Presentación legado

Las lenguas del Bien

tapa.jpg"El Legado de los Salvadores”

tapa.jpg Editorial Generaciones de la Shoá, 2006

En lo que llamamos “la pedagogía positiva”, el ejemplo de los justos gentiles que salvaron judíos durante la Shoá es paradigmático. En nuestro Encuentro Internacional De Cara al Futuro que tuvo lugar en 1994, entregamos a las generaciones más jóvenes el texto del legado (ver aparte el texto completo). Construido en primera persona, refiere en las mismas palabras que suelen usar los salvadores, las conductas, los peligros, los miedos y las razones que los impulsaron. Gracias a Steven Spielberg, muchas personas conocieron la existencia de Oskar Schindler. Menos son quienes saben que hubo más, miles de otros. En general, la existencia de los salvadores, su número, contexto y contenido de sus acciones, permanece ignorado. Sus conductas debieron mantenerse ocultas, secretas, para poder llegar a buen puerto, y el silencio parece seguir siendo su destino. En una época en la que no sobran los ejemplos morales, los salvadores se erigen como una reserva ética de la humanidad. Podrían –deberían- constituir uno de los ejes de una política educativa constructora de personas responsables.

Pero ¿cómo mostrar que hubo muchos y diferentes salvadores? ¿Cómo transmitir que en todos los países en los que la locura nazi desarmó los fundamentos de la vida en sociedad, hizo añicos la moral más elemental, empantanó lo más básico de la convivencia, hubo gente que optó por desobedecer las leyes y enfrentó innumerables peligros personales para salvar una vida? ¿Cómo transformar esta noción en una herramienta educativa, en un mensaje universal? Estas preguntas nos llevaron al trabajo que nos tomó un año y que fue presentado en Buenos Aires en forma de libro y con el que inauguramos nuestro sello editorial.

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El jueves 23 de noviembre de 2006, Generaciones de la Shoá en Argentina junto con nuestros padres de Sherit Hapleitá, presentamos “El legado de los salvadores”, aquel texto entregado dos años antes, pero esta vez con sus traducciones en 23 idiomas. (Todas las fotos) Su transcripción en diferentes idiomas fue la herramienta que ideamos para connotar su universalidad. En italiano, francés, idish, húngaro, búlgaro, ruso, polaco, ucraniano, checo, croata, eslovaco, hebreo, portugués, ingles, chino, alemán, danés, judeoespañol, griego, holandés, japonés, rumano, sueco y por supuesto en el original en castellano, sus palabras y melodías nos hablan de lo mejor de lo humano de la humanidad, que trasciende culturas y lenguas. Se trata, simple y escuetamente, del Bien.

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dsc00297.JPG Gran parte de los asistentes eran los sobrevivientes, sus hijos y nietos. Con la presencia de varios miembros del cuerpo diplomático, embajadores y representantes de las embajadas de Rusia, Polonia, Francia, Alemania, Hungría, Bielorrusia, Croacia, miembros y representantes de DAIA, OSA, WIZO, periodistas y público interesado y con los auspicios y adhesiones de la Nunciatura Apostólica, de las embajadas de los Estados Unidos, de Canadá se desarrolló la presentación que tuvo momentos de honda emoción.

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El periodista y escritor Pepe Eliaschev subrayó la trascendencia del libro y puntualizó varios aspectos del mismo a tener en cuenta. Destacó la actualidad del fenómeno de la indiferencia y cómo los salvadores son un ejemplo de personas que no se dejaron vencer por la misma; ello es visible –dijo- cuando creemos ser ajenos a los sufrimientos que aparentemente no nos aquejan. Reivindicó el derecho a combatir la resignación y el fatalismo que también tiene vigencia hoy al verse cómo aceptamos las actuales injusticias, las diferencias y las desigualdades. Puso de manifiesto la necesidad de diferenciar lo legal de lo legítimo, aseguró que no siempre lo legítimo coincide con lo legal, como puede advertirse en regímenes autoritarios que establecen sus propias leyes carentes de legitimidad moral y que durante el nazismo sometieron a los judíos a un vasallaje derivado del acoso sistemático inicial y del asesinato en masa bautizado “solución final”. Nos recordó que muchos países europeos fueron cómplices voluntarios del nazismo de muy buen grado y que no esperaron las órdenes nazis sino que actuaron por propia decisión. Enfatizó la existencia de aquel binomio complejo y elusivo pero que existe, el Bien y el Mal, que lejos de ser una retórica vacía, se patentiza en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Mencionó el sentido de este legado, su aprendizaje expresado en tantas lenguas, lo que acercará –aseguró- el principio rector de esta enseñanza, que es no permanecer indiferente. Dijo que el pueblo judío es portador de un pesado mandato asumido como pueblo, el de no avalar las injusticias, tarea que aún no asumida de manera universal. Por último, dijo que el mensaje central de El legado de los Salvadores era que un ser humano tiene que hacer lo que tiene que hacer, que la enseñanza máxima que se deduce es que “mi vida no es digna de ser vivida si no lo es también para todo el género humano, porque somos iguales, todos, irreductiblemente iguales”.

El Dr Jorge Kirszenbaum, presidente de la DAIA fue invitado a acompañar al panel y desde allí apoyó enfáticamente el libro y sostuvo la necesidad de usarlo como herramienta educativa y formativa. En ese sentido se dirigió especialmente a los miembros del cuerpo diplomático presentes urgiendo a sus gobiernos a expedirse y tomar medidas para prevenir las acciones que preanuncian las palabras del presidente de Irán.

José Moskovits, presidente honorario de Sherit Hepleitá y precursor en el trabajo del sostén de la memoria en nuestro país, conceptualizó lo que la idea misma del salvador comporta y la importancia de su reconocimiento. Recordó la tarea de Yad Vashem en la búsqueda de los justos y que ya hay más de 21 mil reconocidos y premiados. Enumeró todos los países de los que provenían los salvadores, países que abarcaron todo el espectro de la geografía de Europa, en especial los diplomáticos y eclesiásticos. Nos hizo saber que muchos de ellos murieron en la pobreza sin recibir en vida los honores que les habrían correspondido. Mencionó en particular a los salvadores de su esposa, Halina, Natalia Pisula, que pocos días antes de la liquidación del gueto de Radovsko en Polonia y poniendo en riesgo su vida la sacó del gueto y la cruzó al lado Ario escondiéndola bajo el nombre de Elena Kamboska en Chestochova. Exhibió documentos originales de salvoconductos gestados por salvadores, una ampliación del diploma que otorga Yad Vashem y hasta el pequeño catecismo en polaco que había pertenecido a su esposa. Culminó diciendo “quiero leer para finalizar, las palabras pronunciadas por su Santidad, el Papa Juan Pablo II el 26 de marzo del año 2000 en Jerusalén, “D’s de Nuestros Padres que elegiste a Abraham y sus descendientes para traer tu nombre a las Naciones estamos profundamente entristecidos por el comportamiento de aquellos que en el transcurso de la historia han causado sufrimiento a estos Hijos Tuyos y Pidiendo Tu Perdón deseamos comprometernos en genuina hermandad con el Pueblo de la Alianza“. Si bien estamos aquí para honrar hoy a los salvadores me pareció oportuno leer las palabra de su Santidad Juan Pablo II, quien durante la guerra siendo aún seminarista, ayudaba yendo y viniendo en su modesta bicicleta haciendo de contacto, trayendo y llevando información a las víctimas de la persecución”

Todos de pie. Estas palabras precisaban del soporte concreto de los presentes para dar la idea de la envergadura de los actos de los salvadores. Se solicitó a todos los presentes que debieran sus vidas a la obra de alguno de estos salvadores, que se pusieran de pie. En un denso y conmovido silencio, cortado sólo por el murmullo de las sillas que se arrastraban para dejar lugar a los que las ocupaban, vimos allí, entre nosotros, esas cabezas canas, esas caras marcadas por el tiempo, de pie, orgullosos, tímidos, los salvados, los testimonios de que las acciones de los demás tienen consecuencias concretas en las vidas de otros. Entendimos con claridad que los actos de los salvadores se reflejaban en las vidas que pudieron continuar siendo vividas, las vidas de nuestros sobrevivientes.

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Eva Eisenstaedt, colaboradora de José Moskovits en la tarea de recuerdo y memoria, en el sostén de la lucha, nombró a 15 de estos salvadores como muestra, e hizo un breve resumen de sus historias y circunstancias. Personas comunes, miembros de los cuerpos diplomáticos y de la Iglesia, en diferentes países, uno a uno fueron mencionados dando cuenta del alcance de lo hecho y de su trascendencia. Como colofón de su exposición, se hizo notar la presencia de Francisco Wichter, salvado por Oskar Schindler en Polonia, de Tomás Kertesz, que sobrevivió merced a un pasaporte extendido por Raoul Wallenberg en Hungría y de Dina Ovsejevich de Lew que consiguió salvar la vida gracias a los documentos que recibiera su familia de Sempo Sugihara, el cónsul japonés en Kovno y que les permitió llegar a la Argentina pasando por el Japón.

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Irene Dab nos habló de sus salvadores, Jadza y Borzydar, la pareja que la recibió, la adoptó, acogió, cuidó y nutrió hasta que consiguieron entregarla, al final de la guerra, a sus padres, a quienes también habían logrado salvado. A los 8 años, Irene debía ser salvada del destino de los judíos que vivían en el gueto de Varsovia. Su padre trabajaba en una fábrica y un día, desesperado por salvar a su hija, le dijo a un compañero de trabajo, un ingeniero católico: “tengo una nena de 8 años, necesito salvarla” y luego de un instante oyó la respuesta “traela mañana”. Así, sin mediar reflexión alguna, reaccionó instantáneamente midiendo que el riesgo de muerte valía la pena por salvar a una niña del horror nazi. Fue un relato conmovido, lleno de agradecimiento y que dio encarnadura concreta a la gesta de los salvadores y permitió la comprensión de su heroica tarea sostenida día tras día en medio de las peores condiciones y con el riesgo constante de las delaciones lo que podía haber acarreado su propia muerte.

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Se leyó a continuación el texto, pero no en castellano. Varios sobrevivientes, hijos y nietos fueron alternando algunos de los idiomas en los que estaba traducido. Mira Stupnik en ruso, Dina Ovsejevich en idish, Hélène Gutkowski en djudezmo, Claudia Piperno en italiano, Yuryi Kazmirchuk en ucraniano, Lea Novera en polaco, Jorge Ruschin en alemán, Kati Kertesz en húngaro, Maurice Ajsensztain en francés y Michel Neuburger en inglés. Fue el segundo momento mágico de la noche. Los sonidos, las cadencias, los ecos y armónicos que dejaban en el aire las diferentes lenguas, las diferentes voces, las diferentes melodías, todas con el mismo mensaje, nos permitieron comprender que se trataba de un mensaje del mundo entero hacia el mundo entero. dsc00320.JPGTodavía flotando en el aire esos sonidos heterogéneos, como caricias que abrían las puertas a la esperanza, cerró la presentación el filósofo Ricardo Forster. Estas fueron sus emocionadas palabras: “Las lenguas…, el horror, la vida, la mezcla de los salvadores y el sufrimiento, el heroísmo y la humildad… Al escuchar leer, salmodiar en tantas lenguas, imaginé que esa simiente que nació en tantas lenguas, habitó el ruso, el polaco, el alemán, el idish, el francés, el español, los convirtió en casa, los convirtió en patria, los convirtió en cultura y también en identidad. Pero también las lenguas son muchas veces máquinas de matar, las lenguas son como los seres humanos portadores de la muerte, del horror, de la iniquidad. Uno de los poetas más extraordinarios que produjo el siglo XX, Paul Celan, que nació en la Bucovina, que hablaba rumano, ruso, idish, hebreo, francés, ingles y portugués, y que sin embargo escribió en la lengua de su madre asesinada, el alemán, decía que no hay redención para la lengua. Salvo que los seres humanos tomaran la palabra, tomaran la lengua, esos idiomas en los que algunos escribieron palabras de reconocimiento, palabras de ayuda, palabras de solidaridad, algunos salvadores, muy pocos, demasiado pocos, pero algunos al menos, los que abrieron sus casas, los que abrieron sus corazones, los que pusieron en riesgo su vida, esos salvadores que les devolvieron, aunque sea una migaja, pero de oro, a cada una de esas lenguas. Lo que la mayoría de sus conciudadanos y compatriotas había perdido, la posibilidad de que la lengua babélica, esta que escuchamos ahora, la lengua de la mezcla, no fuera para confundir a los seres humanos sino que fuera la lengua a través de la cual los seres humanos podamos mirarnos a los ojos y descubrir que en el sufrimiento del otro, en la persecución, en la humillación del otro, en la violencia sobre el otro, está lo que me humilla, lo que me violenta a mi. Que ayer, ayer nomás fue el dolor, que las lenguas olvidan el dolor del prójimo, el dolor del otro a nuestro alrededor. Escuchando estos sonidos múltiples, babélicos, increíbles y maravillosos quizás me resuena al mismo tiempo el peligro de la lengua que olvida al otro y la tenue esperanza de la lengua que nos permite volver a reconocer que el otro, en realidad, me dignifica a mí. Muchas gracias.”

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Generaciones de la Shoá en Argentina, asociación que congrega a sobrevivientes de la Shoá y sus descendientes, ha ideado, planeado y realizado El Legado de los Salvadores, libro que será entregado gratuitamente a escuelas e instituciones que lo soliciten, junto con una guía educativa, algunas ideas de cómo aplicarlo y de las áreas en las que podría ser útil.

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Las traducciones fueron hechas por prestigiosas personalidades que lo hicieron de manera voluntaria y desinteresada. Las solicitudes pueden ser hechas a nuestro teléfono 6317-3675, o a nuestro correo electrónico secretaria@generaciones-shoa.org.ar. Se pueden encontrar todas las traducciones en www.generaciones-shoa.org.ar, sitio que invitamos a visitar para conocer el material que producimos continuamente así como nuestras actividades.

Para leer el texto completo de El legado de los salvadores y ver todas sus traducciones:

http://www.generaciones-shoa.org.ar/espanol/textos/textos_ellegadosobrevivientes_esp.htm

Dilemas de la memoria. Un libro de Jack Fuchs

Ya desde el título comienza el cuestionamiento e invita a la reflexión. ¿Por qué dilemas y memoria en una misma frase? ¿Qué implica esta proposición? ¿De qué memoria habla? ¿A qué se refiere?Con esas preguntas tomé el libro y con esas preguntas in mente me dirijo a ustedes en este momento. Los textos publicados me eran conocidos porque son los que se publican habitualmente en la contratapa de Página 12 y que en cuanto son publicados circulan por Internet y son enviados y re-enviados muchas veces y suelen dar varias vueltas al mundo. Pero leídos todos juntos, organizados en una secuencia determinada, agregan a su contenido, algunas cosas que quiero compartir con ustedes. Dice Jack, varias veces, que la Shoá no tiene fecha de comienzo ni fecha de terminación. En suma, que no tiene fechas y sin fechas faltaría el soporte temporal que señale algún momento preciso. ¿Como recordar algo si no hay fechas para recordar? Para eso están los rituales, los hitos, como estacas clavadas en la tierra indicando que acá pasó algo, que fue aquél día, a aquella hora, y que fue así, que esto fue lo que pasó. No se puede recordar todo el tiempo, hacen falta las fechas precisas, los momentos significativos. Por ejemplo uno recorre el álbum de fotos familiares y lo más probable es que encuentre fotos de los cumpleaños, de los aniversarios, de alguna celebración, de las vacaciones, de los momentos en que solemos sacarnos fotos. Y después empiezan a pasar cosas curiosas porque nuestra memoria se vuelve la memoria de esas fotos que recorremos una y otra vez buscando en ellas la recuperación de ese momento del pasado que, como dice muy bien la palabra, ya pasó. Sin las fotos, los recuerdos van perdiendo nitidez, las caras se van esfumando, las palabras dichas, las palabras oídas se van alejando, se oyen más y más apagadas y hasta puede uno llegar a preguntarse si lo que recuerda fue así, si no habrá algo que uno se ha olvidado, si con el paso del tiempo no le habrá agregado cosas para rellenar aquellas porciones que fueron perdiendo contornos claros. Con el grabador ya pudimos guardar las voces, esos instantes evanescentes en los que un sonido, un tono, nos hablaba directamente al corazón. Las voces de los chicos, las de nuestros padres, la de los abuelos si hemos tenido la suerte de grabarlos, los latidos del corazón en algún embarazo, todo eso pudo ser registrado, guardado, conservado. Y otra vez, al escucharlo sucede algo diferente porque ahí está el momento pero al mismo tiempo ya no, esas voces ya no están, los chicos crecieron, algunos grandes se fueron y uno está en una tierra de nadie entre la emoción del recuerdo y la evidencia de lo que ya no es. Más tarde, la filmadora nos abrió la posibilidad de documentar en imagen, sonido, color y movimiento, cualquier cosa que quisiéramos, con la ilusión de que de esa manera, el pasado ahora sí quedaría cristalizado, conservado, preservado por siempre jamás. Y esto, nuevamente, es y no es así. Es así porque cuando vemos las fotos, cuando oímos los casettes o cuando vemos los videos, nos reencontramos con aquellos momentos y los evocamos; tal vez, con suerte, nos lleve a la misma situación en un regreso acompañado de sensaciones táctiles, hasta olores y por un instante se tiene la sensación de la recuperación de lo que ya pasó. Pero también este ejercicio de memoria tiene algo de siniestro, algo de incómodo, algo de inquietante porque esas fotos, esos sonidos, esas imágenes, esos movimientos, guardados, intactos, nos son un tanto ajenos porque la vida continuó, nosotros ya no somos los mismos, muchos de los que vemos ya no están y descubrimos que su recuerdo, ése que tenemos en nuestro interior, también ha ido cambiando junto con nosotros y que esa foto, esa evidencia que habíamos guardado es diferente del recuerdo que fuimos construyendo. Aunque Jack no lo dice así, hay algo de todo esto que vuelve dilemática a la memoria, que el soporte técnico no resuelve. Además sobre la Shoá, sobre nuestra Shoá, la personal, la de cada uno, no hay ni fotos, ni sonidos ni filmaciones. Algunos pocos documentos escritos, algunos poquísimos objetos y básicamente nuestro recuerdo, nuestra palabra, nuestro testimonio del que no siempre nos podemos fiar. Pero, aún sí, no puede hacerse en el vacío, debe encontrarse una estructura también para recordar, para que ese recuerdo no se vuelva un sentimiento tóxico que cubra todos los días y no permita vivir.

En la necesidad de recordar, de sentarse cada tanto y honrar algunos dolores, algunas pérdidas, rememorar momentos gratos, hacen falta hitos, espacios, fechas, ritualizaciones. La ritualización socializa el recuerdo individual, lo vuelve colectivo. Jack tiene un despertador interno, una alarma aguda que suena en cada 19 de abril, en cada 8 de mayo, en cada Pésaj, en cada Iom Kipur y lo arranca de la cotidianeidad, lo sacude de la modorra y le grita al oído: “ ¡Llegó la hora Yankele ! ¡Despertate! ¡Hacé algo! ¡No te quedes inmóvil! Hoy podés recordar, hoy debés recordar, andá que te están esperando” y ahí va, urgido por la convicción de que él mismo es un documento, de que no puede ni quiere ni debe sustraerse a hacerlo público, de que le debe ese eterno kadish a todos sus muertos sin tumba. Y sale, puntual, su página en Pagina 12. Con las mismas dudas, con las mismas preguntas, con el mismo escepticismo pero al mismo tiempo, a pesar de las dudas, a pesar de las preguntas, a pesar del escepticismo, sigue honrando al llamado de su compromiso. Esta presencia en cada efeméride revela la discusión interna que lo acosa entre su propia decepción y su necesidad de abrir la frágil puerta de la esperanza.

Jack cultiva la memoria pero sabe, y lo digo con sus palabras, que “la memoria no garantiza nada”. Pero a él no le importa. O sí, complejo y contradictorio como tantos de nosotros, hace como si no le importara y se planta e insiste y habla.

Habla de la guerra, del absurdo, de la condición humana, de la fatalidad. Habla de sus seres queridos, de su padre, de su madre, de sus hermanos. Habla de su ciudad, de la vida judía que se ha perdido, de las comunidades perdidas, del idish, de la militancia política, de los sueños de un mundo mejor. Habla de la necesidad humana de dibujar con mejores colores el pasado y recuerda que la supuesta liberación de los campos no fue tal aunque al principio él mismo lo llamaba así, que nadie lo liberó porque nadie lo fue a buscar, que simplemente fue encontrado porque los ejércitos aliados se toparon con el horror de los campos, fueron sorprendidos con esas visiones que no figuraban ni en sus mapas ni en sus planes. Habla de los héroes que se resistieron de forma armada y señala la injusticia que ha caído sobre los que no han podido pelear con las armas y que no sólo han sido asesinados sino que también se les exige retrospectivamente haber muerto de otra manera, como si hubiera alguna forma buena o mejor de morir, de tronchar una vida.

Menciona su edad a cada paso, y junto con su edad, levanta la contabilidad de los años que median entre ese día y el fin de la guerra. Construye cada nota como una efeméride, una marca en el paso del tiempo, y la angustia por el paso del tiempo, por la incertidumbre de lo que pasará una vez que no queden más testigos, una vez que la efeméride sea eso, tan solo una efeméride, un espacio en el calendario, una alusión vacía de contenido encarnado.

Y en su hablar, en su letanía, en su hagadá personal, los temas vuelven, se repiten año tras año sin pudor ni explicaciones innecesarias, como los martillazos que daba su padre sobre las suelas de los zapatos, rítmicos, persistentes, secos, contundentes, previsibles. Pero cada golpe que contiene la misma pregunta, el mismo dolor, la misma ilusión, la misma desilusión, se oye diferente porque viene con otro ejemplo, con otra reflexión, con otra metáfora que permite la recuperación de su vigencia.

Jack se crió, como casi todos nosotros, en la creencia de que la cultura, la ciencia, el arte, la elevación espiritual del hombre, conduciría a un mundo mejor, más justo. En sus notas está el dolor de advertir que el origen de la Shoá tuvo lugar en el pueblo alemán que alcanzó altísimos niveles culturales. Fue ese pueblo el que sumió al mundo en un horror inimaginado antes. Y no sólo eso, no olvida que el sueño comunista se hizo añicos en la Unión Soviética por el ataque a los valores más elementales, por los asesinatos cometidos en su nombre, y menciona todo lo demás que siguió pasando en otras latitudes, en épocas más próximas y que revela que el mundo parece no haber aprendido nada, que la cosa sigue y se reproduce y no tenemos respuestas ni propuestas eficaces, solo preguntas más y más desesperadas.

Testigo de su tiempo y sabe que aunque lo respetan, aunque lo escuchan con consideración, difícilmente lo oigan, difícilmente entiendan de qué está hablando.

Varias veces me ha dicho que duda del sentido de hablar, que duda de que a los demás les interese, que duda de que lo entiendan y que se siente bien a veces hablando conmigo, es por eso que me ha pedido que esté hoy en esta presentación. Me pregunté cuál sería la razón de que se sintiera bien, de que pudiéramos hablar. ¿Será porque soy hija de sobrevivientes de la Shoá? ¿Será porque tomé el tema de la Shoá como uno de los ejes de mi vida? ¿Será porque no me tranquilizo con los habituales lugares comunes y aprecio su mirada cuestionadora y provocadora? No lo sé. Lo que sí sé es que cuando lo escucho, cuando de verdad lo escucho, cuando no mejoro ni traduzco lo que me dice, tengo claro que no sé de qué me habla. Sé que no sé. Creo que ésa es toda la diferencia. Tengo claro que no sé y es desde ahí que tenemos este espacio común. Cuando uno se adentra en el tema de la Shoá, cuando uno de verdad se mete en sus oscuridades, pestilencias y terrores, a uno lo acosa un vaho insoportable y junto con él la evidencia de la imposibilidad de saber. Las preguntas que surgen inmediatamente y de las que Jack da cuenta a cada paso, chocan con el límite de lo que estamos preparados para comprender y aceptar. El Bien y el Mal, el asesinato y la muerte, las justificaciones, la técnica aplicada a la destrucción. Es tan difícil de soportar que rápidamente se siente la tentación de transformarlo en conceptos conocidos, en volverlo familiar, en traducirlo a experiencias con las que uno se puede identificar y ahí es donde perdemos, porque nada hay más lejos de la experiencia común que la de los que pasaron la Shoá, los que fueron testigos del extremo de todos los extremos. Sentimos tantas veces que la gente se sacude estas cosas con las frases hechas habituales, con las referencias acostumbradas, palabras como horror, Auschwitz, hornos, nunca más, son esgrimidas en un simulacro de compromiso que se disuelve rápidamente, que se guarda hasta el próximo Iom Hashoá en el que se volverán a desempolvar y a exhibir como fantasmas mudos. Y todos en paz, a dormir con la conciencia tranquila de haber dicho lo que había que decir. Jack y todos los sobrevivientes, lo llevan puesto todo el año, todos los días, todas las horas. Lo llevan como esa piedra en el zapato a la que uno se ha acostumbrado, tanto que a veces ya no la siente, pero que sigue ahí y que vuelve a doler cuando uno se apoya mal, o hace algún movimiento diferente. Y vuelve el dolor con toda su intensidad, a veces como dedo acusador, otras como testimonio de la fragilidad de lo humano. Esto es lo que denuncia Jack y lo expresa en sus preguntas de siempre, en su incredulidad sobre la fatalidad del Mal, en la dificultad de aceptar que la cosa no tiene remedio, en el consejo que nos da y que se da a sí mismo de que mejor aceptemos que somos así, que es parte de nuestra humanidad, como lo dice él mismo, que “la guerra es una circunstancia humana, como el dolor, la memoria, la risa”.

Sólo quiero mencionar dos cosas de las que aparecen publicadas en este libro. Una, su propuesta de dejar una de cada tres sillas vacías en cada conmemoración de la Shoá para mostrar de manera dramática y concreta que ha sido asesinado un tercio de los judíos del mundo. Me parece una cosa sencilla, potente y hondamente significativa, algo que habla por sí mismo y compromete corporalmente a los presentes. La otra cosa que quiero señalar es algo que dice en la página 116 cuando habla de que de las víctimas no puede aprenderse casi nada. Lo cito: “solo la triste lección de lo que el hombre es capaz de soportar para sobrevivir. Los verdugos en cambio tienen un saber articulado en la preparación metódica de las tareas, en la organización, en la anticipación y en el rasgo estratégico de sus objetivos. Desde el ascenso del nazismo en 1933 hasta su caída en 1945, los nazis trabajaron infatigablemente en la organización y ejecución de sus fábricas y laboratorios de muerte, con la colaboración y asesoramiento de científicos, médicos, ingenieros, antropólogos y técnicos. Para saber qué ocurrió, sería de enorme utilidad tener los testimonios personales, el relato confesional de las experiencias, de los planes, tanto de los ejecutores, como de los científicos e intelectuales comprometidos con la matanza”. Es también una propuesta potente que habría que realizar. Los sobrevivientes hablan y han hablado. Testigos, testimonios y documentos encarnados, pero son tan solo un extremo de este sube y baja de la humanidad. Sólo Abel. Nos falta conocer al otro, a Caín, a los caínes de la humanidad, a los caínes políticos, sociales y económicos pero también a los caínes que todos creemos que tiene el otro, a los caínes que tenemos adentro cada uno de nosotros.

La sabiduría de Jack se expresa de manera prístina en la siguiente anécdota que no está en el libro y con la cual termino la parte que me toca en esta presentación. Un día me dijo: “Mirá cómo son las cosas. El otro día iba con el coche y un tipo hizo una mala maniobra y me lo rayó. Me puse como loco, me bajé del coche, me enojé, me puse mal y de pronto me detuve y me dije ´Yankele, ¿qué estás haciendo?, ¿qué importancia tiene? Es sólo un coche, después de todo lo que te pasó ¿un rayón en el coche te parece que merece que te angusties?´ y me pareció que estaba bien, que esa voz interna mía ponía las cosas en su lugar, que estaba exagerando, que un rayón en el coche era una tontería. Pero pasó un momento y pensé que no podía vivir toda mi vida midiendo las cosas así, que la vida normal no era Auschwitz, que estaba en Buenos Aires, que la vida normal ahora era cuidar el auto y ponerse mal cuando a uno se lo rayaban, que yo era igual a cualquiera y que estaba bien bajarme del coche y decirle al que me lo había rayado ¡Hey! ¡Mirá lo que hacés! ¡No podés andar por el mundo rayándole el coche a la gente!”.

A veces los dilemas se resuelven así, apelando a lo concreto y más vivo de la vida, porque como Jack mismo lo dice en la página 180 “es mucho más fácil recordar el pasado que combatir la indiferencia presente”. Muchas gracias.

Diana Wang.

Librería El Ateneo, 5/10/06

Nuevos nombres del trauma, libro de Bejla Rubin de Goldman

Presentación hecha en AMIA.

Lo que porta el título del libro. El título del libro indica la necesidad de nombrar y mucho de su contenido gira alrededor de las palabras, de poner palabras, de decir palabras, de poder pensar, procesar, comprender, significar y resignificar nuestra herencia. Herencia en tanto hijos de sobrevivientes y herencia en tanto humanidad. La herencia es lo que se recibe. Cuando se toma eso que se recibe y se lo incorpora y trabaja, se vuelve un legado. Un legado que guarda aún interrogantes y nos cuestionan nuestro lugar como hijos, como herederos, como efectos y también continuadores. Los sobrevivientes, nuestros padres, observan con agrado y sorpresa, aunque con alguna inquietud, esta asunción activa de la herencia que en nosotros se vuelve legado. Los acosa la eterna pregunta: ¿entenderemos? ¿alcanzaremos a dimensionar lo que pasó? ¿seremos capaces de hacer algo con ello? Nosotros, los que somos testigos de los testigos, estamos empezando a hablar.

Siempre estuvo. La Shoá, el hecho primigenio, es nuestro contexto presente desde el comienzo de nuestra vida. Lo hemos incorporado con la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios, los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones, los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las palabras.

Las palabras. Relatos quebrados, silencios agruyerados, discursos rotos que irrumpían a borbotones y por sorpresa, erupciones imparables que nos cubrían de una lava pegajosa y caliente que no nos permitía hurgar más allá ni entender. Nombres extraños que se nos volvían familiares pero que no estaban asociados a imágenes, lugares en los que nunca habíamos estado, olores que se evocaban sin que nuestras narices los hubieran olido jamás pero por los que sentíamos una nostalgia que no alcanzábamos a comprender. Se hablaba de tíos, primos, abuelos cuyas caras no teníamos, cuyas pieles nunca habíamos rozado, cuyas voces nos serían por siempre desconocidas pero que eran tanto o más reales que los parientes reales cuando los había.

Otra realidad, más real. Los relatos de horror, nos eran entregados entrecortadamente pero con tal peso que constituían de alguna manera un mundo concreto. Más real que el que vivíamos. El “ALLÁ”, “LA GUERRA”, “ESO”, “LOS ALEMANES”, eran entidades poderosas, que no admitían discusiones ni preguntas, caían sobre nosotros con el peso de lo incontrovertible y fatal. Nuestra vida cotidiana, la escuela, los juegos, los deberes, eran lo otro-real que fluía y dialogaba en nuestras casas en dimensiones paralelas que rara vez se cruzaban. Lo real cotidiano inofensivo, dado y rutinario, coexistía con injusticias, maldades, horrores, muertes absurdas, universos irracionales y arbitrarios, letanías y anécdotas que se repetían, siempre igual, sin posibilidad de elaboración o comprensión. Vivíamos sin darnos cuenta, dos realidades, dos mundos que coexistían separadamente y se entretejían en nuestro interior.

Antes, el vacío. En el comienzo estaba la Shoá. De grandes, muchos de nosotros nos sorprendemos al advertir lo poco que conocemos de las vidas anteriores de nuestros padres. Sus infancias, sus sueños, sus otras familias cuando las había, sus otros hijos, esposas o maridos. Una ausencia corporizada como vacío innombrable. Es como si la Shoá hubiera sido nuestro verdadero comienzo, el gran y único organizador, como si lo anterior hubiera quedado en una zona gris, hubiera sido una especie de croquis o borrador anulado por la contundencia del hecho en sí. Para muchos de nosotros, “en el comienzo fue la Shoá”, una Shoá que conocemos bien en nuestra carne y en la carne de nuestros padres, pero de la que no tenemos memoria efectiva ni conocimiento cierto.

Secundariedad. “Lo más importante de mi vida pasó antes de que naciera” le oí decir a un hijo de sobrevivientes. Lo que nos define, más que nuestra historia, es en consecuencia, nuestra pre-historia. Somos secundarios a nuestra propia historia. Cronológicamente pero también ontológicamente. Somos segunda generación. Esa secundariedad se vuelve una paradoja. Somos herederos pero no testigos. Sufrimos algunas de sus consecuencias pero no podemos dar cuenta efectiva de ninguno de los sucesos. Estamos, seguimos estando, pero nunca estuvimos. Ocupamos una oscura topografía de la Shoá, una especia de bisagra entre nuestros padres y nuestros hijos. Tal vez sea ese espacio paradojal nuestra potencia. En la búsqueda de certezas, de fronteras claras y seguras, no advertimos que lo singular es precisamente lo que no está claro, lo que nos coloca en este espacio de delimitación problemática. Nuestra indefinición podría ser nuestra riqueza.

La iatrogenia. Muchos de nosotros han sobrevivido no sólo a la Shoá de sus padres sino a tanta instrucción psicológica impartida por psicólogos y médicos que tardaron mucho tiempo en advertir que nuestra condición nos atravesaba. Atribuían nuestras características a diferentes e imaginativas patologías o neurosis. Características tales como ser sobre exigidos, exigentes, complacientes, demasiado responsables, seguidores de tradiciones familiares, apaciguadores, luchadores contra la discriminación, culpables por no haber sufrido lo que nuestros padres, desdichados si fracasamos porque entonces ellos se sentirán fracasados dado que somos su pasaporte el éxito, las dificultades en el establecimiento de relaciones íntimas, el individualismo, la irritación frente al autoritarismo. Suele ser grande nuestra sorpresa cuando descubrimos esa especie de fratría en la que estas características nos son comunes, que probablemente ese lugar tan difícil de definir es lo que nos ha constituido de esta manera.

Misiones imposibles. Recibimos mandatos implícitos o explícitos, imposibles de cumplir: reemplazar a los muertos, justificar a los sobrevivientes en su supervivencia, compensarlos, curarlos, consolarlos, rescatarlos, deshacer con nuestras vidas el pasado una y otra vez. Igual que Hamlet, éramos visitados por fantasmas que nos hablaban al oído, sombras que nos exigían venganzas, justicias, reivindicaciones, sacrificios, devociones.

Difusa. Tiene una identidad difusa .Será por la difusión de los espíritus de sus ancestros en el humo de Auschwitz, de Dachau, de Treblinka. Cuando se mira al espejo, suele encontrar ceniza en sus mejillas.

Junto con las misiones imposibles, recibimos la prohibición de buscar explicitaciones abiertas de los aspectos más oscuros, doloroso, intrincados y vergonzantes. Teníamos que ser felices sin hurgar en el pasado, escuchar el sufrimiento de nuestros padres pero hacer como que no estaba, ser su crédito en la vida sabiendo que nunca alcanzaríamos a ser los protagonistas. Pero lo curioso es que, aún cuando teñía y constituía gran parte de nuestra subjetividad, el hecho de ser hijos de sobrevivientes, no existió siempre como noción.

La toma de conciencia. Hay un momento en que despertamos a nuestra condición de hijos de sobrevivientes. En nuestra búsqueda, tenemos una primera sorpresa al descubrir que lo que creíamos único, lo que guardábamos secretamente pensando que nuestra familia era un caso raro, resultaba similar en otros hijos de sobrevivientes, que había una fraternidad que desconocíamos. El camino que emprendemos a partir de allí es variado. Algunos “desentierran” lo enterrado trabajosamente y otros entierran la noción aún más hondo. Entre los primeros, los que deciden bucear y buscar, el paso siguiente suele ser pasar de la mitología a la historia.

De la mitología a la historia. Se intenta conocer la historia familiar, armar el rompecabezas de la supervivencia de los padres, construir un “álbum familiar” mediante una especie de arqueología reconstructiva. Dónde estuvieron, cuándo, cuánto tiempo, con quién, qué pasó, de allí a dónde fueron, hasta cuando. Son preguntas, recorridos, secuencias, que no teníamos, que no nos animábamos a plantear. La versión mitológica lo traía todo junto, apelotonado, desordenado y confuso. La cronología, la geografía, el conocimiento de los hechos, brinda un contexto de significación para la conducta de nuestros padres lo que nos permite no sólo visualizarlos durante la Shoá sino comprender muchas de nuestras experiencias infantiles. Es difícil encarar este camino en soledad, por eso es tan preciada la pertenencia a un grupo de iguales.

De la historia a la misión. En este momento del proceso de pasar de la mitología a la historia, algunos hijos de sobrevivientes deciden que es suficiente, que les basta con lo conseguido. Para otros, el encuentro grupal abre nuevas preguntas, un sendero del que ya no quieren apartarse. Sigue a esto el sentimiento, la convicción de ser portadores de una misión mandatoria, que reinscribirá a la experiencia en un concierto social con sentido. El trabajo de los sobrevivientes es sostener la tensión entre recuerdo y olvido que constituye de la memoria y la vida que continúa. El trabajo para la segunda generación es la construcción del sentido.

Nuestras voces están empezando a emerger hace unos pocos años. De diferentes maneras, en diferentes producciones. Cientos de piezas de teatro, cine, ballet, investigaciones, poesía, narrativa, ensayos, búsquedas sin cartografías ni señales. Bejla con sus escritos y en particular con este libro se inserta en esta corriente, en lo que nos caracteriza a los hijos de sobrevivientes, traer la experiencia de la shoá a nuestra vida, abrirla, observarla, dialogar con ella en la búsqueda de identidad y sentido.

Papas y rabinos, libro de Rudy

El universo tsurembergueano creado por Rudy. (Prólogo)

El shtetl[1]. Rudy nunca estuvo en un shtetl. Como casi ninguno de nosotros. Los shtetlaj dejaron de existir poco después de la Primera Guerra Mundial cuando el imparable progreso llegó hasta los más pequeños villorrios alejados. El positivismo y la tecnología de la mano de la radio, el teléfono, los libros, el activismo político, el teatro, el cine, irrumpieron en los caseríos de la Europa oriental cambiando para siempre lo que ahora idílicamente se añora. Los emigrantes de entonces guardaron los shtetlaj en sus memorias tal como los habían conocido y los mantuvieron vivos en sus relatos, intactos en la quieta eternidad acariciada por la nostalgia. Pero el artificio de mantener un hecho inmóvil sólo sucede en la imaginación y abre un doble territorio de realidad. Por un lado, el lugar siguió viviendo, con la gente que permaneció allí, modificándose, lugar y gente. Por el otro, nació un lugar, narrado, recordado y revivido por siempre, guardado por los que se fueron, sin cambios, suspendido en la añoranza. Este retrato mítico y nostálgico fue el que transmitieron a su descendencia. Experiencia reiterada de la migrancia pues lo mismo ha sucedido con los otros pueblos inmigrantes venidos de la Europa de comienzos del siglo pasado. Cuentan, por ejemplo, los hijos y nietos de gallegos que vuelven hoy a las aldeas de sus mayores, el impacto que les produce el encuentro de la pujante Europa del siglo XXI, tan lejos de lo que fuera la añorada y pobre aldea, tan distante de los relatos escuchados, tan diferente y a menudo, tan extraño.

En el caso de los shtetlaj judíos sólo quedaron “vivos” los que se volvieron relatos. Los verdaderos, los que llegaron hasta el primer tercio del siglo XX, a poco de empezar a cambiar fueron destruidos, sus objetos, sus monumentos y testimonios, sus habitantes, sus testigos y relatores, convertidos en cenizas en la locura desatada en Europa contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Los shtetlaj formaron parte de las cinco mil comunidades judías arrasadas por la Shoá. Los judíos que allí vivían fueron masacrados y el dar testimonio de su existencia se transformó en una misión para los que se había ido. Los shtetlaj siguen vivos merced a estos relatos que transmitieron a hijos y nietos, nacidos ya en otro mundo, con la nostalgia del terruño y la cultura perdidos. Esta nostalgia, esta persistencia, esta verdad, está retratada en el entrañable Tsúremberg[2], cuyo segundo volumen de crónicas sigue a continuación.

Hermana menor de Kasrílevke, la aldea eternizada por Sholem Aleijem, habitada por gente pobre pero alegre[3], encontramos en la Tsúremberg de Rudy unos personajes que se nos parecen mucho y que viven en aquel medio añorado, con sus/nuestros mismos conflictos, sueños, pesares, amores y esperanzas. Ubicados Allá, en aquel lugar que no hemos visto ni vivido, nos hablan en un idioma familiarmente evocador, el idioma del lugar de donde venimos. Sueña, teje, imagina, inventa, vuela y construye un Tsúremberg habitado por tsúrelej[4] vestidos de nuestras miserias y silencios, nuestras músicas y esperanzas. Tsúremberg está Allá. Pero también está acá. No sólo porque los problemas, las penas, los tsures, son el bien mejor distribuido del planeta. Nos invita a visitar un mundo que fue pero que ya no está. Y sin embargo –he aquí su encanto- está, lo llevamos puesto. Ha conseguido, por arte de magia, tocar un rincón de identidad en el que nos vemos retratados.

Buenos Aires, siglo XXI. Los tsúrelej somos nosotros, aquí, en Buenos Aires, no sólo los judíos pero especialmente los judíos. Retóricos, verseros, argumentadores, laicos, seculares o irreverentes, buscadores de fe y de salvadores, convocadores de misterios, tan parecidos a estos antepasados míticos, tan talmúdicos, vulnerables y tiernos, tan crédulos en nuestra esperanza y descreídos en nuestras posibilidades, tan contradictoriamente iguales a través del tiempo. También vivimos preocupados por los pogroms, esa nube negra amenazadora que puede sobrevenir sorpresivamente disfrazada de dictaduras militares, AMIAs, corralitos o de mentiras y latrocinios multicolores varios, corporizados en los zares –metáfora de los poderosos/intocables/absolutos-, contra los que no hay forma de defenderse.

Las noticias se derramaban a la ligerísima velocidad del rumor en Tsúremberg y generaban innumerables discusiones y argumentaciones. En los viejos shtetlaj, cada novedad era una potencial amenaza. Cualquier invento, decreto, rumor o cosa nueva era recibido con el consabido: “¿Eso es bueno para los judíos?” Sabían en carne propia sobre su perpetua transitoriedad –desgraciadamente no sólo en sentido filosófico-. Duramente habían aprendido que si los caprichosos poderes de turno les dirigían alguna atención no era para nada bueno, en consecuencia, ante cualquier novedad había que ponerse en guardia. El pogrom tiene una presencia trágica, en el sentido de eterna y fatal, sin discusión, dada, con el peso del destino, aparece a todo lo largo del texto, en comparaciones, a veces en comentarios marginales. Se resumen aquí todos los males posibles. En un mundo que aún desconocía lo que sobrevendría con la Shoá, era el pogrom el absoluto del Mal. Nuestros pogroms y zares tiene hoy otras caras, pero bien que comprendemos a los pobres e inocentes tsúrelej que, en manos de Rudy, más que violinistas en el tejado hacen malabares con papas parados en un pie sobre el borde de una cornisa.

Rudy reformula refranes y maldiciones y nos inventa un nuevo espejo. Como en los mapas de Guillermo Kuitka que siguen recorridos geográficos imposibles, mezclando localidades en colchones desgastados, estos universos recreados por Rudy se nos enredan en el alma, tan fácilmente reconocibles en sus amores y odios, envidias y sueños, ideologías y tradiciones, progreso y ciencia. Este Tsúremberg parece haber crecido con los pies firmemente apoyados en Buenos Aires. Nuestra particular cultura, preocupaciones y sabores se filtran y condimentan en cada palabra. Imagino a Rudy en el Ramos, o La Paz, La Comedia, El Coto o El Florida, bares de mi adolescencia y juventud. Veo las mesas rodeadas de jóvenes barbudos fumando con fervor y chicas de pelo batido y ojos lánguidos, libros, apuntes, gestos enérgicos, discusiones, las palabras recién horneadas del último “maestro” de Francia, el más revolucionario, el más críptico, el más provocador, la intelectualidad narcisista y bohemia, El Lorraine y los ciclos de Antonioni o Bergman. Las crónicas de Tsúremberg traen de vuelta las discusiones de política, el psicoanálisis, las argumentaciones, la ingenua convicción y soñada ilusión de estar a la vera del gran cambio del mundo. Un mundo que, igual que Tsúremberg, quedó atrás, en el recuerdo y la nostalgia. Y nos fuimos poniendo viejos.

El idioma. Quien haya leído el primer volumen, “La circuncisión de Berta” (si no lo hizo, corra ya mismo a comprarlo), está familiarizado con lo que sucede en sus páginas con el idioma y que señalara EliahuToker en su prólogo. Está escrito en castellano pero se oye en idish. ¿Cómo se llamará este idioma? ¿Castellidish?, ¿idishllano?, ¿idishino?, ¿argenidish?, ¿idioñol?, ¿espanidish?. El texto está en castellano, con su ortografía y sintaxis mantenida y correcta, las palabras y las ideas son brotes del cemento de Buenos Aires, de una clase media deteriorada y empobrecida y su particular forma de vivir lo judío. Pero la melodía que se oye es el idish. Como aquella maravilla de creatividad gestada por Les Luthiers cuando combinaron una quena, un charango y un bombo con una orquesta de cuerdas alternando un carnavalito con un “concerto” barroco[5], el idioma en el que transcurren las crónicas de Tsúremberg, combina las palabras, la sintaxis y la conjugación del castellano, con la melodía, la gracia, el desparpajo y la intención del idish. Lo judío de la Europa oriental transplantado al sur de nuestra América del Sur, lo judío en clave de cultura, de cosmovisión, lo judío hecho literatura, teatro, chistes, formas de hablar, formas de sentir, formas de pensar. Esa modalidad argentina de vivir y ser judío que nos es tan particular y que difícilmente se encuentra en otras latitudes. Letra y música, música y letra. La palabra misma Tsúremberg, es una resultante de esta confluencia. Si fuera una trasliteración del improbable término en idish, habría sido “Tsúrenberg”, con “n” que es la terminación correcta en idish. Dado que la escritura es en castellano y como todos sabemos antes de “p” o “b”, nunca va “n” sino “m”... este querido shtetl se llama Tsúremberg. Lo dicho: castellidish.

La pobreza judía. La pobreza es una de las grandes protagonistas de esta comedia humana, uno de sus ejes centrales. Ya había desbaratado uno de los ingredientes del prejuicio antijudío con el temido pogrom que contradice la acusación del judío “sinárquico organizador de complots mundiales.” A ello se agrega otro ingrediente del estereotipo, la suposición de que los judíos, todos los judíos, son ricos (usureros, miserables, explotadores). Claro que hay judíos ricos, como hay italianos ricos, españoles, armenios, alemanes... pero también los hay pobres, y no son pocos. El tema de la pobreza judía fue sacado a luz hace no muchos años por el servicio social de AMIA para sorpresa incluso de no pocos judíos argentinos. Hacer a la pobreza judía protagonista y tejer con ello una trama colorida puede ser hasta una proposición política que nos cuenta otra historia sobre nosotros mismos. Encara con valentía y frescura la búsqueda de dinero, esa “valija llena de sueños”, protagonista desde su ausencia. El dinero, medio móvil por excelencia, permitiría, además de vivir mejor –lo que para un típico tsúrele significa dedicarse sólo a estudiar la Torá- escapar cuando fuera preciso. Y tarde o temprano lo será. La falta de dinero y la papa, la única posesión de Tsúremberg, nos hablan de la inventiva ante la adversidad. La papa, el producto americano que prosperó en Europa y constituyó la base de su alimentación popular, es al shtetl lo que “lo arreglamo con un poquito de alambre” es a nosotros, testigos y actores en esta comedia de eternas improvisaciones. Pogroms, zares y papas terminan siendo analogías de otros tsures que pueden evocarse junto al sonido del afilador de cuchillos que pasaba a la hora de la siesta soplando la flauta de Pan.

La conversación. Frente a la definición negativa de lo judío, es de resaltar lo positivo de lo judío que hay en estas crónicas. La inventiva para superar los desafíos, la creatividad para salir adelante ante carencias y dificultades, la alegría de vivir, los valores de la familia y la lealtad al grupo, la importancia del uso de la lógica, el razonamiento y la argumentación. Y el aventurado cronista lo hace como corresponde, con preguntas y réplicas, repreguntas y contrarréplicas, manteniendo vivo el arte de la conversación y la discusión, tan propio de lo judío, conversación de transcurso particular dado que no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo la continuación del juego, que la conversación siga. Define en el delicioso capítulo “El cartel” a los judíos como “un pueblo que discute entre ellos y se defiende de los demás”.

Los nombres. A la desopilante lista de nombres del primer tomo, Rudy agregó varias nuevos, desopilantes, imaginativos y tiernos. A los ya conocidos como, por ejemplo, Erinque Groistsures[6], Motl Gueltindrerd[7] –el emprede(u)dor- Pílequele, Kíjele, Beigale, Tzibele, Kiguele[8] –los chicos de Tsúremberg-, suma ahora los nuevos personajes o persotsures como por ejemplo Hershel Cloranfenikolsky, Kolnidre Medarfloifn,[9] Reb Latque Gutekartofel[10]. A los shtetlaj “antiguos” de Vuguéistemberg[11], Lomirkvechn[12] y Gueshtorbeneshpilke[13] agrega Guerátevetkétzale[14], Chuprinemaine[15]. Ya el Tsúreldique Tzaitung no está solo pues ha venido a acompañarlo el Naie Linkeraje[16]. El glosario del final, es un capítulo en sí mismo, recopilación del ingenio desplegado en todas las páginas y aguda síntesis de las proposiciones humorísticas (es decir, cosas serias vestidas de saltimbanqui). Cuando llegue allí, tenga a mano alguna bobe o algún zeide[17] para que le ayude a traducir y a disfrutar cada una de las invenciones. Si no lo tiene, llámeme que disfrutaré junto a usted de volver a reírme de nosotros mismos.

Relatos con historia. Como hizo Víctor Hugo en “Los miserables”, comienza varios de los capítulos con un relato que pone en contexto histórico el texto posterior, contándonos parte de la historia del pueblo judío, de un modo claro, sencillo, sintético y desenfadado. Por ejemplo en el capítulo en el que Shloime Gueshijte[18] se dirige al juez Honorable Kapoc Czwczczczecztskn (sí, impronunciable, como son impronunciables muchos apellidos eslavos y como es impronunciable el lugar del poder omnímodo y autosuficiente en una retórica florida que revela su impotencia) con la argumentación con la que pretende liberar a su hijo preso por manifestar con una bandera roja, me evoca el viejo chiste judío de la mujer que le reclama a su vecina que la olla que le devolvió estaba rota, a lo que la primera argumentó: “primero, la olla que me prestaste y te devolví estaba sana; segundo, la olla ya estaba rota cuando me la prestaste y tercero, nunca me prestaste una olla”.

El lugar del inocente. Los tsúrelej hablan con la ingenuidad y falta de malicia del niño del cuento de Perrault, el de los trajes nuevos del emperador, que ignora que debe hacer como que no ve lo que sus ojos le revelan, dice en voz alta “pero... el emperador está desnudo” y desnuda la hipocresía disfrazada de sofisticación y savoir faire. En el desopilante diálogo sobre Moisés se las ingenia para que los niños pregunten sobre la lucha de clases, desnudando consignas que todos hemos oído, frases hechas que se repiten sin comprender, ataca el tema de los dogmas, los estereotipos y cómo se estrellan contra la lógica de la sensatez y la cotidianeidad. Puede decir, gracias al artilugio de ponerlo en boca de niños y de niños tsurelianos, cosas que no suenan políticamente correctas y que exhiben crudamente lo manipulativo de las simplificaciones panfletarias vacías de contenidos. “Moisés tenía conciencia”. “De que era un príncipe?”. “No, de que era proletario”, “Pero si acabás de decir que vivía como un príncipe! Cuando un proletario adquiere conciencia de clase se vuelve más proletario todavía, pero si un príncipe adquiere conciencia de clase, ¿no debería volverse más príncipe?”.

Y más. Reescribe parte de la historia judía, bromea no sólo con el psicoanálisis sino también con figuras reconocidas de la historia universal – como el Edipo y la tragedia -, reflexiona sobre la guerra, sobre la injusticia, y hasta nos da recetas de cocina –todas con papas y cebollas, por supuesto -. Resume la ética judía de manera simple y concluyente cuando dice por ejemplo que “cada tsúrele, cada lomirkvéchale[19], cada judío de cada shtetl se sentía personalmente responsable del buen funcionamiento del universo”. En el más cabal sentido aristotélico, estas crónicas son una comedia, habitada por personas como nosotros, con quienes nos podemos identificar, cariñosamente, en nuestra más amable y vulnerable humanidad.

El humor judeo-argentino[20]. Rudy ha abierto una nueva puerta al humor judeo argentino. Y lo hace sin mencionar a la Argentina (salvo como destino de la emigración bajo el nombre de Gute Shtinken[21]).

El humor judeo-argentino tiene antecedentes de nota. Por mencionar unos pocos, Jorge Schussheim en algunas ingeniosas y tiernas evocaciones de lo judío de su infancia, Tato Bores, lo cierto es que no ha habido hasta ahora nada que se propusiera como EL humor judeo-argentino. Tal vez ello se deba –en mi particular visión- a la muy reciente exposición de los judíos luego de decenas de años de cauteloso resguardo. Hasta el nefasto atentado a nuestra mutual, la AMIA, manteníamos en general una reserva, una cierta opacidad a los ojos de la sociedad en general. Si ni siquiera nos llamábamos “judíos”. La misma mutual se llamó “israelita” (Asociación Mutual Israelita Argentina) y recién después del atentado asumió la palabra “judía” en su logo. Como bien dijo el Dr José Itzigshon, el atentado derribó también muros invisibles en la relación de los judíos con la comunidad en general. En los Estados Unidos, por otra parte, Woody Allen y Billy Cristal, por citar a dos de los más conocidos, forman parte de un grupo de humoristas que han expresado y transmitido lo judío en la confluencia con lo norteamericano y han creado una manera particular de hacer humor que suele tomarse como típico del humor judío en general. Se trata sin embargo del sabor y el color de la idiosincrasia judía desarrollada en los Estados Unidos y que ha tenido una importante difusión en el cine, en libros, en la televisión –con, por ejemplo, el personaje de The Nanny - La niñera.

Rudy marca un hito con estas crónicas en la confluencia de lo judío con lo argentino, y nos habla de la agridulce y salpimentada identidad judeo-argentina en unos textos que tienen la virtud de hablarnos de nosotros, de las cosas que nos importan, en un idioma que entendemos, desde un lugar que nos es añoradamente familiar.

Ñatishe Jaknishtmerachaiñik[22] (fuera de Tsúremberg: Diana Wang)



[1] Sthetl: villorio, aldehuela.

[2] Tsúremberg: nombre ficticio formado por “tsure”, propiamente problemas, complicaciones y “berg”, monte, o sea “monte de los problemas”.

[3] Tomado del prólogo de Eliahu Toker para el primer volumen “La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúremberg”, Astralib, marzo 2004.

[4] tsúrelej: palabra ficticia para denominar a los habitantes de Tsúremberg. La terminación “j” es una de las formas del plural en idish (de ahí también el plural de shtetl es shtetlaj).

[5] Concerto Grosso alla Rústica (En: “Sonamos pese a todo” Vol I, sept. 1971)

[6] Erinque Groistsures: Arenque Grandesproblemas

[7] Motl Gueltindred: Marquitos Dineroperdido

[8] Pílequele, Kíjele, Beigale, Tzibele, Kiguele: Pelotita, Galletita, Masita, Cebollita, Buñuelito

[9] Kolnidre Medarfloifn: Kolnidre (hebreo: todas las promesas), oración de Iom Kipur - Día del Perdón -, Medarfloifn: Hayquehuir

[10] Latque Gutekartofl: Buñuelo Papabuena

[11] Vugueistemberg: Vu: dónde, gueiste: vas, o sea, Monte de Adónde Vas

[12] Lomirkvechn: Apretémosnos

[13] Gueshtorbeneshpilke: Alfiler muerto

[14] Guerátevertkétzale: Gatito Salvado

[15] Chuprinemaine: Mi Chuprine

[16] Tsúreldique Tzaitung; el Diario de Tsúremberg, Naie Linkeraje: Nuevo Izquierdaje

[17] Bobe: abuela, Zeide: abuelo

[18] Shloime Gueshijte: Salomón Historia

[19] tsúrele, lomirkvéchale: habitantes, respectivamente, de Tsúremberg y de Lomirkvechn

[20] En realidad debería llamarla judeo-porteño, o judeo-bonaerense dado que corresponde a la vida urbana judía desarrollada principalmente en Buenos Aires. Como en tantas otras cosas, se toma Buenos Aires como si fuera LO argentino. Tomo la denominación judeo-argentino siguiendo lo que se estila, por ejemplo con el humor judío proveniente de Estados Unidos que, aunque se origina en los judíos de Nueva York, se lo conoce como judeo-norteamericano.

Por otra parte, ¿a qué llamamos humor judío? ¿al hecho por judíos? ¿sobre judíos? ¿con temas judíos? O ¿en un estilo judío? Aquí uní todo en un manojo y llamé judío al humor hecho por humoristas judíos sobre temas judíos con protagonistas judíos en un estilo judío.

[21] Gute Shtinken: Buenos Olores

[22] Ñatishe Jaknishtmerachaiñik: Ñatishe, de “ñata” que evoca “nárishe”, tonta, Jaknishtmer, no golpees más, a chaiñik, la pava, o sea, Ñatonta Norrompasmás

La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúrenberg - Rudy

La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúrenberg.

17 de marzo de 2004

Hace varios meses, no me acuerdo cuántos, Rudy me prestó para leer un borrador de lo que es hoy este libro. Me traje para mi casa el manojo de hojas A4 impresas de un solo lado, con la expectativa entre curiosa y ansiosa que uno tiene siempre ante algo nuevo para leer, con el valor agregado de que se trataba de algo escrito por un amigo querido y admirado. Pero antes de contarles qué me pasó, debo hacer un pequeño desvío.

El humor, más que un sentimiento, es una relación con uno mismo y con el mundo. Tiene una fase de registro, en la cual uno percibe y se dice a sí mismo que esto es humorístico y una fase de expresión del registro que va desde una ligera sonrisa hasta la ruidosa carcajada unida a contorsiones poco elegantes. Esta exteriorización está vinculada al contexto en el que se ha producido el registro de lo humorístico. Por ejemplo, la misma película que uno ve en su casa por el televisor y que a uno le produce una sonrisa interior que a veces no llega a dibujarse en la cara, esa misma película vista en un cine con otra gente, nos provoca una carcajada estruendosa. Es difícil que una carcajada suceda en soledad. No sé por qué. Será el efecto contagio, la potenciación de la presencia del otro con su multiplicación de sentidos, no sé, pero uno no se ríe a carcajadas cuando está solo. Al menos no me pasa a mí y a varias otras personas a quienes les pregunté. No alcanza para validar una investigación científica sobre el humor y su exteriorización según el contexto, pero me sirve para lo que sigue. Vuelvo entonces al borrador que me entregó Rudy.

Me lo reservé para la siesta del sábado a la tarde, En realidad es la siesta de mi marido, no la mía que desde chica la odié como a la sopa. Era una tarde tibia, amable. Me hice un mate y elegí el sillón más cómodo del jardín. Y empecé a leer. Creo que no pasé de la primer página, habrá sido por el segundo o tercer párrafo y me di cuenta de que algo me estaba pasando, de que no veía bien, que las letras no eran claras. Es que las carcajadas me humedecían los ojos y no podía seguir leyendo. Estaba sola, riéndome a carcajadas. Nunca antes me había pasado.

Por si no queda claro, las crónicas de Tsúrenberg, me hicieron reír mientras las leía. No necesité las risas grabadas de las series norteamericanas para contagiarme del universo delicioso y gracioso de este mundo de Rudy. Y si lo que Rudy quería era hacer un libro de humor, pues conmigo lo ha logrado. Con esto sería suficiente como presentación. Llévenlo, compren varios para regalar, recomiéndenlo y espero que les provoque también alguna carcajada su lectura.

Pero no me voy a quedar en esto. Aunque básico y esencial, el hecho de que me cause gracia no agota el tema.

Por orden alfabético, me toca ser la última presentadora. Ya a estas alturas, tienen alguna idea de cuál es el contenido del libro, conocen los nombres de algunos de los personajes y accidentes geográficos y saben por qué nos ha gustado a los tres.

Quiero señalar algunas cosas que me han impresionado particularmente.

Una cuestión de género

La cuestión de género, tiene que ver con Aristóteles. El teatro era uno de los pilares en la constitución de la subjetividad del ciudadano griego. Aristóteles distinguía los géneros teatrales según quiénes eran sus protagonistas, cuáles las temáticas y objetivos de la representación. Diferenciaba así a la tragedia de la comedia. La tragedia se ocupa de temas trascendentales, la vida y la muerte, el odio y el amor, la lealtad y la traición. La comedia se ocupa de situaciones particulares y cotidianas, de las debilidades y vulnerabilidades, de las dudas e inseguridades del diario vivir. Mientras la tragedia trata sobre el destino del hombre, la comedia trata sobre la falible condición humana. La tragedia cumple la función de enseñanza, la comedia la de la identificación, ambas condiciones necesarias para la constitución del ciudadano de la polis griega. La tragedia está protagonizada por dioses y Héroes –semidioses-. La comedia, por el contrario, está habitada por gente común.

La palabra comedia hoy se entiende con ideas como ligereza, superficialidad, banalidad, siendo, por el contrario, el género que entroniza la cotidianeidad, el que habla de nosotros tal cual somos no como debiéramos ser. En este sentido, “La muerte de un viajante”, la desgarradora propuesta de Arthur Miller sobre la vida gris de Willy Loman, cabría sorprendentemente en el género de la comedia. Willy Loman es un hombre común, que vive situaciones particulares de una vida privada, se ocupa de temas como el de tener éxito, de ser alguien, del respeto de uno por uno mismo y la familia, de la ilusión y la desilusión gestada por un sistema de vida y de trabajo, propone ideas y temáticas que uno conoce y reconoce pero no pretende influir sobre las vidas de nadie. Cuenta lo suyo, chiquito y particular. “Copenhague”, la obra que vuelve a estar en cartel en el San Martín y que recomiendo calurosamente, cabría por el contrario en el género de tragedia. Sus protagonistas son personajes célebres, similares a los héroes griegos, personas que han influido en el curso de la humanidad y lo que discuten tiene directa influencia en las vidas de otros, hablan del bien y del mal, de la ciencia y la guerra, las grandes decisiones éticas, sus palabras son trascendentes.

Por todo esto digo que estas crónicas de Tsúrenberg son una comedia en el más fiel y cabal sentido aristotélico. Una comedia en la que nos podemos identificar, en la que nos encontramos tratados de una manera cariñosa, en nuestra más amable humanidad.

Lo judío

El otro aspecto, tiene que ver con lo judío. Rudy barre con varios estereotipos judeófobos. Uno de los temas centrales de la judeofobia basal es que todos los judíos son ricos.

La pobreza judía. La pobreza es una de las grandes protagonistas de esta comedia humana. Rudy la coloca como uno de sus ejes centrales. El tema de la pobreza judía fue sacado a luz hace no muchos años por el servicio social de AMIA para sorpresa de no pocos judíos argentinos. Hacerlo protagonista y tejer con ello una trama multicolor puede ser hasta una proposición política que nos cuenta otra historia sobre nosotros mismos. Dice: “Los judíos de Tsùrenberg eran pobres. Siempre fueron pobres. Sus padres fueron pobres. Sus abuelos fueron pobres. Los abuelos de sus abuelos fueron pobres...En otros sitios, en las grandes ciudades, vivían los judíos ricos. Llámense los Rothschild, los Brodsky, los Hirsch, las familias tradicionales, empresarios, banqueros, profesionales que compartían la vida mundana y sofisticada de los burgueses gentiles, salvo en épocas de antisemitismo agudo, en las que también ellos podían llegar a compartir la suerte de los judíos de menos recursos. Pero esto ocurría en otros sitios. En Tsúrenberg no, porque no había ricos. Los pobres de Tsúrenberg sabían que en algún lugar del planeta había otros hombres que no pasaban necesidades, que comían otras cosas además de papas, que eran tan ricos que hasta tomaban café y comían bananas y ellos ni sabían qué eran esas cosas.”

El pogrom. Frente al estereotipo del judío sinárquico organizador de complots mundiales, trae como una tromba siempre presente el temido pogrom. El pogrom tiene una presencia trágica, en el sentido de eterna, sin discusión, dada, con el peso del destino, aparece a todo lo largo del texto, en comparaciones, a veces en comentarios marginales. Por ejemplo cuando habla del progreso en Tsúrenberg dice: “hasta los pogroms habían progresado. Ahora los cosacos venían con un traductor que iba gritando en idish lo que les podía pasar a los judíos que se escondiesen”.

La conversación. Frente a la definición negativa de lo judío, hay en estas crónicas mucho de lo positivo de lo judío, la inventiva para superar los desafíos, la creatividad para salir adelante ante carencias y dificultades, la alegría de vivir, los valores de la familia y la lealtad al grupo, la importancia del uso de la lógica, el razonamiento y la argumentación. Y lo hace como corresponde, con preguntas y réplicas, repreguntas y contrarréplicas. En ese estilo tan magistralmente jugado por muchos judíos que hacen de la conversación y la discusión una de las artes vitales más esenciales, conversación que no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo pretende que el juego continúe, que la conversación siga.

- Papá, papá, ¿de veras existen los ricos?

- Sí, Pílquele, creo que sí. Yo nunca vi ninguno, pero dicen que en algunos sitios lejanos, pasando el río Shmendrik, el pueblo de Lomirkvetchn, los montes Akshn y algunos poblados más, como Geshtórbeneshpilke, Vuguéistemberg, Blintzenberg, Shlejtelokshn y Undzereáizn, hay ricos.

- Y ¿cómo son los ricos, papá?

- Como ellos quieren, Pílquele, los ricos son como ellos quieren. Si tienen mucho frío, se abrigan; si tienen hambre, comen; si tienen sed, beben y, cuando hay un pogrom, ellos se tienen que preocupar por sus familiares pobres que viven lejos, no por ellos mismos.

- Bueno pa, nosotros también nos preocupamos por los pobres que viven lejos cuando hay un pogrom, ¿o acaso los cosacos no son pobres y viven lejos de nosotros?

- No tan lejos como quisiéramos...

- No sé, a mí el rebe Meir Tsuzamen me dijo que los ricos son malos y que los pobres somos buenos; que los ricos son el opio de los pueblos, pero que los pobres todos unidos les vamos a ganar, les vamos a sacar sus riquezas y entonces nosotros vamos a ser los ricos y ellos pobres.

- ¿Eso te dijo el rebe?

- No, eso último se me ocurrió a mí porque seguro que si les ganamos nosotros vamos a tener riquezas y ellos, pobreza.”

Los tsures. En Tsurenberg, los tsures son una marca de identidad, una proposición filosófica que se opone a esta realidad cruel y exigente de la felicidad instantánea, del placer al paso, de la eternidad sin arrugas ni celulitis, pura cáscara sin róyinque ni taam. Los tsures son como las papas, como la Torá, como la vida, algo que está ahí, que no se discute, con lo que se convive y dialoga. Es este territorio de los tsures lo que hace de estas crónicas una comedia, porque nos permite la identificación amable y hasta positiva con nuestras imperfecciones, debilidades, vulnerabilidades y carencias.

Esta Tsúrenberg de Rudy, si hubiera existido, habría sido una de las 5.000 comunidades judías arrasadas por la Shoá. Rudy revive y reformula los relatos que escuchara de su abuela, los que leyera en diferentes textos, los que viera en chistes, refranes y maldiciones y recrea ese mundo en el que incluye fragmentos y miradas de nuestro mundo moderno. Como Kuitka que genera sus propios mapas de vida sobre colchones en donde se mezclan localidades y recorridos imposibles geográficamente pero expresión de la forma en que se nos enredan en el alma, así Rudy reinventa esos universos tan fácilmente reconocibles que nos traen historias de amores y odios, de envidias y sueños, de ideologías y tradiciones, de progreso y de ciencia, matizado con el rico refranero judío y el no menos rico acervo de sustanciosas maldiciones.

Tsúrenberg parece haber nacido en Europa pero la llevamos puesta. Rudy es un tsúrele, Eliahu es un tsúrele, Florencia es una tsúrele, todos ustedes probablemente sean tsúrelej, yo, ni les cuento.

Rudy hace malabares muy cómicos en su intento de ubicarla geográficamente. Tiene razón en su gesto descriptivo inespecífico: abriendo la mano con el brazo extendido y haciendo un gesto en círculo de un costado a otro, podríamos decir: Tsúrenberg es un lugar en el mundo que queda por acá.

Mis Ayeres - libro de Lena Faigenblat

“Lo más importante que me pasó en la vida pasó antes de que yo naciera”. Frase que puede identificarnos a muchos hijos de sobrevivientes de la shoá. También a otras muchas personas, porque todos nosotros somos herederos de las vidas de nuestros padres, somos consecuencias de sus andares y encrucijadas y tenemos toda una vida para tratar de encontrarnos a nosotros mismos permaneciendo al mismo tiempo fieles a nuestro pasado. No sé si es verdad que “los padres comieron dulces y los hijos tenían caries”, pero sí creo que las vidas de nuestros antepasados, la forma en que ello los ha constituido, nos sigue atravesando a nosotros. Uno es quien es porque es hijo de quien es hijo, porque sufrió y fue feliz de una manera determinada, en un clima determinado, con expectativas determinadas. ¿Y qué hace uno con las expectativas? Puede pasarse toda una vida contrariándolas, haciendo toda la fuerza posible por ser uno mismo. Muchas veces se entiende "ser uno mismo" como ser diferente, o mejor aún, opuesto a lo que querían que fuéramos, hasta descubrir, a veces demasiado tarde, que ser como se esperaba que fuéramos es lo que más cómodo nos calza. Un sabio filósofo decía que ser adulto es ser como los padres querían que uno fuera pero porque lo quiere uno. Elegir acomodarse a las expectativas, a los sueños de nuestros padres, es una forma de elegir ser libres porque hay una lucha estéril que se abandona y queda la energía necesaria para seguir construyendo. Paradojas de la vida, paradojas de la libertad.

¿A qué viene todo esto? No es un delirio desatinado, aunque bien podría serlo. Esto fue lo que me produjo la lectura de “Mis ayeres” de la querida Lena. “Lo más importante de mi vida pasó antes de que yo naciera” es una frase que podría definirme en muchas búsquedas. Cuando estuve en Polonia, cuando miré a sus gentes, hablé su idioma, olí sus olores, me senté en sus casas, comí sus comidas, comprendí cuánto de lo que yo creía que era judío era también polaco. No es de sorprenderse. Si uno toma a un judío de Buenos Aires hoy, un judío que come asado, que le gusta el tango, que toma mate, que le gusta el fútbol, y cree que así es ser judío, pierde de vista que así es ser judío en la Argentina, y esa particular forma de ser judío la llevará donde quiera que vaya. Así como se cristianiza así se judaiza, dice un conocido refrán en idish, es decir, los judíos, trashumantes de la historia, aprendemos a vivir como se vive en el lugar que nos cobija y con ello vamos enriqueciendo tanto al lugar como a nuestro ser judío. Polonia nos ha cobijado por diez siglos. No es de extrañarse que en sus calles yo haya re-encontrado mis propios gestos, esas formas de moverse y decir, la forma de decorar una casa, aspectos a veces intangibles pero claramente reconocibles para mí y que, hasta ese momento, consideraba judíos. Era la forma en que éramos judíos en Polonia. Pero no lo sabía hasta que lo ví allá. Hasta ese momento, no sabía por qué en mi casa hacíamos algunas cosas de manera diferente que en otras. Pensaba que era porque éramos europeos, pero nunca encontré gestos familiares en Francia, en Italia, en Austria. Recién los encontré en Polonia. Y entonces sentí con fuerza arrolladora el dolor de lo perdido, el dolor de no recordar lo no vivido y que sigue vivo en mi cuerpo, en mis gestos, en mis movimientos, en mis gustos. Tengo encuentros con sobrevivientes y a veces los inundo con preguntas, como queriendo hacer míos sus recuerdos, poder verme allá, entonces, apropiarme de lo que soy y que me es tan esquivo. Lena me presta, con sus cálidas fotografías en palabras, retazos de vida, instantes robados a la memoria, que me permiten estar allí una vez más. Mi familia no era de Varsovia, mi familia no era ni por asomo de su nivel social ni cultural, pero hay tanto ecos que encuentro que me permite vivir la ilusión de lo vivido. “Mis ayeres” el libro de Lena, es (¿son?) en muchos sentidos también “mis” ayeres. No creo que ella lo haya escrito pensando en mí o en otros como yo, pero debe saber que nos ha prestado un servicio impagable: el de contarnos de primera mano eso que nuestros padres no han podido hacer.

He sufrido en diferentes oportunidades el escarnio que ha caído sobre el idioma polaco entre algunos miembros de la comunidad judía de Buenos Aires. En mi casa, como en tantas otras de judíos de Polonia, se hablaba polaco. El polaco es mi lengua materna. Leer en las páginas de Lena sus “mamusha”, “tatush”, “nania” han sido, otra vez, un resaltado confirmatorio, un espacio común entre los que mamamos de similares sonidos, y una forma sutil de decirnos que los idiomas son inocentes. No podemos caer en lo mismo que quienes confunden idiomas con genética, idiomas con destinos.

Por último, un comentario agradecido sobre el estilo elegido por Lena.

Una de las cosas que más atentan contra el interés en los libros de testimonios, es la pretensión de contar La Historia, La Economía, La Geopolítica. Dejemos eso para los historiadores, los economistas, los políticos. En un libro de testimonios uno quiere encontrar el testimonio, el relato de vida, el rincón que la memoria suele olvidar y que tan eficaz es en la reconstrucción de un momento del pasado, que ilumina siempre un cuadro mucho mayor. En la poca pretensión se encuentra habitualmente la mayor riqueza. Lena nos ha ahorrado las a veces tediosas descripciones y se adentra con delicadeza y pudor, con una brillante frescura, con una ligera ironía a veces, con una inteligencia ejemplar siempre, en momentos verdaderos de su vida. Cada uno de esos momentos, expresados con palabras justas, respetuosas del lector porque no lo abruman, son como manos tendidas que nos dicen “vení conmigo, acompañame, mirá, me acordé de otra cosa más” . Y ahí se abre la puerta. Vemos una mesa cubierta con un mantel blanco, bordado a mano, un servicio de té con vasos de vidrio -en portavasos de plata, claro-, una tetera humeante y los cálidos, curiosos, agudos ojos de Lena invitándonos a su mesa. Nos tiende el recipiente con los terrones de azúcar y uno toma uno con esa pinza pequeña y delicada, se lo pone sobre la lengua de modo que cuando el té lo moje se endulce justo lo necesario. En el aire un pianísimo nocturno de Chopin en la media luz del atardecer y uno no puede más que entregarse, acomodarse confiado, con ganas de que le cuente otra cosa más.

La felicidad no es todo en la vida y otros chistes judíos

de Eliahu Toker y Rudy - Presentación del libro - Benéi Brith, 10 de Octubre de 2001 Vivimos días difíciles, de caminos entorpecidos y tormentas inclementes, calles en las que uno debe caminar apurado y mirando, por las dudas, a los costados. Es cuando hay dificultades que se valoran más los refugios. Necesitamos detenernos, descansar al cobijo, dormir y soñar, para poder rearmarnos, recuperar nuestro aire y nuestras fuerzas y volver a salir. El refugio debe ser amable, amable de amor, un lugar en donde uno pueda dejarse estar, donde no sea necesario cuidarse. Familiares, amigos, actividades, encuentros, ilusiones, sueños, recuerdos, estos refugios pueden tener distintas formas y circunstancias. Mi relación con Eliahu es uno de estos refugios. Esta presentación que compartimos hoy en el medio del ruido del mundo, también lo es. Este libro es, definitivamente, un saludable refugio, una caricia fraternal.

Me gusta estar acá con Eliahu y con Rudy. Me gusta contarles cómo me gustó el libro que han construido. Me gusta este libro. Seguramente ellos lo hicieron también porque les gustaba. Y acá ya estamos frente a un problema, porque se trata de cosas relativas a lo judío y el gusto no es una legítima motivación judía. ¿Dónde se vio que un judío se pregunte si quiere o si no quiere? La pregunta por el deseo no parece ser una verdadera pregunta judía. Un buen judío se mueve por el deber, por la tradición, por el consenso, por la fidelidad, la pertenencia, la búsqueda de aceptación, pero nunca por sus deseos. Esa fue, creo, la gran revolución de Freud, -con permiso del colega Rudy-. Freud, entre sus múltiples atrevimientos y provocaciones, tuvo la ocurrencia de proponer al deseo como motor de la conducta. ¡Nunca visto antes en un judío! No me extraña de Freud, un ieke. ¿Saben de dónde viene la palabra ieke? Resulta que a mediados del siglo XIX muchos de los judíos de Alemania y el Imperio Austro Húngaro decidieron salir del aislamiento endogámico, integrarse a la sociedad, modernizarse y adoptar las modas y estilos usuales a su alrededor. Entre otras cosas, dejaron de usar sus largas levitas características y las reemplazaron por sacos comunes. Saco en alemán se dice "jake" (jäke es el plural de jake). De manera algo despectiva, los judíos tradicionalistas, los que se veían a sí mismos como los "verdaderos" judíos, pasaron a llamar iekes a los modernos, los que se habían aggiornado, los asimilados. Decía entonces que Freud era un ieke, o sea, un judío no muy judío y que por eso no me extrañaba su propuesta tan poco judía de que el deseo era el gran rector de nuestras vidas. ¡Vaya osadía la de Freud! Siglos de tradiciones, de obligaciones y fundamentalmente de culpa, amenazaban con irse por los drenajes de la modernidad. De ahí a hablar de sexo, no le faltó ni un paso. Con razón fue recibido con tanta resistencia. Mi mamá tenía sus opiniones sobre el deseo. Me decía: "mirá nena, si tenés ganas o si no tenés ganas, igual tenés que cocinar, así que mejor no preguntar ¿para qué sufrir?". Además mamá contaba que su papá, o sea, mi abuelo, decía que cuando uno hacía una pregunta, tenía que estar preparado para escuchar la respuesta, o sea, que mejor no preguntar aquello que uno prefería no saber. Entonces, ¿para qué preguntarse por las ganas? Las ganas llevan al gusto, el gusto a los deseos, los deseos al sexo y otra vez estamos en el mismo lugar donde nos había dejado Freud. Aunque por suerte nos dejó la culpa, gracias a la cual muchos hacen humor, otros hacemos psicoterapia y las idishes mames se reciclan sin descanso.

Los judíos, históricos habitantes de ajenidades, hemos construido nuestra subjetividad desde el lugar del visitante, hemos aprendido a desconfiar de los contextos, a aprender de las desgracias, a superar las arbitrariedades y de alguna manera milagrosa, a tomar lo que teníamos, subsistir y crear. El humor ha sido una vieja compañera para los judíos, tanto de infortunios como de alegrías. No sólo no tememos ejercitarlo en cualquier circunstancia, sino que lo esgrimimos especialmente cuando nos desafía la injusticia o el dolor.

Supongo que todos ustedes conocen tanto a Eliahu Toker como a Rudy y que disfrutarán de esta recopilación, de esta felicidad que nunca es suficiente, del mismo modo en que lo he hecho yo.

Eliahu Toker el poeta, el empecinado trabajador de la cultura, el traductor, y uno de los héroes que mantuvo despierto al duende del idish, a su literatura, su sal y su pimienta, cuando había caído en el descrédito de estar fuera de moda.

Rudy, lúcido humorista que ha expuesto tan vívidamente muchas características de nuestro ser judío-argentino hoy es también un lucido editorialista que suele resumir las noticias del día en Página 12, en su chiste de tapa al que viene agregado, después, el diario.

Con "La Felicidad no es todo en la vida y otros chistes judíos" han hecho más que una recopilación, han construido una especie de sinfonía. Muestran tanto la amplitud como las distintas expresiones de lo que es ser judío de tradición centroeuropea hoy. Reconozco cuatro vertientes diferentes: los judíos centro-europeos de shtelaj y ciudades encabezados por Sholem Aleijem, los judíos norteamericanos, los judíos israelíes y los aportes autóctonos. Estas cuatro expresiones de la herencia judía centroeuropea y su viva vitalidad resumen en gran medida, los actuales polos de identidad de lo judío ashkenazí, del idishkait devenido siglo XXI. Los ordenaron por categorías con chistes relativos a los shtelaj, a los pecados, a las idishes mames, a los restaurantes, a las enfermedades, a los pobres y los ricos, a los israelíes, y otras categorías más. Incluyen citas desopilantes de algunas personalidades muy conocidas como por ejemplo Woody Allen, Groucho Marx, Sam Levenson, Bashevis Singer, Billy Crystal. Hay varios textos sabrosísimos de Rudy en donde muestra la forma en que el humor judío se construye en la Argentina hoy. Hay muchas otras cosas con las que no los quiero abrumar porque están en el libro pero no quiero dejar de mencionar el rescate que hacen de un rubro tradicional de lo judío popular, que es el de las maldiciones. Una sola para muestra: "que los inspectores de impuestos descubran tu contabilidad en negro".

Al final el glosario-shmosario que es una pieza humorística por sí misma. Por ejemplo: definen Kigl como un budín de fideos con pasas de uva, que puede ser dulce o salado, La diferencia entre un kigl y cualquier otro budín es que el kigl no tiene gusto a budín sino a kigl. O la palabra shalom: literalmente "paz" en hebreo. Se usa como saludo, equivalente al "hola" y también al "chau", ya que un judío nunca sabe si está llegando o está yéndose.

Se han juntado dos personas inteligentes y sensibles y nos ofrecen este cálido y tierno cobijo en el que nos encontramos a nosotros mismos con frescura, inteligencia e ironía. No es poco en estos duros tiempos de incertidumbre e irracionalidad. El título mismo, "La Felicidad no es todo en la vida y otros chistes judíos" es una declaración de principios de este pueblo buscador, inconformista, condenado a pensarse y repensarse, a revisar sus defectos y volverse a definir, a tomar su transitoriedad como su esencia y sacar de allí si no un tratado de filosofía, al menos una sonrisa.

Aristóteles distinguía en los géneros teatrales, a la tragedia de la comedia. La primera, la tragedia, era el dominio de los héroes, de las grandes verdades, del bien y del mal con mayúsculas de los juicios supremos, de la vida y de la muerte, de las historias ejemplares y moralizadoras que sirven como lección. La comedia por el contrario, era el dominio de las personas comunes, de las pequeñas circunstancias de la vida, de la vulnerabilidad, de la fragilidad de lo humano, de aquello con lo que cualquiera se puede identificar y que puede servir amablemente como consuelo. El humor vive en el dominio de la comedia, en el dominio de lo frágil y perecedero, si menciona a la vida siempre se trata de la vida con minúsculas, si se ríe de la muerte, se trata de la muerte más cercana, la de la vida que se va, la tuya, la mía.

Como buenos poilishe galitsianer, en casa la comida era agridulce. Igual que nuestro humor. Mamá cocinaba el gefilte fish con un poco de azúcar y muchos rincones de nuestras vidas tuvieron esa impronta, un toque de amargo, un toque de dulce, una lágrima, una sonrisa. Por ejemplo, cuando se enfermó y estaba internada. Entraba y salía de un estado de inconciencia que los médicos no acertaban a diagnosticar. Decían que parecía haber un conflicto con sus ganas de vivir, que no sabían qué curso tomar ni cómo tratarla. Con mi hermano no nos poníamos de acuerdo: el día en el que él pensaba que mamá se quería morir, yo creía que no era así, que estaba luchando por vivir. Argumentábamos tan bien que nos convencíamos mutuamente, entonces al día siguiente era al revés: él estaba convencido de sus ganas de vivir y yo de que ya no, de que era el final. Un atardecer, después de varios días de silencio, mamá se incorporó, nos miró fijamente y dijo: "terminé".¿Había decidido morir? ¿nos informaba que ya era la hora? ¿nos invitaba a despedirnos, a decir las últimas cosas, esas cosas definitivas que sellan una historia?. "¿Qué es lo que terminaste mamá?" le preguntamos en un murmullo casi inaudible. Parecía no entender qué era lo que no entendíamos y repitió sin parpadear "terminé". Ya desesperados dijimos en una voz: "¿qué terminaste mamá?, por favor: ¿qué?". Se tomó su tiempo, aspiró profundamente y dijo: "jota, dama, rey, as: terminé" y se volvió a dormir.

Los médicos dijeron que fue una alucinación. Nosotros sabemos que fue su último chiste. Mamá nos dejó ese chiste como remate de su vida, una vida ganada a la desgracia, una vida que a pesar de todo fue como la de cualquiera, de comedia, una comedia de malos entendidos, casualidades, equivocaciones, ilusiones, sueños y algunas insistentes utopías. Ganar puede ser perder, perder puede ser ganar. Puro azar de juego de naipes que nos esforzamos en ordenar y en imaginar como trascendentes y significativos.

El humor se yergue sobre la expectativa de eternidad y trascendencia como el recordatorio de lo frágil de nuestra vida; se opone a la locura del matar y morir con la exhibición impúdica de nuestra humanidad entrañable hecha de defectos y vulnerabilidades compartidas. Para los judíos, una copa que se rompe es buena suerte, si llueve el día del casamiento, es buena suerte, si se derrama el vino, es buena suerte. Hemos tenido la virtud de cambiar el signo de los hechos infaustos y los hemos vuelto augurios de buena suerte. Es parte de nuestra fuerza.

El humor judío es, quizás, otro de los grandes aportes que hemos hecho en tanto pueblo a la humanidad. Y no es que hayamos hecho pocos. Por mencionar tan sólo los más evidentes: el monoteísmo, las tablas de la ley y la Biblia, la importancia de la lectura y la escritura, los beneficios de una dieta alimentaria saludable, la higiene, la monogamia, las comedias musicales, el arte de la argumentación y las exégesis, m´hijo el dotor. En un mundo recurrentemente trágico y estúpido, este ejercicio burlón de inteligencia ha mostrado que sonreírse de sus propios tsures tal vez no consiga cambiarlos, pero puede colaborar en que uno tenga ganas de abrir los ojos todos los días, levantarse de la cama y ver con qué novedades nos recibe el mundo hoy.

Gracias Eliahu.

Gracias Rudy.

Y ustedes, disfruten del libro.

Seis millones de veces Uno. El Holocausto - Toker Weinstein

Comentarios bibliográficos. Seis Millones de Veces Uno. El Holocausto. , de Eliahu Toker y Ana Weinstein. Las celebraciones. Todo libro que se publica es una celebración. Todo libro que se publica acerca de la shoá, es una doble celebración, porque revela que, al menos para su autor y editor, el tema tiene vigencia. Pero este libro, agrega a ambas celebraciones, dos más: una, la forma y el contenido en que se ha presentado este texto pensado para la enseñanza y la otra, que haya sido un proyecto nacional.

Mi querido Eliahu. Además de la admiración que siento por él como poeta, me liga a Eliahu Toker, uno de los dos autores, un cariño profundo. Uno toma el texto de alguien querido también como algo querido. Así me acerqué a este libro, como quien va a conversar con alguien con quien sabe que puede conversar. He conocido a Eliahu en el contexto de la Shoah Foundation creada por Steven Spielberg en la que ambos participamos, o sea que nuestras primeras conversaciones fueron acerca de la shoá. Lo dicho: me acerqué a este libro con la mejor de las disposiciones. Los azares de la vida han determinado que aún no conozca personalmente a Anita Weinstein a quien felicito por la co-autoría de este libro tan valioso.

Mi inevitable subjetividad. No seré objetiva en mi comentario. No puedo serlo, no quiero serlo, no debo serlo. Este libro me toca directa y personalmente y es en la confluencia de este impacto genuino con mis propias reflexiones y experiencias que nacen estas palabras. Además de amiga de Eliahu, soy hija de sobrevivientes de la shoá y mi vida pivotea en gran medida y sin remedio alrededor de esta circunstancia. Desde que la shoá forma parte conciente de mi vida y de mi actividad como tema de investigación, lectura, escritura, conferencias, grupos, he sentido un cierto malestar por la forma en que se han tratado estas cuestiones. La shoá es para muchos algo que pasó hace más de cincuenta años, que les pasó a los judíos, perpetrado por los nazis con una malignidad atribuida a la maldad misma que les era innata, como si no se hubiera tratado de seres humanos, en su gran mayoría, comunes y corrientes. La shoá se conmemora habitualmente con actos que se repiten a sí mismos año tras año, los mismos discursos, las mismas velas, los mismos lamentos, las mismas inútiles advocaciones declarativas de nunca más, las mismas caras, la misma desinformación, la misma ausencia de las lecciones que se podrían aprender. De la shoá se habla como de un fenómeno repentino, sucedido vaya uno a saber cómo, y que así como empezó, terminó; dejémoslo allá, en Europa, parecemos decir, para qué revolver entre los escombros, mejor mirar hacia adelante. La poderosa lección para la humanidad que representa el estudio de la shoá queda en las sombras ante este tipo de enfoques. En estas tentaciones habituales de hacer como que se dice porque hay que recordar pero hablar sin decir nada que conmueva de verdad no ha caído Seis millones de veces uno.

El título. Ya el título marca una diferencia con el tratamiento que se ha hecho del tema hasta ahora porque nos invita de entrada al encuentro de lo humano involucrado en cada una de las víctimas, porque la shoá debería contarse varios millones de veces, una vez por cada persona que la ha padecido.

La diagramación. Tanto el formato, los colores elegidos (blanco, negro y rojo), la inclusión de fotografías, de títulos resaltados, de recuadros, de citas, resultan atractivas, activas, invitan a la interacción, a la movilidad. Es una diagramación hecha en códigos de hoy, con una estética que se reconoce y propone un acercamiento posible, con algo del hipertexto y un uso de lo icónico que los jóvenes pueden ver como propio.

El estilo. El estilo es didáctico y dialogal, son lecciones conversadas. Hay preguntas, hay respuestas, hay reflexiones, hay comentarios, hay testimonios, hay una evidente preocupación por el lector, por un lector de amplio espectro a quien se toma de la mano y se lo va guiando por este laberinto del horror. Se han elegido textos cortos, contundentes, que hacen innecesarias demasiadas bajadas de línea habitualmente entorpecedoras de la elaboración interna que debe surgir del trabajo personal del lector. Uno ve el trabajo en cada palabra, en cada oración, en cada párrafo, en cada mapa y en cada fotografía, el delicado equilibrio requerido para hacer el material y el contenido interesante, comprensible y conmovedor para cualquiera.

El contenido. No es fácil contar la shoá, contarla toda y no traicionarse al pretender hacer el lenguaje accesible. Los autores lo han logrado. Han encarado toda la complejidad de manera simple. Plantean, con justicia, que, si bien el genocidio estaba destinado al pueblo judío, la shoá es un problema de la humanidad toda. Incluyen todos los ingredientes necesarios para hacer de esta experiencia de la humanidad una escuela para el futuro (el racismo, la discriminación, la manipulación de las masas, la propaganda política, el falseamiento del lenguaje, los totalitarismos). Plantean las distintas formas de resistencia que los judíos encararon, sus dificultades, sus posibilidades y echan por la borda la vergonzosa acusación de cobardía, pasividad y sometimiento que tanto han sufrido los sobrevivientes. Recurre a estos últimos, especialmente a los que han venido a la Argentina, y se apoya en sus testimonios con fotografías en que se los ve jóvenes, así como eran durante la shoá. No olvidan a los salvadores no judíos que arriesgaron sus vidas y las de sus familias, a los espectadores que no quisieron o no pudieron o no supieron hacer nada y, termina con el poderoso capítulo dedicado al reverdecimiento del monstruo que, citando el efectivo corto del Centro Simon Wiesenthal, está mutando. No se queda en el planteo reduccionista y simplificador de que la shoá es algo que pasó allá y entonces y tiene la valentía de incluir el aquí y el ahora; en este espíritu se menciona a lo largo del texto varias veces la forma en que el antisemitismo se ha expresado en nuestro país y se incluyen testimonios y referencias que llegan hasta los atentados aún no esclarecidos de la embajada de Israel y la sede de la AMIA. El afán pedagógico de este libro se evidencia en la sección Apara pensar@ que hay al final de cada capítulo que propone preguntas que comprometen al lector de hoy y dan claves a los docentes del trabajo posible. Van algunos ejemplos de estas preguntas: )qué valores y convicciones se deben sustentar para delatar a vecinos o a perseguidos? )Cuál es el sentido de despojar a una persona de su nombre y adjudicarle un número? )La libertad de expresión debe ser ilimitada, incluyendo la libertad para defender o promover discriminaciones, persecuciones, torturas, asesinatos y masacres?

La shoá ya no es sólo un tema judío. El otro aspecto que señalé como digno de celebración es que la publicación de este libro sea un emprendimiento del Estado Nacional, que haya respondido a un decreto que instituye la enseñanza de la shoá en las escuelas públicas y que se lo distribuya en todo el territorio de nuestro país. El Estado Nacional asume como propio el tema, igual que el Washington Holocaust Memorial Museum que es parte del Estado Nacional Norteamericano y sus empleados son empleados estatales y su financiación proviene del presupuesto nacional. La shoá puede ser un poderoso instrumento de aprendizaje de conciencia cívica y comunitaria, de revisión y consolidación de valores tan descuidados en este momento como la responsabilidad, el respeto a la democracia y a la honestidad, la no aceptación de conductas autoritarias, la mirada atenta ante intentos de manipulación de la conducta, la defensa de los perseguidos, el reconocimiento del otro como un semejante, un humano, se trate de quién se trate. Celebro al Estado Nacional por haber encarado esta tarea. El Ministerio del Interior de esta administración saliente fracasó en el esclarecimiento de los atentados (¿no quiso-no supo-no pudo?: como sea, fracasó). Queda para la historia el dolor de que haya sido un judío quien haya estado al frente de un tal desaguisado de incapacidades o complicidades. La publicación de este libro (que no está a la venta sino que es distribuido gratuitamente a escuelas y según solicitud) no compensa ni enmienda nada de los dislates cometidos, pero los gobiernos cambian y el libro -junto al decreto y la voluntad de enseñar estos contenidos en las escuelas- permanecerá. Es lo que celebro.

Ana se pregunta por qué - Ana Baron

Ana Barón salió viva de la shoá. No está sola, hay otros que sobrevivieron. Escribió un testimonio que llamó “Todavía me pregunto ¿por qué?”. Tampoco es la única en hacerse esa pregunta. Como tantos “aparecidos de la shoá” querría saber por qué le pasó lo que le pasó, por qué salió viva de ese horror y toda esa muerte no la abandona, por qué su hermana y otros seres queridos no pudieron vivir, por qué la memoria no la deja en paz, por qué no pudo hablar durante tanto tiempo, por qué no entiende tantas cosas, por qué hay gente que no quiere escuchar, por qué hay gente que descalifica su dolor y sufrimiento, por qué la maldad, por qué la injusticia, por qué el olvido, por qué la arbitrariedad.

Ana Barón no es la única que se pregunta por qué. Ana Barón tampoco es la única que tuvo la fortaleza y la osadía de ponerlo por escrito. La acompañan en esta empresa, tan sólo en Buenos Aires, Genia Unger, Charles Papiernik, Jack Fucks, José Schicht, Iehuda Laufban......... y otros que, espero me disculpen por no nombrarlos pero mi memoria es también frágil a veces.

Todos ellos, igual que nosotros, los que nos acercamos a conocer sus experiencias, se preguntan, nos preguntamos: por qué. Estamos educados en la creencia de que el bien triunfa sobre el mal, de que la justicia reinará algún día, de que la civilización ordena y organiza la convivencia de los frágiles seres humanos. Y nos lo hemos creído.

Pensamientos voluntaristas, engañosos, frustrantes, que la experiencia insiste en desbaratar. No siempre triunfan el bien, la justicia y la convivencia. No siempre. Menos aún cuando el sistema político salvador nos promete que esta vez sí, esta vez se terminaron todos los problemas, esta vez tenemos la solución. A la humanidad nunca le fue bien con tales promesas. Los libros de historia están teñidos de sangre de las víctimas del “bien universal” y los poseedores de “la verdad”. No nos olvidemos que los nazis -ni los únicos, ni los últimos- prometían lo mismo.

He aprendido algunas cosas de la shoá. Unas poquitas, pero pueden ser útiles. Raquel Hodara suele decir que si algo ha enseñado la shoá es que no hay nada que un ser humano no pueda hacerle a otro ser humano. Es una enseñanza dura y al mismo tiempo poderosa que todavía espera ser enseñada en las escuelas.

También he aprendido que no nacemos ni buenos ni malos, que tenemos ambas potencialidades, que ciertas condiciones de vida pueden hacer crecer una o la otra. Así no más. Las religiones han intentado dominar la parte “mala” con la amenaza del castigo divino. Las leyes han intentado ponerle frenos con la amenzaa del castigo terreno. Ambas cosas, fuerza es reconocerlo, han tenido un éxito relativo en la sociedad. Las guerras, las ignominias, las injusticias, el hambre y la pobreza injustificados, la desesperanza, el desempleo creciente son prueba suficiente, a nivel planetario, de la estupidez y la irracionalidad de lo humano. Porque lo que dicen las religiones es bueno, así como lo que pregonan las leyes, pero siempre ha dependido de quién manipulaba tanto a la religión como a las leyes. Apoyados en la religión cristiana, por ejemplo, cuya doctrina tiene una raíz humanista de preservación de la vida, se ha cometido, entre otras cosas, el genocidio indígena en América. Se ha enarbolado la cruz y la espada para civilizar -léase: domesticar y esclavizar- a los infieles. Los poderes políticos conocen el poder de las creencias religiosas y los líderes hábiles han sabido siempre manipularlos para dominar a la masa que espera ser salvada.

Los sobrevivientes son testigos privilegiados de lo “mejor” de la irracionalidad humana. Finalmente han decidido romper su silencio de decenios y contar lo que vivieron. Cada testimonio es una pieza más de este muestrario de abyección.

Ana Barón produjo un testimonio escrito fresco, espontáneo, por momentos ingenuo pero siempre revelador. Tenía doce años cuando su mundo se desplomó y habla desde esa edad, con esa mirada que ha conservado casi intacta. Con palabras simples, sin pretensiones ni ínfulas, nos abre las puertas de su mundo de adolescente, de sus vergüenzas e ilusiones. La desnudez, los piojos, el hambre, la piel, la desprotección, la desolación son temas que encara sin pudor, como si nos abriera una hendija oculta para que podamos espiar.

Nos habla de la Transnistria, (¿conocía usted este campo?) un campo de concentración en Rumania (hoy Ucrania) y de Pichora, un campo de muerte de donde fue rescatada. Sí, fue rescatada por dos ucranianos pagados por el Joint a quienes contrató su madre que había quedado fuera del campo. Cuenta las experiencias en escondites, en los dos campos, la degradación corporal cotidiana y, al mismo tiempo, la milagrosa solidaridad, no sólo entre los prisioneros sino la que venía de algunos ucranianos.

Sí. Auschwitz no fue todo. Además de Auschwitz hubo otros campos.

Sí. Muchos ucranianos fueron asesinos y colaboradores, pero no todos. Hubo también ucranianos que ayudaron, que salvaron, que se arriesgaron.

El ser humano no resiste explicaciones simplistas, no se reduce a malo o bueno, blanco o negro. El ser humano emerge del relato de Ana Barón, en su complejidad no siempre comprensible, siempre milagrosa y sorprendente.

Permítaseme agregar un “por qué” a los ya planteados más arriba: ¿Por qué, o, mejor dicho, cómo han podido los aparecidos de la shoá seguir viviendo, sobreponerse, volver a caminar? ¿Cuál es la fuerza que los ha alentado a sostenerse? ¿De qué materia misteriosa estamos hechos los seres humanos que somos capaces de tanto (en los dos sentidos, claro, en los dos sentidos)?

En su última página dice “Debo agradecer esta segunda oportunidad que me dio la vida de poder sonreír sin forzarme de tener inquietudes, de continuar hambrienta por aprender todo lo que no sé y por abrir mis manos y mi corazón....”

Ojalá podamos nosotros abrir las manos y el corazón a vos Anita, a vos Genia, a vos Jack, a vos Charles, a vos Iehuda, a vos José..., a todos los que nos quieran contar.

Ojalá podamos.

A mis dolientes hermanos - libro de Isaías Kremer

Isaías es un personaje de la Buenos Aires judía, de la Argentina judía. No le gusta formar parte de la manada. Se recorta con perfiles propios y se ha construido una imagen de informalidad que debo decirles, no se ajusta del todo a la realidad, es un disfraz. Basta conocer para ello a sus hermanas, a su esposa, a sus hijos y sobrinos, estar en su casa para que esta imagen informal que él ha inventado se caiga a pedazos y se encuentre al hombre serio, responsable, buen padre, buen hermano, querido, valorado y respetado. Creo que le da pudor mostrarse romántico, sensible, vulnerable pero no puede evitar que todos nos demos cuenta que anda por la vida en carne viva, siente ante cada injusticia, ante cada crueldad, ante cada arbitrariedad como si le fueran inflingidas a él.

Isaías es un caminador, un curioso, un explorador, un cartonero de historias abandonadas por otros, un entusiasta reciclador de desechos, un conservador de anécdotas, de vidas. Es argentino, y argentino de los del interior, campeboy como le gusta llamarse. También es judío, entrañablemente judío, dolorosamente judío, alegremente judío. Los títulos de sus libros hablan del entretejido intrincado de ambos aspectos de su vida. “Mateando bajo el parral”, “Gauchadas y mitzves”, “De cada pueblo un paisano” y “Milonga de la Independencia”. Éste de hoy se llama “A mis dolientes hermanos”, título que evoca aquel libro de Howard Fast, “Mis gloriosos hermanos” sobre la gesta de los hermanos Macabeos bajo el Imperio Romano. Este título es toda una declaración de principios porque en él habla de los sobrevivientes de la shoá. Lejos de la acusación implícita de cobardía encerrada en la desdichada frase “los judíos fueron como ovejas al matadero”, Isaías nos presenta a los sobrevivientes en un paralelo con los gloriosos hermanos Macabeos, o sea, como luchadores, peleadores por la supervivencia, por la vida. Estos hermanos cambiaron la gloria por el dolor, son sus dolientes hermanos que guardan escondida la gloria de haber sobrevivido, de haberse mantenido humanos a pesar de todo. Lejos de personajes ejemplares, héroes de bronce o cemento, retrata a personas comunes, personas falibles, personas imperfectas, personas que nunca pasarán a la historia, personas como cualquiera, esas personas que muy difícilmente encuentren quienes cuenten sus historias. Isaías parece no tenerle miedo a nada. Es más, parece preferir exponer cosas que suelen estar en zonas grises, zonas de difícil categorización, zonas que suelen ser evitadas en los relatos maniqueos que solemos oír por doquier, y lo hace creo con el afán docente de mostrar personas, personas comunes, personas poco visibles y poco importantes, personas que hacen lo que pueden, como pueden y lo mejor que pueden. Igual que hicieron los sobrevivientes de la shoá en la shoá.

Esta es una presentación muy particular. Estamos presentando un libro pero, curiosamente, estamos presentando más que a un escritor, a un fotógrafo. Isaías, aunque escriba todo el tiempo, en cualquier momento, con una urgencia febril, se sale de los moldes de un escritor. Recuerdo un personaje de una vieja serie de televisión que me apasionaba, Dimensión Desconocida. Era un lector fanático, obsesivo, que no podía evitar leer cuanto se le pusiera ante los ojos: carteles, avisos, etiquetas, cualquier cosa. Así escribe Isaías, apurado, sin poderlo impedir, casi sin decidirlo, urgido por un reloj sin agujas que lo acosa, sin respetar reglas ni convenciones. Isaías no corrige, vuelca, literalmente derrama sobre el papel el torrente de palabras que tenía guardadas y presionaban para salir y una vez que están afuera ya no puede volver sobre ellas. No sigue los pasos que hacen al oficio del escritor, no revisa, no re-escribe, no corrige. Él dice –porque esto lo hemos hablado- que es por comodidad, por pereza. Yo no soy nadie para contradecirlo, pero en estos años de haberlo conocido, permítanme proponer mi propia hipótesis: no puede volver sobre lo que está en el papel porque siente que lo que está escrito ya no le pertenece. Cuando pudo ponerlo fuera suyo, cuando dejó el testimonio, se le convierte en sagrado, y lo que es sagrado no tiene dueño y no se puede tocar. Por eso creo que, a pesar de que escribe y escribe sin descanso, Isaías no es un escritor, no lo es, al menos, en el sentido habitual, académico del término. Yo diría que Isaías es un fotógrafo que escribe, un fotógrafo especialista en instantáneas. Un fotógrafo que vive en la urgencia y la espontaneidad de la vida misma, que no puede detenerse en encuadres, en contraluces, en armonías. Un fotógrafo con los ojos siempre bien abiertos y que dispara ante un hecho a veces sin tener la cámara preparada. Un fotógrafo interesado en dejar el registro de lo que ve y que no tiene tiempo de editar sus fotos, retocarlas, mejorarlas. Pone su recuerdo en bruto, con toda la fuerza de lo repentino, con toda su imperfección, pero con toda su potente presencia. Muchas veces dialoga con esos personajes, reflexiona con ellos, les dice aquello que no pudo en el pasado, les pide perdón, y se muestra en su propia e impúdica imperfección. Y es ésta su característica, su estilo, lo que lo hace único. Se sale del texto y del relato y desnuda reflexiones personales, nos muestra su carne viva. Está acosado por los recuerdos de tanta anécdota, tanto personaje conocido en sus andanzas por la Argentina, y cuando alguno se le aparece, cuando recompone fragmentos y rearma algún rompecabezas, deja todo, deja lo que sea que esté haciendo y lo escribe, aterrorizado por el temor de dejarlo pasar, horrorizado por la idea de que se pierda, de que no se sepa, de que se olvide.

Así como Roberto Arlt en sus “Aguafuertes porteñas” describía vívidamente, con fiereza, algunos rincones desapercibidos de nuestra ciudad, así como Héctor Gagliardi, nos conmovía con sus relatos nostálgicos, ingenuos, algo sensibleros y que daban en la tecla en el sabor de lo popular, así Isaías Kremer, sin pretensiones ni esnobismos pretendidamente intelectuales, con la humildad del cronista popular, nos devuelve retazos de historias, personajes y situaciones que no suelen ser tomados en cuenta. Muchos de nosotros conocemos anécdotas, porque las hemos escuchado, porque las hemos vivido. Sabemos con qué facilidad se olvidan, porque no nos tomamos el trabajo de escribirlas, de guardarlas de alguna manera, tal vez porque pensemos que quedarán en nuestra memoria, tal vez porque no consideremos que valga la pena registrarlas. Isaías, enfermo de memoria, enfermo de miedo a olvidar, toda vez que pesca un recuerdo, le sigue el rastro y lejos de la pereza que él cree que lo aqueja, se pone a escribir. Nada le parece insignificante, nada le parece poco valioso, sabe que la fuerza de la vida está en cada expresión, en cada pequeña situación, en cada hilacha de lo humano. Como dijera el poeta inglés John Donne y citara e hiciera famoso Ernest Hemingway: Ningún hombre es una isla; cada uno es un trozo del continente, una parte del océano; si un terrón fuera arrastrado por el mar, Europa sería menos Europa, tal como sucedería con un promontorio, con la casa de tus amigos o con tu propia casa; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la Humanidad; por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Ya hace muchos años me contó historias de sobrevivientes de la shoá, también historias de hijos que él había conocido. Incluí una de sus historias en mi libro porque había en ella preguntas, volutas torturadas y tortuosas que reconocí como propias de los sobrevivientes y que nos muestran sus corazones desgarrados. Descubrí a los sobrevivientes que fueron a vivir al interior. Nunca había considerado que podía haber sobrevivientes en el interior, tenía esta simplista idea, que tenemos muchos porteños, de que todo pasa acá, que todos están acá. Isaías ha escrito sobre ellos. Había observado conductas en sus vecinos, compañeros de escuela, que, en su infancia, le resultaban incomprensibles y ya grande, comprendió cuántas de ellas estaban originadas en experiencias de la shoá, cuántos aparentes desplantes se debían al pesado equipaje que traían, a las sombras que teñían los recuerdos que, por más que intentaran, no podían olvidar. No es común que a alguien le interesen nuestras historias de la shoá. Hemos sufrido, por el contrario, años de oídos cerrados, años de consejos bien intencionados para que mantengamos silencio, que para qué hablar de eso, mejor mirar para adelante. Como si, por el sólo hecho de decidirlo, se pudiera olvidar. Isaías mantenía los párpados de sus oídos abiertos, desde muy chico, y dejaba entrar por ahí lo que nadie quería escuchar y por suerte, lo guardó y alivia su alma poniéndolo en el papel.

Estos dolientes hermanos son hermanos de Isaías en varios sentidos: son hermanos judíos, también son hermanos judíos que sufrieron lo indecible en la shoá, también son hermanos gentes de campo, son hermanos trabajadores, y, last but not least, son hermanos humanos, entrañablemente humanos.

Me llegó hace unas semanas, exactamente el día posterior a Iom Hashoá cuando suena esa sirena en Israel que detiene la vida por dos minutos, una carta de un hijo de sobrevivientes, Rubén Yudelevich. Dice así:

Ayer luego del toque de la sirena, esa sirena tan particularmente israelí, donde la vida queda detenida por dos largos minutos, comencé a contarle a mi hija menor sobre la vida de mi madre vagando por el mundo junto a su padre en busca de un lugar donde establecerse. Mi mamá tenía dos hermanas menores que no alcanzaron a salvarse. Hace dos años mi otra hija, la mayor organizó un acto con los hijos de los sobrevivientes y le escribí un poema originalmente en hebreo. Hoy lo traduje para mostrárselo a un sobrino argentino y te lo mando. Se llama

“El pequeño rincón del álbum- Frima y Jayale”

Las niñas de la foto / son mis tías.

Tuve dos tías / que permanecieron niñas / en el pequeño rincón del álbum. A medida que fui creciendo, / ellas continuaron / en el mismo pequeño / rincón del álbum. También, cuando me convertí / en un muchacho joven / ellas no se movieron / del pequeño rincón del álbum. Ellas nunca salieron / del pequeño rincón del álbum! Ellas fueron / como si no hubieran sido. Estuvieron dentro de las lágrimas / de mi madre, / que fueron mis mismas lágrimas.

Ellas fueron / como si no hubieran sido. Estuvieron dentro del dolor / de mi abuelo, / que fue mi mismo dolor. Ellas fueron / como si no hubieran sido, y fueron llevadas a la muerte / con un grito en sus labios: / “por qué ?”.

Ese es el mismo grito / que rompe mi garganta cuando observo la foto / en el pequeño rincón del álbum.

Isaías construye con sus relatos un álbum de fotografías que impide que esos fragmentos de vidas se pierdan en el olvido.

Muchos llaman a este lugar Fundación Memoria, acortan el nombre creyendo que hacen una economía en el discurso. Sin quererlo, ponen el acento en donde corresponde, en la memoria. Es lo mismo que hace Isaías.