No sabía que no había sido feliz

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Agustín era el segundo de siete hermanos. Vivía en una pobre choza en las afueras de Valle Hermoso, Córdoba, en un paraje escondido en medio de la naturaleza cerca del arroyo Vaquerías. Su papá era el encargado de cuidar, administrar y manejar una tropilla de caballos para uso turístico. Su mamá cocinaba tortas fritas que Agustín y sus hermanos llevaban caminando a La Falda y vendían por la calle o a los pasajeros del tren cuando se detenía en la estación. Llegaban a la escuela caminando, pero cuando el papá debía llevar la tropilla al pueblo iban también a caballo. Bombeaban agua del pozo, no había luz eléctrica y los siete hermanos se acomodaban en las tres camas disponibles.

En el verano hacían correrías con sus alpargatas gastadas y se atiborraban con el piquillín que crecía en las sierras. Se bañaban en el arroyo, hacían sapitos en el agua y después se tiraban en el pasto mirando el baile de las mariposas mientras la tibieza del sol los iba secando. En el invierno las condiciones eran menos benévolas, pero nunca faltaron juegos ni alegrías. Era muy travieso y no siempre lograba esquivar los chancletazos no muy fuertes de su madre llamándolo al orden. Pícaro, sagaz y astuto ya desde chico, era un eximio jugador de truco que los grandes elegían cuando les faltaba el cuarto. Amaba ayudar a su padre a ensillar los caballos, cepillarlos, darles de comer. Eran sus amigos, conocía a cada uno y todas las mañanas corría al establo a darles los buenos días.

Agustín era el mayor de los tres varones y superaba a los más chicos con su mágica habilidad para el fútbol. Corría con esa pelota de trapo hecha por la mamá como si estuviera adherida a los pies, hacía con ella lo que quería, parecía una mascota que lo seguía por donde fuera.

A los 17 años, un entrenador porteño que lo vio jugar le propuso probarlo en el club. Un sueño hecho realidad. Con el consentimiento de sus padres, un día de fines del verano de 1958 se subió al Rayo de Sol rumbo a Buenos Aires, lleno de recomendaciones por los peligros de la gran ciudad.

De Retiro lo llevaron a la pensión en donde se alojaban los llegados del interior. Con los ojos así de abiertos, el miedo de pasar por pajuerano y el asombro ante las cosas que veía, conoció a los otros tres chicos que compartían la pieza. No todos provenían de hogares humildes como el suyo y cada chico le hizo ver que había otras vidas, otras historias, otras experiencias.

Héctor, rosarino, iba los sábados a un cine que daba tres películas de corrido, con número vivo y un señor que pasaba con golosinas y hasta bombones helados. Miguel venía de La Plata y contó que había estado varias veces en Buenos Aires, en el zoológico y en el Parque Retiro, donde había juegos maravillosos, laberintos, espejos raros, una vuelta al mundo. ¿Qué sería eso? Debía ser increíble. A Ricardo le festejaban sus cumpleaños en Malargüe con globos, un mago, regalos.

Agustín escuchaba sorprendido y maravillado. Se acostó esa noche pensando que de chico había tenido mucha suerte porque no se había dado cuenta de que no había sido feliz.

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Fuera de toda lógica: la vida te da sorpresas

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Horacio, como tanta gente, siempre creyó que había un orden natural de las cosas, una cierta lógica que regía los acontecimientos y las vidas de todos. Nació en la década del 30 del siglo pasado en Mar del Plata, donde sigue viviendo hasta el día de hoy. Se casó con Matilde, su amor de la adolescencia, que lo acompañó hasta su muerte, hace doce años. No habían tenido hijos, y en su larga enfermedad Horacio estuvo siempre a su lado, dispuesto a cuanto hiciera falta.

Ya viudo y cursando sus setenta, los días y las noches se le fueron haciendo más y más pesados. Mucho más las noches, cuando en su casa lo esperaban solo tristeza y añoranza.

Su única distracción era la mesa de truco de los jueves y la comida con sus amigos en el bar del club. Unos tres años después de perder a Matilde, cambió la concesión y la tomó Agustina, una tucumana de treinta años, con la cara picada de viruela, grandes ojos marrones y una eterna sonrisa en sus labios. Atendía a los socios del club con simpatía y calidez, se la veía a gusto, atenta y sonriente.

Horacio no se animaba a invitarla a salir. Temía que la diferencia de edad la espantara, que pensara que era un viejo verde y se burlara de él. Pero cuando se animó, la respuesta de Agustina fue no solo de aceptación, sino de cariño, como si lo estuviera esperando.

Sola y con una triste historia de vida, recibió con emoción y alegría a este viudo tan necesitado de compañía y conversación. A poco de salir y viendo que el dinero apenas si le alcanzaba para pagar el alquiler, Horacio la invitó a compartir su casa, que, con su presencia, recuperó la luz. Nuevas cortinas, la cena lista a su regreso, música y, fundamentalmente, alguien con quien hablar, alguien que lo hacía sentir bien otra vez. "Matilde estaría contenta", pensaba Horacio.

Empezaron sus achaques, médicos, remedios y Agustina lo acompañaba, le recordaba las horas en que debía tomar cada cosa, fue mucho más que un apoyo y una compañía. Agradecido por sus atenciones y no teniendo parientes cercanos, decidió poner la casa, su única posesión, a su nombre y compartir la cuenta de banco para que cuando él se fuera ella tuviera un techo y un colchoncito financiero. Cuarenta años mayor, le pareció que era un gesto lógico.

Pero "la vida te da sorpresas", como dice Rubén Blades. Y vaya si la vida sorprendió a Horacio. Agustina, a los 34 años, falleció repentinamente, víctima de un ACV. Y, tras cartón, apareció una hermana, su única heredera legal, y comenzó la sucesión.

La pena de Horacio se transformó en desesperación porque ahora se quedó sin dinero y sin casa. Vive desde entonces alojado en lo de uno de sus compañeros de truco, sostenido por una vaquita que hacen, mensual y amorosamente, todos los compañeros del club. Estos amigos de siempre no permitieron que la sorpresa venciera a Horacio. Son ellos quienes barajan el mazo gastado de donde hacen salir los anchos ganadores que a Horacio le dan aliento y apoyo para seguir de pie en la vida.

Publicado en el suplemento Sábado de La Nación. 7 de julio 2018

Otra forma de vencer el maltrato en la oficina

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Inés, dedicada a su trabajo y al cuidado de su madre incapacitada, tenía el empleo ideal. Dominaba varios idiomas, especialmente inglés y francés, elegante, refinada y de una inteligencia aguda. En su cargo de secretaria de una importantísima multinacional estaba como pez en el agua.

Luego de veinte años de desempeño, su prestigio no paró de crecer y fue designada para asistir de manera personal al CEO de la empresa. Creyó tocar el cielo con las manos, era el lugar soñado de cualquier secretaria ejecutiva y además su nuevo sueldo la liberaba de preocupaciones respecto del cuidado de su madre.

Pero pronto el sueño se convirtió en pesadilla.

Su jefe, católicamente casado y con cinco hijos, era un misógino machista, dueño y señor en las alturas de la torre vidriada en Puerto Madero. Disfrutaba maltratando a Inés. Primero, miradas despectivas; luego, comentarios sarcásticos, ironías burlonas, y ya al cabo de un mes, agresiones directas. Inés bajaba la mirada, contenía el aliento y corría a desahogarse al baño.

Pero estalló el día en que la echó del despacho con gritos destemplados y mirada feroz: ese fue su límite. ¿Cómo terminar con esa tortura si necesitaba el dinero y no podía renunciar ni protestar? "Tiene que haber algún modo", pensó.

Conocedora del mundo corporativo y sus personajes masculinos y basándose en las características del jefe, diseñó y estructuró un plan que puso en acción el viernes siguiente a última hora.

Era el comienzo de la primavera, momento en que el atardecer tiñe de rosas y púrpuras el cielo porteño sobre el perfil de los edificios. Con el abrigo y la cartera en la mano fue al despacho del jefe. "Adelante", dijo este al oír el suave toc-toc. Abrió la puerta, pero no entró, apoyada en el vano, esperó a que la mirara y entonces, casi susurrando, pero con firmeza, dijo: "Señor, me retiro. Nos vemos el lunes. Pero antes de irme quiero decirle algo que ya no me puedo guardar, algo que usted debe saber. Su conducta hacia mí, sus ironías, gritos e insultos tienen un poderoso efecto en mí: me encienden sexualmente. Muchas veces debo correr al baño a desahogarme porque no me puedo aguantar y su recuerdo me quema en las entrañas. Es mi deber decírselo para agradecerle y que sepa cuánto bien me hace y cómo promueve mi placer más íntimo. Creo que me hace acordar a mi papá. Gracias y hasta el lunes". Cerró la puerta y se fue.

Y ganó. El maltrato no pudo continuar. Como una eximia maestra de aikido, Inés volvió la fuerza del jefe contra él mismo. A partir de sus palabras insólitas, el macho sometedor que inferiorizaba y sometía a su presa vio atadas sus manos. El "excitante" maltrato cotidiano que generaba ese escenario de erotismo y desenfreno no podía continuar. "¡Vade retro Satanás!", gritaba la conciencia de este devoto feligrés de misa, hostia y confesión que contuvo a partir de entonces sus impulsos hostiles para así no contaminarse con semejante pecado y desenfreno sexual y mantener vigente su visa de ingreso al paraíso.

 

Cómo dejar de ser una madre culposa

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Graciela culpaba a su mamá por haber sido demasiado estricta y poco cariñosa durante su infancia. Cuando sus tres hijos, Juan, Ramiro y Aldana, llegaron a la adolescencia, se descubrió repitiendo las conductas que tanto había reprobado en su madre, su severidad y poca expresión afectiva. Fue muy doloroso porque se había jurado cuando niña que, en caso de tener hijos, no sería con ellos como había sido su madre.

Pasaron unos años. Sus hijos se hicieron adultos. Juan, el mayor, doctor en bioquímica, era investigador en un importante laboratorio en Francia.

Una noche, hace pocos meses, Graciela despertó angustiada presa de una pesadilla. Veía a Juan como cuando era adolescente debatiéndose en medio de un mar embravecido, las olas lo cubrían, pedía auxilio, su cuerpo subía y bajaba mientras hacía señales desesperadas con sus brazos. Enloquecida ella corría hacia él y cuanto más corría más se alejaba sumida en la impotencia de salvarlo. La despertó su propio alarido. No podía quitar las imágenes de su cabeza.

Eran las 4 de la mañana, ya las 9 en Francia, y corrió a buscar el celular como tabla de salvación. Había sido tan vívida la pesadilla que debía cerciorarse de que Juan estaba bien. Atendió enseguida, calmo y amable porque sí, todo estaba bien, "ninguna novedad mami, te dejo porque estoy llegando al trabajo". Había sido solo un mal sueño, nada que temer.

Pero Graciela no lo dejó ahí. Ese sueño fue para ella la representación de todo lo que creía que había hecho mal y necesitaba terminar con el peso que sentía por no haber sido lo buena madre que debía haber sido. Había soñado con Juan, de modo que empezaría con él. Tomó un papel y comenzó a hacer una lista de todas las cosas de las que se acusaba, hechos, circunstancias, palabras, conductas. Cubrió cuatro páginas, con fechas y descripciones de las cosas que estaba segura que había hecho mal con Juan y de las que debía ser expiada y perdonada. Se sentó ante la computadora y le escribió un correo con el pedido de que viera la lista y le respondiera por favor cómo había sido vivido por él y si consideraba que habían tenido consecuencias en su vida.

Esa noche Juan la llamó alarmado: "¿Qué te pasa mamá? No entiendo nada, ¿estás psicótica?" "¿Por qué?" "Porque no sé de qué me estás hablando. Miré todas las cosas que decís y no me acuerdo de ninguna, nada". Graciela escuchó enmudecida. "Pero si querés, si eso alivia tu alma, te puedo escribir de lo que sí te acusé en su momento para que lo veas y me digas por qué o para qué lo hiciste. Pero dame unos días".

Y así fue. Una semana después entró un correo de Juan. Graciela dejó pasar unas horas. Al fin la curiosidad pudo más. Se dijo "¡ahora o nunca!" y abrió el mail. Estalló en una carcajada que le dibujó estrellitas de colores en el alma. Rió, sollozó, moqueó, siguió riendo y sonándose la nariz mientras leía la insólita respuesta de su hijo. La lista de Juan, tan larga como la suya, mostraba que se había tomado en serio el trabajo de rememorar momentos penosos, pero enumeraba cosas, situaciones y dichos de los que Graciela no tenía el menor recuerdo. Imprimió las dos listas, las enmarcó y las dejó a la vista. No le hizo falta hacer listas con sus otros hijos. Había entendido. No solo se alivió luego de tantos años de autoacusaciones, sino que también fue al cementerio y le pidió perdón a su mamá.

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El peso que puede tener una lapicera

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Cuando era chica había que llevar el tintero a la escuela. Los reyes le trajeron una lapicera fuente ¡venía con la tinta adentro! No veía la hora de que empezaran las clases para mostrársela a las chicas. Y fue tal cual lo había soñado. Con "¡uuuus!" y "¡aaaas!" y "¿me la prestás un cachito?", hacían una rueda a su alrededor. Hasta la señorita se la pidió prestada para ver cómo andaba. Fue el centro del grado ese día.

Cuando llegó a su casa, después de almorzar, se dispuso a hacer los deberes. Trajo el portafolios, sacó el cuaderno de clase y la cartuchera y cuando la abrió no la vio. Volcó todo sobre la mesa y ahí estaban los lápices, la goma de lápiz y la de tinta, el transportador, el compás y la reglita, un caramelo y dos figuritas con brillantina, pero la lapicera fuente no. Abrió el portafolios, sacó el manual, el libro de lectura, las hojas canson de dibujo, el cuaderno borrador, los secantes... y nada, no estaba. Dio vueltas el portafolios esperando que hubiera quedado trabada en algún rincón pero no, nada, no estaba. La lapicera fuente había desaparecido.

No entendía nada porque estaba segura de que la había guardado en la cartuchera antes del último recreo. Se dijo: "Mi papá me va a matar", porque le había recomendado expresamente que la cuidara mucho porque era muy valiosa. Y le había fallado. Fue corriendo y le contó a su mamá, llorando, desconsolada. Por suerte ella le tuvo lástima y no la retó. La abrazó y le dijo que lo iba a convencer al papá para que no la castigara esa noche. Y así fue.

Lo esperó en la puerta antes de que entrara, le dijo lo que había pasado y le pidió que no fuera severo con la nena. A los nueve años uno no tiene claras las dimensiones de lo que pasa, y la chiquita estaba aterrada temiendo un reto y un castigo ejemplares. El papá la miró fijamente y le preguntó qué había pasado. Conteniendo el aire, le contó paso a paso todo, pero no supo explicar por qué la lapicera fuente no estaba en la cartuchera, donde la había guardado. "¿Seguro?", le preguntó el padre. "Sí", le dijo, "y todavía me acuerdo de que la enrollé en un papel glacé de color celeste para que no se rayara y de que Nilda, mi compañera de banco, se rió de mí por eso".

Hace unos días fue con su nieta Sol al shopping. Le había pedido que la acompañara a elegirse zapatos con el dinero que le habían regalado en su cumpleaños. Consiguieron unos preciosos y, cuando salieron al pasillo central, escuchó una voz que le decía tímidamente: "¿Martínez?", y vio delante de ella a una mujer que no alcanzó a reconocer. "Soy Blasco, la que se sentaba en la fila de atrás en la escuela", y ahí sí, se dio cuenta de quién era. Se cruzaron saludos y trayectorias respondiendo a "qué hicimos, si nos casamos, hijos, nietos, la vida". Y eso fue todo, no había más, era un eco del pasado, ya no eran más las que habían sido entonces. Se saludaron cariñosamente y cada una siguió su camino. No alcanzó a dar cuatro pasos cuando oyó: "Martínez.". Se volvió y antes de seguir caminando con rapidez en dirección contraria, Blasco, bajando los ojos, le dijo: "Fui yo. La lapicera me la llevé yo".

Su nieta tenía los mismos nueve años que tenían ellas entonces, nueve años que de pronto volvieron con la fuerza de un chaparrón sorpresivo. Sesenta años después, había olvidado su lapicera fuente desaparecida. Blasco no. Blasco se la había llevado y la había tenido encima todo el tiempo hasta que por fin se la pudo devolver.

Publicado 26 de mayo 2018. La Nación, suplemento Sábado, Psicología, Hacelo Simple.

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Los celos no siempre tienen la culpa

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Cuando nació Aylén, su hermano Nahuel tenía 3 años. Graciela y Eduardo estaban más que felices, ya tenían la parejita, eran una familia tipo hecha y derecha. Todo estuvo bien. Alegría familiar, felicitaciones de los compañeros de Eduardo en el banco, la casa se llenó de color rosa y muchas de las cosas de cuando Nahuel había sido bebé quedaron sin uso porque eran celestes y no querían que la nena se vistiera de varón.

Unas dos semanas después, Nahuel volvió del jardín con un calzón extraño. Se había hecho encima y traía el suyo en una bolsita impermeable. "¡Qué raro!", pensaron sus padres, porque venía controlando lo más bien ya hacía como seis meses. Ni siquiera se le escapaba a la noche ya.

Dos días después, otra vez. Los llamaron del jardín y tuvieron una entrevista con la psicopedagoga que les hizo las preguntas de rutina. Que si estaba todo bien en casa. Que si algo había pasado en esos días y sí, le dijeron, había nacido Aylén. "¡Ah!", dijo la profesional con tono confirmatorio mientras se descruzaba de piernas. "¡Eso explica todo! Está celoso".

Eduardo, sin entender demasiado, le preguntó qué tenía que ver que estuviera celoso, si es que lo estaba, con que hubiera vuelto a hacerse pis encima. No olvidará su mirada condescendiente cuando les explicó estos procesos normales en los niños al nacerles un hermanito. Así dijo: "Les nacía". Que el proceso implicaba la angustia de dejar de ser el único y que muchas veces los conducía a una regresión a la etapa anterior y al consecuente descontrol esfinteriano. Que era una forma en la que usualmente pedían la atención que les había sido retirada y que ahora recibía el bebé recién nacido, lo que los ponía celosos y rabiosos. Aconsejaba un psicodiagnóstico que llevaría a un tratamiento psicológico que resolvería el problema en unos meses, tal vez antes de fin de año.

Graciela y Eduardo salieron demudados. ¿Tan chiquito y ponerlo en tratamiento? ¿Y cuánto costaría? ¿Y a quién recurrir? Graciela, que lee artículos de psicología, se preguntaba si no sería este un problema que encubría algo mayor, si no le estaba pasando algo grave a Nahuel, si estaban haciendo algo equivocado con él. Los cubrieron las sombras más pesadas.

Eduardo se fue a trabajar abrumado por la angustia. En el almuerzo se lo contó a Marcos, el de contaduría cuya esposa era psicóloga y le caía muy bien. Le preguntó si en casa también se hacía encima. Eduardo llamó enseguida a Graciela y resulta que no, que en casa no. "Entonces debe ser algo que pasa en el jardín", le dijo Marcos. Le dijo que hicieran lo mismo que había hecho la psicopedagoga, que preguntaran en el jardín si había habido algún cambio en la rutina diaria.

Al día siguiente cuando Graciela llevó a Nahuel pidió hablar con la maestra. Lo hizo indirectamente y con una sonrisa, para no ponerla en guardia. Y sí, algo había cambiado. Era un jardín bilingüe, y hacía unos días que, cuando querían ir al baño, los chicos tenían que levantar la mano y decir: "May I go to the bathroom?".

Una vez en casa, Graciela le preguntó a Nahuel cómo hacía para pedir ir al baño en el jardín. Él bajó los ojos y respondió avergonzado que no le salía lo que Miss Lucy le decía y que entonces se aguantaba y que a veces se le escapaba. Esa noche le enseñaron, entre juegos y bromas, a decir "May I go to the bathroom?". Inventaron una canción pegadiza y se rieron juntos y lo felicitaron cuando lo pudo decir fluidamente.

Nunca más se hizo pis encima en el jardín. Se ahorraron el psicodiagnóstico, el tratamiento, una punta de pesos. Además, y no es poco, volvieron a sonreír.

Publicado en el suplemento Sábado de La Nación. 12 de mayo 2018, espacio "Hacelo Simple".