Sexo y batería de celulares

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El sexo es, para muchas personas, como la batería de los celulares: se mantiene mejor si se lo descarga con frecuencia. Es difícil de comprender para quienes viven en otro planeta biológico y no precisan pacificar, aliviar o descargar con el sexo la tensión acumulada.

Nuestras necesidades sexuales son particulares, pueden cambiar a lo largo de la vida y pueden transitar por dos carriles diferenciados y paralelos.

Uno es el sexo amoroso, expresión y consecuencia del apego, entrega personal, reconocimiento y confianza, esenciales para la vida en pareja. El amor y la ternura son centrales aunque haya todavía quien crea que los hombres solo quieran sexo y no estén interesados en la ternura o que las mujeres solo quieran ser amadas y no les interese el sexo.

El otro carril es el sexo físico, una función corporal no reproductiva. Es independiente del área afectiva y tiene reglas propias, una de ellas es la necesidad de descarga. El apetito, el ansia sexual no es igual para todos pero es una conducta mamífera natural que, como la batería de los celulares, debe descargarse cada tanto para no sulfatar al sistema. Dejarla sin alivio alguno, la sobrecarga y deteriora.

Hay quienes tienen la suerte de que ambos carriles sean uno y su sexualidad tanto romántica como física, sea plena y placentera con la misma persona.

La necesidad sexual sigue siendo difícil de hablar de manera frontal, clara y neutral. Se complica cuando no coincide con lo socialmente aceptado o se teme herir al otro especialmente si ambos tienen necesidades diferentes y para alguno el sexo físico en el contexto de la pareja no le es suficiente. Aunque convivan y disfruten del sexo romántico y el físico con su pareja, ¿qué puede hacer quien precisa más el físico? Si no se puede sincerar, debe disimularlo, ocultarlo y recurrir a alguna o varias de las alternativas posibles.

Abstinencia. Es la más "sencilla" y aceptada en su santidad y pureza monástica pues no resultará en reproches ni problemas salvo los resultantes en el abstinente, frustración, resignación e imposibilidad de descarga.

Masturbación. Se tenga o no una actividad sexual regular, la masturbación es un comportamiento íntimo, personal y biológicamente natural. La descarga solitaria, estimulada o no con literatura ovideos pornográficos, es un recurso que no tiene por qué afectar o alterar nada en caso de vivir en pareja.

Pero ¿qué pasa si el otro lo descubre, si lo ve? Dependerá de lo que crea que está viendo. Si lo ve solo como algo físico, probablemente no sea más que un momento de incomodidad, como al descubrir cualquier otra conducta sobre el cuerpo que el otro prefiere mantener en su intimidad.

Pero si cree que el sexo amoroso y el físico deben ir siempre juntos, la reacción puede ser negativa, crítica o acusatoria. Quien es descubierto "incurriendo en el pecado de Onán" sentirá malestar, humillación o vergüenza. Es que para quien no sabe, no entiende o no cree que sea una conducta natural y privada, que no le está destinada y que, sobre todo no le quita nada, ver al otro satisfaciéndose por sí mismo tiene casi el valor de una infidelidad.

Sin embargo no es traición ni deslealtad ni ofensa. Tampoco es una perversión aunque haya muchos siglos de pensarlo así. A los hombres les auguraban castigos terribles si se masturbaban y las mujeres eran acusadas de fiebre uterina o ninfomanía, enfermedades brujeriles y perversas. El gran problema de la masturbación no es la biología sino la mirada acusadora o enjuiciadora del otro que la ensucia y pervierte.

Encuentros ocasionales. La necesidad física de descarga y alivio puede también satisfacerse con el sexo touch-and-go. Asociarlo con infidelidad o traición es tan común que más de una persona prefiere no tenerlo para evitar problemas con su pareja que ama.

El contrato de exclusividad sexual en la pareja monogámica, no diferencia al sexo amoroso del físico, es un mandato moral y cultural, una verdad que no se revisa ni resignifica. Si todo encuentro sexual implica el aspecto amoroso, el sentimiento de traición y vejación de quien lo descubre pone en peligro la continuidad de la pareja.

Es hora de comenzar a hablarlo. Cada uno consigo mismo primero. Cada uno con su pareja después, si se puede. Y decidir juntos qué, cuánto, cuándo y cómo del mismo modo en que se han ido decidiendo tantas cosas de la vida en común. Hasta, en caso de convenir que un encuentro ocasional no pone en peligro a la pareja, acordar si se lo mantiene de manera privada, íntimo y personal o si eligen que sea informado.

Muchos prefieren no saberlo porque aunque no lo hayan visto, el solo hecho de saber que hubo un encuentro sexual con otra persona les hiere hondamente. La imagen es insoportable, vuelve, insiste, aparece en cualquier momento, es torturante e insoportable.

Mientras no se pueda hablar ni convenir nada, los encuentros ocasionales serán secretos, culposos y, en caso de sospecha, nunca confirmados. O sea, hay que mentir, con el costo que ello conlleva.

Amante estable fuera de la relación de pareja. La existencia de una relación tal puede estar basada en el sexo físico e incluir el amoroso, no suele ser solo necesidad de descarga física. Pero hay tantas formas de establecer una relación y son tantos los ingredientes que comporta, que, dado el espacio limitado disponible acá (del que ya me extendí más de la cuenta), quedará para una columna futura.

Pero no olvidemos el inicio de esta disquisición. El sexo físico pide ser descargado, igual que las baterías de los celulares. Dejarlo al 100% le hace perder vida útil, lo enmohece y corroe. La descarga incrementa tanto la salud como la alegría y la felicidad.

Sobrevivientes. Libro y muestra de Pablo Cuarterolo. Prólogo.

Propuesta poética en forma de fotografías.

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Fotos escuetas, parcas y concisas, fotos de personas y fotos de lugares, breves comentarios como haces de luz abriéndose camino en la oscura inmensidad de lo ignorado, ésta es la colección de este trabajo emprendido por Pablo Cuarterolo luego de ponerse en contacto con la Shoá lo que lo condujo al imperativo del registro, un registro cargado de interrogantes. Caminó por Auschwitz, allá, en Europa y volvió a Buenos Aires sabiendo que encontraría, también acá, restos, marcas, personas y también lugares pregnantes que ocultan el escarnio tras fachadas inocentes. Sus fotos, a modo de ensayo o de poema visual no bajan línea ni explican, invitan a sumergirse en el universo del MAL, a cuestionarse y a reflexionar. Pero no queda ahí, convoca a algo más difícil: a intentar comprender, a sacudirse el corrosivo polvillo de la indiferencia y, lo que es infinitamente más difícil, a perdonarse por tanta mirada hacia lo lejos.

pieles, pieles arrugadas, pieles mudas
miradas fijas, detenidas, ¿acusatorias?
sombras, silencios, números
piedras, lápidas, muros, muros testigos,
pieles de personas
pieles de casas
frentes impenetrables, dolientes
alambres, alambres de púas
rieles, vías paralelas y dormidas ¿inocentes?
fotos, fotos de fotos, fotos que gritan ¿por qué?
miradas, ojos que aúllan ¿por qué?
ecos de preguntas, gritos ahogados, susurros punzantes
huellas, de allá y entonces, parece tan lejos
huellas, de acá y de hace tan poco, está tan cerca
¿dónde estaba yo?
¿donde estabas vos?
¿dónde estaba el mundo?

Es una colección personal atravesada por la sensibilidad y la mirada de Pablo Cuarterolo, su cámara aguda, honesta, bellamente despojada, registró imágenes elocuentes. Nos interpela, se cuela entre las resquebrajaduras de nuestros propios muros -los de la indiferencia-, penetra en cada poro de nuestra piel, sacude nuestra comodidad cotidiana al ponernos enfrente y recordarnos que todo hecho genocida involucra a personas, que siempre el blanco de los ataques es lo humano, eso que cualquiera de nosotros comparte con todos los demás. El crimen, el de la Shoá y cualquier otro, fue contra la Humanidad toda. Es totalmente pertinente decir, parafraseando ese compendio de enseñanzas y reflexiones rabínicas que es el Talmud, que “quien destruye una vida destruye algo del mundo entero”.

Los muros persisten mucho después de que los crímenes perpetrados en su interior parecen haberse olvidado, las casas mudas se ven inocentes e inofensivas. ¿Qué culpa tiene una casa? ¿Qué preguntarle a un muro? ¿Acaso el frasco de vidrio es responsable por el veneno que contiene? Y sin embargo ahí están, gritando que fue ahí que pasó lo que pasó.

Y las personas de estas fotos son el ADN universal, personas como yo, como cualquiera, cuando se las hiere sangran, como yo, como cualquiera, personas que no eligieron ni decidieron que les pasara lo que les pasó. ¿Importa que sean judías? ¿Importa que sean intelectuales, vendedores, actores o filatelistas? En cada milímetro de piel, en cada circunvolución de cada arruga, en cada destello y punto de luz de cada ojo, estamos todos. Porque, como bien dice Jorge Drexler: todo es cuestión de lugar y momento, cualquiera de nosotros pudo haber sido -o podrá ser, agrego yo- el pianista del gueto de Varsovia.

 


 

¿Por qué nos enamoramos?

Entrevista en "Todo tiene un por qué", programa de la televisión pública, emitido el 13 de noviembre de 2017 (dividida en dos segmentos):

Cambiar al otro: siempre una misión imposible

Que hable más. Que hable menos. Que se levante más temprano. Que no lea hasta tan tarde. Que conteste cuando le hablo. Que no discuta todo. Que quiera salir más con amigos. Que no insista tanto para salir con amigos. Que no meta en todo a su madre. Que tome alguna decisión. Que no tome todas las decisiones. Que deje de controlar todo. Que odie el teatro. Que ame el teatro. Que coma en la cama. Que duerma con la ventana abierta. Que duerma con la ventana cerrada. Que controle los gastos. Que se enoje tan fácil. Y esta lista de reclamos y quejas, que es infinita, puede resumirse en: el otro tiene la culpa, el otro tiene que cambiar.

Es hora de decirlo claro: es una misión imposible, la gente no cambia.

Raro si viene de una terapeuta de parejas. ¿Para qué sirve entonces una terapia? Y si la gente no cambia ¿qué tenemos que hacer, resignarnos y seguir sufriendo?

Pues no, de ninguna manera. Podemos desear y esperar que algunas cosas cambien, pero solo las que dependen de nosotros. No podemos cambiar ni la personalidad ni la historia del otro, tampoco sus gustos y zonas de comodidad o incomodidad. No nos es fácil tampoco con las nuestras pero no nos parece un problema porque para nosotros, lo "normal" es ser como somos y nos ponemos como standard de la normalidad y lo que está bien. Y desde ahí arremetemos, exigimos, acorralamos al otro que debe ser tan "normal" como nosotros, querer, pensar, sentir y reaccionar igual.

Cuando era chica teníamos un perro. Tom era un ovejero alemán bueno como el pan, pero tenía un ligero defecto que irritaba a mi papá: una de sus orejas no se mantenía erguida, mientras que la otra estaba enhiesta y firme, como debe ser. Papá, amante de la simetría, exigente y perfeccionista, no lo podía soportar. Pensó y pensó cómo solucionarlo y decidió que un tutor como el que se le pone a una planta para que crezca hacia el lado que uno quiere, pondría en vereda a la oreja desobediente. Tomó un cartón y lo recortó con la forma de la oreja y se lo ató a la misma con varias vueltas de piolín. Al pobre Tom le tomaba pocos minutos quitarse con su pata ese aditamento incómodo y cuando papá se enojaba y lo retaba se iba contrito a su escondite de cuando se había portado mal. Ni bien salía, vuelta papá a atarle el cartón y vuelta Tom a quitárselo con la rapidez del rayo. La gesta de papá parece ridícula pero no lo era para él, creía que era una cuestión de capricho y que con el entrenamiento y refuerzo adecuado Tom lo modificaría. Nadie le había explicado que las orejas eran parte de una red neuromuscular que no dependía de la voluntad del perro. En la pelea, ganó la oreja de Tom y papá tuvo que darse por vencido, pero siguió convencido de que debía haber alguna manera y que él había fracasado en no haberla encontrado.

Cuando queremos que el otro cambie en aquello que no puede cambiar nos comportamos como mi papá, queremos doblegar a la biología, a lo inmodificable, con un cartón atado con piolines.

No hay cartones mágicos para levantar las orejas caídas que nos molestan del otro. Por más que se insista, se argumente, se reclame, se queje o enoje, todo conducirá a una honda sensación de frustración y fracaso, porque el otro, como la oreja desobediente, no hace lo que uno quiere que haga. Entonces, igual que mi papá, se puede creer que el fracaso se debe a que no se encontró el modo, porque "debe haber alguno y hay que insistir". Y cuando, como último y desesperado recurso, se busca una terapia de pareja, el pedido, casi un grito desgarrado es "venimos a cambiar al otro".

¡Qué desilusión cuando digo que la gente no cambia, que cada uno es como es, que le gustaba y le gusta lo que le gusta y no le gustaba y no le gusta lo que no le gusta.

Pero hay un cambio que es posible. Es lo que uno espera. Sabiendo y aceptando la individualidad de cada uno y las diferencias, podemos reajustar lo que esperamos, pedimos o exigimos, eso que nunca sucederá. Está en nuestras manos. Es nuestra decisión. Cuando dejamos de pedirle peras al olmo, dejamos de depender del otro y redirigimos nuestra atención sobre nosotros mismos. Desde ahí habrá que evaluar y decidir si queremos, si vale la pena y si podemos seguir conviviendo con alguien que tiene esas cosas que no nos vienen bien. Y si decidimos que queremos, porque lo que está bien supera lo que está mal, viene la hora de negociar cómo seguirá la cosa. Ya, dejar de esperar ese cambio imposible recalibra todo y nos da un nuevo instrumento interpersonal. Si dependemos del cambio en el otro, estamos sometidos a ello, sin control ni posibilidad de decisión porque el otro, como el perro de mi infancia, no solo no aceptará la imposición del cartón-tutor que lo "enderece", sino que muy probablemente no pueda.

Si movemos el switch fuera de nuestro rango habitual y vamos de "me lo hace a mí" hacia "no me lo hace a mí, simplemente es así" nos liberamos de esa tortuosa dependencia del otro que nos debilita y fragmenta para ser más dueños de nuestra vida y decidir qué hacemos, cómo lo hacemos y cuándo.

Crónica estreno "Los últimos testigos" film de Bernardo Kononovich

El ojo que me cubro es el que vio o abominable, lo inenarrable.

El que dejo libre, sin cubrir, es el que me une a la vida,

el que me convierte en testigo, es el que me hace hablar…

Testigo es el que da testimonio, el que atestigua con su voz, su persona y sus recuerdos que algo ha sucedido. La Shoá, así como todo hecho histórico, tiene varias fuentes de conocimiento y validación. Una son las evidencias de los hechos mismos, los restos físicos, los documentos, las huellas de bombardeos, las construcciones bélicas, los artefactos. Otra las fotografías y películas que brindan una evidencia gráfica incontrovertible. Y otra son los registros escritos personales y los relatos de los sobrevivientes y testigos.

El testimonio de un sobreviviente no es necesariamente un documento de un testigo, puede llegar a serlo. La memoria se nutre de recuerdos y olvidos, no es una crónica fija de un momento determinado ni una foto fidedigna, dialoga con el presente. Según sea el contexto, la audiencia, las vivencias del testimoniante ese día y a esa hora, el relato incluirá algunas cosas o despertará otras que estaban olvidadas. La memoria es dialogal, es móvil y cambiante. Para que un testimonio sea un documento, es preciso que varios testimonios de personas que no se conozcan entre sí refieran lo mismo sobre un determinado hecho.

Para que un sobreviviente se convierta en testigo debe cumplir varias condiciones. Haber estado donde dice haber estado, haber vivido lo que dice haber vivido, tener la capacidad y la voluntad de recordar, y tener la capacidad de ponerlo en palabras. De entre los sobrevivientes devenidos en testigos, hay unos pocos que suman a las condiciones anteriores la capacidad de proponer y estimular la reflexión. Son los que tienen claro que contar el horror crudo y desnudo es obsceno e imposible. Saben también que aún si lo pudieran contar, tendría un efecto contrario al esperado, sería tan abrumador, caería con tal peso aplastante sobre el oyente que, aunque escuchara el despliegue morboso con fascinación, sus terminales reflexivas se irían apagando hasta quedar totalmente desconectadas. No se puede pensar ni aprender del crudo espanto. Este puñado de sobrevivientes-testigos que lo saben, han desarrollado otras maneras de decir, de contar, de transmitir.

Una de ellos es Lea Novera. Su voz, su énfasis, su convicción, su capacidad de conceptualizar y señalar lo que es importante, su cuidado en no buscar horrorizar sino hacer pensar, la han transformado en un referente privilegiado de lo que un testimonio debe brindar.

Bernardo Kononovich, que ya tiene una colección de films en los que explora el sentido y los límites del relato y el testimonio, ha emprendido en “Los últimos testigos” un nuevo desafío en su trayectoria de abridor de reflexiones, de cuestionador, de cineasta y psicoanalista que no teme entrar en algunas junglas de la memoria, haciéndolo con cuidado, agudeza y sensibilidad. Esta vez hace una propuesta innovadora: toma un testigo que dialoga con jóvenes y muestra ese diálogo. Son las voces, las preguntas y las inquietudes de un grupo de docentes y alumnos de la Facultad de Psicología que tienen a “Auschwitz”como tema de su materia, Dinámica de Grupos II. Son jóvenes sensibilizados e interesados en una exploración más profunda, cosa que solo pueden conseguir en un diálogo con alguien que haya estado allí y que lo quiera contar. Kononovich hace la propuesta exploratoria, posibilita el encuentro y lo registra con su cámara.

Se ve en el film que el encuentro entre los jóvenes y la testigo tuvo jornadas previas de preparación, que de todo el grupo que podría haber participado solo lo hicieron ocho. Es curioso que, habiendo integrantes judíos en la materia, ninguno de los ocho que aceptaron el desafío de dialogar con Lea lo sea. Nos dicen que los judíos, docentes y alumnos, cuestionaron la elección de la temática, que ellos ya sabían, que para los judíos era un tema habitual, que no les interesaba. Los que trabajamos con la temática y vamos a escuelas, a grupos, a instituciones, conocemos este sesgo de muchos judíos. Creen que saben. No saben que no saben. No saben cuánto y hasta dónde no saben. Nuestras visitas, clases o testimonios en instituciones judías no tienen la riqueza ni la trascendencia que tienen cuando vamos a instituciones no judías. Los no judíos saben que no saben, lo que abre canales de indagación y sensibilidad que hacen que la clase y el testimonio tenga un vuelo que no siempre se alcanza en sitios judíos. Fenómeno que invita a ser investigado. No tengo una respuesta.

El film tiene tres momentos. La preparación de los jóvenes, el momento en que comparten sus preguntas e intereses, sus miradas expectantes, su sed por conocer a Lea, por oírla e impregnarse de ella. Luego el encuentro mismo con Lea, su llegada, su frescura, las preguntas, el relato desacartonado, potente, espontáneo de esta testigo que tiene claro lo que debe decir y lo hace con énfasis, con inteligencia y con humor. El tercer momento es la visita de Lea al aula magna de la Facultad de Psicología con la presencia de todos los docentes y alumnos de la cátedra, momento en que la emoción la sobrecoge y se llena de alegría al ver a todos los jóvenes atentos y se recuerda a sí misma a esa edad y hace un canto conmovido por la libertad.

“Los últimos testigos” se están yendo. Bernardo Kononovich tuvo la virtud de registrar este rito de pasaje en el que Lea traslada a los jóvenes sus reflexiones y su mensaje.

Tuvimos el privilegio de compartir el estreno el pasado 28 de octubre de 2017 en el auditorio Borges de la Biblioteca Nacional. La sala repleta de gente vibró de emoción ante cada palabra, rió con delectación ante el fino y oportuno humor de Lea con esa virtud de bajar a tierra lo que vivió, de tender la mano a cada uno e invitar a que se sume a la gesta de mantener el diálogo y la fraternidad como banderas de resistencia. La presencia de Lea fue una nota conmovedora para todos. Un aplauso cerrado y prolongado hacia ella y hacia el director del film fue la culminación del estreno.

Presentó el film Denise Najmanovich, con su proverbial calidez e inteligencia, puso en contexto el valor y la importancia de este testimonio tan alejado de una memoria estereotipada de frases hechas vacías de contenido. No es así el testimonio de Lea. Lea viva. Lea abierta. Lea dice cuando habla. Lea llega cuando mira. Lea, un canto a la vida.

Bernardo Kononovich tiene la gran virtud de mostrarlo en este nuevo trabajo.

Por ello, y por su empeño en registrar en tantos films los laberintos y vericuetos de la memoria de los sobrevivientes y por convertirlos en testigos, muchas gracias.