El cartógrafo. Comentario


El cartógrafo

Varsovia 1:400.000 de 1939 a la actualidad

el-cartografo-t_26805ch.jpg

Ya desde que se entra el espacio, la escenografía y la iluminación van sumergiendo al espectador en un tiempo y un lugar otro. No hay escenario, todo sucede cerca, al alcance de la mano y uno se deja llevar por lo que se va desplegando ante sus ojos. Los protagonistas buscan trayectorias perdidas pero para ello deben saber hacerse las preguntas precisas.

Preguntas que van desde el gueto de Varsovia de entonces y las calles de la Varsovia de ahora, generadas por unos seres que buscan afiebradamente y anhelan encontrar el registro, el mapa que les indique por fin dónde, qué, cómo. En Varsovia ayer, en Sarajevo, en Londres, en Varsovia hoy. Y claro, estamos en Buenos Aires…. y en la sala Cunil Cabanellas que está en el subsuelo, el paso del subterráneo nos recuerda cada tanto, con una leve vibración dónde estamos. No fue parte de la puesta, pero lo es y funciona.

El texto de Juan Mayorga le surgió una mañana en la que se perdió por Varsovia. Sus palabras y situaciones encarnadas en la maravillosa puesta de Laura Yusem tienen un alcance de una hondura inconmensurable. Mayorga dice que “sueña con que cada espectador trace, además de un mapa de una Varsovia invisible, otro mapa dentro de sí con su propia ciudad como si nunca antes la hubiera pisado, quizás también un mapa de su propia vida, de su propio cuerpo”. Yusem lo hizo posible y transformó la potencia de lo simbólico en emoción y piel.

La escenografía de Graciela Galán y la iluminación de Jorge Pastorino son deslumbrantes. Los seis actores son seis joyas de transmisión y entrega, con el tono justo, la emoción a flor de piel pero sin desbordar nunca. La sorpresa es que el personaje de Blanca lo interpreta una actriz pequeña, delgadita, muy parecida a la enorme Elena Roger. “¿Será?” me pregunté y sí, es ella, lo dice el programa y allí está, al lado de uno, la increíble Evita, la trágica Edit Piaf, la que es capaz de llenar con su voz y su presencia cualquier escenario, en El Cartógrafo es una española perdida en Varsovia que busca dibujar mapas que le expliquen tantas ausencias.

Caminar por Varsovia hoy es un ejercicio de irrealidad. El gueto fue arrasado, no queda nada. Gran parte de la ciudad que había sido ya no es. Enormes edificios vidriados, shoppings modernos, calles despejadas y señoriales están muy lejos de aquella Varsovia de hacinamiento y muerte. Siempre que la visito me acosan los fantasmas que la sobrevuelan, veo la desmemoria de los varsovianos que no saben, no quieren saber, no pueden saber, no se les facilita saber, y me detengo en esas mismas calles cuyos nombres no han cambiado. Y la analogía es automática porque pasan cosas parecidas con uno mismo y con su propia vida, con sus recuerdos y sus olvidos, con aquellos mapas trazados por la vida por los que caminamos casi siempre sin darnos cuenta y muchas veces sin saber hacernos las preguntas precisas.

La obra admite varias lecturas pero nadie se irá sin llevarse las preguntas de sus propias trayectorias, de sus propios mapas que den cuenta de lo que uno ha perdido u olvidado.


Ser elegido tiene sus "privilegios"

Word Art.jpeg

El pueblo judío es un pueblo privilegiado. En los comienzos de su historia oral dicen los textos que fue designado para ser portador del monoteísmo, ingente tarea en un mundo panteísta y adorador de imágenes. Ese concepto abstracto, no era una persona ni tenía imagen, ni siquiera tenía nombre, era EL-NOMBRE, constituyó el eje alrededor del cual se desarrolló la misión y la cultura del pueblo judío. La extraña idea del Dios único traída por estos pastores nómades fue sostenida durante siglos y siglos hasta que un grupo de judíos crearon su coto propio y la transformaron lo suficiente como para llamarse de otra manera. Lo que sigue es conocido. A la religión del padre le siguió el cristianismo, la religión del hijo, luego el islam, la religión de los cuñados (sunitas, los descendientes de Mahoma y chiitas los de Alí, el yerno de Mahoma). La cristiandad y el islam se lo tomaron a pecho y difundieron, en sermones y exhortaciones y también a capa y espada, la extraña idea del monoteísmo que los esforzados pastores habían sostenido persistentemente aún cuando el contexto de múltiples divinidades e imágenes les había sido tan adverso. Era una carga pero habíamos sido elegidos para eso.

Pasado el Holocausto que nos puso como blanco de la guerra contra los judíos emprendida por el nazismo y exterminó a un tercio, hoy los judíos tenemos el renovado privilegio de estar en el centro de polémicas, acusaciones y protestas. Es encomiable y regocijante que mucha gente en la izquierda progresista y en la derecha fascista se preocupe tanto por los palestinos a los que sus dirigentes no dejan salir del desgarrador status de refugiados perpetuos. Esa preocupación habla muy bien de la Humanidad, de la mirada ética, de lo mejor que tenemos los humanos interesados por el prójimo. Pero en su honda y genuina preocupación simplifican un tanto el cuadro y lo reducen a buenos y malos, perpetradores y víctimas, débiles y poderosos sin considerar los contextos. Es tanta la defensa que hacen del victimizado pueblo palestino que no ven, o ven pero dejan de lado, que es un peón en un juego que lo trasciende, un juego de codicia y poder en el entramado geopolítico que excede en mucho a la dicotomía construida con una narrativa tendenciosa. Ambos pueblos sufren sus consecuencias durante las últimas 7 décadas. Los refugiados palestinos usados como escudos, mantenidos en la transitoriedad, azuzados para odiar por un lado y los residentes israelíes que, además de tener sobre sí la constante amenaza de la destrucción de Israel como estado, viven diariamente el terror de los atentados tanto con cuchillos caseros como con misiles altamente desarrollados. El argumento sobre simplificado señala a Israel como el perpetrador del pueblo palestino y a éste como su víctima propiciatoria. Nada se dice ni se sabe ni se quiere sugerir acerca de los intereses en juego en la dirigencia palestina que medra con el estado de victimización al que somete a su pueblo y que no le interesa modificar. Hay muchos negocios allí. Para mantener el statu quo hace falta que el pueblo palestino se mantenga unificado y acepte a esa dirigencia corrupta. Esa unidad se consigue instalando a un enemigo común, igual que todo estado totalitario y el nazismo, en este caso con una eficaz escuela de odio cuyo objetivo es la destrucción del Estado de Israel.

La política de los gobiernos de Israel puede ser criticada, y de hecho lo es especialmente por sus propios ciudadanos dado que es el único estado democrático en el oriente medio. Pero oponerse a su política ¿justifica su total aniquilación como país?.

Confío en la humanidad de los reclamos y espero que los mismos que se muestran tan preocupados por lo que sucede en aquel distante lugar del mundo, miren también lo que sucede en otras partes y se pronuncien con la misma energía y a viva voz en contra de asesinatos, injusticias y perpetraciones como las de cristianos y kurdos masacrados en Siria, y, por mencionar solo unos pocos sitios más, lo que sucede en Turquía, Zimbabwe, China, Pakistán, Arabia Saudita, Bielorrusia y siguen las firmas. Ésos y tantos más son sitios en los que la población sufre condiciones inauditas pero, aparentemente, ninguno de esos lugares y pueblos les resultan suficientemente atractivos a los bien pensantes anti israelíes como para protestar o no les despierta una irrefrenable ansia liberadora. La acusación a Israel es una obsesión que, en vista de tanto ataque a otros pueblos, resulta difícil de comprender si solo se protesta por ello a menos que se la lea desde el viejo prejuicio anti judío que aún sigue vigente en la cultura occidental.

O sea que seguimos siendo el pueblo elegido. Y ser elegido tiene sus “privilegios”. Nos eligen como blanco quienes arguyen que no deberíamos existir y nuestro triste “privilegio” es ser el único país en el planeta que debe seguir luchando para mantenerse vivo.

Es tan fuerte la judeofobia ancestral que no pueden dejar de mirarnos, vernos y acusarnos de cualquier peste negra que asole la Tierra. Y no resiste el menor análisis eso de que “no soy antisemita, soy antisionista”. Acusar a los judíos vende, asegura atención, centimetraje periodístico y difusión en las redes sociales. Jews are news. Siempre.

Publicado en Infobae.
Publicado en Por Israel

Del auto-odio al disimulo, una consecuencia del antisemitismo

Captura de pantalla 2019-02-28 a la(s) 18.00.23.png

La Shoá ha sido un laboratorio en el que la Humanidad se encontró con su peor cara. Las investigaciones y los documentos a los que tenemos acceso siguen siendo una fuente riquísima de lecciones con gran potencial para la construcción de una convivencia social compatible con la armonía y la paz. Quedan abiertos dilemas como los que tuvieron que enfrentar los judíos tantas veces. Sobrevivir era sinónimo de “sálvese quien pueda”, sujetos de la suerte o la mala suerte. Pero sigo sin entender qué guió a Jonas Wolk para hacer lo que hizo.

Der Stürmer, -el artillero, el atacante- fue un pasquín nazi cuya finalidad esencial era la instalación, difusión y potenciación del odio a los judíos. Este tabloide semanal, publicado entre 1923 y 1945, tuvo una tirada de 20.000 ejemplares en 1933 con la conquista del poder total del nazismo y llegó a alcanzar los 600.000 en 1940.

Captura de pantalla 2019-02-28 a la(s) 18.00.31.png

Su director, Julius Streicher, rabioso antisemita, lo transformó en una herramienta esencial para la propagación del antisemitismo y la naturalización de la imagen del judío como pestilente y exterminable. Su identidad gráfica era las caricaturas que dibujaban a los judíos como repugnantes, aprovechadores, violadores, asesinos, ladrones y explotadores. Difundió el “libelo de sangre”, la vieja acusación medieval de que los judíos secuestraban niños cristianos para desangrarlos y elaborar con esa sangre su “diabólica” matzá y sostener sus ritos secretos. Sazonaba sus diatribas con otras contra católicos, comunistas y capitalistas condimentadas con materiales pornográficos y obscenos. Sigue siendo un ejemplo supremo de prensa amarilla y manipuladora que se alimenta con engaños con bajezas e iniquidades.

Las portadas traían una caricatura como la que se ve en la imagen y al pié el lema Die Juden sind unser Unglück! -¡Los judíos son nuestra desgracia!-.

Der Stürmer empleaba cien personas entre escritores, dibujantes, personal técnico y administrativo. Uno de ellos, Jonas Wolk, era judío. Con el seudónimo de Fritz Brand escribió muchos de los espeluznantes textos antisemitas.

Me supera. Por más que le doy mil y una vueltas y me respondo con diferentes teorías, no consigo comprenderlo.

el-orgullo-2.jpg

Pero el auto-odio militante es el final de una parábola que transita por otras estaciones. El miedo, la vergüenza, el ocultamiento. Distintos grados en los que la condición judía se manifiesta como un problema para los judíos que vivimos en contextos con cierto nivel de antisemitismo. En principio todos los que residimos en países dominados por la ideología cristiana que ha propagado durante siglos acusaciones judeófobas estamos expuestos a la sospecha y debemos convivir con ello.

Hay judíos que optaron por la conversión lisa y llana con el objetivo de quitarse de encima el peso de la discriminación. Conversión que incluye, claro está, el ocultamiento del antepasado judío en cuestión; queda como abominable secreto, pero queda y a veces sale a la luz. Son varios los sobrevivientes del Holocausto, por ejemplo, que al cambiar de país, han elegido una nueva identidad y linaje, otro apellido y otra historia, con la esperanza y la promesa de un futuro mejor.

Conozco una sobreviviente venida de Lituania que ha querido borrar toda traza de su identidad judía para integrarse mejor en la sociedad argentina y eligió un apellido que le sonó a muy argentino, Del Campo, sin advertir la oculta referencia. Pasadas unas décadas e interactuando con la sociedad más granada, decidió revisar aquel propósito y ahora, cuando le preguntan de qué Del Campo es, si de los Del Campo de Balcarce o si de los del Campo de Mercedes responde que es “de los Del Campo de Concentración”.

Revelarse ¿rebelarse? como judío entraña el riesgo de cierta pena social, de ser mirado de otra manera, con cierta prevención, con cierto cuidado. Nuestro interlocutor se pone en guardia para no decir alguna inconveniencia que pudiera ofender; es tal la naturalización del prejuicio anti judío que sabe que algo podría escapársele sin que sea o se reconozca antisemita.

Los judíos solemos imaginar que no serlo podría ser liberador tal vez porque no sería necesario cuidarse ni demostrar particular probidad y moral. Los judíos que vivimos en una cultura cristiana hemos incorporado también el prejuicio antijudío como el resto de la sociedad. Y está tan enraizado que uno lo vive a veces sin darse cuenta. Dado que mi apellido no suena judío ni tampoco mi aspecto, muchas veces me han dicho “¡ah! ¿sos judía?.... no parecés”.

Me sigue avergonzado haber creído que era un elogio.





Violetas de marzo (otra lección del nazismo)

violetas.jpg

Cuando está terminando el invierno en Europa comienzan a crecer las violetas. Es el anuncio del comienzo de la primavera y el final del frío.

Pero en la Alemania nazi, las violetas de marzo tenían otro significado. Era el nombre despectivo con el que los nazis llamaban a los que se iban uniendo al Partido a último momento, cuando ya no había más remedio, no por convicción sino por conveniencia. No eran “verdaderos” nazis, esos comprometidos hasta el tuétano con el Führer sino unos advenedizos que lo hacían solo por oportunismo. Gente de cuidado. Traidores en potencia. Veletas que hoy estaban y mañana, con otros vientos, cruzaban a la vereda de enfrente.

Las "violetas de marzo" son ejemplares que crecen en las tiranías, los totalitarismos y los populismos. Para mantener sus bienes y fuente de ingresos, por el temor de perder el trabajo, ser detenido, deportado, encerrado y asesinado muchos se afilian al Partido Totalitario con la esperanza de garantizar la continuidad de la vida.

Pero las “violetas de marzo” deben hacerlo de modo que su afiliación parezca verdadera. Los judíos que temían por su vida ante la Santa Inquisición cuando abrazaban el catolicismo elegían llamarse Sacerdote, Santamaría, Abad, Iglesias, Cruz y no se perdían una misa. Eran más papistas que el papa para aventar cualquier posible sospecha.

Como los pobres judíos llamados burlonamente “marranos”, las “violetas de marzo”, son esos seguidores tardíos forzados a exagerar su fe para que nadie desconfíe.

Las “violetas de marzo” se juntan en ramilletes y se lucen en los más lindos jarrones como si siempre hubieran estado allí. Enhiestas y atentas, el ojo avisor, el oído atento, no sea que alguien se de cuenta de que están aferradas con uñas y dientes a los bordes para no caerse porque no venían en ese florero.