Sobrevivientes. Libro y muestra de Pablo Cuarterolo. Prólogo.

Propuesta poética en forma de fotografías.

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Fotos escuetas, parcas y concisas, fotos de personas y fotos de lugares, breves comentarios como haces de luz abriéndose camino en la oscura inmensidad de lo ignorado, ésta es la colección de este trabajo emprendido por Pablo Cuarterolo luego de ponerse en contacto con la Shoá lo que lo condujo al imperativo del registro, un registro cargado de interrogantes. Caminó por Auschwitz, allá, en Europa y volvió a Buenos Aires sabiendo que encontraría, también acá, restos, marcas, personas y también lugares pregnantes que ocultan el escarnio tras fachadas inocentes. Sus fotos, a modo de ensayo o de poema visual no bajan línea ni explican, invitan a sumergirse en el universo del MAL, a cuestionarse y a reflexionar. Pero no queda ahí, convoca a algo más difícil: a intentar comprender, a sacudirse el corrosivo polvillo de la indiferencia y, lo que es infinitamente más difícil, a perdonarse por tanta mirada hacia lo lejos.

pieles, pieles arrugadas, pieles mudas
miradas fijas, detenidas, ¿acusatorias?
sombras, silencios, números
piedras, lápidas, muros, muros testigos,
pieles de personas
pieles de casas
frentes impenetrables, dolientes
alambres, alambres de púas
rieles, vías paralelas y dormidas ¿inocentes?
fotos, fotos de fotos, fotos que gritan ¿por qué?
miradas, ojos que aúllan ¿por qué?
ecos de preguntas, gritos ahogados, susurros punzantes
huellas, de allá y entonces, parece tan lejos
huellas, de acá y de hace tan poco, está tan cerca
¿dónde estaba yo?
¿donde estabas vos?
¿dónde estaba el mundo?

Es una colección personal atravesada por la sensibilidad y la mirada de Pablo Cuarterolo, su cámara aguda, honesta, bellamente despojada, registró imágenes elocuentes. Nos interpela, se cuela entre las resquebrajaduras de nuestros propios muros -los de la indiferencia-, penetra en cada poro de nuestra piel, sacude nuestra comodidad cotidiana al ponernos enfrente y recordarnos que todo hecho genocida involucra a personas, que siempre el blanco de los ataques es lo humano, eso que cualquiera de nosotros comparte con todos los demás. El crimen, el de la Shoá y cualquier otro, fue contra la Humanidad toda. Es totalmente pertinente decir, parafraseando ese compendio de enseñanzas y reflexiones rabínicas que es el Talmud, que “quien destruye una vida destruye algo del mundo entero”.

Los muros persisten mucho después de que los crímenes perpetrados en su interior parecen haberse olvidado, las casas mudas se ven inocentes e inofensivas. ¿Qué culpa tiene una casa? ¿Qué preguntarle a un muro? ¿Acaso el frasco de vidrio es responsable por el veneno que contiene? Y sin embargo ahí están, gritando que fue ahí que pasó lo que pasó.

Y las personas de estas fotos son el ADN universal, personas como yo, como cualquiera, cuando se las hiere sangran, como yo, como cualquiera, personas que no eligieron ni decidieron que les pasara lo que les pasó. ¿Importa que sean judías? ¿Importa que sean intelectuales, vendedores, actores o filatelistas? En cada milímetro de piel, en cada circunvolución de cada arruga, en cada destello y punto de luz de cada ojo, estamos todos. Porque, como bien dice Jorge Drexler: todo es cuestión de lugar y momento, cualquiera de nosotros pudo haber sido -o podrá ser, agrego yo- el pianista del gueto de Varsovia.

 


 

¿Por qué nos enamoramos?

Entrevista en "Todo tiene un por qué", programa de la televisión pública, emitido el 13 de noviembre de 2017 (dividida en dos segmentos):

Cambiar al otro: siempre una misión imposible

Que hable más. Que hable menos. Que se levante más temprano. Que no lea hasta tan tarde. Que conteste cuando le hablo. Que no discuta todo. Que quiera salir más con amigos. Que no insista tanto para salir con amigos. Que no meta en todo a su madre. Que tome alguna decisión. Que no tome todas las decisiones. Que deje de controlar todo. Que odie el teatro. Que ame el teatro. Que coma en la cama. Que duerma con la ventana abierta. Que duerma con la ventana cerrada. Que controle los gastos. Que se enoje tan fácil. Y esta lista de reclamos y quejas, que es infinita, puede resumirse en: el otro tiene la culpa, el otro tiene que cambiar.

Es hora de decirlo claro: es una misión imposible, la gente no cambia.

Raro si viene de una terapeuta de parejas. ¿Para qué sirve entonces una terapia? Y si la gente no cambia ¿qué tenemos que hacer, resignarnos y seguir sufriendo?

Pues no, de ninguna manera. Podemos desear y esperar que algunas cosas cambien, pero solo las que dependen de nosotros. No podemos cambiar ni la personalidad ni la historia del otro, tampoco sus gustos y zonas de comodidad o incomodidad. No nos es fácil tampoco con las nuestras pero no nos parece un problema porque para nosotros, lo "normal" es ser como somos y nos ponemos como standard de la normalidad y lo que está bien. Y desde ahí arremetemos, exigimos, acorralamos al otro que debe ser tan "normal" como nosotros, querer, pensar, sentir y reaccionar igual.

Cuando era chica teníamos un perro. Tom era un ovejero alemán bueno como el pan, pero tenía un ligero defecto que irritaba a mi papá: una de sus orejas no se mantenía erguida, mientras que la otra estaba enhiesta y firme, como debe ser. Papá, amante de la simetría, exigente y perfeccionista, no lo podía soportar. Pensó y pensó cómo solucionarlo y decidió que un tutor como el que se le pone a una planta para que crezca hacia el lado que uno quiere, pondría en vereda a la oreja desobediente. Tomó un cartón y lo recortó con la forma de la oreja y se lo ató a la misma con varias vueltas de piolín. Al pobre Tom le tomaba pocos minutos quitarse con su pata ese aditamento incómodo y cuando papá se enojaba y lo retaba se iba contrito a su escondite de cuando se había portado mal. Ni bien salía, vuelta papá a atarle el cartón y vuelta Tom a quitárselo con la rapidez del rayo. La gesta de papá parece ridícula pero no lo era para él, creía que era una cuestión de capricho y que con el entrenamiento y refuerzo adecuado Tom lo modificaría. Nadie le había explicado que las orejas eran parte de una red neuromuscular que no dependía de la voluntad del perro. En la pelea, ganó la oreja de Tom y papá tuvo que darse por vencido, pero siguió convencido de que debía haber alguna manera y que él había fracasado en no haberla encontrado.

Cuando queremos que el otro cambie en aquello que no puede cambiar nos comportamos como mi papá, queremos doblegar a la biología, a lo inmodificable, con un cartón atado con piolines.

No hay cartones mágicos para levantar las orejas caídas que nos molestan del otro. Por más que se insista, se argumente, se reclame, se queje o enoje, todo conducirá a una honda sensación de frustración y fracaso, porque el otro, como la oreja desobediente, no hace lo que uno quiere que haga. Entonces, igual que mi papá, se puede creer que el fracaso se debe a que no se encontró el modo, porque "debe haber alguno y hay que insistir". Y cuando, como último y desesperado recurso, se busca una terapia de pareja, el pedido, casi un grito desgarrado es "venimos a cambiar al otro".

¡Qué desilusión cuando digo que la gente no cambia, que cada uno es como es, que le gustaba y le gusta lo que le gusta y no le gustaba y no le gusta lo que no le gusta.

Pero hay un cambio que es posible. Es lo que uno espera. Sabiendo y aceptando la individualidad de cada uno y las diferencias, podemos reajustar lo que esperamos, pedimos o exigimos, eso que nunca sucederá. Está en nuestras manos. Es nuestra decisión. Cuando dejamos de pedirle peras al olmo, dejamos de depender del otro y redirigimos nuestra atención sobre nosotros mismos. Desde ahí habrá que evaluar y decidir si queremos, si vale la pena y si podemos seguir conviviendo con alguien que tiene esas cosas que no nos vienen bien. Y si decidimos que queremos, porque lo que está bien supera lo que está mal, viene la hora de negociar cómo seguirá la cosa. Ya, dejar de esperar ese cambio imposible recalibra todo y nos da un nuevo instrumento interpersonal. Si dependemos del cambio en el otro, estamos sometidos a ello, sin control ni posibilidad de decisión porque el otro, como el perro de mi infancia, no solo no aceptará la imposición del cartón-tutor que lo "enderece", sino que muy probablemente no pueda.

Si movemos el switch fuera de nuestro rango habitual y vamos de "me lo hace a mí" hacia "no me lo hace a mí, simplemente es así" nos liberamos de esa tortuosa dependencia del otro que nos debilita y fragmenta para ser más dueños de nuestra vida y decidir qué hacemos, cómo lo hacemos y cuándo.

Crónica estreno "Los últimos testigos" film de Bernardo Kononovich

El ojo que me cubro es el que vio o abominable, lo inenarrable.

El que dejo libre, sin cubrir, es el que me une a la vida,

el que me convierte en testigo, es el que me hace hablar…

Testigo es el que da testimonio, el que atestigua con su voz, su persona y sus recuerdos que algo ha sucedido. La Shoá, así como todo hecho histórico, tiene varias fuentes de conocimiento y validación. Una son las evidencias de los hechos mismos, los restos físicos, los documentos, las huellas de bombardeos, las construcciones bélicas, los artefactos. Otra las fotografías y películas que brindan una evidencia gráfica incontrovertible. Y otra son los registros escritos personales y los relatos de los sobrevivientes y testigos.

El testimonio de un sobreviviente no es necesariamente un documento de un testigo, puede llegar a serlo. La memoria se nutre de recuerdos y olvidos, no es una crónica fija de un momento determinado ni una foto fidedigna, dialoga con el presente. Según sea el contexto, la audiencia, las vivencias del testimoniante ese día y a esa hora, el relato incluirá algunas cosas o despertará otras que estaban olvidadas. La memoria es dialogal, es móvil y cambiante. Para que un testimonio sea un documento, es preciso que varios testimonios de personas que no se conozcan entre sí refieran lo mismo sobre un determinado hecho.

Para que un sobreviviente se convierta en testigo debe cumplir varias condiciones. Haber estado donde dice haber estado, haber vivido lo que dice haber vivido, tener la capacidad y la voluntad de recordar, y tener la capacidad de ponerlo en palabras. De entre los sobrevivientes devenidos en testigos, hay unos pocos que suman a las condiciones anteriores la capacidad de proponer y estimular la reflexión. Son los que tienen claro que contar el horror crudo y desnudo es obsceno e imposible. Saben también que aún si lo pudieran contar, tendría un efecto contrario al esperado, sería tan abrumador, caería con tal peso aplastante sobre el oyente que, aunque escuchara el despliegue morboso con fascinación, sus terminales reflexivas se irían apagando hasta quedar totalmente desconectadas. No se puede pensar ni aprender del crudo espanto. Este puñado de sobrevivientes-testigos que lo saben, han desarrollado otras maneras de decir, de contar, de transmitir.

Una de ellos es Lea Novera. Su voz, su énfasis, su convicción, su capacidad de conceptualizar y señalar lo que es importante, su cuidado en no buscar horrorizar sino hacer pensar, la han transformado en un referente privilegiado de lo que un testimonio debe brindar.

Bernardo Kononovich, que ya tiene una colección de films en los que explora el sentido y los límites del relato y el testimonio, ha emprendido en “Los últimos testigos” un nuevo desafío en su trayectoria de abridor de reflexiones, de cuestionador, de cineasta y psicoanalista que no teme entrar en algunas junglas de la memoria, haciéndolo con cuidado, agudeza y sensibilidad. Esta vez hace una propuesta innovadora: toma un testigo que dialoga con jóvenes y muestra ese diálogo. Son las voces, las preguntas y las inquietudes de un grupo de docentes y alumnos de la Facultad de Psicología que tienen a “Auschwitz”como tema de su materia, Dinámica de Grupos II. Son jóvenes sensibilizados e interesados en una exploración más profunda, cosa que solo pueden conseguir en un diálogo con alguien que haya estado allí y que lo quiera contar. Kononovich hace la propuesta exploratoria, posibilita el encuentro y lo registra con su cámara.

Se ve en el film que el encuentro entre los jóvenes y la testigo tuvo jornadas previas de preparación, que de todo el grupo que podría haber participado solo lo hicieron ocho. Es curioso que, habiendo integrantes judíos en la materia, ninguno de los ocho que aceptaron el desafío de dialogar con Lea lo sea. Nos dicen que los judíos, docentes y alumnos, cuestionaron la elección de la temática, que ellos ya sabían, que para los judíos era un tema habitual, que no les interesaba. Los que trabajamos con la temática y vamos a escuelas, a grupos, a instituciones, conocemos este sesgo de muchos judíos. Creen que saben. No saben que no saben. No saben cuánto y hasta dónde no saben. Nuestras visitas, clases o testimonios en instituciones judías no tienen la riqueza ni la trascendencia que tienen cuando vamos a instituciones no judías. Los no judíos saben que no saben, lo que abre canales de indagación y sensibilidad que hacen que la clase y el testimonio tenga un vuelo que no siempre se alcanza en sitios judíos. Fenómeno que invita a ser investigado. No tengo una respuesta.

El film tiene tres momentos. La preparación de los jóvenes, el momento en que comparten sus preguntas e intereses, sus miradas expectantes, su sed por conocer a Lea, por oírla e impregnarse de ella. Luego el encuentro mismo con Lea, su llegada, su frescura, las preguntas, el relato desacartonado, potente, espontáneo de esta testigo que tiene claro lo que debe decir y lo hace con énfasis, con inteligencia y con humor. El tercer momento es la visita de Lea al aula magna de la Facultad de Psicología con la presencia de todos los docentes y alumnos de la cátedra, momento en que la emoción la sobrecoge y se llena de alegría al ver a todos los jóvenes atentos y se recuerda a sí misma a esa edad y hace un canto conmovido por la libertad.

“Los últimos testigos” se están yendo. Bernardo Kononovich tuvo la virtud de registrar este rito de pasaje en el que Lea traslada a los jóvenes sus reflexiones y su mensaje.

Tuvimos el privilegio de compartir el estreno el pasado 28 de octubre de 2017 en el auditorio Borges de la Biblioteca Nacional. La sala repleta de gente vibró de emoción ante cada palabra, rió con delectación ante el fino y oportuno humor de Lea con esa virtud de bajar a tierra lo que vivió, de tender la mano a cada uno e invitar a que se sume a la gesta de mantener el diálogo y la fraternidad como banderas de resistencia. La presencia de Lea fue una nota conmovedora para todos. Un aplauso cerrado y prolongado hacia ella y hacia el director del film fue la culminación del estreno.

Presentó el film Denise Najmanovich, con su proverbial calidez e inteligencia, puso en contexto el valor y la importancia de este testimonio tan alejado de una memoria estereotipada de frases hechas vacías de contenido. No es así el testimonio de Lea. Lea viva. Lea abierta. Lea dice cuando habla. Lea llega cuando mira. Lea, un canto a la vida.

Bernardo Kononovich tiene la gran virtud de mostrarlo en este nuevo trabajo.

Por ello, y por su empeño en registrar en tantos films los laberintos y vericuetos de la memoria de los sobrevivientes y por convertirlos en testigos, muchas gracias.

Discusiones cotidianas: ¿te animás a una solución a medida?

LUNES 09 DE OCTUBRE DE 2017 •

Foto: Shutterstock

Mabel y Ricardo, casados hacía 23 años, coincidían en muchas cosas, se complementaban y enriquecían personal y profesionalmente. Decidieron no tener hijos, solos estaban bien. Bueno, casi todo el tiempo, salvo cuando se trincaban en esas peleas que terminaban en batallas campales agotadoras y desgastantes.

Hicieron todo tipo de terapias y nada impedía los estallidos, esas explosiones dañinas que los herían muchísimo a los dos.

Pero un día descubrieron el punto de quiebre, el momento cuando empezaban. Se trataba siempre de algún gasto de alguno. Desde una compra nimia, hasta la reserva de un hotel en un sitio de vacaciones, eran disparadores de una escalada de violencia:

 ¿Papa blanca compraste?

 Sí, ¿por?

 No es la temporada, hay que comprar la negra que, además, está mucho más barata

 Mejor la blanca aunque sea más cara porque ...

...y ahí comenzaban las argumentaciones. Se ponían en guardia, iban subiendo de tono mientras cada uno extremaba su posición y trataba de destruir al otro, primero con argumentos, después con descalificaciones y por último con ataques directos que los dejaban exhaustos, doloridos y descorazonados.

Fue una revelación el día que se percataron de que las peleas comenzaban por cómo se había decidido algún gasto. Estallaron en una carcajada y ahí mismo diseñaron la solución: partición total de las economías, cada uno tomaría sus propias decisiones sin que el otro tuviera derecho alguno a opinar.

Las consecuencias fueron que separaron las cuentas de banco, los ahorros y todas y cada una de las decisiones. Las vacaciones, las compras cotidianas y las fuera de programa, los objetos de la casa, las salidas, los regalos, todo, absolutamente todo quedaría partido para evitar opiniones, discusiones y argumentaciones. El baño no fue problema, sí lo fue la cocina. ¿Cómo resolverlo? Mabel y Ricardo, eran muy inteligentes y estaban entrenados en pensar afuera de los esquemas habituales. Eran honestos consigo mismos, se querían y elegían como pareja y, sobretodo, eran valientes.

La solución fue insólita y simple: comprar otra heladera. A partir de entonces, y de esto ya hace más de 15 años, desaparecieron las peleas porque su fuente se había anulado. No se trataba solo de dinero, se trataba de quien evaluaba y tomaba las decisiones respecto del dinero. Si se quiere un tema de poder o de rivalidad o como se lo quiera llamar, pero el hecho es que la solución encontrada les permitió recuperar la paz.

Era raro y divertido cómo vivían. Cada uno hacía sus compras de alimentos. Cada uno organizaba y planificaba su menú. Cada uno cocinaba lo que le apetecía del modo en que le gustaba, con el aceite que quería y en la cantidad que se le cantara. Ninguno le imponía al otro tal o cual decisión, en ningún orden. Si Ricardo tenía pensado comer una tarta de zapallitos esa noche podía invitar a Mabel, si es que ella quería, a compartirlo. Aunque comían en la misma mesa, lo hacían de modo independiente. Y el juego de invitarse les resultaba estimulante y fresco, cada uno sentía que no debía someterse al otro y que era libre de aceptarlo o no, que no había conflicto ni ofensa si no lo hacía.

Igual con todo lo demás. Si Mabel quería comprar un abono de ópera en el Colón le preguntaba a Ricardo si él también querría; podía decirle que sí o que no, dependiendo de su estado de cuentas y de sus ganas. En todos los órdenes de la vida, esta estructura fue para ellos la salvación de su vida juntos.

Este es solo un ejemplo de una solución a medida que satisface perfectamente las necesidades y requerimientos de estas dos personas. Coincido en que es algo extremo, tanto que a mi no me funcionaría porque no soy Mabel ni mi marido es Ricardo.

No conté el ejemplo para que fuera imitado. Cada pareja está compuesta por diferentes personas y desarrolla situaciones particulares, no se puede generalizar. Pero la idea es animarse a buscar esa solución a medida, con la misma libertad, honestidad y valentía de Mabel y Ricardo con su admirable grado de aceptación de sí mismos y del otro y su consecuente renuncia creativa a querer cambiarlo.

¿Cómo empiezan nuestras discusiones? ¿Cuál es el pretexto que dispara todo? Si lo encontramos y si lo miramos con atención y respeto, si no nos enroscamos en pretender cambiar al que "hace todo mal" -nunca nosotros, por supuesto-, si nos vemos como somos de verdad y si queremos seguir conviviendo, la solución está ahí, incluso puede ser tan obvia o ridícula como lo de comprar una segunda heladera.