Los secretos de La Carta Escondida.

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Cuando Leila le contó su historia familiar y le pidió que la hiciera libro, Julián Schvindlerman, a quien conocemos como analista político, no se pudo resistir. Y no era para menos. Preso de la fascinación que le produjo esta saga familiar y sus secretos, la convirtió en esta más que interesante y curiosa docu-novela editada en Uruguay y que acaba de ser presentada en Buenos Aires.

Todo empezó cuando Leila descubrió unas cartas en árabe destinadas a su padre e, intrigada,  comenzó a tirar del hilo. Judía, religiosa ortodoxa, criada en el judaísmo junto a sus hermanos en Esperanza, un pueblo de Uruguay, Leila no entendía qué hacían esas cartas venidas de Líbano en su casa, escritas en árabe. El ovillo que fue desenredando abrió ante sus ojos sorprendidos las idas y venidas de su familia en medio de diferentes sucesos socio-político que marcaron el siglo XX.

Supo que ya su madre, Inés, había descubierto en su juventud otro manojo de cartas escritas por un tío que desconocía, en las que descubrió la historia de la Shoá de su propio padre. Pero ni ella ni sus hermanos, se animaron a tirar del hilo como años más tarde hizo Leila, su hija y el secreto se mantuvo.

En estas historias, dos linajes, uno judío y otro musulmán, confluyen y se abren a un horizonte de identidad complejo y en construcción. El padre de Leila se convirtió al judaísmo  por amor a su madre e imperativo de sus suegros. Pero sin que nadie lo supiera, siguió manteniendo sus rituales musulmanes. En una ironía de la vida ahora le tocaba a él islamizar en secreto, como aquellos judíos que debían judaizar en secreto para sobrevivir en la España marranizadora.

Las trayectorias de los diferentes miembros de las dos familias, la musulmana y la judía, los conflictos familiares y sus derroteros nos llevan a Vilna en Lituania, Jabal Amel en Líbano, Moscú en la URSS, Cuba, Israel, Nueva York y Uruguay. Múltiples escenarios enriquecidos por el autor con la descripción de los contextos socio históricos que van determinando las decisiones de cada uno. El frustrado viaje del Saint Louis, el descubrimiento de una Cuba antijudía, la férrea resistencia judía en Vilna y las sangrientas fosas nazis en Lituania, las purgas stalinistas y el Libro Negro, el terrorismo chiíta en Líbano con su acendrado odio anti israelí, la mijlalá y los kibutzim en Israel, los ritos y sentidos del Corán, Montevideo y Esperanza en Uruguay. Como Forrest Gump, Schvindlerman nos lleva de la mano a través de los sucesos más trágicos y esenciales de nuestro pasado reciente, lo que le dan un valor adicional a la increíble historia familiar desplegada en la novela.

El personaje que nos interpela, es Fawwaz, el padre de Leila, que escondía a su familia judía el secreto de su origen y su fidelidad al islamismo y a su familia islámica le ocultaba su conversión al judaísmo. En las actuales circunstancias, esta conversión, de ser conocida, habría sido la peor traición posible. Fawwaz escondía ese doble secreto llevado por la vida familiar y las circunstancias políticas.

Me pregunté ¿por qué el primer grupo de cartas no determinó la búsqueda y la develación que produjo el segundo? ¿Qué llevó a Leila a investigar y descubrir lo que permanecía en silencio y oculto? Creo que una posible respuesta es el tiempo. Nos lo enseñaron los sobrevivientes de la Shoá y los sobrevivientes de cualquier otro genocidio: recién se puede hablar varias décadas después. Algo sufrido de manera interpersonal, un robo, una violación, debe ser puesto en palabras inmediatamente, dado que si se mantiene callado tiene un potente efecto tóxico y corrosivo. Por el contrario, lo sufrido en un proceso genocida o dictatorial, pareciera que requiere de varias décadas de silencio hasta poder ser puesto en palabras.

No se trata del mismo silencio. Quienes hablaron en la inmediata posguerra no pudieron desprenderse del relato de lo sufrido y se hundieron en la victimización. La gran mayoría de los sobrevivientes calló por décadas. Y no solamente porque nadie quería oír. Mi convicción es que precisaron de todos esos años para recuperar la confianza en el Estado. Nuestro contrato social se basa en que el Estado nos protegerá y en situaciones genocidas no solo no lo hace sino que es el artífice de la victimización. El piso sobre el que estamos parados se fragmenta y caemos en un pozo sin fin. Recién después de muchos años, cuando la vida va probando que el piso vuelve a ser firme bajo los pies, las palabras pueden tener cuerpo, ser dichas y ser oídas. Tal vez es por eso que Inés no pudo develar aquel primer grupo de cartas mientras que años más tarde, Leila pudo con el segundo.

Jorge Semprún lo dice claramente, ya desde el título, en “La Escritura o la Vida”. Recién pudo hablar de Buchenwald 40 años después; si lo hubiera hecho antes, prematuramente, habría sucumbido ante el horror, no creía que le habría sido posible vivir.

La Carta Escondida es más que esos dos grupos de cartas. Se trata de los secretos protectores y también encubridores, una metáfora polisémica que se abre a muchos sentidos. Uno de ellos -una asociación mía- es el origen de la palabra “baraja”, sinónimo de carta. Cuando los judíos españoles recibían el shabat escondían los libros de rezos sobre las piernas ocultos a la vista de algún posible visitante inesperado, mientras que lo que se veía sobre la mesa familiar eran cartas, como si estuvieran reunidos para jugar en familia. Cartas en lugar de brajot, bendiciones. Barajas.

Cartas encubridoras. Cartas salvadoras. Cartas que nos abren a tantos vericuetos de las relaciones humanas, de los conflictos políticos, sociales y religiosos. Cartas que tenemos que aprender a leer. Cartas con las que tenemos que aprender a jugar.

 

La aldea no arderá. OSM

Disertación en el Encuentro Sionista Latinoamericano de la Organización Sionista Mundial, el Departamento de Actividades para la Diáspora

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Honrada por haber sido invitada a este encuentro. Honrada doblemente porque, además, está entre ustedes una de mis nietas, le dor vador.

La pregunta por la identidad judía empezó a ser un eje en mi vida después de mis 50 años. Hasta entonces era una judía nominal, es decir, sabía y decía que era judía y eso era todo. Criada en un hogar secular, sin participación en organizaciones de la comunidad judía ni habiendo recibido ataques o discriminaciones, la cuestión no se me planteaba como acuciante.

Yo era muy judía sin embargo. No lo era en base a argumentaciones ni conceptualizaciones sino por linajes e historias, rituales y tradiciones, olores y emociones, éticas y responsabilidades.

La bomba de la AMIA cambió todo. Volvimos a estar en peligro y todo lo que no me había preguntado se levantó entre los escombros y me señaló con el dedo. Como hija de sobrevivientes de la Shoá, el atentado terrorista me colocó, otra vez, en el lugar de víctima. Y comenzó ahí mi camino de aprendizaje y de resistencia, porque nunca acepté a la victimización como eje central de mi identidad.

Los religiosos y observantes no se hacen esa pregunta, tienen la respuesta en los textos sagrados y en los rituales colectivos y en la estructura reglada de su vida cotidiana. Tampoco se lo preguntan los judíos en Israel porque su argumento definitorio e identitario es el piso que pisan, la lengua que hablan y el shabat en que descansan.

La pregunta por la identidad judía nos la hacemos los seculares y los que vivimos fuera de Israel. En nuestra rica diversidad, de ashekanazis, sefaradíes, orientales y tantos otros grupos, ¿qué nos hace judios igual al resto de los judíos del mundo? ¿Cuál es el concepto básico y fundante, si no es la religión, que nos unifica como judíos? Obviamente no el concepto de raza, una falsedad científica puesto que la raza es la raza humana.

Aunque hayan estallidos de antisemitismo transvestidos hoy de antisionismo, estamos viviendo un momento en el que el  mundo es más amistoso que nunca antes hacia nosotros. Esta apertura liberadora comporta la tentación de la asimilación, el matrimonio mixto y el progresivo alejamiento de la judeidad. Este vacío que se abre se llenado por muchos con el Holocausto.

Si la religión no es más el común denominador entre los judíos seculares que vivimos fuera de Israel, identificarnos como herederos del Holocausto aparece como una respuesta tentadora. La Shoá parece venir en nuestro auxilio porque para muchos se ha transformado en el factor común de nuestra identidad. El que el pueblo judío haya sido designado como blanco para el exterminio se volvió una especie de aglutinante identitario que nos iguala.

Para el nazismo así como para el antisemitismo, todos los judíos somos iguales, religiosos o seculares, rubios o morenos, ricos o pobres. Los nazis definieron muy específicamente quién es judío: orgulloso o avergonzado, convertido o no, aceptándolo o negándolo, para ellos, un judío era judío y no dependía de él ni de su militancia religiosa sino de su nacimiento. Sin lugar a discusión, naturalizado y legalizado. Centrar nuestra identidad en la Shoá, en nuestra condición de víctimas, es una trampa mortal. Ser una víctima durante el nazismo no fue una elección. Hoy lo es. Elegir como eje común de la identidad judía la condición de perseguidos y víctimas, no nos es impuesto, es un acto de libertad.

Después de décadas de silencio, cientos, si no miles de papers, tesis, libros, museos, muestras, películas, testimonios de sobrevivientes, han vuelto a la vida y han colocado al Holocausto en el escenario mundial. La sociedad ha abierto finalmente sus oídos cerrados durante tantos años. Para nosotros, la familia del Holocausto, la justicia ha llegado y nuestro doloroso pasado puede ser ahora re-contextualizado de una manera significativa.

Es esencial mantener el ojo atento ante los ataques antijudíos hoy antisionistas y estar alertas y protegidos.

Pero nos vemos ante una cierta paradoja porque vemos personas que se regodean en una especie de perverso placer luego de saber que ha habido un nuevo ataque antijudío, “otra vez”, con el Holocausto como lente y pilar central de una identidad que debe ser mencionado todas las veces que sea posible. Como si un nuevo ataque viniera a confirmar nuestra identidad de manera perversa pero deseada. Y los postings y mails difundiendo esos ataques, inundan nuestras redes sociales. Algunos son fraguados como la difamante información de que en Gran Bretaña prohibieron enseñar el Holocausto que cada tanto rebrota y vuelve a viralizarse,

Si la identidad judía es la de la víctima eterna de los ataques, esta misma definición nos entrampa puesto que requiere de ataques regulares para que sea justificada y validada.

Parece un camino sin salida y un riesgo peligroso. ¿Cómo podemos liberarnos de la victimización si insistimos en usarla como el elemento primordial que nos define?

Soy judía y no acepto ser definida como víctima. Como hija de sobrevivientes creo que es necesario que nos veamos bajo la luz positiva de los valores judíos y que es necesario que continuemos enseñando sobre los peligros no solo de ser un perpetrador del Mal sino también de la amenaza que representa elegir ser una víctima de ello.

Una identidad judía por la positiva tiene mucho más que el klezmer, los knishes y las idishes mames. Tiene nuestros logros, fuerza, persistencia, superación de obstáculos, la creatividad en ciencia, artes, tecnología y la jutzpá para derribar imposibles y construir vergeles donde había desiertos para que la leche y la miel renazcan allí donde durante siglos solo había arena.

Mi mamá y mi papá eran sionistas. allá en Polonia antes de la Shoá.  Iban a conferencias, se instruían y entrenaban en lo que sería su vida de pioneros cuando hicieran aliá. Los veo jóvenes en esas fotos en sepia o blanco y negro, rodeados de chicos y chicas, miradas esperanzadas, vestidos con ropa ligera en el verano polaco, haciendo picnics, aprendiendo a arar la tierra con una azada, nadando en el río, riendo. Pero no pudieron huir de Polonia a tiempo. La leche y la miel de Palestina habían quedado muy lejos. El día a día era sobrevivir un día más, esconderse, evitar ser descubiertos, conseguir alimentos. Y en el verano de 1944 el Ejército Rojo entró en Stryj y encontró a mis padres vivos aunque desgarrados. Fui concebida unos meses después. Nací en 1945 e integro la generación de las Velas del Iurtsait, los que nacimos inmediatamente después del desastre y resumimos el dolor y la muerte por lo perdido y la esperanza de la promesa de la vida y la continuidad.

La idea de hacer aliá entonces no era fácil. La inmigración era clandestina, el viaje azaroso y arriesgado, sin garantía de poder ingresar a Palestina. Y además estaba yo, una bebita que debían proteger. Fue así que llegamos a la Argentina en julio de 1947.

Nos arraigamos acá y el sueño de hacer aliá quedó en un sueño. Se juntaban con otros sobrevivientes y la pushke azul y blanca con el mapa del amado Israel pasaba de mano en mano y cada uno ponía lo que podía para que aquel sueño de Herzl siguiera siendo una realidad.

Hay quien cree que Israel es una consecuencia de la Shoá. No es así. Israel fue una utopía de siglos, tal vez la única utopía hecha realidad. Es cierto que después de mucho bregar y de los obstáculos impuestos por la geopolítica, la Shoá fue el argumento definitivo, el último y el más brutal y ya no pudo ser refutado: la patria judía era un derecho y un acto de justicia y así fue honrado y establecido por las Naciones Unidas.

Si mis padres visitaran Israel hoy se caerían de espaldas. Lo que se ve, lo que se vive, lo que allí sucede supera sus sueños más febriles. Tengo solo dos años más que el Estado de Israel, casi nacimos juntos. Camino por Tel Aviv, levanto los ojos y veo esas torres espejadas orgullosas y mi mirada se humedece pensando en cómo sería si lo vieran mis padres. ¡Qué orgullo habrían sentido! Los imagino mirándose uno al otro en mudas exclamaciones de asombro y emoción lamentándose probablemente el no haberse animado allá y entonces, ¿quién sabe?

Papá adoraba a su colega carpintero Mordje Gebirtig, cantaba todas sus canciones pero la que más conmovía e interpelaba a su alma judía era Es Brent compuesta en 1938 luego de un pogrom en Przytyk.

Imagino a papá en la dorada Jerusalén, en los jardines de Galilea, en las playas de Ashdot, en el Carmel en Haifa, en las plazas de Beer Sheba, los atardeceres de Iafo y los cientos de bosques plantados a mano, en la mágica Ein Guedi, el Golán y Eilat, en el Kotel y en Mamilla, caminando lado a lado con su autor favorito. Ya no tiene sentido cantar el amargo y triste estribillo, aquél “y qué hacen ustedes mirando con los brazos cruzados mientras la aldea arde”, porque en Israel corren vientos de fuerza y arrojo.

El pueblo del libro, el pueblo del eterno deambular hoy es también el pueblo de la tierra, de su tierra y en su tierra. Hoy ser judío es caminar con los brazos des cruzados, mirando al frente porque los brazos finalmente se des cruzaron en un coloso de creatividad y maravillas donde nadie se queda parado mirando porque aquella aldea ya no es una pobre aldea y ya no arde ni arderá.

 

Sobrevivientes. Libro y muestra de Pablo Cuarterolo. Prólogo.

Propuesta poética en forma de fotografías.

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Fotos escuetas, parcas y concisas, fotos de personas y fotos de lugares, breves comentarios como haces de luz abriéndose camino en la oscura inmensidad de lo ignorado, ésta es la colección de este trabajo emprendido por Pablo Cuarterolo luego de ponerse en contacto con la Shoá lo que lo condujo al imperativo del registro, un registro cargado de interrogantes. Caminó por Auschwitz, allá, en Europa y volvió a Buenos Aires sabiendo que encontraría, también acá, restos, marcas, personas y también lugares pregnantes que ocultan el escarnio tras fachadas inocentes. Sus fotos, a modo de ensayo o de poema visual no bajan línea ni explican, invitan a sumergirse en el universo del MAL, a cuestionarse y a reflexionar. Pero no queda ahí, convoca a algo más difícil: a intentar comprender, a sacudirse el corrosivo polvillo de la indiferencia y, lo que es infinitamente más difícil, a perdonarse por tanta mirada hacia lo lejos.

pieles, pieles arrugadas, pieles mudas
miradas fijas, detenidas, ¿acusatorias?
sombras, silencios, números
piedras, lápidas, muros, muros testigos,
pieles de personas
pieles de casas
frentes impenetrables, dolientes
alambres, alambres de púas
rieles, vías paralelas y dormidas ¿inocentes?
fotos, fotos de fotos, fotos que gritan ¿por qué?
miradas, ojos que aúllan ¿por qué?
ecos de preguntas, gritos ahogados, susurros punzantes
huellas, de allá y entonces, parece tan lejos
huellas, de acá y de hace tan poco, está tan cerca
¿dónde estaba yo?
¿donde estabas vos?
¿dónde estaba el mundo?

Es una colección personal atravesada por la sensibilidad y la mirada de Pablo Cuarterolo, su cámara aguda, honesta, bellamente despojada, registró imágenes elocuentes. Nos interpela, se cuela entre las resquebrajaduras de nuestros propios muros -los de la indiferencia-, penetra en cada poro de nuestra piel, sacude nuestra comodidad cotidiana al ponernos enfrente y recordarnos que todo hecho genocida involucra a personas, que siempre el blanco de los ataques es lo humano, eso que cualquiera de nosotros comparte con todos los demás. El crimen, el de la Shoá y cualquier otro, fue contra la Humanidad toda. Es totalmente pertinente decir, parafraseando ese compendio de enseñanzas y reflexiones rabínicas que es el Talmud, que “quien destruye una vida destruye algo del mundo entero”.

Los muros persisten mucho después de que los crímenes perpetrados en su interior parecen haberse olvidado, las casas mudas se ven inocentes e inofensivas. ¿Qué culpa tiene una casa? ¿Qué preguntarle a un muro? ¿Acaso el frasco de vidrio es responsable por el veneno que contiene? Y sin embargo ahí están, gritando que fue ahí que pasó lo que pasó.

Y las personas de estas fotos son el ADN universal, personas como yo, como cualquiera, cuando se las hiere sangran, como yo, como cualquiera, personas que no eligieron ni decidieron que les pasara lo que les pasó. ¿Importa que sean judías? ¿Importa que sean intelectuales, vendedores, actores o filatelistas? En cada milímetro de piel, en cada circunvolución de cada arruga, en cada destello y punto de luz de cada ojo, estamos todos. Porque, como bien dice Jorge Drexler: todo es cuestión de lugar y momento, cualquiera de nosotros pudo haber sido -o podrá ser, agrego yo- el pianista del gueto de Varsovia.

 


 

Presentación Cuadernos de la Shoá 7

El nuevo Cuadernos de la Shoá. Tapa y contratapa: Guillermo Kuitca

El orgulloso equipo de realización de Cuadernos de la Shoá compartiendo su nueva creación:

Parte del Salón Dorado de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, colmada:

Bienvenida Institucional. Diana Wang:

Cada año que pasa, cada presentación que hacemos, me refuerza esta sensación de milagro.

Son muchos los milagros que nos acompañan.

El milagro de haber sobrevivido para los sobrevivientes que nos acompañan.

El milagro de haber nacido para los que nacimos de padres que sobrevivieron milagrosamente.

El milagro de haber encontrado un lugar que nos recibiera aunque debimos entrar muchas veces ocultando nuestra condición de judíos, pero, como decía mi mamá, “este país es maravilloso, el antisemitismo parece un chiste, decís que sos católico y te creen!”.

También es un milagro que aquel grupo de sobrevivientes que comenzó a reunirse en 1997 gracias al entusiasmo de Frida Levy y de Kati Kertesz no solo haya continuado sino que haya sumado a las generaciones de sus hijos y sus nietos y a docentes y estudiosos y se creara Generaciones de la Shoá. Todos los que trabajamos en organizaciones de voluntarios sabemos a qué desafíos debemos enfrentarnos cotidianamente. Desde hace veinte años, año tras año hacemos honor al milagro de sobrevivir, de inventar y de crear en gran medida gracias al apoyo de muchos de los nos están acompañando hoy acá.

La Shoá es algo que nos pasó, a nosotros y a la Humanidad toda. No lo decidimos, no lo elegimos. Nos pasó. Pero lo que hagamos con ello, eso sí está en nuestras manos, lo podemos decidir. Y hemos decidido usarlo como trampolín, pararnos sobre este desdichado suceso y conocerlo, aprender y tomar de él las lecciones que pueden hacer del mundo un espacio más amable y más humano para todos. Así hemos pensado nuestra misión.

Los que nos conocen saben que no nos juntamos para llorar por lo que nos pasó ni para regodearnos con el lugar de víctimas. Hay risas en nuestros encuentros, emoción, cariño y unas ganas potentes de compartir lo que aprendimos y transformarlo en una herramienta para el cambio.

Además de los testimonios, las clases y las capacitaciones, gestamos proyectos que nos permiten cumplir con nuestra misión.

La colección de Cuadernos de la Shoá es uno de ellos y este 7º ejemplar es otro de nuestros milagros. Nos preguntan cómo los hacemos puesto que no venimos del mundo de la edición, y nuestra respuesta es que desarrollamos y escribimos aquello que nosotros mismos querríamos leer y lo hacemos en la convicción de que nuestra sed de conocimientos es la misma de todos. Y no es ningún milagro, es trabajo, es entusiasmo, es curiosidad, es el placer de hacer algo que tiene un sentido de futuro. El equipo de diseño transforma nuestro trabajo en esta belleza que es cada uno de los números, belleza de imagen, de diagramación y de color que hacen que sea un placer hojear página por página.

Otro de nuestros proyectos amados y que nos enorgullece es el Proyecto Aprendiz, que permite que cada una de las historias de nuestros sobrevivientes siga siendo contada y compartida en la voz y la persona de adultos-jóvenes, sensibles y comprometidos con el objetivo de contar y transmitir. Nos hicieron hace poco un piropo impensado, nos dijeron que, además de esta misión, con el Proyecto Aprendiz creábamos nietos y es cierto. El Aprendiz y el sobreviviente se enlazan en una relación inédita que perdura muchas veces luego de terminado el proceso y se arman sorprendentes e insólitos vínculos familiares.

Lo dicho.

Milagros.

La Shoá no nos pertenece. Hemos sido sus víctimas pero eso no nos hace sus dueños. La Shoá es un producto y un derivado del mundo todo y que nos afecta a todos, un hecho que no tuvo precedentes pero, como dice el profesor Yehuda Bauer, es un precedente que debemos conocer y tener muy presente.

En eso estamos.

Presentes.

Gracias por creer en nosotros y en nuestro trabajo, por acompañarnos y darnos fuerza para seguir manteniendo vivo el milagro.

¿Por qué este Cuadernos de la Shoá? Aída Ender:

La Historia de la Humanidad es también la historia de sus migraciones.

Los primeros hombres de la prehistoria, originarios del África, se diseminaron hacia los cuatro puntos cardinales del planeta y se fueron amalgamando y fusionando entre sí. Los desplazamientos humanos cambiaron la demografía del mundo.

A diferencia de otros pueblos, el pueblo judío en sus recorridos por el mundo y en sus encuentros con otros pueblos y otras culturas, no se disolvió en su esencia, y mantuvo siempre un núcleo de identidad.

Los recorridos del pueblo judío, igual que todos los que debieron moverse de sus lugares, fue consecuencia de amenazas, guerras y persecuciones. La Shoá, es decir el intento de exterminio total del pueblo judío, así como las diversas persecuciones sufridas a lo largo de su historia, no consiguieron alterar costumbres y características culturales, y, a pesar de todo, siempre mantuvieron intactas sus leyes. Gestaron y desarrollaron fortalezas, capacidades y habilidades de interacción que determinaron un mutuo enriquecimiento inédito en la historia de la Humanidad.

El 7º Cuaderno de la Shoá habla de eso: de los recorridos del pueblo judío. De forma cronológica, va desde las primeras dispersiones hasta sus variados destinos después de la Shoá.

Está dividido en cuatro capítulos.

El primero desde la Antigüedad hasta 1933, muestra cómo el pueblo judío, desde su génesis, llegó a los cinco continentes desarrollando una gran diversidad lingüística, cultural y alimentaria.

El segundo toma el período que va de 1933 a 1939, y encara la emigración forzosa de los judíos alemanes y austríacos durante el período de ascenso y consolidación del nazismo.

El tercer capítulo toma los años de la Segunda Guerra, cuando estaban atrapados sin salida. Los caminos de escape, las deportaciones usando la red ferroviaria y las rebeliones desde campos y guetos.

El último capítulo abarca el fin de la guerra hasta 1950 y trata sobre los destinos de refugio y salvación; la mayoría hacia Palestina, incluso antes de que fuera el Estado de Israel, y el resto llegando a los cinco continentes.

En todas estas trayectorias están presentes, como lo hacemos en cada número, los sobrevivientes y sus descendientes, los que finalmente encontraron su destino, los que apostaron a la vida y sembraron las semillas para un futuro de paz.

En este Cuaderno ponemos especial énfasis en lo visual.

Hemos advertido que al hablar de la Shoá suelen perderse de vista los recorridos y las trayectorias. Mostrarlos, así como las distancias involucradas, permite comprender la magnitud de lo sucedido.

Con ese objetivo, la publicación se acompaña con 6 mapas desplegables en los cuales  los aspectos de tiempo y espacio son claramente visibles como excelente ilustración en la clase. Este Cuaderno está diseñado igual que todos los anteriores, primordialmente como material educativo, un apoyo al docente que le permitirá tener e impartir una clara imagen de la dimensión geográfica de la Shoá.

(filmina con foto de presentación del año pasado)

El equipo está constituido, de izquierda a derecha, por: Vivi Rosenthal, Fernando Ender, Melisa Berlin, Rosa Rotenberg, Angela Waksman, Susana Luterstein, Diana Wang, Aida Ender, Edit Salomón, Karen Rofchuc, Natalia Rus, Jose Blumenfeld, Ruty Fleischer, Jonatan Epsztejn.

Veamos los seis mapas desplegables que acompañan este séptimo Cuaderno de la Shoá que cada uno de ustedes se llevará hoy.

Mapas

 

En el primero se sigue la historia de Abraham el escriba y sus descendientes. Una familia judía a través de los siglos narrada en el libro La memoria de Abraham de Marek Halter, que muestra la dispersión del pueblo judío a lo largo de la historia.

 

 

 

 

En el segundo se grafica cómo escaparon los judíos de las restricciones y cercos crecientes del nazismo. Se ve la huida desde Alemania y Austria hacia diferentes destinos en todo el globo.  Los puertos de salida de Europa, puertos y ciudades de tránsito, puertos de llegada. Los trayectos por tierra y los trayectos en barco.

 

El mapa 3 muestra donde tuvieron lugar los principales levantamientos y rebeliones judíos, los partisanos, la brigada judía que vino desde Palestina, las huidas desde los campos y, por último, ante el avance del ejército rojo, las marchas de la muerte forzosas hacia el interior de Alemania.

 

En el mapa 4 puede verse el camino hacia la solución final, la red ferroviaria que hizo posible la deportación, la ubicación de los 6 campos de exterminio y los principales campos de concentración y trabajo, las ciudades con mayor densidad de población judía, las principales ciudades desde donde partían las deportaciones, el avance de los escuadrones de la muerte y el límite al que llegó la invasión nazi a la URSS.

Los dos últimos mapas muestran algunas trayectorias personales después del final de la Shoá para corporizar en personas concretas esta gesta colectiva en pos de la reconstrucción de la vida.

Se ve en este 5º mapa, el tortuoso y complejo regreso al hogar de Primo Levi; un destino exótico como Shanghai para Pedro Lievendag luego de atravesar la URSS en el transiberiano; el cruce de los Pirineos de Martin Nussbaum en su viaje a Buenos Aires; el variado recorrido, tanto geográfico como lingüístico-religioso con sus increíbles cambios de nombre de Roman Danon y el de mi propia familia de Varsovia a Siberia, de Uzbekistán a Polonia, de Bélgica a la Argentina.  

En este último mapa, se muestra la trayectoria de Susy Kessler desde Austria hasta La Paz cruzando el Canal de Panamá y entrando por Chile; el camino de Jack Fuchs desde Dachau a EEUU y Puerto Rico y finalmente a Buenos Aires; el de Rona Rosenthal desde la Europa ocupada hasta Melbourne, Australia pasando por el Canal de Suez y el novelesco viaje hacia Buenos Aires en un navío con bandera japonesa de Dina Ovsejevich luego de un largo trayecto desde Polonia, Lituania, atravesando la URSS en el transiberiano hasta Kobe.

La guerra dejó en Europa unos 8 millones de personas desplazadas.  Debieron abandonar sus hogares los que pudieron huir ante el avance invasor, los que fueron llevados como mano de obra esclava, los que se escondieron, los que cambiaron su identidad, los deportados a campos de trabajo, concentración y exterminio, Finalizada la guerra los movimientos migratorios incluían a quienes regresaban a sus países, a los refugiados alojados en los campos de desplazados, los que huían del régimen soviético que se había instalado en sus países y a los judíos, muchos de ellos apátridas, que buscaban un destino posible después de haberlo perdido todo.

La historia de los refugiados también nos interpela en la actualidad.

El fenómeno, lejos de haber quedado en el pasado, continúa hoy con los refugiados y desplazados de diversos conflictos bélicos, económicos, religiosos y políticos.

Son los nuevos migrantes, las consecuencias actuales de la ignominia. Desde todos los continentes son millones los que buscan salvarse y salvar a sus familias. La gente no quiere morir. Huye para seguir viviendo.

Los refugiados y desplazados de hoy comprometen a la comunidad internacional que está empezando a asumir que la responsabilidad es de todos. Vivimos en estos días frente a la amenaza de Estado Islámico que, como el Reich de los Mil Años, pretende someter al mundo entero y apropiarse de sus habitantes.

Nuestra responsabilidad es hacer lo posible para que se achique y alguna vez se cierre el temible agujero de la indiferencia.

Como dijo el Mahatma Gandhi: No hay caminos para la paz; la paz es el camino.

Prologo libro "Monumento" (Gustavo Nielsen, comp)

¿Cómo hacer presente la ausencia?

  • ¿Qué tienen que ver estos bloques cuadrados con el Holocausto?
  • No se entiende nada, ¿qué quiere decir todo eso?
  • Es un insulto a los que sobrevivimos y a la memoria de los que fueron asesinados.
  • ¿Por qué no hay objetos judíos, acaso no nos pasó a nosotros?
  • ¿Los cassettes y los auriculares no existían en esa época, para qué están en un monumento que nos representa?  

Cosas así dijeron algunos sobrevivientes en una presentación de la obra realizada especialmente para ellos. No todos, claro está, pero varios, y algunos de manera airada, expresaron su frustración y dificultad en comprender el sentido del monumento. No tenía los símbolos o códigos habituales en su imaginario representativo, sin víctimas ni perpetradores, sin escenas sangrientas ni banderas reivindicatorias ni brazos levantados implorando al cielo. No sabían todavía que estaría ubicado entre dos líneas férreas que con el sonido y la vertiginosidad del paso de los trenes, evocarían cada tanto aquellos otros, los que iban llenos y regresaban vacíos. Lo que veían era un muro con bloques de piedra con huecos de objetos cotidianos que no les hablaban de la “cosa en sí”. Era un idioma extraño que les era ajeno.

La Shoá y todos los hechos genocidas, como tragedia, son representados tradicionalmente agigantando el mal hasta volverlo ominoso, abominable y acentuando lo sufrido por las víctimas. Son representaciones para ser miradas desde lejos, siempre referidas a valores centrales de la sociedad, firmemente aleccionadores. Como en la tragedia aristotélica, suelen contener claros símbolos que hablan sin intermediarios del Bien y del Mal para que el ciudadano comprenda y haga suya la lección. La tragedia, según Aristóteles, debe ser pedagógica y estimulante en la construcción de la moral social, sus protagonistas son dioses, semidioses y héroes continuamente enfrentados con la vida y la muerte, el bien y el mal, la verdad y la mentira.

Los creadores del Monumento Nacional a la Memoria de las Víctimas del Holocausto Judío, Gustavo Nielsen y Sebastián Marsiglia, tomaron el riesgo de mostrarlo desde otro ángulo, el que Aristóteles llamaba comedia. No se trataba de un espectáculo de humor como se cree hoy sino la representación de lo humano pequeño y concreto, individual, falible y vulnerable; sus protagonistas eran personas comunes cuyas vidas cotidianas anónimas tenían experiencias similares a las de los espectadores que podían así identificarse con los protagonistas y sentirse parte de la representación. Cada objeto aquí mostrado sigue esta línea que habla sobre vidas anónimas pero le suma a ello la alusión a aquellas otras despedazadas y silenciadas. Cada objeto es ese objeto, pero, también y junto con él, infinitos otros que podrían haber estado ahí, que cualquiera de nosotros podría haber entregado para dejar testimonio y decir: acá alguna vez vivió alguien.

Claude Lanzmann cree que es irreverente e improcedente pretender representar lo irrepresentable, esos hechos de tal horror que superan lo concebible, que en el intento de mostrarlo lo bastardean y banalizan. No se han inventado aún sistemas de registro y medición para la Shoá y los otros cataclismos que han seguido sucediendo, no hay sismógrafos que midan y evalúen, seguimos mudos y espeluznados ante lo que los humanos somos capaces de hacerle a otros humanos.

En este monumento, la representación es conceptual, habla más allá de la piedra y enmudece ante lo perdido. La ausencia deliberada de la figura humana se potencia en el vacío dejado por la huella de los objetos huérfanos de humanidad, perdidos, olvidados que interpelan al caminante desprevenido con interrogantes como ¿por qué si es en homenaje a víctimas, no hay ninguna? ¿a quién pertenecían estos objetos? ¿cómo fue? ¿qué pasó? ¿por qué está acá? Y alguno, más atrevido, tal vez llegue a preguntarse ¿cuál objeto podría representarme cuando yo no esté? ¿Con cuál objeto podría dejar constancia de haber estado y de haber sido arrancado de la vida violentamente y sin motivo alguno? Y si hubiera alguien que se animara a recorrer con la mano cada hueco, cada vacío, cada marca, y respirara hondo dejándose impregnar por tanta ausencia, tal vez podría advertir que no se trata solo de la Shoá, que lo representado la excede, porque lo que allí sucedió hirió de muerte a una concepción de lo humano que nos atañe a todos. Y la herida sigue abierta y sangrando. Por eso los objetos son de hoy, porque el peligro sigue activo y todos podríamos ser la próxima víctima.

Son objetos cotidianos, pequeños, insignificantes, con los que interactuamos a diario, parte de nuestra subjetividad y se constituyen en marcas indelebles de una arqueología urbana universal. Esa muda hendidura dejada en la piedra por esos objetos remite a aquellos otros que quedaron tras tantas vidas cercenadas, interrumpidas, acalladas, ésos que, huérfanos de sus dueños, pasaron a ser objetos sin objeto. Son, en palabras de sus autores, “fósiles urbanos … que a diario pasan inadvertidos pero que cuando el sujeto ya no está, cobran la fuerza de una presencia”. Cada objeto en este monumento fue entregado y usado con algún sentido. Este libro recolecta esas historias.

El vacío es el protagonista conceptual de la obra para dar cuenta del agujero, la mutilación que todo hecho genocida deja en el cuerpo de lo humano. Pero, como el fotón que no puede ser medido porque para medirlo hay que iluminarlo y en ese acto se lo modifica, ¿cómo iluminar la oscuridad? ¿cómo hacer presente la ausencia? ¿cómo gritar el silencio? Es un oxímoron y parece haberse salvado en esta representación de la ausencia, una ausencia al cubo, ausente el objeto, ausente su dueño, ausentes las víctimas. Este monumento, gestado poéticamente, probablemente no habría sido comprendido tampoco por mis padres, sobrevivientes de la Shoá, pero seguirá hablando de ellos, de quienes fueron, de cuánto perdieron y de cómo sobrevivieron.

Pienso en mi mamá que tanto sufrió durante la Shoá y que ya hace tanto que se fue. ¿Cómo poner en imagen por ejemplo su ausencia? ¿Cómo contar sobre su sutileza y picardía, su elegancia, su sabiduría? Lo haría con un colgante que ella solía llevar en el cuello, un pececito de oro con escamas movibles con el que me gustaba tanto jugar de chica. El pez es un símbolo de la vida, de la frescura y el agua, curiosamente fue el primer símbolo del cristianismo antes de que se instaurara la cruz, un instrumento de tortura.

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Cuando mamá se fue, con mi hermano nos repartimos sus pertenencias; todo fue fácil y fluido hasta que le llegó el turno al pececito. Lo queríamos los dos. Decidimos someterlo al azar y lo ganó él. Yo conseguí un tiempo después un pececito parecido, no de oro y lo guardo sabiendo que no es, pero como cuenta Gustavo con el gato chino, me miento como si lo fuera y a veces juego con él en un diálogo silencioso y privado con mamá. Si yo hubiera ofrecido algún objeto para la construcción de este monumento, habría sido ese pececito de escasos 4 centímetros pero que, para mí, es enorme. Y estaría su huella en medio del concreto, fijo en la piedra para toda la eternidad y tal vez alguien, alguna vez, lo miraría y se preguntaría ¿para qué habrán puesto un pececito en un monumento al Holocausto? y tal vez esa misma persona construiría su propia historia acerca de qué estaría representando semejante objeto tan alejado de lo que supuestamente se quiere expresar.

Por todos los que fueron asesinados solo por haber nacido judíos cuyas voces forman un coro atronador y fantasmático casi imposible de oír.

Por los que sobrevivieron luego de esa cruel ordalía y de haber perdido familias, infancias, la pelota de fútbol, la muñeca, la bicicleta, el abrigo favorito, los zapatos para la nieve, los libros, casas, idiomas, países y se reconstruyeron en otra lengua mientras aprendían a comer asado y a tomar mate.

Por todos los que lo pueden ver y por los que lo seguirán viendo cuando pasen caminando tal vez distraídos y quizás se pregunten por cada uno de esos objetos cuál es la historia que acecha detrás, cuáles las ilusiones, las penas, los sueños y las alegrías de esas personas anónimas para las que cada uno de ellos fue un ancla en lo humano que nos es común a todos.

Nota: el libro reúne textos sobre los objetos donados para la realización del Monumento a las víctimas de la Shoá. Aún está iné

Generaciones de la Shoá cumplió diez años.

Palabras pronunciadas en el acto del 18 de noviembre de 2014 en la Legislatura de Buenos Aires: Equipo completo de Cuadernos de la Shoá: Fernando Ender, Melisa Berlin, José Blumenfeld, Natalia Rus, Feigue Machabansky,  Susana Luterstein, Aida Ender, Diana Wang, Angela Waksman, Rosa Rotenberg, Viviana Rosenthal, Ruthy Fleischer, Jonathan Karszenbaum y Karen Rofchuc.

Hoy cumplimos diez años pero existíamos antes, 7 años antes, nos reuníamos de manera informal, espontánea en nuestras casas, éramos los “niños de la Shoá”. Hace diez años nos organizamos formalmente y nos pusimos Generaciones de la Shoá porque además de sobrevivientes había hijos de sobrevivientes. Fue en 2004 cuando gestamos De Cara al Futuro. Nos reuníamos en la Fundación Memoria del Holocausto, después nos mudamos a la Wizo en la calle Larrea gracias a una invitación de Amalia Pollack y finalmente José Moskovits, presidente honorario de Sherit Hapleitá, nos invitó a seguir su legado en la sede de Paso. Y allí estamos, honrando lo mejor que podemos el compromiso asumido.

Somos sobrevivientes, hijos, nietos, parientes y amigos de quienes han sufrido el Holocausto. Todos tenemos familiares perdidos en Europa, nuestra relación con la Shoá es personal. También nos acompañan docentes especializados en la temática y los jóvenes que se han ido integrando.

Las mujeres somos, como verán, mayoría, pero somos educadas y de tan amplio criterio que recibimos gentilmente a algunos hombres. Vieran cómo se sorprenden de que podamos estar hablando de cuatro cosas al mismo tiempo, no solo sobre lo que hay que hacer sino también sobre el estado de salud de cada uno, qué hija está embarazada o qué nieto tuvo un éxito en la escuela o mucha fiebre la noche anterior.

Esto hace que seamos una institución diferente y un tanto rara. Los mismos que integramos la CD participamos en las distintas áreas institucionales, discutimos, pensamos y firmamos cheques y cuando hace falta, tomamos una escoba y barremos el piso. Generamos materiales educativos y bajamos a abrir la puerta, inventamos proyectos innovadores y estamos atentos a que no falte el café ni el té ni el mate ni el edulcorante ni las galletitas. Son reuniones fértiles, donde siempre pasan cosas en un clima amable en el que da gusto estar. Y también hacemos celebraciones, festejamos los cumpleaños, nos acompañamos en las tristezas y nos alegramos con las alegrías… constituimos una impensada familia, tal vez una compensación de la que a algunos nos faltó en nuestras infancias.

Uno termina de conocerse cuando se compara con la forma en que es visto por el afuera. El reflejo que recibimos es de valoración de este clima desacartonado, de este acercamiento sin tabúes ni falsos prejuicios a lo más doloroso que hemos vivido. Aprendimos de nuestros padres y sobrevivientes, a transformar la tragedia en motivo de vida. Lo que hacemos en la institución es lo mismo que hacemos con nuestras propias historias: sostenemos una filosofía que privilegia la vida y le da sentido, orientamos nuestro esfuerzo a contar y transmitir, a veces hasta con alegría, lo que hemos aprendido. Muchos de los amigos que hemos hecho en estos diez años están acá hoy con nosotros y veo sus caras diciendo que sí, sus sonrisas relajadas y siento en mi piel sus abrazos.

Honrando esta mayoría femenina, nuestra mesa de trabajo es una gran cocina alrededor de la cual, a veces con ingredientes mínimos, inventamos -modestia aparte- exquisitos manjares. Los Cuadernos de la Shoá, que todos conocen y que ya son quintillizos, surgieron alrededor de esa mesa.

También el Proyecto Aprendiz, primero la simple idea de que el día de mañana haya alguien que cuente cada una de las historias de los sobrevivientes a lo que cada año, cada grupo, cada experiencia agregó un detalle, algo diferente que mejora el resultado. Lo que parecía que iba a ser un budincito se convirtió en una torta elaborada de varios pisos con distintos rellenos y sabores. Ya son 90 las parejas constituidas.

Entre los ingredientes de nuestra mesa, también está la tecnología, no solo no le tenemos miedo sino que la usamos como si hubiéramos nacido con ella: facebook, twitter, whatsapp, email, power points, mp4, nada de esto nos es ajeno. Nuestra lista de correo electrónico todosgeneraciones llega a cientos de suscriptores, hacemos fotos, grabamos audios y videos con nuestros celulares, internet es una de nuestras herramientas más ricas.

Los lugares comunes, las mentiras y la utilización de la Shoá para fines ajenos a ella, nos producen agudas reacciones alérgicas. Frases como “nunca más”, “recordar para no repetir”, “para las siguientes generaciones”, y tantas otras que escuchamos a diario, nos llevan una y otra vez a explicaciones y desmitificaciones. Rectificamos permanentemente informaciones falsas que distribuyen las redes sociales y las cadenas de mails. Luchamos contra la banalización cuando se menciona al nazismo, a Hitler o a Goebbels, como un sustantivo común, como un insulto. Levantamos nuestra voz contra el abaratamiento y el uso político y falaz de estos hechos y personas. Protestamos ante la espuria comparación entre la Shoá y la política del Estado de Israel señalando que el hoy llamado antisionismo es el mismo antisemitismo travestido. Salimos al cruce de estas declaraciones que toman los hechos a la ligera y superficialmente, de un modo que los tergiversa e impide revelar y comprender su contenido y alcance.

Aportamos lo que somos y lo que sabemos, los materiales que producimos y los testimonios a escuelas y universidades. Dialogamos con distintos grupos, aprendemos y enseñamos, integramos el capítulo argentino de la Alianza Internacional para la memoria del Holocausto, acompañamos con capacitaciones, testimonios y con nuestros sobrevivientes al programa Marcha por la Vida recientemente declarado de interés educativo por el gobierno de BsAs.

Como nos enseñan nuestras tradiciones, en toda fiesta hay que recordar también los momentos tristes. Hemos visto en el video inicial, las caras y los nombres de quienes nos acompañaron y ya no están con nosotros. Pero en estos diez han nacido nietos y bisnietos y cada embarazo, cada nacimiento es una celebración mística. No somos muchos pero sí muy prolíficos, en estos diez años nacieron 30 pimpollos, todo un ramillete de promesas de continuidad.

Durante la Batalla de Inglaterra, Sir Winston Churchill se refirió a quienes lucharon diciendo que “nunca tan pocos habían hecho tanto por tantos”. Generaciones de la Shoá, como aquel escuadrón de la RAF, está integrado por apenas un puñado de personas, las que ven acá. Sus voces son pequeñas, pero crecen y se amplifican, se vuelven fuertes y potentes en su persistencia por mantener viva la memoria de la Shoá.

Y, como decía Luis Sandrini -esto es solo para mayores de 60-, “mientras el cuerpo aguante” seguiremos insistiendo, desafiandonos con nuevas ideas y formas de llegar, transmitir y enseñar en la ilusión de que estamos haciendo una diferencia, de que no es solo porque hacer lo que hacemos nos es esencial para seguir viviendo sino porque tal vez, alguna vez, algo cambie y nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos vivirán en un mundo mejor.

publicado en vis a vis   

Presentación de Historia de la Solución Final, libro de D. Rafecas

rafecasA los rayos, esas manifestaciones esperables en las tormentas eléctricas, se los  llamó fatídicos cuando no se sabía de dónde venían, por qué ni como caían, eran fatídicos, no se los podían anticipar o impedir. ¿Era pura maldad de la naturaleza, algo azaroso? ¿se trataba quizá de un castigo divino? Por las dudas rezaban, hacían ofrendas, súplicas y promesas. Pero los rayos fatídicos eran sordos y perversos. No solo seguían cayendo sino que encima se ensañaban con las iglesias que solían estar en el punto más elevado de los poblados. Recién en el siglo XVIII Benjamín Franklin descubrió y comprendió como se generaban, por qué caían e inventó el pararrayos. Así fue vista la Shoá durante varias décadas, como un rayo fatídico que había caído sobre la Humanidad, una desgracia insólita, inédita, inasible e imposible de comprender. Nuestro problema es que, igual a lo sucedido con el rayo, mientras siga siendo fatídico, mientras no se conozca su mecanismo de generación, seguiremos estando a su merced. Rezar y hacer ofrendas calmará a quien lo hace, le dará el consuelo o la ilusión de estar haciendo algo, pero no lo detendrá. Si la Shoá no tiene explicación, si no se la estudia, analiza y comprende, no habrá forma de predecir ni te implementar las políticas necesarias para hacer más difícil su repetición o para atenuarlo sus efectos. De hecho, los genocidios no se han detenido después del nunca más de la Shoá.

Nos ha llevado décadas introducirnos en la tortuosa realidad generadora de la Shoá. Cada vez que escucho nunca más tengo ganas de llorar y miro con tristeza y desazón a quien lo enuncia. Cuando se trata de un político, la tristeza se vuelve terror, porque un político no puede no saber que los enunciados voluntaristas no cambian la realidad. No sé si habrá alguna vez un nunca más, lo dudo mucho, pero de lo que sí estoy segura es de que no lo habrá hasta que no nos metamos en el barro pringoso del ejercicio del mal como una práctica política y socialmente aceptada y aprendamos alguna lección.

A medida que la sociedad humana fue saliendo de su estupor ante la enormidad de lo sucedido, los académicos e historiadores, sacudiéndose aún las cenizas de los hornos crematorios que llevaban pegadas en sus inútiles papers de preguerra, abrieron documentos, procesaron datos, conocieron contextos, empezaron a quitarle lo fatídico al rayo. Se comienza a vislumbrar cómo, por qué y para qué se gestó y llevó a cabo la Shoá.

Estudiar la Shoá implica necesariamente compararla con otros genocidios. Hay quienes creen que no es lícita una tal comparación, que su unicidad es incontrovertible e incluso que sería una ofensa a la memoria de los asesinados el mero intento de encarar su comprensión, que comprender equivale a justificar y eso es inadmisible. Otros académicos piensan diferente, creen que nuestra única oportunidad como civilización es comprender qué pasó.

La Shoá ha sido un genocidio y como tal es comparable con otros, aunque es preciso reconocer sus aspectos distintivos que la hacen única. No me extenderé sobre ello pero quiero puntualizar que no es única por la cantidad de personas asesinadas ni por las atrocidades cometidas o los métodos empleados. Es única porque es la primera vez en la historia que el blanco era todo un pueblo, sentenciado por su partida de nacimiento, por haber nacido judío. Es única porque era no había límites geográficos ni nacionales, el judío lo era genéticamente, sería alcanzado viviera donde viviera. Es única porque no hubo como en los otros genocidios, motivos pragmáticos: ni económicos, ni geopolíticos, ni religiosos; la razón fue puramente ideológica y delirante. Por un lado la teoría "racial" en la que se basó el proyecto de reingeniería humana del Reich y por el otro la supuesta conspiración judeo-bolchevique que se cernía sobre el mundo. La teoría “racial” es una superchería científica, así como la conspiración judeo-comunista-capitalista, tristemente difundida por los Protocolos de los Sabios de Sion. Dos delirios sin asidero alguno. Ninguna razón pragmática real. Por todas estas razones es única. Pero, como dice Yehuda Bauer, aunque la Shoá no tuvo precedentes, es un precedente, una inquietante advertencia que no podemos darnos el lujo de desoír. Sabemos que esto, y cualquier otra cosa, por más inimaginable que parezca, puede pasar.

La Shoá se estudia y enseña aislada de la II Guerra. El trabajo de Daniel Rafecas tiene la originalidad de centrarse en la relación entre estas dos guerras,  la guerra mundial y la guerra contra los judíos. De evento en evento, de decisión en decisión, va mostrando como las incidencias políticas y bélicas fueron torciendo las intenciones nazis que terminaron en el asesinato masivo. Los motivos eran delirantes, pero la secuencia y planificación fueron racionales. Esta racionalidad es uno de los aspectos más aterradores del libro. La idea del exterminio no estaba al principio, fue consecuencia de un proceso que Daniel Rafecas sigue paciente y firmemente. Basado en pruebas documentales vislumbramos las internas de la jerarquía nazi y sus encrucijadas cuando las derrotas bélicas impidieron resolver el problema judío mediante la expulsión.  El Ejército Rojo, con su impensada y heroica defensa, paró el avance avasallador de la Wehrmacht. Mientras los soviéticos se resistieran no había donde enviar a tantos millones de judíos. Había que encontrar otra manera. Así se llegó a la decisión del exterminio, que debía ser sistemático, eficaz, rápido y económico.

Daniel Rafecas es abogado y docente, mira y piensa como juez, dialoga con el material mediante la indagación. Estos documentos áridos se dejan leer con facilidad gracias a la escritura diáfana del libro y su propósito pedagógico. Se sigue como una novela policial o, mejor aún, como una tragedia griega: uno sabe que muchos van a morir, que el éxito del asesino no será total y que al final será descubierto y castigado. Igual que ante una tragedia griega, uno acompaña la progresión de los hechos con la desesperación de saber que no se podrá torcer el destino fatal de las víctimas, que nada podía detener esta lógica alocada y devastadora.

Este libro se inscribe en el contexto de los nuevos descubrimientos, archivos, documentos, fosas comunes que hablan de un pasado que espera ser abierto y comprendido. Los elementos que nos propone La historia de la Solución Final serán, sin duda, una de las columnas conceptuales constitutivas del tan ansiado pararrayos. Creo que es de lectura y estudio imprescindible y que debiera ser bibliografía obligatoria en las clases de historia así como ya está sucediendo en algunas escuelas.

Por último, comparto con ustedes algo personal. Quiero, admiro y respeto a Daniel y me siento honrada de contar con su amistad y cariño y conmovida al ver el modo en el que se relaciona con los sobrevivientes, que lo aman. Como hija de sobrevivientes de la Shoá para quien este es un tema que atraviesa mi propia vida, siempre le pregunto a Daniel –y espero que me disculpe por volver a hacerlo públicamente- qué tipo de enfermedad mental le hizo abandonar la comodidad del mundo conocido de la docencia y las leyes para meterse en el barro del MAL desatado. No les voy a contar lo que suele responderme. Me gustaría que quiera hacerlo él.

Graciela Fernandez Meijide - Daniel Rafecas - Diana Wang - Ricardo Hirsch. Presenta: Luis Mesingyer

 

 

 

Colegio Pestalozzi. 10 de Abril 2013.

La profecía del criminal – Moisés Borowicz

La Profecía del criminal es un libro cinematográfico, contado en imágenes concretas y sumamente evocadoras. He leído decenas de libros de testimonio y no es común uno encarado de esta manera. Tiene la gran virtud de no pretender contarlo todo, ni dar lecciones u ofrecerse como modelo o ejemplo de nada. Así como es Moisés, sencillo, inteligente y pícaro, se plantea su historia casi como si se sorprendiera a sí mismo de cómo se fueron dando las cosas. Contada en viñetas, en anécdotas que siguen su derrotero en la Shoá, hay distintos personajes que entran y salen de la escena con la misma humildad con la que se presenta el protagonista. Tiene la virtud de transmitir de manera descriptiva y emocional algunos momentos significativos de su vida durante la Shoá, antes y después. Desde su infancia en Sokoly pasando por el bosque, el gueto, el viaje en el tren y los siete campos de su ordalía: Majdanek, Blyzin, Plaszow, Wieliczka, Mauthausen, Melk, Ebensee, luego de la liberación el pasar por la condición de Desplazado en Italia a la espera de un destino para seguir viviendo. Las ordalías eran las pruebas que se hacían sobre las personas acusadas de brujería durante la Inquisición, por ejemplo se echaba a una mujer con una piedra pesada atada a su cuerpo a un lago, si se hundía era bruja, si sobrevivía no. Las ordalías son pruebas construidas supuestamente para probar la presencia una mujer con una pesada piedra atada puede emerger a la superficie y salvarse. ¿Cómo se salvó Moisés? El trayecto por los siete campos de Moisés es una verdadera ordalía, una prueba tras otra a la que fue sometido y de las que salió airoso, él mismo no sabe por qué. Como dicen todos los sobrevivientes, la suerte fue el factor determinante. Pero él se pregunta si no fue por la profecía del criminal, aquél austríaco que disparó a Moisés pero mató a una paloma porque al apretar el gatillo la bala no salió enseguida y anunció proféticamente “este chico va a sobrevivir la guerra, tiene destino de vivir”. Moisés nos deja la pregunta abierta que atormenta a todos los sobrevivientes ¿por qué fue que sobreviví? Y se responde, irónicamente, con el recuerdo de la profecía de uno de sus asesinos fallidos.En su libro se ve claramente la gradualidad con la que los judíos fueron siendo conducidos al camino de la muerte y la imposibilidad de una oposición efectiva frente a este enemigo organizado y con una clara determinación asesina. Relata Moisés, sin embargo, todos los intentos que hizo su familia, él mismo y otros a su lado, para evitar su destino fatal. Cuando podían huían, se tiraban de los trenes, cavaban hoyos en los bosques donde permanecían meses y meses, así fue como Moisés y su familia sobrevivieron un año entero. Uno no alcanza a imaginar lo que es permanecer acostados en un sitio incómodo, húmedo, helado o caluroso, a oscuras y en silencio rogando a cada instante no ser descubiertos, no ser denunciados, que un grupo de nazis o de antisemitas polacos no se topen con la entrada de la cueva…. Días y días con la incertidumbre del mañana. Si se desconoce cuándo finalizará el sufrimiento éste se multiplica y se hace insoportable. Los dolores de parto se toleran porque uno sabe que en poco tiempo, minutos, horas, terminará. El no saber cuándo se termina lo agiganta enormemente. Es lo que vivieron en ese año en el pozo en el bosque, una experiencia que los que no vivimos no alcanzamos a comprender. Los objetos que hacían la diferencia entre la vida y la muerte en los campos: el pote, una cuchara cuando se conseguía, el calzado, los zuecos. La vida concentracionaria es un universo tan particular que a veces sus detalles se pierden al recuperar la vida normal y no siempre se cuentan. Siempre me sorprendió que los sobrevivientes no mencionen en sus testimonios, salvo que se les pregunte específicamente, cómo es vivir sin relojes ni espejos, dos elementos que nos resultan esenciales para ubicarnos. No sabían cuándo era su cumpleaños, ni qué aspecto tenían. No eran dueños de sus cuerpos puesto que no podían responder a sus necesidades cuando lo necesitaban sino en un horario determinado y ante los ojos de los demás. La puerta del baño es un bien que nos humaniza, nos permite resguardar nuestra intimidad de la mirada de los demás. Como dice Moisés “no teníamos ropa interior”. Cosas que uno toma por normales acá no existían y la identidad, la subjetividad debía construirse con los elementos que había. Y he aquí el milagro de lo humano, se podía. Están los amigos, la policía judía, los gentiles antisemitas y los gentiles que arriesgaron sus vidas, el levantamiento armado de Bialystok, la cruel locura de la escalera de la muerte en Mauthausen, los encuentros con personajes de su pueblo, los destinos de sus familiares y amigos, Moishe Maik el amigo bromista de su hermano Yehuda, Motek Czerwonietz que protagoniza una de las escenas más conmovedoras del relato, los perpetradores con nombres, apellidos y apodos. Pero es central en el corazón de Moisés la desaparición de su querido hermano Yehuda del que nunca más supo nada luego de verlo saltar del tren. Dice Yehuda fue uno de los primeros en tirarse. Arrojó su sobretodo para que recibiera las descargas de metralla y después se lanzó él. Un instante antes de hacerlo me buscó con la mirada y alcancé a leer en sus labios: “nos vemos hermanito”. Sin evidencias de su muerte, la posibilidad de que hubiera sobrevivido y, como hipotetiza Moisés, que haya perdido la memoria y no recuerde su nombre, abre todo el capítulo de la presencia de los que no tenemos evidencia de que hayan muerto. Como los desaparecidos en la dictadura argentina cuyos padres y familiares dicen aún hoy que cuando suena el teléfono piensan “¿será….?”, Yehuda es una presencia-fantasmal , alguien siempre esperado. Al hablar de su infancia, relata sus recuerdos infantiles, sus juegos y sus compañeros de juegos, y lo hace con frescura y sencillez, permitiendo la identificación del lector porque cualquiera de nosotros hemos sido niños como él. A veces, en los relatos de sobrevivientes que cuentan las partes terribles, el horror en grado puro, producen un cierto distanciamiento en el lector o en el oyente porque ninguno se ha visto en una situación similar y el relato, aunque espantoso, está tan alejado de la realidad común que no le permite identificarse con el sobreviviente. Moisés cuenta, a lo largo de todo el libro, de un modo que hace que cualquiera que lea entienda visceralmente lo que dice, pueda identificarse con él e imaginarse cómo sería si a él le pasara lo mismo. Es, para mí, el mérito mayor del libro. En Generaciones de la Shoá hemos diseñado un proyecto para mantener vivo el relato oral de la Shoá, el Proyecto Aprendiz. En él un joven conoce a un sobreviviente, interactúa con él y se compromete a contar su historia en las décadas futuras. Nos aseguramos así que algunas de estas historias siga estando viva y puedan ser transmitidas con el calor de la presencia y con las pequeñas anécdotas que hacen de cada vida algo visible y comprensible por cualquiera. Este logro central en el libro debe ser una combinación entre la personalidad de Moisés, sus recuerdos y lo que privilegia en ellos, junto con la mirada y decisiones literarias de Daniel Izrailit. No estuve en la cocina del libro ni conozco los detalles, pero advierto el trabajo de edición y el cuidado del escritor en verter la historia manteniendo la oralidad del protagonista y dando al mismo tiempo un producto literario fluido que hace la lectura posible y rica. Me siento muy honrada de haber sido invitada por Moisés a esta nueva presentación prologada esta vez por el querido Daniel Rafecas, cuyo texto recomiendo leer especialmente. Quiero agradecer a todos vuestra presencia, a la querida Comunidad Chalom la invitación y permítanme cerrar tomando unas cosas del libro. En los agradecimientos, dice el autor: agradezco a Moisés Borowicz por concederme el privilegio de escribir su historia y por las otras historias que se comenzaron a escribir desde nuestro primer encuentro. Y Moisés le agradece a Daniel por tomarse la molestia y el trabajo de escuchar tanto tiempo, tantas cosas y escribir todo esto. Para uno es un privilegio, el otro teme que sea una molestia. Daniel Izrailit dedica el libro y hago mías sus palabras: A los que no miraron para otro lado, a los que tendieron una mano, a los que crearon un hilo de luz en el pozo ciego de la humanidad. Diana Wang

Vivir para contar. Contar para vivir

Presentación “Hagadá del siglo XX” de Nicolás Rosenthal - NCI -

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.

La vida cambió de manera brusca. Como si cada uno fuera el Gregorio Samsa metamorfoseado, los judíos despertaron una mañana con el mundo dado vuelta. Pero, a diferencia del personaje de ficción, en lugar de sufrir una pesadilla insoportable de la que despertarían en la mañana o de la que probablemente despertarían alguna vez, el cambio les sucedió despiertos, fueron arrojados a otra realidad, ciertamente pesadillesca, pero en la vida diurna. La analogía kafkiana puesta en el cambio corporal anticipó esa alteración de la realidad de manera escalofriante. Se acostaron con cuerpo humano y despertaron con cuerpo de insecto. Sin saber cómo ni cuándo atravesaron el espejo que refleja las cosas como son, invertidas pero iguales y entraron en esa otra realidad en la que dejaron de reconocerse, dejaron de ser quienes habían sido para ser esos nuevos sin nombre y sin historia. De manera igualmente monstruosa que la Alicia que cruzó la frontera del espejo, pero con tintes perversos y siniestros, se encontraron abruptamente con reglas nuevas y sorprendentes, con derechos y obligaciones diferentes, otros los premios y los castigos, su educación, sus expectativas, todo el piso sobre el que habían estado parados resquebrajado bajo sus pies, cayendo, cayendo, cayendo, en un pozo sin fondo, en una oscuridad sin objeto ni sentido, sin saber si alguna vez terminaría, cómo terminaría, que iría a pasar con cada uno, con sus familias, con sus vidas. Perdidos sus nombres, perdida su capacidad de decidir sobre sus pasos, perdidos los horizontes, perdida la posibilidad de futuro, se les impuso la condición de insectos. Efectivamente para el nazismo, los judíos éramos alimañas, insectos, contaminantes, peligrosos, cucarachas: exterminables. Una vez definidos así, todo lo que pasó es tan solo una consecuencia lógica, esperable, eficiente, planificada, burocrática, industrial. Permanecer humanos a pesar de todo, mantener abierto un canal de emociones, tener algún resquicio en la toma de decisión, alimentar de algún modo, aunque sea mínimo, la dignidad, fueron indispensables en el sostén de la vida. De diferentes maneras nos cuentan hoy los sobrevivientes de qué recursos debieron valerse para seguir sosteniéndose en pie sintiendo alguna dignidad humana. Desde el mantenerse limpios a pesar de las condiciones imposibles de los campos hasta el celebrar alguna fiesta judía, desde recordar alguna canción de la infancia hasta jurarse que, en caso de sobrevivir, su misión sería contar. Los que milagrosamente lograron sobrevivir, emergieron del pozo sin luz y sin nombre, tan sorpresiva y bruscamente como habían sido empujados en él. Enceguecidos por la luz y la sorpresa de estar vivos, tardaron en comprender que la vida les había sido devuelta junto con su humanidad. Sin fuerzas, temiendo recuperar la esperanza y recibir un nuevo golpe, fueron dando pasos titubeantes en su acercamiento a los que nunca habían estado en el pozo, a los que nunca habían sido insectos. Les costó comprender que durante su permanencia en el pozo negro la vida había continuado, que la gente había seguido teniendo apariencia humana y había seguido de pie en el mundo que antes había sido también el suyo, que las cosas habían seguido igual para muchos. “¿Saben lo que me pasó?” decían los que venían de ser insectos a los que nunca lo habían sido, “me quitaron el nombre, me pusieron un número, me mataron a toda mi familia, me torturaron, experimentaron con mi cuerpo, me transformaron en objeto, me hambrearon, me gasearon, me cremaron, no era nadie, no importaba, me quitaron la dignidad…”. “Epa señor, no exagere” respondían algunos,-claro, si nunca habían sido insectos-, “mire si va a pasar todo eso junto que usted cuenta, no puede ser”. “¡Qué imaginación!” se admiraban otros, “estos judíos siempre tan creativos”. Y otras voces que se sumaban a las respuestas. “Basta ya, ¿creen que son los únicos que han sufrido?” pensaban los ignorantes, los campesinos, los desplazados, las otras víctimas, pobres e inermes, de la guerra feroz; es tan difícil evaluar el dolor y el sufrimiento, cuál fue mayor, cuál más tolerable, pero toda esta gente no sabía, no comprendía lo que decía el que había sido insecto porque a ellos, a pesar de haber sufrido enormemente, nunca les había sido arrebatada la apariencia humana. Y tampoco los políticos, los intelectuales, los militantes, las personas de bien, todos los que se oponían al fascismo, al nazismo, pero que habían pasado la guerra no solo como seres humanos sino bajo techo y con comida. En la Europa de posguerra, desgarrada, caótica, nadie quería escuchar. La insectidumbre les era desconocida. Era solo la palabra de esos miserables desarrapados de ojos grandes y piel seca y macilenta. No había documentos ni testimonios que confirmaran sus relatos venidos del sub-mundo de la inhumanidad. Eran terribles. Eran insoportables. Eran increíbles. En alguna medida aún lo son hoy. Los sobrevivientes aprendieron muy rápidamente a medir sus palabras, a poner freno a su necesidad de contar, a postergar aquella promesa hecha desde el pozo oscuro, la promesa de relatar. Y junto con ello, olvidaron rápidamente su pasado reciente como insectos, se apoyaron nuevamente sobre sus dos pies, se irguieron y caminaron sabiendo que solo podrían hacerlo si simulaban que nada hubiera pasado. Y pasaron muchos años. La vida decidía por ellos. Primero el encuentro de un lugar donde vivir. Documentos, destinos, dinero, traslados, viajes, llegadas, adaptaciones, nuevos idiomas, nuevas costumbres. Después la familia, armar una familia, rearmar una familia, construir y reconstruir la vida en hijos, trabajo, educación, prosperidad. Y la vida siguió y el mundo siguió caminando y vinieron nuevas guerras, nuevas injusticias, nuevas preocupaciones. Un día supimos todos que Eichmann había sido llevado a Israel y sería sometido a juicio. Muchos no sabían de quién se trataba, pero fue ése un punto de inflexión para el forzado silencio de los sobrevivientes. En aquel célebre juicio se oyó por primera vez su voz, la que había sido silenciada por la necesidad de la reconstrucción y también por la insoportabilidad de lo que contaban. En el juicio llevado en Jerusalén los sobrevivientes por fin hablaron y volvieron los insectos y el mundo no pudo más que oír. Y fue ése el gran cambio, que el mundo por fin escuchó, se abrieron los diques y el hombre y el insecto se unieron en un grito imposible de contener. Los testimonios fueron demoledores. Uno tras otro, hora tras hora, día tras día, contaron, dijeron, lloraron, gritaron, revivieron la iniquidad y la abyección. Esto pasó a comienzos de la década del sesenta. Curiosamente, poco después, las aguas volvieron a aquietarse. La ola de testimonios se calmó. Fue necesaria la serie norteamericana Holocausto, en la década del setenta, con la historia de esa familia judeo-alemana, los Weiss y su camino de degradación hacia el horror. Esta vez ya no era un juicio, noticias en los diarios, algunos libros. Esta vez era la televisión. Cientos de miles de personas vimos la miniserie y aún cuando tenía el esquematismo hollywoodense, vimos en pantalla simultáneamente alrededor del mundo, la historia del intento de exterminio del pueblo judío. El mayor impacto se produjo en Alemania en donde los jóvenes acosaron a sus padres con la pregunta “¿qué hiciste en la guerra?” y abrieron incisivamente los archivos personales y familiares que los alemanes creían haber cerrado exitosamente. Claude Lanzmann produjo su monumental “Shoah” en la década del ochenta. Demasiado revulsiva, demasiado larga, demasiado cierta como para que el gran público la hiciera suya. Fueron casi diez horas de inmersión en el horror sólo con la palabra de los testigos, perpetradores, cómplices, sobrevivientes en una propuesta militante de trabajo de la memoria basado en la voz del presente. Pero fue recién en la década de los noventa, con “La lista de Schindler” dirigida por Steven Spielberg, que los sobrevivientes se impusieron a los ojos del mundo como los documentos vivos imprescindibles. Fue allí, especialmente en el final del film cuando aparecen los sobrevivientes verdaderos desfilando ante la tumba de Schindler y depositando sobre ella nuestro homenaje judío, una piedra que indica que la persona es recordada, que vive en la memoria de los vivos. Como un torrente la voz de los sobrevivientes comenzó a derramarse sobre la conciencia del mundo. Sediento, por fin sediento de oírlos, el mundo pidió por ellos y empezaron a ser convocados por congresos, investigadores, escritores, programas de televisión, films documentales, escuelas. Viejos, desanimados, descreídos, finalmente los sobrevivientes revivieron la vieja promesa y pudieron contar. Esto es lo que ha hecho Nicolás Rosenthal. Son cientos los testimonios escritos que se publican. Muchos más los que están escritos y aún permanecen inéditos. Muchísimos más los que aún no se han escrito y los que ya no se escribirán. Por eso es imperativo celebrar éste porque es uno más, una piedra más sobre esta lápida de la humanidad, un recordatorio más de que aquella insectitud sigue viva para los vivos, de que nos sigue interpelando desde lo más hondo de los ideales de la humanidad y no hemos podido responder, que sus lecciones aún deben ser aprendidas, que seguimos en deuda. Esta Hagadá para el siglo XXI es, sin embargo, algo más que un testimonio. Es un intento desesperado de darle sentido a lo vivido. Un intento que muchos sobrevivientes persiguen y no todos logran. En una escritura que no quiere ser prosa, cuenta Nicolás Rosenthal su propio camino en el infierno nazi, pero lo hace orientado con conciencia hacia la transmisión. Y contarás a tus hijos, nos demanda el Pésaj y en el contar el puente, la mano tendida, la palabra vuelta linaje, historia, continuidad, la experiencia singular se vuelve el plural del grupo todo. Señala Zully Peusner –hija de sobrevivientes- que Nicolás Rosenthal responde con su poema a la angustiada pregunta de Adorno acerca de la imposibilidad de escribir poesía después de la Shoá, pero una poesía que lo reinscribe como judío, mientras que otros sobrevivientes hicieron el camino inverso. Nos suelen preguntar en nuestros testimonios o actividades acerca de la creencia en Dios antes y después de la Shoá, que es como preguntarnos por un sentido posible de lo sucedido. La pregunta permanece abierta y los más lúcidos se sostienen sobre la inescrutabilidad de los designios divinos. Algunos que vivían como judíos, dejaron de hacerlo porque atribuyeron a esa condición la responsabilidad de lo sucedido o al menos vieron que el judaísmo los ponía en inferioridad de condiciones respecto del resto del mundo y, habiendo sobrevivido, no querían para sí ni para sus descendientes, el peso de semejante dificultad. Otros, por el contrario, se acercaron al judaísmo y encontraron allí la fuerza de la pertenencia y la melodía conocida y tranquilizadora del murmullo familiar. Es lo que hizo Nicolás Rosenthal. Y su Hagadá del siglo XX para el siglo XXI es, a pesar de que a él le gusta calificarse como escéptico o pesimista, una honda declaración de fe en el género humano porque sueña, alienta, imagina, que hay un mundo que querrá seguir oyendo –si no para qué escribir, para qué traducir, para qué publicar, para qué esta presentación- y gente que escuchará y que hará de él un espacio mejor para vivir. Y solo me queda decir junto a él: amén

Prologo presentación legado

Introducción a la presentación de El legado de los Salvadores Es ésta la primera actividad que Generaciones de la Shoá hace junto con sus padres, nuestros hermanos mayores de Sherit Hapleitá. Nos sentimos honrados de unirnos a ellos y continuar con su labor y presencia.

Hace dos años, en nuestro congreso De Cara al Futuro, entregamos a los más jóvenes “El legado de los salvadores”. Como hacemos los judíos en cada séder de Pésaj, pusimos en manos de la siguiente generación el relato de este ejemplo de conciencia y valentía.

Meses más tarde pensamos que el texto no era suficiente para connotar su universalidad y transmitir que en la gesta de salvación lo que se salvó fue lo mejor de lo humano de la humanidad. Tuvimos la idea de traducirlo a diferentes idiomas, así cada pueblo podría saber que algunos de los suyos, sin pensar en su riesgo personal, hicieron lo que estaba bien. Y nos pusimos manos a la obra. Sería un libro pequeño, no costaría mucho dinero, ¿cómo no íbamos a conseguir fácilmente las traducciones? Creímos que sería una tarea fácil que no nos podía llevar más de 2 ó 3 meses, pan comido.

No fue así. Tuvimos innumerables problemas: con el papel, con las imprentas, con el dinero, las correcciones, varias idas y vueltas. Tuvimos enfermedades, perdimos al querido Rolando que tanto habría querido estar hoy acá y sufrimos la angustia por la guerra de Israel y Hezbollah. Todos los traductores se prestaron generosamente a la tarea pero algunas de las traducciones no se conseguían o debían ser rehechas una y otra vez. Apelamos a nuestros mejores recursos de paciencia, tolerancia, superación del desánimo y frustración y junto con ello aparecieron la improvisación, el empecinamiento, la creatividad y la inventiva. Nunca perdimos de vista el objetivo y el sentido del libro. “Tampoco salvarse fue soplar y hacer botellas” dijo un día uno de nosotros a modo de consuelo. Y es cierto. Salvando las siderales distancias, la elaboración del libro estaba siendo casi una metáfora de la salvación misma, con su sucesión de casualidades, con las mil y una dificultades que asomaban a cada paso. También los salvadores y los salvados debieron improvisar y recurrir a su inventiva y tolerar las frustraciones y superar el desánimo. La empresa de salvar judíos en medio de la locura nazi, era por cierto una empresa imposible. Pero los salvadores nos enseñan que no hay tal cosa como imposible, que siempre se puede hacer algo.

Volviendo al libro, un día, hace menos de un mes, estuvo finalmente terminado y ya en nuestras manos. Pero la felicidad de ver concretado este nuevo sueño duró poco porque vimos con estupor que la traducción al hebreo, nada menos que la traducción al hebreo, había salido al revés. O no nos dimos cuenta en las sucesivas revisiones o algo pasó a último momento, el hecho es que se leía de izquierda a derecha en lugar de derecha a izquierda. Este error fatal estaba nada menos que en la página 18, los números que representan jai, la vida. Y al advertir este golpe de la casualidad se nos juntó todo: la Shoá, lo judío, los salvadores, la vida, la vida que triunfa sobre la muerte y este número 18, la página casual en la que estaba el texto en hebreo, la de la vida, nos dio la fuerza para el último tirón.

Verán ustedes en el ejemplar que tienen en sus manos que la página 18 es más gordita porque debajo del texto correcto está vivo el texto incorrecto. Lo que no debía haber pasado, de un modo dramático quedó guardado en el libro: lo que está Mal cubierto y superado por lo que está Bien.

Los salvadores nos abren la puerta a la esperanza porque nos enseñan que también existe el Bien. Es la esencia de este libro, su potencia educativa. Brinda un modelo de los que tanto carecemos para estimular este paradigma de conducta que construya ciudadanos responsables. Pensamos en los salvadores con criterio amplio, como toda aquella persona que colaboró de alguna manera, sea mínima, sea máxima, en la salvación de un semejante en peligro. Toda conducta de ayuda hacía los judíos estaba prohibida durante la Shoá y a veces una palabra de aliento, un pequeño gesto, era la diferencia entre la vida y la muerte. Casi todos los que estamos acá somos testimonios de que no bastaban las ganas de vivir. Para sobrevivir fue preciso tener mucha suerte y también la ayuda de una mano tendida.

Estos libros se entregarán a escuelas e instituciones y esperamos que estos primeros mil ejemplares sean difundidos rápidamente así podremos hacer una segunda tirada, que saldrá, esperemos, sin errores. Porque encontramos dos erratas más, como verán en el papel suelto que hay dentro del libro. Tal vez sean ustedes unos privilegiados al poder tener esta primera edición. Guárdenla porque ¿quién les dice que no vaya a ser algo valioso con el paso del tiempo? Quizás, así como sucede con algunas estampillas que, si tienen algún defecto, se valorizan con el paso del tiempo, si este libro sigue vivo y circulando, esta primera edición adquiera un valor adicional precisamente por sus errores.

“Erratas Eminentes” es el blog del escritor, editor e impresor mexicano Alfredo Herrera Patiño. Le escribí desesperada contándole nuestras frustraciones y pidiéndole el consuelo de un experto en erratas. Esto es lo que me respondió:

Los libros son humanos, así de sencillo. Y como todo lo humano, tienen errores, grandes y pequeños, horrendos y terribles, vergonzosos a veces y, muchos, harto hilarantes, como el que decía “cerditos hipotecarios” en vez de “créditos hipotecarios”. Se nos olvida tanto que los libros son sólo un camino que terminamos por preocuparnos demasiado por ese camino y no por el sentido mismo del camino que es llegar al alma de otro prójimo. Cuán distinto sería el mundo si un puñado hiciera lo que debe hacerse. Ahora con la computadora, y lo digo mientras pulso las teclas, se nos olvida la gran revolución de los libros, tener a nuestra disposición el pensamiento y la experiencia del mundo pasado. Siempre me parece que los buenos libros soportan hasta las malas ediciones. A veces, en momentos cínicos, hago cuentas estadísticas: si contamos todas, todas las letras que aparecen en un libro y vemos que nos equivocamos sólo en dos, pues, en verdad, nuestra exactitud está cercana al 100%. Los libros son, Borges dixit, una extensión de la memoria y este libro logra su propósito, amplía la memoria a otra generación y lo hace con creces ¿qué más pedir?