Amantes ¿infidelidad o degustación?

amantes.jpg

Me encanta cuando a la hora de los postres puedo probar diferentes gustos en lo que llaman "degustación". Un poco de chocolate, un poco de chantilly, un poco de frutas, dulce de leche, coco, cheese cake.. También me tientan los platos que veo que comen mis compañeros de mesa y si no me puedo aguantar les pido que me dejen probar un poquito. Es que tenemos la posibilidad de paladear diferentes cosas en nuestros receptores gustativos: dulces, saladas, agrias, amargo y umami (textura), sensaciones que son decodificadas en el cerebro donde se hacen concientes.

El cerebro es un órgano curioso, travieso, inquieto, que se aburre fácilmente, exige constantemente novedades y estímulos que lo mantengan activo y feliz. Pasa con la comida. Pasa con las actividades. Pasa con el turismo. Y también pasa con las relaciones.

Si mi alimentación está basada en el arroz y un día se me da por los vegetales, a nadie se le ocurriría pensar que estoy siendo infiel, que le estoy metiendo los cuernos al querido arroz, que tanto conozco, que tan bueno ha sido siempre conmigo y a quien agradezco su presencia y sustento. No le quito nada al arroz si como un día una berenjena. No le quito nada a Mar del Plata si un día se me da por Bariloche. No le quito nada a mi profesión si un día se me ocurre ponerme a hacer teatro.

No pasa lo mismo con las relaciones de pareja. Vivimos en una cultura que nos fuerza a tener una sola pareja para toda la vida y nunca nunca nada más. En caso de buscar y encontrar otra relación caerá sobre nosotros el estigma del pecado y el oprobio de la repulsa social: nos transformamos en infieles. El islam llama infieles a los que no creen en el verdadero Dios, Alá, o en su profeta Mahoma. El concepto de la monogamia rígida y cerrada que exige la total y absoluta exclusividad sexual es también un Dios severo e inapelable y quien no respete el sagrado precepto de la exclusividad sexual es un infiel, un delincuente emocional, un traidor, debe ser echado del Paraíso.

Suele llamarse infidelidad a cualquier relación amorosa extramatrimonial, los amantes son los infieles. Pero es preciso revisar un poco la idea porque la institución "amante" tiene muy mala prensa en nuestra sociedad occidental, aunque es frecuentada con entusiasmo por muchos.

En las grandes ciudades de Europa central y occidental, existía -así me lo contaban mis padres- "el amigo íntimo", una institución emparentada con la del amante pero no exactamente igual. Consistía en el flirteo, en encuentros en cafés o en paseos, con o sin derecho a roce. Casi siempre eran personas casadas que tenían la libertad de hacer travesuras sin compromisos afectivos ulteriores. Ninguna pretendía suplantar a su cónyuge ni compensar algo que les faltara en su vida en pareja. Se trataba del ansia de saborear otros gustos y de sentirse saboreado por otros paladares. Se trataba de verse en los ojos del otro de una manera renovada, de irse descubriendo al tiempo que se descubría al otro, de sumergirse en la sorpresa y el encantamiento de la seducción y la conquista. No había atentado alguno contra la pareja conyugal que muchas veces sabía de esas escapadas y que también tenía las suyas. Sin consecuencias ni reproches ni torturas emocionales ni explicaciones. El "amigo íntimo" mantenía nivelado el fiel de la balanza y proporcionaba a sus participantes el delicioso sabor de la aventura y de lo desconocido.

En nuestra sociedad, el concepto de amante incluye por lo menos tres cosas diferentes que no suelen distinguirse y que se confunden

Una, algo muy parecido al "amigo íntimo" europeo que de ninguna manera es una infidelidad ni una traición ni, mucho menos una metida de cuernos que merezca la reprobación social y el castigo. Claro que, a diferencia de lo que sucedía muchas veces en el viejo continente, la cosa no sucede de manera abierta, suelen ser encuentros secretos o disfrazados de otra cosa, de modo que no sea una amenaza para la pareja estable. Son muy pocas las parejas que lo comprenden, lo viven con naturalidad, lo conocen y aceptan y no exigen explicaciones o justificaciones.

Una segunda acepción es cuando la relación extramatrimonial viene a cubrir un vacío existencial, una búsqueda honda de reafirmación o de re estimulación personal. El tercero promete devolver eso tan anhelado y que falta. Después de un primer momento de infatuación e ilusión, la expectativa suele irse diluyendo hasta quedar en la nada porque ningún tercero nos dará eso que debemos generar por nosotros mismos. Sin relación con la pareja estable sino con una carencia personal, estas relaciones duran el tiempo en que persiste la ilusión. Nadie puede cubrir esta ansia personal, esos huecos afectivos o esa incapacidad de disfrute que solo las podemos cubrir nosotros mismos.

La tercera forma de "amante" sí puede ser llamada infidelidad o traición. Las situaciones en las que se tienen dos familias constituidas, o se mantiene una relación secreta con hijos extramatrimoniales, o se encara la relación de amantes con falsas promesas de matrimonio, de dejar al cónyuge o lo que fuera con tal de que el/la amante siga el juego. Hay una doble mentira: a la pareja y al amante. Hay hostilidad, tal vez encubierta y una defraudación total. Puede llamarse cabalmente infidelidad porque afecta directamente a la pareja estable, se incurre en una estafa emocional, se miente a unos y a otros y se generan fachadas ilusorias y engaños reiterados. Se lesiona a las dos parejas, a la conyugal y al amante lo que produce un gran sufrimiento, a la corta o a la larga, en todos los involucrados.

Una relación de amantes implica, siempre, que se busca algo que la pareja estable no da. A veces es un indicador de que mejor resultaría separarse porque el olmo nunca dará peras. Pero otras veces, más de lo que suponemos, se busca algo que en la pareja no está porque no puede estar, porque en una pareja hay rutinas saludables, pero son rutinas, casi todo es previsible, hay pocos espacios para la novedad y la sorpresa. Y si hace falta esa chispita de aventura cuando se encuentra puede repercutir positivamente en la pareja, proveer una nueva energía que les hace bien a los dos.

El buen amor no viene en porciones, se reproduce a sí mismo y siempre es capaz de más. Amar a un amante no es amar menos a la pareja, a veces es incluso amarla mejor. El buen amor, creo yo, es el sostenido en respetarse a uno mismo, conocerse y darse lo necesario y en hacerle bien al otro, cuidarlo, respetarlo en sus necesidades y no dañarlo.

Un paladar sensible añora saborear diferentes gustos. El buen amor crece cuanto más se lo ejercita, no es posesivo ni disfruta de juegos de poder. El buen amor se da a manos llenas y se paladea con lentitud, regocijo y magia.

Sexo y batería de celulares

sexo y baterías.jpg

El sexo es, para muchas personas, como la batería de los celulares: se mantiene mejor si se lo descarga con frecuencia. Es difícil de comprender para quienes viven en otro planeta biológico y no precisan pacificar, aliviar o descargar con el sexo la tensión acumulada.

Nuestras necesidades sexuales son particulares, pueden cambiar a lo largo de la vida y pueden transitar por dos carriles diferenciados y paralelos.

Uno es el sexo amoroso, expresión y consecuencia del apego, entrega personal, reconocimiento y confianza, esenciales para la vida en pareja. El amor y la ternura son centrales aunque haya todavía quien crea que los hombres solo quieran sexo y no estén interesados en la ternura o que las mujeres solo quieran ser amadas y no les interese el sexo.

El otro carril es el sexo físico, una función corporal no reproductiva. Es independiente del área afectiva y tiene reglas propias, una de ellas es la necesidad de descarga. El apetito, el ansia sexual no es igual para todos pero es una conducta mamífera natural que, como la batería de los celulares, debe descargarse cada tanto para no sulfatar al sistema. Dejarla sin alivio alguno, la sobrecarga y deteriora.

Hay quienes tienen la suerte de que ambos carriles sean uno y su sexualidad tanto romántica como física, sea plena y placentera con la misma persona.

La necesidad sexual sigue siendo difícil de hablar de manera frontal, clara y neutral. Se complica cuando no coincide con lo socialmente aceptado o se teme herir al otro especialmente si ambos tienen necesidades diferentes y para alguno el sexo físico en el contexto de la pareja no le es suficiente. Aunque convivan y disfruten del sexo romántico y el físico con su pareja, ¿qué puede hacer quien precisa más el físico? Si no se puede sincerar, debe disimularlo, ocultarlo y recurrir a alguna o varias de las alternativas posibles.

Abstinencia. Es la más "sencilla" y aceptada en su santidad y pureza monástica pues no resultará en reproches ni problemas salvo los resultantes en el abstinente, frustración, resignación e imposibilidad de descarga.

Masturbación. Se tenga o no una actividad sexual regular, la masturbación es un comportamiento íntimo, personal y biológicamente natural. La descarga solitaria, estimulada o no con literatura ovideos pornográficos, es un recurso que no tiene por qué afectar o alterar nada en caso de vivir en pareja.

Pero ¿qué pasa si el otro lo descubre, si lo ve? Dependerá de lo que crea que está viendo. Si lo ve solo como algo físico, probablemente no sea más que un momento de incomodidad, como al descubrir cualquier otra conducta sobre el cuerpo que el otro prefiere mantener en su intimidad.

Pero si cree que el sexo amoroso y el físico deben ir siempre juntos, la reacción puede ser negativa, crítica o acusatoria. Quien es descubierto "incurriendo en el pecado de Onán" sentirá malestar, humillación o vergüenza. Es que para quien no sabe, no entiende o no cree que sea una conducta natural y privada, que no le está destinada y que, sobre todo no le quita nada, ver al otro satisfaciéndose por sí mismo tiene casi el valor de una infidelidad.

Sin embargo no es traición ni deslealtad ni ofensa. Tampoco es una perversión aunque haya muchos siglos de pensarlo así. A los hombres les auguraban castigos terribles si se masturbaban y las mujeres eran acusadas de fiebre uterina o ninfomanía, enfermedades brujeriles y perversas. El gran problema de la masturbación no es la biología sino la mirada acusadora o enjuiciadora del otro que la ensucia y pervierte.

Encuentros ocasionales. La necesidad física de descarga y alivio puede también satisfacerse con el sexo touch-and-go. Asociarlo con infidelidad o traición es tan común que más de una persona prefiere no tenerlo para evitar problemas con su pareja que ama.

El contrato de exclusividad sexual en la pareja monogámica, no diferencia al sexo amoroso del físico, es un mandato moral y cultural, una verdad que no se revisa ni resignifica. Si todo encuentro sexual implica el aspecto amoroso, el sentimiento de traición y vejación de quien lo descubre pone en peligro la continuidad de la pareja.

Es hora de comenzar a hablarlo. Cada uno consigo mismo primero. Cada uno con su pareja después, si se puede. Y decidir juntos qué, cuánto, cuándo y cómo del mismo modo en que se han ido decidiendo tantas cosas de la vida en común. Hasta, en caso de convenir que un encuentro ocasional no pone en peligro a la pareja, acordar si se lo mantiene de manera privada, íntimo y personal o si eligen que sea informado.

Muchos prefieren no saberlo porque aunque no lo hayan visto, el solo hecho de saber que hubo un encuentro sexual con otra persona les hiere hondamente. La imagen es insoportable, vuelve, insiste, aparece en cualquier momento, es torturante e insoportable.

Mientras no se pueda hablar ni convenir nada, los encuentros ocasionales serán secretos, culposos y, en caso de sospecha, nunca confirmados. O sea, hay que mentir, con el costo que ello conlleva.

Amante estable fuera de la relación de pareja. La existencia de una relación tal puede estar basada en el sexo físico e incluir el amoroso, no suele ser solo necesidad de descarga física. Pero hay tantas formas de establecer una relación y son tantos los ingredientes que comporta, que, dado el espacio limitado disponible acá (del que ya me extendí más de la cuenta), quedará para una columna futura.

Pero no olvidemos el inicio de esta disquisición. El sexo físico pide ser descargado, igual que las baterías de los celulares. Dejarlo al 100% le hace perder vida útil, lo enmohece y corroe. La descarga incrementa tanto la salud como la alegría y la felicidad.

¿Por qué nos enamoramos?

Entrevista en "Todo tiene un por qué", programa de la televisión pública, emitido el 13 de noviembre de 2017 (dividida en dos segmentos):

Cambiar al otro: siempre una misión imposible

Que hable más. Que hable menos. Que se levante más temprano. Que no lea hasta tan tarde. Que conteste cuando le hablo. Que no discuta todo. Que quiera salir más con amigos. Que no insista tanto para salir con amigos. Que no meta en todo a su madre. Que tome alguna decisión. Que no tome todas las decisiones. Que deje de controlar todo. Que odie el teatro. Que ame el teatro. Que coma en la cama. Que duerma con la ventana abierta. Que duerma con la ventana cerrada. Que controle los gastos. Que se enoje tan fácil. Y esta lista de reclamos y quejas, que es infinita, puede resumirse en: el otro tiene la culpa, el otro tiene que cambiar.

Es hora de decirlo claro: es una misión imposible, la gente no cambia.

Raro si viene de una terapeuta de parejas. ¿Para qué sirve entonces una terapia? Y si la gente no cambia ¿qué tenemos que hacer, resignarnos y seguir sufriendo?

Pues no, de ninguna manera. Podemos desear y esperar que algunas cosas cambien, pero solo las que dependen de nosotros. No podemos cambiar ni la personalidad ni la historia del otro, tampoco sus gustos y zonas de comodidad o incomodidad. No nos es fácil tampoco con las nuestras pero no nos parece un problema porque para nosotros, lo "normal" es ser como somos y nos ponemos como standard de la normalidad y lo que está bien. Y desde ahí arremetemos, exigimos, acorralamos al otro que debe ser tan "normal" como nosotros, querer, pensar, sentir y reaccionar igual.

Cuando era chica teníamos un perro. Tom era un ovejero alemán bueno como el pan, pero tenía un ligero defecto que irritaba a mi papá: una de sus orejas no se mantenía erguida, mientras que la otra estaba enhiesta y firme, como debe ser. Papá, amante de la simetría, exigente y perfeccionista, no lo podía soportar. Pensó y pensó cómo solucionarlo y decidió que un tutor como el que se le pone a una planta para que crezca hacia el lado que uno quiere, pondría en vereda a la oreja desobediente. Tomó un cartón y lo recortó con la forma de la oreja y se lo ató a la misma con varias vueltas de piolín. Al pobre Tom le tomaba pocos minutos quitarse con su pata ese aditamento incómodo y cuando papá se enojaba y lo retaba se iba contrito a su escondite de cuando se había portado mal. Ni bien salía, vuelta papá a atarle el cartón y vuelta Tom a quitárselo con la rapidez del rayo. La gesta de papá parece ridícula pero no lo era para él, creía que era una cuestión de capricho y que con el entrenamiento y refuerzo adecuado Tom lo modificaría. Nadie le había explicado que las orejas eran parte de una red neuromuscular que no dependía de la voluntad del perro. En la pelea, ganó la oreja de Tom y papá tuvo que darse por vencido, pero siguió convencido de que debía haber alguna manera y que él había fracasado en no haberla encontrado.

Cuando queremos que el otro cambie en aquello que no puede cambiar nos comportamos como mi papá, queremos doblegar a la biología, a lo inmodificable, con un cartón atado con piolines.

No hay cartones mágicos para levantar las orejas caídas que nos molestan del otro. Por más que se insista, se argumente, se reclame, se queje o enoje, todo conducirá a una honda sensación de frustración y fracaso, porque el otro, como la oreja desobediente, no hace lo que uno quiere que haga. Entonces, igual que mi papá, se puede creer que el fracaso se debe a que no se encontró el modo, porque "debe haber alguno y hay que insistir". Y cuando, como último y desesperado recurso, se busca una terapia de pareja, el pedido, casi un grito desgarrado es "venimos a cambiar al otro".

¡Qué desilusión cuando digo que la gente no cambia, que cada uno es como es, que le gustaba y le gusta lo que le gusta y no le gustaba y no le gusta lo que no le gusta.

Pero hay un cambio que es posible. Es lo que uno espera. Sabiendo y aceptando la individualidad de cada uno y las diferencias, podemos reajustar lo que esperamos, pedimos o exigimos, eso que nunca sucederá. Está en nuestras manos. Es nuestra decisión. Cuando dejamos de pedirle peras al olmo, dejamos de depender del otro y redirigimos nuestra atención sobre nosotros mismos. Desde ahí habrá que evaluar y decidir si queremos, si vale la pena y si podemos seguir conviviendo con alguien que tiene esas cosas que no nos vienen bien. Y si decidimos que queremos, porque lo que está bien supera lo que está mal, viene la hora de negociar cómo seguirá la cosa. Ya, dejar de esperar ese cambio imposible recalibra todo y nos da un nuevo instrumento interpersonal. Si dependemos del cambio en el otro, estamos sometidos a ello, sin control ni posibilidad de decisión porque el otro, como el perro de mi infancia, no solo no aceptará la imposición del cartón-tutor que lo "enderece", sino que muy probablemente no pueda.

Si movemos el switch fuera de nuestro rango habitual y vamos de "me lo hace a mí" hacia "no me lo hace a mí, simplemente es así" nos liberamos de esa tortuosa dependencia del otro que nos debilita y fragmenta para ser más dueños de nuestra vida y decidir qué hacemos, cómo lo hacemos y cuándo.

Discusiones cotidianas: ¿te animás a una solución a medida?

Foto: Shutterstock

Mabel y Ricardo, casados hacía 23 años, coincidían en muchas cosas, se complementaban y enriquecían personal y profesionalmente. Decidieron no tener hijos, solos estaban bien. Bueno, casi todo el tiempo, salvo cuando se trincaban en esas peleas que terminaban en batallas campales agotadoras y desgastantes.

Hicieron todo tipo de terapias y nada impedía los estallidos, esas explosiones dañinas que los herían muchísimo a los dos.

Pero un día descubrieron el punto de quiebre, el momento cuando empezaban. Se trataba siempre de algún gasto de alguno. Desde una compra nimia, hasta la reserva de un hotel en un sitio de vacaciones, eran disparadores de una escalada de violencia:

 ¿Papa blanca compraste?

 Sí, ¿por?

 No es la temporada, hay que comprar la negra que, además, está mucho más barata

 Mejor la blanca aunque sea más cara porque ...

...y ahí comenzaban las argumentaciones. Se ponían en guardia, iban subiendo de tono mientras cada uno extremaba su posición y trataba de destruir al otro, primero con argumentos, después con descalificaciones y por último con ataques directos que los dejaban exhaustos, doloridos y descorazonados.

Fue una revelación el día que se percataron de que las peleas comenzaban por cómo se había decidido algún gasto. Estallaron en una carcajada y ahí mismo diseñaron la solución: partición total de las economías, cada uno tomaría sus propias decisiones sin que el otro tuviera derecho alguno a opinar.

Las consecuencias fueron que separaron las cuentas de banco, los ahorros y todas y cada una de las decisiones. Las vacaciones, las compras cotidianas y las fuera de programa, los objetos de la casa, las salidas, los regalos, todo, absolutamente todo quedaría partido para evitar opiniones, discusiones y argumentaciones. El baño no fue problema, sí lo fue la cocina. ¿Cómo resolverlo? Mabel y Ricardo, eran muy inteligentes y estaban entrenados en pensar afuera de los esquemas habituales. Eran honestos consigo mismos, se querían y elegían como pareja y, sobretodo, eran valientes.

La solución fue insólita y simple: comprar otra heladera. A partir de entonces, y de esto ya hace más de 15 años, desaparecieron las peleas porque su fuente se había anulado. No se trataba solo de dinero, se trataba de quien evaluaba y tomaba las decisiones respecto del dinero. Si se quiere un tema de poder o de rivalidad o como se lo quiera llamar, pero el hecho es que la solución encontrada les permitió recuperar la paz.

Era raro y divertido cómo vivían. Cada uno hacía sus compras de alimentos. Cada uno organizaba y planificaba su menú. Cada uno cocinaba lo que le apetecía del modo en que le gustaba, con el aceite que quería y en la cantidad que se le cantara. Ninguno le imponía al otro tal o cual decisión, en ningún orden. Si Ricardo tenía pensado comer una tarta de zapallitos esa noche podía invitar a Mabel, si es que ella quería, a compartirlo. Aunque comían en la misma mesa, lo hacían de modo independiente. Y el juego de invitarse les resultaba estimulante y fresco, cada uno sentía que no debía someterse al otro y que era libre de aceptarlo o no, que no había conflicto ni ofensa si no lo hacía.

Igual con todo lo demás. Si Mabel quería comprar un abono de ópera en el Colón le preguntaba a Ricardo si él también querría; podía decirle que sí o que no, dependiendo de su estado de cuentas y de sus ganas. En todos los órdenes de la vida, esta estructura fue para ellos la salvación de su vida juntos.

Este es solo un ejemplo de una solución a medida que satisface perfectamente las necesidades y requerimientos de estas dos personas. Coincido en que es algo extremo, tanto que a mi no me funcionaría porque no soy Mabel ni mi marido es Ricardo.

No conté el ejemplo para que fuera imitado. Cada pareja está compuesta por diferentes personas y desarrolla situaciones particulares, no se puede generalizar. Pero la idea es animarse a buscar esa solución a medida, con la misma libertad, honestidad y valentía de Mabel y Ricardo con su admirable grado de aceptación de sí mismos y del otro y su consecuente renuncia creativa a querer cambiarlo.

¿Cómo empiezan nuestras discusiones? ¿Cuál es el pretexto que dispara todo? Si lo encontramos y si lo miramos con atención y respeto, si no nos enroscamos en pretender cambiar al que "hace todo mal" -nunca nosotros, por supuesto-, si nos vemos como somos de verdad y si queremos seguir conviviendo, la solución está ahí, incluso puede ser tan obvia o ridícula como lo de comprar una segunda heladera.

La medida de la felicidad.

 

 

Foto: Shutterstock

La felicidad es una emoción subjetiva y cada uno tiene su propia definición y expectativa; Y ahí está la clave, en el realismo de lo que se espera, cuanto más lejos de la realidad o de lo posible, más garantía de fracaso y desdicha

Recuerdo mi expectativa desmedida cuando iba a la peluquería en mi adolescencia. No era ni alta ni espigada, más bien petisa y, sin exagerar, con las cosas en su lugar. Mi pelo tenía una tendencia perversa a ondularse, especialmente bajo la sórdida influencia de la humedad de Buenos Aires. Llevaba recortes de revistas con fotografías de peinados que usaban las mujeres que entonces me parecían el non plus ultra de la belleza, la seducción y la elegancia.

Audrey Hepburn, Brigitte Bardot, Kim Novak, por mencionar solo a tres y que solo podrán visualizar los mayores de 60, eran mis modelos preferidas. "Así quiero el peinado" le decía con firmeza a la peluquera. Pero no le decía que una vez que me hiciera el mismo, exactamente el mismo peinado, lo que yo esperaba era que con él cambiaran mi cara y mi cuerpo y emerger de esa sesión de magia convertida en alguna de esas beldades maravillosas.Imposible reproducir en palabras la frustración, el enojo y la indignación que tenía cuando el trabajo de la peluquera estaba terminado y me ponía el spray y me acercaba el espejo para que viera lo bien que había quedado el peinado y cuánto se parecía a la foto. ¿Parecido? ¡Ni ahí! Era un horror.

Ese peinado era un pegote ridículo que, encima, no había cambiado nada de quien era yo. Yo seguía siendo yo, con mis ojos hundidos, mi piel blanco palmito, mi talle y piernas cortas y mis caderas generosas. Volvía llorando a mi casa y me encerraba a oscuras con ganas de desaparecer del mundo y odiando con todas mis fuerzas la idea de ir a ese asalto que había a la noche con ese vestido espantoso que me había hecho mi mamá y que tampoco lucía en mí como en las actrices de las revistas. Me veía fea y sufría porque nadie me querría, ya no mirar, ni siquiera dirigir la palabra.

Miro mis fotos de entonces y veo a una chiquilina deliciosa, con una mirada límpida y traviesa y siempre sonriendo. En los asaltos nunca planchaba, me lo pasaba bailando toda la noche y a veces con el chico más lindo. Años más tarde mis amigas de entonces me dijeron cuánto envidiaban mi alegría y que los chicos siempre me buscaran. Pero yo no lo veía.

Así, como mis expectativas adolescentes en la peluquería, son nuestras ilusiones desmedidas, cuando nos hundimos en sueños irreales e imposibles y luego medimos nuestra vida con esos patrones y nos inunda la frustración, la indignación y la ira.

Cuando lo que vivimos no satisface lo que esperábamos, viene la tentación de imaginar que con otra persona estaríamos mejor, que seríamos por fin felices. No siempre esa nueva relación nos garantiza el edén esperado. Es que seguimos siendo los mismos, y nuestra vara sigue estando muy alta, tal vez inalcanzable, y el encantamiento del comienzo se va opacando con la convivencia para terminar descubriendo, a veces, que es más lo que se perdió que lo que se ganó con el cambio.

La felicidad no es un estado constante. Transita por destellos de bienestar, alegría y paz en medio de rutinas, obligaciones y las pocas sorpresas de la convivencia continuada. Miramos con envidia a esa pareja que pasa a nuestro lado y que nos muestra su felicidad. El pasto del vecino es siempre más verde que el nuestro dice un refrán en inglés. Todo parece estar mejor en la casa de al lado. Y esa pareja que vemos y con la que nos comparamos ¿será tan feliz como parece o necesita mostrarlo para ver la envidia en nuestra mirada? Aunque quizás sea de verdad más feliz que nosotros, porque su idea de la felicidad y de lo que la vida en pareja puede dar es más realista y posible que la nuestra. Como dice el viejo refrán "no es rico el que tiene mucho sino al que le falta poco".

Como arruinar tu pareja

Foto: Shutterstock

Cinco grandes pecados

Pecado 1: Querer cambiar al otro. Tal vez lo mismo que te enamoró al principio, luego de años de convivencia te resulte irritante. O quizás hayas visto desde el principio que eso no te gustaba pero hayas pensado que a tu lado y por influjo de tu amor iba a cambiarlo. Y si no lo cambia, es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni considera.

Pecado 2: Me lo hace a mí. Cuando tenés la convicción de que todo lo que hace lo hace a propósito y te está dirigido a vos, que sos el centro y el objetivo de su conducta y su inconducta, que es egoísta y no te quiere, no le importás, no te valora ni considera como persona.

Pecado 3: Deshojar la margarita. Es una consecuencia del pecado anterior que te hace evaluar y medir cada paso y cada conducta del otro como prueba de su amor o desamor. Este pecado tiene la virtud de hacer desaparecer al otro en su individualidad, deja de ser una persona, un otro, y pasa a ser solo un espejo de tu propia valoración o de la medida de su amor por vos.

Pecado 4: Tiene que saber. A estas alturas, ¿cómo no sabe lo que quiero o lo que no quiero? No hace falta decirlo, lo tiene que saber. Y si no lo hace es porque no se le da la gana, porque no te quiere, no le importás, no te valora ni considera como persona.

Pecado 5: Monovisión o mirada tuerta. Ver solo lo que falta, lo que no está bien, señalar y hacer crecer las hilachas de frustración hasta que cubren y oscurecen todo y ya no ves lo que hay. Y viendo solo lo que no hay te asegurás que no te quiere, no le importás, no te valora ni considera como persona.

Tres grandes esperanzas:

Esperanza 1: que puedan hablar. No conversar es facilísimo, he aquí algunas maneras que garantizan un éxito seguro:

1.- Hablar en un idioma estéril: el de la crítica, el reclamo y la acusación.

2.- Atribuirle al otro toda la culpa de lo que está mal.

3.- Descargar rabia y frustración creyendo que es una oferta de conversación.

4.- Golpear con la palabra, con el tono, el modo o el momento,

5.- Arrinconar, sorprender y herir.

6.- Derramar ofensas de manera reactiva y ofensiva

7.- Enunciar con énfasis lo que se DEBE hacer, lo que es NORMAL, en lugar de decir claramente y de buena manera cuáles son tus necesidades, qué esperas o te hace falta.

Consecuencia: Si no se puede hablar es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni considera como persona.

Cualquiera de estas tácticas asegura que lo que decís no será escuchado ni atendido, con el logro adicional de que será vivido como un ataque, la conversación será imposible porque tus declaraciones de guerra forzarán al otro a defenderse, contra atacar o huir, te asegurás que la tentación de hablar ni se le cruce.

Esperanza 2: que haya el mismo romanticismo o erotismo de los comienzos. Si se fue opacando, si no te busca del mismo modo, si no te mira como antes, es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni considera. O pero aún, que hay otra persona.

Esperanza 3: que te confirme que sos persona valiosa, con lo cual el otro le da sentido a tu vida, un sentido que no parecés poder encontrar por tus propios medios. Obviamente, si no te confirma es que no te quiere, que no le importás, que no te valora ni te considera como persona.

Cualquiera de estas instrucciones te llenarán de tanta frustración, rabia y resentimiento que encararás al otro con tan mala onda y rencor que el desastre está ahí nomás y será insalvable.

http://www.lanacion.com.ar/2060602-como-arruinar-tu-pareja

¿Separación o terapia de pareja?

Cuando la situación se vuelve insoportable por el monto del sufrimiento de las peleas, los desencuentros y las frustraciones, además de salidas drásticas que mejor no invocar, quedan dos: la separación y la terapia de pareja.

Foto: Pixabay

La separación es una alternativa que podría terminar con el sufrimiento de una vez y para siempre. Si la analogía fuera tener un clavo clavado en el dedo gordo del pie que te duele a cada paso, la separación sería como que te lo saquen con la esperanza de que, con el tiempo, el dedo vaya sanando y recuperes el paso ligero y normal otra vez.

Como parece ser la opción más efectiva, se deciden separaciones sin pensarlo mucho, como reacción al dolor y a la angustia, viendo solo el alivio momentáneo sin pensar en todo lo que se quiebra, todo lo que se rompe, la fractura que se abre tanto para cada miembro de la pareja como para quienes conviven con ellos y también sus familiares y amigos.

Una pareja que se separa, separa a mucha más gente de lo que al principio creían. Amigos compañeros de salidas, cuñados, conocidos, toda una red se agujerea por todas partes. Hay separaciones amigables y otras tortuosas. En ambas, la gente que los rodea siente que debe elegir a uno, aunque esto es mucho más evidente en las separaciones peleadas. Se rompen muchos lazos y cada uno debe aprender a reconstruirse con lo que queda. Recién después del alivio del principio todas estas cosas se ponen en evidencia. Por supuesto, no siempre es así. A veces una buena separación es el mejor recurso para seguir viviendo en paz, pero habría que decidirlo luego de probar si la pareja tiene arreglo, no antes.

La terapia de pareja es un recurso, a veces el último antes del cataclismo de la separación. Y aquí entramos nosotros, los terapeutas. Creo que es una de las áreas más complicadas en nuestra profesión. No se trata de hacer terapia, de "curar", porque no suele haber nadie con alguna patología que deba ser atendida. Se trata de mediar para que estas dos personas aprendan a convivir, es una especie de escuela o entrenamiento que normalmente no se tiene porque el imperativo social y cultural es que "el amor basta". Y resulta que no, no solo no basta, porque como comenté en una columna anterior, vaya uno a saber qué es esto del amor.

Y el desafío, la dificultad mayúscula que tenemos que enfrentar los terapeutas es que el pedido con el que viene cada uno es que cambiemos al otro. Ningún trabajo es posible, ninguna reflexión, ninguna comprensión será efectiva si no se trabaja antes este presupuesto catastrófico que nos ata las manos.

Y ni bien tengo la oportunidad, enuncio con títulos grandes y en negrita que LA GENTE NO CAMBIA. Claro que hay cambios que suceden pero hay aspectos personales, caracterológicos, familiares y genéticos que permanecen igual a lo largo de la vida. Lo que sí se puede cambiar es el aprendizaje de convivir con un otro que tiene otra CUIT, viene de otra cultura, de otro mundo, que es como es y que tampoco cambiará.

La única persona que puede cambiar en lo que el cambio es posible es uno mismo, uno es su propia posesión, uno es dueño de uno mismo, no así el otro.

Decían los mitos romanos que Júpiter nos impuso dos alforjas, una ante el pecho y la otra tras la espalda; la primera lleva los vicios ajenos y la segunda los propios, por eso nos es tan difícil ver los propios y tan fácil ver los ajenos. Por otra parte, uno vive como natural y universal como es uno y no advierte cuánto de uno irrita, hiere o incomoda al otro. Un otro que también cree que es natural y universal ser como es y que tampoco advierte cuánto irrita, hiere o nos incomoda.

Y, aunque la gente no cambia, hay un cambio que es posible pero exige el trabajo mayúsculo de mirar la alforja que cargamos tras la espalda y desnaturalizar nuestra conducta y ver cuánto de ella afecta y hiere las necesidades, las carencias y las expectativas del otro. En eso consiste la terapia de pareja. Lo dicho: no es fácil, pero muchas veces hace el milagro de que esa pareja de gladiadores se convierta en compinches que conviven en paz.