Odio a los judíos: virus mutante - Edward Rothstein

Traducción libre: Diana Wang En el congreso sobre antisemitismo que tuvo lugar esta semana en el Center for Jewish History (Centro de Historia Judía), un panelista contó este chiste judío clásico: Un judío se ofreció como anunciador en una radio y fue rechazado. Un amigo le preguntó por qué. “Es sencillo” y agregó con un agónico tartamudeo: “anti-s-s-s-semitismo”. El chiste se burla de la idea misma del antisemitismo y también de la excesiva sensibilidad judía sobre las frustraciones.

Lejos de una idea burlona sobre el antisemitismo, el congreso -organizado por Leon Wieseltier y Martin Peretz del New Republic y Leon Botstein, presidente del Bard Collage-, encontró el viejo virus colándose vital y fresco por el tejido de la cultura occidental, tomando nuevos senderos, buscando nuevos huéspedes y proponiendo nuevas amenazas.

Auspiciado por el IWO, Instituto de Investigación Judío, el congreso de cuatro días incluyó una lista impresionante de historiadores y académicos de las ciencias sociales, estudiosos del antisemitismo, periodistas y dirigentes de organizaciones judías. El tema del resurgimiento del antisemitismo también inspiró otro congreso esta semana, en París, organizado por el Centro Simon Wiesenthal y la UNESCO. Y el mes pasado, un simposio de un día sobre el mismo tema fue llevado a cabo en Ámsterdam en la casa de Anna Frank.

Esta confluencia de preocupaciones es también evidente en las siguientes publicaciones: "The Anti-Semitic Moment: A Tour of France in 1898" (El momento antisemita: una gira por Francia en 1898) por Pierre Birnbaum (Hill & Wang) y el que está a punto de aparecer, "The New Anti-Semitism: The Current Crisis and What We Must Do About It" (Jossey-Bass) (El nuevo antisemitismo: la crisis actual y lo que debemos hacer sobre ello) por Phyllis Chesler.

Tanto interés expresa preocupaciones que no son infundadas. En Francia, durante los últimos dos años, sucedieron cientos de incidentes antisemitas con sinagogas quemadas y ataques físicos a personas entre otros. En el congreso del IWO, el escritor judío, Konstanty Gebert, que usa solideo, dijo haber soportado más insultos durante unos meses en Paris que los recibidos en toda su vida en Polonia. El historiador Simon Schama contó que cientos de tumbas judías, entre las que estaban las de su familia, habían sido profanadas en el cementerio judío de Inglaterra dos semanas antes. Los ejemplos más paradigmáticos, sin embargo, vienen del mundo árabe donde florecen por doquier tiras cómicas al estilo de Der Stürmer y de los libelos sangrientos de la Edad Media.

Muchos de los incidentes de Europa occidental son ejecutados por jóvenes criados en comunidades musulmanas que convirtieron a los judíos en su principal objetivo de ataque. Pero los incidentes y las reacciones oficiales han generado una mayor amplificación del fenómeno del antisemitismo. Durante un cierto tiempo, el gobierno francés fue renuente a encararlos como actos antisemitas. En algunos casos los ha justificado o explicado como reacciones contra la política de Ariel Sharon en Israel o por la guerra contra el terror del presidente Bush. No sólo el gobierno, sino también la condena de estas políticas desde la izquierda europea han producido una benevolencia contagiosa.

Una cierta forma intelectual del antisemitismo asociada con la aguda crítica a Israel se hizo más frecuente. Por supuesto, la crítica a Israel no es forzosamente antisemita, y no es válido acusar de antisemitismo a toda crítica a Israel. Pero la crítica es antisemita cuando demoniza al sionismo, lo iguala al nazismo o justifica a organizaciones como Hamás y Hezbolá uno de cuyos propósitos constituyentes es la destrucción de Israel. Si la analogía nazi se aplica tan ávidamente a Israel podríamos pensar que es porque parece aliviar y absolver al acusador mientras que condena al estado de Israel al nivel más profundo del infierno. Pronto, la acusación se hace extensiva a los otros judíos.

En esta transformación del antisemitismo, los viejos mitos y nociones del pueblo paria reaparecen a menudo con nuevos disfraces. Por ejemplo, la idea de que los judíos se sacian con la sangre de los gentiles para objetivos rituales, se ha reencarnado en el chiste gráfico del diario The Independent de Londres el pasado enero que generó una firme protesta del gobierno israelí. Mostraba en una caricatura goyesca a un Ariel Sharon dibujado con rasgos étnicos propios de las imágenes antisemitas, engulliéndose la cabeza de un niño palestino mientras helicópteros israelíes tiraban bombas a su alrededor. "¿Cuál es el problema?" gruñe Sharon. "¿No vieron nunca antes a un político besando a un niño?"

¿Por qué estas nuevas formas de antisemitismo se volvieron familiares en Europa? ¿Por qué prosperan aún cuando el antisemitismo tradicional es abiertamente condenado?

En el congreso del IWO, Mark Lilla, que enseña Historia Intelectual Europea en la Universidad de Chicago, argumentó que los brotes antisemitas estuvieron asociados en la historia de la humanidad con crisis políticas. Con el conflicto entre la Iglesia y el estado en la Edad Media, con el Iluminismo en el siglo 18, con la crisis del totalitarismo en el siglo 20. Ahora, continuó, está sucediendo otra transformación, Europa se rebela contra la idea misma del estado-nación.

En la conciencia europea, el estado-nación está asociado a la fuerzas diabólicas del nacionalismo, la xenofobia y el fascismo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, dijo el Sr Lilla, Europa pudo dejar de pensar en el tema de la soberanía; los EEUU y la NATO se hicieron cargo del paquete. Una de las consecuencias, agregó el Sr Lilla, es que las organizaciones no gubernamentales son vistas como un ideal político en contra de los estados-nación soberanos. En este escenario, Israel aparece como una anomalía, una nación-estado joven que insiste en su status, fuerza y soberanía, violando esa visión internacional contemporánea. Tal vez sea una de las razones para que Israel fuera tratado como paria en las Naciones Unidas, imposibilitado incluso de pertenecer a la Comisión de Derechos Humanos (su lugar lo ocupa Libia) y que sea sujeto de resoluciones que confirman la legitimidad de la lucha armada en su contra.

El Sr Lilla desarrolla argumentos propuestos por Robert Kagan sobre las diferencias entre los EEUU y Europa. Dice que tanto al anti-norteamericanismo como al anti-sionismo son la expresión de la oposición a la noción moderna de nación-estado que insiste en viejas ideas de poder. Europa no niega de plano los temas de soberanía. Por ejemplo apoya la inviolabilidad de las fronteras o la necesidad de un estado palestino. Pero son excepciones examinadas raramente con seriedad. En palabras del Sr Lilla: “Incluso el apoyo a los palestinos tiene una extraña cualidad apolítica en Europa”.

Pero no es sólo cuestión de ideología política. Alain Finkielkraut, el intelectual francés, sugirió que luego de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó obsesionada con el “nunca más”: “Nunca más políticas de poder. Nunca más nacionalismo. Nunca más Auschwitz”. Mientras los Estados Unidos podían celebrarse a sí mismos abiertamente, para Europa el recuerdo de la Segunda Guerra abría “un abismo”. Entonces, Europa se reivindicó a sí misma imaginando un mundo nuevo “un mundo tan humano, tan desprejuiciado, tan libre-pensador” en el cual la idea misma de un pueblo enemigo no era tomada con seriedad.

Pero entonces, en medio de este sueño ideal, aparecen los judíos. Sólo que esta vez “no son acusados de persistir tenazmente en su judaísmo sino de traicionarlo”. El nacionalismo israelí, su ejército y obstinación ofenden al universalismo de la izquierda europea y las simpatías antiglobalizadoras y evocan el pasado catastrófico.

Un antisemitismo de derechas sigue siendo injustificable, pero pasa a ser virtuoso cuando se sostiene en este pretendido universalismo antiglobalizante. Dice el Sr .Finkielkraut que son acusaciones que invocan las viejas tradiciones antisemitas: “Ven a los judíos como ese pueblo tan creído e intoxicado con su condición de elegido que rehúsa la idea de la humanidad universal”. En este pretendido rechazo, el judío, en su caricatura, termina siendo el racista arquetípico, o sea, el enemigo, el nazi.

Mientras que el judío fue otrora atacado por su asociación con la modernidad y el internacionalismo, ahora lo es por no aceptar el post-modernismo y el internacionalismo. Estos ataques, se sobreimprimen al antisemitismo más tradicional de radicales islámicos y nacionalistas palestinos que, paradójicamente, desconfían de la modernidad liberal universalista, cantan “muerte a los judíos” y proponen su propia imaginería sobre el nazismo.

Pero a pesar de todo esto, observamos también signos de cambios positivos a la luz de los eventos recientes. En el ultimo año, bajo la presión norteamericana algunas características concretas del gobierno palestino fueron revisadas. El mes pasado, Yigal Carmon, cuyo Instituto para la Investigación de los Medios en el Cercano Oriente ha traducido regularmente material del mundo árabe relacionado con los conflictos con EEUU e Israel, argumentó que hay ahora “significativos precursores de cambio en el discurso antisemita en el mundo árabe” (www.memri.org), con una disminución notoria de expresiones de extremo antisemitismo.

Algún día, tal vez, el viejo chiste judío sobre el locutor tartamudo podría tener menos niveles de lectura y ser expresión de que el antisemitismo se ha vuelto, tan sólo, motivo de broma.

Texto original en inglés: http://www.nytimes.com/2003/05/17/arts/17CONN.html?ex=1054183828&ei=1&en=23f285696d65b00c

Ruptura de contrato

Texto que circuló por internet sin mención de autor. Traducción: Diana Wang

Memorandum para: El Señor Todopoderoso, también conocido como Ha'shem, Shadai, Elohim, etc. De: Los Judíos: también conocidos como El pueblo Elegido Asunto: Terminación de Contrato/Status Especial (Pueblo elegido)

Como sabés, el contrato que hiciste con Abraham debe ser renovado periódicamente. Este memorandum es para informarte que, tras varios milenios de consideración, nosotros, los judíos (el Pueblo Elegido) hemos decidido, respetuosamente, que ya no deseamos dicha renovación. Dejamos por sentado que este convenio no consta por escrito y que, a pesar de la creencia popular, nosotros (los judíos) no nos hemos beneficiado realmente demasiado con él. Si volvieras a la lejana época de nuestro arreglo, observarás que ya desde el principio todo comenzó definitivamente con el pie izquierdo.

No sólo Israel y Judea fueron invadidos casi cada año, sino que nosotros, los judíos (el Pueblo Elegido) tuvimos que invertir mucho esfuerzo para levantar no sólo uno sino dos templos. Y ambos fueron destruidos. Todo lo que quedó es una pila de piedras viejas llamada Muro de los Lamentos (por supuesto que sabés todo esto pero creemos que es bueno refrescarlo para dar cuenta de las razones por las que queremos declinar el honor que nos has conferido y concluir nuestro contrato).

Después los hititas, los asirios, los Goliats, etc, no sólo nos castigaban a diario sino que nos vendían como esclavos a Egipto, lo que nos hizo perder cientos de años de desarrollo.

Reconocemos que te pusiste en muchos problemas al mandarnos a Moisés para que nos sacara de Egipto, y a los pobres egipcios los castigaste con todas aquellas plagas. Lo que no conseguimos comprender es por qué tomó cuarenta años cubrir el trayecto que El Al hace ahora en 75 minutos. Además, y no deseamos parecer desagradecidos, durante años nos hemos preguntado ¿por qué Moisés nos llevó hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha, al Sinaí? Si nos hubiera llevado allí, habríamos tenido el petróleo en vez de sólo el desierto!

Entendemos, el petróleo no era parte del trato, pero después vinieron los romanos y estuvimos in dredarain hasta el cuello. Es cierto que los romanos nos proporcionaron agua potable, acueductos y baños públicos, pero era desconcertante caminar bajo esas construcciones y al levantar los ojos ver a uno de nuestros amigos o familiares clavados en tres partes como si fueran estampillas o señales camineras.

Incluso una de nuestros príncipes, Judah ben Hur, fue capturado vestido de romano y anduvo dando vueltas como un loco en la arena del Coliseo. Tal vez por culpa de Hollywood o vaya uno a saber por qué, mucha gente juraba que Ben Hur tenía un inquietante parecido con Moisés! Y esto no es nada, encima de todo, uno de nuestros rabinos (maestros) se declaró a sí mismo “Hijo Tuyo” (sin mencionar siquiera a Abrahamcito) y antes de que nos despabiláramos, teníamos encima toda una nueva religión.

Y sobre llovido, mojado: fuimos luego dispersados por todo el mundo dos o tres veces mientras esta nueva religión se enraizaba más y más! Lamentamos mucho saber que los romanos lo ejecutaron igual que a tantos otros, pero..., -y esto te va a hacer reír por la reiteración del acontecimiento- adiviná a quién culparon. Sí, a NOSOTROS! En este tema preciso hay algo que no conseguimos comprender. Aquel rabino, hermano nuestro y tu propio hijo, siguió un camino curioso. Millones de personas lo reverenciaban y adoraban su nombre y enseñanzas... y sin embargo nos seguían matando por millones. Reclamaban que bebíamos la sangre de los recién nacidos y que controlábamos los bancos mundiales (Oy! Oy! Si tan sólo eso fuera verdad! Podríamos haberlos comprado a todos y controlar los medios de comunicación mundiales y más y más y se hubieran terminado nuestros problemas.)

¿Vas comprendiendo lo que queremos decirte?

Adelantemos entonces algunos siglos hacia las Cruzadas. ¡Mamita! ¡Otra vez quedamos como jamón del sandwich! Ellos, los Señores y Caballeros, venían de toda Europa para echar a los árabes y liberar los Santos Lugares, pero antes de que dijéramos “agua va” ya nos estaban matando a diestra y siniestra y también al centro junto con muchos otros más. Toda vez que un rey o un papa andaba mal en las encuestas, convocaban a una Cruzada o a una Guerra Santa y se mandaban una epopeya de asesinatos sobre nosotros. Hoy se llama Jihad.

Ya ves, nos pusiste un poco a prueba entonces, pero enseguida vino un brillante clérigo español y se inventó la Inquisición. Todos pensamos que era un nuevo show de entretenimientos pero otra vez nosotros y, debemos admitirlo, también algunos otros, fuimos usados como leña para la iluminación pública de las mayores ciudades de España. Está bien, eso terminó hace unos cien años o algo así. Visto en la perspectiva de la historia, cinco siglos no es mucho tiempo.

Pero mientras, cada vez que nos establecíamos en un país o en otro, nos pateaban y nos echaban! Y así vagamos unos siglos por ahí, pero la cosa no cambiaba.

Al final, nos quedamos en algunos países en donde insistieron en que viviéramos en guetos...Nos fuimos entonces a los guetos, cuando ¡ni te imaginás lo que pasó! Los rusos se aparecieron con los pogroms. Creímos que era una falta de ortografía, que lo que traían eran programas, pero estábamos fatalmente equivocados (lo de fatal no quiso ser un juego de palabras). Aparentemente, cuando no tenían nada más que hacer, la diversión era matar judíos (los así conocidos como El Pueblo Elegido, no sé si me entendés...).

Ahora viene una parte francamente fuerte. La estábamos pasando bastante bien, gracias, en un pequeño país europeo llamado Alemania, cuando a un pintor de casas se le ocurrió escribir un libro con ideas que prendieron en el pueblo y se volvió su líder... ¡¡¡Uau!!! Ése sí que fue un mal día para nosotros, ya sabés, tu Pueblo Elegido. La verdad es que no nos imaginamos dónde estabas en lo que en la Tierra eran los años 1940 a 1945. Sabemos que todos necesitamos un descanso de vez en cuando, incluso el Señor Todo Poderoso necesita un tiempo de relax. Pero de verdad, cuando más te necesitamos, no apareciste. Tal vez estés enterado de esto pero por si te lo olvidaste, unos seis millones de tu Pueblo Elegido junto con algunos otros no elegidos, fue asesinado entonces. Hicieron pantallas de lámparas con nuestra piel.

Mirá, no queremos insistir con el pasado, pero la cosa todavía se pone peor! Acá estamos, es 1948 y millones de nosotros vagan nuevamente desplazados y te mandaste una buena! Hemos recuperado por fin nuestra tierra! Sí!!!! Después de todos esos años, conseguiste que volviéramos a nuestro hogar! Pero, debemos confesarte que a veces tu sentido del humor se nos escapa, entonces los países árabes nos declararon la guerra.

Y ganamos todas las guerras, y ahora estamos en el 2002 y nada ha cambiado. Seguimos recibiendo los golpes, los secuestros, las acusaciones, los atentados, las muertes. Seguimos sin paz.

Nuestra paciencia se agotó. Ya es suficiente. Esperamos que comprendas que nada es para siempre (excepto vos por supuesto) y que desearíamos respetuosamente declarar nulo nuestro acuerdo verbal de ser tu Pueblo Elegido. Mirá, a veces las cosas funcionan y otras no.

Seamos tan sólo amigos los próximos eones y veamos qué sucede. ¿Qué tal si buscás por otro lado? Seguro que te acordás que Abraham tenía otra familia de parte de Ismael (los mismos que consiguieron el petróleo). ¿Qué tal si los hacés a ellos tu Pueblo Elegido por unos miles de años? Nos despedimos vos con todo respeto. Atentamente,

Los judíos.

Los chicos de Hitler. William E. Grim

Traducción: Diana Wang[1]

No soy judío. Ningún miembro de mi familia murió en el Holocausto. El antisemitismo ha sido siempre para mí uno de aquellos fenómenos que mi radar no registra, como los asesinatos tribales en Ruanda, esas cosas terribles que le pasan a los demás.

Pero vivo en una pequeña ciudad en las afueras de Munich en una calle que hasta mayo de 1945 se llamaba Adolf-Hitler-Strasse. Trabajo en Munich, una agradable ciudad metropolitana de algo más de un millón de habitantes cuyo encanto bávaro tiende a oscurecer el hecho de que fue la cuna y capital del movimiento Nazi. Cada día, cuando voy a trabajar, paso por los lugares donde vivió Hitler, edificios que aún existen, donde fueron tomadas las decisiones de matar a millones de personas inocentes, plazas y espacios en donde se quemaron libros, desfilaban las tropas de los SS y gente fue ejecutada. La proximidad del mal concentra y focaliza la atención porque antepone la realidad física a las narrativas escritas de los horrores perpetrados por los alemanes.

Luego suceden las pequeñas cosas que se suman y en la suma, se convierten en algo siniestro. Estoy en un ómnibus y un adolescente le pasa a un compañero un ejemplar de “Mi Lucha” que pertenecía a su abuelo, encuadernado en cuero rojo; el receptor dice “genial!” y saca de su mochila un video producido en Suiza de “Los Grandes Discursos de Joseph Goebbels." Pocas semanas después, estoy en una reunión de trabajo con cuatro alemanes jóvenes y sofisticados, que se conducen de manera amable y educada. Cuando el tema de conversación pasa a ser un convenio comercial con un hombre de Nueva York llamado Rubinstein, sus narices se distienden, sus modos adquieren un aire amenazador y uno de ellos dice, y lo cito textualmente, “El problema con los Estados Unidos es que los judíos tienen todo el dinero." Todos ríen y otro dice, "sí, a los judíos les importa mucho el dinero."

Encuentro que este tipo de referencia antisemita en mis tratos profesionales con alemanes se vuelven pronto un leitmotif (tomando prestado el término que hizo famoso Richard Wagner, otro notorio alemán antisemita). En mis encuentros privados con alemanes, sucede con frecuencia que se aflojan después de un tiempo y revelan opiniones personales y tendencias políticas que se suponía que habían dejado de existir en aquel bunker en Berlín un 30 de abril de 1945.

Tal vez se deba a que soy rubio y a que mi apellido suena alemán, el que los alemanes sientan que soy “uno de ellos”. También muestra cuánto comprenden de lo que significa ser un norteamericano.

Cualquiera sea la razón, las conversaciones tienen generalmente uno o más de los siguientes componentes:

(1) Fue desafortunado que los Estados Unidos y Alemania lucharan como enemigos durante la Segunda Guerra, dado que el enemigo real era Rusia.

(2) Sí, los Nazis cometieron excesos, pero en las guerras suceden cosas terribles. Al mismo tiempo, el panorama del Holocausto ha sido muy exagerado por los medios norteamericanos que están dominados por judíos.

(3) La CNN está controlada por judíos norteamericanos y es anti palestina. (Sí, ya sé que suena increíble, pero incluso entre los alemanes más inteligentes, aún aquéllos con clara influencia sajona, hay una creencia extendida de que la red de noticias fundada por el mejor amigo de Fidel Castro, Ted Turner, quien hasta hace poco estaba casado con la hanoísta Jane Fonda, es un enclave de la propaganda pro israelí )

(4) Casi todos los alemanes se opusieron al Tercer Reich y nadie en Alemania sabía nada sobre el asesinato de los judíos; los judíos mismos fueron los responsables del Holocausto.

(5) Ariel Sharon es peor que Hitler y los israelíes son Nazis. Los EEUU apoyan a Israel sólo porque los judíos controlan al gobierno norteamericano y a los medios.

Por primera vez en mi vida, fui conciente del antisemitismo. Por cierto que el antisemitismo existe y ha existido en otras partes pero en ninguna sus consecuencias han sido tan devastadoras como en Alemania.

Mirándolo de la manera más objetiva posible, 2002 ha sido un año ejemplar para el antisemitismo en Alemania. Ataques a sinagogas; profanaciones en cementerios judíos; el gran best seller alemán fue la novela de Martin Walser “Muerte de un crítico”, un texto ligeramente velado que contiene claves maliciosas y ataques antisemitas sobre el conocido crítico literario Marcel Reich-Ranicki (sobreviviente tanto del gueto de Varsovia como de Auschwitz); el partido Democrático Libre ha adoptado extraoficialmente el antisemitismo como campaña táctica para atraer a la minoría musulmana; y los historiadores revisionistas alemanes están empezando ahora a definir a la perpetración alemana en la Segunda Guerra y al Holocausto no como Crímenes Contra la Humanidad sino como tempranas batallas (con lamentables pero comprensibles excesos) en la guerra fría contra el comunismo.

La situación es tan mala que a los judíos alemanes se les sugiere no usar en público nada que los pueda identificar como judíos porque su seguridad no puede ser garantizada.

¿Cómo puede ser posible? ¿No es ésta la “Nueva Alemania” que durante 57 años no tuvo Holocaustos ni pogroms, en donde la verdad, la justicia y el estilo alemán prevalecen por sobre el bienestar económico, el alto standard de vida que es la envidia de los vecinos europeos y una constitución que garantiza la libertad para todos sea cuál sea su raza, credo u origen nacional? ¿Qué cambió? La respuesta es: absolutamente nada.

My hipótesis es muy simple. Mientras Alemania no tiene ya el poder militar para avalar la ideología racista Nazi y mientras las manifestaciones extremas del Nazismo son oficialmente ilegales, las condiciones internas –esto es, las actitudes, la cosmovisión y las presunciones culturales- que llevaron al surgimiento del partido Nazi en Alemania están todavía presentes porque constituyen componentes básicos de la identidad alemana. El Nazismo no era una aberración; era la destilación de la psique alemana en sus elementos esenciales. El Nazismo externo puede haber sido derrotado en mayo de 1945; el interno, sin embargo, permanece, y siempre permanecerá, una amenaza potencial siempre que exista una entidad política y/o cultural conocida como Alemania.

Esperen un poco, escucho mucha gente decir “no podés sostener que los alemanes son tan antisemitas hoy como lo fueron durante los años 1933-1945”. Es verdad que la Alemania de hoy es muy diferente que la del Tercer Reich. Lo que cambió es que debido a su total derrota ante los aliados, Alemania hoy es un estado cliente de los Estados Unidos y debe hacer bien los deberes. Esto significa la represión del antisemitismo abierto. Es malo para los negocios.

La otra cosa que ha cambiado es que, aunque Hitler perdió la Segunda Guerra, tuvo un éxito fenomenal en el terreno ideológico. Alemania, y por cierto Europa entera, está esencialmente Judenfrei (libre de judíos) hoy debido a la eficacia y celo de los alemanes mientras perpetraron el Holocausto durante el Tercer Reich. Se podría, de hecho, plantear de manera muy convincente que el Nazismo es uno de los programas políticos más exitosos de nuestro tiempo. Cumplió más objetivos en corto tiempo que cualquier otro movimiento político comparable y cambió de manera permanente la apariencia y estructura política de varios continentes. Alemania es rica, estable, inexorablemente burguesa y para todo propósito e intención, libre de judíos.

Sí, hay una pequeña minoría de judíos, ubicados en su mayoría en Berlín, y sí, ha habido un número de judíos procedentes de la ex Unión Soviética que han emigrado a Alemania, pero la mayoría de los inmigrantes de Rusia no son judíos practicantes y hacen poco o nada para promover una identidad judeo-alemana. El resultado de todo es que Alemania hoy puede cosechar los beneficios de las políticas antisemitas de Hitler mientras paga el precio verbal y declarativo de la “necesidad de recordar”.

El joven Fritz no precisa ser abiertamente antisemita hoy gracias a que la generación de su abuelo hizo un trabajo tan exhaustivo durante el Holocausto. No hay ya tantos judíos para odiar, y además, los alemanes tienen a sus viejos camaradas, los árabes, para que actúen de odiadores en su lugar. El gran apoyo que los palestinos reciben de los alemanes podría ser entendido como una forma de antisemitismo por delegación.

El gobierno alemán ha hecho pagos en efectivo al Estado de Israel así como a judíos individuales, para compensar por asesinatos, tortura, prisión, trabajo esclavo y genocidio. Hablen con la mayoría de los alemanes y verán pronto que creen que la cuenta entre Alemania y los judíos ya está saldada, que de alguna manera, la recuperación de una parte de lo que los alemanes le robaron a los judíos es una recompensa adecuada por el asesinato deliberado de millones de personas. Si piensan que los alemanes lamentan sinceramente por lo que le hicieron a los judíos, piensen otra vez. No hubo nunca un oficial "tut mir leid" (me apena, lo lamento) ofrecido por los alemanes a las víctimas del Holocausto y sus descendientes porque ello implicaría la admisión de la culpabilidad. Alemania ha pagado los reclamos sin expresar responsabilidad, de la misma manera que la Ford Motor Company acepta el reemplazo o la indemnización por partes dañadas de sus automóviles. Se hace para evitar la responsabilidad civil.

He mencionado antes que los alemanes apoyan de manera abrumadora a los palestinos como opuestos a los israelíes, y que este apoyo abrumador representa una forma de antisemitismo por delegación. Los alemanes pueden argumentar que apoyan a los palestinos porque creen que son un “pueblo oprimido”, pero seamos honestos, apoyan a los palestinos y a sus dirigentes árabes porque comparten los mismos ideales que los Nazis.

Hay una larga historia de la cooperación alemana con los árabes. En 1942, Hitler personalmente aseguró al Mufti de Jerusalém que tan pronto como Alemania conquistara Gran Bretaña, los judíos de Palestina (que estaba entonces bajo control del Mandato Británico) serían exterminados.

Debemos recordar también que los terroristas árabes que perpetraron las atrocidades del 9 de septiembre, planificaron sus acciones en Alemania. Hay varias razones para ello. La primera es el caos desmañado y descentralizado de la burocracia federal alemana donde, literalmente, la mano “izquierda” no sabe lo que hace la “derecha”. La segunda es que los terroristas árabes pueden contar con un número sustancial de alemanes que comparten sus creencias anti norteamericanas y antisemitas. Los ex miembros de las SS y los guardias pretorianos de Hitler, junto con los simpatizantes neo-Nazis que se reúnen semanalmente en cervecerías de Munich, hicieron a Osama ben Laden “ario honorario” después del ataque del 9 de septiembre.

Mein Kampf (Mi lucha) es también un best seller en el mundo árabe, especialmente en Arabia Saudita, el “amigo” putativo de los Estados Unidos. Efectivamente, hay pocas diferencias entre la cháchara antisemita de Hitler y la de los así llamados “líderes espirituales” de al-Qaeda, Hamas, y Fatah. Los árabes le deben mucho a Hitler y a los alemanes. Hitler eliminó a los judíos y Konrad Adenauer y sus descendientes “democráticos" los reemplazaron con turcos. Sí, los turcos no son árabes, pero son musulmanes y aunque Turquía sea miembro de la NATO y tenga relaciones con Israel, muchos turcos se identifican con sus correligionarios radicales árabes y los apoyan. Turquía es una democracia frágil como lo fue la República de Weimar durante los veintes. No sería muy difícil para los turcos deslizarse hacia el lado oscuro del extremismo musulmán.

El resultado final de la inmigración turca a Alemania tiene dos caras: (1) permite a Alemania fingir liberalismo y apertura a la libertad y a la diversidad y (2) al reemplazar a los judíos que asesinaron con musulmanes que, en su mayor parte son tan perversamente antisemitas como lo fueron los Nazis, los alemanes han asegurado cínicamente que los pocos judíos que viven en Alemania estén imposibilitados de reconquistar el poder político aún en un rol minoritario.

Un argumento final que me gustaría hacer en relación al resurgimiento del antisemitismo en Alemania es uno que podría tomarse como dispar con la evidencia prima-facie o incluso aparecer como estirando los límites del sentido común. Aún así, pido consideración cuidadosa a mi línea de razonamiento.

En muchos sentidos Alemania se salió con las suyas sin pagar demasiado. Sí, muchos alemanes murieron como resultado de la perpetración alemana en la Segunda Guerra y el Holocausto, y sí, hubo mucha destrucción física en el país, pero la situación se parece a la del chico que roba una galletita de la bandeja en la que se enfría sobre la mesada de la cocina. Por su acto podría recibir de su madre una palmada en la mano pero la galletita robada ya fue comida.

Después de haber cometido el peor crimen en la historia de la humanidad, los alemanes obtuvieron el permiso de recuperar su soberanía después de tan sólo diez años; su infraestructura fue completamente reconstruida gracias a la generosidad del pueblo norteamericano; y relativamente pocos alemanes fueron llevados a juicio por sus crímenes monstruosos. Aún aquéllos que fueron juzgados y sentenciados recibieron penas relativamente breves o las redujeron o conmutaron en amnistías generales. Por ejemplo, algunos miembros de los Einsatzkommandos (fuerzas especiales), los alemanes que, antes de la construcción de los campos de exterminio, cazaron y asesinaron a cientos de miles de judíos, recibieron penas tan breves como cinco años de prisión.

Si hubiera verdadera justicia en el mundo, Alemania no debería existir como país independiente y tendría hace bastante su territorio dividido y dispersado entre los aliados. Fue una coincidencia histórica infortunada que la Guerra Fría comenzara justo cuando Alemania estaba por ser llevada a los estrados por sus muchos delitos, crímenes y atrocidades desde la Primera Guerra Mundial. La nueva amenaza de la Unión Soviética tuvo preeminencia sobre un arreglo justo de las cuentas con Alemania. El resultado trágico es que muchos de los países violados y expoliados por Alemania, tales como la República Checa y Polonia, están recién ahora emergiendo de décadas de declinación económica, mientras Alemania –gorda, saciada, arrogante, autosatisfecha y esencialmente Judenfrei (libre de judíos)- ha disfrutado cuatro décadas de prosperidad económica inmerecida.

No podemos volver atrás el reloj para rediseñar los errores históricos que han sido cometidos por los alemanes, pero hay una cantidad de cosas que pueden ser hechas para asegurar que Alemania no pueda estar otra vez en la posición de amenazar al resto del mundo civilizado.

Primero y principal es la hecho de que, mientras no todos los alemanes son antisemitas, hay una tendencia antisemita en la cultura alemana que se extiende en el pasado hasta los tiempos de Martín Lutero. Los alemanes son instintivamente antisemitas del mismo modo en que los norteamericanos son instintivamente amantes de la libertad. El antisemitismo ha sido y, desafortunadamente sigue siendo, la ideología por default –natural- del pueblo alemán. Si todo siguiera igual, los alemanes apoyarían instintivamente a los enemigos del Estado de Israel. Por ello, los Estados Unidos necesitarán monitorear cuidadosamente y estar listos y decididos políticamente para intervenir con rapidez en los asuntos alemanes cuando se vea que Alemania se desliza hacia el antisemitismo.

Adicionalmente, debiera ser un objetivo de la política exterior norteamericana, la oposición y aceleración del desmembramiento de la Unión Europea. No debemos permitir la dominación alemana sobre la UE para conseguir, por medio de maniobras parlamentarias y arreglos privados lo que Hitler y los alemanes no pudieron en el Tercer Reich. Dado el resurgimiento del antisemitismo alemán (y el de Francia también) una Unión Europea fuertemente dominada por Alemania que tolera e incluso estimula aún tibiamente el antisemitismo, y es un aliado diplomático del mundo árabe, es la mayor amenaza potencial al judaísmo desde la Alemania Nazi y la mayor amenaza para los Estados Unidos también.

Los enemigos de Israel son los enemigos de los Estados Unidos. Que todos los judíos y todos los norteamericanos estemos unidos al proclamar “nunca más” tanto al Holocausto como al 9 de septiembre.

William E. Grim es un escritor que vive en Alemania y es nativo de Columbus, Ohio. Puede ser contactado en wgrim@myrealbox.comand.

Más sobre Willian Grin en The Official William E. Grim Website (www.williamegrim.tripod.com).

[1] A pesar de no coincidir con la totalidad de los planteos de su autor, en especial en relación al lugar que asigna a los Estados Unidos, consideré que sus reflexiones y aportes provocadores y valientes son merecedores de una traducción para que pudieran ser conocidos por quienes no leen en inglés. En la vieja polémica sobre la culpabilización del pueblo alemán, es éste un texto disparador de debate que agrega puntualizaciones de actualidad al complejo universo de lo judío en el mundo con sus ingredientes económicos y geopolíticos. Diana Wang

Limpieza étnica - Moacyr Scliar

publicado en Folha de São Paulo, 29 de abril de 2002 - Traducción: Diana Wang -

Al final, después de mucho tiempo, sucedió: accedieron al gobierno. Y, de inmediato, resolvieron implementar lo que consideraban su sagrada misión: limpiar el país de todo elemento extranjero, un elemento extraño, sospechoso, que sólo traía violencia y dificultades.

Primero echaron a los africanos. Cosa relativamente fácil: se los identificaba por el color. Además, como eran recién llegados, no podían protestar. De modo que fueron embarcados, por millares, y despachados a sus lugares de origen.

Después fueron los musulmanes. También muchos y también relativamente fáciles de identificar. Igual procedimiento: fletaron grandes naves a bordo de las que los llamados indeseables iniciaron su viaje de regreso.

Después de los musulmanes, los judíos. Elección obvia, incluso para que no se dijera que el gobierno mostraba alguna parcialidad en el conflicto de Medio Oriente. Surgieron algunos problemas: muchos judíos eran recién llegados –estaban en el país desde hacía medio siglo apenas- pero otros podía mostrar árboles genealógicos que se remontaban a la Edad Media. No sirvió de nada sin embargo tal argumentación. La comisión que investigaba sumariamente los antecedentes étnicos de los ciudadanos declaró que aquello no confería a la nacionalidad ningún grado de pureza. De modo que esos judíos arcaicos –un término usado por la comisión- fueron colocados también en naves (o en trenes: una excepción exclusiva creada para ellos) y fueron echados del país.

Consultando los manuales de historia, la comisión constató la presencia en la antigüedad de otros intrusos: los romanos. Era, naturalmente, todo un problema. Pero fue establecido un llamado perfil latino, con parámetros tales como altura, color de ojos y de pelo, apellido, que permitían descubrir, con razonable grado de seguridad, a los descendientes de los antiguos invasores. Que fueron, igual que los otros (si bien con un poco más de respeto) expulsados.

Pero, antes de los romanos, ya existían los galos. Como los otros grupos, habían venido de afuera; también ellos podrían ser considerados forasteros. Claro que la tradición gala era muy sólida, expresada en simpáticos personajes como el de Asterix, pero la comisión decidió que un principio era un principio, y de este modo todos los que podrían tener cualquier residuo de sangre galesa en las venas fueron expulsados.

Ya entonces no sobraba nadie en el país. Ni siquiera la comisión, cuyos miembros se habían declarado alienígenas y se habían echado. Y la cuestión era: ¿quién, al final, podría denominarse auténtico habitante del país?

Es un problema. Se sabe que, en una caverna de heladas montañas, existe el cadáver bien preservado de un hombre que estuvo allí durante millones de años. Con células de ese nativo podrían fabricarse clones que, estos sí, constituirían el embrión de una nacionalidad auténtica.

Un procedimiento relativamente simple.

Pero no queda nadie para llevarlo a cabo.

http://www.uol.com.br/fsp/cotidian/ff2904200207.htm

Polacos piden perdón- Janecki y Mac

"Por nuestras faltas, pedimos disculpas a los judíos y solicitamos su perdón"

Stanislaw   Janecki - Jerzy Slawomir Mac

Stanislaw Janecki - Jerzy Slawomir Mac

Artículo publicado en polaco en el Poznan Wprost el 25 de marzo de 2001, por Stanislaw Janecki y Jerzy Slawomir Mac - Traducción: Diana Wang

Los polacos no son co-responsables por el Holocausto pero comparten la responsabilidad por el destino de los judío polacos durante el mismo. “No hay responsabilidad colectiva pero hay responsabilidad por el colectivo” dijo Czeslaw Bielecki, responsable de la Comisión de Relaciones Exteriores del Sejm (parlamento) Este es el porque de nuestras disculpas a los judíos en nombre del estado, sociedad y cada uno de nosotros. Pedimos disculpas por nuestro propio bien, para expiar el hecho y entrar al siglo XXI con la conciencia limpia. Pedimos disculpas por el “silencio de los inocentes”, por la pasividad de la mayoría de los polacos, por los “pobres polacos que miraban los ghettos”, por los que miraban a los trenes rumbo a Treblinka. Por aquellos a los que no les importó las estrellas de David dibujadas en un patíbulo. Por los fiscales que no creían que las crudas bromas antisemitas y los folletos propagando mentiras acerca de Auschwitz merecieran su esfuerzo.

Pedimos disculpas por aquellos que han usado la ocultación del crimen de Jedwabne como otra manera de expresar fobias antisemitas y estereotipos, lavarle el cerebro a la gente, trasladar la culpa de los pecados cometidos por polacos contra los judíos a los propios judíos y negar el Holocausto. Finalmente pedimos disculpas por aquellos que no quieren disculparse por todo esto. Nos disculpamos aun cuando nadie encontró que esto sea fácil - ni los franceses, ni los húngaros, ni los eslovacos ni los rumanos.

Pecado Nº Uno: Silencio

“No se puede ser pasivo frente al crimen. Quien permanezca en silencio mientras se comete un crimen, se convierte en cómplice del criminal. Quien no condena, condona” Esto lo escribió Zofia Kossak-Szczucka en 1942, en un folleto publicado por el Frente para el Renacimiento Polaco. “El crimen nos gobierna hasta que confesamos nuestros pecados y nos arrepentimos. No deben ser buscadas circunstancias atenuantes o excusas si se quiere restaurar el orden divino y la clara conciencia”, dijo el Padre Profesor Josef Tischner. “Nada debe ser ponderado. Dijo el Padre Tischner: "El peso del pecado no puede ser sacudido de encima buscando diversos “peros” o citando contextos históricos, psicológicos o sociales. Si no, en lugar de arrepentirnos, nos volveremos arrogantes. En lugar de contrición reconoceremos banalmente la existencia del mal”

Pecado Nº Dos: Indiferencia

Pedimos perdón a los judíos por la indiferencia con el Holocausto. Por el hecho que mientras el Ghetto de Varsovia ardía, la gente del lado ario montaba en calesitas y algunos cantaban: “El querido Hitler le enseñó a esos judíos del ghetto como se trabaja”. Pedimos perdón por la católica Caritas, que ayudó fundamentalmente a aquellos judíos de los ghettos que se habían bautizado. Admitimos nuestra culpa por lo que escribió Emanuel Ringelblum en la “Crónica del Ghetto de Varsovia”: “La cooperación de soldados alemanes, oficiales de la Gestapo y volksdeutschen con los antisemitas polacos rindió una rica cosecha en la forma de negocios judíos abandonados y depósitos asaltados y completamente saqueados”.

Debemos también asumir la responsabilidad por que a fines de 1940 muchos judíos escondidos en el lado ario prefirieran buscar asilo en el ghetto para no sufrir la persecución de sus vecinos polacos. Debemos pedir perdón por que opiniones como la vertida en la revista Narod en agosto de 1942 eran la regla y no la excepción: “No hay razón para esforzarse en falsos lamentos por una nación en extinción que nunca estuvo cerca de nuestros corazones” Por que Szaniec, una publicación del Campo Nacional Radical, se atrevió a escribir cuando el ghetto de Varsovia era liquidado: “Los alemanes están liquidando las canteras judías en forma más eficiente que cualquier otro, particularmente nosotros, lo hubiese hecho”.

Inclinemos nuestras cabezas cuando ponderamos los destinos de aquellos que no perecieron y han escuchado opiniones tales como “dado que sobrevivieron deben haber colaborado con los alemanes”. Los sobrevivientes del ghetto fueron masacrados aún durante el levantamiento - cerca de 30 lo fueron en la calle Dluga, 15 en Prosta. Así es como los polacos respondieron a la participación de 500 sobrevivientes judíos de la lucha.

Pecado Nº Tres: Codicia

Pedimos perdón a los judíos por la codicia de nuestros compatriotas polacos. Por tomar las casas judías (en 1939 los judíos eran propietarios del 40% de las casas en Varsovia), sus negocios y fábricas. Por tomar sus contactos comerciales, mobiliario y objetos de valor. Hasta la fecha nadie ha estimado las ganancias materiales que los polacos, especialmente los habitantes de los shtetlej, obtuvieron con la exterminación de sus vecinos judíos. Por 60 años, la gente de Jedwabne hablaba abiertamente de quien se apropió de negocios judíos, quien construyó casas en tierras anteriormente de judíos, quien compró autos “con el oro judío”. Conversaciones similares fueron mantenidas en todo el país.

Cuando Jan Karski llegó a Polonia en 1943 y visitó el ghetto de Varsovia, notó que: “La actitud de los polacos hacia los judíos es en general despiadada, a menudo cruel. Sacan ventajas del privilegio que la nueva situación les da y frecuentemente abusan de ellos. Esto no los hace diferente de los alemanes en muchos aspectos”. La exterminación de los judíos atizó aún más el odio de muchos polacos por las víctimas. Un informe escrito al final de la guerra por Knoll, jefe de la división de Asuntos Etnicos de la representación local del Gobierno Polaco, prevenía a los sobrevivientes judíos de regresar, porque “la población polaca que se enriqueció después que los judíos fueran encerrados en los ghettos, va a reaccionar violentamente contra ellos”

Este clima de “aprobación por la indiferencia, aún por la hostilidad” infiltró también instituciones del estado clandestino “El gobierno polaco no ha hecho nada que pueda ser comparable a la tremenda tragedia que se esta desarrollando en Polonia” dijo Shmuel (Arthur) Zygelbaum - miembro del Consejo Nacional Polaco en Londres - en su carta de despedida al presidente Raczkiewicz y al Primer Ministro Sikorski. Zygelbaum se suicidó cuando el levantamiento del ghetto de Varsovia fue aplastado el 12 de mayo de 1943.

Pecado Nº Cuatro: Cobardía

Pedimos perdón a los judíos por la falta de participación y coraje. Ya que nos arreglamos para ocultar varios miles de personas en monasterios, iglesias, palacios y casas solariegas durante toda la guerra, ¿por qué no ayudamos en una escala mayor? Después de todo, había pena de muerte no solo por ocultar judíos, sino por carnear ilegalmente un chancho, escuchar la radio, olvidarse de registrar una vaca y aún por hornear pan en secreto. Cualquiera involucrado con el gobierno clandestino - y hubo varios millones de esa gente - también se arriesgaban a la pena capital. ¿Fue la lucha por la vida de los conciudadanos judíos no tan importante como la subversión y la actividad publicística de la Armia Krajowa (el ejército clandestino)?

Si los polacos hubiesen ayudado a los judíos tan asiduamente como conspiraron contra el ocupante, los riesgos involucrados hubiesen sido mucho menores. La gente no se hubiese denunciado entre sí y la Gestapo sería inútil. Holanda, donde prácticamente en cada casa se ocultó a un judío, puede servir de ejemplo. En Polonia, sin embargo, conspirar fue una virtud. Ocultar judíos no, aún largamente después que la guerra terminó. Muchos virtuosos polacos no querían ver sus nombres publicados debido a la reacción que podía suscitar en sus comunidades. Antonina Wyrzykowska escondió a siete judíos de Jedwabne. Ella ocultó el hecho hasta a su propio marido, y fue obligada a cruzar el océano para escapar de la venganza de sus vecinos.

 

Pecado Nº Cinco: Ingratitud

Debemos avergonzarnos por nuestra hostilidad hacia los judíos combatientes en los ghettos, dentro de la Organización de Polonia Combatiente, Antyk, o la Agencia Anticomunista. Debemos estar avergonzados porque contribuyeron a defender un estado unificado con dedicación. Había 100.000 judíos en el Ejército Polaco en septiembre de 1939, incluyendo a los movilizados en la reserva. El historiador Filip Friedman estima que 32.000 fueron muertos y 60.000 tomados prisioneros. La mayoría de ellos fueron ulteriormente asesinados.

Mas de 400 judíos en uniforme polaco fueron matados en Katyn. Hay por lo menos 43 tumbas judías del 2º. Cuerpo en el cementerio de Monte Cassino. Fueron matados en Tobruk y en la lucha por Bologna. De acuerdo a la Cruz Roja Polaca en Teherán, un tercio de los ciudadanos polacos deportados a las profundidades del territorio soviético (30%) fueron judíos. Los Soviets los persiguieron con más encarnizamiento que a los polacos. Un mero 6% de los sobrevivientes fue judío. Docenas de miles murieron en los gulags de Vorkuta, Ukhta, Pechor, Arjangelsk y Kotlas. Cientos pasaron por las prisiones de la Lublianka y Brygidki. El profesor Stanislaw Glabinski, un líder del Partido Nacional, y Mojzesz Schorr, un investigador de la cultura judía, fueron puestos juntos en un mismo camastro de la misma celda de la prisión de la KGB en Moscú.

Pecado Nº Seis: Rechazo

Pedimos disculpas por los pecados polacos porque los más de 3 millones de judíos que vivían en la Segunda República Polaca no eran un "elemento foráneo" como decía la derecha nacionalista. Aún los judíos ortodoxos de Agudat Israel o los partidos del Poale Sion que apoyaban el establecimiento de un estado judío en Palestina, consideraban a la República Polaca como su madre patria y no querían dejarla. Nada justifica el boycott económico a los judíos. Sus negocios (a principios de 1930 eran el 27% de todas las compañías polacas) pagaban honestamente impuestos, creaban puestos de trabajo para polacos y tuvieron una gran participación en la exportación. Tenemos que sentirnos avergonzados que el Primer Ministro Polaco General Felicjan Slawoj-Skladkowdki haya dicho: "Lucha económica sí, pero sin producir daño". Este "sí" le dio aire a los organizadores del boycott a negocios judíos y a las bandas que destruyeron sus vidrieras y no dejaron a los clientes entrar en ellos. Debemos sentirnos avergonzados del Vice-Primer Ministro Eugeniusz Kwiatkowski quien criticó a los Estados Unidos por admitir muy pocos judíos polacos cuando "hay demasiados en Polonia".

Pedimos disculpas por las autoridades que toleraron el antisemitismo que produjo sólo en 1935-1937, ciento cincuenta pogromos. Pedimos perdón a las familias de los asesinados en Przytyk, Grodno, Myslenice, Odrzywol, Czestochowa y Minsk Mazowiecki.

Pecado Nº Siete: Antisemitismo oficial

Pedimos disculpas a los judíos por 700 años de esfuerzo, también legislativo, para hacer de ellos ciudadanos de segunda clase. Por todas las campañas lanzadas en 1938 por el Cardenal Primado de Polonia, August Hlond, quien emitió una carta a los feligreses de todo el país recomendando aislar a los judíos. Pedimos disculpas por los miembros del gobierno polaco que difundieron consignas antisemitas. Roman Rybarski, Vice-Ministro del Tesoro en 1920-1921 (muerto en Auschwitz en 1942) dijo: "El papel de los judíos en nuestra historia económica es incuestionablemente negativo". Esta es una mentira flagrante, considerando cuánto los Kronenberg, Epstein, Natanson, Bloch, Poznanski, Toeplitz, Wawelberg, Rotwand y Orgelbrand hicieron por nuestro país durante las particiones. Y cuanto los Kon, Eiger, Wolanowski, Halperin y Ejtingon cuando Polonia reconquistó su independencia.

Debemos pedir perdón a nuestros conciudadanos judíos por que no mucha gente se comportó como las hijas del Mariscal Pilsudski, que boycotearon la segregación en su clase escolar sentándose junto a sus compañeros judíos. Debemos pedir disculpas por los artículos antisemitas en Maly Dziennik y Rycerz Niepokalanej. Debemos disculparnos por los artículos no cristianos de la revista Pro Christo publicada por los curas Marianistas. Por los panfletos difundidos por la Agencia Católica de Noticias llamando a aislar y echar de las escuelas públicas a maestros y estudiantes judíos. Pedimos perdón por los artículos publicados por el Padre Stanislaw Trzesniak, quien luego colaborara con los Nazis convirtiéndose en candidato a Quisling polaco. Él fue quien echó de la radio pública a Janusz Korczak y le prohibió enseñar.

Pecado Nº ocho: Conciencia Sucia

Nadie puede hacer esto por nosotros. Ninguno va a absolvernos de la responsabilidad de llevar a cabo un auto-exámen y pedir disculpas. El Padre Stanislaw Musial decía: "No tenemos ganas de ajustar las cuentas del pasado en lo que se refiere a las relaciones Polaco-Judías porque nuestra conciencia no está limpia. La mayoría de los polacos étnicos de la Polonia de pre-guerra soñaban con una sola cosa: como deshacerse de los judíos. Ocurrió un milagro de magia "negra". En casi cinco años el 90% de la población judía ciudadana polaca, "desapareció". Los judíos saben que estamos felices por que este problema se resolvió de una vez y para siempre en Polonia, aunque no directamente por nuestras manos. Debido a esto no nos quieren".

Estamos apenados por aquellos judíos que fueron rechazados por su madre patria y se precipitaron en los brazos del comunismo. El mito polaco del establishment comunista judío es simplemente falso. Como la historiadora Profesora Krystyna Kersten ha notado, antes de la guerra había indudablemente muchos judíos entre los comunistas, pero pocos comunistas entre los judíos. Jaff Schatz estima que serían el 0,18 -0,29% de la población judía polaca de pre-guerra, es decir 6.000 a 10.000 en 3,4 millones.

 

Pecado Nº nueve: Obsesión antisionista

Pedimos a los judíos perdonarnos porque la Polonia de post-guerra hizo diversos intentos para resolver "la cuestión judía" con la participación de autoridades y ciudadanos. Un decreto de marzo de 1946 le daba a la propiedad post-judía y post-nazi el mismo status. Después de pequeños incidentes en Rzeszow, Krakow y la región de Podkarpacie, ocurrió el pogromo de Kielce. Luego de eso aproximadamente 200.000 personas abandonaron el país. El Primado Hlond y los Obispos Kaczmarek y Wyszynski se negaron a condenar el crimen. El único virtuoso fue el Ordinario de Czestochowa Teodor Kubina. Con un sermón ayudó a prevenir que se repitiese en su ciudad el pogromo de Kielce.

Pedimos disculpas a las docenas de miles de judíos que dejaron Polonia entre 1949 y 1957. Se fueron porque la participación de algunos judíos en el aparato de terror fue ampliamente publicado (Krystyna Kersten ha establecido que de los 28.000 cuadros de los Servicios "infestados de judíos", solo 438 eran judíos) Más aún, toda forma de vida judía que renació en la post-guerra fue destruida: Partidos, comunidades religiosas, filiales del Joint y la Sojnut. De las asociaciones culturales y de ayuda mutua, en 1950 solo quedó una (controlada por el Partido)

Pedimos perdón porque cientos de miles de voluntarios, también de la así llamada elite intelectual, tomaron parte en denunciar y acosar a los "Sionistas" en marzo de 1968. Como escribió Jerzy Zawieyski, le debemos a ellos que "en muchos lugares Polonia sea vista como el país más intensamente violento y antisemita". Él fue perseguido por haber protestado contra la caza de brujas de marzo. Estamos avergonzados que todo lo que haya tenido que ver con judeidad haya sido eliminado de la vida pública durante el período de Gierek (los años 70) En cursos de formación del Partido se le dijo a la gente que no había mucha inversión en la región de Kielce porque los sionistas del exterior se negaban a extender préstamos en venganza por lo de 1946. Cuando Jerzy Stepien, más tarde senador del Comité Cívico Parlamentario, ordenó en 1980 una misa para recordar a las víctimas del pogromo, lo trataron de judío. Por 12 años hasta 1980, los judíos eran rechazados de las Fuerzas Armadas. Como resultado de ello, 1348 personas, desde generales hasta cabos-cadetes, fueron degradadas. En esa época era ministro de defensa Wojciech Jaruzelski.

Pecado Nº Diez: Antisemitismo extenso

Pedimos perdón por la retórica antisemita usada para atraer votantes en las elecciones de la Polonia independiente después de 1989. Cinco de los 13 candidatos en la última campaña presidencial así lo hicieron. Casi un quinto de los 91 diputados del Sejm firmaron una carta antisemita escrita por el diputado Witold Tomczak respecto del director del Zacheta (museo estatal de arte que hasta hace poco estaba dirigido por Anda Rosenberg quien por esa época renunció) Debemos también sentirnos avergonzados porque los kioscos y librerías están llenos de literatura antisemita y abiertamente fascista, de bromas antijudías que son copias del Stuermer, de negación del Holocausto. La deportación y el genocidio son alabados en reuniones neo-nazis. Organizaciones que tienen como referencia la ideología del Tercer Reich operan libremente y el "Heil Hitler" se grita en las fiestas nacionales. Ha llegado a los polacos la hora del arrepentimiento y la expresión del remordimiento. También porque los judíos hace mucho ya que han ajustado sus cuentas con el pasado comunista. Los hijos de los aparatchiki y funcionarios del Partido han fundado los Comités de Defensa de los Trabajadores y Solidarnosc. Ellos fueron enviados a prisión, hicieron huelgas de hambre y sufrieron humillaciones para que "Polonia pueda ser Polaca". Sus hijos y los nietos de otros, expresaron significativamente su remordimiento publicando hace un año, un número especial de Jidele titulado "Judios y Comunismo". Una gran parte del mismo estuvo dedicada al debate entre nietos del "establishment judío-comunista" Aunque nacieron 20 años después de la muerte de Stalin, no renuncian a la responsabilidad por el mal al que contribuyeron sus predecesores. "No solo somos los nietos. Yo aun me considero parte del establishment judío-comunista", dice uno de ellos, Piotr Pazinski. Ellos cargan con el peso del pasado y se arrepienten. Lo mismo que los jóvenes alemanes de Acción para Expresar Arrepentimiento, quienes se sienten responsables por sus abuelos en la Wehrmacht y las SS.Solo nosotros polacos, no nos sentimos responsables por los errores y pecados de nuestros antepasados y vecinos. No los muertos, sino sus hijos y nietos esperan nuestras disculpas. Un solitario "me disculpo" no va a terminar con el tema aunque provenga del Jefe del Estado. Todos y cada uno de nosotros debe pedir perdón.

(el Poznan Wprost es una revista líder del grupo político centrista polaco)

Polacos y judíos: ¿cuán profunda es la culpa? - Adam Michnik

Publicado en The New York Times. Marzo 17, 2001 - Traducción: Diana Wang

 

Adam Michnik

Adam Michnik

El 10 de julio de 1941, 1,600 judíos, casi la total población judía del pueblo polaco Jedwabne (pronúnciese iedvabne), fue asesinada por sus vecinos polacos. Algunos fueron perseguidos y asesinados con palos, hachas y cuchillos; la mayoría fue arreada a un granero y quemada viva. Aunque la matanza no fue secreta, oficialmente fueron culpados los ocupantes nazis. Había un monumento en Jedwabne donde decía: "Sitio de martirologio del pueblo judío. La Gestapo hitleriana y la gendarmería quemaron 1600 personas vivas en 10 de julio de 1941”.

El pasado mayo, Jan T. Gross, historiador en la Universidad de New York, publicó en Polonia “Vecinos: la destrucción de la comunidad judía en Jedwabne". El libro, que saldrá en los Estados Unidos en abril, documenta con escalofriantes detalles la masacre llevada a cabo por ciudadanos polacos. En un país cuyos habitantes no se consideran villanos sino mártires de guerra, el libro de Gross provocó una tormenta de debates en las esquinas, en los cafés, en las aulas y entre los dirigentes políticos y religiosos. Algunos polacos han continuado negando la responsabilidad polaca, pero la mayoría intentó enfrentar la historia nacional de antisemitismo y la pregunta sobre la culpa colectiva. El cardenal Jozef Glemp, primado de la Iglesia Católica y el presidente Aleksander Kwasniewski han pedido perdón públicamente y el jueves, fue quitado el memorial de Jedwabne. Adam Michnik es un historiador y un disidente que pasó seis años en prisión bajo el régimen comunista de posguerra, participó como consejero del líder de Solidaridad Lech Walesa y es ahora el editor en jefe del Gazeta Wyborcza, el diario más importante de Polonia. Escribió este artículo para el The New York Times que fue traducido del polaco por Ewa Zadrzynska.

 

¿Los polacos tienen tanta culpa como los alemanes por el holocausto? Es difícil imaginar un reclamo más absurdo.

No hay una sola familia polaca que no ha sido atacada por Hitler y Stalin. Los dos dictadores totalitarios masacraron a tres millones de polacos y a tres millones de ciudadanos polacos armados catalogados como judíos por los nazis.

Polonia fue el primer país en oponerse a las demandas de Hitler y el primero en enfrentar su agresión. Polonia nunca tuvo un Quisling. Ningún regimiento polaco luchó por el Tercer Reich. Traicionados por el pacto Ribbentrop-Molotov, los polacos lucharon junto a las fuerzas anti-nazis desde el primero hasta el último día. En el interior de Polonia la resistencia a la ocupación alemana se acrecentaba.

El primer ministro británico homenajeó a los polacos por su actuación en la Batalla de Gran Bretaña y el presidente de los Estados Unidos llamó a los polacos la “inspiración” del mundo. Ello sin embargo no los salvó de ser entregados a las garras de Stalin en Yalta. Los héroes de la resistencia polaca –enemigos del comunismo stalinista- terminaron en los gulags soviéticos y en las prisiones comunistas polacas.

Todas estas verdades contribuyen a la imagen que los polacos tienen de sí mismos como inocentes y nobles víctimas de la intriga y la violencia extranjeras.

Después de la guerra, mientras occidente era incapaz de reflexionar sobre lo que había sucedido, el terror stalinista calló la discusión pública polaca sobre la guerra, el holocausto y el antisemitismo. Recordemos que las tradiciones antisemitas estaban profundamente enraizadas en Polonia. En el siglo 19, cuando el estado polaco no existía, la nación moderna a punto de emerger estaba moldeada tanto por lazos étnicos y religiosos como por la oposición de vecinos antagónicos, históricamente hostiles al sueño de la independencia polaca. El antisemitismo era el adhesivo ideológico de las agrupaciones importantes del nacionalismo político. Más tarde también fue usado como herramienta por los ocupantes rusos siguiendo el principio “divide y reinarás”.

En las décadas de 1920 y 30, el antisemitismo se adueñó de la escena, como programa de la derecha radical nacionalista y podía ser detectado en los pronunciamientos de la jerarquía de la Iglesia Católica. Aunque históricamente Polonia había sido un refugio relativamente seguro, los judíos comenzaron a sentirse crecientemente discriminados e inseguros. Con la ayuda de ruidosos grupos antisemitas, tenían asientos segregados en las universidades y eran hostigados y atacados en pogroms.

Durante la ocupación de Hitler, los nacionalistas polacos y la derecha antisemita, no colaboraron con los nazis como lo hizo la derecha en los otros países europeos; por el contrario, participaron activamente en el movimiento anti-hitleriano clandestino. Los antisemitas polacos lucharon contra Hitler y algunos incluso rescataron judíos aunque ello estuviera penado con la muerte.

Tenemos entonces una singular paradoja polaca: en territorio ocupado polaco, una persona antisemita, podía ser un héroe de la resistencia y un salvador de judíos. Catorce años atrás, un texto nos recordó el muy conocido llamado a la salvación de judíos que había sido publicado en agosto de 1942 por la famosa escritora polaca católica Zofia Kossak-Szczucka. Se refería a los cientos de miles de judíos en el gueto de Varsovia esperando la muerte sin esperanzas de rescate y cómo el mundo entero –Inglaterra, Estados Unidos, los judíos de todas partes y los polacos- permanecía en silencio. “Los judíos moribundos están rodeados por Pilatos lavándose las manos” escribió, “el silencio no puede ya ser tolerado. Sin considerar cuáles son sus razones, el silencio es una desgracia”. Hablando de los polacos católicos, siguió “nuestros sentimientos sobre los judíos no han cambiado. Aún los consideramos como enemigos políticos, económicos e ideológicos de Polonia. Inclusive sabemos que ellos nos odian aún más que lo que odian a los alemanes, que nos hacen responsables de su desgracia... El conocimiento de estos sentimientos no nos alivia del deber de condenar el crimen. No queremos ser Pilatos. No tenemos la oportunidad de actuar contra los crímenes alemanes, no podemos ayudar a salvar a nadie, pero protestamos desde lo más hondo de nuestros corazones, llenos de compasión, indignación y pena... La participación forzada de la nación polaca en este sangriento espectáculo, que está siendo llevado a cabo en suelo polaco, puede alimentar la indiferencia de los que están equivocados, el sadismo y sobre todo la siniestra convicción de que uno puede matar a sus vecinos y permanecer impune.”

Este extraordinario llamado, lleno de idealismo y valor y al mismo tiempo abiertamente envenenado de estereotipos antisemitas, ilustra la paradoja de la actitud polaca hacia los judíos moribundos. La tradición antisemita, lleva a los polacos a percibir a los judíos como a extranjeros, mientras que la tradición heroica polaca lleva a salvarlos.

La misma Kossak-Szczucka describió en una carta a un amigo después de la guerra, un incidente de guerra en un puente de Varsovia: “Otra vez, en el puente Kierbedz, un alemán vio a un polaco dando limosna a un chico judío hambriento. Los detuvo y ordenó al polaco a tirar al chico al río o si no le dispararía a ambos, a él y al pequeño mendigo. -´No hay nada que puedas hacer para ayudarlo. Lo voy a matar de todas maneras porque no tiene permiso de estar acá. Vos quedarás libre si lo tirás al río, si no lo hacés, te mato también. Ahogalo o morí. Voy a contar... 1, 2...´- . El polaco no lo pudo soportar. Se quebró y tiró al chico al río. El alemán le palmeó el hombro. -´Braver Kerl´-. Se separaron tomando caminos diferentes. Dos días después, el polaco se ahorcó.”

Las vidas de los polacos que se sentían culpables de ser testigos impotentes de la atrocidad, quedaron marcadas por un trauma profundo. Se pone en evidencia en cada nuevo debate sobre antisemitismo, las relaciones judeo-polacas y el Holocausto. Después de todo, la gente en Polonia sabía en el fondo de su alma que habían sido ellos los que ocuparon las casas vacías de los judíos arreados al gueto. Y también había otras razones para la culpa: algunos polacos entregaron judíos y otros escondieron judíos por dinero.

La opinión pública polaca es raramente uniforme, pero casi todos los polacos reaccionan agudamente cuando son acusados de mamar su antisemitismo de la leche materna y de su complicidad en la Shoá. Para los antisemitas, que son muchos en los márgenes de la vida política polaca, esos ataques son la prueba de la conspiración internacional antipolaca de los judíos. Para la gente normal que creció en los años de las falsificaciones y el silencio sobre el holocausto, estas acusaciones parecen injustas. Para ellos, el libro de Jan Tomasz Gross "Vecinos,..." que reveló la historia del asesinato de 1600 judíos en Jedwabne perpetrada por polacos, fue un shock terrible. Es difícil describir la extensión y grado del impacto.

El libro del Sr Gross generó una respuesta afiebrada comparable a la reacción de la comunidad judía en ocasión de la publicación de Hannah Arendt, "Eichmann en Jerusalem". Arendt escribió sobre la colaboración de algunas comunidades judías con los nazis: "Los Consejos Judíos de los Mayores eran informados por Eichmann y sus hombres de la cantidad de judíos necesarios para llenar cada tren y ellos confeccionaban la lista de los que serían deportados. Los judíos registraban, llenaban innumerables formularios, respondían páginas y páginas de cuestionarios sobre sus propiedades para que puedan ser apropiadas más fácilmente; luego se reunían en los puntos de concentración y abordaban los trenes. Los pocos que trataron de esconderse o escapar eran acorralados por una fuerza especial de la policía judía... Sabemos cómo sentían los oficiales judíos cuando se volvieron instrumentos de los asesinos, como capitanes “cuyos barcos estaban por hundirse y consiguieron llevarlos a buen puerto tirando a gran parte de su carga preciosa por la borda". Pronto sus críticos judíos dijeron que Hannah Arendt había acusado a los mismos judíos de haber implementado su Shoá.

Algunas de las reacciones al libro del Sr Gross fueron igualmente emocionales. Un lector polaco promedio no podía creer que una cosa así pudo haber pasado. Debo admitir que yo mismo tampoco lo pude creer y pensé que mi amigo Jan Gross había sido víctima de una superchería. Pero el asesinato de Jedwabne, precedido por un pogrom bestial, tuvo efectivamente lugar y tiene un peso enorme sobre la conciencia colectiva de los polacos y en mi propia conciencia individual.

El debate polaco sobre Jedwabne se viene sosteniendo desde hace varios meses. Es un debate serio, lleno de tristeza y a veces de terror, como si toda la sociedad se viera forzada de pronto a soportar el peso de este crimen terrible de hace 60 años, como si todos los polacos tuvieran que admitir su culpa colectivamente y pedir perdón.

No creo en la culpa colectiva o en la responsabilidad colectiva o en ninguna otra responsabilidad excepto la moral. En consecuencia me cuestiono cuál es exactamente mi responsabilidad individual y mi propia culpa. Ciertamente no puedo ser responsable por la turba de asesinos que incendió el granero de Jedwabne. Tampoco los ciudadanos actuales de Jedwabne pueden ser culpados por aquel crimen. Cuando recibo la instrucción de admitir mi culpa polaca, me siento herido de la misma manera en que los ciudadanos actuales de Jedwabne se sienten cuando son interrogados por reporteros de todas partes del mundo.

Pero cuando escucho que el libro del Sr Gross, que ha revelado la verdad sobre el crimen, es una mentira que fue pergeñada por la conspiración internacional judía contra Polonia, es cuando me siento culpable. Porque estas falsas excusas no son más que la racionalización de aquel crimen.

Peso cada palabra cuidadosamente al escribir este texto y repito a Montesquieu: "Soy hombre gracias a la naturaleza, soy francés gracias a la casualidad." Por casualidad soy polaco con raíces judías. Casi toda mi familia fue devorada por el holocausto. Mis parientes podían haber perecido en Jedwabne. Algunos de ellos eran comunistas o familiares de comunistas, algunos eran artesanos, algunos comerciantes, tal vez rabinos. Pero todos eran judíos según las leyes de Nüremberg del Tercer Reich. Todos podían haber sido arreados a aquel granero que fue incendiado por criminales polacos. No me siento culpable por aquellos asesinos, pero sí me siento responsable.

No por el asesinato, no podría haberlo detenido. Me siento culpable porque después de su muerte fueron asesinados otra vez, se les rehusó un entierro decente, se les rehusaron lágrimas, se les rehusó la verdad sobre este espantoso crimen que por décadas una mentira repetida. Ésa es mi falta. Por ausencia de imaginación o de tiempo, por conveniencia y pereza espiritual, no me pregunté ciertas preguntas y no busqué respuestas. ¿Por qué? Después de todo, estaba entre los que impulsaron activamente la revelación de la verdad sobre la masacre de soldados polacos en Katyn, trabajé para decir la verdad sobre los juicios stalinistas en Polonia, sobre las víctimas de la represión comunista. ¿Por qué entonces no busqué la verdad sobre los asesinatos de judíos en Jedwabne? Tal vez porque subconcientemente temía asumir la cruel verdad sobre el destino judío en aquel tiempo. Después de todo, la chusma bestial de Jedwabne no fue única. En todos los países conquistados por los soviéticos después de 1939, hubo actos horribles de terror contra los judíos en el verano y el otoño de 1941 cuando murieron en las manos de sus vecinos lituanos, latvios, estonios, ucranianos, rusos y bielorrusos. Pienso que ha llegado el momento de revelar la verdad sobre estos actos espantosos. Contribuiré a ello.

Escribiendo estas palabras siento estoy preso de una esquizofrenia particular: soy polaco y mi vergüenza por el asesinato de Jedwabne es una vergüenza polaca. Al mismo tiempo, sé que si yo hubiera estado allí, en Jedwabne, habría sido asesinado por ser judío.

¿Quién soy yo mientras escribo estas palabras? Gracias a la naturaleza, soy un hombre y soy responsable ante otra gente por lo que hago y por lo que no hago. Gracias a mi elección, soy polaco y soy responsable ante el mundo por la maldad infringida por mis compatriotas. Lo hago por mi libre albedrío, por mi propia decisión y por el profundo apremio de mi conciencia. Pero soy también un judío y siento una entrañable hermandad con los judíos asesinados por se judíos. Desde esta perspectiva, afirmo que quienquiera trate de aislar el crimen de Jedwabne del contexto de su época, quienquiera que use este ejemplo para generalizar que así es como todos los polacos y sólo los polacos se condujeron, está mintiendo. Y esta mentira es tan repulsiva como la mentira que fue contada por muchos años sobre el crimen de Jedwabne.

Un vecino polaco pudo haber salvado a alguno de mis familiares de las manos de los verdugos que lo empujaban al granero. Y de hecho hubo muchos vecinos polacos así. El bosque de los árboles polacos en la Avenida de los Justos en Yad Vashem, el memorial del holocausto en Jerusalem, es denso.

Por esta gente que perdió sus vidas salvando judíos, me siento también responsable. Me siento culpable cuando leo tan a menudo en diarios polacos y extranjeros sobre los asesinos que mataron judíos y noto un silencio profundo sobre aquéllos que rescataron judíos. ¿Los asesinos merecen más reconocimiento que los justos?

El primado polaco, el presidente polaco y el rabino de Varsovia dijeron casi en una misma voz que el tributo a las víctimas de Jedwabne debiera servir a la causa de la reconciliación de polacos y judíos en la verdad. No deseo más que eso. Si no sucediera, también será mi falta.

 

 

 

Ocho estadios de Genocidio

Por Gregory H. Stanton (Escrito originalmente en 1996 en el Departmento de Estado; presentado en el Yale University Center for International and Area Studies in 1998). Traducción: Diana Wang Genocidio es un proceso que se desarrolla en ocho estadios predecibles pero inexorables. En cada estadio, hay medidas preventivas capaces de detenerlo. Los estadios posteriores deben estar precedidos por los anteriores, aunque los más tempranos continúan operando durante todo el proceso.

Los ocho estadios del genocidio son:ClasificaciónSimbolización

Deshumanización

Organización

Polarización

Preparación

Exterminio

Negación

1. CLASIFICACIÓN:

Todas las culturas tienen categorías para distinguir a la gente entre "nosotros y ellos" en términos de etnicidad, raza, religión o nacionalidad: alemán y judío, hutu y tutsi. Las sociedades bipolares que carecen de categorías mezcladas, tales como Ruanda y Burundi, son las más propensas a tener un genocidio.

La medida preventiva principal en este estadio temprano es el desarrollo de instituciones universalistas que trasciendan las divisiones étnicas o raciales, que promuevan activamente la tolerancia y la comprensión y estimulen clasificaciones que trasciendan las divisiones. La Iglesia Católica pudo haber jugado este papel en Ruanda si no hubiera estado tan dividida como la sociedad ruandesa. La promoción de un lenguaje común en países como Tanzania o Costa de Marfil ha generado también una identidad nacional trascendente. Esta búsqueda de un terreno común es vital para la prevención temprana del genocidio.

2. SIMBOLIZACIÓN:

Le adjudicamos nombres u otros símbolos a las clasificaciones. Llamamos a la gente "judíos" o "gitanos" o los distinguimos por colores o vestidos; y los consideramos como miembros de grupos. La clasificación y la simbolización son universalmente humanas y no resultan necesariamente en genocidios a menos que lleven al estadio siguiente, la deshumanización. Cuando se combinan con el odio, los símbolos pueden ser instituidos forzadamente sobre miembros involuntarios de grupos parias: las estrellas amarillas para los judíos bajo el régimen nazi, las bufandas azules para la gente de la zona este de los Khmer rojos de Camboya.

Para combatir a la simbolización, los símbolos de odio pueden ser prohibidos legalmente (svástikas) como sucede con los discursos de odio. Las marcas grupales como ropas de sectas o bandas o tatuajes tribales pueden ser prohibidos también. El problema es que las limitaciones legales fracasarán si no están sostenidas por una tarea cultural popular. Aunque las palabras Hutu y Tutsi estaban prohibidas en Burundi hasta los ochentas, había palabras-código que las reemplazaban. Si está ampliamente apoyado, sin embargo, la negación y la simbolización pueden ser poderosas, como fue en Bulgaria cuando muchos no-judíos eligieron usar la estrella amarilla, privándola de su significado como símbolo nazi para los judíos. Según la leyenda, en Dinamarca, los nazis no introdujeron la estrella amarilla porque sabían que sería usada por el rey mismo.

3. DESHUMANIZACIÓN:

Un grupo le niega humanidad a otro. Sus miembros son asimilados a animales, gusanos, insectos o enfermedades. La deshumanización permite superar la natural repulsión humana contra el asesinato.

En esta etapa, se usa la propaganda de odio -impresa, auditiva o audiovisual- para difamar al grupo víctima. Al combatir esta deshumanización, la incitación al genocidio no debiera ser confundida con la libertad de expresión. Las sociedades genocidas carecen de protección institucional ante los discursos manipuladores de odio y deberían ser tratadas de modo diferente que las democracias. Las emisoras propagantes de odio debieran ser cerradas, toda propaganda de odio excluida. Los delitos de odio y atrocidades deberían ser rápidamente castigados.

4. ORGANIZACIÓN:

El genocidio está siempre organizado, usualmente por el estado, aunque también a veces informalmente o por grupos terroristas. Es frecuente el entrenamiento de unidades armadas especiales o milicias. Los asesinatos genocidas están planificados.

Para combatir este estadio, la pertenencia a estas milicias debiera ser prohibida. Sus líderes no podrían conseguir pasaportes para salir al exterior. La UN debería imponer embargos de armas a gobiernos y ciudadanos de países comprometidos en masacres genocidas y crear comisiones que investiguen las violaciones como fue hecho con la Ruanda post-genocida.

5. POLARIZACIÓN:

Los extremismos fracturan a los grupos. Los grupos de odio difunden propaganda polarizadora. Podría haber leyes que prohíban el casamiento mixto o la interacción social. Los objetivos extremistas intimidan y silencian al centro.

La prevención puede significar la protección segura de dirigentes moderados y el apoyo a grupos de derechos humanos. Se podría requisar elementos de los extremistas y negárseles visas para viajes internacionales. Los golpes de estado de extremistas debieran ser castigados con sanciones internacionales.

6. PREPARACIÓN:

Las víctimas son identificadas o separadas por su identidad étnica o religiosa. Se construyen listas de muerte. Los miembros de los grupos víctimas están obligados a usar símbolos identificatorios. Están a menudo segregados en guetos, aprisionados en campos de concentración o confinados en una zona pobre en alimentación condenados al hambre.

En esta etapa, debe producirse un alerta genocida. Si la voluntad política de los organismos internacionales como la OTAN o el Consejo de Seguridad de la U.N pueden ser movilizados, debe prepararse una intervención militar internacional o una asistencia firme a las víctimas del grupo en su autodefensa. Si así no fuera, debería organizar al menos una asistencia humanitaria tanto oficial como privada para recibir la ola de refugiados.

7. EXTERMINIO:

El exterminio comienza y se vuelve rápidamente la matanza masiva llamada "genocidio". Es "exterminio" para los asesinos, porque no consideran a sus víctimas completamente humanas. Cuando está apoyado por el estado, las fuerzas armadas usan milicias que se ocupan de los asesinatos. A veces el genocidio resulta en matanzas vengativas de unos grupos contra otros creando el ciclo tipo remolino de genocidios bilaterales (como en Burundi).

En este estadio, sólo una rápida y potente intervención armada puede detener el genocidio. Deberían establecerse áreas seguras para los refugiados, o corredores de escape, con protección internacional fuertemente armada. La UN precisa una brigada lista para intervenir o una fuerza permanente de reacción veloz para intervenir con presteza cuando la UN o el Consejo de Seguridad lo solicite. Para intervenciones mayores, le correspondería la acción a una fuerza multilateral autorizada por la UN y dirigida por la OTAN o un poder militar regional. Si la UN no interviene directamente, las naciones poderosas militarmente deberían proveer el transporte aéreo, el equipo y los medios financieros necesarios para que los estados regionales intervengan con la autorización de la UN. Es tiempo de reconocer que la ley de intervención humanitaria trasciende los intereses de los estados-nación.

8. NEGACIÓN:

La negación es el octavo estadio que siempre sigue al genocidio. Está entre los indicadores más seguros que anuncian masacres genocidas ulteriores. Los perpetradores de genocidios, cavan tumbas colectivas, queman cuerpos, tratan de encubrir toda evidencia e intimidar a los testigos. Niegan haber cometido algún delito y culpan con frecuencia a las víctimas por lo sucedido. Bloquean las investigaciones y continúan gobernando hasta ser sacados del poder por la fuerza, momento en que tratan de huir al exilio. Allí permanecen impunes como el Pol Pot o Idi Amin, hasta que son capturados y se consigue llevarlos a juicio.

La mejor respuesta a la negación es el castigo por un tribunal internacional o nacional. Allí puede ser escuchada la evidencia y los perpetradores encontrar el debido castigo. Hay que crear tribunales como los de Yugoslavia, Ruanda o Sierra Leona, jurados internacionales como los del Khmer Rojo en Camboya y especialmente, un Tribunal Penal Internacional. No detendrán a los peores asesinos genocidas pero con la voluntad política de arrestarlos y enjuiciarlos y con algunos se puede hacer justicia.

© 1998 Gregory H. Stanton
Genocide Watch P.O. Box 809 Washington, D.C. 20044 USA
Ph. 703-448-0222 Fax 703-448-6665info@genocidewatch.org

Discurso Yehuda Bauer - 1998

El holocausto, su estudio, comprensión, sentido y enseñanzas
Traducción: Diana Wang. Febrero 2003.

Discurso al Bundestag[1].

Sr. Representante del Bundestag; Sr. Presidente de Alemania; Sr. Presidente del Bundesrat (cámara alta del Parlamento): Sr. Canciller; Damas y Caballeros; queridos amigos. El 27 de enero de 1945, el Ejército Soviético conquistó el complejo de campos de Auschwitz. Sólo fueron liberadas unas 7.000 u 8.000 personas, de la que, la mayoría eran almas en pena cuyas vidas habían evitado milagrosamente ser tronchadas por los S.S. Las otras 58.000 habían emprendido pocos días antes la Marcha de la Muerte. Fueron seguidas, durante los cuatro meses que continuaron hasta el final de la guerra, por varios cientos de miles de casi todos los campos de concentración, señalando el último impacto brutal, espástico e interminable del régimen más cruel que el mundo ha conocido nunca. El 27 de enero Auschwitz no estaba ya en manos de los asesinos, pero el horror todavía no había terminado.

¿Hemos aprendido algo? La gente raramente aprende de la historia y la historia del régimen nazi no constituye una excepción. Hemos fallado también en comprender el contexto general. En nuestras escuelas, por ejemplo todavía enseñamos sobre Napoleón y cómo ganó la batalla de Austerlitz. ¿La ganó por sus propios medios? ¿Habrá habido quizás alguien que lo ayudó? ¿Unos pocos miles de soldados tal vez? ¿Y qué pasó con las familias de los soldados caídos, de los heridos en ambos bandos, de los pobladores cuyos poblados fueron destruidos, de las mujeres que fueron violadas, de los bienes y posesiones tomados como botín? Todavía enseñamos sobre generales, sobre políticos y filósofos. Tratamos de no reconocer el lado oscuro de la historia, los asesinatos en masa, la agonía, el sufrimiento que grita a nuestras caras desde toda la historia. No escuchamos el lamento de Clío. No conseguiremos incorporar la idea de que nunca podremos luchar en contra de nuestra tendencia hacia la aniquilación recíproca si no la estudiamos y si no la enseñamos y si no enfrentamos el hecho de que los humanos somos los únicos mamíferos capaces de aniquilar a otro de su misma especie.

El sociólogo norteamericano Rudolph J. Rummel llegó a la conclusión de que entre los años 1900 y 1987, organizaciones gubernamentales y símil-gubernamentales asesinaron a 169 millones de civiles, además de los 34 millones de soldados caídos. ¿Quién cometió esos crímenes? Principalmente regímenes no democráticos. Aunque las democracias cometieron crímenes también, han sido responsables sólo de una fracción del 1 por ciento de las víctimas civiles.

Estas estadísticas son sólo útiles parcialmente. En realidad, no revelan la tragedia sino que la encubren. Sabemos que quienes fueron torturados y asesinados son personas, no estadísticas y que se trató de un número imposible de entender de gente, gente igual que ustedes y yo.

La guerra instigada por la Alemania Nacional Socialista básicamente por motivos ideológicos, costó las vidas de alrededor de 49 millones de personas, en su mayor parte, civiles. Si adoptamos la definición de genocidio de las Naciones Unidas, lo que sucedió a la nación polaca y a los Roma, llamados gitanos por otros, fue evidentemente un genocidio. Polonia como tal estaba destinada a desaparecer. La política hacia ellos fue acompañada por asesinatos en masa: los intelectuales polacos eran objetivos a ser aniquilados, universidades y escuelas fueron cerradas, el clero fue diezmado, todo el comercio importante fue confiscado, los niños de las familias polacas eran deportados a Alemania para ser “germanizados”. Los Sinti y los Roma de Alemania debían desaparecer por medio del asesinato colectivo y la esterilización. Los Roma nómades debían ser muertos donde quiera se los encontrara en Europa (los sedentarios eran tolerados). Millones de rusos y otros pueblos soviéticos, y también europeos occidentales como italianos, balcanes y alemanes, fueron víctimas del régimen.

¿Por qué? Pienso que debemos tener claro que lo que se planeó era una revolución radical, un motín contra todo lo que había habido antes. Se buscaba un nuevo orden de clases sociales, religiones e incluso naciones, una jerarquía absolutamente nueva construida sobre las así llamadas razas, en la cual la auto denominada raza maestra no tenía sólo el derecho sino también el deber de regir sobre las otras y esclavizar o asesinar a las que considerara diferente de la propia. Era una ideología universalista: “Hoy Alemania nos pertenece a nosotros, mañana al mundo entero” como decía la canción nazi.

¿Cómo fue posible que gente de la cultura centroeuropea que había desarrollado una de las civilizaciones más importantes se hubiera entregado a una tal ideología, hubiera impulsado en consecuencia una guerra de aniquilación y hubiera permanecido fiel hasta el amargo final? El terror, damas y caballero, no fue la única razón. Había consenso, un consenso sostenido por la promesa de una maravillosa utopía, una utopía de una comunidad de gente idílica que gobernaría el mundo, desprovisto de fricción, sin partidos políticos, sin democracia, un mundo servido por esclavos. Para alcanzar un objetivo así era necesario oponerse a todo lo que había antes: la moralidad judeo-cristiana y de la clase media, la libertad individual, el humanitarismo, el paquete completo de la Revolución Francesa y del Iluminismo. El Nacional Socialismo era, de hecho, la revolución más radical que haya tenido lugar nunca, un motín contra lo que había sido considerado hasta ese momento como humano.

El núcleo de la estrategia de aniquilar a todo aquél considerado diferente era el holocausto, el proyecto de la aniquilación total del pueblo judío y el asesinado real de todos los judíos que los asesinos pudieran alcanzar. Y la cosa más horrible sobre la shoá es, por cierto, no que los nazis fueran inhumanos, la cosa más horrible sobre ellos es que fueron absolutamente humanos, tan humanos como ustedes y como yo. Cuando argumentamos que eran diferentes a nosotros y luego podemos dormir tranquilos, con nuestras conciencias en paz porque los nazis eran demonios y nosotros no lo somos porque no somos nazis, nos contentamos con un escapismo barato. Un escapismo de la misma baja calaña está implícito en la idea de que los alemanes estaban de alguna manera genéticamente programados para ejecutar asesinatos masivos. Como la mayoría de la gente no es alemana, muchos pensarán que lo que ha pasado no se repetirá por otros y que sólo podía haber pasado en Alemania. Esto es racismo inverso.

Los hechos sucedieron hace casi sesenta años. Uno podría pensar que el famoso punto final debiera haberse marcado hace mucho tiempo, que el interés en este genocidio específico debería haberse agotado. Sin embargo, sucede lo contrario. Raramente transcurre una semana sin que aparezca un nuevo libro en el mundo, trátese de memorias, novelas o debates científicos, sean obras de teatro puestas en escena, poesía, programas de televisión o películas que se refieran al holocausto. Debemos preguntarnos otra vez por qué. ¿Por qué el holocausto es un tema central y no Cambodia o los Tutsis o Bosnia o los Armenios o los Indígenas de Norteamérica?

No sé si mi respuesta a esta cuestión central será mejor que otras, pero querría igual proponerla. No creo que el sadismo y la brutalidad con las que fueron maltratadas las víctimas pueda ser una explicación, porque el sufrimiento, la agonía y el tormento no pueden ser graduados. He publicado en inglés el testimonio de una mujer Sinti que había perdido a su marido y vio morir a sus tres hijos frente a sus ojos. ¿Cómo es posible comparar esto con la tragedia de un judío o de un campesino ruso o de un Tutsi o de un Khmer de Camboya? Es, seguramente, imposible decir que el sufrimiento de una persona es mayor o menor que el de otra, que un asesinato masivo es mejor o peor que otro. Una tal proposición sería repulsiva. Si es así, ¿es la brutalidad y el sadismo lo que hace tan singular al holocausto? Por cierto, la Alemania Nacional Socialista enriqueció su trágico repertorio de un modo extraordinario, pero la brutalidad no es novedad en historia. ¿Es entonces el factor diferenciador el haber sido un asesinato masivo estatal puesto en práctica con la ayuda de modernas tecnologías y prolijidad burocrática? No lo creo así. El genocidio de los armenios fue realizado con la ayuda de la tecnología existente entonces y las herramientas burocráticas, y los nazis mismos perpetraron sus crímenes contra los polacos y contra los Roma con los mismos métodos que usaron contra los judíos.

No, creo que la respuesta yace en otro lado. Por primera vez en toda la historia, gente que descendía de tres o cuatro abuelos de un tipo particular, judíos, estaban condenados a muerte sólo por haber nacido. El mero hecho de su haber nacido era en sí mismo el crimen mortal que debía ser penado con la ejecución. Esto no había pasado nunca antes, en ningún lado. Una segunda característica que hace al holocausto un evento sin precedentes, fue que cualquier descendiente de judíos era aprehendido en cualquier parte del mundo en el que la Alemania nazi tuviera influencia, sea directamente o por medio de aliados, en cualquier lugar del mundo, un mundo que mañana sería “nuestro”. El asesinato de judíos no estaba dirigido sólo a los judíos de Alemania o a los judíos de Polonia o incluso a los judíos de Europa sino contra los diecisiete millones de judíos desparramados por el mundo entero en 1939. Todos los otros casos de genocidios habían sido perpetrados en territorios definidos, aunque los territorios podían ser grandes en ocasiones, mientras que el asesinato de judíos fue constituido para ser universal, ilimitado geográficamente. Tercero, la ideología. Numerosos colegas han analizado la estructura del nazismo, su burocracia, la operatoria diaria del aparato mortal. Todos sus hallazgos son absolutamente correctos, pero ¿por qué los burócratas que trasladaban a niños alemanes por tren a campamentos de verano y a judíos también por tren a los campos de la muerte con los mismos medios administrativos hacían esto último? ¿Por qué asesinar a todos los judíos que podían encontrar y no, digamos, a todos las personas de ojos verdes que pudieran encontrar? Tratar de explicar esto recurriendo a estructuras sociales, aunque pudieran haber sido muy importantes, es inaceptable, al menos para mí.

La motivación era ideológica. La ideología racista-antisemita era el producto racional de un abordaje irracional, un abordaje que era una mutación al estilo del cáncer de la ideología antisemita cristiana que ha ensombrecido las relaciones judeo-cristianas a lo largo de sus dos mil años de coexistencia. El antisemitismo nazi era pura ideología con una mínima relación con la realidad: los judíos eran acusados de una conspiración mundial, una idea traída de la judeo fobia de la Edad Media, aunque en realidad los judíos no eran capaces de lograr la unidad, ni siquiera de modo parcial. Entre ustedes y yo, todavía son incapaces de ello. Existía una conspiración, pero no era una conspiración judía, era la conspiración nacional socialista.

Los judíos eran acusados tanto de ser agitadores revolucionarios como capitalistas, lo que significa que las diferentes fobias eran reducidas a un denominador único. Naturalmente, la mayoría de los judíos no pertenecía a ninguna de estas categorías, sino a las clases más bajas o a las medias. No poseían territorios ni comandaban poder militar ni controlaban nada de la economía nacional. No constituían una entidad sino que observaban sus tradiciones, como individuos, siguiendo interpretaciones mutuamente contradictorias dentro del marco de pequeñas comunidades étnico-religiosas o, en el caso de ser seculares o ateos, sin pertenecer siquiera a comunidades judías formales.

En todos los otros casos de genocidios conocidos, la motivación era de alguna manera pragmática, como en el caso de los armenios donde había una motivación nacionalista para el asesinato, o en el caso de Ruanda donde hay un conflicto mortal sobre el poder y el territorio. En el caso del holocausto, la ideología subyacente al genocidio era, por primera vez en la historia, pura fantasía.

Se podría agregar un cuarto elemento a las características imprecedentes del holocausto: los campos de concentración. Los nazis pueden no haberlos inventado, pero los han llevado, con toda seguridad, a una etapa totalmente nueva de desarrollo. Debemos conocer no sólo el asesinato y el sufrimiento en aquellos campos sino también el alto nivel al cual elevaron el arte de la humillación por medio del control ejercitado sobre las necesidades corporales de la gente. Esto no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Es cierto que el destino de las humillaciones y de todo lo demás no era exclusivamente destinado a los judíos, aunque los judíos era los que estaban en el nivel más bajo del infierno. Lo que los nazis consiguieron al subordinar a los judíos a ese extremo, no era la deshumanización de los judíos sino su propia deshumanización. Al establecer estos horribles campos de concentración se ubicaron a sí mismos en el rango más bajo de la humanidad.

¿Qué dejaron los nazis atrás? ¿Dónde está su literatura, su arte, su filosofía, sus logros arquitectónicos? El régimen nazi se disolvió en la nada. Dejó sólo un monumento: las ruinas de los campos de concentración y, coronándolas, el único gran logro del nazismo, Auschwitz y el asesinato en masa.

Es la falta de precedente del holocausto lo que está empezando a ser aprehendido y comprendido por el mundo. Se trata de un caso muy especial de genocidio, total, global, puramente ideológico. Podría repetirse, ciertamente no de la misma manera pero tal vez de un modo similar, incluso de un modo muy similar y no tenemos forma de determinar quiénes serán los judíos y quiénes los alemanes la próxima vez.

La amenaza es universal y al mismo tiempo, -dado que está fundada en la experiencia del holocausto- muy específicamente conectada con los judíos. Lo específico y lo universal no pueden ser separados. La condición extrema del holocausto es lo que permite su comparación con otros casos de genocidio y su uso como advertencia. De hecho ya ha sido copiado, aunque no exactamente. ¿Hay que ignorar la advertencia? ¿Servirá el holocausto como precedente para otros que quieran imponer lo mismo a algunos otros?

¿Cómo pudo haber pasado? Creo que debemos buscar en la antigua tradición incluida en el libro que viene de mis antepasados. En aquel libro está escrito que la humanidad puede elegir entre el Bien y el Mal, entre la vida y la muerte. Esto significa que la humanidad es capaz de ambos, que ambos existen en nosotros, ambos, el Bien y el Mal. Expresado de un modo moderno, significa que el impulso a la vida y el deseo de muerte, propia y de otros, está dentro nuestro. Bajo ciertas condiciones podríamos actuar como Eichmanns o como los rescatadores.

Respecto de Alemania, no estamos discutiendo sobre culpas; estamos hablando sobre la responsabilidad hacia el futuro de la cultura dentro de la cual se desarrolló este monstruo. Porque, damas y caballeros, ustedes saben muy bien que “la muerte es un maestro venido de Alemania”[2] aunque los judíos nunca fueron enemigos de los alemanes ni de Alemania. Muy por el contrario. Los judíos alemanes estuvieron orgullosos siempre de todo lo bueno que habían conseguido en la civilización alemana.

Entonces, ¿cómo puede ser explicado el régimen nazi? Pienso que una elite seudo-intelectual tomó el poder en Alemania. Las masas apoyaron su ideología potencialmente genocida debido a la situación; se trataba de una crisis muy grave y la capa de dirigentes potencialmente genocidas ofreció una salida en la forma de una maravillosa utopía. El factor determinante fue que esa capa de intelectuales, - académicos, maestros, estudiantes, burócratas, doctores, abogados, clérigos, ingenieros- se unió al partido nazi porque les prometía un futuro y una posición. Mediante la rápida y progresiva identificación de estos intelectuales con el régimen, se hizo posible y más fácil la proposición del genocidio, presentado como un paso inevitable hacia la conquista de un futuro utópico. El Sr. Doctor, el Sr. Profesor, el Sr. Director, el Sr. Párroco o Pastor o Cura, el Sr. Ingeniero se transformaron en colaboradores del genocidio; el consenso creció y fue guiado por la figura semi-mitológica de un dictador; fue fácil entonces convencer a las masas de la necesidad de los asesinatos y reclutarlos para llevarlos a cabo.

Algo similar pudo haber ocurrido en otra parte, pero en Alemania, donde al menos parte de la elite había absorbido un antisemitismo radical en el curso del siglo diecinueve y donde muchos de ellos le agregaron una ideología racista general, fue fácil para la capa de dirigentes genocidas nazis, convertir a la mayoría de los ciudadanos alemanes en cómplices. Los académicos jugaron un papel muy importante. Vuelvo continuamente a la cuestión de si hemos aprendido algo, de si no continuamos produciendo en nuestras universidades bárbaros técnicamente competentes.

¿Y qué hay sobre las iglesias? El holocausto ha iluminado una crisis profunda del cristianismo. Mil novecientos años después de que el mesías cristiano difundió el evangelio del amor, su propia gente fue asesinada por odiadores bautizados. La Iglesia, si bien no colaboró, se mantuvo en silencio.

Por otra parte, no se puede decir que en la sociedad alemana el antisemitismo radical era norma. Entre los movimientos mutuamente antagónicos masivos (social-democráticos, comunistas y centro-católicos), no-antisemitas o incluso anti-antisemitas que constituían la mayoría de la población votante de Alemania a fines de 1932, había, sin embargo, una repulsa general hacia los judíos. Esta repulsa hacía prácticamente imposible el desarrollo de una protesta generalizada contra el asesinato de judíos. No era, como se ha creído, que la dictadura era tan completamente totalitaria como para hacer imposibles los movimientos de protesta. Esto fue demostrado por dos hechos. La oposición al asesinato de los discapacitados alemanes -el así llamado “programa de eutanasia”-, forzó su interrupción en agosto de 1941, al menos parcialmente. La manifestación de mujeres alemanas en la Rosenstrasse de Berlín en febrero-marzo 1943, condujo a la liberación de sus maridos judíos. No hubo movimientos masivos de protección o defensa hacia la impopular minoría judía, lo que evidenció la fragilidad de la famosa simbiosis germano-judía.

Me parece que hay también otro factor implicado. La cultura europea tiene dos pilares: Atenas y Roma por un lado y Jerusalén por el otro. Un ciudadano común de hace dos siglos, en el improbable caso de que poseyera un libro tendría la Biblia Cristiana que, como todos sabemos está compuesta de dos partes, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ambos fueron escritos principalmente por judíos.

La literatura griega y romana, los principios jurídicos, el arte y la filosofía, son y han sido tan importantes para la civilización occidental como los profetas y los mandamientos morales de la Biblia Judía. Sin embargo, la Italia moderna y la Grecia moderna no usan los mismos idiomas de siglos anteriores; no adoran a los mismos dioses ni crearon el mismo tipo de arte ni escribieron el mismo tipo de literatura. Viven allí personas diferentes. Pero mi nieta lee hoy lo que los judíos escribieron hace tres mil años, en el idioma original sin necesidad de diccionario. Traten de hacer lo mismo con Chaucer, y eso que escribió sólo hace unos pocos siglos.

Cuando los nazis pretendieron llevar adelante su rebelión contra la cultura occidental, ¿no era a los judíos, aquellos testimonios vivos de una de las fuentes de nuestra cultura, a los que había que aniquilar? Los judíos, les guste o no, son un componente central de la autopercepción occidental. Esta autopercepción está difundida en el mundo por la así llamada civilización occidental así como por medio de la cultura kitsch, también originada en occidente.

Hay un museo de Auschwitz en un suburbio de Hiroshima. La literatura sobre el holocausto se difunde en sud América. El holocausto ha asumido el rol de símbolo universal de todo mal porque presenta la forma más extrema de genocidio, porque contiene elementos que no tienen precedentes, porque la tragedia fue una tragedia judía y porque los judíos, aunque no son ni mejores ni peores que otros y aunque sus sufrimientos no hayan sido mayores o menores que los de otros, representan una de las fuentes de la civilización moderna.

Así como lo veo, un historiador es alguien que no sólo analiza la historia pero también cuenta historias verdaderas. Permítanme entonces contarles algunas historias.

En Radom, Polonia, vivía una mujer judía con dos hijos. Su marido había ido a Palestina en 1939 para preparar la inmigración de su familia. El estallido de la guerra fracturó a la familia. El marido se hizo ciudadano palestino y trató de salvar a su familia incluyéndolos en un intercambio de colonos alemanes en Palestina. En octubre de 1942, cuando la mujer ya sabía cuál sería su destino y el de sus hijos, un hombre de la Gestapo la citó a la jefatura y le dijo que iba a ser enviada en un intercambio a Palestina. Debía regresar en una hora junto a sus dos hijos para poder dejar Polonia y salvarse y salvarlos. “Sí”, dijo la mujer, “pero mi hijo mayor está trabajando afuera del gueto”, y preguntó cómo podía hacer para llamarlo. “No es mi problema”, respondió el hombre de la Gestapo. Debían comparecer en una hora. ¿Y si no lo hacían? La mujer estaba desesperada. ¿Ella y su hijo menor debían compartir el destino del mayor? ¿O debía salvar al menos al más pequeño? Volvió a su casa en agonía. Una vecina se le acercó y le dijo: “No podés hacer nada por tu hijo, ¿por qué no llevás al mío en su lugar? Mi hijo tiene su misma edad”. Aturdida y desbordada por el llanto, la mujer se dirigió a la jefatura de la Gestapo con dos varones. El 11 de noviembre de 1942 llegó a Haifa. Los dos varones fueron, con el tiempo, ciudadanos israelíes prominentes y tuvieron hijos y nietos. La mujer hablaba poco. Era una persona orgullosa y no quería que le tuvieran lástima. Su marido murió poco tiempo después de que ella llegara a Palestina. Hasta el final de su vida tuvo un pequeño puesto al frente de la gran sinagoga de la calle Allenby en Tel Aviv. Se decía que era una sobreviviente del holocausto. ¿Había sobrevivido realmente? No estoy seguro.

El holocausto, junto con otras cosas terribles perpetradas por los nacional-socialistas, muestra no sólo el mal que el Hombre es capaz pero también, digamos que en los márgenes, su opuesto, el bien. Oskar Schindler se ha convertido en una figura controvertida desde que apareció en la conocida película. Pero vean, cuando se deja el mito afuera, algo aún permanece. Schindler no sólo fue miembro del partido nazi; había sido también espía, mujeriego, alcohólico, mentiroso y cruel explotador. Hay pocas personas a las que se podrían atribuir características tan negativas. Sin embargo contribuyó aparentemente a la salvación de las vidas de más de mil personas arriesgando su propia seguridad. Transportó con su esposa a trabajadores esclavos judíos enfermos y agonizantes en un tren congelado tratando de salvar sus vidas. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. Fue a Budapest a advertir a los judíos locales sobre la shoá. No tenía que hacerlo, pero lo hizo. ¿Por qué? Porque era un ser humano, y a pesar de todo lo malo que era, también era bueno. Su historia muestra que, incluso como alemán, incluso como miembro del partido nazi, se podían asumir otras conductas que las que tomaron los ejecutores del holocausto. Schindler y otros como él, como Otto Busse en Bialystok que proveyó de armas a la resistencia judía, nos revelan que salvar vidas era posible. Las acciones de este tipo de gente revelan tanto la culpa de los otros como la esperanza que no se ha perdido.

Vean la historia de Maczek. Su nombre real era Mordechai. Su nombre es lo único que sabe sobre sí mismo. Antes de la guerra, a los tres años, fue entregado por su madre a un orfanato judío en Lódz. Esto le fue relatado más tarde. Después vino la guerra y fue criado en Cracovia por una mujer polaca llamada Anna Morawczika. Naturalmente él creía que era su madre. A los seis años, mientras jugaba en la calle, fue golpeado accidentalmente por un coche lleno de soldados alemanes. Los soldados querían llevarlo al hospital pero Anna Morawczika se opuso con todas sus fuerzas. Sabía que sería asesinado instantáneamente si se descubría que estaba cincuncidado. Cuando la guerra terminó, apareció en casa de Anna una mujer. Anna le dijo a Maczek que se trataba de su madre. En ese momento, las dos mujeres llevaron al niño y lo internaron en el orfanato judío de Lódz. La madre desapareció y nunca más la vio. Maczek fue llevado a Israel. Anna, que lo había salvado, murió al poco tiempo. Maczek no sabe hasta el día de hoy quién es. Todo lo que sabe es que una mujer polaca le salvó la vida porque lo amaba, a él, a un huérfano judío.

Existieron las Annas y los Schindlers, pero fueron pocos, demasiado pocos. Y la mayoría de los nazis eran como el hombre de la S.S. de la siguiente historia. No sé si se trata de una historia verdadera, pero aquí va: Un hombre de la S.S. le dijo a una mujer judía que salvaría su vida si ella adivinaba cuál de sus dos ojos era de vidrio y cuál era vivo. Sin dudar, la mujer señaló uno de los ojos y dijo, “Éste es el de vidrio”. “Correcto” dijo el hombre de la S.S., “¿cómo lo descubrió?”. La mujer respondió “porque parecía más humano”.

Y ahora regreso a la cuestión de si hemos aprendido algo. No mucho, o así me lo parece. Pero la esperanza persiste, aún entre la gente traumatizada, grupo al que pertenezco. Ustedes, damas y caballeros, como miembros de parlamentos democráticos, tienen una responsabilidad especial, especialmente como europeos, especialmente como alemanes. No tengo necesidad de informarles sobre lo sucedido en Ruanda o en Bosnia, acá al lado. Recordar el holocausto y sus consecuencias constituye sólo el primer paso. Enseñar y estudiar sobre el holocausto y todo lo que emanó durante la Segunda Guerra Mundial, en particular el racismo, el antisemitismo y la xenofobia, constituyen nuestra siguiente responsabilidad. Alemanes y judíos dependemos unos de los otros en llevar adelante esta responsabilidad. No se puede sostener la tarea de la memoria sin nosotros y debemos asegurarnos que aquí, donde surgió el desastre, se construya sobre las ruinas del pasado una civilización nueva, mejor, humana. Juntos tenemos una responsabilidad especial hacia la humanidad toda.

Cabría tal vez un paso adicional. El libro que mencioné antes contiene los Diez Mandamientos. Quizá debiéramos agregar otros tres: “Tú y tus hijos y los hijos de tus hijos no serán nunca perpetradores”; “Tú y tus hijos y los hijos de tus hijos no permitirán jamás ser convertidos en víctimas”; y “Tú y tus hijos y los hijos de tus hijos no serán nunca jamás observadores pasivos de asesinatos masivos, genocidios o –ojalá que nunca más suceda- una tragedia como la que fue el holocausto”.

Les agradezco por la amable atención.

[1] Pronunciado el 27 de enero de 1998, Día del Recuerdo del Holocausto en Alemania. El Bundestag es el Congreso alemán. Publicado en: Yehuda Bauer “Rethinking the holocaust”, Yale University Press, New Haven and London, 2001, páginas 261 a 273.

[2] Del poema “Fuga de la muerte” de Paul Celan. (N. de la T.)

Violación Excrementicia

 autor: Terrence Des Pres [1]

Traducción del inglés: Diana Wang

Comentario de los editores John K. Roth y Michael Berenbaum:

Terrence Des Pres (1939-1987) escribió sólo un libro acerca del Holocausto, pero es un clásico. The survivor: An Anatomy of Life in the Death Camps (El sobreviviente: una anatomía de la vida en los campos de muerte), que apareció en 1976, exploró detalladamente los testimonios escritos de quienes soportaron l’univers concentrationnaire, según lo denominara David Rousset. El resultado es el propio testimonio de Des Press acerca de qué se requería para ser un sobreviviente. Su interpretación de los relatos de los sobrevivientes muestra que lugares como Auschwitz revelaron, no sólo la depravación de la existencia humana, sino también la grandeza que puede encontrarse en el rehusarse a caer en la desesperanza o a morir.

Un ensayista hábil y un erudito literario, Des Press tenía lo que Elie Wiesel llamó “un modo melancólico de interpretar  relatos desesperanzados y un acercamiento sensible a las memorias de muerte”. Pero el trabajo de este hombre -durante muchos años fue profesor de inglés en la Colgate University- está siempre al servicio de la vida. Estas características son evidentes en la selección que sigue, en la que Des Press acuña una frase - violación excrementicia- que deberá formar parte, lamentablemente, del vocabulario requerido para hablar acerca d el Holocausto.

Des Press demuestra que no ha sido una mera coincidencia que Auschwitz ha sido denominado annus mundi. “El hecho es”, concluye con firmeza, “que los prisioneros fueron sometidos sistemáticamente a la suciedad”. Fueron blanco deliberado de violaciones excrementicias con el objetivo de la “completa humillación y degradación de los prisioneros”. Los asesinos triunfaron -demasiadas veces, demasiado- pero no completamente. Este hecho constituye otro factor clave que Des Press quiere que sea recordado. Cuando las víctimas reconocían la violación excrementicia como tal, resistían. Esta resistencia incluía el énfasis en el intento, a pesar de todas la dificultades, en permanecer limpios. Pero este esfuerzo extraordinario podría haber sido la diferencia entre el aferrarse a anclas de dignidad que permitían seguir con vida y el rendirse que tenía como conclusión la muerte. Nada, por supuesto, garantizaba la supervivencia en los campos de muerte. La anatomía de Des Press sobre la violación excrementicia establece esta evidencia de modo claro e incontrovertible. Sin embargo, está en lo cierto cuando escribe “la vida misma depende de mantener intacta la dignidad, y esto, a su vez, depende de la batalla diaria, nunca terminada de mantenerse visiblemente humano”

A fines del verano de 1976 tuvo lugar una conferencia sobre el trabajo que llevó a cabo Elie Wiesel en Long Island. El libro de Terrence Des Press había aparecido recientemente, y él estaba allí. También estuvo Emil Fackenheim. En un momento la conversación se focalizó en el libro de Des Press. Según lo recuerda Harry James Cargas, Fackenheim se refirió específicamente al capítulo crucial sobre la violación excrementicia. En una voz susurrante, dijo: “nunca en mi vida usé la palabra ‘mierda’, pero Terrence Des Press la usa de tal modo, que se ha vuelto una palabra sagrada”.

Mientras la columna regresa del trabajo

después de un día entero pasado al aire libre,

el hedor del campo es abrumadoramente ofensivo.

A veces, aún varias millas antes de llegar, te golpea el aire envenado.

Seweryna Szmaglewska, “Smoke over Birkenau” (Humo sobre Birkenau)

Había dejado de lavarse mucho tiempo antes...

y ahora, los últimos restos de su dignidad humana

 se estaban quemando en su interior.

Gustav Herling, “A World Apart” (Un mundo aparte)

Comenzaba en los trenes, en los vagones cerrados -de ochenta a cien personas en cada coche- atravesando Europa rumbo a los campos en Polonia:

La temperatura comenzaba a elevarse debido a que el vagón del terror estaba cerrado y el calor de los cuerpos no tenía salida... El único lugar para orinar era a través de una ranura en la claraboya aunque los que lo intentaban habitualmente no acertaban y derramaban su orina en el piso... Cuando llegaba finalmente el amanecer... estábamos muy enfermos y doloridos, golpeados no sólo por el peso de la fatiga sino por la atmósfera sofocante y el olor hediondo de los excrementos.... No había letrinas ni provisiones... Encima, mucha gente había vomitado en el piso. Debíamos vivir durante días respirando estos inmundos olores y nos íbamos convirtiendo nosotros mismos en inmundicia. (Kessel, 50-51)

En el caso de muchos prisioneros soviéticos, el transporte por barco era aún peor: “mucha gente se mareaba y tenía que vomitar sobre los que estaban más abajo. Era también la única manera de aliviar sus otras necesidades corporales” (Knapp, 59).

Desde el comienzo, el sometimiento a la inmundicia era un pilar de la ordalía[2] de los sobrevivientes. En los campos nazis especialmente, la mugre y los excrementos eran la condición permanente de la existencia. En las barracas, por ejemplo de noche,

había baldes de excrementos en un estrecho pasillo próximo a la salida. No eran suficientes. Al amanecer, el piso entero estaba cubierto de orina y heces. La inmundicia estaba en nuestros pies, la llevábamos por toda la barraca, el hedor hacía que algunos se desmayaran” (Birenbaum, 226).

Las enfermedades hacían las cosas aún peor:

Todos tenían tifus... en Bergen Belsen se daba del modo más violento, doloroso y mortal. La diarrea consecuente era incontrolable. Se derramaba del borde de las cuchetas y se filtraba por entre las maderas sobre las caras de las mujeres que yacían en las cuchetas inferiores, y mezcladas con sangre, pus y orina, formaban un barro fétido y resbaloso sobre el piso de las barracas (Perl, 171)

Las letrinas eran un espectáculo en sí mismas:

Había una letrina para entre treinta y treinta y dos mil mujeres y sólo las podíamos usar en ciertas horas. Nos parábamos en fila para entrar en la diminuta construcción, hundidas hasta las rodillas en excremento humano. Puesto que todas sufríamos de disentería, raramente podíamos esperar nuestro turno y nos ensuciábamos en nuestros harapos, nunca podíamos sacar la suciedad de nuestro cuerpo, lo que agregaba al horror de nuestra existencia, el terrible olor que nos rodeaba como una nube. La letrina consistía en una zanja  profunda con tablones que la atravesaban a ciertos intervalos. Nos agazapábamos sobre estos tablones como pájaros encaramados sobre los cables del telégrafo, tan cerca unas de las otras que no podíamos evitar ensuciar a nuestra vecina. (Perl, 33)

Los prisioneros que tenían la suerte de trabajar en uno de los hospitales del campo, capaces de disfrutar por ende en alguna medida de la privacidad, no estaban eximidos por ello del horror especial de las letrinas:

“Tenía que caminar sobre excreciones humanas, orina mezclada con sangre, sobre deposiciones de personas que padecían enfermedades extremadamente contagiosas. Sólo entonces conseguía llegar al agujero, rodeado por la suciedad más inexpresable”(Weiss, 69).

La iniciación de un prisionero recién llegado a la vida del campo se completaba cuando “se daba cuenta que no había papel higiénico”-que no había papel en todo Auschwitz y que estaba forzado a encontrar “alguna otra manera”.

Desgarré de mi chalina un trozo y lo lavaba después de cada uso. Conservé este pedacito de tela a lo largo de todos mis días en Auschwitz; otros hacían lo mismo. (Unsdorfer, 102)

Problemas de este tipo se veían intensificados por el hecho de que, en un momento o en otro, todos sufrían de diarrea o disentería; para prisioneros hambreados y exhaustos como estos, ello era frecuentemente fatal:

“Los que tenían disentería se derretían como velas, se aliviaban en sus ropas y se transformaban lentamente en esqueletos malolientes y repulsivos que morían en su propio excremento” (Donat, 269).

A veces, toda la población del campo se enfermaba de esta manera, y entonces el horror era sobrecogedor. Hombres y mujeres no podían más que ensuciarse a sí mismos y al vecino. Los que estaban demasiado débiles para trasladarse se aliviaban allí donde se encontraban. Los que no se recuperaban se iban envolviendo lentamente en su propia descomposición:

“Algunos morían incluso antes de llegar a las cámaras de gas. Muchos estaban cubiertos con su propio excremento puesto que no había baños ni alternativas sanitarias y no podían mantenerse limpios” (Newman, 39).

La diarrea era una enfermedad mortal y una constante fuente de suciedad, pero era también peligrosa por otra razón -forzaba a los prisioneros a infringir reglas:

Muchas mujeres con diarrea se aliviaban en los tazones de sopa o en los cuencos para “café”; después escondían el utensilio bajo el colchón para evitar el castigo que podían recibir: veinticinco golpes en las nalgas desnudas o una noche entera arrodilladas sobre la grava rugosa sosteniendo ladrillos. Estos castigos culminaban frecuentemente con la muerte de la “culpable”. (Birenbaum, 134).

En otro caso, un grupo de hombres fue encerrado día tras día en un cuarto sin ventilación ni facilidades sanitarias de ningún tipo. Descubrieron un agujero en el piso ubicado cerca de la ventana por la que pasaban los guardias. Para usarlo, un hombre debía arriesgar su vida, puesto que quien eran descubierto era golpeado hasta morir.

“El espectáculo de estos infortunados, temblando de miedo mientras se arrastraban sobre sus manos y rodillas hasta el agujero y se aliviaban acostados es uno de mis recuerdos más terribles de Sachsenhausen” (Szalet, 51).

La angustia de la existencia en los campos se veía intensificada por el fluir mineral de la vida misma. La muerte estaba concebida en el contexto de una necesidad -la evacuación intestinal- que no podía, como otras necesidades, ser suprimida o postergada o vivida pasivamente. Las demandas de los intestinos son absolutas y bajo tales circunstancias, hombres y mujeres debían resistir, incluso acomodar de algún modo, sus propias y más íntimas necesidades a las posibilidades:

Imaginen lo que significa que esté prohibido ir al baño; imaginen también que estén sufriendo de una severa y progresiva disentería, causada y agravada por la dieta de sopa de repollo y por el frío constante. Naturalmente, uno trataría de ir a algún lado para aliviarse. A veces uno hasta podía tener éxito. Pero tus ausencias podían ser notadas y serías golpeado, derribado y pisoteado. Ya sabías a qué riesgos te exponías pero la urgencia te obligaba a repetir el intento, a cualquier costo... Aprendí pronto a convivir con la disentería atando una soga alrededor de la parte baja de mis calzoncillos (Maurel, 38-39).

Hasta tanto yo sé, los estudios psicoanalíticos acerca de la experiencia en los campos, mantienen, con una sola excepción, que la vida se caracterizaba por una regresión a niveles de conducta “infantiles”. Esta conclusión se basa, en principio, en el hecho de que los hombres y las mujeres en los campos de concentración se preocupaban “anormalmente” por la alimentación  y las funciones excrementicias. Los niños exhiben una preocupación similar y la comparación sugiere que los hombres y las mujeres reaccionan frente a la situación límite con una “regresión y fijación a estadios pre-edípicos” (Hope, 77). Aquí, como sucede en general con el punto de vista psicoanalítico, el contexto no se ha considerado. El hecho de que la situación del sobreviviente era anormal en sí misma está simplemente ignorado. Que la preocupación por la comida estaba causada por la inanición literal no cuenta; y el hecho de que los internos de los campos eran forzados a vivir en la mugre tampoco entra en consideración.

El argumento de “infantilismo” fue planteado con energía por Bruno Bettelheim. Una tesis importante de su libro The Informed Heart (El corazón informado) es que en situaciones extremas, las personas están reducidas a la infancia; y en la parte titulada “La conducta infantil” iguala simplemente la categoría objetiva de los prisioneros a una conducta inherentemente regresiva. Bettelheim observa, por ejemplo -cosa que era, por cierto, verdad- que las regulaciones del campo estaban diseñadas para hacer de la actividad excretoria un momento de crisis. Los prisioneros debían pedir permiso para poder aliviar sus cuerpos, lo que los hacía vulnerables a los caprichos del guardia SS con quién hablaban. A lo largo de la jornada de trabajo de doce horas, los prisioneros no tenían permitido responder a sus necesidades naturales o eran forzados a hacerlo mientras trabajaban y en el mismo lugar donde estaban. Como dice una sobreviviente:

“Si alguna de nosotras, atormentada por su estómago, intentaba acercarse a una zanja cercana, los guardias le soltaban los perros. Humilladas, laceradas, las mujeres no dejaban su lugar y nadaban en su propio excremento” (Zywulska, 67). 

Aún peor eran los días de las marchas de la muerte cuando los prisioneros que se detenían por cualquier razón eran instantáneamente asesinados. Para seguir viviendo debían simplemente seguir caminando:

El orín y las heces se derramaba por las piernas de los prisioneros y a la noche, del excremento que se había congelado en nuestros miembros emanaba un fuerte hedor. Ya no éramos seres humanos. Ni siquiera animales. Éramos cuerpos putrefactos que se movían sobre dos piernas (Weiss, 211)

Bajo tales condiciones, la evacuación intestinal se transformaba ciertamente, como dice Bettelheim, “en un evento cotidiano importante”; pero la conclusión necesaria no es, como él dice, que los prisioneros estaban reducidos “al nivel previo a la adquisición del control de esfínteres” (132). Aparentemente sí; hombre y mujeres estaban muy preocupados por las funciones excrementicias, igual que los niños; los prisioneros estaban “forzados a mojarse y ensuciarse encima”, del mismo modo que lo hacen los niños -sólo que los niños no están forzados. Bettelheim concluye que para los internos de los campos, la ordalía de la crisis excrementicia “les hacía imposible verse ya como adultos” (134). No distingue entre conductas en condiciones extremas y conductas civilizadas; puesto que, por supuesto, en circunstancias civilizadas, la preocupación de un adulto acerca del estado de sus intestinos, o la sensación de que su camino al baño es un tipo de ordalía, revelaría un estado de neurosis evidente. Pero en el campo de concentración, la conducta estaba gobernada por la amenaza de muerte inminente; la acción no respondía a deseos infantiles sino que era una respuesta a las  espantosas condiciones.

El hecho era que los prisioneros eran sometidos sistemáticamente a la inmundicia. Eran el blanco deliberado de una violación excrementicia. La violación, la profanación, era una constante amenaza, una condición de vida cotidiana y, en cualquier momento, podía tomar formas malignas y a veces fatales. El pasatiempo favorito de un Kapo era detener a los prisioneros justo antes de que alcanzaran la letrina. Forzaba a cada uno a estar firme y atento al interrogatorio, luego lo hacía “poner en cuclillas hasta que el pobre hombre no podía ya contener sus esfínteres y ‘explotaba’”, entonces lo golpeaba y sólo después “cubierto con sus propios excrementos, la víctima tenía permiso de arrastrarse hasta la letrina” (Donat, 178). En otra instancia, los prisioneros eran forzados a acostarse en fila sobre el piso, y cada hombre, cuando finalmente le era  permitido ponerse de pie, “debía orinar sobre las cabezas de los demás”, y hubo una noche en que “refinaron su tratamiento forzando a cada hombre a que orinara en las bocas de los que estaban a sus pies” (Wells, 91). En Birkenau, arrebataban con frecuencia a los prisioneros los tazones para sopa y los arrojaban a las letrinas de donde los tenían que recuperar:

Cuando lo acercás a tus labios la primera vez, no olés nada sospechoso. Otros pares de manos tiemblan con impaciencia por él y esperan tomarlo ni bien terminás. Sólo después, mucho después, ese olor repulsivo golpea tu nariz” (Szmaglewska, 154).

Y, como hemos visto, los prisioneros que padecían disentería, infringían con frecuencia las reglas del campo y se contaminaban a sí mismos al usar sus utensilios alimenticios como recipiente de sus heces:

Los primeros días nuestros estómagos se sublevaban ante el pensamiento de usar nuestras tazas de noche para comer. Pero el hambre manda y estábamos tan hambreados que estábamos dispuestos a comer cualquier comida. No podíamos evitar que tuviera que estar dentro de esos recipientes. Durante la noche muchos de nosotros hacíamos uso de los tazones en secreto. Teníamos permiso de ir a las letrinas sólo dos veces por día. ¿Cómo podíamos evitarlo? Sin importar cuán intensa fuera nuestra necesidad, si salíamos en el medio de la noche, nos arriesgábamos a ser capturados por el SS que tenía la orden de disparar primero y preguntar después (Lengyel, 26).

Este tipo de degradación no tenía fin. El hedor de los excrementos se mezclaba con el olor y el humo de los hornos crematorios y el rancio deterioro de la carne. Los prisioneros de los campos nazis eran sumergidos virtualmente en su propia basura lo que, por sí mismo, conducía muchas veces a la muerte. En Buchenwald por ejemplo, las letrinas eran zanjas de siete metros y medio de largo, tres metros y medio de profundidad y tres metros y medio de ancho[3]. Había una especie de baranda para sostenerse y “uno de los juegos favoritos de los SS era el sorprender a los hombres en el acto de la evacuación y arrojarlos dentro del pozo: en Buchenwald, diez prisioneros se ahogaron en excremento de esta manera en octubre de 1937" (Kogon, 56). Los mismos pozos, siempre desbordados, eran vaciados por los prisioneros a la noche con pequeños cubos:

El lugar era resbaloso y  oscuro. De los treinta hombres asignados, un promedio de diez caía en el pozo en el curso de cada noche de trabajo. A los otros no les era permitido sacarlos. Cuando el trabajo estaba terminado y el pozo vacío, entonces y sólo entonces, podían extraer los cuerpos (Weinstock, 157-158).

Repito, tales condiciones no eran accidentales; estaban determinadas por una política deliberada cuyo objetivo era la humillación más completa y la degradación de los prisioneros.

La causa de que ello fuera necesario no es aparente en una primera mirada puesto que ninguno de los fines del sistema concentracionario -sembrar terror, proveer mano de obra esclava, exterminar poblaciones- requería tal tipo de brutalidad y tales condiciones de envilecimiento. Pero también aquí, con toda esta locura, había método y razón. Este modo especial de maldad es un producto natural del poder cuando es absoluto, y en el mundo totalitario del campo, el poder ciertamente lo era. Los SS podían matar a todo aquel con quien tropezaran. Los kapos criminales caminaban en grupos de dos o tres, haciendo apuestas entre ellos acerca de quién mataría a un prisionero de un solo golpe. El grado de patología de tales hombres, su furia incontrolable ante la infracción de reglas, es una evidencia del deseo desatado de aniquilar, destruir, aplastar cualquier cosa que estuviera en la esfera de su autoridad. Inevitablemente, el mero acto de matar no es suficiente, puesto que si un hombre muere sin haberse rendido, si algo permanece intacto en él, el poder que lo ha destruido no consiguió arrasar, después de todo, con todo. Algo escapó a su alcance y es precisamente ese algo -llamémoslo “dignidad”- lo que debe morir para que los detentadores del poder alcancen la cima orgástica de su poderosa dominación.

Junto al incremento del poder, aumenta más y más la hostilidad hacia todo lo exterior a él. Su lógica es inherentemente negativa, debido a lo cual termina destruyéndose a sí misma (un consuelo que no significa mucho ya que el perímetro de la destrucción atómica es infinito). El ejercicio del poder totalitario, en cualquier caso, no se detiene con el ofrecimiento de la sumisión. Busca aplastar el espíritu, arrasar ese principio interno y activo cuyo vigor se sostiene en la libertad de ser determinado por fuerzas exteriores, en su independencia. De allí la compulsión sentida por hombres con gran poder, de salir a buscar y destruir toda resistencia, toda autonomía espiritual, todo signo de dignidad en sus cautivos. No era suficiente con asesinar a los viejos bolcheviques; Stalin necesitaba del espectáculo de los juicios. Tenía que demostrar públicamente que estos hombres de enorme energía y espíritu se habían quebrado tan profundamente que repudiaban abiertamente tanto a sí mismos como a la causa por la que habían luchado. Igual sucedió en los campos. La destrucción espiritual se transformó en un fin en sí mismo, muy lejos de los requerimientos del asesinato en masa. El objetivo era la muerte del alma. Sería llevado a cabo por medio del terror y la privación, pero en primer lugar por el implacable ultraje a la pureza y al valor. El ataque excrementicio, la inducción física al asco y al auto-disgusto, era el arma principal.

Pero la degradación tenía también su lógica más degradada: “En Buchenwald”, dice un sobreviviente,

“el principio consistía en deprimir la moral de los prisioneros al nivel más bajo posible, impidiendo al mismo tiempo, el desarrollo de la solidaridad o la cooperación entre las víctimas” (Weinstock, 92).

¿Cuánta autoestima puede uno sostener, con cuánta rapidez puede uno responder con respeto a las necesidades del prójimo, si ambos huelen mal, si ambos están cubiertos de barro y heces? Tendemos a olvidar el modo en que los prisioneros de los campos se veían y el modo en el que olían, especialmente los que ya habían renunciado al deseo de vivir; ello nos impide comprender la intensa revulsión y el disgusto que existía entre los prisioneros. Era éste un mecanismo efectivo para intensificar la ya existente irritabilidad entre los internos, ahogando en el disgusto común el impulso hacia la solidaridad.  Dentro del mundo concentracionario todo signo visible de belleza humana, de orgullo corporal o brillo espiritual, debían ser eliminados. El prisionero era llevado a sentirse sub-humano, a verse a sí mismo reflejado sólo en el hedor y la mugre de su vecino. Los SS, por el contrario, aparecían superiores no sólo en virtud de sus armas y seguridad, sino por la elegancia que los mantenía visiblemente aparte de la inmundicia del mundo de los prisioneros. En Auschwitz, los prisioneros eran forzados a marchar sobre el barro mientras que el camino limpio era sólo  para los SS.

Y ahí aquí una razón final y de enorme significación para comprender por qué los prisioneros debían ser tan degradados en los campos. Hacía más fácil hacer el trabajo. El asesinato en masa era menos terrible para los asesinos porque las víctimas aparecían menos que humanas. Parecían inferiores. En las entrevistas que realizara Gitta Sereny a Franz Stangl, comandante de Treblinka, hay momentos de reconocimiento escalofriante. Éste es uno de los más reveladores:

“¿Por qué” le pregunté a Stangl “si los iban a matar de todos modos, cuál era el sentido de toda esa humillación, por qué la crueldad?”

Para proteger a los que debían llevar a cabo las políticas”, dijo, “para hacerles posible hacer lo que hicieron” (101)

En una conferencia en la New School (New York, 1974), Hannah Arendt señaló que es más sencillo matar a un perro que a un ser humano, más fácil aún matar una rata que un sapo y ya no hay ningún problema en matar a un insecto - “es la mirada, está en los ojos”. Quiere decir que la percepción de la subjetividad en la víctima despierta algún tipo de identificación en el perpetrador; ello dificulta la realización de su acción en proporción directa con la capacidad de sufrimiento y resistencia que percibe. Inhibido por la lástima y la culpa, el acto mortal se hace difícil de llevar a cabo y produce cierto daño psíquico en el mismo asesino. Por el contrario, si la víctima exhibe auto-disgusto; si no puede elevar la mirada debido a la humillación o si al hacerlo muestra sólo vacío, su muerte puede ser administrada con comodidad o aún con la convicción de que sólo se está extirpando tejido podrido. Y es un hecho que el procedimiento de “selección” en los campos -a la izquierda, vida, a la derecha, muerte- se basaba en la apariencia física de la víctima o en una cierta percepción del grado de renuncia o capacidad de recuperación de la víctima. Un sobreviviente de Auschwitz lo dice así:

Sí, aquí uno se pudría en vida, no había dudas, así como lo había predicho el SS en Bitterfield. Era sin embargo vitalmente importante mantener limpio el cuerpo... Todos (en la “selección”) debían desvestirse y desfilar desnudos ante ellos. Mengele con sus guantes blancos inmaculados señalaba con su pulgar a veces a la derecha, a veces a la izquierda. Cualquiera con manchas en el cuerpo, o un ligero muselmann, era enviado a la derecha. Era el lado que llevaba a la muerte. El otro lado era para los que seguirían pudriendose un tiempo más (Hart, 65).

La carencia de agua era constante, las letrinas estaban cubiertas sumergidas en su propia inmundicia, abundante diarrea y barro por todos lados, en tales condiciones era imposible mantener una limpieza estricta. El mero hecho de tratar de permanecer limpio requería un esfuerzo extraordinario. Como dice un sobreviviente:

 “Ponerse de pie, lavarse y limpiarse,  parece la cosa más simple del mundo, no?, y sin embargo no lo era. Todo en Auschwitz estaba organizado para que estas cosas fueran imposibles. No había donde apoyarse; no había un lugar donde lavarse. Tampoco había tiempo” (Lewinska, 43).

Que las condiciones estaban “tan organizadas” fue un descubrimiento espantoso:

A la salida de los lugares donde dormíamos, las zanjas, el barro, las pilas de excremento detrás de las barracas, me espantaron con su espantoso hedor... Y después ví la luz! Me dí cuenta de que no era una cuestión de desorden o falta de organización, sino que, por el contrario, había un propósito consciente y deliberado que sostenía la existencia de los campos. Nos habían condenado a morir en nuestra propia mugre, en el barro, en nuestro propio excremento. Querían denigrarnos, destruir nuestra dignidad humana, borrar todo vestigio de humanidad, llevarnos al nivel de los animales salvajes para llenarnos con el horror y el desprecio hacia nosotros mismos y nuestros semejantes (Lewinska, 41-42).

Este reconocimiento llevaba o bien a que el prisionero se rindiera o bien a que decidiera resistir. Para muchos sobrevivientes, este momento marcó el nacimiento de su deseo de librar batalla:

Pero desde el instante en que entendí el principio motivacional... fue como si me hubiera despertado de un sueño... como si estuviera recibiendo la orden de vivir... y si moría efectivamente en Auschwitz, sería como un ser humano, aferrada a mi dignidad. No me iba a convertir en el ser bruto, despreciable y disgustante que mi enemigo deseaba que fuera... y comenzó una lucha terrible tanto durante el día como durante la noche  (Lewinska, 50).

Otro sobreviviente lo dice de la siguiente manera:

Allí y entonces decidí que si no era el blanco de una bala o si no me colgaban, haría cualquier esfuerzo para sostenerme. No sucumbiría nunca más a la apatía. Mi primer impulso fue el de concentrarme para estar más presentable. Bajo las circunstancias esto puede sonar ridículo; ¿qué relación real podía haber entre mi recién adquirida resistencia espiritual y los espantosos harapos en mi cuerpo? Pero en un sutil sentido había una relación, y desde ese momento en adelante, el resto de mi vida en los campos, lo tomé como un hecho. Empecé a mirar a mi alrededor y veía el principio del fin cuando encontraba una mujer que podía haber tenido la oportunidad de lavarse y no lo había hecho, o a otra que sentía que atarse el cordón del calzado era ya una pérdida de energía (Weiss, 84)

Higienizarse, no sólo en un sentido ritual -aparte de las cuestiones de salud- era algo que los  prisioneros necesitaban hacer. Lo encontraban necesario para la supervivencia, y, aunque parezca extraño, los que dejaban de hacerlo morían pronto:

Era el primer paso hacia la tumba. Era casi una ley férrea: los que dejaban de lavarse todos los días morían pronto. Si esto era la causa o el efecto de un quiebre interno, no lo sé; pero era un síntoma infalible (Donat, 173).

Otro sobreviviente describe la desaparición inicial de la preocupación por su apariencia y la progresiva toma de conciencia de que sin ese cuidado, no sobreviviría:

¿Por qué debería lavarme? ¿Estaría en mejor situación de la que estoy? ¿Le agradaría más a alguien? ¿Viviría un día más, una hora más? Seguramente viviría un poco menos tiempo porque lavarse era un esfuerzo, una pérdida de energía y calor... Pero después comprendí.... En un lugar como este, con el agua escasa, turbia y maloliente, el acto de lavarse no tiene que ver con la higiene y  la salud, es el síntoma más importante de lo que queda de vitalidad, es un instrumento de supervivencia moral (Levi, 35).

Al pasar a través de la degradación de los campos, los sobrevivientes descubrieron que en tal situación límite no podían darse el lujo de perder el sentido de la dignidad. Sobrellevaron un daño indescriptible, una enorme humillación. Pero en un cierto punto debían elevar una firme resistencia a la pretendida negación como seres humanos de que eran objeto. Aprendieron además que cuando el contexto de inmundicia es tan fuerte, la suciedad del cuerpo parece representar a la suciedad del alma. Y terminaron reconociendo que cuando ese sentimiento particular -ese algo interno intocable, la “dignidad”- era quebrado definitivamente, con ello muere el deseo de vivir.  Cuidar la apariencia, entonces, se transformó en un acto de resistencia y un momento necesario en la compleja estructura de la supervivencia. La vida misma dependía de mantener intacta la dignidad, y esto dependía a su vez, de la batalla infinita para mantenerse visiblemente humano:

Debemos entonces lavar nuestras caras sin jabón y con agua sucia y secarnos con nuestras ropas. Debemos lustrar nuestros zapatos, no porque nos lo exige alguien, sino por la dignidad y lo que debe ser. Debemos caminar erguidos sin arrastrar nuestros pies, no en homenaje a la disciplina prusiana sino para mantenernos vivos, para no empezar a morir (Levi, 36).

La estructura básica de la civilización occidental,-o tal vez de cualquier civilización, puesto que los procesos de cultura y sublimación son uno-, es la división entre el cuerpo y el espíritu, entre la existencia concreta y las maneras simbólicas de ser. En la situación límite, sin embargo, este tipo de divisiones colapsan. El principio de compartamentalización ya no se sostiene y el ser orgánico es el principal asiento de la vivencia de ser. Cuando esto sucede, el cuerpo y el espíritu son piso uno del otro, cada uno carga con las necesidades del otro, con las penas del otro y cada uno es consecuencia directa de la condición total del otro. Si la capacidad espiritual de recuperación declina, también decae la resistencia física. Si el cuerpo se enferma, el espíritu pierde asideros. Hay una extraña circularidad acerca de la existencia en la situación límite: los sobrevivientes preservan su dignidad para “no empezar a morir”, se preocupan por su cuerpo como una cuestión de “supervivencia moral”.

Para muchos de nosotros, la palabra “dignidad” no quiere decir mucho a estas alturas; junto a palabras como “conciencia” y “espíritu” ha generado sospechas y se la usa raramente en el discurso analítico. Ciertamente, si por “dignidad” entendemos la proyección de pretextos y  vanaglorias, o la forma en que el poder se oculta tras la pompa y el orgullo ritual, si se trata de una forma paródica del principio que los hombres usan para justificar o conquistar -así como el honor y la conciencia son explotados y parodiados, aunque sean tan reales- entonces, el reclamo por la dignidad a que nos referimos es falso. Pero si hablamos acerca de una resistencia interior frente a determinaciones exteriores; si nos referimos a un sentido de inocencia y valor, un sentimiento que no puede ser violado, autónomo e intocable y que se hace más vigoroso cuando es amenazado, entonces, y tal es el caso de los sobrevivientes, estamos tratando con uno de los constituyentes esenciales de lo humano, uno de los elementos irreductibles de la vivencia de ser. La dignidad en este caso aparece como una facultad auto-conciente, auto-determinada, cuya función es la insistencia en el reconocimiento de uno mismo como tal.

Los SS ciertamente lo reconocieron, de allí su intento por destruirlo, aunque no del todo exitosamente en el caso de los sobrevivientes; fue ése uno de los peores aspectos de la ordalía en los campos. Cuando la higiene se vuelve imposible y los seres humanos están forzados a vivir en sus propias excreciones, el dolor es tan intenso que llega al punto de la agonía. El shock de la degradación física causa la devaluación moral, y, como podemos juzgar simplemente por los informes de quienes lo sufrieron, el sometimiento a la mugre parece producir mayor angustia que el sometimiento al hambre o al miedo o a la muerte. “Este aspecto de nuestra vida en el campo” dice un sobreviviente, “era la ordalía más terrible a la que estábamos sujetos” (Weiss, 69).  Otro sobreviviente describe el empeño de hombres forzados a yacer en sus propias excreciones: “gemían y sollozaban con vergüenza y disgusto. Su quiebre moral era abrumador”(Szalet, 78). En los casos más raros, la degradación producía una desesperación que bordeaba la locura, como cuando un grupo de prisioneros fueron obligados a “beber de los recipientes higiénicos”:

No podían obedecer esa orden demoníaca; hacían como que bebían. Pero los blockfuehrers se daban cuenta de ello; hundían las cabezas de los prisioneros bien adentro de los recipientes hasta que sus caras estaban cubiertas de excrementos. En este punto las víctimas prácticamente perdían la razón -debido a ello sus gritos sonaban tan demenciales (Szalet, 42).

¿Pero por qué es tan insoportable el contacto con el excremento? ¿Si la incomodidad real al tocar la materia fecal no es tan importante, por qué la reacción es tan violenta? ¿Y por qué es en esta situación particular que el sentimiento de dignidad está más amenazado? El incidente de los recipientes higiénicos citado antes ha sido examinado desde un punto de vista psicoanalítico con la siguiente conclusión:

las satisfacciones infantiles... pueden ser satisfechas sólo por medios contra los cuales la cultura ha erigido fuertes prohibiciones... La renuncia forzada a estas barreras era capaz de llevar a los prisioneros a la desintegración mental (Bluhm, 15)

El sufrimiento extremo de estos hombres, era resultado, entonces, del quiebre de un tabú cultural. Sus gritos demenciales se debían a que se veían forzados a volver a estructuras subliminales en respuesta a la violación de los “hábitos de limpieza”, estructuras “reforzadas por cualquier cultura en un temprano estadío” (17). La lucha de los sobrevivientes contra esta fatalidad excremental, para decirlo llanamente, aparece como una función del “entrenamiento higiénico” -aunque este término no esté usado en el artículo que estoy citando-, y el grado de reduccionismo que implica, aún desde una perspectiva psicoanalítica, parece completamente desproporcionado a la violencia de la experiencia de los prisioneros. El artículo continúa, sin embargo, sugiriendo que la hondura de la que surge el grito original puede revelar, más allá de las demandas relativas y flexibles de la cultura, la violación de un límite o una frontera cultural:

sin embargo, el adulto normal de nuestra civilización comparte con sus iguales el disgusto hacia el contacto con los excrementos de los miembros de la tribu de niveles culturales inferiores. El disgusto parece ser una línea demarcatoria, cuya transgresión puede producir efectos mucho más devastadores que la aparición de síntomas regresivos más o menos aislados (17).

Desde el punto de vista psicoanalítico, la angustia moral es un producto del conflicto entre las demandas culturales y el deseo regresivo de subvertirlas. Pero si tenemos en mente que toda regresión está al servicio del placer o de la liberación del dolor (que así era como definía Freud el placer) entonces toda la teoría de la regresión infantil, en el caso de los sobrevivientes, se vuelve absurda. El grito de aquellos hombres desesperados era por cierto una defensa contra la disolución, pero reducir su extraordinario dolor a la violación de un tabú o a alguna restricción impuesta parece dejar afuera el punto esencial. De cualquier manera, la autoridad inhibitoria del entrenamiento en reglas higiénicas no parece ser tan central como para que su infracción cause la desintegración de la personalidad. Sólo una vez en la cultura occidental fue visto en términos de crisis psicótica - entre las clases burguesas en el siglo diecinueve con su confianza extrema en la rigidez de lo corporal y, en consecuencia, sus formas irritantes de satisfacción sexual. Yo sugeriría, finalmente, que ese entrenamiento es la organización ritual de un proceso biológico inherente. Muchos tabúes se fueron por la borda en los campos de concentración, pero no éste, la transgresión de una “línea demarcatoria” que corre más hondo que la imposición cultural. Aquello que los seres humanos toleren o no, depende, hasta este punto, de los más variados tipos de entrenamientos. Aparte de ello, sin embargo, hay cosas absolutamente inaceptables cuando algo - mantengamos la palabra “dignidad”- algo en nuestra naturaleza más profunda se subvierte. Y la vida depende enormemente de una tal subversión.

Es, creo, una buena descripción de lo que sentían los sobrevivientes cuando eran amenazados por el ataque excremental. Ricoeur dice que el sentimiento de violación contiene conceptos tales como “pecado” y “culpa” y que finalmente como “el más antiguo símbolo del mal”, la profanación “puede significar analógicamente todos los grados de la experiencia del mal” (336). Por cierto, ¿por qué nuestras ideas acerca de la santidad y la purificación espiritual están asentadas sobre el imaginario de la higiene y la purgación física? ¿Por qué usamos imágenes asociadas con excrementos -imaginería de corrupto y deteriorado, de sucio contagioso, contaminado, podrido o echado a perder- para encarnar nuestras percepciones del mal? Ricoeur concluye que toda esta imaginería es sólo simbólica, que representa estados internos del ser, y nosotros no dudamos en concordar con ello. Pero en los campos de concentración, la profanación era una condición real que se percibía con la vista, el tacto y el olfato, y de ahí la cuestión: cuando los sobrevivientes reaccionan tan violentamente al contacto con los excrementos, ¿están respondiendo a lo que ello simboliza o es la ordalía de su experiencia concreta en los campos lo que originó el simbolismo del mal?

La implicancia del análisis de Ricoeur es que “la conciencia de uno mismo parece constituirse en su nivel más inferior por medio del simbolismo; el lenguaje abstracto es sólo un producto subsecuente” (9). Pero, sin embargo, ¿dónde se origina el simbolismo? ¿de qué manera la profanación llegó a simbolizar el mal? Ricoeur puede sólo responderlo diciendo que en el comienzo era el símbolo, que la conciencia de lo humano se dio a través de una simbólica objetivación de su propia estructura y condición. Este tipo de punto de partida, sin embargo, es también una culminación; es nada menos que el objetivo de la civilización, el resultado de un proceso de sublimación o trascendencia o espiritualización (llámese como sea) por el cual los sucesos reales y los objetos se vuelven imágenes, mitos y metáforas que constituyen el espíritu universal del hombre. La transformación del mundo en símbolos es perpetua; internalizamos los hechos y estamos en conexión espiritual, cuando no concreta, con aquellas experiencias primarias de las que, como seres civilizados, nos hemos separado.

Pero esta actividad puede revertirse. Cuando la civilización se derrumba, como sucedió en los campos de concentración, la “mancha simbólica” es una condición de profanación literal, verdadera; y el mal es lo que produce la real “pérdida de la coraza personal del propio ser”. En condiciones extremas, el hombre es despojado de su extensa identidad espiritual. Sólo permanecen formas de existencia concretas, la vida verdadera y la muerte verdadera, el dolor verdadero y la profanación verdadera; y son ellos los que sustituyen el medio del ser moral y espiritual. El espíritu no desaparece así como así cuando falla la sublimación. A costa de gran parte de su libertad vuelve al sustento y origen del significado; es decir que vuelve a la experiencia física del cuerpo. Que es otra manera de decir que, en la situación límite, los símbolos tienden a ser realidad.

Podríamos decir, entonces, que en la situación límite, el simbolismo como simbolismo pierde su autonomía. O, para decirlo de otro modo, que en este caso especial todo es sentido como inherentemente simbólico, intrínsecamente significativo. De cualquier manera, el significado ya no existe por sobre y por debajo del mundo; re-ingresa en la experiencia concreta, se vuelve inmanente e inviste a cada acto y momento de una profunda urgencia. De ahí el insólito carácter “literario” de la experiencia en la situación límite... Es como si entre el humo de los cuerpos ardientes las grandes metáforas de la literatura mundial fueran “puestas en escena” de hechos terribles, muerte y resurrección, daño y salvación, todo el dolor espiritual y el triunfo pasando a través de la noche oscura del alma.

El siguiente suceso, por ejemplo, parece literario hasta el grado del desconcierto. Es el tipo de incidente que podríamos esperar en el clímax de una novela, válido como una ficción que porta un significado más que por su misma realidad, aceptable por ello a través del planteo simbólico que hace, del drama psíquico que encarna. El evento sin embargo, fue real. Sucedió durante los últimos días del levantamiento de ghetto de Varsovia, fue el destino de muchos hombres y mujeres. Armados con pistolas y botellas con combustible, los luchadores del ghetto se sostuvieron durante cincuenta y dos días contra tanques, artillería de campo y ataques aéreos. Resistieron tan encarnizadamente que los alemanes finalmente decidieron quemar casa por casa, calle por calle, hasta que todo -toda vida, todo signo humano- hubiera desaparecido. La última oportunidad para escapar era a través del sistema de alcantarillas y allí se sumergió, en la oscuridad inmunda, lo que quedaba del ghetto:

Al día siguiente, domingo 25 de abril, bajé... a la cañería subterránea que conducía al lado “ario”. Nunca olvidaré lo que se me presentó ante la vista en el primer momento del descenso. Docenas de refugiados... buscaban refugio en los canales angostos y oscuros cubiertos del agua mugrienta de las letrinas municipales y de los baños de los edificios privados. En estos canales de poca altura, angostos, que sólo permitían que una persona se arrastre doblada hacia adelante, docenas de personas yacían juntas apiñadas y confundidas dentro del barro y la inmundicia (Friedman, 284).

Permanecieron allí abajo, a veces durante días, buscando su salida hacia el lado “libre”; por momentos algunos se daban cuenta del lugar en el que estaban, bajo qué intersección de calles; el tiempo pasaba, simplemente, esperando. Muchos murieron, pero gracias al esfuerzo combinado de los partisanos judíos y polacos, algunos fueron rescatados y sobrevivieron:

El 10 de mayo de 1943, a las nueve de la mañana, se abrió de repente la tapa de la alcantarilla que estaba  sobre nuestras cabeza y entró un torrente de luz. A la salida estaba Krzaczek (un miembro de la resistencia polaca) que, después de más de treinta horas de estar sumergidos, nos decía que saliéramos afuera. Empezamos a trepar, uno por uno, y subimos enseguida a un camión. Era un hermoso día de primavera y el sol nos calentaba. Estábamos cegados por el brillo del sol puesto que no habíamos visto la luz del día durante semanas y habíamos pasado casi el tiempo completo en total oscuridad. En las calles había gente y .... estaban quietos mirando a estos seres extraños, a duras penas reconocibles como humanos, que se arrastraban fuera de la alcantarilla (Friedman, 290).

Si perteneciera a una novela, con cuánta facilidad podríamos hablar de los ritos de pasaje; del descenso al infierno; del viaje subterráneo a través de la muerte. Podríamos responder a todos los simbolismos de la oscuridad y de la luz, al renacimiento y a la nueva vida como bendecidos por la primavera y por el sol, estas criaturas cubiertas con cieno emergiendo de los intestinos de la tierra. Y no estaríamos leyendo mal. Puesto que a pesar del horror, todo parece familiar, muy cerca de los arquetipos que conocemos a través del arte y los sueños. Para el sobreviviente en cualquier caso, la inmersión en el excremento marca el nadir de este pasaje a través del límite. No parece ser posible una peor violación moral al ser. Aún en este caso, en que a pesar de todo aún había vida y deseo, estos cuerpos untados de mierda fueron la imagen exacta de cuánta mutilación puede soportar el espíritu humano, a pesar de la vergüenza, la abominación, el trauma de la repugnancia violenta y aún mantener el sentido de ese algo interno inviolado, intacto. “Sólo nuestros ojos afiebrados”, dijo un sobreviviente de las alcantarillas,

“mostraban todavía que éramos seres humanos vivos” (Friedman, 289).

REFERENCIAS.

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Birenbaum, Halina, “Hope Is The Last To Die”, trans. David Welsh. New York: Twayne, 1971.

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Friedman, Philip, “Martyrs and Fighters”, London: Routledge Y Kegan Paul, 1954.

Hart, Kitty, “I Am Alive”, London and New York: Abelard-Schuman, 1962.

Herling, Gustav, “A World Apart”, trans., Joseph Marek. New York: Roy, 1951.

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Lewinska, Pelagia, “Twenty Months at Auschwitz”, trans. Albert Teichner. New York: Simon & Schuster, 1958.

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Newman, Judith Sternberg, “In the Hell of Aus hwitz”, New York: Exposition, 1964.

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Ricoeur, Paul, “The Symbolism of Evil”, trans Emerson Buchanan. New York: Harper & Row, 1967.

Sereny Gitta, “Into That Darkness”. New York: McGraw-Hill, 1974.

Szalet, Leon, “Experiment “E” trans. Catherine Bland Williams. New York: Didier, 1945.

Szmaglewska, Seweryna, “Smoke over Birkenau”, trans. Jadwiga Rynas. New York: Henry Holt, 1947.

Unsdorfer, S.B., “The Yellow Star”, New York and London: Thomas Yoseloff, 1961.

Weinstock, Eugene, “Beyond the Last Path”, trans. Clara Ryan. New York: Boni and Gaer,l 1947.

Weiss, Reska, “Journey Through Hell”. London: Vallentine, Mitchell, 1961.

Wells, Leon, “The Janowska Road”. New York: Macmillan, 1963.

Zywulska, Krystina, “I Came Back”, trans. Krystyna Cenkalska. London: Dennis Dobson, 1951.



[1]De su libro “The survivor: An anatomy of Life in the Death Camps” (El sobreviviente: una anatomía de la vida en los campos de muerte), Oxford and New York: Oxford University Press, 1976. El presente capítulo también fue publicado en “Holocaust. Religious & Philosofical implications” editado por John K. Roth & Michael Berenbaum en 1989, Paragon House, New York, de donde se transcribe el prólogo de los editores. Apéndice de “El silencio de los aparecidos”, Diana Wang, Acervo Editorial, 1998. Nota de la traducción: El título original del capítulo es “Excremental Assault”. Si bien la traducción literal de la palabra assault es asalto, preferí traducirla como violación  para dar cuenta del compromiso corporal que implica y que la palabra asalto  no hace tan evidente en castellano. Diana Wang

[2] Ordalía: pruebas a las que en la Edad Media eran sometidos los acusados y servían para averiguar su inocencia o culpabilidad. Las pruebas eran la del duelo, del fuego, del hierro candente, del sorteo. Se llamaban también juicios de Dios. Pequeño Larrousse Ilustrado.

[3]  Las medidas inglesas en el texto original son: veinticinco piés de longitud, doce piés de profundidad y doce piés de ancho.

Violación excrementicia - Terrence Des Pres

Traducción: Diana Wang. Publicado en su libro "El silencio de los aparecidos". Acervo Editorial, Buenos Aires, 1998.

Comentario de los editores John K. Roth y Michael Berenbaum:

Terrence Des Pres (1939-1987) escribió sólo un libro acerca del Holocausto, pero es un clásico. The survivor: An Anatomy of Life in the Death Camps (El sobreviviente: una anatomía de la vida en los campos de muerte), que apareció en 1976, exploró detalladamente los testimonios escritos de quienes soportaron l´´univers concentrationnaire, según lo denominara David Rousset. El resultado es el propio testimonio de Des Press acerca de qué se requería para ser un sobreviviente. Su interpretación de los relatos de los sobrevivientes muestra que lugares como Auschwitz revelaron, no sólo la depravación de la existencia humana, sino también la grandeza que puede encontrarse en el rehusarse a caer en la desesperanza o a morir.

Un ensayista hábil y un erudito literario, Des Press tenía lo que Elie Wiesel llamó "un modo melancólico de interpretar relatos desesperanzados y un acercamiento sensible a las memorias de muerte". Pero el trabajo de este hombre -durante muchos años fue profesor de inglés en la Colgate University- está siempre al servicio de la vida. Estas características son evidentes en la selección que sigue, en la que Des Press acuña una frase - violación excrementicia- que deberá formar parte, lamentablemente, del vocabulario requerido para hablar acerca d el Holocausto.

Des Press demuestra que no ha sido una mera coincidencia que Auschwitz ha sido denominado annus mundi. "El hecho es", concluye con firmeza, "que los prisioneros fueron sometidos sistemáticamente a la suciedad". Fueron blanco deliberado de violaciones excrementicias con el objetivo de la "completa humillación y degradación de los prisioneros". Los asesinos triunfaron -demasiadas veces, demasiado- pero no completamente. Este hecho constituye otro factor clave que Des Press quiere que sea recordado. Cuando las víctimas reconocían la violación excrementicia como tal, resistían. Esta resistencia incluía el énfasis en el intento, a pesar de todas la dificultades, en permanecer limpios. Pero este esfuerzo extraordinario podría haber sido la diferencia entre el aferrarse a anclas de dignidad que permitían seguir con vida y el rendirse que tenía como conclusión la muerte. Nada, por supuesto, garantizaba la supervivencia en los campos de muerte. La anatomía de Des Press sobre la violación excrementicia establece esta evidencia de modo claro e incontrovertible. Sin embargo, está en lo cierto cuando escribe "la vida misma depende de mantener intacta la dignidad, y esto, a su vez, depende de la batalla diaria, nunca terminada de mantenerse visiblemente humano"

A fines del verano de 1976 tuvo lugar una conferencia sobre el trabajo que llevó a cabo Elie Wiesel en Long Island. El libro de Terrence Des Press había aparecido recientemente, y él estaba allí. También estuvo Emil Fackenheim. En un momento la conversación se focalizó en el libro de Des Press. Según lo recuerda Harry James Cargas, Fackenheim se refirió específicamente al capítulo crucial sobre la violación excrementicia. En una voz susurrante, dijo: "nunca en mi vida usé la palabra mierda, pero Terrence Des Press la usa de tal modo, que se ha vuelto una palabra sagrada".

Mientras la columna regresa del trabajo

después de un día entero pasado al aire libre,

el hedor del campo es abrumadoramente ofensivo.

A veces, aún varias millas antes de llegar, te golpea el aire envenado.

Seweryna Szmaglewska, "Smoke over Birkenau" (Humo sobre Birkenau)

Había dejado de lavarse mucho tiempo antes...

y ahora, los últimos restos de su dignidad humana

se estaban quemando en su interior.

Gustav Herling, "A World Apart" (Un mundo aparte)

Comenzaba en los trenes, en los vagones cerrados -de ochenta a cien personas en cada coche- atravesando Europa rumbo a los campos en Polonia:

La temperatura comenzaba a elevarse debido a que el vagón del terror estaba cerrado y el calor de los cuerpos no tenía salida... El único lugar para orinar era a través de una ranura en la claraboya aunque los que lo intentaban habitualmente no acertaban y derramaban su orina en el piso... Cuando llegaba finalmente el amanecer... estábamos muy enfermos y doloridos, golpeados no sólo por el peso de la fatiga sino por la atmósfera sofocante y el olor hediondo de los excrementos.... No había letrinas ni provisiones... Encima, mucha gente había vomitado en el piso. Debíamos vivir durante días respirando estos inmundos olores y nos íbamos convirtiendo nosotros mismos en inmundicia. (Kessel, 50-51)

En el caso de muchos prisioneros soviéticos, el transporte por barco era aún peor:

"mucha gente se mareaba y tenía que vomitar sobre los que estaban más abajo. Era también la única manera de aliviar sus otras necesidades corporales" (Knapp, 59).

Desde el comienzo, el sometimiento a la inmundicia era un pilar de la ordalía de los sobrevivientes. En los campos nazis especialmente, la mugre y los excrementos eran la condición permanente de la existencia. En las barracas, por ejemplo de noche,

"había baldes de excrementos en un estrecho pasillo próximo a la salida. No eran suficientes. Al amanecer, el piso entero estaba cubierto de orina y heces. La inmundicia estaba en nuestros pies, la llevábamos por toda la barraca, el hedor hacía que algunos se desmayaran" (Birenbaum, 226).

Las enfermedades hacían las cosas aún peor:

Todos tenían tifus... en Bergen Belsen se daba del modo más violento, doloroso y mortal. La diarrea consecuente era incontrolable. Se derramaba del borde de las cuchetas y se filtraba por entre las maderas sobre las caras de las mujeres que yacían en las cuchetas inferiores, y mezcladas con sangre, pus y orina, formaban un barro fétido y resbaloso sobre el piso de las barracas (Perl, 171)

Las letrinas eran un espectáculo en sí mismas:

Había una letrina para entre treinta y treinta y dos mil mujeres y sólo las podíamos usar en ciertas horas. Nos parábamos en fila para entrar en la diminuta construcción, hundidas hasta las rodillas en excremento humano. Puesto que todas sufríamos de disentería, raramente podíamos esperar nuestro turno y nos ensuciábamos en nuestros harapos, nunca podíamos sacar la suciedad de nuestro cuerpo, lo que agregaba al horror de nuestra existencia, el terrible olor que nos rodeaba como una nube. La letrina consistía en una zanja profunda con tablones que la atravesaban a ciertos intervalos. Nos agazapábamos sobre estos tablones como pájaros encaramados sobre los cables del telégrafo, tan cerca unas de las otras que no podíamos evitar ensuciar a nuestra vecina. (Perl, 33)

Los prisioneros que tenían la suerte de trabajar en uno de los hospitales del campo, capaces de disfrutar por ende en alguna medida de la privacidad, no estaban eximidos por ello del horror especial de las letrinas:

"Tenía que caminar sobre excreciones humanas, orina mezclada con sangre, sobre deposiciones de personas que padecían enfermedades extremadamente contagiosas. Sólo entonces conseguía llegar al agujero, rodeado por la suciedad más inexpresable"(Weiss, 69).

La iniciación de un prisionero recién llegado a la vida del campo se completaba cuando "se daba cuenta que no había papel higiénico"-que no había papel en todo Auschwitz y que estaba forzado a encontrar "alguna otra manera".

Desgarré de mi chalina un trozo y lo lavaba después de cada uso. Conservé este pedacito de tela a lo largo de todos mis días en Auschwitz; otros hacían lo mismo. (Unsdorfer, 102)

Problemas de este tipo se veían intensificados por el hecho de que, en un momento o en otro, todos sufrían de diarrea o disentería; para prisioneros hambreados y exhaustos como estos, ello era frecuentemente fatal:

"Los que tenían disentería se derretían como velas, se aliviaban en sus ropas y se transformaban lentamente en esqueletos malolientes y repulsivos que morían en su propio excremento" (Donat, 269).

A veces, toda la población del campo se enfermaba de esta manera, y entonces el horror era sobrecogedor. Hombres y mujeres no podían más que ensuciarse a sí mismos y al vecino. Los que estaban demasiado débiles para trasladarse se aliviaban allí donde se encontraban. Los que no se recuperaban se iban envolviendo lentamente en su propia descomposición:

"Algunos morían incluso antes de llegar a las cámaras de gas. Muchos estaban cubiertos con su propio excremento puesto que no había baños ni alternativas sanitarias y no podían mantenerse limpios" (Newman, 39).

La diarrea era una enfermedad mortal y una constante fuente de suciedad, pero era también peligrosa por otra razón -forzaba a los prisioneros a infringir reglas:

Muchas mujeres con diarrea se aliviaban en los tazones de sopa o en los cuencos para "café"; después escondían el utensilio bajo el colchón para evitar el castigo que podían recibir: veinticinco golpes en las nalgas desnudas o una noche entera arrodilladas sobre la grava rugosa sosteniendo ladrillos. Estos castigos culminaban frecuentemente con la muerte de la "culpable". (Birenbaum, 134).

En otro caso, un grupo de hombres fue encerrado día tras día en un cuarto sin ventilación ni facilidades sanitarias de ningún tipo. Descubrieron un agujero en el piso ubicado cerca de la ventana por la que pasaban los guardias. Para usarlo, un hombre debía arriesgar su vida, puesto que quien eran descubierto era golpeado hasta morir.

"El espectáculo de estos infortunados, temblando de miedo mientras se arrastraban sobre sus manos y rodillas hasta el agujero y se aliviaban acostados es uno de mis recuerdos más terribles de Sachsenhausen" (Szalet, 51).

La angustia de la existencia en los campos se veía intensificada por el fluir mineral de la vida misma. La muerte estaba concebida en el contexto de una necesidad -la evacuación intestinal- que no podía, como otras necesidades, ser suprimida o postergada o vivida pasivamente. Las demandas de los intestinos son absolutas y bajo tales circunstancias, hombres y mujeres debían resistir, incluso acomodar de algún modo, sus propias y más íntimas necesidades a las posibilidades:

Imaginen lo que significa que esté prohibido ir al baño; imaginen también que estén sufriendo de una severa y progresiva disentería, causada y agravada por la dieta de sopa de repollo y por el frío constante. Naturalmente, uno trataría de ir a algún lado para aliviarse. A veces uno hasta podía tener éxito. Pero tus ausencias podían ser notadas y serías golpeado, derribado y pisoteado. Ya sabías a qué riesgos te exponías pero la urgencia te obligaba a repetir el intento, a cualquier costo... Aprendí pronto a convivir con la disentería atando una soga alrededor de la parte baja de mis calzoncillos (Maurel, 38-39).

Hasta tanto yo sé, los estudios psicoanalíticos acerca de la experiencia en los campos, mantienen, con una sola excepción, que la vida se caracterizaba por una regresión a niveles de conducta "infantiles". Esta conclusión se basa, en principio, en el hecho de que los hombres y las mujeres en los campos de concentración se preocupaban "anormalmente" por la alimentación y las funciones excrementicias. Los niños exhiben una preocupación similar y la comparación sugiere que los hombres y las mujeres reaccionan frente a la situación límite con una "regresión y fijación a estadios pre-edípicos" (Hope, 77). Aquí, como sucede en general con el punto de vista psicoanalítico, el contexto no se ha considerado. El hecho de que la situación del sobreviviente era anormal en sí misma está simplemente ignorado. Que la preocupación por la comida estaba causada por la inanición literal no cuenta; y el hecho de que los internos de los campos eran forzados a vivir en la mugre tampoco entra en consideración.

El argumento de "infantilismo" fue planteado con energía por Bruno Bettelheim. Una tesis importante de su libro The Informed Heart (El corazón informado) es que en situaciones extremas, las personas están reducidas a la infancia; y en la parte titulada "La conducta infantil" iguala simplemente la categoría objetiva de los prisioneros a una conducta inherentemente regresiva. Bettelheim observa, por ejemplo -cosa que era, por cierto, verdad- que las regulaciones del campo estaban diseñadas para hacer de la actividad excretoria un momento de crisis. Los prisioneros debían pedir permiso para poder aliviar sus cuerpos, lo que los hacía vulnerables a los caprichos del guardia SS con quién hablaban. A lo largo de la jornada de trabajo de doce horas, los prisioneros no tenían permitido responder a sus necesidades naturales o eran forzados a hacerlo mientras trabajaban y en el mismo lugar donde estaban. Como dice una sobreviviente:

"Si alguna de nosotras, atormentada por su estómago, intentaba acercarse a una zanja cercana, los guardias le soltaban los perros. Humilladas, laceradas, las mujeres no dejaban su lugar y nadaban en su propio excremento" (Zywulska, 67).

Aún peor eran los días de las marchas de la muerte cuando los prisioneros que se detenían por cualquier razón eran instantáneamente asesinados. Para seguir viviendo debían simplemente seguir caminando:

El orín y las heces se derramaba por las piernas de los prisioneros y a la noche, del excremento que se había congelado en nuestros miembros emanaba un fuerte hedor. Ya no éramos seres humanos. Ni siquiera animales. Éramos cuerpos putrefactos que se movían sobre dos piernas (Weiss, 211)

Bajo tales condiciones, la evacuación intestinal se transformaba ciertamente, como dice Bettelheim, "en un evento cotidiano importante"; pero la conclusión necesaria no es, como él dice, que los prisioneros estaban reducidos "al nivel previo a la adquisición del control de esfínteres" (132). Aparentemente sí; hombre y mujeres estaban muy preocupados por las funciones excrementicias, igual que los niños; los prisioneros estaban "forzados a mojarse y ensuciarse encima", del mismo modo que lo hacen los niños -sólo que los niños no están forzados. Bettelheim concluye que para los internos de los campos, la ordalía de la crisis excrementicia "les hacía imposible verse ya como adultos" (134). No distingue entre conductas en condiciones extremas y conductas civilizadas; puesto que, por supuesto, en circunstancias civilizadas, la preocupación de un adulto acerca del estado de sus intestinos, o la sensación de que su camino al baño es un tipo de ordalía, revelaría un estado de neurosis evidente. Pero en el campo de concentración, la conducta estaba gobernada por la amenaza de muerte inminente; la acción no respondía a deseos infantiles sino que era una respuesta a las espantosas condiciones.

El hecho era que los prisioneros eran sometidos sistemáticamente a la inmundicia. Eran el blanco deliberado de una violación excrementicia. La violación, la profanación, era una constante amenaza, una condición de vida cotidiana y, en cualquier momento, podía tomar formas malignas y a veces fatales. El pasatiempo favorito de un Kapo era detener a los prisioneros justo antes de que alcanzaran la letrina. Forzaba a cada uno a estar firme y atento al interrogatorio, luego lo hacía "poner en cuclillas hasta que el pobre hombre no podía ya contener sus esfínteres y explotaba", entonces lo golpeaba y sólo después "cubierto con sus propios excrementos, la víctima tenía permiso de arrastrarse hasta la letrina" (Donat, 178). En otra instancia, los prisioneros eran forzados a acostarse en fila sobre el piso, y cada hombre, cuando finalmente le era permitido ponerse de pie, "debía orinar sobre las cabezas de los demás", y hubo una noche en que "refinaron su tratamiento forzando a cada hombre a que orinara en las bocas de los que estaban a sus pies" (Wells, 91). En Birkenau, arrebataban con frecuencia a los prisioneros los tazones para sopa y los arrojaban a las letrinas de donde los tenían que recuperar:

"Cuando lo acercás a tus labios la primera vez, no olés nada sospechoso. Otros pares de manos tiemblan con impaciencia por él y esperan tomarlo ni bien terminás. Sólo después, mucho después, ese olor repulsivo golpea tu nariz" (Szmaglewska, 154).

Y, como hemos visto, los prisioneros que padecían disentería, infringían con frecuencia las reglas del campo y se contaminaban a sí mismos al usar sus utensilios alimenticios como recipiente de sus heces:

Los primeros días nuestros estómagos se sublevaban ante el pensamiento de usar nuestras tazas de noche para comer. Pero el hambre manda y estábamos tan hambreados que estábamos dispuestos a comer cualquier comida. No podíamos evitar que tuviera que estar dentro de esos recipientes. Durante la noche muchos de nosotros hacíamos uso de los tazones en secreto. Teníamos permiso de ir a las letrinas sólo dos veces por día. )Cómo podíamos evitarlo? Sin importar cuán intensa fuera nuestra necesidad, si salíamos en el medio de la noche, nos arriesgábamos a ser capturados por el SS que tenía la orden de disparar primero y preguntar después (Lengyel, 26).

Este tipo de degradación no tenía fin. El hedor de los excrementos se mezclaba con el olor y el humo de los hornos crematorios y el rancio deterioro de la carne. Los prisioneros de los campos nazis eran sumergidos virtualmente en su propia basura lo que, por sí mismo, conducía muchas veces a la muerte. En Buchenwald por ejemplo, las letrinas eran zanjas de siete metros y medio de largo, tres metros y medio de profundidad y tres metros y medio de ancho. Había una especie de baranda para sostenerse y "uno de los juegos favoritos de los SS era el sorprender a los hombres en el acto de la evacuación y arrojarlos dentro del pozo: en Buchenwald, diez prisioneros se ahogaron en excremento de esta manera en octubre de 1937" (Kogon, 56). Los mismos pozos, siempre desbordados, eran vaciados por los prisioneros a la noche con pequeños cubos:

El lugar era resbaloso y oscuro. De los treinta hombres asignados, un promedio de diez caía en el pozo en el curso de cada noche de trabajo. A los otros no les era permitido sacarlos. Cuando el trabajo estaba terminado y el pozo vacío, entonces y sólo entonces, podían extraer los cuerpos (Weinstock, 157-158).

Repito, tales condiciones no eran accidentales; estaban determinadas por una política deliberada cuyo objetivo era la humillación más completa y la degradación de los prisioneros.

La causa de que ello fuera necesario no es aparente en una primera mirada puesto que ninguno de los fines del sistema concentracionario -sembrar terror, proveer mano de obra esclava, exterminar poblaciones- requería tal tipo de brutalidad y tales condiciones de envilecimiento. Pero también aquí, con toda esta locura, había método y razón. Este modo especial de maldad es un producto natural del poder cuando es absoluto, y en el mundo totalitario del campo, el poder ciertamente lo era. Los SS podían matar a todo aquel con quien tropezaran. Los kapos criminales caminaban en grupos de dos o tres, haciendo apuestas entre ellos acerca de quién mataría a un prisionero de un solo golpe. El grado de patología de tales hombres, su furia incontrolable ante la infracción de reglas, es una evidencia del deseo desatado de aniquilar, destruir, aplastar cualquier cosa que estuviera en la esfera de su autoridad. Inevitablemente, el mero acto de matar no es suficiente, puesto que si un hombre muere sin haberse rendido, si algo permanece intacto en él, el poder que lo ha destruido no consiguió arrasar, después de todo, con todo. Algo escapó a su alcance y es precisamente ese algo -llamémoslo "dignidad"- lo que debe morir para que los detentadores del poder alcancen la cima orgástica de su poderosa dominación.

Junto al incremento del poder, aumenta más y más la hostilidad hacia todo lo exterior a él. Su lógica es inherentemente negativa, debido a lo cual termina destruyéndose a sí misma (un consuelo que no significa mucho ya que el perímetro de la destrucción atómica es infinito). El ejercicio del poder totalitario, en cualquier caso, no se detiene con el ofrecimiento de la sumisión. Busca aplastar el espíritu, arrasar ese principio interno y activo cuyo vigor se sostiene en la libertad de ser determinado por fuerzas exteriores, en su independencia. De allí la compulsión sentida por hombres con gran poder, de salir a buscar y destruir toda resistencia, toda autonomía espiritual, todo signo de dignidad en sus cautivos. No era suficiente con asesinar a los viejos bolcheviques; Stalin necesitaba del espectáculo de los juicios. Tenía que demostrar públicamente que estos hombres de enorme energía y espíritu se habían quebrado tan profundamente que repudiaban abiertamente tanto a sí mismos como a la causa por la que habían luchado. Igual sucedió en los campos. La destrucción espiritual se transformó en un fin en sí mismo, muy lejos de los requerimientos del asesinato en masa. El objetivo era la muerte del alma. Sería llevado a cabo por medio del terror y la privación, pero en primer lugar por el implacable ultraje a la pureza y al valor. El ataque excrementicio, la inducción física al asco y al auto-disgusto, era el arma principal.

Pero la degradación tenía también su lógica más degradada: "En Buchenwald", dice un sobreviviente,

"el principio consistía en deprimir la moral de los prisioneros al nivel más bajo posible, impidiendo al mismo tiempo, el desarrollo de la solidaridad o la cooperación entre las víctimas" (Weinstock, 92).

¿Cuánta autoestima puede uno sostener, con cuánta rapidez puede uno responder con respeto a las necesidades del prójimo, si ambos huelen mal, si ambos están cubiertos de barro y heces? Tendemos a olvidar el modo en que los prisioneros de los campos se veían y el modo en el que olían, especialmente los que ya habían renunciado al deseo de vivir; ello nos impide comprender la intensa revulsión y el disgusto que existía entre los prisioneros. Era éste un mecanismo efectivo para intensificar la ya existente irritabilidad entre los internos, ahogando en el disgusto común el impulso hacia la solidaridad. Dentro del mundo concentracionario todo signo visible de belleza humana, de orgullo corporal o brillo espiritual, debían ser eliminados. El prisionero era llevado a sentirse sub-humano, a verse a sí mismo reflejado sólo en el hedor y la mugre de su vecino. Los SS, por el contrario, aparecían superiores no sólo en virtud de sus armas y seguridad, sino por la elegancia que los mantenía visiblemente aparte de la inmundicia del mundo de los prisioneros. En Auschwitz, los prisioneros eran forzados a marchar sobre el barro mientras que el camino limpio era sólo para los SS.

Y ahí aquí una razón final y de enorme significación para comprender por qué los prisioneros debían ser tan degradados en los campos. Hacía más fácil hacer el trabajo. El asesinato en masa era menos terrible para los asesinos porque las víctimas aparecían menos que humanas. Parecían inferiores. En las entrevistas que realizara Gitta Sereny a Franz Stangl, comandante de Treblinka, hay momentos de reconocimiento escalofriante. Éste es uno de los más reveladores:

"¿Por qué" le pregunté a Stangl Asi los iban a matar de todos modos, cuál era el sentido de toda esa humillación, por qué la crueldad?"

"Para proteger a los que debían llevar a cabo las políticas", dijo, "para hacerles posible hacer lo que hicieron" (101)

En una conferencia en la New School (New York, 1974), Hannah Arendt señaló que es más sencillo matar a un perro que a un ser humano, más fácil aún matar una rata que un sapo y ya no hay ningún problema en matar a un insecto - "es la mirada, está en los ojos". Quiere decir que la percepción de la subjetividad en la víctima despierta algún tipo de identificación en el perpetrador; ello dificulta la realización de su acción en proporción directa con la capacidad de sufrimiento y resistencia que percibe. Inhibido por la lástima y la culpa, el acto mortal se hace difícil de llevar a cabo y produce cierto daño psíquico en el mismo asesino. Por el contrario, si la víctima exhibe auto-disgusto; si no puede elevar la mirada debido a la humillación o si al hacerlo muestra sólo vacío, su muerte puede ser administrada con comodidad o aún con la convicción de que sólo se está extirpando tejido podrido. Y es un hecho que el procedimiento de "selección" en los campos -a la izquierda, vida, a la derecha, muerte- se basaba en la apariencia física de la víctima o en una cierta percepción del grado de renuncia o capacidad de recuperación de la víctima. Un sobreviviente de Auschwitz lo dice así:

Sí, aquí uno se pudría en vida, no había dudas, así como lo había predicho el SS en Bitterfield. Era sin embargo vitalmente importante mantener limpio el cuerpo... Todos (en la "selección") debían desvestirse y desfilar desnudos ante ellos. Mengele con sus guantes blancos inmaculados señalaba con su pulgar a veces a la derecha, a veces a la izquierda. Cualquiera con manchas en el cuerpo, o un ligero muselmann, era enviado a la derecha. Era el lado que llevaba a la muerte. El otro lado era para los que seguirían pudriéndose un tiempo más (Hart, 65).

La carencia de agua era constante, las letrinas estaban cubiertas sumergidas en su propia inmundicia, abundante diarrea y barro por todos lados, en tales condiciones era imposible mantener una limpieza estricta. El mero hecho de tratar de permanecer limpio requería un esfuerzo extraordinario. Como dice un sobreviviente:

"Ponerse de pie, lavarse y limpiarse, parece la cosa más simple del mundo, no?, y sin embargo no lo era. Todo en Auschwitz estaba organizado para que estas cosas fueran imposibles. No había donde apoyarse; no había un lugar donde lavarse. Tampoco había tiempo" (Lewinska, 43).

Que las condiciones estaban "tan organizadas" fue un descubrimiento espantoso:

A la salida de los lugares donde dormíamos, las zanjas, el barro, las pilas de excremento detrás de las barracas, me espantaron con su espantoso hedor... Y después ví la luz! Me dí cuenta de que no era una cuestión de desorden o falta de organización, sino que, por el contrario, había un propósito consciente y deliberado que sostenía la existencia de los campos. Nos habían condenado a morir en nuestra propia mugre, en el barro, en nuestro propio excremento. Querían denigrarnos, destruir nuestra dignidad humana, borrar todo vestigio de humanidad, llevarnos al nivel de los animales salvajes para llenarnos con el horror y el desprecio hacia nosotros mismos y nuestros semejantes (Lewinska, 41-42).

Este reconocimiento llevaba o bien a que el prisionero se rindiera o bien a que decidiera resistir. Para muchos sobrevivientes, este momento marcó el nacimiento de su deseo de librar batalla:

Pero desde el instante en que entendí el principio motivacional... fue como si me hubiera despertado de un sueño... como si estuviera recibiendo la orden de vivir... y si moría efectivamente en Auschwitz, sería como un ser humano, aferrada a mi dignidad. No me iba a convertir en el ser bruto, despreciable y disgustante que mi enemigo deseaba que fuera... y comenzó una lucha terrible tanto durante el día como durante la noche (Lewinska, 50).

Otro sobreviviente lo dice de la siguiente manera:

Allí y entonces decidí que si no era el blanco de una bala o si no me colgaban, haría cualquier esfuerzo para sostenerme. No sucumbiría nunca más a la apatía. Mi primer impulso fue el de concentrarme para estar más presentable. Bajo las circunstancias esto puede sonar ridículo; )qué relación real podía haber entre mi recién adquirida resistencia espiritual y los espantosos harapos en mi cuerpo? Pero en un sutil sentido había una relación, y desde ese momento en adelante, el resto de mi vida en los campos, lo tomé como un hecho. Empecé a mirar a mi alrededor y veía el principio del fin cuando encontraba una mujer que podía haber tenido la oportunidad de lavarse y no lo había hecho, o a otra que sentía que atarse el cordón del calzado era ya una pérdida de energía (Weiss, 84)

Higienizarse, no sólo en un sentido ritual -aparte de las cuestiones de salud- era algo que los prisioneros necesitaban hacer. Lo encontraban necesario para la supervivencia, y, aunque parezca extraño, los que dejaban de hacerlo morían pronto:

Era el primer paso hacia la tumba. Era casi una ley férrea: los que dejaban de lavarse todos los días morían pronto. Si esto era la causa o el efecto de un quiebre interno, no lo sé; pero era un síntoma infalible (Donat, 173).

Otro sobreviviente describe la desaparición inicial de la preocupación por su apariencia y la progresiva toma de conciencia de que sin ese cuidado, no sobreviviría:

¿Por qué debería lavarme? )Estaría en mejor situación de la que estoy? ¿Le agradaría más a alguien? ¿Viviría un día más, una hora más? Seguramente viviría un poco menos tiempo porque lavarse era un esfuerzo, una pérdida de energía y calor... Pero después comprendí.... En un lugar como este, con el agua escasa, turbia y maloliente, el acto de lavarse no tiene que ver con la higiene y la salud, es el síntoma más importante de lo que queda de vitalidad, es un instrumento de supervivencia moral (Levi, 35).

Al pasar a través de la degradación de los campos, los sobrevivientes descubrieron que en tal situación límite no podían darse el lujo de perder el sentido de la dignidad. Sobrellevaron un daño indescriptible, una enorme humillación. Pero en un cierto punto debían elevar una firme resistencia a la pretendida negación como seres humanos de que eran objeto. Aprendieron además que cuando el contexto de inmundicia es tan fuerte, la suciedad del cuerpo parece representar a la suciedad del alma. Y terminaron reconociendo que cuando ese sentimiento particular -ese algo interno intocable, la "dignidad"- era quebrado definitivamente, con ello muere el deseo de vivir. Cuidar la apariencia, entonces, se transformó en un acto de resistencia y un momento necesario en la compleja estructura de la supervivencia. La vida misma dependía de mantener intacta la dignidad, y esto dependía a su vez, de la batalla infinita para mantenerse visiblemente humano:

Debemos entonces lavar nuestras caras sin jabón y con agua sucia y secarnos con nuestras ropas. Debemos lustrar nuestros zapatos, no porque nos lo exige alguien, sino por la dignidad y lo que debe ser. Debemos caminar erguidos sin arrastrar nuestros pies, no en homenaje a la disciplina prusiana sino para mantenernos vivos, para no empezar a morir (Levi, 36).

La estructura básica de la civilización occidental,-o tal vez de cualquier civilización, puesto que los procesos de cultura y sublimación son uno-, es la división entre el cuerpo y el espíritu, entre la existencia concreta y las maneras simbólicas de ser. En la situación límite, sin embargo, este tipo de divisiones colapsan. El principio de compartamentalización ya no se sostiene y el ser orgánico es el principal asiento de la vivencia de ser. Cuando esto sucede, el cuerpo y el espíritu son piso uno del otro, cada uno carga con las necesidades del otro, con las penas del otro y cada uno es consecuencia directa de la condición total del otro. Si la capacidad espiritual de recuperación declina, también decae la resistencia física. Si el cuerpo se enferma, el espíritu pierde asideros. Hay una extraña circularidad acerca de la existencia en la situación límite: los sobrevivientes preservan su dignidad para "no empezar a morir", se preocupan por su cuerpo como una cuestión de "supervivencia moral".

Para muchos de nosotros, la palabra "dignidad" no quiere decir mucho a estas alturas; junto a palabras como "conciencia" y "espíritu" ha generado sospechas y se la usa raramente en el discurso analítico. Ciertamente, si por "dignidad" entendemos la proyección de pretextos y vanaglorias, o la forma en que el poder se oculta tras la pompa y el orgullo ritual, si se trata de una forma paródica del principio que los hombres usan para justificar o conquistar -así como el honor y la conciencia son explotados y parodiados, aunque sean tan reales- entonces, el reclamo por la dignidad a que nos referimos es falso. Pero si hablamos acerca de una resistencia interior frente a determinaciones exteriores; si nos referimos a un sentido de inocencia y valor, un sentimiento que no puede ser violado, autónomo e intocable y que se hace más vigoroso cuando es amenazado, entonces, y tal es el caso de los sobrevivientes, estamos tratando con uno de los constituyentes esenciales de lo humano, uno de los elementos irreductibles de la vivencia de ser. La dignidad en este caso aparece como una facultad auto-conciente, auto-determinada, cuya función es la insistencia en el reconocimiento de uno mismo como tal.

Los SS ciertamente lo reconocieron, de allí su intento por destruirlo, aunque no del todo exitosamente en el caso de los sobrevivientes; fue ése uno de los peores aspectos de la ordalía en los campos. Cuando la higiene se vuelve imposible y los seres humanos están forzados a vivir en sus propias excreciones, el dolor es tan intenso que llega al punto de la agonía. El shock de la degradación física causa la devaluación moral, y, como podemos juzgar simplemente por los informes de quienes lo sufrieron, el sometimiento a la mugre parece producir mayor angustia que el sometimiento al hambre o al miedo o a la muerte. "Este aspecto de nuestra vida en el campo" dice un sobreviviente, "era la ordalía más terrible a la que estábamos sujetos" (Weiss, 69). Otro sobreviviente describe el empeño de hombres forzados a yacer en sus propias excreciones: "gemían y sollozaban con vergüenza y disgusto. Su quiebre moral era abrumador" (Szalet, 78). En los casos más raros, la degradación producía una desesperación que bordeaba la locura, como cuando un grupo de prisioneros fueron obligados a "beber de los recipientes higiénicos":

No podían obedecer esa orden demoníaca; hacían como que bebían. Pero los Blockfuehrers se daban cuenta de ello; hundían las cabezas de los prisioneros bien adentro de los recipientes hasta que sus caras estaban cubiertas de excrementos. En este punto las víctimas prácticamente perdían la razón -debido a ello sus gritos sonaban tan demenciales (Szalet, 42).

¿Pero por qué es tan insoportable el contacto con el excremento? ¿Si la incomodidad real al tocar la materia fecal no es tan importante, por qué la reacción es tan violenta? ¿Y por qué es en esta situación particular que el sentimiento de dignidad está más amenazado? El incidente de los recipientes higiénicos citado antes ha sido examinado desde un punto de vista psicoanalítico con la siguiente conclusión:

las satisfacciones infantiles... pueden ser satisfechas sólo por medios contra los cuales la cultura ha erigido fuertes prohibiciones... La renuncia forzada a estas barreras era capaz de llevar a los prisioneros a la desintegración mental (Bluhm, 15)

El sufrimiento extremo de estos hombres, era resultado, entonces, del quiebre de un tabú cultural. Sus gritos demenciales se debían a que se veían forzados a volver a estructuras subliminales en respuesta a la violación de los "hábitos de limpieza", estructuras "reforzadas por cualquier cultura en un temprano estadío" (17). La lucha de los sobrevivientes contra esta fatalidad excremental, para decirlo llanamente, aparece como una función del "entrenamiento higiénico" -aunque este término no esté usado en el artículo que estoy citando-, y el grado de reduccionismo que implica, aún desde una perspectiva psicoanalítica, parece completamente desproporcionado a la violencia de la experiencia de los prisioneros. El artículo continúa, sin embargo, sugiriendo que la hondura de la que surge el grito original puede revelar, más allá de las demandas relativas y flexibles de la cultura, la violación de un límite o una frontera cultural:

sin embargo, el adulto normal de nuestra civilización comparte con sus iguales el disgusto hacia el contacto con los excrementos de los miembros de la tribu de niveles culturales inferiores. El disgusto parece ser una línea demarcatoria, cuya trasgresión puede producir efectos mucho más devastadores que la aparición de síntomas regresivos más o menos aislados (17).

Desde el punto de vista psicoanalítico, la angustia moral es un producto del conflicto entre las demandas culturales y el deseo regresivo de subvertirlas. Pero si tenemos en mente que toda regresión está al servicio del placer o de la liberación del dolor (que así era como definía Freud el placer) entonces toda la teoría de la regresión infantil, en el caso de los sobrevivientes, se vuelve absurda. El grito de aquellos hombres desesperados era por cierto una defensa contra la disolución, pero reducir su extraordinario dolor a la violación de un tabú o a alguna restricción impuesta parece dejar afuera el punto esencial. De cualquier manera, la autoridad inhibitoria del entrenamiento en reglas higiénicas no parece ser tan central como para que su infracción cause la desintegración de la personalidad. Sólo una vez en la cultura occidental fue visto en términos de crisis psicótica - entre las clases burguesas en el siglo diecinueve con su confianza extrema en la rigidez de lo corporal y, en consecuencia, sus formas irritantes de satisfacción sexual. Yo sugeriría, finalmente, que ese entrenamiento es la organización ritual de un proceso biológico inherente. Muchos tabúes se fueron por la borda en los campos de concentración, pero no éste, la transgresión de una "línea demarcatoria" que corre más hondo que la imposición cultural. Aquello que los seres humanos toleren o no, depende, hasta este punto, de los más variados tipos de entrenamientos. Aparte de ello, sin embargo, hay cosas absolutamente inaceptables cuando algo - mantengamos la palabra "dignidad"- algo en nuestra naturaleza más profunda se subvierte. Y la vida depende enormemente de una tal subversión.

Es, creo, una buena descripción de lo que sentían los sobrevivientes cuando eran amenazados por el ataque excremental. Ricoeur dice que el sentimiento de violación contiene conceptos tales como "pecado" y "culpa" y que finalmente como "el más antiguo símbolo del mal", la profanación "puede significar analógicamente todos los grados de la experiencia del mal" (336). Por cierto, )por qué nuestras ideas acerca de la santidad y la purificación espiritual están asentadas sobre el imaginario de la higiene y la purgación física? ¿Por qué usamos imágenes asociadas con excrementos -imaginería de corrupto y deteriorado, de sucio contagioso, contaminado, podrido o echado a perder- para encarnar nuestras percepciones del mal? Ricoeur concluye que toda esta imaginería es sólo simbólica, que representa estados internos del ser, y nosotros no dudamos en concordar con ello. Pero en los campos de concentración, la profanación era una condición real que se percibía con la vista, el tacto y el olfato, y de ahí la cuestión: cuando los sobrevivientes reaccionan tan violentamente al contacto con los excrementos, ¿están respondiendo a lo que ello simboliza o es la ordalía de su experiencia concreta en los campos lo que originó el simbolismo del mal?

La implicancia del análisis de Ricoeur es que "la conciencia de uno mismo parece constituirse en su nivel más inferior por medio del simbolismo; el lenguaje abstracto es sólo un producto subsecuente" (9). Pero, sin embargo, ¿dónde se origina el simbolismo? ¿de qué manera la profanación llegó a simbolizar el mal? Ricoeur puede sólo responderlo diciendo que en el comienzo era el símbolo, que la conciencia de lo humano se dio a través de una simbólica objetivación de su propia estructura y condición. Este tipo de punto de partida, sin embargo, es también una culminación; es nada menos que el objetivo de la civilización, el resultado de un proceso de sublimación o trascendencia o espiritualización (llámese como sea) por el cual los sucesos reales y los objetos se vuelven imágenes, mitos y metáforas que constituyen el espíritu universal del hombre. La transformación del mundo en símbolos es perpetua; internalizamos los hechos y estamos en conexión espiritual, cuando no concreta, con aquellas experiencias primarias de las que, como seres civilizados, nos hemos separado.

Pero esta actividad puede revertirse. Cuando la civilización se derrumba, como sucedió en los campos de concentración, la "mancha simbólica" es una condición de profanación literal, verdadera; y el mal es lo que produce la real "pérdida de la coraza personal del propio ser". En condiciones extremas, el hombre es despojado de su extensa identidad espiritual. Sólo permanecen formas de existencia concretas, la vida verdadera y la muerte verdadera, el dolor verdadero y la profanación verdadera; y son ellos los que sustituyen el medio del ser moral y espiritual. El espíritu no desaparece así como así cuando falla la sublimación. A costa de gran parte de su libertad vuelve al sustento y origen del significado; es decir que vuelve a la experiencia física del cuerpo. Que es otra manera de decir que, en la situación límite, los símbolos tienden a ser realidad.

Podríamos decir, entonces, que en la situación límite, el simbolismo como simbolismo pierde su autonomía. O, para decirlo de otro modo, que en este caso especial todo es sentido como inherentemente simbólico, intrínsecamente significativo. De cualquier manera, el significado ya no existe por sobre y por debajo del mundo; re-ingresa en la experiencia concreta, se vuelve inmanente e inviste a cada acto y momento de una profunda urgencia. De ahí el insólito carácter "literario" de la experiencia en la situación límite... Es como si entre el humo de los cuerpos ardientes las grandes metáforas de la literatura mundial fueran "puestas en escena" de hechos terribles, muerte y resurrección, daño y salvación, todo el dolor espiritual y el triunfo pasando a través de la noche oscura del alma.

El siguiente suceso, por ejemplo, parece literario hasta el grado del desconcierto. Es el tipo de incidente que podríamos esperar en el clímax de una novela, válido como una ficción que porta un significado más que por su misma realidad, aceptable por ello a través del planteo simbólico que hace, del drama psíquico que encarna. El evento sin embargo, fue real. Sucedió durante los últimos días del levantamiento de ghetto de Varsovia, fue el destino de muchos hombres y mujeres. Armados con pistolas y botellas con combustible, los luchadores del ghetto se sostuvieron durante cincuenta y dos días contra tanques, artillería de campo y ataques aéreos. Resistieron tan encarnizadamente que los alemanes finalmente decidieron quemar casa por casa, calle por calle, hasta que todo -toda vida, todo signo humano- hubiera desaparecido. La última oportunidad para escapar era a través del sistema de alcantarillas y allí se sumergió, en la oscuridad inmunda, lo que quedaba del ghetto:

Al día siguiente, domingo 25 de abril, bajé... a la cañería subterránea que conducía al lado "ario". Nunca olvidaré lo que se me presentó ante la vista en el primer momento del descenso. Docenas de refugiados... buscaban refugio en los canales angostos y oscuros cubiertos del agua mugrienta de las letrinas municipales y de los baños de los edificios privados. En estos canales de poca altura, angostos, que sólo permitían que una persona se arrastre doblada hacia adelante, docenas de personas yacían juntas apiñadas y confundidas dentro del barro y la inmundicia (Friedman, 284).

Permanecieron allí abajo, a veces durante días, buscando su salida hacia el lado "libre"; por momentos algunos se daban cuenta del lugar en el que estaban, bajo qué intersección de calles; el tiempo pasaba, simplemente, esperando. Muchos murieron, pero gracias al esfuerzo combinado de los partisanos judíos y polacos, algunos fueron rescatados y sobrevivieron:

El 10 de mayo de 1943, a las nueve de la mañana, se abrió de repente la tapa de la alcantarilla que estaba sobre nuestras cabeza y entró un torrente de luz. A la salida estaba Krzaczek (un miembro de la resistencia polaca) que, después de más de treinta horas de estar sumergidos, nos decía que saliéramos afuera. Empezamos a trepar, uno por uno, y subimos enseguida a un camión. Era un hermoso día de primavera y el sol nos calentaba. Estábamos cegados por el brillo del sol puesto que no habíamos visto la luz del día durante semanas y habíamos pasado casi el tiempo completo en total oscuridad. En las calles había gente y .... estaban quietos mirando a estos seres extraños, a duras penas reconocibles como humanos, que se arrastraban fuera de la alcantarilla (Friedman, 290).

Si perteneciera a una novela, con cuánta facilidad podríamos hablar de los ritos de pasaje; del descenso al infierno; del viaje subterráneo a través de la muerte. Podríamos responder a todos los simbolismos de la oscuridad y de la luz, al renacimiento y a la nueva vida como bendecidos por la primavera y por el sol, estas criaturas cubiertas con cieno emergiendo de los intestinos de la tierra. Y no estaríamos leyendo mal. Puesto que a pesar del horror, todo parece familiar, muy cerca de los arquetipos que conocemos a través del arte y los sueños. Para el sobreviviente en cualquier caso, la inmersión en el excremento marca el nadir de este pasaje a través del límite. No parece ser posible una peor violación moral al ser. Aún en este caso, en que a pesar de todo aún había vida y deseo, estos cuerpos untados de mierda fueron la imagen exacta de cuánta mutilación puede soportar el espíritu humano, a pesar de la vergüenza, la abominación, el trauma de la repugnancia violenta y aún mantener el sentido de ese algo interno inviolado, intacto. "Sólo nuestros ojos afiebrados", dijo un sobreviviente de las alcantarillas,

"mostraban todavía que éramos seres humanos vivos" (Friedman, 289).

REFERENCIAS.

Bettelheim, Bruno, "The Informed Heart", Glencoe, Ill.: Free Press, 1960.

Birenbaum, Halina, "Hope Is The Last To Die", trans. David Welsh. New York: Twayne, 1971.

Bluhm, Hilde O., "How Did They Survive?", American Journal for Psychotherapy 2 (1948), pp 3-32.

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