelos de líderes que no solo eran los factotum del resurgimiento sino que hablaban con la voz del pueblo y recibían su apoyo. El antisemitismo exhibido naturalmente por la mayoría de entonces  no era de temer (distingamos el antisemitismo exclusionista del exterminacionista), era el folklórico, el de siempre, el que nació en el siglo IV con el imperio de Constantino, nada nuevo ni digno de mención: el judío se "sabía" que era de poco fiar y tenía las características descriptas por la estereotipia conocida, en particular la agregada a mediados del siglo XIX con el concepto mismo de antisemitismo (lo judío ya no como religioso o cultural sino genético) y rematado por el fraude de Los Protocolos y el Judío Internacional de Ford. Todo esto era tomado por cierto por la gente y por muchos académicos, recordemos el juicio a Dreyfuss y los debates en la Francia hondamente judeófoba. Todo esto hacía que apoyar al nazismo y expresar ideas antisemitas no fuera raro o no estuviera penado como lo sería hoy, ni ajeno a la moral y a los usos aceptados. No había sucedido la Shoá, los campos de exterminio, los hornos crematorios, la industria de la muerte no era siquiera algo que existiera en la imaginación más fertil de nadie. Se era antisemita porque los judíos no eran de fiar. Y listo, sin otras implicancias. Luego, si se esgrimen declaraciones de los gobiernos del momento traidas al presente y fuera de este contexto legitimador internacional, no se entiende bien y, peor aún, se corre el peligro de entender francamente mal. Lo mismo pasa con Sarmiento. Según mi opinión. Igual con Roca y la odiosa y odiada campaña al desierto y la persecución y asesinato de las poblaciones originarias, ese desdichado y vergonozoso genocidio local. El mundo lo tomaba como legítimo. Se había emergido de la esclavitud hacía muy poco (en Sudáfrica el apartheid duró mucho más, hasta ayer no más), los consensos sobre lo que estaba bien y estaba mal eran muy diferentes a los de hoy, luego, tomar esos hechos sin contextualizarlos o haciéndolo solo desde el punto de vista binario de poderosos-capitalistas-

explotadores versus pobres-ignorantes-confiados-trabajadores, es simplificar  y reducir el problema volviéndolo un panfleto pero no una auténtica reflexión. Y el panfleto enciende y puede estimular a alguna acción, pero no estimula el pensamiento.Las escenas de la Sociedad Rural son redundantes y provocan el efecto contrario al deseado, creo. Se entiende lo que quieren decir, pero la reiteración lo banaliza y termina ofendiendo al espectador que, esté o no de acuerdo, piensa "está bien, ya entendí lo que me quiere decir, no soy  idiota", .Algunas secuencias en las que se toman imágenes de la Shoá tampoco me parecieron necesarias, incluso tal vez confusas. Otra vez, por la ausencia de contexto: no es lo mismo lo que no es lo mismo y, repito, cuando se quiere poner todo, no se puede detener a explicar por qué no es lo mismo, en qué se parece, en qué no, y por qué se toma esa imagen. Las imágenes del Holocausto se han vuelto lugares comunes muy peligrosos que van vaciandose de sentido a medida que se banalizan en su repetición. Estamos en un momento difícil en ese sentido. Nos estamos planteando el sentido de la memorialización y la difusión de algunas cosas que terminan siendo clichés, marcas, modas.Pero, apreciados Ernesto y Leopoldo, todo esto vale la pena ser escrito porque el producto que hicieron lo vale y como bien dicen sobre el final al expresarse en contra del pensamiento único, espero que reciban con todo el respeto con el que lo envío, estos comentarios sobre el film, porque solo han surgido en el contexto de mi aplauso y reconocimiento. Tanto valoro vuestra honestidad intelectual, que no dudo en escribir y enviar esto como devolución obligada.

No depende solo de mi decisión porque integro una organización, pero propondré este film como herramienta de trabajo para conocer, revisar y reflexionar sobre la historia del nazionalismo argentino. De paso: qué maravilla la frase de que los nazis tenían a Hitler, los fascios a Mussolini y los nuestros a Dios.

Gracias y reciban mi abrazo fraternal,

Nota en Pagina 12 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-21718-2011-05-18.html

Un hombre serio busca sentidos en el mundo actual

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La vida no es más que una sombra en movimiento, un pobre actor que pasa contoneándose y arrebatado por el escenario y luego no se lo oye más. Es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y furia, que no significa nada. William Shakespeare. La tragedia de Macbeth, Acto 5, Escena 5.

La pregunta por el sentido de la vida ha acosado a innumerables pensadores en la historia de la humanidad a los que ahora se han sumado los hermanos Coen. Su aporte en tono ligero de comedia, es decir, desgarrador pero sin estridencias, es que la pregunta misma por el sentido ha dejado de tener sentido.

Han construido su película a modo de parábola, igual a como lo hace la Torá por ejemplo con la historia de Job, ese hombre bueno que jamás permitió que su fe en Dios flaqueara a pesar de las terribles desgracias que se cernieron sobre él. Larry Gopkin, un Job del siglo XXI, cree que haciendo las cosas bien, respetando las leyes y las tradiciones, será premiado con una buena vida. Vemos en la película una sucesión de desgracias que lo sumen en la angustia de no entender por qué. Job era un hombre de fe y no pedía explicaciones. Larry es un científico y clama por lógicas; cree que las conductas tienen consecuencias, premios y castigos, en una sucesión ordenada de procedimientos previsibles. Las paradojas de su clase de física se replican en su propia vida y la única respuesta que se da en el film, en boca de un personaje marginal, le resulta absolutamente insoportable: “acepta el misterio”. También es otro personaje marginal quien le sugiere que, “cuando el misterio es grande un judío le pregunta al tsadik”, en ese caso al rabino Marshak.

Y Larry, un hombre serio que está convencido de que debe portarse bien y así lo hace, no consigue, por más que lo intenta, ver al rabino. Consulta en su lugar a otros dos rabinos que incrementan su angustia y ahondan sus preguntas y las faltas de respuestas. Recién al final, en una burla a todos sus esfuerzos, es su hijo quien recibe el premio de una entrevista con el famoso rabino, ese hijo tan poco serio que no respeta a la escuela ni a sus enseñanzas, que roba dinero, que lo  único que le interesa en la vida es el rock, que hasta hizo su Bar Mitzvá drogado con marihuana. Quién se porta bien sufre desgracias, quien se porta mal es premiado.

“Acepta con simplicidad todo lo que te pase” es la cita de Rashi con la que se abre el film. Le sigue una deliciosa historia ambientada en un shtetl, hablada en idish, en el mundo que terminó con la Shoá. Este prólogo, una típica historia de dybbuks, muertes y aparecidos, sirve como carátula de lo que seguirá, nos anticipa que lo que vamos a ver tiene que ver con la búsqueda de explicaciones y sentidos ante los misterios de la vida, la lucha entre la lógica y la fe.

Luego conocemos a los personajes y se van desplegando las situaciones en las que los pérfidos hermanos Coen sumen al pobre Larry, a quien ubican en una tranquila comunidad del medio oeste norteamericano en la primavera de 1967. Una esposa que decide abandonarlo por un amigo, viudo reciente, pomposo e insufrible, unos hijos demandantes y egoístas, un hermano delirante que construye un mapa indescifrable, todos a su cargo, todos sobre sus hombros. En su condición de profesor de física en una universidad  recibe a un alumno coreano reprobado que sin empacho le ofrece un soborno para que le cambie la nota a lo que se niega terminantemente porque “toda conducta tiene sus consecuencias” siguiendo la lógica interna que lo guía. Un colega le cuenta que su esperada tenure (posición vitalicia como docente) es amenazada debido a unos anónimos que lo injuriaban. Un vecino goy (con todas las características que los judíos invisten a los antisemitas) invade su propiedad y Larry no puede frenarlo e impedirle el avasallamiento. Hasta debe pagar el servicio fúnebre del “novio” de su esposa que muere en un accidente. Estas pequeñas desdichas, sumadas, potenciadas, lo conducen a consultar con abogados, a asumir el alto costo que implica y a irse hundiendo en la absoluta arbitrariedad de estas “plagas de Egipto” que han caído sobre él sin motivo aparente alguno. Su lógica está subvertida de manera radical.

El final es la confirmación de esta desgarrada subversión. Como premio por su Bar Mitzvá, el hijo de Larry, cuya conducta dista mucho de ser seria, es premiado con la entrevista con el rabino, la que su padre no pudo conseguir a pesar de la seriedad con la que intenta ser un hombre serio. Y en el colmo de la subversión, uno espera que el tsadik hable y derrame sabiduría, pero sus palabras son los dos primeros versos de un rock de moda que confirma, por el absurdo, el vacío de respuestas y la inutilidad de toda pregunta. En el inglés torpe de un inmigrante dice: Cuando descubrís que toda la verdad son mentiras y muere toda tu alegría interior….(When the truth is found to be lies, and all the joy within you dies), y dejando la frase abierta, sin terminar, nombra uno a uno –como quien cita una referencia bibliográfica- a los integrantes del grupo Jefferson Airplane, los intérpretes. Esta cita del sabio valorado por toda la comunidad, genera una alianza  con el azorado y poco serio jovencito para quien la música es lo único serio en la vida. La sabiduría del Tsadik  inventado por los Coen es precisamente ese salto conceptual, esa aceptación de un rabino de los nuevos códigos que mantendrán, tal vez, viva y vibrante la identidad judía y abrirá nuevas expectativas de sentidos y respuestas.

Hay en el film tres épocas que construyen la parábola del relato: 1ª, el shtetl  y su mundo estructurado con sentidos establecidos que no se cuestionan; 2ª, la década del sesenta con un mundo que viene de cambiar y está empezando a reaccionar frente a lo que pasó en la Shoá y el desgarrador debate y la crisis de sentido consecuente y finalmente 3ª, la actualidad, 2009, -año en que fue filmada la película- con la pregunta de ¿cuál es el sentido de preguntarse por el sentido? En esta trayectoria hemos ido caminando de un mundo de certezas hacia un mundo en el que la única certeza es que no hay certezas. Dice el film que es en vano buscar respuestas a los grandes interrogantes que plantea la vida y mucho más en vano todavía esperarlas de un Dios que ha enmudecido y quizás hasta se divierte con las miserias y los padecimientos de los hombres (como los Coen con los sufrimientos del pobre Larry y las respuestas bizarras de los tres rabinos).

Algunas cosas sucedidas en el mundo quedaron sin mencionar en este arco temporal y me resisto a creer que de manera ingenua. Por ejemplo la Shoá, donde todas las explicaciones lógicas y la fe se pusieron en cuestión, hecho sucedido entre el mundo del shtetl y la década del 60. El tsadik de la palabra esperada es un hombre mayor que habla mal inglés, un inmigrante adulto, o sea, un sobreviviente, pero que no habla sobre ello. Su silencio tal vez aluda a la imposibilidad de encarar esta tragedia desde la perspectiva del sentido (aunque ya lo hiciera Viktor Frankl, pero desde el punto de vista individual). Hay otros dos sucesos que no pueden ser mencionados porque pasarán poco tiempo después pero tampoco debe ser inocente que los Coen ubiquen el film en la primavera del 67,  momento previo a dos eventos que serán esenciales para los judíos. Por un lado la Guerra de los Seis Días –verano del 67- que cambió la identidad judía de raíz: de víctimas, de sujetos desarmados del odio antijudío nos hemos vuelto vencedores armados y empezamos a ser vistos por nosotros mismos y por el mundo de un modo enteramente novedoso. Este triunfo determinó la irrupción del  antisemitismo político anti-sionista alimentado por la URSS, aliada geopolítica de los árabes, y pocos meses después el furibundo antisemitismo en Polonia en 1968 con la expulsión de los judíos que aún vivían allí. La Shoá, la Guerra de los Seis Días y el antisionismo están directamente relacionados con el cambio de la identidad judía y con la irrupción de nuevos sentidos que nos interpelan y que debemos aprender a decodificar y responder.

¿Será que el triunfo en la Guerra de los Seis Días revela la decisión de los judíos de no buscar más respuestas a preguntas filosóficas sino soluciones concretas? Larry Gopkin, nuestro hombre serio sujeto al viejo paradigma, jamás habría aprobado la lucha armada, seguiría pidiendo respuestas y explicaciones, seguiría, inútilmente, intentando portarse bien esperando recibir el merecido y prometido premio. Este judío inocente y bueno se exhibe como una rara avis, una especie en extinción no ya en manos del nazismo sino en manos de un mundo que tiene en el rock a sus autoridades filosóficas, un mundo en el que todo se trastoca, nada responde a las expectativas tradicionales, un mundo en el que una persona seria y que se porta bien parece estar fuera de lugar.  Es lo que dice otra canción que se oye varias veces en el trascurso de la película, un tradicional tema en idish,  “Der milners trern” (las lágrimas del molinero), en el que un hombre se pregunta por la causa de las desgracias que sufre y se ve inerme frente a la arbitrariedad injustificada. En el acorde final de la película los hermanos Coen, con cariñosa ironía y por las dudas, nos tranquilizan diciendo: “ningún judío fue herido en la realización del film”. Y ya no es Larry Gopkin con su mirada límpida y transparente, con su dolor de hombre serio que sigue esperando que el Bien triunfe sobre el Mal y que reine la lógica y se recupere el sentido, sino los mismos Coen los que nos invitan a pensar sin miedo ni estereotipos, a atrevernos a cambiar de códigos, a buscar en sitios nuevos, cómo seguir siendo judíos y no desesperar en el intento.

Diana Wang

Rojos de vergüenza

“Todo verde y un árbol lila” de Juan Carlos Gené – Teatro CervantesConocer, aceptar y asumir, como argentinos, que nuestro gobierno ha sido cómplice de la muerte de tantos, es duro pero inevitablemente necesario. No me refiero a la reciente dictadura militar, aunque bien podría aludir a ella la frase anterior, sino al comienzo de la década del cuarenta, cuando miles de judíos europeos buscaban refugio y las puertas del mundo se les cerraban en la cara. También las de Argentina. ¿Cuántos miles de personas perecieron porque el entonces canciller Cantilo ordenó a sus diplomáticos no emitir visas para esos “indeseables” que imploraban a las puertas de las embajadas? Se acaba de estrenar en Buenos Aires “Todo verde y un árbol lila” de Juan Carlos Gené. Cuenta la ordalía de un joven alemán recién llegado a la Argentina que intentaba conseguir los papeles para salvar a su familia. El burócrata que va respondiendo con evasivas, con comentarios despectivos, requerimientos imposibles de ser satisfechos, nos avergüenza y abruma. Rudy Laser intenta infructuosamente conseguir la “llamada” para poder traer a sus padres y a su hermana Lotte que esperan en Hamburgo. Un Hamburgo cuyas paredes se van corriendo en una progresiva opresión mientras se les quita poco a poco el trabajo, las posesiones, la intimidad, las decisiones, la dignidad y por último la vida. Van y vienen las cartas. En unas, Rudy habla de la adaptación a este nuevo país, a su idioma, sus costumbres y los avatares de sus intentos de conseguir los papeles. En otras, Lotte cuenta los sueños de los que esperan, el desaliento, la frustración, el pedido perentorio de salvación, con medias palabras, sin decir nada del todo por temor a no salvarse la censura. Y en medio, el empleado consular, los papeles, el dinero, los sellos, las fotos, los certificados, los tiempos inexorables, las negativas, la impotencia, el deambular por oficinas públicas de los refugiados alemanes y austríacos en aquellos años que, para muchos argentinos resultará seguramente un hecho desconocido. Daniela Catz es en la vida real, la nieta de Rudy. Tenía un manojo de cartas dirigidas a él, escritas por su hermana Lotte entre 1938 y 1940, las hizo traducir y se las mostró a Juan Carlos Gené quien concibió y construyó con ese material esta magnífica obra que, con sencillez y transparencia nos sume en una reflexión profunda sobre las consecuencias concretas de la indiferencia. No hace falta ser judío o alemán para sentir hervir la sangre. Cualquiera que comparta esta ceremonia de exorcismo colectivo y vea abrirse esta porción abyecta de nuestro pasado nacional no podrá menos que ponerse rojo de vergüenza. La Circular 11, emitida en 1938, negada por los sucesivos gobiernos que supimos tener, era una pesada sospecha antes de confirmarse su existencia hace unos pocos años. Aunque lo sabían los judíos que solo consiguieron ingresar a la Argentina mintiendo sobre su origen, aunque Uki Goñi lo publicó en “La auténtica Odesa”, recién con el documento probatorio en la mano fue indudable que a partir de julio de 1938, el gobierno argentino había prohibido el ingreso a judíos. En 2005 el canciller Bielsa remontó esta vergüenza nacional y procedió a su derogación. Juan Carlos Gené honra su habitual compromiso ideológico y hace pública la existencia de la vergonzosa Circular 11. Con las cartas como texto, una puesta engañosamente simple porque transcurre en varios niveles, excelentes actuaciones y una escenografía despojada, nos conmueve y sumerge en esta historia particular de la familia Laser a quienes seguimos en estos dos años de intercambio epistolar y, conteniendo el aliento, los acompañamos en la progresiva tensión del nudo que aprieta y ahoga toda esperanza. Daniela Catz es ella misma en un ejercicio de memoria conmovedor y es también su tía abuela Lotte a quien se parece tanto. Desfilan ante los espectadores los documentos, las fotos, los parecidos, los sobres, las evidencias de la verdad y uno está ante un fragmento de realidad tejida y compuesta por la ficción dramática. Gené es él mismo, comenta, traduce, guía, señala, subraya, demiurgo de este docu-drama, dolorido testigo de la iniquidad. Ora en el centro de la escena, ora en uno de los costados, encarna la conciencia moral, es el contexto, nos recuerda –por si lo olvidamos o no lo habíamos advertido- el horror que está implícito en los distintos momentos de la acción. Y repite irónicamente, como una letanía, que “era una cuestión de apellidos”. Dice Zully Wyszogrodski, hija de sobrevivientes como yo, que “se trata de un homenaje a nuestros familiares, que Daniela trae a su tía abuela cada noche al teatro ante testigos-espectadores que celebran su llegada a Buenos Aires. No es un testimonio, ni un cuadro, ni un documento periodístico o histórico, ni una pintura, ni una obra literaria pero es todo eso a la vez. Es la magia del teatro que parece cambiar la historia y recibir una y otra vez a Lotte Laser cada noche de la mano de los actores”. Aída Ender, otra hija de sobrevivientes, recordó la conocida frase en idish az men leibt, deleibt men, si uno vive lo llega a vivir, aludiendo a nuestra fortuna de poder compartir esta ceremonia de reconstrucción de la memoria y de recomposición familiar, en homenaje a las familias que la Shoá ha desmembrado sin remedio. Es también el reconocimiento, como argentinos, de la responsabilidad que nos cabe y les debemos esa satisfacción póstuma a los perpetrados, a los sobrevivientes y a todos los que respetamos los más elementales derechos humanos. Es lo que nos permite este trabajo hondamente encarnado que se exhibe a partir del 3 de noviembre de 2007, en el teatro Nacional Cervantes, en la sala Orestes Caviglia.

Poderoso caballero es don dinero – Comentario sobre Black Book

Black Book, dirigida por el holandés Paul Verhoeven, estrenada en agosto de 2007 en Argentina, no es una película sobre el Holocausto. Aunque transcurre en Holanda durante ese período, aunque hay nazis, judíos perseguidos, asesinados, escondidos, resistentes, cómplices y colaboracionistas, no es una película sobre la Shoá. No nos enseña sobre los mecanismos del horror, la industria de la muerte, las motivaciones ideológicas pseudocientíficas, todo aquello que hace de la maquinaria nazi el modelo universal del Mal. Creo que es un film sobre dos temas en particular. Trata por un lado, sobre la infinita capacidad del ser humano para defender su vida y los recursos a los que puede apelarse y que no se sabían disponibles porque no son necesarios en la vida “normal”. En efecto, la protagonista, Rachel Stein, o Ellis de Vries según su nombre ficticio no judío, encarna esta característica humana de sostener la vida aún cuando todo parece hacerlo imposible y de improvisar, encontrar una salida, aventurarse, arriesgarse y seguir adelante a pesar de que todo pareciera estar en contra. La fuerza de la vida, la tenacidad con la que nos aferramos a ella no es una novedad en los films que toman este aspecto de la Shoá como temática, ya fue exhibido varias veces de diferentes maneras (recordemos el reciente “El pianista” entre otros). Pero lo que me parece central en la propuesta de Verhoeven, y que lo vuelve completamente original si pensamos en la filmografia dedicada a la Shoá –y no solo en las películas-, es su tratamiento sobre el tema del dinero. Toda la acción dramática gira alrededor de ese elemento bastardo, oculto y determinante de gran parte de la conducta humana, el dinero. En el film, es el dinero –como en la vida- el motor de las traiciones, desde uno y otro lado. Y el dinero ha sido uno de los temas de más difícil acceso cuando se trata de la Shoá. No suele abordarse de manera franca. Se lo oculta, se lo disfraza, se lo teme. El dinero enturbia el abordaje de las situaciones, las complejiza de manera confusa. El dinero introduce diferentes e incómodos matices de grises, redefine a algunas víctimas, redibuja a algunos perpetradores. Aunque sepamos que el dinero es una llave maestra, un lubricante poderoso de la conducta humana es inquietante la idea de que durante la Shoá quien dispusiera de dinero tenía acceso a recursos que no estaban al alcance de la mayoría. Con dinero se conseguía comida, armas, remedios, documentos, pases, pasajes, escondites, se evitaban denuncias, hasta a veces se impedían deportaciones. La mayoría de los nazis y sus cómplices -polacos, ucranianos, húngaros, alemanes, lituanos, rumanos y los demás- podían ser comprados con dinero, siempre y cuando, claro, estuvieran seguros de no ser descubiertos. Rudolf Kastner por ejemplo, fue el protagonista de un salvataje aventurado. Cuando dirigía el comité judío de ayuda y rescate en Budapest consiguió salvar a 1684 judíos húngaros de la deportación y la muerte, dejándolos a buen reparo en Suiza a cambio de dinero, oro y diamantes. Luego de la invasión nazi a Hungría en marzo del 44 con la llegada de Eichmann para hacerse cargo de la solución final, fue con él que negoció Kastner la salvación de cuantos judíos le fuera posible. Para poder subirse a lo que se conoce como el “tren de Kastner” hizo falta pagar mil dólares por cada pasajero. Los más ricos solventaron unos 150 pasajes para los más necesitados pero en la puja por salvar la vida los precios comenzaron a subir. Kurt Becher, enviado de Himmler, exigió por ejemplo 50 asientos para algunos que le habían pagado aproximadamente 25 mil dólares por persona. Esto permitió que fuera liberado en el juicio de Nürenberg merced al testimonio de Kastner que probó que la acción de Becher permitió la supervivencia de ese puñado de personas. El rescate recibido por el total del pasaje del tren superó los 8 millones de francos suizos. Las negociaciones de Kastner hicieron posible que estas personas siguieran vivas lo que no impidió que siguiera siendo un personaje contradictorio y controvertido. En 1957 un sobreviviente lo mató en Israel bajo la acusación de traición hacia los judíos húngaros porque mientras negociaba con los SS la salvación de unos pocos no les había informado sobre los verdaderos planes de los nazis. Aunque fue exonerado post mortem por Suprema Corte israelí, su conducta y las consecuencias de la misma –tanto la salvación de los judíos como la acusación de traición que recibiera posteriormente- son prueba de la forma en que la introducción de la variable dinero complejiza el panorama y perturba el entendimiento. ¿Cuántas de las mil doscientas personas que formaron parte de la famosa Lista de Schindler, por ejemplo, pagaron para ser incluidas en ella? ¿Por qué es un aspecto que no se suele mencionar? ¿Qué tiene de malo preguntarlo? ¿Qué tiene de malo saberlo? ¿Les quita acaso a las víctimas su condición de tales el hecho de haber pagado para ser salvados, las vuelve menos inocentes? ¿Por qué se puede mencionar el robo, la mentira, la falsificación como recursos válidos y respetables para conseguir la supervivencia y se deja de lado la mención del dinero? Hablar de dinero ensucia sin dudas el escenario de la Shoá. Como si la Shoá fuera un espacio diferente del de la vida, sacralizado, puro, incontaminado de las miserias del mundo, sub o supra humano. Como si sus protagonistas no hubieran estado viviendo en la misma realidad que el resto de las personas. Como si su participación en esta espantosa ordalía los eximiera -o los debiera eximir- de las cosas comunes de los demás, como si los elevara a un estado de gracia en el que, como se juegan la vida y la muerte, no podemos tocar semejantes aspectos impúdicos e indelicados. Ya en 1976 Terrence Des Pres, escribió el escalofriante texto sobre la violación excrementicia . Tuvo la osadía de hablar allí de otro tema no abordado con anterioridad y tampoco a posteriori, los deshechos corporales. Con impudicia y mirada descarnada de cronista, desgrana ante nuestros ojos azorados el tratamiento que recibían los prisioneros judíos en los campos de concentración a la hora de tener que evacuar sus intestinos: el procesamiento, los métodos, las humillaciones y bajezas, la forma en que fueron reducidos, lesionados e infectados en el camino de su deshumanización y en el imborrable, vergonzoso y humillante recuerdo que guardan de ello. Nunca más luego del mencionado texto se habló de eso. De manera similar, el valiente film de Paul Verhoeven se atrevió a exponer el tema del dinero. Y duele, claro que duele y molesta. Revela -una vez más- el grado de la injusticia que implica que algunos posean más, tanto más que otros y sus consecuencias. La misma injusticia que observamos hoy fue desplegada durante la Shoá. Los que tenían dinero, disponían gracias a ello de una posibilidad más de sobrevivir. Podían conseguir comida, refugio, pagar con sobornos casi cualquier cosa. Pero el dinero no fue garantía segura, también hizo falta suerte. No bastó la disponibilidad de dinero, como lo prueba el film que comenzaron estas reflexiones. A veces fue un señuelo tan tentador que motivó la denuncia de los codiciosos y con ella la deportación y el asesinato de las víctimas. En el film de Paul Verhoeven la trama va siendo tejida por el ansia de dinero que lleva a mentiras, traiciones, inmundicias similares a las descriptas por Des Pres en su texto sobre los excrementos. El cubo de excrementos vaciado sobre una persona es una metafórica confirmación de esta relación que estoy senalando que ya había sido hecha por Freud que ilustraba los placeres retentivos tanto en las heces como el dinero, dos aspectos inherentes a nuestra humanidad social. En 2003, Norman Finkelstein publicó un libro polémico, duramente resistido, “La Industria del Holocausto”. Denuncia a algunas organizaciones que en nombre de los sobrevivientes reclaman dinero compensatorio, el que parece tener un destino incierto, no siempre en manos de sus destinatarios. Hijo de un sobreviviente de la Shoá, se atreve a hacer esta denuncia que lo coloca en la vereda opuesta de la corrección política respecto del Holocausto. Fue tan fuerte su incorrección que la presión de los correctos ha determinado la anulación del contrato que lo ligaba a perpetuidad como docente en la Universidad DePaul en Chicago. Este contrato, llamado tenure en USA, es revocado solo en contadísimas situaciones y siempre por causales muy severas. La católica universidad de DePaul prefirió separar al catedrático ante la presión de los bienpensantes que consideran de muy mal gusto la exposición de algunos temas cuando a la Shoá se refiere. Tal vez esta universidad prefirió lesionar la libertad de expresión e investigación de este miembro de su cuerpo académico antes que ser acusada de antisemita, riesgo que ninguna institución católica querría correr en vistas de su participación durante muchos siglos en Europa en el alimento de la hoguera del sentimiento antijudío. En este mundo que adora las proposiciones netas, los buenos de este lado, los malos de aquel otro, la Shoá sigue siendo un coto limitado a algunos temas. No está bien visto mencionar cosas tales como traiciones, pujas por el poder, sexo, excrementos o dinero. A más de sesenta años de su finalización, con gran parte de los sobrevivientes ya silenciados por el riguroso paso del tiempo, todavía hay cosas de las que no podemos hablar. Black Book tendrá este mérito.

Las guerras, los hijos: una película en gris.

Comentario sobre “La conquista del honor”

(Flags of our Fathers) 2006, Clint Eastwood.

Esta nueva película de Clint Eastwood podría ser vista desde varios ángulos o géneros.

Es ciertamente una película de guerra con sus escenas excelentemente logradas y que no ahorran al espectador el horror de la carne destrozada, la confusión de los momentos de ataque, el caos entre el humo y la angustia. Para quién no lo sabía, para quién sigue teniendo imágenes edulcoradas de la guerra tipo serie norteamericana de los cincuentas y sesentas, con soldados limpios y recién afeitados, tomas luminosas y gestos trascendentes, podrá ver acá que la guerra es deprolija, sucia, que la guerra es un infierno, que las decisiones de matar a un enemigo no son banales, que el miedo, la indefensión, la crueldad, la pregunta de ¿qué estamos haciendo acá?, acosa a los protagonistas y luego los persigue toda la vida.

Es sin ninguna duda una película crítica al gobierno norteamericano, que revisa el uso político de la guerra en la exhibición sin pudor de los soldados y de algunos hechos como meras piezas de marketing; lo verdaderamente sucedido pierde importancia ante la necesidad de “vender” una imagen determinada. Lo vivido por los muchachos en el frente se desdibuja, se pierde en el relato y en el uso que se hace del mismo, se tergiversa, se bastardea. Es en este sentido también una película sobre la complejidad y la forma en que ésta es simplificada para –según creen los “expertos”- que pueda ser leída por el “gran público” que quiere pocas palabras, blancos y negros, buenos y malos, si es posible una imagen que resuma todo y que no sea necesario bucear demasiado para saber –o creer saber- de qué se trata. Esta película transcurre entre los grises de lo que se dice y de lo que se es, entre las razones alegadas y las que nos mueven –individual y políticamente- de verdad y es, en este sentido, perturbadora e inquietante.

El tema del héroe, es otro ángulo desde donde ver la película. Los soldados protagonistas del hecho son “heroificados” en los relatos porque “es lo que la gente quiere oír” pero fundamentalmente porque la gloria hace más fácil “abrir sus bolsillos”. El show patético se arma para recaudar dinero, con la escena simbólica de la plantación de la bandera que hace contrapunto con frases tiradas como al pasar que deshacen el concepto de héroe, lo revisan y proponen ideas menos gloriosas, menos románticas, más pedestres sobre la conducta heroica atribuida. “Uno no lo hacía por la patria, lo hacía por el compañero que tenía al lado” explica uno. “Me uní a los Marines porque era el uniforme que más me gustaba” dice un soldado cuando le preguntan por qué se unió al cuerpo. Son los libros de historia, los creadores de héroes los que después lo cuentan de otra manera. Los protagonistas no se reconocen en lo que se dice que hicieron. Hay gran distancia entre lo que guardan en su memoria y el show mistificador escenografiado. Pero entran en la variante y ésa es su debilidad, se dejan convencer sobre la necesidad “patriótica”, no pueden sucumbir a la presión ni a la tentación de la notoriedad y se hacen cómplices de la mentira o no la pueden denunciar, lo que es otro de los ejes revulsivos del film. (Por ejemplo esta escena en la que durante un acto de recaudación les sirven helado con la forma de la famosa foto con la bandera y el mozo pregunta: ¿salsa de frutilla o de chocolate? Y se ve el helado blanco cubriéndose de color rojo).

Estas posibles miradas tienen cada una lo suyo para calificar a esta película como un aporte más a la revisión del lugar de los medios en la determinación de conductas y procederes y sobre el sentido de las guerras, en un mundo en el que la industria bélica determina la necesidad de mantener frentes de conflicto constantemente. (ver “El señor de la guerra”, -Lord of the War- 2005, de Andrew Niccol, con Nicolas Cage )

Pero de entre las diferentes perspectivas posibles, como hija de sobrevivientes de la Shoá, se me abre la perspectiva desde los hijos. La línea argumental, efectivamente, está dada precisamente por James Bradley, el hijo de “Doc”, autor del libro, que es el protagonista entre las sombras, el que tira del hilo, el que busca, el que entrevista a los sobrevivientes preguntando por su padre. Demasiado tarde. Como muchos de nosotros, su curiosidad despierta cuando no tiene a quién preguntar. Encuentra objetos en una caja, fotos, una medalla, igual que nos pasa a nosotros cuando nos encontramos con cosas atesoradas por nuestros padres que no sabemos qué son, por qué estaban guardadas, qué representaban para ellos, qué historia de ese paso que nos es esquivo están ahí escondidas en una huella muda. La figura del hijo aparece primero a contraluz, o sea que no se ve su cara y a lo largo de las dos horas de la película se va iluminando, va cobrando perfiles reconocibles hasta que lo podemos ver claramente. Es una metáfora visual de lo que nos sucede a los hijos cuando investigamos algo de las vidas de nuestros padres, algo significativo que nos ha constituido y que desconocíamos. Quedan en nuestras manos, algunas revisiones, comprensiones, armados de piezas desarticuladas que no pudieron ser organizadas por nuestros padres y que nos permitan comprender algunas de sus banderas de luchas o de silencios.

Esta película de Clint Eastwood es sobre la guerra y la política pero también es sobre un hijo que quiere saber. A diferencia de nosotros, los hijos de sobrevivientes de la Shoá, su padre había sido un héroe, sabía que había sido famoso en su tiempo, pero, igual que nosotros, se preguntaba por qué no hablaba sobre eso, por qué se hacía negar cuando le preguntaban, por qué se mantenía en silencio. Se confirma algo que propuse en “El silencio de los aparecidos” (1998) como una de las causales del silencio: más que el dolor o el horror, hay a veces humillación, otras, vergüenza. Los protagonistas de “Banderas de nuestros padres” no pudieron hablar porque, enredados en la mentira, sintieron la vergüenza de no haber sido capaces de decir la verdad, se acusaron de haber sido cómplices al avalar una versión equivocada con el objetivo de su supuesta utilidad política. Desde otra orilla los hijos de sobrevivientes de la Shoá sabemos que el dolor de la impotencia inheroica cierra las bocas. “Callaban porque no podían olvidar” dice alguien en un momento. Un silencio construido como dique frente a la avalancha de la memoria que duele.

Un último comentario sobre la increíble traducción al título original. ¿Cómo “"Flags of our fathers" –banderas de nuestros padres-, pudo transformarse en “la conquista del honor”? ¿cuál es el traductor instantáneo que usaron? ¿cuántas películas bélicas tienen en su título la palabra “honor”? ¿qué misteriosos designios operan en las mentes de los distribuidores? Probablemente creyeron que el título con la palabra honor sería más convocante, o que tal vez la gente no entendería –como no lo entendieron ellos- que la mención de la palabra “banderas” es crucial porque toca varios niveles de la película.

La búsqueda del hijo de “Doc” se da a partir de la famosa foto de los soldados plantando la bandera en Iwo Jima. Fue tomada el 23 de febrero de 1945 por Joe Rosenthal, fotógrafo de la Associated Press y recorrió el mundo como símbolo del triunfo de los aliados sobre el eje del mal cuando la guerra se había desplazado al Pacífico. “Doc” estaba en esa foto junto con otros cinco que también protagonizan el film. Se revela en la película que en realidad hubo dos fotos, dos banderas, que los mismos soldados no estuvieron en ambas fotos y que la historia se mantuvo secreta. Por eso el título lleva la palabra “banderas” en plural. Pero también habla de las banderas metafóricas, las razones de nuestros padres, las verdaderas razones y la deconstrucción de los mitos de gloria posteriores en una re-lectura más realista y despojada. Todo esto no aparece en el “mejorado” título que eligieron los creativos distribuidores argentinos, con lo cual, inadvertidamente, corroboran una línea de la película al cambiar las cosas para hacerlas más “digeribles”, más “potables”, en suma, más vendibles. También al quitar la palabra “padres” del título, desaparece la clave del autor para pensar su relato como un relato de un hijo (en España se mantuvo el original de Banderas de nuestros padres).

Lloro por las guerras, por la injusticia, por la impotencia que uno siente ante todo esto. También por la historia y algunos de sus cronistas, los constructores de mitos, los “mejoradores” de la realidad, los inventores de héroes y modelos imposibles de emular. Nuestros padres han sufrido mucho cuando se comparaban con estas construcciones en las que ellos no podían identificarse. Se recordaban vulnerables, abandonados, asustados, carentes de recursos, muy poco heroicos. El trabajo de Easwood basado en el libro de Bradley, nos devuelve a personas de carne y hueso con una mirada ácida sobre el contexto pero cariñosa sobre la vulnerabilidad humana. Elige prescindir casi del color y de las definiciones nítidas. Es una película en gris. En el gris profundo de nuestra conducta, tan imperfecta, reconocible y vulnerable.

Una vida iluminada (2005)

Deslumbrante puente de luz entre el pasado y el presente.

Jonathan Safran Foer es un joven escritor judeo-norteamericano. Escribió su primer novela “Everything is Illuminated”, -“Todo está iluminado”- a los 21 años. Su deslumbrante escritura, su frescura y su desparpajo proporcionan un nuevo lenguaje para hablar de la memoria, el pasado, la continuidad, las búsquedas, los mitos constituyentes, el duelo, el olvido, la identidad judía, la Shoá, el futuro. Todo junto y en revuelto y armónico montón. Este año se estrenó en la Argentina la película “Un mundo iluminado” que realizara Liev Schreiber basada en aquel texto, protagonizada por Elijah Wood (el Frodo de “El señor de los anillos”). Con valores propios en los que la imagen y el sonido son centrales, Schreiber construye con su film un producto diferente a la novela tomando uno de los hilos narrativos allí propuestos y algo de su desenfadado lenguaje y propuesta irreverente. Brevemente, cuenta el viaje a Ucrania del protagonista, Jonathan. Busca a esa mujer que está en una vieja foto de su abuelo, Augustine, la que supuestamente lo salvó durante la ocupación nazi. Lo recibe Alex, el traductor que ha contratado, un joven de su misma edad que sueña con los Estados Unidos como un paraíso, una meca ideal. Para uno el mito es el regreso a Ucrania para el otro el mito es la ida a los Estados Unidos. Cara y contracara, derecho y revés. Juntos emprenden el viaje a la Ucrania profunda, al pasado, en el presente. Pero no están solos. El coche destartalado que les sirve como medio de transporte, residuo de la época soviética, está manejado por el abuelo de Alex que también se llama Alex, un ucraniano ordinario y flagrante antisemita que usa antojos oscuros porque dice que es ciego. Va junto con su perra, Sammy Davis Jr.Jr., una perra desequilibrada y poco confiable. En desopilantes traducciones Alex nieto disimula los exabruptos ofensivos que Alex abuelo profiere hacia “el judío” y emprenden la aventura en el contexto del “Heritage Tours”, una supuesta agencia de viajes con un cartel está flanqueado por dos estrellas de David y que lleva a los judíos ricos de Estados Unidos a “visitar a sus judíos muertos”. Jonathan quiere conocer Trachimbrod, el shtetl donde nació y vivió su abuelo, el lugar en el que él viviría de no ser por lo sucedido en la Shoá. Es un coleccionista: colecciona objetos, cualquier objeto, testimonios, documentos, fragmentos de vida que resumen momentos, intentos desesperados por no perderse en el olvido, los guarda en bolsitas y les pega una etiqueta. Quiere conocer ese sitio que fue relato, cruzado por el río Brod, encontrar allí lo que allí quedó sepultado.

En una metáfora sobre la intangibilidad de la memoria, vemos las aguas caudalosas del río cubiertas por papeles, ¿escritos?, ¿libros? y oímos voces junto al sonido del agua, múltiples voces superpuestas y en sordina. ¿Dónde quedó la gente que habitaba ese lugar? ¿Qué pasó con toda esa cultura? ¿Cómo es posible que no quede nada? Es una búsqueda en la que el humor disfraza la mística y eterna pregunta sobre la vida y la muerte. Los que estaban y han muerto, ¿dónde están? ¿dónde están sus sueños, sus proyectos, sus palabras, sus amores, sus temores y debilidades, sus delirios y despertares?. Lo único que queda de Trachimbrod es una casa en el medio de un campo inmenso y alucinado sembrado de girasoles, una casa precedida por un espacio con ropa blanca colgada, ropa tendida al sol, ropa lavada, no se sabe de quién, para quién. Las sábanas se agitan con el viento a modo de espantapájaros, y nos saltan las palabras que acosan a toda Europa contenidas en la metáfora sobre los trapitos al sol, sobre el espanto de espantar lo que produce espanto. En esa casa vive la única sobreviviente del lugar, cuyo nombre desconoceremos y que parece ser la hermana de la Augustine buscada. Esta mujer ha quedado sola, como una sacerdotisa, para guardar testimonio de lo que hubo. Las paredes de su casa están colmadas de cajas y cajas con etiquetas disímiles: “anillos”, “cosas importantes”, “fotos”, “adornos” y cientos de otras. Dice que la tierra está llena de las cosas que dejaron los judíos y que ella las desentierra y las va guardando en cajas y catalogándolas adecuadamente. También es una coleccionista. También colecciona objetos que deben ser rescatados del olvido, objetos en forma de documentos que atestiguan que allí vivió gente, que nació y vivió por siglos y siglos. Ella también, al igual que Jonathan, uno el alter ego del otro, siente que debe luchar contra el olvido. Es un bordado de simetrías sorprendentes que unen a las generaciones a lo largo del tiempo y hacen un contrapunto de múltiples voces, superponiendo comedia y tragedia de un modo fantástico y fluido los personajes dialogan de manera refleja dibujando negativos y positivos de una misma trama.

No queda nada de Trachimbrod. Es como si no hubiera existido. No queda nada más que recuerdos en cajas y la vieja foto de Jonathan. Pero Alex, el abuelo, se re-encuentra con su propio pasado porque pronto comprendemos que él también era de allí. Antes de la Shoá se llamaba Baruj, era judío y en una de las matanzas colectivas había salido ileso por causalidad y decidió en ese acto dejar de ser judío. La escena de la matanza y los disparos es progresiva, no se nos muestra de manera lineal sino que se va construyendo a medida que el velo del forzado olvido se va descorriendo de los ojos del abuelo, a medida que recupera la visión. No es que era ciego, él decía que lo era y por eso llevaba a la perra porque, según él, ella veía por él. Al revés de los que no ven que no ven, el abuelo ve pero dice que no ve, hace como que no ve y nos interpela con ello. ¿Qué vemos y no vemos? ¿Qué hacemos como que no vemos? ¿Qué es ver? Lo cierto es que en la escena de los disparos, en un principio no sabemos si el abuelo disparaba o si había sido disparado, no sabemos de qué lado estaba, si de los asesinos o de las víctimas, si era el que sostenía el arma o el que recibiría la bala. Como espectador sentimos la desesperación por saber, nos resulta intolerable la incertidumbre, necesitamos catalogar nosotros también las cosas de un lado o del otro, los buenos aquí, los malos allá, y así poder seguir tranquilos. El film nos va llevando a un territorio de ambigüedad, al de lo más humano de nuestra humanidad que se resiste a leer en códigos de grises e insiste en los puros y prolijos blancos y los negros. Creíamos que las cosas eran sencillas, que el abuelo era un antisemita de tal por cual y que, en consecuencia, era uno de los asesinos. Pero no es así. El ucraniano antisemita que siempre que habla de Jonathan dice “el judío” resulta ser él mismo un judío que decidió hacer como que no lo era como suprema estrategia de supervivencia. ¿Cómo juzgarlo? ¿Cómo opinar sin haber estado en sus zapatos? Advertimos entonces nuestra incapacidad de comprender acabadamente la enormidad de lo sucedido, las paradójicas decisiones, a veces imposibles, que tuvieron que tomar en aquellas circunstancias. Y nos quedamos mudos.

Una langosta encerrada en un trozo de ámbar y el germen de la vida contenido allí, su ADN intacto es el germen de la eternidad. Un insecto preso en un broche, un insecto sobre la orilla del rio Brod. El broche conteniendo el insecto en la foto de Augustine, el mismo broche en la mano de Jonathan.

Pero el nivel de lectura puede hacerse más amplio y, si se quiere, abrumador. Ucrania y los judíos, la música que escuchamos nos es tiernamente familiar porque se parece tanto a nuestra música que creíamos judía y está hondamente emparentada con la profunda y eslava orientalidad europea. Lo judío entramado en lo ucraniano, tanto que no se sabe quién es judío y quién no, cuánto hay allí de lo judío, cuánto, cómo y dónde. Por extensión Europa. Toda Europa está expuesta. Europa y su actual antisionismo que vuelve a poner en el tapete la evidencia de que nunca hizo los deberes, que tiene sepultada su alma judía en cada terrón de tierra y sigue haciendo como que no. Igual que el abuelo de Alex, dice que no ve y necesita de una perra, “a bitch” (que en inglés es perra y también puta) que le preste los ojos. Europa prostituida por el auto-engaño durante siglos, que vivía bajo el simulacro de que los judíos éramos marginales, que daba lo mismo si estábamos o no, que si no estábamos era igual, hasta incluso sería mejor, los nazis hicieron el trabajo sucio pero al fin de cuentas, no está tan mal. ¿Cómo es la Europa de hoy sin judíos?

Vivimos en estos tiempos la sed de volver, a Polonia, a Alemania, a Rumania, “volvemos”, igual que Jonathan a un lugar donde nunca estuvimos. Volvemos al lugar en donde viviríamos si no hubiera sido por la Shoá. Hablaríamos ese idioma, oleríamos esos olores, miraríamos ese cielo. El film ilumina los agujeros negros del pasado en la búsqueda emprendida entre gentes y lugares, gentes de hoy buscando a quienes ya no existen, lugares que están pero que han dejado de existir. Y los europeos orientales nos ven “volver” y nos reciben contentos porque les traemos dólares y estos “regresos” se vuelven formas de vida para muchos, una forma absurda de desandar los caminos que la historia hace imposible porque la flecha del tiempo tiene una sola dirección. ¿O tal vez no?

Plena de símbolos, de sentidos, de significados, tantos como espectadores tenga, Una vida iluminada me ofreció, sobre todo, la renovación de la esperanza en la generación de los nietos. El film es de nietos y abuelos, nuestra generación, la del medio, la de los hijos, la segunda generación, está salteada. Jonathan Safran Foer, un nieto de sobrevivientes, nos propone que son ellos, los nietos, frescos, sin nuestras cautelas y temores, atrevidos y entusiastas, quienes encontrarán lo que muchos de nosotros no hemos podido ni siquiera empezar a buscar porque estamos, tal vez, demasiado cerca de la ausencia. Conmovida y emocionada por tantas imágenes que evocaban recuerdos, relatos imaginados, palabras oídas en susurros, sueños que no se terminaban de dibujar, quedó resonando en mí eso, esta idea de que hay un mundo por descubrir en manos de nuestros hijos y que si este film es un producto de uno de ellos, pues quedémonos tranquilos, la cosa está en buenas manos.