Utopías salvadoras y placares desatendidos.

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Fue a la plaza de la estación a poner su granito de arena. El país ardía en ese verano caliente de diciembre de 2001. Iba a la asamblea barrial. No creía que tenían que “irse todos”, creía que había que dar ejemplo de ciudadanía. Por eso llevaba su proyecto. Le decían “no vale la pena, la gente común no puede hacer nada”. No estaba de acuerdo. Creía que si cada uno hiciera lo que había que hacer, de a uno y a poquito, el país no estaría así. Y lo quería probar.

Eran unos cincuenta vecinos de pie alrededor del mástil de la bandera. Estaba Susana, la del kiosko de diarios, Román de la casa de sanitarios, Carlos de la farmacia, Alcira que le había dado de castellano a su hijo unos años atrás, los de enfrente, los de la vuelta, los de más lejos. Caras conocidas de gente que saludaba a la mañana cuando se veían por la calle. Todos enojados, con la rabia que hacía de sus ojos bases de misiles ante la pérdida de sus ahorros y la defraudación en sus vidas.  Susana tenía un cuaderno y a su lado había alguien que no era del barrio y que organizaba todo. Parecía que tenía experiencia en hacerlo. “Levanten la mano los que tienen una propuesta que hacer”. Varias se levantaron. “Susana irá haciendo una lista y después cada uno elegirá en cuál quiere participar”. Aplausos. Roque, furioso, propuso hacer un arqueo en la intendencia y deponer al intendente. Aplausos. Claudia ofreció investigar a los ricos del barrio, sus declaraciones juradas y posesiones y expropiarlos. Aplausos más tibios. Edmundo a su vez dijo que lo que había que hacer era intervenir los bancos y exigirles, especialmente a los extranjeros, que devuelvan los dólares. Aplausos estruendosos. Raúl exclamó que basta de pavadas, que había que ir al FMI y a la entidad que reúne a la banca internacional y demandar la debida reparación. Aplausos y gritos de apoyo.

Miró a sus vecinos y temió que la siguiente propuesta fuera invadir Suiza. Pero no, solo faltaba la suya. Dijo: “Amigos, lo mío es más casero. Vivo en la manzana del colegio, a las entradas y salidas siempre hay algún padre tapando la entrada de mi garage”. “A mi me pasa lo mismo” respondieron varios a su alrededor. “Propongo reunir a representantes de padres, alumnos y autoridades de la escuela junto con los vecinos afectados y trabajar para encontrar una solución posible para todos. Creo que es una manera excelente de aprender a ejercitar la democracia y un aprendizaje crucial para nuestros chicos y también, por qué no decirlo, para sus padres”. Aplausos acompañados por un “¡qué buena idea!” de algunos.

Una vez completada la lista de propuestas, llegó la hora de que los vecinos se ofrecieran a trabajar en la que tuvieran ganas de participar. La que concitó a la mayoría fue la de ir al FMI, “es un atajo, ahí está la madre del borrego” afirmó uno de labia encendida y puño enhiesto. Su entusiasmo fue tan contagioso que casi todos, con entusiasmo y determinación vindicativa, se apuntaron ahí. Las otras propuestas tuvieron menos interesados, una o dos personas a lo sumo. Cuando le llegó el turno a la suya, la de los padres que tapan los garages y la idea de juntarse todos los involucrados a pensar y decidir qué hacer, ninguna mano se levantó para acompañarlo.

Aceptó su dolorosa derrota.

Ya era tarde. Suspiró hondo. Volvió sobre sus pasos con la cola entre las piernas. En su camino de regreso se preguntaba qué había pasado con nosotros que preferíamos dejarnos embriagar por utopías grandilocuentes salvadoras del mundo y nos resultaba nimio y sin sentido transformador ordenar el interior de nuestro propio placard.


Publicado 17 de noviembre 2018 en el Suplemento Sábado de La Nación.

Caty, encontró algo de paz

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Caty no podía consigo. Todo le afectaba de manera mayúscula. Sus hijos saliendo de la adolescencia, sus alumnos de francés, su marido compañero y cariñoso, incluso sus padres y un grupo de amigos fieles, con todos esos tesoros no se sentía feliz. Sin serios problemas de salud ni premuras económicas, todo estaba bien pero la cubría constantemente una nube oscura que, a veces, hasta la hacía difícil respirar.

Luego de años de terapias de diferentes colores, tenía  colgadas en el living varias cabezas de terapeutas que no habían logrado aliviar ese eterno zumbido emocional agotador.

Era selectiva y perfeccionista,  muy “picky” como se dice en inglés.

Con sus emociones siempre a flor de piel todo le afectaba mucho. Cuando algo la hacía feliz, no había persona más feliz. Y cuando algo le dolía, no había en el mundo dolor más grande sufrido por nadie. Porosa a los demás, su fina empatía la hacía receptora ideal de confidencias. Pero la otra cara de esa misma delicada percepción de gestos y miradas, alusiones y climas, determinaba que bastara poco para que alguien le resultara molesto o incómodo.

Por su finísima sensibilidad para olores y sabores, paladeaba los vinos mejor que un sommelier cinco estrellas y combinaba los ingredientes en sus platos mejor que un chef egresado de Le Cordon Bleu de París. Cuando invitaba a su casa, su mesa era un dechado de buen gusto y distinción. Conocía tan bien a sus familiares y amigos que cada uno recibía aquello que más le gustaba, preparado de manera exquisita, amorosa y delicada.

Tan extrema sensibilidad se le volvía en contra con algunos sabores. Aborrecía el dulce de leche, las nueces, las berenjenas y el pepino, el ajo y el hinojo, el tomate cocido y la zanahoria cruda, la remolacha y la lechuga, los fritos no aparecían en su menú y las carnes, tanto las rojas como las blancas, debían estar en su punto justo, ni demasiado secas ni demasiado jugosas. No tomaba leche ni mate y la única bebida que toleraba era la limonada aderezada con una hojita de menta.

Le irritaban las aglomeraciones y la algarabía, las fiestas concurridas, las colas, los medios de transporte públicos, las esperas. Ir de compras era una tortura porque se probaba decenas de cosas y siempre encontraba “eso” que no estaba bien. Demasiado verde o poco azul. Muy apretado o demasiado suelto. Tan a la moda que parecía oveja masificada o tan demodé que se veía vieja antigualla.

Caty, inteligente y generosa, no era fácil. Su marido decía que era de alto mantenimiento. No le gustaba que la vieran quisquillosa, susceptible, exagerada o, como se dice hoy, intensa, pero no podía remediar ser como era. Habría dado todo y mucho más por ser fácil, llevadera, por no estar tan atenta a que si las cosas eran así o asá, por no tomarse todo tan personal y tan a pecho. Cuando ya no se aguantaba ser como Mafalda a la que le dolía el mundo, se recluía huyendo de sí misma y de la mirada acusadora de los demás.

Todo cambió cuando leyó sobre los PAS, las “Personas Altamente Sensibles” cuya condición sensorial y emocional está exacerbada de un modo extremo. Dejó de verse como caprichosa, demandante o egoísta puesto que los PAS nacen PAS, no lo eligen ni lo pueden cambiar. Aunque no tenga fundamento científico, para Caty fue un alivio emocional pensarse como parte de ese colectivo imaginario. Pensó “se non è vero è ben trovato” porque le sirvió para dejar de pelearse y decidirse a convivir consigo misma, hasta para tomarse en poco en broma y encontrar algo de paz.

publicado 3 de noviembre 2018, La Nación suplemento Sábado


Un relato familiar convertido en lema

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Tommaso es un tano cascarrabias, malhumoriento y gritón, convencido de que nació bajo una mala estrella que solo le trae disgustos y calamidades. Oriundo del sur pobre y desangelado de la Italia de posguerra, se vino con una mano atrás y otra adelante a “fare l’ América”. Sin otra habilidad que cuidar cabras pero, más vivo que el hambre, hizo de tripas corazón, se arremangó y trabajó sin descanso. Aprendió de un calabrés llegado años antes a hacer salchichas y embutidos, la famosa sopressata. Voluntarioso e incansable, con el paso de los años abrió su propia empresa que creció tanto que ya no tuvo que poner las manos en la masa. Todo estaba más que bien en su vida pero Tommaso se regodeaba cuando contaba algo como una sucesión de desdichas. Este relato suyo fue el que sentó las bases de lo que fue, después, el lema familiar.

“El domingo empezó mal. Quería ir temprano a la quinta porque venía el jardinero pero el despertador no sonó. Mannaggia. Me fui a duchar y cuando estaba todo enjabonado se cortó el agua, me quedé como un idiota en medio de la bañadera gritándole a Grazia ¡traeme un balde con agua! Me agaché para que me volcara el agua sobre la cabeza pero me patiné, la agarré de la pollera para no caerme y toda el agua se desparramó en el piso del baño, y  yo arrodillado como un stronzo en la bañadera con la pollera en la mano. Cuando me quise afeitar la afeitadora no andaba. ¡Se había cortado la luz! por eso nos habíamos quedado sin agua y no había sonado el despertador. ¡Me cachendié! ¿justo hoy? Nos vestimos a las apuradas, metimos los bolsos en el baúl y cuando quise poner el coche en marcha, nada. ¡Porca miseria! ¿Me había quedado sin batería? pero la gran…! Vi que venía un coche, le hice señas y le pedí que me empuje. Me vio tan desesperado que paró. ¡Uf, por fin una buena! Se puso detrás, abrí el contacto, puse segunda y le hice seña. Empezó a empujar, el coche tosiendo y a los saltos arrancó y cuando estaba por tomar velocidad veo de pronto que está pasando el perro de Roque, ¡Madonna santa! clavé los frenos y me morfé al tipo que me había empujado. ¡Pum! ¡un ruido! Me bajé, el pobre desgraciado estaba furioso, como si se lo hubiera hecho a propósito, le dije non te preocupar, tengo seguro total, te pagan todo. Seguimos ¿Ahora el Dío Bendito me va a dejar en paz? ¡No! ¡La tiene conmigo! Tráfico loco en la General Paz. Domingo a la mañana. ¿Quién sale a esa hora? ¿todo para joderme a mí? Justo este día había no sé qué cosa en el autódromo y la fila de coches era impresionante y a paso de hombre. ¡Todo me pasa a mí! ¿Qué tengo, una señal para que todas las desgracias me apunten a mí? Llegamos al peaje, no tenía cambio y mientras juntaba monedas los coches me aturdían a bocinazos. ¿Dío querido, qué te hice? ¿no podés olvidarte un poco de mí? ¡siempre conmigo! ¿¡siempre!? Arranqué y el volante empezó a irse para la derecha.  ¡Ma nooooo! Banquina. Pinchadura. Saqué los bolsos del baúl, la goma de auxilio, el crique y me puse a cambiar la rueda. Casi llegamos pero la calle de siempre estaba bloqueada por poda.  ¡Jesús María y José! ¿Podando un domingo? ¿Justo ese domingo? Tomé la otra calle, la de tierra llena de baches y cuando, al final llegamos a la quinta, claro, el jardinero ya no estaba. Cansado, sudado y furioso, cuando bajé a abrir el portón para guardar el coche, encontré  roto el candado y ¡encima, me robaron la manguera!”. Frase que todos incorporaron como propia y repiten en cumpleaños, bautismos y bodas en el momento del brindis.

Si la familia de Tommaso tuviera un escudo, su lema sería “¡Y encima... me robaron la manguera!”, esa magia al revés que instala en un ritual colectivo, que todo lo malo que pase en la familia terminará siempre como un ligero paso de comedia.



publicada 20 octubre 2018 en el Suplemento Sábado de La Nación

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Una historia de amor

 Marek y Krystian

Marek y Krystian

“¿Por qué viajás tanto a Polonia? preguntó Sol a Marek, su abuelo”. “Es una historia larga” le dijo, “¿te la bancás?”. “Sí, claro” contestó entusiasmada. Le encantaba quedarse a solas con su abuelo, hablar con él y jugar al ajedrez.

“Vivíamos en un pueblito, en el este de Polonia. Una noche, a mis once años, me despertaron ruidos, golpes en la puerta, voces guturales y feroces, ¡Juden rauss!, judíos afuera, gritadas por soldados nazis en medio del terror y del enloquecedor ladrido de sus perros. No sé por qué, pero me tiré abajo de la cama y me acurruqué allí. Escuché que sacaban a mi mamá, a mi papá, a mi abuela y a mi hermanita que estaba en la cama de al lado. A mi no me vieron. Sansón, mi perro, pretendía defendernos pero uno de los perros nazis se le abalanzó y un soldado le pegó un tiro. Lo vi desangrarse y morir, desde el piso, paralizado. No sé cuánto tiempo pasó. Mi corazón era un tambor incontenible y ensordecedor. Después de no sé cuánto, me animé y me fui arrastrando despacio hasta la puerta. Me asomé con mucho miedo y vi que en la calle todo era desolación, cosas tiradas, puertas y ventanas abiertas, ni un alma a la vista, silencio de muerte. Estaba solo. Me puse de pie y me fui deslizando pegado a la pared y cuando llegué a la esquina empecé a correr hacia donde terminaba el pueblo aterrado con la idea de que me descubrieran”.

“¿Adónde ibas abuelo?”

“A la casa de Krystian, mi mejor amigo, el otro delantero del equipo de fútbol de la escuela, yo era el 10 y él el 9, ningún arco era invencible para nosotros. Su casa tenía un terreno grande y al fondo estaba la cucha de Tom y Mix, los dos ovejeros con los que jugábamos después de clase. Levanté la alambrada y entré en la cucha y los perros se me acercaron moviendo la cola, contentos de verme. Todavía era de noche, no sé qué hora, pero el rocío me daba un poco de frío, yo estaba en ropa de dormir, me acosté en la parte de atrás y, aunque te parezca mentira, me dormí. A la mañana, cuando vino Krystian a darles de comer, me aseguré de que estuviera y asomé la cabeza. Me miró sorprendido, con los ojos así de grandes, me puse a llorar y le conté. Que me había quedado solo. Que no tenía donde ir. Que un soldado nazi había matado a Sansón. Que no sabía dónde estaban mis padres ni mi hermanita ni mi abuela.  Krystian cerró los ojos y apretó los puños porque sabía. Su papá era un antisemita feroz y el policía del pueblo, fue el encargado de señalar en qué casas vivían judíos. Abrió los ojos y le vi la misma mirada de cuando iba a patear un gol seguro, ‘De acá no te movés’ me dijo. ‘No te va a pasar nada. Yo te voy a cuidar’. Y así fue. Un año y medio viví en esa cucha. Escondido, alimentado y abrigado por mi mejor amigo. No sé cómo lo hizo porque nadie en su familia debía saber que escondía a un judío. Pero lo hizo. No solo eso, una vez trajo un tablero y la piezas de ajedrez y me enseñó a jugar. Cuando podía, venía, se metía conmigo en la cucha y nos echábamos una partida. Fueron esos momentos los que me mantuvieron vivo, los esperaba hambriento.

La guerra terminó un poco antes de cumplir los trece. Una vez en la Argentina, luego de varios años, ya instalado, con trabajo y casado con tu abuela y comenzando la familia, busqué a Krystian y retomé el contacto. También se había casado y tenía hijos pero la estaban pasando muy mal con los soviéticos. ¿Sabés Sol? los judíos sufrimos mucho en la guerra cuando vimos a nuestros vecinos y amigos aprovecharse de nuestra desgracia, incluso denunciarnos para conseguir vodka, mermelada o carbón. Pero no todos fueron así. Incluso me pregunto si los padres de Krystian no hicieron la vista gorda, que sabían que me escondía y lo dejaron pasar. No te olvides que si los llegaban a descubrir los mataban a todos. Como se dice en el campo, la taba se dio vuelta. No podía permitir que mi amigo la estuviera pasando mal. Lo menos que podía hacer era devolver el favor de nuestra infancia, aquel acto de amor que me permitió salir vivo y ahora poder contártelo. Les mandé todos los meses encomiendas con alimentos, ropa, remedios, hasta carbón y él cada tanto me hacía llegar algún diario y fotos de su familia. No había whatsapp, ni computadoras, la distancia requería paciencia. Hace unos años supe que Krystian había sufrido un ACV y que estaba prisionero de su silla de ruedas como yo dentro de aquella cucha. Y ahora te contesto tu pregunta porque por todo eso, siempre que puedo, voy a Polonia donde Krystian, mi amigo, está solo y me espera para jugar al ajedrez.”


Publicado en La Nación, sábado 13 de octubre, 2018.

Sobresaliente. Los prejuicios y nuestra mirada.

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Juliana llegó ansiosa al Jardín “La ronda mironda”. Ya había hablado con la directora y fue  directamente a la salita de 4, la “de los Dinos” como la llamaron los chicos.

Entró, saludó, tomó una sillita y se sentó en un rincón. “Juliana está estudiando y vino a ver cómo son los chicos de 4 años” explicó la seño mientras los “dinos” no entendían bien de qué se trataba ni para qué estaba ahí esa señora. Juliana tenía 19 pero a los 4 los cualquier mayor de 10 es grande.

Juliana, estudiante de Psicopedagogía, tenía toda la semana para observar a cada uno de los 12 chicos, tomar notas, hacer cuadros e ir llenando cada uno de los rubros a completar: sociabilidad, motricidad gruesa y fina, capacidad verbal, nivel y contenido de los juegos, participación, interés y concentración. Registrados los comportamientos debía evaluar el grado de adecuación de cada chico a los estándares normales y categorizarlos en una lista decreciente según su grado y condición evolutiva. El ejercicio estipulaba que la única información debía ser la observación de las conductas, sin preguntar nada ni tener ninguna información adicional. Como decía el etólogo Konrad Lorenz “se puede comprender la conducta sin tener el anillo del rey Salomón, basta con la observación”.

Tomó notas afiebradamente a medida que iba individualizando a cada uno de los chicos. En el aula y en los recreos, en cada uno de los rincones de las actividades, anotó textualmente lo que decían y la secuencia de conductas e interacciones. Llenó hojas y hojas y pasada la semana, comenzó, ya en su casa, la tarea de ordenamiento, categorización y evaluación. Consultó libros de referencia, repasó una y otra vez las clases teóricas, las indicaciones recibidas y los puntos a considerar. Cada uno de los 12 chicos fue calificado con un número en cada una de las 8 categorías observadas, según se ajustara al perfil descripto como esperable para la edad. Trabajó concienzudamente durante varios días, comparó notas y conclusiones con varios de sus compañeros de cátedra y finalmente sumó los puntajes parciales y ubicó a cada chico en el orden correspondiente. Estaba feliz por el trabajo hecho.

Pero la cosa no había terminado. En la segunda parte debía volver al jardín para hablar con los docentes y auxiliares, solicitar la carpeta de cada uno de los chicos para conocer sus contextos familiares y condiciones de vida. Esta nueva información confirmaría que la adecuación de la conducta estaba directamente vinculada a circunstancias y contexto familiares e históricos convencionalmente normales.  

Su sorpresa fue mayúscula.

De todos los chicos observados y categorizados, había sido obvio, claro e indudable, que era Nahuel el que sobresalía. Además de haber recibido el mayor puntaje en todas las categorías observadas, era de una simpatía arrolladora, una mirada límpida, alegre y siempre dispuesto a colaborar.

Un chico ideal.

La salud y normalidad personificadas.

De libro.

Pero cuando tuvo la información en sus manos Juliana supo que Nahuel provenía del medio menos convencional posible. Era adoptado, el único del grupo. Y no solo eso, sino que la pareja de sus padres estaba muy lejos de ser convencionalmente “normal” porque Nahuel tenía dos papás, era una pareja gay.

Juliana quedó aturdida por el shock. Supo instantáneamente que de haber conocido esas circunstancias su observación habría estado fuertemente contaminada. Creía hasta ese momento que no tenía prejuicios respecto a la adopción o la parentalidad gay y reconoció que la fuerza de lo cultural era tanta que de haberlo sabido, habría leído la conducta de Nahuel con otros parámetros y que seguro no habría resultado el más saludable del grupo. De todos los aprendizajes posibles, éste fue el más iluminador.

Expuso la situación en la cátedra y obtuvo el permiso para cambiar el tema de su tesina. Ya no fue “Evaluación del grado de normalidad basado en la observación de conductas”, sino “Los prejuicios alteran y distorsionan la observación de conductas”.

Fue un sobresaliente.

Como Nahuel.


29 de septiembre 2018. Suplemento Sábado de La Nación.

Vanidad

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Elisa había conseguido huir de la España desolada y herida en 1939, a poco del fin de la desgarradora Guerra Civil. Con su familia, todos republicanos, asesinada, desembarcó a los 18 años solita su alma en el puerto de Buenos Aires. Sin dinero. Sin documentos. Sin conocer a nadie. Argentina prometía una nueva oportunidad, una nueva vida a tantos sufridos sobrevivientes. Fue uno de sus refugios privilegiados. Durante el viaje se había hecho amiga de Alcira a quien esperaba una tía que aceptó alojar a Elisa hasta que encontrara un lugar. La tía Emilia trabajaba en un taller de costura y no solo le brindó cama sino también trabajo. Aunque Elisa no tenía experiencia con la aguja era voluntariosa y tenía hambre. Aprendió pronto. Primero barriendo, acomodando, manteniendo en orden el lugar. Poco a poco se hizo amiga del dedal y comenzó a enhebrar, sufilar e hilvanar, a hacer ojales y dobladillos, con tanta prolijidad que se le fue delegando todo lo que era costura a mano. Observadora atenta y con la curiosidad de quien quiere sobresalir, se sumergió en el mundo de las telas lo que le permitió entender de hilos y bieses, texturas, cuerpos y caídas, hasta que, pocos años más tarde ingresó en el cenáculo de la moldería, el tizado y el corte.

Iba los sábados al Centro Gallego a oír gaitas y panderetas, cantigas y muñeiras y a hablar el dulce y melodioso gallego de su infancia. Una de esas noches conoció a Justo, un solitario inmigrante como ella que quedó prendado de su frescura y simpatía. Era linda la rubia Elisa, alegre, animosa, siempre de buen talante y sonrientes sus ojos azul cielo. Justo era calígrafo en una escribanía del centro, encargado de pasar en limpio las actas, los documentos, los testimonios, todo lo que debía quedar registrado prolijo y a mano antes del uso generalizado de la máquina de escribir y, por supuesto, de la entonces ni soñada computadora.

En una noche de verano, con los ecos de tantos pasodobles, jotas y fandangos, un tanto achispados por la sangría, Justo le propuso casamiento. Era tal la comodidad y la conjunción que Elisa no tuvo que pensarlo, fue un sí inmediato y feliz.

Pero al comenzar los trámites en el Registro Civil se vieron ante un serio problema porque no tenía Partida de Nacimiento ni documento alguno. Todo había sido destruido en el incendio posterior al asesinato de su familia, del que se salvó raspando porque en aquel momento no estaba en casa. No hay problema dijo Justo, podemos hacer un documento con testigos que atestigüen tu fecha y lugar de nacimiento, le pido al escribano y lo hacemos ahí mismo. Y ya que estamos, se dijo Elisa, puedo quitarme unos años… ¿a quién le importa? y le preguntó a Justo si podía cambiar su año de nacimiento, como un gesto de coquetería que a nadie le haría daño. A Justo le pareció simpática la travesura y lo aceptó como prenda de amor y hasta le enterneció la transparencia de la vanidad de Elisa. Así su año de nacimiento pasó a ser 1928, siete años más tarde que el 1921 real. Se casaron en 1947, Justo con 30 años y Elisa con 25 aunque figurara 18 en su Partida de Nacimiento y en su reluciente Cédula de Identidad.

Tuvieron una buena vida, con hijos sanos y trabajadores, pero siempre al día y dependiendo de la continuidad del trabajo, sin poder tener casa propia ni ahorros que los protegieron en su vejez. En 1982, al llegar a los 65 años, Justo comenzó los trámites de jubilación. En ese  mismo año Elisa cumplía sus 60 biológicos o sea que también habría podido solicitar su retiro. Pero no pudo, porque en sus documentos decía que tenía 53.

Aquella coquetería del pasado, que había parecido entonces ingenua y sin consecuencias, se le volvió en contra. Su aspecto fresco y juvenil no había denunciado nunca que tenía 7 años más de lo que declaraba. Nadie, ni siquiera sus hijos, conocía la verdad. ¿Confesar ahora el engaño? Se moría de vergüenza de solo imaginarlo. Además ¿no sería penado por la ley? ¿Comprometería a los testigos que habían testificado la fecha falsa? Aunque el dinero de la jubilación habría sido una gran ayuda, no pudo volver sobre sus pasos 35 años después para deshacer la mentira que su ahora tonta vanidad la había llevado.

Eximia costurera, sabía que sin la debida tensión en las puntadas alguna arruga impertinente denunciaría la falla que la pondría en evidencia y la humillaría. No tuvo más remedio que callar y seguir manteniendo su histórico disfraz mentiroso con un burdo alfiler de gancho para que nadie se diera cuenta que chingaba.

La Nación. Suplemento Sábado https://goo.gl/dGwguH

Dos Hermanos. Dos historias.

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Germán era la imagen viva de la desdicha. Director ejecutivo de una empresa de diseño gráfico, sus horas de trabajo eran su  único remanso. Con varios matrimonios fracasados y dos hijos distantes, su universo afectivo era un desierto seco e inhóspito. A pesar de tener un cómodo pasar económico y un buen ver, sus horas de ocio transcurrían en la casi total soledad. Mi vida es un vacío le confesaba a Jorge, su amigo desde la secundaria, su único sostén afectivo estable. Se encontraban siempre en el mismo café los viernes al atardecer y después de hablar de fútbol y política y varias cervezas, Germán terminaba con el mismo lamento agónico sobre el desamor de su madre ya fallecida. Tengo un agujero acá señalando el plexo solar, me siento un tarado pero no puedo salir de esa caída en picada que es saber que nunca me quiso, que solo le importé para criticarme o castigarme, era severa, seca, mala.

Para Jorge era un enigma. No entendía cómo un hombre de la inteligencia y sensibilidad de su amigo resbalaba una y otra vez en los mismos argumentos patinosos. Lo escuchaba y no atinaba a encontrar el modo de consolarlo y ayudarlo a que saliera de la encerrona de un pasado atormentador y victimizador. Jorge era médico y un día cayó a su consulta Elina, la hermana mayor de Germán. Se reconocieron y saludaron con afecto. Era una mujer agradable, apacible y con una mirada dulce y sonriente. Su estilo, gesto y energía eran diametralmente opuestos a los de su hermano.

Sorprendido, Jorge le contó que seguía viendo a Germán y que lo quería mucho. Nunca me contó dijo Elina, típico de Germán, tan reservado, se guarda todo. Sí, replicó Jorge, está muy solo y no está bien. Elina bajó la mirada y murmuró: Es que, pobre, su infancia fue muy triste porque a poco de nacer papá se quedó sin trabajo y se fue barranca abajo. Empezó a tomar y nunca se recuperó. Vivíamos del sueldo de mamá que estaba empleada en una farmacia. Tenía el mundo sobre sus espaldas. Trabajaba muchas horas, a veces también los feriados y cuando llegaba a casa todo estaba por hacerse. Cansada, malhumorada, esquivaba como podía las agresiones de papá que a veces hasta le pegaba cuando no había dinero para la bebida, vivía irritada y sin paciencia con Germán. Pobre mamá, cuánto sufrió. Y pobre Germán que no los conoció como yo, cuando estaban bien.

Conmovido, el viernes siguiente Jorge habló con Germán sobre  el alcoholismo del padre. Descubrió que no lo sabía o que no se había dado cuenta. La severidad de su madre no era porque no lo había querido con lo cual lo que siempre se contó de su vida no había sido como él se lo había contado. Se le humedecieron unos ojos abiertos así de grandes, suavizó la cara, relajó los hombros, aflojó las manos y exhaló un hondo ¡ay! seguido por ¿cómo no me di cuenta? Fue todo al revés, mirá lo que me debe haber querido, capaz que nunca me dijo lo de papá por vergüenza o para protegerme, andá a saber…

PUblicado en La Nación https://goo.gl/Y7keZL

 

 

¡Qué lejos estamos!

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Anna llegó a la Argentina en 1949 a los 21 años. Nacida en Dinamarca, tuvo la suerte de llegar a Suecia durante la guerra junto con Erika, su hermana menor. Fue en un barco pesquero que llevaba también a otras familias judías para salvarlas de una muerte segura.

Sus padres, esperando conseguir otro transporte, no tuvieron la misma suerte. Anna de 15 años y Erika de 12, solas en el mundo, fueron recibidas por los Olsson y sus 3 hijos, Alvar de 18 y Gudrun y Lisa, de 16 y 13. Las chicas congeniaron inmediatamente. Seis años después supieron que sus padres habían sobrevivido y que estaban emigrando a la Argentina. A pesar de lo bien que vivían con los Olsson, Anna y Erika, enloquecieron de alegría ante la posibilidad de volver a reunirse con sus padres. Buenos Aires las recibió un miércoles 21 de septiembre de 1949 en una mañana límpida y luminosa, uno de esos días crocantes que a veces nos regala esta ciudad.

Como tantos inmigrantes y refugiados, ellas aprendieron rápidamente los usos y costumbres, así como el idioma y los códigos de relación, con estilos bien diferentes de los suecos y daneses. La gente era más abierta, más comunicativa y cálida pero al mismo tiempo pacata, moralista y conservadora. Acostumbradas a usar pantalones debido al frío, Anna y Erika vieron con asombro que acá les estaba prohibido a las mujeres en aquellos años. Se sorprendieron con lo remilgadas en el plano sexual que eran las chicas como ellas, como si fuera un tema del cual no se pudiera hablar, como si no existiera.

Las dos se casaron y tuvieron hijos. La hija del medio de Anna, Isabel, se casó en 1982 y su viaje de luna de miel fue a Estocolmo, con la ilusión de conocer a la familia que había salvado a su mamá y a su tía. Con mamá y papá Olsson ya fallecidos, fue Gudrun quien las recibió en su casa, junto a su hermana Lisa, sus maridos y los hijos ya adolescentes. No paraban de hablar, en inglés, claro. Isabel pudo ver con sus propios ojos la calidez, el interés y la transparencia con que se relacionaban, como siempre había escuchado de labios de su madre.

Vieron fotos y escucharon las anécdotas que contaban las hermanas suecas e Isabel conoció otra faceta de su mamá y su tía, sus sueños de jovencitas, sus travesuras y flirteos... Las fotos de Argentina abrieron curiosidades y preguntas sobre trabajos, costumbres, expectativas. Los bombardeaban a preguntas. Había una corriente de comunicación insólita, con un sentimiento de familia como el que se tiene con los parientes biológicos, fácil, como si conocieran de toda la vida. Querían saber cómo vivían, de qué se ocupaban, sus gustos y actividades, tenían sed por todo, sumergirse en sus vidas e imaginarlas en aquel lugar tan lejano del cono sur. Pero las diferencias culturales, aunque menos notorias que en 1949, seguían existiendo. En medio de la comida, delante de grandes y de chicos, sin que se le moviera un pelo ni hubiera nada particular en el tono o en la mirada, Lisa preguntó a la nueva pareja: "¿Y qué tal su vida sexual? ¿va todo bien?". Es que los suecos saben que es un tema importante en la vida en pareja y que puede ser conversado en familia. "¡Qué lejos estamos aún de eso", pensó Isabel. "¡Qué lejos!".

Publicado en La Nación 

¿Por qué no me lo pediste?

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Betty se desperezó en cuanto sonó el despertador. El sonido de la lluvia la amodorraba pero debía levantarse para estar a las 9 en la clínica y reemplazar a su hermana. Domingo triste luego de tantos días de turnarse para acompañar la internación de su mamá que, todos sabían, se estaba muriendo sin remedio.

Se duchó con desgano, se vistió y bajó a desayunar. La cocina estaba caldeada, el aroma del café recién hecho era embriagador, Raúl con una taza humeante en la mano, los anteojos de leer haciendo equilibrio en la punta de la nariz: estaba total y absolutamente sumergido en la lectura del diario. El domingo era el único día en que podía tomarse todo el tiempo para hacerlo.

Betty se servía una taza, buscaba su cartera, revisaba si tenía todo, acercaba el abrigo, la bufanda y el paraguas y mientras se preparaba se preguntaba: ¿me acompañará a ver a mamá?

No dijo nada. Esperó. Parecía que Raúl no tenía ninguna intención de ir con ella a pasar el día entero en la clínica al lado de su mamá inconsciente. Sin poder controlarlo, se empezó a enojar, tanto que no pudo ni siquiera sentarse. Iba y venía por la cocina acomodando cosas que no precisaban ser acomodadas como para darle tiempo a Raúl a que reaccionara y le preguntara: "¿A qué hora salimos?".

Pero no. Seguía inmerso en el diario, como flotando sobre un lago manso, saboreando su café de la mañana en una actitud tan relajada que decía a las claras que no pensaba moverse de ahí.

Betty sintió que le subía la rabia como una burbuja estranguladora. ¿Me dejará todo el día sola? ¿No le importa que esté pasando un momento tan duro en ese lugar horrible? ¿En qué mundo vive? ¿No se acuerda de que con su mamá estuve todo el tiempo a su lado? Y la burbuja fue creciendo y creciendo y haciéndose más y más pegajosa, asfixiante y envenenada.

 

En un arrebato tomó las llaves del coche y las agitó para que Raúl oyera. Pero nada. Él ni se mosqueó. Seguía tras sus anteojitos equilibristas nadando en el diario, con su café ya terminado y sin siquiera levantar la mirada. Ni pestañear. Ni nada.

Furiosa, Betty tomó la cartera, el abrigo, el echarpe y el paraguas y salió mordiendo un "chau" con un portazo estruendoso. Abrió el coche, se acomodó, puso las llaves en el contacto pero un gemido animal y un acceso de llanto le impidió ponerlo en marcha.

Reclinada sobre el volante, lloró y gritó hasta quedar agotada. Se bajó del coche, volvió sobre sus pasos, abrió la puerta de la cocina con violencia y desesperación y gritó: "¡¿Es que me vas a dejar ir sola?!". Y Raúl levantó la mirada, sorprendido ante el llanto y la angustia, apoyó el diario sobre la mesa, se quitó los anteojos y le preguntó: "¿Querías que te acompañe?". "¡Sí, claro, claro que quería!"

Suavemente, con ternura, Raúl tomó su abrigo, juntó los diarios y se los puso bajo el brazo, se acercó a Betty, la abrazó y le dijo al oído: "Creí que preferías ir sola. ¿Por qué no me lo pediste?".

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No sabía que no había sido feliz

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Agustín era el segundo de siete hermanos. Vivía en una pobre choza en las afueras de Valle Hermoso, Córdoba, en un paraje escondido en medio de la naturaleza cerca del arroyo Vaquerías. Su papá era el encargado de cuidar, administrar y manejar una tropilla de caballos para uso turístico. Su mamá cocinaba tortas fritas que Agustín y sus hermanos llevaban caminando a La Falda y vendían por la calle o a los pasajeros del tren cuando se detenía en la estación. Llegaban a la escuela caminando, pero cuando el papá debía llevar la tropilla al pueblo iban también a caballo. Bombeaban agua del pozo, no había luz eléctrica y los siete hermanos se acomodaban en las tres camas disponibles.

En el verano hacían correrías con sus alpargatas gastadas y se atiborraban con el piquillín que crecía en las sierras. Se bañaban en el arroyo, hacían sapitos en el agua y después se tiraban en el pasto mirando el baile de las mariposas mientras la tibieza del sol los iba secando. En el invierno las condiciones eran menos benévolas, pero nunca faltaron juegos ni alegrías. Era muy travieso y no siempre lograba esquivar los chancletazos no muy fuertes de su madre llamándolo al orden. Pícaro, sagaz y astuto ya desde chico, era un eximio jugador de truco que los grandes elegían cuando les faltaba el cuarto. Amaba ayudar a su padre a ensillar los caballos, cepillarlos, darles de comer. Eran sus amigos, conocía a cada uno y todas las mañanas corría al establo a darles los buenos días.

Agustín era el mayor de los tres varones y superaba a los más chicos con su mágica habilidad para el fútbol. Corría con esa pelota de trapo hecha por la mamá como si estuviera adherida a los pies, hacía con ella lo que quería, parecía una mascota que lo seguía por donde fuera.

A los 17 años, un entrenador porteño que lo vio jugar le propuso probarlo en el club. Un sueño hecho realidad. Con el consentimiento de sus padres, un día de fines del verano de 1958 se subió al Rayo de Sol rumbo a Buenos Aires, lleno de recomendaciones por los peligros de la gran ciudad.

De Retiro lo llevaron a la pensión en donde se alojaban los llegados del interior. Con los ojos así de abiertos, el miedo de pasar por pajuerano y el asombro ante las cosas que veía, conoció a los otros tres chicos que compartían la pieza. No todos provenían de hogares humildes como el suyo y cada chico le hizo ver que había otras vidas, otras historias, otras experiencias.

Héctor, rosarino, iba los sábados a un cine que daba tres películas de corrido, con número vivo y un señor que pasaba con golosinas y hasta bombones helados. Miguel venía de La Plata y contó que había estado varias veces en Buenos Aires, en el zoológico y en el Parque Retiro, donde había juegos maravillosos, laberintos, espejos raros, una vuelta al mundo. ¿Qué sería eso? Debía ser increíble. A Ricardo le festejaban sus cumpleaños en Malargüe con globos, un mago, regalos.

Agustín escuchaba sorprendido y maravillado. Se acostó esa noche pensando que de chico había tenido mucha suerte porque no se había dado cuenta de que no había sido feliz.

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