Staszek, los colibríes y Treblinka

(leído en el monumento en Treblinka, en mayo 2019, Marcha por la Vida)

(leído en el monumento en Treblinka, en mayo 2019, Marcha por la Vida)

Staszek fue detenido y deportado a los 14 años. Lo descubrieron cuando se escurría por un agujero del muro del gueto de Varsovia tratando de entrar una bolsa de papas. Era parte de la red de niños contrabandistas que traía comida al gueto cuando el hambre ya era atroz. No solo traía las papas, también había conseguido un librito con historias y dibujos de colibríes, esos pequeños pajaritos multicolores que liban de las flores suspendidos en el aire, su hermanita Basia los adoraba y coleccionaba sus fotos. 

Staszek tuvo suerte porque no lo mataron como hacían habitualmente con todos los que descubrían entrando cosas de contrabando. 

Nunca más vio a su familia. Descubierto junto con Józek ambos fueron arreados al Umschlagplatz y luego empujados a un vagón donde había tanta gente que nadie se podía sentar. Staszek y Józek, no se resignaron y, aunque no sabían qué pasaría con ellos, donde iban ni cuánto duraría el viaje, no esperaron quedarse para averiguarlo. Lograron aflojar una madera del costado del vagón y arrancarla y luego otra y otra más hasta que hubo sitio suficiente para que se deslizaran por allí. Lo hicieron en una curva cuando el tren aminoró su velocidad. Sabían que había guardias vigilando por eso tiraron primero un saco al que los guardias atentos dispararon y luego se tiraron ellos. Primero Staszek y después Józek. Los guardias dispararon a ambos pero le dieron a Józek que murió en el acto. Staszek corrió y corrió sin mirar para atrás. Llegó exhausto a una granja donde pidió asilo y, milagrosamente, los campesinos, el Sr y la Sra. Koliber, lo recibieron. Tenían cuatro hijos chiquitos, tres nenas y un varón y aceptaron que se quedara con ellos con la condición de que se disfrazara de mujer para no levantar sospecha alguna. Como era rubio, al dejarse crecer el pelo, usar polleras y llamarse Halina nadie en las afueras de Wyszków hizo preguntas. Iban todos juntos a la iglesia los domingos, Staszek se aprendió todos los rezos y sobrevivió. 

Creía en los milagros porque el apellido de los granjeros, Koliber, quiere decir colibrí, el misterioso pajarito que amaba su hermanita Basia. 

Cuando terminó la guerra supo que ese tren del que se tiró iba a Treblinka que estaba a unos 45 km de Wyszków y que toda su familia había sido traída y asesinada acá. 

Llegó a la Argentina y luego de varios años colocó en el jardín de su casa una piedra donde dice Koliber en homenaje a los que lo escondieron y salvaron. Alrededor plantó geranios porque sus flores atraen a los colibríes. Así, en el verano, se sienta en ese lugar, espera a que llegue alguno y con cada colibrí dice una plegaria para su familia y su hermanita Basia que creía que los colibríes eran seres mágicos, todos asesinados acá, en Treblinka. Y, a escondidas, murmura un padre nuestro para los Koliber, que arriesgaron sus vidas y las de sus hijos gracias a quienes él había sido asesinado también acá, precisamente acá. 

Staszek murió de viejo y en su cama, como debe hacerlo todo ser humano. 

Invoco su memoria hoy, en este lugar y si llegan a ver ahí entre las plantas un colibrí mírenlo con respeto, disfruten de su vuelo y recuerden a los cientos de miles asesinados y ocultados bajo esta tierra, defiendan la dignidad y la justicia y hagan como Staszek, planten geranios, atraigan tantos colibríes como puedan para que la magia del color y la vida los acompañe siempre.

Para seducir a una mujer

Tute lo dice bien claro.

Tute lo dice bien claro.

Hay gente que cree que seducir a un hombre es de lo más fácil, que son seres que se derriten ante la admiración, la oferta sexual sin condiciones y una buena comida. En cualquier orden. Dicen que no requiere mucha ciencia, ni habilidades particulares, tan solo satisfacer esos tres requerimientos. Agregan que no hace falta que sea sincero, basta con hacerlo y el macho satisfecho se disolverá en placer y gratitud.

Pero parece que no pasa lo mismo con las mujeres. ¿Qué precisa una mujer para dejarse seducir lo que la lleve a admirar, entregarse y dar de comer (en cualquier orden)?

No es para nada un misterio. Y ya me anticipo a las críticas de género, a las atribuciones y estereotipos, a los prejuicios y a todo lo que pudiera generar esta columna.

Obviamente no todos somos iguales. No todos los hombres se rinden ante la admiración, el sexo y la comida. Ni tampoco todas las mujeres son seducibles con las conductas que propongo. Pero sí muchos y muchas y también muches. A eses les hablo, a les que bajo la delgada cáscara de cultura y civilización guardan casi intactas las conductas y las expectativas del tiempo de las cavernas en ese núcleo ubicado en la amígdala, ahí abajito del cerebro. Para las redes neuro-hormonales que aseguran la continuidad de la especie humana seguimos siendo unos seres primitivos que a la hora del miedo y la angustia, del cansancio y la ansiedad, de la incertidumbre y el vacío necesitamos el mismo contacto piel a piel, el olor y la tibieza, la gratificación del alimento y el sexo que aquieten las turbulencias con un otro cariñoso que nos apapache.

El cavernícola salía de cacería, tenía que ser hábil en la búsqueda del mamut y traer la carne a la cueva para alimentar a las mujeres y la cría. Volvía cansado y esperaba el aplauso agradecido, el sexo generoso y la comida reconfortante. La mujer había quedado cuidando el fuego y había desarrollado una percepción de 360 grados atenta a los predadores, en un brazo el último bebé que amamantaba, con el otro revolvía la olla comunal y con varios brazos más para atender a alguna compañera enferma o parturienta y a los niños que había alrededor, que eran de todas. Mientras el cavernícola se focalizaba en la habilidad caceril la mujer debía ser multitasking, tejía y cuidaba la red, escuchaba y oía, recordaba y atendía, se preocupaba por todo el entorno e iba resolviendo las mil y una cosas de la vida cotidiana. Venía el cavernícola esperando el aplauso y se encontraba con una mujer sudorosa, cansada y harta de tener que desenvolverse como si tuviera cuatro o cinco manos. Pero la que se sobreponía y lo recibía con admiración, sexo y comida, era premiada y preñada con más frecuencia, tenía más hijos y esa característica se fue transmitiendo generación a generación.

¿Cuánto de esta escena primitiva sigue estando vigente? Incluso con la nueva mujer, la que trabaja fuera del hogar y que cuando regresa a casa vuelve a ubicarse como aquel ser primitivo que se ocupaba de la cría, de espantar a los predadores y de mantener el fuego encendido?

Sigue siendo un imperativo biológico que la cultura no ha podido, todavía, desenredar. Las mujeres seguimos siendo, muchas veces todavía, las responsables del “reino del hogar” mientras que los hombres siguen siendo, paralelamente, los responsables de la “provisión del alimento”.

Ese núcleo que persiste y que no ha podido ser disuelto por la cultura, es el punto que debemos atender a la hora de la seducción.

¿Para qué es preciso seducir? Etimológicamente significa conducir a alguien por un camino que a uno le conviene. Seducir nos permite, luego, que el otro se conduzca de alguna manera que nos resulta necesaria. Cada uno de nosotros tiene necesidades particulares, ve el mundo desde su propia lente y no siempre puede adivinar las necesidades del otro y querer satisfacerlas si no están satisfechas las propias. Es preciso seducir para que el otro desee satisfacernos. Así de simple. No queremos que lo haga forzado o por conveniencia sino que lo desee, que lo haga de verdad, que nos quiera satisfacer porque le hace feliz. Abandonemos la falsa pretensión de que lo hará por las suyas, que adivinará, que gustoso hará todo lo que estamos esperando que haga. Mal que nos pese, deberemos tener la habilidad de despertarle el deseo de satisfacernos y de que lo haga con gusto y placer. Es preciso seducir.

¿Qué necesita la mujer del cavernícola cuando vuelve a la cueva para aplaudirlo, darle de comer y entregarse sexualmente? Necesita que le muestre, sin ninguna duda, que de entre todas las mujeres que están allí, ella es su elegida, que no hay otra. Necesita estar convencida de que la ve hermosa, que su perfume lo embriaga y que su presencia ilumina su vida porque sin ella no puede vivir. Como dice cualquier bolero. Que es imprescindible, única, lo más importante en su vida. Eso es lo que toda mujer espera sentir de su otro y la llave que abre el cofre del tesoro. Si el cavernícola hambriento y cansado entra y ni la mira ni la ve, si se aferra al control remoto de la tele y si protesta porque no encuentra lo que espera encontrar en su lugar, la mujer va cerrando lo que pudiera haber tenido abierto, se desanima, se desilusiona, se fastidia, se entristece y se va. Aunque esté ahí, se va. Cualquier expectativa anterior se disuelve y solo queda el hastío, la soledad y el enojo. Si no se siente buscada, requerida, valorada, apreciada ni necesitada, si es tratada como un mueble que, como siempre está, no hace falta mencionarlo, se transforma en un mueble, se seca, se vacía, se enfría y pierde humanidad. No hay nada peor que sentirse un elemento cotidiano, sobreentendido, que está ahí porque está y no porque es necesario.

Así que, entrañable y tierno cavernícola, nada se consigue sin trabajo (ya escucho tu “uf”). Si querés aplauso-sexo-comida acordate que para ella es central sentir que te es imprescindible, que se lo digas, que se lo muestres, que te lo creas, que la entronices en el centro de tu vida como si sin ella fueras a marchitarte. Para seducir a tu otro, mujer o quien asume ese género, no la des por dada, no creas que una vez que la conquistaste terminó y la tenés para siempre. Necesita saber que la seguís eligiendo, que de entre todas las mujeres del mundo, ella es la tuya, con la que querés estar, la que te da alegría y paz.

Los vínculos necesitas de riego y nutrientes para que se mantengan vivos y vibrantes. Tanto hombres como mujeres los precisamos. Ese gesto que te diga que sos vos, solo vos, que te miren con la sonrisa del gusto de verte, nada más ni nada menos… no dar por sentado nada, siempre es preciso mostrarlo. La naturaleza humana es tan frágil y somos tan vulnerables que si no nos lo aseguran todo el tiempo, tememos que nuestro otro desaparezca, que nos abandone y que nos hundamos en la fatal, temida y oscura soledad.

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/para-seducir-mujer-nid2242870


El cartógrafo. Comentario


El cartógrafo

Varsovia 1:400.000 de 1939 a la actualidad

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Ya desde que se entra el espacio, la escenografía y la iluminación van sumergiendo al espectador en un tiempo y un lugar otro. No hay escenario, todo sucede cerca, al alcance de la mano y uno se deja llevar por lo que se va desplegando ante sus ojos. Los protagonistas buscan trayectorias perdidas pero para ello deben saber hacerse las preguntas precisas.

Preguntas que van desde el gueto de Varsovia de entonces y las calles de la Varsovia de ahora, generadas por unos seres que buscan afiebradamente y anhelan encontrar el registro, el mapa que les indique por fin dónde, qué, cómo. En Varsovia ayer, en Sarajevo, en Londres, en Varsovia hoy. Y claro, estamos en Buenos Aires…. y en la sala Cunil Cabanellas que está en el subsuelo, el paso del subterráneo nos recuerda cada tanto, con una leve vibración dónde estamos. No fue parte de la puesta, pero lo es y funciona.

El texto de Juan Mayorga le surgió una mañana en la que se perdió por Varsovia. Sus palabras y situaciones encarnadas en la maravillosa puesta de Laura Yusem tienen un alcance de una hondura inconmensurable. Mayorga dice que “sueña con que cada espectador trace, además de un mapa de una Varsovia invisible, otro mapa dentro de sí con su propia ciudad como si nunca antes la hubiera pisado, quizás también un mapa de su propia vida, de su propio cuerpo”. Yusem lo hizo posible y transformó la potencia de lo simbólico en emoción y piel.

La escenografía de Graciela Galán y la iluminación de Jorge Pastorino son deslumbrantes. Los seis actores son seis joyas de transmisión y entrega, con el tono justo, la emoción a flor de piel pero sin desbordar nunca. La sorpresa es que el personaje de Blanca lo interpreta una actriz pequeña, delgadita, muy parecida a la enorme Elena Roger. “¿Será?” me pregunté y sí, es ella, lo dice el programa y allí está, al lado de uno, la increíble Evita, la trágica Edit Piaf, la que es capaz de llenar con su voz y su presencia cualquier escenario, en El Cartógrafo es una española perdida en Varsovia que busca dibujar mapas que le expliquen tantas ausencias.

Caminar por Varsovia hoy es un ejercicio de irrealidad. El gueto fue arrasado, no queda nada. Gran parte de la ciudad que había sido ya no es. Enormes edificios vidriados, shoppings modernos, calles despejadas y señoriales están muy lejos de aquella Varsovia de hacinamiento y muerte. Siempre que la visito me acosan los fantasmas que la sobrevuelan, veo la desmemoria de los varsovianos que no saben, no quieren saber, no pueden saber, no se les facilita saber, y me detengo en esas mismas calles cuyos nombres no han cambiado. Y la analogía es automática porque pasan cosas parecidas con uno mismo y con su propia vida, con sus recuerdos y sus olvidos, con aquellos mapas trazados por la vida por los que caminamos casi siempre sin darnos cuenta y muchas veces sin saber hacernos las preguntas precisas.

La obra admite varias lecturas pero nadie se irá sin llevarse las preguntas de sus propias trayectorias, de sus propios mapas que den cuenta de lo que uno ha perdido u olvidado.


Ser elegido tiene sus "privilegios"

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El pueblo judío es un pueblo privilegiado. En los comienzos de su historia oral dicen los textos que fue designado para ser portador del monoteísmo, ingente tarea en un mundo panteísta y adorador de imágenes. Ese concepto abstracto, no era una persona ni tenía imagen, ni siquiera tenía nombre, era EL-NOMBRE, constituyó el eje alrededor del cual se desarrolló la misión y la cultura del pueblo judío. La extraña idea del Dios único traída por estos pastores nómades fue sostenida durante siglos y siglos hasta que un grupo de judíos crearon su coto propio y la transformaron lo suficiente como para llamarse de otra manera. Lo que sigue es conocido. A la religión del padre le siguió el cristianismo, la religión del hijo, luego el islam, la religión de los cuñados (sunitas, los descendientes de Mahoma y chiitas los de Alí, el yerno de Mahoma). La cristiandad y el islam se lo tomaron a pecho y difundieron, en sermones y exhortaciones y también a capa y espada, la extraña idea del monoteísmo que los esforzados pastores habían sostenido persistentemente aún cuando el contexto de múltiples divinidades e imágenes les había sido tan adverso. Era una carga pero habíamos sido elegidos para eso.

Pasado el Holocausto que nos puso como blanco de la guerra contra los judíos emprendida por el nazismo y exterminó a un tercio, hoy los judíos tenemos el renovado privilegio de estar en el centro de polémicas, acusaciones y protestas. Es encomiable y regocijante que mucha gente en la izquierda progresista y en la derecha fascista se preocupe tanto por los palestinos a los que sus dirigentes no dejan salir del desgarrador status de refugiados perpetuos. Esa preocupación habla muy bien de la Humanidad, de la mirada ética, de lo mejor que tenemos los humanos interesados por el prójimo. Pero en su honda y genuina preocupación simplifican un tanto el cuadro y lo reducen a buenos y malos, perpetradores y víctimas, débiles y poderosos sin considerar los contextos. Es tanta la defensa que hacen del victimizado pueblo palestino que no ven, o ven pero dejan de lado, que es un peón en un juego que lo trasciende, un juego de codicia y poder en el entramado geopolítico que excede en mucho a la dicotomía construida con una narrativa tendenciosa. Ambos pueblos sufren sus consecuencias durante las últimas 7 décadas. Los refugiados palestinos usados como escudos, mantenidos en la transitoriedad, azuzados para odiar por un lado y los residentes israelíes que, además de tener sobre sí la constante amenaza de la destrucción de Israel como estado, viven diariamente el terror de los atentados tanto con cuchillos caseros como con misiles altamente desarrollados. El argumento sobre simplificado señala a Israel como el perpetrador del pueblo palestino y a éste como su víctima propiciatoria. Nada se dice ni se sabe ni se quiere sugerir acerca de los intereses en juego en la dirigencia palestina que medra con el estado de victimización al que somete a su pueblo y que no le interesa modificar. Hay muchos negocios allí. Para mantener el statu quo hace falta que el pueblo palestino se mantenga unificado y acepte a esa dirigencia corrupta. Esa unidad se consigue instalando a un enemigo común, igual que todo estado totalitario y el nazismo, en este caso con una eficaz escuela de odio cuyo objetivo es la destrucción del Estado de Israel.

La política de los gobiernos de Israel puede ser criticada, y de hecho lo es especialmente por sus propios ciudadanos dado que es el único estado democrático en el oriente medio. Pero oponerse a su política ¿justifica su total aniquilación como país?.

Confío en la humanidad de los reclamos y espero que los mismos que se muestran tan preocupados por lo que sucede en aquel distante lugar del mundo, miren también lo que sucede en otras partes y se pronuncien con la misma energía y a viva voz en contra de asesinatos, injusticias y perpetraciones como las de cristianos y kurdos masacrados en Siria, y, por mencionar solo unos pocos sitios más, lo que sucede en Turquía, Zimbabwe, China, Pakistán, Arabia Saudita, Bielorrusia y siguen las firmas. Ésos y tantos más son sitios en los que la población sufre condiciones inauditas pero, aparentemente, ninguno de esos lugares y pueblos les resultan suficientemente atractivos a los bien pensantes anti israelíes como para protestar o no les despierta una irrefrenable ansia liberadora. La acusación a Israel es una obsesión que, en vista de tanto ataque a otros pueblos, resulta difícil de comprender si solo se protesta por ello a menos que se la lea desde el viejo prejuicio anti judío que aún sigue vigente en la cultura occidental.

O sea que seguimos siendo el pueblo elegido. Y ser elegido tiene sus “privilegios”. Nos eligen como blanco quienes arguyen que no deberíamos existir y nuestro triste “privilegio” es ser el único país en el planeta que debe seguir luchando para mantenerse vivo.

Es tan fuerte la judeofobia ancestral que no pueden dejar de mirarnos, vernos y acusarnos de cualquier peste negra que asole la Tierra. Y no resiste el menor análisis eso de que “no soy antisemita, soy antisionista”. Acusar a los judíos vende, asegura atención, centimetraje periodístico y difusión en las redes sociales. Jews are news. Siempre.

Publicado en Infobae.
Publicado en Por Israel