El pianista (2002)

Yo, que soy una llorona, no lloré. Como el protagonista de “La naranja mecánica” en su proceso de rehabilitación cuando lo obligaban a mirar escenas de violencia, tenía los ojos bien abiertos frente al deslizamiento progresivo del Mal. No lloré. Tampoco escuché llorar a mi alrededor en el cine. Es que “El Pianista” no es una de llorar. “El Pianista” es una de pensar, de sentir, de dejarse penetrar por esa historia, nuestra historia. Polanski toma el relato de Szpilman y lo mezcla con sus propios ecos y le habla a los míos. No nos quiere contar la shoá, no se propone como historiador ni transmisor de mensajes. Tampoco hace un documental supuestamente objetivo, aunque hay un ahorro de comentarios y golpes bajos que uno agradece a cada paso. Nos cuenta la historia de la supervivencia de un judío durante la shoá, uno solo, con su pequeño universo de complejidades, sus cobardías y sus grandezas. Nos dice: “miren lo que nos fue pasando, miren quiénes éramos y cómo nos fueron haciendo deslizar en lo que nos era imposible anticipar” y nos muestra los seis años de reinado del Mal.

Cuenta la historia de Władek Szpilman un judío que se salvó. Como mis padres. Su historia, como todas las historias de sobrevivientes, se parece y no se parece, es siempre la misma y siempre es algo diferente. Vemos su camino particular y concreto que nos permite acompañarlo paso a paso, ser testigos del progreso en el plan de destrucción de la vida judía y observar, mudos y agradecidos, al azar que le permitió seguir viviendo contra toda expectativa.

La historia de la supervivencia de Władek Szpilman transcurre desde septiembre de 1939, en la Varsovia floreciente, hasta 1945, entre lo que quedó, las ruinas y su desgarradora soledad. La vida de los judíos en la Varsovia de fines del treinta, cosmopolita, urbana, sofisticada, nos es devuelta en imágenes y sonidos. La cotidianeidad, la ropa, los muebles, los adornos, los carteles, los pequeños detalles son lenguajes sensibles que evocan sabores, olores, aquello más primario del recuerdo. Vemos los nombres de las tiendas, los carteles, los afiches, los anuncios, en polaco y algunos también en idish con tal sensación de realidad que uno espera oír polaco, oír idish. Y muestra cómo esa vida va siendo atacada y se desliza en una caída fatal hacia la abyección y la muerte. El traslado forzado hacia el gueto, las restricciones progresivas, las humillaciones, las deportaciones, el “paso” al lado ario, los caminos tortuosos de la supervivencia y, para algunos pocos, la salvación.

Una vida puede ser relatada en pequeños detalles, detalles que nos permiten atisbar algo de ese mundo del gueto, de la persecución, de la impotencia, del miedo que nos es tan desconocido, del que la mayoría sólo tenemos un registro intelectual. ¿Cómo comprender desde nuestra “seguridad” cotidiana la progresión del hambre, del frío, el desamparo, la sed, de las pérdidas de personas, objetos, refugios, “seguridades”, “certezas”? En “El Pianista” están esos detalles que atraviesan las palabras y le hablan directamente a nuestra piel.

Temas caros a los sobrevivientes como las vergüenzas y los actos de arrojo –tanto de judíos, polacos, nazis-, las inconciencias y el puro azar, el horrible, maravilloso, injusto y arbitrario puro azar. Sin baraturas ni simplificaciones, no se nos ahorran las miserias ni las grandezas humanas. Se ve el sufrimiento judío pero también se ve su aprovechamiento por otros judíos. Se ve el judío que actúa como corrupto y en otro momento como salvador. Se ve la complicidad de la población polaca pero también se ve la ayuda que algunos proporcionaron. Se ve la crueldad de los nazis pero también la conducta de alguno que lo contradice. Polanski se atreve con la vida y con las cosas como de verdad son: grises mayores, grises menores, grises grises.

Los sobrevivientes se preguntan si “El Pianista” servirá para algo, si conseguirá acercar la experiencia a los afortunados que la desconocen. Difícil responderlo. Tal vez para muchos, incluso para muchos judíos, esta película será la primera aproximación a una de las irreparables pérdidas de la shoá: la vida judía polaca en su riqueza y complejidad. Lejos del habitante del shtetl, (esa imagen algo romántica del judío ingenuo, bonachón, crédulo y religioso de comienzos de siglo), en los varsovianos judíos de los años treinta vemos a los citadinos, a los profesionales, a los estudiantes, a las amas de casa, a los comerciantes, a los militantes, a los subversivos, y también a los criminales, los mafiosos, los aprovechadores. Los judíos, igual que cualquier otro grupo humano, se ven como fueron, en su diversidad real, dolorosa, compleja.

Se puede tener una idea de las dimensiones y alcances del monumental, abigarrado y superpoblado gueto de Varsovia, de las diversidades que anudaba, los interiores de las casas, las actividades, las ambigüedades y contradicciones, la confrontación de la opulencia de algunos frente a la total desesperación de otros... una pintura sin pretensiones de moralejas ni estridencias. El famoso muro, frontera de la vida y la muerte, escenario del heroico accionar de los pequeños contrabandistas que se jugaban la vida cotidianamente entrando comida primero y armas después, es un protagonista mudo y elocuente. Se ve también el puente que unía el gueto grande con el gueto chico y no puedo resistirme contar una anécdota que refleja el modo en que uno se va integrando a lo que le toca vivir, aún a lo más terrible: una sobreviviente que tenía diez años cuando se cerró el gueto, me contó que cuando cruzaba ese puente con sus amiguitas, jugaban a correr y no ser alcanzadas por las balas que disparaba algún nazi “divertido” desde abajo y cuando llegaban al otro lado lanzaban un triunfal “no me dio!”.

La película no es de llorar. No vi gente llorando en el cine. No tiene golpes bajos, es despojada, cruda, sin comentarios ni explicaciones. El protagonista parece transitar por su historia con cierto desapego, como si no creyera que eso le está pasando realmente. Muchos sobrevivientes cuentan la historia de la misma manera, sin dramatismos ni sobreactuaciones, ni iluminados protagonismos, como pidiendo perdón por el atrevimiento de contar.

Se les pregunta a los sobrevivientes cómo es posible que hayan continuado sus vidas casi normalmente, cómo es posible que la shoá no los haya convertido en monstruos o en psicóticos irrecuperables. Władek solo, escondido, desgarrado, digita en el aire escalas mudas, practica pianos ausentes, mantiene su cordura, arroja anclas que lo conservan humano, con obstinación, con sencillez. Lo hace sin heroísmos, sólo acunado por la fuerza de la vida. Y no se vuelve loco, no se vuelve un monstruo.

Suelo describir al período vivido por los sobrevivientes en la shoá como “el bache”. “El bache” es ese accidente que sobrevino de pronto, sin esperarlo, sin estar preparados, que los arrancó de sus vidas normales hacia esa otra legalidad desconocida y arbitraria, un pozo negro en el que fueron cayendo sin saber cuándo terminaría la caída o si alguna vez tendría fin. Al cabo de un tiempo infinito, un día tan misterioso y sorpresivo como el primero, salieron de “el bache” y fueron relanzados a la normalidad que ya creían haber perdido para siempre. Lo que habían sido y vivido en “El bache” quedaría sin procesar, sin poder ser integrado entre los normales pues debían reintegrarse a la vida, olvidar. Władek toca un concierto en la radio antes de entrar en “el bache” y lo vemos en el mismo lugar una vez afuera. “El bache” quedó en su corazón, encapsulado, guardado, esperando que el milagro de la música, de nuestra oreja, de nuestra compasión, preste algún sentido a lo que parece haberse perdido para siempre.

Un comentario final sobre la vida, su fuerza e irracionalidad sublime. Me refiero a la escena en la que nuestro protagonista toca el piano ante el oficial nazi: él no sabe, como no solían saberlo los judíos, qué haría el oficial con él, tal vez matarlo, tal vez burlarse. “Toque el piano” le había ordenado A uno se le detiene el aliento: ¿cómo hará para tocar? ¿cómo conseguirá volver del infierno y saltar en una vuelta carnero imposible de vuelta a la “civilización”? ¿recordará las armonías, volverán los acordes? ¿le responderán los dedos? ¿el hambre, el frío, el deterioro, la falta de práctica no le impedirán hacer lo que tiene que hacer? Las manos bajan lentamente sobre el teclado, dudando de sí mismas, se apoyan en algunas notas tímidas y pudorosas, y se dejan llevar por la misma música que sucede casi por propia voluntad en la voluntad de imponerse por sobre el horror, y se despliega y asciende y nos dice que sí, que milagrosamente la vida continúa, que la pérdida de lo humano es transitoria, que será olvidada y superada. La vida seguirá viviendo con la inconciencia de lo primitivo, de lo que no tiene razón.

Enemigos, una historia de amor (1989)

Las diferentes lecturas de “Enemigos, una historia de amor”

(Sobre relato de Bashevis Singer, dirigida por Paul Mazurski)

Cuando una obra admite más de una lectura, estamos frente a un hecho artístico. Cuando una obra admite varias lecturas y éstas son sobre la esencia de lo humano, estamos ante una propuesta filosófica. Si una obra admite varias lecturas, habla sobre la esencia de lo humano y tiene la valentía de enfrentar tabúes y hacernos reflexionar sobre nuestro futuro y posibilidades, es una obra maestra. Es el caso de la historia que nos cuenta Bashevis Singer en esta película.

Encuentro por lo menos cuatro niveles dignos de reflexión: el nivel de lo judío, el de la afectividad, el de la shoá y el de género.

El nivel de lo judío.

Un escritor judío que tiene dificultades para escribir, un trabajador intelectual en un mundo mercantilista. Toda una metáfora del mundo judío perdido de la preguerra así como la pregunta por el destino de lo judío en el mundo de posguerra. Un intelectual judío que debe ganarse el favor de los poderosos para poder subsistir. ¿Será esto una pincelada sobre le hegemonía del poder financiero sobre la vida académica e intelectual?

También nos ofrece una pintura de la vida judía del nuevo mundo. Vemos a los judíos norteamericanos, en viñetas cariñosas y nostálgicas, viviendo su vida normal, tan lejos de Europa y habiéndose construido una identidad judía absolutamente norteamericana, necesariamente diferente de la que traían los inmigrantes. Ser judío en un mundo libre no conlleva el riesgo de la muerte, y serlo durante decenas de años, genera un tipo de sociedad nueva para estos sobrevivientes que parecen buscar todavía entre las sombras el sentido de su vida. En la escena veraniega de los Catskills todos sabemos que durante la shoá también iban ahí y que las cosas habían sido igual durante esos años. Aunque lo hubieran sabido, aunque hubieran luchado de distintas maneras, el sólo hecho de saber que eso había estado ahí todo ese tiempo mientras estos cuatro sobrevivientes vivían en el infierno, le da a esta ocurrencia un sabor particular, algo doloroso y extraño, con la misma extrañeza que tiene muchas veces la vida. Nadie dice nada respecto de eso, pero eso está. Los judíos son judíos acá y allá, sin embargo, no era lo mismo ser judío durante la segunda guerra en los Estados Unidos que en Europa. Coexistían las dos formas. Hay allí una construcción de lo judío que los sobrevivientes tienen que aprender a conocer.

El nivel de la afectividad.

Un hombre que ama a tres mujeres. Ama de verdad a las tres. No las ama igual, por supuesto, pero está unido a las tres con lazos muy sólidos, ninguno de los cuales puede y quiere romper. Necesita a las tres. No puede vivir sin las tres. No quiere herir a ninguna. Quiere ser leal a las tres. Esto nos enfrenta con el desafío de pensar y volver a pensar las exclusividades en las relaciones amorosas, el amor eterno y único, pensamiento que está en el centro de la monogamia. No sólo pone en crisis la idea del amor único y eterno, sino que la suposición de lo natural de la relación monogámica es puesta en tela de juicio puesto que a él no le basta la relación con una sola. Tampoco le basta a mucha más gente de lo que nos imaginamos. Hay algo ahí en lo que somos invitados a reflexionar. Bashevis Singer nos presenta a un hombre que, a pesar de estar relacionado con tres mujeres no es un crápula ni una mala persona ni un pecador, es tan sólo un ser humano, débil y desconsolado. Se lo expone en su máxima vulnerabilidad, intentando amar y cuidar, proteger y no lastimar, salir adelante con ese estado de cosas tan opuesto a lo que la moral social admite y contiene. Preferimos ver la no exclusividad amorosa como algo denigrado y se lo llama “infidelidad” o peor aún “metida de cuernos” con un hondo contenido de inmoralidad y pecado. Nuestro protagonista, que comparte esta moral por cierto, trata de sobrellevarla y amar a la que ama, cuidar a quien lo cuidara y respetar a quien fuera su esposa. Pasión, agradecimiento y camaradería que, combinados, serían la síntesis del amor. Él lo vive con tres mujeres. Lo fue llevando la vida. El no parece haber elegido. Su vida parece ser una resultante de lo que deciden otros. Cosa que es otra de las proposiciones del relato: cuánto de nuestra vida es decidido por nosotros mismos y cuánto lo deciden las circunstancias.

El nivel de la shoá.

Los cuatro protagonistas son sobrevivientes de la shoá. No hace falta que nos cuenten cómo fue para cada uno esa dura experiencia, lo vemos en sus ojos, en sus pequeños gestos, lo adivinamos en su angustia muda. Tres sobrevivientes mujeres (una cuarta si contamos a la mamá de la amante), un sobreviviente hombre. Tal vez esté la declaración de los hombres de darse por vencidos, de que debieran dejar el mundo a las mujeres, como sucede en el final de la película. La reflexión a que Bashevis Singer me conduce es a una derrota total del hombre, o más aún, a una derrota total de la civilización con sus ideales de progreso. El hombre con su política, sus grandes decisiones, sus famas y glorias y poderes, ha conducido a este horror.

Podría pensarse que cada personaje representa a algún aspecto del drama de los sobrevivientes de la shoá. El escritor nos habla del estupor del mundo intelectual que ha quedado vacío de caminos y contenidos. La segunda esposa, la polaca salvadora, nos señala el lugar de la gente común, ignorante, con una bondad primitiva, que no pudo detener el curso de las cosas, pero en su pequeña medida, hizo algo, salvar un judío, sin mucha conciencia, sin grandes justificaciones filosóficas, tan solo lo hizo, tal vez por deber. La amante exhibe el horror descarnado que dejó la Shoá, es la pura pasión desbordada, es el puro dolor del desamparo, de la urgencia, de la imposibilidad; es la que, lógicamente, elige el camino del suicidio, que es el camino del escepticismo más total. La primera esposa, la que vuelve de la muerte, pareciera estar más allá del bien y del mal, portadora de la sabiduría de la humanidad; es la artífice del final esperanzador. Son cinco sobrevivientes (contando también a la madre de la amante), cinco personas buscando a tientas recomenzar a vivir.

Estamos en los primeros años de la posguerra. Eran los años en que se empezaba a saber exactamente cómo habían sido las cosas, la humanidad estaba desolada, como nuestro protagonista, como si atrás quedara un desierto y el único camino posible fuera el abandono. Es como si el protagonista actuara el “paren el mundo que me quiero bajar”. Y es ahí cuando Bashevis Singer se pregunta si no les ha llegado el turno a las mujeres, las que se ocupan de las pequeñas cosas, de la comida, de la ropa, del bienestar, de las caricias, las que son capaces de solidaridad y de superar supuestas rivalidades en aras de la crianza de un bebé, otra vez una nena, la nueva esperanza para la humanidad. El protagonista hombre renuncia, deja los escenarios de su vida, y esta vez los deja por decisión propia. Antes había sido por la shoá, pero ahora es debido al haber asumido su incapacidad para seguir adelante. Nada se puede hacer. Las cosas hay que pensarlas de otra manera. La esposa polaca tan ciegamente leal, la esposa judía tan calladamente sabia son dos caras de lo mejor de los seres humanos: de la gratitud, de la memoria, de la solidaridad, de la fraternidad, del trabajo para el futuro. El nacimiento de la niña, hija de los cuatro, portadora del nombre de la amante muerta, es un monumento conmemorativo de la vida y de la muerte, es la expresión de la esperanza de la humanidad.

El nivel de género.

Hay acá una aguda reflexión sobre lo masculino y lo femenino. Las cosas han cambiado en los últimos cincuenta años. El lugar y el rol que el género determinaba han ido cambiando. No demasiado, pero al menos está cambiando la mirada sobre ellos. Antes se pensaba que lo masculino y lo femenino estaban dados, que era natural, casi genético. Hoy sabemos que es producto de la cultura, de la sociedad y la educación, que las actitudes así llamadas masculinas y femeninas son construcciones sociales, por eso se lo llama género y no sexo. Se ha producido esta distinción entre ambas cosas, dejando afuera a la biología. El concepto de género es más abarcativo que el de sexo y puede incluirlo. En esta historia la pregunta por el género y su lugar en la sociedad aparece casi en un foco principal. El protagonista hombre parece ir de una mujer a la otra sin ser capaz de tomar ninguna decisión eficaz. No así las mujeres que deciden y se hacen responsables de sus decisiones. Una decide que así la vida no se puede soportar y se mata. Otra decide tener un hijo, respetar a su marido y seguir con la vida. La otra, la que vuelve de la muerte, sin dejar de llorar a sus hijos perdidos, asume el lugar de marido que el protagonista va dejando libre. Queda al final, un matrimonio formado por dos mujeres, aunque una renga.

Sobre las huellas del horror de la shoá y del fracaso de la civilización expresadas en el suicidio de la amante, en el abandono del protagonista y en la pierna herida de la mujer, se produce el nacimiento de la niña.

El revivir de la esperanza puesto en el género femenino podría ser un anhelo de regreso a las viejas sociedades matriciales –ni patriarcados ni matriarcados- basadas y sostenidas en la solidaridad, la colaboración y la generosidad, con una matriz de red e interconexión y alimentadas con la lógica del amor.

El tren de la vida (1999)

Viendo pasar “EL TREN DE LA VIDA”

“La vida es un cuento, contado por un idiota, lleno de”.... Una nueva película sobre la shoá. ¿Una nueva polémica? Aparentemente no. Por lo que he oído, “El tren de la vida” está siendo muy bien recibida.

Confieso que me resultó insoportable. No cabía en mi asiento, hacía esfuerzos para quedarme hasta el final, tenía deseos de gritar, de golpear, estaba inundada de rabia. A mi alrededor la gente disfrutaba, algunos reían con ganas y alivio. La furia se me hacía mayor porque los chistes eran buenos, los diálogos ácidos y desacartonados, y yo no lo podía disfrutar, el contexto que se me había instalado me hacía imposible ver el lado amable. Y lo tiene, reconozco que tiene aspectos simpáticos, inteligentes, humorísticos.

La vida judía que se perdió. Hay un “tren de la vida” que nos habla de la vida judía en los shtelaj, es una pintura costumbrista muy bien lograda, chispeante, llena de ese humor judío que nos es tan entrañable, esa vida judía que el nazismo borró de un plumazo prematuramente. No sé si la vida judía que se refleja en esta película corresponde a lo que sucedía en 1941, tal vez fuera así en algún lugar pequeño y remoto. Este shtetl se parece más a como deben haber sido estos villorios antes de la primera guerra, pero igual, vale, tiene toda la sal y pimienta que añoramos y que sazonan las páginas de Shalom Aleijem. Para mostrar todo esto, no hacía falta usar a la shoá como contexto. Creo.

La esencia de lo judío. Hay un “tren de vida” de más profundidad y esencia, relativo a lo judío, a lo comunitario, a lo humano. Es un “tren de vida” que nos habla de esa “royinke” (carozo) ética, pacifista, reflexiva, argumentativa que define a lo judío; “¿para qué las armas?” se pregunta un personaje “¿acaso las vamos a usar?”.Este mensaje judío me parece más importante que el monoteísmo, propone un mundo dialogable y al mismo tiempo loco y misterioso, en el cual el sabio es el loco y el loco es el sabio, los débiles se unen y se protegen mutuamente, la vida es el bien supremo, se ama, se come y se argumenta con fervor y entrega. La bondad, la solidaridad, la unión, la voluntad de vivir, la acción comunitaria son exhibidas gozosamente tal como lo dictan nuestras leyes. Metáfora de lo mejor de lo judío, del humanismo judío, lo irreverente, lo sorpresivo, lo mágico, mundo de Chagall y de sueños, de imposibilidades que se vuelven posibles, de caminos que parecen cerrarse pero siempre, de alguna manera, siguen abiertos. Para mostrar todo esto, no hacía falta usar a la shoá como contexto. Creo.

Lo que no podemos los judíos. También, y de manera opuesta, veo en “Un tren de vida” una expresión de deseos de qué diferentes serían las cosas si los judíos pudiéramos comportarnos como un todo, si constituyéramos un colectivo social. Sabemos que no, que no lo somos. “Los judíos” somos “los judíos” sólo para los antisemitas. “Los judíos” podemos accionar juntos sólo si somos atacados. No existe algo así como “los judíos” para nosotros los judíos. Respondemos a diferentes intereses y pertenecemos a distintos grupos y clases. Hay apuntes en la película que producen escalofríos por su vigencia comunitaria, por ejemplo cuando el ricachón del shtelt que es quien debe asumir, contra su propia voluntad, el personaje del nazi mandamás y desde ese lugar sabe y dice que no es querido. Nos abre al tema de cómo es visto el dirigente, de los límites de su acción, de su exposición, del lugar de los poderosos, de la delegación de la responsabilidad. Los personajes de la película presentan una acción conjunta envidiable. Quienes conocemos algunas cosas de la shoá, sabemos que una tal acción mancomunada es dolorosamente irreal puesto que incluso entonces, los intereses ideológicos, políticos y/o de clase, primaron por sobre la unidad de lo judío: durante la shoá los judíos estuvieron tan juntos y tan separados como siempre, como estamos ahora. Claro que hubo infinitos actos de solidaridad y generosidad, tantos como hay en la vida normal y que no suelen darse a publicidad. Los judíos -probablemente como cualquier otro grupo- no podemos actuar como una unidad y no debemos más que aceptarlo como un hecho. Basta mirar a nuestro alrededor hoy mismo, aquí en Buenos Aires -y supongo que la imagen podría replicarse en otros lados, incluso y más que en ningún otro lugar allí, en la tierra prometida, en Israel-. Esta película nos muestra, por la contraria, todo lo que podríamos hacer y no hacemos, nos hace pensar “qué lindas serían las cosas si....”. Pero, otra vez, no hacía falta poner como contexto a la shoá para mostrar esto. Creo.

La estupidez en algunos enfrentamientos políticos. Radu Mihaileneau habla probablemente de lo que sufrió y sabe en su película. Hijo de un judío rumano y comunista que estuvo detenido dos años en un campo de trabajo, conoce desde adentro los absurdos de ciertas estrategias y argumentaciones políticas y las exhibe en su total estupidez e insensatez. Es algo más benévolo con las “verdades” religiosas, pero es igualmente ácido e irónico con ellas. Ya se hizo en este sentido “La vida de Brian”. No hacía falta poner como contexto a la shoá. Creo.

Resumo, todos los valores que tiene la película, cambian, para mí, desde un cierto contexto que me propone: la shoá. Si ubicó las cosas allí, es que hay alguna otra cosa que nos quiere decir. Y va, a partir de ahora, todo mi malestar. Tal vez se trate tan sólo de mí, tal vez esté demasiado sensible frente a algunas cosas que para algunos no tienen importancia. Tal vez sea sólo eso.

Me es inevitable recordar a “La vida es bella”. En la interminable polémica que suscitó, yo estaba del lado de quienes les había gustado. Debo reconocer que me disgustó profundamente el final, pero no me arruinó el resto de la película. Desde la primera escena del comienzo, Benigni me avisa “lo que sigue es una payasada, es imposible y yo lo sé”. En “Un tren de vida” pasa al revés. No hay ningún indicador de las intenciones del realizador, aunque es evidente que no propone una mirada realista, sólo la imagen última, la que resignifica todo el film, da un respiro de alivio. Para mí ya era tarde, había sufrido muchísimo toda la película, estaba llena de indignación y rabia, la imagen final me dio más rabia todavía “¿por qué no me lo dijo antes, así la habría podido disfrutar?” grité en silencio.

Como ovejas al matadero. Dice Raquel Hodara que hay preguntas que nunca hay que hacer acerca de la shoá, no porque no se puedan hacer preguntas, sino porque implican un tal desconocimiento de la situación que pueden resultar intensamente insultantes para sus protagonistas. Una de ellas es “¿por qué los judíos fueron a morir como ovejas al matadero?”, metáfora que algunos atribuyen a Ben Gurion. Quienes estamos seriamente comprometidos con el aprendizaje, la comprensión y la transmisión de la shoá, estamos muy sensibles ante una tal aseveración cada vez que nos es formulada o cada vez que la sospechamos como sustrato de algún comentario o pregunta. Nuestra sensibilidad se debe a que alguna gente sigue pensando que los judíos que fueron víctimas de los nazis fueron cobardes, se los llama “guetizados”, son, para ellos, los judíos vergonzantes.

El judío vergonzante. Encabezo este comentario con la famosa frase de Shakespeare que quisiera parafrasear y lo haré en forma de pregunta: “¿La vida es un cuento contado por un idiota lleno de vergüenza?”. Porque es ése el contexto en el que se me impuso este “tren de vida”. Para hablar de los temas que mencioné al principio, no hacía falta encararlo desde la shoá. De lo que habla no es de otra cosa que de la shoá. Podría haber tomado cualquier otro momento o aspecto de la historia para presentar los otros aspectos. Si toma como tema a la shoá, y se centra en la conducta de los judíos frente a la arrolladora, sorpresiva, impredecible, inadivinable política de exterminio, hay algo que está queriendo mostrar. Acá viene mi sensibilidad exacerbada, porque no puedo más que pensar que Radu Mihaileneau tiene vergüenza de cómo los judíos se han conducido, de cómo han ido “como ovejas al matadero” e inventa a unos judíos que contrarían esa noción. Estos judíos ingenuos, excluidos de la modernidad tienen tiempo para prepararse y lo encuentran cuando no había tiempo. Estos judíos mansos dan crédito a los rumores aún cuando parezcan inverosímiles, reaccionan como reaccionaríamos todos desde hoy, desde saber exactamente qué pasó y cómo pasó. Estos judíos superan al imperio nazi y planifican y organizan y parecen estar por conseguir lo imposible. Radu Mihaileneau me hace acordar a las películas del far west donde los indios eran absolutamente estúpidos, mientras que los del séptimo de caballería se veían invencibles, puesto que pinta a los nazis como idiotas, ingenuos. Imagina que un judío de un shtetl atrasado podía disfrazarse y parecer un alemán cosmopolita y autoritario con un curso acelerado de pronunciación.

¿Para no tener vergüenza? Ni bien comenzó la película, entablé un diálogo desesperante con Radu Mihaileneau porque me hirió esta sensación de que hubiera creado un producto para contrarrestar su vergüenza. Ya sé, ya lo dije antes, tal vez sea sólo cosa mía. Probablemente el autor ni haya pensado en ello. Aunque eso no lo disculpa: debería haberlo pensado. Es como cuando un no judío nos dice “ustedes los judíos” sin darse cuenta de lo que implica lo que dice; también él debiera darse cuenta, o somos nosotros quienes tenemos que explicarle, mostrarle el grado en el que el sentimiento antijudío está enquistado en sus convicciones, tanto que, sin ser un antisemita, los enuncia “sin darse cuenta”. Me gustaría decirle a Radu Mihaileneau que, “sin darse cuenta”, habló de la vergüenza que le da el pensar que sus hermanos judíos no se condujeron como valientes, como héroes, que no tomaron ese tren imposible y que, por el contrario, se dejaron humillar y matar. Me gustaría decirle que, “sin darse cuenta”, expresó una acusación que aún hoy deben enfrentar los sobrevivientes.

¿Héroes o cobardes? Yo he crecido en un hogar de sobrevivientes de la shoá, rodeada de otros sobrevivientes y de otros que no eran sobrevivientes y que nos miraban, además de con sospecha, con vergüenza. Sigo escuchando a algunos judíos combativos y preclaros declarar lo que habrían hecho de haber estado en un gueto, o en un campo, o escondidos, o en los bosques. Lo dicen con la frente alta, sin miedo ni indecisiones, de modo admonitorio y el dedo índice extendido hacia el futuro. Se diferencian así de lo poco o nada que suponen hicieron las siete millones de víctimas, un millón de las cuales, los sobrevivientes, quedan sumidas en el silencio.

El heroísmo de sobrevivir. Yo sé de qué fueron capaces los sobrevivientes. Conozco sus actos de resistencia, no de resistencia armada, no de combates y enfrentamientos sino del esfuerzo indecible por mantenerse vivos y dignos en condiciones inimaginables hoy día y en este lugar. Los que hablan de luchar, no saben nada de la shoá (me acuerdo de Hiroshima Mon Amour, “tu ne sais rien d´Hiroshima”).

Debo agradecerle, de últimas, a Radu Mihaileneau que “sin querer” se le haya escapado lo que he leído como su vergüenza, que, como un lapsus, se le haya colado de entre los intersticios de su voluntad, porque me permite hablar acerca de ello, pensar un poco más en las suposiciones irreflexivas y en sus consecuencias. Me acuso de extremadamente sensible al verlo de este modo. Me siento con la misma sensibilidad extrema que tengo cuando en una prepaga médica no veo ningún judío en el listado. Ya lo sé. Soy una exagerada. Tal vez no estoy sola.

Optimismo y pesimismo. El otro día un sobreviviente me dijo algo en lo que nunca había pensado: “Los judíos que se fueron de Europa antes de la guerra eran los pesimistas, los que creyeron que algo malo iba a pasar. Los optimistas, quienes no creyeron, se quedaron y mirá cómo les fue”.

Una mirada nueva sobre el pesimismo y el optimismo.

Yo no me fui de la Argentina durante la dictadura militar. Yo, tan valiente, tanta facultad, tanto libro, tanto cacareo revolucionario, fui estúpidamente optimista.

No fui la única. Pero eso es otra historia.

La vida es bella (1998)

La Controversia es Bella

Los judíos nos ponemos de acuerdo en muy pocas cosas. "Junta doce judíos y tendrás trece partidos políticos" dice una conocida frase. Esta tendencia a la discusión podría ser una de nuestras características más salientes: la profunda rebelión que sentimos frente al autoritarismo, a cualquiera, especialmente al de la imposición de una idea.

Raquel Hodara, académica y estudiosa de la Biblia muy conocida en nuestro medio por sus apasionadas y eruditas conferencias acerca de la shoá, dice:

"hay gente que cree que la Biblia tiene una sola posición sobre cada tema lo cual es un error. La Biblia está llena de polémicas, no sólo la de Abraham con Dios en la que pretende salvar a los justos de Sodoma; la discusión de Job con Dios, las discusiones entre distintos sectores de la Biblia acerca de si sostener a un rey o no, si tener un templo o no, acerca de las mujeres (por ej. en Proverbios dice: "quien encuentra a una mujer encuentra el bien" mientras que en Eclesiastés dice: "más amarga que la muerte he hallado a la mujer"). La Biblia dejó estas discusiones y de ahí se puede inferir una de las características más importantes del pueblo judío, la controversia como valor; el judaísmo respeta el amor a la discusión, piensa que la cultura sólo es posible si es fermentada por la discusión, dice que la discusión entre sabios aumenta la sabiduría. Dice por ahí que Dios nos dio las leyes y que puedan ser interpretadas de infinitas maneras con lo cual se evita el peligro del autoritarismo que comporta una religión monoteísta".

"La vida es bella" es un ejemplo de ello.

En esta nueva festividad de Pesaj, fiesta de un contenido profundamente humanístico, tomo esta película para festejar a mi manera, la libertad y nuestras luchas cotidianas por defenderla.

La película me gustó tanto que recuerdo que al escuchar el primer comentario adverso, sentí un golpe sorpresivo. No son muchas las personas que encontré a quienes no les haya gustado, pero son suficientes para que me haga la pregunta de por qué. Entre estas personas, algunas expresaron su molestia en forma moderada, "me molestó", "me angustió", mientras que otras lo hicieron de manera taxativa, "es una burla, un insulto" pasando por "si la ve alguien que no sabe nada creerá que así fue la shoá, un lugar en donde un padre podía inventar un juego así", "es darle alimento a los negadores de la shoá que podrán seguir diciendo que no fue para tanto", "con la shoá no se juega", etc.

Lo cierto es que "La vida es bella" no deja a nadie indiferente y lo que me parece mucho más interesante que la película misma, es el fenómeno de las reacciones que produce. Quiero intentar comprender las objeciones que ponen aquellos a quienes no les gustó y reflexionar junto con ustedes.

¿Qué genera la incomodidad, la angustia, la irritación, el enojo?

¿Qué nos toca esta película frente a lo cual saltamos como si nos hubieran golpeado?

Escuchando los argumentos de los que se oponen observé que Benigni nos enfrenta con algunos desafíos: el desafío de desacralizar a la shoá, el desafío de enfrentarnos con la banalidad del mal, el desafío frente a la necesidad de mentir, el desafío frente a los que no saben, el desafío frente a los negadores de la shoá, el desafío de ser libres y de respetar la libertad de los demás.

Veamos uno por uno.

El desafio de desacralizar la shoa

En relación a la sacralización de algunos temas, Raquel Hodara cuenta que:

"Hubo hace un tiempo un escándalo en la Kneset -el parlamento israelí- porque Shimon Peres criticó una de las conductas del rey David, cuando comete adulterio con Betsabé y después manda a matar al marido. Dijo Peres que no todos los actos de David debían ser tan respetados lo cual produjo un espantoso escándalo; fue atacado por los círculos religiosos diciendo que no podía ofender a una figura santa. Me hizo acordar a una frase de un profesor de historia de la Universidad Hebrea, un religioso, el prof. Bensasón, que dijo: "si el David de la Biblia y el David de los intérpretes posteriores se encontraran en la calle no se reconocerían, necesitarían de alguien que los presentara".

Hay temas que, para algunos, son sagrados. "Con la madre no se juega" dice los ya míticos abrevadores del complejo de Edipo. "Con Cristo no se juega" decían los católicos espantados por el film de Scorsese "La última tentación de Cristo". "Con la shoá no se juega" dicen los que han sacralizado a la shoá.

La shoá ha sido puesta por alguna gente en el altar de lo intocable, del tabú, de lo que puede ser aludido sólo del modo que esa misma gente considere políticamente correcto. Ya expuse en una nota anterior que la shoá parece ser tomada por muchos como un nuevo eje de lo judío, cosa que veo como un peligro puesto que nos define sólo negativamente por lo que nos hicieron, nos define como víctimas. Hay una forma oficial, sagrada, de tratar a la shoá, una forma que ha sido subvertida por el irreverente Benigni (que ya tiene una profusa historia anterior de irreverencia). Desde el establishment de lo oficial, se suele hablar y pensar acerca de la shoá como si se tratara de algo congelado allá y entonces. "Allá" es Auschwitz, porque siempre es Auschwitz, vieron? como si Auschwitz hubiera sido todo, más que un símbolo porque es un símbolo que se ha comido al resto y lo ha hecho desaparecer; también se habla de los hornos, los seis millones, el levantamiento del gueto de Varsovia y tres o cuatro cosas más, y ya está, la voz oficial queda tranquila, con la conciencia aliviada, creyendo que dijo, creyendo que sabe. En mi libro "El silencio de los aparecidos" quise ponerles voz y conceptualización al millón de sobrevivientes y a sus hijos. Quise, quiero, que hablemos de lo que hemos aprendido con su supervivencia y de lo que ello nos puede enseñar. Veo con dolor que las conmemoraciones que se hacen de la shoá siguen siendo las mismas: ceremonias que se copian unas a las otras y que omiten a los sobrevivientes salvo en el relato del horror -contar una y otra vez la misma historia de lo que nos hicieron, nuestra victimización- y que deben callar, como si avergonzara, el hecho de haber sobrevivido, la fuerza que les requirió, la suerte que los acompañó, la incomprensión del resto del mundo, sus dudas y silencios, sus pensamientos torturantes que los acompañan aún hoy.

La shoá no parece ser sagrada para Benigni. La shoá no es sagrada para mí y espero no herir a nadie con estas palabras. La shoá, para mí que soy hija de sobrevivientes, está hecha de materia viva, de carne y de sangre, de caca y de pis, de vómito y pústulas, de fuerza y esperanza, de dignidad y denodados esfuerzos por sostenerse humanos ante los constantes dilemas éticos a que estaban expuestos (recuérdese, a modo de ejemplo, en "La decisión de Sophie" el terrible dilema de una madre que debía elegir a cuál de sus hijos salvar, si al varón o a la niña. Evítesenos a cualquiera de nosotros el tener que estar ante una tal decisión). La shoá no es un tabú para mí. No le debo nada a nadie con la shoá. No tengo que demostrarle nada a nadie con la shoá. La shoá es mía porque es de toda la humanidad y todos tenemos el derecho de meternos en el barro, ensuciarnos en él y -cosa que raya con lo insoportable- ver cuánta de su suciedad nos es propia. Porque no nos olvidemos que la shoá sucedió entre personas, entre seres humanos. Si algo podemos aprender de la shoá es que no hay nada que un ser humano no pueda hacerle a otro. Podemos y debemos aprenderlo, soportarlo en toda nuestra ensoberbecida humanidad y luchar contra ello no sólo con palabras y bellos discursos, sino en cada acto de nuestra vida cotidiana, en cada gesto de avasallamiento que nos brote, en cada dejo de autoritarismo que nos aparezca, en cada intento de sojuzgar al más débil, de humillar al necesitado. Nosotros también, no sólo los nazis. No dejemos la suprema maldad en sus manos. Los nazis fueron un producto, entre otras cosas, de un sistema socio político que planteaba la legitimidad de deshumanizar al diferente, al enemigo. Estemos alertas.

El desafío de enfrentarnos con la banalidad del mal

Hannah Arendt enunció el concepto de "banalidad del mal" luego de presenciar las declaraciones de Adolf Eichmann en el célebre juicio en Jerusalém y ver su total ausencia de culpa, la tranquilidad con la que insistía en que "había cumplido órdenes". Es casi insoportable enfrentarse con la idea de que no se requieran características monstruosas para ejercitar el mal. En las versiones oficiales de la shoá, los nazis aparecen como brutales, con lo cual, en el fondo, nos tranquiliza puesto que eso explica las cosas y además nos salva a nosotros puesto que no somos ni sádicos ni crueles ni tampoco somos nazis. Benigni se animó a enfrentar al toro y nos lo muestra. En "La vida es bella" el médico nazi, el único nazi bien delineado de la película, nos revela el aterrador espanto de la esencia del horror que la humanidad aún no puede digerir: un hombre sensible, inteligente, culto, amable que a pesar de ello es totalmente indiferente respecto del destino de otros seres humanos. Participar en matanzas después de haber escuchado y disfrutado a Schumann. Es lo patognomónico del nazismo y lo que lo hace tan indigesto. Es la esencia de la negación del derecho a vivir del que no es como el Estado dice que "debe ser", un Estado surgido en la cultura del siglo XX, en plena modernidad. El mal puede ser ejercido de este modo banal porque se sustenta en la deshumanización de la víctima. No sólo nuestros seis millones, también es el sustento de otros asesinatos previos -la conquista de América por ejemplo y el genocidio indígena- y posteriores - por ejemplo los treinta mil desaparecidos de nuestra dictadura militar-.

El desafío frente a la necesidad de mentir

Esta película nos enfrenta sin tapujos y sin anestesia con la necesidad de mentir que podemos tener en algún momento. Nos enfrenta con la pregunta de si, a veces, no es mejor mentir que decir la verdad, de cuánto necesitamos de la ilusión para sostener la esperanza. Nos fuerza a preguntarnos a nosotros mismos si de verdad, -pero de verdad de verdad eh?-, sin trampas, si de verdad estamos en condiciones de escuchar siempre la verdad. Si somos capaces de decir siempre la verdad. Si tenemos la fuerza de escucharnos decir siempre la verdad y asumir las consecuencias que eso puede tener en nosotros mismos y en los que amamos. Nos enfrenta con mucha de nuestra mejor hipocresía y lo hace con tal desenfado que uno puede no darse cuenta de la enormidad del planteo ético que representa. Este tema de la mentira merecía todo un tratado por sí mismo. La mentira y el cuidado del otro. La mentira y el cuidado de uno mismo. La complicidad entre el que miente y el que cree. La complicidad entre el que miente y cree que el otro se lo cree. ¿Quién cuida a quién? La mentira y la verdad ubicadas en polos extremos y en el medio todo el territorio de la existencia, a veces ambiguo, siempre inquietante, nos obliga a ver en cuánto lo que "debe ser" se corresponde con lo que "es". Es un tema polémico y que espera ser abordado alguna vez con valentía.

El desafío frente a los que no saben

Ante el temor de que para los que no saben nada acerca de la shoá, esta película sea peligrosa puesto que da una versión "edulcorada", banalizadora, me es difícil opinar con seriedad porque no he tenido la oportunidad de hablar con gente que no sepa acerca de la shoá. Tal vez sea un reparo legítimo y, en todo caso, me alegro de que se plantee porque puede permitir que surja la necesidad de hacer saber, de inventar modos inteligentes y atractivos de transmitir estas nociones, bajándolas de las estatuas y los discursos y de este modo muchos de los que hoy no saben puedan saber. Porque nadie pretende que una película por sí misma dé cuenta de todo lo que sucedió, ¿no es verdad? Pretenderlo me parece algo desmedido. Ni esta película ni otras son culpables de que los que no saben no sepan. Bienvenida esta controversia entonces.

El desafío frente a los negadores de la Shoá

Cada vez que se dice algo que subvierte la versión oficial y políticamente correcta que los judíos "debemos" mostrar para evitar que los antijudíos nos ataquen con los argumentos que nosotros mismos les damos si decimos lo que no hay que decir, aparece el temor de alimentar a los negadores. Yo me pregunto si les hace falta. "Noche y niebla", "Shoah", "Europa, Europa", "La lista de Schindler", por citar sólo algunas de las películas, son tomadas por los negadores como propaganda sionista que tergiversa las cosas y que da su versión magnificada y mentirosa de lo que sucedió. El prejuicio no es soluble en la razón. El prejuicio es una construcción compleja que contiene anticuerpos poderosos y muy resistentes que ha llevado varias generaciones de producción. Al prejuicio se lo puede combatir sólo con un proceso lento y constante de educación, desmitificación y reflexión. El prejuicio antijudío espera de las conductas adecuadas en este sentido de toda la comunidad -los medios masivos, los gobiernos, la escuela-, y, especialmente en países católicos, del trabajo cotidiano en las iglesias.

El desafío de ser libres y respetar la libertad de los demás

Muchas veces, las cosas que son como son pueden ser entendidas de variadas maneras (la distinción entre el dominio de la ontología -el estudio del ser- o el de la epistemología -el estudio del conocer-). La comprensión de las cosas, la mirada que tengamos acerca de ellas, nos enfrenta con el desafío del ejercicio de la libertad visto como la aceptación de la mirada del otro, y junto con ello, la aceptación del derecho del otro a opinar distinto. Respeto profundamente a quienes disienten con mi visión de la película y de la shoá. Comprendo la irritación, la molestia o incomodidad que pudo haberles producido. Yo misma me he preguntado de qué y cuánto sería capaz para defender a un hijo; por suerte la vida no me ha enfrentado con la necesidad de responderlo. Yo misma me he preguntado cómo habría hecho para sobrevivir en el medio de tanta ignominia, de tanta abyección, en donde se me era negada mi humanidad, mi derecho a elegir y a decidir, en donde la lógica era que yo y mis hijos deberíamos morir con una muerte "lógica", justificada como razón de estado. No sé cómo habría hecho. Por suerte hasta ahora no lo tuve que saber. Sólo sé que los sobrevivientes de la shoá hicieron lo que pudieron y pudieron mucho más de lo que se cree.

Conclusión en forma de agradecimiento

Por enfrentarnos con todos estos desafíos y hacernos pensar y cuestionar y revisar ideas preconcebidas, gracias Roberto Benigni.

Gracias por mostrarnos de una manera amable, con un engañoso tinte de ingenuidad y comedia (comedia en sentido aristotélico como oposición a tragedia, no como comicidad o humor), el horror del fascismo y el nazismo así como las conductas, a menudo locas, estúpidas, imposibles y sorprendentes, de los sobrevivientes que, como Guido, hicieron cosas que nunca imaginaron que podrían llegar a hacer, se atrevieron a cosas increíbles, soportaron y disimularon lo inenarrable, aprovecharon del mínimo descuido, de la más pequeña brecha en la maquinaria nazi para seguir vivos.... No todos los que se condujeron así lo consiguieron, pero todos los que sobrevivieron, en algún momento, tomaron decisiones no tradicionales para vivir. Algunos nos lo han contado, sorprendidos todavía de haber sido capaces.

Gracias Roberto Benigni por tu irreverencia y frescura. Gracias por considerarnos inteligentes y creer que no necesitamos que nos bajen línea, que confíes en nuestra inteligencia y sensibilidad y nos muestres la sordidez y lo siniestro en un más tolerable envoltorio de ternura y amor.

Gracias por dejarnos alguna puerta abierta en este horror del que somos todos sobrevivientes. Esta puerta hacia la esperanza y la confianza en el género humano quizá sea LA mentira suprema, es cierto, pero es una idea sin la cual yo misma no podría seguir viviendo.

Claroscuro (Shine) (1996)

Las culpas y los misterios en “Claroscuro”

Fui a ver “Claroscuro” luego de haber recibido reiteradas sugerencias de hacerlo. “No te la podés perder!” era la frase más frecuente. No sabía si era debido a mi actividad como terapeuta familiar o a mi condición de hija de sobrevivientes de la shoá.

La ví. Me gustó. La música era maravillosa. También las actuaciones, especialmente la del protagonista, David Helffgot caracterizado por Geoffrey Rush, que ganó el Oscar por este trabajo, y la del padre, el siempre potente Armin Muehler-Stahl. Algunos personajes secundarios, como la escritora rusa que toma al adolescente bajo sus alas o el maestro de música en Londres, el magistral John Guielgud, me deleitaron. La película me entretuvo, me emocionó. Hubiese querido que continuara, que la música siguiera por siempre.

Sin embargo, me quedó un gusto amargo en la boca. Al principio no entendí por qué ya que el mensaje era optimista.

El mensaje optimista. La película trata acerca de la superación de las adversidades. Un padre superando al suyo y a las imborrables pérdidas de seres queridos en la guerra. Un hijo superando una educación severa. Un joven superando primero el pánico y después una aparentemente inexorable promesa de incapacitación mental. Una mujer superando los prejuicios y atreviéndose a amar a un “diferente”. Es una película que trata, en este nivel, acerca de la posibilidad de recuperación del ser humano. Habla de la esperanza y de la salvación por el amor. Uno se siente bárbaro. Si tan sólo uno encontrara a alguien que creyera en uno así, lo amara de esa manera, un incondicional...., pero bueno, si el protagonista lo encontró, ¿por qué no yo?

Porque se trata de una historia verdadera. Tanto es así que el protagonista aún vive. Merced al éxito de la película, se agotaban las entradas para sus conciertos en las salas más importantes de los Estados Unidos aunque no se trate, según dicen los expertos, de un gran concertista. ¿A qué va la gente, entonces? ¿A ver al que volvió de la “locura” y tiene el tupé de subirse a un escenario como si fuera una persona común? ¿Al que masculla y gesticula incesantemente mientras interpreta su eterno concierto de Rachmaninoff sin importarle quién y cuántos lo están mirando? ¿Al símbolo de la capacidad de resurrección del ser humano? ¿A quién van a ver las personas que llenan los teatros? Tal vez sea “ un misterio...” como repiquetea distraídamente el protagonista.

El argumento. Sucede en Australia, en la década del cincuenta. Un niño es educado por su padre en el amor por la música. Toca el piano con dedicación y pasión hasta que finalmente gana un premio que le posibilita ir a Londres a continuar sus estudios. El padre se opone terminantemente a ello: teme la separación de la familia y, probablemente, la pérdida del control sobre su hijo. Las instrucciones que le da tienen que ver con la idea de que hay un mundo muy malo allí afuera, que hay que estar alerta en todo momento, preparado, que hay que ser fuerte para sobrevivir y que hay que desconfiar de todo y de todos. “Nadie te va a querer como yo” repite una y otra vez. En los intersticios del diálogo aparecen, como sin querer, algunos datos que el guión quiere que tengamos en cuenta. Sabemos que se trata de una familia judía porque el niño celebra su bar-mitzvá. Son pobres, no sabemos si el padre trabaja ni cómo obtienen su sustento cotidiano. Tenemos algunos datos de la infancia del padre que cuenta la anécdota de su propio padre destrozando el violín que había comprado con sus ahorros; justifica en distintos momentos su conducta cruel mencionando cosas terribles que le pasaron en la guerra, pérdidas, sufrimientos, oscuridades. La madre, por el contrario, aparece deliberadamente desdibujada, como si hubiera la expresa intención de no distraer nuestra atención con otra cosa que la relación padre-hijo; lo mismo pasa con las hermanas y otros personajes. Uno se queda sin saber bien cómo juegan los distintos miembros que arman la estructura familiar. Lo que uno tiene es la parte de la historia que nos están queriendo contar. El hecho es que el adolescente consigue ir a Londres, con lo cual rompe con su familia y con su historia pues esa decisión es castigada por su padre con el destierro del vínculo familiar. Queda a merced de sí mismo, solo en el mundo. Cuando culmina sus estudios y prueba su talento en un concierto consagratorio, algo parece quebrarse en él. No sabemos bien de qué se trata ni qué le pasó. Lo que sí sabemos es lo que hizo la medicina por él en ese momento: lo internó y comenzó a tratarlo con electroshocks. Siguió internado varios años en una clínica psiquiátrica, principalmente, como dice una enfermera “porque no tiene otro lugar a dónde ir”. Cuando es liberado, deambula sin destino pero siempre consigue la protección de algunas personas. Nos encontramos con una persona desordenada, desprolija, impredecible, ocurrente, irreverente, desvergonzada; con toques de humor y una mirada provocativamente inocente. Masculla, murmura por lo bajo “es un misterio, es un misterio....”. Vive de su piano, de su música; cumple horarios, hace la rutina que se espera de él, es responsable en su trabajo y súmamente torpe en sus relaciones con las personas. Nada de su conducta indica que se trata de un psicótico, más bien un distraído, un bohemio, un genio, un Groucho Marx desaliñado, un soñador, un caminante de los márgenes. Aparece la astróloga y se enamoran. Ese hombre que juega a conducirse como un niño grande y sorprendente la seduce, la enternece con su desborde de cariño, con su apertura y su talento; debe haber sido irresistible para ella la tentación de ser la salvadora de un intérprete genial con quien la vida había sido tan cruel. Él a su vez, re-encuentra en ella un puerto protector y eficiente, algo que le recuerda tal vez a la escritora rusa que le tendió los brazos en su adolescencia y que le dio la fuerza necesaria para oponerse a los férreos mandatos del padre, alguien que se va a ocupar de él, alguien que cree en él.

Se casan y viene el “the end” con una música hermosa y un límpido cielo azul prometedor de venturosos futuros y fértiles mañanas. Como en los cuentos infantiles, termina con el casamiento y con la derrota de los malos (¿el padre? ¿los nazis? ¿la psiquiatría? ¿la sociedad?). Y salimos felices del cine. Hemos recibido un nuevo aliento para seguir viviendo la vida que a cada uno le toca, nos han hablado de esas cosas que tanto necesitamos, del amor, de la esperanza, de la bondad, de la confianza, de los sueños.

Nos conmueve el desvalido protagonista, tratado tan injustamente en su lucha contra el poder. Recordamos los momentos en que fuimos tratados de maneras similares y nos gusta que él haya podido sobreponerse. Los que hicieron la película -productores, guionista, etc- saben que es siempre seguro apostar y ponerse del lado de las “víctimas”, ofrecen un fuerte espejo de identificación y reivindicación. Lo saben muy bien los manipuladores de masas, los líderes de uno y otro bando, los gestadores de movimientos populares no sólo políticos, los expertos en las tácticas del poder. En este mundo de salvajes escepticismos y mayorías excluídas del banquete, es bueno ponerse del lado de las víctimas, hace bien.

Sin embargo, me ha quedado un gusto amargo en la boca. Y me acuso de contracorriente, de buscarroña. “Si a todo el mundo le pareció tan fantástica, ¿qué te pasa que a vos no? ¿siempre en los márgenes, che, siempre?” me decía. “Pensemos”, me dije.

Y pensé. Pensé que podemos hacer varias lecturas más de esta película, que el gusto amargo que sentía tenía que ver con que la película da por sentadas algunas hipótesis acerca de las causas de algunas cosas. Son hipótesis sustentadas en ideas/prejuicios opinables, controversiales que, sin embargo, son a menudo esgrimidos como certezas:

1) Los padres severos causan traumas psíquicos severos en sus hijos.

2) Los sobrevivientes del holocausto son personas severamente perturbadas.

1) La culpa de los padres. Un lugar común en el dominio de lo “psi” es que hay más probabilidad de desarrollos patológicos en familias con ‘padre ausente’. Éste es un caso contrario, un caso en el que un padre asume activamente la educación de sus hijos, está presente, se hace responsable, no está cansado ni distraído ni desinteresado de lo que sucede en su familia, no es un inquilino que viene a comer, a dormir y a que le laven la ropa sino alguien que toma en sus manos las riendas de su gente. No quiero decir con esto que considero su estilo pedagógico como conveniente o aconsejable. Sólo quiero decir que se trata de un modelo de padre severo, estricto pero asumido totalmente en su paternidad y en su intento de inculcar en sus hijos los valores que considera importantes. No se sale indemne, por cierto, de un padre tan duro como éste. Pero en el mundo hubo muchos padres similares y no fue una consecuencia necesaria que los hijos hubiesen quedado con severas perturbaciones psíquicas. De cualquier manera, las personas nos vamos forjando en una compleja red de relaciones, nunca con una sola persona como parece que nos quieren hacer ver en la película, simplificando hasta el grado del absurdo, la intrincada dramática de la vida.

Cuando un hijo está mal, ¿de quién es la culpa? ¿del padre que estuvo desmasiado o del que estuvo demasiado poco? ¿de la madre que no protegió lo suficiente o la que ahogó a su cría con la anticipación y el temor? ¿de la misteriosa articulación de las posibilidades genéticas en su intersección con un contexto hostil o en su encuentro con circunstancias favorecedoras? ¿de la suerte? ¿de la constelación astral? ¿de qué depende, cómo prevenir, la desdicha de un hijo? Aunque sepamos algunas cosas, -que el castigo físico no es bueno, que la victimización, la humillación, la desvalorización minan aspectos esenciales de las personas, que entre las alternativas de premio/castigo, mejor es optar por el polo del premio, aunque es siempre preferible predicar con el ejemplo, el propio modelo lo menos declarativo posible....- aunque sepamos todo eso, digo, es tan sólo una parte. Como insiste el protagonista, el resto... “es un misterio... es un misterio...”.

Los sufrimientos, la injusticia, la crueldad ¿conducen fatalmente a la patología? ¿Por qué algunas situaciones son sentencias irreversibles para algunas personas, o desafíos que estimulan la creatividad y fuerza defensiva para otras?

¿Es acaso cierto aquello de que “los padres comieron dulces y los hijos tienen caries”? ¿Hasta dónde? ¿Y dónde queda nuestra libertad y nuestras decisiones? ¿Somos fatalmente lo que nos han hecho? ¿No hay salida?

Claro que una cierta lectura tergiversada de las enseñanzas de la psicología viene en nuestro auxilio con la idea de que la culpa de todo la tienen nuestros padres, los primeros años de vida nos forjan hasta los más mínimos detalles, luego, no tenemos de qué preocuparnos, no somos responsables, es “el edipo”, “los traumas”, un “padre cruel”, una “madre abandónica”, etc.

Infortunadamente para quienes viven tranquilos con estas ideas que los eximen de asumir las riendas de sus propias vidas, creo que hay mucho que no sabemos todavía; creo también que el proceso de construcción no cesa nunca, que no es nunca completo, que lo vamos haciendo constantemente, que somos responsables por nuestra propia vida y por lo que le hacemos a quienes están cerca.

Yo sé que no es ésta una noción popular. Lo sé y lo comprendo. Vivimos buscando certezas, recetas seguras, blancos y negros, buenos y malos -los malos si es posible afuera de nosotros-, sostenes y anclas firmes pues confiamos bien poco en nuestras propias fuerzas, en nuestros propios criterios, en nuestro corazón.

No sé si este padre es culpable de lo que le sucedió al protagonista en la vida. Tampoco sé para qué podría servir la búsqueda de culpables. Lo que sí sé con certeza, es que si fuera culpable, seguramente no es el único.

2) La culpa de la shoá. En esta película hay una pretendida justificación de la conducta cruel del padre como sustentada en los padecimientos que sobrellevó durante la shoá (palabra que muchos preferimos a la popular “holocausto”) y los recuerdos resentidos que lo acosan. Me evoca peligrosamente el “sindrome del sobreviviente” que tuvo tanto popularidad en los años sesenta y que tanto daño causó a gran parte del millón de judíos que salieron vivos de la ordalía nazi. El tal sindrome adjudicaba a los sobrevivientes todo tipo de patologías psiquiátricas (despersonalización, rigidez, disociación, obsesiones, fobias, somatizaciones, etc). Ésta fue una de las causas del silencio de los sobrevivientes, de su sostenido y persistente esfuerzo de vivir como los demás, de no hablar acerca de lo que habían pasado, de poder darles a sus hijos la misma vida que tenían los hijos de la gente común. Nosotros, esos hijos, sabemos de ese esfuerzo, tanto que fuimos cómplices. Nosotros también callamos, raramente preguntamos, recién hoy estamos queriendo saber, comprender, resignificar. Nací y crecí entre sobrevivientes de la shoá. Hay muchas cosas, que hoy sé, cosas que nos son comunes a los que vivimos en un tal contexto (rincones en la memoria donde no se debía entrar, preguntas que no había que hacer, cumpleaños sin familiares sanguíneos, etc) pero una de ellas no fue, ciertamente, la patología de nuestros padres.Así como no podemos -no debemos- pensar el fenómeno nazi desde la psiquiatría, tampoco podemos pensar el de los sobrevivientes desde esta óptica sospechosamente simplificadora. Hubo algunos que tuvieron síntomas, pero no más que el común de la gente. Hubo, claro que sí, psicóticos, suicidas, obsesivos, fóbicos, pero no en proporción distinta al resto de la población ni, aparentemente, debido a sus experiencias en la shoá. En la película algo se sugiere, pero no suficientemente por cierto, del pasado, de la infancia de este padre y del recuerdo resentido de su propio padre, mucho antes de la shoá. Creo que el padre del protagonista de “Claroscuro” era, según lo pintan en la película, un señor que, por decirlo delicadamente, no estaba del todo bien. Pero protesto con fervor ante la teoría sugerida de que ello se deba a su pasaje por la shoá. Pudo haber encontrado justificaciones en ello para perdonarse su severidad y crueldad. Nosotros no tenemos por qué creerlas. No es la shoá la que impele a un padre a ser sádico con su hijo.

Los descendientes de la shoá nos preguntamos con insistencia el por qué de lo que vivieron nuestros padres. Esa pregunta nos lleva a otros por qués lacerantes, por qués que la humanidad se viene preguntando desde que el primer hombre se enfrentó con la maldad, con la injusticia, con la arbitrariedad. Con la ajena y también, lo que es mucho más insoportable, con la propia. ¿Por qué la gente es buena o mala? ¿por qué la gente es severa o permisiva? ¿por qué la gente es loca o cuerda? ¿por qué tantos perecieron y estos se salvaron? Acá también, vuelvo a hacer mías las palabras puestas en boca del protagonista: “es un misterio... es un misterio”.