No soy yo, sos vos.

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Todos “sabemos” que en la pareja, la culpa siempre la tiene el otro

¿La culpa de qué? Pues de nuestra infelicidad, del descenso de nuestra autoestima, de nuestra frustración porque nuestras necesidades no son satisfechas, de la falta de erotismo, en resumen, de todo y de cualquier cosa que nos haga sufrir. Nunca pensamos que tal vez sea una consecuencia de alguna conducta o característica propia que aleja al otro o que no le invita a acercarse y darnos eso que nos hace falta. No solo no pensamos eso sino que además estamos convencidos de que no hace eso que no hace porque no quiere, que si quisiera lo haría y santas pascuas. Pero en su maligna inmersión profunda y perversa en contra de uno, no quiere darnos eso que SABE que necesitamos, que nos hace bien. Porque estamos convencidos de que lo sabe y que no quiere. Como decíamos cuando éramos chicos (al menos así se decía cuando yo era chica) lo hace “al propósito”.

A la hora de la frustración no se nos pasa por la cabeza que pueda tratarse, simplemente, de que el otro sea como es, que no sepa o no pueda o no se anime o no advierta que estamos necesitando algo, que no lo haga por hacernos daño sino porque es lo que le sale naturalmente. Como decíamos de chicos, “sin querer”.

Oigo lo que tal vez me quiera decir quien lea esto: “A mi también hay cosas que no me salen naturalmente pero las hago porque sé que le gustan o lo necesita ¿por qué tengo que esforzarme solo yo, por qué no le sale alguna vez hacer algo que yo necesito?”.

Seguramente ese otro que tanto te priva está haciendo las cosas que a su juicio y según sus posibilidades son las que cree que necesitás. Eso si se lo preguntáramos, claro. Ante el reclamo puede decir que es injusto porque no siente que nada de lo que haga sea valorado ni apreciado, que solo recibe quejas y acusaciones como si fuera el malo de la película, que no espera agradecimiento pero algún reconocimiento alguna vez. 

Ambos se sienten no vistos por el otro o solo vistos en sus faltas y vuelve a generarse la espiral de demanda, acusación, frustración y enojo.

Por eso, antes de caer en las arenas movedizas de la ira en las que cuanto más uno patalea más se hunde y se aleja de la orilla firme y salvadora te invito a que dejes el lugar habitual de la confrontación salgas a dar una vuelta y tomes aire y te preguntes, sin la presencia de ese otro que ves tan malvado, si puede forzarse a alguien a no ser quién es.

En casi todas las consultas que recibo, cada uno viene con la agenda secreta de que cambie al otro. Que consiga, entre otras cosas y por arte de magia 

… que hable más / que hable menos / que adivine mis necesidades / que deje de indicarme siempre lo que hay que hacer / que no se duerma mirando la tele / que se despierte más temprano o que duerma hasta más tarde / que regenere el erotismo perdido / que quiera sexo todo el tiempo / que programe salidas todo el tiempo / que no quiera salir tanto / que inmiscuya a familiares o amigos en decisiones y/o desacuerdos / que no quiera salir con amigos /  que solo quiera salir con amigos / que derroche el dinero o que lo racione con avaricia ...

Cada uno espera recibir lo que necesita y culpa al otro de maldad si no lo da. Nadie advierte qué de su conducta puede haber conducido a que el otro no responda satisfactoriamente. Incluso las más de las veces no lo hemos pedido, esperamos que suceda mágicamente y cuando no pasa, nos quejamos, reclamamos, acusamos. Parecemos creer que somos claros, que nos lo merecemos, que no hace falta pedirlo porque “el otro SABE”. ¿Sabe? ¿de verdad creés que sabe? ¿alguna vez se lo pediste directa, clara y amablemente o te lo pasás esperando que lea tu mente, que te adivine? Por otra parte ¿tenés la seguridad de saber qué es lo que tu otro espera y necesita de vos? El juego de jugar a las adivinanzas es una puerta abierta a la frustración, el enojo y la desdicha. Solemos ser muy torpes en nuestras interacciones con los que más queremos y como estamos tan cerca nos construimos la ilusión de una comunión en la que no hace falta explicar ni pedir. 

Además de la elemental conducta de pedir, también conviene considerar las características propias y las del otro, los estilos y cualidades innatos que no dependen de la voluntad,  que hacen que uno sea quien es y que sea igual a sí mismo siempre. En suma, que “no me lo hace a mí”. Las más de las veces, eso que te hace daño no fue hecho a propósito de dañarte sino probablemente es lo mejor que pudo hacer dado quien es, el momento y las circunstancias. 

La pretensión de cambiar al otro es imposible. Cada uno es como es y es muy poco lo que se puede modificar de esas características personales. Pero a veces ese poquito puede hacer un mundo de diferencia. En este caso la invitación a pensar en las propias pretensiones y en cuánto se compatibilizan con las posibilidades reales del otro, cuánto de nuestra frustración estriba en que no sabemos pedir o en que no respetamos quien es el otro y le estamos pidiendo peras al olmo. 

El olmo no da peras, no por su innata maldad o porque no quiere sino porque no puede. El olmo da un fruto que se llama sámara, es un fruto seco con alas que favorece la dispersión de las semillas. No sé si la palabra samaritano tiene origen en este fruto, pero sé que quiere decir humanitario, benévolo. El olmo no da peras pero dá un fruto benévolo. ¿Cuántas frutos como éste de tu otro estás dejando de ver? ¿Se podrán hacer sámaras al borgoña como las peras o habrá que encontrar e inventar recetas para hacer las sámaras? ¿cuántos frutos alados de tu otro, cuántas de sus semillas fértiles y prometedoras te son invisibles porque solo esperás peras? Y encima seguro que a tu otro le pasa lo mismo, también espera solo peras de vos y tampoco alcanza a ver las buenas semillas que dispersan tus alas y que siembran la tierra con promesas que pueden florecer y dar alegría.

Publicado en LN el 14 de agosto de 2019

Para seducir a una mujer

Tute lo dice bien claro.

Tute lo dice bien claro.

Hay gente que cree que seducir a un hombre es de lo más fácil, que son seres que se derriten ante la admiración, la oferta sexual sin condiciones y una buena comida. En cualquier orden. Dicen que no requiere mucha ciencia, ni habilidades particulares, tan solo satisfacer esos tres requerimientos. Agregan que no hace falta que sea sincero, basta con hacerlo y el macho satisfecho se disolverá en placer y gratitud.

Pero parece que no pasa lo mismo con las mujeres. ¿Qué precisa una mujer para dejarse seducir lo que la lleve a admirar, entregarse y dar de comer (en cualquier orden)?

No es para nada un misterio. Y ya me anticipo a las críticas de género, a las atribuciones y estereotipos, a los prejuicios y a todo lo que pudiera generar esta columna.

Obviamente no todos somos iguales. No todos los hombres se rinden ante la admiración, el sexo y la comida. Ni tampoco todas las mujeres son seducibles con las conductas que propongo. Pero sí muchos y muchas y también muches. A eses les hablo, a les que bajo la delgada cáscara de cultura y civilización guardan casi intactas las conductas y las expectativas del tiempo de las cavernas en ese núcleo ubicado en la amígdala, ahí abajito del cerebro. Para las redes neuro-hormonales que aseguran la continuidad de la especie humana seguimos siendo unos seres primitivos que a la hora del miedo y la angustia, del cansancio y la ansiedad, de la incertidumbre y el vacío necesitamos el mismo contacto piel a piel, el olor y la tibieza, la gratificación del alimento y el sexo que aquieten las turbulencias con un otro cariñoso que nos apapache.

El cavernícola salía de cacería, tenía que ser hábil en la búsqueda del mamut y traer la carne a la cueva para alimentar a las mujeres y la cría. Volvía cansado y esperaba el aplauso agradecido, el sexo generoso y la comida reconfortante. La mujer había quedado cuidando el fuego y había desarrollado una percepción de 360 grados atenta a los predadores, en un brazo el último bebé que amamantaba, con el otro revolvía la olla comunal y con varios brazos más para atender a alguna compañera enferma o parturienta y a los niños que había alrededor, que eran de todas. Mientras el cavernícola se focalizaba en la habilidad caceril la mujer debía ser multitasking, tejía y cuidaba la red, escuchaba y oía, recordaba y atendía, se preocupaba por todo el entorno e iba resolviendo las mil y una cosas de la vida cotidiana. Venía el cavernícola esperando el aplauso y se encontraba con una mujer sudorosa, cansada y harta de tener que desenvolverse como si tuviera cuatro o cinco manos. Pero la que se sobreponía y lo recibía con admiración, sexo y comida, era premiada y preñada con más frecuencia, tenía más hijos y esa característica se fue transmitiendo generación a generación.

¿Cuánto de esta escena primitiva sigue estando vigente? Incluso con la nueva mujer, la que trabaja fuera del hogar y que cuando regresa a casa vuelve a ubicarse como aquel ser primitivo que se ocupaba de la cría, de espantar a los predadores y de mantener el fuego encendido?

Sigue siendo un imperativo biológico que la cultura no ha podido, todavía, desenredar. Las mujeres seguimos siendo, muchas veces todavía, las responsables del “reino del hogar” mientras que los hombres siguen siendo, paralelamente, los responsables de la “provisión del alimento”.

Ese núcleo que persiste y que no ha podido ser disuelto por la cultura, es el punto que debemos atender a la hora de la seducción.

¿Para qué es preciso seducir? Etimológicamente significa conducir a alguien por un camino que a uno le conviene. Seducir nos permite, luego, que el otro se conduzca de alguna manera que nos resulta necesaria. Cada uno de nosotros tiene necesidades particulares, ve el mundo desde su propia lente y no siempre puede adivinar las necesidades del otro y querer satisfacerlas si no están satisfechas las propias. Es preciso seducir para que el otro desee satisfacernos. Así de simple. No queremos que lo haga forzado o por conveniencia sino que lo desee, que lo haga de verdad, que nos quiera satisfacer porque le hace feliz. Abandonemos la falsa pretensión de que lo hará por las suyas, que adivinará, que gustoso hará todo lo que estamos esperando que haga. Mal que nos pese, deberemos tener la habilidad de despertarle el deseo de satisfacernos y de que lo haga con gusto y placer. Es preciso seducir.

¿Qué necesita la mujer del cavernícola cuando vuelve a la cueva para aplaudirlo, darle de comer y entregarse sexualmente? Necesita que le muestre, sin ninguna duda, que de entre todas las mujeres que están allí, ella es su elegida, que no hay otra. Necesita estar convencida de que la ve hermosa, que su perfume lo embriaga y que su presencia ilumina su vida porque sin ella no puede vivir. Como dice cualquier bolero. Que es imprescindible, única, lo más importante en su vida. Eso es lo que toda mujer espera sentir de su otro y la llave que abre el cofre del tesoro. Si el cavernícola hambriento y cansado entra y ni la mira ni la ve, si se aferra al control remoto de la tele y si protesta porque no encuentra lo que espera encontrar en su lugar, la mujer va cerrando lo que pudiera haber tenido abierto, se desanima, se desilusiona, se fastidia, se entristece y se va. Aunque esté ahí, se va. Cualquier expectativa anterior se disuelve y solo queda el hastío, la soledad y el enojo. Si no se siente buscada, requerida, valorada, apreciada ni necesitada, si es tratada como un mueble que, como siempre está, no hace falta mencionarlo, se transforma en un mueble, se seca, se vacía, se enfría y pierde humanidad. No hay nada peor que sentirse un elemento cotidiano, sobreentendido, que está ahí porque está y no porque es necesario.

Así que, entrañable y tierno cavernícola, nada se consigue sin trabajo (ya escucho tu “uf”). Si querés aplauso-sexo-comida acordate que para ella es central sentir que te es imprescindible, que se lo digas, que se lo muestres, que te lo creas, que la entronices en el centro de tu vida como si sin ella fueras a marchitarte. Para seducir a tu otro, mujer o quien asume ese género, no la des por dada, no creas que una vez que la conquistaste terminó y la tenés para siempre. Necesita saber que la seguís eligiendo, que de entre todas las mujeres del mundo, ella es la tuya, con la que querés estar, la que te da alegría y paz.

Los vínculos necesitas de riego y nutrientes para que se mantengan vivos y vibrantes. Tanto hombres como mujeres los precisamos. Ese gesto que te diga que sos vos, solo vos, que te miren con la sonrisa del gusto de verte, nada más ni nada menos… no dar por sentado nada, siempre es preciso mostrarlo. La naturaleza humana es tan frágil y somos tan vulnerables que si no nos lo aseguran todo el tiempo, tememos que nuestro otro desaparezca, que nos abandone y que nos hundamos en la fatal, temida y oscura soledad.

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/para-seducir-mujer-nid2242870


Pagar matrícula para vivir en pareja

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Nos arrojamos a la vida en pareja confiados, esperanzados, ilusionados y convencidos de que con el amor es suficiente. Amor entendido como pasión, erotismo, atracción, deseo, mariposas en la panza, sensación constante de elevación y placer al estar juntos y al pensar en el otro, emociones que también vemos en el otro y que nos realimentan y reaseguran que es la persona justa. Ese amor, que algunos llaman infatuación, no es eterno. En realidad dura muy poco. Hay investigaciones que dicen que entre 2 meses y 2 años. Como sea, es una evidencia incontrastable que no es para siempre. Con suerte, cuando el fuego pasional se va apagando, queda el rescoldo tibio y amable de una buena relación, confianza e historia común, expectativas compartidas, lazos familiares y amistosos sólidos, hijos, compromisos, formas de ver la vida, perspectivas de futuro. Pero nos hemos formado en una cultura que lee todo lo anterior como un pobre consuelo ante la falta del fuego sublime de la pasión desatada.

Es tan enceguecedor el calor pasional que no nos preguntamos cómo será cuando se vaya atemperando, qué de la relación establecida mantendrá viva a la pareja. Y pasados unos años más de una pareja descubre que tienen poco en común, que se lo pasan peleando el uno con el otro para hacer las cosas del modo que les resulta mejor y que no coinciden en casi nada. Lo que los había unido, la infatuación o, dicho de modo más informal la calentura, ya no está más y lo que queda no les viene bien.

No solemos hablar de nuestras necesidades, estilos, ritmos y apetencias antes de decidirnos a convivir en pareja. Lo dejamos librado al suceder mágico en el contexto de la pasión que nos da la ilusión de que todo lo puede y que todo lo podrá.

Es infinito el universo de cosas que se deberían hablar antes para saber si podremos convivir más o menos amablemente el uno con el otro.

El manejo del dinero. ¿Habrá una caja grande -de quien ejerce la función masculina- y una caja chica -de quien ejerce la función femenina- según el estereotipo? ¿Caja común o cada uno lo suyo? ¿Cuenta de banco compartida y recíproca? ¿Cómo serán las decisiones acerca de los gastos, las compras, el ocio?

Los ritmos biológicos. ¿Alondras o búhos? ¿en qué momento del día se sienten mejor? Si ambos fueran iguales, problema allanado, pero si difieren es preciso hacer acuerdos previos acerca de actividades, horarios y vida cotidiana.

Orden, hábitos y aseo. Cada uno sabe qué y cómo le gusta vivir, qué y cuánto puede tolerar si el otro no lo hace como a uno le gustaría. Suponer que el amor del comienzo hará todo más fácil es un engaño que se paga caro porque cuando la piel deja de temblar en la cercanía del ser amado, cuando las mariposas se cansaron de hacernos cosquillas en la panza, empezamos a irritarnos porque las toallas quedan tiradas en el baño, porque no usa desodorante, porque habla con la boca llena, porque se revuelve tanto en la cama que se hace un lío con las sábanas, porque usa calzado sin medias, porque se baña demasiado, porque se baña poco, y podríamos seguir ad infinitum con las mil y una conductas que construyen la vida cotidiana y que nos pueden sacar de quicio.

La distancia óptima. Cada uno de nosotros se siente cómodo interactuando a una determinada distancia, tanto geográfica como temporal. ¿Pegados todo el tiempo o a 10 metros de distancia? ¿En contacto permanente durante el día o solo buscarse en caso de necesitar decir algo? La comodidad sentida determinará el ritmo y la distancia que, en caso de no ser hablado, puede ser tomado por el otro que necesita un ritmo y una distancia diferente, como desamor.

La sexualidad. Una vez que la convivencia se ha establecido y que los encuentros sexuales dejan de ser esos momentos mágicos que nos regala la vida para estar ahí a disposición en cualquier momento, el misterio subyugante se vuelve rutina. Lo que era espontáneo empieza a dejar de serlo y probablemente sea necesario empezar a hablar acerca de horarios, lugares, posiciones, situaciones y contextos, modos de acercamiento y recreación de erotismo. Cuando todo era nuevo no hacía falta pero luego sí lo es. Se requiere una gran valentía y sinceridad si lo que se quiere es vivir una vida sexual más o menos satisfactoria, y la promesa de aceptación de los pre-requisitos y requisitos del otro en el caso de que sea posible.

Las relaciones con la familia extensa, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con las parejas anteriores, con los hijos de las parejas anteriores. Tener hijos o no, respetar algún ritual religioso. Éstas áreas y varias más deben ser habladas antes de tirarse del trampolín. Nada en la vida es gratis. Tampoco la pareja. Exige un pago de matrícula: el compromiso de cada uno de aceptar al otro y no pretender cambiarlo. En el contexto de la pasión se paga esto y mucho más, pero se lo hace sin saber a qué se está comprometiendo. Cuando la pasión mengua la matrícula quedó olvidada y si la convivencia se complica cada uno querrá cambiar al otro.

Si estás por tomar la decisión de convivir, mirate con total honestidad y hacete algunas de estas preguntas y si podés y si te animás, invitá a tu otro a hacerlo y entonces sí, firmen la matrícula con total conciencia y aceptación.


Publicada en La Nación online., 21 de enero 2019

Meter los cuernos

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Meter los cuernos. Así suele llamarse a la acción de tener una relación sexual fuera del matrimonio.

Tres palabras que suenan feo. A traición, a mentira, a mala intención. Deriva de ellas el verbo cornear para quien “perpetra” y el sustantivo cornudo/a para su “víctima” con las mismas connotaciones humillantes y degradantes.

Cuando se transgrede el pacto de exclusividad sexual, que a eso se refiere el concepto de fidelidad, será un delito, un pecado o una traición dependiendo del contexto y la circunstancia. Descubierto ataca, invariablemente, la confiabilidad básica que sustenta la vida en pareja.

¿Cuál es el origen de esas tres palabras que hoy son sinónimo de traición? Su historia se remonta a la Edad Media, a aquel sistema de gobierno de vasallos y señores que le daba al señor feudal el derecho de pernada. Conforme a ello, la recién casada de un vasallo, podía ser poseída por primera vez por su señor. Era un hecho público y sin posibilidad de oposición. Durante la desfloración se colgaba una cornamenta de ciervo en la puerta de la choza o cabaña, indicaba lo que estaba pasando adentro e impedía la entrada de quien pudiera entorpecerlo. El derecho de pernada estaba simbolizado por los cuernos, Los cuernos implican, inferioridad, sometimiento y humillación.

Algo similar sucede cuando se descubre a la pareja en otra relación aunque hay diferencias según sea el hombre o la mujer. Cuando en una pareja heterosexual el hombre descubre que su mujer ha tenido encuentros con otro hombre, su supuesto lugar de macho alfa de la manada se ve seriamente cuestionado, desplazado del lugar de preeminencia del que estaba orgulloso deja de sentirse respetado. Cuando es la mujer quien descubre que su compañero ha estado en otra relación ve hondamente afectada su autoestima, ya no es más la única ni la elegida, ya no la quiere y todo lo construido juntos parece derrumbarse. En ambos casos y también en parejas homosexuales, cuando se sabe que hubo o hay otra relación, y si no está pactado por anticipado, se lesiona seriamente el sustento de confianza sobre el que ambos están parados.

Claro. Si se descubre.

Pero muchos encuentros fuera del matrimonio transcurren sin ser descubiertos. Y suceden. Suceden mucho más de lo que nos atrevemos a considerar.

Lo que solía ser un secreto a voces hoy está siendo una noción que se encara más y más abiertamente, con menos hipocresía y, en un punto, más sufrimiento. Estamos viviendo vientos epocales en los que la monogamia definida como pacto de exclusividad sexual está siendo progresivamente cuestionada. Sin embargo, el mandato social y cultural está tan firmemente instalado que mantiene su vigencia.

A pesar de que sabemos que es un momento en que las suposiciones y expectativas de la dicha monogámica eterna trastabillan y que nos la pasamos tropezando a veces con nuestros propios pies, que la búsqueda de la felicidad instantánea es un camino muy tentador y tan a la mano, sigue siendo difícil y doloroso descubrir que nuestra pareja ha tenido encuentros con otra persona. Lo seguimos llamando infidelidad, traición, adulterio, pecado.

Ojos que no ven corazón que no siente. El hecho de saber cambia todo. En la película Eyes wide shut (Stanley Kubrick 1999 con Tom Cruise y Nicole Kidman) la tragedia se desencadena cuando la esposa le confiesa al marido que unos años antes había estado a punto de dejarlo por otro. Ni siquiera se trató de un encuentro sexual, fue tan solo el deseo, tan fuerte, que casi la lleva al abandono. No lo hizo, tan solo lo deseó. Para el marido, saberlo le es insoportable. ¿Qué cuestiona el saber que hay otra persona o que se ha deseado a otra persona? Cuestiona quién soy y cual es mi lugar en la pareja. ¿Soy tan indispensable como me gustaba creer que era? ¿Podría reemplazarme así como así por otra persona? Y lo más insoportable: ¿Yo era reemplazable?

Las imágenes pueden ser una pesadilla que agobia y tortura. Imaginar a mi otro besando y siendo besado, acariciando y siendo acariciado, penetrando y siendo penetrado, la piel, los ojos, las manos, los genitales, la boca, la lengua…. El saberlo fragmenta el piso que nos sostiene. ¿Cómo no me di cuenta? es la angustiante pregunta que cuestiona nuestra capacidad perceptiva. Y se suma una honda revisión de los supuestos de la relación, de la satisfacción o insatisfacción mutuas, del pasado, del presente, del futuro.

Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero a veces saberlo puede tener una faz constructiva. Aunque quien lo descubre puede sentir que lo que creía sólido y firme se derrumba y se deshace, el piso se transforma en resbaladizo e inseguro, el desconcierto aturde, a partir de allí podrán ponerse en juego nuevos recursos que dependen de lo que cada uno puede y del estilo de pareja. Superado el impacto y el dolor, puede ser una excelente oportunidad para revisar lo que estaba implícito, para poner a punto lo que tal vez ya no funcionaba tan bien, para re contratar la relación de una manera más realista de modo que cada uno pueda sentirse considerado y más satisfecho.

Publicado en La Nación online, “En Pareja” 26 de noviembre 2018.

Espiar, buscar, encontrar

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Esperás que llegue y deje el celular por ahí. En cuanto entra en el baño o se duerme te abalanzás sobre él. Lo abrís -ya te las ingeniaste, si es que no te la dió, de conocer la clave- cliqueás afiebradamente el whatsapp, el snapchat, los mensajes de texto, los mails. Buscás un adjetivo sospechoso, algún saludo demasiado íntimo, una cita insólita, alguien del ámbito laboral, o una vieja historia que parecía estar olvidada, o algún nombre nuevo, desconocido, (¿quién es?, ¿cuál es la relación? ¿desde cuándo?) O revisás bolsillos, carpetas y compartimentos a ver si ¡eureka! encontrás un papel, un ticket, algún resto documental que pruebe la traición. Buscás porque sospechás. Buscás porque temés.

Pero también buscás porque querés encontrar y tal vez confirmar su maldad. Con el descubrimiento tu posición es eleva, ahora sos la víctima, como si fuera un triunfo, un pasaporte para señalar con el dedo y que toda la culpa sea suya.

¿La culpa de qué? Segúramente de la infelicidad, abonada con indiferencia, desgano y desánimo, des-pasión y desamor. La idea de una separación sobrevuela hace ya un tiempo pero hace falta un pretexto para encararla separación y que, claramente, la culpa no sea tuya. No serás vos quien destruya la sacrosanta institución matrimonial. Hiciste todo bien. Siempre. No hay nada que achacarte. Toda la culpa la tiene quien traicionó tu confianza, buscó afuera, te despreció y humilló. No fuiste vos quien cruzó la raya.

Uno se inventa el cuento que quiere y suele ser aquél en el que uno queda mejor parado. Siempre el malo es el otro y uno elige ser tan solo víctima inocente de sus crueles conductas. Lo cierto es que aquel distanciamiento que al principio no tan evidente, se fue instalando, pesado, y con él creció tu malestar, tu soledad, tu ira. Y la ira te lleva con ansia obsesiva e incontenible a encontrar lo que te demuestre fehacientemente que tu infelicidad tiene una razón: te está “metiendo los cuernos”. No hay nada más que hablar.

Mientras buscás las pruebas estás en medio de la ceguera de la angustia pero qué harás si las encontrás. ¿Cómo seguís? ¿Confrontación? ¿Explicación? ¿Cómo superás la humillación, lo que sentís como una traición y una corrupción moral? Si sos de esas personas que lo viven como una defraudación, una idea rumiante que insiste y persiste y no te deje vivir, no podrás superarlo. Encontrar evidencias no tendría vuelta atrás. Encontrar, para vos, no puede llevar a otra cosa que la separación. Por eso, antes de espiar en el celular o donde sea, dialogá con tu ira y decidí si tiene sentido emprender esa búsqueda afiebrada. Encontrar puede ser un alivio que te permita acusar, reclamar y triunfar sobre el otro. Pero también puede ser un gran riesgo que, como un tobogán fatídico, te deslice hacia la ruptura y la soledad. Si en lugar de buscar “pruebas” te atrevieras a revisar la relación, a proponer otra búsqueda, una búsqueda conjunta hacia una reconstrucción -si es que ambos la desean-, un recontrato que les resulte mejor a ambos. O, si nada de eso se puede, una separación consensuada y conversada que, si hay hijos, será mucho más saludable.

Pero puede pasarte que no busques y que sin quererlo, encuentres cuando las huellas se borraron mal. Y te topás de pronto con la información sorpresiva de que no eran dos, de que hay o hubo alguien más. ¡Balde de agua fría! No te lo veías venir. Desengaño. Desconcierto. Desilusión. Desaliento. ¿Otra persona? ¿Desde cuándo? ¿Por qué? ¿que hago? ¿le digo que lo sé? ¿no le digo? Este encuentro accidental es más doloroso que el deliberado. No buscabas señales que satisficieran tus temores, que te aliviaran, no eran ideas tuyas. El golpe, por lo inesperado, es más artero y te encuentra con las defensas bajas.

Podés saberlo -aunque sucede con menor frecuencia. cuando un día tu pareja viene y te cuenta, de frente, que tuvo o tiene una relación extramatrimonial. Son personas que encaran lo que muchos consideran un sincericidio como una cuestión de lealtad y honor.

Sea como sea, el descubrimiento de que hay otra persona, es siempre doloroso. Le seguirá un proceso de confrontación y revisión, con más o menos diálogo, pero que siempre pone en juego sentimientos y emociones, fragilidades y vulnerabilidades que repercutirán en el destino de la pareja. Nada seguirá igual.

Pero para algunos la afrenta es tan honda que les es imposible continuar. La humillación ha corroído tanto la autoestima que impide cualquier intento de reconstrucción. Si el descubrimiento representa una defraudación irreparable, si demuestra que no compartían la ideología de qué es vivir en pareja, la confianza se fragmenta en pedazos. Lo construido, familia, redes, hijos, se derrumba como castillo de naipes. Lo que parecía sólido y firme se transforma en frágil y sin sentido.

Pero hay algunos para los que, luego de superado el primer impacto, el descubrimiento puede volverse una oportunidad de re contratar la relación, desempolvar los rincones que se dejaron de revisar, abrir ventanas y dejar entrar un renovador aire fresco. Será un punto de inflexión que, si es bien encarado y si hay la voluntad de hacerlo, puede cambiar al rumbo de la pareja hacia una mejor convivencia.

En esos rincones cubiertos de polvo habían quedado temas que la convivencia daba por obvios y es una oportunidad de responderse a algunas preguntas como  ¿por qué? ¿no es feliz conmigo? ¿ya no me quiere? ¿me quiere dejar? ¿es algo que hice yo? ¿es algo que no hice yo? Las respuestas y el diálogo que siga pueden poner palabras a ansias y frustraciones, sueños y desánimos, expectativas y realidades para entender, tal vez los dos, qué pasó y en qué están. ¿Esa otra relación es algo transitorio? ¿Qué le dio que no encontraba en la pareja? ¿tiene que ver con el otro de la pareja o se trata de una necesidad personal que no le afecta? Si la conversación abre los ¿por qué no me di cuenta? ¿dónde estaba yo mientras pasaba esto? ¿cómo no lo vi? puede ser un salto cualitativo que iluminará aspectos personales.

Primero un sacudón pero después puede ser una oportunidad para decirse cosas que sobrevolaban y que ninguno se animaba siquiera a pensar y se podrá convenir un nuevo pacto de convivencia más satisfactorio para ambos, más transparente y realista, sin que sea necesario, para ninguno, mentir u ocultar o espiar para encontrar.

PUblicado 23 octubre 2018 en La Nación

Hombres que temen tener hijos

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“Es hora de pensar en un hijo” dice con suavidad o impaciencia, en tono imperativo o necesitado. Como pedido. Como pregunta. Como anhelo, esperando, suspendida, la reacción, la respuesta del compañero.

En la década de los treinta el reloj biológico anda más rápido y las mujeres comienzan a temer que si no sucede ya, ya no pasará.

Los que comparten el deseo, reciben estas palabras con beneplácito. Pero los que no quieren hijos, dirán claramente que no, en cuyo caso la mujer debe decidir si seguir en esa pareja y renunciar a la maternidad o separarse.

Pero para los indecisos, encarar el tema los arrastra a un tobogán de incertidumbres y sienten un torniquete en el cerebro que les entumece las reacciones. No es que no quieren sino que la idea de tener hijos los aturde y paraliza. Que no es el momento. Que no todavía. Que el trabajo. Que el dinero. Que las ataduras. Que la responsabilidad. Lo que plantea turbulencias y cuestiona la continuidad de la pareja.

No se lo confiesan a sí mismos, pero tienen miedo. Obviamente un hijo es un compromiso, un vínculo biológico de por vida, más que el matrimonio. Y se pone en duda la capacidad de honrarlo. ¿No será una tal pérdida de libertad que los arrinconará y les cortará las alas para siempre? Como si tener un hijo fuera una amputación imaginaria de una libertad también imaginaria porque somos mucho menos libres de lo que nos gusta reconocer.

¿De qué se protegen? ¿Qué asusta tanto a los hombres? ¿No ser capaces? ¿Cansarse y querer volar? ¿Que no les nazca el instinto de paternidad?

Ese mismo hombre tiene una mascota, un perro por ejemplo, y disfruta de ser recibido con esa cola sonriente y arrebatada que dice ¡llegaste! ¡qué suerte! ¡cómo te extrañaba! y le prodiga caricias, comida y el paseo diario.  Conoce el placer de criar un ser indefenso, de alimentarlo, de mimarlo, de desear verlo y jugar con él. Establece un lazo hondo y entrañable. Sin temor alguno. Le nació el instinto.

Obviamente no es igual tener un hijo. Lo que no saben es que el famoso instinto maternal está siendo cuestionado. No todas las mujeres sueñan con tener hijos ni la maternidad es su objetivo en la vida. Incluso una vez que son madres las cosas no les salen espontáneamente, ni dar de mamar ni contener ni resolver las mil y una cosas que suceden. El tal instinto es una construcción que va naciendo, en hombres y mujeres, a medida que interactúan, cuidan y conocen a su hijo. Desarrollan, cada uno a su modo, ese fuerte sentimiento de apego y amor que asegura que el niño llegará a adulto.

Pero la cultura nos juega en contra. Ha instalado el modelo de mujer-madre, emocional, sentimental y romántica, que dibuja corazones rosas, se pone linda y sueña con el príncipe azul que la hará feliz para siempre y el del padre-proveedor, macho fuerte, determinado, inmune ante sentimentalismos, que mide su éxito en su potencia eréctil, el tamaño del coche y de la cuenta de banco.

La historia familiar de muchos incluye un modelo paternal afín con la cultura predominante. En general un padre trabajador con poco contacto cotidiano y una afectividad amarreta con sus hijos, al menos cuando son chicos, justo cuando se construye e instala el modelo: el lugar del padre será un espacio vacío o mal ocupado que años más tarde genera el panic attack de preguntarse ¿cómo voy a hacer para ser padre?

Lo curioso, lo sorprendente, lo maravilloso, es que ése que se asustó ante el deseo del hijo, que dudó acerca de sus capacidades, que temió sentirse acorralado por un compromiso que no se podrá desanudar, ese mismo hombre, una vez nacido su hijo, descubre que se ha vuelto a enamorar. Desde el momento en el que ve en la ecografía borrosa imágenes que solo el técnico entiende, ¡se mueve! ¡¿es el corazón?! y un tum tum tum tum rápido y fuerte porque sí, eso que se ve ahí es tu hijo. Y algo te empieza a pasar, algo nuevo con lo que no contabas y no entendés cómo te inunda una emoción inédita ante ese milagro y la evidencia de que eso que late ahí es algo tuyo y te sube desde los pies un calorcito, un temblor, una especie de embriaguez que te hace levitar. Corrés la mirada del ecógrafo hacia tu mujer que ahora es más que tu mujer, ahora es poseedora de un tesoro que hasta tal vez se te parezca. Y el crecimiento de la panza. Y  las pataditas. Y en una vorágine misteriosa el parto, la lactancia, los pañales y el llanto que solo vos sabés calmar. Y un día te mira, te reconoce y te sonríe y ni todos los soles del mundo brillan para vos como el puente que se tiende entre los dos.

La cultura nos está regalando un nuevo modelo de paternidad, hombres que no quieren perder el placer de la crianza, que reclaman intervenir, no quedar afuera, sabiendo que solo estando, solo ocupándose, solo así irán haciendo suyo a ese hijo que durante nueve meses vivió un idilio exclusivo con su madre.

Hay nuevos vientos, esta vez benévolos, y los hombres empiezan a tener permiso de emocionarse, de reír y de llorar, de consolar, abrazar y acariciar, de meter la nariz en el cuello de su bebé, ahí, en ese huequito que está debajo de la oreja y aspirar hondo y con delectación la fuerza y la potencia de la vida.


Publicado en La Nación online, sept 17, 2018

Violines y perdices quedaron en los cuentos

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"¡Estoy harta!", dice Graciela mientras le echa edulcorante al cortado que tiene enfrente y revuelve la negrura del café con la esperanza de que aclare. Emite un hondo suspiro, mira hacia la lejanía, y agrega: "Siempre igual, todos los días, no quiero más, así no quiero más.". Se le humedecen los ojos cuando murmura: "Lo sigo queriendo, no quiero encontrar a otro, pero esta rutina no, no quiero más, me asfixia, me agobia, me odio en esta vida que estoy teniendo".

Graciela expresa lo que cada vez más mujeres sienten luego de dos o tres décadas de matrimonio. En mi experiencia de los últimos años son casi siempre ellas las que piden una terapia de pareja o quienes plantean una separación.

No parece pasarles lo mismo a los hombres. Aún cuando la felicidad de la convivencia y la pasión hayan quedado en el pasado, pilotean la rutina y el todos-los-días aparentemente bastante mejor que sus compañeras. Al menos no suele ser ese un motivo de queja.

Es que la convivencia se inicia con diferentes expectativas de género que determinan el grado de contento según se satisfagan o no.

Es común que al comienzo los hombres vean con desconfianza la idea del matrimonio. ¿Temen firmar un compromiso que creen difícil de sostener? ¿Temen perderse a todas las mujeres cuando elijan solo a una? ¿Temen sentir que el matrimonio monógamo sea una especie de prisión perpetua?

Pero, aún con esas preguntas y temores a cuestas, una vez que dan el paso, que dicen "sí, quiero" y firman la libreta, renuncian sin tanto sufrimiento a esos horizontes de libertad infinita en pos del armado de una familia, de un nido previsible y amable. Sus expectativas pasan por el mandato cultural y familiar de ser un proveedor eficaz que asegure el cuidado, sostén y desarrollo de todos que, cuando no puede ser satisfecho es una fuente de angustia. Pero si más o menos lo consiguen, basta con que se sientan necesitados, valorados y reconocidos por su esposa, para que el tejido del resto de la vida cotidiana, las actividades, interacciones familiares o sentimientos y emociones no se ponga en cuestión. No pasa por allí su medida de satisfacción y éxito, sino por el rol de proveedor. Sea empleado, empresario, artesano, comerciante, emprendedor, artista, científico, ese espacio será el primordial foco de interés y atención.

Son muy diferentes en general las expectativas asumidas por las mujeres. Investidas de personajes como Blancanieves o la Bella Durmiente, están programadas culturalmente para que la felicidad, la realización personal, la valoración y autoestima sean consecuencias directas y exclusivas de un matrimonio feliz. Junto al mandato biológico y cultural del maternaje luego del nacimiento y crianza de los hijos, aunque tenga un desarrollo personal en el mundo exterior, caen sobre ellas la responsabilidad del sostén emocional y la responsabilidad y el cuidado de los miembros de la familia. Si todo va bien, pasadas dos o tres décadas, el hombre estará más o menos asentado en su rol de proveedor y el matrimonio será para él un espacio tranquilo y de baja exigencia. La mujer, por el contrario, ya sin hijos a criar, volverá la mirada hacia su compañero, abstraído en el celular o el televisor pegado al control remoto y se preguntará dónde ha quedado aquella felicidad prometida.

El marido no la ve. Siente que para él es transparente, parte del mobiliario, alguien que está pero no alguien buscada para agasajar, halagar o conversar. Ni princesa, ni príncipe azul, ni perdices, aquel anhelo de lo que iba a conseguir en el matrimonio se disuelve en rabia y angustia. La frustración tiene cara de mujer.

La institución matrimonial, instituida cuando la gente no superaba los 45-50 años, está siendo desafiada con la extensión de la expectativa de vida. Superados los 50, aún atractivas, las mujeres esperan más que lo que hay. Lo dicen sumidas en llanto ante la mirada sorprendida de sus maridos que no entienden lo que está pasando. Si todo funciona, se dicen, si por suerte están sanos, si los hijos están bien, si no hay penurias económicas ¿de dónde sale ese sufrimiento? ¿qué pasó?

Veo con alegría que más y más chicas ya no compran la ilusión de los cuentos de hadas, no ponen todas las fichas en la pareja y toman su desarrollo personal también como eje protagónico de sus expectativas de reconocimiento y felicidad. El modelo Susanita sigue existiendo como imaginario social, pero ya no como el único y exclusivo modelo de vida ni como la llave dorada de la felicidad.

Veo también un cambio en los hombres que acompañan más y más esta movida y aprenden a disfrutar de la paternidad y de las responsabilidades caseras cotidianas. Estos maridos, a diferencia de los clásicos, saben dónde están las cosas porque comparten la tarea de ordenar y guardar.

Los violines y las perdices van quedando en los cuentos. Más realistas y escépticos, menos románticos, ya no esperan la prometida y engañosa felicidad total y constante que tanto hace sufrir cuando no se cumple. En la avanzada de un cambio social inédito, la frustración expresada mayoritariamente por mujeres, es un alerta sobre la institución "matrimonio", un desafío epocal sin precedentes ni estructuras referenciales que exige el encuentro de nuevas alternativas.

Publicado en La Nación online, https://goo.gl/i6EGWT

Los hijos del otro

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Si convivir en pareja ya es complicado, convivir en un segundo matrimonio donde hay hijos de matrimonios anteriores, lo es aún más.

En la pareja son dos, en la segunda pareja son varios porque se incluyen los hijos de uno y de otro, a veces conviviendo todo el tiempo, a veces entrando y saliendo. También vienen en el combo los ex, que no conviven en la nueva estructura pero, a modo de coro griego, son capaces tanto de corroer el mejor intento como de favorecer la vida de todos.

La inteligencia vincular requerida ahora se multiplica por cuatro y de ello depende la paz y la armonía. Estas nuevas estructuras familiares no tienen precedentes históricos ni estructuras culturales a las que recurrir, son nuevas y habrá que ir improvisando, inventando y construyendo a cada paso. Por eso es tan crucial que los participantes sean inteligentes y privilegien el bienestar de los hijos antes que sus reclamos, carencias, frustraciones y resentimientos.

Un segundo matrimonio con hijos del primero puede ser una especie de circo de tres pistas en el que van pasando varias cosas simultáneamente y abre la posibilidad a múltiples conflictos.

El apresuramiento no es una conducta favorable. El amor de la nueva pareja no basta para acomodar todo lo que requiere adaptación en la nueva estructura. Los hijos y los ex no participaron de la decisión y deben irla incorporando según cada uno pueda. Lo universal es que requiere tiempo, paciencia y comprensión hasta encontrar el modo y el espacio mejor para la convivencia de tantas personas.

Se establecen múltiples relaciones en una red que a veces es prolija y otra es un enredo complejo; relaciones con los hijos de uno que de pronto deben convivir con los hijos del otro, relaciones con los hijos del otro, ver el modo en que el otro se relaciona con sus hijos y con los nuestros, los distintos estilos, tiempos, hábitos. Para todos es algo nuevo y aparecerán rincones sombríos y situaciones que requieren resolución.

Escuchar y escucharse. No dar nada por hecho. Estar atentos a uno mismo y a cada uno de los participantes, ir negociando los lugares y espacios, tanto afectivos como físicos sin exigir ni forzar que se quieran como hermanos. Esto sucederá, si es que sucede, por sí solo con el paso del tiempo.

Recordemos que los hijos suelen creer que son los culpables del divorcio y que este sentimiento de culpa puede caer sobre la nueva pareja que representará ese fracaso y será en consecuencia la destinataria del resentimiento y el rencor. Es imprescindible informarles que no son los responsables y que no dejarán de ser queridos.

Los hijos del otro no son propios. La nueva pareja no será su mamá o papá. Aunque convivan, habrá tres campos: mamá y sus hijos, papá y sus hijos y todos juntos, y habrá que convenir reglas claras, transmitirlas a los hijos y asegurarse de que sean respetadas. Reglas acerca de espacios, tiempos y hábitos. ¿Cuando comemos lo hacemos todos juntos y hasta que no terminamos nadie se levanta? ¿Hay que tender la cama luego de despertarse? ¿Cómo es el uso del baño? ¿Cómo se distribuyen las camas? ¿Quién reta a quién? ¿Habrá horarios para el uso de los dispositivos digitales? Las mil y una cosa de todos los días. Los hijos sabrán que en la casa de antes sigue siendo de una manera y en la nueva es de otra, cada una con sus particulares reglas de funcionamiento.

¿Qué hacer con los hijos ingobernables, demandantes y maleducados que siembran minas explosivas a cada paso en el nuevo matrimonio? ¿Quién los instruirá en las nuevas reglas? Esto puede determinar malestar y peleas porque nunca debe hacerlo la nueva pareja.

Tampoco caer en la tentación de competir con los hijos del otro para asegurar su atención y cariño o pretender que nos quieran más que a su progenitor biológico.

¿Y cómo enfrentar a los ex cuando no respetan los convenios, cuando son vengativos y crueles? Si el divorcio ha sido complicado, si continúa con resentimientos pueden destruir los nidos mejor armados. Pueden usar a sus hijos como espías que llevan y traen informaciones, o temiendo perder y perderlos llenarlos de mentiras para que vean la maldad de la nueva pareja. Pueden no respetar lo convenido sobre los días, los horarios y modos de visitas y contacto, las vacaciones, los arreglos económicos, las responsabilidades (la escuela, los médicos, los trámites). Pueden abandonar a sus hijos cubiertos de odio por haber sido abandonados, dejar de hacerse cargo de los pagos necesarios incluso dejar de verlos como si el divorcio con su mujer incluyera el divorcio de sus hijos.

El amor en la pareja, el amor a los hijos, ambos igualmente fuertes, no lo puede todo. Habrá celos, envidias, enojos, inseguridades, temores, conductas irritantes hasta que las aguas se acomoden y las cosas se vayan asentando. La paciencia necesaria indica no apresurar los procesos ni forzarlos.

Estamos siendo protagonistas de un momento inédito en las relaciones familiares.Una transición entre lo que conocíamos y lo que estamos viviendo. Todo proceso requiere tiempo y, particularmente en éste, el desarrollo y entrenamiento de la inteligencia vincular que nos permita privilegiar el bienestar de todos en la nueva empresa en común. No todo es problema. Estas nuevas estructuras con hijos de uno y otro lado, pueden sumar riqueza y alegría a la nueva pareja que apuesta a intentarlo nuevamente.

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